La oración de recogimiento (I)

Meditar 02 02

¡Oh Dios mío! Que tenga yo la dicha de hallarte dentro de mí, en el pequeño cielo de mi alma. 
Otra forma de oración, que Santa Teresa aconseja a las almas interiores como muy sencilla y provechosa, es la oración de recogimiento. Su fundamento es la presencia de Dios en nuestras almas: presencia de inmensidad, por la cual Dios está en nosotros como Criador y Conservador, tan real y esencialmente que «en Él vivimos y nos movemos y existimos» (Hech17, 28), de tal modo que si Él cesase de estar presente en nosotros, nosotros dejaríamos inmediatamente de existir; presencia de amistad, por la cual Dios habita en el alma en gracia como Padre, como Amigo, como dulce Huésped que la invita a vivir en unión con las tres divinas Personas: con el Padre, con el Hijo, con el Espíritu Santo. Esta es la consoladora promesa que Jesús hizo a toda alma que le ama: «Si alguno me ama..., mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14, 23).

La oración de recogimiento consiste en darse perfecta cuenta y vivir conscientemente esta gran realidad: Dios está en mí..., mi alma es templo suyo...; me recojo en la intimidad de este templo para adorarle, para amarle, para unirme con Él... « ¡Oh, pues, alma hermosísima entre todas las criaturas -exclama San Juan de la Cruz-, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado para buscarle y unirte con Él! Ya se te dice que tú mismo eres el aposento donde Él mora...; que es cosa de grande contentamiento y alegría para ti ver que... está tan cerca de ti que está en ti... Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con Él, pues le tienes cerca. Ahí deséale, ahí adórale, y no le vayas a buscar fuera de ti» (Cántico espiritual 1, 7-8). 
El alma que tiene el sentido de esta presencia de Dios en ella, posee uno de los medios más eficaces para hacer oración. « ¿Pensáis -dice Santa Teresa de Jesús- que importa poco para un alma derramada entender esta verdad, [es decir, que Dios está dentro de ella], y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con Él, ni ha menester hablar a voces? Por paso [bajo, suave] que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped.» (Camino de perfección 28, 2).

Ya escucho, Dios mío lo que dices a mi alma: “Mi reino está dentro de ti”. Grande contento es para mí entender que Tú nunca faltas de mí y que yo nunca puedo estar sin ti. “¿Qué más quieres ¡oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tu deleite, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma?” (San Juan de la Cruz). 
“¡Oh Dios mío! Tú estás en mí y yo en ti. He hallado mi cielo en la tierra, porque el cielo eres Tú que te encuentras dentro de mí. Aquí te encuentro y poseo, aunque no sienta tu presencia. Tú siempre estás ahí, en mi interior. ¡Cómo me gusta buscarte en mí! Haz, Señor, que no te deje nunca solo” (S. Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Espíritu de fe (II)

Santa Misa 04 05

Santa Misa

“Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.” El espíritu de fe, la vida de fe, la costumbre de contemplar todo lo que nos ocurre a la luz de Dios, de la Providencia, de la permisión, de la ordenación y conducta, eternamente sabia y amorosa, de Dios. La fe da luz, fuerza, profundidad, anchura y plena quietud. ¡Bienaventurados los que creen!

Nosotros hemos resucitado con Cristo, nos hemos convertido en hombres nuevos, llenos de fuego y de espiritualidad. Cada día, en la santa Misa y en la sagrada Comunión, profundizamos todavía más esta nueva vida que se nos dio en Pascua, es decir, en nuestro santo Bautismo. En la práctica de la oración interior, de las santas lecturas y de los ejercicios espirituales poseemos otros tantos medios para alimentar y acrecentar esta vida. ¡Y, no obstante todo esto, continuamos siendo todavía hombres demasiado naturales, dominados por los intereses, las apreciaciones, la mentalidad, las convicciones y la manera de pensar del hombre puramente natural! ¡Qué lejos estamos aun de lo que debiéramos ser!

¿Vacilaremos todavía en poner manos a la obra de vivir, por fin, totalmente de la fe? Vivir así es “conservar en nuestras costumbres y en toda nuestra vida el espíritu de las fiestas de Pascua”.

Oración. 
Te suplicamos, oh Dios omnipotente, nos concedas la gracia de que, habiendo concluido la celebración de las fiestas de Pascua, conservemos siempre su espíritu en nuestras costumbres y en toda nuestra vida. Por Cristo, Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 320s

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (IV)

Sagrado Corazon 21 34

En fin, querida amiga, es preciso que de una vez nos consumamos sin excepción, ni remisión, en ese horno encendido del Sagrado Corazón de nuestro adorable Maestro, de donde jamás debemos salir. Y después de haber perdido nuestro corruptible corazón en esas divinas llamas del puro amor, debemos tomar otro nuevo que nos haga vivir en adelante una vida renovada, con un corazón nuevo que tenga pensamientos y afectos completamente nuevos, y que produzcan obras nuevas de pureza y fervor en todas nuestras acciones. 
Es decir, que no debe haber ya nada nuestro, sino que es preciso que el Divino Corazón de Jesús se sustituya de tal modo en lugar del nuestro, que Él solo viva y obre en nosotras y por nosotras; que su voluntad tenga de tal modo anonada la nuestra, que pueda obrar absolutamente sin resistencia de nuestra parte; y en fin, que sus afectos, sus pensamientos y deseos estén en lugar de los nuestros y sobre todo su Amor, que se amará Él mismo en nosotras y por nosotras. Y de este modo, siéndonos este amable Corazón todo en todas las cosas, podremos decir con San Pablo, que no vivimos ya, sino que vive Él en nosotras.

Amemos, pues, a este único amor de nuestras almas, puesto que Él nos ha amado primero, y nos ama ahora con tanto ardor, que se abrasa continuamente en el Santísimo Sacramento. Y para hacernos santas no es necesario más que amar a este Santo de los Santos. ¿Quién nos impedirá que lo seamos, puesto que tenemos corazones para amar y cuerpos para sufrir? Pero ¡ay! ¿Es posible sufrir cuando se ama? No, mi querida amiga; no existen ya sufrimientos para los que aman ardientemente al Sagrado Corazón de nuestro amable Jesús, porque los dolores, las humillaciones, desprecios y contradicciones, y todo lo más amargo a la naturaleza, truécase en amor en ese adorable Corazón, que quiere ser amado únicamente. 
Quiere poseerlo todo sin reservas, y quiere hacerlo todo en nosotras, sin que pongamos resistencia por nuestra parte. Entreguémonos, pues, a su poder, confiemos en Él, dejémosle hacer, y veremos cómo empleará indefectiblemente todos los obreros necesarios para nuestra perfección; de suerte que se terminará pronto la obra, con tal que no pongamos obstáculos. Porque con frecuencia, por querer hacer demasiado, lo echamos todo a perder, y le obligamos a que nos deje obrar a nosotras mismas, y a que se retire Él disgustado con nosotras. ¡Ah, el que le ama de un modo perfecto, no hay miedo que se le resista!

Fuente: José María Sáes de Tejeda S.J., Vida y Obras de Santa Margarita. Primera parte, cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

Jesús, nuestra víctima pascual (II)

Vision de Juan 01 01

Visión de San Juan Evangelista

2. 
Mors et vita duello conflixere mirando, 
Dux vitae mortuus regnat vivus. 
La muerte y la vida se trabaron en imponente duelo, y el Príncipe de la vida que estaba muerto reina vivo.

Es el combate en que se dirimía el destino de la historia y de la humanidad. El averno y el cielo disputándose el reinado de las almas. Uno para nuestro bien, otro para nuestro mal. 
Cristo se ha encarnado para este combate final. La primera batalla la libró Miguel y los ángeles fieles, y tuvo por campo las celestes alturas. La santidad de los patriarcas y las oraciones y persecuciones de los justos del Antiguo Testamento fueron las sucesivas escaramuzas de Dios contra Satán. Pero el duelo final, lo reservaba para un solo hombre. Un hombre más que hombre; el Hijo del hombre; el Hombre-Dios.

La primera parte de la lucha pareció ganarla el diablo: Esta es vuestra hora y del poder de las tinieblas, dijo el mismo Señor. Cristo es sometido a la libre injuria de los demonios; a la tortura y la blasfemia; a la cruz y la traición; a la burla y al escarnio; y finalmente, a la agonía y a la muerte. Cristo muerto y sepultado, parecía la victoria de Satán. Pero el Señor sufrió la muerte para bajar al Reino de los muertos, para asestar allí el último golpe al Emperador del doloroso reino, como lo llamó Dante. 
Y aquél que Satanás vio desnudo y escupido, aquél sobre el que cantó victoria cuando lo contempló ultrajado y destrozado; aquél sobre el que gozó viéndolo presa de la muerte, a Ése, pocas horas más tarde, lo vio como lo vería San Juan en Patmos: Y vi en medio de los siete candelabros de oro, uno como hijo de hombre, vestido de túnica, ceñido a los pechos con cinto de oro; la cabeza y los cabellos blancos, como lana blanca igual que la nieve; y los ojos de Él como llama de fuego; los pies eran semejantes a azófar fundido en el crisol, y una voz como ruido de riada. Y lleva en la diestra mano siete estrellas, y de su boca irrumpía una espada bifilada, y el rostro como el sol en su cenit. Y en cuanto lo hube visto caí a sus pies como muerto (Ap 1, 9 ss).

También el demonio cae hoy muerto a los pies del esplendor de Cristo. Muerto de terror y espanto. San Jerónimo escribía hace ya muchos siglos, desde su gruta de Belén: “Cristo marchando contra los crueles ministros del castigo, castiga con fuerza divina sus escuadrones implacables. Rugen los verdugos sin entrañas, rechinando rabiosos sus dientes, y, al entrar el Fortísimo en los fuertes calabozos, son cerrados con cadenas férreas por el que es más fuerte que todos ellos”.

Dux vitae mortuus regnat vivus. El caudillo de la vida, que había muerto, reina vivo. No temas-dice Cristo a Juan en el Apocalipsis- Yo soy el primero y el último, y muerto fui, y heme aquí viviente por los siglos de los siglos (Ap 1, 18). Alfa y Omega, Principio y Fin. 
Había muerto, pero reina vivo. ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? La muerte ha sido sumida en la victoria (1 Cor 15, 55).

Fuente: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E., I.N.R.I.

Meditar en el amor de Dios

Meditar 01 01

¡Oh Señor! Tú nada ganas en estar con nosotros; y sin embargo, nos amas tanto, que dijiste que tus delicias eran estar con nosotros. ¡Oh, cuánto nos amas Dios mío, pues eres más feliz en darte a ti mismo que en darnos las cosas que te pedimos! Ya no quiero poseer nada, porque, si yo quiero y te lo pido, puedo poseerte a ti, Dios mío, y tratar tan íntimamente contigo. 
Me adornaré con las joyas de las virtudes y te invitaré a que entres en el tálamo de mi corazón para descansar contigo en íntima unión. Sé que Tú no pides ni quieres otra cosa sino visitar mi alma y entrar en ella.

Y ¡qué triste es, Señor, me hayas estado llamando tanto tiempo y no te haya abierto y me haya privado de tan grande felicidad! Me acercaré a ti en el secreto de mi corazón y te diré: Sé que Tú me amas mucho más de lo que yo me amo, por eso ya no me preocuparé más de mí; me acercaré a ti, pondré mi vida en tus manos y Tú cuidarás de mí. Yo no puedo atender y preocuparme de mí y de ti; por eso viviremos en un intercambio mutuo de pensamientos y de afectos: Tú pensarás en mí y en mi debilidad para socorrerme, y yo pensaré en tu bondad para deleitarme en ella. Y aunque en este cambio el que gana soy yo, porque Tú nada puedes recibir de mí, sé que Tú te complaces más en permanecer conmigo y en ayudarme que yo en estar gozando de tu bondad.

¿Cuál es la causa de esto? La causa soy yo, porque yo me quiero mal y Tú me quieres bien, como Dios que eres. Si quisiera, ¡oh Señor!, recordar todas las pruebas que me has dado de tu amor, no sería capaz de hacerlo; aunque tuviera las lenguas de todos los hombres y de todos los ángeles, no llegaría a expresar y cantar dignamente los bienes de naturaleza, de gracia y de gloria que de ti proceden. ¿Es posible, Señor, que yo pueda pensar y meditar en otra cosa que no sea tu amor? ¿Por qué deseo y ansío otras cosas que no sean tu amor? ¿Por qué no me siento atado preso de tu amor? Tu amor me rodea por todas partes y yo aún no lo comprendo, aún no sé lo que es tu amor.

Fuente: San Buenaventura, citado en Intimidad Divina, del P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d.

Espíritu de fe (I)

Fariseo y Publicano 03 03

Fariseo y Publicano

“Muchos poseen lo externo de la piedad, pero desconocen su espíritu.” “Sabed que en los últimos días, se presentarán tiempos peligrosos. Los hombres serán entonces egoístas, avaros, soberbios, intratables, traidores, maldicientes, blasfemos, inflados, insoportables. Amarán más sus placeres que a Dios” (2Tim 3, 1s).

Se diría que esos tiempos han llegado ya. Nuestro relajamiento es tan grande, que hasta ha invadido ya el círculo de nuestra vida de piedad. Muchas de las personas que pasan por sinceramente piadosas y espirituales, apenas tienen nada de tales. No buscan en su piedad más que los efectos puramente sensibles y el saciar su curiosidad. Ven con los ojos de los sentidos una piedad que no es otra cosa que una serie de impresiones sensitivas y sentimentales. Esta piedad tiene un horror instintivo a las luchas, a los trabajos y a los sacrificios. Se aprovecha de las cosas espirituales, incluso de la oración y de los sacramentos, únicamente para satisfacer sus sentidos. El espíritu permanece privado de todo verdadero fruto y se convierte en presa de una sequedad desoladora y de un permanente vacío. “Apenas se encuentra una persona”, escribe San Juan de la Cruz, “que pueda librarse de esta tiranía de los sentidos”.

Semejantes almas viven solamente de la superficie de las cosas, de la realidad. Son esclavas de la exterioridad, la cual constituye para ellas la cosa más importante, tanto en la oración como en sus trabajos y en el cumplimiento de sus deberes. No adelantan en el camino de Dios. Se eternizan en un caos de prácticas externas. Tampoco son profundas. Al contrario, miran las cosas y los acontecimientos de la vida desde su punto de vista más mezquino, tornándose, por ende, ellas mismas mezquinas, comineras, detallistas, estrechas, pedantes. Se anquilosan, se hacen esclavas de lo pequeño y de las pequeñeces, llegando en muchísimos casos hasta el ridículo. Son inconsistentes, disipadas y cada vez más enclenques. Multiplican los esfuerzos, las oraciones y los ejercicios; pero, a pesar de todo esto, cada vez se tornan más quebradizas, más débiles, más raquíticas.

“Poseen lo externo de la piedad, pero desconocen su espíritu.” ¡Pobres almas, torturadas y estériles! Han edificado sobre el sentimentalismo, sobre los sentidos, no sobre el espíritu y sobre los fundamentos de la fe. No viven con la vista fija en Dios, en el amor, en la Providencia, en la presencia, en la voluntad de Dios. Por eso no tienen profundidad, ni fuerza, ni quietud interior, ni constancia. “Bienaventurados los que no ven y, sin embargo, creen.”.

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 319s

Venerables Sergio Bernardini y Domenica Bedonni

Venerables Sergio Bernardini y Domenica Bedonni 01 01

Venerables Sergio Bernardini y Domenica Bedonni y familia

Sergio Bernardini y Domenica Bedonni, pareja humilde de Pavullo, en la provincia norteña de Módena (Italia), se unió en matrimonio el 20 de mayo de 1914. Sergio tuvo un primer matrimonio del que nacieron tres hijos; pero una peste en 1912 causó la muerte de su esposa, sus hijos, su padre y su madre. Al quedarse solo, viajó a Estados Unidos para trabajar en una mina un año. Ya de regreso en Italia, sueña con tener una familia, posiblemente numerosa. 
Por su parte, Domenica Bedonni a los 23 años optó por la vocación a la vida matrimonial y rezaba para tener al menos una hija monja y, por qué no, un hijo sacerdote. Se conocieron y poco después se casaron. El P. Sebastiano, uno de sus hijos, afirmó que una de las cosas que más recuerda de sus padres es la vida de sacrificio, su gran fe y el amor que estos Venerables Siervos de Dios se prodigaban y que se reflejaba en sus miradas.

Domenica y Sergio estuvieron casados 52 años y tuvieron diez hijos: ocho mujeres y dos hombres. Seis hijas eligieron la vida religiosa: cinco como hermanas paulinas y una en la Orden del Buen Pastor. Los dos hijos varones se hicieron sacerdotes, uno de ellos es el Obispo Emérito de Smirne (Italia), Mons. Giuseppe Germano Bernardini. El P. Sebastiano recordó: “Cuando nací, mi padre lanzó un suspiro de alivio. Era el primer hombre después de ocho mujeres” y le habría dado una mano en el trabajo del campo. “Sin embargo, cuando decidí entrar en el seminario, dijo: '*Que sea la voluntad del Señor'. Fue este el secreto de su matrimonio.*

Sergio Bernardini fallece el 12 de octubre de 1966. El 27 de febrero de 1971 lo sigue su esposa. A ambos funerales asistieron una gran cantidad de fieles y sacerdotes que proclamaban la santidad de ambos. Fueron declarados Venerables en mayo de 2015.

Fuente: aciprensa.com

Conocer a Jesús

Jesucristo 01 02

¡Conocer y dar a conocer a Jesús! ¡Conocerlo y darlo a conocer todo lo más que se pueda! He aquí la suprema aspiración de mi fe de cristiano y de mi celo de sacerdote, y la que quisiera que fuera la única aspiración de mi vida. Y no digo conocer y amar, y darlo a conocer y amar, porque, con que se conozca, basta. 
El que conoce con toda evidencia una verdad no puede negarla, no es libre para no admitirla. El que conoce ciertamente un bien, tampoco es libre para odiarlo o quererlo. El bien conocido y reconocido como tal bien, es necesariamente querido. 
Cuando odiamos un bien es porque no lo conocemos del todo o nos engañamos tomándolo por mal. Cuando queremos un mal, no es porque lo tengamos por mal, sino que, engañándonos, lo tomamos por bien. Jesús es verdadero y bueno. Más aun, es la Verdad y el Bien, y se le odia, sin embargo.

¿Por qué? 
Porque no se le conoce, o se le conoce muy a medias. 
En el cielo, en donde es conocido con una luz más fuerte que la de la razón y la de la fe, que es la luz de la gloria, como es, no en representación ni espejo, no hay peligro ni libertad de dejar de quererlo eternamente. 
En la tierra, mientras más nos acerquemos por el estudio, la oración, la fe y la contemplación a su conocimiento, ciertamente, más irresistiblemente lo amaremos. 
Por eso ha podido Él decir que la vida eterna, o sea, la vida sobrenatural y divina, a la que nos ha elevado por su gracia en la tierra y por la luz de la gloria en el cielo, no es otra cosa que el conocer al Padre y al Hijo. Y más simplemente aun: el conocerlo a Él. 
-"Señor, muéstranos al Padre y nos basta", le dice san Felipe... 
-"El que me ve a Mí ve a mi Padre" (Jn 14,8-9), responde Jesús. Esto es: la Vida eterna es conocer a Jesús de todos los modos que podamos conocerlo, con medios naturales y sobrenaturales, desde conocerlo por la historia y por la fe, hasta conocerlo y saborearlo por el Don de Sabiduría en todo lo que pueda Él ser conocido. En Sí mismo como Dios y como Hombre; en sus relaciones con su Padre Dios y con su Espíritu Santo Dios; en sus obras como Dios y como Hombre. Y, como en frase gráfica de san Pablo "todo subsiste en Él" (Col 1,17). En todo, tanto en lo del cielo cuanto en lo de la tierra, se descubre, se ve y se conoce a Jesús

En ninguna otra ciencia, ni en ningún otro hecho, ni verdad, ni bien, puede descansar el alma y saciar todas sus aspiraciones como en ver, conocer, saberse y saborear a Jesús. 
¡Qué bien expresaba esa suprema aspiración del espíritu, aquel clamor de los gentiles que se acercaban al apóstol Felipe en el atrio del templo: "Queremos ver a Jesús"! (Jn 12,21). Y ¡qué admirablemente bien respondía al ansia de ese clamor la palabra con que Jesús llama e invita: "Si alguno tiene sed, venga a Mí y beba"! (Jn 7,37). 
Desde entonces, a partir de esa dulcísima invitación, el gran sediento de felicidad, el género humano, ha quedado dividido en dos inmensos grupos, el de los que van a Jesús a beber y saciarse y el de los que no quieren ir y se retuercen en las torturas de una sed rabiosa... 
¡Pobres sedientos y pobres muertos de sed a un paso del torrente de aguas vivas! 
Estas páginas quisieran ser grito y luz y fuerza que levanten y empujen para que vean y sepan y saboreen a Jesús los que no lo conocen o lo conocen mal o a medias.

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía.

Jesús, nuestra víctima pascual (I)

Cordero 01 03

Desde muy antiguo, la Iglesia canta una bellísima secuencia durante toda la octava de Pascua. Toma su nombre de las palabras con que comienza, Victimae paschali; la compuso un capellán de la corte alemana, antes del 1050 y relata dramáticamente el misterio de la resurrección de Cristo.

1. 
Victimae paschali laudes immolent christiani. 
Agnus redemit oves, Christus innocens 
Patri reconciliavit peccatores. 
A la Víctima Pascual inmolen alabanzas los cristianos. El cordero redimió a las ovejas, Cristo inocente reconcilió a los pecadores con el Padre.

Cristo es la verdadera Víctima Pascual. Pascha nostrum immolatus est Christus, Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado, dice san Pablo (1 Cor 5,7). El cordero que los judíos inmolaron en la primera pascua en Egipto, sólo era un símbolo de aquél que debía ser nuestro Cordero Degollado. Una figura de Aquél que debía morir por nuestros pecados. A Él nuestras alabanzas y nuestros gritos de júbilo. 
¿Por qué? Agnus redemit oves. El Cordero redimió a las ovejas, Cristo inocente ha reconciliado a los pecadores con su Padre. 
Éramos hijos de ira, nos dirá san Pablo en la carta a los Efesios (2,3). El pecado sólo atraía las miradas airadas de Dios sobre nosotros, y el ángel con la espada de fuego que puso en la entrada del Paraíso, nos recuerda constantemente el abismo de odio que ha abierto el pecado entre Dios y el hombre. Pero el Corderito inocente que ayer veíamos mudo ante sus verdugos nos ha reconciliado, nos ha redimido. Nos ha vuelto a unir con nuestro Padre, nos ha vuelto a comprar para Él. Su sangre ha formado un río que podemos atravesar montados en la barca de su cruz.

Melitón, obispo en el siglo II de la Iglesia de Sardes, escribía: “Sufrió por nosotros, que estábamos sujetos al dolor, fue atado por nosotros, que estábamos cautivos, fue condenado por nosotros, que éramos culpables, fue sepultado por nosotros que estábamos bajo el poder del sepulcro, resucitó de entre los muertos y clamó con voz potente: '¿Quién me condenará? Que se me acerque. Yo he librado a los que estaban condenados, he dado la vida a los que estaban muertos, he resucitado a los que estaban en el sepulcro. ¿Quién pleiteará contra mí? Yo soy Cristo -dice-, el que he destruido la muerte, el que he triunfado del enemigo, el que he pisoteado el infierno, el que he atado al fuerte y he arrebatado al hombre hasta lo más alto de los cielos: yo, que soy el mismo Cristo. Venid, pues, los hombres de todas las naciones, que os habéis hecho iguales en el pecado, y recibid el perdón de los pecados. Yo soy vuestro perdón, yo la Pascua de salvación, yo el cordero inmolado por vosotros, yo vuestra purificación, yo vuestra vida, yo vuestra resurrección, yo vuestra luz, yo vuestra salvación, yo vuestro rey. Yo soy quien os hago subir hasta lo alto de los cielos, yo soy quien os resucitaré y os mostraré el Padre que está en los cielos, yo soy quien os resucitaré con el poder de mi diestra” (Melitón de Sardes, Homilía sobre la Pascua)

Fuente: P. Miguel Ángel Fuentes, V.E., I.N.R.I.

Consejos de un santo Matrimonio

Beato Emperador Carlos y Emperatriz Zita 01 01b

El Beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita de Borbón Parma

Hay una razón por la que la Iglesia eligió la fecha de su boda para ser el día de la fiesta del Beato Carlos. En vez de su fallecimiento, la Iglesia escogió una fecha de su vida que tenía gran significado y preparó el camino hacia su santidad: su aniversario de boda. 
El Beato Carlos, además de ser el último emperador de Austria (y gobernante del Imperio Austrohúngaro) y un líder que trabajó incansablemente por la paz durante la Primera Guerra Mundial, fue también un padre de familia y un leal marido para su esposa Zita. Estuvieron casados 11 años antes de la muerte prematura de Carlos en 1922 y juntos criaron a 8 hijos.

Ser el líder de un imperio en tiempos de guerra sin duda entraña muchas dificultades, pero en medio de la tormenta Carlos nunca olvidó la importancia de su matrimonio. De hecho, su matrimonio con Zita proporcionó a sus hijos y súbditos un modelo digno de admiración e imitación. Aquí reunimos cinco consejos matrimoniales basados en la vida del Beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, para que inspiren y ayuden a las parejas casadas a vivir conforme a sus votos “hasta que la muerte nos separe”.

1) Recuerda que el objetivo principal del matrimonio es llevar a tu cónyuge al paraíso. 
El día antes de su boda real, Carlos dijo a Zita: “Ahora, ayudémonos mutuamente a llegar al paraíso”. Es fácil olvidar que el matrimonio, por encima de todo, es un sacramento. Esto significa que Dios otorga a las parejas casadas gracias especiales por cumplir con su estado en la vida, con el objetivo en el destino último, el cielo. Dios desea nuestra felicidad y podemos alcanzarla reconociendo la función que tenemos en ayudar a nuestro cónyuge a llevar una vida santa. Sin duda, no es algo sencillo, pero con Dios todo es posible.

2) Confía tu matrimonio a Dios y a la Santísima Madre. 
Carlos y Zita sabían que si querían “ayudarse mutuamente a llegar al paraíso”, necesitarían de toda la ayuda que pudieran recibir. Además de casarse por una ceremonia católica, la pareja tenía un grabado especial en el interior de sus anillos de boda. La inscripción, en latín, leía: “Sub tuum praesidium confugimus, sancta Dei Genitrix” (“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios”). Se trata de una antigua oración que expresaba su deseo de depositar su matrimonio bajo el atento cuidado de la Santísima Virgen María. 
Además, antes de irse de luna de miel, la pareja real hizo una peregrinación al santuario mariano de Mariazell, dedicado a Nuestra Señora Magna Mater Austriae (Gran Madre de Austria). El matrimonio puede ser muy difícil a veces, así que las parejas no deberían temer pedir ayuda a Dios y Su Madre.

3) Después de la boda, ya no existe el 'yo', sino el 'nosotros'. 
A menudo en los matrimonios surge la tentación de vivir vidas separadas, donde tanto la mujer como el marido tienen “sus trabajos” particulares, se toman las decisiones de forma separada y los cónyuges no se “inmiscuyen” en los asuntos del otro. Carlos y Zita, por el contrario, se consideraban más como un equipo. Zita estaba muy interesada en la ocupación de su marido y no temía expresar sus ideas. Acompañaba con frecuencia a Carlos en sus viajes políticos, además de desempeñar un papel activo en las preocupaciones sociales del imperio. 
Además de trabajar juntos como una pareja real, Carlos y Zita educaban activamente a sus hijos en las verdades de la fe. No era simplemente una “tarea de Zita” el enseñar a los hijos a rezar, sino que Carlos también imbuía en sus hijos el amor a Dios y les enseñaba personalmente sus oraciones. Se tomaban en serio la idea bíblica de “ser una misma carne”en todos los ámbitos.

4) Aviva continuamente la llama del amor. 
Ser un emperador durante la Primera Guerra Mundial suponía que Carlos tenía que viajar y tomar decisiones militares de vital importancia. Era algo doloroso para Carlos, ya que le obligaba a mantenerse alejado de su esposa y su familia. Carlos decidió instalar una línea telefónica desde sus cuarteles militares hasta el palacio imperial con el propósito de poder llamar a Zita varias veces al día. Llamaba al palacio simplemente para charlar con Zita y para ver qué tal les iba a los niños. Carlos entendía que incluso con sus muchas responsabilidades, su matrimonio y su familia merecían la más alta de las prioridades. Sabía que un matrimonio fracasaría si no se le nutría con oportunidades para mantener viva la llama del amor.

5) Ama al otro con un amor eterno que supere cualquier prueba. 
Las parejas recién casadas a menudo se sorprenden por lo rápido que se gasta el entusiasmo inicial del amor y se encuentran que no “sienten” el mismo amor hacia su pareja. Esta carencia de un “sentimiento” puede desalentar a la pareja, en especial en mitad de un mal trago. Carlos y Zita, sin embargo, no dejaron de amarse incluso cuando surgían dificultades. Después de afrontar la humillación de ser exiliado de su propio país, Carlos y Zita se mantuvieron más unidos que nunca. Poco después tuvieron que encarar una prueba mucho más grande para su amor, cuando Carlos contrajo una neumonía que lo llevó rápidamente a su lecho de muerte. 
Las últimas palabras de Carlos a su esposa fueron: “Mi amor hacia ti es interminable”. Zita, durante los siguientes 67 años, vistió de negro en señal de duelo. Nunca dejó de amarle hasta su propia muerte, cuando se reunió con él en el paraíso. Su amor era más que un “sentimiento”, era una elección activa de amarse mutuamente “hasta que la muerte nos separe” y más allá.

Fuente: es. aleteia.org