Meditar en el amor de Dios

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¡Oh Señor! Tú nada ganas en estar con nosotros; y sin embargo, nos amas tanto, que dijiste que tus delicias eran estar con nosotros. ¡Oh, cuánto nos amas Dios mío, pues eres más feliz en darte a ti mismo que en darnos las cosas que te pedimos! Ya no quiero poseer nada, porque, si yo quiero y te lo pido, puedo poseerte a ti, Dios mío, y tratar tan íntimamente contigo. 
Me adornaré con las joyas de las virtudes y te invitaré a que entres en el tálamo de mi corazón para descansar contigo en íntima unión. Sé que Tú no pides ni quieres otra cosa sino visitar mi alma y entrar en ella.

Y ¡qué triste es, Señor, me hayas estado llamando tanto tiempo y no te haya abierto y me haya privado de tan grande felicidad! Me acercaré a ti en el secreto de mi corazón y te diré: Sé que Tú me amas mucho más de lo que yo me amo, por eso ya no me preocuparé más de mí; me acercaré a ti, pondré mi vida en tus manos y Tú cuidarás de mí. Yo no puedo atender y preocuparme de mí y de ti; por eso viviremos en un intercambio mutuo de pensamientos y de afectos: Tú pensarás en mí y en mi debilidad para socorrerme, y yo pensaré en tu bondad para deleitarme en ella. Y aunque en este cambio el que gana soy yo, porque Tú nada puedes recibir de mí, sé que Tú te complaces más en permanecer conmigo y en ayudarme que yo en estar gozando de tu bondad.

¿Cuál es la causa de esto? La causa soy yo, porque yo me quiero mal y Tú me quieres bien, como Dios que eres. Si quisiera, ¡oh Señor!, recordar todas las pruebas que me has dado de tu amor, no sería capaz de hacerlo; aunque tuviera las lenguas de todos los hombres y de todos los ángeles, no llegaría a expresar y cantar dignamente los bienes de naturaleza, de gracia y de gloria que de ti proceden. ¿Es posible, Señor, que yo pueda pensar y meditar en otra cosa que no sea tu amor? ¿Por qué deseo y ansío otras cosas que no sean tu amor? ¿Por qué no me siento atado preso de tu amor? Tu amor me rodea por todas partes y yo aún no lo comprendo, aún no sé lo que es tu amor.

Fuente: San Buenaventura, citado en Intimidad Divina, del P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d.

El trato íntimo con Dios (I)

Santa Teresa de Jesus 11 34

Santa Teresa de Jesús

¡Oh Señor! No te desdeñes de admitirme, aunque indigno, en tu intimidad. 
La meditación, lo mismo que la lectura meditada, es un medio para llegar al centro y a la esencia de la oración, que, según Santa Teresa de Jesús, "no es otra cosa... sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (Vida 8, 5).

Poco importa que lleguemos a ella a través de la meditación o de la lectura o por medio del rezo lento y devoto de una oración vocal: todos son caminos buenos; el mejor para cada uno será aquel que más rápidamente le lleve al término, o sea, al trato íntimo con Dios. Llegada al centro de la oración, el alma tiene que aprender a permanecer en esta actitud, en este "tratar de amistad... a solas" con el Señor. También aquí el modo de ejercitarse en este intimar con Dios cambiará según la inclinación y las disposiciones personales, que frecuentemente pueden variar según los días y las circunstancias.

A veces, apenas se ha adentrado el alma un poco en la consideración del amor de Dios para con ella, se siente impulsada a manifestarle su gratitud y su deseo de corresponder a ese amor; así, espontáneamente, se inicia una conversación íntima con el Señor. En ella le declara todo su reconocimiento, le promete ser en adelante más generosa y decidida en darse a Él, le pide perdón por no haber sido así en el pasado; porque son sinceras sus palabras, hace después delante de Dios sus propósitos prácticos y, finalmente le pide gracia y ayuda para saber cumplirlos de veras. 
Evidentemente esta manera de oración es un coloquio íntimo, todo personal y espontáneo, sin ninguna preocupación de forma y de orden, brotado únicamente de la exuberante plenitud del corazón. Es ésta una de las formas en que el alma, suspendida la lectura o la meditación que despertaron en ella tantos sentimientos buenos "está... tratando a solas" con Dios. Volverá de nuevo a la lectura o a la reflexión cuando sienta la necesidad de nuevos pensamientos y de nuevos afectos para animar y calentar el espíritu en ese coloquio con el Señor.

Se puede llamar éste un verdadero coloquio, pues no sólo es el alma quien habla, sino que el mismo Dios le responde, no con palabras sensibles, sino infundiéndole gracias de luz y de amor que le iluminan los caminos de Dios y le encienden en ansias de entrar en ellos con mayor generosidad. Por eso no es conveniente que el alma en el coloquio abunde demasiado en palabras: es mejor que muchas veces lo suspenda y se ponga a escuchar en su interior los movimientos de la gracia, que son precisamente la respuesta de Dios.

"¡Oh Señor! Ayúdame para que el fin de mi oración sea únicamente ocupar mi corazón en amarte; y porque no conozco ni encuentro otro medio más apto para ejercitarme en el amor que este recogimiento íntimo que se goza en el silencio y el olvido de todas las criaturas, quítame, Dios mío, la vida antes que privarme de este trato interior contigo, que es mi pequeño cielo en la tierra" (San Leonardo de Porto Mauricio).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Características de la vida según la interioridad

Modestia 01 01b

La interioridad moral. Consiste en la capacidad radical de acoger en sí y experimentar vitalmente toda verdad y todo bien hasta quedar fecundado por ellos, y en el poder subsiguiente de engendrar mediante una voluntad libre acciones y obras que transformarán tanto al propio hombre como al mundo que depende de él. 
Cuando por la fe y la caridad la intimidad del hombre se abre al Espíritu Santo, entonces la interioridad del creyente entra en comunicación con la interioridad divina y adquiere una profundidad nueva e insondable. 
Se juzga mal al hombre y a los asuntos morales cuando se opone superficialmente la interioridad a la exterioridad, cuando se quiere combatir lo que se llama la "vida interior" so pretexto de favorecer el compromiso del hombre o del cristiano en el mundo. Más bien lo propio de la vida parece ser crear una interioridad dinámica capaz de transformar el mundo gracias a una interacción regular. La interioridad personal es, de este modo, la verdadera matriz donde se forman las mejores acciones del hombre.

La profundidad. Designa el hecho de dejar atrás las impresiones, los sentimientos, las ideas y las representaciones superficiales, penetrando hasta el corazón de las realidades humanas y de las cuestiones morales gracias a la reflexión y la experiencia activa. Se puede ver su símbolo en la comparación, propuesta por Orígenes, de la meditación de la Escritura con la excavación de pozos en el desierto que llevaron a cabo los siervos de Jacob, a la búsqueda de las fuentes vivas.

La altura o elevación. Designa la exigencia de un esfuerzo prolongado y progresivo para alcanzar la calidad moral, comparable con la ascensión de una cima. Implica dejar atrás todo lo que es moralmente bajo, la lucha contra la pereza y la pesadez interior. Se la designa con expresiones como la elevación de los sentimientos o la grandeza del alma. Se puede ver su signo en la montaña del Sinaí que escaló Moisés para recibir las tablas de la Ley o en la montaña de las bienaventuranzas donde Jesús proclamó la justicia superior a la de los escribas y fariseos. Esta altura debe, sin embargo, conjugarse con la profundidad en la que está colocado el fundamento sólido de la humildad ante lo real y ante la palabra de Dios, que previene la exaltación falaz del orgullo.

La densidad. Es el resultado de la paciente acumulación, en el espíritu y en el corazón, de las reflexiones, las experiencias y los esfuerzos. Implica una cierta capacidad de recogimiento y reclama una fidelidad perseverante de las cualidades morales.

La amplitud. El progreso de la profundidad, la altura y la densidad contribuyen al ensanchamiento del espíritu y del corazón. La capacidad de recibir, de comprender y de ordenar las ideas y los sentimientos aumenta y se fortifica. Uno de los signos de esta amplitud es el saber abarcar con una mirada y comprender el pensamiento de otras épocas de la historia para discernir en ellas la continuidad viva de una tradición espiritual.

Fuente: Servais (Th.) Pinckaers OP, Las fuentes de la moral cristiana.

La fuerza del silencio

 

La Fuerza del Silencio 01 01

Extracto del prólogo de SS Benedicto XVI al libro del Card. Robert Sarah "La fuerza del silencio".

Desde que leí por primera vez las Cartas de San Ignacio de Antioquia en los años 50, un pasaje de su Carta a los Efesios me conmovió particularmente: "Más vale callar y ser que hablar y no ser. Está bien enseñar si aquel que habla hace. Uno solo es el Maestro que ha dicho y ha hecho, y las cosas que ha hecho en el silencio son dignas del Padre. Aquél que posee en verdad la palabra de Jesús puede entender también su silencio, a fin de ser perfecto, a fin de obrar por su palabra y hacerse conocido por su silencio". 
¿Qué significa escuchar el silencio de Jesús y reconocerle a través de su permanecer en silencio? Sabemos por los Evangelios que Jesús, a menudo, pasaba las noches solo "en la montaña" orando, en diálogo con el Padre. Sabemos que su hablar, su palabra, proviene del silencio y sólo podía madurar en él. Por lo tanto, es revelador que su palabra sólo puede ser entendida de la manera correcta si nosotros también entramos en su silencio, sólo si aprendemos a escucharla a partir de su permanecer en silencio.

Ciertamente, para poder interpretar las palabras de Jesús se necesita tener un conocimiento histórico que nos enseñe a comprender el tiempo y el lenguaje de esa época. Pero sólo esto, en todo caso, no es suficiente para comprender el mensaje del Señor en toda su profundidad. Quien lea hoy los comentarios a los Evangelios, cada vez más voluminosos, al final se queda decepcionado. Aprende muchas cosas útiles sobre el pasado, y muchas hipótesis que, en última instancia, no contribuyen en nada a la comprensión del texto. Al final se tiene la sensación de que a ese exceso de palabras le falta algo esencial: entrar en el silencio de Jesús, del cual nace su palabra. Si no podemos entrar en este silencio, siempre escucharemos superficialmente la Palabra, sin comprenderla verdaderamente.

Todos estos pensamientos atravesaron de nuevo mi alma leyendo el nuevo libro del cardenal Robert Sarah. Él nos enseña el silencio: el permanecer en silencio junto a Jesús, el verdadero silencio interior, y de esta forma nos ayuda a comprender de un modo nuevo la palabra del Señor. 
Naturalmente, habla poco o nada de sí mismo, pero de vez en cuando podemos alcanzar a ver su vida interior. A la pregunta de Nicolás Diat: "¿Alguna vez le han resultado las palabras demasiado molestas, demasiado pesadas, demasiado ruidosas?", responde: "En mi oración y en mi vida interior siempre he sentido la necesidad de un silencio más profundo y completo... Los días de soledad, de silencio y de ayuno absoluto han sido un gran apoyo. Una gracia increíble, una lenta purificación y un encuentro personal con Dios... Los días de silencio, soledad y ayuno, con el único alimento de la Palabra de Dios, permiten al hombre orientar su vida hacia lo esencial". Estas líneas hacen visible el manantial del que vive el Cardenal, y que da a su palabra profundidad interior. Esta es la base que a su vez le permite ver los peligros que amenazan continuamente la vida espiritual, incluso de sacerdotes y obispos, poniendo en peligro a la propia Iglesia, en la que no es algo infrecuente que la Palabra sea reemplazada por una verbosidad en la cual se diluye la grandeza de la Palabra.

Vida oculta de San José. Ocultarnos con Jesucristo. (I)

 

San Jose 20  57

¿Qué diré aquí, cristianos, de este hombre oculto con Jesucristo? ¿Dónde encontraré luces bastante penetrantes para horadar la oscuridad que envuelve la vida de José? Meditar sobre tan hermoso tema será útil para la salvación de las almas. José tuvo este honor de estar diariamente con Jesucristo, y con María tuvo la parte más grande de sus gracias; y, sin embargo, José estaba oculto, su vida, sus obras, sus virtudes eran desconocidas. Quizás aprenderemos de tan hermoso ejemplo que se puede ser grande sin estrépito, que se puede ser bienaventurado sin ruido y que se puede tener la verdadera gloria sin ayuda de la fama, por el solo testimonio de su conciencia. (Cf. 2 Cor. 1, 12); y este pensamiento nos incitará a despreciar la gloria del mundo.

Pero para entender sólidamente la grandeza y dignidad de la vida oculta de José, admiremos ante todo la infinita variedad de disposiciones de la Providencia en las distintas vocaciones. Entre todas las vocaciones, señalo dos en las Escrituras que parecen directamente opuestas. La primera, la de los apóstoles; la segunda, la de José. Jesús se revela a los apóstoles, Jesús se revela a José, pero en condiciones bien opuestas. Se revela a los apóstoles para proclamarlo por todo el universo; se revela a José, para callarlo y para esconderlo. Los apóstoles son luces para hacer ver a Jesucristo al mundo; José es un velo para cubrirlo y bajo este velo misterioso nos oculta la virginidad de María y la grandeza del Salvador de las almas. Por eso leemos en las Escrituras, que cuando lo querían despreciar, decían: "¿No es éste el hijo de José?" (Jn. 6, 42). José, oyendo hablar de las maravillas de Jesucristo, escucha, admira y calla.

¿Qué significa esta diferencia? ¿Dios se contradice a sí mismo en estas vocaciones opuestas? No, fieles, no lo creáis: toda esta diversidad tiende a enseñar a los hijos de Dios esta verdad importante, que toda la perfección cristiana no consiste sino en someterse. Quien glorifica a los apóstoles por el honor de la predicación, glorifica también a San José por la humildad del silencio; y de esto debemos aprender que la gloria de los cristianos no está en las ocupaciones brillantes sino en hacer lo que Dios quiere. Si todos no pueden tener el honor de predicar a Jesucristo, todos pueden tener el honor de obedecerle; y esto es la gloria de San José, esto es el sólido honor del cristianismo. 
No me preguntéis, pues, cristianos, qué hacía San José en su vida oculta; es imposible que os lo enseñe, no ha hecho nada para los ojos de los hombres, porque ha hecho todo para los ojos de Dios. Así es como vivía el justo José. Veía a Jesucristo y se callaba; lo saboreaba, pero no hablaba de ello; se complacía sólo en Dios, sin repartir su gloria con los hombres. Cumplía su vocación, porque, como los apóstoles son los ministros de Jesucristo anunciado, José era el ministro y compañero de su vida oculta.

¡Oh, José!, guardad el secreto del Padre eterno: Él quiere que su Hijo esté oculto al mundo; por amor a la vida oculta, servidle un velo sagrado y envolveos con Él en la oscuridad que lo rodea.

Fuente: Jacobo Benigno Bossuet, Sermones sobre San José.

La oración vocal (II)

Santa Teresa de Jesús, para educar y disponer a las almas al trato íntimo con Dios, quiere que la oración vocal sea siempre orientada a este fin. Dice: «Yo he de poner siempre junta la oración mental con la vocal» Y explica así su pensamiento: «Sabed, hijas, que no está la falta para ser o no ser oración mental en tener cerrada la boca; si hablando estoy enteramente entendiendo y viendo que hablo con Dios con más advertencia que en las palabras que digo, junto está oración mental y vocal». La Santa no desprecia en manera alguna la exactitud material del rezo, cosa importantísima, especialmente en la plegaria litúrgica, como el Oficio divino; pero afirma claramente que el alma, el espíritu de la oración vocal está en prestar atención a Dios.

 

Cuando se trata de oraciones vocales de cierta extensión, es casi imposible atender al sentido de todas las palabras que se pronuncian, pero no es imposible permanecer durante nuestras oraciones en la presencia de Dios; presencia de Dios que, según la disposición del momento, puede reflejarse en un fuerte deseo de alabarle y de unirse a Él, o en la petición confiada de su ayuda en general o de una gracia en particular; también puede bastar para mantener esta presencia de Dios un pensamiento genérico, provocado por el significado de las fórmulas que se recitan, o una mirada sencilla de amor a Dios, mientras decimos nuestras oraciones. En una palabra, no se trata sólo de rezar, sino de estar con Dios. Por eso insiste la Santa: «Si habéis de estar, como es razón se esté, hablando con tan gran Señor, es bien estéis mirando con quién habláis, y quién sois vos… Porque ¿cómo podéis llamar al rey Alteza, ni saber las ceremonias que se hacen para hablar a un grande, si no entendéis bien qué estado tiene y qué estado tenéis vos?». Y concluye: «Esto es oración mental, hijas mías, entender estas verdades». No se trata, ciertamente, de una oración mental tan intensa como la que se hace en el tiempo dedicado exclusivamente a ella, sin preocupaciones de rezos vocales; sin embargo, es verdadera oración mental, en cuanto que la mente y el corazón están orientados hacia Dios y buscan el contacto íntimo con Él aun a través del rezo material.

 

Practicada de este modo, la oración vocal tiene un gran valor,  porque se hace de la manera  más conveniente y digna de Dios y va acostumbrando al alma a la oración mental y al trato íntimo con Él.

“Sí, hermanas mías, llegaos a pensar y entender con quién vais a hablar o con quién estáis hablando. En mil vidas de las nuestras no acabaremos de entender cómo merece ser tratado este Señor, que los ángeles tiemblan delante de Él… Sí, que no hemos de ir a hablar a un príncipe con el descuido que a un labrador, o como con una pobre como nosotras, que como quiera que nos hablaren va bien… No estéis hablando con Dios y pensando en otras cosas, que esto es no entender qué cosa es oración mental” (Cfr. Santa Teresa, Camino de perfección 22, 7,3 y 8).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

La oración (II)

A pesar de ser la oración una cosa tan sencilla, no siempre es fácil orar y sobre todo orar como se debe. Es un arte que se aprende estudiando las diversas formas y los diversos métodos de oración, y especialmente con la aplicación diligente y asidua a la oración misma. La esencia de la oración consiste siempre en el movimiento interior y en la elevación del corazón y de la mente hacia Dios; pero sus formas son muy diversas: existe la oración vocal y la mental, la oración discursiva y la afectiva, la oración privada y la plegaria litúrgica.

 

Podemos emplear una u otra de estas formas de acuerdo, ante todo, con nuestros deberes y obligaciones: así, por ejemplo, todos los cristianos están obligados a ciertas oraciones vocales y litúrgicas, como las preces de la mañana y de la noche, la asistencia a la santa Misa los días de fiesta, etc... Después podremos elegir libremente la forma de oración que nos piden la devoción del momento o las circunstancias o necesidades en que nos hallamos. Todas las formas son buenas y pueden servir para fomentar nuestro amor a Dios, con tal de que nos pongan en contacto real con Él. Ésta ha de ser nuestra preocupación principal: llegar al contacto con Dios, porque en esto consiste la verdadera esencia de la oración, y si esto faltare, para nada servirían las formas externas. El mismo Señor nos diría: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí» (Mt. 15, 8).

 

Sin embargo, un alma que aspira a la intimidad divina, se orientará espontáneamente hacia una forma de oración del todo interior, que le facilitará grandemente el contacto íntimo y la unión silenciosa y profunda con Dios; todas sus formas de oración irán tomando este carácter especial de interioridad. De este modo, lo mismo a través de la oración vocal y litúrgica que de la mental, el alma irá disponiéndose y penetrando en ese trato cada vez más íntimo con Dios, hasta que Dios mismo, mediante la experiencia amorosa y la luz contemplativa, la introduzca en una oración más profunda que la sumerja en Él.

 

“Anhela mi alma y ardientemente desea los atrios del Señor. Salta de júbilo mi corazón y mi carne por el Dios vivo. Halla una casa el pájaro, y la golondrina un nido donde poner sus polluelos, cerca de tus altares, ¡oh Señor, rey mío y Dios mío! ¡Bienaventurados los que moran en tu casa, y continuamente te alaban!” (Sal. 83, 3-5).

También yo quiero entonar desde la mañana hasta la noche en el templo de mi corazón himnos de alabanza y de amor en honra tuya, ¡oh Dios altísimo, que te dignas habitar dentro de mí! Aunque mi lengua calle o, por el contrario, hable y converse, aunque mi cuerpo y mi mente estén ocupados en el trabajo, mi corazón está siempre libre para amarte y para tender hacia ti en todo momento y en toda acción. Por eso te pido, ¡oh Señor!, esta grande gracia: que yo te busque siempre en lo más profundo de mi espíritu y que viva siempre unido a ti con el afecto de mí corazón.

 

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Nuestra Preparación (II)

Describiendo Santa Teresa el ambiente espiritual en que ordinariamente florece la contemplación, coloca en primer plano el ejercicio intenso de las virtudes, en particular el desasimiento total y la humildad profunda. Pero Santa Teresa no pide un ejercicio cualquiera, más o menos perfecto; exige una generosidad absoluta y a veces el heroísmo de las virtudes. La razón es bien clara: la contemplación es un don generoso de Dios, por lo tanto exige también generosidad por nuestra parte; las almas poco generosas son precisamente las que nunca llegarán a gustarla. No olvidemos el gran principio inculcado por la Santa: “Como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo” (Camino de perfección 23, 12).

 

Favorecida por esta atmósfera de generosidad, el alma ha de vivir en un recogimiento y oración continuos e intensos. Cuanto más recogida viva el alma en Dios y más íntimos y profundos sean su oración y su contacto vital con Él, más dispuesta estará para recibir las mociones divinas. He aquí, pues, en síntesis, cuál debe ser nuestra preparación: por una parte un ejercicio intenso de mortificación, de abnegación y de desasimiento, lo que supone la práctica de las virtudes; y por otra una vida de oración, profunda y continua.

 

Al disponernos para la contemplación, es evidente que no intentamos convertirla en el fin de nuestra vida espiritual. El fin siempre será el amor, pues la santidad consiste esencialmente en la perfección de la caridad. Sin embargo, la contemplación es un medio muy poderoso para hacernos llegar pronto a la plenitud del amor, y es precisamente por lo que la deseamos. Nuestra vida es un continuo caminar hacia Dios, un dirigir y orientar constantemente todas nuestras energías hacia Él. ¡Feliz el alma que se siente atraída poderosamente por el Señor! Su paso será más ágil y rápido. Este es el gran beneficio de la contemplación.

De este modo se comprende que si debemos prepararnos a ella, no es para gozar de sus dulzuras, sino para penetrar de lleno en el camino de la intimidad divina y del amor perfecto, porque nada puede orientarnos tan directa y plenamente hacia Dios y hacia su gloria como esta experiencia amorosa y esta luz contemplativa que constituyen la esencia de la contemplación.

 

Ayúdame, ¡oh Señor!, a hacer propósitos generosos y enséñame a entregarme a ti sin reserva alguna, sin ninguna división. Esto es lo que Tú esperas de mí. Después Tú sabrás completar tu obra en mí.

 

“Suyas somos, hermanas; haga lo que quisiere de nosotras; llévenos por donde quisiere. Bien creo que quien de verdad se humillare y desasiere (digo de verdad, porque no ha de ser por nuestros pensamientos, que muchas veces nos engañan, sino que estemos desasidas del todo), que no dejará el Señor de hacernos esta merced y otras muchas que no sabremos desear. Sea por siempre alabado y bendito. Amén". (Santa Teresa, IV Morada 2. 10).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Nuestra preparación (I)

¡Oh Señor! Hazme generoso y fiel en tu servicio, para que yo no ponga obstáculos a la acción de tu gracia.

 

La fuente de agua viva de que brota la experiencia amorosa de Dios y la luz de la contemplación no es sino la operación del Espíritu Santo, quien obra en las almas mediante la actuación de los dones. Habiendo recibido todos en el bautismo estos dones del Espíritu Santo, que son disposiciones sobrenaturales que nos capacitan para recibir las mociones divinas, es evidente que si Dios nos los ha infundido, ha sido para actuarlos, no para que sean estériles. Por lo tanto, la actuación de los dones no puede considerarse como un hecho extraordinario, sino como algo connatural.

Consecuentemente la experiencia amorosa de Dios y la luz contemplativa que proceden de ellos tampoco pueden tenerse como ajenas al desarrollo pleno de la gracia. En otras palabras, si un alma se abre generosamente a la acción de la gracia y corresponde a ella con plena voluntad, podemos esperar que el Señor no le negará al menos alguna gota de esta agua viva, es decir, alguna forma o grado de conocimiento contemplativo.

 

Santa Teresa lo afirma con insistencia, y dice a este propósito: “No hayáis miedo muráis de sed en este camino: nunca faltará agua de consolación tanto que no se pueda sufrir” (Cfr. Cam, 20. 2). Pero hay que tener presente que este «camino» a que se refiere la Santa es la entrega total, la generosidad que no conoce límites y que nunca dice «esto es demasiado»: una generosidad que no conoce cálculos mezquinos y que persevera en medio de las asperezas del camino, de la sequedad interior y de las dificultades exteriores.

Por eso, si es razonable que un alma que se siente llamada a la intimidad divina aprecie y desee la contemplación, no lo es menos que procure también prepararse para recibirla. Porque si Dios no concede esta gracia a muchas almas, es precisamente por no encontrarlas convenientemente dispuestas. Es necesario, pues, trabajar para que no seamos privados de esta gracia por nuestra culpa; que si hacemos lo que está en nuestra parte para disponernos a ella, no se malograrán nuestros esfuerzos, antes bien, de un modo o de otro, más tarde o más temprano, siempre nos dará el Señor a beber de esta agua.

 

“¡Oh Dios mío! Para estas mercedes tan grandes… la puerta es la oración, cerrada ésta, no sé cómo las hará; porque, aunque quiera entrar a regalarse con un alma y regalarla, no hay por dónde, que la quiere sola y limpia, y con gana de recibirlas. Si te ponemos muchos tropiezos y no hacemos nada por quitarlos, ¿cómo has de venir a nosotros? ¡Y queremos nos hagáis grandes mercedes!” (Cfr. Santa Teresa, Vida 8, 9).

 

 “Es cosa donosa que aún nos estamos con mil embarazos e imperfecciones y las virtudes que aún no saben andar, sino que hace poco que comenzaron a nacer, y aun quiera Dios estén comenzadas, ¿y no tenemos vergüenza de querer gustos en la oración y quejarnos de sequedades? Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene: no hay para qué aconsejarle lo que nos debe dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos. Toda la pretensión de quien comienza oración (y no se os olvide esto, que importa mucho) ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda, a hacer su voluntad conformar con la de Dios; y estad muy ciertas que en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente tuviere esto, más recibirá del Señor, y más adelante está en este camino” (Cfr. Santa Teresa, Moradas II, 7-8).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Dios invita a todos (II)

"Como [Dios] es tan bueno -escribe Santa Teresa de Jesús- no nos fuerza, antes da de muchas maneras a beber a los que le quieren seguir, para que ninguno vaya desconsolado ni muera de sed» (Camino de perfección 20, 2).

Con estas palabras quiere enseñamos la Santa que existen muchas formas y muchos grados de contemplación; y para hacérnoslo comprender, compara la contemplación a una fuente caudalosa de la que «salen arroyos, unos grandes y otros pequeños, y algunas veces, charquitos para niños» (Ib.).

El Señor convida a todos y a todos dará de beber, pero no nos ha dicho en qué arroyo saciará nuestra sed, ni en qué momento de nuestra vida llegará cada uno a beber de esa agua; ni se ha obligado a darnos de beber del arroyo grande, más bien que del pequeño. Ha habido santos, como Teresa de Jesús, que bebieron abundantemente, pero les ha habido también quienes, como Teresa de Lisieux, sólo tuvieron a su disposición pequeños charquitos; y sin embargo, tanto los unos como los otros, alcanzaron igualmente la santidad.

 

Como de un manantial se pueden formar diversos arroyuelos que, no obstante la diferencia de su caudal, llevan la misma clase de agua, así hay también muchas formas de contemplación: unas suaves, otras áridas; unas con gran claridad e inefable dulzura, otras oscuras y hasta penosas, pero todas son igualmente útiles para el alma. Existe ciertamente el más y el menos, pero se trata esencialmente de la misma agua vivificadora que sumerge al alma en Dios, que la hace comprender el todo de Dios y la nada de las criaturas, que abre el camino a la intimidad divina que conduce a la santidad.

Sí, Dios da «cuando quiere, y como quiere, y a quien quiere», pero esto se refiere a la forma y a la medida de la contemplación, así como al tiempo en que será concedida al alma, cosas todas que dependen únicamente de Dios. Sin embargo, Santa Teresa nos asegura que Dios no niega nunca esta agua viva a quien la busca «como se ha de buscar»; por lo tanto interviene también nuestra cooperación, y ésta consiste en disponernos de manera que Dios no nos halle indignos de sus dones.

 

"¡Oh Señor! Hablando con la Samaritana le dijisteis que quien bebiere de esta agua viva no tendrá sed. ¡Y con cuánta razón y verdad, como dicho de la boca de la misma Verdad, que no tendrá sed de cosa de esta vida, aunque crece muy mayor de lo que acá podemos imaginar la sed de las cosas de la otra vida por esta sed natural! Mas ¡con qué sed se desea tener esta sed! Porque entiende el alma su gran valor, y aunque es sed penosísima que fatiga, trae consigo la misma satisfacción con que se mata aquella sed. De manera que es una sed que no ahoga sino a las cosas terrenas, antes da hartura de manera que, cuando Tú la satisfaces, una de las mayores gracias que puedes hacer al alma es dejarla con la misma necesidad, y queda más necesitada de volver siempre a beber esta agua.

Dadnos Tú, Señor, que la prometiste, gracia para buscarla como se ha de buscar, por quien Tú eres.” (Cfr. Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección 19, 2 y 15).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.