Necesidad de la mortificación

 

San Francisco de Asis 13  59

San Francisco de Asís

Santa Teresa de Jesús advierte que «para ser la oración verdadera, se ha de ayudar con estos [ayunos, disciplinas y silencio], que regalo y oración no se compadece» (Camino de perfección 4, 2). Sería ilusión pensar que se puede llegar al trato de intimidad con Dios sin ejercitar seriamente la mortificación física. A este propósito conviene vigilar para que el amor al propio cuerpo y al bienestar físico no me incite a rechazar todo ejercicio de penitencia bajo pretexto de no echar a perder la salud. 
Hay realmente muchas mortificaciones corporales que, sin causar el menor daño a la salud, tienen la grande ventaja de mantener vivo y despierto el espíritu de generosidad con la aceptación voluntaria de algún pequeño sufrimiento físico. Para ser generoso en esta materia, «lo primero que hemos de procurar es quitar de nosotros el amor [desordenado] de este cuerpo» (S. Teresa, Camino de perfección 10, 5), o sea, la demasiada preocupación por la salud, evitando todo refinamiento en comida, vestido, descanso y comodidades. «Porque este cuerpo -dice Santa Teresa- tiene una falta, que, mientras más le regalan, más necesidades descubre. Es cosa extraña lo que quiere ser regalado; y, como tiene aquí algún buen color, por poca que sea la necesidad, engaña a la pobre del alma para que no medre» (Ib. 11, 2).

El que desea adelantar en el camino de la santidad y de la unión con Dios, debe estar dispuesto a dar todo aun en el orden físico, hasta dejar -como decía San Juan de la Cruz- la piel y todo lo demás por Cristo. Sin embargo, el mismo Santo enseña que en esta materia hay que obrar siempre bajo la dependencia de los superiores o del Confesor: «La penitencia corporal [sin la obediencia] no es más que penitencia de bestias» (Noche oscura I, 6, 2), porque pospone «la sujeción y obediencia (que es la penitencia de la razón y discreción, y por eso es para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás)» a un ejercicio meramente material.

¡Qué lejos estoy, Dios mío, de la austeridad y mortificación de los Santos! ¿Pienso que eran de hierro? Pues tan delicados eran como yo. Ayúdame a comprender, oh Señor, que en comenzando a vencer este corpezuelo, no me cansará tanto. (S. Teresa, Camino de perfección 11, 4). 
¿Por qué espantarme ante el temor de perder la salud? Salud y enfermedad, vida y muerte, todo está en tus manos, Dios mío, y todo depende de ti. Quiero, pues, dejarte a ti todos esos cuidados, reservándome para mí una sola preocupación, la de amarte y servirte con todas mis fuerzas. Ayúdame, oh Señor, a dominar mi cuerpo y a convertirme en dueño absoluto de él, de manera que consiga una admirable libertad de espíritu que permita a mi alma darse imperturbablemente al ejercicio de una profunda vida interior.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina