San Vicente, diácono y mártir

 

San Vicente Martir 01 01

San Vicente, diácono de la Iglesia de Zaragoza, sufrió un atroz martirio en Valencia, durante la persecución de Diocleciano (284-305). Su culto se difundió en seguida por toda la Iglesia.

Vicente venció en aquel por quien había sido vencido el mundo. A vosotros se os ha concedido la gracia -dice el Apóstol-, de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él. 
Una y otra gracia había recibido del diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.

Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo. 
Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.

¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo -dice- tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo. 
En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.

Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento. 
Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros. 
Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad.

Fuente: San Agustín, Sermones, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

Sermón del P. Ezcurra sobre la Bandera (II)

 

Bandera argentina 03 04

Bendición de la bandera de Belgrano por el canónigo Juan Ignacio Gorriti

Nuestra Bandera y la Virgen Inmaculada 
Y también decíamos que el símbolo, si bien pudo ser de otra manera, sin embargo, los hombres que decidieron elegir éste símbolo, no lo hicieron por casualidad. Y aquí hay algo que mira a las raíces más profundas de nuestra Patria y de nuestra Fe cristiana. Muchas veces se dice -y lo hemos dicho desde aquí en estas Misas por la Patria- que los colores de nuestra Bandera son los colores del manto de la Virgen. Pero algunos pueden creer que eso es una comparación poética, ¿no es cierto? Lo mismo que lo puede decir una maestra en un colegio: los colores de la Bandera, son los colores del cielo, las nubes blancas, el cielo azul, la nieve de las montañas. Es una hermosa comparación, pero es una comparación poética. 
Cuando decimos que los colores de la Bandera son los colores del manto de la Virgen, no estamos haciendo solamente una comparación poética, porque los colores de la Bandera argentina son los del manto de la Virgen, no por casualidad sino porque ésa fue la voluntad expresa del creador de la Bandera y así nos lo enseña la historia.

Cuando el Rey Carlos III consagra en 1761 España y las Indias a la Inmaculada y proclama a la Virgen como principal Patrona de sus reinos, creó la orden real que se va a llamar «Orden de Carlos III», cuyos Caballeros recibían como condecoración el medallón con la imagen azul y blanca de la Inmaculada -la cual pendía del cuello de una cinta-, y el artículo 4° de los Estatutos de la Orden describe esta cinta: las insignias serán una banda de seda ancha dividida en tres franjas iguales, la del centro blanca y las dos laterales color azul celeste, los colores de la Inmaculada, a la cual el Rey ha consagrado España y las Indias.

Esta cinta la usaron los voluntarios que acompañaron a Pueyrredón en 1806 en la lucha contra los invasores ingleses y la llevaban anudada al cuello, como el pañuelo del criollo. Y habían elegido para esa cinta la medida de 38 centímetros que era el alto de la imagen de la Virgen de Luján. Y también, los mismos Húsares de Pueyrredón, van a usar esta cinta en 1807 en la defensa de Buenos Aires contra los invasores ingleses. Pueyrredón y Azcuénaga usaban la cinta porque eran Caballeros de la Orden de Carlos III. Belgrano la usaba porque él era Congregante Mariano en las Universidades de Salamanca y de Valladolid. Y al recibirse de abogado, Belgrano juró defender el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, Patrona de las Españas. 
Cuando en el año 1794 Belgrano es nombrado Secretario del Consulado, lo puso bajo la protección de Dios y eligió como Patrona a la Inmaculada Virgen María y colocó los colores azul y blanco en el escudo del Consulado que estaba en el frente del edificio.

Cuando emprende la marcha con sus tropas hacia el Paraguay para luchar por nuestra independencia, asiste a Misa con todo su ejército en Luján y pone al ejército bajo la protección de la Virgen. No es por tanto por casualidad que Belgrano elige el color azul y blanco para dárselo a nuestra Bandera. 
Y de esto tenemos testimonios bien expresos. José Lino Gamboa, que era miembro del Cabildo de Luján junto con un hermano de Belgrano, y que estaba allí cuando Belgrano pasa con sus tropas, escribe: «Al dar Belgrano los colores celeste y blanco a la Bandera de la Patria había querido, cediendo a los impulsos de su piedad, honrar a la Pura y Limpia Concepción de María de quien era ardiente devoto, por haberse amparado en su Santuario de Luján».

Y el otro testimonio, que es el del Sargento Mayor Carlos Belgrano, hermano de Manuel Belgrano, desde 1812 Comandante Militar de Luján y Presidente del Cabildo de Luján. Y dice Carlos Belgrano: «Mi hermano tomó los colores de la Bandera del manto de la Inmaculada de Luján, de quien era ferviente devoto». 
Por eso mismo, el Coronel Domingo French pudo decir en su proclama a las tropas, que la iza en Luján el 25 de septiembre de 1812: «Soldados, somos de ahora en adelante el Regimiento de la Virgen; jurando nuestras banderas os parecerá que besáis su manto. Al que faltare su palabra, Dios y la Virgen, por la Patria, se lo demanden».

Fuente: P. Alberto Ezcurra, Sermón en el día de la Bandera

Santísimo Nombre de Jesús II

 

Monograma IHS 01 01

San Pablo nos pone ante los ojos un cuadro grandioso de la gloria que todas las cosas tributan al nombre bendito de Jesús: “Al nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor, encumbrado a la gloria de Dios Padre” (Filp. 2, 10-11). Las tres Iglesias, triunfante, militante y purgante, se postran en adoración; el mundo entero calla y se detiene un momento en su carrera para escuchar ese santísimo nombre, en que se hallan cifradas la gloria de Dios y la Salvación de la Humanidad. Ciertamente “ni la lengua puede decir, ni la escritura expresar” los preciosos tesoros que encierra el nombre de Jesús. “No hay canto más suave, ni sonido más agradable, ni pensamiento más dulce que Jesús, Hijo de Dios” (Breviario Romano). “Es tu nombre aceite derramado”, dice la Sagrada Escritura (Cant. 1, 2); y San Bernardo comenta: “El aceite, efectivamente, ilumina, nutre y unge...”

Considera ahora estos mismos efectos en el nombre del Esposo: predicado, ilumina; meditado, nutre; invocado, unge y suaviza... Todo alimento espiritual me parece desabrido, si no me lo rocían con este aceite; insípido, si no me lo condimentan con esta sal. Si escribes, a nada me sabe si allí no veo a Jesús. Si hablas o disputas, no hallo gusto si allí no mencionas a Jesús. “Jesús es miel a la boca, melodía al oído, júbilo al corazón. Y además es medicina.” (Breviario Romano). Bendigamos e invoquemos con amor este dulcísimo nombre, en el cual está colocada toda nuestra esperanza y salvación, nuestra vida y nuestra gloria. Sólo quien ama puede penetrar en las misteriosas dulzuras encerradas en él; sólo quien ama es capaz de alabarlo eficazmente, no sólo con palabras, sino con obras, dándole testimonio con toda su vida: “Que nuestra voz te cante, oh Jesús, que nuestras costumbres te exalten y nuestros corazones te amen ahora y por toda la eternidad” (Breviario Romano).

“¡Oh nombre de Jesús, ensalzado sobre todo otro nombre! ¡Oh nombre de triunfo! ¡Oh gozo de los ángeles! ¡Oh terror del infierno! En ti se halla toda esperanza de perdón, de gracia y de gloria. ¡Oh nombre dulcísimo! Tú concedes el perdón a los culpables, reformas las costumbres, llenas de divinas dulzuras a los que temen, alejas de nosotros todo feo fantasma. ¡Oh nombre gloriosísimo! En ti se manifiestan los misterios de la vida eterna, las almas se inflaman en amor divino, se endurecen en las batallas y son liberadas de todos los peligros. ¡Oh nombre deseable, nombre deleitable, nombre admirable, venerable nombre! Tú, con tus gracias y dones, levantas continuamente el pensamiento de los fieles a las alturas celestes, de tal manera que todos los que participan y penetran en la piedad de tu inefable grandeza, consiguen, por tu virtud, la salvación la gloria” (San Bernardino de Sena).

Concédeme, Señor, por la santidad de tu nombre, que yo, miserable criatura, sea capaz de amarte y alabarte con todo el corazón. Quiero que cada una de mis acciones comience y termine en tu nombre; que todos mis afectos, deseos, empresas, alegrías y dolores lleven su sello; pero, sobre todo, yo te pido que te dignes imprimir tu nombre en mi corazón y en mi mente para que siempre te ame y piense siempre en ti.

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La fe de los Reyes Magos y nuestra fe en la Eucaristía

 

Adoracion de los Magos 05 08

Adoración de los Reyes Magos

Los magos, al encuentro de Cristo, caminan siguiendo la estrella que anuncia que ha nacido el rey. Siguen la estrella, se detiene y ¿qué encuentran? ¿qué ven? ¿a un rey? ¿una fiesta? ¿un hombre poderoso? ¡No! Ven un niño pobre, acostado en un pesebre. Podrían haberse enojado y sin embargo Dios ilumina su alma con la luz de la fe y los reyes caen de rodillas, adoran al niño del pesebre y le entregan oro, incienso, mirra (como a Rey, Dios y Hombre). Esa es la fe que ilumina lo que los ojos no pueden ver.

Cristo en la Cruz ¿parece Dios? ¡Ni siquiera parece hombre! En la cruz, con el cuerpo destrozado, golpes, escupida, entre dos ladrones como delincuente, cartel de burla: eso veían los hombres que se apartaban. Dios ilumina el alma de un centurión: “verdaderamente este hombre es el hijo de Dios”. ¿Qué habrán pensado los demás? ¡Está loco! ¿Eso va a ser Dios? Ojos del cuerpo ciegos para las cosas de Dios, ojos del alma iluminados por la fe. ¡Sí! Es el Hijo de Dios.

En el pesebre y en la Cruz, Dios estaba escondido; los ojos humanos veían al niño o al hombre, pero Dios con la luz de la fe ilumina el alma y entonces reconocen que Dios se esconde allí, que Dios se ha hecho hombre. 
En la Eucaristía, el misterio es más tremendo: Dios y el hombre están escondidos, no vemos a ninguno de los dos. Cuando en la consagración se dicen las palabras sobre el pan y el vino no hay más pan ni vino, sino sus apariencias y está la presencia real con su cuerpo, alma y divinidad. Recibimos al mismo Cristo, es un misterio. Parece una locura y lo es. Amor infinito de un Dios infinito que nos ama. Como los magos caen de rodillas delante del niño, como el centurión ante el Señor crucificado, nosotros ante la Hostia: Señor mío y Dios mío, adoramos a Dios escondido.

Locura que se nos presente como alimento en la hostia blanca. Locura de amor de un Dios que se hizo hombre. Quiso morir por nosotros en la cruz para lavarnos de los pecados con su sangre. No le bastó ese extremo de amor sino que por nosotros quiso esconderse bajo las apariencias del pan y del vino para alimentar nuestra alma y con ese alimento tengamos fuerza para recorrer el camino, como peregrinos de la tierra, para el encuentro con Dios. Amor que se hace presencia entre nosotros, silenciosa y escondida del Señor en el silencio del sagrario, en las iglesias tantas veces olvidado, desconocido, abandonado… Y sin embargo esta allí en un acto de amor infinito, de amor como alimento para el alma. 
Si no comemos el cuerpo se debilita y muere, lo mismo con la vida del alma, se debilita y muere con el pecado mortal. La Eucaristía es un alimento que nos transforma, nos transformamos en Él, no como el pan que comemos y asimilamos a nuestro cuerpo; este alimento no se transforma en nosotros sino que nos va trasformando en Cristo, imitando, creciendo, semejantes a Él, nos hace más hijos de Dios, crecer en la vida de gracia.

Fuente: Cfr. Sermones del P. Ezcurra.

María, Madre de Dios

 

Sagrada Familia 10 21b

Descanso durante la Huída a Egipto

La Iglesia Católica quiere comenzar el año pidiendo la protección de la Santísima Virgen María. La fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente es la de "María Madre de Dios". Ya en las Catacumbas o antiquísimos subterráneos que están cavados debajo de la ciudad de Roma y donde se reunían los primeros cristianos para celebrar la Misa, en tiempos de las persecuciones, hay pinturas con este nombre: María, Madre de Dios.

Si nosotros hubiéramos podido formar a nuestra madre, ¿qué cualidades no le habríamos dado? Pues Cristo, que es Dios, sí formó a su propia madre. Y ya podemos imaginar que la dotó de las mejores cualidades que una criatura humana puede tener. 
Pero, ¿es que Dios ha tenido principio? No. Dios nunca tuvo principio, y la Virgen no formó a Dios. Pero Ella es Madre de uno que es Dios, y por eso es Madre de Dios.

Y qué hermoso repetir lo que decía San Estanislao: La Madre de Dios es también madre mía.Quien nos dio a su Madre santísima como madre nuestra, en la cruz al decir al discípulo que nos representaba a nosotros: He ahí a tu madre, ¿será capaz de negarnos algún favor si se lo pedimos en nombre de la Madre Santísima? 
Al saber que nuestra Madre Celestial es también Madre de Dios, sentimos brotar en nuestro corazón una gran confianza hacia Ella.

Cuando en el año 431 el hereje Nestorio se atrevió a decir que María no era Madre de Dios, se reunieron los 200 obispos del mundo en Éfeso (la ciudad donde la Santísima Virgen pasó sus últimos años) e iluminados por el Espíritu Santo declararon: La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo, es Dios. Y acompañados por todo el gentío de la ciudad que los rodeaba portando antorchas encendidas, hicieron una gran procesión cantando: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

El título Madre de Dios es el principal y el más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos y cualidades y privilegios que Ella tiene. 
Los santos muy antiguos dicen que en Oriente y Occidente, el nombre más generalizado con el que los cristianos llamaban a la Virgen era el de María, Madre de Dios.

Fuente: ewtn.com