Arrojar nuestra miseria en el Corazón de Cristo

Santa Faustina Kowalska 01 01

Del diario de Santa Faustina:

Oh Jesús mío, para agradecerte por tantas gracias, te ofrezco el alma y el cuerpo, el intelecto y la voluntad y todos los sentimientos de mi corazón. Con los votos me he entregado a Ti, ya no tengo nada más que ofrecerte. Jesús me dijo: “Hija mía, no me has dado lo que es realmente tuyo”. 
Me he ensimismado y he constatado de que amaba a Dios con todas las fuerzas de mi alma; y sin poder conocer qué era lo que no había dado al Señor, pregunté: “Jesús, dímelo y Te lo daré inmediatamente con generosidad del corazón.” 
Jesús me dijo amablemente: “Hija, dame tu miseria porque es tu propiedad exclusiva”. En ese momento un rayo de luz iluminó mi alma conocí todo el abismo de mi miseria; en ese mismo momento me abracé contra el Santísimo Corazón de Jesús con tanta confianza que aunque tuviera sobre la conciencia los pecados de todos los condenados, no dudaría de la Divina Misericordia, sino que, con el corazón hecho polvo, me arrojaría en el abismo de Tu Misericordia. Creo, oh Jesús, que no me rechazarías sino que me absolverías con la mano de quien te sustituye.

Expiraste, Jesús, pero la fuente de vida brotó para las almas y el mar de Misericordia se abrió para el mundo entero. Oh fuente de vida, insondable Misericordia Divina, abarca al mundo entero y derrámate sobre nosotros.

Fuente: Diario de Santa Faustina Kowalska; La Divina Misericordia en mi alma, cuaderno nº 4. Padres Marianos de la Inmaculada Concepción. 2005.

San Pedro y San Pablo, Apóstoles (II)

San Pablo 04 11

San Pablo predicando en Atenas

Espíritu de San Pablo: fe en los merecimientos de Cristo. 
Un profundo conocimiento de su nada y una estima extraordinaria de los merecimientos de Jesucristo: He ahí a qué puede reducirse el espíritu de San pablo: «No podemos tener un solo pensamiento bueno por nosotros mismos, pero nuestro poder tiene en Dios su fuente.»

San Pablo ve en sí dos hombres: cuenta sus éxtasis, las gracias que ha recibido, lo que por Cristo ha sufrido. «En cuanto a mí, prosigue, en nada me he de gloriar más que en mis debilidades». Exterior desmedrado, ojos enfermos, humillaciones, tentaciones... «en todo esto me he de gloriar, ya que cuando soy débil, entonces precisamente soy fuerte, y mora de esta manera en mí la fuerza de Cristo».

Nada glorifica tanto a Cristo como la confianza que en sus méritos tengamos a pesar de nuestras debilidades. Cuando nos apoyamos en Él, en el dolor, obramos grandes cosas en el reino sobrenatural. Así un San Pablo hizo tanto por la gloria de Dios en la cárcel, como pudo hacerlo en sus misiones. 
El pensamiento de lo ricos que somos en Jesucristo debe darnos una santa audacia para acercarnos al Padre.

Cuando está nuestra alma henchida de este espíritu de San Pablo, no nos desanima en lo más mínimo la vista de nuestras miserias, ya que nos apoyamos en Cristo, y en Él tan sólo. Un alma que dice: «Son demasiado grandes mis miserias...» es un alma que no ha llegado aún a comprender la grandeza de las riquezas que en Cristo poseemos, es un alma que no ha llegado a comprender lo que Pablo escribió un día: «Dios ha amado al mundo hasta el punto de entregarle a su Hijo.».

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 324

San Vicente, diácono y mártir

 

San Vicente Martir 01 01

San Vicente, diácono de la Iglesia de Zaragoza, sufrió un atroz martirio en Valencia, durante la persecución de Diocleciano (284-305). Su culto se difundió en seguida por toda la Iglesia.

Vicente venció en aquel por quien había sido vencido el mundo. A vosotros se os ha concedido la gracia -dice el Apóstol-, de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. 
Una y otra gracia había recibido del diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo. 
Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo -dice- tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo. 
En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento. 
Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. 
Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Fiesta del Nacimiento de San Juan Bautista

 

San Juan Bautista 02 03

El día 24 de junio celebra la Iglesia la fiesta de la Natividad de San Juan Bautista, quien fue el Precursor de Jesucristo. 
Él fue llamado Precursor de Jesucristo porque Dios le envió para anunciar a los judíos la venida de Jesucristo y para prepararlos a que lo recibiesen.

La Iglesia honra con fiesta especial el nacimiento de San Juan Bautista porque este nacimiento fue santo y trajo al mundo una santa alegría. No nació en pecado como los demás hombres, porque fue santificado en las entrañas de su madre Santa Isabel, a la presencia de Jesucristo y de la Santísima Virgen. 
El mundo se alegró con el nacimiento de San Juan Bautista porque indicaba estar próxima la venida del Mesías.

Dios mostró a San Juan Bautista en su nacimiento como Precursor de Jesucristo con varios milagros y principalmente con éste: que su padre Zacarías recobró el habla perdido y prorrumpió en aquel cántico: Bendito el Señor Dios de Israel, con que dio gracias al Señor por el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham de enviar al Salvador y se alegró con su propio hijo de que fuese el Precursor.

San Juan Bautista, desde sus primeros años, se retiró al desierto, donde pasó la mayor parte de su vida, y juntó constantemente a la inocencia de costumbres la más austera penitencia. 
Fue degollado por orden de Herodes Antipas, por la santa libertad con que había reprendido la vida escandalosa de este príncipe.

En San Juan Bautista hemos de imitar: 1.º, el amor al retiro, a la humildad y a la mortificación; 2.º, el celo por hacer conocer y amar a Jesucristo; 3.º, su fidelidad con Dios, prefiriendo su gloria y la salvación del prójimo a los respetos humanos.

Fuente: Cfr. San Pío X, Catecismo Mayor, Ed. Magisterio Español, 3ª ed. 1973, pp. 161s

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (III)

 

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Escribe san Antonio: "La caridad es el alma de la fe, hace que esté viva; sin el amor, la fe muere". 
Sólo un alma que reza puede avanzar en la vida espiritual: este es el objeto privilegiado de la predicación de san Antonio. Conoce bien los defectos de la naturaleza humana, nuestra tendencia a caer en el pecado; por eso exhorta continuamente a luchar contra la inclinación a la avidez, al orgullo, a la impureza y, en cambio, a practicar las virtudes de la pobreza, la generosidad, la humildad, la obediencia, la castidad y la pureza. A principios del siglo XIII, en el contexto del renacimiento de las ciudades y del florecimiento del comercio, crecía el número de personas insensibles a las necesidades de los pobres. Por ese motivo, san Antonio invita repetidamente a los fieles a pensar en la verdadera riqueza, la del corazón, que haciéndonos ser buenos y misericordiosos nos hace acumular tesoros para el cielo. "Oh ricos -así los exhorta- haced amigos... a los pobres, acogedlos en vuestras casas: luego serán ellos, los pobres, quienes os acogerán en los tabernáculos eternos, donde existe la belleza de la paz, la confianza de la seguridad, y la opulenta serenidad de la saciedad eterna".

San Antonio, siguiendo la escuela de san Francisco, pone siempre a Cristo en el centro de la vida y del pensamiento, de la acción y de la predicación. Este es otro rasgo típico de la teología franciscana: el cristocentrismo. Contempla de buen grado, e invita a contemplar, los misterios de la humanidad del Señor, el hombre Jesús, de modo particular el misterio de la Natividad, Dios que se ha hecho Niño, que se ha puesto en nuestras manos: un misterio que suscita sentimientos de amor y de gratitud hacia la bondad divina.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (II)

 

San Antonio de Padua 06  11

Elegido superior provincial de los Frailes Menores del norte de Italia, continuó el ministerio de la predicación, alternándolo con las funciones de gobierno. Cuando concluyó su cargo de provincial, se retiró cerca de Padua, donde ya había estado otras veces. Apenas un año después, el 13 de junio de 1231, murió a las puertas de la ciudad. Padua, que en vida lo había acogido con afecto y veneración, le tributó para siempre honor y devoción. El propio Papa Gregorio IX, que después de haberlo escuchado predicar lo había definido "Arca del Testamento", lo canonizó apenas un año después de su muerte, en 1232, también a consecuencia de los milagros acontecidos por su intercesión.

En el último período de su vida, san Antonio puso por escrito dos ciclos de "Sermones", titulados respectivamente "Sermones dominicales" y "Sermones sobre los santos", destinados a los predicadores y a los profesores de los estudios teológicos de la Orden franciscana. En ellos comenta los textos de la Escritura presentados por la liturgia, utilizando la interpretación patrístico-medieval de los cuatro sentidos: el literal o histórico, el alegórico o cristológico, el tropológico o moral y el anagógico, que orienta hacia la vida eterna. Hoy se redescubre que estos sentidos son dimensiones del único sentido de la Sagrada Escritura y que la Sagrada Escritura se ha de interpretar buscando las cuatro dimensiones de su palabra. Estos sermones de san Antonio son textos teológico-homiléticos, que evocan la predicación viva, en la que san Antonio propone un verdadero itinerario de vida cristiana. La riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los "Sermones" es tan grande, que el venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a san Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de "Doctor evangélico", porque en dichos escritos se pone de manifiesto la lozanía y la belleza del Evangelio; todavía hoy podemos leerlos con gran provecho espiritual.

En estos sermones, san Antonio habla de la oración como de una relación de amor, que impulsa al hombre a conversar dulcemente con el Señor, creando una alegría inefable, que suavemente envuelve al alma en oración. San Antonio nos recuerda que la oración necesita un clima de silencio que no consiste en aislarse del ruido exterior, sino que es una experiencia interior, que busca liberarse de las distracciones provocadas por las preocupaciones del alma, creando el silencio en el alma misma. Según las enseñanzas de este insigne Doctor franciscano, la oración se articula en cuatro actitudes indispensables que, en el latín de san Antonio, se definen: obsecratio, oratio, postulatio, gratiarum actio. Podríamos traducirlas así: abrir confiadamente el propio corazón a Dios; este es el primer paso del orar, no simplemente captar una palabra, sino también abrir el corazón a la presencia de Dios; luego, conversar afectuosamente con él, viéndolo presente conmigo; y después, algo muy natural, presentarle nuestras necesidades; por último, alabarlo y darle gracias. 
En esta enseñanza de san Antonio sobre la oración observamos uno de los rasgos específicos de la teología franciscana, de la que fue el iniciador, a saber, el papel asignado al amor divino, que entra en la esfera de los afectos, de la voluntad, del corazón, y que también es la fuente de la que brota un conocimiento espiritual que sobrepasa todo conocimiento. De hecho, amando conocemos.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010

 

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (II)

 

Santa Margarita Maria de Alacoque 01  03

“…no es posible ser útil a los demás, si primeramente no nos reformamos a nosotros mismos; porque ¡si viera cuán lejos me veo de lo que debe ser una verdadera Hija de Santa María, que ha de poner toda su atención en hacerse verdadera copia de su Esposo Crucificado! Y veo que todo nos puede servir de medio para esto; porque ¿qué nos importa la madera de que está hecha nuestra cruz? Con tal que sea cruz y que nos tenga clavadas el amor de Aquél que ha muerto en ella por nuestro amor, debe bastarnos. La tengo por muy dichosa al ver que sus oficios le proporcionan medios eficaces para esto, pues le obligan a caminar contra sus inclinaciones.

Y en cuanto a entrar en su Sagrado Corazón, ¿a qué temer, si Él la invita a que vaya a tomar allí su reposo? ¿No es Él el trono de la Misericordia donde los más miserables son los mejor recibidos, con tal que el amor los presente abismados en su miseria? Y si somos cobardes, fríos, impuros e imperfectos, ¿no es Él horno encendido donde nos debemos perfeccionar y purificar, como el oro en el crisol, siendo para Él hostia viva, inmolada y sacrificada a sus adorables designios? No tema, pues, abandonarse sin reserva a su amorosa providencia, porque no perecerá el hijo en los brazos de un Padre omnipotente. Paréceme haberle dicho ya, que a mi entender no le agrada tanto ese temor como le agradaría una confianza filial; y puesto que le ama, ¿por qué tanto temor, a menos que sea de no corresponderle con el amor que vuestra caridad desearía, y que consiste, si no me engaño, en ese perfecto abandono y olvido de usted misma? Déjese a sí, y lo encontrará todo. Olvídese de sí, y Él pensará en usted. Abísmese en su nada, y le poseerá.”

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

 

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (I)

 

San Antonio de Padua 05  10b

Queridos hermanos y hermanas: 
Hace dos semanas presenté la figura de san Francisco de Asís. Esta mañana quiero hablar de otro santo perteneciente a la primera generación de los Frailes Menores: san Antonio de Padua o, como también se le suele llamar, de Lisboa, refiriéndose a su ciudad natal. Se trata de uno de los santos más populares de toda la Iglesia católica, venerado no sólo en Padua, donde se erigió una basílica espléndida que recoge sus restos mortales, sino en todo el mundo. Los fieles estiman las imágenes y las estatuas que lo representan con el lirio, símbolo de su pureza, o con el Niño Jesús en brazos, recordando una milagrosa aparición mencionada por algunas fuentes literarias. San Antonio contribuyó de modo significativo al desarrollo de la espiritualidad franciscana, con sus extraordinarias dotes de inteligencia, de equilibrio, de celo apostólico y, principalmente, de fervor místico.

Nació en Lisboa, en una familia noble, alrededor de 1195, y fue bautizado con el nombre de Fernando. Entró en los Canónigos que seguían la Regla monástica de san Agustín, primero en el monasterio de San Vicente en Lisboa y, sucesivamente, en el de la Santa Cruz en Coimbra, célebre centro cultural de Portugal. Se dedicó con interés y solicitud al estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, adquiriendo la ciencia teológica que utilizó en la actividad de enseñanza y de predicación.

En Coimbra tuvo lugar el episodio que imprimió un viraje decisivo a su vida: allí, en 1220 se expusieron las reliquias de los primeros cinco misioneros franciscanos, que habían ido a Marruecos, donde habían sufrido el martirio. Su testimonio hizo nacer en el joven Fernando el deseo de imitarlos y de avanzar por el camino de la perfección cristiana: pidió dejar los Canónigos agustinos y hacerse Fraile Menor. Su petición fue acogida y, tomando el nombre de Antonio, también él partió hacia Marruecos, pero la Providencia divina dispuso las cosas de otro modo. A consecuencia de una enfermedad, se vio obligado a regresar a Italia y, en 1221, participó en el famoso "Capítulo de las esteras" en Asís, donde se encontró también con san Francisco. Luego vivió durante algún tiempo totalmente retirado en un convento de Forlí, en el norte de Italia, donde el Señor lo llamó a otra misión. 
Por circunstancias completamente casuales, fue invitado a predicar con ocasión de una ordenación sacerdotal, y demostró que estaba dotado de tanta ciencia y elocuencia, que los superiores lo destinaron a la predicación. Comenzó así, en Italia y en Francia, una actividad apostólica tan intensa y eficaz que indujo a volver a la Iglesia a no pocas personas que se habían alejado de ella. Asimismo, fue uno de los primeros maestros de teología de los Frailes Menores, si no incluso el primero. Comenzó su enseñanza en Bolonia, con la bendición de san Francisco, el cual, reconociendo las virtudes de Antonio, le envió una breve carta que comenzaba con estas palabras: "Me agrada que enseñes teología a los frailes". Antonio sentó las bases de la teología franciscana que, cultivada por otras insignes figuras de pensadores, alcanzaría su culmen con san Buenaventura de Bagnoregio y el beato Duns Scoto.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (I)

 

Sagrado Corazon 18  31b

“¡Si supiera cuán apremiada me siento a amar al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo! Me parece que no se me ha dado la vida más que para esto y, sin embargo, hago todo lo contrario. Él me hace continuos favores, y yo no le pago más que con ingratitudes. Me ha regalado con una visita que me ha sido en extremo favorable por las buenas impresiones que ha dejado en mi corazón.

Me ha confirmado que el placer que encuentra en ser amado, conocido y honrado de las criaturas es tan grande, que, si no me engaño, me ha prometido que todos aquellos que se le dediquen y consagren no perecerán jamás; y que como es el manantial de todas las bendiciones, las derramará en abundancia en todos los lugares en que la imagen de su Divino Corazón esté expuesta y sea honrada; que unirá las familias divididas y protegerá y asistirá a las que tengan alguna necesidad y se dirijan a Él con confianza; que derramará la suave unción de su ardiente caridad sobre todas las comunidades que le honren y se pongan bajo su especial protección; que desviará de ellas todos los golpes de la divina justicia para restituirlas a la gracia, cuando de ella hubieran decaído.

Me ha dado a conocer que su Sagrado Corazón es el Santo de los Santos, el Santo del Amor; que quiere ser conocido ahora, para ser el Medianero entre Dios y los hombres, pues tiene todo poder para ponerlos en paz, apartando los castigos que nuestros pecados han traído sobre nosotros, alcanzándonos misericordia.”

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

 

Santa Rita, una santa sencilla

 

Santa Rita 01  01

Santa Rita de Cascia

El 10 de febrero de 1982, con motivo del sexto centenario de su nacimiento, el Papa Juan Pablo II envió una carta al arzobispo de Spoleto y obispo de Norcia, en la que dice: ¿Por qué Rita es santa? No tanto por la fama de los prodigios que la devoción popular atribuye a la eficacia de su intercesión ante Dios omnipotente, sino por la maravillosa normalidad de su existencia vivida por ella, primero como esposa y madre, y después como viuda y religiosa agustina. 
El año 2000, al celebrar los cien años de su canonización, llevaron los restos mortales de santa Rita los días 19 y 20 de mayo ante el Papa, quien en la plaza de san Pedro ante 70.000 personas, dijo: Me complace hoy, cien años después de su canonización, volver a proponerla como signo de esperanza a las familias. Queridas familias cristianas, imitando su ejemplo, encontrad también vosotras en la adhesión a Cristo, la fuerza para cumplir vuestra misión al servicio de la civilización del amor... A cada uno de vosotros, queridos devotos y peregrinos, santa Rita os entrega su rosa: Al recibirla espiritualmente, comprometeos a vivir como testigos de una esperanza que no defrauda y como mensajeros de la vida que vence a la muerte.

El Papa la propone como signo de esperanza para las familias que están en problemas. Ella supo superar grandes dificultades y soportar grandes sufrimientos, pero Dios la enalteció, poniéndola como modelo y haciendo grandes milagros por su intercesión. El padre Trapè, ex-general de la Orden agustiniana, dice: S. Rita no es una santa que haya escrito libros de alta espiritualidad ni ha fundado obras de caridad a las que quedase ligado su nombre. Y, sin embargo, esta santa del silencio y de la aparente inactividad, que pasó 40 años en el monasterio, esta santa, que humanamente hablando, no tenía nada de atrayente, es amada por el pueblo que la siente cercana y confía en su intercesión.

Ella es la santa del silencio, la que supo compartir con Jesús los sufrimientos de su Pasión, ofreciéndose como víctima por la salvación de los demás, llevando durante 15 años una espina de su corona. Ella supo perdonar a los asesinos de su esposo como Cristo nos enseñó. Ella siempre buscó la paz y la concordia entre todos. Ella nos enseña a confiar siempre en Dios, pase lo que pase, y a saber decir con el Salmista: Aunque pase por un valle de tinieblas, no temeré mal alguno, porque Tú (Señor) estás conmigo (Sal 22). Y ella nos invita a escuchar siempre las palabras de Jesús a Jairo; palabras que Jesús nos dice también a cada uno en los momentos difíciles de la vida: No tengas miedo, solamente confía en Mí. (Mc 5, 36). 
Santa Rita, una santa sencilla, que pasó por los estados de hija, madre, esposa, viuda y religiosa, es un buen ejemplo, especialmente para las mujeres, en cualquiera de esos estados. Pero también lo es para todo cristiano que quiera vivir su vida cristiana en plenitud con una entrega total al servicio de Dios y de los demás. Ella lo dio todo por Dios. ¿Qué eres capaz de dar tú por Él?

Fuente: cfr. P. Ángel Peña OAR, Santa Rita, vida y milagros