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BEATO CARLOS DE AUSTRIA

PATRONO DE ARCADEI

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Beato Carlos de Austria

Ejemplo de laico perfecto, modelo de esposo y de padre de familia, ejemplo de espíritu reparador, de magnanimidad, de humildad y de abandono confiado a la Divina Providencia, gran devoto de la Eucaristía, del Sagrado Corazón, a Quien consagró toda su familia, y de la Santísima Virgen; Patrono de ARCADEI.

Oh, Dios, fuente de toda gracia y santidad, míranos con bondad a nosotros, tus servidores, que hoy nos colocamos bajo el patronazgo del Beato Carlos de Austria, y haz que experimentemos la intercesión de este santo, el cual, convertido en coheredero de Cristo, resplandece como testigo de vida cristiana heroica y como egregio intercesor ante Ti. Por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Beato Carlos de Austria, ruega por nosotros.

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Carlos de Austria nació el 17 de agosto de 1887 en el Castillo de Persenbeug, en la región del Austria Inferior. Sus padres eran el archiduque Otto y la Princesa María Josefina de Sajonia, hija del último rey de Sajonia. El emperador Francisco José I era tío abuelo de Carlos.

Muy pronto creció en Carlos un gran amor por la Santa Eucaristía y por el Corazón de Jesús. Todas las decisiones importantes provenían de la oración.

El 21 de octubre de 1911 se casó con la princesa Zita de Borbón-Parma. Durante los diez años de vida matrimonial feliz y ejemplar la pareja recibió el don de ocho hijos. En el lecho de muerte, Carlos decía aún a Zita: “¡Te quiero sin fin!”.

El 28 de junio de 1914, tras el asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono, en un atentado, Carlos se convierte en el heredero al trono del Imperio Austro-Húngaro.

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Mientras se encarnizaba la primera Guerra Mundial, con la muerte del emperador Francisco José, el 21 de noviembre de 1916, Carlos se convierte en emperador de Austria. El 30 de diciembre es coronado Rey apostólico de Hungría.

Este deber Carlos lo concibe, también, como un camino para seguir a Cristo: en el amor por los pueblos a él confiados, en el cuidado por su bien y en la donación de su vida por ellos.

A lo largo de la terrible primera guerra mundial, Carlos puso el compromiso por la paz al centro de sus preocupaciones. Fue el único, entre los responsables políticos, que apoyó los esfuerzos por la paz de Benedicto XV.

Por lo que respecta a la política interior, incluso en tiempos extremadamente difíciles, abordó una amplia y ejemplar legislación social, inspirada en la enseñanza social cristiana.

Su comportamiento hizo posible al final del conflicto una transición a un nuevo orden sin guerra civil. A pesar de ello fue desterrado de su patria.

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Por deseo del Papa, que temía el establecimiento del poder comunista en Centroeuropa, Carlos intentó restablecer su autoridad de gobierno en Hungría. Pero dos intentos fracasaron, porque él quería en cualquier caso evitar el estallido de una guerra civil.

Carlos fue enviado al exilio en la Isla de Madeira (Portugal). Dado que él consideraba su misión como un mandato de Dios, no consintió abdicar de su cargo.

Sumergido en la pobreza, vivió con su familia en una casa bastante húmeda. A causa de ello se enfermó de muerte y aceptó la enfermedad como un sacrificio por la paz y la unidad de sus pueblos.  

Carlos soportó su sufrimiento sin lamento y perdonó a todos los que no le habían ayudado. Murió el 1 de abril de 1922 con la mirada dirigida al Santísimo Sacramento.

Como él mismo recordó todavía en el lecho de muerte, el lema de su vida fue: “Todo mi compromiso es siempre, en todas las cosas, conocer lo más claramente posible y seguir la voluntad de Dios, y esto en el modo más perfecto”. Fue beatificado en Roma el 3 de octubre de 2004. Su Fiesta Litúrgica se celebra el 21 de octubre.

Para rezar la Novena al Beato Carlos de Austria: https://beatocarlos.com/liga-de-oracion/novena/

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ORACIÓN AL BEATO CARLOS DE AUSTRIA, como PATRONO DE ARCADEI

DIOS Padre Todopoderoso te damos gracias porque en el Beato Carlos de Austria nos has dado un ejemplo de laico perfecto, modelo de espíritu reparador, de magnanimidad, de humildad y de abandono confiado a tu Providencia. Sus acciones públicas como Emperador y sus actos personales como padre de familia estaban firmemente basados en las enseñanzas de la Fe Católica. Consagró su familia al Sagrado Corazón y en todo buscaba cumplir tu Divina Voluntad del modo más perfecto. Su amor a su Señor Eucarístico y a la Santísima Virgen le ayudó a unirse al Sacrificio de Cristo en las pruebas de su vida. Fortalécenos por su intercesión cuando el desaliento, la debilidad, la soledad y la amargura nos inquieten. Por su mediación, protege a todos los miembros de ARCADEI, a nuestra Patria y a nuestras familias hasta el día del triunfo del Reinado de Cristo y del Inmaculado Corazón de María. Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén.

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LETANÍAS DEL BEATO CARLOS DE AUSTRIA

Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad.
Cristo, óyenos.
Cristo, escúchanos.
Dios, Padre celestial,
ten piedad de nosotros.
Dios, Hijo, Redentor del mundo,
Dios, Espíritu Santo,
Santísima Trinidad, un solo Dios,

Santa María, ruega por nosotros.
Beato Carlos, dócil al Espíritu Santo,
Beato Carlos, buscador de la voluntad de Dios en todo,
Beato Carlos, ejemplo de profunda vida espiritual,
Beato Carlos, guiado por la Palabra de Dios,
Beato Carlos, ejemplo para aquellos con responsabilidad política,
Beato Carlos, apóstol generoso y valiente del Evangelio,
Beato Carlos, promotor de la justicia y la paz,
Beato Carlos, siervo de Dios y de los hermanos,
Beato Carlos, ejemplo de la vida familiar,
Beato Carlos, esposo y padre devoto,
Beato Carlos, líder contra el espíritu del mal,
Beato Carlos, firme ante la injusticia y la difamación,
Beato Carlos, fiel en todas las pruebas,
Beato Carlos, sereno y paciente en cada dificultad,
Beato Carlos, unido al sacrificio de Cristo,
Beato Carlos, modelo de fe en el sufrimiento,
Beato Carlos, inflamado de amor por la Eucaristía,
Beato Carlos, devoto del Sagrado Corazón de Jesús,
Beato Carlos, amante del Santo Rosario,

Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, perdónanos, Señor.
Cordero de Dios que quita los pecados del mundo, escúchanos, Señor.
Cordero de Dios que quitas los pecados del mundo, ten piedad de nosotros.

Oremos. Oh Dios Todopoderoso y Eterno, Padre de misericordia y Dios de toda consolación, nos hemos reunido para dar gloria a Tu Nombre. Por el amor del Sagrado Corazón de tu Hijo, ayúdanos a nosotros y a todas las naciones en tiempos de necesidad. Acepta nuestras oraciones y sacrificios para extinguir la injusticia. Ayúdanos a seguir el ejemplo de tu siervo, el Beato Carlos de Austria, quien, a pesar del sufrimiento por la injusticia, la difamación y el exilio, se mantuvo fiel y siempre trató de cumplir tu divina voluntad. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Contacto o información para la Canonización: beatocarlosdeaustria.com

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Oración a la Sierva de Dios Zita de Borbón Parma

Dios Padre, que redimiste al mundo por el anonadamiento de tu Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, que siendo Rey se hizo servidor y dio su vida por una multitud, por eso Tú lo exaltaste. Dígnate ahora conceder a tu Sierva Zita, emperatriz y reina, la gracia de ser elevada al honor de los altares. En ella nos das un ejemplo admirable de fe y esperanza ante las pruebas, así como una confianza inquebrantable en Tu divina Providencia. Te pedimos que junto a su esposo, el Beato Carlos de Austria, Zita se convierta en ejemplo de amor y fidelidad conyugal para los matrimonios de hoy; para las madres de familia, en modelo de educación cristiana, y para todos, en ejemplo de servicio y amor al prójimo. Por su intercesión, escucha nuestra oración (se pide la gracia). Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén. Padre nuestro, Ave María y Gloria.

En el año 2009 se inició el Proceso de Beatificación de la esposa del Beato Carlos de Austria, la Sierva de Dios Zita de Borbón Parma.

Contacto o información para la Beatificación: associationimperatricezita.com
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Beato Carlos de Austria

Ejemplo de laico perfecto, modelo de esposo y de padre de familia, ejemplo de espíritu reparador, de magnanimidad, de humildad y de abandono confiado a la Divina Providencia, gran devoto de la Eucaristía, del Sagrado Corazón, a Quien consagró toda su familia, y de la Santísima Virgen.

CARLOS Y ZITA DE AUSTRIA,

MATRIMONIO SANTO,

LAICOS EJEMPLARES

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BEATO CARLOS I DE AUSTRIA

En plena Gran Guerra, en 1917, el escritor Anatole France, poco sospechoso de simpatizar con el catolicismo, escribía: “El emperador Carlos de Austria ha presentado una oferta de paz; es el único hombre razonable en el transcurso de la guerra, pero nadie le ha escuchado”. Para explicar su búsqueda obstinada en pro de la paz, el emperador había confiado a su jefe de gabinete: “De ello depende la seguridad y la tranquilidad de la Iglesia, así como la salvación eterna de muchas almas en peligro”. Carlos I fue beatificado el 3 de octubre de 2004 por el Papa Juan Pablo II.

Carlos de Habsburgo, primogénito del archiduque Otón y de María Josefa de Sajonia, nace el 17 de agosto de 1887 en Persenbeug, no lejos de Viena (Austria). El pequeño, que es sobrino nieto del emperador de Austria Francisco José, crece bajo la vigilancia amorosa pero estricta de su madre, mujer muy cristiana. Por su parte, el padre lleva una vida licenciosa. La educación de Carlos es confiada a preceptores cristianos que impulsan sus excelentes aptitudes. Sólo tiene un defecto: la timidez.

Carlos toma la primera comunión en 1898, en Viena. Uno de los asistentes comenta: “Si no supiéramos rezar, ese joven nos enseñaría a hacerlo”. El muchacho asiste asiduamente al instituto público de los benedictinos escoceses, donde desarrolla sus cualidades: franqueza, caridad, tenacidad y modestia. Aunque de salud algo irregular, el archiduque Carlos no deja de progresar en lo intelectual y espiritual. De conducta irreprochable, no por ello deja de ser alegre, y siente gran afición por la música. En 1905 inicia la carrera militar, obligatoria para un Habsburgo. El año siguiente pierde a su padre, que fallece dando muestras de una piedad y de una serenidad inesperadas. Se convierte, entonces, en el segundo en el orden de sucesión al trono, después de su tío Francisco Fernando, que le inicia en los asuntos de estado.

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AYUDARNOS MUTUAMENTE A GANAR EL CIELO

En 1908, Carlos es nombrado jefe de escuadrón en Bohemia. Uno de sus allegados dirá de él: “El sincero amor del joven archiduque hacia todas las bellezas de la naturaleza revelaba a un ser profundamente bueno que adoraba al Creador a través de todas sus obras, dejando adivinar a un hombre totalmente desprovisto de desconfianza y de odio, que acogía a todos con el corazón abierto”. En 1909, Carlos conoce a la princesa Zita de Borbón-Parma, cinco años más joven que él y educada por las benedictinas de Solesmes (Francia). Carlos obtiene autorización del emperador Francisco José para pedir su mano. Después de la Misa de compromiso, Carlos insinúa a Zita: “Ahora debemos ayudarnos mutuamente a ganar el Cielo”. Preparada mediante un retiro espiritual, la boda tiene lugar el 21 de octubre de 1911. Algún tiempo antes, en el transcurso de una audiencia concedida a Zita, el Papa san Pío X predice a los prometidos su próxima ascensión al trono. A pesar de que la princesa le recuerda que el heredero directo es Francisco Fernando y no Carlos, el Papa mantiene su sorprendente afirmación.

En 1912, Carlos sirve en Galitzia con el grado de capitán, encargándose activamente de su tropa para mejorar su bienestar material y moral. El 20 de noviembre, Zita da a luz a un niño, Otto; seis años más tarde, el día de la primera comunión de este primogénito, Carlos consagrará su familia al Sagrado Corazón. En febrero de 1913, la pequeña familia se establece en el castillo de Hetzendorf, cerca de Viena, donde Carlos lleva una vida de asceta, trabajando hasta altas horas de la noche, sometiéndose a todas las molestias de la vida de un oficial, sin aprovecharse nunca de su rango para obtener privilegios.

A principios de 1914, el archiduque Francisco Fernando confiesa a Carlos: “Estoy convencido de que moriré asesinado; la policía está al corriente de ello”. De hecho, la francmasonería había condenado a muerte a Francisco Fernando, que representaba un obstáculo para destruir el imperio católico de Austria-Hungría. El empeño por parte de los ambientes masónicos para destruir el último imperio católico de Europa no puede sorprender a nadie. Los grupos masónicos, incluso cuando se llaman a sí mismos espiritualistas, tienen una visión del mundo cerrada a lo sobrenatural y rehúsan la noción de revelación divina como dogma; por eso la francmasonería se ha opuesto constantemente a la Iglesia Católica. Un francmasón de alto grado reconocía, en 1990, ese fundamental antagonismo: “El combate que actualmente se libra condiciona el futuro de la sociedad. Opone dos culturas: una está fundada en el Evangelio, y la otra en la tradición del humanismo republicano. Y esas dos culturas se oponen en lo fundamental. O bien la verdad es revelada y es intangible, procedente de un Dios que se halla en el origen de todas las cosas, o bien encuentra su fundamento en las construcciones del hombre, cuestionadas siempre, ya que son perfectibles hasta el infinito” (Paul Gourdeau).

El 26 de noviembre de 1983, el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, precisaba: “El juicio negativo de la Iglesia hacia las asociaciones masónicas sigue siendo el mismo, porque sus principios se han considerado siempre como irreconciliables con la doctrina de la Iglesia, y la afiliación a esas asociaciones sigue estando prohibida por parte de la Iglesia. Los fieles que pertenecen a asociaciones masónicas se hallan en pecado grave, y no pueden acceder a la Sagrada Comunión”.
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“BAJO TU PROTECCIÓN”


Francisco Fernando tiene grandes expectativas, compartidas ampliamente con su sobrino Carlos: quiere reformar el imperio apostando por el federalismo, para darle a cada uno de los pueblos que lo constituyen una mayor autonomía. Pero, el 28 de junio de 1914, es asesinado en Sarajevo por un conspirador serbio. De ese modo, Carlos se convierte en el heredero directo de la doble monarquía de la que su tío Francisco José es todavía emperador. El 19 de julio de 1914, el Consejo austro-húngaro de la Corona dirige un ultimátum a Serbia, exigiéndole una investigación para encontrar a los culpables del atentado. El rechazo parcial de ese ultimátum provoca el desencadenamiento de una guerra europea. Carlos presiente que ese conflicto será terriblemente sangriento, pero acata lealmente las órdenes de su tío abuelo y parte para el frente. En su sable, manda grabar la siguiente invocación a María: “Sub tuum praesidium confugimus, sancta Dei Genitrix” (“Bajo tu protección nos refugiamos, oh! santa Madre de Dios”). Italia declara la guerra a Austria en mayo de 1915. Ascendido a coronel, Carlos es enviado a la región de Trentino, donde consigue una serie de victorias. Aunque combate a los italianos, no lo hace con gusto, ya que su esposa es una princesa italiana. En junio de 1916, nombrado general, consigue detener una ofensiva rusa en Galitzia. Sus relaciones con algunos oficiales alemanes que sirven en el mismo frente resultan difíciles. Carlos se rebela contra el uso de los gases tóxicos, práctica corriente en el frente francés; después de parlamentar con los rusos, consigue que ninguno de ambos contendientes recurra a ellos. Rechaza igualmente el bombardeo de las ciudades.

En noviembre de 1916, Francisco José muere piadosamente, tras un reinado de 68 años. Carlos de Habsburgo se convierte entonces en emperador de Austria y rey apostólico de Hungría. Tiene 29 años. En un manifiesto publicado ese mismo día, declara: “Haré todo lo que esté en mi poder para desterrar lo más pronto posible los horrores y los sacrificios que acarrea la guerra, y para procurar a mi pueblo los beneficios de la paz”. El 22 de diciembre, Carlos manda a su ministro Czernin que redacte unas proposiciones de paz, aceptadas con la boca pequeña por su aliado, el emperador de Alemania Guillermo II, pero serán rechazadas por las potencias de la Entente (Francia, Gran Bretaña, Rusia e Italia). El 30 de diciembre de 1916, en Budapest, Carlos ciñe la corona que san Esteban recibiera del Papa Silvestre II en el año 1001. Sin embargo, realiza la siguiente confidencia: “Ser rey no significa satisfacer una ambición, sino sacrificarse por el bien de todo el pueblo”. Poco después, Guillermo II da la orden de desencadenar a ultranza la guerra submarina. El soberano austriaco rechaza apoyar esa ofensiva, ya que, al dirigirse contra los barcos mercantes, provocará la muerte de numerosos civiles. No puede soportar la idea de que se produzcan terribles combates, que ya han provocado millones de muertos en toda Europa, y todo ello en beneficio de objetivos irrisorios. Carlos hace la siguiente observación: “No basta que sea el único en querer la paz. Es necesario que todo el pueblo y también todos los ministros estén a mi lado”. No obstante, la prensa no cesa de excitar el belicismo del pueblo mediante comunicados triunfalistas, pero escondiendo la verdad acerca de la situación del imperio, donde la miseria del pueblo es cada vez mayor.
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UN EMPEÑO POR LA PAZ


En marzo de 1917, Carlos pide a sus cuñados, Sixto y Javier de Borbón-Parma, que combaten en el ejército belga, que contacten con los gobiernos de la Entente. El emperador les hace entrega de una carta, en la cual declara que Austria está dispuesta a renunciar a diversas exigencias formuladas en 1914, referidas sobre todo a Serbia. Además, propone dejar a Galitzia en manos de Alemania, como compensación a la restitución a Francia de Alsacia-Lorena. Se prevé igualmente una transacción con Italia. Sin embargo, la intransigencia de las diferentes partes presentes provoca el fracaso de esa propuesta de paz. Un segundo ofrecimiento de Carlos a la Entente también fracasa, al igual que la del Papa Benedicto XV, apoyada con entusiasmo por Carlos. Los ministros francmasones franceses e italianos, por una parte, y los oficiales del estado mayor alemanes, por otra, prefieren la guerra a toda costa. Sólo en el ejército francés, aquel rechazo provocará la muerte de 300.000 soldados.

Desde el acceso al trono del emperador, se han organizado campañas calumniosas contra él, incluso en relación a sus costumbres, a pesar de su seriedad y temperamento incontestables. En contrapartida, se le considera un santurrón, ya que oye Misa diariamente y comulga; reza asiduamente el rosario y le gusta visitar los santuarios dedicados a la Virgen. En esa intensa vida espiritual, halla la fuerza necesaria para asumir sus pesadas responsabilidades. Se le acusa también de incapaz, a pesar de haber demostrado ser un oficial destacado. Habla siete lenguas y su capacidad de trabajo es extraordinaria, poseyendo además una singular y elevada capacidad de síntesis. Es capaz de discernir, mucho mejor que su entorno, el peligro mortal en que se halla su imperio. En la primavera de 1917, rechaza enérgicamente que Lenin, que vive exiliado en Suiza, atraviese sus Estados para dirigirse a sembrar la revolución en Rusia, plan maquiavélicamente concebido por el estado mayor alemán. Carlos ha comprendido que Lenin es potencialmente peligroso para toda Europa, ya que, según presiente, el bolchevismo no se contentará con arruinar Rusia, sino que se extenderá por todas partes. Sin embargo, Lenin conseguirá alcanzar Rusia a través de Alemania, viajando en un tren especial.
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EN EL CAOS DE LA DERROTA


Ante la imposibilidad de concertar la paz con los países de la Entente, Carlos se ve obligado a continuar una guerra que aborrece, a fin de evitar en la medida de lo posible la desgracia que causaría a sus pueblos el derrumbamiento del imperio. En octubre de 1917, Austria consigue, contra Italia, la victoria de Caporetto; pero el emperador no se deja deslumbrar por ese éxito, alcanzado con el precio de sangre derramada y que nada soluciona. Sus poderes constitucionales, que no son ilimitados, le obligan a dejar las manos libres a los parlamentos belicistas y a su desleal ministro Czernin, que juega la carta de la “paz por la victoria”, es decir, mediante la guerra. En Baden, en una sencilla casa, el emperador lleva una vida laboriosa. Su comida es de las más frugales, a causa del horror que le inspira el mercado negro, que lo contamina todo. Zita, por su parte, se consagra en cuerpo y alma a los heridos y huérfanos, creando obras asistenciales. El pueblo, en su inmensa mayoría, no se equivoca, aclamando a la pareja imperial en sus viajes.

En enero de 1918, mediante sus “catorce puntos”, inspirados en los objetivos de la francmasonería, Wilson, presidente de los Estados Unidos, proclama la necesidad para la paz futura de reorganizar la Europa central y balcánica según el “principio de las nacionalidades”. Ello significa el desmantelamiento del imperio austro-húngaro en provecho de pequeños estados-naciones. Esa concepción utópica, inspirada por los socialistas checos Benes y Masaryk, estará en el origen de los conflictos que desgarrarán Europa central hasta nuestros días. Carlos intenta en vano hacer entrar en razón a la Casa Blanca. En el oeste, las últimas ofensivas alemanas de mayo y junio de 1918 son detenidas, y en julio son seguidas de una contraofensiva por parte de la Entente. Durante las semanas siguientes, Alemania se repliega y, tras el desencadenamiento de la revolución de Berlín, debe solicitar el armisticio, que será firmado el 11 de noviembre. La derrota alemana provoca de rebote la secesión de las nacionalidades eslavas del imperio austro-húngaro. El parlamento húngaro proclama el destronamiento de los Habsburgo. El 2 de noviembre, el emperador se ve obligado a solicitar el armisticio a Italia. Los medios políticos le instan a abdicar, pero no se considera con derecho de disponer de una autoridad que emana de Dios. Tras ser sometido a presiones hostigadoras, el día 12, en Viena, abandona el ejercicio del poder, pero sin haber abdicado. Después, se retira al castillo de Eckartsau, donde es sometido enseguida a vigilancia policial. En marzo de 1919, la “república austriaca” proscribe a Carlos I, que protesta contra el desafuero al que se le ha sometido y reafirma su legitimidad frente a un poder surgido de la insurrección.

El emperador y su familia se instalan en Prangins, cerca de Ginebra, en Suiza. Desde ese lugar, animado por el Papa Benedicto XV, Carlos se esforzará por recuperar el trono de Hungría. Quizás pueda entonces –es la esperanza del Santo Padre– volver a formar una federación de estados católicos en Europa central. El 25 de marzo de 1921, Carlos abandona Suiza para dirigirse clandestinamente a Hungría. El almirante Horthy, jefe del estado desde 1920, se ha arrogado el título de regente y exhibe su lealtad hacia el rey. De origen calvinista, es en realidad ateo y detesta la tradición católica de los Habsburgo. El día de Pascua, en Budapest, Carlos es recibido por Horthy, que vacila, pone como pretexto mil dificultades y hace lo posible para amotinar a las potencias extranjeras a fin de impedir la restauración monárquica. Carlos, mientras tanto, cae enfermo; a pesar de que sus partidarios le proponen recobrar el poder por las armas, él lo rechaza para evitar el derramamiento de sangre. Finalmente, es enviado manu militari a Suiza a bordo de un tren especial.
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UN NOBLE Y FIRME RECHAZO


Carlos visita repetidamente el monasterio benedictino de Disentis, donde busca en la oración la fuerza que necesita. Con motivo de una de esas estancias, el emperador revela a dos monjes que ciertas personalidades influyentes de Francia y de Hungría le han prometido impulsar la restauración de la monarquía en Hungría, e incluso en Austria, con la condición de que “consienta en introducir en sus Estados la escuela neutra y el matrimonio civil, junto con su secuela, el divorcio”. Pero Carlos se ha negado categóricamente. El emperador no tiene ninguna ambición personal, pero el día de su coronación juró consagrarse, ante Dios y ante el pueblo húngaro, a buscar el bien de quienes la Providencia había puesto bajo su dirección. No puede soportar ver cómo el país depende de una camarilla, mientras el pueblo vive en la miseria. El 21 de octubre de 1921, en compañía de la emperatriz Zita, Carlos escapa y toma un avión en Zurich. Aterriza al oeste de Hungría y marcha hacia Budapest, reuniendo para su causa a los regimientos que encuentra. Sin embargo, el almirante Horthy, haciendo creer al ejército que Carlos es rehén de los comunistas checos, ataca a las fuerzas imperiales. Carlos ordena entonces el alto el fuego. Secuestrado, rechaza de nuevo abdicar, por fidelidad a su juramento de rey coronado.

Los países de la Entente consideran indeseable al Habsburgo, ocupándose ellos mismos de su expulsión. El 31 de octubre, Carlos y Zita son embarcados en un navío británico que desciende el curso del Danubio hasta el Mar Negro. Luego, un navío rumano los conduce hasta Constantinopla. Ignoran lo que les ha podido suceder a sus hijos, que han quedado en Suiza. Cuando el capitán del buque le confiesa que va a ser trasladado a Asunción, islote perdido en medio del Atlántico sur, Carlos se estremece y exclama: “¡Entonces nunca volveremos a ver a los niños!”. No obstante, enseguida sonríe, diciendo con voz sosegada: “¡Qué pusilánime soy! Sólo pueden enviarnos al lugar elegido por Dios”. El 19 de noviembre de 1921, el navío atraca en Funchal, capital de la isla portuguesa de Madeira, que será –según habían decidido los ingleses– el lugar de exilio del emperador destituido. Las “Naciones aliadas” habían previsto una dotación anual para cubrir las necesidades del exiliado, pero nunca será desembolsada. Creen que Carlos es rico, pero en realidad es pobre, por lo que debe buscar un alojamiento poco oneroso. Elige la villa Quinta, situada a 600 metros de altitud, pero la elección es desafortunada, ya que, en invierno, el clima es insalubre a causa de la niebla. El 2 de febrero de 1922, tras enormes dificultades, Zita puede traer a sus hijos a Madeira.
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“EL SEÑOR HARÁ LO QUE QUIERA”


El Papa Benedicto XV concede autorización a Carlos para disponer de una capilla doméstica donde acoger al Santísimo Sacramento y celebrar la Misa, preciado consuelo para él. Durante las semanas que siguen, la ascensión espiritual de Carlos suscita la admiración de su esposa. Al enterarse de que corren rumores malintencionados acerca de su mala salud, el emperador exclama: “No quisiera morir aquí”. Pero enseguida sonríe y prosigue: “El Señor hará lo que quiera”. Tiene cada vez más la sensación de que el Señor va a pedirle que ofrezca su vida por el bien de sus pueblos, y confía ese pensamiento a Zita, añadiendo: “¡y lo haré!”. No permanece en él ninguna rebelión contra los acontecimientos o contra las personas. Un testigo dirá a propósito de ello: “Nunca quería presentarse como mártir; nunca condenó a quienes le habían traicionado, y si alguien hablaba mal de ellos en su presencia, él los defendía”.

El 9 de marzo, el emperador se resfría tras haber subido a pie desde Funchal a la villa. El 17, su temperatura asciende a 39º y tose. El 21, tiene 40º de fiebre y una bronquitis generalizada, que deriva en congestión pulmonar. Carlos todavía no ha cumplido 35 años, pero se encuentra moral y físicamente debilitado por las pesadas tribulaciones de los años que acaban de transcurrir. Durante los días siguientes, la neumonía se agrava. Los últimos días del emperador son los de un santo. A pesar de su extrema fatiga, asiste a la Misa que se celebra diariamente en su habitación. El 27 de marzo, solicita la Extremaunción y realiza una confesión general con plena lucidez. Manda llamar a su hijo primogénito, Otto, que solamente tiene nueve años: “Quiero que sea testigo de todo; será un ejemplo para toda su vida; debe saber lo que ha de hacer en tal circunstancia un rey, un católico y un hombre”. El día 29, Carlos es víctima de dos crisis cardiacas; en privado, confiesa: “¿No es una bendición tener una confianza ilimitada en el Sagrado Corazón? Si no fuera así, mi estado sería insoportable”. Un poco más tarde, declara: “Debo sufrir mucho, a fin de que mis pueblos puedan reencontrarse todos juntos”. El sábado 1 de abril, tiene deseos de rezar, pero su enfermera le aconseja que duerma. Él responde: “¡Tengo tanto que rezar!”. Durante la mañana, su estado es desesperado, pero todavía puede recibir la Sagrada Comunión en el viático. El Santísimo Sacramento se expone en la habitación del moribundo, que murmura: “Ofrezco mi vida como sacrificio por mi pueblo”, y después: “Mi Salvador, ¡hágase tu voluntad!”. A las doce y veinticinco minutos, después de haber exclamado “Jesús, María y José”, entrega su último suspiro. El emperador-rey deja tras él una viuda que espera su octavo hijo.

A pesar del aparente fracaso de su vida, Carlos I dio un admirable testimonio de conformidad a la divina Providencia en la desgracia. Por eso la Iglesia lo propuso como ejemplo por la beatificación. Puede aplicársele el siguiente pasaje del Libro de la Sabiduría: En cambio, las almas de los justos están en las manos de Dios y no les alcanzará tormento alguno. Creyeron los insensatos que habían muerto; tuvieron por quebranto su salida de este mundo, y su partida de entre nosotros por completa destrucción; pero ellos están en la paz” por una corta corrección recibirán largos beneficios, pues Dios los sometió a prueba y los halló dignos de sí (Sb 3, 1-5). “Desde el principio, el emperador Carlos concibió su cargo como un servicio santo por sus pueblos. Su principal preocupación era seguir la llamada del cristiano a la santidad, incluso en la acción política. Que sea un ejemplo para todos nosotros, sobre todo para quienes tienen hoy en día en Europa la responsabilidad política” (Juan Pablo II).
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SIERVA DE DIOS ZITA DE HABSBURGO

“Sin aquellos que nos precedieron, nada seríamos” —decía Zita de Borbón-Parma pensando en su madre y en sus tías, mujeres ejemplares y radiantes, princesas de la familia real de Portugal, que tenían como principio: “Nada es duradero en este mundo, nada es más aleatorio que el poder temporal. Lo que cuenta es el amor, y nada más”. Sin embargo, el agradecimiento de Zita iba dirigido sobre todo a su esposo Carlos de Habsburgo-Lorena, sobrino nieto del emperador de Austria Francisco José. Tras convertirse en emperador en medio de la tormenta de la Gran Guerra, Carlos, respaldado fielmente por su esposa, intentó lo imposible para devolver la paz a sus pueblos y al mundo entero. Después de su muerte en el exilio en 1922, fue beatificado por san Juan Pablo II el 3 de octubre de 2004. Zita, última emperatriz de Europa, le sobrevivió valientemente durante sesenta y siete años.

Zita María de Borbón-Parma, la quinta de doce hijos, nace el 9 de mayo de 1892 en Pianore (Italia). Es hija de Roberto de Parma y de María Antonia de Braganza, su segunda esposa. La cuestión de los orígenes de la familia se plantea con frecuencia: “Para las gentes de Pianore —relata Zita— éramos de los suyos. Nuestros amigos de Schwarzau-am-Steinfeld consideraban que éramos austríacos. En Chambord nos reivindicaban como franceses (los Borbón-Parma son descendientes directos de Luis XIV). Todo ello nos parecía a la vez extraño y hermoso, pero papá debía precisar de vez en cuando nuestra situación: somos príncipes franceses que han reinado en Parma”. El ejercicio del poder político, que durante mucho tiempo fue el destino de la familia de Zita, está al servicio del bien común: “El compromiso político es una expresión cualificada y exigente del empeño cristiano al servicio de los demás. La búsqueda del bien común con espíritu de servicio; el desarrollo de la justicia con atención particular a las situaciones de pobreza y sufrimiento; el respeto de la autonomía de las realidades terrenas; el principio de subsidiaridad; la promoción del diálogo y de la paz en el horizonte de la solidaridad: éstas son las orientaciones que deben inspirar la acción política de los cristianos laicos” (Compendio de la doctrina social de la IglesiaCDSE, núm. 565).
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EL MEJOR REMEDIO


Zita guarda un recuerdo excelente de su juventud: “Tuve una infancia extremamente feliz y alegre… La doble mudanza de Austria a Pianore y el regreso, en primavera, a Schwarzau, donde pasábamos el verano, era para nosotros, que éramos niños, el mayor de los acontecimientos”. Y recuerda: “Si, durante las vacaciones, estudiábamos muy poco según nuestros preceptores, teníamos que coser, remendar y reparar. Y no solamente nuestra propia ropa, sino también la ropa de las personas mayores y de los enfermos de Schwarzau”. Las chicas se encargaban también de los enfermos sin familia: “Por la tarde, regresábamos con frecuencia agotados y debíamos desinfectarnos como medida preventiva hacia los más jóvenes. Cuando esa limpieza duraba demasiado, nuestra madre nos recordaba: “La caridad es el mejor remedio contra los riesgos de contagio”.

También hay momentos de distracción, en que los niños príncipes pueden hacer picnic a su antojo y entregarse hasta la noche a actividades como montar a caballo, bañarse y jugar con los niños del pueblo. La educación es estricta, pero llena de amor: “Para nosotros, el peor castigo —raramente infligido— era quedarnos sin postre. Nuestras comidas eran sencillas, de tal manera que cualquier cosita dulce extra era una fiesta… Mi madre era severa, pero la adorábamos. Papá era todo alegría y bondad. Nunca nos pegó, pero cuando tenía que reprender a uno de nosotros, eso nos afectaba grandemente”. Entre ellos, los niños ríen y charlan, pero, cuando hay invitados, hay que respetar el orden jerárquico y hacer reverencia. Las jóvenes altezas aprenden enseguida a captar la importancia de los huéspedes observando el volumen de polvo que levanta el carruaje o el cortejo que los conduce. “¡Evidentemente —confesará Zita—, preferíamos a menudo a aquellos que levantaban menos polvo!”.

Zita está interna en el convento de Zangberg, en Alta Baviera, cuando se entera de que su padre está moribundo; éste recibe la llamada de Dios el 16 de noviembre de 1907, antes incluso de que ella pueda volver a verlo. En 1909, su madre la envía a estudiar a Ryde, en la isla de Wight, con las monjas de Solesmes, entonces exiliadas. Su abuela materna, que había ingresado en el monasterio antes de enviudar, es la priora, y también está su hermana Adelaida, monja desde hace poco. Allí, Zita recibe una educación de enorme valor en filosofía, teología y música. En su alma nace la atracción por la clausura.
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PROFECÍA


Sin embargo, Zita y Carlos, que se conocen desde la infancia, se frecuentan con gozo creciente. En 1911, el archiduque pide la mano a la joven princesa regalándole un anillo de compromiso que Zita guarda en el bolsillo con un “¡Gracias!” travieso. El 24 de junio, Zita y su madre son recibidas por el Papa Pío X. En el transcurso de esa audiencia, éste declara a la joven, con una sonrisa: “¿Así que va a casarse con el heredero al trono?”. Zita intenta desengañarlo en tres ocasiones: “Santo Padre, mi novio es el archiduque Carlos; el archiduque heredero es Francisco Fernando”. Pero el Papa no modifica su observación: “Me alegro infinitamente de que Carlos sea la recompensa que Dios concede a Austria por los servicios que ella ha aportado a la Iglesia”. A la salida de la entrevista, Zita suelta lo siguiente a su madre: “¡Gracias a Dios el Papa no es infalible en cuestión de política!”. “Con motivo del proceso de beatificación de Pío X —dirá Zita—, atestigüé que se trataba de una profecía que se había cumplido plenamente”.

Durante un encuentro al aire libre cerca de Viena, los jóvenes novios reciben una ovación, pero Zita se entristece y señala: “Esas aclamaciones parecen clamores de insurrección”. Carlos se extraña de ello, pero ella evoca entonces la caída de su familia en Parma y la de los Braganza en Portugal: “Hay que ser realista; nuestra vida es frágil y el poder, efímero”. Carlos calla durante unos minutos, sopesando esas palabras. “Creo entender lo que quieres decir… pero en Austria no ocurre lo mismo. Te lo ruego, ¡no hablemos más de ello!”. Zita señalará: “Durante años, dejamos de hablar de ello. Pero el 24 de marzo de 1919, justo después de franquear la frontera para alcanzar el infierno del exilio, Carlos me dijo: “Tenías razón…”. Entendí inmediatamente lo que quería decir y le musité en voz baja: “¡Cómo me habría gustado equivocarme!”. Y aquella fue la última frase de nuestra discusión, o, mejor dicho, de la mayor divergencia en nuestros puntos de vista que jamás tuvimos”.

La boda se celebra el 21 de octubre de 1911 con todo el fasto que reclama una de las mayores cortes de Europa. El viaje de novios de las altezas consiste en recorrer en automóvil el imperio austro-húngaro. Carlos puede expresarse en las diecisiete lenguas habladas en el imperio, seis de las cuales conoce a la perfección; Zita aprende con fervor los rudimentos de las que le faltan. El 20 de noviembre de 1912, da a luz a Otto, el primero de sus ocho hijos. Carlos ha retomado su vida de oficial de dragones, a la vez que intensifica sus relaciones con su tío Francisco Fernando. Hace ya mucho tiempo que el archiduque heredero expone de buen grado sus opiniones políticas al sobrino y le prepara de ese modo para sus responsabilidades venideras.

“En el contexto del compromiso político del fiel laico —apunta el Compendio— requiere un cuidado particular la preparación para el ejercicio del poder, que los creyentes deben asumir… El ejercicio de la autoridad debe asumir el carácter de servicio, se ha de desarrollar siempre en el ámbito de la ley moral para lograr el bien común: quien ejerce la autoridad política debe hacer converger las energías de todos los ciudadanos hacia este objetivo, no de forma autoritaria, sino valiéndose de la fuerza moral alimentada por la libertad” (CDSE, núm. 567).
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EL ULTIMÁTUM


Una noche, con motivo de una cena familiar, Francisco Fernando confía a su sobrino: “¡Van a asesinarme! Carlos: te he dejado unos documentos, bajo llave en un cofre. Son reflexiones, proyectos, ideas, que quizás te resulten útiles. Pero guarda silencio, pues no quiero que Sofía esté triste”. El heredero había contraído matrimonio con Sofía Chotek (en matrimonio morganático, pues la esposa carecía de abolengo suficiente para convertirse en emperatriz; como consecuencia de ello, sus hijos no podían heredar el trono). Zita comprende enseguida que es probable que Carlos suceda a su tío a la cabeza del imperio mucho antes de lo previsto. El 28 de junio de 1914, Carlos y Zita se enteran con dolor del asesinato del príncipe heredero y de su esposa en Sarajevo, de manos de un nacionalista serbio. “Nos encontrábamos en medio de un extraño dilema —recordará Zita—. Por una parte, había que hacer todo lo posible para obtener la paz, y ello iba en el sentido del heredero al trono asesinado. Por otra, cosa que se olvida demasiado fácilmente con el paso del tiempo, una gran potencia como Austria-Hungría no podía permitirse que asesinaran impunemente al heredero al trono que encarnaba el futuro. En semejante situación, ¡ningún gobierno habría podido actuar como si nada hubiera ocurrido!”. Así pues, el emperador Francisco José considera ineludible el deber de justicia y, creyéndose capaz de circunscribir localmente el conflicto, lanza a Serbia el ultimátum que desencadenará, de hecho, el engranaje de las alianzas ofensivas y la guerra europea. La familia de Zita se encuentra dividida : tres hijos combatirán en el ejército imperial aliado de Alemania, mientras que los dos mayores, Sixto y Javier, rechazados por la República Francesa por ser príncipes borbones, se alistarán en el ejército belga. Zita disimula su conmoción durante la última velada en familia en la terraza de Schwarzau. Javier anota en su diario: “Jamás antes de ese momento habíamos sido tan conscientes de la solidez de nuestros lazos. Combatimos en frentes completamente diferentes, y, sin embargo, estamos todos en el bando de quienes defienden Europa contra quienes pretenden demoler nuestro continente”.

Durante la guerra, Zita se encarga de inspeccionar los hospitales y de realizar un informe detallado. Las condiciones se tornan enseguida deplorables. Tras haber predicho un final desastroso de la guerra, el emperador Francisco José intenta una manera de restablecer la paz, pero sus consejeros y el espíritu del pueblo, influenciado por la propaganda alemana, se oponen a ello. Seguía trabajando con ese propósito cuando expira, a la edad de ochenta y seis años, el 21 de noviembre de 1916. Carlos se convierte entonces en emperador. A Zita le anima el mismo espíritu de fe que a su esposo: “¡Mil poderes, poder único! —dirá ella—. Todas las fuerzas que, a nuestro alrededor, se agitan, empujan o frenan, no son nada al lado del Único Poder (Dios) que nos domina. Y el emperador Carlos estuvo a su servicio”. La coronación como soberanos de Hungría en Budapest, el 30 de diciembre de 1916, hace pensar en la transfiguración de Jesús en el monte Tabor antes de la Pasión. La cabeza de Zita recibe la corona de las reinas de Hungría; luego, tras ser ceñido su esposo con la corona de san Esteban, primer rey de Hungría, el arzobispo primado se la pone a ella sobre el hombro derecho y dice: “Recibe la corona de la soberanía, para que sepas que eres la esposa del rey y que siempre debes cuidar al pueblo de Dios. Cuanto más alto te encuentres, más humilde debes ser y más debes permanecer en Jesucristo”. Esas fastuosas ceremonias no hacen que la pareja real olvide los sufrimientos del pueblo afectado por la guerra: los dieciocho platos del banquete de ese día se presentan solamente a los invitados y se envían a los heridos del hospital de guerra de Budapest, suprimiéndose además el baile tradicional.
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ZITA RECONFORTA AL PUEBLO


El nuevo emperador toma rápidamente el mando efectivo del ejército; con su prudencia, ahorra cientos de miles de vidas. Por su parte, Zita reconforta al pueblo y le procura todo el apoyo material que ostenta. A partir de 1917, el emperador intenta firmar una paz separada entre Austria y los aliados (Francia, Inglaterra e Italia). Con ese propósito, manda varias veces a los príncipes Sixto y Javier para tratar con los gobernantes de Francia y de Inglaterra. Desgraciadamente, diversos avatares políticos hacen fracasar esas tentativas que tantas vidas habrían salvado.

“El quinto mandamiento condena la destrucción voluntaria de la vida humana. A causa de los males y de las injusticias que ocasiona toda guerra, la Iglesia insta constantemente a todos a orar y actuar para que la Bondad divina nos libre de la antigua servidumbre de la guerra. Todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras. Sin embargo, mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa” (
CEC, núm. 2307-2308).

En octubre de 1918, una revolución de inspiración comunista estalla en Budapest, y el imperio se fragmenta rápidamente. El 3 de noviembre, se firma un armisticio entre Austria-Hungría y las potencias de la Entente. Mientras la revolución alcanza la capital austríaca, la mayoría de los guardias imperiales abandonan su puesto. Los cadetes de la escuela militar se presentan espontáneamente para asegurar la protección del palacio imperial de Schönbrunn, con gran consuelo de Zita, emocionada por esos jóvenes cuya fiel bravura supera la de sus mayores. Algunos miles de obreros socialistas, hábilmente manipulados por agitadores republicanos, reclaman “en nombre del pueblo” la salida de los Habsburgo. El emperador rechaza el derramamiento de sangre de sus pueblos que tanta han derramado ya, y, el 11 de noviembre de 1918, renuncia a ejercer sus funciones, pero sin abdicar. La familia imperial se retira a una residencia de caza, donde está expuesta a la inseguridad, al frío, a la desnutrición y a la enfermedad. El teniente coronel inglés Strutt, encargado por el gobierno británico de mejorar las condiciones de vida de Carlos y Zita, se convierte en un valioso amigo. Frente a las amenazas revolucionarias, aconseja a los soberanos que abandonen el país. Carlos se decide a ello el 24 de marzo de 1919. El exilio comienza en Suiza. De allí, con el apoyo del Papa Benedicto XV, intenta restaurar en dos ocasiones la monarquía en Hungría, pero resulta en vano. Los aliados exilian entonces a Carlos y a Zita a la isla de Madeira (Portugal), donde se instalan el 19 de noviembre de 1921 con algunos sirvientes, pero sin sus hijos, que se unirán a ellos más tarde. Sus bienes personales son expoliados y no cobran ninguna de las compensaciones económicas que les habían prometido. El clima invernal es frío y húmedo, y la casa está mal calentada. El 9 de marzo de 1922, el emperador sufre una congestión pulmonar, muriendo el 1 de abril, primer sábado del mes, día dedicado al Corazón Inmaculado de María.
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UN GRAN DEBER


El 13 de mayo, aniversario de la primera aparición de la Virgen en Fátima, Zita consagra su familia al Corazón Inmaculado de María, antes de abandonar Madeira hacia España. En adelante, es regente de su hijo Otto: “Tengo un gran deber político, y quizás solamente ése. Debo educar a mis hijos siguiendo el espíritu del emperador, hacer de ellos hombres buenos temerosos de Dios. La historia de los pueblos y de las dinastías —que no calcula el tiempo tomando como referencia la vida humana, sino según medidas mucho más largas— debe inspirarnos confianza”. En agosto de 1922, la familia imperial se establece en Lekeitio, en el País Vasco español, bastante cerca de Lourdes, que tanto ama Zita. En 1929, Zita fija su residencia en Bélgica, cerca de Lovaina, donde lleva una vida campestre reglada por una etiqueta simplificada, cultiva rosas y se encarga ella misma, a veces, de las veinticinco cabras y ovejas. Para sus hijos, elige escuelas católicas francófonas. Otto obtendrá, en 1935, en la Universidad de Lovaina, un doctorado en ciencias políticas y sociales. El 20 de noviembre de 1930, alcanzada la mayoría de edad, se convierte en jefe de la Casa de Habsburgo.

En 1938, Hitler invade Austria para realizar el Anschluss (anexión para la unificación política de los pueblos de la “Gran Alemania”). El dictador, nacido en Austria, ha odiado siempre a los Habsburgo. El 22 de abril, Otto es condenado a muerte por alta traición, en razón de su hostilidad hacia el Reich. El 9 de mayo de 1940, aniversario del nacimiento de la emperatriz, los alemanes atacan Bélgica. El día 10 al alba, los bombarderos de la Luftwaffe sobrevuelan la residencia imperial. Los diecisiete ocupantes parten precipitadamente hacia Francia en tres automóviles. Dos horas más tarde, la casa arde en llamas; según Otto, se trata de “un regalito de Hitler”. La familia se embarca para Nueva York, estableciéndose después cerca de Quebec, donde los cuatro benjamines acabarán sus estudios en la Universidad Católica. Los cuatro mayores se ganan la vida y defienden los intereses de sus pueblos en los Estados Unidos o en Inglaterra. La emperatriz representa a Otto ante el presidente Roosevelt; el 11 de septiembre de 1943, éste la recibe en Hyde Park. Zita aboga en favor de Austria y de un proyecto de federación de los pueblos danubianos. De otra parte, se dedica a recolectar fondos y a apoyar a sus súbditos mediante toda suerte de ayudas. En Navidad de 1948, se instala cerca de Nueva York y hace un último favor político a Austria: al enterarse de que el Senado considera excluir a su país del Plan Marshall, a causa de su pretendida acogida entusiasta a Hitler en 1938, la emperatriz convence a unas cincuenta mujeres de senadores con objeto de que influyan en sus esposos para restablecer la verdad. Gracias a ella, se aprueban subvenciones para Austria.
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ENTRE LAS MONJAS


Los matrimonios de tres de sus hijos reconducen a la familia a Europa. En 1953, Zita decide establecerse en el castillo de Berg, propiedad de los grandes duques de Luxemburgo. Como oblata benedictina de Santa Cecilia de Solesmes desde 1926, siente una renovada atracción por la clausura. Sin embargo, el Abad de San Pedro de Solesmes la disuade de abandonar el mundo a causa de su posición social, que le permite actuar en favor de una Europa cuya identidad no puede entenderse sin el cristianismo. No obstante, gracias a un indulto de Pío XII, Zita podrá realizar varias estancias entre las monjas, que sumarán en total más de tres años. Su nieta Catalina, al verla un día detrás de la reja del oratorio, exclama: “Abuela, ¿está Vd. en la cárcel?”. A lo que responde la emperatriz: “Hija mía, ¿soy yo quien está en la cárcel o eres tú?”. En 1959, las autoridades políticas no le permiten asistir a las exequias de su madre, que tienen lugar en Alta Austria, en una propiedad de los Borbón-Parma. En esa época, Zita reside alternativamente en casa de sus hijos, en Baviera y en Bruselas. En 1962, se establece en Zizers, en el cantón suizo de los Grisones.

Tras levantarse a las cinco de la mañana, la emperatriz asiste cada día a varias Misas, medita sobre la Pasión de Jesús ayudada por las quince oraciones de santa Brígida y reza asiduamente el Rosario. En 1982, una sentencia del Tribunal Superior de Justicia Administrativa reconoce que la ley de exilio anti Habsburgo no debería haber afectado a Zita, miembro aliado de esa dinastía, por lo que su regreso triunfal a Austria, ese mismo año, después de sesenta y tres años de exilio, representa una de sus mayores alegrías. El 13 de noviembre, más de 20.000 personas asisten a la Misa celebrada en su presencia en la catedral de San Esteban de Viena. Habiendo considerado que ser forzada al exilio no autoriza a abandonar la misión encomendada por Dios, nunca renunció a sus títulos. Sin embargo, su salud se deteriora: pierde la vista y se desplaza con dificultad. Pero sus allegados dan testimonio de su enorme paciencia, a la espera serena de la muerte que le permitirá reencontrarse con su esposo. Tras fallecer el 14 de marzo de 1989, a la edad de 96 años, es inhumada en la cripta de los Capuchinos de Viena, con la magnificencia propia del ritual imperial que corresponde a su rango. Su corazón reposa con el de Carlos en la abadía de Muri, en la diócesis de Basilea. El proceso de beatificación de la emperatriz se inauguró en 2009. Los favores obtenidos mediante su intercesión pueden enviarse a la 
Association pour la béatification de l’impératrice Zita, Abbaye Saint-Pierre, 1 place Dom Guéranger, 72300 Solesmes (Francia).

Roguemos para que, siguiendo su ejemplo, aprendamos a servir a Dios y a su Reino por el bien de la humanidad, incluso en medio de las circunstancias humanamente más desfavorables.

(Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval)
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Carlos y Zita de Austria

Reseña Biográfica del Beato Carlos I de Austria y de su esposa Zita, Sierva de Dios. Sirvieron a Dios y a su Reino por el bien de la humanidad, incluso en medio de las circunstancias humanamente más desfavorables.

ARTÍCULO EDITORIAL
La Reparación al Corazón Eucarístico

Publicado por: Ioseph

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REPARADORES DEL CORAZÓN EUCARÍSTICO

“Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento que esta sed me consume, y no hallo a nadie que se esfuerce, según mi deseo, en apagármela correspondiendo de alguna manera a mi Amor.”

Esta frase del Corazón de Jesús a Santa Margarita debería traspasar como una lanza el corazón de todo cristiano. ¡Nuestro Señor tiene sed de ser amado en la Eucaristía! Es como si dijera a cada uno de nosotros: Tanto te ama mi Corazón Eucarístico que siente una ardiente necesidad de ser amado por ti. ¿Podremos permanecer indiferentes a este clamor del Corazón de Jesús? ¿No deberíamos vivir espiritualmente en el Sagrario, ofreciéndole todo lo que emprendamos durante la jornada?

Tal vez, distraídos como somos, nos cueste mantener esta intención en todos los momentos del día, pero ¿por qué no procurar al menos renovarla cada mañana, al iniciar una tarea, al llegar el momento del descanso? El amor es ingenioso: una estampa sobre el escritorio, una medalla en el vehículo, un simple “IHS” escrito en la hoja de estudio, pueden servirnos de memorándum para elevar nuestra alma y nuestro corazón al divino Prisionero del Sagrario. Incluso las campanadas de un reloj o hasta el sonido del teléfono podemos acostumbrarnos a tomarlos como recordatorios para hacer un acto de amor a nuestro Señor. Inscribirnos en la Guardia de honor del Corazón Eucarístico para ofrecer una hora de nuestro día en reparación de este divino Corazón puede ser también un medio muy a propósito para contribuir a calmar su sed de amor.

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“Amor, reparación, desagravio” es el lema de los devotos del Corazón de Jesús. La reparación y el desagravio que Él nos pide es nuestro amor, manifestado aun en los acontecimientos más insignificantes, en las tareas -pequeñas o grandes- que nos tocan emprender. “Oh Jesús, esto es por tu amor y en reparación de tu Corazón Eucarístico”. “Todo por Ti, Corazón Eucarístico de Jesús”. Todo: esta oración, este trabajo, este dolor, esta alegría, este cansancio, esta visita al Sagrario... Todo. El ejercicio de la caridad fraterna -esos pequeños actos de amor al prójimo que siempre encontramos ocasión de practicar- ¡qué gran medio nos proporciona para manifestar nuestro amor al Corazón de Jesús!: “En verdad os digo, cuanto hicisteis con uno de éstos mis pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40).

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Pero el mayor medio para consolar a Jesús presente en la Eucaristía lo encontramos en la Santa Misa. ¿Qué mayor acto de amor y reparación podemos ofrecerle que este santo Sacrificio, en el cual se renueva místicamente la oblación que este Corazón divino hizo por cada uno de nosotros en la Cruz, desde la cual vuelve a clamar: “Tengo sed”? ¿Cómo no procurar la frecuente asistencia a la Santa Misa para renovar, en el momento del ofertorio, el ofrecimiento de todo nuestro ser al Corazón de Jesús? “Tomad, Señor, y recibid; todo cuanto soy y cuanto tengo os lo ofrezco en reparación de vuestro Corazón Eucarístico”. Y en el momento de la consagración, cuando el Corazón de Jesús comienza a latir en la Hostia consagrada, ¿cómo no unir nuestro pobre corazón al de Nuestro Señor, haciéndole la ofrenda de nuestro amor? “Haz mi corazón semejante al Tuyo, para que pueda amarte como mereces ser amado por mí”. Ojalá nuestro mayor anhelo sea procurar la unión íntima y profunda con el Corazón de Jesús a través de la sagrada Comunión, diaria de ser posible.

Para reflexionar: el Corazón de Jesús tiene sed, ardiente sed de ser amado en la Eucaristía. ¿Le daremos el agua fresca de nuestros actos de amor o el vinagre de nuestra indiferencia?

Quienes estén interesados en la Guardia de honor del Corazón Eucarístico, pueden ingresar al texto informativo que está en la barra lateral derecha.

Ioseph (Fr. Ricardo de San Juan)

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“Tengo una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento, que esta sed me consume, y no hallo a nadie que se esfuerce en apagármela correspondiendo de alguna manera a mi Amor.”

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La Semana del Buen Cristiano


El Sagrado Corazón
de Jesús

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Las promesas hechas por el Sagrado Corazón de Jesús en estas varias apariciones a …:

1º A las almas consagradas a mi Corazón, les daré las gracias necesarias para su estado.
2º Daré paz a sus familias.
3º Las consolaré en todas sus aflicciones.
4º Seré su amparo y refugio seguro durante la vida, y principalmente en la hora de la muerte.
5º Derramaré bendiciones abundantes sobre sus empresas.
6º Los pecadores hallarán en mi Corazón la fuente y el océano de la misericordia.
7º Las almas tibias se harán fervorosas.
8º Las almas fervorosas se elevarán rápidamente a gran perfección.
9º Bendeciré las casas en que la imagen de mi Sagrado Corazón se exponga y sea honrada.
10º Daré a los sacerdotes la gracia de mover los corazones más empedernidos.
11º Las personas que propaguen esta devoción tendrán escrito su nombre en mi Corazón y jamás será borrado de él.

12º Yo te prometo en el exceso de misericordia de mi Corazón, que mi amor todopoderoso concederá a aquellos que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos... la gracia de la Penitencia final; ellos no morirán en mi desgracia, ni sin recibir los Santos Sacramentos, siéndoles mi Corazón refugio seguro en aquella hora postrera.
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Una Vida Maravillosa

Infancia (I)

Santa Maravillas de Jesús nació en Madrid, España, el 4 de noviembre de 1891. Hija de Don Luis Pidal y Mon y de doña Cristina Chico de Guzmán y Muñoz, Marqueses de Pidal. En ese tiempo embajadores de España ante la Santa sede.

Viajaron a España especialmente para que la pequeña Maravillas, o Mavi como se la llamaba familiarmente, naciera en suelo Español; luego volverían a Roma y la niña quedaría bajo el cuidado de su abuela materna Doña Patricia Muñoz Domínguez, quien sería un personaje de mucha influencia en la educación y formación de la futura Santa.

La abuela no perdía ocasión de sembrar en el alma de la niña las semillas de las virtudes cristianas, de la oración y de una auténtica caridad cristiana. Para ello, entre otras cosas, se valía de libros de santos que daba a leer a Maravillas, y que ésta se esforzaba por imitar en lo concreto de cada día; por ejemplo, cuenta la misma santa, que de pequeña tenía mal genio y carácter y que aprovechaba las ocasiones en que debía dominarse el mal genio, para ofrecer ese acto como penitencia, de tal manera que nadie a su alrededor notaba nada sólo una gran sonrisa… (Continuará)

Dijo la Madre Maravillas: “Cada vez comprendo más la nada de todo lo que no es Dios y siento la imperiosa necesidad de amarle, de olvidarme de mí por completo para que sólo Él viva en mí”.

¡Tú eres el Mesías!


PANDEMIA - REFLEXIONES
El Culto Divino en Tiempos de Pandemia

Esta situación es fuente de gran sufrimiento. También es una oportunidad que Dios ofrece para comprender mejor la necesidad y el valor del culto litúrgico.

MES DE JUNIO
Carta Encíclica "Haurietis Aquas"

Sobre el culto al Sagrado Corazón de Jesús. Por el Papa Pío XII.

Carta Encíclica “Divini Illius Magistri”

Sobre la educación cristiana de la juventud. Por el Papa Pío XI

Sea miembro de la Guardia de Honor del Corazón Eucarístico

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Guardia de Honor del Corazón Eucarístico

(Inspirado en la Asociación fundada por la Sierva de Dios María del Sagrado Corazón Bernaud)

Ser miembro de esta Guardia de Honor consiste en ofrecer una hora del día con el deseo de reparar el Corazón Eucarístico de Jesús.

El fin de la Guardia es rendir culto de gloria, de amor y de reparación al Corazón de Jesús Sacramentado, herido visiblemente una vez con la lanza en la cruz y herido invisiblemente todos los días por los ultrajes, sacrilegios e indiferencia de los hombres.

Su práctica es muy sencilla: esta hora de guardia o de presencia no consiste en hacer algo especial, sino en ofrecer lo que se esté haciendo en esa hora, con sus penas y alegrías.

Cada miembro de la Guardia de Honor elige la hora del día durante la cual ofrecerá sus ocupaciones ordinarias. La hora de guardia puede hacerse frente al Santísimo, durante la Santa Misa, en la casa, en la oficina, en el trabajo, en el colegio, haciendo deporte, estudiando, de paseo, jugando con los hijos, descansando, en el lecho de enfermo, etc.

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Vivir la hora de guardia hace que, a la larga, nos vayamos habituando a la frecuente elevación del alma a Dios y a la reparación del Corazón Eucarístico de Jesús con nuestras vidas, por lo cual se convierte en un excelente medio para vivir la espiritualidad de los Siervos Reparadores en el mundo, para crecer en la intimidad con Cristo y para conquistar almas para Él.

Finalmente, y muy importante: nada de esto obliga bajo pena de pecado; no deben temerse olvidos. El tiempo irá haciendo que se genere el hábito de encomendar esta hora, pero hay que evitar caer en escrúpulos cuando no se haya recordado. En este sentido, también es importante que no se requiere un esfuerzo especial de concentración durante la Hora, ni el continuo repetir de alguna jaculatoria, sino simplemente ofrecer lo que se está haciendo. Basta con hacer este ofrecimiento al comenzar la Hora, poniendo la intención de hacer del mejor modo posible lo que nos toque en ese momento.

Por otra parte, los Siervos Reparadores se comprometen a encomendar diariamente en la Santa Misa, a perpetuidad, a los miembros vivos y difuntos de la Guardia de Honor del Corazón Eucarístico.

Vale aclarar que cualquier fiel católico puede pertenecer a la Guardia de Honor del Corazón Eucarístico.

¿Qué debe hacer si desea pertenecer a la Guardia de Honor del Corazón Eucarístico?

Simplemente ingresar en el siguiente enlace, que le llevará a la página de registro.

Se le pedirá que ingrese al sistema.

Si usted ya es miembro de Arcadei, simplemente ingrese su Correo Electrónico o Nombre de usuario, e ingrese la clave. Si no sabe la clave, o la olvidó, puede solicitar una nueva haciendo click en ¿Olvidó su contraseña? Se le enviará un mail con la nueva clave y un enlace para habilitarla.

Si no es miembro, puede hacer click en ¿No está registrado? De este modo le aparecerá un formulario de registro para ingreso al sitio.

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Abr
16

Santo del día


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SANTA BERNARDITA o MARÍA BERNARDA SOUBIROUS. Nació en Lourdes (Francia) el año 1844 de una familia pobre. Desde pequeña cuidó ovejas, rezaba el rosario, era analfabeta y tenía poca memoria. A los catorce años, a partir del 11 de febrero de 1858, la Virgen María se le apareció hasta dieciocho veces en los Pirineos, cerca de Lourdes, dentro de la gruta de Massabielle, junto al río Gave, y le dijo: «Yo soy la Inmaculada Concepción», mensaje que ella no podía comprender entonces. La Señora le encargó que pidiera a los sacerdotes que construyeran allí una iglesia. Durante mucho tiempo no se le dio crédito y tuvo que sufrir mucho. Por su medio María Inmaculada llamaba a los pecadores a la conversión, suscitando un gran celo de oración y amor, principalmente como servicio a los enfermos y pobres. En 1866, deseosa de salir del revuelo que se había producido y de encontrar sosiego para su alma, ingresó en la Congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers. No tardaron en llegar las enfermedades que la tuvieron postrada en cama muchos años: asma, tuberculosis, tumor óseo en la rodilla. Murió en Nevers el 16 de abril de 1879.

últimos artículos del Blog de Santa Maravillas


Carta Encíclica "Miseren-tissimus Redemptor"

Sobre la Reparación que todos deben al Sagrado Corazón de Jesús. Por el Papa Pío XI.

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Acto de confianza en Dios

Dios mío, estoy tan persuadido de que veláis sobre todos los que en Vos esperan y de que nada puede faltar a quien de Vos aguarda todas las cosas, que he resuelto vivir en adelante sin cuidado alguno, descargando sobre Vos todas mis inquietudes. Mas yo dormiré en paz y descansaré; porque Tú ¡oh Señor! y sólo Tú, has asegurado mi esperanza.

Los hombres pueden despojarme de los bienes y de la reputación; las enfermedades pueden quitarme las fuerzas y los medios de serviros; yo mismo puedo perder vuestra gracia por el pecado; pero no perderé mi esperanza; la conservaré hasta el último instante de mi vida y serán inútiles todos los esfuerzos de los demonios del infierno para arrancármela. Dormiré y descansaré en paz.

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Que otros esperen su felicidad en su riqueza o en sus talentos; que se apoyen en la inocencia de su vida, o sobre el rigor de su penitencia, o sobre el número de sus buenas obras, o sobre el fervor de sus oraciones. En cuanto a mí, Señor, toda mi confianza es mi confianza misma. Porque Tú, Señor, sólo Tú, has asegurado mi esperanza.

A nadie engañó esta confianza. Ninguno de los que han esperado en el Señor ha quedado frustrado en su esperanza

Por tanto, estoy seguro de que seré eternamente feliz, porque firmemente espero serlo y porque de Vos ¡oh Dios mío! es de quien lo espero. En Ti esperé, Señor, y jamás seré confundido.

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Bien conozco, ¡ah! demasiado lo conozco, que soy frágil e inconstante; sé cuánto pueden las tentaciones contra la virtud más firme; he visto caer los astros del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de esto puede aterrarme. Mientras mantenga firme mi esperanza, me conservaré a cubierto de todas las calamidades; y estoy seguro de esperar siempre, porque espero igualmente esta invariable esperanza.

En fin. Estoy seguro de que no puedo esperar con exceso de Vos y de que conseguiré todo lo que hubiere esperado de Vos. Así, espero que me sostendréis en las más rápidas y resbaladizas pendientes, que me fortaleceréis contra los más violentos asaltos y que haréis triunfar mi flaqueza sobre mis más formidables enemigos. Espero que me amaréis siempre y que yo os amaré sin interrupción; y para llevar de una vez toda mi esperanza tan lejos como puedo llevarla, os espero a Vos mismo de Vos mismo ¡oh Creador mío! para el tiempo y la eternidad. Así sea.

(Oración compuesta por San Claudio de la Colombiere)

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Acto de confianza en Dios

Nuestra fuerza está en confiar en Dios, y esta esperanza no será defraudada.

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La Comunión Espiritual

Cuando uno se encuentre impedido de recibir la Eucaristía, tenga siempre buena voluntad y piadosa intención de comulgar y así no carecerá del todo del fruto del sacramento. Cualquier persona bien dispuesta puede acceder todos los días y a cualquier hora, sin ninguna prohibición, a la saludable comunión espiritual de Cristo. Porque todas las veces que recuerda con devoción el misterio de la Encarnación o la Pasión de Cristo comulga místicamente y de manera invisible se nutre encendiéndose en su Amor. (Cf. Imitación de Cristo, libro 4, cap. 10, puntos 5 y 6)

Con el nombre de Comunión Espiritual se entiende el piadoso deseo de recibir la Sagrada Eucaristía, cuando no se la puede recibir sacramentalmente.

"De dos maneras -advierte Santo Tomás- se puede recibir espiritualmente a Cristo. Una en su estado natural, y de esta manera la reciben espiritualmente los ángeles, en cuanto unidos a Él por la fruición de la caridad perfecta y de la clara visión, y no con la fe, como le estamos unidos aquí. Este pan lo esperamos recibir, también en la gloria. Otra manera de recibirlo espiritualmente es en cuanto está contenido bajo las especies sacramentales, creyendo en Él y deseando recibirlo sacramentalmente. Y esto no solamente es comer espiritualmente a Cristo, sino también recibir espiritualmente el sacramento". De las palabras finales del Doctor Angélico, se deduce que la Comunión Espiritual nos trae, en cierto modo, el fruto espiritual de la misma Eucaristía recibida sacramentalmente.

Excelencia

Fue recomendada vivamente por el Concilio de Trento, y ha sido practicada por todos los santos, con gran provecho espiritual. Sin duda, constituye una fuente abundante de gracias para quien la practique fervorosa y frecuentemente. Más aún: puede ocurrir que con una Comunión Espiritual muy fervorosa se reciban mayor cantidad de gracia que con una Comunión Sacramental recibida con poca devoción.

Modo de hacerla

Basta un acto de Fe, por el cual renovamos nuestra firme convicción de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Un acto de deseo de recibir sacramentalmente a Cristo y de unirse íntimamente con Él. En este deseo consiste formalmente la Comunión Espiritual. Una petición fervorosa, pidiendo al Señor que nos conceda espiritualmente los mismos frutos y gracias que nos otorgaría en la Eucaristía realmente recibida.

Todos los que no comulgan sacramentalmente deberían hacerlo al menos espiritualmente, al oír la Santa Misa. Los que están en pecado mortal deben hacer un acto previo de contrición, si quieren recibir el fruto de la Comunión Espiritual. De lo contrario, para nada les aprovecharía, y sería hasta una irreverencia. (Antonio Royo Marín, Teología Moral para Seglares).

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La Comunión Espiritual

La Comunión Espiritual nos alcanza, en cierto modo, el fruto espiritual de la misma Eucaristía recibida sacramentalmente.

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Mira a la Estrella, invoca a María

"Y el nombre de la Virgen era María" (Lc 1, 27). Digamos algo a propósito de este nombre que, según dicen, significa "Estrella del mar" y que resulta tan adecuado a la Virgen Madre. De manera muy adecuada es comparada con una estrella, porque, así como la estrella emite su rayo sin corromperse, la Virgen también dio a luz al Hijo sin que ella sufriera merma alguna. Ni el rayo disminuyó la luz de la estrella, ni el Hijo la integridad de la Virgen. Ella es la noble estrella nacida de Jacob, cuyo rayo ilumina todo el universo, cuyo esplendor brilla en los cielos, penetra en los infiernos, ilumina la tierra, caldea las mentes más que los cuerpos, fomenta la virtud y quema los vicios. Ella es la preclara y eximia estrella que necesariamente se levanta sobre este mar grande y espacioso: brilla por sus méritos, ilumina con sus ejemplos.

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Tú, que piensas estar en el flujo de este mundo entre tormentas y tempestades en lugar de caminar sobre tierra firme, no apartes los ojos del brillo de esta estrella si no quieres naufragar en las tormentas. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si te precipitas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, invoca a María. Si eres zarandeado por las olas de la soberbia o de la ambición o de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira o la avaricia o los halagos de la carne acuden a la barca de tu alma, mira a María. Si, turbado por la enormidad de tus pecados, confundido por la suciedad de tu conciencia, aterrado por el horror del juicio, comienzas a ser tragado por el abismo de la tristeza, por el precipicio de la desesperación, piensa en María.

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En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No la apartes de tu boca, no la apartes de tu corazón y, para conseguir la ayuda de su oración, no te separes del ejemplo de su vida. Si la sigues, no te extraviarás; si la suplicas, no te desesperarás; si piensas en ella, no te equivocarás; si te aferras a ella, no te derrumbarás; si te protege, no tendrás miedo; si te guía, no te cansarás; si te es favorable, alcanzarás la meta, y así experimentarás que con razón se dijo: "Y el nombre de la Virgen era María".

(San Bernardo, Homilía 2 sobre Missus est)

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Mira a la Estrella, invoca a María

Piensa en María e invócala en todos los momentos.

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La Contrición

Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es "un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar".

Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama "contrición perfecta" (contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales, si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental.

La contrición llamada "imperfecta" (o "atrición") es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia. (Catecismo de la Iglesia Católica 1451-1453)

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El acto esencial de la Penitencia, por parte del penitente, es la contrición, o sea, un rechazo claro y decidido del pecado cometido, junto con el propósito de no volver a cometerlo, por el amor que se tiene a Dios y que renace con el arrepentimiento. La contrición, entendida así, es, pues, el principio y el alma de la conversión, de la metanoia evangélica que devuelve el hombre a Dios, como el hijo pródigo que vuelve al padre, y que tiene en el Sacramento de la Penitencia su signo visible, perfeccionador de la misma atrición. Por ello, «de esta contrición del corazón depende la verdad de la penitencia».

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Remitiendo a cuanto la Iglesia, inspirada por la Palabra de Dios, enseña sobre la contrición, me urge subrayar aquí un aspecto de tal doctrina, que debe conocerse mejor y tenerse presente. A menudo se considera la conversión y la contrición bajo el aspecto de las innegables exigencias que ellas comportan, y de la mortificación que imponen en vista de un cambio radical de vida. Pero es bueno recordar y destacar que contrición y conversión son aún más un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar.

(San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia, nº 31, III)

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La Contrición

El acto esencial de la Penitencia, por parte del penitente, es la contrición, o sea, un rechazo claro y decidido del pecado cometido, junto con el propósito de no volver a cometerlo.

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La plegaria familiar

La Iglesia ora por la familia cristiana y la educa para que viva en generosa coherencia con el don y el cometido sacerdotal recibidos de Cristo Sumo Sacerdote. En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la familia el fundamento de una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la cual su misma existencia cotidiana se transforma en «sacrificio espiritual aceptable a Dios por Jesucristo». Esto sucede no sólo con la celebración de la Eucaristía y de los otros sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para gloria de Dios, sino también con la vida de oración, con el diálogo suplicante dirigido al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.

La plegaria familiar tiene características propias. Es una oración hecha en común, marido y mujer juntos, padres e hijos juntos. La comunión en la plegaria es a la vez fruto y exigencia de esa comunión que deriva de los sacramentos del bautismo y del matrimonio. A los miembros de la familia cristiana pueden aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el Señor Jesús promete su presencia: «Os digo en verdad que si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Esta plegaria tiene como contenido original la misma vida de familia que en las diversas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y es actuada como respuesta filial a su llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas, nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas, alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de gracias, de imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común que está en los cielos. Además, la dignidad y responsabilidades de la familia cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente pueden ser vividas con la ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con humildad y confianza en la oración.

(San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio nº59)

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La plegaria familiar

La familia cristiana vive su vocación y misión sacerdotal, entre otras cosas, con su vida de oración.

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La Iglesia y los abusos sexuales

Por el Papa Emérito Benedicto XVI

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El documento de Benedicto XVI sobre la Iglesia y los abusos sexuales

En el texto “La Iglesia y los abusos sexuales” el Papa Benedicto XVI ofrece sus reflexiones sobre la actual situación eclesial y expone sus propuestas para enfrentar esta grave crisis.
El texto (escrito en alemán) está dividido en tres partes. En la primera presenta el contexto histórico desde la década de 1960, en la segunda se refiere a los efectos en la vida de los sacerdotes y en la tercera hace una propuesta para una adecuada respuesta de la Iglesia.
Originalmente iba a ser publicado en Semana Santa por el Klerusblatt, periódico mensual para el clero en la mayoría de diócesis bávaras de Alemania; sin embargo fue filtrado este miércoles 10 de abril por el New York Post.
ACI Prensa ofrece la traducción al español del documento, un aporte de Benedicto XVI para “ayudar en esta hora difícil” de la Iglesia, como el mismo Papa Emérito escribe.
A continuación, el texto completo del Papa Emérito Benedicto XVI:

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La Iglesia y el escándalo del abuso sexual
Del 21 al 24 de febrero, tras la invitación del Papa Francisco, los presidentes de las conferencias episcopales del mundo se reunieron en el Vaticano para discutir la crisis de fe y de la Iglesia, una crisis palpable en todo el mundo tras las chocantes revelaciones del abuso clerical perpetrado contra menores. La extensión y la gravedad de los incidentes reportados han desconcertado a sacerdotes y laicos, y ha hecho que muchos cuestionen la misma fe de la Iglesia. Fue necesario enviar un mensaje fuerte y buscar un nuevo comienzo para hacer que la Iglesia sea nuevamente creíble como luz entre los pueblos y como una fuerza que sirve contra los poderes de la destrucción.
Ya que yo mismo he servido en una posición de responsabilidad como pastor de la Iglesia en una época en la que se desarrolló esta crisis y antes de ella, me tuve que preguntar –aunque ya no soy directamente responsable por ser emérito– cómo podía contribuir a ese nuevo comienzo en retrospectiva. Entonces, desde el periodo del anuncio hasta la reunión misma de los presidentes de las conferencias episcopales, reuní algunas notas con las que quiero ayudar en esta hora difícil. Habiendo contactado al Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal (Pietro) Parolin, y al mismo Papa Francisco, me parece apropiado publicar este texto en el "Klerusblatt".
Mi trabajo se divide en tres partes. 
En la primera busco presentar brevemente el amplio contexto del asunto, sin el cual el problema no se puede entender. Intento mostrar que en la década de 1960 ocurrió un gran evento, en una escala sin precedentes en la historia. Se puede decir que en los 20 años entre 1960 y 1980, los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente, y surgió una nueva normalidad que hasta ahora ha sido sujeta de varios laboriosos intentos de disrupción. 
En la segunda parte, busco precisar los efectos de esta situación en la formación de los sacerdotes y en sus vidas.

Finalmente, en la tercera parte, me gustaría desarrollar algunas perspectivas para una adecuada respuesta por parte de la Iglesia.

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I.

(1) El asunto comienza con la introducción de los niños y jóvenes en la naturaleza de la sexualidad, algo prescrita y apoyado por el Estado. En Alemania, la entonces ministra de salud, (Käte) Strobel, tenía una cinta en la que todo lo que antes no se permitía enseñar públicamente, incluidas las relaciones sexuales, se mostraba ahora con el propósito de educar. Lo que al principio se buscaba que fuera solo para la educación sexual de los jóvenes, se aceptó luego como una opción factible.

Efectos similares se lograron con el "Sexkoffer" publicado por el gobierno de Austria (N. DEL T. Materiales sexuales usados en los colegios austríacos a fines de la década de 1980). Las películas pornográficas y con contenido sexual se convirtieron entonces en algo común, hasta el punto que se transmitían en pequeños cines (Bahnhofskinos) (N. del T. cines baratos en Alemania que proyectaban pequeñas cintas cerca a las estaciones de tren).

Todavía recuerdo haber visto, mientras caminaba en la ciudad de Ratisbona un día, multitudes haciendo cola ante un gran cine, algo que habíamos visto antes solo en tiempos de guerra, cuando se esperaba una asignación especial. También recuerdo haber llegado a la ciudad el Viernes Santo de 1970 y ver en las vallas publicitarias un gran afiche de dos personas completamente desnudas y abrazadas.

Entre las libertades por las que la Revolución de 1968 peleó estaba la libertad sexual total, una que ya no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia, que caracterizó esos años, está fuertemente relacionada con este colapso mental. De hecho, las cintas sexuales ya no se permitían en los aviones porque podían generar violencia en la pequeña comunidad de pasajeros. Y dado que los excesos en la vestimenta también provocaban agresiones, los directores de los colegios hicieron varios intentos para introducir una vestimenta escolar que facilitara un clima para el aprendizaje.

Parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada.

Para los jóvenes en la Iglesia, pero no solo para ellos, esto fue en muchas formas un tiempo muy difícil. Siempre me he preguntado cómo los jóvenes en esta situación se podían acercar al sacerdocio y aceptarlo con todas sus ramificaciones. El extenso colapso de las siguientes generaciones de sacerdotes en aquellos años y el gran número de laicizaciones fueron una consecuencia de todos estos desarrollos.

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(2)
 Al mismo tiempo, independientemente de este desarrollo, la teología moral católica sufrió un colapso que dejó a la Iglesia indefensa ante estos cambios en la sociedad. Trataré de delinear brevemente la trayectoria que siguió este desarrollo.
Hasta el Concilio Vaticano II, la teología moral católica estaba ampliamente fundada en la ley natural, mientras que las Sagradas Escrituras se citaban solamente para tener contexto o justificación. En la lucha del Concilio por un nuevo entendimiento de la Revelación, la opción por la ley natural fue ampliamente abandonada, y se exigió una teología moral basada enteramente en la Biblia.
Aún recuerdo cómo la facultad jesuita en Frankfurt entrenó al joven e inteligente Padre (Schüller) con el propósito de desarrollar una moralidad basada enteramente en las Escrituras. La bella disertación del Padre (Bruno) Schüller muestra un primer paso hacia la construcción de una moralidad basada en las Escrituras. El Padre fue luego enviado a Estados Unidos y volvió habiéndose dado cuenta de que solo con la Biblia la moralidad no podía expresarse sistemáticamente. Luego intentó una teología moral más pragmática, sin ser capaz de dar una respuesta a la crisis de moralidad.

Al final, prevaleció principalmente la hipótesis de que la moralidad debía ser exclusivamente determinada por los propósitos de la acción humana. Si bien la antigua frase “el fin justifica los medios” no fue confirmada en esta forma cruda, su modo de pensar si se había convertido en definitivo.
En consecuencia, ya no podía haber nada que constituya un bien absoluto, ni nada que fuera fundamentalmente malo; (podía haber) solo juicios de valor relativos. Ya no había bien (absoluto), sino solo lo relativamente mejor o contingente en el momento y en circunstancias.
La crisis de la justificación y la presentación de la moralidad católica llegaron a proporciones dramáticas al final de la década de 1980 y en la de 1990. El 5 de enero de 1989 se publicó la “Declaración de Colonia”, firmada por 15 profesores católicos de teología. Se centró en varios puntos de la crisis en la relación entre el magisterio episcopal y la tarea de la teología. (Las reacciones a) este texto, que al principio no fue más allá del nivel usual de protestas, creció muy rápidamente y se convirtió en un grito contra el magisterio de la Iglesia y reunió, clara y visiblemente, el potencial de protesta global contra los esperados textos doctrinales de Juan Pablo II. (cf. D. Mieth, Kölner Erklärung, LThK, VI3, p. 196) (N. del T. El LTHK es el Lexikon für Theologie und Kirche, el Lexicon de Teología y la Iglesia, cuyos editores incluían al teólogo Karl Rahner y al Cardenal alemán Walter Kasper)
El Papa Juan Pablo II, que conocía muy bien y que seguía de cerca la situación en la que estaba la teología moral, comisionó el trabajo de una encíclica para poner las cosas en claro nuevamente. Se publicó con el título de Veritatis splendor (El esplendor de la verdad) el 6 de agosto de 1993 y generó diversas reacciones vehementes por parte de los teólogos morales. Antes de eso, el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) ya había presentado persuasivamente y de modo sistemático la moralidad como es proclamada por la Iglesia.
Nunca olvidaré cómo el entonces líder teólogo moral de lengua alemana, Franz Böckle, habiendo regresado a su natal Suiza tras su retiro, anunció con respecto a la Veritatis splendor que si la encíclica determinaba que había acciones que siempre y en todas circunstancias podían clasificarse como malas, entonces él la rebatiría con todos los recursos a su disposición.
Fue Dios, el Misericordioso, quien evitó que pusiera en práctica su resolución ya que Böckle murió el 8 de julio de 1991. La encíclica fue publicada el 6 de agosto de 1993 y efectivamente incluía la determinación de que había acciones que nunca pueden ser buenas.
El Papa era totalmente consciente de la importancia de esta decisión en ese momento y para esta parte del texto consultó nuevamente a los mejores especialistas que no tomaron parte en la edición de la encíclica. Él sabía que no debía dejar duda sobre el hecho que la moralidad de balancear los bienes debe tener siempre un límite último. Hay bienes que nunca están sujetos a concesiones.
Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor e incluso sobrepasar la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida.
El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana. El hecho que ya no sea moralmente necesario en la teoría que defiende Böckle y muchos otros demuestra que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí.
En la teología moral, sin embargo, otra pregunta se había vuelto apremiante: había ganado amplia aceptación la hipótesis de que el magisterio de la Iglesia debe tener competencia final (“infalibilidad”) solo en materias concernientes a la fe y los asuntos sobre la moralidad no deben caer en el rango de las decisiones infalibles del magisterio de la Iglesia. Hay probablemente algo de cierto en esta hipótesis que garantiza un mayor debate, pero hay un mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas al principio fundacional de la fe y que tiene que ser defendido si no se quiere que la fe sea reducida a una teoría y no se le reconozca en su clamor por la vida concreta.
Todo esto permite ver cuán fundamentalmente se cuestiona la autoridad de la Iglesia en asuntos de moralidad. Los que niegan a la Iglesia una competencia en la enseñanza final en esta área la obligan a permanecer en silencio precisamente allí donde el límite entre la verdad y la mentira está en juego.
Independientemente de este asunto, en muchos círculos de teología moral se expuso la hipótesis de que la Iglesia no tiene y no puede tener su propia moralidad. El argumento era que todas las hipótesis morales tendrían su paralelo en otras religiones y, por lo tanto, no existiría una naturaleza cristiana. Pero el asunto de la naturaleza de una moralidad bíblica no se responde con el hecho que para cada sola oración en algún lugar, se puede encontrar un paralelo en otras religiones. En vez de eso, se trata de toda la moralidad bíblica, que como tal es nueva y distinta de sus partes individuales.
La doctrina moral de las Sagradas Escrituras tiene su forma de ser única predicada finalmente en su concreción a imagen de Dios, en la fe en un Dios que se mostró a sí mismo en Jesucristo y que vivió como ser humanoEl Decálogo es una aplicación a la vida humana de la fe bíblica en Dios. La imagen de Dios y la moralidad se pertenecen y por eso resulta en el cambio particular de la actitud cristiana hacia el mundo y la vida humana. Además, el cristianismo ha sido descrito desde el comienzo con la palabra hodós (camino, en griego, usado en el Nuevo Testamente para hablar de un camino de progreso).

La fe es una travesía y una forma de vida. En la antigua Iglesia, el catecumenado fue creado como un hábitat en la que los aspectos distintivos y frescos de la forma de vivir la vida cristiana eran al mismo tiempo practicados y protegidos ante la cultura que era cada vez más desmoralizada. Creo que incluso hoy algo como las comunidades de catecumenado son necesarias para que la vida cristiana pueda afirmarse en su propia manera.

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II.

Las reacciones eclesiales iniciales 

(1) El proceso largamente preparado y en marcha para la disolución del concepto cristiano de moralidad estuvo marcado, como he tratado de demostrar, por la radicalidad sin precedentes de la década de 1960. Esta disolución de la autoridad moral de la enseñanza de la Iglesia necesariamente debió tener un efecto en los distintos miembros de la Iglesia. En el contexto del encuentro de los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo con el Papa Francisco, el asunto de la vida sacerdotal, así como la de los seminarios, es de particular interés. Ya que tiene que ver con el problema de la preparación en los seminarios para el ministerio sacerdotal, hay de hecho una descomposición de amplio alcance en cuanto a la forma previa de preparación.

En varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente, con lo que cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos. En un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de especialistas pastorales (Pastoralreferent) vivían juntos. En las comidas cotidianas, los seminaristas y los especialistas pastorales estaban juntos. Los casados a veces estaban con sus esposas e hijos; y en ocasiones con sus novias. El clima en este seminario no proporcionaba el apoyo requerido para la preparación de la vocación sacerdotal. La Santa Sede sabía de esos problemas sin estar informada precisamente. Como primer paso, se acordó una visita apostólica (N. del T.: investigación) para los seminarios en Estados Unidos.

Como el criterio para la selección y designación de obispos también había cambiado luego del Concilio Vaticano II, la relación de los obispos con sus seminarios también era muy diferente. Por encima de todo se estableció la “conciliaridad” como un criterio para el nombramiento de nuevos obispos, que podía entenderse de varias maneras.

De hecho, en muchos lugares se entendió que las actitudes conciliares tenían que ver con tener una actitud crítica o negativa hacia la tradición existente hasta entonces, y que debía ser reemplazada por una relación nueva y radicalmente abierta con el mundo. Un obispo, que había sido antes rector de un seminario, había hecho que los seminaristas vieran películas pornográficas con la intención de que estas los hicieran resistentes ante las conductas contrarias a la fe.

Hubo –y no solo en los Estados Unidos de América– obispos que individualmente rechazaron la tradición católica por completo y buscaron una nueva y moderna “catolicidad” en sus diócesis. Tal vez valga la pena mencionar que en no pocos seminarios, a los estudiantes que los veían leyendo mis libros se les consideraba no aptos para el sacerdocio. Mis libros fueron escondidos, como si fueran mala literatura, y se leyeron solo bajo el escritorio.

La visita que se realizó no dio nuevas pistas, aparentemente porque varios poderes unieron fuerzas para maquillar la verdadera situación. Una segunda visita se ordenó y esa sí permitió tener datos nuevos, pero al final no logró ningún resultado. Sin embargo, desde la década de 1970 la situación en los seminarios ha mejorado en general. Y, sin embargo, solo aparecieron casos aislados de un nuevo fortalecimiento de las vocaciones sacerdotales ya que la situación general había tomado otro rumbo.

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(2) El asunto de la pedofilia, según recuerdo, no fue agudo sino hasta la segunda mitad de la década de 1980. Mientras tanto, ya se había convertido en un asunto público en Estados Unidos, tanto así que los obispos fueron a Roma a buscar ayuda ya que la ley canónica, como se escribió en el nuevo Código (1983), no parecía suficiente para tomar las medidas necesarias. Al principio Roma y los canonistas romanos tuvieron dificultades con estas preocupaciones ya que, en su opinión, la suspensión temporal del ministerio sacerdotal tenía que ser suficiente para generar purificación y clarificación. Esto no podía ser aceptado por los obispos estadounidenses, porque de ese modo los sacerdotes permanecían al servicio del obispo y así eran asociados directamente con él. Lentamente fue tomando forma una renovación y profundización de la ley penal del nuevo Código, que había sido construida adrede de manera holgada.

Además y sin embargo, había un problema fundamental en la percepción de la ley penal. Solo el llamado garantismo (una especie de proteccionismo procesal) era considerado como “conciliar”. Esto significa que se tenía que garantizar, por encima de todo, los derechos del acusado hasta el punto en que se excluyera del todo cualquier tipo de condena. Como contrapeso ante las opciones de defensa, disponibles para los teólogos acusados y con frecuencia inadecuadas, su derecho a la defensa usando el garantismo se extendió a tal punto que las condenas eran casi imposibles.

Permítanme un breve excurso en este punto. A la luz de la escala de la inconducta pedófila, una palabra de Jesús nuevamente salta a la palestra: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si le hubieran atado al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran echado al mar” (Mc 9,42).

La palabra “pequeños” en el idioma de Jesús significa los creyentes comunes que pueden ver su fe confundida por la arrogancia intelectual de aquellos que creen que son inteligentes. Entonces, aquí Jesús protege el depósito de la fe con una amenaza o castigo enfático para quienes hacen daño.

El uso moderno de la frase no es en sí mismo equivocado, pero no debe oscurecer el significado original. En él queda claro, contra cualquier garantismo, que no solo el derecho del acusado es importante y requiere una garantía. Los grandes bienes como la fe son igualmente importantes.

Entonces, una ley canónica balanceada que se corresponda con todo el mensaje de Jesús no solo tiene que proporcionar una garantía para el acusado, para quien el respeto es un bien legal, sino que también tiene que proteger la fe que también es un importante bien legal. Una ley canónica adecuadamente formada tiene que contener entonces una doble garantía: la protección legal del acusado y la protección legal del bien que está en juego. Si hoy se presenta esta concepción inherentemente clara, generalmente se cae en hacer oídos sordos cuando se llega al asunto de la protección de la fe como un bien legal. En la consciencia general de la ley, la fe ya no parece tener el rango de bien que requiere protección. Esta es una situación alarmante que los pastores de la Iglesia tienen que considerar y tomar en serio.

Ahora me gustaría agregar, a las breves notas sobre la situación de la formación sacerdotal en el tiempo en el que estalló la crisis, algunas observaciones sobre el desarrollo de la ley canónica en este asunto.

En principio, la Congregación para el Clero es la responsable de lidiar con crímenes cometidos por sacerdotes, pero dado que el garantismo dominó largamente la situación en ese entonces, estuve de acuerdo con el Papa Juan Pablo II en que era adecuado asignar estas ofensas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el título de "Delicta maiora contra fidem".

Esto hizo posible imponer la pena máxima, es decir la expulsión del estado clerical, que no se habría podido imponer bajo otras previsiones legales. Esto no fue un truco para imponer la máxima pena, sino una consecuencia de la importancia de la fe para la Iglesia. De hecho, es importante ver que tal inconducta de los clérigos al final daña la fe.

Allí donde la fe ya no determina las acciones del hombre es que tales ofensas son posibles.

La severidad del castigo, sin embargo, también presupone una prueba clara de la ofensa: este aspecto del garantismo permanece en vigor.

En otras palabras, para imponer la máxima pena legalmente, se requiere un proceso penal genuino, pero ambos, las diócesis y la Santa Sede se ven sobrepasados por tal requerimiento. Por ello formulamos un nivel mínimo de procedimientos penales y dejamos abierta la posibilidad de que la misma Santa Sede asuma el juicio allí donde la diócesis o la administración metropolitana no pueden hacerlo. En cada caso, el juicio debe ser revisado por la Congregación para la Doctrina de la Fe para garantizar los derechos del acusado. Finalmente, en la feria cuarta (N. del T. la asamblea de los miembros de la Congregación) establecimos una instancia de apelación para proporcionar la posibilidad de apelar.

Ya que todo esto superó en la realidad las capacidades de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ya que las demoras que surgieron tenían que ser previstas dada la naturaleza de esta materia, el Papa Francisco ha realizado reformas adicionales.

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III
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(1.) ¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado. Solo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro (de nosotros mismos) lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros.

Primero, sugeriría lo siguiente: si realmente quisiéramos resumir muy brevemente el contenido de la fe como está en la Biblia, tendríamos que hacerlo diciendo que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, solo puede ser, al final, que entremos en este amor. Es la verdadera fuerza contra el mal, ya que el poder del mal emerge de nuestro rechazo a amar a Dios. Quien se confía al amor de Dios es redimido. Nuestro ser no redimidos es una consecuencia de nuestra incapacidad de amar a Dios. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención humana.

Tratemos de desarrollar un poco más este contenido esencial de la revelación de Dios. Podemos entonces decir que el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede entonces tener sentido.

Existe un Dios como creador y la medida de todas las cosas es una necesidad primera y primordial, pero un Dios que no se exprese para nada a sí mismo, que no se hiciese conocido, permanecería como una presunción y podría entonces no determinar la forma [Gestalt] de nuestra vida. Para que Dios sea realmente Dios en esta creación deliberada, tenemos que mirarlo para que se exprese a sí mismo de alguna forma. Lo ha hecho de muchas maneras, pero decisivamente lo hizo en el llamado a Abraham y que le dio a la gente que buscaba a Dios la orientación que lleva más allá de toda expectativa: Dios mismo se convierte en criatura, habla como hombre con nosotros los seres humanos.

En este sentido la frase “Dios es”, al final se convierte en un mensaje verdaderamente gozoso, precisamente porque Él es más que entendimiento, porque Él crea –y es– amor para que una vez más la gente sea consciente de esta, la primera y fundamental tarea confiada a nosotros por el Señor.

Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días fue que se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal. La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y no tiene nada que ofrecerle. Y esa es la razón por la que es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más. En puntos individuales, de pronto parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión de rutina.

Ese es el caso con la pedofilia. Se teorizó solo hace un tiempo como algo legítimo, pero se ha difundido más y más. Y ahora nos damos cuenta con sorpresa de que las cosas que les están pasando a nuestros niños y jóvenes amenazan con destruirlos. El hecho de que esto también pueda extenderse en la Iglesia y entre los sacerdotes es algo que nos debe molestar de modo particular.

¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? Al final de cuentas, la razón es la ausencia de Dios. Nosotros, cristianos y sacerdotes, también preferimos no hablar de Dios porque este discurso no parece ser práctico. Luego de la convulsión de la Segunda Guerra Mundial, nosotros en Alemania todavía teníamos expresamente en nuestra Constitución que estábamos bajo responsabilidad de Dios como un principio guía. Medio siglo después, ya no fue posible incluir la responsabilidad para con Dios como un principio guía en la Constitución europea. Dios es visto como la preocupación partidaria de un pequeño grupo y ya no puede ser un principio guía para la comunidad como un todo. Esta decisión se refleja en la situación de Occidente, donde Dios se ha convertido en un asunto privado de una minoría.

Una tarea primordial, que tiene que resultar de las convulsiones morales de nuestro tiempo, es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Por encima de todo, nosotros tenemos que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida en vez de dejarlo a un lado como si fuera una frase no efectiva. Nunca olvidaré la advertencia del gran teólogo Hans Urs von Balthasar que una vez me escribió en una de sus postales: “¡No presuponga al Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, preséntelo!”.

De hecho, en la teología Dios siempre se da por sentado como un asunto de rutina, pero en lo concreto uno no se relaciona con Él. El tema de Dios parece tan irreal, tan expulsado de las cosas que nos preocupan y, sin embargo, todo se convierte en algo distinto si no se presupone sino que se presenta a Dios. No dejándolo atrás como un marco, sino reconociéndolo como el centro de nuestros pensamientos, palabras y acciones.

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(2) Dios se hizo hombre por nosotros. El hombre como Su criatura es tan cercano a Su corazón que Él se ha unido a sí mismo con él y ha entrado así en la historia humana de una forma muy práctica. Él habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y asumió la muerte por nosotros. Hablamos sobre esto en detalle en la teología, con palabras y pensamientos aprendidos, pero es precisamente de esta forma que corremos el riesgo de convertirnos en maestros de fe en vez de ser renovados y hechos maestros por la fe.

Consideremos esto con respecto al asunto central: la celebración de la Santa Eucaristía. Nuestro manejo de la Eucaristía solo puede generar preocupación. El Concilio Vaticano II se centró correctamente en regresar este sacramento de la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo, de la presencia de Su persona, de su Pasión, Muerte y Resurrección, al centro de la vida cristiana y la misma existencia de la Iglesia. En parte esto realmente ha ocurrido y deberíamos estar agradecidos al Señor por ello.

Y sin embargo prevalece una actitud muy distinta. Lo que predomina no es una nueva reverencia por la presencia de la muerte y resurrección de Cristo, sino una forma de lidiar con Él que destruye la grandeza del Misterio. La caída en la participación de las celebraciones eucarísticas dominicales muestra lo poco que los cristianos de hoy saben sobre apreciar la grandeza del don que consiste en Su Presencia real. La Eucaristía se ha convertido en un mero gesto ceremonial cuando se da por sentado que la cortesía requiere que sea ofrecido en celebraciones familiares o en ocasiones como bodas y funerales a todos los invitados por razones familiares.

La forma en la que la gente simplemente recibe el Santísimo Sacramento en la comunión como algo rutinario muestra que muchos la ven como un gesto puramente ceremonial. Por lo tanto, cuando se piensa en la acción que se requiere primero y primordialmente, es bastante obvio que no necesitamos otra Iglesia con nuestro propio diseño. En vez de ello se requiere, primero que nada, la renovación de la fe en la realidad de que Jesucristo se nos es dado en el Santísimo Sacramento.

En conversaciones con víctimas de pedofilia, me hicieron muy consciente de este requisito primero y fundamental. Una joven que había sido acólita me dijo que el capellán, su superior en el servicio del altar, siempre la introducía al abuso sexual que él cometía con estas palabras: “Este es mi cuerpo que será entregado por ti”.

Es obvio que esta mujer ya no puede escuchar las palabras de la consagración sin experimentar nuevamente la terrible angustia de los abusos. Sí, tenemos que implorar urgentemente al Señor por su perdón, pero antes que nada tenemos que jurar por Él y pedirle que nos enseñe nuevamente a entender la grandeza de Su sufrimiento y Su sacrificio. Y tenemos que hacer todo lo que podamos para proteger del abuso el don de la Santísima Eucaristía.

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(3) Y finalmente, está el Misterio de la Iglesia. La frase con la que Romano Guardini, hace casi 100 años, expresó la esperanza gozosa que había en él y en muchos otros, permanece inolvidable: “Un evento de importancia incalculable ha comenzado, la Iglesia está despertando en las almas”.

Se refería a que la Iglesia ya no era experimentada o percibida simplemente como un sistema externo que entraba en nuestras vidas, como una especie de autoridad, sino que había comenzado a ser percibida como algo presente en el corazón de la gente, como algo no meramente externo sino que nos movía interiormente. Casi 50 años después, al reconsiderar este proceso y viendo lo que ha estado pasando, me siento tentado a revertir la frase: “La Iglesia está muriendo en las almas”.

De hecho, hoy la Iglesia es vista ampliamente solo como una especie de aparato político. Se habla de ella casi exclusivamente en categorías políticas y esto se aplica incluso a obispos que formulan su concepción de la Iglesia del mañana casi exclusivamente en términos políticos. La crisis, causada por los muchos casos de abusos de clérigos, nos hace mirar a la Iglesia como algo casi inaceptable que tenemos que tomar en nuestras manos y rediseñar. Pero una Iglesia que se hace a sí misma no puede constituir esperanza.

Jesús mismo comparó la Iglesia a una red de pesca en la que Dios mismo separa los buenos peces de los malos. También hay una parábola de la Iglesia como un campo en el que el buen grano que Dios mismo sembró crece junto a la mala hierba que “un enemigo” secretamente echó en él. De hecho, la mala hierba en el campo de Dios, la Iglesia, son ahora excesivamente visibles y los peces malos en la red también muestran su fortaleza. Sin embargo, el campo es aún el campo de Dios y la red es la red de Dios. Y en todos los tiempos, no solo ha habido mala hierba o peces malos, sino también los sembríos de Dios y los buenos peces. Proclamar ambos con énfasis y de la misma forma no es una manera falsa de apologética, sino un necesario servicio a la Verdad.

En este contexto es necesario referirnos a un importante texto en la Revelación a Juan. El demonio es identificado como el acusador que acusa a nuestros hermanos ante Dios día y noche. (Ap 12, 10). El Apocalipsis toma entonces un pensamiento que está al centro de la narrativa en el libro de Job (Job 1 y 2, 10; 42:7-16). Allí se dice que el demonio buscaba mostrar que lo correcto en la vida de Job ante Dios era algo meramente externo. Y eso es exactamente lo que el Apocalipsis tiene que decir: el demonio quiere probar que no hay gente correcta, que su corrección solo se muestra en lo externo. Si uno pudiera acercarse, entonces la apariencia de justicia se caería rápidamente.

La narración comienza con una disputa entre Dios y el demonio, en la que Dios se ha referido a Job como un hombre verdaderamente justo. Ahora va a ser usado como un ejemplo para probar quién tiene razón. El demonio pide que se le quiten todas sus posesiones para ver que nada queda de su piedad. Dios le permite que lo haga, tras lo cual Jon actúa positivamente. Luego el demonio presiona y dice: “¡Piel por piel! Sí, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Sin embargo, extiende ahora tu mano y toca su hueso y su carne, verás si no te maldice en tu misma cara". (Job 2,4f).

Entonces Dios le otorga al demonio un segundo turno. También toca la piel de Job y solo le está negado matarlo. Para los cristianos es claro que este Job, que está de pie ante Dios como ejemplo para toda la humanidad, es Jesucristo. En el Apocalipsis el drama de la humanidad nos es presentado en toda su amplitud.

El Dios Creador es confrontado con el demonio que habla a toda la humanidad y a toda la creación. Le habla no solo a Dios, sino y sobre todo a la gente: Miren lo que este Dios ha hecho. Supuestamente una buena creación. En realidad está llena de miseria y disgustos. El desaliento de la creación es en realidad el menosprecio de Dios. Quiere probar que Dios mismo no es bueno y alejarnos de Él.

La oportunidad en la que el Apocalipsis no está hablando aquí es obvia. Hoy, la acusación contra Dios es sobre todo menosprecio de Su Iglesia como algo malo en su totalidad y por lo tanto nos disuade de ella. La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer. No, incluso hoy la Iglesia no está hecha solo de malos peces y mala hierba. La Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a través del cual Dios nos salva.

Es muy importante oponerse con toda la verdad a las mentiras y las medias verdades del demonio: sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Además hoy hay mucha gente que humildemente cree, sufre y ama, en quien el Dios verdadero, el Dios amoroso, se muestra a Sí mismo a nosotros. Dios también tiene hoy Sus testigos ("martyres") en el mundo. Nosotros solo tenemos que estar vigilantes para verlos y escucharlos.

La palabra mártir está tomada de la ley procesal. En el juicio contra el demonio, Jesucristo es el primer y verdadero testigo de Dios, el primer mártir, que desde entonces ha sido seguido por incontables otros.

El hoy de la Iglesia es más que nunca una Iglesia de mártires y por ello un testimonio del Dios viviente. Si miramos a nuestro alrededor y escuchamos con un corazón atento, podremos hoy encontrar testigos en todos lados, especialmente entre la gente ordinaria, pero también en los altos rangos de la Iglesia, que se alzan por Dios con sus vidas y su sufrimiento. Es una inercia del corazón lo que nos lleva a no desear reconocerlos. Una de las grandes y esenciales tareas de nuestra evangelización es, hasta donde podamos, establecer hábitats de fe y, por encima de todo, encontrar y reconocerlos.

Vivo en una casa, en una pequeña comunidad de personas que descubren tales testimonios del Dios viviente una y otra vez en la vida diaria, y que alegremente me comentan esto. Ver y encontrar a la Iglesia viviente es una tarea maravillosa que nos fortalece y que, una y otra vez, nos hace alegres en nuestra fe.

Al final de mis reflexiones me gustaría agradecer al Papa Francisco por todo lo que hace para mostrarnos siempre la luz de Dios que no ha desaparecido, incluso hoy. ¡Gracias Santo Padre!

Benedicto XVI

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¿Por qué tomar de nuevo la palabra?

Por el Cardenal Robert Sarah.

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Por el Cardenal Robert Sarah.

«Si ellos callan, gritarán las piedras» (Lc 19, 40).
«Un traidor es un hombre que jura y que miente.»
William Shakespeare, Macbeth
 

¿Por qué tomar de nuevo la palabra? En mi libro anterior, os invito al silencio. Sin embargo, no puedo callarme. No debo callarme. Los cristianos están desorientados. Cada día, recibo de todas partes las llamadas de auxilio de quienes ya no saben qué creer. Cada día, recibo en Roma a sacerdotes desanimados y heridos. La Iglesia atraviesa la experiencia de la noche oscura. El misterio de iniquidad la envuelve y la ciega.
Diariamente nos llegan noticias cada vez más aterradoras. No pasa ni una semana sin que un caso de abuso sexual se nos revele. Cada una de estas revelaciones lacera nuestro corazón de hijos de la Iglesia. Como decía san Pablo VI, el humo de Satanás nos invade. La Iglesia, que debería ser un lugar de luz, se ha convertido en una madriguera de tinieblas. Ésta debería ser una casa familiar segura y apacible, y ¡he ahí que se ha convertido en una cueva de ladrones! ¿Cómo podemos soportar que entre nosotros, en nuestras filas, se haya introducido predadores? Numerosos sacerdotes fieles se comportan cada día como pastores solícitos, en padres llenos de dulzura, en guías firmes. Pero ciertos hombres de Dios se han convertido en agentes del Maligno. Estos han buscado profanar el alma de los más pequeños. Han humillado la imagen de Cristo en cada niño.

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¡Desgraciadamente, Judas!


Los sacerdotes del mundo entero se han sentido humillados y traicionados por tantas abominaciones. Después de Jesús, la Iglesia vive el misterio de la flagelación. ¡Su cuerpo está lacerado. ¿Quiénes son los que golpean? Aquellos mismos que deberían amarla y protegerla! Sí, me atrevo a tomar prestadas las palabras del Papa Francisco: el misterio de Judas se cierne sobre nuestro tiempo. El misterio de la traición transpira por los muros de la Iglesia. Los abusos sobre los menores lo revelan de la manera más abominable. Pero se necesita tener el valor de mirar nuestro pecado a la cara: esta traición ha sido preparada y causada por muchos otros, menos visibles, más sutiles pero al mismo tiempo profundos. Vivimos después de mucho tiempo el misterio de Judas. Lo que ahora sale a la luz tiene causas profundas que es necesario tener el valor de denunciar con claridad. La crisis que vive el clero, la Iglesia y el mundo es radicalmente una crisis espiritual, una crisis de la fe. Vivimos el misterio de la iniquidad, el misterio de la traición, el misterio de Judas.

Permítanme meditar con ustedes sobre la figura de Judas. Jesús le había llamado como a todos los apóstoles. ¡Jesús le amaba! Él lo había enviado a anunciar la Buena Nueva. Pero poco a poco la duda se apoderó del corazón de Judas. De manera insensible, se puso a juzgar la enseñanza de Jesús. Se dijo a sí mismo: este Jesús es demasiado exigente, poco eficaz. Judas quiso hacer venir el Reino de Dios sobre la tierra, enseguida, por medios humanos y según sus planes personales. Sin embargo, había escuchado a Jesús decirle: «No son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni mis caminos son vuestros caminos» (Is 55, 8). Judas se alejó a pesar de todo. Ya no escuchó a Cristo. Ya no le acompañó en aquellas largas noches de silencio y de oración.
 
Judas se refugió en los asuntos del mundo. Se ocupó de la bolsa, del dinero y del comercio. El mentiroso continuaba siguiendo a Cristo, pero ya no creía. Él murmuraba. La tarde del Jueves Santo, el Maestro le había lavado los pies. Su corazón debió estar bien endurecido para no dejarse tocar. El Señor estaba ahí frente a él, de rodillas, servidor humillado, lavando los pies de aquel que debía entregarlo. Jesús posó sobre él una última vez su mirada llena de dulzura y de misericordia. Pero el diablo ya se había introducido en el corazón de Judas; él no bajó la mirada. Interiormente, debió pronunciar la antigua palabra de la revuelta: «non serviam», «no serviré». En la Última Cena, él comulgó mientras que su proyecto esperaba. Aquella fue la primera comunión sacrílega de la historia. Y él traicionó.
 
Judas es para la eternidad el nombre del traidor y su sombra se cierne hoy sobre nosotros. Sí, como él, ¡hemos traicionado! Hemos abandonado la oración. El mal del activismo eficaz se infiltró por doquier. Buscamos imitar la organización de las grandes empresas. Olvidamos que sólo la oración es la sangre que puede irrigar el corazón de la Iglesia. Afirmamos que tenemos tiempo para perder. Queremos emplear ese tiempo en obras sociales útiles. Aquel que ya no reza, ya ha traicionado. Ya está listo para todos los compromisos con el mundo. Camina sobre el camino de Judas.
Toleramos todas las puestas en causa. La doctrina católica es puesta en duda. En nombre de posturas llamadas intelectuales, los teólogos se divierten deconstruyendo los dogmas, vaciando la moral de su sentido profundo. El relativismo es la máscara de Judas disfrazada de intelectual. ¿Cómo asombrarse cuando nos enteramos que tantos sacerdotes rompen sus compromisos? Relativizamos el sentido del celibato, reivindicamos el derecho a tener una vida privada, lo que es contrario a la misión del sacerdote. Algunos llegan incluso a exigir el derecho a conductas homosexuales. Los escándalos se suceden, entre los sacerdotes y entre los obispos.
El misterio de Judas se extiende. Quiero entonces decir a todos los sacerdotes: Permaneced fuertes y rectos. Ciertamente, por causa de algunos ministros, seréis etiquetados como homosexuales. Se arrastrará al lodo a la Iglesia católica. Se la presentará como si estuviera compuesta por completo de sacerdotes hipócritas y ávidos de poder. Que vuestro corazón no se turbe. El Viernes Santo, Jesús fue acusado de todos los crímenes del mundo, y Jerusalén gritaba: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!» No obstante las encuestas tendenciosas que os presentan la situación desastrosa de eclesiásticos irresponsables con una anémica vida interior, al mando del mismo gobierno de la Iglesia, permaneced serenos y confiados como la Virgen y San Juan al pie de la Cruz. Los sacerdotes, los obispos y los cardenales sin moral no empañarán en nada el testimonio luminoso de más de cuatrocientos mil sacerdotes a través del mundo que, cada día y en fidelidad, sirven santa y alegremente al Señor. A pesar de la violencia de los ataques que pueda sufrir, La Iglesia no morirá. Es la promesa del Señor, y su palabra es infalible.
 

 
Los cristianos tiemblan, vacilan, dudan. He querido este libro [‘Le soir approche et déjà le jour baisse’ ('Se acerca la tarde y ya cae el día')] para ellos. Para decirles:
¡No duden! ¡Mantengan firme la doctrina! ¡Mantengan la oración! He querido este libro para reconfortar a los cristianos y a los sacerdotes fieles.
 
El misterio de Judas, el misterio de la traición, es un veneno sutil. El diablo busca hacernos dudar de la Iglesia. Quiere que la veamos como una organización humana en crisis. Sin embargo, ella es más que eso: ella es Cristo continuado. El diablo nos empuja a la división y al cisma.
El diablo quiere hacernos creer que la Iglesia ha traicionado. Pero la Iglesia no traiciona. La Iglesia, llena de pecadores, ¡ella misma es sin pecado! Habrá siempre bastante luz en ella para quienes buscan a Dios. No seáis tentados por el odio, la división, la manipulación. No se trata de crear un partido, de dirigirnos los unos contra los otros: «El Maestro nos ha puesto en guardia contra estos peligros al punto de tranquilizar al pueblo, incluso respecto a los malos pastores: no era necesario que a causa de ellos se abandonara la Iglesia, este púlpito de la verdad […] No nos perdamos entonces en el mal de la división, por causa de aquellos que son malvados», decía ya San Agustín (carta 105).
La Iglesia sufre, ella es burlada y sus enemigos están al interior. No la abandonemos. Todos los pastores son hombres pecadores, pero llevan en ellos el misterio de Cristo.
 
¿Qué hacer entonces? No se trata de organizar y poner en obra estrategias. ¿Cómo creer que podríamos mejorar por nosotros mismos las cosas? Ello sería entrar todavía en la ilusión mortífera de Judas.
 
Ante la avalancha de pecados en las filas de la Iglesia, estamos tentados a querer tomar las cosas en nuestras manos.

Estamos tentados a querer purificar la Iglesia por nuestras propias fuerzas. Esto sería un error.
¿Qué haríamos nosotros? ¿Un partido? ¿Una corriente? Tal es la tentación la más grave: el oropel de la división. Bajo pretexto de hacer el bien, nos dividimos. No reformamos la Iglesia por la división y el odio. ¡Reformamos la Iglesia comenzando por cambiarnos a nosotros mismos! No dudemos, cada uno en nuestro lugar, en denunciar el pecado comenzando por el nuestro.
 
Tiemblo ante la idea de que la túnica sin costuras de Cristo corra el riesgo de ser desgarrada de nuevo. Jesús sufrió la agonía viendo por adelantado las divisiones de cristianos. ¡No le crucifiquemos de nuevo! Su corazón nos suplica: ¡tiene sed de unidad! El diablo teme ser nombrado por su nombre. Él ama envolverse en la niebla de la ambigüedad. Seamos claros. «Mal nombrar las cosas, es sumar a la desgracia del mundo», decía Albert Camus.
 
En este libro no dudaré en tener un lenguaje firme. Con la ayuda del escritor Nicolas Diat, sin quien pocas cosas habrían sido posibles y que ha estado desde que escribí ‘Dios o nada’ con una fidelidad sin falla, quiero inspirarme en la palabra de Dios que es como una espada de dos filos. No tengamos miedo de decir que la Iglesia tiene necesidad de una reforma profunda y que ésta última pasa por nuestra conversión.
 
Perdonen si algunas de mis palabras os incomodan. No quiero adormecerlos con palabras tranquilizantes y mentirosas. No busco ni el éxito ni la popularidad. ¡Este libro es el grito de mi alma! Es un grito de amor por Dios y por mis hermanos. Os doy, a vosotros cristianos, la única verdad que salva. La Iglesia se muere porque los pastores tienen miedo de hablar con toda verdad y claridad. Tenemos miedo de los medios de comunicación, miedo de la opinión, ¡miedo de nuestros propios hermanos! El buen pastor da la vida por sus ovejas.
Hoy, en estas páginas, os ofrezco lo que es el corazón de mi vida: la fe en Dios. Dentro de poco tiempo, compareceré ante el Juez eterno. Si no os transmito la verdad que he recibido, ¿qué le diré entonces? Nosotros obispos deberíamos temblar al pensar en nuestros silencios culpables, en nuestros silencios de complicidad, en nuestros silencios de complacencia con el mundo.
A menudo me preguntan: ¿Qué debemos hacer? Cuando la división amenaza, es necesario reforzar la unidad. Ésta no tiene nada que ver con una atención del cuerpo como existe en el mundo. La unidad de la Iglesia tiene su fuente en el corazón de Jesucristo. Debemos mantenernos cerca de él. Ese corazón que ha sido abierto por la lanza para que podamos refugiarnos en él, será nuestra casa. La unidad de la Iglesia reposa sobre cuatro columnas. La oración, la doctrina católica, el amor a Pedro y la caridad mutua deben convertirse en las prioridades de nuestra alma y de todas nuestras actividades.
 
Cardenal Robert Sarah 
Con Nicolas Diat
 

Fragmento del libro ‘Le soir approche et déjà le jour baisse’ del Cardenal Robert Sarah.
Traducción al español por Dominus Est.
Texto original en francés.
Fuente: DominusEstBlog.wordpress.com



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