El valor de la Sangre de Cristo

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¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recordemos los antiguos relatos de Egipto. 
Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.» 
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del Bautismo; sangre, como figura de la Eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio. 
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del Bautismo y de la Eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el Bautismo y la Eucaristía, que han brotado, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.

Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto. 
Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

Fuente: de las Catequesis de San Juan Crisóstomo, Oficio de Lectura del Viernes Santo

Nos amó hasta el fin

Ultima Cena 07 10

El apóstol San Juan, para indicar el exceso de amor que mostró Jesús al dar a sus discípulos, en la última cena, su cuerpo y sangre divinísimos, dice que sabiendo Jesús que era llegada su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos, que estaban en el mundo, amólos hasta el fin. De esta misteriosa palabra se deducen las propiedades del amor que nos mostró Cristo en la institución de este Sacramento. 
La primera es que nos amó como a cosa suya propia, y por consiguiente, como a Sí mismo; y en cierto modo más que a Sí mismo, pues con estar cercano a la muerte, como olvidado de Sí y de sus trabajos, todo se ocupó en regalarnos de este modo inefable, dándonos a comer su propio cuerpo y a beber su sangre. 
La segunda es que nos amó con amor perseverante hasta el fin; nos amó mientras vivió en esta vida hasta que llegó el fin de ella, y los amó mientras vivieron hasta que llegó para ellos su fin, y amará a todos los suyos hasta el fin del mundo, y por eso quiso perpetuamente quedarse con nosotros en este Sacramento del amor. 
La tercera propiedad fue que nos amó con un amor excesivo, sin tasa, hasta el fin adonde puede llegar el amor, haciendo y padeciendo por nosotros lo sumo que podía y convenía hacer y padecer, y deseando mucho más sinfín, si fuera necesario para nuestro remedio, y se queda en la Eucaristía expuesto a mil ultrajes, sacrilegios y afrentas, como de perpetuo Calvario, sólo por nuestro amor.

Contempla luego en espíritu a Nuestro Señor presente sobre nuestros altares, y después de haberlo adorado con un profundo respeto, pregúntate por qué está encerrado y como cautivo en nuestros tabernáculos hace más de diecinueve siglos. Porque nos ama hasta los límites del amor, y porque sus delicias son estar con los hijos de los hombres. 
Quiere habitar bajo los velos del Sacramento, por miedo de que su gloria nos aleje de su persona por temor o por respeto. Quiere habitar, no en una sola ciudad, no en un solo santuario, sino en todos los templos de la Iglesia, a fin de que no haya ninguno de sus hijos que no pueda gozar de su conversación. En fin, quiere habitar en nuestros templos, no en ciertos días y sólo en ciertas solemnidades, sino todos los días, a todas horas y en todos los momentos, a fin de que no haya nadie en su familia que no pueda venir en todo tiempo a pedirle y recibir luces, fuerzas y consuelos.

Coloquio: ¡Oh palabras dignas de ser recibidas con toda fe, agradecimiento y reverencia! Que Tú, Señor, que no sabes ni puedes engañar, digas por tu boca: Tomad y comed, que este es mi cuerpo; bebed todos de este cáliz, que esta es mi sangre. ¡Oh grandeza de liberalidad! ¡Oh dádiva digna de Dios! ¿Qué podré yo, Señor, daros por este beneficio sino decir con todo el afecto de mi corazón: Ved aquí, Señor, este es mi cuerpo, el cual ofrezco por Vos a dolores, enfermedades, cansancios, fatigas y penitencias; y esta es mi sangre, la cual desde luego os ofrezco para derramarla, si Vos fuereis servido, por vuestra gloria; y esta es mi alma, criatura vuestra, sujeta y rendida a toda vuestra voluntad? 
Propósitos: Procura vivir con tal pureza de corazón y tal odio a las culpas más pequeñas, que merezcas comulgar cada día.

Fuente: P. Francisco de Paula Garzón, Meditaciones espirituales para todos los días del año,sacada en parte de las del V. P. Luis de la Puente.

La Pasión del Señor

Pasion de Jesucristo 09 15

Cuán agradable sea a Jesucristo que meditemos frecuentemente su pasión y la muerte ignominiosa que padeció por nosotros, bien se echa de ver en la institución del santísimo Sacramento del altar, que dejó en su Iglesia como monumento para que siempre viviera en nosotros la memoria del amor que nos tuvo, sacrificándose en la cruz por nuestra salvación. Sabemos que en la noche anterior a su muerte instituyó este sacramento de amor, y después de haber distribuido su cuerpo a los discípulos, les dijo, y en ellos nos dijo a todos nosotros, que al recibir la sagrada comunión nos recordásemos de lo que padeció por nosotros. Por eso la santa Iglesia ordena al celebrante que en la misa, después de la consagración, diga en nombre de Jesucristo: Siempre que hiciereis esto, hacedlo en memoria de mí. Y el angélico Santo Tomás escribe que, para que se conservara entre nosotros la memoria de tan grande beneficio, nos dejó su cuerpo para que lo tomáramos en alimento. Y continúa el Santo diciendo que por este sacramento se conserva la memoria del inmenso amor que Jesucristo nos patentizó en su pasión.

Si alguien hubiera padecido por un amigo injurias y heridas, y supiera luego que el amigo, al oír hablar de lo acontecido, no quisiera recordarlo, y cuando se le recordara, dijese: «¡Hablemos de otra cosa!», ¡qué pena sentiría aquél al ver el olvido del ingrato! Por el contrario, ¡qué consuelo experimentaría al cerciorarse de que el amigo profesaba testimoniarle eterna gratitud y que siempre le recordaba, hablando de él con ternura y sollozos! De ahí que todos los santos, conocedores del gusto que proporciona a Jesucristo el evocar a menudo su pasión, se hayan preocupado en meditar casi de continuo los dolores y desprecios que padeció el amabilísimo Redentor durante la vida y especialmente en la muerte.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo

El niño que lo dejaron vivir y agradeció con su vida

Jose Ottone 01 01b

Siervo de Dios José Ottone

El siervo de Dios José Ottone nació el 8 de marzo de 1928 en Benevento, Italia. De padre desconocido, sólo se sabe que su madre quedó embarazada después de una violencia sexual. Iba a ser abortado pero una amiga hizo desistir a la mujer de esta decisión y en noviembre fue adoptado por Domenico Ottone y María Capria. 
Gracias a su madre adoptiva, "Pepito" como lo llamaban, creció en la fe y en tantas otras virtudes. Sincero, disciplinado, siempre alegre, antes de entrar en la escuela pasaba por la Iglesia para una breve visita a Jesús en el altar, era el primero en la clase. 
La madre era muy buena, pía y paciente, al contrario del padre, al que le gustaba beber y tenía el carácter muy fuerte, colérico. José era un ángel de paz en la familia, ayudaba a la madre a soportar la violencia del padre que se emborrachaba continuamente. 
Era también muy misericordioso; a escondidas ayudaba a los pobres con las moneditas que conseguía ahorrar y muchas veces donaba la merienda que le daban para la escuela.Cada mañana un anciano esperaba el almuerzo que él le traía y de vez en cuando invitaba a un amiguito menos afortunado a comer a casa.

Con gran fervor recibió la primera comunión a los 7 años. Muchas veces se iba en bicicleta hasta Pompeya a rezarle a la Virgen del Rosario a la cual tenía una gran devoción. Como a los chicos de su edad, le gustaba leer, se inventaba aventuras con sus amigos y soñaba ser militar de la marina cuando fuera mayor. 
Pero llegaron tiempos más duros, era la época de la primera guerra mundial y a su madre muy enferma la tuvieron que hospitalizar para realizarle dos operaciones muy delicadas, y más para aquellos tiempos. Pepito ante tal motivo y por el gran amor que tenía por su madre adoptiva se puso muy mal y angustiado. Temiendo por la vida de ella, pensó en ofrecerse al Señor a cambio de su madre.

El día que iba a ser operada su madre, el niño encontró en la calle una estampita de la Virgen de Pompeya, la recogió y besándola dijo: "Virgen mía, si mamá debe morir, por favor llévame a mí en vez de a ella". Fueron sus últimas palabras, en ese mismo momento empalideció y cayó a tierra sin conocimiento. 
Lo llevaron de urgencia al hospital donde estaba su madre que milagrosamente no necesitó ser sometida a la operación. Al saberlo no se corrió de al lado de su hijo, que murió al día siguiente, 4 de febrero de 1941. María vivió hasta los 88 años de edad. 
Jesús aceptó el sacrificio del pequeño Pepito llevando su alma noble al cielo eterno. Inmediatamente la reputación de santidad del pequeño José se extendió por toda la ciudad, todos los que lo conocían lo consideraban santo. 
El 6 de abril de 1962 se abrió el proceso de Canonización y el 25 de octubre de 1964 los restos de José fueron trasladados a la Iglesia del Espíritu Santo de Torre Annunziata.

Fuente: cf. es.aleteia.org

El tiempo de Cuaresma

Ayuno del Senor 02 02b

Ayuno del Señor

La Cuaresma es un tiempo de ayuno y de penitencia instituido por la Iglesia por tradición apostólica. 
Fue instituida: 1.º, para darnos a entender la obligación que tenemos de hacer penitencia todo el tiempo de nuestra vida, de la cual, según los Santos Padres, es figura la Cuaresma; 2.º, para imitar en alguna manera el riguroso ayuno de cuarenta días que Jesucristo practicó en el desierto; 3.º, para prepararnos por medio de la penitencia a celebrar santamente la Pascua.

Para pasar bien la Cuaresma según la mente de la Iglesia hemos de hacer cuatro cosas: 1.ª, guardar exactamente el ayuno y la abstinencia y la mortificación no sólo en las cosas ilícitas y peligrosas, sino también en cuanto podamos en las lícitas, como sería moderándonos en las recreaciones; 2.ª, darnos a la oración y hacer limosnas y otras obras de cristiana piedad con el prójimo más que de ordinario; 3.ª, oír la Palabra de Dios, no ya por costumbre o curiosidad, sino con deseo de poner en práctica las verdades que se oyen; 4.ª, andar con solicitud en prepararnos a la confesión para hacer más meritorio el ayuno y disponernos mejor a la Comunión pascual.

El ayuno consiste en no hacer más que una sola comida al día, y la abstinencia en no comer carne.

Los días de ayuno la Iglesia permite una ligera refección a la noche, o hacia el mediodía si la comida única se traslada a la tarde, y además la parvedad a la mañana.

Al ayuno están obligados todos los que hayan cumplido dieciocho años hasta los cincuenta y nueve, y no estén legítimamente impedidos; y a la abstinencia los que han cumplido catorce años.

Los que no están obligados al ayuno no están exentos de toda mortificación, porque ninguno está dispensado de la obligación general de hacer penitencia, y así deben los tales mortificarse en otras cosas según sus fuerzas.

Fuente: San Pío X, Catecismo Mayor, pp. 138s.

Imitar la vida de Cristo (IX)

 

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Extractos del libro La imitación de Cristo.

-Hijo, cuanto puedes salir de ti, tanto puedes pasarte a Mí. Así como no desear nada de lo exterior hace la paz interior, así la negación y desprecio interior produce la unión con Dios. Yo quiero que aprendas la perfecta abnegación de ti mismo en mi Voluntad, sin contradicción ni queja. Sígueme; Yo soy el camino, verdad y vida. Sin camino no se anda, sin verdad no se conoce, sin vida no se vive. Yo soy el camino que no se puede violar, la verdad infalible, la vida interminable. 
Si permanecieres en mi camino conocerás la verdad, y la verdad te librará, y alcanzarás la vida eterna. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos, si quieres conocer la verdad créeme. Si quieres ser perfecto vende cuanto tienes. Si quieres ser mi discípulo, niégate a ti mismo. Si quieres poseer la vida bienaventurada, desprecia ésta presente. Si quieres ser ensalzado en el cielo, humíllate en el mundo. Si quieres reinar conmigo, lleva la Cruz conmigo; porque sólo los ciervos de la Cruz hallan el camino de la Bienaventuranza y de la Luz verdadera.

-Señor Jesús, pues que tu camino es estrecho y despreciado en el mundo, concédeme imitarte en el desprecio del mundo, que no es mayor el siervo que su Señor, ni el discípulo que su Maestro. Ejercítese tu siervo en Tu vida, que en ella está mi salud y la santidad verdadera. Cualquier cosa que fuera de ella oigo o leo, no me recrea ni satisface del todo.

-Hijo, pues que sabes todo esto, y lo has leído, si lo hicieres serás bienaventurado. El que abraza mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama, y Yo me manifestaré a él, y le haré sentar conmigo en el reino de mi Padre.

-Señor Jesús, como lo dijiste y prometiste, así dame tu Gracia para que lo merezca. Recibí de Tu mano la Cruz, la llevaré, y la llevaré hasta muerte, así como Tú me la diste. Verdaderamente la vida... es Cruz que guía al Paraíso. Ya hemos comenzado, no se puede volver atrás, ni conviene dejarla. 
Ea, hermanos, vamos juntos; Jesús será con nosotros. Por Jesús hemos tomado esta Cruz, por Jesús perseveremos en la Cruz. Jesús que es nuestro capitán y adalid, será nuestro ayudador. Mirad que nuestro rey va delante de nosotros, que peleará por nosotros. Sigámosle varonilmente, ninguno tenga miedo a los terrores; estemos preparados a morir con valor en la batalla, y no pongamos un borrón a nuestra gloria huyendo de la Cruz.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. III, c. LVII, ed. Lumen.

Beato Iván Merz

 

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Beato Iván Merz

Iván Merz nació en Banja Luka el 16 de diciembre de 1896, en la Bosnia ocupada por el imperio austro-húngaro, en una familia liberal; fue bautizado el 2 de febrero de 1897. En el ambiente multi-étnico y multi-religioso de su ciudad natal realizó sus estudios de primaria y secundaria, que terminó cuando en Sarajevo era asesinado el príncipe heredero Francisco Fernando (28 de junio de 1914). 
Por voluntad de sus padres, y no suya, entró en la Academia militar de Wiener Noustadt, que abandonó después de tres meses, molesto por la corrupción del ambiente. En 1915 inició los estudios en la universidad de Viena, aspirando a ser profesor, para poder dedicarse a la instrucción y educación de los jóvenes en Bosnia, siguiendo el ejemplo de su profesor Ljubomir Marakovic, hacia el que sentía una profunda gratitud por haberle ayudado a descubrir las riquezas del catolicismo.

En marzo de 1916 tuvo que enrolarse en el ejército. Fue enviado al frente italiano, donde pasó la mayor parte de los años 1917 y 1918. Al concluir la primera guerra mundial se encontraba en Banja Luka, donde vivió el cambio político y el nacimiento del nuevo Estado yugoslavo. La experiencia de la guerra le hizo madurar espiritualmente, pues, impresionado por los horrores de los que fue testigo, poniéndose en las manos de Dios, se propuso tender con todas sus fuerzas a la perfección cristiana. El 5 de febrero de 1918, estando en el frente de batalla, escribió en su diario: “Nunca olvidarse de Dios. Desear siempre unirse a él. Cada día, preferentemente al alba, dedicarse a la meditación, a la oración, tal vez cerca de la Eucaristía o durante la santa misa. En esos momentos se han de hacer los proyectos para la jornada que comienza, se examinan los propios defectos, y se pide la gracia para superar todas las debilidades. Sería terrible que esta guerra no me produjera ningún efecto positivo... Debo comenzar una vida regenerada con el espíritu del nuevo conocimiento del catolicismo. Confío sólo en la ayuda del Señor, porque el hombre no puede hacer nada por sí mismo".

Después de la primera guerra mundial prosiguió sus estudios de filosofía en Viena (1919-1920); luego se trasladó a París, donde estudió en la Sorbona y el Instituto Católico (1920-1922). Con su tesis sobre "la influencia de la liturgia en los escritores franceses desde Chateaubriand hasta nuestros días", obtuvo el doctorado en filosofía en la universidad de Zagreb (1923). Durante el resto de su breve vida fue profesor de lengua y literatura francesa y alemana en el Instituto arzobispal de Zagreb, realizando con entrega ejemplar sus deberes de estado. 
Colaboró como apóstol de los jóvenes, primero en la Liga de los jóvenes católicos croatas, y luego en la Liga croata de las Águilas, que impulsó y con la que inauguró en Croacia la Acción Católica promovida por el Papa Pío XI. Según él, la Organización debía contribuir ante todo a formar una élite de apóstoles de la santidad. En su trabajo no le faltaron incomprensiones y dificultades de diversos tipos, que afrontaba con una serenidad admirable, fruto de su continua unión con Dios en la oración. En opinión de quienes lo conocían bien, con su mente y su corazón se hallaba inmerso en lo sobrenatural.

Convencido de que el medio más eficaz para la salvación de las almas es el sufrimiento ofrecido al Señor, ofrecía sus penas físicas y morales para obtener la bendición de sus actividades apostólicas, y, ya cerca de su muerte, ofreció también su joven vida por sus Águilas. Murió en Zagreb el 10 de mayo de 1928, a los 32 años de edad, con fama de santidad. Fue beatificado el 22 de junio de 2003.

Fuente: vatican.va

El Buen Pastor (III)

 

El buen Pastor 07  22

«Doy mi vida por mis ovejas.» El Divino Pastor confirma con su sangre el amor que profesa a su grey. «El linaje humano había equivocado su camino y caído en las zarzas y espinas del pecado; y Cristo, revestido del ropaje de nuestra naturaleza, anduvo en su busca. Las espinas las recogió y colocó en sus sienes, y con el cayado de la cruz en su mano dirigiose hacia la oveja perdida en el desierto, tomándola y poniéndola amorosamente sobre sus hombros. Expuso su vida por ella; y esto no sólo en el momento de su muerte; toda su vida estuvo dedicada y lo está aún ahora a devolver al aprisco a la oveja extraviada.» (Parsch, Pius)

¿Qué más pudo hacer el Buen Pastor que no lo hiciera? Con su muerte en la Cruz ha dado el último toque a mi corazón. Mi amor ya no puede pertenecer a otro que a Él. Todos cuantos fuera de Jesús exigen mi afecto, mercenarios son, a quienes no interesa mi bien, sino su provecho y egoísmo; pobres mendigos como yo, que en la hora del sacrificio tal vez me dejen en mi soledad, como huyendo del lobo; y si no me abandonan, si son fieles hasta en el día del dolor, estarán allí como los amigos de Job, en silencio, sin poder dar alivio alguno a mis penas. ¿Por qué, pues, busco afectos fuera de Aquel que murió por mí? ¿Por qué no acabaré de renunciar a toda amistad que no sea conforme con el querer de Jesús?

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

El Buen Pastor (II)

 

El buen Pastor 06  21

«Conozco mis ovejas.» No tenemos un Dios a lo pagano que se desentienda de los mortales. Nuestro Dios nos conoce a cada uno por su nombre, vela con providencia amorosa sobre todos y nos atiende con un corazón como el que se dignó tomar de las purísimas entrañas de María. Tenemos un Jesús, cuyos ojos están puestos en cada uno de nosotros con un cariño indecible, todo comprensión con nuestras flaquezas, condescendiente con nuestras miserias, y compasivo en extremo cuando la desgracia se ceba en nosotros. Esto y mucho más es Jesús. ¡Que dicha la nuestra!

«Y las mías Me conocen.» Conoce a Cristo quien comprende su espíritu, y lo capta, y lo hace propio, dándose a Él y sintiéndose uno con Él. ¿Eres tú de esas ovejas auténticas? ¿Te mueves en torno de este Pastor divino? ¿Prefieres sus gustos e intereses a los tuyos?

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Beata Chiara Badano

 

Beata Chiara Badano 01  01

Beata Chiara Badano

«¡Jóvenes, no tengáis miedo a ser santos! ¡Volad a gran altura!». Este llamamiento que lanzó el Papa Juan Pablo II en agosto de 1989, durante las Jornadas Mundiales de la Juventud de Santiago de Compostela, resonaba en el corazón de Chiara, una joven italiana de dieciocho años. Desde su habitación de enferma seguía el acontecimiento por televisión y ofrecía sus sufrimientos por los jóvenes. Veintiún años después, el 3 de octubre de 2010, desde Sicilia, el Papa Benedicto XVI la presentaba como ejemplo: «El sábado pasado, en Roma, fue beatificada Chiara Badano… que falleció en 1990 a causa de una enfermedad incurable. Diecinueve años llenos de vida, de amor y de fe. Dos años, los últimos, llenos también de dolor, pero siempre en el amor y en la luz, una luz que irradiaba a su alrededor y que brotaba de dentro: de su corazón lleno de Dios».

El 29 de octubre de 1971, tras once años de matrimonio, Ruggero y María Teresa Badano ven por fin cómo se cumple su deseo más íntimo, con la llegada de su primer y único hijo: Chiara, nacida en Sassello, pueblecito de Liguria, más arriba del golfo de Génova. «Cuando llegó –dirá su padre–, nos pareció enseguida un don. Se lo había pedido a la Virgen en un santuario de nuestra diócesis. Esa hija completaba nuestra unión». Su madre añadirá: «Crecía bien y sana, y nos daba mucha alegría. Pero sentíamos que no era solamente nuestra hija. Era ante todo hija de Dios, y debíamos educarla así, respetando su libertad». Mientras Ruggero surca Italia al volante de su camión, María Teresa deja su empleo para dedicarse a la educación de su hija: «Comprendí –dirá– lo importante que era permanecer constantemente junto a los hijos, no en el sentido estricto de la palabra, sino siendo madre, es decir, amando, y enseñándoles a amar».

Chiara es una niña normal, alegre y sociable, pero dotada de un fuerte carácter. Sus padres promueven el diálogo y el afecto, pero también saben pedir algunas renuncias, por miedo a que la pequeña se haga caprichosa: «Éramos conscientes del riesgo –dirá su madre–, por eso quisimos dejar las cosas claras desde los primeros años. No perdíamos ocasión alguna de recordarle que tenía en el Cielo a un Papá más grande que nosotros dos». 
Participa en la Misa casi todos los días, medita, reza el Rosario y pone a Dios en primer lugar. A los doce años, escribe a la fundadora de los focolares: «He descubierto que Jesús abandonado es la clave de la unión con Dios…”. Chiara ofrece sus pequeñas cruces diarias en unión a la de Jesús, y se compadece activamente de las de sus allegados. Así, toma la iniciativa de pasar mucho tiempo con una vecina mayor y sola, o de velar toda una noche a sus abuelos enfermos. 
La joven posee una hermosa voz, ama la música, la danza y el deporte. No le gusta hablar de ella. Tiene una mirada pura y limpia, una sonrisa abierta y sincera. Sin embargo, no se enorgullece de su belleza física. Siente más bien apuro cuando la adulan o le hacen halagos. Lo que para ella cuenta es ser ordenada y limpia, «hermosa por dentro». El muchacho que un día, en un autobús, osa realizar un gesto inapropiado, recibe una bofetada magistral. Está educada en familia por el respeto del pudor y delicadeza de conciencia en materia de castidad.

Hacia finales del verano de 1988, Chiara está aquejada de un osteosarcoma, modalidad especialmente dolorosa de cáncer de huesos, pero siempre conserva su maravillosa sonrisa y su atención por los demás. Repite constantemente su “sí” a Jesús abandonado, cuya imagen guarda cerca de la cama: «Si tú lo quieres, Jesús, ¡yo también lo quiero!»... A veces reconoce: «Resulta difícil vivir el cristianismo hasta el final… pero es la única manera… no hay que desperdiciar el dolor, pues tiene sentido si se da como ofrenda a Jesús». 
Se apaga apaciblemente el 7 de octubre de 1990, rodeada de sus padres. Todavía no ha cumplido diecinueve años. Sus últimas palabras son para su madre: «Ciao (“adiós”), sé feliz, porque yo lo soy», y después estrecha la mano de su padre. Entonces, los padres se arrodillan, rezan el Credo y añaden: «Dios nos la ha dado y Dios nos la ha quitado, ¡bendito sea su santo nombre!».

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval.