Conocer a Jesús por su Corazón

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Cuadro que mandó pintar el presidente de Ecuador Gabriel García Moreno en 1873

Ése, ése es el camino por donde estas páginas quieren llevar a los que las lean: conocer a Jesús conociendo su Corazón. 
Si de todo hombre puede afirmarse que es bueno o malo, grande o ruin, según sea su corazón, del Hombre-Dios puede asegurarse con más razón y estricta verdad. 
A todo hombre puede conocerse, conociendo cómo y a quién ama. A Jesús incomparablemente mejor. 
¿Por qué? Porque en la función propia del corazón, que es el amar, está todo el secreto de su venida a la tierra en carne humana, mortal primero y eucarística después. De su vida entre los hombres. De su padecer y morir. Y de su perpetuarse por ellos en la Hostia de su perenne Sacrificio. 
"Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos..." (Jn 15, 13). ¡Nadie ha amado, ni ama, ni amará más que Él!

¡Conocer al Corazón de Jesús! ¡Cuántas buenas almas me han pedido un libro que trate de esto solo: qué es el Corazón de Jesús! 
Escribiendo estoy esas palabras y la pluma me tiembla entre los dedos. ¿Atrevimiento insensato? ¿Osadía sacrílega? ¿Profanación del misterio de los misterios de Jesús? ¡Entrar en su Corazón, es decir, introducirse en ese divino Laboratorio en que se han forjado la Eucaristía y la Iglesia! Sumergirse en el Manantial del que brotan las lágrimas resucitadoras que abren losas de sepulcros y ablandan corazones de piedra y los raudales de sangre que lavan pecados, redimen los mundos y divinizan a los hombres. Asomarse al Horno, y más, al Volcán de donde ha salido y sale el fuego de amor que ha impedido e impedirá que el mundo se muera de frío y de egoísmo. Y que ha conseguido y seguirá consiguiendo que los hombres amen a su Dios como a su Padre y se amen unos a otros como hermanos, y hasta den la vida por su Padre Dios y por sus hermanos los hombres; que los enemigos se perdonen y se abracen y que los huérfanos tengan padres y valedores... 
Entrar en su Corazón, esto es, aproximarse al místico Incensario del que se levantan blancas e inmensas espirales de alabanzas y desagravios, que satisfacen a Dios; aromas de piedad, humildad, pureza y paciencia que hacen santos a los hombres y desinfectan esta charca inmensa de la tierra pecadora. 
¡Todo eso e infinitamente más que eso, es el Corazón de Jesús!

¿Quién puede llegar o enseñar a acercarnos? ¿Los santos? ¿Los libros de los sabios?... Muchas y muy lindas cosas del Corazón de Jesús sabemos por esos elementos. Es cierto. Pero también lo es que ni unos ni otros lo han dicho todo, ni se han hecho entender de todos. 
Unos porque cuentan cosas muy subidas a fuerza de místicas. Y otros, por fríos sistematizadores o vulgares rutinarios, impiden o dificultan el conocimiento íntimo, interno, que decía san Ignacio, personal, irresistiblemente atrayente del Corazón de Jesús como órgano de su Humanidad y como símbolo de su amor, por parte del pueblo cristiano y, me atrevería a decir, de hartos letrados y allegados. 
¡Si nos diéramos bien cuenta de lo que es el Corazón de Jesús y de lo que en Él tenemos! 
¿Cómo? ¿En dónde encontrar ese guía?... ¡En el Evangelio!

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía. Versión digital tomada de alexandriae.org

Pascua en las Malvinas

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Seineldín enterrando bandera inglesa capturada

Hoy se cumplen 36 años de la recuperación de las Islas Malvinas, usurpadas desde 1833 por los ingleses. 
Unos días después de la reconquista de las Islas Malvinas, el día 11 de abril de 1982, se celebraba la Pascua. 
En aquel histórico Domingo de Pascua, el Tte. Cnl. Mohamed Alí Seineldín -quien participara de la guerra de Malvinas al mando del Regimiento nº 25 de nuestra Infantería- luego de enterrar un Rosario en la cabecera de la pista del Aeropuerto de Puerto Argentino invocó la protección del Señor de las Batallas y de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, imitando el gesto de Santiago de Liniers en las invasiones inglesas. 
Ofrecemos a continuación la arenga por él pronunciada aquel día memorable, con la que consagraba a los soldados y a las mismas Islas al Corazón Inmaculado de María:

Omnipotente Señor de las batallas que con tu poder y providencia eres el Rey de reyes de los cielos, la tierra y el mar: 
Porque nos ordenaste honrar al padre y a la madre en el cobijo de la Patria terrena… 
Porque nos enseñaste a dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César… 
Porque nos aseguraste que no estar contigo es estar contra ti… 
Porque nos aconsejaste buscar primero el Reino de Dios y su Justicia… 
Porque caíste en la tierra como semilla para morir y dar con ello abundante fruto… 
Porque nos diste una Patria grande que va desde la Quiaca a la Antártida y desde la Cordillera al Atlántico, donde nuestras son las Islas que hoy huellan con orgullo nuestros pies de argentinos bien nacidos… 
Y porque nuestras madres nos parieron varones y valientes, por eso estamos aquí, porque no amamos tanto la vida que temamos a la muerte y porque si morimos en tu Gracia resucitaremos contigo para la Vida Eterna. 
Es por eso que en estas Pascuas de Resurrección nos consagramos al Corazón Inmaculado de tu Madre, la Virgen María, bajo la advocación de Virgen del Rosario, en cuyo nombre fuera designado este operativo y en recordación de la otra gesta heroica de Liniers y la victoriosa batalla de Lepanto.

Reina y Madre de la Nación Argentina: 
De hoy en más depositamos en tus manos nuestros cuerpos y nuestras almas, nuestra juventud y nuestra garra criolla, nuestra vida y nuestra muerte, para que dispongas de ellas lo que mejor convenga. 
Te consagramos también desde hoy estas Islas Malvinas Argentinas pidiéndote que alejes para siempre todo signo de pecado, de error y de herejía aquí existente. Queremos que -como en el continente- seas honrada con la devoción que más te agrada: el 
santo Rosario, porque solamente así mostraremos al mundo que somos una nación invencible. 
Finalmente, a partir de este momento te reconocemos como Comandante en Jefe espiritual de nuestros hombres en tierra, mar y aire, y desde lo profundo de nuestro corazón de argentinos damos respuesta a la voz que nos dice: 
- ¡A la Virgen del Rosario Subordinación y valor! 
- ¡Para servir a Dios y la patria!

Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (III)

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Belgrano, creación de la Bandera

Así nació nuestra Patria Argentina. Así nació nuestra Bandera. Esos hombres de Fe, ardientes patriotas y grandes devotos de la Virgen, fueron los que fundaron esta Nación. Y eso es una realidad que nadie puede negar y que nosotros, por Dios y por la Patria, no tenemos derecho a olvidar y no tenemos derecho a traicionar.

Hoy vivimos en nuestra Patria una lucha que quiere destruir todos estos valores y olvidar todo este pasado. Vivimos una revolución que de alguna manera es más peligrosa que la situación que vivió nuestra Patria hace algunos años atrás, cuando las guerrillas armadas querían apoderarse del poder para imponemos la bandera roja. Es más peligrosa porque mientras los montoneros del ERP lo hacían empuñando las armas, con atentados, con crímenes, esta lucha es una lucha disfrazada y sutil. Lo que estamos viviendo hoy es una revolución cultural que quiere hacer un hombre nuevo, pero hacerlo desarraigándolo de su pasado, de sus valores, de su Fe, de nuestra historia.

Es lo que se procura desde tantos medios de difusión en este tiempo. Personajes que tienen lugares importantes en la televisión o en la radio. Publicaciones periódicas como Humor, como El Periodista y como otra serie de revistas que hasta me daría vergüenza nombrarlas delante del Señor porque sería peor que decir malas palabras aquí desde el ambón. Personajes que tienen lugares importantes en la formación de nuestra juventud, en la cultura, o que quieren manipular desde posiciones de importancia el Congreso Pedagógico para dar una educación a nuestros jóvenes desarraigada de todos los valores tradicionales de la Patria y de la Fe.

Se quiere crear un hombre nuevo sin raíces. Es lo mismo que pasa en todas aquellas cosas que tienden a destruir la familia a través de ese aluvión de inmundicia y de pornografía que tenemos. A través de la Ley de Divorcio que destruye la solidez que debería fundar a la familia. Junto con la Ley de Divorcio se ha aprobado la liberación de los anticonceptivos, y hay quienes ya están pensando en una nueva ley qué sirva para aprobar el aborto, lo que afecta a la familia, hasta en sus mismas raíces. Mañana es también el Día del Padre. ¿Qué podemos pensar de aquél que no tiene respeto por sus padres? De aquél que se avergüenza de su apellido. De aquellas familias que quieren fundarse no sobre la roca sólida de un amor definitivo y de una palabra que vale para siempre, sino sobre la arena movediza de las pasiones humanas.

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera

Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (II)

 

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Bendición de la bandera de Belgrano por el canónigo Juan Ignacio Gorriti

Nuestra Bandera y la Virgen Inmaculada 
Y también decíamos que el símbolo, si bien pudo ser de otra manera, sin embargo, los hombres que decidieron elegir éste símbolo, no lo hicieron por casualidad. Y aquí hay algo que mira a las raíces más profundas de nuestra Patria y de nuestra Fe cristiana. Muchas veces se dice -y lo hemos dicho desde aquí en estas Misas por la Patria- que los colores de nuestra Bandera son los colores del manto de la Virgen. Pero algunos pueden creer que eso es una comparación poética, ¿no es cierto? Lo mismo que lo puede decir una maestra en un colegio: los colores de la Bandera, son los colores del cielo, las nubes blancas, el cielo azul, la nieve de las montañas. Es una hermosa comparación, pero es una comparación poética. 
Cuando decimos que los colores de la Bandera son los colores del manto de la Virgen, no estamos haciendo solamente una comparación poética, porque los colores de la Bandera argentina son los del manto de la Virgen, no por casualidad sino porque ésa fue la voluntad expresa del creador de la Bandera y así nos lo enseña la historia.

Cuando el Rey Carlos III consagra en 1761 España y las Indias a la Inmaculada y proclama a la Virgen como principal Patrona de sus reinos, creó la orden real que se va a llamar «Orden de Carlos III», cuyos Caballeros recibían como condecoración el medallón con la imagen azul y blanca de la Inmaculada -la cual pendía del cuello de una cinta-, y el artículo 4° de los Estatutos de la Orden describe esta cinta: las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales color azul celeste, los colores de la Inmaculada, a la cual el Rey ha consagrado España y las Indias.

Esta cinta la usaron los voluntarios que acompañaron a Pueyrredón en 1806 en la lucha contra los invasores ingleses y la llevaban anudada al cuello, como el pañuelo del criollo. Y habían elegido para esa cinta la medida de 38 centímetros que era el alto de la imagen de la Virgen de Luján. Y también, los mismos Húsares de Pueyrredón, van a usar esta cinta en 1807 en la defensa de Buenos Aires contra los invasores ingleses. Pueyrredón y Azcuénaga usaban la cinta porque eran Caballeros de la Orden de Carlos III. Belgrano la usaba porque él era Congregante Mariano en las Universidades de Salamanca y de Valladolid. Y al recibirse de abogado, Belgrano juró defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas. 
Cuando en el año 1794 Belgrano es nombrado Secretario del Consulado, lo puso bajo la protección de Dios y eligió como Patrona a la Inmaculada Virgen María y colocó los colores azul y blanco en el escudo del Consulado que estaba en el frente del edificio.

Cuando emprende la marcha con sus tropas hacia el Paraguay para luchar por nuestra independencia, asiste a Misa con todo su ejército en Luján y pone al ejército bajo la protección de la Virgen. No es por tanto por casualidad que Belgrano elige el color azul y blanco para dárselo a nuestra Bandera. 
Y de esto tenemos testimonios bien expresos. José Lino Gamboa, que era miembro del Cabildo de Luján junto con un hermano de Belgrano, y que estaba allí cuando Belgrano pasa con sus tropas, escribe: «Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la Bandera de la Patria había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María de quien era ardiente devoto, por haberse amparado en su Santuario de Luján».

Y el otro testimonio, que es el del Sargento Mayor Carlos Belgrano, hermano de Manuel Belgrano, desde 1812 Comandante Militar de Luján y Presidente del Cabildo de Luján. Y dice Carlos Belgrano: «Mi hermano tomó los colores de la Bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto». 
Por eso mismo, el Coronel Domingo French pudo decir en su proclama a las tropas, que la iza en Luján el 25 de septiembre de 1812: «Soldados, somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen; jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. Al que faltare su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se lo demanden».

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera

Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (I)

 

Izamiento en Moody Brook 01 01

Izamiento en Moody Brook

Hoy es el día de la Bandera y la Bandera es el símbolo de esa realidad que amamos y por la cual rogamos, que es la Patria. El símbolo es aquello que representa algo. Es algo que puede ser constituido por los hombres, pero sin embargo es una cosa muy seria. Nos basta pensar solamente que la cruz es el símbolo de nuestra Fe cristiana y católica, y nos hace referencia a la tragedia del pecado y al amor inmenso de Cristo que muere en la cruz para salvarnos. 
La cruz antes de Cristo era un símbolo de ignominia, era la peor condena que se podía dar a los delincuentes, pero cuando Cristo muere en la cruz cargando sobre sus espaldas nuestros pecados -Cristo muriendo en la cruz nos salva- la cruz se transforma en el símbolo de la salvación. Y cuando nosotros miramos una Cruz, a través de ella adoramos a Dios y nosotros hacemos sobre nosotros mismos la Señal de la Santa Cruz. La Cruz es un símbolo y es una cosa seria, es una cosa sagrada, representa a Cristo, la Fe de Cristo, nuestra condición de cristianos. La señal del cristiano es la Santa Cruz, aprendíamos en el Catecismo.

Y así como la Cruz es símbolo de la Fe de la Iglesia de Cristo, la Bandera es un símbolo de esa realidad humana que Dios quiso para nosotros que es la Patria. Es un símbolo, y un símbolo que está por encima de cualquier otro símbolo. Muchas veces hemos afirmado aquí que la Patria está por encima de las divisiones de clases y de las divisiones de partidos y de cualquier otra división. Porque el Bien Común de la Patria está por encima, tiene que estar por encima de todos los intereses particulares. 
Puede haber símbolos que enfrentan a los hombres, que los distinguen, que los dividen. Los hombres se dividen a veces por banderías políticas y tienen un símbolo que los distingue; a veces hasta en el deporte, los colores, el escudo, el distintivo, es un símbolo que está representando a ese club. Pero por encima de los distintos colores de boinas o de distintivos políticos, por encima de las diversas camisetas de los clubes, por encima de todos aquellos símbolos de realidades menores, está la Bandera que es el único símbolo que une a todos los argentinos en una empresa común, en la cual Dios nos quiere. Y esa empresa común es la Patria.

Decíamos que el símbolo es algo que hacen los hombres. Pero los hombres para hacerlo tienen algún motivo, y... ese símbolo que ha sido elegido pudo a lo mejor ser de otro color, de otra forma, pero ese símbolo que ha sido elegido se une a la historia de una Patria. Y van pasando los siglos, los años, va pasando el tiempo y ya no se puede decir de ese símbolo: “se puede cambiar”, “es sólo un pedazo de trapo”, “es algo que podría ser distinto”. No. ¿Por qué? Porque cuando ese símbolo ha pasado a ser el distintivo de una Nación y de una historia, ese símbolo de alguna manera va siendo consagrado por los hombres. Por los hombres en el cual mirándolo se reconocen, por los hombres que han derramado su sangre para defender ese símbolo sabiendo que defendían a la Patria, por los hombres que han prestado por generaciones y generaciones el juramento, por los que han sentido un día en su corazón la emoción al ver la Bandera que se iza en la mañana en el patio de la escuela, o en el mástil del cuartel. El símbolo que une a los argentinos por encima de cualquier otra cosa, el símbolo que, como decíamos, dependiendo de quienes han derramado su sangre, ya no es algo accidental, ya es algo importante, es algo que va unido de manera profunda a la historia de una Patria.

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera

 

Nuestra vocación patriótica

 

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No hemos nacido aquí por casualidad. Si Dios quiso, para Dios es su Plan infinito; todo es Providencia y todo está previsto, si Dios quiso que yo naciera en este lugar del mundo, en este rincón del mundo, en este rincón del hemisferio sur; si Dios quiso que yo naciera en este tiempo y no en otro tiempo, o en este siglo y no en otro siglo, o en esta parte del siglo y no en la otra, todo ello no es casualidad. Dios, que se preocupa hasta de los mínimos detalles de mi existencia, no me arrojó al mundo como quien tira por casualidad una pelota para ver adónde va a caer, sino que en la Providencia de Dios estuvo el que yo naciera y que yo me hiciera presente en el mundo en medio de estas determinadas coordenadas espacio-temporales que me ubican en este siglo, que me ubican en este lugar del mundo que se llama República Argentina.

Eso también está dentro del Plan de Dios y al estar dentro del Plan de Dios, eso también marca mi vocación, esto también marca mi misión, eso también marca aquello que la Providencia de Dios tiene pensado sobre mí, no es indiferente el que Dios me haya puesto en un lugar o en otro, porque eso de alguna manera me condiciona, de alguna manera me forma. Los que hablan de universalismo, dice por ahí el Padre Castellani, dicen: «Mi Patria es el mundo», pero si uno los trasladara a la China o al Congo, que también son parte del mundo, al poco tiempo llorarían de emoción si sienten hablar a alguien castellano o cuando sienten que alguien toca, qué sé yo, un tango, una zamba, o pongámosle, una chamarrita. Mi Patria es el mundo, pero en la otra punta del mundo extrañarían ciertamente este pedazo, este terruño, aquello donde han nacido. 
Porque uno, aun cuando racionalmente quisiera renegar de su Patria, no puede renegar de su herencia, no puede renegar de su sangre, de su lengua, de la tierra en que ha nacido, no puede renegar de sus padres, no puede renegar de aquello que lo constituye física y espiritualmente y que le penetra hasta por el aire que respira. Es amarla entonces, sí, con un amor cristiano, que no supone exclusiones, que no supone un amor cerrado, que no niega sino que al contrario, es mediador, único mediador terreno para ese amor universal.

Y ese amor, como alguna vez lo hemos señalado, tiene también dos aspectos: por una parte, ese amor es amor de complacencia; y el amor de complacencia es el amor más sensible de la Patria y el que mira sobre todo a su pasado. La emoción que uno puede sentir en el folklore, en la historia, en las tradiciones de la Patria, en aquello que es típico o propio de nuestro terruño o de nuestro pueblo; la emoción que uno puede sentir cuando contempla un paisaje, sobre todo cuando contempla un paisaje que le es querido por muchos motivos. Y todo aquello que hace para nosotros el contorno físico o el contorno humano sensible de nuestra Patria. Todo esto es el amor sensible. 
Pero luego hay otro amor, y es ese amor que mira hacia el futuro. Existe ese amor que mira a la Patria no solamente como la tierra sino como la comunidad de hombres que viven en esta tierra y que teniendo una herencia común en el pasado, en la historia, en la religión, en la cultura, en la raza, tiene un destino común de Patria.

Y este amor, que mira a la Patria en su presente o en su futuro, no es tanto un amor sensible como aquél que se complace en el folklore o en el terruño, sino que es un amor crítico. Es un amor a veces dolorido. Lo expresa este dolor el Padre Castellani cuando dice: «De las ruinas de este país que llevo edificado sobre mis espaldas, cada minuto me cae un ladrillo al corazón. Y ¡ay de mí! Dios me ha hecho el órgano sensible de todas las vergüenzas de mi Patria y en particular de cada alma que se desmorona». Esto nos muestra hasta qué punto ese amor, sin dejar de ser sensible, puede ser un amor crítico. 
O sea, amar la Patria no es solamente complacerse sino condolerse en esta realidad de la Patria, donde hay tanta miseria, donde hay tanta corrupción, tanta cobardía, donde hay tanta estupidez, tanta traición, tanta injusticia. 
Es un amor crítico. Es como el amor del que ama al enfermo para llevarlo a curar, o el amor del que ama al pecador para enderezarlo en el camino.

Fuente: P. Alberto Ezcurra. Sermón pronunciado en el Seminario de Paraná, Entre Ríos, el 25 de mayo de 1981. Cf. Ezcurra Alberto, Sermones Patrióticos, Cruz y Fierro Editores.

En la resurrección nos veremos

 

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Sargento Cisneros

Al cumplirse mañana 25 años del inicio de la gesta de Malvinas, queremos ofrecer una muestra del verdadero espíritu que animó a nuestro soldados, espíritu tantas veces negado o deformado. Recordar y meditar los elevados ideales que los impulsaron es lo que hará dar frutos permanentes a su abnegado sacrificio. 
Presentamos a continuación un extracto del relato del My (R) Jorge Manuel Vizoso Posse, en el que describe sus últimos diálogos con el Sargento Mario Antonio “El Perro” Cisneros, caído en combate el 10 de junio de aquel 1982.

Las horas pasaban con lentitud insoportable. Le revelé al Sargento a la luz de la luna, que tenía un pedazo de chocolate, al que trocé con sentido equitativo por la mitad, y le extendí una parte:

- Gracias, mi Teniente Primero -me agradeció con voz ronca por el prolongado silencio, y continuó- le agradezco mucho, con la hambruna que tenemos de varios días sin comer, me parece muy admirable que comparta usted conmigo.
- Los comandos debemos ser como los mosqueteros, “uno para todos y todos para uno”, compartirlo con usted, me permite comer a mí también -le confesé, sonriendo y quitándole importancia al hecho.
- Aunque a Usted le parezca mentira, le tengo mucho aprecio. Mi familia conoce la suya, son de buena semilla. Se lo digo de todo corazón, en estas circunstancias no caben las obsecuencias -dijo el Sargento en tanto saboreaba goloso el chocolate.
- Le agradezco su sinceridad y nosotros compartimos nuestros sentimientos respecto de su familia. Sabemos que son hombres de palabra -comenté con complacencia.
- Nosotros al igual que ustedes, buscamos siempre la verdad. Usted me permitió que tenga la ametralladora, no se arrepentirá de habérmela dejado. Estoy muy contento por su generosidad- agregó el suboficial.
- Nosotros somos personas simples, estamos en peligro de muerte, aquí las cosas que tienen valor son las espirituales. No quisiera presentarme ante el Creador sorprendido en medio de mis mezquindades -contesté.
- Tiene razón, yo pienso de igual manera, lo único que me interesa es mantener aun a costa de mi vida, mis ideales de Dios, Patria y Familia. (Yo entonces, no sabía que el Sargento había escrito a su familia una última carta que confirma sus ideales y que los mantuvo hasta su muerte).
- Sargento, creo firmemente que estamos en este mundo para probar nuestro amor, mantener la verdad y la justicia, aun a costa del sufrimiento y sacrificio de nuestras vidas, porque la mentira está por todas partes con sus atracciones que nos arrastran por el suelo; pero cuando uno se encuentra en un lugar olvidado de Dios con un hombre que sé lo quilates que pesa, le llenan de fuerza para continuar la lucha. Ambos sabemos que las cosas no están bien. A pesar de ello, estoy dispuesto a dar todo de mí, cueste lo que cueste -respondí con firmeza.
- Mi Teniente Primero, esas últimas palabras me resultan familiares. Se las puse a mi familia en mi última carta -me interrumpió.
- Usted es famoso por su perseverancia y fidelidad a sus principios, por eso le dicen “El Perro”. Sé que esta noche no será fácil para nosotros... pero también sé que tanto la vida actual como la muerte no tienen sentido si no creemos en la resurrección, donde los que compartimos nuestros ideales cristianos nos volveremos a ver. Allí, separados de nuestras imperfecciones y corrupciones, harán que las cruces y pesares de esta vida, valgan la pena soportarlos -le declaré con convicción.
- ¡En la resurrección nos veremos, mi Teniente Primero! -respondió él con convicción y confianza.

-¡En el encuentro con la Divinidad!

El deber cristiano de amar la Patria

Casa de Tucuman 01  01

Rezar por la Patria es un deber nuestro, como argentinos y también como católicos. Y es necesario señalarlo, porque a veces en algunos ambientes católicos encontramos quien piensa que el patriotismo, el amor a la Patria ferviente, el amor por las cosas de la Patria, el luchar por la Patria, el jugarse por la Patria, es algo... bueno... como una idea fija de algunos, es el entusiasmo de algunos, es como si fuera la opción por un equipo de fútbol, o por un partido político, o todas esas cosas combinadas. No. Para nosotros como cristianos, como católicos, el amor a la Patria es un deber; es parte del mandamiento del Señor que nos manda amar a nuestros prójimos.

Y entre el prójimo tenemos que amar con mayor predilección a aquellos que están unidos a nosotros por lazos de sangre, de lengua, de religión, de cultura, de tradición, de historia. Y es un deber también como hijos: el mismo cuarto Mandamiento que nos manda amar a nuestros padres, nos manda también amar a nuestra Patria porque de los padres y de la Patria nosotros recibimos la vida. Y como estamos obligados a amar a nuestros padres, tenemos que amar también a nuestra Patria.

Se podría decir que un buen católico, que uno que cumpliera con todos los deberes de piedad pero que no amara a su familia, que no cumpliera sus obligaciones para con su familia, ciertamente que no sería un buen católico. Exactamente lo mismo podríamos decir de aquél que se llama católico y que a lo mejor se vuelca en manifestaciones exteriores de su Fe, pero no es capaz de amar a esta tierra en la cual Dios lo hizo nacer. A este rincón del mundo que se llama la República Argentina. Porque no nacimos aquí por casualidad, sino que fue la Providencia de Dios que quiso que viniéramos al mundo en este rincón del mundo y en este tiempo de la historia.

El Papa León XIII, el gran Papa de la Rerum Novarum, el que manifestó su preocupación por los trabajadores, amaba también a la Patria y nos enseña a amarla. Y dice la Encíclica que «el amor sobrenatural de la Iglesia y el amor natural a la Patria, son dos amores que proceden de un mismo principio eterno, porque la Causa y el Autor de la Iglesia y de la Patria es el mismo Dios. De lo cual se sigue que no puede darse contradicción entre estas dos obligaciones». 
Y el Papa San Pío X decía a un grupo de peregrinos en Roma: «Sí, es digna no sólo de amor sino de predilección la Patria, cuyo nombre sagrado despierta en nuestro espíritu los más queridos recuerdos y hace estremecerse todas las fibras de vuestra alma. Esta tierra común que habéis tenido por cuna, a la que os vinculan los lazos de la sangre, y esa otra comunidad aún más noble de los afectos y las tradiciones. Si el catolicismo fuera enemigo de la Patria, no sería una religión divina». Palabras del Papa San Pío X.

El gran Pontífice Pio XII escribía: «Existe un orden establecido por Dios, según el cual se debe amar más intensamente y se debe ayudar preferentemente a aquellos que están unidos a nosotros por especiales vínculos. El Divino Maestro en persona dio ejemplo de esta manera de obrar, amando con especial amor a su tierra y llorando tristemente a causa de la inminente ruina de la ciudad santa».

Y el Papa Juan Pablo II, que nos visitara hace cinco años, en los momentos difíciles de la Patria, dice en una alocución a los Obispos argentinos: «La universalidad, dimensión esencial en el pueblo de Dios, no se opone al patriotismo ni entra en conflicto con él. Al contrario, lo integra, reforzando en el mismo los valores que tiene, sobre todo el amor a la propia Patria, llevado si es necesario hasta el sacrificio».

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón pronunciado en San Rafael, Mza., el 2 de Abril de 1987. Cf. Ezcurra Alberto, Sermones Patrióticos, Cruz y Fierro Editores.

Los colores de la bandera Argentina

Mucho se ha dicho sobre el origen de los colores de la bandera Argentina. Se dice que su creador, General Manuel Belgrano, se inspiró en los colores del cielo para imprimir el azul/celeste y blanco que la caracteriza.

 

Sin embargo, otra es la verdad: los colores de la bandera Argentina fueron tomados de los colores de la Virgen María, de Luján. Lo confirman muchos testimonios escritos, como por ejemplo los textos del historiador Aníbal Rottjer: "El sargento mayor Carlos Belgrano, que desde 1812 era comandante y presidente de su Cabildo, dijo: 'Mi hermano tomó los colores de la bandera del manto de la Inmaculada de quien era ferviente devoto'. Y en este sentido se han pronunciado también sus coetáneos, según afamados historiadores". El mismo autor dice: "Después de implorar el auxilio de la Virgen, y usar de reconocimiento los colores de su imagen, por medio de dos cintas anudadas al cuello, una azul y otra blanca, y las llaman de la medida de la Virgen, porque cada una de ella media 40 cm., que era la altura de la imagen de Lujan". O también "al fundarse el Consulado en 1794, quiso Manuel Belgrano que su patrona fuera la Concepción y que, por esta causa, la bandera de dicha institución constaba de los colores azul y blanco. Belgrano en 1812 para el pabellón nacional ¿escogería los colores azul y blanco por otras razones distintas de las dichas en 1794?".

 

El Padre Jorge Salvaire no conocía estos detalles y sin embargo afirma que "con razón cuentan, no pocos ancianos, que al dar Belgrano a la gloriosa bandera de su Patria los colores blanco y azul había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, obsequiar a la Pura y Limpia Concepción de María (como) ardiente devoto".

 

Manuel Belgrano, que había concurrido a Luján en 1812 con su ejército a visitar a María y rezar el Rosario con los soldados, ofrece a la Virgen en 1813 dos banderas tomadas al enemigo en la batalla de Salta. El 27… (se lee) en la sesión del Cabildo de Luján el siguiente oficio: "Remito a Usía dos banderas de división, que el … de febrero se arrancaron de las manos de los enemigos, a fin de que se sirva presentarlas a la Señora, a nombre del Ejército de mi mando, en el Templo de ésa, para que se haga notorio el reconocimiento que mis hermanos de armas y yo estamos a los beneficios que el Todopoderoso nos ha dispensado por ella y exciten con su vista la devoción de los fieles para que siga concediéndonos sus gracias. Dios guarde años. Jujuy, 3 de mayo de 1813. Manuel Belgrano. Al Sr. Presidente, Justicia y Regimiento del Muy … la Villa de Luján". Cumplidos todos los trámites oficiales y notificaciones debidas, las banderas fueron colocadas ante la Santísima Virgen de Luján el sábado 1 de julio de 1813.

 

Luego de conocer estos hechos históricos que nos revelan que la bandera Argentina procede del Manto de la Madre de Dios, debemos comprender que Dios no se aparta de la historia. Somos los hombres los que nos apartamos de Dios, pese a Su insistencia en ayudarnos en la intercesión de Su amorosa Madre.

Fuente: P. Gabino Tabossi, Art. "Luján: origen indudable de la bandera Argentina", Sitio: paramayorgloriadedios.blogspot.com.ar

Santa Juana de Arco, la heroína de Dios

Relato del confesor de S. Juana de Arco sobre la liberación de Orleans

El padre Juan Pasquerel, agustino, declaró sobre el sitio de Orleans: Juana me dijo que exhortara públicamente a todos los soldados a confesarse y dar gracias a Dios por la victoria. Y manifestó también en víspera de la Ascensión que, en cinco días, el asedio de Orleans sería levantado y no quedaría ningún inglés en la ciudad; lo que sucedió como ella dijo.

 

Volviendo a su alojamiento me dijo que al otro día era fiesta de la Ascensión y no haría la guerra por respeto a la fiesta; y que ese día quería confesarse y recibir la Eucaristía, lo que hizo. Y ordenó  que en ese día nadie se atreviera a salir de la ciudad y hacer ningún ataque, si no se había antes confesado, y que tuvieran cuidado con las mujeres de mala vida para que no siguieran al ejército, porque era por los pecados que Dios permitía que se pierda la guerra.

Ese mismo día de la Ascensión escribió una carta a los ingleses de las fortalezas en la que les decía: “Vosotros no tenéis ningún derecho sobre el reino de Francia, el rey de los cielos os ordena y manda por mí, Juana la Doncella, que dejéis las fortalezas y retornéis a vuestro país, porque si no los hacéis, tendréis una derrota de la que habrá perpetua memoria. Os escribo por tercera y última vez. Firmado Jesús, María, Juana la Doncella…”

Después ella tomó una flecha, ató [la carta] con un hilo al extremo de la flecha y ordenó a un arquero lanzarla a los ingleses, gritando: “Leed, ahí van noticias”. Los ingleses recibieron la flecha con la carta y la leyeron. Después de leerla, comenzaron a dar gritos: “Son las nuevas de la ramera de los Armañacs”. A estas palabras ella comenzó a suspirar y a llorar con abundantes lágrimas, invocando al rey del cielo en su ayuda. Y enseguida fue consolada, porque había tenido noticias de su Señor...

 

Al día siguiente de la Ascensión, me levanté temprano, la oí en confesión y canté la misa ante ella y las gentes de Orleans, pues ellos irían al asalto que duró desde la mañana hasta la noche. Ese día fue tomada la fortaleza des Augustins y Juana, que tenía costumbre de ayunar los viernes, no pudo ayunar ese día, porque estaba demasiado fatigada, y cenó. Después de cenar, vino un caballero diciendo que los capitanes habían tenido consejo y, viendo que eran poco numerosos en relación a los ingleses y dado que la ciudad tenía víveres, podrían esperar hasta que el rey les enviara ayuda y no salir a la mañana al ataque.

Ella respondió: “Vosotros tenéis vuestro consejo y yo el mío. El consejo de mi Señor es el bueno y será cumplido y vuestro consejo quedará en nada”. Y dirigiéndose a mí que estaba detrás de ella, me dijo: “Levántese mañana temprano, antes que lo ha hecho hoy. Esté siempre detrás de mí. Porque mañana tendré mucho que hacer y más que nunca. Mañana la sangre me saldrá del cuerpo por encima del seno”.

 

Al día siguiente, sábado, me levanté temprano y celebré la misa y Juana fue al asalto contra la fortaleza del Puente (du Pont), donde estaba el inglés Glansdale. El asalto duró desde la mañana hasta el ocaso del sol sin parar. En este asalto, después de desayunar, Juana, como había predicho, fue herida de flecha sobre su seno, y, cuando ella se sintió herida, tuvo miedo y lloró. Algunos soldados, viéndola herida, quisieron aplicarle un encantamiento, pero ella no quiso, diciendo: “Prefiero morir que hacer una cosa que sepa es pecado o contra la voluntad de Dios”. Se puso sobre su herida aceite de oliva y un poco de tocino. Después se confesó conmigo llorando, y después volvió al asalto gritando: “Glansdale, Glansdale, ríndete, ríndete al rey del cielo. Tú me llamas ramera; pero yo tengo piedad de tu alma y de las de los tuyos”.

Entonces Glansdale, armado de pies a cabeza, cayó en el río Loira y se ahogó. Juana, movida de piedad, comenzó a llorar mucho por el alma de Glansdale y de los otros que estaban ahogados en gran número. Y ese día los ingleses que estaban más allá del puente fueron tomados prisioneros o muertos.

 

Al día siguiente, domingo, antes de salir el sol, todos los ingleses que habían quedado se reunieron y se fueron a la villa de Meung-sur-Loire. Ese domingo hubo en Orleans una procesión solemne con sermón.

Fuente: P. Ángel Peña O.A.R., Santa Juana de Arco, la  heroína de Dios