La anunciación del Señor

Anunciacion 08 12

La solemnidad de la anunciación del Señor se celebra el 25 de marzo. Por haber caído este año el Domingo de Ramos ese día, se traslada al día de hoy. 
A tu lado, ¡oh María! quiero aprender a decir en todo momento tu Ecce ancilla Domini: he aquí la esclava del Señor. 
A través de la sugestiva narración de San Lucas (1, 26-38), procuremos intuir las disposiciones espirituales de María en el momento de la Anunciación. 
El ángel, enviado por Dios, encuentra a la Virgen retirada en soledad y, entrando a Ella, le dice: «Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre las mujeres». Al oír tales palabras, María -dice el sagrado texto- «se turbó»; no hay que interpretar esta expresión en el sentido de esa turbación propia y verdadera, por causa de la cual se llega a perder la serenidad de la mente, sino en el significado de una profunda admiración por el inesperado saludo, una admiración tan grande que se traduce en una cierta especie de temor. Esa fue la primera reacción de María ante el mensaje del ángel, reacción provocada por su humildad profundísima, para la cual aquella alabanza extraordinaria tenía mucho de extraño.

Mientras tanto el ángel le comunica el gran mensaje: Dios quiere que Ella sea Madre del Redentor. María, movida en todo por la acción continua del Espíritu Santo, por inspiración precisamente del mismo Espíritu, había hecho voto de virginidad, y por eso estaba convencida de que la voluntad de Dios era que permaneciese siempre virgen. Ahora es Dios quien le comunica que es la elegida para ser Madre de su Hijo, y Ella, humilde esclava, está dispuesta a aceptar los designios de Dios; sin embargo, no comprende cómo podrá ser al mismo tiempo madre y virgen; por eso pregunta al ángel: «¿Cómo podrá ser esto?» El ángel le contestó y dijo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra». Su maternidad será obra directa del Espíritu Santo y se respetará su virginidad.

La voluntad de Dios se le ha manifestado claramente, y María, que en todo momento de su vida ha sido siempre y solamente movida por la voluntad divina, la abraza inmediatamente con la más sincera decisión y el más intenso y puro amor: «He aquí a la sierva del Señor; hágase en mi según tu palabra». La aceptación completa está acompañada de una entrega absoluta: María acepta ofreciéndose y se ofrece entregándose. Se ofrece como sierva; más, como esclava, si traducimos la palabra en toda la fuerza del texto griego; se da abandonándose, como cautiva, a la voluntad divina, aceptando desde ahora todo lo que quiere de Ella. Aceptación pasiva y activa al mismo tiempo, por la que María quiere todo lo que quiere Dios, queriendo todo lo que Él hace y haciendo todo lo que Él quiere, María se presenta así a nuestros ojos como modelo del alma totalmente unida, plenamente entregada a la voluntad de Dios.

"Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. No solamente está contigo el Dios Hijo, a quien das tu sangre, sino también el Dios Espíritu Santo, en cuya virtud Tú concibes, y Dios Padre, que desde la eternidad engendró a quien Tú concibes. Está contigo el Padre, que hace tuyo a su Hijo; está contigo el Hijo, que queriendo realizar un prodigioso misterio, se esconde en tu seno materno, sin violar tu integridad virginal; está contigo el Espíritu Santo, que juntamente con el Padre y con el Hijo te santifica. Dios está verdaderamente contigo" (San Bernardo). 
"¡Oh María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, vaso de humildad! Tú agradaste tanto al Padre Eterno, que Él te arrebató y te atrajo hacia sí amándote con un amor singular. Con la luz y el fuego de tu caridad y con el aceite de tu humildad hiciste que la Divinidad viniese a ti" (Santa Catalina de Siena).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina