La Reina de los Mártires

Virgen de los Dolores 12 30

Considera lo que la santísima Virgen padeció, particularmente durante la pasión y en la muerte del Salvador. 
Se ha mirado siempre como un exceso de inhumanidad y como el más cruel de todos los suplicios obligar a los hijos a ser testigos de los tormentos que se han hecho sufrir a sus padres, y estar presentes a su muerte. 
Comprendamos, pues, qué exceso de dolor, y que aflicción tan mortal sería para la santísima Virgen el saber la indignidad, los ultrajes y la crueldad con que el Salvador fue llevado por la ciudad de Jerusalén, el sacrílego desprecio con que fue tratado en casa de los pontífices, en la de Pilatos, en la de Herodes, y en todos aquellos impíos tribunales. No la consideres simplemente padeciendo como la más tierna de todas las madres, mírala como a una tierna madre que sabe que ese hijo tan amable, a quien tratan con la mayor infamia, es el único y verdadero Dios.

Cuando lo vio azotar, ¿qué golpe de azote caería sobre el hijo, que no descargase sobre el corazón y el alma de la madre? No teniendo ya figura de hombre lo ponen a la vista de aquel pueblo para ver si un espectáculo tan lastimoso lo movía a compasión; y aquel pueblo, el horror y la execración del género humano, como si fuera una bestia feroz, se muestra más sediento de su sangre, y clama que se le crucifique. ¡Qué impresión haría en el corazón de esta madre desconsolada este triste objeto! ¡Qué puñaladas no serían para su corazón aquellos bárbaros gritos!

Sin embargo, no basta en los designios del Padre eterno el que la Virgen consienta al sangriento sacrificio de su querido hijo; es menester que esté presente en él, que lo vea con sus propios ojos sin fuerzas y sin sangre caer bajo el peso de su cruz; es menester que oiga todos los golpes del martillo que se dan sobre los clavos que taladran sus pies y sus manos; es menester, en fin, que lo vea levantado sobre esta cruz, ultrajado sobre esta cruz, y expirar finalmente sobre esta cruz entre los más crueles y más agudos dolores. 
¿Qué herida, qué tormento y qué dolor hubo en Jesucristo que María no lo padeciese en su alma? Sin uno de los más grandes milagros ¿no debía la madre expirar antes que el hijo? ¿Podía, a lo menos, sobrevivirle? ¿Se vio jamás martirio más cruel que el que padeció por nuestro amor la santísima Virgen? ¿Qué título más justo, y mejor adquirido, que el de Reina de los mártires con que la saluda la Iglesia?

Pero acordémonos que padeció por nuestro amor y por el deseo de nuestra salvación con tanta resignación, en silencio y sin quejarse. ¡Qué sentimientos de amor, de ternura, de veneración y de reconocimiento no debemos tener para con esta madre de Dios, que se precia también, digámoslo así, de ser nuestra madre! 
Señor, por la intercesión de la santísima Virgen os pido me deis estos piadosos y religiosos sentimientos; dignaos recibir y confirmar para siempre el sacrificio que hago de mí mismo a vuestra santísima madre.

Fuente: J. Croisset, SJ, Año cristiano

El valor de la Sangre de Cristo

Pasion de Jesucristo 10 16

¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recordemos los antiguos relatos de Egipto. 
Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.» 
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del Bautismo; sangre, como figura de la Eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio. 
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del Bautismo y de la Eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el Bautismo y la Eucaristía, que han brotado, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.

Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto. 
Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

Fuente: de las Catequesis de San Juan Crisóstomo, Oficio de Lectura del Viernes Santo

Jesús Nazareno, Rey de los judíos (III)

Crucifixion 10 23

Todo proclama su divina realeza.

La crucifixión, tenida por los hombres como ignominioso aniquilamiento, fue en realidad la solemne coronación de Nuestro Señor Jesucristo como Rey eterno y universal. Todo proclama su divina realeza.

Es realmente un Rey quien está aquí entronizado en la cruz. Todas las afrentas e injurias son impotentes para eclipsar su regia dignidad. En su frente coronada de espinas, y en su rostro escupido y ensangrentado, reposa una augusta serenidad y una soberana grandeza, que revelan bien a las claras la divina realeza de su persona.

Como Rey muestra su poder y regia generosidad en perdonar a sus enemigos y en repartir coronas de vida eterna al ladrón, que le confiesa por Rey diciéndole: Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.

Postrado, pues, en espíritu ante la cruz, ríndele vasallaje como a tu único verdadero Rey y Señor. Ofrécete sin reserva a su santo servicio. Renueva tus sagrados votos y santos propósitos.

Fuente: P. Saturnino Osés, S. J., Horas de Luz, p. 158

Nos amó hasta el fin

Ultima Cena 07 10

El apóstol San Juan, para indicar el exceso de amor que mostró Jesús al dar a sus discípulos, en la última cena, su cuerpo y sangre divinísimos, dice que sabiendo Jesús que era llegada su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos, que estaban en el mundo, amólos hasta el fin. De esta misteriosa palabra se deducen las propiedades del amor que nos mostró Cristo en la institución de este Sacramento. 
La primera es que nos amó como a cosa suya propia, y por consiguiente, como a Sí mismo; y en cierto modo más que a Sí mismo, pues con estar cercano a la muerte, como olvidado de Sí y de sus trabajos, todo se ocupó en regalarnos de este modo inefable, dándonos a comer su propio cuerpo y a beber su sangre. 
La segunda es que nos amó con amor perseverante hasta el fin; nos amó mientras vivió en esta vida hasta que llegó el fin de ella, y los amó mientras vivieron hasta que llegó para ellos su fin, y amará a todos los suyos hasta el fin del mundo, y por eso quiso perpetuamente quedarse con nosotros en este Sacramento del amor. 
La tercera propiedad fue que nos amó con un amor excesivo, sin tasa, hasta el fin adonde puede llegar el amor, haciendo y padeciendo por nosotros lo sumo que podía y convenía hacer y padecer, y deseando mucho más sinfín, si fuera necesario para nuestro remedio, y se queda en la Eucaristía expuesto a mil ultrajes, sacrilegios y afrentas, como de perpetuo Calvario, sólo por nuestro amor.

Contempla luego en espíritu a Nuestro Señor presente sobre nuestros altares, y después de haberlo adorado con un profundo respeto, pregúntate por qué está encerrado y como cautivo en nuestros tabernáculos hace más de diecinueve siglos. Porque nos ama hasta los límites del amor, y porque sus delicias son estar con los hijos de los hombres. 
Quiere habitar bajo los velos del Sacramento, por miedo de que su gloria nos aleje de su persona por temor o por respeto. Quiere habitar, no en una sola ciudad, no en un solo santuario, sino en todos los templos de la Iglesia, a fin de que no haya ninguno de sus hijos que no pueda gozar de su conversación. En fin, quiere habitar en nuestros templos, no en ciertos días y sólo en ciertas solemnidades, sino todos los días, a todas horas y en todos los momentos, a fin de que no haya nadie en su familia que no pueda venir en todo tiempo a pedirle y recibir luces, fuerzas y consuelos.

Coloquio: ¡Oh palabras dignas de ser recibidas con toda fe, agradecimiento y reverencia! Que Tú, Señor, que no sabes ni puedes engañar, digas por tu boca: Tomad y comed, que este es mi cuerpo; bebed todos de este cáliz, que esta es mi sangre. ¡Oh grandeza de liberalidad! ¡Oh dádiva digna de Dios! ¿Qué podré yo, Señor, daros por este beneficio sino decir con todo el afecto de mi corazón: Ved aquí, Señor, este es mi cuerpo, el cual ofrezco por Vos a dolores, enfermedades, cansancios, fatigas y penitencias; y esta es mi sangre, la cual desde luego os ofrezco para derramarla, si Vos fuereis servido, por vuestra gloria; y esta es mi alma, criatura vuestra, sujeta y rendida a toda vuestra voluntad? 
Propósitos: Procura vivir con tal pureza de corazón y tal odio a las culpas más pequeñas, que merezcas comulgar cada día.

Fuente: P. Francisco de Paula Garzón, Meditaciones espirituales para todos los días del año,sacada en parte de las del V. P. Luis de la Puente.

La flagelación de Cristo atado a la columna

Flagelacion 01 01

Del diario de Santa Faustina Kowalska. 
“Al venir a la adoración, enseguida me envolvió un recogimiento interior y vi al Señor Jesús atado a una columna, despojado de las vestiduras y enseguida empezó la flagelación. Vi a cuatro hombres que por turnos azotaban al Señor con disciplinas. El corazón dejaba de latir al ver esos tormentos. Luego el Señor me dijo estas palabras: estoy sufriendo un dolor aun mayor del que estás viendo. Y Jesús me dio a conocer por cuáles pecados se sometió a la flagelación, son los pecados impuros. Oh, cuánto sufrió Jesús moralmente al someterse a la flagelación.

Entonces Jesús me dijo: Mira y ve el género humano en el estado actual. En un momento vi cosas terribles: los verdugos se alejaron de Jesús, y otros hombres se acercaron para flagelar, los cuales tomaron los látigos y azotaban al Señor sin piedad. Eran sacerdotes, religiosos y religiosas y máximos dignatarios de la Iglesia (lo que me sorprendió mucho), eran laicos de diversa edad y condición, todos descargaban su ira en el inocente Jesús. Al verlo mi corazón se hundió en una especie de agonía; y mientras los verdugos lo flagelaban, Jesús callaba y miraba a lo lejos, pero cuando lo flagelan aquellas almas que he mencionado arriba, Jesús cerró los ojos y un gemido silencioso pero terriblemente doloroso salió de su Corazón. Y el Señor me dio a conocer detalladamente el peso de la maldad de aquellas almas ingratas: Veshe aquí un suplicio mayor que mi muerte. 
Entonces mis labios callaron y empecé a sentir en mí la agonía, y sentía que nadie me consolaría ni me sacaría de ese estado sino aquel que a eso me había llevado. Entonces el Señor me dijo: Veo el dolor sincero de tu corazón que ha dado un inmenso alivio a mi corazón...”

Fuente: Diario de Santa Faustina Kowalska; La Divina Misericordia en mi alma; primer cuaderno. Padres Marianos de la Inmaculada Concepción. 2005.

Los medios para nuestra santificación

Si alguno quiere venir en pos de mi 01 01

Considera que uno de los más crueles suplicios, que uno de los tormentos más terribles de los condenados, es la memoria viva y eterna, la representación clara y circunstanciada de los medios seguros y fáciles que tuvieron de obrar su salvación. Yo pude hacerme santo, Dios lo quería, y no lo soy porque no quise. Comprende toda la fuerza de este convencimiento, pero concibe toda la amargura que encierra. 
No hay criatura que, tomada en sí misma, no nos provea de algún medio para conocer y amar a Dios; y si alguna nos sirve de obstáculo, es por el abuso que hacemos de ella. Los bienes y los males de esta vida, los mismos castigos de que Dios se sirve para castigar nuestras infidelidades, todo puede servir para nuestra salvación.

Las riquezas son como la moneda con que se puede comprar el cielo por medio de las limosnas; la pobreza es un título para salvarse; las honras y la prosperidad pueden proporcionar muchas ocasiones de grandes sacrificios; las desgracias y las adversidades abren un gran camino para la gloria. Si la salud es un don de Dios, la enfermedad no lo es menor: el padecer mucho por Dios, es todavía de un mérito mucho mayor que el hacer mucho por él. En fin, el ingenio es un talento, la sencillez es una virtud; y Dios gusta comunicarse a las almas sencillas. Y para decirlo de una vez, todas las cosas se pueden mirar como otros tantos talentos. No hay cosa, aun nuestros defectos, que no pueda ser útil. No tenemos enemigo más mortal de nuestra salvación, que el demonio; sin embargo, sus astucias y hasta sus tentaciones pueden servir para nuestra salvación.

¡Qué abundancia de medios! ¡Qué multiplicidad de santas industrias! Todas las cosas, dice el Apóstol (Rom 3), contribuyen al bien de los que aman a Dios. 
Es indispensable tener la gracia para hacernos santos: sin ella todos nuestros esfuerzos serían inútiles; pero estemos seguros que nosotros podemos faltar a la gracia, pero que la gracia no nos faltará jamás, y que entre todos los condenados no hay uno que no se haya condenado por su culpa, que no se haya condenado porque no quiso servirse de los medios que tenía para obrar su salvación. ¡Qué pesar este, buen Dios!

Somos frágiles, es verdad: los peligros son frecuentes, las tentaciones violentas; pero tenemos una fuerza y una virtud particular en los sacramentos: sacramentos en que se nos aplican los méritos de Jesucristo, sacramentos que nos hacen, por decirlo así, un baño de su sangre, y en los cuales halla el alma infinitos socorros en todas sus necesidades; sacramentos que son remedios saludables contra toda especie de males, y fuentes inagotables de tantas gracias. Seas eternamente bendito, alabado y glorificado, divino Salvador mío, que me has dado tantos y tan poderosos medios de obrar mi salvación. ¡Pero qué pesar no debo tener yo por haber hecho que me fuesen inútiles hasta aquí! No permitas, mi dulce Jesús, que esta confesión me sea un nuevo motivo de confusión.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

La Pasión del Señor

Pasion de Jesucristo 09 15

Cuán agradable sea a Jesucristo que meditemos frecuentemente su pasión y la muerte ignominiosa que padeció por nosotros, bien se echa de ver en la institución del santísimo Sacramento del altar, que dejó en su Iglesia como monumento para que siempre viviera en nosotros la memoria del amor que nos tuvo, sacrificándose en la cruz por nuestra salvación. Sabemos que en la noche anterior a su muerte instituyó este sacramento de amor, y después de haber distribuido su cuerpo a los discípulos, les dijo, y en ellos nos dijo a todos nosotros, que al recibir la sagrada comunión nos recordásemos de lo que padeció por nosotros. Por eso la santa Iglesia ordena al celebrante que en la misa, después de la consagración, diga en nombre de Jesucristo: Siempre que hiciereis esto, hacedlo en memoria de mí. Y el angélico Santo Tomás escribe que, para que se conservara entre nosotros la memoria de tan grande beneficio, nos dejó su cuerpo para que lo tomáramos en alimento. Y continúa el Santo diciendo que por este sacramento se conserva la memoria del inmenso amor que Jesucristo nos patentizó en su pasión.

Si alguien hubiera padecido por un amigo injurias y heridas, y supiera luego que el amigo, al oír hablar de lo acontecido, no quisiera recordarlo, y cuando se le recordara, dijese: «¡Hablemos de otra cosa!», ¡qué pena sentiría aquél al ver el olvido del ingrato! Por el contrario, ¡qué consuelo experimentaría al cerciorarse de que el amigo profesaba testimoniarle eterna gratitud y que siempre le recordaba, hablando de él con ternura y sollozos! De ahí que todos los santos, conocedores del gusto que proporciona a Jesucristo el evocar a menudo su pasión, se hayan preocupado en meditar casi de continuo los dolores y desprecios que padeció el amabilísimo Redentor durante la vida y especialmente en la muerte.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, Reflexiones sobre la Pasión de Jesucristo

Amor a la Cruz

San Luis Gonzaga 04 10

San Luis Gonzaga

Me acerco una vez más a ti, mi Dios Crucificado, con el deseo de penetrar aún más profundamente el misterio de la Cruz. 
La cruz es el sufrimiento visto a la luz sobrenatural; por lo tanto como instrumento de amor. Con esta luz como fondo, la cruz se hace amable: es el gran medio de nuestra santificación. Nuestra unión con Dios no puede realizarse sino a través del sufrimiento. San Juan de la Cruz ha demostrado que para que el alma alcance en esta vida la unión con Dios, tiene que estar purificada, limada en todo su ser. Tenemos que llevar a cabo una obra de mortificación total para arrancar todos los afectos que hacen resistencia e impiden que seamos movidos en todo por Dios: es imposible llevar todo esto a la práctica sin sufrimiento.

