Prácticas para la santa cuaresma

Sor Benigna Consolata Ferrero 01 01b

Sor Benigna Consolata Ferrero - Apóstol de la Divina Misericordia

Estamos entrando en Cuaresma, por eso es bueno renovar el desafío que Jesús dio a Sor Benigna Consolata para que trasmitiera a las almas en este período que se abre.

"Si este desafío", dice Jesús, "se practica con amor y con verdadero deseo de agradarme y de consolarme, haré a las almas conseguir un no pequeño progreso en la intimidad con mi Sagrado Corazón". 
"Deseo que, durante la Cuaresma, me hagan especialmente compañía en mi Pasión, meditando con más frecuencia sobre mis sufrimientos, el precio de la redención del hombre. Y sobre todo, imitando a la Verónica, enjugando mi Rostro por amor".


Cómo es el desafío 
El desafío consistirá más bien en prácticas interiores, porque ha de ser principalmente el corazón el que trabaje. 
Pero se agregarán también prácticas exteriores, sobre todo las de caridad, dulzura y humildad, las cuales son aquellas que más unen los corazones.


1 - Meditar sobre la pasión de Jesús 
"Es mi deseo que los corazones se dejen penetrar del pensamiento tan saludable de mi Pasión, como una tela empapada de aceite, que se vierte sobre ella sin hacer ruido; pero que, sin embargo, ésta se queda llena de él. 
Pero esto sin obligación, sino como un convite del Amor. 
Me agradaría que aunque no fuera más que una vez al día, la meditación fuera sobre mi Pasión. 
El pensamiento de mi Pasión ha de ser como un ramo de flores que siempre lleven sobre el corazón".


2 - Acompañar a Jesús durante el día con pensamientos 
"Yo desearía que cada alma me hiciese una especial compañía durante el día, acostumbrándose a acompañarme con el pensamiento. 
Para esto, será preciso al final de cada meditación, escoger dos o tres pensamientos, sobre los cuales volverá a menudo para mantenerse más fácilmente unida a Mí".


3 - Imitar algo de Jesús 
"Y como el amor no queda satisfecho de contemplar, sino que también quiere imitar, por esto cada alma se propondrá para la Cuaresma, una práctica que observará con particular fidelidad, para tratar de volver a copiarme más fielmente en sí. 
Por ejemplo, se pondrá en silencio".


4 - Realizar el Vía Crucis y rezar el Rosario de las Santas Llagas 
"Los viernes de Cuaresma, hacer el Vía Crucis, o rezar el Rosario de mis Santas Llagas".


5 - Hacer todas las acciones lo mejor que se puedan 
"Para enjugar mi Rostro, como la Verónica, harán todas sus acciones lo mejor que puedan, no solamente con la disposición interior, sino también con la práctica exterior. 
La pureza de corazón será la blancura del lienzo; y la fidelidad y el amor en la ejecución, serán la suavidad".


6 - Caridad con el prójimo 
"Me quitarán las espinas, cuidando de evitar al prójimo, con una exquisita caridad, todas las espinitas de las dificultades y de las incomodidades, tomándolas para sí, lo más que puedan. 
Quien quiera amarme más tiernamente, se hará un deber de curar las heridas que el prójimo haya recibido en cualquier encuentro, con alguna buena palabra llena del bálsamo de la caridad".


7 - Practicar la humildad 
"En cuanto a la práctica de la humildad, imitarán a la Verónica en su valor, pasando entre los soldados para llegar hasta Mí. 
El alma más humilde será aquella sobre la cual Yo imprimiré antes y mejor mi divino Rostro".

Fuente: forosdelavirgen.org

Miércoles de Ceniza

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Rito de la imposición de las cenizas

Hoy, hermanos míos muy amados, dice San Bernardo, hoy comenzamos el santo tiempo de Cuaresma, este tiempo de combates, y de victorias para los Cristianos; pero victorias que se han de conseguir con las armas del ayuno y de la penitencia. ¿Con qué ánimo, con qué confianza, con qué fervor no debemos comenzar esta carrera?

Se puede decir con verdad que el ayuno de la Cuaresma es tan antiguo como el Evangelio, pues el Hijo de Dios no comenzó a predicar su Evangelio sino después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches. El Salvador, dice San Jerónimo, santificó con su ayuno de cuarenta días el ayuno solemne de los cristianos, y su ejemplo fue la primera institución de la Cuaresma; pero no hizo entonces un mandamiento expreso; cuando quiso que se estableciera fue probablemente desde su Resurrección hasta su Ascensión, cuando enseñó a sus Apóstoles el modo con que debían formar su Iglesia y las observancias religiosas que habían de tener. 
El ejemplo del Salvador del mundo fijó el número de los días de ayuno; y el tiempo inmediato antes de Pascua les pareció el más propio para servir de preparación para esta gran festividad. En efecto, dice San Agustín, no se podía escoger en todo el año tiempo más a propósito para el ayuno de la Cuaresma que aquel que viene a parar en la Pasión de Jesucristo.

Como las seis semanas de la Cuaresma sólo incluyen treinta y seis días de ayuno, la Iglesia, gobernada siempre por el Espíritu Santo, ha añadido los cuatro días precedentes, y ha fijado el principio de esta santa cuarentena al Miércoles de Ceniza. Todos saben que esta santa ceremonia de poner la ceniza sobre la cabeza es la que ha dado el nombre a este primer día del ayuno de la Cuaresma. La ceniza, no sólo en la nueva Ley, sino también en la antigua, era símbolo de la penitencia y señal sensible de aflicción y de dolor. 
Reginon tomó de los antiguos Concilios el modo con que se ponían en penitencia los grandes pecadores y la ceremonia del día de ceniza: Todos los penitentes, dice, se presentaban a la puerta de la Iglesia vestidos de un saco, los pies descalzos, y con todas las señales de un corazón contrito y humillado. El Obispo, o el Penitenciario, les imponía una penitencia proporcionada a sus pecados; después, habiendo rezado los siete Salmos Penitenciales, les imponían las manos, les rociaban con agua bendita, y les cubrían la cabeza de ceniza.

Esta era la ceremonia del día de ceniza, o de los primeros días del ayuno de la Cuaresma, para los pecadores públicos, cuyas faltas enormes habían hecho ruido y causado escándalo. Pero como todos los hombres son pecadores, dice San Agustín, todos deben ser penitentes; y esto es lo que movió a los Fieles, aún a aquellos mismos que eran más inocentes, a dar en este día esta señal pública de penitencia, recibiendo la ceniza sobre la cabeza. Ningún fiel estuvo exento de esta ceremonia. Los Príncipes y los súbditos, los Sacerdotes, y aún los Obispos, dieron al público desde los primeros tiempos este ejemplo de penitencia. 
Y lo que al principio había sido particular y propio de los penitentes públicos, vino después a ser común a todos los hijos de la Iglesia, por la persuasión en que deben estar, según la moral de Jesucristo, de que no hay persona, por inocente que se crea, que no tenga necesidad de hacer penitencia.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

El sepulcro de Cristo, imagen de la fuente bautismal

 

Sepulcro vacio 01  01

El sepulcro vacío

José de Arimatea, tras haber descendido de la cruz el cuerpo de Jesús, lo envolvió en un lienzo, y lo depuso en un sepulcro tallado en la roca viva, en la que no había sido colocada aún persona alguna.

Decía San Pablo que Cristo debía sernos «semejante en todas las cosas». Incluso en el sepulcro, Jesús es uno de los nuestros: «Lo envolvieron, nos dice San Juan, según la costumbre de los judíos, con lienzos y aromas». Pero el cuerpo de Jesús, unido al Verbo, «no debía padecer la corrupción». No quedará más que durante tres días en el sepulcro; por su propio poder, saldrá de él Jesús triunfando así de la muerte, deslumbrador de vida y de gloria, y «la muerte no tendrá ya imperio sobre Él».

Nos dice el Apóstol que «por nuestro bautismo hemos sido sepultados con Cristo para morir al pecado». Las aguas del bautismo son como un sepulcro en el que debemos dejar el pecado, y del cual salimos animados de una nueva vida, de la vida de la gracia.

La virtud sacramental de nuestro bautismo permanece siempre. Al unirnos por la fe y el amor a ese Cristo colocado en el sepulcro, renovamos en nosotros esa gracia «de morir al pecado para no vivir más que para Dios».

¡Oh Señor Jesús! Haz que entierre en tu sepulcro todos mis pecados, mis faltas, mis infidelidades; concédeme por la virtud de tu muerte y de tu sepultura, el renunciar cada vez más a cuanto me aleja de Ti, a Satanás, a las máximas del mundo, a mi amor propio; haz que por la virtud de tu resurrección, como Tú mismo, no viva ya más que para la gloria del Padre!

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

Jesús muere en la cruz

 

Jesus en la Cruz 05  07b

La hora del Señor había llegado: luchó contra la muerte y un sudor frío cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz y limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen santísima estaba de pie entre Jesús y el buen ladrón, sostenida por Salomé y María de Cleofás y veía morir a su Hijo. 
Entonces Jesús dijo: “¡Todo está consumado!”. Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: “Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue un grito dulce y fuerte que penetró en el cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu. Yo vi su alma en forma luminosa entrar en la tierra al pie de la cruz. Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre la tierra. 
¿Quién podría expresar el dolor de la madre de Jesús, de la reina de los mártires?...

Fuente: Ana Catalina Emmerick, Pasión y Resurrección de Jesús.

Meditación sobre el Jueves Santo

 

Ultima Cena 06  09

Última Cena

¿Por qué usó Nuestro Señor el pan y el vino como elementos de su conmemoración en la última cena? 
Primeramente, porque en la naturaleza no hay dos substancias mejor que el pan y el vino para simbolizar la unidad. De la misma manera que el pan está formado de una multiplicidad de granos de trigo y el vino de una multiplicidad de racimos de uva, así los muchos que creen son como uno solo en Cristo. 
En segundo lugar, no hay en la naturaleza otras dos substancias que hayan de sufrir más antes de llegar a ser lo que son. El trigo ha de pasar por los rigores del invierno, ha de ser triturado debajo del calvario de un molino y sometido al fuego purificador antes de llegar a ser pan. A su vez, las uvas han de pasar por el Getsemaní del lagar y ser aplastadas para poder convertirse en vino. De esta manera simbolizan la pasión y los sufrimientos de Cristo, y la condición de salvación, puesto que nuestro Señor afirmó que, a menos que muramos a nosotros mismos, no podemos vivir en Él. 
Una tercera razón es que en la naturaleza no hay otras dos substancias que como el pan y el vino vayan alimentando tanto a los hombres desde los tiempos más remotos. Al llevar estos elementos al altar es como si los hombres se ofrecieran a sí mismos. Al recibir en sus manos y consumir el pan y el vino, los transformó en Él mismo.

Él les dio el mandato a los apóstoles de conmemorar y anunciar su muerte redentora hasta el momento en que Él volvería a la tierra. Lo que pedía que hicieran era celebrar en el futuro la conmemoración de su pasión, muerte y resurrección. Lo que Él estaba haciendo ahora miraba hacia adelante, hacia la cruz; lo que ellos harían, y se ha continuado haciendo desde entonces en la misa, era mirar atrás, hacia su muerte redentora. De esta manera, lo que harían sería lo que dijo San Pablo: anunciar la muerte del Señor hasta que volviera para juzgar al mundo. 
Rompió el pan para indicar que Él era víctima por su propia voluntad. Lo rompió por su voluntaria entrega, antes de que sus verdugos lo rompieran por la crueldad voluntaria de ellos.

Luego en la escena del lavatorio de los pies vemos un resumen de la encarnación del Verbo. Levantándose del celestial banquete, en el que se hallaba unido íntimamente por su naturaleza al Padre, puso a un lado los ropajes de su gloria, cubrió su divinidad con la toalla de su naturaleza humana que recibió de María, vertió el agua de la regeneración, que es su sangre derramada en la cruz para redimir a los hombres, y empezó a lavar las almas de los discípulos y seguidores por los méritos de su muerte, resurrección y ascensión. 
Los discípulos están inmóviles, mudos de asombro. Cuando la humildad procede del Hombre-Dios de esta manera, entonces es indudable que por medio de la humildad los hombres podrán volver a Dios.

Fuente: Fulton Sheen, Vida de Cristo

La agonía de Cristo

 

Agonia en el Huerto 07  13

Agonía en el Huerto

Todos los padres de la Iglesia y todos los doctores convienen en que los tormentos que el Salvador se dignó padecer por nuestro amor son incomprensibles al espíritu humano y que su pasión es un misterio de humillaciones y de dolores a que no alcanza ninguna inteligencia creada. Sería necesario comprender lo que es este Hijo de Dios, igual en todo a su Padre, y hecho semejante a nosotros por su encarnación, para formar una justa idea de lo que este Dios hombre padeció por redimir a los hombres.

Considera lo que pasó en el primer teatro de la pasión del Salvador [su agonía en el huerto]. Aquel Señor que jamás sintió en su alma otras pasiones que las que él mismo excitaba, quiso entonces entregarse por nuestro amor a las más crueles y más violentas, empezando su pasión por los dolores interiores y por el suplicio del corazón. 
Una tropa de objetos, todos los más tristes y los más terribles, se presentan a su imaginación, y le hacen sentir con anticipación toda su pasión. 
Se representa de la manera más viva la ignominia con que va a ser arrastrado por las calles de Jerusalén como un facineroso, cubierto de salivas, rasgadas sus espaldas con los azotes, y coronado de espinas como un engañador; y por último clavado en una cruz como el oprobio del género humano, y la execración de su pueblo. ¡Qué impresión no haría sobre el espíritu, y el corazón de un hombre Dios una imagen tan espantosa! ¿Y qué impresión hace sobre el mío? ¡Qué tristeza y qué dolor, cuando se representa la negra traición de uno de sus discípulos, la horrible ingratitud de un pueblo colmado de tantos beneficios, y el cobarde abandono de sus apóstoles! Sería menester poder comprender la bondad, la ternura y la sensibilidad del mejor corazón que hubo jamás, para concebir lo que padecería Jesucristo con la representación viva y sensible de este exceso de ingratitud.

En efecto, el exceso de sus penas interiores lo oprime tanto, que no pudiendo disimularlo, lo manifiesta a sus apóstoles: Yo padezco, les dice, estoy triste, y mi tristeza es tan extraordinaria y tan sensible, que es capaz de darme muerte. Los apóstoles lo ven, y en lugar de consolarlo, se duermen. ¡O dulce Jesús mío! ¡Y cómo esta indiferencia es para vos un cruel tormento, y una cruel reprensión para mí! Vuelve el Salvador al lugar de su oración, y aumentando su fervor, aumenta sus penas: nada se le escapa a su espíritu, ni a su corazón: junta en su imaginación todos los tormentos y todas las circunstancias de su pasión: penetra todo su rigor, siente, experimenta toda su amargura, y se apodera de él un pavor tan grande que lo lleva hasta la agonía. ¡O dulce Jesús mío, cuánto os cuesta el amarme con tanto exceso! ¿Y cuándo os amaré yo con menos indiferencia? Pero lo que exaspera su dolor, es el ver, con un conocimiento anticipado, el extraño abuso que harán tantos pecadores de las gracias que va a merecerles con su sangre. Mis pecados, mi insensibilidad y mi ingratitud, son una parte del motivo de su dolor: lo es asimismo la traición de Judas, y lo es el endurecimiento de su propio pueblo.

¡Ah, dulce Jesús mío! ¿Qué trastorno es éste? ¡Vos oprimido de tristeza á vista de lo que habéis de padecer por mis pecados; y yo que he pecado, quiero pasar mis días en la alegría! ¡Vos arrastrado con infamia sin decir palabra; y yo prorrumpo en quejas, y experimento vivos sentimientos de venganza desde el momento que me imagino que no se me hará tanto como deseo!

Fuente: J. Croisset, sj, Año Cristiano, meditación correspondiente al Martes Santo.

La Pasión, punto culminante de la vida de Jesús

 

Pasion de Jesucristo 08  14

La Pasión señala el punto culminante de la obra que vino a realizar Cristo en este mundo. Para Él es la hora en la que consuma su sacrificio, aquel sacrificio que había de dar una gloria infinita a su Padre, que había de rescatar a la humanidad, y abrir de nuevo a los hombres las fuentes de la vida eterna.

Por eso Nuestro Señor, que desde el primer momento de su Encarnación se ha entregado por completo al beneplácito de su Padre, desea ardientemente que llegue lo que llama Él «su» hora, la hora por excelencia. Baptismo habeo baptizari, quomodo coarctor usque dum perficiatur!: «Es preciso que sea bautizado en un bautismo -en el de su sangre- y ¡qué ansia siente mi corazón porque se realice!» Se le hace larga a Jesús la hora en la que podrá sumergirse en el sufrimiento y arrostrar la muerte para darnos la vida.

Verdad es que no le es dado adelantar esa hora; Jesús está plenamente sometido a la voluntad del Padre. 
Pero cuando suene, se entregará con el mayor ardor, aun cuando conoce perfectamente todos los sufrimientos a que se ha de ver sometido lo mismo su cuerpo que su alma. Desiderio desideravi hoc Pascha manducare vobiscum: «Con vivo deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de que se consume mi Pasión».

Este misterio de la Pasión es inefable; todo es en él grande, hasta los menores detalles, lo mismo por otra parte que todas las cosas de la vida del Hombre-Dios. Aquí, principalmente, nos hallamos en las puertas de un santuario en el que no nos es dado entrar más que con una fe viva y una reverencia profunda. 
Christus pro nobis passus est. Venite adoremus. «Cristo ha padecido por nosotros; venid, adorémosle.»

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

La Cruz adorable

 

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La Sabiduría ha hecho, merced a su muerte, las ignominias de la cruz tan gloriosas, que la ha dejado como divinizada y transformada en objeto adorable para los ángeles y para los hombres, y ordena que con él la adoren todos sus súbditos. No quiere que los honores de la adoración, aunque relativa, sean tributados a las demás criaturas, por muy encumbradas que se encuentren, como su Santísima Madre; semejante distinción sólo está reservada, sólo es debida a su amada cruz.

En el supremo día del juicio final hará desaparecer las reliquias de todos los santos, incluso las de los más eminentes; pero, en cambio, ordenará a los primeros serafines y querubines que vayan por todo el mundo y recojan los trozos de la verdadera cruz, la misma cruz sobre la cual murió. Hará que los ángeles transporten esta cruz y entonen en su honor cánticos de alegría. Se hará preceder por esta cruz, la cual descansará sobre la nube más refulgente que jamás se haya visto, y sólo con ella y por ella juzgará al mundo. ¡Qué alegría experimentarán a su vista los amigos de la Cruz! 
Y en espera de que amanezca el día de su triunfo en el juicio final, la Sabiduría eterna quiere que la cruz sea la señal, el carácter y el arma de sus elegidos.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, El amor de la Sabiduría eterna

Prueba de amor (II)

 

Santa Teresita 16  21b

Santa Teresita enferma

El mérito de la mortificación voluntaria consiste más en la buena voluntad con que se ejecuta, que en la intensidad del sufrimiento que uno se impone; aunque siempre puede contribuir a su aumento, en cuanto que una mortificación mayor exige también mayor dosis de buena voluntad. 
Mientras la medida del sufrimiento debe ser proporcionada a las fuerzas físicas de cada uno, no hay que poner límites al amor y al espíritu de generosidad con que se lo practica. Bajo este aspecto vale mucho más una mortificación leve ejecutada con todo el amor de que un alma es capaz, que una penitencia gravosa practicada materialmente, pero sin espíritu interior. Por lo tanto, antes de hacer algún acto de mortificación, especialmente cuando se trata de ciertas prácticas habituales, como las que se usan en los Institutos religiosos, es necesario despertar la buena voluntad y el deseo sincero de sufrir con gusto alguna cosa por amor de Dios, evitando de esta manera que nuestros actos de mortificación se reduzcan a ejercicios más o menos mecánicos y, en consecuencia, de poco o de ningún valor.

La contemplación amorosa del Crucifijo era el alma de todas las austeridades de Santa Teresa Margarita: «Este Dios humillado y lleno de sufrimientos, que ocupaba continuamente su pensamiento, era quien le daba la fuerza interior para vencer todas las dificultades y quien la movía a abrazar con avidez mil sacrificios y obras de caridad y mortificación, haciéndola insaciable en el padecer»
Mirando al Crucifijo, el alma comprende que, por más que se mortifique por amor suyo, son nada sus sacrificios y sus renuncias, y, más bien que vanagloria por las mortificaciones practicadas, experimenta la necesidad de humillarse y de realizar siempre cosas más perfectas. «Ame mucho los trabajos -exhorta al alma espiritual San Juan de la Cruz- y téngalos en poco por caer en gracia al Esposo, que por ella no dudó morir».

“¡Oh Señor! Dispón de mí como más te agrade. Que de todo estoy contenta con tal de poder seguirte por el camino del Calvario: y cuanto más llena de espinas encuentre yo esa senda y más pesada se me haga la cruz, más consolada me sentiré, porque deseo amarte con amor paciente, con amor muerto, es decir, del todo abandonado en ti, con amor operativo... ¡Señor mío, Tú en cruz por mí y yo en cruz por ti! ¡Oh, si pudiese llegar a comprender finalmente cuán dulce y precioso es el padecer: padecer y callar por ti, Jesús! ¡Oh querido padecer, oh buen Jesús!” (S. Teresa Margarita del Corazón de Jesús). 
Sí, padecer querido, porque me permites dar a mi Dios pruebas de amor, porque en medio de la oscuridad de la fe, en que debo vivir aquí en la tierra, me das la seguridad del amar no sólo con palabras, sino con amor recio y efectivo. ¡Oh Jesús! Ahora comprendo por qué Santa Teresa de Jesús no te pedía más que una cosa: “O padecer o morir”. 
¡Ojalá pudiera yo tener un amor tan fuerte y tan verdadero! Concédemelo Tú, Señor, pues todo lo puedes y nada te cuesta transformar en un instante en horno de caridad este corazón mío tan frío y tan árido.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Prueba de amor (I)

 

Santa Maria Magdalena de Pazzis 01  01

Santa María Magdalena de Pazzis

¡Oh Jesús Crucificado! Hazme comprender cómo la cruz es la más sublime prueba de amor.

Después de la Encarnación, la Cruz es la prueba más grandiosa de amor que Jesús ha dado a los hombres; del mismo modo, por parte nuestra, la mortificación y el sufrimiento abrazados voluntariamente por Él son la prueba más clara de amor que le podemos dar. Se trata, en efecto, de renunciar libremente a nuestras satisfacciones y gustos personales para imponernos, por amor de Dios, algunas cosas que nos desagradan y contrarían; lo cual demuestra claramente que preferimos agradar a Dios, antes que a nosotros mismos. 
En cada acto de mortificación voluntaria, tanto física como moral, decimos a Dios, no con las palabras, sino con los hechos: ¡Señor, te amo más que a mí mismo! Y como el alma enamorada desea ardientemente probar su amor, vigila constantemente para no dejar escapar ocasión alguna de mortificarse.

Por eso Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús se había propuesto ¡no perder nunca ocasión alguna que se le presentase de padecer todo lo que pudiera, siempre en silencio entre Dios y ella misma!. De este modo su amor a Dios hallaba como una especie de desahogo en esta práctica continua y generosa de mortificación. 
Con hermosa expresión Santa Teresa del Niño Jesús llamaba a este ejercicio de mortificación arrojar flores, es decir, servirse de las más mínimas ocasiones de sufrimiento para dar a Dios una prueba de amor. Y, sabiendo que el valor de la mortificación depende de las buenas y generosas disposiciones con que se realiza, decía la Santa: «Cantaré aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas» (Historia de un alma, 11,18).

¡Oh mi Bien amado! ¿Cómo te demostraré mi amor, si el amor se prueba con obras? “No tengo otro medio de probaros mi amor que el de echar flores: es decir, 
no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor. 
Quiero sufrir por amor, y gozar por amor. Así echaré flores delante del trono. No hallaré flor en mi camino que no deshoje para ti. Además, al echar mis flores cantaré... Cantaré, aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas. Y tanto más melodioso será mi canto, cuanto más largas y punzantes sean las espinas” (S. Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma 11, 18).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina