Hijo insigne de Don Bosco


En la glorificación de Domingo Savio se halla también la glorificación del sacerdocio católico, representado en la forma más digna por la magnífica y gigantesca figura de Don Bosco. Es verdad: los primeros artífices de la santidad de Domingo fueron el padre y la madre. Cuando lo presentaron a Don Bosco a los doce años, él era ya un tesoro. Pero luego el sacerdocio católico lo perfeccionó, lo llevó adelante en el camino de la santidad.

Como afirmó Pío XI: “El sacerdote es el principal apóstol y el asesor infatigable de la educación cristiana de la juventud”.

Pero ¡se lucha contra corriente! El sacerdote que lucha por defender el candor de las almas, ve que el mundo conjura, diabólicamente organizado, para manchar las almas en forma cada vez más terribles, después de haber abatido las tradiciones veneradas que representaban un baluarte para la virtud. ¡Parece casi imposible poder defender la pureza de los jóvenes! Parece una empresa desesperada, por lo que el sacerdote se sentirá tentado de decir “no puedo hacer sino llorar sobre estas magníficas inocencias manchadas”.

¡No es este el lenguaje que quiere de nosotros el Señor! ¡No es ésta la lección que nos viene de la glorificación de Domingo Savio! Siguiendo los ejemplos de San Juan Bosco, juntamente con los Religiosos dedicados a la educación de la juventud, con la protección del querido Domingo, lucharemos sin descanso, a cualquier costo, para salvar la inocencia de los jóvenes, seguros de no poder hacer nada que sea más agradable a Jesús y María, cuyo auxilio jamás habrá de faltarnos.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Modelo atrayente


¿Cómo se figuran los jóvenes que podía desenvolverse la vida de santidad de Domingo Savio? Se desarrolló en la forma más alegre. Durante doce años, con sus padres; y luego, durante tres años, con San Juan Bosco, entregado a los estudios de su edad, con la conciencia que no le remordía de nada, sino que lo alegraba, pasó contento su vida, y a este gozo de la vida correspondió el gozo de la muerte.

Desde aquel día los jóvenes han tenido un nuevo modelo y patrono.

Imitad, jóvenes, a este modelo tan atrayente y tan fácil de imitar.

Los jóvenes odian el aburrimiento y aman la alegría. He aquí: esta vida es una vida toda de alegría.

Los jóvenes aman la gloria, y he aquí la gloria verdadera, la gloria auténtica, la gloria más hermosa. Este pequeño piamontés, al presente es conocido en todo el mundo.

Alegría, pues, y gloria y todo bien. Por otra parte, el imitarlo es fácil. No hizo penitencias especiales, no porque él no hubiera querido hacerlas, sino porque, prudentemente no le dieron permiso. Su gloria fue esta: “¡Prefiero morir antes que mancharme!” El amor a María y a la Santísima Eucaristía le dieron la fuerza y el medio para mantener aquellas palabras. Sea pues, vuestra palabra: “Prefiero morir antes que pecar y quiero encender en mi corazón cada día más, el amor por la Eucaristía y por María”. Y este modelo os ayudará a mantener vuestros propósitos.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Joven eucarístico


El Señor habita en sus tabernáculos: nosotros podemos hablarle todas las veces que lo deseemos, podemos llegarnos a Él, estar junto a Él. Esta es la respuesta que la humanidad debería dar a la Eucaristía, pero, desgraciadamente, no la da: Tabernáculos sin adoradores, Comunión no lo suficientemente frecuente, asistencia no devota a la santa Misa.

Pero Savio no obraba así. El Señor le concedió una doble gracia, porque cuando se solía retardar la Comunión, él fue admitido a hacerla a los siete años; cuando se trataba de establecer la frecuencia de la Comunión, él fue autorizado para hacerla diariamente. Todo lleno de amor a la Eucaristía, él razonaba así: “Soy feliz, nada me falta, falta solo el Paraíso que poseeré, el día en que pueda ver sin velos aquello que ahora adoro escondido en el altar; pero en realidad soy feliz desde ahora, porque lo que necesito, Él me lo da, ¡acudo a Él!”

No una sino varias horas permanecía delante de Jesús Sacramentado, como en aquel día célebre, en que, haciendo la acción de gracias a la Comunión, perdió por completo la idea del tiempo y fue hallado por la tarde, todavía en adoración.

Fervor eucarístico auténtico, es pues, el que Domingo nos enseña.

No tenía nobleza de blasón, porque era hijo de un herrero, pero, indelebles le corresponden los magníficos títulos de joven angélico, mariano y eucarístico.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Joven mariano


Cuanto mejor se corresponde al amor de María Santísima, más feliz se es. Ahora bien, este amor lo tuvo, en grado altísimo, Domingo Savio. Como decía Don Bosco, la vida de Domingo Savio fue una serie de actos devotos hacia María. Todo lo que él encontraba en su devocionario en honor de María, lo rezaba, y se deleitaba con su Rosario.

Cuando contaba con doce años, en 1854, Pío IX definió el dogma de la Inmaculada Concepción. Cuentan que yendo por las calles de Turín se alegraba ante los honores tributados a María Santísima y quería hacer algo que correspondiese a tan excepcional evento. Pero, ¿qué podía hacer en honor de la Inmaculada Concepción? Pensó unir consigo a otros jóvenes, fundando así la Sociedad de la Inmaculada Concepción.

Y escribió a los catorce años, reglas de esta sociedad, reglas todas rebosantes de amor, en las que se ve el esfuerzo ascético, el entusiasmo del alma, del corazón que todo lo quiere realizar para honrar a María.

“Sonría, escribe, María Santísima a esta sociedad que ha sido constituida por su inspiración, y escuche nuestras plegarias y nuestros deseos”. De esta suerte, el joven angélico era también mariano.

Era su amor por María, un amor filial y veraz, porque, a las prácticas de piedad exteriores, correspondía su afecto interior. Hacía muchos sacrificios en honor de María, sobre todo el de la guarda de los sentidos. Habiéndole dicho un compañero: “pero, ¿qué haces con los ojos que no miras nada? ¿Para qué los guardas?, respondió: “los reservo para contemplar el rostro de María Santísima, si llego a ser digno de que me admita en su presencia”.

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Joven angélico


La razón exige que se combata el pecado, porque si el pecado es combatido, todo irá bien. Donde no está el pecado, está la belleza de la imagen de Dios y todo bien.

Cosa que Domingo comprendió perfectísimamente, desde el primer momento, porque, cuando a los siete años hizo la primera Comunión, escribió: “la muerte antes que pecar”. Estas palabras son sencillas, pero no se podrán decir otras más hermosas. Las expresó y durante toda la vida mantuvo constante este pensamiento. Y en la última noche de su vida dijo así: “¡Lo repito y lo diré mil veces: antes la muerte que pecar!” Aquí está la base de toda la gloria de Domingo Savio.

No fueron simples palabras, sino que toda su vida se inspiró en esta idea: “Quiero llevar una guerra sin cuartel contra el pecado mortal”. No solo buscó evitar el pecado en sí mismo, sino que trató de combatirlo en los demás, para arrancarlo del alma de los otros.

La lucha contra el pecado fue llevada victoriosamente por Savio, durante toda la vida. Es la gloria a que debería aspirar cada uno de nosotros. Es menester evitar el pecado por todos los medios, tratar de destruir el pecado en cualquier forma.

Obrando de esta suerte, Savio se asemejó a los Ángeles buenos que no pecaron. Mamá Margarita le decía al hijo (Don Bosco): “Mira cómo está Domingo en la iglesia, ¡está como un ángel del Paraíso!”

Fuente: Card. Máximo Massimi, Discurso del 9 de marzo de 1950

Un sueño de Don Bosco


Vi entonces una multitud de gente dispersa por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría.

Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacia mí y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Le caía hasta los pies una túnica blanquísima. Ceñía su cintura con una amplia faja roja. Todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja.

Comprendí entonces que la faja de color de sangre, era símbolo de los grandes sacrificios hechos, de los violentos esfuerzos y casi del martirio sufrido por conservar la virtud de la pureza; y que, para mantenerse casto en la presencia del Señor, hubiera estado pronto a dar la vida, si las circunstancias así lo hubiesen exigido; y que al mismo tiempo simbolizaba las penitencias que libran al alma de la mancha de la culpa. La blancura y esplendor de la túnica representaban la conservación de la inocencia bautismal.

“¿Qué hizo de extraordinario Domingo Savio en sus casi 15 años de vida? Lo que también podéis hacer vosotros: eligió por lema "antes morir que pecar", se propuso hacer felices a sus compañeros, estar entre ellos como elemento catalizador, enseñar catecismo a los más pequeños; unió a una alegría grande, el estudio serio; y ha llegado a santo con una existencia no milagrosa, sino heroicamente generosa. Todos podéis asemejaros a Santo Domingo Savio si queréis; y os lo deseo de todo corazón” (San Juan Pablo II, Audiencia general del 6 de mayo de 1981)

Fuente: Cf. Los sueños de Don Bosco

Una joven que asumió su enfermedad como camino de santidad


“Una joven laica que se presenta como excelso modelo para la Iglesia de hoy, sobre todo para los jóvenes y para los enfermos”. Así definió el Cardenal Becciu, Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos a Benedetta Bianchi, beatificada el 14 de septiembre de 2019. Benedetta padeció desde su adolescencia una poliomielitis que le produjo graves secuelas físicas y una rara enfermedad degenerativa que terminaría causándole una parálisis total y, finalmente, la muerte.

En la homilía de la Misa de beatificación el Cardenal Becciu destacó que la beata Benedetta Bianchi, fallecida en el año 1964 a los 27 años, “fue un verdadero testimonio de la cruz. Ella inmoló su propia vida siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con Él. Nos encontramos ante una existencia fascinante: la grandeza humana y espiritual de una joven extraordinariamente dotada, que consiguió superar valientemente, y traducir en clave evangélica, las condiciones más negativas que puedan acompañar a un individuo”.

El Cardenal destacó que, como consecuencia de su enfermedad, todo el cuerpo de Benedetta “se convirtió en un crucifijo viviente: sordera, ceguera, parálisis, insensibilidad, privación del olfato, afonía, la casi total anulación de las comunicaciones con las personas y con su entorno”. Sin embargo, “esta secuencia de sufrimientos y de destrucción física llevará a Benedetta a una profunda unión con Dios en la oración y, por lo tanto, a una gran heroicidad en el ejercicio de todas las virtudes”.

“Gracias a Benedetta, concluyó el Cardenal, comprendemos algo más la sabiduría de la Cruz y le estamos profundamente agradecidos por habernos conducido hacia la comprensión del sufrimiento que, abrazada a la cruz, abre las puertas del cielo y se convierte en vehículo de luz que aclara cuanto de absurdo e incomprensible pueda haber en la existencia humana”.

Fuente: aciprensa.com

Reina de la Paz


Ardía la guerra mundial, el odio y los estragos se extendían a todas las naciones; las familias deshechas; el espectáculo de las inmensas ruinas sembradas por la guerra; mantenían en angustia a todos los corazones. En esas circunstancias, el Papa Benedicto XV, el 30 de noviembre de 1915, concedió facultad a los obispos para añadir a las Letanías Lauretanas, la Invocación “Reina de la Paz, ruega por nosotros”.

La paz, la más noble aspiración del corazón humano, es, según San Agustín, la tranquilidad del orden. La paz es la constante serenidad del ambiente moral que hace que la vida sea tranquila y fecunda. En este ambiente todo prospera y crece.

Paz externa e interna, imploramos a María con la invocación Reina de la Paz. Y, nótese que no la llamamos amiga o madre de la paz, sino que la llamamos Reina, porque Ella ha poseído la paz en grado sumo, en una medida verdaderamente regia.

La paz interna, porque desde el primer instante de su existencia Ella estuvo llena de gracia y fue elegida para engendrar en su seno al Príncipe de Paz. La paz externa, porque Ella al pie de la Cruz abrazó con caridad maternal a todos los hombres, mostrando especial predilección y misericordia para los pecadores.

La llamamos Reina de la Paz para significar su poder ante Dios. María Santísima es siempre la benigna Estrella que dirige las almas descarriadas en la inmensidad del mar hacía el puerto de salvación: la estrella que aun en la noche más profunda del odio, señala el camino a los navegantes, la estrella mensajera del día que nos trae la luz, preludio del eterno día en que las almas descansarán en paz. Virgen Santísima Reina de la paz, acoge benignamente nuestra oración. Inspira pensamientos de paz a los que gobiernan, y haz que la justicia y la caridad florezcan en las almas, en las familias y en la sociedad.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Los Clérigos predicarán con el ejemplo


Los que han sido llamados a ministrar en la mesa del Señor deben brillar por el ejemplo de una vida loable y recta, en la que no se halle mancha ni suciedad alguna de pecado. Viviendo honorablemente como sal de la tierra, para sí mismos y para los demás, e iluminando a todos con el resplandor de su conducta, como luz que son del mundo, deben tener presente la solemne advertencia del sublime maestro Cristo Jesús, dirigida no sólo a los apóstoles y discípulos, sino también a todos sus sucesores, presbíteros y clérigos: Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con que la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.

En verdad es pisado por la gente, como barro despreciable, el clero inmundo y sucio, impregnado de la sordidez de sus vicios y envuelto en las cadenas de sus pecados, considerado inútil para sí y para los demás; porque, como dice san Gregorio: “De aquel cuya vida está desprestigiada queda también desprestigiada la predicación”.

Los presbíteros que se comportan con dignidad son acreedores a un doble honor, material y personal o sea, temporal y a la vez espiritual, que es lo mismo que decir transitorio y eterno al mismo tiempo; pues, aunque viven en la tierra sujetos a las limitaciones naturales con los demás mortales, su anhelo tiende a la convivencia con los ángeles en el cielo, para ser agradables al Rey, como prudentes ministros suyos. Por lo cual, como un sol que nace para el mundo desde las alturas donde habita Dios, alumbre la luz del clero a los hombres, para que vean, sus buenas obras y den gloria al Padre que está en el cielo.

Vosotros sois la luz del mundo. Pues, así como la luz no se ilumina a sí misma, sino que con sus rayos llena de resplandor todo lo que está a su alrededor, así también la vida luminosa de los clérigos virtuosos y justos ilumina y serena, con el fulgor de su santidad, a todos los que la observan. Por consiguiente, el que está puesto al cuidado de los demás debe mostrar en sí mismo cómo deben conducirse los otros en la casa de Dios.

Fuente: San Juan de Capistrano, del tratado Espejo de los clérigos

Las virtudes heroicas de un joven laico (II)

Venerable Isidoro Zorzano

En Isidoro destacaría su perseverancia en lo ordinario, que implica lealtad: cumplió hasta el último día de su vida los compromisos que había asumido. Podría parecer que se trata de algo fácil, quizá por una concepción equivocada de lo que significa heroísmo: esta palabra no es sinónimo de hechos extraordinarios o hazañas sorprendentes, imposibles de realizar para una persona normal. Heroísmo es practicar las virtudes con constancia y durante un periodo de tiempo suficientemente largo, ahí donde uno está, en lo de todos los días, en el cumplimiento de sus obligaciones como trabajador, ciudadano, amigo, miembro de una familia, etc. Esto es lo que hizo Isidoro.

Le encantaba su profesión y sabía que Dios le llamaba a buscar la santidad en su trabajo. Por amor a Dios, por ejemplo, era el primero en llegar por la mañana a la oficina, llevaba con buen humor y visión sobrenatural los disgustos e injusticias ocasionados por algunos de sus jefes, buscaba hacer todo con competencia profesional, se esforzaba por ser amable en el trato con los demás, era conocido su sentido de justicia y su cercanía con los obreros que trabajaban bajo su dirección que sabían, además, que “con don Isidoro no cabían chapuzas”, porque se cercioraba personalmente que los trabajos se habían hecho a conciencia. Isidoro dio además clases en la Escuela Industrial de Málaga y sus alumnos recuerdan que era siempre paciente y que podían dirigirse a él para pedir cualquier explicación incluso yendo a su casa. Entre los estudiantes se repetía con frecuencia que “era un santo”.

Compaginaba su trabajo con una intensa vida de oración, tenía un gran amor a la Eucaristía, madrugaba todos los días para asistir a Misa y comulgar, colaboraba con obras asistenciales e intentaba acercar a sus amigos y colegas a Dios.

Oración. Dios Todopoderoso, que llenaste a tu siervo Isidoro de abundantes tesoros de gracia en el ejercicio de sus deberes profesionales en medio del mundo: haz que yo sepa también santificar mi trabajo ordinario y llevar la luz de Cristo a mis amigos y compañeros; dígnate glorificar a tu Siervo y concédeme por su intercesión el favor que te pido. Así sea.

Fuente: opusdei.org

Las virtudes heroicas de un joven laico (I)

Venerable Isidoro Zorzano

Isidoro Zorzano, que fue un siervo bueno y fiel precisamente en lo poco: amó a Dios y al prójimo en las circunstancias de la vida ordinaria.

Era un hombre equilibrado, de carácter más bien reflexivo y reservado, trabajador infatigable. Quienes le conocieron recuerdan su afabilidad y simpatía, no exuberantes, y su espíritu abierto a las necesidades de los demás.

Isidoro buscó de modo constante la santidad en el mundo, como fiel laico, en el cumplimiento amoroso de sus deberes diarios, en el trabajo profesional y en las variadas circunstancias de la vida ordinaria.

Vivió ejemplarmente la diligencia en el trabajo, la lealtad y el espíritu de servicio hacia sus colegas, el amor a la justicia en la promoción de iniciativas en favor de los más necesitados, la fe y la caridad a través de labores de catequesis y de formación para los sectores más abandonados de la sociedad.

Isidoro Zorzano buscaba en todas sus acciones la gloria de Dios y el bien espiritual de quienes le rodeaban. Desarrolló un apostolado asiduo con sus amigos y con los jóvenes. Movido por una profunda conciencia de su filiación divina, se esforzó con perseverancia en el cumplimiento fiel de varias prácticas de piedad recomendadas por la Iglesia. Su vida interior tenía su centro y raíz en la Santa Misa; por eso albergaba una honda devoción eucarística y recibía con frecuencia el sacramento de la penitencia. Eran asimismo abundantes las muestras de su devoción a la Virgen Santísima. Daba una importancia primordial a la oración mental y vocal. Practicó el espíritu de penitencia y de mortificación, sobre todo en el cumplimiento del deber de cada instante y en recibir con alegría las dificultades y contrariedades.

Fuente: Decreto sobre las virtudes heroicas, 21 de diciembre de 2016

Todo el que se proponga vivir piadosamente será perseguido


Es preciso pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. Muchas son las persecuciones, muchas las pruebas; por tanto, muchas serán las coronas, ya que muchos son los combates. Te es beneficioso el que haya muchos perseguidores, ya que entre esta gran variedad de persecuciones hallarás más fácilmente el modo de ser coronado.

Pongamos como ejemplo al mártir san Sebastián, cuyo día natalicio celebramos hoy. Este santo nació en Milán. Quizá ya se había marchado de allí el perseguidor, o no había llegado aún a aquella región, o la persecución era más leve. El caso es que Sebastián vio que allí el combate era inexistente o muy tenue. Marchó, pues, a Roma, donde recrudecía la persecución por causa de la fe; allí sufrió el martirio, allí recibió la corona consiguiente. De este modo, allí, donde había llegado como transeúnte, estableció el domicilio de la eternidad permanente. Si sólo hubiese habido un perseguidor, ciertamente este mártir no hubiese sido coronado.

Pero, además de los perseguidores que se ven, hay otros que no se ven, peores y mucho más numerosos.

Del mismo modo que un solo perseguidor, el emperador, enviaba a muchos sus decretos de persecución y había así diversos perseguidores en cada una de las ciudades y provincias, así también el diablo se sirve de muchos ministros suyos que provocan persecuciones, no sólo exteriores, sino también interiores, en el alma de cada uno.

Acerca de estas persecuciones, dice la Escritura: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido. Se refiere a todos, a nadie exceptúa. ¿Quién podría considerarse exceptuado, si el mismo Señor soportó la prueba de la persecución?

¡Cuántos son los que practican cada día este martirio oculto y confiesan al Señor Jesús! También el Apóstol sabe de este martirio y de este testimonio fiel de Cristo, pues dice: Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia.

Fuente: Del comentario de san Ambrosio sobre el salmo 118, Liturgia de las Horas

Santa Margarita Bays laica, catequista y apóstol de la oración

Margarita Bays, Suiza 1815-1879, canonizada el 13 de octubre de 2019

Margarita Bays era una laica humilde, cuya vida estaba oculta con Cristo en Dios. Se trataba de una mujer muy sencilla, con una vida normal, en la que todos podríamos reconocernos. No hizo nada extraordinario y, sin embargo, su existencia fue un largo y silencioso camino hacia la santidad. En la Eucaristía, la cumbre de su jornada, Cristo era su alimento y su fuerza. A través de la meditación de los misterios del Salvador, especialmente del misterio de la Pasión, logró llegar a la unión transformante con Dios. Algunos de sus contemporáneos pensaban que sus largos momentos de oración eran una pérdida de tiempo. Pero cuanto más intensa era su oración, más se acercaba a Dios y más se dedicaba al servicio de sus hermanos. Porque sólo aquel que reza conoce realmente a Dios. De esta manera descubrimos el importante lugar que ocupa la oración en la vida del laico. La oración no nos aleja del mundo. Al contrario, libera el ser interior, dispone al perdón y a la vida fraterna. La misión vivida por Margarita Bays es la misión que incumbe a todo cristiano.

Cuando enseñaba el catecismo a los niños de su pueblo, trataba de presentarles el mensaje del Evangelio con un lenguaje comprensible para ellos. Se ocupaba también desinteresadamente de los pobres y los enfermos. Aunque nunca salió de su país, tenía el corazón abierto a las dimensiones de la Iglesia universal y del mundo. Con el espíritu misionero que la caracterizaba, introdujo en su parroquia las obras de la Propagación de la fe y de la Santa Infancia. En Margarita Bays descubrimos todo lo que el Señor hizo para hacerla llegar a la santidad: Margarita caminó humildemente con Dios, ejecutando cada gesto de su vida diaria por amor.

Margarita Bays nos exhorta a hacer de nuestra existencia un camino de amor y nos recuerda nuestra misión en el mundo: anunciar el Evangelio en cualquier ocasión, ya sea o no oportuna, y en particular a los jóvenes. Nos invita a hacerles descubrir la grandeza de los sacramentos de la Iglesia. ¿Cómo podrían los jóvenes de hoy reconocer al Salvador en su camino, si no se les inicia a los misterios cristianos? ¿Cómo podrían acercarse a la mesa eucarística y al sacramento del perdón si nadie les hace descubrir su riqueza, como supo hacerlo Margarita Bays?

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 29 de octubre de 1995

Evitar las malas lecturas


Si deseáis que os manifieste una cosa que me preocupa mucho, os la diré. Tenedlo bien presente: no leáis nunca libros de cuya excelencia no estéis seguros, sin pedir antes consejo a quien os lo pueda dar con recto criterio. Por caridad, no leáis ningún libro malo, y tampoco aquellos que no son convenientes para vuestra edad o para las circunstancias en que os encontrareis, y que por lo tanto pueden resultar peligrosos para vuestras almas. Entregádselos (si los tenéis) a los Superiores, o destruidlos inmediatamente.

Todo lo que se dice de los libros que atacan las buenas costumbres, se aplica también a los que van contra la religión, contra la Iglesia, contra sus ministros, contra las prácticas de piedad; porque no sólo se trata de preservar las buenas costumbres, sino que principalmente es necesario mantener nuestra fe pura e inmaculada; aquella fe sin la cual, dice San Pablo, es imposible agradar a Dios; que es la vida del hombre justo; aquella fe, en cuyo testimonio vertieron su sangre millares de mártires.

Y aun suponiendo que en libros de tal naturaleza pudieran encontrarse ciertas bellezas literarias, yo os pregunto: “¿Beberías vosotros gustosamente un licor que sabéis estar envenenado, sólo porque se os ofrece en copa de oro?” Indudablemente, no. Tanto más, cuanto que entre nosotros, los católicos, sin necesidad de recurrir a tales obras, pueden hallarse otras innumerables -en cualquier ramo de las ciencias divinas y humanas- aptas para distraernos e instruirnos sin peligro alguno, y por el contrario, con inmenso provecho de nuestras almas.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Los símbolos católicos escondidos en El Señor de los Anillos


Tolkien es considerado uno de los mejores escritores en lengua inglesa. Su novela “El Señor de los anillos” tiene millones de admiradores. Nació en 1892, pero casi no conoció a su padre y su madre falleció cuando tenía 12 años. Quedó al cuidado de los sacerdotes oratorianos y su tutor legal fue el Padre Francis Xavier Morgan. A través de él conoció las ideas del cardenal Newman. Por eso, el experto en Tolkien Joseph Pearce, autor del libro “Tolkien: hombre y mito”; dice que “El Hobbit” y “El Señor de los Anillos” reflejan su fe católica.

Joseph Pearce:

“Dijo que El Señor de los Anillos es una obra fundamentalmente religiosa y católica, inconscientemente al principio, conscientemente en la revisión. Hizo que cualquier cosa en la historia que no fuera fiel a la comprensión católica de la realidad, a la teología católica, se corrigiese para asegurarse de que el 'El Señor de los Anillos' se ajustara a la fe católica”.

Según Joseph Pearce, hay muchos eventos y fechas importantes que ocurren en “El Señor de los Anillos” que están relacionados con el catolicismo.

Joseph Pearce:

“El uso del anillo es cometer pecado, el acto del pecado. Sin embargo, llevarlo, llevarlo es como cargar la cruz. Entonces Frodo se convierte en un portador de la cruz y, por lo tanto, una figura de Cristo. Otra cosa interesante es la comunidad del Anillo que sale de Rivendel el 25 de diciembre. El viaje de Frodo de Rivendel a la Montaña de Fuego, que recuerda al Gólgota, es la vida de Cristo, desde su nacimiento hasta su muerte”.

Recuerda que en la novela, el anillo se destruye el 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la Virgen María. Algunos creen que ese día coincide con la fecha en la que Cristo fue crucificado. Por eso, la destrucción del anillo es el mismo día en que Jesús se hace hombre y también el día en que derrotó al pecado. Según Joseph Pearce, aunque al principio muchas personas pasan por alto el catolicismo de “El Señor de los Anillos”, Tolkien tenía la intención de comunicar la fe a través de la narración, un enfoque que Jesús usó también en sus parábolas.

Joseph Pearce:

“Entonces, si Cristo mismo santifica las historias, al enseñarnos algunas de las lecciones importantes a través de la narración de historias, podemos ver cómo las historias, cómo la ficción puede ser una forma muy poderosa de transmitir la verdad”.

Para Joseph Pearce, esta forma sutil de Tolkien de utilizar estas novelas de fantasía para comunicar la fe permite a los no cristianos entrar en la historia y también acercarse a Jesús.

Fuente: romereports.com

Sobre la Oración dominical, el Padre nuestro


A nosotros, cuando oramos, nos son necesarias las palabras: ellas nos amonestan y nos descubren lo que debemos pedir, pero lejos de nosotros el pensar que las palabras de nuestra oración sirvan para mostrar a Dios lo que necesitamos o para forzarlo a concedérnoslo.

Por tanto, al decir: Santificado sea tu nombre, nos amonestamos a nosotros mismos para que deseemos que el nombre del Señor, que siempre es santo en sí mismo, sea también tenido como santo por los hombres, es decir, que no sea nunca despreciado por ellos; lo cual, ciertamente redunda en bien de los mismos hombres y no en bien de Dios. Y cuando añadimos: Venga a nosotros tu reino, lo que pedimos es que crezca nuestro deseo de que este reino llegue a nosotros y de que nosotros podamos reinar en él, pues el reino de Dios vendrá ciertamente, lo queramos o no. Cuando decimos: Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, pedimos que el Señor nos otorgue la virtud de la obediencia, para que así cumplamos su voluntad como la cumplen sus ángeles en el cielo. Cuando decimos: Danos hoy nuestro pan de cada día, con el hoy queremos significar el tiempo presente, para el cual, al pedir el alimento principal, pedimos ya lo suficiente, pues con la palabra pan significamos todo cuanto necesitamos, incluso el sacramento de los fieles, el cual nos es necesario en esta vida temporal, aunque no sea para alimentarla, sino para conseguir la vida eterna. Cuando decimos: Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, nos obligamos a pensar tanto en lo que pedimos como en lo que debemos hacer, no sea que seamos indignos de alcanzar aquello por lo que oramos. Cuando decimos: No nos dejes caer en la tentación, nos exhortamos a pedir la ayuda de Dios, no sea que, privados de ella, nos sobrevenga la tentación y consintamos ante la seducción o cedamos ante la aflicción. Cuando decimos: Y líbranos del mal, recapacitamos que aún no estamos en aquel sumo bien en donde no será posible que nos sobrevenga mal alguno. Y estas últimas palabras de la oración dominical abarcan tanto, que el cristiano, sea cual fuere la tribulación en que se encuentre, tiene en esta petición su modo de gemir, su manera de llorar, las palabras con que empezar su oración, la reflexión en la cual meditar y las expresiones con que terminar dicha oración. Es, pues, muy conveniente valerse de estas palabras para grabar en nuestra memoria todas estas realidades.

Porque todas las demás palabras que podamos decir, bien sea antes de la oración, para excitar nuestro amor y para adquirir conciencia clara de lo que vamos a pedir, bien sea en la misma oración, para acrecentar su intensidad, no dicen otra cosa que lo que ya se contiene en la oración dominical, si hacemos la oración de modo conveniente. Y quien en la oración dice algo que no puede referirse a esta oración evangélica, si no ora ilícitamente, por lo menos hay que decir que ora de una manera carnal. Aunque no sé hasta qué punto puede llamarse lícita una tal oración, pues a los renacidos en el Espíritu solamente les conviene orar con una oración espiritual.

Fuente: De la carta de san Agustín a Proba, Liturgia de las Horas

Que nuestro deseo de la vida eterna se ejercite en la oración


¿Por qué en la oración nos preocupamos de tantas cosas y nos preguntamos cómo hemos de orar, temiendo que nuestras plegarias no procedan con rectitud, en lugar de limitarnos a decir con el salmo: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo? En aquella morada, los días no consisten en el empezar y en el pasar uno después de otro ni el comienzo de un día significa el fin del anterior; todos los días se dan simultáneamente, y ninguno se termina allí donde ni la vida ni sus días tienen fin.

Para que lográramos esta vida dichosa, la misma Vida verdadera y dichosa nos enseñó a orar; pero no quiso que lo hiciéramos con muchas palabras, como si nos escuchara mejor cuanto más locuaces nos mostráramos, pues, como el mismo Señor dijo, oramos a aquel que conoce nuestras necesidades aun antes de que se las expongamos.

Puede resultar extraño que nos exhorte a orar aquel que conoce nuestras necesidades antes de que se las expongamos, si no comprendemos que nuestro Dios y Señor no pretende que le descubramos nuestros deseos, pues él ciertamente no puede desconocerlos, sino que pretende que, por la oración, se acreciente nuestra capacidad de desear, para que así nos hagamos más capaces de recibir los dones que nos prepara. Sus dones, en efecto, son muy grandes, y nuestra capacidad de recibir es pequeña e insignificante. Por eso, se nos dice: Dilatad vuestro corazón.

Cuanto más fielmente creemos, más firmemente esperamos y más ardientemente deseamos este don, más capaces somos de recibirlo; se trata de un don realmente inmenso, tanto, que ni el ojo vio, pues no se trata de un color; ni el oído oyó, pues no es ningún sonido; ni vino al pensamiento del hombre, ya que es el pensamiento del hombre el que debe ir a aquel don para alcanzarlo.

Así, pues, constantemente oramos por medio de la fe, de la esperanza y de la caridad, con un deseo ininterrumpido. Pero, además, en determinados días y horas, oramos a Dios también con palabras, para que, amonestándonos a nosotros mismos por medio de estos signos externos, vayamos tomando conciencia de cómo progresamos en nuestro deseo y, de este modo, nos animemos a proseguir en él. Porque, sin duda alguna, el efecto será tanto mayor, cuanto más intenso haya sido el afecto que lo hubiera precedido. Por tanto, aquello que nos dice el Apóstol: Sed constantes en orar, ¿qué otra cosa puede significar sino que debemos desear incesantemente la vida dichosa, que es la vida eterna, la cual nos ha de venir del único que la puede dar?

Fuente: De la carta de san Agustín a Proba, Liturgia de las Horas

El que haya madurado por la Gracia, se alegrará en el Reino de los Cielos


Hermanos y amigos muy queridos: Consideradlo una y otra vez: Dios, al principio de los tiempos, dispuso el cielo y la tierra y todo lo que existe, meditad luego por qué y con qué finalidad creó de modo especial al hombre a su imagen y semejanza.

Si en este mundo, lleno de peligros y de miserias, no reconociéramos al Señor como creador, de nada nos serviría haber nacido ni continuar aún vivos. Aunque por la gracia de Dios hemos venido a este mundo y también por la gracia de Dios hemos recibido el bautismo y hemos ingresado en la Iglesia, y, convertidos en discípulos del Señor, llevamos un nombre glorioso, ¿de qué nos serviría un nombre tan excelso, si no correspondiera a la realidad? Si así fuera, no tendría sentido haber venido a este mundo y formar parte de la Iglesia; más aún, esto equivaldría a traicionar al Señor y su gracia. Mejor sería no haber nacido que recibir la gracia del Señor y pecar contra él.

Considerad al agricultor cuando siembra en su campo: a su debido tiempo ara la tierra, luego la abona con estiércol y, sometiéndose de buen grado al trabajo y al calor, cultiva la valiosa semilla. Cuando llega el tiempo de la siega, si las espigas están bien llenas, su corazón se alegra y salta de felicidad, olvidándose del trabajo y del sudor. Pero si las espigas resultan vacías y no encuentra en ellas más que paja y cáscara, el agricultor se acuerda del duro trabajo y del sudor y abandona aquel campo en el que tanto había trabajado.

De manera semejante el Señor hace de la tierra su campo, de nosotros, los hombres, el arroz, de la gracia el abono, y por la encarnación y la redención nos riega con su Sangre, para que podamos crecer y llegar a la madurez. Cuando en el día del juicio llegue el momento de la siega, el que haya madurado por la gracia se alegrará en el reino de los cielos como hijo adoptivo de Dios, pero el que no haya madurado se convertirá en enemigo, a pesar de que él también ya había sido hijo adoptivo de Dios, y sufrirá el castigo eterno merecido.

Hermanos muy amados, tened esto presente: Jesús, nuestro Señor, al bajar a este mundo, soportó innumerables padecimientos, con su Pasión fundó la santa Iglesia y la hace crecer con los sufrimientos de los fieles. Por más que los poderes del mundo la opriman y la ataquen, nunca podrán derrotarla. Después de la ascensión de Jesús, desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy, la Iglesia santa va creciendo por todas partes en medio de tribulaciones.

Fuente: De la última exhortación de san Andrés Kim Taegon, presbítero y mártir

Nuestro fin es glorificar a Dios


Tú, Señor, eres bueno y clemente, rico en misericordia; ¿quién, que haya empezado a gustar, por poco que sea, la dulzura de tu dominio paternal, dejará de servirte con todo el corazón? ¿Qué es, Señor, lo que mandas a tus siervos? Tomad -nos dices- sobre vosotros mi yugo. ¿Y cómo es este yugo tuyo? Mi yugo -añades- es suave y mi carga ligera. ¿Quién no llevará de buena gana un yugo que no oprime, sino que halaga, y una carga que no pesa, sino que da nueva fuerza? Con razón añades: Y hallaréis descanso para vuestras almas. ¿Y cuál es este yugo tuyo que no fatiga, sino que da reposo? Por supuesto aquel mandamiento, el primero y el más grande: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón. ¿Qué más fácil, más suave, más dulce que amar la bondad, la belleza y el amor, todo lo cual eres tú, Señor, Dios mío?

¿Acaso no prometes además un premio a los que guardan tus mandamientos, más preciosos que el oro fino, más dulces que la miel de un panal? Por cierto que sí, y un premio grandioso, como dice Santiago: La corona de la vida que el Señor ha prometido a los que lo aman. ¿Y qué es esta corona de la vida? Un bien superior a cuanto podamos pensar o desear, como dice san Pablo, citando al profeta Isaías: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.

En verdad es muy grande el premio que proporciona la observancia de tus mandamientos. Y no sólo aquel mandamiento, el primero y el más grande, es provechoso para el hombre que lo cumple, no para Dios que lo impone, sino que también los demás mandamientos de Dios perfeccionan al que los cumple, lo embellecen, lo instruyen, lo ilustran, lo hacen en definitiva bueno y feliz. Por esto, si juzgas rectamente, comprenderás que has sido creado para la gloria de Dios y para tu eterna salvación, comprenderás que éste es tu fin, que éste es el objetivo de tu alma, el tesoro de tu corazón. Si llegas a este fin, serás dichoso; si no lo alcanzas, serás un desdichado.

Por consiguiente, debes considerar como realmente bueno lo que te lleva a tu fin, y como realmente malo lo que te aparta del mismo. Para el auténtico sabio, lo próspero y lo adverso, la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, los honores y los desprecios, la vida y la muerte son cosas que, de por sí, no son ni deseables ni aborrecibles. Si contribuyen a la gloria de Dios y a tu felicidad eterna, son cosas buenas y deseables; de lo contrario, son malas y aborrecibles.

Fuente: De un Tratado de san Roberto Belarmino, Liturgia de las Horas

Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia


Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde el perdonar los pecados, por eso, sólo a él debemos confesar nuestras culpas. Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa insignificante y débil, haciendo de esta esclava una reina y colocando a la que estaba bajo sus pies a su mismo lado, pues de su lado, en efecto, nació la Iglesia y de su lado la tomó como esposa, y así como lo que es del Padre es también del Hijo y lo que es del Hijo es también del Padre, a causa de la unidad de naturaleza de ambos, así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre. Por ello, en la oración que hizo el Hijo en favor de su esposa, dice al Padre: Quiero, Padre, que, así como tú estás en mí y yo en ti, sean también ellos una cosa en nosotros.

El esposo, por tanto, que es uno con el Padre y uno con la esposa, destruyó aquello que había hallado menos santo en su esposa y lo clavó en la cruz, llevando al leño sus pecados y destruyéndolos por medio del madero. Lo que por naturaleza pertenecía a la esposa y era propio de ella lo asumió y se lo revistió, lo que era divino y pertenecía a su propia naturaleza lo comunicó a su esposa. Suprimió, en efecto, lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino, para que así, entre la esposa y el esposo, todo fuera común. Por ello el que no cometió pecado ni le encontraron engaño en su boca pudo decir: Misericordia, Señor, que desfallezco. De esta manera participa él en la debilidad y en el llanto de su esposa y todo resulta común entre el esposo y la esposa, incluso el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados; por ello dice: Ve a presentarte al sacerdote.

La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto, no debe separar el hombre lo que Dios ha unido. Gran misterio es éste; pero yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

No te empeñes, pues, en separar la cabeza del cuerpo, no impidas la acción del Cristo total, pues ni Cristo está entero sin la Iglesia ni la Iglesia está íntegra sin Cristo. El Cristo total e íntegro lo forman la cabeza y el cuerpo, por ello dice: Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo. Éste es el único hombre que puede perdonar los pecados.

Fuente: De los Sermones del beato Isaac de Stella, Liturgia de las Horas

La comunión con los santos


Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros. Como esta Iglesia está gobernada por un solo y mismo Espíritu, todos los bienes que ella ha recibido forman necesariamente un fondo común.

La expresión “comunión de los santos” indica, ante todo, la común participación de todos los miembros de la Iglesia en las cosas santas: la fe, los sacramentos, en particular en la Eucaristía, los carismas y otros dones espirituales. En la raíz de la comunión está la caridad que no busca su propio interés, sino que impulsa a los fieles a poner todo en común, incluso los propios bienes materiales, para el servicio de los más pobres.

La expresión comunión de los santos designa también la comunión entre las personas santas, es decir, entre quienes por la gracia están unidos a Cristo muerto y resucitado. Unos viven aún peregrinos en este mundo; otros, ya difuntos, se purifican, ayudados también por nuestras plegarias; otros, finalmente, gozan ya de la gloria de Dios e interceden por nosotros. Todos juntos forman en Cristo una sola familia, la Iglesia, para alabanza y gloria de la Trinidad.

En virtud de la comunión de los santos, la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico, pero también limosnas, indulgencias y obras de penitencia.

Fuente: Catecismo de la Iglesia Católica

Lectura orante de la Sagrada Escritura y lectio divina


La Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana. Como dice san Agustín: “Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios”. Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor.

En la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma. Así como la adoración eucarística prepara, acompaña y prolonga la liturgia eucarística, así también la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico.

La lectio divina, es verdaderamente capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente. Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sigue después la meditación en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración, que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? La contemplación tiende a crear en nosotros una visión según Dios, de la realidad y a formar en nosotros la mente de Cristo. Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción, que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Exhortación apostólica Verbum Domini

El testimonio de una madre


Me llamo Rosa Pich. Nací en Barcelona hace algo más de 50 años y soy la octava de 16 hermanos. Me casé en el 89 con quien ha sido mi más fiel acompañante, José María Postigo. Él era el séptimo de 14 hermanos.

Mi marido y yo teníamos la ilusión de formar una familia numerosa. Nos casamos jóvenes: él con 28 y yo con 23 años. Ambos proveníamos de familias numerosas. Al año de casarnos tuvimos la ilusión de ver llegar a nuestra primera hija, pero a las pocas horas de nacer tuvieron que llevársela de nuestro lado pues había nacido con una cardiopatía muy severa y debían trasladarla a un hospital con más medios técnicos. Esos primeros días, los médicos nos avisaron de que no viviría más de tres años; pero gracias a Dios, con operaciones y marcapasos, vivió hasta los 22. Nuestro segundo hijo, Javi, murió al año y medio, también a causa de un problema de corazón. Nuestra tercera hija, Montsita, murió a los 10 días, pues había nacido sin aorta. En menos de cuatro meses tuvimos que enterrar a dos de nuestros hijos y con la incertidumbre de que la mayor pudiera sobrevivir: fueron tiempos difíciles.

Los médicos nos aconsejaron que no tuviéramos más hijos pues, si hasta ese momento todos habían nacido enfermos, los siguientes también nacerían con problemas. “No tengáis más hijos” fue el mensaje claro y directo. Pero nacieron 15 más. La decisión de papá y mamá de engendrar una nueva vida es una decisión de los dos, y solo nosotros decidimos sobre estos aspectos.

Mi marido se falleció el 6 de marzo de 2017 debido a un cáncer de hígado. Ahora nos cuida desde Arriba. Es muy duro, pero gracias a la fe en Dios Padre, estar delante del Santísimo, rezar el Rosario todos los días en familia, la Misa diaria, gracias a que me siento querida y arropada por 15 hijos es posible tomar la Cruz y seguir adelante.

Fuente: Cf. comoserfelizconunodostreshijos.com

San José, protector de la infancia


¿Qué hacemos nosotros para proteger a la infancia? Hay infantes entre nosotros que reclaman toda nuestra protección.

Unos abandonados por madres mercenarias o pecadoras, o que les procuran la muerte antes que vengan al mundo; otros expuestos al vicio y a la prostitución antes que sepan casi darse razón de lo que es malo; y todos o la mayor parte en peligro de perder sus almas, que es lo que más vale de este mundo, por los escándalos de palabras, de escritos, de láminas, etc., etc., o porque corrompen su inteligencia con el error que se les comunica en las escuelas laicas, de perdición y sin Dios.

Contra todos estos y otros innumerables e inminentes males que amenazan a la débil infancia, aprovechemos el patrocinio de san José, presentemos nuestras oraciones a Jesús y a María por manos del Santo, y la suerte de la infancia se mejorará.

¡Oh Santo protector de la infancia, que libraste a Jesús de las celadas y persecución de Herodes que quería darle muerte! Libra a la infancia desvalida de las asechanzas del Herodes infernal que quiere matar sus almas, robarles su inocencia y su gracia, para que, libres de sus garras, alcancen la salvación eterna. Amén.

Fuente: San Enrique de Ossó, El devoto josefino

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