Venerables Sergio Bernardini y Domenica Bedonni

Venerables Sergio Bernardini y Domenica Bedonni 01 01

Venerables Sergio Bernardini y Domenica Bedonni y familia

Sergio Bernardini y Domenica Bedonni, pareja humilde de Pavullo, en la provincia norteña de Módena (Italia), se unió en matrimonio el 20 de mayo de 1914. Sergio tuvo un primer matrimonio del que nacieron tres hijos; pero una peste en 1912 causó la muerte de su esposa, sus hijos, su padre y su madre. Al quedarse solo, viajó a Estados Unidos para trabajar en una mina un año. Ya de regreso en Italia, sueña con tener una familia, posiblemente numerosa. 
Por su parte, Domenica Bedonni a los 23 años optó por la vocación a la vida matrimonial y rezaba para tener al menos una hija monja y, por qué no, un hijo sacerdote. Se conocieron y poco después se casaron. El P. Sebastiano, uno de sus hijos, afirmó que una de las cosas que más recuerda de sus padres es la vida de sacrificio, su gran fe y el amor que estos Venerables Siervos de Dios se prodigaban y que se reflejaba en sus miradas.

Domenica y Sergio estuvieron casados 52 años y tuvieron diez hijos: ocho mujeres y dos hombres. Seis hijas eligieron la vida religiosa: cinco como hermanas paulinas y una en la Orden del Buen Pastor. Los dos hijos varones se hicieron sacerdotes, uno de ellos es el Obispo Emérito de Smirne (Italia), Mons. Giuseppe Germano Bernardini. El P. Sebastiano recordó: “Cuando nací, mi padre lanzó un suspiro de alivio. Era el primer hombre después de ocho mujeres” y le habría dado una mano en el trabajo del campo. “Sin embargo, cuando decidí entrar en el seminario, dijo: '*Que sea la voluntad del Señor'. Fue este el secreto de su matrimonio.*

Sergio Bernardini fallece el 12 de octubre de 1966. El 27 de febrero de 1971 lo sigue su esposa. A ambos funerales asistieron una gran cantidad de fieles y sacerdotes que proclamaban la santidad de ambos. Fueron declarados Venerables en mayo de 2015.

Fuente: aciprensa.com

Consejos de un santo Matrimonio

Beato Emperador Carlos y Emperatriz Zita 01 01b

El Beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita de Borbón Parma

Hay una razón por la que la Iglesia eligió la fecha de su boda para ser el día de la fiesta del Beato Carlos. En vez de su fallecimiento, la Iglesia escogió una fecha de su vida que tenía gran significado y preparó el camino hacia su santidad: su aniversario de boda. 
El Beato Carlos, además de ser el último emperador de Austria (y gobernante del Imperio Austrohúngaro) y un líder que trabajó incansablemente por la paz durante la Primera Guerra Mundial, fue también un padre de familia y un leal marido para su esposa Zita. Estuvieron casados 11 años antes de la muerte prematura de Carlos en 1922 y juntos criaron a 8 hijos.

Ser el líder de un imperio en tiempos de guerra sin duda entraña muchas dificultades, pero en medio de la tormenta Carlos nunca olvidó la importancia de su matrimonio. De hecho, su matrimonio con Zita proporcionó a sus hijos y súbditos un modelo digno de admiración e imitación. Aquí reunimos cinco consejos matrimoniales basados en la vida del Beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, para que inspiren y ayuden a las parejas casadas a vivir conforme a sus votos “hasta que la muerte nos separe”.

1) Recuerda que el objetivo principal del matrimonio es llevar a tu cónyuge al paraíso. 
El día antes de su boda real, Carlos dijo a Zita: “Ahora, ayudémonos mutuamente a llegar al paraíso”. Es fácil olvidar que el matrimonio, por encima de todo, es un sacramento. Esto significa que Dios otorga a las parejas casadas gracias especiales por cumplir con su estado en la vida, con el objetivo en el destino último, el cielo. Dios desea nuestra felicidad y podemos alcanzarla reconociendo la función que tenemos en ayudar a nuestro cónyuge a llevar una vida santa. Sin duda, no es algo sencillo, pero con Dios todo es posible.

2) Confía tu matrimonio a Dios y a la Santísima Madre. 
Carlos y Zita sabían que si querían “ayudarse mutuamente a llegar al paraíso”, necesitarían de toda la ayuda que pudieran recibir. Además de casarse por una ceremonia católica, la pareja tenía un grabado especial en el interior de sus anillos de boda. La inscripción, en latín, leía: “Sub tuum praesidium confugimus, sancta Dei Genitrix” (“Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios”). Se trata de una antigua oración que expresaba su deseo de depositar su matrimonio bajo el atento cuidado de la Santísima Virgen María. 
Además, antes de irse de luna de miel, la pareja real hizo una peregrinación al santuario mariano de Mariazell, dedicado a Nuestra Señora Magna Mater Austriae (Gran Madre de Austria). El matrimonio puede ser muy difícil a veces, así que las parejas no deberían temer pedir ayuda a Dios y Su Madre.

3) Después de la boda, ya no existe el 'yo', sino el 'nosotros'. 
A menudo en los matrimonios surge la tentación de vivir vidas separadas, donde tanto la mujer como el marido tienen “sus trabajos” particulares, se toman las decisiones de forma separada y los cónyuges no se “inmiscuyen” en los asuntos del otro. Carlos y Zita, por el contrario, se consideraban más como un equipo. Zita estaba muy interesada en la ocupación de su marido y no temía expresar sus ideas. Acompañaba con frecuencia a Carlos en sus viajes políticos, además de desempeñar un papel activo en las preocupaciones sociales del imperio. 
Además de trabajar juntos como una pareja real, Carlos y Zita educaban activamente a sus hijos en las verdades de la fe. No era simplemente una “tarea de Zita” el enseñar a los hijos a rezar, sino que Carlos también imbuía en sus hijos el amor a Dios y les enseñaba personalmente sus oraciones. Se tomaban en serio la idea bíblica de “ser una misma carne”en todos los ámbitos.

4) Aviva continuamente la llama del amor. 
Ser un emperador durante la Primera Guerra Mundial suponía que Carlos tenía que viajar y tomar decisiones militares de vital importancia. Era algo doloroso para Carlos, ya que le obligaba a mantenerse alejado de su esposa y su familia. Carlos decidió instalar una línea telefónica desde sus cuarteles militares hasta el palacio imperial con el propósito de poder llamar a Zita varias veces al día. Llamaba al palacio simplemente para charlar con Zita y para ver qué tal les iba a los niños. Carlos entendía que incluso con sus muchas responsabilidades, su matrimonio y su familia merecían la más alta de las prioridades. Sabía que un matrimonio fracasaría si no se le nutría con oportunidades para mantener viva la llama del amor.

5) Ama al otro con un amor eterno que supere cualquier prueba. 
Las parejas recién casadas a menudo se sorprenden por lo rápido que se gasta el entusiasmo inicial del amor y se encuentran que no “sienten” el mismo amor hacia su pareja. Esta carencia de un “sentimiento” puede desalentar a la pareja, en especial en mitad de un mal trago. Carlos y Zita, sin embargo, no dejaron de amarse incluso cuando surgían dificultades. Después de afrontar la humillación de ser exiliado de su propio país, Carlos y Zita se mantuvieron más unidos que nunca. Poco después tuvieron que encarar una prueba mucho más grande para su amor, cuando Carlos contrajo una neumonía que lo llevó rápidamente a su lecho de muerte. 
Las últimas palabras de Carlos a su esposa fueron: “Mi amor hacia ti es interminable”. Zita, durante los siguientes 67 años, vistió de negro en señal de duelo. Nunca dejó de amarle hasta su propia muerte, cuando se reunió con él en el paraíso. Su amor era más que un “sentimiento”, era una elección activa de amarse mutuamente “hasta que la muerte nos separe” y más allá.

Fuente: es. aleteia.org

Lo que Dios ha unido

Beltrame Quattrocchi - Corsini 01 01

Luis Beltrame Quattrocchi y María Corsini

Luis Beltrame nació en Catania el 12 de enero de 1880 y María Corsini nació en Florencia el 24 de junio en 1881. Se conocieron en Roma cuando eran adolescentes y se casaron en la Basílica Santa María la Mayor el 25 de noviembre de 1905. 
Ambos crecieron en familias católicas y desde pequeños practicaron fervientemente su fe, asistiendo todos los domingos a la Santa Misa y participando de los sacramentos. Criaron también a sus hijos en los principios y valores de la fe católica.

En 1913, pasaron una dura prueba: en el cuarto embarazo se le presentó una grave patología que en aquella época obligaba a optar por la vida de la madre con el aborto o por la del hijo si se proseguía el embarazo, dado el altísimo riesgo personal para la madre. De común acuerdo, los esposos decidieron continuar el embarazo y a los ocho meses, tras una operación delicadísima, María dio a luz a su hija menor, Enrichetta, que fue bautizada en seguida. Madre e hija sobrevivieron milagrosamente y la prueba fortaleció aún más la fe de la familia. 
Sus compromisos espirituales más importantes eran la Misa diaria (a menudo en la Basílica de Santa María la Mayor), la Comunión eucarística, la Confesión semanal, la devoción al Sagrado Corazón y a la Virgen, con el rezo diario del rosario en familia.

María había dado a luz otros tres niños; los dos varones fueron sacerdotes: Filippo, quien tomó el nombre de Tarcisio y fue Monseñor de la diócesis de Roma, y Cesare, que fue monje trapense (conocido como P. Paolino), fallecido en 2008 a los 99 años. 
La mayor de las hijas, Stefania, ingresó a la congregación de las benedictinas, conocida como la Madre Cecilia, quien falleció en 1993. Enrichetta, la que sobrevivió al difícil embarazo, constituyó un hogar santo. Fue la única laica de los hermanos y la última en fallecer, el 17 de junio de 2012, a la edad de 98 años.

La familia Beltrame Quattrochi fue conocida por su participación en muchas organizaciones católicas. Luis fue un respetado abogado, quien ocupó un cargo importante dentro de la política italiana. María trabajó como voluntaria asistiendo a los etíopes en dicho país durante la segunda guerra mundial. El encuentro de María en 1916, ya viuda, con el padre Mateo Crawley, el apóstol mundial del Sagrado Corazón de Jesús como lo llamó Pio XI, dio nuevo impulso a su apostolado: le ayudó a divulgar la devoción al Sagrado Corazón, luego se adhirió, por indicación del padre Garrigou-Lagrange, op, su director espiritual, al movimiento «Frente de la Familia», del que fue vicepresidente del comité romano, prodigándose en la defensa de la integridad de la familia.

Luis murió en 1951, y María, su fiel esposa, en 1965. El amor, más fuerte que la muerte, los unió para siempre en la gloria. 
En un gesto sin precedentes en la historia de la Iglesia, el 21 de octubre de 2001, Juan Pablo II beatificó conjuntamente a este matrimonio. 
Los tres hermanos que aún vivían estuvieron presentes en la beatificación de sus padres.

Fuente: cf. corazones.org

El siervo de Dios Jerome Lejeune y su defensa de la vida

Jerome Lejeune 01 01

El siervo de Dios Jerôme Lejeune

Corría el 26 de junio de 1926 en el pueblo Montrouge de Francia, cuando nació el siervo de Dios Jerome Lejeune. Es llamado el padre de la genética moderna, por el asombroso descubrimiento que hizo sobre el Síndrome de Down. Había asistido a un congreso científico, donde Albert Levan había expuesto el número de cromosomas que tenía el ser humano. Reflexionando sobre el tema, Lejeune hizo una biopsia a uno de sus pacientes con síndrome de Down usando un equipo prestado y descubrió que en el cromosoma 21 estas personas presentan tres en lugar de dos cromosomas, lo que se llama trisomía. En 1962 fue designado como experto en genética humana en la Organización Mundial de la Salud (OMS) y en 1964 fue nombrado Director del Centro nacional de Investigaciones Científicas de Francia y en el mismo año se crea para él en la Facultad de Medicina de la Sorbona la primera cátedra de Genética fundamental. Se transformó así en candidato número uno al Premio Nobel.

Aunque sus aportaciones como científico fueron enormes, lo que más llama la atención es su calidad como ser humano. Es de todos conocido, que Jerome Lejeune estaba postulado para ser Premio Nobel, pero tenía que abandonar su línea pro vida y anti aborto… Esto significaba que no debía oponerse al proyecto de ley de aborto eugenésico de Francia. A pesar de esto se opuso y fue más allá pues llevó la causa pro vida a las Naciones Unidas. Se refirió a la Organización Mundial de la Salud diciendo: “he aquí una institución para la salud que se ha transformado en una institución para la muerte”. Esa misma tarde escribe a su mujer y a su hija diciendo: “Hoy me he jugado mi Premio Nobel”. Y así fue, cayó en desgracia ante el mundo y la comunidad científica y el premio no le fue concebido. Fue acusado de querer imponer su fe católica en el ámbito de la ciencia. Le cortaron los fondos para sus investigaciones. De repente se convirtió en un “rechazado”. 
El fundamento de la defensa que dio sobre la vida es que desde la fecundación, con apenas 1.5 mm de tamaño, ya existe un ser humano. “Cada uno de nosotros tiene un momento preciso en que comenzamos. Es el momento en que toda la necesaria y suficiente información genética es recogida dentro de una célula, el huevo fertilizado, y este momento es el momento de la fertilización. Sabemos que esta información está escrita en un tipo de cinta a la que llamamos ADN... La vida está escrita en un lenguaje fantásticamente miniaturizado.” Por ello, también se opuso férreamente al término que muchos pro abortistas comenzaron a utilizar: pre embrión.

Horas antes de que Juan Pablo II sufriera el atentado que casi lo mata en la plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981, se había reunido Jerome con él para discutir asuntos de genética y ética. 
Como parte de su legado, creó una fundación para tratar el Síndrome de Down y otras alteraciones genéticas mentales que ha atendido a miles de personas, dándoles tratamiento físico y psicológico, orientándolos para tener una calidad de vida mayor y para que aprovechen las capacidades que SI tienen. Por otro lado, su función de investigación para avanzar en temas de alteraciones genéticas es reconocida a nivel internacional. Así que por un lado el tratar y convivir con pacientes y por otro investigar sobre las enfermedades que sufren resulta ser de gran utilidad. Su reto es que algún día pueda ser curable la trisomía o Síndrome de Down. 
“Encontraremos una solución, es imposible no encontrar una. El esfuerzo intelectual necesario es mucho menor que el requerido para llevar al hombre a la luna”.

Juan Pablo II reconoció la excelencia del Dr. Lejeune nombrándolo Presidente de la Pontificia Academia para la Vida, el 26 de febrero de 1994, pero murió el 3 de abril del mismo año, un Domingo de Pascua. Con motivo de su muerte, Juan Pablo II escribió al Cardenal Lustinger de París diciendo: “En su condición de científico y biólogo era una apasionado de la vida. Llegó a ser el más grande defensor de la vida, especialmente de la vida de los por nacer, tan amenazada en la sociedad contemporánea, de modo que se puede pensar en que es una amenaza programada. Lejeune asumió plenamente la particular responsabilidad del científico, dispuesto a ser signo de contradicción, sin hacer caso a las presiones de la sociedad permisiva y al ostracismo del que era víctima”.

Fuente: es.catholic.net

El niño que lo dejaron vivir y agradeció con su vida

Jose Ottone 01 01b

Siervo de Dios José Ottone

El siervo de Dios José Ottone nació el 8 de marzo de 1928 en Benevento, Italia. De padre desconocido, sólo se sabe que su madre quedó embarazada después de una violencia sexual. Iba a ser abortado pero una amiga hizo desistir a la mujer de esta decisión y en noviembre fue adoptado por Domenico Ottone y María Capria. 
Gracias a su madre adoptiva, "Pepito" como lo llamaban, creció en la fe y en tantas otras virtudes. Sincero, disciplinado, siempre alegre, antes de entrar en la escuela pasaba por la Iglesia para una breve visita a Jesús en el altar, era el primero en la clase. 
La madre era muy buena, pía y paciente, al contrario del padre, al que le gustaba beber y tenía el carácter muy fuerte, colérico. José era un ángel de paz en la familia, ayudaba a la madre a soportar la violencia del padre que se emborrachaba continuamente. 
Era también muy misericordioso; a escondidas ayudaba a los pobres con las moneditas que conseguía ahorrar y muchas veces donaba la merienda que le daban para la escuela.Cada mañana un anciano esperaba el almuerzo que él le traía y de vez en cuando invitaba a un amiguito menos afortunado a comer a casa.

Con gran fervor recibió la primera comunión a los 7 años. Muchas veces se iba en bicicleta hasta Pompeya a rezarle a la Virgen del Rosario a la cual tenía una gran devoción. Como a los chicos de su edad, le gustaba leer, se inventaba aventuras con sus amigos y soñaba ser militar de la marina cuando fuera mayor. 
Pero llegaron tiempos más duros, era la época de la primera guerra mundial y a su madre muy enferma la tuvieron que hospitalizar para realizarle dos operaciones muy delicadas, y más para aquellos tiempos. Pepito ante tal motivo y por el gran amor que tenía por su madre adoptiva se puso muy mal y angustiado. Temiendo por la vida de ella, pensó en ofrecerse al Señor a cambio de su madre.

El día que iba a ser operada su madre, el niño encontró en la calle una estampita de la Virgen de Pompeya, la recogió y besándola dijo: "Virgen mía, si mamá debe morir, por favor llévame a mí en vez de a ella". Fueron sus últimas palabras, en ese mismo momento empalideció y cayó a tierra sin conocimiento. 
Lo llevaron de urgencia al hospital donde estaba su madre que milagrosamente no necesitó ser sometida a la operación. Al saberlo no se corrió de al lado de su hijo, que murió al día siguiente, 4 de febrero de 1941. María vivió hasta los 88 años de edad. 
Jesús aceptó el sacrificio del pequeño Pepito llevando su alma noble al cielo eterno. Inmediatamente la reputación de santidad del pequeño José se extendió por toda la ciudad, todos los que lo conocían lo consideraban santo. 
El 6 de abril de 1962 se abrió el proceso de Canonización y el 25 de octubre de 1964 los restos de José fueron trasladados a la Iglesia del Espíritu Santo de Torre Annunziata.

Fuente: cf. es.aleteia.org

Santidad Argentina (XXXIV)

Cecilia Perrin de Buide 01 01

Cecilia Perrin de Buide

EL DOLOR… CAMINO HACIA DIOS. (I)

Introducción: Es tiempo de hablar de Cecilia Perrin. 
Estimado lector retomamos las publicaciones de los argentinos que nos precedieron en el camino hacia el Cielo y que en la actualidad se encuentran en proceso de Beatificación. 
Hoy comenzamos a meditar y reflexionar sobre la vida de la Sierva de Dios Cecilia Perrin de Buide, laica, esposa y madre de una niña. Como podrás ver a grandes rasgos, aparentemente no tiene nada de extraordinario su vida; más bien se podría decir que se desenvuelve en lo cotidiano de un modo rutinario: casa, esposo, trabajo, etc.; cada día igual al otro. Pero en lo interior se esconde un secreto, un secreto que hace que todo sea distinto y que cada día y cada actividad sea única y nueva: todo siempre lo hizo con un grande amor hacia Dios, especialmente asumiendo cada pequeña o gran contrariedad o dolor como una oportunidad única de demostrar su amor a Jesús Crucificado y Abandonado, siendo éste el secreto de su santidad. Ella, en lo simple y escondido, como puede ser escribir una carta, todo lo hacía acto de amor concreto por Dios manifestado en los que la rodeaban, esto aun en momentos de dolor agudo por la enfermedad que causó el deterioro de su cuerpo, pero no de su espíritu.

Pero hay un aspecto de su vida que nos conviene meditar y considerar en estos momentos de la historia de nuestra Patria, ya que en la actualidad se debate en todos los ámbitos de la sociedad sobre el aborto con la posibilidad de su legalización. Es por esto que ponemos al alcance de todos la vida de esta Sierva de Dios, ya que Dios, en los designios de su Amor Misericordioso, ha permitido que Cecilia sea protagonista de una historia que cuestiona cualquier argumento a favor del aborto; ella tuvo que optar entre su vida -le diagnosticaron cáncer de lengua- y la del bebé que llevaba en su seno, y, como ocurre siempre en la vida de los santos, el Amor y la Vida triunfan sobre la muerte ya que Ceci, como la llamaban sus amigos, optó radicalmente por salvar la vida de su hija.

En la próxima entrega comenzaremos a profundizar su extraordinaria y a la vez simple vida. Para despedirnos vamos a transcribir unos fragmentos de una carta que dirige a uno de sus amigos: "… ¡qué caminos tan extraños que utiliza Jesús! Por eso, como vos decís, tratemos de estar siempre en Su Voluntad, ya que si no, no vivimos lo que nos toca y nos perdemos tantas cosas… ¿Sabes? yo le pido a Jesús que me regale la vida para poder vivirla de esta manera, para experimentar la aventura que Él nos presenta cada día, y para vivir dándole gloria." 
Hasta la próxima.

Cuando una madre ama...

Maria Cristina Cella Mocellin 01 01

Sierva de Dios María Cristina Cella Mocellin

La sierva de Dios María Cristina Cella Mocellin era una joven católica, piadosa y simple, de Cinisello (Milán, Italia). Se casó el 2 de febrero de 1991 con Carlo, de Carpané, un pueblito a los pies del Grappa, y allí dio a luz a sus 3 hijos. 
Ricardo, el menor, tenía sólo dos meses de concebido cuando su madre descubrió que estaba enferma de cáncer. Era el año 1994. Cristina y Carlo Mocellin, eran unos padres felices. Tenían otros dos hijos, Lucía y Francisco. Podían decidir el uso de medicinas para curar a la madre, pero a riesgo de que Ricardo muriese. Cristina tomó una decisión valiente, difícil, heroica. En vez de someterse al tratamiento médico, decidió esperar: primero está la vida de Ricardo, y luego su vida. Su bebé nació a los pocos meses, mientras el cáncer avanzaba con velocidad en el cuerpo de su madre. De nada sirven las dolorosas sesiones de quimioterapia. Un año después, el 22 de octubre de 1995, la muerte había triunfado sobre Cristina. Tenía sólo 26 años de edad. Cristina mostró lo que significa amar hasta dar la vida. Además, quiso dejar a Ricardo una carta, escrita un mes antes de morir.

Vale la pena releer este escrito de una madre que, de verdad, "da la vida". Nos ayuda a contrastar la mentalidad de quienes defienden, quizá olvidando que también ellos estuvieron en un seno materno, el mal llamado "derecho" al aborto... Nos ayuda, sobre todo, a comprender que la vida sólo vale la pena cuando la vivimos para amar sin límites, hasta la muerte, a nuestro prójimo. Aquí sus palabras:

"Querido Ricardo, tienes que saber que no estás aquí por casualidad. El Señor ha querido que tú nacieras a pesar de todos los problemas que había... cuando supimos que existías, te amamos y quisimos con todas nuestras fuerzas... Recuerdo el día en el que el doctor me dijo que volvían a diagnosticarme tumor en la ingle. Mi reacción fue la de repetir varias veces: "¡Estoy embarazada! ¡Estoy embarazada! Señor doctor, ¡estoy embarazada!". Para afrontar el miedo de ese momento recibimos una gigantesca fuerza de voluntad para tenerte. Me opuse con todas mis fuerzas a renunciar a ti, tanto que el médico comprendió todo y no añadió nada más. 
Ricardo, eres un regalo para nosotros. Aquella tarde, en el coche, de regreso del hospital, cuando te moviste por vez primera, parecía que me decías: "¡Gracias, mamá, por amarme!" ¿Y cómo podríamos no amarte? Tú eres una joya, y cuando te miro y te veo tan guapo, despierto, simpático… 
Pienso que no existe ningún sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarnos de alegría: tenemos tres niños maravillosos que, si Él así lo querrá, con su gracia, podrán crecer como Él desee. Sólo puedo dar gracias a Dios porque ha querido hacernos este regalo tan grande, nuestros hijos. Sólo Él sabe lo mucho que querríamos tener más hijos, pero por ahora es imposible."

El 22 de Octubre de 1995, día de su muerte, repetía: "Hacer tu Voluntad Señor, es mi paz". Y pronunciaba hasta una hora antes de morir los nombres de sus niños con una oración. Su causa de beatificación ha sido instruida por la diócesis de Padua en cuyo territorio se encuentran las parroquias de Carpané y Valstagna donde ha vivido y vive todavía la familia Mocellin, difundiendo el luminoso ejemplo de la Sierva de Dios.

Fuente: cf. catholic-church.org

Una nueva intercesora a favor de la vida

Chiara Corbella Petrillo 01 01

Sierva de Dios Chiara Corbella Petrillo

La Sierva de Dios Chiara Corbella Petrillo, nacida en Roma el 9 de enero de 1984, se educó en el seno de una familia profundamente cristiana y en seguida manifestó una gran sensibilidad y una especial docilidad al Espíritu Santo. Desde pequeña también abrigó una particular relación con la Virgen María. Siempre estuvo vinculada a su parroquia y en una peregrinación conoció a Enrico Petrillo. Se casaron en septiembre de 2008. Pronto supieron que estaba embarazada de una niña, María. El embarazo se complicó y el médico les dijo que su pequeña vendría al mundo con problemas de salud. Le diagnosticaron una anencefalia pero ellos lo aceptaron sin reservas y pudieron gozar de su presencia unos 30 minutos pudiéndola bautizar antes de morir. "El momento en el que la he visto ha sido un momento que no olvidaré jamás. En ese momento he entendido que estábamos unidas en la vida aunque no pensaba en el hecho de que ella estaría poco con nosotros. Ella estaba unida a mí por la vida, porque era mi hija", dijo Chiara tras dar a luz a María. "Aquella media hora no me pareció poco. Fue una media hora inolvidable. Si hubiese abortado, pienso que no podría recordar el día del aborto como una fiesta, un momento en el cual me hubiera liberado de alguna cosa. Pienso que habría sido algo que se quiere olvidar, un gran sufrimiento. El día del nacimiento de María, en cambio, podré recordarlo siempre como uno de los momentos más bellos de mi vida", explicó Chiara.

Después de un tiempo Chiara quedó de nuevo embarazada y a los pocos meses los médicos le dijeron que el niño, David, nacería con gravísimas malformaciones. El niño vendría sin piernas. Sin miedo, una vez más, decidieron continuar adelante. Hacia el séptimo mes, les dijeron que no podría vivir. Y de nuevo los dos, con una gran mirada de fe, decidieron acompañar al pequeño David desde su nacimiento hasta su muerte. Fue bautizado antes de que se apagase su pequeño corazón a los pocos minutos de nacer. 
En 2010 quedó embarazada por tercera vez. En esta ocasión era Francesco. Las ecografías mostraban que era un bebé sano. Pero al quinto mes de embarazo, la cruz les visitaba de nuevo. A Chiara le diagnosticaron un cáncer de lengua. Sabían que eran necesarias las sesiones de quimioterapia y radioterapia para salvar la vida de Chiara, pero los dos deciden seguir adelante con el embarazo. Querían defender la vida de su hijo. Retrasó su tratamiento hasta que naciese el niño para que las radiaciones no afectasen al embarazo. "No quiero morir por Francesco, quiero dar mi vida a Francesco", dijo Chiara.

Todas estas pruebas no perturbaban a ninguno de los dos, que iban aceptando la voluntad de Dios. El pequeño vino al mundo el 30 de mayo de 2011. Doce meses después, Chiara le escribió una carta por su primer cumpleaños. En ella le decía: "Voy al Cielo para ocuparme de María y David, tú quédate aquí con papá. Yo desde allí rezaré por vosotros. Eres especial y tienes una gran misión. El Señor te ha elegido y yo te mostraré el camino a seguir si abres tu corazón. Confía en mí, vale la pena. Mamá." 
Chiara inició sus sesiones contra el cáncer con cuatro meses de retraso. Eso la debilitó mucho e hizo que perdiese la vista de su ojo derecho. Pero siempre tuvo presente que lo había hecho por amor y eso le daba felicidad en medio del dolor físico. Una felicidad que siempre mostraba con una gran sonrisa y con un brillo especial en su mirada. 
Chiara, acabó la batalla contra el dragón, como ella misma llamaba al tumor, en referencia a la lectura del Apocalipsis, el 13 de junio de 2012 a los 28 años de edad. Su último mensaje de móvil se lo envió al sacerdote de su parroquia. En él le decía: "Estamos con las lámparas encendidas, esperamos al Esposo".

Chiara aseguró en una ocasión que "el Señor pone la verdad en cada uno de nosotros; y no existe la posibilidad de malinterpretarla". Enrico explicó que su mujer se refería "al hecho de que el mundo de hoy te propone elecciones equivocadas con el aborto, ante el niño enfermo, ante el anciano terminal", pero "el Señor responde con historias como la nuestra". "Somos nosotros quienes queremos filosofar sobre la vida, sobre quien la ha creado, y, al final, nos confundimos al querer convertirnos un poco en dueños de la vida, buscando escapar de la cruz que el Señor nos dona", dijo. 
"La verdad es que esta Cruz, -si la vives con Cristo-, deja de ser tan fea como aparenta. Si te fías de él, descubres que en este fuego, en esta Cruz no ardes, y que en el dolor está la paz y en la muerte está la alegría". "Reflexionaba mucho, sobre todo este año, en la frase del Evangelio que dice que el Señor nos da una Cruz dulce y una carga ligera. Cuando miraba a Chiara, que estaba a punto de morir, obviamente me inquietaba. Entonces tomé coraje y pocas horas antes -eran sobre las ocho de la mañana, Chiara murió a medio día-, se lo pregunté. Le dije: 'Pero Chiara, amor mío, ¿esta Cruz es realmente dulce, como dice el Señor?'. Ella me miró, me sonrió, y con un hilo de voz me dijo: 'Sí, Enrico, es muy dulce'. De este modo, toda la familia no hemos visto morir a Chiara serena, sino que la hemos visto morir feliz, que es totalmente distinto".

En la homilía del funeral de Chiara, el entonces vicario de la diócesis de Roma, el cardenal Agostino Vallini, se refirió a ella como "una nueva Gianna Beretta Molla". En 2017 se abrió oficialmente su proceso de Beatificación.

Fuente: cf. hogardelamadre.org

Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (II)

 

Bandera argentina 03 04

Bendición de la bandera de Belgrano por el canónigo Juan Ignacio Gorriti

Nuestra Bandera y la Virgen Inmaculada 
Y también decíamos que el símbolo, si bien pudo ser de otra manera, sin embargo, los hombres que decidieron elegir éste símbolo, no lo hicieron por casualidad. Y aquí hay algo que mira a las raíces más profundas de nuestra Patria y de nuestra Fe cristiana. Muchas veces se dice -y lo hemos dicho desde aquí en estas Misas por la Patria- que los colores de nuestra Bandera son los colores del manto de la Virgen. Pero algunos pueden creer que eso es una comparación poética, ¿no es cierto? Lo mismo que lo puede decir una maestra en un colegio: los colores de la Bandera, son los colores del cielo, las nubes blancas, el cielo azul, la nieve de las montañas. Es una hermosa comparación, pero es una comparación poética. 
Cuando decimos que los colores de la Bandera son los colores del manto de la Virgen, no estamos haciendo solamente una comparación poética, porque los colores de la Bandera argentina son los del manto de la Virgen, no por casualidad sino porque ésa fue la voluntad expresa del creador de la Bandera y así nos lo enseña la historia.

Cuando el Rey Carlos III consagra en 1761 España y las Indias a la Inmaculada y proclama a la Virgen como principal Patrona de sus reinos, creó la orden real que se va a llamar «Orden de Carlos III», cuyos Caballeros recibían como condecoración el medallón con la imagen azul y blanca de la Inmaculada -la cual pendía del cuello de una cinta-, y el artículo 4° de los Estatutos de la Orden describe esta cinta: las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales color azul celeste, los colores de la Inmaculada, a la cual el Rey ha consagrado España y las Indias.

Esta cinta la usaron los voluntarios que acompañaron a Pueyrredón en 1806 en la lucha contra los invasores ingleses y la llevaban anudada al cuello, como el pañuelo del criollo. Y habían elegido para esa cinta la medida de 38 centímetros que era el alto de la imagen de la Virgen de Luján. Y también, los mismos Húsares de Pueyrredón, van a usar esta cinta en 1807 en la defensa de Buenos Aires contra los invasores ingleses. Pueyrredón y Azcuénaga usaban la cinta porque eran Caballeros de la Orden de Carlos III. Belgrano la usaba porque él era Congregante Mariano en las Universidades de Salamanca y de Valladolid. Y al recibirse de abogado, Belgrano juró defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas. 
Cuando en el año 1794 Belgrano es nombrado Secretario del Consulado, lo puso bajo la protección de Dios y eligió como Patrona a la Inmaculada Virgen María y colocó los colores azul y blanco en el escudo del Consulado que estaba en el frente del edificio.

Cuando emprende la marcha con sus tropas hacia el Paraguay para luchar por nuestra independencia, asiste a Misa con todo su ejército en Luján y pone al ejército bajo la protección de la Virgen. No es por tanto por casualidad que Belgrano elige el color azul y blanco para dárselo a nuestra Bandera. 
Y de esto tenemos testimonios bien expresos. José Lino Gamboa, que era miembro del Cabildo de Luján junto con un hermano de Belgrano, y que estaba allí cuando Belgrano pasa con sus tropas, escribe: «Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la Bandera de la Patria había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María de quien era ardiente devoto, por haberse amparado en su Santuario de Luján».

Y el otro testimonio, que es el del Sargento Mayor Carlos Belgrano, hermano de Manuel Belgrano, desde 1812 Comandante Militar de Luján y Presidente del Cabildo de Luján. Y dice Carlos Belgrano: «Mi hermano tomó los colores de la Bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto». 
Por eso mismo, el Coronel Domingo French pudo decir en su proclama a las tropas, que la iza en Luján el 25 de septiembre de 1812: «Soldados, somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen; jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. Al que faltare su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se lo demanden».

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera

Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (I)

 

Izamiento en Moody Brook 01 01

Izamiento en Moody Brook

Hoy es el día de la Bandera y la Bandera es el símbolo de esa realidad que amamos y por la cual rogamos, que es la Patria. El símbolo es aquello que representa algo. Es algo que puede ser constituido por los hombres, pero sin embargo es una cosa muy seria. Nos basta pensar solamente que la cruz es el símbolo de nuestra Fe cristiana y católica, y nos hace referencia a la tragedia del pecado y al amor inmenso de Cristo que muere en la cruz para salvarnos. 
La cruz antes de Cristo era un símbolo de ignominia, era la peor condena que se podía dar a los delincuentes, pero cuando Cristo muere en la cruz cargando sobre sus espaldas nuestros pecados -Cristo muriendo en la cruz nos salva- la cruz se transforma en el símbolo de la salvación. Y cuando nosotros miramos una Cruz, a través de ella adoramos a Dios y nosotros hacemos sobre nosotros mismos la Señal de la Santa Cruz. La Cruz es un símbolo y es una cosa seria, es una cosa sagrada, representa a Cristo, la Fe de Cristo, nuestra condición de cristianos. La señal del cristiano es la Santa Cruz, aprendíamos en el Catecismo.

Y así como la Cruz es símbolo de la Fe de la Iglesia de Cristo, la Bandera es un símbolo de esa realidad humana que Dios quiso para nosotros que es la Patria. Es un símbolo, y un símbolo que está por encima de cualquier otro símbolo. Muchas veces hemos afirmado aquí que la Patria está por encima de las divisiones de clases y de las divisiones de partidos y de cualquier otra división. Porque el Bien Común de la Patria está por encima, tiene que estar por encima de todos los intereses particulares. 
Puede haber símbolos que enfrentan a los hombres, que los distinguen, que los dividen. Los hombres se dividen a veces por banderías políticas y tienen un símbolo que los distingue; a veces hasta en el deporte, los colores, el escudo, el distintivo, es un símbolo que está representando a ese club. Pero por encima de los distintos colores de boinas o de distintivos políticos, por encima de las diversas camisetas de los clubes, por encima de todos aquellos símbolos de realidades menores, está la Bandera que es el único símbolo que une a todos los argentinos en una empresa común, en la cual Dios nos quiere. Y esa empresa común es la Patria.

Decíamos que el símbolo es algo que hacen los hombres. Pero los hombres para hacerlo tienen algún motivo, y... ese símbolo que ha sido elegido pudo a lo mejor ser de otro color, de otra forma, pero ese símbolo que ha sido elegido se une a la historia de una Patria. Y van pasando los siglos, los años, va pasando el tiempo y ya no se puede decir de ese símbolo: “se puede cambiar”, “es sólo un pedazo de trapo”, “es algo que podría ser distinto”. No. ¿Por qué? Porque cuando ese símbolo ha pasado a ser el distintivo de una Nación y de una historia, ese símbolo de alguna manera va siendo consagrado por los hombres. Por los hombres en el cual mirándolo se reconocen, por los hombres que han derramado su sangre para defender ese símbolo sabiendo que defendían a la Patria, por los hombres que han prestado por generaciones y generaciones el juramento, por los que han sentido un día en su corazón la emoción al ver la Bandera que se iza en la mañana en el patio de la escuela, o en el mástil del cuartel. El símbolo que une a los argentinos por encima de cualquier otra cosa, el símbolo que, como decíamos, dependiendo de quienes han derramado su sangre, ya no es algo accidental, ya es algo importante, es algo que va unido de manera profunda a la historia de una Patria.

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera