La ejemplar vida de Santa Rita (I)

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Rita nació el año 1381 ó 1382 en Roccaporena, un pequeño pueblecito perteneciente al municipio de Casia del que dista cinco kilómetros. 
Las religiosas de su convento, al escribir su vida, dicen: Pasada la niñez con singular inocencia y pureza, toda dada a la oración y a la piedad, sintió grandísimo deseo de unirse a Dios. Por lo cual, se ingenió para obtener la venia de sus padres para consagrarse a su divina Majestad, pero no la obtuvo y fue por ellos obligada a casarse. 
Dice otro biógrafo: Fue casada por su devoto padre con un joven bien dispuesto, pero resentido, que era del mismo lugar de Roccaporena, cuando ella tenía 14 años. Fernando era muy áspero, rígido, resentido, dado a las armas, a la sensualidad y, para decirlo en una sola palabra, era poco buen cristiano. 
Las monjas de su convento escribieron sobre él en 1628: Rita se avino a un marido de ásperas costumbres para que no le faltase en casa un continuo ejercicio de la religiosa tolerancia; pero Rita, con su afabilidad, superó de tal forma la aspereza del esposo que por 18 años vivió con él en buena concordia, admirada por todos.

De su matrimonio tuvieron dos hijos varones, que parece fueron gemelos, y que la tradición ha llamado Juan Santiago y Pablo María. 
Después de 18 años de vida conyugal, asesinaron a su esposo. Pablo fue asaltado por sorpresa por sus enemigos, que hacía tiempo pensaban quitarle la vida para vengarse de los agravios recibidos en otro tiempo. Ocurrió probablemente el año 1413, cuando Rita tenía unos 32 años. Desde el primer momento, supo perdonar a los asesinos. Y, para evitar la venganza de sus hijos, se dice que escondió la camisa ensangrentada del esposo. 
En aquel ambiente de luchas y venganzas, los hermanos y familiares del esposo quisieron vengarse. Rita vio con dolor cómo hablaban constantemente de venganza y así envenenaban el ánimo de sus hijos, que tendrían alrededor de 15 años. En esas circunstancias, pudo haber formulado al Señor el deseo de preferir ver muertos a sus hijos antes que asesinos. De hecho, los dos jovencitos murieron en el plazo de un año. 
Después del sufrimiento por la pérdida de sus hijos y de su esposo, Rita se dedicó con sumo interés a hacer las paces entre la familia de su esposo y los asesinos.

En la biografía de Alonso Aragón y Borja se dice: De las necesidades de los prójimos era compasiva y con piadosa mano las remediaba. Más en particular las de los pobres, enfermos y encarcelados. De las almas del purgatorio tenía compasión. Y todos los días ofrecía al Señor las obras que hacía para ayudar a las almas del purgatorio. Cavallucci afirma que ayunaba todas las Vigilias de Nuestra Señora a pan y agua, daba limosna a los pobres, visitaba enfermos y ayudaba a todos. 
Y, mientras trataba de hacer las paces en su familia, pensó seriamente en hacerse religiosa agustina del convento de santa María Magdalena de Casia para así dedicar el resto de su vida al servicio de Dios.

Fuente: cf. P. Ángel Peña OAR, Santa Rita, vida y milagros

Corazón de Jesús, delicia de todos los santos (IIb) - San Juan Eudes II

San Juan Eudes 02 02

Después de mucho orar, reflexionar y consultar, San Juan Eudes abandonó la Congregación del Oratorio en 1643. La experiencia le enseñó que el clero necesitaba reformarse antes que los fieles y que la Congregación sólo podría conseguir su fin mediante la fundación de seminarios. El P. Condren, que había sido nombrado superior general, estaba de acuerdo con el santo; pero su sucesor, el P. Bourgoing, se negó a aprobar el proyecto de la fundación de un seminario en Caén. 
Entonces el P. Eudes decidió formar una asociación de sacerdotes diocesanos, cuyo fin principal sería la creación de seminarios con miras a la formación de un clero parroquial celoso. La nueva asociación quedó fundada el día de la Anunciación de 1643, en Caén, con el nombre de “Congregación de Jesús y María”. Sus miembros, como los del Oratorio, eran sacerdotes diocesanos y no estaban obligados por ningún voto. 
San Juan Eudes y sus cinco primeros compañeros se consagraron a “la Santísima Trinidad, que es el primer principio y el último fin de la santidad del sacerdocio”. El distintivo de la congregación era el Corazón de Jesús, en el que estaba incluido místicamente el de María; como símbolo del amor eterno de Jesús por los hombres.

Hombre de realizaciones, fundó la Orden de Nuestra Señora de la Caridad para acoger y ayudar a las mujeres y a las jóvenes maltratadas por la vida. 
Sigue una amplia trayectoria de misiones, funda varias comunidades, deja un legado de libros de oración y cartas de gran valor para la comunidad. 
Hizo amar a Cristo y a la Virgen María, hablando sin cesar de su Corazón, signo del amor que Dios nos da y de la comunión a la que estamos llamados. Para tributarles un culto litúrgico, compuso misas y oficios e hizo celebrar la primera fiesta del Corazón de María el 8 de febrero de 1648 en Autun y la del Corazón de Jesús el 20 de octubre de 1672. 
Además, con numerosos escritos contribuyó a propagar la espiritualidad de sus maestros del Oratorio, al mismo tiempo que por su carisma propio le imprimía un carácter personal, hasta el punto de que se le considera a él también un maestro de espiritualidad. 
Murió el 19 de agosto de 1680. El Papa Pío XI lo canonizó el 31 de mayo de 1925 y su fiesta se celebra el 19 de agosto.

Fuente: padreseudistas.com

Corazón de Jesús, delicia de todos los santos (IIa) - San Juan Eudes I

San Juan Eudes 01 01

En la segunda mitad del siglo XVI vivía en Ri, Normandía (Francia), un granjero llamado Isaac Eudes, casado con Marta Corbin. Como no tuviesen hijos al cabo de dos años de matrimonio, ambos esposos fueron en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora. Nueve meses después tuvieron un hijo, al que siguieron otros cinco. 
El mayor recibió el nombre de Juan y, desde niño, dio muestras de gran inclinación al amor de Dios. A los catorce años, Juan ingresó en el colegio de los jesuitas de Caén. Sus padres deseaban que se casara y siguiera trabajando la granja de la familia. Pero Juan, que había hecho voto de castidad, recibió las órdenes menores en 1621 y estudió la teología en Caén con la intención de consagrarse a los ministerios parroquiales. Sin embargo, poco después determinó ingresar en la congregación del oratorio, que había sido fundada en 1611 por el futuro cardenal Pedro de Bérulle. Tras de recabar con gran dificultad el permiso paterno, fue recibido en París por el superior general en 1623.

Juan había sido hasta entonces un joven ejemplar: su conducta en la congregación no lo fue menos, de suerte que el P. Bérulle le dio permiso de predicar, aunque sólo había recibido las órdenes menores. Al cabo de un año en París, Juan fue enviado a Aubervilliers a estudiar bajo la dirección del P. Carlos de Condren, el cual, según la expresión de Santa Juana Francisca de Chantal, “estaba hecho para educar ángeles”. 
El fin de la congregación del oratorio consistía en promover la perfección sacerdotal y Juan Eudes tuvo la gracia de ser introducido en ella por dos hombres de la talla de Condren y Bérulle. 
Fue ordenado presbítero el 20 de diciembre de 1625. 
Durante estos años se impregnó del pensamiento espiritual de Bérulle, centrado totalmente en Cristo, y compartió su deseo de “restaurar en su esplendor el orden sacerdotal”. Penetrado de este espíritu, evangelizó como misionero apostólico muchos pueblos y ciudades de Normandía, He de France, Borgoña y Bretaña.

En ese año, se desató en Normandía una violenta epidemia de peste, y Juan se ofreció para asistir a sus compatriotas. Bérulle le envió al obispo de Séez con una carta de presentación, en la que decía: “La caridad exige que emplee sus grandes dones al servicio de la provincia en la que recibió la vida, la gracia y las órdenes sagradas, y que su diócesis sea la primera en gozar de los frutos que se pueden esperar de su habilidad, bondad, prudencia, energía y vida”. 
El P. Eudes pasó dos meses en la asistencia a los enfermos en lo espiritual y en lo material. Después fue enviado al oratorio de Caén, donde permaneció hasta que una nueva epidemia se desató en esa ciudad, en 1631. Para evitar el peligro de contagiar a sus hermanos, Juan se apartó de ellos y vivió en el campo, donde recibía la comida del convento. 
Pasó los diez años siguientes en la prédica de misiones al pueblo, preparándose así para la tarea a la que Dios le tenía destinado.

En aquella época empezaron a organizarse las misiones populares en su forma actual. San Juan Eudes se distinguió entre todos los misioneros. En cuanto acababa de predicar, se sentaba a oír confesiones, ya que, según él, “el predicador agita las ramas, pero el confesor es el que caza los pájaros”. Mons. Le Camus, amigo de San Francisco de Sales, dijo refiriéndose al P. Eudes: “Yo he oído a los mejores predicadores de Italia y Francia y os aseguro que ninguno de ellos mueve tanto a las gentes como este buen padre”. San Juan Eudes predicó en su vida unas ciento diez misiones.

(Continuará)

Fuente: padreseudistas.com

Corazón de Jesús, delicia de todos los santos (I) - Santa Gertrudis

Santa Gertrudis 01 03

Santa Gertrudis ha pasado a la historia de la espiritualidad como la santa de la Humanidad de Cristo, ya que su experiencia mística y su doctrina se centran en el Misterio de la Encarnación del Hijo de Dios: en el Verbo Encarnado por nuestra salvación se manifiesta el gran misterio del amor de Dios para con el Hombre, su condescendencia divina, su misericordia. De este núcleo parten todas las actitudes doctrinales, espirituales y místicas de santa Gertrudis. 
El fin principal de sus escritos es revelar este infinito misterio de amor: el Misterium Pietatis.Su libro, titulado Legatus Divinae Pietatis (El Heraldo de la Misericordia Divina), es un mensajero, un juglar, un trovador, encargado de pregonar a lo largo del mundo y de los tiempos, el misterio de amor por el cual Dios llama al ser humano a la unión consigo en Jesucristo. 
El Corazón de Cristo es, para santa Gertrudis, una de las expresiones más elocuentes y ardientes del Misterium pietatis. Las revelaciones del Corazón de Jesús ocupan un lugar central en su obra y concentran muchos aspectos de su doctrina y espiritualidad. Gertrudis encuentra la fuente de esta devoción en el relato de la transfixión de Jesús en su Pasión. De ahí que, si bien ella no tuvo la misión que compete a santa Margarita María de Alacoque de establecer el culto litúrgico al Sagrado Corazón, se la considera precursora de esta devoción.

La contribución fundamental de santa Gertrudis al desarrollo de la devoción al Sagrado Corazón es su misma experiencia mística descripta en sus escritos; ella aporta una imaginería específica y un conjunto de símbolos a través de los cuáles se traduce su relación con el Corazón de Cristo, los cuáles -aún sin llegar a constituir una tipología sistemática-, serán reeditados por las místicas posteriores a lo largo de la historia de esta devoción, cada una de las cuáles las encarnará según su tiempo y su cultura propia. 
Por medio de las gracias místicas otorgadas a santa Gertrudis la devoción al Sagrado Corazón de Jesús queda establecida en su fundamento escriturístico. En primer lugar, encuentra su fuente, como dijimos, en el relato de la transfixión de Jesús (Jn 19, 31-37): Gertrudis recibe en su interior los estigmas de la Pasión, y su corazón es traspasado por un rayo salido de su Corazón divino. 
En otra visión Gertrudis ve al discípulo amado que, recostado sobre el pecho del Señor en la última cena, había bebido con abundancia de la dulzura del Corazón Divino, y que pocas horas después vio ese mismo corazón traspasado con la lanza. San Juan hace recostar a Gertrudis consigo, sobre el pecho de Jesús, y ella percibe algo de la dulzura divina de los latidos del Corazón divino.

Además, Gertrudis relee los textos del Antiguo Testamento a partir del Misterio de Cristo, según la exégesis espiritual que se practicaba en la Edad Media; y, en consecuencia, aplica al Corazón de Jesús diversas imágenes: el Corazón divino es el Arca de la Alianza, la tierra prometida, el Santo de los Santos, el agujero en la roca y la cavidad en el muro donde anida la paloma (cf. Ct 2, 14). 
Por otra parte, con santa Gertrudis, la devoción al Sagrado Corazón se nos muestra como originalmente derivada de la Liturgia de la Iglesia y en dependencia con ella: en el fondo, Gertrudis tiene siempre ante los ojos la escena de Cristo, ahora glorioso, entronizado con nuestra Humanidad en la Santísima Trinidad, a la diestra del Padre, e intercediendo por nosotros; esta realidad, como se sabe, es el fundamento de toda la Liturgia. Gertrudis focaliza su atención y su afecto en el Amor divino del Redentor, único Mediador por quien tenemos acceso al Padre, y por cuyo medio nos vienen todas las gracias; y encuentra en el Sagrado Corazón, la imagen y el símbolo de ese Amor. Lo que hacemos aquí abajo, no tiene valor ante Dios, sino en Cristo, por El y en El; es decir, en unión de intención con los méritos y las oraciones de Cristo, unión que para Gertrudis, se realiza de corazón a Corazón. Así, la devoción al Sagrado Corazón nace como un desarrollo o prolongación del aspecto cristológico de la Liturgia y queda vivificada por el espíritu de la Liturgia.

Finalmente, sus visiones ilustran el contenido teológico de esta devoción: las relaciones del divino Corazón en el seno de la Santísima Trinidad, su la acción en la economía de la gracia, en la Iglesia triunfante, militante y purgante, así como la relación recíproca que entabla con cada fiel. 
Gertrudis no innova en este campo, sino que desarrolla algunos aspectos de una tradición de la que se considera heredera. En efecto, los Padres de la Iglesia siempre habían visto en el relato de la transfixión de Jesús, la fuente salvífica, el nacimiento de la Iglesia en el don del bautismo y de la eucaristía, y la comunicación del Espíritu. Pero mientras san Juan Crisóstomo o san Agustín contemplan sobre todo a la Iglesia y a los sacramentos que brotan del costado traspasado, Gertrudis, en su interiorización contemplativa, se detiene más en la realidad misma del Corazón herido, fuente del amor donado, que se hace sacramento para permanecer con nosotros. Podemos decir que la larga meditación de los Padres sobre el Costado traspasado encuentra su cumplimento y su renovación en la espiritualidad del Corazón de Jesús que queda firmemente inaugurada a partir de los escritos de santa Gertrudis de Helfta, cuya memoria litúrgica se celebra el 16 de noviembre.

Fuente: surco.org

El día que Santo Toribio se despeñó con la mula

Santo Toribio de Mogrovejo 03 04

Hoy celebramos la festividad del santo Obispo Toribio de Mogrovejo, el infatigable apóstol de la América hispana. A continuación, una de sus tantas anécdotas misioneras:

Transcribimos parte de una carta dirigida al rey, desde Yauyos, con motivo de su tercera visita en abril de 1602: Salí habrá 8 meses en prosecución de la visita de la provincia de los Yauyos, que hacía 14 años que no habían ido a confirmar aquella gente, en razón de tener otras partes remotas a que acudir y en especial al valle asiento de Huancabamba, que hará un año fui a él, donde ningún prelado ni visitador ni corregidor jamás había entrado, por los ásperos caminos y ríos que hay. Y habiéndome determinado de entrar dentro, por no haberlo podido hacer antes, me vi en grandes peligros y trabajos y en ocasión que pensé se me quebraba una pierna de una caída, si no fuera Dios servido de que yéndose a despeñar una mula en una cuesta, adonde estaba un río, se atravesara la mula en un palo de una vara de medir de largo y delgado como un brazo de una silla, donde me cogió la pierna entre ella y el palo, habiéndome echado la mula hacia abajo y socorriéndome mis criados y hecho mucha fuerza para sacar la pierna, apartando la mula del palo. Fue la mula rodando por la cuesta abajo hacia el río y si aquel palo no estuviera allí, entiendo me hiciera veinte pedazos la mula. Y anduve aquella jornada mucho tiempo a pie con la familia (criados) y lo di todo por bien empleado, por haber llegado a aquella tierra y consolado a los indios y confirmándolos; y el sacerdote que iba conmigo casándolos y bautizándolos, que con 5 ó 6 pueblos de ellos tiénelos a su cargo un sacerdote que, por tener otra doctrina, no puede acudir allí si no es muy de tarde en tarde y a pie, por caminos que parece suben a las nubes y bajan al profundo, de muchas losas, ciénagas y montañas.

Su biógrafo Pinelo escribe: Si hallaba algunos pobres indios, rotos y desnudos, en las cuevas y concavidades de los riscos, cimas y retiros, considerando lo que cada uno le había costado a Cristo Nuestro Señor, los agasajaba, predicaba y catequizaba en la doctrina cristiana. Sentábase después con ellos y de cuatro granos de maíz que tenían, comía el humilde prelado y dábales luego largas limosnas y algunas piezas de ropa, para cubrirles las carnes; y así granjeaba innumerables almas para Dios, convirtiendo en mansas ovejas aquellos bárbaros, que reducía. A los niños que veía por la calle, sin reparar en autoridad, fuesen españoles, indios o negros, los llamaba y acariciaba para que se llegasen a él, y les daba a besar la mano y echaba la bendición, y a veces les preguntaba si sabían la doctrina cristiana y se la enseñaba.

Fuente: cfr. P. Ángel Peña, OAR, Santo Toribio de Mogrovejo, apóstol de los indios

La devoción del Beato Carlos de Austria al Sagrado Corazón

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El Beato Carlos de Austria de rodillas en la Iglesia del Sagrado Corazón en el Tirol, en 1916

El Beato Carlos fue un rey apostólico, un emperador particularmente devoto del Sagrado Corazón de Jesús a lo largo de su vida, y fielmente observó la práctica del Primer viernes en honor del Sagrado Corazón. El 2 de octubre de 1918, consagró a su familia y todo su imperio al Sagrado Corazón, renovando este acto cada primer viernes. Fue igualmente devoto de Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, tanto que un obispo de la época lo llamó "el emperador Eucarístico".

Al ser mal juzgado, calumniado, perseguido, arriesgando su vida por su gente, el exilio y su dolorosa enfermedad final, el Emperador Carlos permitió que su corazón se conformara al Sagrado Corazón de Jesús. 
Incluso en el exilio y la enfermedad, el Emperador tomó muy en serio sus deberes como monarca y padre de su pueblo. Debido a su enfermedad, la emperatriz Zita le leía periódicos, pero sentía que los artículos le daban problemas y le preocupaban demasiado. Ella lo instó a que no le pidiera que le leyera porque no era bueno para su salud, pero el emperador respondió: "Es mi deber estar informado, no es un placer. ¡Por favor lee!"

Su devoción al Sagrado Corazón de Jesús fortaleció al emperador durante su dolorosa y última enfermedad. En su lecho de muerte le dijo a la condesa Mensdorff: "Es tan bueno tener fe en el Sagrado Corazón de Jesús. Sin él, las dificultades serían imposibles de soportar”. 
El Beato Carlos mantuvo una imagen del Sagrado Corazón bajo su almohada a lo largo de su vida y durante su enfermedad. Una vez, cuando la emperatriz Zita quería que él consiguiera un descanso muy necesario, sacó la imagen de debajo de la almohada y la sostuvo ante los ojos del emperador. Ella dijo que era absolutamente necesario para él dormir, y que debería pedirle al Señor por ello. Contempló la imagen y con urgencia, pero devotamente, dijo: "Querido Salvador, por favor, concédeme dormir". Luego pudo dormirse y descansó durante tres horas, que tanto necesitaba. 
El Santísimo Nombre de Jesús fueron sus últimas palabras en este mundo: “Hágase tu voluntad... Sí... Sí... como lo harás... ¡Jesús!”

Fuente: cf.emperorcharles.org

El amor del Padre Pío al Corazón de Cristo

San Pio de Pietrelcina 06 10

San Pío de Pietrelcina

«Terminada la Misa, me entretuve con Jesús para la acción de gracias. ¡Qué suave fue el coloquio que tuve con el paraíso aquella mañana! Fue tal que, aun queriendo decirlo todo, no lo conseguiría; sucedieron cosas que no es posible expresarlas en lenguaje humano sin que pierdan su sentido profundo y celestial. El Corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fundieron. No eran ya dos corazones que latían, sino uno solo. Mi corazón había desaparecido, como una gota de agua que se pierde en el mar. Jesús era el paraíso, el rey. La alegría en mí era tan intensa y profunda que no era capaz de más; las lágrimas más deliciosas me llenaban el rostro»

«Jesús no deja, de cuando en cuando, de endulzar mis sufrimientos de otro modo: hablándome al corazón. Oh sí, ¡qué bueno es Jesús conmigo! Qué momentos tan preciosos son éstos; es una felicidad que no sé a qué compararla; es una felicidad que el Señor me hace gustar casi exclusivamente en los sufrimientos. En estos momentos, más que en ningún otro, todo lo del mundo me hastía y me pesa, nada deseo fuera de amar y sufrir. Sí, también en medio de tantos sufrimientos soy feliz, porque me parece sentir que mi corazón palpita con el de Jesús»

“Quédate conmigo, Señor, porque es necesario que estés presente para que no te olvide. Ya sabes lo fácil que te abandono. 
Quédate conmigo, Señor, porque soy débil y necesito tu fuerza para no caer tan seguido. 
Quédate conmigo, Señor, porque Tú eres mi vida, y sin Ti, no tengo fervor. 
Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi luz, y sin ti, estoy en tinieblas. 
Quédate conmigo, Señor, para mostrarme tu voluntad. 
Quédate conmigo, Señor, para que escuche tu voz y te siga. 
Quédate conmigo, Señor, porque deseo amarte mucho y estar siempre en tu compañía. 
Quédate conmigo, Señor, si deseas que te sea fiel. 
Quédate conmigo, Señor, por tan pobre que sea mi alma, quiero que sea un lugar de consuelo para Ti, un nido de amor. 
Quédate conmigo, Jesús, porque se está haciendo tarde y el día está llegando a su fin, y la vida pasa; muerte, juicio, eternidad se acerca. Es necesario renovar mi fuerza, para no detenerme en el camino y para eso, te necesito. Se está haciendo tarde y la muerte se acerca, temo la oscuridad, las tentaciones, la sequedad, la cruz, las tristezas. 
¡Oh, cómo te necesito, mi Jesús, en esta noche de exilio! 
Quédate conmigo esta noche, Jesús, en la vida con todos sus peligros. Te necesito. 
Déjame reconocerte como lo hicieron tus discípulos al partir el pan, para que la Comunión eucarística sea la Luz que dispersa la oscuridad, la fuerza que me sostiene, la alegría única de mi corazón. 
Quédate conmigo, Señor, porque a la hora de mi muerte, quiero permanecer unido a Ti, si no es por comunión, al menos por gracia y amor. 
Quédate conmigo, Jesús, no pido consuelo divino, porque no lo merezco, sino el don de Tu Presencia, ¡oh sí, te pido esto! 
Quédate conmigo, Señor, porque solo a Ti te estoy buscando, Tu Amor, Tu Gracia, Tu Voluntad, Tu Corazón, Tu Espíritu, porque Te amo y no te pido otra recompensa que amarte más y más. 
Con un amor firme, te amaré con todo mi corazón mientras estoy en la tierra y te seguiré amando perfectamente durante toda la eternidad. Amén.”

Fuente: de las cartas y oraciones escritas por San Pío de Pietrelcina

Arrojar nuestra miseria en el Corazón de Cristo

Santa Faustina Kowalska 01 01

Del diario de Santa Faustina:

Oh Jesús mío, para agradecerte por tantas gracias, te ofrezco el alma y el cuerpo, el intelecto y la voluntad y todos los sentimientos de mi corazón. Con los votos me he entregado a Ti, ya no tengo nada más que ofrecerte. Jesús me dijo: “Hija mía, no me has dado lo que es realmente tuyo”. 
Me he ensimismado y he constatado de que amaba a Dios con todas las fuerzas de mi alma; y sin poder conocer qué era lo que no había dado al Señor, pregunté: “Jesús, dímelo y Te lo daré inmediatamente con generosidad del corazón.” 
Jesús me dijo amablemente: “Hija, dame tu miseria porque es tu propiedad exclusiva”. En ese momento un rayo de luz iluminó mi alma conocí todo el abismo de mi miseria; en ese mismo momento me abracé contra el Santísimo Corazón de Jesús con tanta confianza que aunque tuviera sobre la conciencia los pecados de todos los condenados, no dudaría de la Divina Misericordia, sino que, con el corazón hecho polvo, me arrojaría en el abismo de Tu Misericordia. Creo, oh Jesús, que no me rechazarías sino que me absolverías con la mano de quien te sustituye.

Expiraste, Jesús, pero la fuente de vida brotó para las almas y el mar de Misericordia se abrió para el mundo entero. Oh fuente de vida, insondable Misericordia Divina, abarca al mundo entero y derrámate sobre nosotros.

Fuente: Diario de Santa Faustina Kowalska; La Divina Misericordia en mi alma, cuaderno nº 4. Padres Marianos de la Inmaculada Concepción. 2005.

San Pedro y San Pablo, Apóstoles (II)

San Pablo 04 11

San Pablo predicando en Atenas

Espíritu de San Pablo: fe en los merecimientos de Cristo. 
Un profundo conocimiento de su nada y una estima extraordinaria de los merecimientos de Jesucristo: He ahí a qué puede reducirse el espíritu de San pablo: «No podemos tener un solo pensamiento bueno por nosotros mismos, pero nuestro poder tiene en Dios su fuente.»

San Pablo ve en sí dos hombres: cuenta sus éxtasis, las gracias que ha recibido, lo que por Cristo ha sufrido. «En cuanto a mí, prosigue, en nada me he de gloriar más que en mis debilidades». Exterior desmedrado, ojos enfermos, humillaciones, tentaciones... «en todo esto me he de gloriar, ya que cuando soy débil, entonces precisamente soy fuerte, y mora de esta manera en mí la fuerza de Cristo».

Nada glorifica tanto a Cristo como la confianza que en sus méritos tengamos a pesar de nuestras debilidades. Cuando nos apoyamos en Él, en el dolor, obramos grandes cosas en el reino sobrenatural. Así un San Pablo hizo tanto por la gloria de Dios en la cárcel, como pudo hacerlo en sus misiones. 
El pensamiento de lo ricos que somos en Jesucristo debe darnos una santa audacia para acercarnos al Padre.

Cuando está nuestra alma henchida de este espíritu de San Pablo, no nos desanima en lo más mínimo la vista de nuestras miserias, ya que nos apoyamos en Cristo, y en Él tan sólo. Un alma que dice: «Son demasiado grandes mis miserias...» es un alma que no ha llegado aún a comprender la grandeza de las riquezas que en Cristo poseemos, es un alma que no ha llegado a comprender lo que Pablo escribió un día: «Dios ha amado al mundo hasta el punto de entregarle a su Hijo.».

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 324

San Vicente, diácono y mártir

 

San Vicente Martir 01 01

San Vicente, diácono de la Iglesia de Zaragoza, sufrió un atroz martirio en Valencia, durante la persecución de Diocleciano (284-305). Su culto se difundió en seguida por toda la Iglesia.

Vicente venció en aquel por quien había sido vencido el mundo. A vosotros se os ha concedido la gracia -dice el Apóstol-, de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. 
Una y otra gracia había recibido del diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo. 
Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo -dice- tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo. 
En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento. 
Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. 
Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas