El empresario de Dios

Enrique Shaw 01 01 Siervo de Dios Enrique Shaw

El Siervo de Dios Enrique Shaw, hijo de padres argentinos, Sara Tornquist y Alejandro Shaw, nació en París el 26 de febrero de 1921. En el año 1923, su familia regresa al país. Estudió en el Colegio de La Salle de Buenos Aires, donde fue un alumno sobresaliente. Pero lo que más distinguía a Enrique era su profunda fe religiosa: comulgaba diariamente y era miembro directivo de la Congregación Mariana.

A principios de 1936, después de cumplir 14 años, desea ingresar en la Escuela Naval Militar. Fue principalmente en los rigurosos mares del Sur donde ejerció una comprometida labor apostólica, dando un fuerte testimonio de fe. Figuró entre los tres mejores promedios de su clase y fue el más joven de los graduados hasta entonces en la institución.

Enrique fue siempre muy buen lector y buscaba ansiosamente responder a sus inquietudes. Autodidacta desde muy joven, a los 16 años comenzó a leer libros de economía, política, filosofía, historia y ciencia. Pero en ninguno de estos libros encontró la respuesta que él necesitaba. Una tarde del verano de 1939, en un folleto sobre Doctrina Social de la Iglesia, finalmente encuentra lo que estaba buscando. Él siempre llamó a esto su “conversión”.
Se casa con Cecilia Bunge en 1943 y Dios bendice este matrimonio con nueve hijos, uno de ellos es sacerdote del Opus Dei. Una de sus hijas escribe: “papá admiraba mucho en Santo Tomás Moro cómo transcurrió su vida familiar y demostró su fortaleza al asumir la muerte en el patíbulo en defensa de su fe católica”.

En 1945 Enrique vio que Dios le pedía de ahora en más un apostolado específico. Renuncia a la Marina y se inicia como ejecutivo de las Cristalerías Rigolleau. En poco tiempo llegó a ser Gerente General y a conformar distintos directorios de otras empresas. Durante esos años fue formando una espiritualidad propia relacionada con su vocación de empresario cristiano. Se incorporó a la Acción Católica y al Movimiento Familiar Cristiano.
En 1946 el Episcopado le encarga organizar con otros empresarios la ayuda a la Europa de post-guerra e intenta crear una entidad para que los empresarios sean más cristianos. Enrique funda en 1952 la ACDE (Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa) de la cual es su primer Presidente. Despliega así, una intensa acción evangelizadora dirigida a la clase empresarial tanto del país como de América Latina.

En 1957 se le descubre un cáncer. Inicia una tenaz lucha contra la enfermedad. Sin embargo esto no le impide mantener una intensa actividad participando en congresos, dictando conferencias, editando publicaciones, elaborando su diario y manuscritos. En estos últimos, empieza a despuntar el perfil de un hombre que va uniéndose cada vez más a Cristo: “No basta con hacer las cosas bien, o tal vez muy bien. Es necesario estar totalmente entregado a Cristo, pensar si cada acto está de acuerdo con las intenciones del Corazón de Cristo”,escribe.
En 1958 integra el primer Consejo de Administración de la Universidad Católica Argentina, organiza una librería a la que llama "Casa del Libro", entre otros apostolados. Gran devoto de la Virgen, en 1962 viajó a Lourdes a pedido de los suyos, para pedir el milagro de su curación. Pero él ofreció su vida por familiares y amigos. Fallece en Buenos Aires, el 27 de agosto de 1962, a los 41 años, tras dolorosos padecimientos que enfrentó con entereza, coraje y una profundidad cristiana conmovedora.

Fuente: cf. aciprensa.com

La espesura de la Cruz

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Por más misterios y maravillas que han descubierto lo santos doctores y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que, por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van hallando en cada seno nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá.

Que por eso dijo san Pablo del mismo Cristo, diciendo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos. En los cuales el alma no puede entrar ni llegar a ellos, si, como habemos dicho, no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría.
Porque, aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella.

¡Oh, si se acabase ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! ¡Y cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer, para entrar en ella, en la espesura de la Cruz!
Que, por eso, san Pablo amonestaba a los de Éfeso que no desfalleciesen en las tribulaciones,que estuviesen bien fuertes y arraigados en la caridad, para que pudiesen comprender, con todos los santos, qué cosa sea la anchura y la longura y la altura y la profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la ciencia de Cristo, para ser llenos de todo henchimiento de Dios.
Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría la puerta es la cruz, que es angosta. Y desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos.

Fuente: San Juan de la Cruz, Cántico espiritual

La Natividad de la Santísima Virgen

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Después del nacimiento de Jesús, ningún nacimiento ha sido tan importante a los ojos de Dios, ni tan importante para el bien de la humanidad, como el de María. Y sin embargo, ese nacimiento permanece en completa oscuridad. En el Evangelio la figura de María está casi completamente oscurecida por la de su divino Hijo. Los evangelistas nos dicen de Ella lo imprescindible para presentar a la Madre del Redentor; y, en efecto, entra en escena sólo cuando se inicia la narración de la encarnación del Verbo.

La vida de María se confunde, se pierde en la de Jesús; María vivió verdaderamente escondida con Cristo en Dios. Y notemos que vivió en la oscuridad no sólo durante los años de su infancia, sino también en los días de su maternidad divina, hasta en los momentos de triunfo de su Hijo, hasta cuando una mujer entusiasmada por las maravillas que Jesús realizaba, alzó su voz en medio de la turba, gritando: «¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que mamaste!» (Lc 11, 27).

Sea, pues, para nosotros la solemnidad mariana que hoy celebramos una invitación a la vida escondida, a escondernos con María en Cristo y con Cristo en Dios. Muchas veces es Dios mismo el que, a través de las circunstancias, se encarga de hacernos vivir en la oscuridad; debemos entonces estarle muy agradecidos y valernos de estas ocasiones para progresar cada vez más en la práctica de la humildad y de la vida oculta. Otras veces, por el contrario, el Señor nos puede confiar misiones, oficios, obras de apostolado que nos pongan en el candelero; pues bien, en tales circunstancias, igualmente debemos procurar desaparecer lo más posible. No debemos negarnos a obrar pero tenemos que obrar de forma que sepamos eclipsarnos apenas nuestra palabra deje de ser estrictamente necesaria para el feliz éxito de las obras a nosotros encomendadas.
Todo lo demás: las alabanzas, los aplausos, la relación de los triunfos o la apología de los fracasos, no nos debe interesar; frente a todo esto nuestra táctica debe ser la de retirarnos con santa naturalidad.
Un alma de vida interior debe abrigar el ansia de esconderse lo más que pueda bajo la sombra de Dios, porque, si algo bueno ha podido hacer, está convencida de que todo ha sido obra de Dios y por eso procura con premurosa delicadeza que todo redunde únicamente en gloria suya.
Que la vida humilde y escondida de María sea el modelo de la nuestra, y, si para emularla tenemos que luchar contra las tendencias siempre renacientes del orgullo, recurramos confiados a su ayuda materna y María nos hará triunfar de toda suerte de vanagloria.

“Cuando en el mar de este mundo me siento juguete de las borrascas y tempestades, tengo los ojos fijos en ti, oh María, fúlgida estrella, para no ser sumergido por las olas.
Cuando se levantan los vientos de las tentaciones, cuando encallo en la escollera de las tribulaciones, pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María.
Cuando me agitan las olas de la soberbia, de la ambición, de la maledicencia y de la envidia, pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María.
Cuando la cólera o la avaricia o las seducciones de la carne azotan la frágil barquilla de mi alma, siempre miro a ti, oh María.
Y si, turbado por la enormidad de las culpas, confundido por la fealdad de mi conciencia, aterrado por la severidad del juicio, me sintiese arrastrado al vórtice de la tristeza, al abismo de la desesperación, elevaría aún a ti los ojos, invocándote siempre, oh María” (San Bernardo).

Fuente: cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Bienes de la enfermedad (II)

San Juan Bautista de La Salle 01 01 San Juan Bautista de La Salle

Debe aconsejarse a los enfermos que consideren cuán grande don es la molestia del cuerpo, con la que pueden lavar los pecados cometidos y reprimir los que podrían cometerse. Mediante las llagas exteriores, en efecto, el dolor causa en el alma las llagas de la penitencia, conforme a lo que está escrito: los males se purgan por las llagas y con incisiones que penetran hasta las entrañas (Pr 20, 30).

Se purgan los males por las llagas, esto es, el dolor de los castigos purifica las maldades, tanto las de pensamiento como las de obra, ya que con el nombre de entrañas suele entenderse generalmente el alma, y así como el vientre consume las viandas, así el alma, considerando las molestias, las purifica.

Para que los enfermos conserven la virtud de la paciencia, se les debe exhortar a que continuamente consideren cuántos males soportó Nuestro Redentor por sus criaturas; cómo aguantó las injurias que le inferían sus acusadores; cómo Él, que continuamente arrebata de las manos del antiguo enemigo a las almas cautivas, recibió las bofetadas de los que le insultaban; cómo Él, que nos lava con el agua de la salvación, no hurtó su rostro a las salivas de los pérfidos; cómo Él, que con su palabra nos libra de los suplicios eternos, toleró en silencio los azotes; cómo Él, que nos concede honores permanentes entre los coros de los ángeles, aguantó los bofetones; cómo Él, que nos libra de las punzadas de los pecados, no sustrajo su cabeza a la corona de espinas; cómo Él, que nos embriaga de eterna dulcedumbre, aceptó en su sed la amargura de la hiel; cómo Él, que adoró por nosotros al Padre, aun siendo igual al Padre en la eternidad, calló cuando fue burlonamente adorado; cómo Él, que dispensa la vida a los muertos, llegó a morir siendo Él mismo la Vida.

Fuente: San Gregorio Magno, Regla pastoral. textoshistoriadelaiglesia.blogspot.com

Bienes de la enfermedad (I)

Beata Ana Catalina Emmerick 01 01 Beata Ana Catalina Emmerick

En este día de San Gregorio Magno, Papa, ofrecemos algunos párrafos escritos por el santo en los que trata de los beneficios que nos concede Dios por medio de la enfermedad.

A los enfermos se les debe exhortar a que se tengan por hijos de Dios, precisamente porque los flagela con el azote de la corrección. Si no determinara dar la herencia a los corregidos, no cuidaría de enseñarlos con las molestias; por eso el Señor dice a San Juan por el ángel (Ap 3, 19): Yo, a los que amo, los reprendo y castigo; y por eso está también escrito: no rehúses, hijo mío, la corrección del Señor ni desmayes cuando Él te castigue, porque el Señor castiga a los que ama, y azota a todo el que recibe por hijo (Pr 3, 11). Y el Salmista dice: muchas son las tribulaciones de los justos, pero de todas los librará el Señor (Sal 33, 20).

Hay, pues, que enseñar a los enfermos que, si verdaderamente creen que su patria es el Cielo, es necesario que en la patria de aquí abajo, como en lugar extraño, padezcan algunos trabajos. Se nos enseña que en la construcción del templo del Señor [el templo de Jerusalén], las piedras que se labraban se colocaban fuera, para que no se oyera ruido de martillazos. Así ahora nosotros sufrimos con los azotes, para ser luego colocados en el templo del Señor sin golpes de corrección. Quienes eviten los golpes ahora, tendrán luego que quitar todo lo que haya de superfluo, para poder ser acoplados en el edificio de la concordia y la caridad (...)

Se debe aconsejar a los enfermos que consideren cuán saludable para el alma es la molestia del cuerpo, ya que los sufrimientos son como una llamada insistente al alma para que se conozca a sí misma. El aviso de la enfermedad, en efecto, reforma al alma, que por lo común vive con descuido en el tiempo de salud. De este modo el espíritu, que por el olvido de sí era llevado al engreimiento, por el tormento que sufre en la carne, se acuerda de la condición a que está sujeto.

Fuente: San Gregorio Magno, Regla pastoral. textoshistoriadelaiglesia.blogspot.com

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