La esposa es el sol de la familia

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La esposa viene a ser como el sol que ilumina a la familia. Oíd lo que de ella dice la Sagrada escritura: “Mujer hermosa deleita al marido; mujer modesta duplica su encanto. El sol brilla en el cielo del Señor, la mujer bella en su casa bien arreglada.” 
Sí, la esposa y la madre es el sol de la familia. Es el sol con su generosidad y abnegación, con su constante prontitud, con su delicadeza vigilante y previsora en todo cuanto puede alegrar la vida a su marido y a sus hijos. Ella difunde en torno a sí luz y calor; y, si puede decirse de un matrimonio que es feliz cuando cada uno de los cónyuges, al contraerlo, se consagra a hacer feliz, no a sí mismo, sino al otro, este noble sentimiento e intención, aunque les obligue a ambos, es sin embargo virtud principal de la mujer, que le nace con las palpitaciones de madre y con la madurez del corazón; madurez que, si recibe amarguras, no quiere dar sino alegrías; si recibe humillaciones, no quiere devolver sino dignidad y respeto, semejante al sol que con sus albores alegra la nebulosa mañana, y dora las nubes con los rayos de su ocaso.

La esposa es el sol de la familia con la claridad de su mirada y con el fuego de su palabra; mirada y palabra que penetran dulcemente en el alma, la vencen y enternecen y alzan fuera del tumulto de las pasiones, arrastrando al hombre a la alegría del bien y de la convivencia familiar, después de una larga jornada de continuado y muchas veces fatigoso trabajo en la oficina o en el campo o en las exigentes actividades del comercio y de la industria.

La esposa es el sol de la familia con su ingenua naturaleza, con su digna sencillez y con su majestad cristiana y honesta, así en el recogimiento y en la rectitud del espíritu como en la sutil armonía de su porte y de su vestir, de su adorno y de su continente, reservado y a la par afectuoso. Sentimientos delicados, graciosos gestos del rostro, ingenuos silencios y sonrisas, una condescendiente señal de cabeza, le dan la gracia de una flor selecta y sin embargo sencilla que abre su corola para recibir y reflejar los colores del sol. 
¡Oh, si supieseis cuán profundos sentimientos de amor y de gratitud suscita e imprime en el corazón del padre de familia y de los hijos semejante imagen de esposa y de madre!

Fuente: de una alocución del Papa Pío XII a los recién casados. Memoria de santas mujeres, Liturgia de las Horas.

La oración de recogimiento (I)

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¡Oh Dios mío! Que tenga yo la dicha de hallarte dentro de mí, en el pequeño cielo de mi alma. 
Otra forma de oración, que Santa Teresa aconseja a las almas interiores como muy sencilla y provechosa, es la oración de recogimiento. Su fundamento es la presencia de Dios en nuestras almas: presencia de inmensidad, por la cual Dios está en nosotros como Criador y Conservador, tan real y esencialmente que «en Él vivimos y nos movemos y existimos» (Hech17, 28), de tal modo que si Él cesase de estar presente en nosotros, nosotros dejaríamos inmediatamente de existir; presencia de amistad, por la cual Dios habita en el alma en gracia como Padre, como Amigo, como dulce Huésped que la invita a vivir en unión con las tres divinas Personas: con el Padre, con el Hijo, con el Espíritu Santo. Esta es la consoladora promesa que Jesús hizo a toda alma que le ama: «Si alguno me ama..., mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14, 23).

La oración de recogimiento consiste en darse perfecta cuenta y vivir conscientemente esta gran realidad: Dios está en mí..., mi alma es templo suyo...; me recojo en la intimidad de este templo para adorarle, para amarle, para unirme con Él... « ¡Oh, pues, alma hermosísima entre todas las criaturas -exclama San Juan de la Cruz-, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado para buscarle y unirte con Él! Ya se te dice que tú mismo eres el aposento donde Él mora...; que es cosa de grande contentamiento y alegría para ti ver que... está tan cerca de ti que está en ti... Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con Él, pues le tienes cerca. Ahí deséale, ahí adórale, y no le vayas a buscar fuera de ti» (Cántico espiritual 1, 7-8). 
El alma que tiene el sentido de esta presencia de Dios en ella, posee uno de los medios más eficaces para hacer oración. « ¿Pensáis -dice Santa Teresa de Jesús- que importa poco para un alma derramada entender esta verdad, [es decir, que Dios está dentro de ella], y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con Él, ni ha menester hablar a voces? Por paso [bajo, suave] que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped.» (Camino de perfección 28, 2).

Ya escucho, Dios mío lo que dices a mi alma: “Mi reino está dentro de ti”. Grande contento es para mí entender que Tú nunca faltas de mí y que yo nunca puedo estar sin ti. “¿Qué más quieres ¡oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tu deleite, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma?” (San Juan de la Cruz). 
“¡Oh Dios mío! Tú estás en mí y yo en ti. He hallado mi cielo en la tierra, porque el cielo eres Tú que te encuentras dentro de mí. Aquí te encuentro y poseo, aunque no sienta tu presencia. Tú siempre estás ahí, en mi interior. ¡Cómo me gusta buscarte en mí! Haz, Señor, que no te deje nunca solo” (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Los cristianos en el mundo

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Los primeros cristianos

Fragmento de la Carta a Diogneto, escrito de los primeros tiempos del cristianismo:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.

Fuente: Carta a Diogneto (Cap. 5-6)

El trato íntimo con Dios (I)

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Santa Teresa de Jesús

¡Oh Señor! No te desdeñes de admitirme, aunque indigno, en tu intimidad. 
La meditación, lo mismo que la lectura meditada, es un medio para llegar al centro y a la esencia de la oración, que, según Santa Teresa de Jesús, "no es otra cosa... sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama" (Vida 8, 5).

Poco importa que lleguemos a ella a través de la meditación o de la lectura o por medio del rezo lento y devoto de una oración vocal: todos son caminos buenos; el mejor para cada uno será aquel que más rápidamente le lleve al término, o sea, al trato íntimo con Dios. Llegada al centro de la oración, el alma tiene que aprender a permanecer en esta actitud, en este "tratar de amistad... a solas" con el Señor. También aquí el modo de ejercitarse en este intimar con Dios cambiará según la inclinación y las disposiciones personales, que frecuentemente pueden variar según los días y las circunstancias.

A veces, apenas se ha adentrado el alma un poco en la consideración del amor de Dios para con ella, se siente impulsada a manifestarle su gratitud y su deseo de corresponder a ese amor; así, espontáneamente, se inicia una conversación íntima con el Señor. En ella le declara todo su reconocimiento, le promete ser en adelante más generosa y decidida en darse a Él, le pide perdón por no haber sido así en el pasado; porque son sinceras sus palabras, hace después delante de Dios sus propósitos prácticos y, finalmente le pide gracia y ayuda para saber cumplirlos de veras. 
Evidentemente esta manera de oración es un coloquio íntimo, todo personal y espontáneo, sin ninguna preocupación de forma y de orden, brotado únicamente de la exuberante plenitud del corazón. Es ésta una de las formas en que el alma, suspendida la lectura o la meditación que despertaron en ella tantos sentimientos buenos "está... tratando a solas" con Dios. Volverá de nuevo a la lectura o a la reflexión cuando sienta la necesidad de nuevos pensamientos y de nuevos afectos para animar y calentar el espíritu en ese coloquio con el Señor.

Se puede llamar éste un verdadero coloquio, pues no sólo es el alma quien habla, sino que el mismo Dios le responde, no con palabras sensibles, sino infundiéndole gracias de luz y de amor que le iluminan los caminos de Dios y le encienden en ansias de entrar en ellos con mayor generosidad. Por eso no es conveniente que el alma en el coloquio abunde demasiado en palabras: es mejor que muchas veces lo suspenda y se ponga a escuchar en su interior los movimientos de la gracia, que son precisamente la respuesta de Dios.

"¡Oh Señor! Ayúdame para que el fin de mi oración sea únicamente ocupar mi corazón en amarte; y porque no conozco ni encuentro otro medio más apto para ejercitarme en el amor que este recogimiento íntimo que se goza en el silencio y el olvido de todas las criaturas, quítame, Dios mío, la vida antes que privarme de este trato interior contigo, que es mi pequeño cielo en la tierra" (San Leonardo de Porto Mauricio).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Características de la vida según la interioridad

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La interioridad moral. Consiste en la capacidad radical de acoger en sí y experimentar vitalmente toda verdad y todo bien hasta quedar fecundado por ellos, y en el poder subsiguiente de engendrar mediante una voluntad libre acciones y obras que transformarán tanto al propio hombre como al mundo que depende de él. 
Cuando por la fe y la caridad la intimidad del hombre se abre al Espíritu Santo, entonces la interioridad del creyente entra en comunicación con la interioridad divina y adquiere una profundidad nueva e insondable. 
Se juzga mal al hombre y a los asuntos morales cuando se opone superficialmente la interioridad a la exterioridad, cuando se quiere combatir lo que se llama la "vida interior" so pretexto de favorecer el compromiso del hombre o del cristiano en el mundo. Más bien lo propio de la vida parece ser crear una interioridad dinámica capaz de transformar el mundo gracias a una interacción regular. La interioridad personal es, de este modo, la verdadera matriz donde se forman las mejores acciones del hombre.

La profundidad. Designa el hecho de dejar atrás las impresiones, los sentimientos, las ideas y las representaciones superficiales, penetrando hasta el corazón de las realidades humanas y de las cuestiones morales gracias a la reflexión y la experiencia activa. Se puede ver su símbolo en la comparación, propuesta por Orígenes, de la meditación de la Escritura con la excavación de pozos en el desierto que llevaron a cabo los siervos de Jacob, a la búsqueda de las fuentes vivas.

La altura o elevación. Designa la exigencia de un esfuerzo prolongado y progresivo para alcanzar la calidad moral, comparable con la ascensión de una cima. Implica dejar atrás todo lo que es moralmente bajo, la lucha contra la pereza y la pesadez interior. Se la designa con expresiones como la elevación de los sentimientos o la grandeza del alma. Se puede ver su signo en la montaña del Sinaí que escaló Moisés para recibir las tablas de la Ley o en la montaña de las bienaventuranzas donde Jesús proclamó la justicia superior a la de los escribas y fariseos. Esta altura debe, sin embargo, conjugarse con la profundidad en la que está colocado el fundamento sólido de la humildad ante lo real y ante la palabra de Dios, que previene la exaltación falaz del orgullo.

La densidad. Es el resultado de la paciente acumulación, en el espíritu y en el corazón, de las reflexiones, las experiencias y los esfuerzos. Implica una cierta capacidad de recogimiento y reclama una fidelidad perseverante de las cualidades morales.

La amplitud. El progreso de la profundidad, la altura y la densidad contribuyen al ensanchamiento del espíritu y del corazón. La capacidad de recibir, de comprender y de ordenar las ideas y los sentimientos aumenta y se fortifica. Uno de los signos de esta amplitud es el saber abarcar con una mirada y comprender el pensamiento de otras épocas de la historia para discernir en ellas la continuidad viva de una tradición espiritual.

Fuente: Servais (Th.) Pinckaers OP, Las fuentes de la moral cristiana.

Necesidad del examen de conciencia

 

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San Bruno rezando

"Todas las noches, antes de entregarte al sueño, llama a juicio a tu conciencia, pídele cuentas muy exigentes de las decisiones malas que hayas tomado durante el día..., arráncalas, destrózalas, y castígate por ellas" (S. Juan Crisóstomo). La conveniencia de este ejercicio y el provecho que lleva consigo para la virtud cristiana, lo prueban los maestros más autorizados de la vida espiritual con admirables advertencias y consideraciones. Citaremos a este propósito unas instrucciones de San Bernardo: "Como investigador diligente de tu pureza de alma, pídete cuenta de tu vida en un examen de cada día, averigua con cuidado en qué has ganado y en qué has perdido... Procura conocerte a ti mismo. Pon todas tus faltas delante de tus ojos, ponte frente a ti mismo como delante de otro; y luego duélete, de ti mismo".

Consecuencias de no hacer examen. 
Sería una vergüenza que en esto se cumplieran las palabras de Jesús: Los hijos de este siglo son más avisados que los hijos de la luz. Salta a la vista con qué cuidado administran sus negocios, la frecuencia con que revisan sus gastos y sus ingresos, la atención y el rigor con que llevan sus cuentas, cómo les duelen sus pérdidas y el enorme empeño que ponen en recuperarlas. Y nosotros quizá no pensamos más que en buscar honores, aumentar nuestro patrimonio, hacernos un nombre famoso por medio de la ciencia, descuidando con enorme negligencia el negocio más importante y más difícil: el de nuestra propia santificación. Apenas si de tarde en tarde nos recogemos en nuestro interior para examinar nuestra alma y, así, se va llenando de hierbajos como la viña del perezoso de la Escritura: He pasado por las tierras del perezoso y por la viña del necio, y he visto que las espinas las habían invadido y su cerca de piedras estaba destruida.

Y el peligro es tanto mayor cuanto que los malos ejemplos, perjudiciales para la virtud del mismo sacerdote, se multiplican a su alrededor, por lo cual es necesario vivir cada día más vigilantes y resistir con mayor esfuerzo. La experiencia demuestra que quien hace con frecuencia examen de sus pensamientos, de sus palabras y de sus obras, tiene más fortaleza para odiar el mal y huir de él, y también más ardor y celo para el bien. También la experiencia demuestra a cuántos inconvenientes y peligros está expuesto el que se niega a acudir a este tribunal, en el que la justicia se sienta para juzgar y al que la conciencia acude como reo y como acusador. Sería inútil buscar en él esa mesura que tanto necesita el cristiano y que lleva a evitar hasta los más leves pecados, esa firmeza de alma, tan propia de un sacerdote y que le hace sentir horror hasta por la más pequeña ofensa a Dios. Es más, esta dejadez y este abandono llegan a veces hasta el punto de descuidar incluso el Sacramento de la penitencia, el mejor medio que Jesucristo Nuestro Señor, en su infinita misericordia, ha puesto al alcance de la debilidad humana.

Fuente: S. Pío X, Haerent Animo, Constitución Apostólica del Papa San Pío X sobre la santidad del clero

Beato Iván Merz

 

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Beato Iván Merz

Iván Merz nació en Banja Luka el 16 de diciembre de 1896, en la Bosnia ocupada por el imperio austro-húngaro, en una familia liberal; fue bautizado el 2 de febrero de 1897. En el ambiente multi-étnico y multi-religioso de su ciudad natal realizó sus estudios de primaria y secundaria, que terminó cuando en Sarajevo era asesinado el príncipe heredero Francisco Fernando (28 de junio de 1914). 
Por voluntad de sus padres, y no suya, entró en la Academia militar de Wiener Noustadt, que abandonó después de tres meses, molesto por la corrupción del ambiente. En 1915 inició los estudios en la universidad de Viena, aspirando a ser profesor, para poder dedicarse a la instrucción y educación de los jóvenes en Bosnia, siguiendo el ejemplo de su profesor Ljubomir Marakovic, hacia el que sentía una profunda gratitud por haberle ayudado a descubrir las riquezas del catolicismo.

En marzo de 1916 tuvo que enrolarse en el ejército. Fue enviado al frente italiano, donde pasó la mayor parte de los años 1917 y 1918. Al concluir la primera guerra mundial se encontraba en Banja Luka, donde vivió el cambio político y el nacimiento del nuevo Estado yugoslavo. La experiencia de la guerra le hizo madurar espiritualmente, pues, impresionado por los horrores de los que fue testigo, poniéndose en las manos de Dios, se propuso tender con todas sus fuerzas a la perfección cristiana. El 5 de febrero de 1918, estando en el frente de batalla, escribió en su diario: “Nunca olvidarse de Dios. Desear siempre unirse a él. Cada día, preferentemente al alba, dedicarse a la meditación, a la oración, tal vez cerca de la Eucaristía o durante la santa misa. En esos momentos se han de hacer los proyectos para la jornada que comienza, se examinan los propios defectos, y se pide la gracia para superar todas las debilidades. Sería terrible que esta guerra no me produjera ningún efecto positivo... Debo comenzar una vida regenerada con el espíritu del nuevo conocimiento del catolicismo. Confío sólo en la ayuda del Señor, porque el hombre no puede hacer nada por sí mismo".

Después de la primera guerra mundial prosiguió sus estudios de filosofía en Viena (1919-1920); luego se trasladó a París, donde estudió en la Sorbona y el Instituto Católico (1920-1922). Con su tesis sobre "la influencia de la liturgia en los escritores franceses desde Chateaubriand hasta nuestros días", obtuvo el doctorado en filosofía en la universidad de Zagreb (1923). Durante el resto de su breve vida fue profesor de lengua y literatura francesa y alemana en el Instituto arzobispal de Zagreb, realizando con entrega ejemplar sus deberes de estado. 
Colaboró como apóstol de los jóvenes, primero en la Liga de los jóvenes católicos croatas, y luego en la Liga croata de las Águilas, que impulsó y con la que inauguró en Croacia la Acción Católica promovida por el Papa Pío XI. Según él, la Organización debía contribuir ante todo a formar una élite de apóstoles de la santidad. En su trabajo no le faltaron incomprensiones y dificultades de diversos tipos, que afrontaba con una serenidad admirable, fruto de su continua unión con Dios en la oración. En opinión de quienes lo conocían bien, con su mente y su corazón se hallaba inmerso en lo sobrenatural.

Convencido de que el medio más eficaz para la salvación de las almas es el sufrimiento ofrecido al Señor, ofrecía sus penas físicas y morales para obtener la bendición de sus actividades apostólicas, y, ya cerca de su muerte, ofreció también su joven vida por sus Águilas. Murió en Zagreb el 10 de mayo de 1928, a los 32 años de edad, con fama de santidad. Fue beatificado el 22 de junio de 2003.

Fuente: vatican.va

Encuentro y unión de mi voluntad con la de Dios

 

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Maravillosa explicación de cómo nuestra acción debe corresponder a la de Dios: 
La acción divina es anterior y superior a la mía, de suerte que la mía tiene su fuente y su medida en la de Dios: mi acción está mantenida, sostenida, dirigida y medida por la de Dios; yo no puedo preceder, ni exceder, ni abandonar el movimiento divino sin volver a caer, totalmente o en parte, en la muerte de una agitación puramente humana y natural. 
Ahora bien; en este proceso de la piedad, mi parte de acción es la piedad activa; la parte de acción de Dios, o más bien, la correspondencia a la acción de Dios, es la piedad pasiva. Se desprende de ahí que la piedad activa tiene su fuente y su medida en la piedad pasiva. No hay, pues, vida ni piedad sin la unión de la piedad activa a la piedad pasiva, y la unión supone que la piedad pasiva anima a la piedad activa como el alma anima al cuerpo.

El encuentro.- He aquí cómo se produce el desarrollo de esta unión: Dios me previene, obra sobre mí por un acto cualquiera de su beneplácito, acto interior o exterior, consolador o crucificante: unas veces es una inspiración, un accidente, un encuentro, en una palabra, uno cualquiera de esos actos providenciales que se ejercen sobre mí continuamente. Esta acción que se hace sobre mí, pero inicialmente sin mí, que me previene y que se me impone en cierta manera, ¿qué obra en mí? Es como una invitación, una excitación, una solicitación; sugiere una idea, un sentimiento o una acción. Y este primer movimiento, ¿qué pide de mí? Que yo lo acepte; es decir, que mi espíritu sea capaz de reconocerlo, que mi corazón quiera acogerlo y que mis sentidos se sometan a recibirlo como operación divina. Este es el deber de la piedad pasiva.

Frente a esta excitación mi libertad puede desempeñarse de dos maneras: puédese cerrar o abrir. Si yo me cierro; si, demasiado sensible a una impresión natural, me impaciento o me desaliento en una prueba; si me entretengo en un consuelo, o si la disipación exterior o la apatía interior me hacen extraño a los toques divinos, no hay correspondencia a la acción de Dios. En este caso permanezco frío, vacío, sin animación espiritual, fácilmente olvidadizo, o desganado, o incapaz de cumplir mi deber; me quedo en la mentira, en la vanidad y en la esclavitud de mi inercia o de mi movimiento puramente humano; mis pensamientos, mis sentimientos y mis acciones no son animados por la influencia divina, a la cual voluntariamente me he cerrado. No hay ni piedad pasiva ni piedad activa; ha faltado la sumisión y por eso ha faltado de igual modo el cumplimiento del deber.

La unión.- Pero si por una franca aceptación me abro a la solicitación divina, entro entonces en comunicación efectiva, con el Autor de la vida. La operación por la cual me ha prevenido va a prolongarse en mí, me acompañará, me sostendrá y me fortificará hasta el cumplimiento del deber para el cual me es proporcionado este auxilio; y así el deber es visto en la luz de Dios, amado en el movimiento de Dios, cumplido en la fuerza de Dios; entonces es cuando el deber tiene una perfección acabada, con tal que yo quiera mantenerme en este estado de correspondencia que permite al movimiento divino continuar su acción y producir su efecto.

Fuente: cf. José Tissot, La vida interior

Siervo de Dios Carlo Acutis

 

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Siervo de Dios Carlo Acutis

Carlo Acutis, nace en Londres el 3 de mayo de 1991, hijo de padres italianos que se encontraban allí trabajando, pero que luego se trasladaron a Milán. Fue bautizado a los quince días de nacido. 

Desde que recibió la Primera Comunión, a los 7 años de edad, nunca faltó a la cita cotidiana con Jesús en la Santa Misa. Siempre, antes o después de la celebración eucarística, se quedaba delante del Sagrario para adorar al Santísimo Sacramento. 
La Santísima Virgen era su gran confidente y nunca dejaba de honrarla rezando cada día el Santo Rosario; adicionalmente, tenía como modelos de santidad a los pastorcitos de Fátima, advocación por la que sentía un afecto especial.

La infancia de Carlo transcurre como la de cualquier otro niño, disfrutando de sus amigos y de los juegos. Era hijo único y siempre trataba de compartir con sus compañeros de la escuela sus tiempos de diversión. 
Su adolescencia fue signada por su fe y devoción. La innovación y la actualidad de Carlo se manifestaban en su pasión por las computadoras, la programación de ordenadores, pasando por el montaje de películas y la creación de sitios web; también leía textos de ingeniería informática, comprendiéndolos de tal manera que dejaba a todos estupefactos. 
Este don lo ponía al servicio del apostolado. Conjugaba perfectamente su afición por la tecnología, con su profunda vida eucarística y devoción mariana, lo que contribuyó a que muchos sintiesen gran admiración y cariño por él. Había entendido el verdadero valor de la vida como Don de Dios, y como respuesta dada a Jesús nuestro Señor día a día en simplicidad.

Su gran generosidad lo hacía interesarse siempre por el prójimo, ayudando y colaborando con cualquiera que pudiera estar necesitando su servicio. "Nuestra meta debe ser el infinito, no el finito -solía decir- el Infinito es nuestra Patria. Desde siempre el Cielo nos espera”. Suya es también aquella conocida frase: "Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias". Para dirigirse hacia la meta celestial y no "morir como fotocopia", Carlo situaba en el centro de su vida a Jesús en el Sacramento de la Eucaristía que llamaba "mi autopista hacia el Cielo". Dedicaba buen tiempo a la oración frente al Sagrario, sin que ello le implicase cansancio o aburrimiento; al contrario, el Señor le educó allí, fortaleciendo su alma para vivir con paz y fe firmísima los momentos de dolor que le sobrevendrían más adelante.

A sus 15 años de edad se le diagnostica leucemia fulminante. Ofreció los sufrimientos de su enfermedad por la Iglesia y el Papa, y cuando el médico le preguntaba por sus dolores, el virtuoso joven respondía: "¡Hay gente que sufre mucho más que yo!" 
Así, falleció el 12 de octubre de 2006; a su favor se apuntaba un testimonio de vida auténticamente cristiana. Sus restos reposan en el cementerio de Asís. Reconocidas sus virtudes heroicas, Carlo ha recibido el título de "Siervo de Dios" y se espera la comprobación de milagros atribuidos a su intercesión, para ser canonizado por la Santa Sede.

Fuente: Peregrinando, Calendario mensual - Peregrinos de la Eucaristía

El Buen Pastor (I)

 

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La Liturgia se complace en presentarnos a la Iglesia como un prado fecundo, donde Jesús, cual Buen Pastor, apacienta a los fieles con un pasto delicioso, la gracia divina, que el alma toma por medio de los Sacramentos. En la Eucaristía, Sacramento pascual, es donde Jesús contribuye particularmente al crecimiento de nuestras almas, dándonos en alimento su Cuerpo y Sangre. ¿Es posible hallar un Pastor más cuidadoso y solícito?

Cual ovejita del rebaño de Cristo te ha correspondido a ti, alma amiga, tal dicha. Te mueves entre cortesanos celestes y te nutres de manjares divinos. No rebajes tu condición, ansiando saborear otros goces. Con el gusto espiritual sucede lo que con el paladar. Si se acostumbra a bocados deliciosos, le dan náuseas los vulgares, y si prueba manjares vulgares, no será capaz de saborear la exquisitez de los finos y delicados. Por eso los santos sienten hastío de las cosas mundanas; y por eso los mundanos no pueden soportar una hora de silencio ante el sagrario; como los israelitas que preferían al rico maná los ajos y cebollas de Egipto.

No quieras pertenecer tú a este último grupo. Y para ello procura que tus lecturas sean de cosas santas, que tus conversaciones no se muevan en un ambiente pagano, que tus diversiones no te aparten del espíritu de Jesús. De esta forma, acostumbrada al manjar delicado de lo espiritual y divino, no habrá peligro de que te atraiga lo bajo y rastrero, degradándote así de tu dignidad excelsa.

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado