Vía Crucis Eucarístico (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez.

Tan agotado de sangre se vio Jesús después de tres horas de agonía y de los golpes de la flagelación, tan debilitado por la terrible noche que pasó bajo la guardia de sus enemigos, que, tras algunos momentos de marcha, cae abrumado bajo el peso de la cruz.

¡Cuántas veces cae Jesús sacramentado por tierra en las santas partículas sin que nadie se dé cuenta!

Mas lo que le hace caer de dolor es la vista del primer pecado mortal que mancilló mi alma.

¡Cuánto más dolorosa no es la caída de Jesús en el corazón de un joven que le recibe indignamente en el día de su primera comunión!

Cae en un corazón helado, que el fuego de su amor no puede derretir; en un espíritu orgulloso y fingido, sin poder conmoverlo; en un cuerpo que no es más que sepulcro lleno de podredumbre. ¿Así por ventura hemos de tratar a Jesús la primera vez que viene a nosotros tan lleno de amor? ¡Oh Dios! ¡Tan joven y ya tan culpable! ¡Comenzar tan pronto a ser un Judas! ¡Cuán sensible es al Corazón de Jesús; una primera comunión sacrílega!

¡Gracias, oh Jesús mío, por el amor que me mostrasteis en mi primera comunión! Nunca lo he de olvidar. Vuestro soy, del mismo modo que Vos sois mío; haced de mí lo que os plazca.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (II)


Segunda estación: Jesús, cargado con la Cruz

En Jerusalén los judíos imponen a Jesús una pesada e ignominiosa cruz, que era considerada entonces como el instrumento de suplicio propio del último de los hombres. Jesús recibe con gozo esta cruz abrumadora; se apresura a recibirla, la abraza con amor y la lleva con dulzura.

Así nos la quiere suavizar, aliviar y deificar en su sangre.

En el santísimo Sacramento del altar los malos cristianos imponen a Jesús una cruz mucho más pesada e ignominiosa para su Corazón. La constituyen las irreverencias de tantos en el santo lugar; su espíritu, tan poco recogido; su corazón, tan frío en la presencia del Señor, y su tan tibia devoción. ¡Qué cruz más humillante para Jesús tener hijos tan poco respetuosos y discípulos tan miserables!

Aun ahora Jesús lleva mis cruces en su sacramento, las pone en su Corazón para santificarlas y las cubre con su amor y besos, para que me sean amables; mas quiere que las lleve también yo por Él y se las ofrezca; se allana a recibir los desahogos de mi dolor y sufre que yo llore mis cruces y le pida consuelo y auxilio.

¡Cuán ligera se vuelve la cruz que pasa por la Eucaristía! ¡Cuán bella y radiante sale del Corazón de Jesús! ¡Da gusto recibirla de sus manos y besarla tras Él! A la Eucaristía iré, por tanto, para refugiarme en las penas, para consolarme y fortalecerme. En la Eucaristía aprenderé a sufrir y a morir.

¡Perdón, Señor, perdón por todos los que os tratan con irreverencia en vuestro sacramento de amor! ¡Perdón por mis indiferencias y olvidos en vuestra presencia! ¡Quiero amaros; os amo con todo mi corazón!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Amar hasta dar la vida

“No hay amor más grande que dar la vida por aquellos que se ama...”

María Cristina Mocellin estaba enferma de cáncer cuando Ricardo, su hijo menor, tenía sólo dos meses de concebido. Su ejemplo, similar al de santa Gianna Beretta Molla, nos muestra lo que significa amar hasta dar la vida.

Vale la pena releer la carta que quiso dejar a su pequeño Ricardo antes de morir:

“Querido Ricardo, cuando supimos que existías, te amamos y quisimos con todas nuestras fuerzas. Recuerdo el día en el que el doctor me dijo que volvían a diagnosticarme tumor en la ingle. Mi reacción fue la de repetir varias veces: ¡estoy embarazada!, ¡estoy embarazada! Me opuse con todas mis fuerzas a renunciar a ti, tanto que el médico comprendió todo y no añadió nada más. Aquella tarde, en el coche, de regreso del hospital, cuando te moviste por primera vez, parecía que me decías: ¡Gracias mamá por amarme! ¿Y cómo podríamos no amarte? Pienso que no existe ningún sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarnos de alegría: tenemos tres niños maravillosos que, si Él así lo querrá, con su gracia, podrán crecer como Él desee. Sólo puedo dar gracias a Dios porque ha querido hacernos este regalo tan grande, nuestros hijos.”

El 22 de Octubre de 1995, antes de fallecer, repetía: “Hacer tu Voluntad Señor, es mi paz”. Su causa de beatificación ha sido iniciada en la diócesis de Padua donde vive todavía la familia Mocellin, difundiendo el luminoso ejemplo de la Sierva de Dios.

Oración: Oh Señor, fuente de todo bien, Tú has iluminado de manera admirable a esta joven madre, y se ha convertido en un ejemplo de fe, de vida familiar y de defensa de la vida. María Cristina ha preparado y construido una familia verdaderamente cristiana, haciendo que cada elección de su vida estuviera de acuerdo con el Evangelio. En la Eucaristía siempre encontró el consuelo y el valor para afrontar todas las dificultades de la vida. Te pedimos, oh Padre, que te dignes glorificar en la tierra a esta tu humilde Sierva, que por tu bondad, confiamos que ya la has recompensado en el cielo. Que su vida sea un ejemplo para nuestras familias cristianas. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. amicidicristinaonlus.it

Vía Crucis Eucarístico (I)


Primera estación: Jesús, condenado a muerte.

Jesús es condenado por los suyos, por aquellos mismos a quienes ha colmado de favores. Se lo condena cual si fuera un sedicioso, a Él, que es la bondad misma; como blasfemo, siendo así que es la misma santidad; como ambicioso, cuando se hizo el último de todos. Como si fuera el último de los esclavos, es condenado a la muerte de cruz.

Como vino a este mundo para sufrir y morir y para enseñarnos a hacer ambas cosas, Jesús acepta con amor la inicua sentencia de muerte.

También en la Eucaristía es Jesús condenado a muerte. Condenado en sus gracias, que no se quieren; en su amor, que se desconoce; en su estado sacramental, en que es negado por el incrédulo y profanado por horribles sacrilegios. Por una comunión indigna vende a Jesucristo un mal cristiano al demonio, entrégalo a las pasiones, lo pone a los pies de Satanás, rey de su corazón; le crucifica en su cuerpo de pecado.

Los malos cristianos maltratan a Jesús más que los mismos judíos, por cuanto en Jerusalén fue condenado una sola vez, en tanto que en el santísimo Sacramento es condenado todos los días y en infinidad de lugares y por un número espantoso de inicuos jueces.

Y a pesar de todo, Jesús se deja insultar, despreciar, condenar; y sigue viviendo en el Sacramento, para demostrarnos que su amor hacia nosotros es sin condiciones ni reservas y excede a nuestra ingratitud.

¡Perdón, oh Jesús, y mil veces perdón, por todos los sacrilegios! Si me acontece cometer uno sólo, he de pasar toda la vida reparándolo. Quiero amaros y honraros por todos los que os desprecian. Dadme la gracia de morir con vos.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La Eucaristía y la muerte del Salvador


La Sagrada Eucaristía, desde cualquier aspecto que se la considere, nos recuerda de una manera patente la muerte del Señor.

¿Por qué quiso Jesucristo establecer relaciones tan íntimas entre su muerte y la Eucaristía? Ante todo, para recordarnos cuánto le ha costado este Sacramento. La Eucaristía es, en efecto, fruto de la muerte de Jesús. Cuantas veces nos hallamos en presencia de la Eucaristía debemos exclamar: Este precioso testamento ha costado la vida a Jesucristo y nos da a conocer la inmensidad de su amor, ya que Él mismo dijo que la mayor prueba de amor es dar la vida por sus amigos. La prueba suprema del Amor de Jesús es el haber muerto por conquistarnos y dejarnos la Eucaristía. ¡Cuán pocos son los que tienen en cuenta este precio de la Eucaristía!

Jesucristo quiso igualmente establecer estas relaciones señaladas para significarnos incesantemente los efectos que debe producir la Eucaristía en nosotros. Los cuales son: primero, hacernos morir al pecado y a las inclinaciones viciosas. Segundo, hacernos morir al mundo y crucificarnos con Jesucristo, según expresión de San Pablo. Tercero, hacernos morir a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestros deseos, a nuestros sentidos, para que podamos revestirnos de Jesucristo, para que pueda Él vivir en nosotros y nosotros no ser otra cosa que miembros suyos sumisos a su voluntad. Por último, la Eucaristía nos hace partícipes de la resurrección gloriosa de Jesús.

Tales son algunas de las razones que indujeron a Jesucristo a rodear con tantas señales de muerte este sacramento de vida, donde reside glorioso y donde triunfa su amor. Quiere ponernos continuamente a la vista el precio de nuestro rescate y la manera de corresponder a su amor. ¡Oh, Señor, le diremos con la Iglesia, que nos dejaste en el admirable Sacramento la memoria de tu pasión, concédenos que de tal manera veneremos los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre, que experimentemos continuamente en nosotros los frutos de tu redención!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El arte sin Cristo


"Que vuestro arte contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno" (San Juan Pablo II a los artistas, 4 de abril de 1999)

La estética de la fealdad es el rasgo propio del mundo sin Cristo. El mismo espíritu que en Occidente rechaza a Dios y a su Cristo, es el que malea la vida social y política, rompe las familias, reduce extremadamente la natalidad, vacía la filosofía de toda verdad, desprecia la tradición cultural por principio, deshumaniza a los pueblos, y lógicamente, degrada todas las artes, hundiéndolas en la fealdad. Es un mismo impulso descendente. Va todo junto.

Lo que hoy suele llamarse arte moderno es congénitamente feo. Partiendo los artistas de un mismo espíritu falso, malo y feo, extienden a todas las modalidades del arte una fealdad, en cierto modo consciente y voluntaria, que en ningún momento de su historia ha afectado en grado semejante a las artes de la humanidad. Y es necesario reconocer que el imperio estético del feísmo se ha producido justamente al llegar las naciones más cultas a una apostasía generalizada de la fe cristiana.

El ateísmo produce un hombre espiritualmente feo, en sí mismo oscuro, contradictorio y trivial, que no puede producir obras profundamente bellas. Un artista egoísta y amargado, por ejemplo, que prefiere el mal al bien, la mentira a la verdad, el caos al orden armonioso, que no sabe perdonar, que estima absurda la vida, que está desesperado y que acabará posiblemente en la droga o el suicidio, es incapaz de producir una obra de arte llena de luminosidad y armonía, pletórica de fuerza y alegría, profundidad y transcendencia. Del mismo modo, una cultura muy alejada de la verdad y del bien, es decir, de Dios, se hace incapaz de producir obras verdaderamente bellas. Por eso, el arte del mundo descristianizado, en cuanto que pretende realizarse rechazando a Dios, y concretamente, sin Cristo, está a priori condenado a la fealdad, como lo comprobamos a posteriori.

Fuente: Cf. infocatolica.com

No hemos de avergonzarnos de la Cruz


Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo motivo de gloria es la Cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que tan bien sabía de ello: En cuanto a mí, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de Cristo.

El triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.

Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos de ella. Porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los griegos, mas para nosotros es salvación. Para los que están en vías de perdición es necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre.

Él no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dice: Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Fue, pues, a la pasión por su libre determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba a obtener, gozoso por la salvación de los hombres; al no rechazar la cruz, daba la salvación al mundo.

Por lo tanto, que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de persecución has de tener la misma confianza, de lo contrario, serías amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias que te otorga la munificencia de tu Rey; cuando sobrevenga la lucha, pelea denodadamente por tu Rey.

Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú, ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti? No eres tú quien le haces un favor a él, ya que tú has recibido primero; lo que haces es devolverle el favor, saldando la deuda que tienes con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota.

Fuente: De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

Si el mundo que busca a Dios supiera


Si el mundo que busca a Dios supiera... Si supieran esos sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las eternas discusiones. Si supieran los hombres dónde se encuentra Dios, cuántas guerras se impedirían, cuánta paz habría en el mundo, cuántas almas se salvarían.

Insensatos y necios, que buscáis a Dios donde no está.

Escuchad, y asombraos. Dios está en el corazón del hombre, yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el corazón del hombre, cuando este corazón vive desprendido de todo lo que no es Él. Cuando este corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas, y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a recibir al Único que llena de veras.

Qué dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del corazón. Qué suavidad tan grande es verse lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir así.

Qué poco cuesta, mejor dicho, nada cuesta, hacer lo que Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y el sufrimiento, es paz, pues se sufre por amor.

Sólo Dios llena el alma, y la llena toda.

No hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe. Sólo el pensar en ofenderle y en perderlo, la hace sufrir.

Fuente: De los escritos de San Rafael Arnáiz

La Escritura contiene palabras de vida eterna


La finalidad o fruto de la sagrada Escritura no es cosa de poca importancia, pues tiene como objeto la plenitud de la felicidad eterna. Porque la Escritura contiene palabras de vida eterna, puesto que se ha escrito no sólo para que creamos, sino también para que alcancemos la vida eterna, aquella vida en la cual veremos, amaremos y serán saciados todos nuestros deseos; y, una vez éstos saciados, entonces conoceremos verdaderamente el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, y así quedaremos colmados hasta poseer toda la plenitud de Dios. En esta plenitud, de que nos habla el Apóstol, la sagrada Escritura se esfuerza por introducirnos. Ésta es la finalidad, ésta es la intención que ha de guiarnos al estudiar, enseñar y escuchar la sagrada Escritura.

Y, para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debemos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Creador de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él, por su Hijo, en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, el amor, para que así, conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de la sagrada Escritura y, por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extasiado de la santísima Trinidad; a ello tienden los anhelos de los santos, en ello consiste la plenitud y la perfección de todo lo bueno y verdadero.

Fuente: Del Breviloquio de san Buenaventura, obispo

El amor conyugal y sus características


La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor, “el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra”.

El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas. En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia.

Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias características del amor conyugal, siendo de suma importancia tener una idea exacta de ellas.

Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.

Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama sólo por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.

Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo.

El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera.

Es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres.

Fuente: San Pablo VI, Carta encíclica Humanae Vitae

Castidad y caridad


La castidad, la caridad y la humildad carecen externamente de relieve, pero no de belleza; y, ciertamente, no es poca su belleza, ya que llenan de gozo a la divina mirada. ¿Qué hay más hermoso que la castidad, la cual purifica al que ha sido concebido de la corrupción, convierte en familiar de Dios al que es su enemigo y hace del hombre un ángel?

El hombre casto y el ángel son diferentes por su felicidad, pero no por su virtud. Y, si bien la castidad del ángel es más feliz, sabemos que la del hombre es más esforzada. Sólo la castidad significa el estado de la gloria inmortal en este tiempo y lugar de mortalidad; sólo la castidad reivindica para sí, en medio de las solemnidades nupciales, el modo de vida de aquella dichosa región en la cual ni los hombres ni las mujeres se casarán, y permite, así, en la tierra la experiencia de la vida celestial.

Sin embargo, aunque la castidad sobresalga de modo tan eminente, sin la caridad no tiene ni valor ni mérito. La castidad sin la caridad es una lámpara sin aceite; y, no obstante, como dice el sabio, qué hermosa es la generación casta, con caridad, con aquella caridad que, como escribe el Apóstol, brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera.

Fuente: De las cartas de san Bernardo, abad

De la Carta Apostólica Mulieris dignitatem (II)


En la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del hombre, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino. El humano engendrar es común al hombre y a la mujer. Y si la mujer, guiada por el amor hacia su marido, dice: “te he dado un hijo”, sus palabras significan al mismo tiempo: “este es nuestro hijo”. Sin embargo, aunque los dos sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una “parte” especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal. La mujer es “la que paga” directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer. Ningún programa de “igualdad de derechos” del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto de un modo totalmente esencial.

La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular “comprende” lo que lleva en su interior. A la luz del “principio” la madre acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona. Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre, no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer. Comúnmente se piensa que la mujer es más capaz que el hombre de dirigir su atención hacia la persona concreta y que la maternidad desarrolla todavía más esta disposición. El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre, se encuentra siempre “fuera” del proceso de gestación y nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia “paternidad”. Podríamos decir que esto forma parte del normal mecanismo humano de ser padres, incluso cuando se trata de las etapas sucesivas al nacimiento del niño, especialmente al comienzo. La educación del hijo, entendida globalmente, debería abarcar en sí la doble aportación de los padres: la materna y la paterna. Sin embargo, la contribución materna es decisiva y básica para la nueva personalidad humana.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris dignitatem

De la Carta Apostólica Mulieris dignitatem (I)


La maternidad es fruto de la unión matrimonial de un hombre y de una mujer, es decir, de aquel “conocimiento” bíblico que corresponde a la “unión de los dos en una sola carne”; de este modo se realiza por parte de la mujer un “don de sí” especial, como expresión de aquel amor esponsal mediante el cual los esposos se unen íntimamente para ser una sola carne.

El don recíproco de la persona en el matrimonio se abre hacia el don de una nueva vida, es decir, de un nuevo hombre, que es también persona a semejanza de sus padres. La maternidad, ya desde el comienzo mismo, implica una apertura especial hacia la nueva persona; y éste es precisamente el “papel” de la mujer. En dicha apertura, esto es, en el concebir y dar a luz el hijo, la mujer “se realiza en plenitud a través del don sincero de sí”. El don de la disponibilidad interior para aceptar al hijo y traerle al mundo está vinculado a la unión matrimonial que, como se ha dicho, debería constituir un momento particular del don recíproco de sí por parte de la mujer y del hombre. La concepción y el nacimiento del nuevo hombre, según la Biblia, están acompañados por las palabras siguientes de la mujer-madre: “He adquirido un varón con el favor de Yahveh” (Gén 4, 1). La exclamación de Eva, “madre de todos los vivientes”, se repite cada vez que viene al mundo una nueva criatura y expresa el gozo y la convicción de la mujer de participar en el gran misterio del eterno engendrar. Los esposos, en efecto, participan del poder creador de Dios.

La maternidad está unida a la estructura personal del ser mujer y a la dimensión personal del don. El Creador concede a los padres el don de un hijo. Por parte de la mujer, este hecho está unido de modo especial a “un don sincero de sí”. Las palabras de María en la Anunciación “hágase en mí según tu palabra” significan la disponibilidad de la mujer al don de sí, y a la aceptación de la nueva vida.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris dignitatem

Oración para antes de un viaje


Oh Dios, que hiciste caminar en un sendero seco a los hijos de Israel por en medio del mar, y que señalaste a los tres Magos el camino hacia Ti gracias a la estrella, concédenos, te rogamos, nos concedas un viaje próspero y un tiempo tranquilo, para que acompañados de tu santo Ángel, podamos felizmente llegar al lugar al que nos dirigimos y finalmente al puerto de la eterna salvación.

Oh Dios, que guardaste ileso a tu siervo Abraham en todos los caminos de su peregrinación, te rogamos que nos protejas a nosotros, siervos tuyos; sé para nosotros, Señor, amparo al emprender el viaje, alivio al proseguirlo, sombra en el calor, protección en la lluvia, abrigo en el frío, sostén en el cansancio y defensa en la adversidad; para que, con tu guía, lleguemos felizmente adonde vamos y, regresar sanos y salvos a nuestros hogares.

Te rogamos, Señor, atiendas nuestras súplicas, y ordenes prósperamente nuestra ruta, para que en todos los caminos de esta vida seamos siempre protegidos con tu auxilio.

Concédenos, te rogamos, omnipotente Dios, que ésta tu familia avance siempre por los senderos de la salvación, y que siguiendo las enseñanzas de tu precursor San Juan Bautista, lleguemos con toda seguridad a Aquel a quien anunció, Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

Vayamos en paz. En el Nombre del Señor.

Fuente: Cf. Misal diario romano

“Dios me ve”

El Beato Esteban Nehme, monje maronita

Los contemporáneos y amigos del beato Esteban relatan que siempre repetía, en secreto y en público, esta expresión: “Dios me ve”. Tenía ante los ojos a Dios, y hacía todo su trabajo como si estuviera en presencia de Dios. Repetía esta expresión seguro de que Dios le estaba mirando fijamente, penetrando en lo más profundo de su ser, para sondear sus pensamientos y sus deseos.

“Dios me ve” era el lema de su vida, meditaba en su significado espiritual y se refugiaba en él cuando las tentaciones y las dificultades turbaban la lucidez de su espíritu y la pureza de su mente. El pensamiento en Dios dominaba todos sus pensamientos. Dios y siempre Dios. Dios está aquí, murmura en su corazón, y así el trabajo se hace con más ánimo y el dolor se vuelve menos intenso. “Dios me ve” y la obediencia se vuelve más fácil, la pobreza se vuelve agradable, la tentación se aleja. “Dios me ve” y la intención se vuelve pura, los méritos se multiplican. “Dios me ve” y el pensamiento en Dios no nos abandona.

El beato tenía el pensamiento en Dios y a Dios a su alrededor. En el canto de los pájaros, el verdor de los árboles, en el trabajo, en todo esto veía a Dios. Lo veía en estas cosas aún más que en las fortunas y el dinero, y más que en la buena salud. No es suficiente para el amor la presencia del amado, sino hablar con él con respeto, confianza y alegría. Rezaba “Dios me ve” con mucho respeto. El Padrenuestro, que era un acto de esperanza y gratitud para él, lo rezaba de tal manera que la presencia de Dios llenaba su corazón de alegría y consuelo. Jamás empezaba un trabajo o una oración antes de decir con humildad: “Ahora voy a hablar a Dios, Dios me ve.” Así su interior se enciende más y más, se eleva con una piedad ardiente, y le cubre una paz celestial.

“Dios me ve” era el lema que había realizado efectivamente, haciendo todo lo que complace a Dios. Decidió vivir bajo la mirada de Dios, estar ante los ojos de Dios y gozar envuelto en su Divina Presencia, dándonos un ejemplo a imitar.

Fuente: Cf. estephannehme.org

Confirmación del celibato sacerdotal

San José Gabriel del Rosario Brochero, modelo de sacerdote fiel

“Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina...” (2 Tim. 4, 3)

El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo.

Pero se ha manifestado la expresa voluntad de solicitar de la Iglesia que reexamine esta institución suya característica, cuya observancia, según algunos, llegaría a ser ahora problemática y casi imposible en nuestro tiempo y en nuestro mundo. Una serie interminable de dificultades se presentará a los que “no... entienden esta palabra” (Mt 19, 11), no conocen u olvidan el “don de Dios” (cf. Jn 4, 10) y no saben cuál es la lógica superior de esta nueva concepción de la vida, y cual su admirable eficacia, su exuberante plenitud.

Semejante coro de objeciones parece que sofocaría la voz secular y solemne de los pastores de la Iglesia, de los maestros de espíritu, del testimonio vivido por una legión sin número de santos y de fieles ministros de Dios, que han hecho del celibato objeto interior y signo exterior de su total y gozosa donación al ministerio de Cristo. No, esta voz es también ahora fuerte y serena; no viene solamente del pasado, sino también del presente. En nuestro cuidado de observar siempre la realidad, no podemos cerrar los ojos ante esta magnífica y sorprendente realidad; hay todavía hoy en la santa Iglesia de Dios, en todas las partes del mundo, innumerables ministros sagrados que viven de modo intachable el celibato voluntario y consagrado; y junto a ellos no podemos por menos de contemplar las falanges inmensas de los religiosos, de las religiosas y aun de jóvenes y de hombres seglares, fieles todos al compromiso de la perfecta castidad; castidad vivida no por desprecio del don divino de la vida, sino por amor superior a la vida nueva que brota del misterio pascual; vivida con valiente austeridad, con gozosa espiritualidad, con ejemplar integridad. Este grandioso fenómeno prueba una singular realidad del reino de Dios, que vive en el seno de la sociedad moderna, a la que presta humilde y benéfico servicio de “luz del mundo y de sal de la tierra”.

La vigente ley del sagrado celibato debe también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida, tanto en la comunidad de los fieles, como en la profana.

Fuente: San Pablo VI, Encíclica Sacerdotalis caelibatus

Para Dios nada es imposible


Conozco a Abby desde hace años, tanto cuando estaba a un lado de la verja del centro que dirigía como al otro. He visto a cientos de creyentes rezando a sus puertas año tras año, no sólo por las madres y los niños, también por Abby y sus colegas. Al final el amor ganó el corazón de Abby, y Dios ha transformado su vida en un testimonio sorprendente e inspirador para muchas personas.

Nunca pudimos imaginar que iban a suceder estas cosas, pero afortunadamente Dios lo hizo así. Quiso que nuestro compromiso de oración y discernimiento se convirtiera en algo que llegara a cambiar la vida de tanta gente.

Ahora te toca a ti.

¿Ignorarás la llamada de Dios para "hablar por aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos"?

Sabiendo que hay millones de vidas en juego, creo que tomarás la decisión correcta, urgido a poner en práctica tu fe. Y, cuando lo hagas, no dejaré de leer sobre las personas que cambiaron gracias a ti, sobre las vidas que salvaste, los centros que se clausuraron, los trabajadores convertidos y las almas que quedaron impactadas.

Quién sabe; quizá lo que hagas pueda ayudar a marcar el comienzo del fin del aborto en el mundo.

Fuente: Abby Johnson, Sin planificar

El toque de una conversión

“Dios escuchó el llanto del niño” (Gn. 21, 17)

Nunca he visto un aborto guiado por ecografía antes, me dije.

No podía imaginar hasta qué punto esos diez minutos sacudirían la base sobre la que se asentaban mis valores y terminarían cambiando mi vida.

¿Qué voy a presenciar? Mi estómago se contrajo.

“Trece semanas”, escuché a la enfermera decir después de medir el feto para determinar el tiempo de gestación.

Al principio, el bebé no pareció darse cuenta de la presencia de la cánula.

El siguiente movimiento fue la repentina sacudida de un pequeño pie. El bebé daba patadas, como si intentara huir del extraño invasor.

El médico había girado la cánula. Y entonces, el pequeño cuerpo empezó a desaparecer ante mis ojos. La última cosa que vi fue una columna vertebral, succionada por el tubo.

Me quedé paralizada.

Dios mío, ¿qué había hecho?

Un pensamiento emergió de lo más hondo: ¡Nunca más! Nunca más.

Al recordar ese día de septiembre de 2009, me doy cuenta de lo sabio que es Dios... Entonces intenté comprender las razones que me habían llevado a esa situación: a vivir en la mentira, a difundirla y a perjudicar a tantas mujeres que en realidad quería ayudar.

Y, sentí la necesidad de saber qué debía hacer a partir de entonces.

Fuente: Abby Johnson, Sin planificar

María, elegida para ser nuestra Abogada


En todas las tempestades, lluvias y adversidades; si hay peste, guerra, hambre, tribulación, a ti acudimos todos, oh Virgen. Tú eres nuestra protección, tú nuestro refugio, tú nuestro único remedio, sostén y asilo. Como los polluelos, cuando vuela por encima el milano, se acogen bajo las alas de la gallina, así nos escondemos nosotros a la sombra de tus alas. No conocemos otro refugio más que tú; tú sola eres la única esperanza en que podemos confiar, tú la única abogada a la cual nos dirigimos. Mira, por tanto, ahora, ¡oh piadosísima!, la tribulación de esta tu hija, la Iglesia militante; atiende a esta familia, por la que murió tu Hijo Cristo, que yace en la tribulación, rodeada de enemigos, pisoteada por la incredulidad, sumida en el peligro; mira al pequeño rebaño, que en otro tiempo llenaba el orbe, recluido ahora por nuestros pecados. Inclina los ojos de tu piedad y mira qué malos tratos le da, cómo le desgarra ese dragón furibundo, y no hay quien pueda resistirle, ni levantar los ojos contra él. Pero fue elegida María para ser nuestra abogada: pues aunque tenemos por abogado para con el Padre a Jesucristo el justo, como dice san Juan, fue también preciso tener a la Madre como ahogada ante el Hijo. Ya que no es Dios sólo el ofendido por nuestros pecados cuando traspasamos sus preceptos, sino también el Hijo de Dios, cuya sangre pisoteamos con nuestros pecados, crucificándolo de nuevo. Y por eso, como intercede el Hijo ante el Padre, así intercede la Madre ante el Hijo. Por eso ha sido constituida digna abogada: digna porque es purísima, digna porque es aceptabilísima, digna porque es piadosísima; pues todo esto se requiere en una abogada.

¡Oh día feliz y delicioso, en que tal y tan excelsa Abogada se dio al mundo! ¡Oh día digno de ser celebrado con gran regocijo, en que tal don hemos recibido!, exclama san Bernardo: “Quita el sol, y ¿qué queda en el mundo sino tinieblas? Quita a María de la Iglesia, ¿qué queda sino la oscuridad? Ea, pues, Abogada, nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”. A ti acudimos en nuestras necesidades, cumple con tu oficio, ejercita tu ministerio. Amén.

Fuente: De los sermones de santo Tomás de Villanueva, obispo

Jesús, mi Cielo

Santa Teresa de Los Andes

¿Hay algo bueno, bello, verdadero que podamos concebir que en Jesús no esté? Sabiduría, para la cual no hay nada secreto; poder, para el cual nada existe imposible; justicia, que lo hace encarnarse para satisfacer por el pecado; providencia, que siempre vela y sostiene; misericordia, que jamás deja de perdonar; bondad, que olvida las ofensas de sus criaturas; amor, que reúne todas las ternuras de una madre, del hermano, del esposo y que, haciéndolo salir del abismo de su grandeza, lo liga estrechamente a sus criaturas; belleza, que extasía... ¿Qué otra cosa imaginas que no esté en este HombreDios?

¿Temes acaso que el abismo de la grandeza de Dios y el de tu nada jamás podrán unirse? Existe en él el amor; y esta pasión lo hizo encarnarse para que, viendo un HombreDios, no temieran acercarse a él. Esta pasión hízolo convertirse en pan, para poder asimilar y hacer desaparecer nuestra nada en su Ser infinito. Esta pasión le hizo dar su vida, muriendo muerte de cruz.

¿Temes acercarte a Él? Míralo rodeado por los niños. Los acaricia, los estrecha contra su Corazón. Míralo en medio de su rebaño fiel, cargando sobre sus hombros a la oveja infiel. Míralo sobre la tumba de Lázaro. Y oye lo que dice a Magdalena: Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho. ¿Qué descubres en estos rasgos del Evangelio, sino un corazón bueno, dulce, tierno, compasivo, un corazón, en fin, de un Dios? Él es mi riqueza infinita, mi beatitud, mi cielo.

Fuente: De los escritos espirituales de santa Teresa de Jesús de Los Andes

San Agustín a los hombres de hoy


A quien busca la verdad le enseña que no pierda la esperanza de encontrarla. Lo enseña con su ejemplo, él la encontró después de muchos años de laboriosa búsqueda, y con su actividad literaria, cuyo programa fija en la primera carta que escribió después de su conversión: “A mí me parece que hay que conducir de nuevo a los hombres a la esperanza de encontrar la verdad”.

A los teólogos, que justamente se afanan por comprender mejor el contenido de la fe, deja Agustín el patrimonio inmenso de su pensamiento, siempre válido en su conjunto, y especialmente el método teológico al que se mantuvo firmemente fiel. Sabemos que este método suponía la adhesión plena a la autoridad de la fe, una en su origen, la autoridad de Cristo, se manifiesta a través de la Escritura, la Tradición y la Iglesia; la seguridad de que la doctrina cristiana viene de Dios.

Se sabe cuánto amaba Agustín la Escritura, y cuánto la estudiaba. La lee en la Iglesia, teniendo en cuenta la Tradición, cuyas propiedades y fuerza obligatoria pone de relieve. Es célebre su expresión: “Yo no creería en el Evangelio si no me indujera a ello la autoridad de la Iglesia católica”.

Frente al triste espectáculo del mal, recuerda a los pensadores que tengan fe en el triunfo final del bien, esto es, de aquella Ciudad “donde la victoria es verdad, la dignidad santidad, la paz felicidad y la vida eternidad”.

A los hombres de ciencia les invita también a reconocer en las cosas creadas las huellas de Dios.

A los hombres que tienen en sus manos los destinos de los pueblos les recomienda que amen sobre todo la paz y que la promuevan no con la lucha, sino con los métodos pacíficos, porque, escribe él sabiamente, “es título de gloria más grande matar la guerra con la palabra que los hombres con la espada, y procurar o bien mantener la paz con la paz, no con la guerra”.

A los jóvenes, a quienes Agustín amó mucho como profesor antes de su conversión, y como Pastor, después, él les recuerda su gran trinomio: verdad, amor, libertad; tres bienes supremos que se dan juntos. Y les invita a amar la belleza, él que fue un gran enamorado de ella. La belleza eterna de Dios, de la que proviene la belleza de los cuerpos, del arte y de la virtud. Agustín, recordando los años anteriores a su conversión, se lamenta amargamente de haber amado tarde esta “belleza tan antigua y tan nueva”, y quiere que los jóvenes no le sigan en esto, sino que, amándola siempre y por encima de todo, conserven perpetuamente en ella el esplendor interior de su juventud.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta apostólica Augustinum Hipponensem

Humildad y oración


¿Quieres adorar a Dios en verdad? Reconoce primero tu pequeñez, magnífica adoración que rendimos a Dios por el conocimiento propio; mi pequeñez, mi ruindad, mi pobreza. Aquí cabe muy bien esta palabra: la humildad es la verdad. La verdad está en conocer nuestra nada. ¿Por qué? ¿Qué somos? Segundo: conocimiento también junto con el de nuestra pequeñez, conocimiento de Su grandeza.

En esta Hostia está toda la omnipotencia, toda la sabiduría, toda la bondad de Jesucristo, porque está su Corazón vivo, como está en el cielo. Cuando así adoramos, lo hacemos en espíritu y en verdad. Después de la adoración hemos de abrir nuestro corazón a todos los demás afectos. Ya sabéis que en el Evangelio se nos presentan diferentes maneras de adorar; unas veces es postrarse profundamente guardando silencio. A veces a la adoración se unen lágrimas, gemidos y suspiros; a veces también acompañan palabras, expresiones, súplicas. Todas estas maneras diversas de adorar caben perfectamente ante Jesús Sacramentado. A veces basta que el alma se incline ante Jesús.

¿Qué hago yo si no se me ocurre nada decirle? ¿Que qué haces? Adora... Y espera. Si no sé decir nada... No importa, ese silencio basta; aunque sientas el corazón seco, árido, incluso molestado de tentaciones, no temas, sigue adorando, que esto solo ya es un acto magnífico ante Dios; y si luego consientes afectos de gratitud, de más inmolación, toma todos estos afectos que el Espíritu Santo te da y preséntaselos también a Jesús. Esta es una práctica principal que hemos de tomar.

Fuente: De los escritos de San José María Rubio, presbítero

Exhortación a los esposos


Tengan en cuenta, queridos hermanos, que el Matrimonio es necesario para la conservación del género humano, y les es concedido a todos, si no tienen algún impedimento. Fue instituido por nuestro Dios en el Paraíso terrenal, y santificado con la real presencia de Jesucristo nuestro Redentor en las Bodas de Caná. Es uno de los siete Sacramentos de la Iglesia, grande por su significado, y no pequeño en la virtud y dignidad. Colma de gracia a los que lo contraen con puras conciencias, con la cual gracia soportan las dificultades y pesadumbres a las que están sujetos los casados por todo el tiempo de su vida, y para que cumplan con el oficio de casados cristianos, y satisfagan la obligación que han tomado a su cargo.

Deberán considerar diligentemente, queridos esposos, el fin a que deben encaminarse las obras de vuestra vida; porque, en primer lugar, este Sacramento fue instituido para que procuren dejar herederos, no tanto de los bienes materiales, cuanto de la fe, religión y virtud de ustedes. Además fue instituido para que se ayuden el uno al otro a llevar las incomodidades de la vida y las debilidades de la vejez. Ordenen vuestra vida de tal manera, que mutuamente se presten alivio y descanso, evitando siempre las ocasiones de disgusto y malestar.

Finalmente, recuerden que ningún matrimonio entre cristianos puede ser legítimo sin ser sacramento; y que una vez realizada la unión matrimonial, es indisoluble hasta la muerte de uno de los cónyuges, porque lo que Dios unió, ningún poder humano puede separar. La dignidad de este Sacramento, que significa la unión de Cristo con la Iglesia, pide que se amen el uno al otro como Cristo amó a la Iglesia.

A ti, Esposo, Dios te entrega esta compañera; tú, que eres varón, sé su generoso protector, y coloca el honor de tu fuerza en ser el amparo de su debilidad. Recuerda siempre que se ha dado compañera, y no sierva. Así Adán nuestro primer padre, a Eva formada de su costado, la llamó compañera.

Se ocuparán ambos en actividades y ejercicios honestos, para asentar vuestra casa y familia, tanto para conservar el patrimonio, como para huir de la ociosidad, que es la fuente y raíz de todos los males.

Tú, Esposa, deberás estar sujeta a tu marido en todo: despreciarás el demasiado y superfluo adorno del cuerpo, en comparación con la hermosura de las virtudes; y deberás cuidar con gran diligencia los intereses de la familia: Intentarás no salir de casa si la necesidad no te obliga, y siempre con la licencia de tu marido.

A nadie, después de Dios, ha de amar más, ni estimar más la mujer que a su marido, ni el marido más que a su mujer.

Procúrense agradar mutuamente en todas las cosas que no contradicen a la piedad cristiana.

La mujer obedezca a su marido; el varón, por conservar la paz, ceda con prudencia el derecho de su autoridad.

Sobre todo, piensen cómo deberán dar cuenta a Dios de vuestra vida, de la de vuestros hijos y de la de todos los miembros de la familia.

Tengan ambos cuidado de enseñar a todos los miembros de la familia, el temor de Dios. Sean santos, y todos los vuestros sean santos, porque es santo nuestro Dios y Señor. Que Él los acreciente con numerosa sucesión, y después del curso de esta vida les conceda la felicidad eterna que es a la que deben aspirar para cantar sus glorias por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: Exhortación a los esposos del Ritual Toledano

La Nave y las tempestades


En medio de cada etapa de la historia, Dios nunca dejó de suscitar personalidades vigorosas que, no rindiéndose a las circunstancias, supieron enfrentar con lucidez y coraje la adversidad de la situación. Refiriéndose a esos hombres y mujeres providenciales escribía a fines del siglo XIX, época azarosa de la historia, monseñor Charles E. Freppel:

No conozco páginas más bellas en la historia que aquellas donde veo una gran causa en apariencia vencida, y que encuentra a su servicio hombres tan arrojados que no se entregan a la desesperanza. He ahí los grandes ejemplos que conviene proponer a la generación de nuestro tiempo, para inclinarla a que pongan al servicio de la religión y de la patria un coraje que no se deje quebrar por las derrotas pasajeras del derecho y de la verdad. Hablo a jóvenes que tendrán que luchar más tarde por la causa de Dios y de la sociedad cristiana, en las filas del sacerdocio, de la magistratura, de la administración, del ejército, o en cualquier otro puesto que haya complacido a la Providencia asignarles. La virtud de la fortaleza les será necesaria en toda circunstancia. Por qué no decirlo, queridos hijos, el período de la historia en que se desarrollará la vida de ustedes, no se anuncia como una era de tranquilidad, en que el acuerdo de las inteligencias y de las voluntades aleja el combate. Pero cualesquiera sean las alternativas de reveses o de éxitos que el futuro les reserve, la recomendación que yo querría darles es que jamás se entreguen al desaliento. Porque Dios, de quien somos y para quien vivimos, no nos manda vencer sino combatir. El honor de una vida, así como su verdadero mérito, consiste en poder repetir hasta el fin aquellas palabras del divino Maestro: “Lo que debimos hacer, lo hicimos” (Lc 17.10). El resto hay que dejado en manos de Dios, que da la victoria o que permite la derrota, y que hace contribuir a una y otra al cumplimiento de sus eternos e impenetrables designios.

Nadie puede ignorar que estamos pasando por circunstancias dramáticas no sólo en la historia del mundo sino también en la vida de la Iglesia. Recordemos la terrible frase del papa Pablo VI acerca del humo de Satanás que ha penetrado hasta el interior de la Iglesia, sumiéndola en “un momento de autodemolición”.

Aunque todo parezca naufragar, la Iglesia posee la promesa de la indefectibilidad, un hecho realmente milagroso: “Yo estaré con vosotros hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20). Cristo está siempre en la Iglesia. A veces parecerá que duerme, en medio de las borrascas, pero está.

Fuente: Cf. Alfredo Sáenz, La Nave y las tempestades I

El amor conyugal en palabras de la emperatriz Zita


Los aniversarios del fallecimiento del emperador solían ser dolorosos para ella, ya que reavivaban los recuerdos y la hacían sentir de nuevo y con mayor intensidad la pérdida.

El 21 de marzo de 1924 escribía:

...Revivo ahora los crueles días de hace dos años y mi corazón se duele en lo más hondo. El corazón humano es así; ni siquiera la perfecta dicha de que goza en el cielo y la alegría que experimentó por él son capaces de llenar el terrible vacío que se hizo en mí hace dos años. Me dirá usted: ¡es Dios quien debe ocupar ese lugar! Lo sé, todo el mundo me lo dice y yo me lo digo a mí misma. Pero esto no pasa tan rápido, por bueno que sea el consejo. Por otra parte, el mismo Señor, que era Dios, ¿no buscó en el Huerto de los Olivos en tres ocasiones el consuelo de sus discípulos? Y sus discípulos no le entendían ¡e incluso ignoraban en parte quién era Él! En mi caso, se trata de un corazón meramente humano, y lo que Dios se ha llevado es ese otro corazón que Él me había entregado y con el que yo compartía todos los sentimientos, todos los pensamientos, todas las alegrías, todas las penas. Por eso comprenderá usted que esto no pase pronto ni fácilmente.

¡Qué bello testimonio de amor conyugal! Al otro se le considera un don de Dios, un corazón que Dios entrega para compartir. Y un corazón que Él retoma para darle la felicidad. Sin embargo, esta certeza de la fe y el abandono en la Divina Providencia no restan nada al dolor de la soledad: ahora es viuda y debe enfrentarse ella sola a la educación de sus hijos. Ya no tiene a ese otro yo que es el buen amigo en quien volcar todos los sentimientos, los de felicidad y los de pesar. En pocas palabras, le falta ese corazón sobre el que reclinar la cabeza, como hizo san Juan sobre el pecho del Señor. Y, sin embargo, quería amar a Dios, quien debía llenar ese lugar, pero por el momento solo era capaz de unirse al Mesías en la soledad de su agonía en Getsemaní.

Fuente: Cyrille Debris, Zita, Retrato íntimo de una emperatriz

Difundiendo un mensaje a favor de la vida

La película “Inesperado” y el libro “Sin planificar” sobre Abby Johnson; católica, esposa y madre de ocho hijos

La película Inesperado (2019); se suma a otras con temática similar como Bella (2006), Bebé de octubre (2011), Gosnell (2018)

Inesperado, narra la historia real de Abby Johnson, quien decidió unirse como voluntaria de Planned Parenthood cuando estudiaba en la universidad. Ella, una jovencita llena de sueños por ayudar a los demás, se dejó atrapar por los argumentos que le ofrecieron con sus aparentes bondades. La narrativa, que va al pasado y regresa al futuro, destaca elementos como las emociones que experimenta esta mujer durante momentos muy fuertes de su vida, la lucha que tiene en varias ocasiones contra su conciencia, que parece reclamarle la gravedad de sus actos. Quizás porque sus padres tenían clara la postura de la defensa del niño por nacer y ella lo sabía. Esta producción destaca también la perseverancia de los activistas de “40 días por la vida”, quienes oraban por el alma de los bebés abortados y buscaban convencer a las mujeres que ingresaban a Planned Parenthood de continuar con su embarazo.

De voluntaria, Abby pasó a ser contratada y finalmente ascendida, convirtiéndose así en la directora de la clínica en Bryan, Texas, y en ser la más joven de toda la historia de Planned Parenthood en ocupar este cargo. Abby acogía a las mujeres que llegaban a practicarse un aborto, las aconsejaba, les decía que el feto que llevaban en su vientre no era todavía una vida humana, que era muy pequeño y no iba a sentir nada. Las alentaba a no tener miedo porque nada les iba a pasar, aunque esto no siempre fue cierto. Abby estuvo ocho años vinculada a esta entidad y a lo largo de ese tiempo colaboró en la práctica de 22.000 abortos.

Sin embargo, todo termina (y así inicia la película) cuando ella ingresa a una de las salas de abortos para asistir, por primera vez, a una de las mujeres y ve en la ecografía a un bebé de 13 semanas luchando por no morir, imagen que obviamente no se le permite ver a la paciente por abortar.

Inesperado muestra, el drama del aborto, la soledad de muchas mujeres que llegan engañadas y presas del miedo a terminar con su embarazo, sin el conocimiento claro de que se trata de una vida humana. Evidencia la manera como la industria del aborto quiere ocultar o reducir las tremendas consecuencias que esta práctica deja para la salud y el bienestar psicológico y espiritual de la mujer.

Una historia bien contada, donde Abby vive una serie de situaciones y está rodeada de personas que la aman y que respetan su libertad pero que no por ello dejan de decirle la verdad hasta que ella logra recapacitar y convertirse de una profesional de la industria del aborto, a una convencida defensora de la vida del niño por nacer.

Dios nos está brindando una gran oportunidad y herramientas como esta, para vencer a la bárbara institución del asesinato infantil a escala industrial.

Fuente: Cf. Revista Nueva lectura Nº 225


La Comunión frecuente (II)


San Felipe Neri animaba a los cristianos a confesarse cada ocho días, y a comulgar aún más a menudo. Además, la Santa Iglesia manifiesta el vivo deseo de la Comunión frecuente por medio del Concilio de Trento, expresándolo en estos términos: “Sería muy conveniente que todo cristiano fiel mantuviese su conciencia en tal estado de pureza, que pudiese comulgar cada vez que asiste a la Santa Misa. Y esto no con la comunión espiritual, sino con la Comunión Sacramental, para que sea más abundante el fruto que se recoja de este divino alimento”.

Dirá quizás alguno: ¡Soy un gran pecador! Si eres pecador, procura ponerte en gracia de Dios mediante el Sacramento de la Confesión, y luego acércate a la Santa Comunión, donde encontrarás fuerza para perseverar en el bien.

Dirá otro: Yo comulgo raras veces para hacerlo con más fervor. Esto es un engaño. Generalmente se hace mal lo que se hace raras veces; por otra parte, si son muchas tus necesidades, frecuente debe ser el socorro que proporciones a tu alma.

Otros añaden: Yo estoy lleno de enfermedades espirituales y no me atrevo a comulgar con frecuencia. Jesucristo les responde: “Los sanos no necesitan de médico, sino los que están enfermos”. Por eso los más débiles y enfermos tienen mayor necesidad de ser visitados por el verdadero médico de nuestras almas, Jesucristo.

Viniendo frecuentemente a nosotros, nos da las gracias que necesitamos para no caer en faltas graves, y nos borra las culpas veniales. En efecto, se ve que son menos perfectas las personas que comulgan raras veces, que las que lo hacen con frecuencia. ¡Ánimo, pues! Si queréis hacer el acto más agradable a Dios, el más eficaz para vencer las tentaciones y perseverar en el bien, acercaos a menudo y con buenas disposiciones a la Santa Comunión.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

La Comunión frecuente (I)


Habiendo instituido Jesucristo el Sacramento de la Eucaristía para bien de nuestras almas, desea que nos acerquemos a Él, no sólo algunas veces, sino muy a menudo. He aquí las palabras con que nos invita: “Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, y yo os aliviaré”. En otra parte hace las más consoladoras promesas a los que se alimentan de su divina Carne: “Yo soy el Pan vivo, que descendí del Cielo; el que come de este Pan vivirá eternamente, y Yo lo resucitaré en el último día”. Para corresponder a estas invitaciones del divino Salvador, la Santísima Virgen y los cristianos de los primeros tiempos iban todos los días a oír la palabra de Dios, y todos los días se acercaban a la Santa Comunión. En este Sacramento encontraban los Mártires su fortaleza, las Vírgenes su fervor y los Santos su valor.

Si queremos secundar los ardientes deseos de Jesucristo y atender a nuestras necesidades, debemos comulgar con mucha frecuencia. Así como el maná sirvió de alimento diario a los Hebreos, durante todo el tiempo que estuvieron en el desierto hasta el día en que entraron en la tierra prometida, así la Santa Comunión debe ser nuestro Pan cotidiano, en medio de los peligros que nos rodean en este mundo, hasta que consigamos llegar a la verdadera tierra prometida que es el Paraíso. San Agustín escribe: “Si todos los días pedimos a Dios el pan corporal, ¿por qué no procuramos también alimentarnos todos los días con el Pan espiritual de la Santa Comunión?”.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Método para asistir con fruto a la Santa Misa


Al ver a tantos que voluntariamente asisten a la santa Misa con marcada irreverencia, distraídos, sin atención, sin modestia y sin arrodillarse, con dolor podemos asegurar que no asisten al divino Sacrificio como María Santísima y San Juan, sino como los judíos, crucificando otra vez a Jesucristo, con gran escándalo y deshonor de nuestra santa Religión.

Asistid, a tan augusto Sacrificio, pero con disposiciones de verdaderos cristianos, e imaginaos ver a Jesucristo sufriendo todos los tormentos de su dolorosa Pasión, y expuesto por nuestra salvación a los más bárbaros tratos.

Durante la Misa, estad con recogimiento y modestia, de manera que nada os pueda distraer; que vuestro espíritu, vuestro corazón y vuestros sentidos no se ocupen más que en honrar a Dios. Os recomiendo que tengáis gran empeño en no faltar nunca a la Misa; aun cuando tuvieseis algo que sufrir por ser fieles a esta piadosa práctica.

San Isidro, pobre labrador de una granja, se levantaba muy temprano para oír Misa, con el fin de ejecutar a su debido tiempo las órdenes de su amo. La constancia con que cumplió este acto de devoción le mereció, además de gracias muy especiales de Dios, toda clase de bendiciones sobre sus trabajos.

Acordaos también de aplicar la Misa en sufragio de las almas del Purgatorio y especialmente por las de vuestros parientes y bienhechores difuntos.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

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