Madre del Amor Hermoso (I)

Virgen con el Nino 04 10

Desde toda eternidad estuvo ya la Reina, íntima e inseparablemente unida al Verbo, en el plan providencial que éste debía realizar como Salvador de los caídos. ¡Con el Redentor, la Corredentora Inmaculada! Respetemos, pues, y adoremos los designios del Altísimo y conservemos perfectamente unidos los Corazones que Él ha unido, el de Jesús y el de María: ¡a ellos sean dados honor y gloria!

Mi camino para llegar hasta el Santo de los santos, hasta el Corazón mismo de Jesús, hasta lo más íntimo de ese santuario de justicia y de amor, lo tengo perfectamente trazado: ¡ese camino obligado y directo es María! Como nadie va al Padre sino por el Hijo, como nadie conoce al Padre sino aquel a quien el hijo se lo revelare, así, en otro orden y relativamente, podríamos decir que nadie va donde el Rey, sino aquel a quien le revelare su hermosura la Reina.
Por ella nos llega, desde el seno del Padre, el Verbo. Esto es, cabalmente, lo que manifiesta la voluntad explícita de Dios: que María entre de lleno en el plan divino, que así como Dios viene a los hombres por María, así los hombres rescatados vayan también a Dios por Ella. Porque lo quiso positivamente, Jesús hizo de su Madre el puente indispensable.

En efecto, ningún cristiano digno de ese nombre pretenderá tomar un camino que no sea María, el trazado por aquel que se llamó a Si mismo «el Camino». Sería pretender corregir los planes de Dios y rectificar una afirmación suya, hecha por el prodigio estupendo de la Encarnación, el no querer pasar por los brazos de la Reina Inmaculada, al ir en busca de Dios y al encuentro de su Hijo.
Es, más que interesante, conmovedor, el pensar que en Belén los pastorcitos, los reyes, el mismo José, deben recibir el Niño adorable de manos de María...
«¡Tú eres, Reina Inmaculada, el Puente tendido por Dios mismo entre el Paraíso que perdimos y el Paraíso que esperamos...» «¡Venga a nosotros Jesús por tus manos! ¡Llévanos por ellas, Reina y Madre, hasta las profundidades de su Corazón adorable!»

El primer Maestro en el amor de María es Jesús. La primera razón por la cual debo amarla, sin medir el caudal de mis ternuras con Ella, es que el primero de los amores del Corazón de Jesús, después de su Padre celestial, fue María. La amó como sólo Dios podía amar a la criatura más perfecta que salió de sus manos, la única santa. La amó como sólo Dios podía amar a Aquella en quien iba a tomar carne y sangre humanas para ser, por Pasión y Muerte, desde entonces, el Salvador del mundo. Consagraba por lo mismo a María desde esa hora en colaboradora directa, en Corredentora.
La amó Jesús con gratitud de Hijo suyo: vivió de la sangre purísima de María, durmió tranquilo en su regazo materno. Su Corazón gozó de ternura y desvelos, de caricias y de lágrimas amorosas que María, y sólo María era capaz de prodigar al Hijo del Dios vivo, ¡su Hijo!
La amó Jesús durante treinta años de intimidad; y en convivencia la más estrecha, se fueron fundiendo, si esto fuera posible, más y más los Corazones del Hijo y de la Madre en aquel diálogo perpetuo de sus dos almas, en aquella pasión y agonía secretas que les crucificaba a ambos, ya desde entonces, en la misma cruz.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Los pecadores hallarán en mi Corazón misericordia

Jacques Fesch 01 01

Jacques Fesch y su esposa Pierrette

Jacques Fesch, francés 1930-1957, encarcelado por el asesinato precipitado de un policía luego de un intento de atraco, se arrepintió profundamente de su crimen y se convirtió en un católico piadoso durante su confinamiento de tres años y medio. Fue condenado a morir en la guillotina a la edad de veintisiete años. Mientras permanecía en prisión inició un diario espiritual dedicado a su hija Véronique.
“Rezar, rezar incesantemente, eso es lo que debo hacer. Jesús me dirige hacia Su Madre, en cuyas manos está mi salvación... La Virgen está más cerca de nuestra humanidad por las mil torturas que padeció su corazón de madre, y ahí están las pruebas palpables de su amor para recordárnoslo... Hay que rezar también al Sagrado Corazón de Jesús, que derrama sobre sus hijos el tesoro de Su amor... ¡Qué fuente de amor mana de ese Corazón que tanto ama a los hombres!

Si conocieras el don de Dios... En esas palabras parece contenerse todo el amor de Cristo, todas las promesas de una misericordia infinita y todas las gracias con las que me colma... Creo que, si llegáramos a captar la gravedad de la menor ofensa contra Su Divino Corazón, nos quedaríamos petrificados de horror y comprenderíamos mejor la grandeza de Su amor...
“Yo quiero poner mi confianza en Jesús y no hacer más que lo que Él quiere que haga... ¿qué nos pide? Que nos abandonemos a Su voluntad...”
“Acabo de leer un párrafo del mensaje de nuestra Señora de Fátima que me gusta y que no deberíamos olvidar jamás. Cuando habla con sus pequeños confidentes, María les pide que recen por la conversión de los pecadores, y que hagan sacrificios en reparación por sus culpas... las llamadas del Corazón Inmaculado a favor de los pecadores se dirigen a todos nosotros...”

Fuente: Jacques Fesch, Diario espiritual

Primer viernes: Amor, reparación y desagravio

Sagrados Corazones 02 02

Acto de desagravio al Sagrado Corazón de Jesús y al Purísimo Corazón de María

Oh Corazón amantísimo de mi Salvador, penetrado del más vivo dolor a vista de las ofensas que habéis recibido y recibís aun todos los días en el Sacramento del altar, me postro en tu presencia para desagraviaros de ellas.
¡Ojalá pudiera yo, con mi veneración y mi respeto, reparar cumplidamente vuestro honor menospreciado!
¡Ojalá me fuese dado borrar con mis lágrimas, y hasta con mi sangre, tantas irreverencias, tantas profanaciones, tantos sacrilegios como se cometen contra Vos!
¡Ojalá pudiera suplir con llamas de encendido amor la frialdad y criminal indiferencia de tantos malos cristianos!
¡Cuán bien empleada estaría mi vida si lograse darla por tan digno motivo!

Otórganos, oh Dios mío, el perdón que imploro de Vos para tantos impíos que contra Vos blasfeman;
para tantos infieles que os desconocen;
para tantos herejes y cismáticos que os deshonran;
para tantos católicos ingratos que profanan el misterio de vuestro amor,
y, finalmente, para mí que con tanta frecuencia os he injuriado.
Trocad mi corazón delincuente y dadme otro conforme al Vuestro.

Dadme un corazón contrito y humillado, un corazón puro y sin mancha, un corazón del todo consagrado a vuestra gloria y víctima de vuestro amor, a fin de que pueda consolar a vuestro Corazón entristecido por nuestras ingratitudes.
Sí, os lo prometo, Corazón adorable, repararé en lo sucesivo tantas irreverencias y sacrilegios
con mi modestia en el templo,
con mi solicitud en visitaros,
con mi devoción y fervor en recibiros.

Y Vos, oh Corazón inmaculado de María, unido con el Corazón de Jesús en el amor que profesa a los hombres, y víctima como el suyo de la ingratitud y malicia del hombre, dignaos aceptar en desagravio de los muchos ultrajes que os han inferido, la ofrenda que os hacemos de nuestro dolor y de nuestro amor.
Si mis culpas son las que han afligido vuestro purísimo Corazón, me hallo en la obligación de desagraviarle, y quiero para ello estar animado de los sentimientos de respeto, amor y reconocimiento que os son debidos.
Os ofrezco mis alabanzas, mi dolor y mis pesares.
¡Ah! ¡Por qué no me es dado reparar con los más puros afectos de mi corazón el olvido, la ingratitud, el desprecio, y el odio de que ha sido y es todavía objeto vuestro amabilísimo Corazón!
¡Oh divinos Corazones de Jesús y de María! si mis sentimientos no bastan, los Vuestros son superabundantes. Os ofrezco, pues, esos admirables sentimientos que recíprocamente os animan, en desagravio de todo lo que os han hecho sufrir nuestras ingratitudes.
¡Oh divinos Corazones, recibid la ofrenda que os hacemos, perdonad a vuestros hijos ingratos y bendecidlos en el tiempo y en la eternidad!
Amén.

Fuente: del Oficio Parvo, 1905

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