Espíritu de fe (I)

Fariseo y Publicano 03 03

Fariseo y Publicano

“Muchos poseen lo externo de la piedad, pero desconocen su espíritu.” “Sabed que en los últimos días, se presentarán tiempos peligrosos. Los hombres serán entonces egoístas, avaros, soberbios, intratables, traidores, maldicientes, blasfemos, inflados, insoportables. Amarán más sus placeres que a Dios” (2Tim 3, 1s).

Se diría que esos tiempos han llegado ya. Nuestro relajamiento es tan grande, que hasta ha invadido ya el círculo de nuestra vida de piedad. Muchas de las personas que pasan por sinceramente piadosas y espirituales, apenas tienen nada de tales. No buscan en su piedad más que los efectos puramente sensibles y el saciar su curiosidad. Ven con los ojos de los sentidos una piedad que no es otra cosa que una serie de impresiones sensitivas y sentimentales. Esta piedad tiene un horror instintivo a las luchas, a los trabajos y a los sacrificios. Se aprovecha de las cosas espirituales, incluso de la oración y de los sacramentos, únicamente para satisfacer sus sentidos. El espíritu permanece privado de todo verdadero fruto y se convierte en presa de una sequedad desoladora y de un permanente vacío. “Apenas se encuentra una persona”, escribe San Juan de la Cruz, “que pueda librarse de esta tiranía de los sentidos”.

Semejantes almas viven solamente de la superficie de las cosas, de la realidad. Son esclavas de la exterioridad, la cual constituye para ellas la cosa más importante, tanto en la oración como en sus trabajos y en el cumplimiento de sus deberes. No adelantan en el camino de Dios. Se eternizan en un caos de prácticas externas. Tampoco son profundas. Al contrario, miran las cosas y los acontecimientos de la vida desde su punto de vista más mezquino, tornándose, por ende, ellas mismas mezquinas, comineras, detallistas, estrechas, pedantes. Se anquilosan, se hacen esclavas de lo pequeño y de las pequeñeces, llegando en muchísimos casos hasta el ridículo. Son inconsistentes, disipadas y cada vez más enclenques. Multiplican los esfuerzos, las oraciones y los ejercicios; pero, a pesar de todo esto, cada vez se tornan más quebradizas, más débiles, más raquíticas.

“Poseen lo externo de la piedad, pero desconocen su espíritu.” ¡Pobres almas, torturadas y estériles! Han edificado sobre el sentimentalismo, sobre los sentidos, no sobre el espíritu y sobre los fundamentos de la fe. No viven con la vista fija en Dios, en el amor, en la Providencia, en la presencia, en la voluntad de Dios. Por eso no tienen profundidad, ni fuerza, ni quietud interior, ni constancia. “Bienaventurados los que no ven y, sin embargo, creen.”.

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 319s

La Reina de los Mártires

Virgen de los Dolores 12 30

Considera lo que la santísima Virgen padeció, particularmente durante la pasión y en la muerte del Salvador. 
Se ha mirado siempre como un exceso de inhumanidad y como el más cruel de todos los suplicios obligar a los hijos a ser testigos de los tormentos que se han hecho sufrir a sus padres, y estar presentes a su muerte. 
Comprendamos, pues, qué exceso de dolor, y que aflicción tan mortal sería para la santísima Virgen el saber la indignidad, los ultrajes y la crueldad con que el Salvador fue llevado por la ciudad de Jerusalén, el sacrílego desprecio con que fue tratado en casa de los pontífices, en la de Pilatos, en la de Herodes, y en todos aquellos impíos tribunales. No la consideres simplemente padeciendo como la más tierna de todas las madres, mírala como a una tierna madre que sabe que ese hijo tan amable, a quien tratan con la mayor infamia, es el único y verdadero Dios.

Cuando lo vio azotar, ¿qué golpe de azote caería sobre el hijo, que no descargase sobre el corazón y el alma de la madre? No teniendo ya figura de hombre lo ponen a la vista de aquel pueblo para ver si un espectáculo tan lastimoso lo movía a compasión; y aquel pueblo, el horror y la execración del género humano, como si fuera una bestia feroz, se muestra más sediento de su sangre, y clama que se le crucifique. ¡Qué impresión haría en el corazón de esta madre desconsolada este triste objeto! ¡Qué puñaladas no serían para su corazón aquellos bárbaros gritos!

Sin embargo, no basta en los designios del Padre eterno el que la Virgen consienta al sangriento sacrificio de su querido hijo; es menester que esté presente en él, que lo vea con sus propios ojos sin fuerzas y sin sangre caer bajo el peso de su cruz; es menester que oiga todos los golpes del martillo que se dan sobre los clavos que taladran sus pies y sus manos; es menester, en fin, que lo vea levantado sobre esta cruz, ultrajado sobre esta cruz, y expirar finalmente sobre esta cruz entre los más crueles y más agudos dolores. 
¿Qué herida, qué tormento y qué dolor hubo en Jesucristo que María no lo padeciese en su alma? Sin uno de los más grandes milagros ¿no debía la madre expirar antes que el hijo? ¿Podía, a lo menos, sobrevivirle? ¿Se vio jamás martirio más cruel que el que padeció por nuestro amor la santísima Virgen? ¿Qué título más justo, y mejor adquirido, que el de Reina de los mártires con que la saluda la Iglesia?

Pero acordémonos que padeció por nuestro amor y por el deseo de nuestra salvación con tanta resignación, en silencio y sin quejarse. ¡Qué sentimientos de amor, de ternura, de veneración y de reconocimiento no debemos tener para con esta madre de Dios, que se precia también, digámoslo así, de ser nuestra madre! 
Señor, por la intercesión de la santísima Virgen os pido me deis estos piadosos y religiosos sentimientos; dignaos recibir y confirmar para siempre el sacrificio que hago de mí mismo a vuestra santísima madre.

Fuente: J. Croisset, SJ, Año cristiano

El valor de la Sangre de Cristo

Pasion de Jesucristo 10 16

¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recordemos los antiguos relatos de Egipto. 
Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.» 
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del Bautismo; sangre, como figura de la Eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio. 
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del Bautismo y de la Eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el Bautismo y la Eucaristía, que han brotado, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.

Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto. 
Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

Fuente: de las Catequesis de San Juan Crisóstomo, Oficio de Lectura del Viernes Santo

Imitar la vida de Cristo (IX)

 

Pantocrator 06  15b

Extractos del libro La imitación de Cristo.

-Hijo, cuanto puedes salir de ti, tanto puedes pasarte a Mí. Así como no desear nada de lo exterior hace la paz interior, así la negación y desprecio interior produce la unión con Dios. Yo quiero que aprendas la perfecta abnegación de ti mismo en mi Voluntad, sin contradicción ni queja. Sígueme; Yo soy el camino, verdad y vida. Sin camino no se anda, sin verdad no se conoce, sin vida no se vive. Yo soy el camino que no se puede violar, la verdad infalible, la vida interminable. 
Si permanecieres en mi camino conocerás la verdad, y la verdad te librará, y alcanzarás la vida eterna. Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos, si quieres conocer la verdad créeme. Si quieres ser perfecto vende cuanto tienes. Si quieres ser mi discípulo, niégate a ti mismo. Si quieres poseer la vida bienaventurada, desprecia ésta presente. Si quieres ser ensalzado en el cielo, humíllate en el mundo. Si quieres reinar conmigo, lleva la Cruz conmigo; porque sólo los ciervos de la Cruz hallan el camino de la Bienaventuranza y de la Luz verdadera.

-Señor Jesús, pues que tu camino es estrecho y despreciado en el mundo, concédeme imitarte en el desprecio del mundo, que no es mayor el siervo que su Señor, ni el discípulo que su Maestro. Ejercítese tu siervo en Tu vida, que en ella está mi salud y la santidad verdadera. Cualquier cosa que fuera de ella oigo o leo, no me recrea ni satisface del todo.

-Hijo, pues que sabes todo esto, y lo has leído, si lo hicieres serás bienaventurado. El que abraza mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama, y Yo me manifestaré a él, y le haré sentar conmigo en el reino de mi Padre.

-Señor Jesús, como lo dijiste y prometiste, así dame tu Gracia para que lo merezca. Recibí de Tu mano la Cruz, la llevaré, y la llevaré hasta muerte, así como Tú me la diste. Verdaderamente la vida... es Cruz que guía al Paraíso. Ya hemos comenzado, no se puede volver atrás, ni conviene dejarla. 
Ea, hermanos, vamos juntos; Jesús será con nosotros. Por Jesús hemos tomado esta Cruz, por Jesús perseveremos en la Cruz. Jesús que es nuestro capitán y adalid, será nuestro ayudador. Mirad que nuestro rey va delante de nosotros, que peleará por nosotros. Sigámosle varonilmente, ninguno tenga miedo a los terrores; estemos preparados a morir con valor en la batalla, y no pongamos un borrón a nuestra gloria huyendo de la Cruz.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. III, c. LVII, ed. Lumen.

Imitar la vida de Cristo (VIII)

 

Virgen de Fatima 15  52

Fátima - 3er. Secreto - Penitencia

Extractos del libro La imitación de Cristo.

-Hijo, déjate a ti y me hallarás a Mí. No quieras hacer elección ni te apropies de cosa alguna, y siempre ganarás; porque negándote de verdad y sin volverte a ti, se te dará mayor gracia. 
-Señor, ¿cuántas veces me negaré, y en qué cosas me negaré? 
-Siempre y en cada hora, así en lo pequeño como en lo grande. Ninguna cosa exceptúo, pues en todo te quiero hallar desnudo; porque de otro modo ¿cómo podrás tú ser mío y Yo tuyo, si no te despojas de toda voluntad propia interior y exteriormente? Cuanto más presto hicieres esto, tanto mejor te irá; y cuanto más pura y cumplidamente, tanto más me agradarás, y mucho más ganarás. 
Algunos se renuncian, pero con alguna excepción, porque no confían del todo en Dios, y por eso trabajan en mirar por sí. También algunos al principio lo ofrecen todo, pero después, combatidos por la tentación, se vuelven a las cosas propias, y por eso no aprovechan en la virtud. Estos nunca llegarán a la verdadera libertad del corazón puro, ni a la gracia de mi suave familiaridad si antes no se renuncian del todo, haciendo cada día sacrificio de sí mismos, sin el cual no están ni estarán en la unión con que se goza de Mí.

Muchas veces te dije, y ahora te lo vuelvo a decir: déjate a ti, renúnciate, y gozarás de una gran paz interior. Dalo todo por el Todo, no busques nada, nada vuelvas a pedir, está pura y confiadamente en Mí y me poseerás, estarás libre en el corazón y no te hollarán las tinieblas. Esfuérzate en esto, y esto desea, que puedas despojarte de todo propio amor y desnudo seguir al desnudo Jesús, morir a ti mismo, y vivir a Mí eternamente. Entonces huirán todas las malas ilusiones, las penosas inquietudes y los superfluos cuidados. También se ausentará entonces el demasiado temor y morirá el amor desordenado.

Fuente: Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, L. III, c. XXXVII, ed. Lumen.

El Buen Pastor (II)

 

El buen Pastor 06  21

«Conozco mis ovejas.» No tenemos un Dios a lo pagano que se desentienda de los mortales. Nuestro Dios nos conoce a cada uno por su nombre, vela con providencia amorosa sobre todos y nos atiende con un corazón como el que se dignó tomar de las purísimas entrañas de María. Tenemos un Jesús, cuyos ojos están puestos en cada uno de nosotros con un cariño indecible, todo comprensión con nuestras flaquezas, condescendiente con nuestras miserias, y compasivo en extremo cuando la desgracia se ceba en nosotros. Esto y mucho más es Jesús. ¡Que dicha la nuestra!

«Y las mías Me conocen.» Conoce a Cristo quien comprende su espíritu, y lo capta, y lo hace propio, dándose a Él y sintiéndose uno con Él. ¿Eres tú de esas ovejas auténticas? ¿Te mueves en torno de este Pastor divino? ¿Prefieres sus gustos e intereses a los tuyos?

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado

Bondad extraordinaria de San Marcos

 

San Marcos  Evangelista 01  10

San Marcos, Evangelista

Cuando San Marcos trabajaba en Roma y en Aquilea, se pudo apreciar en él el gran afán que tenía de ayudar a los fieles, enseñándoles los rudimentos de la fe y darse en todo y a todos para llevar al prójimo hacia Dios y salvar las almas. San Pablo, que le conocía, hace ver en una de sus Epístolas cuánto le estimaba, y no duda en llamarle junto a sí para aprovecharse de sus buenos servicios (IITim 4, 11). Porque la abnegación y la bondad del corazón son las mejores recomendaciones para ejercer el apostolado y practicar la verdadera caridad cristiana.

Enviado por orden de San Pablo a Egipto para que evangelizase este pueblo y las provincias limítrofes, convirtió a muchísimos idólatras, ganados a Cristo por su dulzura extraordinaria y grandes milagros. Y los que antes fueron idólatras fanáticos, destruyeron templos e ídolos y se convirtieron en fervorosos cristianos. Sabemos que la Iglesia de Alejandría, fundada por San Marcos, brilló por su santidad, pues en ella floreció tanto la piedad, que, según Eusebio, parecía como si todos los fieles fuesen religiosos. Estos felices resultados se debieron al celo y a la caridad de San Marcos, quien por estas dos virtudes recibió en premio la corona del martirio.

San Marcos recibió esta hermosa recompensa después de haber pasado la vida derramando beneficios, a imitación de su divino Maestro; ¿qué premio pudo ambicionar mejor que la palma del martirio? Porque en esta tierra no existe galardón que pueda pagar el bien que hace un corazón bondadoso. Ya que aquí todas las coronas se marchitan, él recibió en la gloria una corona inmortal.

Después de haber considerado todo esto, examinémonos y veamos: 1º, si somos demasiado sensibles y nos dolemos cuando no saben apreciar nuestros trabajos, fatigas, abnegación, o cuando no se agradecen los favores que prestamos; 2º, si hacemos a veces el bien llevados por otro fin que no sea Dios, ni su gracia, ni su honor, ni su divino beneplácito. Reputemos como indigno todo salario que no sea la recompensa eterna.

¡Oh preciosas llamas de amor, en que ardieron siempre las vidas de Jesús y de María!, consumid en mí los afectos terrenales, para que mis pensamientos, palabras, deseos y acciones sólo busquen la gloria de Dios y la salvación del prójimo; así seguiré yo el ejemplo de los apóstoles y de sus verdaderos discípulos.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 1639s

La realidad de los santos

 

Todos los Santos 09  14

Todos los Santos

El santo sufre las mismas tentaciones que los demás hombres, y a veces mayores, porque se le prueba como en el crisol, porque debe hacerse rico en méritos, porque le espera una brillante corona en el cielo. En cualquier caso, tiene tentaciones, y difiere de los otros no en verse eximido de ellas, sino en estar preparado contra ellas. 
La gracia supera la naturaleza. La supera desde luego en todos los que se salvan, pues nadie contemplará después el rostro de Dios si ahora no renuncia al pecado. Pero los santos vencen con una determinación, un vigor y una prontitud particulares. Leéis así en sus vidas narraciones admirables de conflictos y victorias sobre el enemigo. Son como héroes de romance, llenos de nobleza, gracia y buen estilo. Sus acciones, hermosas como la ficción, son sin embargo tan reales como cualquier otro hecho real. Son actos que ensanchan la mente de todo ser humano con ideas que antes no apreciaba y que manifiestan al mundo entero lo que Dios puede hacer y lo que puede llegar a ser el hombre.

Los santos son muy diversos, y esta diversidad es una señal de la riqueza de Dios. Pero a pesar de sus diferencias y de la línea específica de su actividad, se han conducido siempre con heroísmo. Han logrado tal autodominio, han crucificado la carne y renunciado al mundo de tal modo, han sido tan humildes, compasivos, alegres, devotos, laboriosos y perdonadores de injurias, han soportado tantos dolores y perseverado en trabajos tan grandes, que nos ofrecen un paradigma incuestionable de magnanimidad, verdad y amor.

Fuente: John H. Newman, Discursos sobre la fe.

La agonía de Cristo

 

Agonia en el Huerto 07  13

Agonía en el Huerto

Todos los padres de la Iglesia y todos los doctores convienen en que los tormentos que el Salvador se dignó padecer por nuestro amor son incomprensibles al espíritu humano y que su pasión es un misterio de humillaciones y de dolores a que no alcanza ninguna inteligencia creada. Sería necesario comprender lo que es este Hijo de Dios, igual en todo a su Padre, y hecho semejante a nosotros por su encarnación, para formar una justa idea de lo que este Dios hombre padeció por redimir a los hombres.

Considera lo que pasó en el primer teatro de la pasión del Salvador [su agonía en el huerto]. Aquel Señor que jamás sintió en su alma otras pasiones que las que él mismo excitaba, quiso entonces entregarse por nuestro amor a las más crueles y más violentas, empezando su pasión por los dolores interiores y por el suplicio del corazón. 
Una tropa de objetos, todos los más tristes y los más terribles, se presentan a su imaginación, y le hacen sentir con anticipación toda su pasión. 
Se representa de la manera más viva la ignominia con que va a ser arrastrado por las calles de Jerusalén como un facineroso, cubierto de salivas, rasgadas sus espaldas con los azotes, y coronado de espinas como un engañador; y por último clavado en una cruz como el oprobio del género humano, y la execración de su pueblo. ¡Qué impresión no haría sobre el espíritu, y el corazón de un hombre Dios una imagen tan espantosa! ¿Y qué impresión hace sobre el mío? ¡Qué tristeza y qué dolor, cuando se representa la negra traición de uno de sus discípulos, la horrible ingratitud de un pueblo colmado de tantos beneficios, y el cobarde abandono de sus apóstoles! Sería menester poder comprender la bondad, la ternura y la sensibilidad del mejor corazón que hubo jamás, para concebir lo que padecería Jesucristo con la representación viva y sensible de este exceso de ingratitud.

En efecto, el exceso de sus penas interiores lo oprime tanto, que no pudiendo disimularlo, lo manifiesta a sus apóstoles: Yo padezco, les dice, estoy triste, y mi tristeza es tan extraordinaria y tan sensible, que es capaz de darme muerte. Los apóstoles lo ven, y en lugar de consolarlo, se duermen. ¡O dulce Jesús mío! ¡Y cómo esta indiferencia es para vos un cruel tormento, y una cruel reprensión para mí! Vuelve el Salvador al lugar de su oración, y aumentando su fervor, aumenta sus penas: nada se le escapa a su espíritu, ni a su corazón: junta en su imaginación todos los tormentos y todas las circunstancias de su pasión: penetra todo su rigor, siente, experimenta toda su amargura, y se apodera de él un pavor tan grande que lo lleva hasta la agonía. ¡O dulce Jesús mío, cuánto os cuesta el amarme con tanto exceso! ¿Y cuándo os amaré yo con menos indiferencia? Pero lo que exaspera su dolor, es el ver, con un conocimiento anticipado, el extraño abuso que harán tantos pecadores de las gracias que va a merecerles con su sangre. Mis pecados, mi insensibilidad y mi ingratitud, son una parte del motivo de su dolor: lo es asimismo la traición de Judas, y lo es el endurecimiento de su propio pueblo.

¡Ah, dulce Jesús mío! ¿Qué trastorno es éste? ¡Vos oprimido de tristeza á vista de lo que habéis de padecer por mis pecados; y yo que he pecado, quiero pasar mis días en la alegría! ¡Vos arrastrado con infamia sin decir palabra; y yo prorrumpo en quejas, y experimento vivos sentimientos de venganza desde el momento que me imagino que no se me hará tanto como deseo!

Fuente: J. Croisset, sj, Año Cristiano, meditación correspondiente al Martes Santo.

Prueba de amor (II)

 

Santa Teresita 16  21b

Santa Teresita enferma

El mérito de la mortificación voluntaria consiste más en la buena voluntad con que se ejecuta, que en la intensidad del sufrimiento que uno se impone; aunque siempre puede contribuir a su aumento, en cuanto que una mortificación mayor exige también mayor dosis de buena voluntad. 
Mientras la medida del sufrimiento debe ser proporcionada a las fuerzas físicas de cada uno, no hay que poner límites al amor y al espíritu de generosidad con que se lo practica. Bajo este aspecto vale mucho más una mortificación leve ejecutada con todo el amor de que un alma es capaz, que una penitencia gravosa practicada materialmente, pero sin espíritu interior. Por lo tanto, antes de hacer algún acto de mortificación, especialmente cuando se trata de ciertas prácticas habituales, como las que se usan en los Institutos religiosos, es necesario despertar la buena voluntad y el deseo sincero de sufrir con gusto alguna cosa por amor de Dios, evitando de esta manera que nuestros actos de mortificación se reduzcan a ejercicios más o menos mecánicos y, en consecuencia, de poco o de ningún valor.

La contemplación amorosa del Crucifijo era el alma de todas las austeridades de Santa Teresa Margarita: «Este Dios humillado y lleno de sufrimientos, que ocupaba continuamente su pensamiento, era quien le daba la fuerza interior para vencer todas las dificultades y quien la movía a abrazar con avidez mil sacrificios y obras de caridad y mortificación, haciéndola insaciable en el padecer»
Mirando al Crucifijo, el alma comprende que, por más que se mortifique por amor suyo, son nada sus sacrificios y sus renuncias, y, más bien que vanagloria por las mortificaciones practicadas, experimenta la necesidad de humillarse y de realizar siempre cosas más perfectas. «Ame mucho los trabajos -exhorta al alma espiritual San Juan de la Cruz- y téngalos en poco por caer en gracia al Esposo, que por ella no dudó morir».

“¡Oh Señor! Dispón de mí como más te agrade. Que de todo estoy contenta con tal de poder seguirte por el camino del Calvario: y cuanto más llena de espinas encuentre yo esa senda y más pesada se me haga la cruz, más consolada me sentiré, porque deseo amarte con amor paciente, con amor muerto, es decir, del todo abandonado en ti, con amor operativo... ¡Señor mío, Tú en cruz por mí y yo en cruz por ti! ¡Oh, si pudiese llegar a comprender finalmente cuán dulce y precioso es el padecer: padecer y callar por ti, Jesús! ¡Oh querido padecer, oh buen Jesús!” (S. Teresa Margarita del Corazón de Jesús). 
Sí, padecer querido, porque me permites dar a mi Dios pruebas de amor, porque en medio de la oscuridad de la fe, en que debo vivir aquí en la tierra, me das la seguridad del amar no sólo con palabras, sino con amor recio y efectivo. ¡Oh Jesús! Ahora comprendo por qué Santa Teresa de Jesús no te pedía más que una cosa: “O padecer o morir”. 
¡Ojalá pudiera yo tener un amor tan fuerte y tan verdadero! Concédemelo Tú, Señor, pues todo lo puedes y nada te cuesta transformar en un instante en horno de caridad este corazón mío tan frío y tan árido.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina