La anunciación del Señor

Anunciacion 08 12

La solemnidad de la anunciación del Señor se celebra el 25 de marzo. Por haber caído este año el Domingo de Ramos ese día, se traslada al día de hoy. 
A tu lado, ¡oh María! quiero aprender a decir en todo momento tu Ecce ancilla Domini: he aquí la esclava del Señor. 
A través de la sugestiva narración de San Lucas (1, 26-38), procuremos intuir las disposiciones espirituales de María en el momento de la Anunciación. 
El ángel, enviado por Dios, encuentra a la Virgen retirada en soledad y, entrando a Ella, le dice: «Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre las mujeres». Al oír tales palabras, María -dice el sagrado texto- «se turbó»; no hay que interpretar esta expresión en el sentido de esa turbación propia y verdadera, por causa de la cual se llega a perder la serenidad de la mente, sino en el significado de una profunda admiración por el inesperado saludo, una admiración tan grande que se traduce en una cierta especie de temor. Esa fue la primera reacción de María ante el mensaje del ángel, reacción provocada por su humildad profundísima, para la cual aquella alabanza extraordinaria tenía mucho de extraño.

Mientras tanto el ángel le comunica el gran mensaje: Dios quiere que Ella sea Madre del Redentor. María, movida en todo por la acción continua del Espíritu Santo, por inspiración precisamente del mismo Espíritu, había hecho voto de virginidad, y por eso estaba convencida de que la voluntad de Dios era que permaneciese siempre virgen. Ahora es Dios quien le comunica que es la elegida para ser Madre de su Hijo, y Ella, humilde esclava, está dispuesta a aceptar los designios de Dios; sin embargo, no comprende cómo podrá ser al mismo tiempo madre y virgen; por eso pregunta al ángel: «¿Cómo podrá ser esto?» El ángel le contestó y dijo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra». Su maternidad será obra directa del Espíritu Santo y se respetará su virginidad.

La voluntad de Dios se le ha manifestado claramente, y María, que en todo momento de su vida ha sido siempre y solamente movida por la voluntad divina, la abraza inmediatamente con la más sincera decisión y el más intenso y puro amor: «He aquí a la sierva del Señor; hágase en mi según tu palabra». La aceptación completa está acompañada de una entrega absoluta: María acepta ofreciéndose y se ofrece entregándose. Se ofrece como sierva; más, como esclava, si traducimos la palabra en toda la fuerza del texto griego; se da abandonándose, como cautiva, a la voluntad divina, aceptando desde ahora todo lo que quiere de Ella. Aceptación pasiva y activa al mismo tiempo, por la que María quiere todo lo que quiere Dios, queriendo todo lo que Él hace y haciendo todo lo que Él quiere, María se presenta así a nuestros ojos como modelo del alma totalmente unida, plenamente entregada a la voluntad de Dios.

"Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. No solamente está contigo el Dios Hijo, a quien das tu sangre, sino también el Dios Espíritu Santo, en cuya virtud Tú concibes, y Dios Padre, que desde la eternidad engendró a quien Tú concibes. Está contigo el Padre, que hace tuyo a su Hijo; está contigo el Hijo, que queriendo realizar un prodigioso misterio, se esconde en tu seno materno, sin violar tu integridad virginal; está contigo el Espíritu Santo, que juntamente con el Padre y con el Hijo te santifica. Dios está verdaderamente contigo" (San Bernardo). 
"¡Oh María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, vaso de humildad! Tú agradaste tanto al Padre Eterno, que Él te arrebató y te atrajo hacia sí amándote con un amor singular. Con la luz y el fuego de tu caridad y con el aceite de tu humildad hiciste que la Divinidad viniese a ti" (Santa Catalina de Siena).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe

Alegoria de la fe 01 01

Alegoría de la fe

¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios? Hay hombres que sólo se dejan conducir y arrastrar por los sentidos, y hay hombres que en todo se rigen solamente por su propia razón. Ni unos ni otros podrán conocer nunca la excelsitud e interna riqueza de la vida cristiana. Sólo lo saben aquellos que creen con viva fe en Jesús, en el Hijo de Dios.

Gracias a esta fe, estos tales no tienen otras ambiciones que las de Jesús. No conocen más ideal ni más altas aspiraciones que las de marchar tras las huellas de Jesús y las de seguir al que es la verdad, el camino y la vida, y en el cual “están encerrados todos los tesoros de ciencia y sabiduría” (Col 2, 3). Aman lo que ama Jesús, eligen lo que elige Jesús: la pobreza voluntaria, los dolores, la cruz, el ser nada delante del mundo, las privaciones. Jesús es para ellos el Hijo de Dios, la verdad infalible, la sabiduría del Padre, su todo. Este es el fruto de la profunda y viva fe en Jesús, el Hijo de Dios.

Cuanto más honda y viva sea esa fe, tanto más perfectamente se elevará el alma por encima del mundo y de todo lo transitorio. “El justo vive de la fe” (Rom 1, 17). “Mi vida presente es una vida de fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20).

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 298s

Quédate con nosotros, Señor

Emaus 02 02

Aparición a los discípulos de Emaús

¡Oh Jesús, dulce peregrino! No me dejes, tengo necesidad de ti. 
Dios nos ha hecho para sí y no podemos vivir sin Él; tenemos necesidad, tenemos hambre y sed de Él; Dios es el único que puede llenar nuestro corazón. La liturgia de estos días traspira continuamente esta ansia hacia Dios, hacia lo alto; ansia que en la mente de la Iglesia es como contraseña de nuestra participación en el misterio pascual: «Si fuisteis resucitados con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo resucitado a la diestra de Dios, pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Col. 3, 1-2). Cuanto más profunda es la renovación del alma en Cristo resucitado, más necesidad siente de Dios y de las cosas celestiales y más se desprende de las cosas de la tierra para volverse a las del cielo.

Como el hambre física es señal de un organismo sano y lleno de vida, así el hambre espiritual es indicio de una vida espiritual eficiente y en continuo desarrollo. Del alma que no siente la necesidad de Dios, la necesidad de buscarle y hallarle, del alma que no vibra y sufre ante esta búsqueda ansiosa de Dios, no puede decirse que sea un alma verdaderamente resucitada con Cristo, más bien es un alma muerta e insensible, que languidece en la tibieza. El aleluyapascual es un grito de triunfo por la resurrección de Cristo, pero es también una llamada urgente a nuestra propia resurrección. Es como una diana guerrera que nos llama a los combates del espíritu y nos invita a despertarnos y renovarnos, a participar cada vez más profundamente en la resurrección de Cristo. Por muy aventajado que se crea en los caminos del espíritu, ¿quién podrá gloriarse de haber actuado completamente su resurrección espiritual?

“¡Oh esperanza mía y Padre mío, y mi Creador y mi verdadero Señor y Hermano! Cuando considero en cómo decís que son vuestros deleites con los hijos de los hombres, mucho se alegra mi alma. ¡Oh Señor del cielo y de la tierra! ¡Y qué palabras éstas para no desconfiar ningún pecador! ¿Os falta, Señor, por ventura, con quién os deleitéis, que buscáis un gusanillo de mal olor como yo?... ¡Oh, qué grandísima misericordia y qué favor tan sin poderlo nosotros merecer! 
Alégrate, ánima mía… y pues Su Majestad se deleita contigo, suplícale que todas las cosas de la tierra no sean bastantes para apartarte de deleitar tú y alegrarte en la grandeza de tu Dios.” (Santa Teresa de Jesús)

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Jesús se aparece a nosotros, a la Iglesia

Aparicion a los Apostoles 01

Aparición a los Apóstoles

Nosotros somos hoy los discípulos del Evangelio a quienes el Resucitado ha llamado al monte, es decir, al altar, al Sagrario. Hemos escuchado su vos y la hemos obedecido. Esta obediencia será ampliamente recompensada. En la santa Consagración se nos aparecerá el Señor sobre la santa montaña del altar. Caigamos entonces de rodillas y adorémosle.

Sí; no lo dudemos: es Él. El mismo a quien, todavía ayer, contemplábamos hecho varón de dolores, desamparado, sumido en agonías de muerte, colgado de una cruz, encerrado en un sepulcro. Ha resucitado. Aquí, en el altar, nos dice: “Se me ha dado toda potestad sobre los cielos y la tierra.” ¡Toda potestad! La potestad sobre los elementos, sobre las enfermedades, sobre los corazones, sobre los espíritus. Se aparece sobre el altar para dominar también sobre nosotros y para hacernos experimentar su poder. Nosotros sometámonos a Él alegremente.

Él tiene poder sobre los enemigos de nuestra salvación, sobre nuestras pasiones, sobre nuestros malos hábitos, sobre nuestra sensualidad, sobre nuestro amor propio. “Se me ha dado toda potestad.” Desde la santa montaña del altar nos promete: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días.” Está con nosotros con su amor, que nos anima y acompaña en todo momento. Está con nosotros con su fuerza, para vencer el mal, para alcanzar las virtudes y la santidad. Está con nosotros con sus excitaciones, con sus ilustraciones y mociones. ¿Qué podemos temer? Refugiémonos siempre más y más, todo cuanto podamos, en la santa montaña, es decir, en el altar, en el Sagrario. Creamos en la palabra del Señor, en su poder sin límites, en su amor, en su constancia en ayudarnos, en protegernos, en santificarnos, y pongámonos incondicionalmente bajo su mano.

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 289s

Los cristianos en el mundo

Primeros cristianos 01 01 jpg

Los primeros cristianos

Fragmento de la Carta a Diogneto, escrito de los primeros tiempos del cristianismo:

Los cristianos no se distinguen de los demás hombres, ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por sus costumbres. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias, ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en autoridad de hombres.

Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.

Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo, y abundan en todo. Sufren la deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ello atestigua su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, a cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.

Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres.

El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma está encerrada en el cuerpo, pero es ella la que mantiene unido el cuerpo; también los cristianos se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero ellos son los que mantienen la trabazón del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal; también los cristianos viven como peregrinos en moradas corruptibles mientras esperan la incorrupción celestial. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más. Tan importante es el puesto que Dios les ha asignado, del que no les es lícito desertar.

Fuente: Carta a Diogneto (Cap. 5-6)

Los signos de la verdadera resurrección espiritual

Resurreccion 09 19

Considera que los efectos de la resurrección espiritual son las señales ciertas y seguras de que la resurrección es verdadera. La Resurrección de Jesucristo a una vida gloriosa es el modelo de nuestra resurrección a una nueva vida. La Resurrección de Jesucristo encierra dos cosas: el cambio de estado, y la permanencia en este estado. De este modo nuestra resurrección a una vida nueva debe encerrar particularmente una mudanza de estado; esto quiso significar San Pablo cuando nos dio que, para tener parte en la Resurrección de Jesucristo, es menester tener como él una nueva vida, y vestirnos del hombre nuevo. ¿De qué sirve llorar, gemir, acusarse de los pecados, humillarse por la penitencia, si no se muda de vida? Lloros estériles, gemidos vanos, confesión infructuosa, sacrílega, si no se sale del estado del pecado.

Pero no es todavía bastante el mudar de estado; la resurrección a una vida nueva debe encerrar la constancia en este estado y la perseverancia. Jesucristo resucitado ya no muere. Del mismo modo, si nosotros hemos resucitado verdaderamente a la gracia, no debemos morir ya por el pecado, sino que a ejemplo de la Resurrección del Salvador debe la nuestra estar acompañada de la vida de la gracia. Si habéis resucitado verdaderamente a una vida nueva, no debéis ya vivir sino para Dios.

De tres tipos de resurrecciones hace mención la Escritura. La primera es la de Samuel, que por un encanto pareció dejarse ver resucitado a Saúl. Era fácil que se engañara el Rey, y así se engañó; de modo que lo que veía y creía ser Samuel, se halló poco después no ser en la realidad sino un fantasma. Tal es la pretendida resurrección de un gran número de pecadores, que en estas fiestas parece han resucitado, porque les parece haber detestado sus pecados; pero esta aparente resurrección desaparece con las ceremonias de la fiesta. 
La segunda resurrección fue la de Lázaro. Aunque era verdadera, era imperfecta; pues Lázaro no había resucitado sino para morir, y tal es la resurrección de una infinidad de personas, que habiendo resucitado verdaderamente a la gracia en estas fiestas de Pascua por medio de una sincera penitencia, no perseveran, sino que recaen en el pecado al que habían renunciado. 
Finalmente, la tercera suerte de Resurrección es la de Jesucristo, la única verdadera y perfecta, y la que debe ser el modelo de la nuestra, si queremos resucitar para no morir jamás; pues Jesucristo es el único que resucitó verdaderamente para nunca más morir.

¡Qué lástima hacer muchos gastos, y no sacar de ellos utilidad alguna! Consideremos a cuál de estas tres resurrecciones se parece la nuestra. Muchas confesiones por Pascua, ¿pero son muchas las conversiones? ¡Buen Dios, qué de resurrecciones aparentes, qué de resurrecciones imperfectas, y qué pocas resurrecciones verdaderas y perfectas! Hagamos juicio de ellas por los efectos, que son la mejor y aun la única prueba de si son o no verdaderas.

Fuente: J. Croisset, sj, Año cristiano

Lo que Dios ha unido

Beltrame Quattrocchi - Corsini 01 01

Luis Beltrame Quattrocchi y María Corsini

Luis Beltrame nació en Catania el 12 de enero de 1880 y María Corsini nació en Florencia el 24 de junio en 1881. Se conocieron en Roma cuando eran adolescentes y se casaron en la Basílica Santa María la Mayor el 25 de noviembre de 1905. 
Ambos crecieron en familias católicas y desde pequeños practicaron fervientemente su fe, asistiendo todos los domingos a la Santa Misa y participando de los sacramentos. Criaron también a sus hijos en los principios y valores de la fe católica.

En 1913, pasaron una dura prueba: en el cuarto embarazo se le presentó una grave patología que en aquella época obligaba a optar por la vida de la madre con el aborto o por la del hijo si se proseguía el embarazo, dado el altísimo riesgo personal para la madre. De común acuerdo, los esposos decidieron continuar el embarazo y a los ocho meses, tras una operación delicadísima, María dio a luz a su hija menor, Enrichetta, que fue bautizada en seguida. Madre e hija sobrevivieron milagrosamente y la prueba fortaleció aún más la fe de la familia. 
Sus compromisos espirituales más importantes eran la Misa diaria (a menudo en la Basílica de Santa María la Mayor), la Comunión eucarística, la Confesión semanal, la devoción al Sagrado Corazón y a la Virgen, con el rezo diario del rosario en familia.

María había dado a luz otros tres niños; los dos varones fueron sacerdotes: Filippo, quien tomó el nombre de Tarcisio y fue Monseñor de la diócesis de Roma, y Cesare, que fue monje trapense (conocido como P. Paolino), fallecido en 2008 a los 99 años. 
La mayor de las hijas, Stefania, ingresó a la congregación de las benedictinas, conocida como la Madre Cecilia, quien falleció en 1993. Enrichetta, la que sobrevivió al difícil embarazo, constituyó un hogar santo. Fue la única laica de los hermanos y la última en fallecer, el 17 de junio de 2012, a la edad de 98 años.

La familia Beltrame Quattrochi fue conocida por su participación en muchas organizaciones católicas. Luis fue un respetado abogado, quien ocupó un cargo importante dentro de la política italiana. María trabajó como voluntaria asistiendo a los etíopes en dicho país durante la segunda guerra mundial. El encuentro de María en 1916, ya viuda, con el padre Mateo Crawley, el apóstol mundial del Sagrado Corazón de Jesús como lo llamó Pio XI, dio nuevo impulso a su apostolado: le ayudó a divulgar la devoción al Sagrado Corazón, luego se adhirió, por indicación del padre Garrigou-Lagrange, op, su director espiritual, al movimiento «Frente de la Familia», del que fue vicepresidente del comité romano, prodigándose en la defensa de la integridad de la familia.

Luis murió en 1951, y María, su fiel esposa, en 1965. El amor, más fuerte que la muerte, los unió para siempre en la gloria. 
En un gesto sin precedentes en la historia de la Iglesia, el 21 de octubre de 2001, Juan Pablo II beatificó conjuntamente a este matrimonio. 
Los tres hermanos que aún vivían estuvieron presentes en la beatificación de sus padres.

Fuente: cf. corazones.org

Pascua en las Malvinas

Malvinas 02 03b

Seineldín enterrando bandera inglesa capturada

Hoy se cumplen 36 años de la recuperación de las Islas Malvinas, usurpadas desde 1833 por los ingleses. 
Unos días después de la reconquista de las Islas Malvinas, el día 11 de abril de 1982, se celebraba la Pascua. 
En aquel histórico Domingo de Pascua, el Tte. Cnl. Mohamed Alí Seineldín -quien participara de la guerra de Malvinas al mando del Regimiento nº 25 de nuestra Infantería- luego de enterrar un Rosario en la cabecera de la pista del Aeropuerto de Puerto Argentino invocó la protección del Señor de las Batallas y de la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, imitando el gesto de Santiago de Liniers en las invasiones inglesas. 
Ofrecemos a continuación la arenga por él pronunciada aquel día memorable, con la que consagraba a los soldados y a las mismas Islas al Corazón Inmaculado de María:

Omnipotente Señor de las batallas que con tu poder y providencia eres el Rey de reyes de los cielos, la tierra y el mar: 
Porque nos ordenaste honrar al padre y a la madre en el cobijo de la Patria terrena… 
Porque nos enseñaste a dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César… 
Porque nos aseguraste que no estar contigo es estar contra ti… 
Porque nos aconsejaste buscar primero el Reino de Dios y su Justicia… 
Porque caíste en la tierra como semilla para morir y dar con ello abundante fruto… 
Porque nos diste una Patria grande que va desde la Quiaca a la Antártida y desde la Cordillera al Atlántico, donde nuestras son las Islas que hoy huellan con orgullo nuestros pies de argentinos bien nacidos… 
Y porque nuestras madres nos parieron varones y valientes, por eso estamos aquí, porque no amamos tanto la vida que temamos a la muerte y porque si morimos en tu Gracia resucitaremos contigo para la Vida Eterna. 
Es por eso que en estas Pascuas de Resurrección nos consagramos al Corazón Inmaculado de tu Madre, la Virgen María, bajo la advocación de Virgen del Rosario, en cuyo nombre fuera designado este operativo y en recordación de la otra gesta heroica de Liniers y la victoriosa batalla de Lepanto.

Reina y Madre de la Nación Argentina: 
De hoy en más depositamos en tus manos nuestros cuerpos y nuestras almas, nuestra juventud y nuestra garra criolla, nuestra vida y nuestra muerte, para que dispongas de ellas lo que mejor convenga. 
Te consagramos también desde hoy estas Islas Malvinas Argentinas pidiéndote que alejes para siempre todo signo de pecado, de error y de herejía aquí existente. Queremos que -como en el continente- seas honrada con la devoción que más te agrada: el 
santo Rosario, porque solamente así mostraremos al mundo que somos una nación invencible. 
Finalmente, a partir de este momento te reconocemos como Comandante en Jefe espiritual de nuestros hombres en tierra, mar y aire, y desde lo profundo de nuestro corazón de argentinos damos respuesta a la voz que nos dice: 
- ¡A la Virgen del Rosario Subordinación y valor! 
- ¡Para servir a Dios y la patria!

Vencedor del demonio y de la muerte

Resurreccion 08 17

Buscáis al Nazareno Crucificado, ¡Resucitó! (Mt. 28,5-6) 
Las palabras crucificado y resucitó nos dicen las glorias de este día, porque “cayendo Cristo se levantó y muriendo dio vida. Este es el triunfo de nuestro capitán, nunca vencido; éste fue su trofeo, ésta su mayor gloria”. Cayó en el Calvario, pero se levantó a los tres días, dejando muertos a sus enemigos. El luchador no tiene por afrenta caer de momento si queda vencido su contrario. 
De un solo traspié derribó Satanás al hombre en el paraíso, hasta que vino el fuerte a luchar con el más fuerte, porque fuerte era el demonio y fuerte Cristo, aunque este no se aprovechó en la lucha de las fuerzas de su Divinidad, no fuese que el demonio no fuera a acometerle, sino que luchó mostrando la flaqueza de nuestra humanidad y con ella misma quedó vencedor.

Cuentan las fabulas que Hércules no podía vencer a Anteón, hijo de la tierra, porque en cuanto caía cobraba nuevo vigor al contacto con su madre, hasta que, levantándole en el aire, lo ahogó. La muerte era hija de la tierra corruptible, y hasta que Cristo no la levantó, injertándola en su persona divina, no pudo acabar con ella. Pero, allí, en el Calvario, hubo aquel maravilloso duelo. 
En una misma persona estaban muerte y vida, porque murió como hombre y vivió como Dios. ¿Pudo haber lucha más trabada? A pesar de aquella victoria, nosotros seguimos muriendo, porque Cristo nos ha devuelto la vida del alma, y en cuanto a la temporal, no ha querido librarnos de una muerte a la que se sujetó Él mismo. Pero llegará el día en que nuestro cuerpo mortal se revista de inmortalidad y podamos gritar “¿Dónde está, ¡oh muerte!, tu victoria?Ya la muerte del justo no es muerte, sino paso a la vida eterna; no es fin, sino principio.”

Fuente: Fray Alonso de Cabrera, El gozo de la Resurrección. Colección Verbum Vitae, tomo IV. Editorial B.A.C.

La Reina de los Mártires

Virgen de los Dolores 12 30

Considera lo que la santísima Virgen padeció, particularmente durante la pasión y en la muerte del Salvador. 
Se ha mirado siempre como un exceso de inhumanidad y como el más cruel de todos los suplicios obligar a los hijos a ser testigos de los tormentos que se han hecho sufrir a sus padres, y estar presentes a su muerte. 
Comprendamos, pues, qué exceso de dolor, y que aflicción tan mortal sería para la santísima Virgen el saber la indignidad, los ultrajes y la crueldad con que el Salvador fue llevado por la ciudad de Jerusalén, el sacrílego desprecio con que fue tratado en casa de los pontífices, en la de Pilatos, en la de Herodes, y en todos aquellos impíos tribunales. No la consideres simplemente padeciendo como la más tierna de todas las madres, mírala como a una tierna madre que sabe que ese hijo tan amable, a quien tratan con la mayor infamia, es el único y verdadero Dios.

Cuando lo vio azotar, ¿qué golpe de azote caería sobre el hijo, que no descargase sobre el corazón y el alma de la madre? No teniendo ya figura de hombre lo ponen a la vista de aquel pueblo para ver si un espectáculo tan lastimoso lo movía a compasión; y aquel pueblo, el horror y la execración del género humano, como si fuera una bestia feroz, se muestra más sediento de su sangre, y clama que se le crucifique. ¡Qué impresión haría en el corazón de esta madre desconsolada este triste objeto! ¡Qué puñaladas no serían para su corazón aquellos bárbaros gritos!

Sin embargo, no basta en los designios del Padre eterno el que la Virgen consienta al sangriento sacrificio de su querido hijo; es menester que esté presente en él, que lo vea con sus propios ojos sin fuerzas y sin sangre caer bajo el peso de su cruz; es menester que oiga todos los golpes del martillo que se dan sobre los clavos que taladran sus pies y sus manos; es menester, en fin, que lo vea levantado sobre esta cruz, ultrajado sobre esta cruz, y expirar finalmente sobre esta cruz entre los más crueles y más agudos dolores. 
¿Qué herida, qué tormento y qué dolor hubo en Jesucristo que María no lo padeciese en su alma? Sin uno de los más grandes milagros ¿no debía la madre expirar antes que el hijo? ¿Podía, a lo menos, sobrevivirle? ¿Se vio jamás martirio más cruel que el que padeció por nuestro amor la santísima Virgen? ¿Qué título más justo, y mejor adquirido, que el de Reina de los mártires con que la saluda la Iglesia?

Pero acordémonos que padeció por nuestro amor y por el deseo de nuestra salvación con tanta resignación, en silencio y sin quejarse. ¡Qué sentimientos de amor, de ternura, de veneración y de reconocimiento no debemos tener para con esta madre de Dios, que se precia también, digámoslo así, de ser nuestra madre! 
Señor, por la intercesión de la santísima Virgen os pido me deis estos piadosos y religiosos sentimientos; dignaos recibir y confirmar para siempre el sacrificio que hago de mí mismo a vuestra santísima madre.

Fuente: J. Croisset, SJ, Año cristiano