San Antonio de Padua por Benedicto XVI (II)

 

San Antonio de Padua 06  11

Elegido superior provincial de los Frailes Menores del norte de Italia, continuó el ministerio de la predicación, alternándolo con las funciones de gobierno. Cuando concluyó su cargo de provincial, se retiró cerca de Padua, donde ya había estado otras veces. Apenas un año después, el 13 de junio de 1231, murió a las puertas de la ciudad. Padua, que en vida lo había acogido con afecto y veneración, le tributó para siempre honor y devoción. El propio Papa Gregorio IX, que después de haberlo escuchado predicar lo había definido "Arca del Testamento", lo canonizó apenas un año después de su muerte, en 1232, también a consecuencia de los milagros acontecidos por su intercesión.

En el último período de su vida, san Antonio puso por escrito dos ciclos de "Sermones", titulados respectivamente "Sermones dominicales" y "Sermones sobre los santos", destinados a los predicadores y a los profesores de los estudios teológicos de la Orden franciscana. En ellos comenta los textos de la Escritura presentados por la liturgia, utilizando la interpretación patrístico-medieval de los cuatro sentidos: el literal o histórico, el alegórico o cristológico, el tropológico o moral y el anagógico, que orienta hacia la vida eterna. Hoy se redescubre que estos sentidos son dimensiones del único sentido de la Sagrada Escritura y que la Sagrada Escritura se ha de interpretar buscando las cuatro dimensiones de su palabra. Estos sermones de san Antonio son textos teológico-homiléticos, que evocan la predicación viva, en la que san Antonio propone un verdadero itinerario de vida cristiana. La riqueza de enseñanzas espirituales contenida en los "Sermones" es tan grande, que el venerable Papa Pío XII, en 1946, proclamó a san Antonio Doctor de la Iglesia, atribuyéndole el título de "Doctor evangélico", porque en dichos escritos se pone de manifiesto la lozanía y la belleza del Evangelio; todavía hoy podemos leerlos con gran provecho espiritual.

En estos sermones, san Antonio habla de la oración como de una relación de amor, que impulsa al hombre a conversar dulcemente con el Señor, creando una alegría inefable, que suavemente envuelve al alma en oración. San Antonio nos recuerda que la oración necesita un clima de silencio que no consiste en aislarse del ruido exterior, sino que es una experiencia interior, que busca liberarse de las distracciones provocadas por las preocupaciones del alma, creando el silencio en el alma misma. Según las enseñanzas de este insigne Doctor franciscano, la oración se articula en cuatro actitudes indispensables que, en el latín de san Antonio, se definen: obsecratio, oratio, postulatio, gratiarum actio. Podríamos traducirlas así: abrir confiadamente el propio corazón a Dios; este es el primer paso del orar, no simplemente captar una palabra, sino también abrir el corazón a la presencia de Dios; luego, conversar afectuosamente con él, viéndolo presente conmigo; y después, algo muy natural, presentarle nuestras necesidades; por último, alabarlo y darle gracias. 
En esta enseñanza de san Antonio sobre la oración observamos uno de los rasgos específicos de la teología franciscana, de la que fue el iniciador, a saber, el papel asignado al amor divino, que entra en la esfera de los afectos, de la voluntad, del corazón, y que también es la fuente de la que brota un conocimiento espiritual que sobrepasa todo conocimiento. De hecho, amando conocemos.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010

 

Símbolo de San Atanasio

 

Santisima Trinidad 05  27

Ofrecemos el texto completo del Símbolo o Credo de San Atanasio, en el cual se expone de manera más detallada este misterio.

Antífona. Gloria a ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre. (T. P. Aleluya). 
1. Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica: 
2. Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. 
3. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad santísima y a la Trinidad en la unidad. 
4. Sin confundir las personas, ni separar la sustancia. 
5. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. 
6. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. 
7. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. 
8. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. 
9. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. 
10. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. 
11. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno. 
12. De la misma manera, no tres increados, ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso. 
13. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. 
14. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente. 
15. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. 
16. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios. 
17. Así, el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor. 
18. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. 
19. Porque así como la verdad cristiana nos obliga a creer que cada persona es Dios y Señor, la religión católica nos prohíbe que hablemos de tres Dioses o Señores. 
20. El Padre no ha sido hecho por nadie, ni creado, ni engendrado. 
21. El Hijo procede solamente del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. 
22. El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, no hecho, ni creado, ni engendrado, sino procedente. 
23. Por tanto hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. 
24. Y en esta Trinidad nada hay anterior o posterior, nada mayor o menor: pues las tres personas son coeternas e iguales entre sí. 
25. De tal manera que, como ya se ha dicho antes, hemos de venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad. 
26. Por tanto, quien quiera salvarse, es necesario que crea estas cosas sobre la Trinidad. 
27. Pero para alcanzar la salvación eterna es preciso también creer firmemente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. 
28. La fe verdadera consiste en que creamos y confesemos que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios y Hombre. 
29. Es Dios, engendrado de la misma sustancia que el Padre, antes del tiempo; y hombre, engendrado de la sustancia de su Madre santísima en el tiempo. 
30. Perfecto Dios y perfecto hombre: que subsiste con alma racional y carne humana. 
31. Es igual al Padre según la divinidad; menor que el Padre según la humanidad. 
32. El cual, aunque es Dios y hombre, no son dos Cristos, sino un solo Cristo. 
33. Uno, no por conversión de la divinidad en cuerpo, sino por asunción de la humanidad en Dios. 
34. Uno absolutamente, no por confusión de sustancia, sino en la unidad de la persona. 
35. Pues como el alma racional y el cuerpo forman un hombre; así, Cristo es uno, siendo Dios y hombre. 
36. Que padeció por nuestra salvación: descendió a los infiernos y al tercer día resucitó de entre los muertos. 
37. Subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre todopoderoso: desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. 
38. Y cuando venga, todos los hombres resucitarán con sus cuerpos, y cada uno rendirá cuentas de sus propios hechos. 
39. Y los que hicieron el bien gozarán de vida eterna, pero los que hicieron el mal irán al fuego eterno. 
40. Esta es la fe católica, y quien no la crea fiel y firmemente no se podrá salvar.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona. Gloria a ti, Trinidad igual, única Deidad, antes de los siglos, y ahora, y siempre. (T. P. Aleluya). 


Oremos. Oh Dios todopoderoso y eterno, que con la luz de la verdadera fe diste a tus siervos conocer la gloria de la Trinidad eterna, y adorar la Unidad en el poder de tu majestad: haz, te suplicamos, que, por la firmeza de esa misma fe, seamos defendidos siempre de toda adversidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

Fuente: opusdei.org

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (II)

 

Santa Margarita Maria de Alacoque 01  03

“…no es posible ser útil a los demás, si primeramente no nos reformamos a nosotros mismos; porque ¡si viera cuán lejos me veo de lo que debe ser una verdadera Hija de Santa María, que ha de poner toda su atención en hacerse verdadera copia de su Esposo Crucificado! Y veo que todo nos puede servir de medio para esto; porque ¿qué nos importa la madera de que está hecha nuestra cruz? Con tal que sea cruz y que nos tenga clavadas el amor de Aquél que ha muerto en ella por nuestro amor, debe bastarnos. La tengo por muy dichosa al ver que sus oficios le proporcionan medios eficaces para esto, pues le obligan a caminar contra sus inclinaciones.

Y en cuanto a entrar en su Sagrado Corazón, ¿a qué temer, si Él la invita a que vaya a tomar allí su reposo? ¿No es Él el trono de la Misericordia donde los más miserables son los mejor recibidos, con tal que el amor los presente abismados en su miseria? Y si somos cobardes, fríos, impuros e imperfectos, ¿no es Él horno encendido donde nos debemos perfeccionar y purificar, como el oro en el crisol, siendo para Él hostia viva, inmolada y sacrificada a sus adorables designios? No tema, pues, abandonarse sin reserva a su amorosa providencia, porque no perecerá el hijo en los brazos de un Padre omnipotente. Paréceme haberle dicho ya, que a mi entender no le agrada tanto ese temor como le agradaría una confianza filial; y puesto que le ama, ¿por qué tanto temor, a menos que sea de no corresponderle con el amor que vuestra caridad desearía, y que consiste, si no me engaño, en ese perfecto abandono y olvido de usted misma? Déjese a sí, y lo encontrará todo. Olvídese de sí, y Él pensará en usted. Abísmese en su nada, y le poseerá.”

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

 

Orar confiadamente (II)

 

Santisimo Sacramento 02  06

Jesús, interesado por ganarnos la confianza. 
Todos los esfuerzos de Jesús parecen encaminados a ganarnos el corazón, a robar nuestra confianza. «Hijo mío, dame tu corazón.» (Pr 23, 26). Estas palabras del Antiguo Testamento vibran en todos sus actos. Considéralo si no junto al pozo de Jacob convirtiendo a la Samaritana. Mírale también ante la adúltera. Contémplale sobre todo en los últimos momentos de su vida, cuando sentado con los suyos en el Cenáculo les da sus últimos consejos. ¡Qué sentimiento de cariño publican sus palabras! «Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros... Ya no os diré siervos; más bien os llamaré amigos, porque os he dado a conocer los secretos de mi Padre...» (Lc 22, 15; Jn 15, 15). Lava los pies a sus discípulos. Se entrega totalmente a los mortales en el Sacramento del amor, y por los mortales ofrécese a la muerte. Y por si todas estas finezas no bastaran todavía, nos ha manifestado en estos postreros tiempos los últimos pliegues de su afecto en la revelación de su Divino Corazón. Quien así está interesado en ganarnos la voluntad, ¿qué no hará cuando nos halle conquistados por la confianza? ¡Ah!, entonces se entregará totalmente a nuestros deseos.

Por lo demás, es muy humano sentirse obligado por aquel que, al pedir un favor, deposita toda su confianza en su bienhechor. Jesucristo, cuyo corazón siente más finamente que el nuestro, no puede menos de dejarse mover por sentimiento tan humano. Le hacemos poco favor, si no le atribuimos lo que concedemos a cualquier mortal. ¡Cuánta confusión para nosotros, por no haber sabido aprovechar doctrina tan clara y patente! Acudamos al Señor, pidiéndole perdón y demandando su ayuda, para que el grado de nuestra confianza corresponda a sus deseos. «Creo, Señor, pero aumenta mi fe.».

Fuente: Joaquín Sánchis Alventosa, o.f.m., Misal Meditado, p. 810s

San Antonio de Padua por Benedicto XVI (I)

 

San Antonio de Padua 05  10b

Queridos hermanos y hermanas: 
Hace dos semanas presenté la figura de san Francisco de Asís. Esta mañana quiero hablar de otro santo perteneciente a la primera generación de los Frailes Menores: san Antonio de Padua o, como también se le suele llamar, de Lisboa, refiriéndose a su ciudad natal. Se trata de uno de los santos más populares de toda la Iglesia católica, venerado no sólo en Padua, donde se erigió una basílica espléndida que recoge sus restos mortales, sino en todo el mundo. Los fieles estiman las imágenes y las estatuas que lo representan con el lirio, símbolo de su pureza, o con el Niño Jesús en brazos, recordando una milagrosa aparición mencionada por algunas fuentes literarias. San Antonio contribuyó de modo significativo al desarrollo de la espiritualidad franciscana, con sus extraordinarias dotes de inteligencia, de equilibrio, de celo apostólico y, principalmente, de fervor místico.

Nació en Lisboa, en una familia noble, alrededor de 1195, y fue bautizado con el nombre de Fernando. Entró en los Canónigos que seguían la Regla monástica de san Agustín, primero en el monasterio de San Vicente en Lisboa y, sucesivamente, en el de la Santa Cruz en Coimbra, célebre centro cultural de Portugal. Se dedicó con interés y solicitud al estudio de la Biblia y de los Padres de la Iglesia, adquiriendo la ciencia teológica que utilizó en la actividad de enseñanza y de predicación.

En Coimbra tuvo lugar el episodio que imprimió un viraje decisivo a su vida: allí, en 1220 se expusieron las reliquias de los primeros cinco misioneros franciscanos, que habían ido a Marruecos, donde habían sufrido el martirio. Su testimonio hizo nacer en el joven Fernando el deseo de imitarlos y de avanzar por el camino de la perfección cristiana: pidió dejar los Canónigos agustinos y hacerse Fraile Menor. Su petición fue acogida y, tomando el nombre de Antonio, también él partió hacia Marruecos, pero la Providencia divina dispuso las cosas de otro modo. A consecuencia de una enfermedad, se vio obligado a regresar a Italia y, en 1221, participó en el famoso "Capítulo de las esteras" en Asís, donde se encontró también con san Francisco. Luego vivió durante algún tiempo totalmente retirado en un convento de Forlí, en el norte de Italia, donde el Señor lo llamó a otra misión. 
Por circunstancias completamente casuales, fue invitado a predicar con ocasión de una ordenación sacerdotal, y demostró que estaba dotado de tanta ciencia y elocuencia, que los superiores lo destinaron a la predicación. Comenzó así, en Italia y en Francia, una actividad apostólica tan intensa y eficaz que indujo a volver a la Iglesia a no pocas personas que se habían alejado de ella. Asimismo, fue uno de los primeros maestros de teología de los Frailes Menores, si no incluso el primero. Comenzó su enseñanza en Bolonia, con la bendición de san Francisco, el cual, reconociendo las virtudes de Antonio, le envió una breve carta que comenzaba con estas palabras: "Me agrada que enseñes teología a los frailes". Antonio sentó las bases de la teología franciscana que, cultivada por otras insignes figuras de pensadores, alcanzaría su culmen con san Buenaventura de Bagnoregio y el beato Duns Scoto.

Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 10 de febrero de 2010

Tres Personas Divinas, un único Dios

 

Santisima Trinidad 04  26b

Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal. 
Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.

San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, con estas palabras: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. 
El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo que da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, lo está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así aquellas palabras: El Padre y yo vendremos a fijar en él nuestra morada. Porque donde está la luz, allí está también el resplandor; y donde está el resplandor, allí está también su eficiencia y su gracia esplendorosa. 
Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda carta a los Corintios, cuando dice: La gracia de Jesucristo el Señor, el amor de Dios y la participación del Espíritu Santo estén con todos vosotros. Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Pues así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que hechos partícipes del mismo poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la participación de este Espíritu.

Fuente: San Atansio, Carta 1 a Serapión

Beato Francisco Castelló

 

Beato Francisco de Paula Castello 01  01b

Beato Francisco de Paula Castelló

Francisco nace en Alicante, el 19 de abril de 1914. Tenía sólo dos meses cuando murió su padre. Su madre, maestra, cristiana ejemplar y excelente educadora, se hizo cargo de la familia. Ella le impartió la enseñanza primaria en los diversos pueblos de su carrera de maestra nacional y murió cuando Francisco, el pequeño de sus tres hijos, había cumplido 15 años. A partir de entonces, una tía, hermana de su padre, hará de madre solícita de Francisco y sus hermanas Teresa y María. 
A los 12 años comenzó el bachillerato como alumno interno en los Maristas. En el Instituto Químico de Sarriá, dirigido por padres Jesuitas, obtuvo su licenciatura en Ciencias Químicas. En 1935 está ya en la ciudad de Lérida, trabajando como ingeniero químico en la fábrica Cros, S.A.

Contribuyó a perfeccionar su formación su asidua asistencia y participación activa en los actos de la Congregación Mariana de Lérida y de Barcelona, y en los de la Federación de Jóvenes Cristianos de España, que acabó siendo su asociación predilecta. También se ocupó del Movimiento Scout. 
En 1936, se comprometió con María Pelegrí Esquerda, Mariona, a quien amó profundamente. En este mismo año ingresó en el ejército de la República como soldado de complemento. Fue un buen soldado y no escondió su condición de cristiano. La guerra civil le sorprendió mientras realizaba el servicio militar. Consciente de la gravedad del momento, no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas antes de morir a sus hermanas, a su director espiritual y a su novia: “No puedo sentir pena alguna por mi suerte. Una alegría extraña, interna, intensa, fuerte, me invade. Quisiera hacerte una carta triste de despedida pero no puedo. Estoy todo envuelto en ideas alegres, como de un presentimiento de la gloria”.

En el momento del Alzamiento, fue arrestado por ser cristiano, pero se le ofreció la libertad si escondía su fe. Pasó en prisión dos veces; siempre estaba alegre, a pesar de los insultos de sus guardianes. En el juicio, como no lo pudieron acusar de nada político, le acusaron de ser católico y le condenaron a muerte. El presidente del tribunal dijo que podía defenderse y él respondió: “No hace falta. ¿Para qué? Si el ser católico es un delito, acepto muy a gusto ser delincuente, ya que la mayor felicidad que puede encontrar una persona en este mundo es morir por Cristo. Y si mil vidas tuviera las daría sin dudar un momento por El...” 
Antes de morir en el cementerio de Lérida dijo: “Os perdono a todos. Hasta la eternidad.” Luego, él y sus compañeros gritaron: “Viva Cristo Rey”. 
Fue fusilado y murió mártir de la fe católica el día 29 de septiembre de 1936, cuando contaba con 22 años.

Fuente: cf. santopedia.com

 

Escritos de Santa Margarita sobre el Sagrado Corazón de Jesús (I)

 

Sagrado Corazon 18  31b

“¡Si supiera cuán apremiada me siento a amar al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo! Me parece que no se me ha dado la vida más que para esto y, sin embargo, hago todo lo contrario. Él me hace continuos favores, y yo no le pago más que con ingratitudes. Me ha regalado con una visita que me ha sido en extremo favorable por las buenas impresiones que ha dejado en mi corazón.

Me ha confirmado que el placer que encuentra en ser amado, conocido y honrado de las criaturas es tan grande, que, si no me engaño, me ha prometido que todos aquellos que se le dediquen y consagren no perecerán jamás; y que como es el manantial de todas las bendiciones, las derramará en abundancia en todos los lugares en que la imagen de su Divino Corazón esté expuesta y sea honrada; que unirá las familias divididas y protegerá y asistirá a las que tengan alguna necesidad y se dirijan a Él con confianza; que derramará la suave unción de su ardiente caridad sobre todas las comunidades que le honren y se pongan bajo su especial protección; que desviará de ellas todos los golpes de la divina justicia para restituirlas a la gracia, cuando de ella hubieran decaído.

Me ha dado a conocer que su Sagrado Corazón es el Santo de los Santos, el Santo del Amor; que quiere ser conocido ahora, para ser el Medianero entre Dios y los hombres, pues tiene todo poder para ponerlos en paz, apartando los castigos que nuestros pecados han traído sobre nosotros, alcanzándonos misericordia.”

Fuente: José María Sáes de Tejada S.J., Vida y obras de Santa Margarita. Primera parte: Cartas. Editorial Apostolado Mariano, Sevilla.

 

El episodio de Pentecostés (II)

 

Santisima Trinidad 03  24

«Si alguien me ama, guardará mis palabras, y mi Padre lo amará. Nosotros vendremos a él y haremos en él nuestra morada.» Es decir, vendrán a él el Padre y el Hijo con el Espíritu Santo, con el Amor que une mutuamente al Padre con el Hijo. Dios no está lejos de nosotros, está en nosotros. Este es el gozoso mensaje que nos trae Pentecostés. ¡Dios en nosotros! El que conoce al Padre, posee la clave de todos los enigmas, de todos los torturantes problemas de la vida: el Padre me ama. No sólo por hoy y mañana, sino por toda una eternidad. ¡Dios en nosotros! Estamos llenos de luz y de calor. Dios es luz, es el Sol. ¡Deja que el Sol entre en tu corazón! ¡Déjale que haga en él su morada! ¡Dios en nosotros! Estamos llenos de fuerza y de fuego. De nosotros mismos somos como un terreno seco y sin agua, como un árbol muerto. En Pentecostés bebemos fuego. Un fuego que abrasa todo lo impuro, todo pecado. ¡El fuego del santo celo por Dios y por nuestro Salvador!

Pentecostés es la confirmación, el sello y la consumación del misterio de Pascua. Pascua es Bautismo, Pentecostés es Confirmación. Pascua es nuevo nacimiento, Pentecostés es madurez, completa sazón, pubertad, plenitud de fuerza en el Espíritu Santo. El Bautismo en el Espíritu nos llama al heroísmo cristiano, a la santificación de los pensamientos, de las aspiraciones, de los motivos. Podemos, debemos ser cristianos totales, santos, perfectos.

Oración. 
Oh Dios, que has iluminado los corazones de tus fieles con la luz del Espíritu Santo, danos el gustar todo lo recto según el mismo Espíritu, y gozar siempre de su consuelo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 462

Beato Franz Jägerstätter

 

Beato Franz Jagerstatter 01  01

Beato Franz Jägerstätter

Franz Jägerstätter nació el 20 de mayo de 1907 en la aldea de St. Radegung, Austria, a pocos kilómetros de la frontera con Baviera. Durante su adolescencia y su juventud se distinguió por su alegría y vitalidad. A pesar de las tentaciones propias de su edad, permaneció siempre firmemente arraigado en los principios de la fe. Rezaba todos los días y recibía con frecuencia los sacramentos. En 1931 su padre, propietario de una granja, enfermó gravemente, y Franz se vio obligado a ocuparse de ella para mantener a la familia. En 1936 contrajo matrimonio con Franziska Schwaniger. Tuvieron tres hijas: Rosalía, María y Luisa. Los esposos eran católicos practicantes, profundamente devotos y recibían diariamente la sagrada Comunión.

Llamado a cumplir el servicio militar en 1943, en pleno conflicto mundial, declaró que como cristiano no podía servir a la ideología nazi y combatir una guerra injusta. Su vida y su elección reflejaban su radicalismo evangélico, que no admitía réplicas, sino que provocaba e interpelaba. El padre José Karobath, su párroco, tras una conversación con él pocos días antes de que lo reclutaran, escribió: “Me ha dejado sin palabras, porque tenía las argumentaciones mejores, se imponía siempre citando las Escrituras”. 
En el siervo de Dios se reflejaba su serenidad sufrida y su adhesión al significado pleno del mensaje evangélico: en él la coherencia era una señal distintiva, no por prejuicios ideológicos o por un pacifismo abstracto, sino porque manifestaba con sencillez y firmeza su fidelidad a los valores en los que creía. Ante el terror nazi, ante la oscuridad de las conciencias y el consiguiente olvido de Dios, Franz elevó su voz sin alardes, pero con gran valor, para defender a la Iglesia de la furia anticlerical y para anunciar con su ejemplo el amor al prójimo, hermano en Cristo y no un enemigo contra el cual combatir. 
A este propósito, son clarificadoras las palabras del cardenal Christoph Schönborn, o.p., arzobispo de Viena: “Considerar el martirio como una participación en el combate escatológico contra las fuerzas del poder no era simplemente una fantasía delirante de la Iglesia de los orígenes. Una figura tan límpida como la del mártir Franz Jagerstatter, campesino de Austria, nos permite comprender cuán actual es esta concepción. Su testimonio franco, que lo llevó a rechazar el servicio militar en el ejército del Reich de Hitler, desvela las fuerzas que aquí luchan entre sí”.

Franz fue procesado por insumisión por un tribunal militar reunido en Berlín, que el 6 de julio de 1943 lo condenó a muerte. Permaneció detenido desde marzo hasta mayo de 1943 en la prisión militar de Linz; desde allí fue trasladado a una cárcel en Brandeburgo, en espera de la ejecución de la sentencia. Quienes compartieron con él aquellos meses testimoniaron que soportó las pruebas con infinita paciencia, en particular el profundo dolor de la despedida de su esposa y de sus hijas. A su esposa envió una serie de cartas, en las que destaca continuamente su entrañable e inquebrantable amor a la familia, a la Iglesia y a Dios, así como su petición de perdón por todos los sufrimientos que podía haber ocasionado con su decisión de oponerse a la guerra. 
El 9 de agosto de 1943, poco antes de ser guillotinado, el P. Jochmann le administró los últimos sacramentos. Sus últimas palabras fueron: “Estoy completamente unido en unión interior con el Señor”. Fue beatificado el 26 de octubre de 2007; a la ceremonia asistieron su esposa de 94 años, sus hijas, nietos y bisnietos.

Fuente: vatican.va