San Vicente, diácono y mártir

 

San Vicente Martir 01 01

San Vicente, diácono de la Iglesia de Zaragoza, sufrió un atroz martirio en Valencia, durante la persecución de Diocleciano (284-305). Su culto se difundió en seguida por toda la Iglesia.

Vicente venció en aquel por quien había sido vencido el mundo. A vosotros se os ha concedido la gracia -dice el Apóstol-, de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. 
Una y otra gracia había recibido del diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo. 
Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo -dice- tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo. 
En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento. 
Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. 
Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (II)

 

Bandera argentina 03 04

Bendición de la bandera de Belgrano por el canónigo Juan Ignacio Gorriti

Nuestra Bandera y la Virgen Inmaculada 
Y también decíamos que el símbolo, si bien pudo ser de otra manera, sin embargo, los hombres que decidieron elegir éste símbolo, no lo hicieron por casualidad. Y aquí hay algo que mira a las raíces más profundas de nuestra Patria y de nuestra Fe cristiana. Muchas veces se dice -y lo hemos dicho desde aquí en estas Misas por la Patria- que los colores de nuestra Bandera son los colores del manto de la Virgen. Pero algunos pueden creer que eso es una comparación poética, ¿no es cierto? Lo mismo que lo puede decir una maestra en un colegio: los colores de la Bandera, son los colores del cielo, las nubes blancas, el cielo azul, la nieve de las montañas. Es una hermosa comparación, pero es una comparación poética. 
Cuando decimos que los colores de la Bandera son los colores del manto de la Virgen, no estamos haciendo solamente una comparación poética, porque los colores de la Bandera argentina son los del manto de la Virgen, no por casualidad sino porque ésa fue la voluntad expresa del creador de la Bandera y así nos lo enseña la historia.

Cuando el Rey Carlos III consagra en 1761 España y las Indias a la Inmaculada y proclama a la Virgen como principal Patrona de sus reinos, creó la orden real que se va a llamar «Orden de Carlos III», cuyos Caballeros recibían como condecoración el medallón con la imagen azul y blanca de la Inmaculada -la cual pendía del cuello de una cinta-, y el artículo 4° de los Estatutos de la Orden describe esta cinta: las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales color azul celeste, los colores de la Inmaculada, a la cual el Rey ha consagrado España y las Indias.

Esta cinta la usaron los voluntarios que acompañaron a Pueyrredón en 1806 en la lucha contra los invasores ingleses y la llevaban anudada al cuello, como el pañuelo del criollo. Y habían elegido para esa cinta la medida de 38 centímetros que era el alto de la imagen de la Virgen de Luján. Y también, los mismos Húsares de Pueyrredón, van a usar esta cinta en 1807 en la defensa de Buenos Aires contra los invasores ingleses. Pueyrredón y Azcuénaga usaban la cinta porque eran Caballeros de la Orden de Carlos III. Belgrano la usaba porque él era Congregante Mariano en las Universidades de Salamanca y de Valladolid. Y al recibirse de abogado, Belgrano juró defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas. 
Cuando en el año 1794 Belgrano es nombrado Secretario del Consulado, lo puso bajo la protección de Dios y eligió como Patrona a la Inmaculada Virgen María y colocó los colores azul y blanco en el escudo del Consulado que estaba en el frente del edificio.

Cuando emprende la marcha con sus tropas hacia el Paraguay para luchar por nuestra independencia, asiste a Misa con todo su ejército en Luján y pone al ejército bajo la protección de la Virgen. No es por tanto por casualidad que Belgrano elige el color azul y blanco para dárselo a nuestra Bandera. 
Y de esto tenemos testimonios bien expresos. José Lino Gamboa, que era miembro del Cabildo de Luján junto con un hermano de Belgrano, y que estaba allí cuando Belgrano pasa con sus tropas, escribe: «Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la Bandera de la Patria había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María de quien era ardiente devoto, por haberse amparado en su Santuario de Luján».

Y el otro testimonio, que es el del Sargento Mayor Carlos Belgrano, hermano de Manuel Belgrano, desde 1812 Comandante Militar de Luján y Presidente del Cabildo de Luján. Y dice Carlos Belgrano: «Mi hermano tomó los colores de la Bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto». 
Por eso mismo, el Coronel Domingo French pudo decir en su proclama a las tropas, que la iza en Luján el 25 de septiembre de 1812: «Soldados, somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen; jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. Al que faltare su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se lo demanden».

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera

Santísimo Nombre de Jesús II

 

Monograma IHS 01 01

San Pablo nos pone ante los ojos un cuadro grandioso de la gloria que todas las cosas tributan al nombre bendito de Jesús: “Al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, encumbrado a la gloria de Dios Padre” (Filp. 2, 10-11). Las tres Iglesias, triunfante, militante y purgante, se postran en adoración; el mundo entero calla y se detiene un momento en su carrera para escuchar ese santísimo nombre, en que se hallan cifradas la gloria de Dios y la Salvación de la Humanidad. Ciertamente “ni la lengua puede decir, ni la escritura expresar” los preciosos tesoros que encierra el nombre de Jesús. “No hay canto más suave, ni sonido más agradable, ni pensamiento más dulce que Jesús, Hijo de Dios” (Breviario Romano). “Es tu nombre aceite derramado”, dice la Sagrada Escritura (Cant. 1, 2); y San Bernardo comenta: “El aceite, efectivamente, ilumina, nutre y unge...”

Considera ahora estos mismos efectos en el nombre del Esposo: predicado, ilumina; meditado, nutre; invocado, unge y suaviza... Todo alimento espiritual me parece desabrido, si no me lo rocían con este aceite; insípido, si no me lo condimentan con esta sal. Si escribes, a nada me sabe si allí no veo a Jesús. Si hablas o disputas, no hallo gusto si allí no mencionas a Jesús. “Jesús es miel a la boca, melodía al oído, júbilo al corazón. Y además es medicina.” (Breviario Romano). Bendigamos e invoquemos con amor este dulcísimo nombre, en el cual está colocada toda nuestra esperanza y salvación, nuestra vida y nuestra gloria. Sólo quien ama puede penetrar en las misteriosas dulzuras encerradas en él; sólo quien ama es capaz de alabarlo eficazmente, no sólo con palabras, sino con obras, dándole testimonio con toda su vida: “Que nuestra voz te cante, oh Jesús, que nuestras costumbres te exalten y nuestros corazones te amen ahora y por toda la eternidad” (Breviario Romano).

“¡Oh nombre de Jesús, ensalzado sobre todo otro nombre! ¡Oh nombre de triunfo! ¡Oh gozo de los ángeles! ¡Oh terror del infierno! En ti se halla toda esperanza de perdón, de gracia y de gloria. ¡Oh nombre dulcísimo! Tú concedes el perdón a los culpables, reformas las costumbres, llenas de divinas dulzuras a los que temen, alejas de nosotros todo feo fantasma. ¡Oh nombre gloriosísimo! En ti se manifiestan los misterios de la vida eterna, las almas se inflaman en amor divino, se endurecen en las batallas y son liberadas de todos los peligros. ¡Oh nombre deseable, nombre deleitable, nombre admirable, venerable nombre! Tú, con tus gracias y dones, levantas continuamente el pensamiento de los fieles a las alturas celestes, de tal manera que todos los que participan y penetran en la piedad de tu inefable grandeza, consiguen, por tu virtud, la salvación la gloria” (San Bernardino de Sena).

Concédeme, Señor, por la santidad de tu nombre, que yo, miserable criatura, sea capaz de amarte y alabarte con todo el corazón. Quiero que cada una de mis acciones comience y termine en tu nombre; que todos mis afectos, deseos, empresas, alegrías y dolores lleven su sello; pero, sobre todo, yo te pido que te dignes imprimir tu nombre en mi corazón y en mi mente para que siempre te ame y piense siempre en ti.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La fe de los Reyes Magos y nuestra fe en la Eucaristía

 

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Adoración de los Reyes Magos

Los magos, al encuentro de Cristo, caminan siguiendo la estrella que anuncia que ha nacido el rey. Siguen la estrella, se detiene y ¿qué encuentran? ¿qué ven? ¿a un rey? ¿una fiesta? ¿un hombre poderoso? ¡No! Ven un niño pobre, acostado en un pesebre. Podrían haberse enojado y sin embargo Dios ilumina su alma con la luz de la fe y los reyes caen de rodillas, adoran al niño del pesebre y le entregan oro, incienso, mirra (como a Rey, Dios y Hombre). Esa es la fe que ilumina lo que los ojos no pueden ver.

Cristo en la Cruz ¿parece Dios? ¡Ni siquiera parece hombre! En la cruz, con el cuerpo destrozado, golpes, escupida, entre dos ladrones como delincuente, cartel de burla: eso veían los hombres que se apartaban. Dios ilumina el alma de un centurión: “verdaderamente este hombre es el hijo de Dios”. ¿Qué habrán pensado los demás? ¡Está loco! ¿Eso va a ser Dios? Ojos del cuerpo ciegos para las cosas de Dios, ojos del alma iluminados por la fe. ¡Sí! Es el Hijo de Dios.

En el pesebre y en la Cruz, Dios estaba escondido; los ojos humanos veían al niño o al hombre, pero Dios con la luz de la fe ilumina el alma y entonces reconocen que Dios se esconde allí, que Dios se ha hecho hombre. 
En la Eucaristía, el misterio es más tremendo: Dios y el hombre están escondidos, no vemos a ninguno de los dos. Cuando en la consagración se dicen las palabras sobre el pan y el vino no hay más pan ni vino, sino sus apariencias y está la presencia real con su cuerpo, alma y divinidad. Recibimos al mismo Cristo, es un misterio. Parece una locura y lo es. Amor infinito de un Dios infinito que nos ama. Como los magos caen de rodillas delante del niño, como el centurión ante el Señor crucificado, nosotros ante la Hostia: Señor mío y Dios mío, adoramos a Dios escondido.

Locura que se nos presente como alimento en la hostia blanca. Locura de amor de un Dios que se hizo hombre. Quiso morir por nosotros en la cruz para lavarnos de los pecados con su sangre. No le bastó ese extremo de amor sino que por nosotros quiso esconderse bajo las apariencias del pan y del vino para alimentar nuestra alma y con ese alimento tengamos fuerza para recorrer el camino, como peregrinos de la tierra, para el encuentro con Dios. Amor que se hace presencia entre nosotros, silenciosa y escondida del Señor en el silencio del sagrario, en las iglesias tantas veces olvidado, desconocido, abandonado… Y sin embargo esta allí en un acto de amor infinito, de amor como alimento para el alma. 
Si no comemos el cuerpo se debilita y muere, lo mismo con la vida del alma, se debilita y muere con el pecado mortal. La Eucaristía es un alimento que nos transforma, nos transformamos en Él, no como el pan que comemos y asimilamos a nuestro cuerpo; este alimento no se transforma en nosotros sino que nos va trasformando en Cristo, imitando, creciendo, semejantes a Él, nos hace más hijos de Dios, crecer en la vida de gracia.

Fuente: Cfr. Sermones del P. Ezcurra.

María, Madre de Dios

 

Sagrada Familia 10 21b

Descanso durante la Huída a Egipto

La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María. La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios". Ya en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa, en tiempos de las persecuciones, hay pinturas con este nombre: María, Madre de Dios.

Si nosotros hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener. 
Pero, ¿es que Dios ha tenido principio? No. Dios nunca tuvo principio, y la Virgen no formó a Dios. Pero Ella es Madre de uno que es Dios, y por eso es Madre de Dios.

Y qué hermoso repetir lo que decía San Estanislao: La Madre de Dios es también madre mía.Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: He ahí a tu madre, ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima? 
Al saber que nuestra Madre Celestial es también Madre de Dios, sentimos brotar en nuestro corazón una gran confianza hacia Ella.

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso (la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años) e iluminados por el Espíritu Santo declararon: La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios. Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

El título Madre de Dios es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene. 
Los santos muy antiguos dicen que en Oriente y Occidente, el nombre más generalizado con el que los cristianos llamaban a la Virgen era el de María, Madre de Dios.

Fuente: ewtn.com

Fiesta del Nacimiento de San Juan Bautista

 

San Juan Bautista 02 03

El día 24 de junio celebra la Iglesia la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista, quien fue el Precursor de Jesucristo. 
Él fue llamado Precursor de Jesucristo porque Dios le envió para anunciar a los judíos la venida de Jesucristo y para prepararlos a que lo recibiesen.

La Iglesia honra con fiesta especial el nacimiento de San Juan Bautista porque este nacimiento fue santo y trajo al mundo una santa alegría. No nació en pecado como los demás hombres, porque fue santificado en las entrañas de su madre Santa Isabel, a la presencia de Jesucristo y de la Santísima Virgen. 
El mundo se alegró con el nacimiento de San Juan Bautista porque indicaba estar próxima la venida del Mesías.

Dios mostró a San Juan Bautista en su nacimiento como Precursor de Jesucristo con varios milagros y principalmente con éste: que su padre Zacarías recobró el habla perdido y prorrumpió en aquel cántico: Bendito el Señor Dios de Israel, con que dio gracias al Señor por el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham de enviar al Salvador y se alegró con su propio hijo de que fuese el Precursor.

San Juan Bautista, desde sus primeros años, se retiró al desierto, donde pasó la mayor parte de su vida, y juntó constantemente a la inocencia de costumbres la más austera penitencia. 
Fue degollado por orden de Herodes Antipas, por la santa libertad con que había reprendido la vida escandalosa de este príncipe.

En San Juan Bautista hemos de imitar: 1.º, el amor al retiro, a la humildad y a la mortificación; 2.º, el celo por hacer conocer y amar a Jesucristo; 3.º, su fidelidad con Dios, prefiriendo su gloria y la salvación del prójimo a los respetos humanos.

Fuente: Cfr. San Pío X, Catecismo Mayor, Ed. Magisterio Español, 3ª ed. 1973, pp. 161s

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (III)

 

Sagrado Corazon 19 32b

“Mas volviendo a lo que desea respecto del Sagrado Corazón, la primera gracia que me parece haber recibido con relación a él, fue un día de San Juan Evangelista. Después de haberme hecho reposar muchas horas en aquel sagrado pecho, recibí de este amable Corazón varias gracias cuyo recuerdo me enajena, y que no creo necesario especificar, si bien conservaré toda mi vida su recuerdo e impresión. 
Después de esto, se me presentó el Corazón Divino como en un trono de llamas, más ardiente que el sol, y transparente como un cristal, con su adorable llaga. Estaba rodeado de una corona de espinas que representaban las punzadas que nuestros pecados le inferían; y una cruz encima significaba que desde los primeros instantes de su Encarnación, es decir, desde que fue formado este Sagrado Corazón, fue implantada en Él la cruz. Desde aquellos primeros momentos se vio lleno de todas las amarguras que debían causarle las humillaciones, pobreza, dolor y desprecio que su Sagrada Humanidad debió sufrir durante todo el curso de su vida y en su Sagrada Pasión.

Me hizo ver que el ardiente deseo que tenía de ser amado de los hombres y de apartarlos del camino de la perdición, adonde Satanás los precipitaba en tropel, le había hecho formar el designio de manifestar su Corazón a los hombres con todos los tesoros de amor, de misericordias, de gracia, de santificación y de salvación que contiene. A todos aquellos que quisieran tributarle y procurarle todo el amor, honor y gloria que esté en su poder, los enriquecerá con abundancia y profusión con esos Divinos tesoros del Corazón de Dios, que es la fuente de ellos. 
Pero es preciso honrarle bajo la figura de ese Corazón de carne, cuya imagen quería que se expusiera y que llevara yo sobre mi corazón, para grabar en él su amor, llenarlo de todos los dones de que él estaba lleno, y destruir todos sus movimientos desarreglados. Y donde quiera que esta imagen fuese expuesta para ser honrada, derramaría sus gracias y bendiciones.

Esta devoción era como un supremo esfuerzo de su amor que quería favorecer a los hombres en estos últimos tiempos con esta redención amorosa, para sacarlos del imperio de Satán que Él pretendía arruinar parar colocarnos bajo la dulce libertad del imperio de Su Amor, el cual quería restablecer en los corazones de todos los que quisieran abrazar esta devoción. 
Luego me dijo este Soberano de mi alma: he ahí los designios para los cuales te he escogido y hecho tantos favores. Yo he tenido cuidado muy particular de ti desde la cuna: no me he hecho tu maestro y tu director más que para disponerte para el cumplimiento de este gran designio, y para confiarte este gran tesoro que te muestro aquí al descubierto. Entonces, prosternándome en tierra, le dije con Santo Tomás: ¡Señor mío y Dios mío! Pero no puedo expresar lo que entonces sentía, pues no sabía si estaba en el cielo o en la tierra.

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (III)

 

San Antonio de Padua 07  23

Escribe san Antonio: "La caridad es el alma de la fe, hace que esté viva; sin el amor, la fe muere". 
Sólo un alma que reza puede avanzar en la vida espiritual: este es el objeto privilegiado de la predicación de san Antonio. Conoce bien los defectos de la naturaleza humana, nuestra tendencia a caer en el pecado; por eso exhorta continuamente a luchar contra la inclinación a la avidez, al orgullo, a la impureza y, en cambio, a practicar las virtudes de la pobreza, la generosidad, la humildad, la obediencia, la castidad y la pureza. A principios del siglo XIII, en el contexto del renacimiento de las ciudades y del florecimiento del comercio, crecía el número de personas insensibles a las necesidades de los pobres. Por ese motivo, san Antonio invita repetidamente a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón, que haciéndonos ser buenos y misericordiosos nos hace acumular tesoros para el cielo. "Oh ricos -así los exhorta- haced amigos... a los pobres, acogedlos en vuestras casas: luego serán ellos, los pobres, quienes os acogerán en los tabernáculos eternos, donde existe la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta serenidad de la saciedad eterna".

San Antonio, siguiendo la escuela de san Francisco, pone siempre a Cristo en el centro de la vida y del pensamiento, de la acción y de la predicación. Este es otro rasgo típico de la teología franciscana: el cristocentrismo. Contempla de buen grado, e invita a contemplar, los misterios de la humanidad del Señor, el hombre Jesús, de modo particular el misterio de la Natividad, Dios que se ha hecho Niño, que se ha puesto en nuestras manos: un misterio que suscita sentimientos de amor y de gratitud hacia la bondad divina.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010

Corpus Christi

 

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Dios utilizó a santa Juliana de Mont Cornillon para propiciar la fiesta del Corpus Christi. La santa desde joven, tuvo una gran veneración al Santísimo Sacramento, y siempre añoraba que se tuviera una fiesta especial en su honor. Este deseo se dice haberse intensificado por una visión que ella tuvo de la Iglesia bajo la apariencia de luna llena con una mancha negra, que significaba la ausencia de esta solemnidad. Ella le hizo conocer sus ideas a Roberto de Thorete, el entonces obispos de Liège, también al docto Dominico Hugh, más tarde cardenal legado de los Países Bajos; a Jacques Pantaleón, en ese tiempo archidiácono de Liège, después obispo de Verdun, Patriarca de Jerusalén y, finalmente, Papa Urbano IV. 
El obispo Roberto se impresionó favorablemente y como en ese tiempo los obispos tenían el derecho de ordenar fiestas para sus diócesis, invocó un sínodo en 1246 y ordenó que la celebración se tuviera el año entrante; también el Papa ordenó, que un monje de nombre Juan debía escribir el oficio para esa ocasión. El decreto está preservado en Binterim junto con algunas partes del oficio. El obispo Roberto no vivió para ver la realización de su orden, ya que murió el 16 de octubre de 1246, pero la fiesta se celebró por primera vez por los cánones de San Martín en Liège.

Jacques Pantaleón llegó a ser Papa el 29 de agosto de 1261. La ermitaña Eva, con quien Juliana había pasado un tiempo y quien también era ferviente adoradora de la Santa Eucaristía, le insistió a Enrique de Guelders, obispo de Liège, que pidiera al Papa que extendiera la celebración al mundo entero. Urbano IV, siempre siendo admirador de esta fiesta, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. 
Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano. La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. Pero el Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia. Luego las procesiones con el Santísimo fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes a partir del siglo XIV.

En algunos países la solemnidad se celebra el domingo después de la Solemnidad de la Santísima Trinidad. 
El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: cf. corazones.org

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (II)

 

San Antonio de Padua 06  11

Elegido superior provincial de los Frailes Menores del norte de Italia, continuó el ministerio de la predicación, alternándolo con las funciones de gobierno. Cuando concluyó su cargo de provincial, se retiró cerca de Padua, donde ya había estado otras veces. Apenas un año después, el 13 de junio de 1231, murió a las puertas de la ciudad. Padua, que en vida lo había acogido con afecto y veneración, le tributó para siempre honor y devoción. El propio Papa Gregorio IX, que después de haberlo escuchado predicar lo había definido "Arca del Testamento", lo canonizó apenas un año después de su muerte, en 1232, también a consecuencia de los milagros acontecidos por su intercesión.

En el último período de su vida, san Antonio puso por escrito dos ciclos de "Sermones", titulados respectivamente "Sermones dominicales" y "Sermones sobre los santos", destinados a los predicadores y a los profesores de los estudios teológicos de la Orden franciscana. En ellos comenta los textos de la Escritura presentados por la liturgia, utilizando la interpretación patrístico-medieval de los cuatro sentidos: el literal o histórico, el alegórico o cristológico, el tropológico o moral y el anagógico, que orienta hacia la vida eterna. Hoy se redescubre que estos sentidos son dimensiones del único sentido de la Sagrada Escritura y que la Sagrada Escritura se ha de interpretar buscando las cuatro dimensiones de su palabra. Estos sermones de san Antonio son textos teológico-homiléticos, que evocan la predicación viva, en la que san Antonio propone un verdadero itinerario de vida cristiana. La riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los "Sermones" es tan grande, que el venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a san Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de "Doctor evangélico", porque en dichos escritos se pone de manifiesto la lozanía y la belleza del Evangelio; todavía hoy podemos leerlos con gran provecho espiritual.

En estos sermones, san Antonio habla de la oración como de una relación de amor, que impulsa al hombre a conversar dulcemente con el Señor, creando una alegría inefable, que suavemente envuelve al alma en oración. San Antonio nos recuerda que la oración necesita un clima de silencio que no consiste en aislarse del ruido exterior, sino que es una experiencia interior, que busca liberarse de las distracciones provocadas por las preocupaciones del alma, creando el silencio en el alma misma. Según las enseñanzas de este insigne Doctor franciscano, la oración se articula en cuatro actitudes indispensables que, en el latín de san Antonio, se definen: obsecratio, oratio, postulatio, gratiarum actio. Podríamos traducirlas así: abrir confiadamente el propio corazón a Dios; este es el primer paso del orar, no simplemente captar una palabra, sino también abrir el corazón a la presencia de Dios; luego, conversar afectuosamente con él, viéndolo presente conmigo; y después, algo muy natural, presentarle nuestras necesidades; por último, alabarlo y darle gracias. 
En esta enseñanza de san Antonio sobre la oración observamos uno de los rasgos específicos de la teología franciscana, de la que fue el iniciador, a saber, el papel asignado al amor divino, que entra en la esfera de los afectos, de la voluntad, del corazón, y que también es la fuente de la que brota un conocimiento espiritual que sobrepasa todo conocimiento. De hecho, amando conocemos.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010