El Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque (IV)


REVELACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A SANTA MARÍA MARGARITA DE ALACOQUE

CUARTA REVELACIÓN

13 y 26 de junio de 1675 en la Octava de Corpus Christi

Estando en presencia del Santísimo Sacramento, un día de su Octava, recibí de Dios gracias extraordinarias de su amor; y deseando corresponderle en algo, y pagarle amor con amor, me dijo: “No puedes darme mayor prueba de él que la de hacer lo que yo tantas veces te he pedido”. Entonces, descubriéndome su Divino Corazón, me dijo: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, que nada ha ahorrado hasta agotarse y consumirse para demostrarle su amor; y en reconocimiento no recibo de la mayor parte sino ingratitud, por sus irreverencias y sacrilegios y por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de Amor (la Santísima Eucaristía). Pero lo que me es más sensible es que son corazones que me están consagrados los que me tratan así. (sacerdotes y religiosos).

Por esto te pido que sea dedicado el primer viernes después de la Octava del Santísimo Sacramento, una fiesta particular para honrar mi Corazón, comulgando en ese día y reparando su honor por medio de un Acto de Desagravio, para expiar las injurias que ha recibido durante el tiempo que ha estado expuesto en los altares. Te prometo también, que mi Corazón se dilatará para derramar con abundancia las influencias de su Divino Amor sobre todos los que le rindan este honor y sobre los que procuren que les sea tributado”.

Fuente: Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía

Santos Pedro y Pablo, dos vástagos plantados por Dios


Vale mucho a los ojos del Señor la vida de sus fieles, y ningún género de crueldad puede destruir la religión fundada en el misterio de la cruz de Cristo. Las persecuciones no son en detrimento, sino en provecho de la Iglesia, y el campo del Señor se viste siempre con una cosecha más rica al nacer multiplicados los granos que caen uno a uno.

Por esto, los millares de bienaventurados mártires atestiguan cuán abundante es la prole en que se han multiplicado estos dos insignes vástagos plantados por Dios, ya que aquéllos, emulando los triunfos de los apóstoles, han rodeado nuestra ciudad por todos lados con una multitud purpurada y rutilante, y la han coronado a manera de una diadema formada por una hermosa variedad de piedras preciosas.

De esta protección, amadísimos hermanos, preparada por Dios para nosotros como un ejemplo de paciencia y para fortalecer nuestra fe, hemos de alegrarnos siempre que celebramos la conmemoración de cualquiera de los santos, pero nuestra alegría ha de ser mayor aun cuando se trata de conmemorar a estos padres, que destacan por encima de los demás, ya que la gracia de Dios los elevó, entre los miembros de la Iglesia, a tan alto lugar, que los puso como los dos ojos de aquel cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Respecto a sus méritos y virtudes, que exceden cuanto pueda decirse, no debemos hacer distinción ni oposición alguna, ya que son iguales en la elección, semejantes en el trabajo, parecidos en la muerte.

Como nosotros mismos hemos experimentado y han comprobado nuestros mayores, creemos y confiamos que no ha de faltarnos la ayuda de las oraciones de nuestros particulares patronos, para obtener la misericordia de Dios en medio de las dificultades de esta vida; y así, cuanto más nos oprime el peso de nuestros pecados, tanto más levantarán nuestros ánimos los méritos de los apóstoles.

Fuente: De los sermones de san León Magno, Liturgia de las Horas

El Corazón de Jesús, nuestro Modelo (II)


Nuestro Señor junta a la lección sobre la mansedumbre otra acerca de la humildad, precisamente porque el fundamento inmediato de la mansedumbre es ni más ni menos la humildad.

Basta que haya en ti un poco de orgullo, de amor propio, de apego a tu propio modo de ver u obrar, para que no sepas sufrir ser contradicho, y entonces, frente a los inevitables choques derivados de la convivencia, perderás, más o menos, la calma, la paz interna y externa. Si pierdes la calma, pierdes también la serenidad de juicio y por ello no puedes ver ya con limpidez la luz divina que te muestra el camino a seguir y lo que el Señor de ti quiere. Entonces tu alma titubea, pierde el brío y se deja un tanto arrastrar por la pasión. Mientras en ti haya residuos de orgullo y amor propio, siempre te ocurrirá casos en que perderás un tanto el control y dominio de ti mismo, con el resultado de faltar a la mansedumbre. Para sacar provecho de la elección del Corazón de Jesús, para modelar tu corazón según el suyo, debes, pues, trabajar asiduamente por extirpar en ti todos los gérmenes del orgullo y del amor propio. Es este un trabajo en el que debes empeñarte día tras día, comenzando siempre de nuevo, sin dejarte desanimar por el continuo rebrotar de los sentimientos y resentimientos de tu yo. Es ésta una batalla que ganarás no cejando jamás en ella.

Para animarte a esta lucha, piensa que ella aprovechará no sólo al bien de tu alma, sino también al de otras almas, porque -como enseña Pío XI- “cuanto más hayamos inmolado el amor propio y nuestras pasiones..., tanto más copiosos frutos de propiciación y de expiación recogeremos para nosotros y para los demás” (Miserentissimus Redemptor). La lucha contra el amor propio y el ejercicio de la humildad entran, pues, de lleno en el programa de un alma consagrada al Sagrado Corazón y que se ha ofrecido a Él como víctima reparadora.

“¡Oh Jesús! Permíteme entrar en tu Corazón como en una escuela. Que en esta escuela me adoctrine de la ciencia de los Santos; en esta escuela escucharé con atención tus dulces palabras: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Lo comprendo. Las tempestades que puedo temer provienen sólo del amor propio, de la vanidad, del apego a mi apetito. ¡Defiéndeme, Señor, protege la paz de mi alma!... Tu Corazón es un abismo en que lo hallo todo y, especialmente, es un abismo de amor en el que debo sumergir cualquier otro amor, principalmente el amor propio con todos sus frutos de respeto humano, de vana complacencia y de egoísmo. Ahogando estas inclinaciones en el abismo de tu amor, hallaré en él todas las riquezas necesarias a mi alma. ¡Oh Jesús! Si siento en mí un abismo de orgullo y de vanagloria, quiero ahogarlo al punto en las profundas humillaciones de tu Corazón, que es un abismo de humildad. Si hallo en mí un abismo de agitación, de impaciencia, de cólera, recurriré a tu Corazón que es un abismo de dulzura. En todas las circunstancias, en cualquier coyuntura, quiero abandonarme a tu Corazón, océano de amor y de caridad, y no salir más de él, mientras no esté toda penetrada de su fuego divino” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

El Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque (III)

REVELACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A SANTA MARÍA MARGARITA DE ALACOQUE

TERCERA REVELACIÓN

Fecha indeterminada de 1674

Una vez que el Santísimo Sacramento estaba expuesto, después de haberme sentido reconcentrada completamente por un recogimiento extraordinario, Jesucristo, mi dulce Maestro, se me presentó resplandeciente de gloria, con sus cinco llagas como cinco soles, y de esa sagrada humanidad salían llamas de todas partes, especialmente de su adorable pecho, que parecía una hoguera que, permaneciendo abierta, me dejó ver su muy amante y amable Corazón, que era la viva fuente de esas llamas. Me hizo reposar largo tiempo sobre su pecho, fue cuando me descubrió las inexplicables maravillas de su puro amor, y a qué exceso le había conducido en su amor a los hombres, de los que no recibía más que ingratitudes y desprecios.

“Esto -me dijo- me es mucho más sensible que cuanto he sufrido en mi Pasión; tanto, que si me devolvieran algún amor en retorno, estimaría en poco cuanto por ellos hice, y querría hacer aún más, si fuera posible. Pero sólo tienen frialdad y rechazo para corresponder a mis desvelos por hacerles el bien. Pero tú, al menos, dame el placer de suplir sus ingratitudes, en cuanto seas capaz de hacerlo”.

“Primeramente, me recibirás en el Santísimo Sacramento siempre que te lo permita la obediencia, por muchas mortificaciones y humillaciones que eso te produzca, las cuales debes recibir como regalos de mi amor. Comulgarás, además, todos los primeros viernes de cada mes, y todas las noches del jueves al viernes te haré participante de la tristeza mortal que tuve que sentir en el Huerto de los Olivos. Esta tristeza te reducirá, sin que tú puedas comprenderlo, a una especie de agonía más dura de soportar que la muerte. Y a fin de acompañarme en la humilde oración que presenté entonces a mi Padre en medio de tantas angustias, te levantarás entre once y doce de la noche para postrarte conmigo durante una hora, con el rostro en tierra, para calmar la cólera divina, pidiendo misericordia por los pecadores”.

“Mas oye, hija mía, no crea ligeramente a todo espíritu y no te fíes, porque Satán rabia por engañarte; por lo cual, no hagas nada sin la aprobación de los que te dirigen, a fin de que teniendo la autorización de la obediencia no te pueda engañar, pues no tiene poder alguno sobre los obedientes”.

Fuente: Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía

Culto y Consagración al Corazón Eucarístico de Jesús


El Corazón Eucarístico es el Corazón de Jesús considerado en relación a su obra divinamente maestra.

Todos con San Agustín repiten: “Él es todopoderoso, mas, no obstante, no pudo darnos cosa mejor que la Eucaristía; Él es sapientísimo, mas, no supo darnos cosa más excelente que la Eucaristía; Él es generosísimo, mas, fuera de la Eucaristía, no tuvo don más precioso que regalarnos”.

Del culto general al Sagrado Corazón, se ha llegado al culto especial al Corazón Eucarístico, al Corazón del Artista divino y a su obra maestra, que es la santa Eucaristía.

Y esta es la razón por qué las almas escogidas han corrido con fervor al Corazón Eucarístico de Jesús. La devoción al Corazón Eucarístico viene de Dios, porque viene de la Eucaristía.

¡Sea por todos conocido y amado el Corazón de Jesús en su divinísimo Sacramento; por todos sea bendecido y exaltado; por todos estimado y promovido el culto del Corazón Eucarístico de Jesús, nuestro Señor!

Consagración al Corazón Eucarístico de Jesús

Jesús, Maestro adorable, escondido en vuestro Sacramento de amor, Vos moráis conmigo para endulzar mi destierro, y ¿podré yo no consagrarme a consolar el Vuestro? A Vos que me entregáis vuestro Corazón, ¿cómo no entregaros el mío? Entregarme a Vos redunda en mi verdadero y propio provecho; es encontrar para mí mismo el inefable tesoro de un corazón amante, desinteresado y fiel como quisiera que fuese el mío. De esta suerte no doy nada y siempre recibo. Señor, yo no sabré luchar en generosidad con Vos, mas os amo; dignaos aceptar mi pobre corazón, y aunque él no valga nada, no obstante, porque le amáis, llegará a ser algo por vuestra gracia; hacedlo bueno y guardadlo.

Corazón Eucarístico de Jesús, yo os consagro todas las facultades de mi alma, todas las fuerzas de mi cuerpo; yo quiero esforzarme en conoceros y amaros cada vez más, con el fin de haceros mejor conocer y amar. No quiero obrar sino por vuestra gloria, ni hacer sino lo que quiere vuestro Padre.

Os consagro todos los momentos de mi vida en espíritu de adoración delante de vuestra real presencia; de agradecimiento, por este incomparable don; de reparación, por nuestras crueles frialdades, y de súplica incesante, a fin de que nuestras oraciones, ofrecidas por Vos y en Vos, se eleven, purificadas y fecundas, hasta el trono de la misericordia divina y por su eterna gloria. Así sea.

Fuente: Cf. P. Antonino de Castellammare, El alma eucarística

Fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús


Hoy celebramos la Fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús.

Origen de la Fiesta. El 22 de Enero de 1854, una religiosa escuchó de labios de Jesús estas palabras: “¡Cuántas almas hay que me rodean y no me consuelan! Mi Corazón ansía amor, como el pobre pide pan. Es mi Corazón Eucarístico: ¡haz que se le conozca y se le ame! ¡Extiende esta devoción!”. Benedicto XV aprobó el 9 de noviembre de 1921 Misa y Oficio propios, y asignó la fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús, al Jueves siguiente a la Octava del Corpus.

Objeto de la Fiesta. La misma Iglesia nos indica el objeto de esta devoción: que “es la de honrar el acto de suprema dilección, por el que Nuestro Señor, prodigando todas las riquezas de su Corazón, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía; para permanecer con nosotros hasta el fin de los siglos”. Mientras la devoción a la Sagrada Eucaristía se dirige al Hombre-Dios, verdaderamente presente en nuestros altares bajo los velos de las sagradas especies y tiene como objeto la misma Persona de Jesús, la devoción al Sagrado Corazón Eucarístico trata de rendir un culto de veneración y de amor agradecido a este acto particular de Jesús, que realiza y perpetúa el don de la Eucaristía. Es la devoción al Amor inspirador, creador y continuador de la Eucaristía. En tanto que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, honra, bajo el símbolo del corazón, toda la caridad del Salvador, de donde han brotado los torrentes de las gracias más preciosas, esta otra considera la caridad de Cristo sólo en la obra de amor por excelencia y rinde homenaje a este acto de amor, al cual debemos la institución de la Eucaristía, la presencia real y permanente de Jesucristo en el tabernáculo, su inmolación en el Santo Sacrificio de la Misa, su donación a cada uno de nosotros en la sagrada comunión.

La devoción al Corazón Eucarístico de Jesús. Este acto de suprema dilección, olvidado por tantos cristianos, exigía un culto especial de acción de gracias, de adoración, de reparación y de súplicas.

El Sumo Pontífice, al fijar esta fiesta en estos días, ha querido mostrarnos que la devoción al Corazón Eucarístico encierra en sí lo que tienen de más excelente las devociones al Sagrado Corazón y a la Eucaristía. Tiene el secreto de unirlas en admirable armonía, porque en la Sagrada Eucaristía nos muestra a un Dios que se da, como nadie puede darse: víctima por los pecados en el Calvario, pan de vida en la hostia; compañero de destierro en el tabernáculo: ¡que se da todo entero; con su Cuerpo, Sangre, Alma, Divinidad y su Corazón!... Y esta donación tan perfecta, al descubrirnos la esencia misma del Corazón de nuestro Dios, hace a nuestras almas cautivas del amor a Jesús, presente entre nosotros. Porque el alma cristiana quiere responder a esta inenarrable ternura del Corazón de Jesús. Dios nos amó primero, y nos amó usque in finem, hasta el exceso; tiene una ardiente sed de ser honrado en el Santísimo Sacramento. El alma se ve obligada a exclamar con San Pablo, “la caridad de Cristo nos apremia”, y con San Juan: “Amemos a Dios, porque Él se adelantó en el amor”. Este es el fruto de la devoción y fiesta del Corazón Eucarístico: persuadirnos de que Jesús nos ama, que desea ardientemente nuestro amor, que el fin de su inmolación es nuestra unión con El; y, una vez convencidos de esto, obrar en consecuencia: amarle prácticamente, uniéndonos a Él, inmolándonos con Él y anonadándonos ante Él, para que podamos decir con el Apóstol: “vivo yo, mas ya no yo, pues es Cristo quien vive en mí”.

Alabado sea el Corazón Eucarístico de Jesús

Sea por siempre Bendito y Alabado

Corazón Eucarístico de Jesús, en Vos confío

¡Gloria y Reparación al Corazón Eucarístico de Jesús!

Fuente: Cf. Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Disponernos a la unión con Jesús en la Eucaristía (II)


Para que la Eucaristía produzcan en mí todo su fruto y me sea ocasión de una unión más íntima y plena con Jesús, no basta, como dice San Agustín, comer materialmente su Cuerpo, sino que es menester comerlo “espiritualmente”, o sea, que mi espíritu esté bien dispuesto y preparado a recibir el Cuerpo de Cristo, a dejarse invadir y transformar por Cristo. Cuando Jesús, viniendo a mí, encuentre un corazón, una voluntad, unos aspectos y unos sentimientos del todo conformes con los suyos, nada podrá impedir volcarse en mí del modo más completo; su vida, su espíritu, su divinidad penetrará las fibras más íntimas de mi ser y me transformará en Él, de manera que podré realmente decir con San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál. 2, 20)

Es menester que vaya a comulgar con un corazón dilatado de amor, para que esté enteramente abierto a la invasión de Jesús, enteramente dispuesto a dejarse penetrar y transformar por Él. Cada Comunión, además de la presencia física de Jesús, y precisamente en virtud de esta su presencia, me trae un nuevo aumento de gracia y de caridad, pero también este aumento será proporcionado a mi capacidad de recibirlo. Si mi corazón está encerrado en el egoísmo y amor propio, si se ve atado por el apego a las criaturas, si está demasiado ocupado de afectos y negocios terrenos, será poco capaz de hacer lugar a un aumento del amor divino, y Jesús se verá, por decirlo así, constreñido a limitar la efusión de su caridad y a disminuir sus dones. Sí: mediante la Comunión Jesús se entrega todo a mí en su Persona de Hombre-Dios y se une todo a mí; pero si yo no me entrego todo a Él, Él no puede volcarse totalmente en mí, como el amigo se vuelca totalmente en el corazón del amigo fiel. Cada día me ofrece Jesús en la Sagrada Comunión una gracia actual para amarle más, para unirme más a Él; cada día, pues, debo ofrecerle un corazón más abierto al amor y a la unión. Actos de fe intensa en la presencia real de Jesús en la Eucaristía me ayudarán a despertar el amor, a ponerme en acto de amor; y justamente en ese acto de amor Jesús infundirá el aumento de su caridad, la llama viva de su amor infinito.

Dios está aquí; y “si no nos queremos hacer bobos y cegar el entendimiento, no hay que dudar, que esto no es representación de la imaginación, como cuando consideramos al Señor en la Cruz, o en otros pasos de la Pasión, que le representamos en nosotros mismos como pasó. Esto pasa ahora y es entera verdad y no hay para qué irle a buscar en otra parte más lejos; sino que, pues sabemos que mientras no consume el calor natural los accidentes del pan, que está con nosotros el buen Jesús, que nos lleguemos a Él. Pues si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaban los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéramos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje. Es llegarnos al fuego... que si el alma está dispuesta, digo que esté con deseo de perder el frío, y se está así un rato, para muchas horas queda con calor” (Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Disponernos a la unión con Jesús en la Eucaristía (I)


¡Oh Jesús! Haz que yo sepa aprovecharme plenamente de la gracia de unión contigo, que cada día me ofreces en la Sagrada Comunión.

Por su propia virtud nos une la Eucaristía a Cristo; la unión física con Él es idéntica para todos los que se alimentan de su Cuerpo y de su Sangre. Y sin embargo, esta unión no produce los mismos efectos en todos; pues es una triste verdad que para quien se acerca indignamente a la Sagrada Mesa viene a ser ocasión de condena: “El que come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente -dice San Pablo- come y bebe su propia condenación” (I Cor. 11, 27-29). Pero tampoco en los que se acercan dignamente a la Eucaristía son idénticos los efectos que de ella se derivan, sino proporcionados siempre a la bondad y a la perfección de sus disposiciones.

Jesús penetra en mí y me transforma en Él, sólo en la medida que no le pongo obstáculos y estoy dispuesto a recibir la gracia particular de la Eucaristía, que es gracia de “unión a Cristo”. A pesar de ser la unión física con Jesús, que la Sagrada Comunión me ofrece, un don tan grande, está ordenada a mi unión espiritual con Él, a mi transformación en Él por amor; unión y transformación que serán tanto más profundas cuanto con mejores disposiciones me acerque a la Sagrada Mesa. Y estas disposiciones consisten precisamente en preparar mi corazón a una unión cada vez más estrecha con el Señor, unión que exige uniformidad de aspiraciones, de gustos, de sentimientos y de voluntad. ¿Cómo podría gozar de la vista de un amigo, pasar con él momento de dulce intimidad, de verdadera unión, si entre él y yo hubiese disparidad de deseos, de afectos y de quereres? He aquí, pues, la más hermosa preparación que puedo llevar a mis Comuniones, lo que especialísimamente puedo hacer en estos momentos en que no puedo recibirlo sacramentado: esforzarme por quitar de mi vida todo lo que puede discrepar en lo más mínimo de la voluntad divina, de los sentimientos y disposiciones del Corazón de Jesús. “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp. 2, 5), me dice San Pablo; justamente ese debe ser el programa de mi preparación remota a la Sagrada Comunión. Si por algo Dios permite que no lo reciba sacramentalmente con la frecuencia que deseo, debo acrecentar especialísimamente esta preparación y deseo de recibirlo. Una sola Comunión bien hecha bastaría para santificarme.

“Alma mía, cuando comulgas, procura esforzar la fe; y, como crees verdaderamente entrar este Señor en tu pobre morada, desocúpate de todas las cosas exteriores cuanto te sea posible y éntrate con Él. Procura recoger los sentidos para que todos entiendan tan gran bien; digo, no embaracen al alma para conocerle. Considérate a sus pies y llora con la Magdalena, ni más ni menos que si con los ojos corporales le vieres en casa del fariseo. Este es buen tiempo para que te enseñen nuestro Maestro, y que le oigas, y beses los pies porque nos quiso enseñar, y le supliques no se vaya de contigo. Y aunque no sientas devoción, la fe te dice que está verdaderamente en ti” (Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús

El Beato Carlos de Austria y la estampa de su funeral

Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano? ¿Qué homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios? Por último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo -que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más- para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: “Obra de la justicia será la paz”?

Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, de inmortal memoria, al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: “Ved hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo Corazón de Jesús... que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda nuestra confianza; a Él hay que suplicar y de Él hay que esperar nuestra salvación”.

Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre de cristianos e, intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial de unidad, de salvación y de paz. No piense ninguno que esta devoción perjudique en nada a las otras formas de piedad con que el pueblo cristiano, bajo la dirección de la Iglesia, venera al Divino Redentor. Al contrario, una ferviente devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo, el culto a la santísima Cruz, no menos que el amor al augustísimo Sacramento del altar. Y, en realidad, podemos afirmar -como lo ponen de relieve las revelaciones de Jesucristo mismo a santa Gertrudis y a santa Margarita María- que ninguno comprenderá bien a Jesucristo crucificado, si no penetra en los arcanos de su Corazón. Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a sí mismo por alimento espiritual, si no es mediante la práctica de una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús; la cual -para valernos de las palabras de nuestro predecesor, de féliz memoria, León XIII- nos recuerda “aquel acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Corazón, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía”. Ciertamente, “no es pequeña la parte que en la Eucaristía tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la dio”.

Fuente: S.S. Pío XII, Carta Encíclica Haurietis Aquas

El Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque (II)

REVELACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A SANTA MARÍA MARGARITA DE ALACOQUE

SEGUNDA REVELACIÓN

Fecha indeterminada de 1674

Después de esto, se me presentó el Divino Corazón como en un trono de llamas más radiante que el sol y transparente como el cristal, con la sagrada llaga, y estaba rodeado de una corona de espinas, símbolo de las heridas que le causaron nuestros pecados, y encima tenía una cruz que significaba que desde el primer instante de su Encarnación, es decir, desde que el Sagrado Corazón fue creado, estuvo la Cruz plantada en Él.

Me manifestó que el ardiente deseo que tenía de ser amado de los hombres y de apartarlos del camino de perdición, en el que Satanás los hace caer a montones, le habían hecho concebir el designio de manifestar a los hombres su Corazón con todos los tesoros de su amor, de misericordia, de gracia, de santificación y de salvación que contiene, a fin de que todos los que quieran rendirle y procurarle todo honor, el amor y la gloria que pudiesen, quedasen enriquecidos con abundancia y profusión de esos divinos tesoros del Corazón de Dios, origen de ellos, al que debían honrar bajo la figura de ese Corazón de carne, cuya imagen quería que estuviese expuesta y que yo la llevara sobre mi corazón para imprimir en él su amor y colmarle con los dones de que Él estaba lleno, destruyendo de ese modo todos sus movimientos desordenados.

Y que derramaría sus gracias y bendiciones en todos los lugares en que estuviera expuesta a la veneración de dicha imagen. Y que esta devoción era como el último esfuerzo de su amor, que quería favorecer a los hombres con esa amorosa Redención, en estos últimos tiempos, para sacarlos del dominio de Satanás, a quien pretendía arruinar, poniéndonos bajo la dulce libertad del imperio de su amor, que quería restablecer en los corazones de cuantos quisieran abrazar dicha devoción.

Fuente: Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía

De la Consagración de la Nación Argentina al Sagrado Corazón


La Consagración de la Argentina al Sacratísimo Corazón de Jesús fue realizada el 28 de octubre de 1945, en ocasión del Centenario del Apostolado de la Oración. El acto fue acompañado desde todo el país. La ceremonia se realizó en Buenos Aires, ante el altar levantado en el edificio del Congreso Nacional, celebrando la Misa el Arzobispo de Córdoba, Monseñor Fermín Lafitte. La oración de Consagración, fue leída por el Cardenal Santiago Luis Copello en nombre del Episcopado Nacional.

“Corazón Sacratísimo de Jesús, Verbo eterno, hecho hombre, que con el Padre y el Espíritu Santo nos has creado y que en las alturas del Calvario con tu Pasión y muerte nos has redimido, siendo así doblemente Señor Nuestro, los Pastores de esta tu Nación privilegiada, juntamente con todo su pueblo, están postrados ante la Hostia sacrosanta en la que palpita real y verdaderamente tu divino Corazón. Desde las ciudades populosas y desde los pequeños poblados de nuestra Patria, desde sus amplias llanuras y desde sus altas montañas, desde los hogares modestos y desde las suntuosas moradas, nos hemos congregado a millares junto a Ti, con fe, con gratitud y con amor. La Fe católica que nos ha traído hasta aquí y que nos infundiste en el Bautismo, es la fe de nuestros próceres, de nuestras madres, de nuestros estadistas, que en el preámbulo de la Constitución te proclamaron fuente de toda razón y justicia. Nuestra gratitud profunda tiene origen en la inmensa caridad con que nos amaste desde toda la eternidad en el seno de la Trinidad Beatísima, y que se manifiesta en Belén al nacer, en la cruz al morir, en el Sagrario al quedarte en medio de nosotros, en los beneficios sin cuento que has derramado sobre nuestra Nación, que confesamos no merecer, y que, por lo mismo, comprometen en mayor grado nuestro sincero agradecimiento. ¿Cómo podríamos afirmar que agradecemos tus innumerables dones, si la llama del amor hacia Ti no abrasa a nuestro pobre corazón?

Con estos sentimientos, humildemente contritos de nuestras faltas, como manifestación externa de nuestro acendrado amor, accediendo a tus más vivos anhelos, hoy estamos ante Tu presencia para suplicarte que te dignes aceptar nuestra consagración irrevocable y la de nuestra Patria a tu Divino Corazón. Corazón Sacratísimo de Jesús: los que tenemos la dicha de habitar este suelo que miras con bondadosa predilección, al consagrarnos a Ti para siempre recogiendo el clamor que brota incontenible del pecho de sus habitantes, te consagramos nuestra Patria, heredad bendita que recibimos de nuestros mayores para que sea como ellos la idearon: hija de tu Evangelio, hogar venturoso de paz y de concordia, morada feliz de hombres cultos, buenos y laboriosos al influjo de tus más selectas bendiciones, que imploramos.

Antes de terminar permítenos que, recordándote tu promesa, te supliquemos inscribas nuestros nombres en tu Sagrado Corazón y que durante nuestra vida no permitas que jamás nos separemos de Ti, para que por toda la eternidad podamos participar de tu gloria, Señor Jesús, que con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Así sea”.

Fuente: Cf. Fórmula de la Consagración de la Nación Argentina al Sagrado Corazón de Jesús

La Reparación en el Culto al Sagrado Corazón


El espíritu de reparación o expiación ha ocupado siempre un lugar principal en el culto tributado al Sagrado Corazón de Jesús, y, al elevar el Papa Pío XI su fiesta al rito de primera clase, con octava, dotándola de una nueva Misa y Oficio, quiso hacerla la fiesta por excelencia de la reparación.

En sus apariciones a Santa Margarita María, Nuestro Señor le declaró la infinidad de su amor y se quejó suavemente de no recibir como respuesta por parte de los hombres, aun de los que le están consagrados, sino injurias e ingratitudes.

Participar en los sufrimientos de Cristo.

Puede parecer inverosímil que Nuestro Señor Jesucristo, que se halla en los Cielos rodeado de las alabanzas de los Ángeles y Bienaventurados, inaccesible al sufrimiento y al dolor, anhele todavía consuelos de sus criaturas terrenas. La Encíclica Miserentissimus nos lo aclara: “Si por causa de nuestros pecados que se habían de cometer, y eran previstos, se entristeció el alma de Cristo hasta verse en trance de muerte, no hay duda que ya entonces recibió también algún otro consuelo de nuestra cooperación, asimismo prevista, cuando se le apareció un Ángel del Cielo para consolar su Corazón oprimido por el tedio y la angustia”. De nosotros depende, pues, de nuestra cobardía o generosidad, el que en la noche del Jueves al Viernes Santo, Cristo sufra o se halle confortado.

Este amor y esta reparación brotarán espontáneamente de nuestras almas, si consideramos atentamente todo lo que Nuestro Señor Jesucristo sufrió por nosotros durante su Pasión “pues fue triturado por nuestras iniquidades, para sanarnos con sus heridas”. Su Corazón soportó la ingratitud e improperio, y esperó a que alguien se contristara con Él y no lo hubo, y quien le consolase y no le halló.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Antiguos textos sobre la devoción al Sagrado Corazón (II)


El Corazón de Jesús ¿a qué cosa puede mejor compararse a causa de su amor que un incensario lleno de carbones encendidos? San Bernardino de Siena, siglo XIV.

El Corazón de Cristo fue llagado por nosotros con una llaga de amor para que, por una correspondencia amorosa, pudiésemos por la puerta del costado tener entrada en su Corazón. Acordémonos, pues, del Amor más que excelente que nos mostró Cristo en la apertura del costado, abriéndonos por ahí ancha entrada en su Corazón. Apresurémonos a entrar en el Corazón de Cristo, recojamos todo cuanto tenemos de amor para unirlo con el amor divino. Ludolfo de Sajonia, cartujano (+1378)

Mírame un instante sobre la Cruz donde padecí tan cruelmente para darte mi divino fuego. Tú estás escrito en mi Corazón con letras de sangre; mi amor a ti me obligó a venir a este mundo; ante la muerte no retrocedió mi Corazón santo y puro. Mis manos y mis pies y cabeza ensangrentada, todo mi cuerpo, lo ves en grande pena; pero más pena me es que tú veas mi dolor y que no hagas caso de mí, tu Redentor. Responde el alma: ¿A quién me he de dar sino a Ti, Esposo mío?... Pues en ti solo espero y en tu amor me consumo. Jacopone de Odi, franciscano del siglo XIII.

... Quiso también que su costado fuera abierto para darnos acceso a lo que tiene de más íntimo. Pues, cuando el costado fue abierto, el camino quedó allanado hasta el Corazón del Señor. Que el hombre se acerque a este Corazón sublime y Dios sea exaltado en Él. Pero, ¿quién subirá hasta allá? ¿quién descansará en Él? El que tiene las manos puras y el corazón limpio. Pero el pecador no vacile. Si la entrada no le es desde luego accesible, que llore a la puerta, allí donde fluye la sangre, de donde brota el agua; las puertas están abiertas: los clamores de los que lloran penetran sin dificultad hasta el Corazón del Señor. Oficio de la llaga del costado, Orden de Predicadores.

El costado de Cristo fue traspasado no lejos del Corazón para abrirnos la entrada de este Corazón. Se ve su amor incomprensible. Se da entero por nosotros. No reserva nada en su Corazón que no nos dé. ¿Qué más pudo hacer por nosotros? Nos abrió su mismo Corazón, como su secreta cámara, para introducirnos en Él como a su esposa escogida. Nos dio su Corazón, cruelmente herido, para ser así nuestra morada hasta que, plenamente purificados, sin mancha, conformes a su Corazón, seamos capaces y dignos de ser llevados con él al Corazón divino del Verbo. Nos da su Corazón por morada y en retorno nos pide el nuestro para descansar en Él. Juan Taulero (+1361)

Yo quise que mi Corazón fuese así herido y abierto para manifestar a los hombres el secreto de mi Corazón. Mi fin fue darles a entender que mi amor es mayor que las señales exteriores que les di. Porque mis sufrimientos fueron finitos pero mi Amor es infinito. Nuestro Señor a Santa Catalina de Siena.

Fuente: R. P. Juan Rosanas SJ, La devoción a los SS. Corazones de Jesús y María

Antiguos textos sobre la devoción al Sagrado Corazón (I)

Imagen ante la cual rezó el Beato Carlos de Austria

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús cobró difusión universal a partir de las apariciones a Santa Margarita (1673-1675). Pero ya mucho antes había en la Iglesia indicios de esta devoción. Transcribimos algunos textos antiguos que hacen referencia a ella.

Ofrece tu corazón a Aquel que primero te dio el Suyo, para que tú le devuelvas corazón por Corazón. Dichoso trueque en que todo es para ti: tu corazón y el Corazón de Jesús... ¿Por ventura no te mostró la morada de su Corazón cuando un soldado le abrió el costado? Fue una brecha hecha en el muro, una puerta abierta a fin de que tu corazón tenga acceso a su Corazón, para que por la fe y el amor puedas, sin obstáculo, entrar hasta su Corazón. Calienta allí tu corazón. Anónimo del siglo XII, Libro de la doctrina del corazón.

Vuestro costado fue herido para que, al abrigo de todas las tormentas del exterior, pudiéramos permanecer en esta viña. ¿Mas, para qué herido? Para que por la herida visible viéramos la invisible herida del amor... ¿Cómo mejor manifestar este amor ardiente que dejando herir no sólo el cuerpo sino también el Corazón? La herida de la carne muestra la herida espiritual... ¿Quién no amará a ese Corazón? ¿Quién no corresponderá a este Amor que ama tanto? ¿Quién no abrazará a un Esposo tan casto?... Devolvamos, pues, en cuanto podamos, amor por Amor; abracemos a nuestro Amado y Herido, y oremos para que enlace con el lazo de su amor nuestro corazón todavía duro e impenitente, para que le hiera con una saeta de amor. Tratado de la Pasión del Señor, atribuido a San Buenaventura.

Mírame, pues, y ve en qué estado me ha puesto el amor. Tengo el Corazón traspasado por una lanza. Mi Corazón desea tu corazón. Me haces enfermar de amor. Apresúrate en venir a mí. Dame tu corazón. Estrofas que se cantaban en la comunidad franciscana poco después de la muerte de San Francisco (1226).

Quiero hacer tres tiendas, una en sus manos otra en sus pies, pero, sobre todo, una que esté fija en su costado... Así hablaré a su Corazón y obtendré de él todo cuanto querré. Si te has derretido oyendo su voz, ¿cómo no te has perdido en Él, cuando entras por sus heridas hasta su Corazón? Si meditas bien su pasión, y si entras profundamente en su costado, presto llegarás a su Corazón. Feliz el corazón que se une así tiernamente al Corazón de Cristo. Acerquémonos a este Corazón profundo y sumerjámonos enteramente en esta profundidad de la infinita bondad. Acerquémonos con confianza al costado de Jesús: entremos en El. De la obra Stimulus amoris, que contiene extractos de los escritos de San Buenaventura.

El Salvador abrió su costado y su Corazón a la paloma, es decir, al alma religiosa, para que en Él encuentre su nido. ¡Oh hombre! Te dio su Corazón en la Cruz y por esto su costado fue abierto. De los sermones de San Antonio de Padua.

Fuente: R. P. Juan Rosanas SJ, La devoción a los SS. Corazones de Jesús y María

El Corazón de Jesús, nuestro Modelo (I)

El Beato Carlos de Austria de rodillas en adoración

¡Sagrado Corazón de Jesús! Enséñame a modelar los movimientos de mi corazón según los del tuyo.

El alma consagrada al Sagrado Corazón, el alma reparadora, debe sentir la necesidad de modelar su vida por la de Jesús. ¿Cómo puedes llamarte con verdad consagrado al Sagrado Corazón y cómo puedes decirte su víctima reparadora cuando tú mismo conservas en tu corazón sentimientos, apetitos y gustos contrarios a los suyos?

Es claro que para modelar tu corazón por el Corazón de Cristo, no puedes limitarte a eliminar este o aquel defecto y conseguir esta o aquella virtud, sino que debes tender a la reforma de toda tu vida. Sin embargo, el Maestro divino, cuando quiso presentarnos su Corazón como modelo, habló de dos virtudes particulares: la mansedumbre y la humildad. “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Y no sin motivo. En efecto, cuando hayas eliminado de tu corazón todos los movimientos y resentimientos del amor propio, del orgullo, tendrás con esto eliminados todos los demás defectos; y cuando hayas adquirido una humildad profunda, habrás conseguido por junto todas las demás virtudes. Párate, pues, a considerar esta gran lección del Corazón de Jesús.

Ante todo Jesús te habla de mansedumbre. La mansedumbre es la virtud que torna al hombre capaz de dominar lo que, con expresión genérica, se puede llamar ira, cólera. Esta virtud te confiere el poder de frenar y dominar todos esos movimientos un poco apasionados que a veces te sacan de los justos límites, te hacen un tanto... perder la brújula. Y como la brújula de un alma que quiere darse al servicio de Dios es Dios mismo, es el Corazón de Jesús, si pierdes de vista, aun cuando sólo sea por un instante, al Señor y te alejas de Él, acabarás siguiendo tu amor propio y tus pasioncillas; la mansedumbre, en cambio, te hace señor de ti mismo, capaz de dominar cualquier suerte de irritación. Si te examinas bien, reconocerás que esta irritación proviene casi siempre del amor propio ofendido, del apetito irascible puesto en movimiento por alguna cosa que ha herido tu yo. Mira, pues, cómo la mansedumbre es virtud íntimamente ligada a la humildad.

“¡Oh Corazón santísimo de Jesús, que tanto deseas colmar de beneficios a los miserables, e instruir a quien quiere aprovechar en la escuela de tu amor! Tú me invitas continuamente a ser como Tú, dulce y humilde de corazón. Por eso estoy persuadido de que, para ganar tu amistad y llegar a ser verdadera discípula tuya, nada mejor podré hacer que ser dulce y humilde de veras. Concédeme, pues, aquella humildad sincera que me tenga sometida a todos, que me haga soportar en silencio las pequeñas humillaciones, más aún, me las hagas aceptar de grado, con serenidad, sin excusas, considerando que merezco más y mayores” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Oración al Santísimo Sacramento


Señor mío Jesucristo, que, por el amor que tenéis a los hombres, estáis día y noche en este Sacramento, lleno de misericordia y de amor, esperando, llamando y acogiendo a todos los que vienen a visitaros; creo que estáis presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Os adoro desde el abismo de mi nada y os doy gracias por todos los beneficios que me habéis hecho, especialmente porque me habéis dado en este Sacramento vuestro Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; por haberme concedido por mi abogada a vuestra Santísima Madre, la Virgen María; y haberme ahora llamado a visitaros en este lugar santo.

Adoro vuestro amantísimo Corazón y deseo adoraros por tres fines: el primero, en agradecimiento de este tan insigne don; el segundo, para reparar todos los ultrajes que habéis recibido de vuestros enemigos en este Sacramento; y el tercero, porque deseo en esta visita adoraros en todos los lugares de la tierra, donde estáis Sacramentado con menos culto y más olvido.

¡Jesús mío! Os amo con todo mi corazón. Me arrepiento de haber ofendido, tantas veces, a vuestra bondad infinita, y propongo enmendarme, asistido de vuestra gracia. Miserable como soy, me consagro enteramente a Vos, y entrego en vuestras divinas manos mi voluntad, afectos, deseos y todo cuanto soy y puedo. De hoy en adelante haced, Señor, de mí y de mis cosas todo lo que os agrade.

Lo que yo quiero y os pido es vuestro santo amor, el perfecto cumplimiento de vuestra santa voluntad, y la perseverancia final. Os encomiendo las almas del Purgatorio, especialmente las más devotas del Santísimo Sacramento y de María Santísima, y os ruego también por todos los pecadores.

Oh amado Salvador mío, uno todos mis afectos y deseos a los de vuestro Sacratísimo Corazón, y así unidos, los ofrezco a vuestro Eterno Padre, y por el amor que os tiene, le pido en vuestro nombre se digne aceptarlos y oiga mis súplicas benignamente. Amén.

Fuente: Oración compuesta por San Alfonso María de Ligorio

El Corpus Christi

El Beato Carlos de Austria junto su familia en una procesión del Corpus Christi

Se admiran en el mundo los progresos de la industria, de las ciencias, de las artes; se admiran las grandes fortunas, los hermosos palacios, los preciosos jardines; pero qué pocas almas piensan en el gran prodigio de la Eucaristía. Nosotros mismos, que nos maravillamos ante las bellezas naturales, el esplendor del firmamento y el espectáculo del mundo creado, ¡cuántas veces permanecemos indiferentes en los santuarios que habita la Hermosura increada!

El Todopoderoso autor del Universo podría, con una sola palabra, sacar de la nada millones de mundos más ricos y más hermosos que el nuestro; pero, dice San Agustín, que Dios Todopoderoso no ha podido crear nada tan admirable como el Sacramento del Altar. Siendo Dios, como es, la misma Sabiduría, la Bondad por esencia, podría multiplicar infinitamente los beneficios que nos prodiga; pero, añade también San Agustín, no podría otorgarnos ningún don que igualara al don de la Eucaristía. ¡Oh inefable misterio de Amor!

Aunque parezca imposible, ¡cuán insensibles se quedan los hombres ante este adorable misterio! Cuando un rey llega a una ciudad, se corre a su encuentro. El Rey de los reyes baja diariamente de los cielos con toda su corte para establecerse entre nosotros, rodeado de los príncipes de las milicias angélicas, y apenas si pensamos en ello y tan sólo acuden a adorarle algunas almas piadosas y fieles.

Procuremos ser nosotros también del corto número de estas almas piadosas; únicamente admiremos y estimemos en nuestro destierro el milagro de la divina Eucaristía, milagro permanente que eclipsa a todos los milagros posibles hasta el fin de los siglos. Si fuéramos capaces de entender estas verdades, como las entendieron Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Luis Gonzaga, Santa Teresa, San Alfonso de Ligorio, no podríamos olvidar ni un solo momento al Dios de la Eucaristía. ¡Con cuanto respeto y amor pensaríamos en Él, en sus grandezas, en sus perfecciones infinitas! ¡Con qué frecuencia le visitaríamos, le invocaríamos, le ofreceríamos nuestros más rendidos homenajes, cómo nos sentiríamos devorados por un santo celo de propagar su culto!

¡Oh Jesús mío! Hazte conocer y amar. Ya que has obrado tantos prodigios en favor de tu doctrina, no dejes oculta tu Persona Sacratísima que reside tan cerca de nosotros.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 582-584

San Antonio de Padua

San Antonio de Padua y San Luis Gonzaga

Adoremos al Señor, que suscitó en este admirable santo a uno de los más fieles imitadores de las virtudes que resplandecieron en su Hijo divino hecho hombre. En una vida de sólo 36 años, este ilustre hijo del Patriarca de Asís glorificó al cielo enviándole, cada día con mayor abundancia, el aroma de sus eminentes virtudes con las que perfumó su paso por el mundo.

Descendiente de noble familia y halagado por el mundo con las más risueñas esperanzas, todo lo deja para seguir la voz de Dios, que le llama a la práctica de los consejos evangélicos. Canónigo regular de San Agustín en Lisboa, pasa al convento de Santa Cruz de Coímbra, en donde espera gozar de mayor soledad. La vista de las reliquias de cinco mártires franciscanos inmolados por la fe, enardece su amor a Jesucristo y suspira por pertenecer a una orden religiosa en la cual pueda él mismo verter su sangre por tan noble causa. Miembros de la familia fundada por San Francisco de Asís, con indecible entusiasmo se entrega a la observancia más cumplida de la severa Regla. Su recogimiento es profundo, su comunicación con el cielo, no interrumpida; la guerra hecha a su cuerpo y al amor propio, sin tregua. Satisfacía sus deseos de inmolarse por Jesucristo, pero no le dejaba en paz su ambición por el martirio. Para lograr su intento, pidió y obtuvo un puesto en las misiones de África. Más una grave enfermedad que le sobrevino hizo volver rumbo a España a la nave que le conducía a aquellas costas, y la Providencia divina, que no le quería ni en ese cristiano país, lo trajo a Italia. Era ese el sitio en donde debía completar su santificación y en donde debía dar mucha gloria al Señor, en un corto pero abundante apostolado.

¡Cuánta era su humildad! Poseedor de tesoros de ciencia y colmado de gracias especialísimas del cielo, supo empequeñecerse y hacerse mirar como el último de sus hermanos. Un acto providencial fue preciso para que sus superiores reconocieran su valer. Entregado a la contemplación de las cosas divinas y al rigor de extremadas mortificaciones, pasó algún tiempo en la ermita de Monte Pablo, cerca de Bolonia. Días fueron esos que le prepararon a la alta misión a que Dios le destinaba. Así obran los santos. Reclaman la luz divina por medio de la oración, para conocer la voluntad del Señor; y una vez que se les manifiesta, la cumplen con ánimo generoso. Amor propio, conveniencias humanas, lazos de la familia y de la sangre, lo que el corazón más ama, todo queda inmolado; de todo eso hace un sacrificio completo en aras de aquella voluntad superior. ¡Felices ellos! Aseguran con eso su paz y su felicidad única en la tierra, y su porvenir eterno.

Recojámonos en nuestro interior y observemos la causa de nuestras penas y sinsabores. ¿No estará, en la mayor parte de los casos, en la cobardía y mezquindad con que hemos procedido para con Dios? ¡Ah! Seguramente. Si hubiéramos sido fieles a nuestras prácticas piadosas, a las insinuaciones del confesor, al alejamiento de las ocasiones de ruina espiritual, ¡cuán distintos seríamos de lo que desgraciadamente somos! ¡Cuán deliciosa tranquilidad gozaría nuestra alma! No nos privemos de tanto bien; resolvamos generosamente hoy lo que tiempo hace están reclamando de nosotros Dios y nuestra propia conciencia.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Homenajes rendidos al Sagrado Corazón


Una consagración así, aporta también a los Estados la esperanza de una situación mejor, pues este acto de piedad puede establecer y fortalecer los lazos que unen naturalmente los asuntos públicos con Dios. En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha erigido una especie de muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y administración de los Estados no se tiene en cuenta para nada la jurisdicción sagrada y divina, y se pretende obtener que la religión no tenga ningún papel en la vida pública. Esta actitud desemboca en la pretensión de suprimir en el pueblo la ley cristiana; si les fuera posible hasta expulsarían a Dios de la misma tierra.

Siendo los espíritus la presa de un orgullo tan insolente, ¿es que puede sorprender que la mayor parte del género humano se debata en problemas tan profundos y esté atacada por una resaca que no deja a nadie al abrigo del miedo y el peligro? Fatalmente acontece que los fundamentos más sólidos del bien público, se desmoronan cuando se ha dejado de lado, a la religión. Dios, para que sus enemigos experimenten el castigo que habían provocado, les ha dejado a merced de sus malas inclinaciones, de suerte que abandonándose a sus pasiones se entreguen a una licencia excesiva.

De ahí esa abundancia de males que desde hace tiempo se ciernen sobre el mundo y que Nos obligan a pedir el socorro de Aquel que puede evitarlos. ¿Y quién es éste sino Jesucristo, Hijo Único de Dios, “pues ningún otro nombre le ha sido dado a los hombres, bajo el Cielo, por el que seamos salvados”?. Hay que recurrir, pues, al que es “el Camino, la Verdad y la Vida”.

El hombre ha errado: que vuelva a la senda recta de la verdad; las tinieblas han invadido las almas, que esta oscuridad sea disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha enseñoreado de nosotros, conquistemos la vida. Entonces nos será permitido sanar tantas heridas, veremos renacer con toda justicia la esperanza en la antigua autoridad, los esplendores de la fe reaparecerán; las espadas caerán, las armas se escaparán de nuestras manos cuando todos los hombres acepten el imperio de Cristo y sometan con alegría, y cuando “toda lengua profese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre”.

En la época en que la Iglesia, aún próxima a sus orígenes, estaba oprimida bajo el yugo de los Césares, un joven emperador percibió en el Cielo una cruz que anunciaba y que preparaba una magnífica y próxima victoria. Hoy, tenemos aquí otro emblema bendito y divino que se ofrece a nuestros ojos: Es el Corazón Sacratísimo de Jesús, sobre el que se levanta la cruz, y que brilla con un magnífico resplandor rodeado de llamas. En él debemos poner todas nuestras esperanzas; tenemos que pedirle y esperar de él la salvación de los hombres.

Finalmente, no queremos pasar en silencio un motivo particular, es verdad, pero legítimo y serio, que nos presiona a llevar a cabo esta manifestación. Y es que Dios, autor de todos los bienes, Nos ha liberado de una enfermedad peligrosa. Nos queremos recordar este beneficio y testimoniar públicamente Nuestra gratitud para aumentar los homenajes rendidos al Sagrado Corazón.

Fuente: S.S. León XIII, Encíclica Annum Sacrum

La Consagración del mundo al Sacratísimo Corazón de Jesús


El 11 de junio de 1899, el Papa León XIII Consagró la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús con la siguiente Fórmula compuesta por él mismo, y más adelante, S.S. Pío XI pidió que sea recitada también en la Solemnidad de Cristo Rey.

Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser; y a fin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón. Muchos, por desgracia, jamás os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo! ¡Oh Señor! Sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado, haced que vuelvan pronto a la casa paterna para que no perezcan de hambre y de miseria. Sed Rey de aquellos que por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos; devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo de un solo Pastor. Sed Rey de los que permanecen aún envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino. Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos, como bautismo de redención y de vida, la sangre que un día contra sí reclamaron. Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: “Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud; a Él se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos”. Así sea.

Fuente: S.S. León XIII, Encíclica Annum Sacrum

El Sagrado Corazón a Santa Margarita María de Alacoque (I)


REVELACIONES DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

A SANTA MARÍA MARGARITA DE ALACOQUE

PRIMERA REVELACIÓN

27 de diciembre de 1673

Un día, estando delante del Santísimo Sacramento, un poco más tranquila, me sentí rodeada de esta divina presencia, pero, con tal fuerza, que me olvidé de mí misma y del lugar en que estaba y me abandoné al divino Espíritu, entregando mi corazón a la fuerza de su amor. Por largo tiempo me hizo reposar en su divino pecho, y allí me descubrió las maravillas de su amor, y los inexplicables secretos de su Sagrado Corazón, que siempre me había tenido ocultos, hasta ahora, en que me los mostró por la primera vez, pero de una manera tan real y tan sensible, que no me dejó la menor duda, a mí que, sin embargo creía estar siempre engañada. Fue un día de San Juan Evangelista, después de haber recibido de mi Divino Salvador una gracia casi semejante a la que obtuvo la noche de la Cena aquel discípulo muy amado.

Me dijo el Señor: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de amor por los hombres, y por ti en particular, que ya no pudiendo en sí mismo contener las llamas de su ardiente caridad, necesita difundirlas por tu medio y que se manifieste a ellos para enriquecerlos con sus preciosos tesoros que te descubro, fuente de las gracias santificantes y saludables que se necesitan para apartarse del abismo de perdición. Y para el cumplimiento de este gran designio, te he escogido a ti, abismo de indignidad y de ignorancia, para que sea yo quien lo haga todo...”

Luego, me pidió mi corazón, y yo le supliqué que le tomase; así lo hizo, poniéndolo en el suyo adorable, en el cual me hizo verlo como átomo pequeñísimo que se consumía en aquel horno encendido. Después, retirándolo de allí como una ardiente llama en forma de corazón, lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado diciéndome: “He aquí amada mía, una prueba preciosa de mi amor: deposito en tu pecho una pequeña chispa de las más vivas llamas de mi amor, para que te sirva de corazón y te consuma hasta el último momento. Y por señal de que la grande gracia que acabo de concederte no ha sido pura imaginación, sino el fundamento de todas las que aún he de hacerte, aunque he cerrado la llaga de tu costado te quedará en él para siempre el dolor, y si hasta aquí solo has llevado el nombre de esclava mía: desde hoy te llamarás la discípula muy amada de mi Sagrado Corazón”.

Fuente: Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía

Novena de la confianza al Sagrado Corazón de Jesús

“Es una bendición tener una confianza ilimitada en el Sagrado Corazón” (Beato Carlos de Austria)

¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad os digo, pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”. He aquí que, confiando en tus santas palabra, yo llamo, busco, y pido la gracia...

Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad os digo, pasarán los cielos y la tierra pero mis palabras jamás pasarán”. He ahí que yo, confiando en lo infalible de tus santas palabras pido la gracia...

Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad os digo, todo lo que pidáis a mi Padre en mi Nombre, se os concederá”. He ahí que yo al Padre Eterno y en tu Nombre pido la gracia...

Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¡Oh Sagrado Corazón de Jesús!, te es imposible no sentir compasión por los desdichados: ten piedad de nosotros, pobres pecadores, y concédenos las gracias que pedimos en nombre del Inmaculado Corazón de María, nuestra tierna Madre. Amén.

San José, padre adoptivo del Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

Fuente: Oraciones de ARCADEI

La Acedia (III)


Tristeza, Envidia y Acedia

El Catecismo relaciona la acedia con la pereza. No se detiene a señalar su relación con la envidia y la tristeza. Sin embargo, la acedia es propiamente una especie o una forma particular de la envidia. En efecto, Santo Tomás de Aquino, que considera a la acedia como pecado capital, la define como: tristeza por el bien divino del que goza la caridad. Y en otro lugar señala sus causas y efectos: es una forma de la tristeza que hace al hombre tardo para los actos espirituales que ocasionan fatiga física.

La acedia se define acertadamente, por lo tanto, como perteneciente al género de las tristezas y como una especie de la envidia. ¿Qué la distingue de la envidia en general? Su objeto. El objeto de la acedia no es - como el de la envidia - cualquier bien genérico de la creatura, sino el bien del que se goza la caridad. O sea, el bien divino: Dios y los demás bienes relacionados con El.

Nos importa mucho en este estudio establecer y mantener la distinción entre envidia y acedia, por eso evitamos usarlas como sinónimos, como suele hacerse en el uso común. En nuestro estudio entendemos la envidia como un pecado moral y la acedia como un pecado teologal, como la forma teologal de le envidia.

Secundaria y derivadamente, la acedia se presenta, en la práctica, como una pereza para las cosas relativas a Dios y a la salvación, a la fe y demás virtudes teologales. Por lo cual, acertadamente, el catecismo la propone, a los fines prácticos, como pereza.

Fuente: Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, pto. 1.2.

Disponernos a los dones por las virtudes y la oración (II)


En el primer período de la vida espiritual, por lo común, el influjo de los dones del Espíritu Santo, aunque jamás falta, es más bien raro y escondido; por eso en este período prevalece la iniciativa del alma, o sea, el ejercicio activo de las virtudes y de la oración. Pero, a medida que se desarrolla la vida espiritual, a medida que aumenta la caridad, crece también al influjo de los dones y, cuando el alma es fiel, ese influjo se hace gradualmente más fuerte y continuo hasta predominar sobre la actividad del alma misma; y de ese modo, bajo la dirección del Espíritu Santo, consigue el alma la santidad.

Para aprovecharse de los dones del Espíritu Santo es necesario que el alma, desde el principio de su vida espiritual, se acostumbre a ser al mismo tiempo activa y pasiva, o sea, esté atenta y dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo sin olvidar el ser fecunda en iniciativas personales. Pues, si es cierto que existen almas demasiado pasivas, también las hay demasiado activas, que dan toda la importancia a sus planes de reforma espiritual, a sus propósitos, a sus ejercicios y prácticas, como si la santidad dependiese únicamente de sus esfuerzos; en el fondo ellas confían demasiado en sus fuerzas y demasiado poco con la ayuda divina. Estas almas están expuestas a no saber recibir las inspiraciones del Espíritu Santo, a sofocar sus impulsos y así, afanarse sin obtener la meta. Es preciso más docilidad, más abandono. Docilidad de la mente para reconocer las inspiraciones interiores del Espíritu Santo; docilidad de la voluntad para secundarlas; abandono para dejarse llevar aún por caminos oscuros y desconocidos y contrarios a los gustos propios. Nadie puede ser maestro de santidad para sí mismo. El Maestro es uno: es el Espíritu Santo. Es preciso someterse siempre a su escuela, a su dependencia. Por eso, en medio del empeño activo para corregir los defectos y adquirir las virtudes, es necesario prestar atención interior a los impulsos del Espíritu Santo. Precisamente para darnos esta posibilidad nos infundió Él sus dones. “El Señor, cada mañana, me despierta el oído para escuchar como discípulo, dice Isaías. El Señor me ha abierto el oído y no me he rebelado, no me he echado atrás”. Esta debe ser la postura interior de un alma que quiere ser guiada por el Espíritu Santo.

“¡Oh Espíritu Santo! Tú eres la fuente que anhelo, el deseo de mi corazón. Océano desbordante de agua, absorbe esta gotita insignificante que desea salir de sí para entrar en Ti. Tú eres la única sustancia toda de mi corazón y a Ti me entrego con todo fervor. ¡Oh cuán amable unión! De veras que esta familiaridad contigo es más apreciable que la misma vida; tu perfume es como bálsamo en propiciación y paz.

¡Oh Espíritu Santo, Amor! Tú eres el beso suavísimo de la Santísima Trinidad, que une el Padre y el Hijo. Tú eres aquel beso bendito que la divinidad dio a la humanidad por medio del Hijo de Dios. ¡Oh beso dulcísimo! No me abandone tu vínculo, a mí, granito de polvo; tus brazos me estrechen hasta que sea una sola cosa con Dios. Hazme, Dios viviente, experimentar las delicias que encierras; dulcísimo amor mío, haz que te abrace, que me una a Ti, ¡Oh Dios Amor! Tú eres mi posesión más querida, sin la que nada más espero, quiero, ni deseo en el cielo ni en la tierra”(Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Oh Inmaculado Corazón de María


¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan tu Santísimo nombre y tus excelsas prerrogativas! Aquí tienes, postrados a tus pies, a estos indignos hijos tuyos que, agobiados por el peso de sus propias culpas, vienen arrepentidos y con ánimo de reparar las injurias que, a modo de penetrantes espadas, dirigen contra Ti hombres insolentes y malvados.

Deseamos reparar, con este acto de amor y rendimiento que hacemos delante de tu dulcísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra tu augusto nombre, todos los agravios que se infieren a tus excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a tu maternal amor e inagotable misericordia.

Acepta, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta demostración de nuestro filial amor y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hacemos de serte fieles en adelante, de salir en defensa de tu honra cuando la veamos ultrajada y de propagar tu culto y tus glorias. Concédenos, ¡oh Corazón amabilísimo!, que vivamos y crezcamos en tu santo amor, hasta verlo consumado en la gloria.

Amén.

¡Oh dulce Corazón de María, compadécete de nosotros!

Refugio de pecadores, ruega por nosotros.

¡Inmaculado Corazón de María, sed la salvación del alma mía!

Fuente: Acto de reparación al Inmaculado Corazón de María

Acto de Reparación al Sagrado Corazón de Jesús


“A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final” (La Gran Promesa del Sagrado Corazón de Jesús)

¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Vednos postrados ante vuestro altar, para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren vuestro amantísimo Corazón. Mas recordando que también nosotros alguna vez nos manchamos con tal indignidad de la cual nos dolemos ahora vivamente, deseamos, ante todo, obtener para nuestras almas vuestra divina misericordia, dispuestos a reparar, con voluntaria expiación, no sólo nuestros propios pecados, sino también los de aquellos que, alejados del camino de la salvación y obstinados en su infidelidad, o no quieren seguiros como a Pastor y Guía, o, conculcando las promesas del Bautismo, han sacudido el suavísimo yugo de vuestra ley.

Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente la inmodestia y la deshonestidad de la vida y de los vestidos, las innumerables asechanzas tendidas contra las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las execrables injurias proferidas contra Vos y contra vuestros Santos, los insultos dirigidos a vuestro Vicario y al Orden Sacerdotal, las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por Vos fundada. ¡Ojalá que nos fuese dado lavar tantos crímenes con nuestra propia sangre! Mas, entretanto, como reparación del honor divino conculcado, uniéndola con la expiación de la Virgen vuestra Madre, de los Santos y de las almas buenas, os ofrecemos la satisfacción que Vos mismo ofrecisteis un día sobre la cruz al Eterno Padre y que diariamente se renueva en nuestros altares, prometiendo de todo corazón que, en cuanto nos sea posible y mediante el auxilio de vuestra gracia, repararemos los pecados propios y ajenos y la indiferencia de las almas hacia vuestro amor, oponiendo la firmeza en la fe, la inocencia de la vida y la observancia perfecta de la ley evangélica, sobre todo de la caridad, mientras nos esforzamos además por impedir que seáis injuriado y por atraer a cuantos podamos para que vayan en vuestro seguimiento.

¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, os suplicamos que recibáis este voluntario acto de reparación; concedednos que seamos fieles a vuestros mandatos y a vuestro servicio hasta la muerte y otorgadnos el don de la perseverancia, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión del Padre y del Espíritu Santo, vivís y reináis, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta Encíclica Miserentissimus Redemptor

Disponernos a los dones por las virtudes y la oración (I)


Enséñame ¡oh Espíritu Santo!, a prestar atención continua a tus inspiraciones y dependencia fiel a tus impulsos divinos.

Santo Tomás enseña que se nos dieron los dones en ayuda de las virtudes. Los dones son para “ayudar” a las virtudes, por lo tanto no para “sustituirlas”, lo que quiere decir que el alma debe hacer cuanto puede en el ejercicio asiduo de las virtudes, y entonces el Espíritu Santo completará con los dones la parte que ella no puede realizar. “Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín). Por eso la postura práctica que el alma debe de adoptar para que se digne el Espíritu Santo actuar sus dones, es ponerse en camino hacia la santidad con denodado esfuerzo. Toda la tradición católica pone como punto de partida esta actividad y empeño personal, porque “si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella... la atrae y la hace correr hacia Él” (San Juan de la Cruz). Y el alma Busca a Dios con el ejercicio asiduo de las virtudes que, aunque no basta para conducirla al término, es necesario para demostrar al Señor su buena voluntad. Como no espera el marinero ansioso de zarpar del puerto a que el viento hinche sus velas, sino que echa mano de los remos con vigor, así el alma deseosa de hallar al Señor mientras espera que venga Él a unirlas a sí, se esfuerza con ahínco en buscarlo con iniciativas personales, que son esfuerzos para vencer los defectos propios, para deshacerse de las criaturas, para practicar las virtudes, para ejercitar el recogimiento interior, etc. Y el Espíritu Santo se aprovechará de estos esfuerzos para ocultar en ellos su acción, actuando sus dones. Eso indica cuán errada es la postura de ciertas almas que viven demasiado pasivamente su vida espiritual, no teniendo suficientes iniciativas personales para avanzar en la virtud, para salir al encuentro de Dios. Ellas pierden mucho tiempo y se exponen a fáciles ilusiones. Sobre todo al principio de la vida espiritual es necesario poner manos a la obra activamente. Sólo de ese modo podemos esperar en la ayuda del Espíritu Santo.

“¡Oh Espíritu Santo, Dios, Amor, vínculo de la Santísima Trinidad por vía de amor! Tú pones y depositas tus delicias en los hijos de los hombres, en la castidad santa que florece por influjo de tu fuerza y de tus encantos en este valle, como rosa entre espinas. ¡Espíritu Santo! ¡Amor! Dime qué vía conduce a una estancia tan deliciosa; dónde está el sendero de la vida que lleva a estas praderas fecundas por el rocío divino en que se sacian los corazones abrazados por la sed. ¡Oh Amor! Tú sólo conoces ese camino que conduce a la vida y a la verdad. En ti se consuma la unión rebosante de delicias que une entre sí a las Personas divinas de la Santísima Trinidad. Por ti, ¡Oh Espíritu Santo!, fueron esparcidos sobre nosotros los más preciosos dones. De ti proceden los gérmenes fecundos que producen frutos de vida. De ti dimana la miel de delicias que sólo se hallan en Dios. Por ti bajan a nosotros las aguas fertilizantes de las bendiciones divinas, dones tan preciosos para el espíritu, pero, por desgracia, tan raros en nuestro valle” (Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Imitar y reflejar a Cristo


¿Qué es hacer de Jesús?

Es: Hablar de Jesús como Jesús y con autoridad de Jesús instruyendo, alumbrando, atrayendo.

Obrar con la virtud y con el estilo de Jesús, curando enfermos, resucitando muertos, consolando afligidos, levantando caídos, haciendo andar a los paralíticos, ver a los ciegos y oír a los sordos.

Amar por y a lo Jesús. O sea: decir y hacer todo esto por amor, sin esperar paga ni recompensa, con sacrificio hasta morir en la cruz del cansancio, del agotamiento, de la ingratitud, del martirio de sangre, poco a poco o de una vez.

Un apóstol de Jesús es como un Sagrario ambulante con la puerta abierta de par en par o con sus paredes transparentes para que, así como en los de las iglesias se ve con los ojos del alma a Jesús a través de las especies sacramentales, en aquéllos se vea, se oiga y se sienta a través de las palabras, las obras, el cuerpo y el alma del apóstol.

Un apóstol es el Evangelio vivo andando por nuestras calles y plazas, repitiendo y renovando las escenas de Jesús pasando sereno y generoso por entre muchedumbres hambrientas, fariseos envidiosos, niños que aclaman, turbas que vociferan y a veces crucifican...

Lo que vale un apóstol

Grande, inmensa es la dignación del Padre celestial en haber querido valerse del sol para dar a la tierra y a los mundos toda la luz y todo el calor que necesitaban. Pero es incomparablemente más valiosa y enaltecedora la dignación del Corazón de Jesús al hacer de un hombre -al fin y al cabo de barro- apóstol suyo, distribuidor de su Luz, de su Calor, de su Vida; voz de su boca, mano de su poder, cimiento de su Iglesia, mirada de sus ojos, palpitación de su Corazón, repetidor y continuador y hasta ampliador de su Obra y de sus milagros.

Qué extraño que san Pablo, uno de los más grandes hombres de la historia, honrado por el mismo Jesús en persona y de modo extraordinario con el apostolado, exclamara con la máxima convicción repetidas veces en sus cartas: No soy digno de ser llamado apóstol. Y el que había sido constituido príncipe de todos ellos, a la primera insinuación que recibe de Jesús, cayera de rodillas ante Él exclamando en tono de la más sentida humildad: Apártate de mí que soy hombre pecador.

Si en el solo nombramiento de apóstol se sienten tan fuertes las palpitaciones del Corazón de Jesús, preparaos para sentirlas más fuertes en la tierna solicitud con que prepara y escoge a los que Él quiso para tan encumbrado oficio.

¡El Corazón de Jesús formándose sus apóstoles! ¡Qué tema tan interesante!

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la Eucaristía

Un impresionante testimonio de conversión (III)

Devin Rose en un programa de EWTN

Pero Dios no se detuvo ahí; quería que Devin se encontrase definitivamente con Él dentro de la Iglesia Católica. Ya desde el inicio nació en él la duda de por qué habían tantas divisiones y denominaciones dentro del cristianismo. Así se lo hizo notar a Matt, un buen amigo suyo bautista, considerado líder entre su grupo. Pero él no supo responderle.

Su anhelo por la verdad le carcomía el alma y no le dejaba en paz ver las divergencias en las predicaciones entre los diversos cristianos. Buscó ayuda en su lectura de la Biblia... pero también ahí se dio cuenta que unas confesiones la veían de una manera y otros de otra.

La pregunta de fondo no era baladí: ¿quiénes están realmente guiados por el Espíritu Santo? Porque el Espíritu Santo es “el Espíritu de Verdad”, y la Verdad es una. ¿Cómo, entonces, producía tantos efectos?

Tras mucho pensar y orar, Devin decidió investigar qué denominaciones habían tenido la osadía de afirmar que eran la Iglesia que tenía la plenitud de la verdad. Su iglesia bautista ciertamente no lo decía, pero los católicos, los ortodoxos y los mormones sí que lo habían hecho. Sin habla ante los resultados y con mucho temor, empezó a investigar a la Iglesia Católica.

Durante mucho tiempo debatió con amigos protestantes, haciendo todo lo posible por no volverse católico. Pero mientras más estudiaba, más cuenta se daba de la autenticidad de la Iglesia. Y así, después de recibir una buena catequesis, fue recibido en la Iglesia en la Pascua del 2001, ceremonia a la que asistieron algunos de sus amigos protestantes.

Hoy, después de diez años de católico, Devin no puede sino ver con gratitud el camino recorrido: “Mi Camino a Roma comenzó con el riesgo de que Dios fuese real. Continuó con el descubrimiento de que Él me amó y de que era digno de mi confianza. Hoy, puedo decir que, después de vivir la fe católica desde hace diez años, mi confianza en Cristo y en Su Iglesia se ha vuelto cada día más fuerte”.

Fuente: Juan Antonio Ruiz LC/ReL, Publicado en religionenlibertad.com, 22 de marzo de 2012

Debemos conocer el amor de Cristo

Hoy comienza el Mes de junio, dedicado especialmente en Honor y Reparación al Sagrado Corazón de Jesús

Pienso que aquel gran deseo de nuestro Señor de que su sagrado Corazón sea honrado con un culto especial tiende a que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención. El sagrado Corazón, en efecto, es una fuente inagotable, que no desea otra cosa que derramarse en el corazón de los humildes, para que estén libres y dispuestos a gastar la propia vida según su beneplácito. De este divino Corazón manan sin cesar tres arroyos: el primero es el de la misericordia para con los pecadores, sobre los cuales vierte el espíritu de contrición y de penitencia; el segundo es el de la caridad, en provecho de todos los aquejados por cualquier necesidad y, principalmente, de los que aspiran a la perfección, para que encuentren la ayuda necesaria para superar sus dificultades; del tercer arroyo manan el amor y la luz para sus amigos ya perfectos, a los que quiere unir consigo para comunicarles su sabiduría y sus preceptos, a fin de que ellos a su vez, cada cual a su manera, se entreguen totalmente a promover su gloria.

Este Corazón divino es un abismo de todos los bienes, en el que todos los pobres necesitan sumergir sus indigencias: es un abismo de gozo, en el que hay que sumergir todas nuestras tristezas, es un abismo de humildad contra nuestra ineptitud, es un abismo de misericordia para los desdichados y es un abismo de amor, en el que debe ser sumergida toda nuestra indigencia.

Conviene, pues, que os unáis al Corazón de nuestro Señor Jesucristo en el comienzo de la conversión, para alcanzar la disponibilidad necesaria y, al fin de la misma, para que la llevéis a término. ¿No aprovecháis en la oración? Bastará con que ofrezcáis a Dios las plegarias que el Salvador profiere en lugar nuestro en el sacramento del altar, ofreciendo su fervor en reparación de vuestra tibieza; y, cuando os dispongáis a hacer alguna cosa, orad así: “Dios mío, hago o sufro tal cosa en el Corazón de tu Hijo y según sus santos designios, y os lo ofrezco en reparación de todo lo malo o imperfecto que hay en mis obras”. Y así en todas las circunstancias de la vida. Y, siempre que os suceda algo penoso, aflictivo, injurioso, decíos a vosotros mismos: “Acepta lo que te manda el Sagrado Corazón de Jesucristo para unirte a sí”.

Por encima de todo, conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra, de manera que sea ella la que haga en lugar nuestro todo lo que contribuye a su gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos sometamos a él y confiemos en él totalmente.

Fuente: De las Cartas de santa Margarita María Alacoque, virgen

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