Una Santa contra el aborto (III)


El 25 de abril de 1994, con motivo de su beatificación, el Papa Juan Pablo II llegará a decir: “Gianna Beretta Molla supo entregar su vida en sacrificio, para que el ser que llevaba en su seno -y que se encuentra hoy entre nosotros- pudiera vivir. Como médico, era consciente de lo que le esperaba, pero no retrocedió ante el sacrificio, confirmando de ese modo la heroicidad de sus virtudes. Es nuestro deseo rendir homenaje a todas las madres valerosas, que se dedican sin reservas a su familia, y que están dispuestas a no escatimar pena alguna, a hacer todos los sacrificios, para transmitirles lo mejor de ellas... ¡Cuánto deben luchar contra las dificultades y los peligros! ¡Cuántas veces son llamadas a enfrentarse a verdaderos “lobos” decididos a quitar la vida y a dispersar el rebaño! Y esas madres heroicas no siempre reciben apoyo de su entorno. Al contrario, los modelos de sociedad, promovidos y propagados con frecuencia por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad. Hoy en día, en nombre del progreso y de la modernidad, los valores de fidelidad, castidad y sacrificio, por los que numerosas esposas y madres cristianas se distinguen y continúan distinguiéndose, se presentan como superados. Sucede entonces que una mujer que decide ser coherente con sus principios se siente profundamente sola. Sola con su amor, al que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio conductor es Cristo, que nos ha revelado ese amor que nos prodiga el Padre. Una madre que cree en Cristo encuentra un enorme apoyo en ese amor que todo lo soportó. Se trata de un amor que le permite creer que lo que hace por un hijo concebido, traído al mundo, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios. Como lo escribe san Juan, Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). Somos hijos de Dios, y cuando esa realidad se manifieste plenamente seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es”.

El Papa manifiesta igualmente su solicitud paternal con las mujeres que han recurrido al aborto mediante las siguientes palabras de ánimo de la Encíclica Evangelium vitae: “La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la reconciliación... Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida... seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

“Recemos juntos a fin de tener la valentía de defender al niño que va a nacer y de darle la posibilidad de amar y de ser amado -decía la madre Teresa de Calcuta-. Y creo que de ese modo, con la gracia de Dios, podremos conseguir que haya paz en el mundo”.

Que en este año nuevo, la Santísima Virgen y san José nos concedan la paz que el Hijo de Dios vino a dar al mundo mediante su Encarnación.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 21 de enero de 2003

Una Santa contra el aborto (II)


En agosto de 1961 se anuncia una nueva maternidad. Pero, en el segundo mes de embarazo, Gianna siente que se está desarrollando, día tras día, una masa dura junto al útero, amenazando tanto la vida del niño como la suya propia: se trata de un fibroma que deberá ser extirpado. Gianna es consciente de los riesgos que corre. Tres soluciones se presentan ante ella: - la extirpación del fibroma y del útero con el niño (esta intervención salvará casi con toda seguridad la vida de la madre, pero el niño morirá y ella no podrá tener más hijos); - la extirpación del fibroma y el aborto provocado (la madre se salvará y podrá eventualmente tener hijos más adelante), pero es una solución que va en contra de la ley de Dios; - la extirpación del fibroma solamente, intentando no interrumpir el curso de la maternidad (solamente esta tercera posibilidad preserva la vida del niño, pero pone en muy grave peligro la de la madre).

En su condición de esposa bien amada, de feliz madre de tres hermosos hijos, Gianna debe escoger y decidir: o bien la solución más segura para su propia vida, o bien la única solución que existe para salvar la vida del niño; “él o yo”, el niño o la madre. Su decisión se decanta por favorecer la vida que siente desarrollarse en su interior, aceptando poner en riesgo su propia vida. El amor por su hijo es mayor: “¡Que no se preocupen por mí, con tal que todo vaya bien para el bebé!” -dice con resolución a los que le rodean.

Empieza la subida al calvario junto a Jesús crucificado. El 6 de septiembre, antes de entrar en el quirófano, le ruega otra vez al cirujano que haga todo lo posible por salvar al niño y que no se preocupe de ella. Al sacerdote que la acompaña para reconfortarla, le dice: “Estos días he rezado mucho. Con fe y esperanza me he encomendado al Señor, incluso ante semejante sentencia de la ciencia médica: o la vida de la madre o la del niño. Tengo confianza en Dios, sí; ahora me corresponde a mí cumplir con mi deber de madre. Renuevo ante el Señor la ofrenda de mi vida. Estoy dispuesta a todo con tal que salven a mi hijo”. La operación, que consiste en extirpar el fibroma dejando intacta la cavidad uterina, resulta un éxito: el niño se ha salvado y el deseo de Gianna se ha cumplido. Sin embargo, ella es consciente de que, al cabo de unos meses, el útero puede romperse y provocar una hemorragia mortal.

A pesar de ello, Gianna resplandece de alegría, la alegría inenarrable de haber salvaguardado su maternidad y la vida de su hijo. Sabe muy bien lo que significa “ser madre”: olvidarse y entregarse. Ese amor de la maternidad, hasta el heroísmo del sacrificio de su vida, lo obtiene de Dios, fuente de toda paternidad y de toda maternidad. Sin perder la sonrisa de su rostro, Gianna pasa los últimos meses de embarazo en plegaria y abandono a la voluntad de Dios, en medio de grandes dolores físicos y morales. El Sábado Santo 21 de abril de 1962, da a luz una niña que recibe en el bautismo el nombre de Gianna Manuela (quien junto a su padre, estuvo presente en la beatificación y canonización de su madre). Tras el parto, el estado de la madre se agrava. Cuando el dolor resulta demasiado intenso, ella besa su crucifijo, “su gran consuelo”. Tras mandar llamar a un sacerdote, recibe con fervor los últimos sacramentos y, en medio de su agonía, repite sin cesar: “¡Jesús, te amo! ¡Jesús, te amo!”. El 28 de abril, hacia las ocho, Gianna se apaga apaciblemente en presencia de su esposo, que ha aprobado su opción. Había estado pidiendo todos los días al Señor que le concediera la gracia de alcanzar una buena y santa muerte. Una vez en la verdadera Vida que no termina jamás, lejos de abandonar a los suyos, intercede desde entonces por ellos con un amor todavía más grande.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 21 de enero de 2003

Una Santa contra el aborto (I)


Los obispos, reunidos en Sínodo en Roma en octubre de 2001, dirigieron un “mensaje al pueblo de Dios” en el que se abordaba el tema de la dignidad de la vida humana: “Lo que quizás más conturba nuestro corazón de pastores es el desprecio de la vida desde su concepción hasta su término, así como la disgregación de la familia. El no de la Iglesia al aborto y a la eutanasia es un a la vida, un sí a la bondad fundamental de la creación, un sí que puede alcanzar a todo ser humano en el santuario de su conciencia, un sí a la familia, primera célula de la esperanza en la que Dios se complace, hasta el punto de asignarle la vocación de ser llamada iglesia doméstica”.

Unos años antes, el Papa Juan Pablo II les decía ya a los jóvenes, en Denver (EE.UU.): “Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al contrario, adquieren dimensiones enormes... Se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática. El siglo xx será considerado una época de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas inocentes...”. Estamos en realidad ante una “conjura contra la vida”, que ve implicadas incluso a instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar auténticas campañas de difusión de la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la eutanasia, con la complicidad de los medios de comunicación social. El recurso a esas prácticas se presenta como un signo de progreso y conquista de la libertad, mientras que las posiciones incondicionales a favor de la vida son despreciadas y consideradas como enemigas de la libertad y del progreso (cf. Evangelium vitae).

En un momento en que el mundo se muestra muy preocupado por la paz, recordemos las palabras de la madre Teresa de Calcuta, cuando recibió el premio Nobel de la Paz el 10 de diciembre de 1979: “Hoy en día, el mayor destructor de la paz es el crimen contra el niño inocente que va a nacer”. En efecto, Dios no puede dejar impune el crimen de Caín, pues la sangre de Abel exige que Dios haga justicia. Dios dijo a Caín: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo (Gn 4, 10). No solamente la sangre de Abel clama venganza al cielo, sino también la de todos los inocentes asesinados (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2268). Porque, en el transcurso de los últimos decenios, millones de inocentes han sido aniquilados en el seno de sus madres.

En oposición a esa cultura de la muerte y a sus consecuencias dramáticas para la paz civil y para el destino eterno de los hombres, la Iglesia nos recuerda los mandamientos de Dios, grabados en el corazón de todo ser humano. Como testigo que es del amor de Dios por el hombre, la Iglesia se arroga la defensa de los más débiles y subraya la importancia del quinto mandamiento (No matarás). “Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable”. Para dejarlo mucho más claro, la Iglesia nos presenta los ejemplos de los santos. Por eso el Papa Juan Pablo II beatificó, el 25 de abril de 1994, a Gianna Beretta Molla, madre de familia, cuyo testimonio a favor de la vida humana es una “buena nueva” para los hombres de nuestro tiempo.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 21 de enero de 2003

Santos y heroicos padres


Los beatos Luigi y María se conocen gracias a la amistad entre sus respectivas familias Beltrame y Corsini. Hacia finales del año 1904, Luigi cae gravemente enfermo; María, muy afectada, sufre una enorme pena y le envía una imagen de la Madona de Pompeya. Aquel episodio revela a ambos jóvenes amigos la profundidad de su amor mutuo. El 25 de noviembre de 1905, se casan en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, instalándose en la casa familiar de los Corsini, donde conviven con cierta estrechez, a causa de la presencia de los padres y de los abuelos de María. No obstante, Luigi da muestras de una gran deferencia hacia sus suegros. Cada noche, los esposos se reencuentran con alegría y se relajan en familia. Cada uno se interesa por el trabajo del otro. A menudo, Luigi debe ausentarse de Roma por motivos profesionales. Ambos lo sufren de manera compartida, pero lo compensan escribiéndose.

El primer embarazo de María les proporciona una felicidad indecible, contrariada enseguida por la angustia que siente la futura madre ante la perspectiva del parto; pero la alegría llega al máximo cuando nace Filippo, el 15 de octubre de 1906. La joven madre experimenta en la maternidad el necesario olvido de sí misma: “Ciertamente, para ella, acostumbrada a estar al corriente de las novedades teatrales, musicales y literarias, no era poca cosa aquella actitud de renuncia, que suponía reducir a casi nada la lectura y a cero los espectáculos y conciertos” -escribirá una de sus hijas. En septiembre de 1907, María está de nuevo embarazada. Le invade un sentimiento de desasosiego y de soledad, sobre todo porque Luigi se ha marchado a Sicilia por unos días. Ella le escribe: “¿De dónde sacaré fuerzas para pensar en dos hijos, para soportar el cansancio físico y fisiológico del embarazo y de todo lo demás? Puedes creer que me siento realmente desesperada”. Poco a poco, gracias a la oración, el alma de María recobra la serenidad, con la aceptación de la voluntad de Dios. El 9 de marzo de 1908, nace una pequeña que se llamará Stefania.

El 27 de noviembre de 1909, un tercer hijo, Cesarino, ve la luz tras un parto laborioso. En septiembre de 1913, María concibe un nuevo hijo. A partir del cuarto mes, se ve afectada por violentas hemorragias. El diagnóstico cae como una losa: “placenta previa”, lo que equivale, en esa época, a una sentencia de muerte para la madre y el hijo. El ginecólogo, un profesor con gran renombre, declara que sólo una interrupción del embarazo permitirá quizás salvar a la madre. María y Luigi están aterrados; con la mirada fija en el crucifijo de la pared, consiguen de Él la fuerza para oponerse con un no categórico al aborto. No existen razones, “aun siendo graves y dramáticas, que puedan jamás justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente”, recordará el Papa Juan Pablo II. Desconcertado y desamparado, el profesor se dirige a Luigi con estas palabras: “¿No se da usted cuenta de que, de esta manera, se va a quedar viudo con tres pequeños a su cargo?”. La respuesta sigue siendo idéntica: el “no” continúa siendo “no”. Una angustia terrible invade a la familia. La única fuente de luz proviene de una confianza ilimitada en Dios y en la Santísima Virgen María. La comunión de ambos esposos, arraigada en Dios, se hace más fuerte que nunca. Cuatro meses transcurren de esa manera, en los que María permanece en cama. Finalmente, el 6 de abril de 1914, al cabo del octavo mes, ante el débil estado de la madre, el ginecólogo interviene en el parto, que tiene lugar por medios naturales. Viene al mundo la pequeña Enrichetta (actualmente es Sierva de Dios, en proceso de beatificación). A pesar de los pronósticos pesimistas, la madre y la niña se salvan.

Fuente: Cf. Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 27 de noviembre de 2008

Un intercesor para los tiempos modernos


Como pastor vigilante del rebaño de Cristo, Pío X sabe discernir el peligro que representa para la fe de la Iglesia una corriente de pensamiento que había aparecido hacia finales del siglo XIX. Con la apariencia de adaptarse a la mentalidad moderna (de ahí el nombre de “modernistas”), un grupo de intelectuales se propone cambiar radicalmente la enseñanza dogmática y moral de la Iglesia. Decididos a permanecer en la Iglesia para poder transformarla con mayor eficacia, se proponen darle un nuevo credo y nuevos mandamientos, conservando el vocabulario católico pero transformando su sentido profundo según sus propias ideas. Tras diversas y caritativas llamadas de atención hacia los descarriados, y ante su obstinación, Pío X publica el 3 de julio de 1907 el decreto Lamentabili, que enumera los errores modernistas; dos meses más tarde, la encíclica Pascendi expone magistralmente en qué resulta contraria esa escuela a la sana filosofía y a la fe católica.

La escuela modernista se basa en principios filosóficos erróneos. El modernismo conduce a la disolución de todo contenido religioso preciso. Por eso lo definía el Santo Padre como la síntesis y la confluencia de todas las herejías que intentan destruir las bases de la fe y aniquilar el cristianismo.

El modernismo, que con tanto vigor había sido denunciado por Pío X, no ha desaparecido. En 1950, Pío XII, en la encíclica Humani generis, advierte contra diversos errores, entre los que hay algunos que tienen relación con el modernismo. El filósofo Jacques Maritain escribirá en 1966 en su libro Le Paysan de la Garonne (El campesino del Garona) que “el modernismo de los años de Pío X no era más que un simple resfriado de nariz” comparado con la corriente neomodernista. Con motivo de la audiencia general del 19 de enero de 1972, el Papa Pablo VI denunciará “errores que podrían arruinar por completo nuestra concepción cristiana de la vida y de la historia. Son errores que se expresaron de una manera característica en el modernismo, que, detrás de otros nombres, sigue estando de actualidad”. El 14 de septiembre del mismo año, el cardenal Heenan, arzobispo de Westminster, haciéndose eco de esa declaración del Papa, señalará que si bien la palabra “hereje” ya no se utiliza en nuestros días, “no por ello los herejes dejan de existir. La herejía número uno es la que acostumbrábamos a denominar modernismo... El modernismo está regresando y aparecerá de nuevo como la principal amenaza contra la Iglesia del futuro. Como quiera que, en todas sus formas, la autoridad se ha convertido universalmente en algo impopular, nunca antes el clima ha sido tan favorable a un ataque renovado contra la autoridad de Dios y el Magisterio de su Iglesia. Todas las doctrinas admitidas hasta ahora sin problemas por los católicos, como la Resurrección, la Santísima Trinidad, la inmortalidad del alma, los sacramentos, el Sacrificio de la Misa, la indisolubilidad del matrimonio, el derecho a la vida de los no nacidos, de los ancianos y de los enfermos incurables, serán objeto con toda probabilidad de ataques en el interior de la Iglesia del futuro”. La experiencia de los últimos treinta años es una buena muestra de la exactitud de ese análisis, y debería suscitar un renovado interés por la enseñanza de san Pío X.

Con motivo de una visita pastoral a Treviso en 1985, el Papa Juan Pablo II lo elogió en los siguientes términos: Tuvo la valentía de anunciar el Evangelio de Dios en medio de numerosas luchas... Trabajó con enorme sinceridad para desenmascarar las engañosas sinuosidades de la escuela teológica del modernismo, con gran valentía, moviéndole únicamente en su compromiso el deseo de la verdad, con objeto de que la revelación no quedara desfigurada en su contenido esencial. Ese gran proyecto obligó a Pío X a un continuo trabajo interior para no buscar el agrado de los hombres. Somos conscientes de las adversidades que tuvo que sufrir, precisamente a causa de la impopularidad que le valieron sus decisiones. Como fiel discípulo del Maestro Jesús, pretendió agradar a Dios, que prueba nuestros corazones.

Pidamos a san Pío X que nos inspire el deseo de agradar únicamente a Dios, así como un espíritu de sumisión filial a la Santa Iglesia Católica.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 3 de septiembre de 2002

El santo dado por la Providencia a nuestra época


Dios atestigua la santidad eminente por la cual, más aún que por su cargo supremo, Pío X fue durante su vida el campeón ilustre de la Iglesia y, por lo mismo, es hoy el santo dado por la Providencia a nuestra época. A él se le podrá considerar como al santo providencial del tiempo presente. Pío X se reveló campeón invicto de la Iglesia y santo providencial de nuestros tiempos.

Hay que reconocer que la lucidez y firmeza con que Pío X dirigió la lucha victoriosa contra los errores del modernismo atestiguan en qué grado ardía en su corazón de santo la virtud de la fe. Solícito únicamente de que la grey confiada a sus desvelos conservase intacta la herencia de Dios, el gran Pontífice no conoció debilidades ante cualesquiera dignatarios o personas de autoridad, ni titubeos frente a doctrinas falsas, por muy atrayentes que fueran, dentro o fuera de la Iglesia, ni temor alguno de procurarse ofensas contra su persona o injusto desconocimiento de la pureza de sus intenciones. Tuvo clara conciencia de que luchaba por la más santa de las causas: la causa de Dios y de las almas. Literalmente se verificaron en él las palabras del Señor a San Pedro: “Yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no perezca, y tú... confirma a tus hermanos” (Lc, 22, 32). La promesa y el mandato de Cristo suscitaron una vez más en la roca indefectible de un Vicario suyo el temple indómito del atleta.

Pío X, con mirada escrutadora, vio el aproximarse de esta catástrofe espiritual del mundo moderno, esta amarga decepción, especialmente en los ambientes cultos.

Ejemplo providencial para el mundo de hoy, en el que la sociedad terrena, que se está convirtiendo cada día más en una especie de enigma para sí misma, ¡busca ansiosamente una solución para recuperar su alma! Que sea, por lo tanto, un modelo para la Iglesia reunida alrededor de sus altares.

Como apóstol de la vida interior, él se sitúa en la era de la máquina, de la técnica y de la organización como el santo y el guía de los hombres de hoy.

¡Oh Santo Pío X!, gloria del sacerdocio, esplendor y ornamento del pueblo cristiano; tú, en quien la humildad parecía hermanarse con la grandeza, la austeridad con la mansedumbre, la sencilla piedad con la profunda doctrina; tú, ¡oh Pontífice de la Eucaristía y del catecismo, de la fe íntegra y de la impávida entereza!, vuelve tu mirada hacia la Iglesia santa, a quien tanto amaste y a la que consagraste lo mejor de los tesoros que con mano pródiga depositara en tu alma la Divina Bondad; obtén para ella la incolumidad y la constancia en medio de las dificultades y persecuciones de nuestros tiempos; sostén esta pobre Humanidad, de cuyos dolores tanto participaste y que acabaron por detener las palpitaciones de tu gran corazón; haz que en este mundo agitado triunfe aquella paz que debe ser armonía entre las naciones, acuerdo fraterno y sincera colaboración entre las clases sociales, amor y caridad entre los hombres, a fin de que, de esta suerte, los anhelos que agotaron tu vida apostólica lleguen a ser, gracias a tu intercesión, una feliz realidad para gloria de Nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Así sea.

Fuente: S.S. Pío XII, Discurso del 29 de mayo de 1954, en la canonización de Su Santidad Pío X

Nuestra fidelidad a la gracia (II)


Valor de las divinas inspiraciones.

Las inspiraciones divinas y santos pensamientos con que obramos bien, son de inestimable valor, por lo mucho que costaron al Hijo de Dios. Cosa extraña es y dignísima de que reparemos en ella, que un desengaño o un buen pensamiento, un remordimiento de la conciencia, un buen deseo o afecto interior es cosa tan grande, que fue menester, para que se nos diese, que se encarnase el Hijo de Dios; el cual, padeciendo, derramando su sangre y muriendo, nos lo mereció; y que sin este precio infinito no se nos diera. ¿A quién no admira esto? ¿Y quién no advierte qué es lo que desprecia cuando rechaza una santa inspiración?

Sólo una persona divina pudo hacerte esta merced, encarnándose, anonadándose, padeciendo, dando la vida porque te diesen un átomo de gracia de Dios, la más ligera inspiración del cielo. Cualquier inspiración va teñida con sangre del Hijo de Dios; mira lo que desprecias: el amor y Pasión de tu Redentor. No creas ser estas exageraciones místicas, son verdades clarísimas de nuestra fe y doctrina de los Santos Padres. Por eso, Dios se muestra tan enojado con los que desprecian sus inspiraciones. Es para estremecernos lo que dice el Apóstol que acaeció a aquellos filósofos que fueron ilustrados para conocer a Dios, y no quisieron aprovecharse de este conocimiento; porque por no oír la voz del Señor, los entregó Dios a las concupiscencias de su corazón, a toda inmundicia, quedando llenos de toda maldad.

En el Evangelio, aquel que no granjeó con el talento que recibió fue condenado. Este talento significa el auxilio divino y las santas inspiraciones. Pues porque no trabajó para lucrar con él, poniéndole por obra, fue severamente castigado.

Disponte a corresponder a los soberanos favores, pide al Señor perdón del poco aprecio que has hecho hasta ahora de tantas gracias, de tantos medios de santificación, como el Señor te ha comunicado sin merecerlo.

Corresponde a las inspiraciones divinas.

Considera cómo has de corresponder a las santas inspiraciones y buenos pensamientos que Dios, por su misericordia, te comunica, porque al paso de nuestra necesidad ha de ser su buen uso. Suma es nuestra necesidad, recibamos la gracia y no difiramos darle entrada en nuestro corazón. Un pobre hambriento, si recibe un pedazo de pan, no lo arroja de sí, luego lo devora; no dilates tú el cumplir el buen propósito que te ha inspirado Dios. ¿Qué hombre habría que, estando desnudo y dándole de limosna un vestido, le hiciese pedazos? ¿O estando enfermo y dándole la medicina con que había de sanar, la derramase? Esto haces cuando no respondes luego a las inspiraciones divinas. Desnudo estás, necesitado estás, enfermo estás, ¿por qué no aprovechas tu remedio, que está en poner por obra los buenos pensamientos que Dios te da?

Acuérdate de la presteza con que los Magos se levantaron para seguir la luz divina que los llamaba a Belén. Pues la inspiración es la estrella que ilumina nuestro entendimiento y nos conduce a Jesús, es un soplo del Espíritu Santo, un rayo de su sabiduría; es una semilla del paraíso que produce frutos de vida eterna; el precio de la sangre de Jesucristo, y una gracia que le ha costado la vida.

Cuando resistes a las inspiraciones, resistes al Espíritu Santo; pecas con advertencia, con malicia; escondes el talento que Dios te concede; abusas de sus dones, aprisionas, por decirlo así, la verdad; rompes la cadena de gracias que Dios te tenía preparadas para santificarte, y, en fin, arriesgas tu salvación.

¡Dios y Señor mío! ¿Cuántas veces he cerrado mi corazón a los impulsos que me apartaban del mal y me llevaban al bien? Temo que me prives del talento que hasta ahora no he sabido aprovechar. Señor, perdona mi insensibilidad y dureza, y no me niegues la abundancia de tus divinas inspiraciones.

Resuélvete de una vez a oír dentro de tu alma la voz de Dios, y que se manifiesta a través de la realidad que tienes que vivir en cada momento, y sé fiel y pronto en ejecutar lo que ves con claridad.

Fuente: Cf. V. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año

Luminoso faro de la Iglesia


Desde su primera encíclica, fue como si una llama luminosa se elevara para esclarecer las mentes y encender los corazones.

¡Qué claridad de pensamiento! ¡Qué fuerza de persuasión! Ciertamente era la ciencia y la sabiduría de un profeta inspirado, la intrépida claridad de un Juan Bautista y de un Pablo de Tarso, era la ternura paterna del Vicario y representante de Cristo, avizor a todas las necesidades, solícito para todos los intereses, atento a todas las miserias de sus hijos. Su palabra era trueno, era espada, era bálsamo; se comunicaba intensamente a toda la Iglesia y se extendía mucho más allá de ella con eficacia; alcanzaba su irresistible vigor no sólo de la indiscutible sustancia del contenido, sino también de su íntimo y penetrante calor. Se sentía hervir en ella el alma de un Pastor que vivía en Dios y de Dios, sin otra mira que conducir hasta él a sus corderos y a sus ovejas.

Con su mirada de águila, más perspicaz y más segura que la corta vista de miopes razonadores, veía el mundo tal como era, veía la misión de la Iglesia en el mundo, veía con ojos de santo Pastor cuál era su deber en el seno de una sociedad descristianizada, de una cristiandad contaminada o, al menos, acechada por los errores de la época y por la perversión del siglo.

Frente a los atentados contra los derechos inalienables de la libertad y dignidad humana, contra los derechos sagrados de Dios y de la Iglesia, sabía erguirse como un gigante con toda la majestad de su autoridad soberana.

Defensor de la fe, heraldo de la verdad eterna, custodio de las más santas tradiciones, Pío X reveló un sentido finísimo de las necesidades, de las aspiraciones, de las energías de su tiempo. Por eso ocupa un puesto entre los más gloriosos Pontífices, depositarios fieles en la tierra de las llaves del reino de los cielos, a los que la Humanidad es deudora de todos sus verdaderos avances en el camino recto del bien y de todo su genuino progreso.

En Pío X se revela el arcano de la sabia y benigna Providencia que asiste a la Iglesia, y por medio de ella al mundo, en todas las épocas de la Historia.

Si hoy la Iglesia de Dios, lejos de retroceder frente a las fuerzas destructoras de los valores espirituales, sufre, combate y, por la divina virtud, avanza y redime, se debe en gran parte a la acción clarividente y a la santidad de Pío X. Confiad en su intercesión y orad juntamente con Nos, así: ¡Oh Santo Pontífice, fiel siervo de tu Señor, humilde y confiado discípulo del divino Maestro, en el dolor y en el gozo, en los trabajos y en las solicitudes, experimentado Pastor de la grey de Cristo!, dirige tu mirada a nosotros que nos postramos ante tus santos despojos. Difíciles son los tiempos en que vivimos; duras las fatigas que ellos exigen de nosotros. La Esposa de Cristo, confiada en otro tiempo a tus cuidados, se encuentra de nuevo en graves angustias, sus hijos están amenazados por innumerables peligros de alma y cuerpo; el espíritu del mundo, como león rugiente, da vueltas buscando a quien poder devorar. No pocos caen como víctimas suyas. Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen. Cierran sus ojos a la luz de la eterna verdad; escuchan las voces de sirenas que insinúan engañosos mensajes. Tú, que fuiste aquí gran suscitador y guía del pueblo de Dios, sé auxilio e intercesor nuestro y de todos aquellos que se profesan seguidores de Cristo. Tú, cuyo corazón se hizo pedazos cuando viste el mundo precipitarse en sangrienta lucha, socorre a la Humanidad, socorre a la cristiandad, expuesta al presente a iguales riesgos; consigue de la misericordia divina el don de una paz duradera y como añadidura de ella el retorno de los espíritus a aquel sentido de verdadera fraternidad, única que puede volver a entronizar entre los hombres y las naciones la justicia y la concordia queridas por Dios. Así sea.

Fuente: Cf. S.S. Pío XII, Alocución del 3 de junio de 1951, en la beatificación de Su Santidad Pío X

Nuestra fidelidad a la gracia (I)


Mira dentro de tu alma una luz que te guía por el sendero del bien; oye en tu corazón golpes continuos de divinos llamamientos, y pide al Señor no hacerte nunca sordo a tantas inspiraciones que Él te envía, sino pronto y diligente para corresponder a ellas.

Necesidad de las inspiraciones divinas.

Es dogma de fe que el hombre no puede hacer, ni pensar, ni decir nada, ni aun pronunciar el nombre de Jesús de un modo meritorio para la vida eterna, si no es ayudado y movido por el Espíritu Santo.

Quedó nuestra naturaleza en lo moral tan ciega con la ignorancia, tan torcida con las malas inclinaciones, tan tarda y tan torpe para obrar bien, que por sus propias fuerzas no puede dar paso en la virtud. Quedó toda enferma y corrompida hasta las entrañas y el corazón, ¿puede darse mayor incapacidad que ésta? Un hombre ciego, sin manos y sin pies, y enfermo, ¿cómo se podrá valer por sí? ¿Y qué tiene tal hombre de suyo sino miseria, y desdicha y muerte? De la misma manera, nuestra naturaleza no tiene de suyo obra alguna meritoria; ¿qué tiene, pues, por qué presumir ni por qué confiar en sí? La gracia de Dios solamente la puede ayudar, pero el hombre desmerece esa misma gracia por sus pecados.

Deduce, pues, de esta miseria tuya, tu imposibilidad para todo lo bueno; luego, gracia de Cristo es que tengas un pensamiento de salud y un afecto piadoso, y hagas una obra merecedora de vida eterna.

Dios empieza nuestras buenas obras, Dios coopera con nosotros, y sin Dios no las podemos acabar. La verdad, la virtud, de Dios es, en Dios tuvo principio; la perdición, de ti solamente. El buen pensamiento que tuviste, y fue origen de tu bien, ¿fue, por ventura, traza tuya? No, por cierto. Dios lo previno todo, y ordenó la ocasión que te había de ser causa de él, y quitó los impedimentos que te le habían de estorbar.

Por consiguiente, nada bueno es tuyo, en el orden sobrenatural. La fe, que es la luz y la vida del espíritu; las santas inspiraciones, todo es de Dios, que te lo concede por la sangre de Cristo para tu salvación; y de todo ello necesitas si has de seguir por el camino del cielo.

Confúndete y humíllate en la presencia de Dios de verte tan vil y tan ruin criatura; y no te hagas indigno de que el Señor te otorgue sus divinas inspiraciones por la resistencia que a ellas opongas con tu dureza de corazón, y sobre todo con la soberbia, que es el pecado que más da en rostro a Dios tratándose de pobres mendigos, que eso eres en el orden sobrenatural.

Fuente: Cf. V. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año

En torno al Pesebre de Belén


Una vez más nos arrodillamos ante el pesebre, junto a los tres Reyes Magos. Los latidos del Niño divino han dirigido la estrella que nos condujo hasta aquí. Su luz, reflejo de la Luz eterna, se refracta en múltiples aureolas alrededor de la cabeza de los santos que la Santa Iglesia nos presenta como corte del Rey de los Reyes que acaba de nacer.

María y José no pueden ser separados de ninguna manera de su Hijo divino en la liturgia de la Navidad. Ellos no tienen en ese tiempo una fiesta propia, pues todas las fiestas del Señor son “sus” fiestas, fiestas de la Sagrada Familia. Ellos no “se acercan” al pesebre, pues ellos han estado siempre allí; y quien se acerca al Niño se acerca también a ellos, que están totalmente sumergidos en su luz celestial.

Mirad lo que se concede a quienes se entregan a Dios con un corazón puro. Ellos van a participar de la total e inacabable plenitud de la vida humano-divina de Cristo como don real. Venid y bebed de la fuente de agua viva que el Salvador abre a los sedientos que caminan hacia la vida eterna. La palabra se hizo carne y yace ante nosotros bajo la forma de un pequeño Niño recién nacido.

Hoy podemos acercarnos a Él para presentarle el don de nuestros propósitos, y luego hemos de andar un nuevo año junto a Él por los caminos de su vida terrena. Cada misterio de esa vida, en la cual intentamos penetrar en contemplación amante, es para nosotros como una fuente de vida eterna. Y el mismo Redentor, a quien la palabra de la Escritura nos le presenta bajo forma humana en todos sus caminos terrenales, vive entre nosotros, oculto bajo las formas del Pan Eucarístico, y viene a nosotros cada día como el Pan de la Vida. De una u otra forma está siempre junto a nosotros, y de una u otra forma quiere que le busquemos y encontremos. La una apoya a la otra. Si vemos a nuestro Redentor con los ojos del espíritu, tal como nos lo dibujan las Sagradas Escrituras, entonces crecerán en nosotros las ansias de recibirle como el Pan de la Vida. El Pan Eucarístico, por su parte, despierta en nosotros el deseo de conocer al Señor más profundamente en las palabras de la Escritura y fortifica nuestro espíritu para un mayor entendimiento.

¡Un nuevo año de la mano del Señor! Ni siquiera sabemos si podremos experimentar el final de este año, pero si bebemos cada día de las fuentes del Salvador, entonces cada día nos hará penetrar más profundamente en la vida eterna y nos preparará para separamos más fácilmente de la carga de esta vida terrena, cuando resuene la llamada del Señor. El Niño divino nos ofrece su mano para la renovación de la alianza. Apurémonos a asir esa mano: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

Fuente: Cf. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Los caminos del silencio interior

Bajo el patrocinio del Patriarca San José


Del mismo modo que Dios constituyó al otro José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto para que asegurase al pueblo su sustento, así al llegar la plenitud de los tiempos, cuando iba a enviar a la tierra a su unigénito para la salvación del mundo, designó a este otro José, del cual el primero era un símbolo, y le constituyó señor y príncipe de su casa y de su posesión y lo eligió por custodio de sus tesoros más preciosos. Por esta sublime dignidad que Dios confirió a su siervo bueno y fidelísimo, la Iglesia, después de a su esposa, la virgen madre de Dios, lo veneró siempre con sumos honores y alabanzas e imploró su intercesión en los momentos de angustia. Y puesto que en estos tiempos tristísimos la misma Iglesia es atacada por doquier por sus enemigos y se ve oprimida por tan graves calamidades que parece que los impíos hacen prevalecer sobre ella las puertas del infierno. Nuestro Santísimo Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de estos tiempos, para ponerse a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del santo patriarca José, solemnemente lo declaró Patrono de la Iglesia Católica. (Decreto Quemadmodum Deus)

El ilustre Patriarca, el bienaventurado José, fue escogido por Dios prefiriéndolo a cualquier otro Santo para que fuera en la tierra el castísimo y verdadero esposo de la Inmaculada Virgen María, y el padre putativo de Su Hijo único. Con el fin de permitir a José que cumpliera a la perfección un encargo tan sublime, Dios lo colmó de favores absolutamente singulares, y los multiplicó abundantemente. Por eso, es justo que la Iglesia Católica, ahora que José está coronado de gloria y de honor en el cielo, lo rodee de magníficas manifestaciones de culto, y que lo venere con una íntima y afectuosa devoción. (Beato Pío IX, Carta apostólica Inclytum patriarcham)

Bueno y saludable para el nombre cristiano fue que Nuestro predecesor de inmortal memoria, Pío IX, declarara Patrono de la Iglesia Católica a José, castísimo esposo de la Madre de Dios y padre nutricio del Verbo Encarnado. Al contemplar de cerca las acerbas penalidades que afligen hoy al género humano parece que debemos fomentar mucho más intensamente en el pueblo este culto y propagarlo más extensamente. Aprendan todos en la escuela de San José a mirar todas las cosas que pasan bajo la luz de las cosas futuras que permanecen y, consolándose, por las incomodidades de la humana condición, con la esperanza de los bienes celestiales, a encaminarse hacia ellos, obedeciendo a la voluntad de Dios, conviene a saber: viviendo sobria, recta y piadosamente. Si crece la devoción a San José, el ambiente se hace al mismo tiempo más propicio a un incremento de la devoción a la Sagrada Familia, cuya augusta cabeza fuera: una devoción brotará espontáneamente de la otra. Pues, José nos lleva derecho a María, y por María llegamos a la fuente de toda santidad, a Jesús, quien por su obediencia a José y María consagró las virtudes del hogar. Deseamos que las familias cristianas se renueven a fondo y se hagan conformes a tantos ejemplos de virtudes como ellos practicaron. (S.S. Benedicto XV, Motu proprio Bonum sane)

Y he aquí, por cierto, al inmortal León XIII, que publica en la fiesta de la Asunción en 1889 la carta Quamquam pluries, el documento más amplio y extenso que un Papa haya publicado nunca en honor del padre putativo de Jesús, ensalzado con su luz característica de modelo de padres de familia y de trabajadores. De aquí arranca la hermosa oración: “A ti, Bienaventurado San José”. (San Juan XXIII, Carta Le voci)

El Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel “amor paterno” que José “profesaba al niño Jesús”; a él, “próvido custodio de la Sagrada Familia” recomendaba la “heredad que Jesucristo conquistó con su sangre”. Desde entonces, la Iglesia implora la protección de san José en virtud de “aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María”, y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana. (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos)

La ignorancia es enemiga de las almas


El enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: Sé que... os han asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño.

De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las halla diferentes, propone diferentes medios conforme a su personal opinión para defender y restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos, los otros juicios, mas estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas.

Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores.

¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! Al decir “pueblo cristiano”, no sólo nos referimos a la masa de hombres con poca cultura, cuyo estado de ignorancia encuentra cierta excusa en el hecho de hallarse sometidos a dueños dominantes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y -lo que es más triste- la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote -por no perder la esperanza de su salvación- les enseña sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles el alma hacia el amor a Dios; y esto, si no ocurre -por desgracia, con harta frecuencia- que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados.

Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos.

Esta es la situación, y no podemos asombrarnos de que la corrupción de las costumbres y su depravación sean tan grandes y crezcan diariamente, no sólo en las naciones incultas, sino aun en los mismos pueblos que llevan el nombre de cristianos.

Fuente: San Pío X, Encíclica Acerbo nimis

La maternidad divina de María (II)


Del título de “Madre de Dios” derivan luego todos los demás títulos con los que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. Pensemos en el privilegio de la “Inmaculada Concepción”, es decir, en el hecho de haber sido inmune del pecado desde su concepción. María fue preservada de toda mancha de pecado, porque debía ser la Madre del Redentor. Lo mismo vale con respecto a la “Asunción”: no podía estar sujeta a la corrupción que deriva del pecado original la Mujer que había engendrado al Salvador.

Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de “Madre de la Iglesia”.

Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn.19, 27). Así es la traducción española del texto griego: la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.

Queridos hermanos, en estos primeros días del año se nos invita a considerar atentamente la importancia de la presencia de María en la vida de la Iglesia y en nuestra existencia personal. Encomendémonos a ella, para que guíe nuestros pasos en este nuevo período de tiempo que el Señor nos concede vivir, y nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo, y así también valientes artífices de su reino en el mundo, reino de luz y de verdad.

El misterio de la encarnación que celebramos en este tiempo litúrgico os ilumine en el camino de fidelidad a Cristo. A ejemplo de María, conservad, meditad y seguid al Verbo que en Belén se hizo carne, y difundid con entusiasmo su mensaje de salvación.

A vosotros, queridos jóvenes, os deseo que consideréis cada día como un don de Dios, que es preciso acoger con gratitud y vivir con rectitud. A vosotros, queridos enfermos, que el nuevo año os conforte en el cuerpo y en el espíritu. Y vosotros, queridos recién casados, entrad en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret, para aprender a realizar una auténtica comunión de vida y amor.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 2 de enero de 2008

La santidad de dos (II)


Esta visión poética del camino de los esposos, desde el altar, a través de los caminos del mundo, hacia el eterno estar juntos ante Dios, nos puede servir como clave del camino de los santos cónyuges: desde el altar hasta ser elevados a los altares, de la vida en común en la tierra a la vida común sin fin en el cielo. Dios-Amor dice a los que se aman y se aman en Él: “no moriréis jamás”. Así responde al ardiente deseo de los cónyuges cristianos, deseo que surge tras la muerte de uno de ellos. Antonio Slominski, igual que Maria Beltrame Quatrocchi tras la muerte de su marido Luigi, deseó la continuación de la comunión matrimonial y la describió como la recomposición de un tejido que se ha roto. Al beatificar a dos esposos, la Iglesia saca a la luz esta nueva forma de “unidad de dos” que continúa en la comunión de los santos (communio sanctorum).

Este camino hacia la santidad conyugal pide un esfuerzo armónico y una gran afinidad espiritual. Esto no es fácil, pues con el matrimonio no se elimina la irrepetibilidad y la diferencia de cada cónyuge. El camino hacia la santidad no es un paseo idílico; incluso los matrimonios que nos parecen “ideales” como, por ejemplo, los Beltrame Quattrochi, han experimentado grandes sufrimientos y han vivido momentos de duda y desánimo. Por otra parte, el camino hacia la cima de la santidad no implica que los dos vayan siempre al mismo paso. A veces uno llega velozmente a una cierta altura y, si el otro se cansa, le ayuda a llegar hasta él dulcemente: así les sucedió a los Beltrame Quatrocchi. La conciencia de la “unidad de dos” y el deseo de transformar esa unidad en “santidad de dos” hizo que María se sintiera obligada a detenerse y esperar a que su marido Luigi la alcanzase.

Cuando hablamos de matrimonios santos en realidad hablamos también de sus familias. Alfredo de Vigny escribía que “la familia es ese puerto seguro del cual los hijos salen y al cual siempre pueden volver”. Cada santo salió de un puerto y, realizando su vocación a la santidad, ha sido ayudado por todo lo que aprendió en su familia. Los santos, antes de ser conocidos en la Iglesia, antes de ser elevados a los altares, nacen y se forman en una familia. “Los santos nacen sobre las rodillas de los padres”, decía santa Úrsula Ledòchowska (canonizada en 2003), hermana de la beata María Teresa (beatificada en 1975). La familia cristiana es el ambiente natural de la santidad.

Los padres que viven intensamente su vida de fe crean un ambiente favorable para la vida cristiana en su forma más alta: la santidad. No es en absoluto casual que santa Teresa de Lisieux viviera su primera experiencia mística (la “gracia de Navidad”), no en un monasterio, sino en la casa paterna. Las casas de los esposos que tienden a la santidad es un reflejo de la casa de Dios, en la cual “se consagra” la santidad (cfr. Sal 92, 5). En los testimonios de los hijos de los Beltrame Quattrochi y de los Gheddo, o de Gianna Beretta Molla, se manifiesta el indeleble carácter educativo de la perfección cristiana, también cuando en la tranquila vida cotidiana surgen momentos extremadamente dramáticos y, por testimoniar el amor al prójimo y la fidelidad al Dios-Amor no bastan pequeños sacrificios, ayunos o actividades caritativas, sino que es necesario ofrecerlo todo, e incluso la propia vida. Gianna Beretta Molla lo hizo por amor a la vida de la pequeña hija que llevaba en su seno. Su sacrificio es un himno a la grandeza de la maternidad y también una llamada poderosa a recordar y reconocer que el sacrificio, uno de los rasgos más característicos de la maternidad, es un aspecto olvidado por la mentalidad moderna. Se olvida que toda maternidad, para ser fiel a su naturaleza, contiene siempre en sí el elemento del sacrificio, aunque no se traduzca necesariamente en el sacrificio extremo de la vida. Toda madre, al introducir a su hijo en el mundo, en cierta medida muere a sí misma, se dona a sí misma a su hijo de un modo total, cada día, hasta el fin de su vida. La historia de santa Gianna, leída según la lógica cristiana, nos muestra cómo su muerte no es un sacrificio estéril, sino que sella un doble inicio: por un lado, el nacimiento al mundo de su hija y, por otro, su dies natalis.

Fuente: Stanislaw y Ludmila Grygiel, Esposos y santos

La maternidad divina de María (I)


Una fórmula de bendición muy antigua, recogida en el libro de los Números, reza así: “El Señor te bendiga y te guarde. El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Nm 6, 24-26). Con estas palabras que la liturgia nos hizo volver a escuchar en el primer día del año, os expreso mis mejores deseos a vosotros.

Celebramos la solemne fiesta de María, Madre de Dios. “Madre de Dios”, Theotokos, es el título que se atribuyó oficialmente a María en el siglo V, exactamente en el concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se había consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto de las fuertes disputas de ese período sobre la persona de Cristo.

Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre, de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad, aunque el debate parecía centrarse en María, se refería esencialmente al Hijo. Algunos Padres, queriendo salvaguardar la plena humanidad de Jesús, sugerían un término más atenuado: en vez de Theotokos, proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Por eso, después de una larga discusión, en el concilio de Éfeso, se confirmó solemnemente, por una parte, la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen del título de Theotokos, Madre de Dios.

Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la basílica de Santa María la Mayor, aquí en Roma. La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado “verdadero Dios y verdadero hombre (...), nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad”. El concilio Vaticano II recogió en un capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina.

El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.

En estos días de fiesta nos hemos detenido a contemplar en el belén la representación del Nacimiento. En el centro de esta escena encontramos a la Virgen Madre que ofrece al Niño Jesús a la contemplación de quienes acuden a adorar al Salvador: los pastores, la gente pobre de Belén, los Magos llegados de Oriente. Más tarde, en la fiesta de la “Presentación del Señor”, que celebraremos el 2 de febrero, serán el anciano Simeón y la profetisa Ana quienes recibirán de las manos de la Madre al pequeño Niño y lo adorarán. La devoción del pueblo cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo divino. Por eso, nunca ha considerado la Navidad como algo del pasado. Somos “contemporáneos” de los pastores, de los Magos, de Simeón y Ana, y mientras vamos con ellos nos sentimos llenos de alegría, porque Dios ha querido ser Dios con nosotros y tiene una madre, que es nuestra madre.

¡Feliz año a todos! Que el nuevo año, iniciado bajo el signo de la Virgen María, nos haga sentir más vivamente su presencia materna, de forma que, sostenidos y confortados por la protección de la Virgen, podamos contemplar con ojos renovados el rostro de su Hijo Jesús y caminar más ágilmente por la senda del bien.

Confiémonos a la Virgen María, para que nos conduzca a su Hijo Jesucristo y nos haga valientes constructores de su reino en este mundo. Una vez más: ¡Feliz año a todos!

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 2 de enero de 2008

Fin de año


¿Qué ha sido para ti el año que está para terminar?

Por parte de Dios, este año ha sido para ti una serie no interrumpida de beneficios en el orden de la naturaleza y de la gracia... Él te ha conservado la vida y la salud en medio de innumerables peligros, en los cuales otros muchos han perecido... Él, como Padre amorosísimo, ha tenido providencia especialísima de ti en todas tus necesidades: nada te ha faltado, ni para el sustento ni para el vestido... Con paternal solicitud ha velado por tu alma, apartando de ti las tentaciones en las cuales hubiera sucumbido tu debilidad, y sosteniéndote con gracias extraordinarias en los momentos difíciles... Recuérdalas... Repasa en tu memoria los medios de santificación que ha puesto en tus manos: sacramentos, lecturas, pláticas, retiro, meditación, exámenes de conciencia, etc.

¡Con cuánta razón puede decirte el Señor: ¿He podido hacer algo más por ti?! Agradece, alaba y bendice al Señor.

Y por tu parte, ¿qué ha sido este año? ¿Has correspondido a lo que Dios tiene derecho a esperar de ti a cambio de tanto beneficio? ¿Ha sido un año de fervor en su santo servicio; de progreso y adelanto en sabiduría y gracia, delante de Dios y delante de los hombres? ¿No ha sido, por el contrario, señalado por muchas rapiñas en el holocausto, por muchas infidelidades, negligencias e ingratitudes? ¿Cómo has cumplido tus deberes para con Dios, para contigo mismo y para con tus Superiores, iguales e inferiores? ¿Has obedecido a tus mayores con prontitud, reverencia y amor? ¿Has sido para ellos motivo de alegría, de pena o estorbo? ¿Has tratado a tus iguales e inferiores con caridad y prudencia? ¿Has sido para ellos motivo de edificación o de escándalo? ¿Cuál ha sido tu mortificación, penitencia corporal y abnegación? ¿Has sido fiel en levantarte con prontitud y en hacer tus Ejercicios Espirituales?

Si encuentras haber faltado al Señor, avergüénzate, humíllate en su divina presencia; pide perdón y resuelve.

¿Qué queda del año que va a terminar?

¡Nada! ¡Todo ha pasado!... tanto el trabajo que uno ha empleado en hacer el bien y practicar la virtud, como las satisfacciones que se han podido tener obrando el mal. Los esfuerzos y sacrificios que han costado al fervoroso el hacer con fidelidad los ejercicios espirituales y santificar todas sus acciones, y resistir a sus desordenadas inclinaciones, y tener recogidos sus sentidos y en el ejercicio de continua mortificación... ¡todo ha pasado! También han pasado las satisfacciones que el tibio y perezoso haya podido encontrar en las criaturas, con detrimento de su propia conciencia, de sus intereses eternos y de la edificación de sus prójimos... Para el uno y para el otro todo ha pasado, dejando en el alma del fervoroso un recuerdo dulcísimo y alentador, y en el alma del tibio y perezoso un recuerdo triste y amargo...

Entra dentro de ti mismo... Mira a cuál de estas dos suertes de almas perteneces. Si a la primera, alégrate, goza en paz del placer y satisfacción que el deber cumplido proporciona. Si a la segunda, ¡cuán amargo pesar debe despertar en ti el recuerdo de este año, a poco que pienses en la cuenta que Dios te pedirá de él y en los méritos que has perdido! Conforme al testimonio que acerca de esto te dé tu conciencia, resuelve para el porvenir...

Un caminante que, por haberse entretenido vanamente en el camino, advierte que aún le falta mucho por andar, procura con su diligencia y con su ardor ganar lo perdido. Si tu vida no ha sido hasta ahora sino un continuo pararte en el camino de la virtud, ¿por qué no doblas el paso? ¿Por qué no sigues el consejo del Salvador, que nos exhorta a caminar mientras tenemos luz, no sea que la noche, esto es, la muerte nos sorprenda?

¿Qué te queda del año que va a terminar?

¡Todo y nada!... Si en el último día del año puede decirse con verdad que todo ha pasado, también puede decirse con no menos verdad, en otro sentido, que todo queda. ¿Por qué? Porque nos queda íntegro el fruto de nuestras obras como de recompensa o de castigo, sin que se exceptúe ninguno de nuestros pensamientos, ninguna de nuestras palabras, ninguna de nuestras obras. Todo: sacrificios, penitencias, mortificaciones, obediencias, trabajos, infracciones de las reglas, negligencias, infidelidades, satisfacciones peligrosas, curiosidades malsanas, inmodestia, desobediencias, intenciones poco puras... Todo ha quedado como incrustado en el libro de la vida. Todo lo ha pesado Dios en la balanza de su infinita justicia. Todo lo tiene presente. Todo será magníficamente recompensado o severamente castigado.

Graba bien en tu alma estas santas verdades. Si las tuviéramos siempre presentes a nuestro espíritu ¡con qué solicitud aprovecharíamos todas las ocasiones de hacer el bien! ¡Con qué cuidado evitaríamos aún las menores faltas! Toma la resolución de hacer, en este nuevo año que va a empezar, lo que no has hecho en el que va a terminar. No lo dejes para más adelante.

Acaba la meditación rezando pausadamente el Te Deum laudamus.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

La santidad de dos (I)


La verdad de la vocación universal a la santidad ha sido reconocida y aceptada. Sin embargo se olvida con frecuencia que esta llamada no se dirige únicamente a las personas individualmente sino, en el caso de los esposos, se refiere al matrimonio mismo, y con él a toda la comunidad familiar. La santidad está estrechamente ligada al sacramento del matrimonio. Contemplando a los santos esposos lograremos entender mejor la esencia misma del matrimonio, es decir, de esta “comunión de dos” que comprende espíritu y cuerpo. Podremos así comprender mejor la importancia de la comunión espiritual.

Dos cristianos que se aman y toman la decisión de vivir juntos para siempre no manifiestan esta decisión frente a un funcionario estatal, como los no creyentes, sino ante Dios y ante la comunidad de los hombres que comparten su fe. Desde este momento están unidos en todas las vicisitudes de su vida, no sólo en la prosa cotidiana sino también, sobre todo, en la vida espiritual, es decir, en la oración, en el esfuerzo de amar cada vez más a Dios y en el camino común hacia la perfección cristiana, es decir, hacia la santidad. Todo sacramento introduce la semilla de la santidad en el alma del hombre que lo recibe. Aunque no se exprese verbalmente, este es el empeño prioritario en las promesas matrimoniales: “te ayudaré en tu camino a la santidad”, o mejor aún: “a partir de hoy, tu camino de santidad es el mío: es el nuestro”. Es imposible vivir en plenitud el sacramento del matrimonio y santificarse sin la ayuda de Dios, una ayuda que es dada a los que están cerca de Él, a los que están siempre en su presencia. Dios, que está siempre al lado de los esposos en todo momento de su vida, exige, sí, fidelidad a las promesas, pero también ayuda para mantenerlas.

La búsqueda común de la santidad enriquece la vida espiritual de los esposos, consolida su unidad, aumenta su amor y les ayuda a soportar las dificultades. Esas dos personas, ligadas del modo más estrecho posible entre los hombres, totalmente unidas corporal y espiritualmente, se convierten, como genialmente los ha definido Juan Pablo II, en la “unidad de dos”.

Fuente: Stanislaw y Ludmila Grygiel, Esposos y santos

El nacimiento de Cristo es obra del poder de Dios


El hecho de que una virgen conciba y continúe siendo virgen en el parto y después del parto es algo totalmente insólito y milagroso; es algo que la razón no se explica sin una intervención especial del poder de Dios; es obra del Creador, no de la naturaleza; se trata de un caso único, que se sale de lo corriente; es cosa divina, no humana. El nacimiento de Cristo no fue un efecto necesario de la naturaleza, sino obra del poder de Dios; fue la prueba visible del amor divino, la restauración de la humanidad caída. El mismo que, sin nacer, había hecho al hombre del barro intacto tomó, al nacer, la naturaleza humana de un cuerpo también intacto; la mano que se dignó coger barro para plasmarnos también se dignó tomar carne humana para salvarnos. Por tanto, el hecho de que el Creador esté en su criatura, de que Dios esté en la carne, es un honor para la criatura, sin que ello signifique afrenta alguna para el Creador.

Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho?

Nace, pues, Cristo para restaurar con su nacimiento la naturaleza corrompida; se hace niño y consiente ser alimentado, recorre las diversas edades para instaurar la única edad perfecta, permanente, la que él mismo había hecho; carga sobre sí al hombre para que no vuelva a caer; lo había hecho terreno, y ahora lo hace celeste; le había dado un principio de vida humana, ahora le comunica una vida espiritual y divina. De este modo lo traslada a la esfera de lo divino, para que desaparezca todo lo que había en él de pecado, de muerte, de fatiga, de sufrimiento, de meramente terreno; todo ello por el don y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, ahora y siempre y por los siglos inmortales. Amén.

Fuente: De los sermones de San Pedro Crisólogo

Los Santos Inocentes y los no nacidos


El 28 de diciembre la Iglesia Católica conmemora la fiesta de los Santos Inocentes. En este día, ya desde el siglo VI, la liturgia de la Iglesia nos recuerda la terrible injusticia sufrida por los más inocentes, la gran matanza de niños que ordenó hacer el Rey Herodes. Con ella pretendía matar al Niño Jesús, por temor a que este nuevo Rey, nacido en Belén, pudiera arrebatarle el trono (Mateo 2,13-20).

Hoy en día, recordar aquello nos parece inconcebible pensar que alguien fuera capaz de cometer tal infanticidio y que el pueblo consintiera semejante acción contra sus seres queridos.

Pero dos mil años después, asistimos, atónitos, a una situación semejante y ante la cual, las personas de bien nos vemos como aquellas indefensas madres que no pudieron hacer nada por proteger la vida de sus hijos frente a aquella terrible injusticia.

Y aún peor. Podemos contemplar con tristeza cómo son las propias madres las que, en muchos casos engañadas, presionadas o confundidas, son las que piden que sus hijos sean asesinados en su propio seno.

Los llaman “hijos no deseados” pero no nos dejan la posibilidad a los demás de que podamos conocerlos y amarlos.

Estos niños no nacidos, aunque no los hayamos podido conocer en persona, son los santos inocentes de hoy.

Fuente: Cf. infocatolica.com

Sagrada Familia


En este domingo, que sigue al Nacimiento del Señor, celebramos con alegría a la Sagrada Familia de Nazaret. El contexto es el más adecuado, porque la Navidad es por excelencia la fiesta de la familia. Lo demuestran numerosas tradiciones y costumbres sociales, especialmente la de reunirse todos, precisamente en familia, para las comidas festivas y para intercambiarse felicitaciones y regalos. Y ¡cómo no notar que en estas circunstancias, el malestar y el dolor causados por ciertas heridas familiares se amplifican!

Jesús quiso nacer y crecer en una familia humana; tuvo a la Virgen María como madre; y san José le hizo de padre. Ellos lo criaron y educaron con inmenso amor. La familia de Jesús merece de verdad el título de “santa”, porque su mayor anhelo era cumplir la voluntad de Dios, encarnada en la adorable presencia de Jesús.

Por una parte, es una familia como todas las demás y, en cuanto tal, es modelo de amor conyugal, de colaboración, de sacrificio, de ponerse en manos de la divina Providencia, de laboriosidad y de solidaridad; es decir, de todos los valores que la familia conserva y promueve, contribuyendo de modo primario a formar el entramado de toda sociedad.

Sin embargo, al mismo tiempo, la Familia de Nazaret es única, diversa de todas las demás, por su singular vocación vinculada a la misión del Hijo de Dios. Precisamente con esta unicidad señala a toda familia, y en primer lugar a las familias cristianas, el horizonte de Dios, el primado dulce y exigente de su voluntad y la perspectiva del cielo al que estamos destinados. Por todo esto hoy damos gracias a Dios, pero también a la Virgen María y a san José, que con tanta fe y disponibilidad cooperaron al plan de salvación del Señor.

La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que él mismo es: Amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aun en los momentos de dificultad o abatimiento. Estas cualidades se encarnan de manera eminente en la Sagrada Familia, en la que Jesús vino al mundo y fue creciendo y llenándose de sabiduría, con los cuidados primorosos de María y la tutela fiel de san José.

Queridas familias, no dejéis que el amor, la apertura a la vida y los lazos incomparables que unen vuestro hogar se desvirtúen. Pedídselo constantemente al Señor, orad juntos, para que vuestros propósitos sean iluminados por la fe y ensalzados por la gracia divina en el camino hacia la santidad. De este modo, con el gozo de vuestro compartir todo en el amor, daréis al mundo un hermoso testimonio de lo importante que es la familia para el ser humano y la sociedad. El Papa está a vuestro lado, pidiendo especialmente al Señor por quienes en cada familia tienen mayor necesidad de salud, trabajo, consuelo y compañía. En esta oración del Ángelus, os encomiendo a todos a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María.

Encomendemos al Señor a cada familia, especialmente a las más probadas por las dificultades de la vida y por las plagas de la incomprensión y la división. El Redentor, nacido en Belén, conceda a todas la serenidad y la fuerza para avanzar unidas por el camino del bien.

Encomendemos a Jesús, Príncipe de la paz, nuestra ferviente oración y digámosle a él, a María y a José: “¡Oh familia de Nazaret, experta en sufrir, da al mundo la paz!”.

Pidamos por todas las familias del mundo para que en sus hogares se viva y transmita la fe, siendo así testigos del amor en el mundo. ¡Feliz día del Señor!

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 28 de diciembre de 2008

San Esteban, fiel imitador del Niño de Belén


San Pedro Damiano comienza su sermón de este día por las siguientes palabras: “mientras el recién nacido nos regala con sus tiernos besos y nos tiene suspensos con tanto prodigio, de pronto, Esteban, lleno de gracia y fortaleza, obra maravillas en medio del pueblo. ¿Abandonaremos, pues, al Rey para volver nuestros ojos a uno de sus soldados? Ciertamente que no, a no ser que el mismo Rey nos lo ordene. Ahora bien, he aquí que el Rey, se levanta y va a presenciar el combate de su siervo. Corramos, pues, a ver ese espectáculo, al cual también él acude, y contemplemos al abanderado de los Mártires”.

La Liturgia une la alegría de la Natividad del Señor a la que le produce el triunfo del primer Mártir, que, como canta la Iglesia, “fue el primero en devolver al Señor la muerte que el Salvador sufrió por él”.

La lista gloriosa de los Mártires del Hijo de Dios, comienza con San Esteban, quien destaca en ella por su mismo nombre, que significa Coronado, como presagio divino de su victoria. Es el Capitán, a las órdenes de Cristo, de ese cándido ejército que canta la Iglesia, por haber sido llamado el primero y haber respondido generosamente al honor de la llamada.

Esteban fue digno de hacer guardia junto a la cuna de su Rey, como Capitán de los esforzados defensores de la divinidad del Niño celestial que nosotros adoramos. Pidámosle con la Iglesia que nos facilite el acceso al humilde lecho en que descansa nuestro soberano Señor. Supliquémosle nos adoctrine en los misterios de esta divina Infancia que todos debemos conocer e imitar en Cristo. En la sencillez del pesebre, no contó el número de sus enemigos ni tembló en presencia de su ira, no eludió sus golpes, ni impuso a sus labios el silencio; les perdonó su ira; y su última oración fue por ellos. ¡Oh fiel imitador del Niño de Belén!

Oh glorioso Príncipe de los Mártires, fuiste llevado fuera de las puertas de la ciudad para ser sacrificado, y muerto con el suplicio de los blasfemos. El discípulo debía ser semejante en todo a su Maestro. Pero ni la ignominia de esta muerte, ni la crueldad del suplicio amilanaron tu esforzado espíritu: llevabas a Cristo en tu corazón, y con Él eras más fuerte que todos tus enemigos. Mas, ¿cuál fue tu gozo, cuando se abrieron los cielos sobre tu cabeza y apareció en su carne glorificada ese Dios Salvador, de pie y a la diestra de Dios, cuando se encontraron tus miradas con las del divino Emmanuel? Esa mirada de un Dios a su criatura que se dispone a sufrir por El, y de la criatura a Dios por quien se inmola, te puso en arrobamiento. En vano llovían las duras piedras sobre tu inocente cabeza: nada era capaz de distraerte de la vista de aquel Rey eterno que por ti se levantaba de su trono y venía a colocarte la Corona que te había tejido desde toda la eternidad y que ahora conquistabas. Ruega, en la gloria donde hoy reinas, para que también nosotros seamos fieles, y fieles hasta la muerte, a ese Cristo que no sólo se ha levantado, sino que ha descendido hasta nosotros en la figura de niño.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Consagración al Niño Jesús


¡Oh dulcísimo y amorosísimo Niño Jesús! ¡Oh recién nacido Niño divino! ¡Oh Unigénito Hijo del Eterno Padre y de la Inmaculada Virgen María! Nosotros todos aquí postrados, esclavos de vuestra Santísima Madre, ¡Os adoramos y Os contemplamos recién nacido en la cueva de Belén, recostado en el pesebre del establo en la paja y entre dos animales! ¡He aquí dónde Os llevó el amor con el que nos amáis!

Oh Dios de infinita caridad, ¿qué haremos nosotros para corresponder a tanto amor? He aquí, oh adorable Niño, ¡que para entregaros a nosotros nacisteis en tantas penas y en tanta pobreza! ¡He aquí que recién nacido sois ya todo nuestro, no solamente como Señor y bienhechor, sino en cierto modo (¿nos atrevemos a decirlo?) como nuestro siervo! Sí, ¡Vos nacisteis para servir no para ser servido, como Vos mismo declarasteis! ¡A nuestro servicio ponéis todo lo que tenéis, todo lo que sois! Ay, ¡Vos nacisteis para haceros en último víctima nuestra con el sacrificio de todo Vos mismo para nuestro amor! ¡Pero aún hay más! ¡Vos os hicisteis poner en el pesebre entre dos animales, en la cueva de Belén, que significa Casa del Pan, para hacernos entender que Os haréis comida nuestra, que queréis ser comido por nosotros! Pero, ¿qué somos nosotros? ¡Nosotros somos gusanillos de la tierra, polvo y barro, miseria y nada! ¡Pero peores todavía que la nada porque nosotros, nosotros somos pecadores!

Oh Dios adorable hecho Hombre, ¿quién puede comprender el abismo de vuestra infinita caridad? Ay, ¡nosotros queremos deshacernos todos por vuestro amor!

Venimos ante vuestra Divina Presencia, nos postramos alrededor de este sagrado pesebre y nos ofrecemos a Vos en calidad de esclavos vuestros, totalmente esclavos, eternamente esclavos. Nosotros os reconocemos por Dios nuestro y por Rey nuestro, así que es demasiado justo que nosotros seamos vuestros esclavos. Ya hace tiempo que tenemos la suerte de ser esclavos de María Santísima Señora, Reina y Madre nuestra y Madre vuestra, y en esta feliz esclavitud siempre pusimos el fin último de convertirnos en María y por medio de María vuestros esclavos consumados. Decidlo Vos, oh dulcísima Madre y Dueña nuestra, decidlo Vos al recién nacido fruto divino de vuestro purísimo seno, que nosotros somos vuestros esclavos y con este fin último, habiendo sido aceptados por Vos para este pacto, que por medio vuestro seamos esclavos consumados del adorable Hijo vuestro y Dios nuestro; y así suplicadlo por nosotros para que nos acepte.

Oh Niño recién nacido, ¡qué suerte tenemos, que ahora mismo que Vos habéis recién nacido, os podemos hacer este total, entero, completo ofrecimiento! Nos entregamos como vuestros esclavos consumados en alma y cuerpo. Nos hacemos esclavos de todos vuestros pensamientos, de todos vuestros latidos de vuestro Corazón, de todos vuestros suspiros, de vuestros divinos sentimientos y de todas vuestras voluntades. Desde este momento no somos más de nosotros mismos, sino de Vos, Sumo Bien, con todo lo que somos y que poseemos, que poseímos o poseeremos, o podremos poseer en cualquier orden de cosas, o sea física, moral, intelectual, espiritualmente para que, en fuerza de esta esclavitud, nosotros no quedemos más dueños y posesores, ni del mérito de las buenas obras que con vuestra gracia cumplimos ahora, en el pasado o en el porvenir, sino todo, todo, todo es vuestro, en el tiempo y en la eternidad.

Fuente: San Aníbal María Di Francia, Escritos

La Navidad y la Eucaristía

Gruta de la Natividad

¡Qué fiesta tan amable ésta del nacimiento del Salvador! Siempre la saludamos con regocijo. Se renueva por nuestro amor y se continúa en la Eucaristía. Entre Belén y el cenáculo hay relaciones inseparables que se completan mutuamente.

La Eucaristía fue sembrada en Belén. ¿Qué es la Eucaristía sino el trigo de los elegidos, el pan vivo? Ahora bien, el trigo se siembra, es necesario depositarlo en la tierra y es preciso que germine, que madure, y que, después de segado, se muela para hacer de él pan nutritivo.

Al nacer hoy sobre la paja del establo, el Verbo divino preparaba su Eucaristía, la cual veía Él en todos los misterios de su vida, considerándola como el complemento de todos ellos.

Ese trigo celestial es como sembrado en Belén, casa del pan; vedle sobre la paja; esta paja es pisoteada y triturada y representa la pobre humanidad; esta paja, de suyo, es estéril; pero Jesús la levantará de nuevo, la vivificará y la hará fecunda. Ved ya sembrado ese grano divino. Sus lágrimas son la humedad que lo hará germinar y llegará a ser hermoso. Belén se halla situado sobre una colina que mira a Jerusalén. Cuando esta espiga esté madura, se inclinará hacia el calvario, donde será molida y sometida al fuego de la tribulación para que se convierta en pan vivo.

El sacrificio comenzado en Belén se consuma, sobre el altar, en la Santa Misa. ¡Ah, qué conmovedora es la misa de Nochebuena en todo el mundo cristiano! Se la saluda con mucho tiempo de anticipación, y siempre la vemos volver gozosos. ¿Qué es lo que comunica tantos atractivos a nuestra fiesta de Navidad, o qué inspira esos alegres cantos y el regocijo de nuestro corazón sino el renacer real de Jesús sobre el altar, aunque en diferente estado? Nuestros cantos y nuestros homenajes, ¿no van directamente dirigidos a la misma persona? El objeto de nuestra fiesta, que es también nuestro amor, está allí presente: nosotros vamos realmente a Belén, y allí encontramos no un recuerdo, no una imagen, sino el mismo divino Niño.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Los graves daños de las malas lecturas


Cuando un niño deja temporalmente a su familia, para irse a una colonia veraniega, su padre estimaría superfluo decirle: “Querido hijo, no lleves una serpiente en tu maletín, y si ves una de ellas en tus paseos, guárdate de asirla con las manos para examinarla”. Pues, de igual manera, el amor paterno nos dicta un consejo semejante para vosotros. Queremos recordaros el peligro de las malas lecturas; peligro contra el cual la Iglesia no ha cesado nunca de elevar su voz, pero cuya gravedad desconocen o niegan no pocos cristianos, a pesar de aquellos saludables avisos.

Pues vosotros debéis persuadiros de que hay libros malos, y malos para todos, a semejanza de aquellos venenos contra los cuales nadie puede decirse inmune. Como en todo hombre la carne está sujeta a las debilidades y el espíritu está pronto a las rebeliones, así tales lecturas constituyen un peligro para todos. En el curso de los siglos, los romanos pontífices tuvieron cuidado de hacer publicar un catálogo o índice de libros cuya lectura está prohibida a los fieles, advirtiendo bien al mismo tiempo, que otros muchos, aunque no estén explícitamente nombrados, caen bajo la misma condenación y prohibición, porque son dañosos a la fe y a las buenas costumbres. ¿Quién podría maravillarse de semejante prohibición por parte de aquellos que son los tutores de la salud espiritual de los fieles? ¿La sociedad civil no procura también, con sabias normas legislativas y profilácticas, impedir la acción deletérea de las substancias tóxicas en la economía doméstica e industrial y rodear de cautelas la venta y el uso de los venenos, especialmente de los más nocivos?

Si os recordamos este grave deber es a causa de la extensión del mal, facilitada actualmente por la amplitud siempre creciente de la producción librera, así como por la libertad que muchos se atribuyen de leerlo todo. Pero no puede existir una libertad de leerlo todo, como no hay libertad de comer y beber todo lo que se tiene a mano, aunque sea la cocaína o el ácido prúsico.

Hay autores de gran ingenio que han escrito novelas buenas y honestas. Pero, junto a estas flores puras, ¡qué pululación de plantas venenosas en el vasto imperio de las obras la imaginación! Ahora bien, con demasiada frecuencia, estas últimas se estiman más accesibles y vistosas, y se aspiran con más ansia a causa de su perfume intenso y embriagador. No creáis que os dejáis acaso arrastrar a leer, quizás secretamente, libros sospechosos, no creáis que su veneno no produce efectos sobre vosotros; temed más bien que este efecto, por no ser inmediato, sea más maléfico.

Un publicista consciente de su misión y de sus responsabilidades, se siente en el deber de restablecer la verdad, si ha divulgado el error. Está obligado, ante los millares de lectores sobre los que podrían hacer impresión sus escritos, a no arruinar en ellos o en torno a ellos el sagrado patrimonio de verdad liberadora y de caridad pacificante que diecinueve siglos de cristianismo han aportado trabajosamente al género humano. Se ha dicho que la lengua ha matado más hombres que la espada. De igual manera, la literatura mentirosa puede resultar no menos homicida que los carros blindados y los aviones de bombardeo.

El Evangelio de la transfiguración del Señor, narra cómo el divino Maestro, para revelar su gloria a los tres Apóstoles predilectos, comenzó por separarlos de los demás y conducirlos consigo a la cumbre de un alto monte. Si vosotros queréis que también vuestra casa sea favorecida por las bendiciones de Dios, por la protección especial de su corazón, por las gracias de paz y de unión prometidas a quien le honra, separaos de la multitud, rechazando las publicaciones reprobables y corruptoras. Buscando el bien en esto como en todo, viviendo habitualmente bajo la mirada de Dios y en la observancia de su ley, haréis de vuestra casa un íntimo Tabor, adonde no subirán las miasmas de la llanura y donde podréis decir como San Pedro: “¡Maestro, qué bien estamos aquí!”.

Fuente: S.S. Pío XII, Discurso del 7 de Agosto de 1940

La Sagrada Familia, modelo de familia


El Evangelio según san Lucas narra que los pastores de Belén, después de recibir del ángel el anuncio del nacimiento del Mesías, fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Así pues, a los primeros testigos oculares del nacimiento de Jesús se les presentó la escena de una familia: madre, padre e hijo recién nacido. El Niño Jesús aparece en el centro del afecto y de la solicitud de sus padres. En la pobre cueva de Belén resplandece una luz vivísima, reflejo del profundo misterio que envuelve a ese Niño, y que María y José custodian en su corazón y dejan traslucir en sus miradas, en sus gestos y sobre todo en sus silencios.

El nacimiento de todo niño conlleva algo de este misterio. Lo saben muy bien los padres que lo reciben como un don y que, con frecuencia, así se refieren a él. Todos hemos escuchado decir alguna vez a un papá y a una mamá: “Este niño es un don, un milagro”. En efecto, los seres humanos no viven la procreación meramente como un acto reproductivo, sino que perciben su riqueza, intuyen que cada criatura humana que se asoma a la tierra es el signo por excelencia del Creador y Padre que está en el Cielo. ¡Cuán importante es, por tanto, que cada niño, al venir al mundo, sea acogido por el calor de una familia! No importan las comodidades exteriores: Jesús nació en un establo y como primera cuna tuvo un pesebre, pero el amor de María y de José le hizo sentir la ternura y la belleza de ser amados. Esto es lo que necesitan los niños: el amor del padre y de la madre. Esto es lo que les da seguridad y lo que, al crecer, les permite descubrir el sentido de la vida. La Sagrada Familia de Nazaret pasó por muchas pruebas. Ahora bien, confiando en la divina Providencia, encontraron su estabilidad y aseguraron a Jesús una infancia serena y una educación sólida.

Ciertamente la Sagrada Familia es singular e irrepetible, pero al mismo tiempo es “modelo de vida” para toda familia, porque Jesús, verdadero hombre, quiso nacer en una familia humana y, al hacerlo así, la bendijo y consagró. Encomendemos, por tanto, a la Virgen y a san José a todas las familias, para que no se desalienten ante las pruebas y dificultades, sino que cultiven siempre el amor conyugal y se dediquen con confianza al servicio de la vida y de la educación.

Fuente: Benedicto XVI, Ángelus del 26 de diciembre de 2010

Tanto amó Dios al hombre que le envió a su Hijo (II)


Dios es caridad: no tenemos que maravillamos de que la historia de su acción a favor del hombre constituya todo un poema de amor y de amor misericordioso. El primer canto de este poema era nuestro destino eterno a la visión y fruición de la íntima vida divina. El segundo canto expresa todavía de un modo más conmovedor la sublimidad de su misericordia: es el misterio de la Encarnación.

El pecado de nuestros primeros padres había destruido el plan primero de nuestra elevación al estado sobrenatural: habíamos caído de ese orden sin posibilidad de reparación por parte nuestra. Dios podía perdonarlo todo, pero su santidad infinita y su justicia exigían una satisfacción adecuada, que sobrepasaba en absoluto la humana capacidad.

Entonces fue cuando se cumplió la obra más sublime de la misericordia de Dios: una de las Personas de la Santísima Trinidad, la segunda, vino a hacer por nosotros lo que nosotros no podíamos realizar. Y he aquí que el Verbo, el Unigénito de Dios, “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se hizo carne”. De esta manera el amor misericordioso de Dios llega al colmo de su manifestación: pues si no hay ingratitud y miseria más grande que el pecado, tampoco puede existir amor más sublime que aquel que se inclina sobre tanta ingratitud y miseria para cubrirla de su primitivo esplendor. Y esto lo hace Dios no por medio de un profeta ni del ángel más excelso, sino personalmente: toda la Santísima Trinidad obra la Encarnación, cuyo término es la unión de la naturaleza humana con la Persona del Verbo. Aquí se manifiesta y brilla toda la inmensidad del amor y de la misericordia de Dios para con el hombre.

“¡Oh, Dios mío!, hazme digna de conocer el misterio de la caridad ardentísima que se esconde en ti, esto es, la obra excelentísima de la Encarnación que has puesto como principio de nuestra salud. Este beneficio inefable nos produce dos efectos: el primero es que nos llena de amor, el segundo, que nos da la certeza de nuestra salud. ¡Oh inefable caridad, la más grande que puede darse: que Dios, creador de todo se haga criatura, para hacer que yo sea semejante a Dios! ¡Oh amor entrañable!, te has anonadado a ti mismo, tomando la forma vilísima de siervo, para darme a mí un ser casi divino. Aunque al tomar mi naturaleza no disminuiste ni viniste a menos en tu sustancia, ni perdiste la más mínima parte de tu divinidad, el abismo de tu humildísima Encarnación me inclina a prorrumpir en estas palabras: ¡Oh incomprensible, te has hecho por mí comprensible! ¡Oh increado, te has hecho creado! ¡Oh impalpable, te has hecho palpable!

¡Oh feliz culpa! No por ti misma, sino por la piedad de Dios, has merecido que se nos manifestaran las más ocultas profundidades de la caridad divina. En verdad, no puede imaginarse caridad mayor. ¡Oh amor infinito y transformado, amor inefable en demasía! Bendito seas tú, Señor, que me has dado a conocer la obra de la Encarnación. ¡Qué gloria es para mí el saber esto y el ver que has nacido por mí! ¡Oh Dios maravilloso, qué admirables son las cosas que por nosotros has hecho! Hazme digna, oh Dios increado, de conocer lo profundo de tu amor y el abismo de tu ardentísima caridad, la cual nos has comunicado al mostrarnos a tu Jesús en la Encarnación” (Beata Ángela de Foligno).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La belleza de la fidelidad conyugal

Tolkien y su esposa Edith

Como contrato indisoluble, el matrimonio tiene la fuerza de constituir y vincular a los esposos en un estado social y religioso, de carácter legítimo y perpetuo y tiene sobre todos los demás contratos la superioridad de que ningún poder en el mundo es capaz de rescindirlo. En vano una de las partes pretenderá desatarse de él; el pacto violado, renegado, roto, no afloja sus lazos; continúa obligando con el mismo vigor que el día en que fue sellado ante Dios con el consentimiento de los contrayentes; ni siquiera la víctima puede ser desatada del sagrado vínculo que la une a aquel o a aquella que le ha traicionado. La atadura no se desata, o más bien, no se rompe sino con la muerte.

A pesar de eso, la fidelidad dice todavía algo más poderoso, más profundo y al mismo tiempo más delicado y más infinitamente dulce. Porque, uniendo el contrato matrimonial a los esposos en una comunidad de vida social y religiosa, es necesario que determine con exactitud los límites dentro de los cuales obliga, que recuerde la posibilidad de una coacción exterior, a la cual una de las partes puede acudir para obligar a la otra al cumplimiento de los deberes libremente aceptados. Pero mientras estas determinaciones jurídicas, que son como el cuerpo material del contrato, le dan necesariamente como un frío aspecto formal, la fidelidad es en él como el alma y el corazón, la prueba abierta, el testimonio patente.

Aunque más exigente, la fidelidad cambia en dulzura lo que la precisión jurídica parecía poner en el contrato de más riguroso y más austero. Sí, más exigente; porque ella juzga infiel y perjuro no sólo al que atenta con el divorcio, por otra parte inútil y sin efecto, a la indisolubilidad del matrimonio, sino también al que, sin destruir materialmente el hogar por él fundado, aun continuando la vida conyugal, se permite establecer y mantener paralelamente otro vínculo criminal; infiel y perjuro el que, aun sin establecer una lícita relación durable, dispone, aunque sea una sola vez, para el placer ajeno o para la propia, egoísta y pecaminosa satisfacción de un cuerpo - para usar la expresión de San Pablo -, sobre el cual, solamente el esposo y la esposa legítima tienen derecho. Más exigente todavía y más delicada que esta estricta fidelidad natural, la verdadera fidelidad cristiana señorea y alcanza más allá; reina e impera, como soberana amorosa, en toda la amplitud del dominio real del amor.

Porque, efectivamente, ¿qué es la fidelidad sino el religioso respeto del don que cada uno de los esposos ha hecho al otro, don de sí mismo, de su cuerpo, de su mente, de su corazón, para toda la vida, sin otra reserva que los sagrados derechos de Dios?

Si desde el principio el amor fue verdadero y no solamente una búsqueda egoísta de satisfacciones sensuales, este amor nunca cambiado del corazón vive siempre joven, jamás vencido por los años que pasan. Ninguna cosa hay más edificante y encantadora, ninguna más conmovedora que el espectáculo de aquellos venerables ancianos cuyas bodas de oro tienen en su celebración algo de más tranquilo, pero también de más profundo, hasta diríamos de más tierno, que aquellas de la juventud.

Sobre su amor han pasado cincuenta años: trabajando, amando, sufriendo, rezando juntos, han aprendido a conocerse mejor, a descubrir el uno en el otro la verdadera bondad, la verdadera belleza, la verdadera palpitación de un corazón devoto, o adivinar todavía más lo que al otro puede agradar; y de aquí aquellas premuras exquisitas, aquellas pequeñas sorpresas, aquellas innumerables pequeñeces, en las que solamente encontraría chiquilladas el que no sabe descubrir la grandiosa, la hermosa dignidad de un inmenso amor. Esta es la fidelidad del mutuo don de los corazones.

Felices vosotros, jóvenes esposos, si habéis podido, si podéis todavía contemplar semejantes escenas en vuestros abuelos. Acaso vosotros, cuando muchachos, habéis bromeado con ellos delicada y amorosamente; pero ahora, el día de vuestras bodas, vuestras miradas se han posado conmovidas sobre estos recuerdos con santa envidia, con la esperanza de ofrecer un día vosotros mismos un espectáculo semejante a vuestros nietos. Nos lo auguramos y sobre vosotros invocamos del Señor la gracia de esta larga, indefectible y deliciosa fidelidad, mientras, con toda la efusión del corazón, os damos Nuestra paternal bendición apostólica.

Fuente: S.S. Pío XII, Discurso del 29 de octubre de 1942

Reflexionad, queridos recién casados

Fotografía del casamiento del Beato Carlos de Austria

Reflexionad, queridos recién casados, en lo que os enseña el mismo catecismo y Nos deseamos recordaros: que en la base de la familia cristiana está un sacramento. Lo cual quiere decir que no se trata de un simple contrato, de una simple ceremonia o de un aparato externo cualquiera para señalar una fecha importante de la vida: sino un verdadero y propio acto religioso de vida sobrenatural, del cual fluye como un derecho constante a impetrar todas aquellas gracias, todas aquellas ayudas divinas que son necesarias y oportunas para santificar la vida matrimonial, para cumplir los deberes del estado conyugal, para mantener los propósitos, para conseguir los más altos ideales.

Por su parte, Dios se ha hecho fiador de todo esto, elevando el matrimonio cristiano a símbolo permanente de la unión indisoluble de Cristo y de la Iglesia, y por ello podíamos afirmar que la familia cristiana, verdadera y, prácticamente cristiana, es garantía de santidad. Bajo este benéfico influjo sacramental, como bajo un rocío de la providencia, crecen los hijos a semejanza de los renuevos de olivo en torno a la mesa doméstica. Reinan allí el amor y el respeto mutuo, los hijos son esperados y recibidos como dones de Dios y como sagrados depósitos que hay que custodiar con temeroso cuidado: si entran allí el dolor y la prueba, no llevan a la desesperación o la rebeldía, sino la confianza serena que, a la vez que atenúa el inevitable sufrimiento, hace de él un medio providencial de purificación y de mérito. Así será bendecido el hombre que teme al Señor.

Estos frutos los podréis recoger sólo en la familia cristiana, porque con frecuencia, cuando la familia no es sagrada y vive alejada de Dios y privada por ello de la bendición divina, sin la que nada puede prosperar, flaquea por su misma base y está expuesta a caer, antes o después, en el desmoronamiento y en la ruina, como lo demuestra una continua y dolorosa experiencia.

Fuente: S.S. Pío XII, Discurso del 12 de julio de 1939

En honor al glorioso Apóstol San Juan


“Bienaventurado San Juan Evangelista, amado discípulo de Nuestro Señor Jesucristo y águila caudal y esmerada, a quien sus muy altos misterios y secretos muy altamente reveló y por su hijo muy especial a su muy gloriosa Madre dio al tiempo de su Santa Pasión, encomendando muy convenientemente la Virgen al virgen; al cual santo apóstol y evangelista yo tengo por mi abogado especial en esta presente vida y así lo espero tener en la hora de mi muerte” (Reina Isabel la Católica)

Según la tradición, Juan es “el discípulo predilecto”, que en el cuarto evangelio se recuesta sobre el pecho del Maestro durante la última Cena, se encuentra al pie de la cruz junto a la Madre de Jesús y, por último, es testigo tanto de la tumba vacía como de la presencia del Resucitado, con ojo de águila entró en la luz inaccesible del misterio divino.

El Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con Él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con Él y como Él. Esto sólo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos.

Que el Señor nos ayude a entrar en la escuela de san Juan para aprender la gran lección del amor, de manera que nos sintamos amados por Cristo hasta el extremo y gastemos nuestra vida por Él.

Glorioso San Juan, por aquella angélica virtud que te mereció las más insignes gracias de ser el discípulo privilegiado de Jesús, de descansar sobre su Corazón, de contemplar su gloria, asistir en persona a los prodigios más estupendos; ser finalmente designado por el Salvador expirante, como el hijo y custodio de su Madre; alcánzame, te ruego, que conserve siempre intacta la virtud de la pureza y que evite cuidadosamente todo cuanto pudiera mancillarla, a fin de que merezca los favores especiales del Corazón Sagrado de Jesús y del Corazón Inmaculado de María. Así sea.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia General del 5 de julio de 2006

Tanto amó Dios al hombre que le envió a su Hijo (I)


Me pongo en la presencia de Jesús Sacramentado con ansias de profundizar aquel misterio infinito de amar divino que movió a todo un Dios a hacerse “uno de nosotros”.

Dios es amor: todo lo que obra dentro y fuera de sí es obra de amor. Siendo el Bien infinito, nada puede amar fuera de sí movido por el deseo de aumentar su felicidad, como hacemos siempre nosotros; Él lo posee todo en sí. Por eso en Dios amar y querer a las criaturas no es más que derramar su bondad infinita y sus perfecciones, y hacer partícipes a otros de su ser y de su felicidad: “Bonum diffusivum sui” (el bien es difusivo de sí), como dice Santo Tomás. De este modo amó Dios al hombre con amor eterno y, porque lo amaba, lo llamó a la existencia dándole la vida natural y sobrenatural. Amándonos Dios, no solamente nos ha sacado de la nada, sino que nos ha elegido y elevado al estado de hijos suyos, destinados a participar de su vida íntima y de su eterna bienaventuranza. Este fue el plan primero de la infinita caridad de Dios para con el hombre; pero cuando el hombre cayó en el pecado, Dios, que lo había creado en un acto de amor, quiso redimirlo por otro acto de amor todavía más grande. Y he aquí por qué el misterio de la Encarnación se nos presenta como la manifestación suprema de la excesiva caridad de Dios para con el hombre: “En esto se manifestó la caridad de Dios hacia nosotros: en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito, para que por Él tengamos vida. En esto está la caridad... en que Él nos amó y envió a su Hijo, propiciación por nuestros pecados” (l Jn. 4, 9-10). Después de haber dado al hombre la vida natural, después de haberlo destinado a la vida sobrenatural, ¿por ventura podría darle cosa más grande que el Verbo, hecho carne para salvarle?

Déjame decirte, ¡oh Señor!, que mi entendimiento y mi corazón se pierden ante el abismo de tu caridad. Me hundo en este misterio sin llegar a tocar su fondo. ¡Que yo crea fuertemente, indefectiblemente en tu excesiva caridad; que pueda decir con todo convencimiento: he conocido y he creído en la caridad de Dios! y cuando más grande sea mi conocimiento, más total será mi entrega a tu caridad, a tu infinito amor misericordioso.

Esta inmensa caridad, esta inefable misericordia se inclina, por medio de tu Verbo Encarnado, sobre todos los hombres igualmente; se inclina también sobre mí; tu amor me circunda, me nutre, me da la vida, me lleva a Ti, Dios mío. ¡Que tu amor, Señor, invada mi alma, o mejor, que tu gracia me ayude a conocer y a creer en ese amor que desde el primer instante de mi existencia me asedia y me invade!

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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