Santísimo Nombre de Jesús II

 

Monograma IHS 01 01

San Pablo nos pone ante los ojos un cuadro grandioso de la gloria que todas las cosas tributan al nombre bendito de Jesús: “Al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, encumbrado a la gloria de Dios Padre” (Filp. 2, 10-11). Las tres Iglesias, triunfante, militante y purgante, se postran en adoración; el mundo entero calla y se detiene un momento en su carrera para escuchar ese santísimo nombre, en que se hallan cifradas la gloria de Dios y la Salvación de la Humanidad. Ciertamente “ni la lengua puede decir, ni la escritura expresar” los preciosos tesoros que encierra el nombre de Jesús. “No hay canto más suave, ni sonido más agradable, ni pensamiento más dulce que Jesús, Hijo de Dios” (Breviario Romano). “Es tu nombre aceite derramado”, dice la Sagrada Escritura (Cant. 1, 2); y San Bernardo comenta: “El aceite, efectivamente, ilumina, nutre y unge...”

Considera ahora estos mismos efectos en el nombre del Esposo: predicado, ilumina; meditado, nutre; invocado, unge y suaviza... Todo alimento espiritual me parece desabrido, si no me lo rocían con este aceite; insípido, si no me lo condimentan con esta sal. Si escribes, a nada me sabe si allí no veo a Jesús. Si hablas o disputas, no hallo gusto si allí no mencionas a Jesús. “Jesús es miel a la boca, melodía al oído, júbilo al corazón. Y además es medicina.” (Breviario Romano). Bendigamos e invoquemos con amor este dulcísimo nombre, en el cual está colocada toda nuestra esperanza y salvación, nuestra vida y nuestra gloria. Sólo quien ama puede penetrar en las misteriosas dulzuras encerradas en él; sólo quien ama es capaz de alabarlo eficazmente, no sólo con palabras, sino con obras, dándole testimonio con toda su vida: “Que nuestra voz te cante, oh Jesús, que nuestras costumbres te exalten y nuestros corazones te amen ahora y por toda la eternidad” (Breviario Romano).

“¡Oh nombre de Jesús, ensalzado sobre todo otro nombre! ¡Oh nombre de triunfo! ¡Oh gozo de los ángeles! ¡Oh terror del infierno! En ti se halla toda esperanza de perdón, de gracia y de gloria. ¡Oh nombre dulcísimo! Tú concedes el perdón a los culpables, reformas las costumbres, llenas de divinas dulzuras a los que temen, alejas de nosotros todo feo fantasma. ¡Oh nombre gloriosísimo! En ti se manifiestan los misterios de la vida eterna, las almas se inflaman en amor divino, se endurecen en las batallas y son liberadas de todos los peligros. ¡Oh nombre deseable, nombre deleitable, nombre admirable, venerable nombre! Tú, con tus gracias y dones, levantas continuamente el pensamiento de los fieles a las alturas celestes, de tal manera que todos los que participan y penetran en la piedad de tu inefable grandeza, consiguen, por tu virtud, la salvación la gloria” (San Bernardino de Sena).

Concédeme, Señor, por la santidad de tu nombre, que yo, miserable criatura, sea capaz de amarte y alabarte con todo el corazón. Quiero que cada una de mis acciones comience y termine en tu nombre; que todos mis afectos, deseos, empresas, alegrías y dolores lleven su sello; pero, sobre todo, yo te pido que te dignes imprimir tu nombre en mi corazón y en mi mente para que siempre te ame y piense siempre en ti.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina