Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (IV)

Sagrado Corazon 21 34

En fin, querida amiga, es preciso que de una vez nos consumamos sin excepción, ni remisión, en ese horno encendido del Sagrado Corazón de nuestro adorable Maestro, de donde jamás debemos salir. Y después de haber perdido nuestro corruptible corazón en esas divinas llamas del puro amor, debemos tomar otro nuevo que nos haga vivir en adelante una vida renovada, con un corazón nuevo que tenga pensamientos y afectos completamente nuevos, y que produzcan obras nuevas de pureza y fervor en todas nuestras acciones. 
Es decir, que no debe haber ya nada nuestro, sino que es preciso que el Divino Corazón de Jesús se sustituya de tal modo en lugar del nuestro, que Él solo viva y obre en nosotras y por nosotras; que su voluntad tenga de tal modo anonada la nuestra, que pueda obrar absolutamente sin resistencia de nuestra parte; y en fin, que sus afectos, sus pensamientos y deseos estén en lugar de los nuestros y sobre todo su Amor, que se amará Él mismo en nosotras y por nosotras. Y de este modo, siéndonos este amable Corazón todo en todas las cosas, podremos decir con San Pablo, que no vivimos ya, sino que vive Él en nosotras.

Amemos, pues, a este único amor de nuestras almas, puesto que Él nos ha amado primero, y nos ama ahora con tanto ardor, que se abrasa continuamente en el Santísimo Sacramento. Y para hacernos santas no es necesario más que amar a este Santo de los Santos. ¿Quién nos impedirá que lo seamos, puesto que tenemos corazones para amar y cuerpos para sufrir? Pero ¡ay! ¿Es posible sufrir cuando se ama? No, mi querida amiga; no existen ya sufrimientos para los que aman ardientemente al Sagrado Corazón de nuestro amable Jesús, porque los dolores, las humillaciones, desprecios y contradicciones, y todo lo más amargo a la naturaleza, truécase en amor en ese adorable Corazón, que quiere ser amado únicamente. 
Quiere poseerlo todo sin reservas, y quiere hacerlo todo en nosotras, sin que pongamos resistencia por nuestra parte. Entreguémonos, pues, a su poder, confiemos en Él, dejémosle hacer, y veremos cómo empleará indefectiblemente todos los obreros necesarios para nuestra perfección; de suerte que se terminará pronto la obra, con tal que no pongamos obstáculos. Porque con frecuencia, por querer hacer demasiado, lo echamos todo a perder, y le obligamos a que nos deje obrar a nosotras mismas, y a que se retire Él disgustado con nosotras. ¡Ah, el que le ama de un modo perfecto, no hay miedo que se le resista!

Fuente: José María Sáes de Tejeda S.J., Vida y Obras de Santa Margarita. Primera parte, cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

Meditar en el amor de Dios

Meditar 01 01

¡Oh Señor! Tú nada ganas en estar con nosotros; y sin embargo, nos amas tanto, que dijiste que tus delicias eran estar con nosotros. ¡Oh, cuánto nos amas Dios mío, pues eres más feliz en darte a ti mismo que en darnos las cosas que te pedimos! Ya no quiero poseer nada, porque, si yo quiero y te lo pido, puedo poseerte a ti, Dios mío, y tratar tan íntimamente contigo. 
Me adornaré con las joyas de las virtudes y te invitaré a que entres en el tálamo de mi corazón para descansar contigo en íntima unión. Sé que Tú no pides ni quieres otra cosa sino visitar mi alma y entrar en ella.

Y ¡qué triste es, Señor, me hayas estado llamando tanto tiempo y no te haya abierto y me haya privado de tan grande felicidad! Me acercaré a ti en el secreto de mi corazón y te diré: Sé que Tú me amas mucho más de lo que yo me amo, por eso ya no me preocuparé más de mí; me acercaré a ti, pondré mi vida en tus manos y Tú cuidarás de mí. Yo no puedo atender y preocuparme de mí y de ti; por eso viviremos en un intercambio mutuo de pensamientos y de afectos: Tú pensarás en mí y en mi debilidad para socorrerme, y yo pensaré en tu bondad para deleitarme en ella. Y aunque en este cambio el que gana soy yo, porque Tú nada puedes recibir de mí, sé que Tú te complaces más en permanecer conmigo y en ayudarme que yo en estar gozando de tu bondad.

¿Cuál es la causa de esto? La causa soy yo, porque yo me quiero mal y Tú me quieres bien, como Dios que eres. Si quisiera, ¡oh Señor!, recordar todas las pruebas que me has dado de tu amor, no sería capaz de hacerlo; aunque tuviera las lenguas de todos los hombres y de todos los ángeles, no llegaría a expresar y cantar dignamente los bienes de naturaleza, de gracia y de gloria que de ti proceden. ¿Es posible, Señor, que yo pueda pensar y meditar en otra cosa que no sea tu amor? ¿Por qué deseo y ansío otras cosas que no sean tu amor? ¿Por qué no me siento atado preso de tu amor? Tu amor me rodea por todas partes y yo aún no lo comprendo, aún no sé lo que es tu amor.

Fuente: San Buenaventura, citado en Intimidad Divina, del P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d.

¡Tarde te amé!

San Agustin 04 07

San Agustín

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no lo estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz. 
Cuando yo me adhiriere a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo para mí, y mi vida será viva, llena toda de ti. Mas ahora, como al que tú llenas lo elevas, me soy carga a mí mismo, porque no estoy lleno de ti.

Contienden mis alegrías, dignas de ser lloradas, con mis tristezas, dignas de alegría, y no sé de qué parte está la victoria. Contienden mis tristezas malas con mis gozos buenos, y no sé de qué parte está la victoria. ¡Ay de mí, Señor! ¡Ten misericordia de mí! ¡Ay de mí! 
He aquí que no oculto mis llagas. Tú eres médico, y yo estoy enfermo; tú eres misericordioso, y yo miserable. ¿Acaso no es tentación la vida del hombre sobre la tierra? (...)

Toda mi esperanza no estriba sino en tu muy grande misericordia. Da lo que mandas y manda lo que quieras. Nos mandas que seamos continentes. Y como yo supiese -dice uno- que ninguno puede ser continente si Dios no se lo da, entendí que también esto mismo era parte de la sabiduría, conocer de quién es este don. 
Por la continencia, en efecto, somos juntados y reducidos a la unidad, de la que nos habíamos apartado, derramándonos en muchas cosas. Porque menos te ama quien ama algo contigo y no lo ama por ti. 
¡Oh amor que siempre ardes y nunca te extingues! Caridad, Dios mío, enciéndeme. ¿Mandas la continencia? Da lo que mandas y manda lo que quieras.

Fuente: San Agustín, Confesiones, Libro X, c. 27, 28 y 29

San Pedro y San Pablo, Apóstoles (II)

San Pablo 04 11

San Pablo predicando en Atenas

Espíritu de San Pablo: fe en los merecimientos de Cristo. 
Un profundo conocimiento de su nada y una estima extraordinaria de los merecimientos de Jesucristo: He ahí a qué puede reducirse el espíritu de San pablo: «No podemos tener un solo pensamiento bueno por nosotros mismos, pero nuestro poder tiene en Dios su fuente.»

San Pablo ve en sí dos hombres: cuenta sus éxtasis, las gracias que ha recibido, lo que por Cristo ha sufrido. «En cuanto a mí, prosigue, en nada me he de gloriar más que en mis debilidades». Exterior desmedrado, ojos enfermos, humillaciones, tentaciones... «en todo esto me he de gloriar, ya que cuando soy débil, entonces precisamente soy fuerte, y mora de esta manera en mí la fuerza de Cristo».

Nada glorifica tanto a Cristo como la confianza que en sus méritos tengamos a pesar de nuestras debilidades. Cuando nos apoyamos en Él, en el dolor, obramos grandes cosas en el reino sobrenatural. Así un San Pablo hizo tanto por la gloria de Dios en la cárcel, como pudo hacerlo en sus misiones. 
El pensamiento de lo ricos que somos en Jesucristo debe darnos una santa audacia para acercarnos al Padre.

Cuando está nuestra alma henchida de este espíritu de San Pablo, no nos desanima en lo más mínimo la vista de nuestras miserias, ya que nos apoyamos en Cristo, y en Él tan sólo. Un alma que dice: «Son demasiado grandes mis miserias...» es un alma que no ha llegado aún a comprender la grandeza de las riquezas que en Cristo poseemos, es un alma que no ha llegado a comprender lo que Pablo escribió un día: «Dios ha amado al mundo hasta el punto de entregarle a su Hijo.».

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 324

Rogad al Dueño de la mies que mande obreros

 

Trigo 01  01

"Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros". Eso significa: la mies existe, pero Dios quiere servirse de los hombres, para que la lleven a los graneros. Dios necesita hombres. Necesita personas que digan: “Sí, estoy dispuesto a ser tu obrero en esta mies, estoy dispuesto a ayudar para que esta mies que ya está madurando en el corazón de los hombres pueda entrar realmente en los graneros de la eternidad y se transforme en perenne comunión divina de alegría y amor”. 
“Rogad, pues, al Dueño de la mies” quiere decir también: no podemos “producir” vocaciones; deben venir de Dios. No podemos reclutar personas, como sucede tal vez en otras profesiones, por medio de una propaganda bien pensada, por decirlo así, mediante estrategias adecuadas. La llamada, que parte del corazón de Dios, siempre debe encontrar la senda que lleva al corazón del hombre.

Con todo, precisamente para que llegue al corazón de los hombres, también hace falta nuestra colaboración. Ciertamente, pedir eso al Dueño de la mies significa ante todo orar por ello, sacudir su corazón, diciéndole: “Hazlo, por favor. Despierta a los hombres. Enciende en ellos el entusiasmo y la alegría por el Evangelio. Haz que comprendan que este es el tesoro más valioso que cualquier otro, y que quien lo descubre debe transmitirlo”.

Nosotros sacudimos el corazón de Dios. Pero no sólo se ora a Dios mediante las palabras de la oración; también es preciso que las palabras se transformen en acción, a fin de que de nuestro corazón brote luego la chispa de la alegría en Dios, de la alegría por el Evangelio, y suscite en otros corazones la disponibilidad a dar su "sí". Como personas de oración, llenas de su luz, llegamos a los demás e, implicándolos en nuestra oración, los hacemos entrar en el radio de la presencia de Dios, el cual hará después su parte. 
En este sentido queremos seguir orando siempre al Dueño de la mies, sacudir su corazón y, juntamente con Dios, tocar mediante nuestra oración también el corazón de los hombres, para que él, según su voluntad, suscite en ellos el “sí”, la disponibilidad; la constancia, a través de todas las confusiones del tiempo, a través del calor de la jornada y también a través de la oscuridad de la noche, de perseverar fielmente en el servicio, precisamente sacando sin cesar de él la conciencia de que este esfuerzo, aunque sea costoso, es hermoso, es útil, porque lleva a lo esencial, es decir, a lograr que los hombres reciban lo que esperan: la luz de Dios y el amor de Dios.

Fuente: Benedicto XVI, Encuentro con los Sacerdotes y Diáconos - Freising 14 de Septiembre de 2006

Santo Toribio, el apóstol de Sudamérica

 

Santo Toribio de Mogrovejo 02  03

Milagro de Santo Toribio de Mogrovejo

Celebramos en este día la festividad de Santo Toribio de Mogrovejo, insigne Patrono del Episcopado Latinoamericano. 
La vida de santo Toribio es una vida apasionante, llena de aventuras. Era un padre para todos, especialmente para los indios y negros, a quienes acogía con cariño y les ayudaba en todas sus dificultades. Su celo por la salvación de las almas lo llevó a los lugares más remotos de su extensa arquidiócesis, que abarcaba desde Nicaragua hasta Chile y Argentina. 
A continuación, una de sus tantísimas anécdotas misionales: uno de sus servidores, Gaspar Lorenzo, declaró que, saliendo el dicho siervo de Dios de la provincia de Chinchaicocha para la de Huánuco, con ánimo y disposición de entrar tierra dentro a los indios de guerra, sobre los que se hablaba vivamente, sin que el siervo de Dios atendiese a los imposibles que le proponían de malos caminos que era preciso pasar a pie, por montañas aspérrimas, ríos profundos y caudalosos, y recibimiento que le habían de hacer con dardos y flechas herboladas y atosigadas con veneno, este declarante [Gaspar Lorenzo], temeroso de la muerte que veía a los ojos, se despidió y apartó de la compañía y servicio del dicho siervo de Dios, y se retiró a su casa, donde después oyó decir cómo dicho arzobispo don Toribio, atropellando y posponiendo dificultades e imposibles, entró la montaña adentro, donde estuvo muchos días, procurando reducir aquella gente indómita y feroz, que por las faldas de los montes en emboscadas y en riberas de los ríos aparecían ejércitos de indios armados, y en saliendo el dicho siervo de Dios a la campaña con su cruz por delante, luego que le vieron, sin disparar flecha alguna ni formar acometimientos, temerosos y fugitivos desaparecían.

Y que las personas que iban sirviendo y acompañando al dicho siervo de Dios, viéndole en aquellos riesgos, postrados de rodillas, le suplicaban y pedían se retirase, porque, de no hacerlo así, habían de morir todos en aquella montaña a manos de aquellos bárbaros. Y habiéndolos oído el siervo de Dios, encendido su rostro con el fuego del amor de Dios y llevado de la caridad evangélica, proseguía en su demanda diciendo que “no podía haber guerra donde estaba la paz de Dios”. Y prosiguiendo con su determinación, se daba prisa hasta que, alcanzando algunos indios de los emboscados en la ribera, los regaló [=los trató amablemente] y echándoles su bendición los despachó a que llamasen a los demás. Y pospuesto el temor y aficionados a los rayos de luz que vieron salir de su rostro, vinieron muchos de ellos, a los cuales dispuso y catequizó, para que recibiesen el sacramento del bautismo, en lo cual se ocupó mucho tiempo. 
Y, dejándolos reducidos, salió de aquella montaña y prosiguió su visita por otras provincias, hasta que llegó al valle de Nazca, donde este declarante volvió a servir al dicho siervo de Dios. Y este testigo oyó a los demás compañeros lo referido y lo mucho que había obrado el siervo de Dios, haciendo muchos milagros y prodigios en la montaña y fuera de ella.

Narra el padre Alonso de Arenas que el santo arzobispo, yendo en compañía de unos criados suyos por un camino derrumbado entre Moyobamba y Chachapoyas, como en un paraje que está muy abajo del dicho camino estaban unos indios; imposibilitado de poderlos visitar y confirmar en aquel mismo sitio, se vistió el dicho siervo de Dios de pontifical y mandó que con unas sogas lo descolgasen, como de hecho lo hicieron por el dicho derrumbadero, con mucho trabajo y peligro de la vida. 
Y, habiendo llegado donde estaban los dichos indios, los confirmó; y, acabado de hacer el dicho ministerio, lo volvieron a subir arriba, retirándolo con las dichas sogas, en que mostró el ardiente celo que tenía de la salud de las almas.

Fuente: cfr. P. Ángel Peña, OAR, Santo Toribio de Mogrovejo, apóstol de los indios

Vivid la vida del cielo

 

Tesoro en el campo 01  01

Tesoro en el campo

Puesto que hemos resucitado con Cristo, debemos buscar y saborear las cosas que son del cielo. Éramos hijos de los hombres y somos ahora hijos de Dios; no seamos, pues, insensatos amando la vanidad y buscando la mentira, porque muchos buscamos la mentira, ¿sabéis cómo? Buscando la felicidad donde no se puede encontrar. No hay quien no quiera ser feliz. Si alguien te viese cavar buscando el oro en un sitio donde no pudiera encontrarse, lo lógico es que te dijera: Cava en otra parte, que es donde está. Eso es lo que yo te digo: Buscas la felicidad, pues mira a Cristo, que ha venido a nuestra miseria, a tener hambre y sed y padecer mil tormentos; pero mírale y observa cómo al tercer día ha resucitado, porque terminó su trabajo y murió la muerte.

Eso es lo que debes buscar si quieres ser feliz, porque en esta vida no podrás serlo nunca del todo, pero en aquella región te espera lo que buscas. Por tanto, mientras languidecemos en esta carne corruptible, muramos con Cristo cambiando nuestras costumbres, y vivamos con Cristo en el amor de la justicia, esperando recibir la gloria de aquel que ha muerto por nosotros.

Fuente: San Agustín. Extraído de La Palabra de Cristo, colección Verbum Vitae, B.A.C.

Prueba de amor (I)

 

Santa Maria Magdalena de Pazzis 01  01

Santa María Magdalena de Pazzis

¡Oh Jesús Crucificado! Hazme comprender cómo la cruz es la más sublime prueba de amor.

Después de la Encarnación, la Cruz es la prueba más grandiosa de amor que Jesús ha dado a los hombres; del mismo modo, por parte nuestra, la mortificación y el sufrimiento abrazados voluntariamente por Él son la prueba más clara de amor que le podemos dar. Se trata, en efecto, de renunciar libremente a nuestras satisfacciones y gustos personales para imponernos, por amor de Dios, algunas cosas que nos desagradan y contrarían; lo cual demuestra claramente que preferimos agradar a Dios, antes que a nosotros mismos. 
En cada acto de mortificación voluntaria, tanto física como moral, decimos a Dios, no con las palabras, sino con los hechos: ¡Señor, te amo más que a mí mismo! Y como el alma enamorada desea ardientemente probar su amor, vigila constantemente para no dejar escapar ocasión alguna de mortificarse.

Por eso Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús se había propuesto ¡no perder nunca ocasión alguna que se le presentase de padecer todo lo que pudiera, siempre en silencio entre Dios y ella misma!. De este modo su amor a Dios hallaba como una especie de desahogo en esta práctica continua y generosa de mortificación. 
Con hermosa expresión Santa Teresa del Niño Jesús llamaba a este ejercicio de mortificación arrojar flores, es decir, servirse de las más mínimas ocasiones de sufrimiento para dar a Dios una prueba de amor. Y, sabiendo que el valor de la mortificación depende de las buenas y generosas disposiciones con que se realiza, decía la Santa: «Cantaré aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas» (Historia de un alma, 11,18).

¡Oh mi Bien amado! ¿Cómo te demostraré mi amor, si el amor se prueba con obras? “No tengo otro medio de probaros mi amor que el de echar flores: es decir, 
no desperdiciar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra; aprovecharme de las pequeñas cosas, aun de las más insignificantes, haciéndolas por amor. 
Quiero sufrir por amor, y gozar por amor. Así echaré flores delante del trono. No hallaré flor en mi camino que no deshoje para ti. Además, al echar mis flores cantaré... Cantaré, aun cuando tenga que coger mis flores de en medio de las espinas. Y tanto más melodioso será mi canto, cuanto más largas y punzantes sean las espinas” (S. Teresa del Niño Jesús, Historia de un alma 11, 18).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Los dos modos de la operación divina (V)

 

Jesus en la Cruz 02  03

Jesús en la Cruz

V. Divino testimonio de amor. - No es muy difícil a la naturaleza reconocer en el gozo una sonrisa de Dios. Al alma a quien Dios consuela le parece que está contento de ella y ella está contenta de Él. Es indudable que el consuelo es, de parte de Dios, un testimonio de su amor. ¡Pero el sufrimiento!... ¡Ah, el sufrimiento!... ¡supremo misterio de amor! ¡El sufrimiento bajo todas sus formas, sufrimiento interior y exterior, sufrimiento del espíritu, del corazón y de los sentidos, es también un testimonio, todo divino, del amor de Aquel que tanto me ama!

Dios no me ama nunca tanto como cuando me destina un sufrimiento. Y es fácil convencerme de esto. Entre amigos, la prueba de afecto más concluyente, el más alto grado de amistad, es prestar a un amigo, por amor, un servicio que le será doloroso, pero necesario. Causar agrado, decir cosas lisonjeras y halagüeñas, todo esto no excede la altura ni la capacidad de los afectos más vulgares y necios; pero decir una verdad amarga, comunicar una desgracia abrumadora, pedir un sacrificio desgarrador, dar un consejo o hacer una advertencia desagradable, hacer todo esto como amigo y porque la amistad nos da, no solamente derecho, sino valor y fuerzas para ello, esto es la última palabra de la amistad. 
Pues así es como obra Dios conmigo. Dios se resigna a hacerme sufrir por amor: su amor le empuja, su amor le apremia a ello. Es una operación necesaria para la purificación y dilatación de mi vida, y su amor no le permite dejarme languidecer y marchitarme lejos de Él, sin recurrir a todos los medios para hacerme vivir en Él. ¡Hasta ese punto me ama! ¡Dios mío, cuán poco comprendo vuestro amor!

Fuente: José Tissot, La vida interior.

El perdón de Dios

 

Crucifixion 07  20b

Dios encuentra su gloria en perdonarnos porque todo perdón es otorgado en virtud de las satisfacciones de Jesucristo, su Hijo amadísimo. La sangre preciosísima de Cristo ha sido derramada hasta la última gota por la remisión de los pecados; la expiación que ha ofrecido Cristo a la justicia, a la santidad, a la majestad de su Padre, es de un valor infinito. 
Ahora bien, cada vez que nos perdona Dios, cada vez que nos da el sacerdote la absolución, sucede como si fueran presentados al Padre, y aplicados a nuestras almas para darles o aumentarles la vida, todos los sufrimientos, los merecimientos, el amor y la sangre toda de Jesucristo. 
Nos da la impresión de que en cada confesión repite Jesús a su Padre: «Oh, Padre, te ofrezco, en favor de esta alma, los merecimientos y satisfacciones de mi Pasión; te ofrezco el cáliz de mi sangre que ha sido derramada por la remisión de los pecados». Y entonces, de la misma manera que ratifica Cristo el juicio y el perdón otorgados por el sacerdote, el Padre a su vez confirma el juicio que su Hijo ha emitido, el perdón que su Hijo ha otorgado. Y nos dice: «También yo os perdono».

Por más graves que sean las recaídas de un alma, jamás nos es dado el perder nuestra esperanza en ella. «¿Cuántas veces, decía Pedro a nuestro Señor, habré de perdonar a mi hermano?» 
«Hasta setenta veces siete», le respondió Jesús, indicando con ello un número infinito de veces. 
En este mundo esa medida inagotable respecto al arrepentimiento es la de Dios mismo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida