Espíritu de fe (I)

Fariseo y Publicano 03 03

Fariseo y Publicano

“Muchos poseen lo externo de la piedad, pero desconocen su espíritu.” “Sabed que en los últimos días, se presentarán tiempos peligrosos. Los hombres serán entonces egoístas, avaros, soberbios, intratables, traidores, maldicientes, blasfemos, inflados, insoportables. Amarán más sus placeres que a Dios” (2Tim 3, 1s).

Se diría que esos tiempos han llegado ya. Nuestro relajamiento es tan grande, que hasta ha invadido ya el círculo de nuestra vida de piedad. Muchas de las personas que pasan por sinceramente piadosas y espirituales, apenas tienen nada de tales. No buscan en su piedad más que los efectos puramente sensibles y el saciar su curiosidad. Ven con los ojos de los sentidos una piedad que no es otra cosa que una serie de impresiones sensitivas y sentimentales. Esta piedad tiene un horror instintivo a las luchas, a los trabajos y a los sacrificios. Se aprovecha de las cosas espirituales, incluso de la oración y de los sacramentos, únicamente para satisfacer sus sentidos. El espíritu permanece privado de todo verdadero fruto y se convierte en presa de una sequedad desoladora y de un permanente vacío. “Apenas se encuentra una persona”, escribe San Juan de la Cruz, “que pueda librarse de esta tiranía de los sentidos”.

Semejantes almas viven solamente de la superficie de las cosas, de la realidad. Son esclavas de la exterioridad, la cual constituye para ellas la cosa más importante, tanto en la oración como en sus trabajos y en el cumplimiento de sus deberes. No adelantan en el camino de Dios. Se eternizan en un caos de prácticas externas. Tampoco son profundas. Al contrario, miran las cosas y los acontecimientos de la vida desde su punto de vista más mezquino, tornándose, por ende, ellas mismas mezquinas, comineras, detallistas, estrechas, pedantes. Se anquilosan, se hacen esclavas de lo pequeño y de las pequeñeces, llegando en muchísimos casos hasta el ridículo. Son inconsistentes, disipadas y cada vez más enclenques. Multiplican los esfuerzos, las oraciones y los ejercicios; pero, a pesar de todo esto, cada vez se tornan más quebradizas, más débiles, más raquíticas.

“Poseen lo externo de la piedad, pero desconocen su espíritu.” ¡Pobres almas, torturadas y estériles! Han edificado sobre el sentimentalismo, sobre los sentidos, no sobre el espíritu y sobre los fundamentos de la fe. No viven con la vista fija en Dios, en el amor, en la Providencia, en la presencia, en la voluntad de Dios. Por eso no tienen profundidad, ni fuerza, ni quietud interior, ni constancia. “Bienaventurados los que no ven y, sin embargo, creen.”.

Fuente: Benito Baur, o.s.b., ¡Sed Luz!, p. 319s