El bien verdadero y el bien aparente (II)

Adan y Eva 04 04

A pesar de toda la complejidad del problema del pecado, a pesar del atractivo del mal que pueden engendrar la pasión y el vicio, no por ello la razón y la voluntad del hombre dejan de estar orientadas en lo profundo al bien verdadero y no podrían jamás estar satisfechas sin él. Por consiguiente, el bien conocido, que es propio del hombre, permanece siempre ordenado al bien real, por oculto como esté por las capas del mal.

La elección moral no se efectúa, por tanto, entre el bien y el mal tomados como cosas contrarias según la determinación de la ley, sino entre dos bienes, uno de los cuales es real y el otro, aparente. La elección moral reclama un juicio de realidad y de verdad sobre la naturaleza del bien que se presenta, mientras que el mal no puede introducirse más que por la mentira y la duplicidad. La ley interviene aquí para esclarecer a la razón sobre la naturaleza y la calidad de las cosas.

Notemos, en fin, que la afirmación de que el bien propio del hombre es el bien en tanto que conocido, no debe entenderse en un sentido subjetivo como si el bien se identificara con nuestra idea, con nuestro sentimiento, con nuestra opinión sobre el bien. Esto sería directamente contrario, para Santo Tomás, a la noción misma de verdad, que designa la realidad del ser captada en sí misma por la razón, contrario también al amor de amistad que nos inclina a amar por y en sí mismo. El sujeto humano no hace ni crea la verdad ni el bien, sino que se hace a sí mismo al abrirse a la verdad por la razón y al bien por el amor justo. La concepción subjetiva de la verdad y del bien es sin duda una de las tentaciones más sutiles y más insidiosas para la inteligencia. Encierra y ata al espíritu, frecuentemente en nombre de la razón, en un universo de puras apariencias.

Fuente: Servais (Th.) Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana

El bien verdadero y el bien aparente (I)

Alegoria de la virtud y el vicio 01 01 Alegoría de la virtud y el vicio

A pesar de las diferentes fuentes del conocimiento moral de las que disponemos, puede ocurrir que nuestra estimación del bien no coincida con el bien real y que incluso se oponga a él. En realidad podemos tomar como un bien lo que es malo y como un mal lo que es bueno. Las causas de este error pueden ser tan múltiples como los componentes del juicio y de la elección práctica. Son los límites de una inteligencia que puede equivocarse en sus razonamientos tanto en moral como en otras cosas a causa de los límites de su campo de visión, a causa de un defecto de atención o de penetración, por inexperiencia, incluso. Serán también las disposiciones de la voluntad y del sentimiento, pues se juzgan las cosas según la disposición en que se está: las pasiones, como la cólera, influyen a su modo en la percepción del bien y causan la precipitación y la confusión del juicio. La voluntad misma puede dejarse pervertir por un afecto excesivo como en el avaro, o por el rechazo de lo que la contraría como la envidia o el odio.

La distancia que se puede establecer así entre el bien conocido y el bien real está en el origen del pecado y puede expresarse por la distinción entre el “bien verdadero” y el “bien aparente”.
Ganar dinero y hacer fortuna cometiendo la injusticia es un bien aparente, que posee un cierto peso de realidad y ejerce un poderoso atractivo sobre el corazón del hombre; pero es un mal verdadero y mucho más real porque la injusticia corrompe el corazón sin que el dinero pueda jamás satisfacerlo. Toda la fuerza de la tentación reside precisamente en la apariencia del bien, que reverbera y cautiva el espíritu y el corazón. El peligro más grande de la acción malvada es contribuir a fortificar esta apariencia, pues se acaba por pensar como se ha obrado. La injusticia repetida deforma el juicio tanto como pervierte el querer.

Sin embargo, cualquiera que sea el pecado del hombre, siempre subsiste en el fondo de él esta inclinación natural al bien y a la verdad sin la que no podría formarse en nosotros esta apariencia de bien de la cual tiene necesidad el mal para afectarnos y engañarnos. Así, una división, una contradicción ineluctable se instala en el fondo de la voluntad pecadora entre el atractivo del bien que se halla en su naturaleza misma y el mal que hace, entre el sentido de la verdad que le viene de la razón y el juego de apariencias que la cautivan. No hay paz en ella.

Fuente: Servais (Th.) Pinckaers, Las fuentes de la moral cristiana

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