El amor del Padre Pío al Corazón de Cristo

San Pio de Pietrelcina 06 10

San Pío de Pietrelcina

«Terminada la Misa, me entretuve con Jesús para la acción de gracias. ¡Qué suave fue el coloquio que tuve con el paraíso aquella mañana! Fue tal que, aun queriendo decirlo todo, no lo conseguiría; sucedieron cosas que no es posible expresarlas en lenguaje humano sin que pierdan su sentido profundo y celestial. El Corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fundieron. No eran ya dos corazones que latían, sino uno solo. Mi corazón había desaparecido, como una gota de agua que se pierde en el mar. Jesús era el paraíso, el rey. La alegría en mí era tan intensa y profunda que no era capaz de más; las lágrimas más deliciosas me llenaban el rostro»

«Jesús no deja, de cuando en cuando, de endulzar mis sufrimientos de otro modo: hablándome al corazón. Oh sí, ¡qué bueno es Jesús conmigo! Qué momentos tan preciosos son éstos; es una felicidad que no sé a qué compararla; es una felicidad que el Señor me hace gustar casi exclusivamente en los sufrimientos. En estos momentos, más que en ningún otro, todo lo del mundo me hastía y me pesa, nada deseo fuera de amar y sufrir. Sí, también en medio de tantos sufrimientos soy feliz, porque me parece sentir que mi corazón palpita con el de Jesús»

“Quédate conmigo, Señor, porque es necesario que estés presente para que no te olvide. Ya sabes lo fácil que te abandono. 
Quédate conmigo, Señor, porque soy débil y necesito tu fuerza para no caer tan seguido. 
Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi vida, y sin Ti, no tengo fervor. 
Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi luz, y sin ti, estoy en tinieblas. 
Quédate conmigo, Señor, para mostrarme tu voluntad. 
Quédate conmigo, Señor, para que escuche tu voz y te siga. 
Quédate conmigo, Señor, porque deseo amarte mucho y estar siempre en tu compañía. 
Quédate conmigo, Señor, si deseas que te sea fiel. 
Quédate conmigo, Señor, por tan pobre que sea mi alma, quiero que sea un lugar de consuelo para Ti, un nido de amor. 
Quédate conmigo, Jesús, porque se está haciendo tarde y el día está llegando a su fin, y la vida pasa; muerte, juicio, eternidad se acerca. Es necesario renovar mi fuerza, para no detenerme en el camino y para eso, te necesito. Se está haciendo tarde y la muerte se acerca, temo la oscuridad, las tentaciones, la sequedad, la cruz, las tristezas. 
¡Oh, cómo te necesito, mi Jesús, en esta noche de exilio! 
Quédate conmigo esta noche, Jesús, en la vida con todos sus peligros. Te necesito. 
Déjame reconocerte como lo hicieron tus discípulos al partir el pan, para que la Comunión eucarística sea la Luz que dispersa la oscuridad, la fuerza que me sostiene, la alegría única de mi corazón. 
Quédate conmigo, Señor, porque a la hora de mi muerte, quiero permanecer unido a Ti, si no es por comunión, al menos por gracia y amor. 
Quédate conmigo, Jesús, no pido consuelo divino, porque no lo merezco, sino el don de Tu Presencia, ¡oh sí, te pido esto! 
Quédate conmigo, Señor, porque solo a Ti te estoy buscando, Tu Amor, Tu Gracia, Tu Voluntad, Tu Corazón, Tu Espíritu, porque Te amo y no te pido otra recompensa que amarte más y más. 
Con un amor firme, te amaré con todo mi corazón mientras estoy en la tierra y te seguiré amando perfectamente durante toda la eternidad. Amén.”

Fuente: de las cartas y oraciones escritas por San Pío de Pietrelcina

Los dos modos de la operación divina (V)

 

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Jesús en la Cruz

V. Divino testimonio de amor. - No es muy difícil a la naturaleza reconocer en el gozo una sonrisa de Dios. Al alma a quien Dios consuela le parece que está contento de ella y ella está contenta de Él. Es indudable que el consuelo es, de parte de Dios, un testimonio de su amor. ¡Pero el sufrimiento!... ¡Ah, el sufrimiento!... ¡supremo misterio de amor! ¡El sufrimiento bajo todas sus formas, sufrimiento interior y exterior, sufrimiento del espíritu, del corazón y de los sentidos, es también un testimonio, todo divino, del amor de Aquel que tanto me ama!

Dios no me ama nunca tanto como cuando me destina un sufrimiento. Y es fácil convencerme de esto. Entre amigos, la prueba de afecto más concluyente, el más alto grado de amistad, es prestar a un amigo, por amor, un servicio que le será doloroso, pero necesario. Causar agrado, decir cosas lisonjeras y halagüeñas, todo esto no excede la altura ni la capacidad de los afectos más vulgares y necios; pero decir una verdad amarga, comunicar una desgracia abrumadora, pedir un sacrificio desgarrador, dar un consejo o hacer una advertencia desagradable, hacer todo esto como amigo y porque la amistad nos da, no solamente derecho, sino valor y fuerzas para ello, esto es la última palabra de la amistad. 
Pues así es como obra Dios conmigo. Dios se resigna a hacerme sufrir por amor: su amor le empuja, su amor le apremia a ello. Es una operación necesaria para la purificación y dilatación de mi vida, y su amor no le permite dejarme languidecer y marchitarme lejos de Él, sin recurrir a todos los medios para hacerme vivir en Él. ¡Hasta ese punto me ama! ¡Dios mío, cuán poco comprendo vuestro amor!

Fuente: José Tissot, La vida interior.

Influencia de la amistad

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La amistad requiere una gran comunicación entre los amigos; de lo contrario, no puede nacer ni subsistir. Por esta causa, ocurre que, con la comunicación propia de la amistad, se deslizan y pasan insensiblemente de corazón a corazón otras comunicaciones, por una mutua infusión y recíproco cambio de afectos, de tendencias e impresiones. Pero, de un modo particular, ocurre esto cuando tenemos en grande aprecio a aquel a quien amamos, porque, entonces, de tal manera abrimos el corazón a la amistad, que, con ella, fácilmente entran todas sus inclinaciones y afectos, tanto si son buenos como si son malos.

Pues bien, Filotea, en este punto, es menester practicar las palabras que el Salvador de nuestras almas solía decir, como nos lo enseñan los antiguos: «Sed buenos cambistas y buenos negociantes de moneda», es decir, no aceptéis la moneda falsa junto a la buena, ni el oro de baja ley con el oro fino; separemos lo precioso de lo ruin, porque nadie hay que no tenga alguna imperfección. Y ¿qué razón hay para recibir mezcladas las taras y las imperfecciones del amigo, junto con su amistad? Ciertamente, es menester amarle, a pesar de su imperfección, pero sin amar ni recibir ésta, porque la amistad supone la comunicación del bien, mas no la del mal. 
Así como los que extraen las arenas del río, las dejan en la ribera después de haber separado el oro, para llevárselo, de la misma manera los que gozan de la comunicación de alguna buena amistad, han de separar de ella la arena de las imperfecciones, y no dejarla penetrar en el alma.

Cuenta San Gregorio que muchos amaban y admiraban tanto a San Basilio que se dejaban llevar hasta el extremo de imitarle aun en sus imperfecciones exteriores «en su hablar lento, en su espíritu abstracto y pensativo, en la forma de su barba y en su porte». Y conocemos a maridos, esposas, hijas, amigos que, por tener en grande estima a sus amigos, a sus padres, a sus maridos, a sus esposas, adquieren, por condescendencia o por imitación, mil pequeños defectos, con el trato amistoso que sostienen. 
Ahora bien, esto en manera alguna se ha de hacer, pues cada uno harto y demasiado tiene con sus malas inclinaciones, sin necesidad de echar sobre sí las de los demás; y la amistad, no sólo no exige esto, sino que, al contrario, nos obliga a ayudarnos los unos a los otros para librarnos mutuamente de toda clase de imperfecciones. 
Es indudable que se han de soportar pacientemente en el amigo sus imperfecciones, pero no nos hemos de inclinar a ellas ni mucho menos trasladarlas a nosotros.

Y no hablo sino de las imperfecciones, porque, en cuanto a los pecados, ni los hemos de admitir, ni los hemos de soportar en el amigo. Es una amistad débil o mala ver al amigo en peligro y no socorrerle, verle morir de una apostema y no atreverse a clavarle el bisturí de la corrección para salvarle. 
La verdadera y viva amistad, no puede conservarse entre los pecados. Se dice de la salamandra que apaga el fuego sobre el cual se acuesta, y el pecado destruye la amistad, porque no puede subsistir si no es sobre la verdadera virtud. ¡Cuánto menos, pues, hay que pecar por motivos de amistad! El amigo es enemigo, cuando quiere inducirnos al pecado, y merece perder la amistad cuando pretende perder y condenar al amigo; y una de las señales más seguras de la falsa amistad es verla sostenida con una persona viciada por el pecado, sea cual sea éste.

Fuente: S. Francisco de Sales, Introducción a la vida devota