El valor de la Sangre de Cristo

Pasion de Jesucristo 10 16

¿Deseas conocer el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recordemos los antiguos relatos de Egipto. 
Inmolad -dice Moisés- un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. «¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?» «Sin duda -responde Moisés-: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.» 
Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del Bautismo; sangre, como figura de la Eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero, y yo recibo el fruto del sacrificio. 
Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del Bautismo y de la Eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el Bautismo y la Eucaristía, que han brotado, ambos, del costado. Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.

Por esta misma razón, afirma san Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues del mismo modo que Dios formó a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salidas de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto. 
Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

Fuente: de las Catequesis de San Juan Crisóstomo, Oficio de Lectura del Viernes Santo

Nos amó hasta el fin

Ultima Cena 07 10

El apóstol San Juan, para indicar el exceso de amor que mostró Jesús al dar a sus discípulos, en la última cena, su cuerpo y sangre divinísimos, dice que sabiendo Jesús que era llegada su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos, que estaban en el mundo, amólos hasta el fin. De esta misteriosa palabra se deducen las propiedades del amor que nos mostró Cristo en la institución de este Sacramento. 
La primera es que nos amó como a cosa suya propia, y por consiguiente, como a Sí mismo; y en cierto modo más que a Sí mismo, pues con estar cercano a la muerte, como olvidado de Sí y de sus trabajos, todo se ocupó en regalarnos de este modo inefable, dándonos a comer su propio cuerpo y a beber su sangre. 
La segunda es que nos amó con amor perseverante hasta el fin; nos amó mientras vivió en esta vida hasta que llegó el fin de ella, y los amó mientras vivieron hasta que llegó para ellos su fin, y amará a todos los suyos hasta el fin del mundo, y por eso quiso perpetuamente quedarse con nosotros en este Sacramento del amor. 
La tercera propiedad fue que nos amó con un amor excesivo, sin tasa, hasta el fin adonde puede llegar el amor, haciendo y padeciendo por nosotros lo sumo que podía y convenía hacer y padecer, y deseando mucho más sinfín, si fuera necesario para nuestro remedio, y se queda en la Eucaristía expuesto a mil ultrajes, sacrilegios y afrentas, como de perpetuo Calvario, sólo por nuestro amor.

Contempla luego en espíritu a Nuestro Señor presente sobre nuestros altares, y después de haberlo adorado con un profundo respeto, pregúntate por qué está encerrado y como cautivo en nuestros tabernáculos hace más de diecinueve siglos. Porque nos ama hasta los límites del amor, y porque sus delicias son estar con los hijos de los hombres. 
Quiere habitar bajo los velos del Sacramento, por miedo de que su gloria nos aleje de su persona por temor o por respeto. Quiere habitar, no en una sola ciudad, no en un solo santuario, sino en todos los templos de la Iglesia, a fin de que no haya ninguno de sus hijos que no pueda gozar de su conversación. En fin, quiere habitar en nuestros templos, no en ciertos días y sólo en ciertas solemnidades, sino todos los días, a todas horas y en todos los momentos, a fin de que no haya nadie en su familia que no pueda venir en todo tiempo a pedirle y recibir luces, fuerzas y consuelos.

Coloquio: ¡Oh palabras dignas de ser recibidas con toda fe, agradecimiento y reverencia! Que Tú, Señor, que no sabes ni puedes engañar, digas por tu boca: Tomad y comed, que este es mi cuerpo; bebed todos de este cáliz, que esta es mi sangre. ¡Oh grandeza de liberalidad! ¡Oh dádiva digna de Dios! ¿Qué podré yo, Señor, daros por este beneficio sino decir con todo el afecto de mi corazón: Ved aquí, Señor, este es mi cuerpo, el cual ofrezco por Vos a dolores, enfermedades, cansancios, fatigas y penitencias; y esta es mi sangre, la cual desde luego os ofrezco para derramarla, si Vos fuereis servido, por vuestra gloria; y esta es mi alma, criatura vuestra, sujeta y rendida a toda vuestra voluntad? 
Propósitos: Procura vivir con tal pureza de corazón y tal odio a las culpas más pequeñas, que merezcas comulgar cada día.

Fuente: P. Francisco de Paula Garzón, Meditaciones espirituales para todos los días del año,sacada en parte de las del V. P. Luis de la Puente.

Arrojar nuestra miseria en el Corazón de Cristo

Santa Faustina Kowalska 01 01

Del diario de Santa Faustina:

Oh Jesús mío, para agradecerte por tantas gracias, te ofrezco el alma y el cuerpo, el intelecto y la voluntad y todos los sentimientos de mi corazón. Con los votos me he entregado a Ti, ya no tengo nada más que ofrecerte. Jesús me dijo: “Hija mía, no me has dado lo que es realmente tuyo”. 
Me he ensimismado y he constatado de que amaba a Dios con todas las fuerzas de mi alma; y sin poder conocer qué era lo que no había dado al Señor, pregunté: “Jesús, dímelo y Te lo daré inmediatamente con generosidad del corazón.” 
Jesús me dijo amablemente: “Hija, dame tu miseria porque es tu propiedad exclusiva”. En ese momento un rayo de luz iluminó mi alma conocí todo el abismo de mi miseria; en ese mismo momento me abracé contra el Santísimo Corazón de Jesús con tanta confianza que aunque tuviera sobre la conciencia los pecados de todos los condenados, no dudaría de la Divina Misericordia, sino que, con el corazón hecho polvo, me arrojaría en el abismo de Tu Misericordia. Creo, oh Jesús, que no me rechazarías sino que me absolverías con la mano de quien te sustituye.

Expiraste, Jesús, pero la fuente de vida brotó para las almas y el mar de Misericordia se abrió para el mundo entero. Oh fuente de vida, insondable Misericordia Divina, abarca al mundo entero y derrámate sobre nosotros.

Fuente: Diario de Santa Faustina Kowalska; La Divina Misericordia en mi alma, cuaderno nº 4. Padres Marianos de la Inmaculada Concepción. 2005.

Importancia del fin de la vida humana

 

San Francisco Solano 01  01

San Francisco Solano

Vosotros lo sabéis: todo hombre, en sus actos reflejos, obra por un móvil. Criaturas libres y racionales como somos, jamás nos ponemos deliberadamente en acción si no es por algún motivo. Transportaos, por la imaginación a una gran ciudad como Londres. A ciertas horas del día las calles están negras de gente; es un verdadero ejército que hormiguea, un mar humano que remolinea. Los hombres van, vienen, se codean, se cruzan, y todo esto rápidamente -porque time is money- sin apenas cambiarse saludos entre ellos. Cada uno de estos innumerables seres tiene su propia independencia, su fin particular. 
¿Qué buscan estos miles y miles de hombres que se agitan en la ciudad? ¿Cuál es su fin? ¿Por qué se apresuran? Los unos corren al placer; los otros persiguen el honor; estos están acosados por la fiebre de la ambición, aquellos por la sed del oro; la mayor parte van en busca del pan cotidiano. Para muchos la criatura es la que ocupa su espíritu y su corazón. De vez en cuando por aquí una dama va a visitar a los pobres; una hermana de la Caridad busca a Jesucristo en la persona de un enfermo; allí es un sacerdote el que pasa, inadvertido, con el copón escondido en el pecho, para llevar el viático a un moribundo… En medio de esta inmensa turba que va detrás de la criatura, las almas que trabajan sólo por Dios son una ínfima minoría.

Y sin embargo la influencia del móvil predomina en el valor de nuestras acciones. Ved esos dos hombres que se embarcan juntos hacia un lejano destino. Ambos dejan patria, amigos, familia. Al desembarcar en país extranjero, penetran hasta el interior de la tierra; atraviesan, expuestos a los mismos peligros, los mismos ríos y las mismas montañas; los sacrificios que se imponen son los mismos. Pero el uno es mercader que obedece a la codicia del oro; el otro es un apóstol que busca las almas. Y por esto, aunque el ojo humano apenas discierne la diferencia, un abismo que sólo Dios puede conocer separa la vida de estos dos hombres; y el móvil, el fin, es el que hace insalvable este abismo.

Dad un vaso de agua a un mendigo, una limosna a un pobre; si lo hacéis en nombre de Cristo, es decir, por un movimiento sobrenatural de la gracia, y porque veis en ese pobre a Cristo que dijo: “Todo lo que hiciereis al menor de los míos, a Mí me lo habréis hecho”, entonces vuestra acción será agradable a Dios; y este vaso de agua, que no es nada, esta limosna que es insignificante, no quedarán sin recompensa. Derramad en cambio puñados de oro en las manos de ese pobre para pervertirlo: sólo por esta razón vuestra acción es abominable.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

La contrición

 

Hijo prodigo 04  07

El regreso del hijo pródigo

El obstáculo esencial a la unión divina es el pecado mortal; y el que se opone a todo progreso es el pecado venial deliberado. Es evidente que ni uno ni otro se concilian en manera alguna con la perfección. 
Por el pecado mortal el alma se aparta enteramente de Dios para colocar su fin en la criatura; el alejamiento de Dios es radical y la unión destruida. Tan verdadero es esto, que si la muerte sorprende al alma en este estado, queda el alma estabilizada para siempre en este alejamiento de Dios: “Apartaos de mí, malditos”, Discedite a me maledicti (Mt. 25, 41). 
El Padre Celestial no reconoce en el pecador la imagen de su Hijo Jesús; por eso queda aquel excluido eternamente de la herencia. Como sabéis, tal estado se destruye por la contrición perfecta y por el sacramento de la penitencia; en el sacramento los méritos infinitos de Cristo son aplicados al alma para purificarla de sus faltas.

Ved al hijo pródigo cuando vuelve al hogar paterno. ¿Nos lo figuramos acaso, después de su llegada, tomando aires insolentes y actitudes pretenciosas, como si siempre hubiese sido fiel? Oh, no. Me diréis: ¿acaso su padre no le perdonó todo? Ciertamente, recibió a su hijo con los brazos abiertos, no le hizo ningún reproche; no le dijo: “Eres un miserable”; no; lo estrechó contra su corazón. Y la vuelta de este hijo proporciona al padre tal alegría, que prepara para el arrepentido un gran festín. Todo está olvidado, todo perdonado. Esta conducta del padre del pródigo es la imagen de la misericordia de nuestro Padre Celestial. En cuanto al hijo perdonado, ¿cuáles son los sentimientos, cuál la actitud que observa? no lo dudemos; son los sentimientos y la actitud que tenía cuando se arrojó arrepentido a los pies de su padre: “Padre: he pecado contra ti; no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como al último de los criados”. 
Estemos seguros de que en el transcurso de todas las fiestas con las cuales se celebró su vuelta, fueron éstas las disposiciones que predominaron en su alma. Y si después la contrición disminuyó en intensidad, jamás este sentimiento se le borró del todo, aun después que el hijo hubo retomado en el hogar paterno para siempre su puesto de antes. Cuántas veces hubo de decir a su padre: “Tú me has perdonado todo, yo lo sé; pero mi corazón no cesará de repetir con gratitud cuánto dolor siente de haberte ofendido, cuánto quiere reparar, por medio de una gran fidelidad, las horas perdidas y el olvido en que te he tenido”.

Tal debe ser el sentimiento de un alma que ha ofendido a Dios, despreciando sus perfecciones y participando en causar los padecimientos de Jesucristo.

Fuente: Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje.

El Juicio Final

 

Juicio Final 06  03

El Juicio Final

Para nuestro Señor, la caridad para con nuestro prójimo ha de ser el signo de que ha de servirse en el día del juicio para distinguir a los elegidos de los réprobos; es Él quien nos lo dice; escuchémosle, ya que es la verdad infalible. 
Tras la resurrección de los muertos quedará el Hijo del hombre sentado en el trono de su gloria; ante Él se congregarán las naciones; colocará a los buenos a su derecha y a los malos a su izquierda. Y dirigiéndose a los buenos les dirá: «Venid, benditos de mi Padre a poseer el reino que os ha preparado mi Padre desde el comienzo del mundo»
Y ¿cuál será la razón que les dará? 
«Tuve hambre y me disteis de comer; sed y me disteis de beber; estaba de paso y me hospedásteis; cuando estaba desnudo me vestísteis; enfermo, vinisteis a visitarme; encarcelado, os llegasteis a mí»
Y los justos no podrán menos de extrañarse, ya que jamás han visto a Cristo necesitado. Pero Jesús les responderá: «En verdad os digo, que cada vez que lo hicisteis con cada uno de estos pequeñuelos que en mí creen, lo habéis hecho conmigo»: Mihi fecistis. 
A continuación se dirigirá a los réprobos: «Alejaos de mí, malditos, id al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y sus ángeles». 
¿Razón de ello? No lo han amado en la persona de sus hermanos. 
De boca del mismo Jesús hemos podido oír que la sentencia que a fin de cuentas ha de decidir nuestra suerte por toda la eternidad, será pronunciada teniendo en cuenta el amor que a Cristo hayamos profesado en la persona de nuestros hermanos.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida

El buen samaritano

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Señor, graba en mi corazón el mandamiento de tu caridad y el ejemplo que Tú me has dado.

«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, los cuales le despojaron y después de cargarle de golpes se marcharon, dejándole medio muerto». Así leemos en el Evangelio del día (Lc. 10, 25-37). 
Cada uno de nosotros puede verse figurado en aquel infeliz; también nosotros en nuestro camino hemos encontrado ladrones: el mundo, el demonio, las pasiones, que nos han despojado y herido. ¿Quién podrá decir que no lleva en su alma alguna herida, más o menos profunda, consecuencia de las tentaciones y del pecado? Pero también a nosotros nos ha salido al encuentro un buen samaritano, el buen Samaritano por excelencia, Jesús, el cual, movido a compasión de nuestra miseria, nos ha prestado su auxilio. 
Con amor infinito se ha inclinado sobre nuestras llagas sangrantes, curándolas con el aceite y vino de la gracia: el aceite indica la suavidad y el vino el vigor. Luego nos ha tomado en sus brazos y nos ha llevado a un refugio seguro, o sea nos ha confiado a los cuidados maternales de la Iglesia, a la que ha entregado el precio de nuestro rescate, fruto de su muerte de cruz.

La parábola del buen Samaritano alegoriza así la historia de nuestra redención, historia 
siempre en acto y que se renueva cuantas veces nos acercamos a Jesús, enseñándole con humildad y arrepentimiento las heridas de nuestra alma. Esta historia se actúa de un modo particularísimo en la santa Misa, en que Jesús presenta al Padre el precio de nuestra salvación, renovando su inmolación a favor de nuestras almas. Debemos acudir a la santa Misa para encontramos con Él, el buen Samaritano, para invocar y recibir en nosotros su acción curativa y santificante. 
Cuanto más viva sintamos, conscientes de nuestra miseria, la necesidad de su redención, con tanta mayor largueza nos aplicará Jesús sus frutos, y, viniendo a nosotros en la Comunión, sanará nuestras heridas no sólo por fuera, sino por dentro, bañándolas copiosamente del aceite suavísimo y del vino tonificante de su gracia. 
Así nos trata Jesús; así ha tratado Jesús a la humanidad que por el pecado le era extraña y hasta enemiga y que nada tenía que ver con El, el Santo, el Hijo de Dios.

“¡Señor! Cuanto mejor comprenda el amor que Tú me tienes, más a gusto dejaré mi sabor y bien por contentarte en servir a mi prójimo. Entonces no me acordaré si perderé yo; la ganancia de mis prójimos tendré presente, no más. Por contentarte más a ti, Dios mío, ayúdame a olvidarme a mí por ellos, hasta estar pronta a perder la vida en la demanda, como hicieron muchos mártires”(Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Creer en el amor que Dios nos tiene

 

Hijo prodigo 03  05

El hijo pródigo

Un expositor claro y profundo del Evangelio trae esta meditación, que puede iluminar toda una vida: 
“Mientras no tomemos en serio el dogma de que Dios es amor (I Jn. 4, 16), es decir, mientras no lo creamos del todo, no podremos decir que vivimos la fe. Si uno invita a su mesa como padre, y alguien va a ella como a un hotel en que debe pagar con dinero y no con amor, no puede decir que acepta la invitación. «Yo os lo digo, ninguno de aquellos varones que fueron convidados gozará de mi festín» (Lc. 14, 24). Bien vemos que no se trata de cosas dejadas a nuestra elección, como tal o cual práctica devota: se trata de la recta fe, sin la cual, dice San Pablo, «es imposible agradar a Dios» (Hebr. 11, 6).

Porque si yo creía que un señor es un comerciante, o un verdugo, y resulta que es mi padre, no puedo decir que creía en él. Y en vano querré entonces suplir con otros obsequios la falta de la verdadera fe, pues que, como lo define el Concilio Tridentino, «la fe es el principio de la humana salvación, el fundamento y raíz de toda justificación, y sin ella es imposible agradar a Dios»
¿Cómo podría, en efecto, agradar una doncella a un poderoso príncipe que lleno de amor pide su mano, si ella le contesta que no puede corresponder a su amor, pero, en cambio, le ofrece algún dinero?”

Jesús, quien es el retrato perfecto del Padre (Hebr. 1, 3), nos hace comprender fácilmente esta actitud “maternal” de Dios que por su exceso de bondad resulta increíble para el criterio humano cuando nos dice: “Al que viene a Mí no lo echaré fuera ciertamente” (Jn. 6, 37). 
Más aún, las que consideramos como miserias, sean las que fueren, lejos de ser un obstáculo, son un título, el gran título para reclamar la benevolencia del que vino como Salvador y no se cansó de insistir en que no buscaba justos sino pecadores, no sanos sino enfermos (Lc. 5, 30-32).

Y puesto que Dios es amor (I Jn. 4, 8 y 16), es evidente que su mensaje a los hombres, enviado por medio del propio Hijo, víctima de amor, no puede ser sino un mensaje de amor. Por donde se ve que no entenderá nunca ese mensaje, ni podrá salir de la dura vida purgativa, quien se resista a creer en ese «loco amor» de Dios y se empeñe en hallar en Él a una especie de funcionario de policía. 
No solamente se construyen falsos dioses fabricando ídolos de palo y piedra, sino también, como observa San Agustín, formándose un falso concepto del verdadero Dios. 
Dios ha alzado las banderas de su amor para conquistarnos.

Fuente: Mons. Dr. Juan Straubinger, La Santa Biblia, traducción directa de los textos primitivos, Nota a Is. 66, 11 y Ct. 2, 4; Jer. 16, 20.

13 de junio: Fiesta de San Antonio de Padua

De los sermones del santo:

Refúgiate en la Virgen María, oh pecador, porque es ella la ciudad de refugio. En efecto, como se dice en el libro de los Números, en otro tiempo el Señor mandó: “Elegiréis ciudades que sean para vosotros ciudades de refugio, donde pueda refugiarse el homicida que hubiere muerto a alguno sin querer.” Así ahora la Misericordia del Señor ha puesto como refugio de Misericordia el Nombre de María hasta para los homicidas voluntarios. Torre Fortísima es el Nombre de la Señora. En ella se refugiará el pecador y se salvará. Nombre dulce, Nombre que conforta al pecador, Nombre de dichosa esperanza. Señora tu Nombre está en el deseo de mi alma.

 

“El nombre de la Virgen era María”, dice San Lucas. Es tu nombre perfume que se difunde. El Nombre de María es júbilo en el corazón, miel en la boca, melodía en el oído. Noblemente, pues, en alabanza de la Virgen Santísima se dice: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que mamaste.”

Por eso, te pedimos, Señora nuestra, esperanza nuestra, que Tú, Estrella del mar, irradies luz a nosotros, sacudidos por la tempestad de este mar, nos encamines al puerto, y protejas nuestra muerte con la tutela de Tu presencia, a fin de que merezcamos salir seguros de la cárcel y lleguemos alegres al gozo interminable. Ayúdenos Aquel a quien llevaste en Tu vientre bendito y amamantaste en tus pechos sacratísimos. A Él sea dada honra y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Esperaba que alguien me consolase y no lo hallé...

¡Corazón de Jesús, llagado por nuestro amor! Hazme digno de reparar las heridas que nuestros pecados te han infligido.

 

El himno de primeras Vísperas en la fiesta del Sagrado Corazón dice: «Mirad cómo la insolente y horrible patrulla de nuestras culpas ha herido el Corazón inocente de un Dios»; y con mayor realismo continúa: «La lanzada del soldado fue dirigida por nuestros pecados» (Breviario Romano). Estas expresiones evocan a nuestra mente las palabras que Jesús dirigió a Santa Margarita María Alacoque: «He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres; pero a cambio de su amor infinito, en vez de encontrar gratitud, halló olvido, indiferencia, ultrajes, a veces aun de parte de los mismos que deberían tributarle especial amor».

Ante esta queja del Corazón divino, el alma amante no puede permanecer indiferente: quiere expiar, reparar, consolar. Y lo quiere hacer -enseña Pío XI- por un doble motivo: «de justicia y de amor: de justicia, para reparar la ofensa causada a Dios por nuestras culpas…; de amor, para sufrir con Cristo paciente y saturado de oprobios y ofrecerle, en la medida de nuestra poquedad, algún alivio» (Enc. Miserent. Red.).

 

Que debamos reparar nuestros pecados es fácil entenderlo, pero que podamos hacerlo también para consolar al Corazón de Jesús tal vez no es tan claro. «¿Cómo se podrá decir -pregunta Pío XI- que Cristo reina feliz en el cielo, si puede ser consolado por estos actos de reparación? Dadme un alma amante y comprenderá lo que digo», responde el gran Papa. En efecto, el alma que penetra con amor en el misterio de Jesús, comprende bien que, cuando Él en Getsemaní veía todos nuestros pecados, veía también todas las buenas obras que habríamos de hacer para consolarle, y de este modo le consolaron entonces los actos que hoy hacemos con tal fin. Ese pensamiento nos estimula cada vez más a la práctica de obras de reparación, para que Jesús no tenga motivos de dirigimos también a nosotros la compasiva queja: «El dolor me despedaza el Corazón…; esperaba alguien que me consolase y no lo he encontrado» (Misa del S. Corazón).

 

“¡Dios mío! ¿Por qué no podré lavar yo con mis lágrimas y con mi sangre todos aquellos lugares donde ha sido vilipendiado tu Corazón? ¿Por qué no me será permitido reparar tantos sacrilegios y tantas profanaciones? ¿Por qué no me concederás por un solo instante ser dueña del corazón de todos los nombres, para resarcir con el sacrificio que de ellos te haría el olvido e insensatez de todos los que no han querido conocerte o que, aun conociéndote, te han amado tan poco? Pero, Salvador adorado, lo que más me llena de confusión y mayormente me aflige es que yo misma he sido de estos ingratos. Tú, Dios mío, que ves el fondo de mi corazón, mira el dolor que sufro por mis ingratitudes y por verte tratado tan indignamente. Heme, pues, aquí ¡oh Señor!, con el corazón partido de dolor, humillado, abierto, pronto a recibir de tu mano todo lo que te plazca exigirme en reparación de tantos ultrajes” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina