La reinstauración de la Cristiandad

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¿Qué podemos hacer para colaborar en la reinstauración de la Cristiandad? Aquí tres medios que pueden acercarnos a ello:

.1. Rezar por nuestros gobernantes, actuales y futuros, ya que ellos son un factor fundamental porque cuentan con poderosos medios para fomentar un orden social cristiano. Como decía San Alfonso María de Ligorio: “Lo que puede hacer un soberano tocado por la gracia de Dios, en interés de la Iglesia y de las almas, no lo harán nunca mil misiones”.
En una época en que quienes acceden al poder no son dignos de imitación, parece ésta una causa perdida, pero volvamos a recordar al Beato Carlos de Austria. Fue un gobernante verdaderamente católico de hace no tanto tiempo (S. XX), convencido de que su misión era un mandato de Dios. Aunque pocos, aún hay gobernantes que se proponen instaurar el reinado de Cristo a través de su gobierno, creando las condiciones sociales que hacen posible una vida cristiana y de santidad, y los habrá más si rezamos y nos formamos para ello.

.2. La legislación debe ser garantía para que el ciudadano pueda vivir en paz y dignamente, según la ley natural. Sólo sobre esa base el cristiano puede cumplir con la ley de Dios. ¿Cómo podrá lograrse un orden social cristiano si retrocedemos a un “orden” donde ya no se respeta ni lo meramente humano? Todos, con nuestras oraciones, ofrecimientos y testimonios podemos luchar en contra de ese mal.

.3. Por último, militar como laicos tanto en el orden público como en el privado. Es obligatorio para un católico dar testimonio de su fe como defensa contra el mundo (que desde siempre se opone a ella) y por la vocación de profeta que recibe en el Bautismo.
Santo Tomás pensaba que “cada uno está obligado a manifestar públicamente su fe, ya sea para instruir y animar a los otros fieles, ya para rechazar los ataques de los adversarios”.Esto no puede reducirse a la devoción privada ni a los actos públicos de beneficencia, sino que implica un testimonio de vida íntegramente cristiana, un afán primordial de hacer triunfar la Realeza social de Cristo, un dejar de lado aquella falsa “tolerancia” que sólo favorece que persista el error y tapa el noble deber de corrección, al que nos llama la caridad.

Como bautizados, tenemos el deber de expandir el Reino de Cristo. La apostasía general actual no puede ser una excusa para el refreno o desánimo, sino motivo de aliento y fortalecimiento para nuestro obrar evangelizador. No podemos tomar una postura intermedia, porque como Cristo enseñó, “El que no está conmigo está contra mí” (Mt 12, 30). Prudencia sí, pero no tibieza. Auténtica tolerancia, pero nunca complacencia o negociación con el error. Una religión vivida a medias no salva a nadie. Sólo es eficaz la fe vivida en plenitud.

Fuente: Nuestra Señora de la Cristiandad, Libro del Peregrino 2018

San Agustín: una búsqueda continua de Dios

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San Agustín había sido educado cristianamente por su madre Santa Mónica. Como consecuencia de este desvelo materno, aunque hubo unos años en que estuvo lejos de la verdadera doctrina, siempre mantuvo el recuerdo de Cristo, cuyo nombre había bebido, dice él, con la leche materna.

Cuando, al cabo de los años, vuelva a la fe católica afirmará que regresará a la religión que me había sido imbuida desde niño y que había penetrado hasta la médula de mi ser. Esa educación primera ha sido, en innumerables casos, el fundamento de la fe, a la que muchos han vuelto después de una vida quizá muy alejada del Señor.
Después de años de buscar la Verdad sin encontrarla, con la ayuda de la Gracia que su madre imploró constantemente llegó al convencimiento de que sólo en la Iglesia Católica encontraría la Verdad y la paz para su alma.

Aunque Agustín veía claro dónde estaba la Verdad, su camino no había terminado. Buscaba excusas para no dar ese paso definitivo, que para él significaba, además, una entrega radical a Dios, con la renuncia, por predilección a Cristo, de un amor humano. Dio ese paso definitivo en el verano del año 386, y nueve meses más tarde, en la noche del 24 al 25 de abril del año siguiente, durante la vigilia pascual, tuvo su encuentro para siempre con Cristo, al recibir el bautismo de manos del obispo San Ambrosio.
Nunca olvidó San Agustín aquella noche memorable. “Recibimos el Bautismo -recuerda al cabo de los años- y se disipó en nosotros la inquietud de la vida pasada. Aquellos días no me hartaba de considerar con dulzura admirable tus profundos designios sobre la salvación del género humano”. Y añade: “Cuántas lágrimas derramé oyendo los acentos de tus himnos y cánticos, que resonaban dulcemente en tu Iglesia”.
“Buscad a Dios, y vivirá vuestra alma. Salgamos a su encuentro para alcanzarle, y busquémosle después de hallarlo. Para que le busquemos, se oculta, y para que sigamos indagando, aun después de hallarle, es inmenso. Él llena los deseos según la capacidad del que investiga”.

Ésta fue la vida de San Agustín: una continua búsqueda de Dios; y ésta ha de ser la nuestra. Cuanto más le encontremos y le poseamos, mayor será nuestra capacidad para seguir creciendo en su amor.

Testamento de San Luis Rey a su hijo

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Hijo amadísimo, lo primero que quiero enseñarte es que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con todas tus fuerzas; sin ello no hay salvación posible.

Hijo, debes guardarte de todo aquello que sabes que desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal, de tal manera que has de estar dispuesto a sufrir toda clase de martirios antes que cometer un pecado mortal.
Además, si el Señor permite que te aflija alguna tribulación, debes soportarla generosamente y con acción de gracias, pensando que es para tu bien y que es posible que la hayas merecido. Y, si el Señor te concede prosperidad, debes darle gracias con humildad y vigilar que no sea en detrimento tuyo, por vanagloria o por cualquier otro motivo, porque los dones de Dios no han de ser causa de que le ofendas.
Asiste, de buena gana y con devoción, al culto divino y, mientras estés en el templo, guarda recogida la mirada y no hables sin necesidad, sino ruega devotamente al Señor, con oración vocal o mental.

Ten piedad para con los pobres, desgraciados y afligidos, y ayúdalos y consuélalos según tus posibilidades. Da gracias a Dios por todos sus beneficios, y así te harás digno de recibir otros mayores. Para con tus súbditos, obra con toda rectitud y justicia, sin desviarte a la derecha ni a la izquierda; ponte siempre más del lado del pobre que del rico, hasta que averigües de qué lado está la razón. Pon la mayor diligencia en que todos tus súbditos vivan en paz y con justicia, sobre todo las personas eclesiásticas y religiosas.
Sé devoto y obediente a nuestra madre, la Iglesia romana, y al sumo pontífice, nuestro padre espiritual. Esfuérzate en alejar de tu territorio toda clase de pecado, principalmente la blasfemia y la herejía.

Hijo amadísimo, llegado al final, te doy toda la bendición que un padre amante puede dar a su hijo; que la santísima Trinidad y todos los santos te guarden de todo mal. Y que el Señor te dé la gracia de cumplir su voluntad, de tal manera que reciba de ti servicio y honor, y así, después de esta vida, los dos lleguemos a verlo, amarlo y alabarlo sin fin. Amén.

Fuente: Del testamento espiritual de san Luis a su hijo, Oficio de Lecturas del día, Liturgia de las Horas

«¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!»

Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrin Maria Cristina Mocellin y Chiara Corbella 01 01

Foto: Santa Gianna y las Siervas de Dios Cecilia Perrín, María Cristina Mocellin y Chiara Corbella que dieron la vida por su hijo. Haga clic en el siguiente enlace para ver un videoque reseña brevemente sus heroicas vidas: Madres heroicas

El domingo 24 de abril de 1994 en el Año de la Familia, S.S. Juan Pablo II beatificó a Gianna Beretta Molla, hoy Santa.
En la Homilía el Pontífice rindió homenaje a todas las madres valerosas, “que se dedican sin reservas a sus familias, que sufren al dar a luz a los hijos, y que después están dispuestas a afrontar cualquier sacrificio para transmitirles lo mejor que tienen”.

Juan Pablo II señaló que hoy el ambiente es hostil a la maternidad: “los modelos de civilización, promovidos por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad, en nombre del progreso y de la modernidad se presentan como superados los valores de la fidelidad, la castidad y el sacrificio, en los que se distinguen gran número de esposas y madres cristianas. A menudo, una mujer decidida a ser coherente con sus principios se siente profundamente sola, sola con su amor, que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio guía es Cristo. Una mujer que cree en Cristo encuentra un poderoso apoyo precisamente en este amor que soporta todo. Es un amor que le permite pensar que todo lo que hace por un hijo concebido, nacido, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios ¡Gracias, madres heroicas, por vuestro amor invencible!”.

Luego del rezo del Regina Caeli, en la Plaza de San Pero, el Santo Padre volvió a hablar de la defensa de la vida no nacida, que encomendó a la Virgen, “para que rodee con su cuidado maternal a todo ser humano amenazado en el seno materno. Es especialmente importante en estos tiempos, cuando ante la mujer se acumulan todas las amenazas contra la vida que ella está para traer al mundo”.

Los dos fines naturales del matrimonio

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Santo Tomás expone en la Suma Teológica los dos fines naturales del matrimonio. El primero, la generación y educación de los hijos hasta la edad adulta, con la adquisición de las virtudes. El segundo será la mutua ayuda entre el hombre y la mujer, en la que se sustenta la amistad o el afecto conyugal.
Para edificar una moral del matrimonio no es preciso oponer los dos fines ni ponerlos en competencia, sino ponerlos en comunicación y conjugarlos. El fin principal, especialmente la educación de los hijos, no se puede obtener convenientemente sin la colaboración de los esposos entre sí, sin su afecto o amistad mutua. Hay ahí como una necesidad natural de la educación familiar.

Por otra parte, el rechazo del fin primero en el matrimonio entraña casi necesariamente el fracaso del fin segundo. El hijo es, en efecto, como el fruto propio, natural, del amor conyugal. Los esposos que lo rechazan condenan su amor a la esterilidad, incluso en el plano afectivo, y preparan su extinción en un plazo más o menos largo. El amor, en efecto, tiende naturalmente a la fecundidad, en todos los planos; es como una ley de generosidad inscrita tanto en el alma como en el cuerpo del hombre y de la mujer. No se puede quebrantarla voluntariamente sin comprometer la vida misma del amor, en su verdad y en su profundidad.
Es, por tanto, de primera importancia tener en cuenta la interdependencia y la interacción que poseen inseparablemente los dos fines del matrimonio. Hay ahí como una lógica de la realidad humana, más profunda y más fuerte, al cabo, que todas las ideas y las opiniones, los sentimientos y las pasiones.

Notemos también la influencia del individualismo sobre las relaciones entre el hombre y la mujer. La propensión a reivindicar la libertad individual ha conducido a considerar el dato natural que destina a la mujer a la maternidad y a una participación específica en la educación, como una constricción más que como una cualificación complementaria a la del hombre. La distinción de los sexos engendra entonces su rivalidad, así como la persecución de una imposible supresión de las diferencias, perjudicial tanto para el hombre como para la mujer. Sólo la aceptación franca y positiva de estas diferencias como actitudes complementarias permite restablecer entre el hombre y la mujer una colaboración y un equilibrio que descansan en el reconocimiento del otro y favorecen, en el apoyo mutuo, el despliegue de una libertad de calidad.

Fuente: Cf. Servais (Th.) Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana

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