Pero no basta el sufrimiento activo, es decir, no bastan las mortificaciones y penitencias que nos imponemos por nuestra propia iniciativa; es necesario sobre todo el sufrimiento pasivo, es decir, es necesario que el Señor mismo nos haga sufrir, no sólo en el cuerpo, sino también en el espíritu, porque estando nosotros tan enmohecidos, tan llenos de miseria, es imposible llegar a esa purificación total de nuestro ser si Dios no interviene con su acción. Introducirnos en el sufrimiento pasivo es, por lo tanto, una de las obras más excelsas de su misericordia, una de las pruebas más ciertas de su amor: cuando Dios obra así en un alma es porque quiere levantarla a una perfección muy alta. Precisamente en este sufrir pasivo, que purifica, es donde se realiza de un modo particular el concepto de cruz. En la Llama de amor viva, San Juan de la Cruz se pregunta por qué son tan pocas las almas que llegan a la plenitud de la vida espiritual. Y responde: no es porque Dios quiera reservar este estado a alguna alma privilegiada sino porque son muy pocas las almas que encuentra dispuestas a aceptar su profunda acción purificadora; en consecuencia Él deja de purificarlas, y las almas se condenan voluntariamente a ser espíritus mediocres: ya no caminan más, no avanzan en la vida espiritual. Es imposible unirse a Dios sin estos dolores espirituales, sin soportar este peso de Dios. Solamente a través del sufrimiento y de la desolación interior se ensanchan las potencias del alma y ésta se hace capaz de abrazar al mismo Dios.

“¡Oh Señor! Es el camino de la cruz el que Tú reservas para tus amados: cuanto más les amas, les cargas de trabajos... pues sólo admites a tu intimidad a las almas que desean sufrir. Si me preguntase qué prefiero de estas dos cosas: quedarme sobre la tierra hasta el fin del mundo, en medio de toda clase de trabajos, y subir después al cielo con más gloria o por el contrario, ir inmediatamente al cielo, sin haber sufrido nada, pero con un grado menos de gloria, aceptaría con mucho gusto todos los tormentos del mundo, con tal de alcanzar aquel grado más de gloria, para comprenderte mejor; pues veo, ¡oh Señor!, que quien mejor te comprende, más te ama y más altamente te alaba. 
No, no quiero fijarme en estos sufrimientos que se han de acabar, cuando está en juego tu servicio, cuando se trata de honrarte a ti, que tanto sufriste por nosotros” (Cfr. Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección 18, 1 y 2; 3, 6. Vida 37, 2).

Fuente: P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Santa María, de pie junto a la Cruz

Virgen de los Dolores 11 22

Acógeme, ¡Oh María!, junto a la Cruz, para vivir en unión contigo la Pasión de tu Hijo. 
La liturgia pone en los labios de la Virgen dolorosa estas conmovedoras palabras: «¡Oh, vosotros, los que pasáis por el camino, deteneos y mirad si hay un dolor semejante al mío!»(Misal Romano). Sí, su dolor es inmenso, pero aún es mayor su amor, tan grande que puede contener aquel mar de dolor. De ninguna criatura como de María se puede decir que el amor fue más fuerte que la muerte; sólo el amor la hizo capaz de soportar la dolorosísima muerte de Jesús. 
«¿Quién no ha de sentirse dolorido al contemplar a la Madre de Cristo sufriendo con el Hijo?», canta el Stabat Mater, y prosigue: «Madre, haz que yo sienta la vehemencia de tu dolor para llorar contigo... Haz que yo lleve en mi corazón las llagas de Cristo, hazme partícipe de su Pasión, haz que sea embriagado con la Cruz y Sangre de tu Hijo».Respondiendo a la invitación de la Iglesia, contemplemos y compadezcamos los dolores de María, pidámosle la grande gracia de tomar parte con Ella en la Pasión de su Hijo. Pero que esta participación no se quede en la superficie del sentimiento, aunque se trate de sentimientos buenos y santos, sino que se convierta en un verdadero compadecer, padecer con Jesús y María. Los sufrimientos con que tropezamos en nuestro camino han sido dispuestos precisamente para esto.

La visión de la Virgen al pie de la Cruz nos hace menos dura y amarga la lección de la Cruz; su ejemplo maternal no da valor para abrazarnos al dolor, nos hace más suave el camino del Calvario. Vayamos con María a encontrarnos con Jesús sobre el Calvario, salgamos con ella al encuentro de la cruz, y sostenidos con su gracia materna, abracemos voluntariamente la cruz para ofrecerla al Padre junto con la Cruz de su Hijo.

“¡Oh Reina de las vírgenes! Tú eres también Reina de los mártires. La lanza abrió una herida en tu Corazón, porque en ti todo es íntimo, todo se realiza en tu interior. 
¡Oh, qué hermosa eres cuando, en medio de tu doloroso martirio, te contemplo tan serena, envuelta en una majestad que es al mismo tiempo fortaleza y dulzura! Habías aprendido del mismo Verbo cómo tienen que sufrir aquéllos a quienes el Padre ha escogido como víctimas, a quienes ha querido asociar a la gran obra de la redención, aquéllos a quienes "conoció y predestinó a ser semejantes a su Cristo", crucificado por nuestro amor. 
Tú estás allí, ¡oh María!, al pie de la cruz, erguida, fuerte y animosa; y el Maestro me dice: “He aquí a tu Madre”. ¡Me da a ti por madre! Cuando Él ha vuelto al Padre y yo estoy en su lugar sobre la cruz, para que supla en mí “lo que falta a su Pasión para bien de su cuerpo que es la Iglesia”, Tú, ¡oh María!, estás aún allí, para enseñarme a sufrir como Él, para repetirme, para enseñarme el último canto de su alma, aquel canto que sólo Tú, la Madre, has podido entender” (S. Isabel de la Trinidad).

¡Oh Madre dulcísima! Para que mi deseo de imitar a tu Hijo no sea vano, ayúdame a ver en todos los sufrimientos cotidianos la cruz de tu Jesús y dame fuerza para abrazarla amorosamente.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Jesús Nazareno, Rey de los judíos (II)

INRI 01 01

Los pontífices de los judíos dijeron a Pilato: No quieras escribir: Rey de los judíos; sino: Él dijo: Rey soy de los judíos. (Jn 19, 19)

El título que el presidente romano puso sobre la cruz del Salvador hirió el orgullo y la susceptibilidad de los príncipes de los sacerdotes, y dijeron a Pilato: No quieras escribir Rey de los judíos; sino: Él dijo: Rey soy de los judíos. Mas Pilato rechazó su petición, diciéndoles: Lo que escribí, escribí.

Le movió a ello, sin duda, divina inspiración, para que se entendiese que era verdad lo que el título contenía, y que no habría fuerza ni persuasión humana que pudiera cambiarlo.

Aprende a tener firmeza en lo bueno que hayas propuesto y determinado por seguir a Cristo; y si el demonio o el mundo o la carne te quisieren apartar de ello con sus malignas sugestiones, respóndeles: Lo que escribí, escribí; lo que determiné, determiné, y no volveré atrás un punto, ni borraré lo que escribí, ni mudaré lo que una vez determiné. Lo que he resuelto bajo la inspiración de la gracia, cuando Dios hablaba a mi corazón, debe quedar invariable. Quiero ser fiel a mis buenos propósitos.

Por humillar a los judíos, que le habían arrancado una sentencia injusta, escribió Pilato en la cruz de Cristo el título: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos», con letras hebreas, griegas y latinas, sin sospechar siquiera que con ello servía a los designios de Dios, para que todas las naciones del mundo significadas por estas tres lenguas conocieran y adoraran a este Rey.

En todos los acontecimientos de la vida ponte enteramente en las manos de Dios, que hará servir a sus fines y en provecho nuestro los designios perversos y hasta el odio y desprecio de los malos.

Fuente: P. Saturnino Osés, S. J., Horas de Luz, p. 157s