San Ignacio de Loyola


Adoremos a Jesucristo que trajo del cielo a la tierra el fuego divino y abrasó con él el corazón de San Ignacio. Admiremos la transformación maravillosa que obró en este gran santo y pidámosle nos transforme también a nosotros.

“No basta -dice S. Ignacio- que yo sirva al Señor, es preciso que todos los corazones le amen, que todas las lenguas le bendigan”. Desde el fondo de su gruta de Manresa, ve un mundo que reformar, otro mundo que evangelizar: la Europa, que va perdiendo la fe, la América y las Indias, que no la tienen aún; y, abrazando todo el universo en su celo, comienza por componer y repartir el libro de los Ejercicios espirituales, que ha convertido mayor número de almas que letras contiene; viene en seguida a París a confundirse con los niños, para hacer sus estudios, descuidados hasta entonces, pero necesarios para sus designios. Funda allí la Compañía de Jesús, madre de tantos doctores y apóstoles, de tantos evangelistas y mártires. General de este nuevo ejército, envía los soldados de Jesucristo a todas las partes del mundo, mientras que él, gobernando este gran cuerpo desde el centro de la catolicidad, instruye a los ignorantes, catequiza los pequeñuelos y a los pobres, atrae a los pecadores, emprende todo género de obras de celo, y lleva su abnegación hasta arrojarse un día en un estanque helado para conmover a un alma que corría a su perdición; hasta consentir en dilatar su partida de este mundo, si hubiera sido preciso; porque decía: “preferiría quedar en la tierra, incierto de mi salvación, a estar inmediatamente en el paraíso, si con esto pudiera convertir a muchas almas”. ¿Puede haber celo mayor para santificar al prójimo? ¡Ah! ¿Qué hacemos nosotros en su comparación? Tomemos la resolución de examinar los lazos que atan nuestro corazón a las cosas del mundo y a las pasiones, para romperlos generosamente; de velar sobre nuestras intenciones, para no hacer nada sólo por hábito y rutina o por motivos humanos, sino referirlo todo a la mayor gloria de Dios; y de atraer al prójimo al bien con nuestros ejemplos, y, cuando así no lo podamos, con nuestras palabras. Nuestro ramillete espiritual será la divisa de San Ignacio: “A mayor gloria de Dios”.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

El Gran Medio de la Oración (IV)


Nada más claro que el lenguaje de las Sagradas Escrituras, cuando quieren demostrarnos la necesidad que de la oración tenemos para salvarnos... Es menester orar siempre y no desmayar... Vigilad y orad para no caer en la tentación... Pedid y se os dará... Está bien claro que las palabras: Es menester... orad... pedid... significan y entrañan un precepto y grave necesidad. Así cabalmente lo entienden los teólogos. Pretendía el impío Wicleff que estos textos sólo significaban la necesidad de buenas obras, y no de la oración; y era porque, según su errado entender, orar no es otra cosa que obrar bien. Fue este un error que expresamente condenó la santa Iglesia. De aquí que pudo escribir el doctor Leonardo Lessio: no se puede negar la necesidad de la oración a los adultos para salvarse sin pecar contra la fe, pues es doctrina evidentísima de las sagradas Escrituras que la oración es el único medio para conseguir las ayudas divinas necesarias para la salvación eterna.

La razón de esto es clarísima. Sin el socorro de la divina gracia no podemos hacer bien alguno: Sin mí nada podéis hacer, dice Jesucristo. Sobre estas cosas escribe acertadamente San Agustín y advierte que no dice el Señor que nada podemos terminar, sino que nada podemos hacer. Con ello nos quiso dar a entender nuestro Salvador que sin su gracia no podemos realizar el bien. Y el Apóstol parece que va más allá, pues escribe que sin la oración ni siquiera podemos tener el deseo de hacerlo. Por lo que podemos sacar esta lógica consecuencia: que, si ni siquiera podemos pensar en el bien, tampoco podemos desearlo... Y lo mismo testifican otros muchos pasajes de la Sagrada Escritura. Recordemos algunos: Dios obra todas las cosas en nosotros... Yo haré que caminéis por la senda de mis mandamientos y guardéis mis leyes y obréis según ellas. De aquí concluye San León Papa que nosotros no podemos hacer más obras buenas que aquellas que Dios nos ayuda a hacer con su gracia.

Así lo declaró solemnemente el Concilio de Trento: Si alguno dijere que el hombre sin la preveniente inspiración del Espíritu Santo y sin su ayuda puede creer, esperar, amar y arrepentirse como es debido para que se le confiera la gracia de la justificación, sea anatema.

A este propósito hace un sabio escritor esta ingeniosa observación: A unos animales dio el Creador patas ágiles para correr; a otros, garras; a otros, plumas; y esto para que puedan atender a la conservación de su ser. Pero al hombre lo hizo el Señor de tal manera que Él mismo quiere ser toda su fortaleza. Por esto decimos que el hombre por sí solo es completamente incapaz de alcanzar la salvación eterna, porque dispuso el Señor que cuanto tiene y pueda tener, todo lo tenga con la ayuda de su gracia.

Y apresurémonos a decir que esta ayuda de la gracia, según su providencia ordinaria, no la concede el Señor sino a aquel que reza, como lo afirma la célebre sentencia de Gennadio: Firmemente creemos que nadie desea llegar a la salvación si no es llamado por Dios... que nadie camina hacia ella sin el auxilio de Dios... que nadie merece ese auxilio, sino el que se lo pide a Dios.

Pues si tenemos, por una parte, que nada podemos sin el socorro de Dios y por otra que ese socorro no lo da ordinariamente el Señor sino al que reza ¿quién no ve que de aquí fluye naturalmente la consecuencia de que la oración es absolutamente necesaria para la salvación? Verdad es que las gracias primeras, como la vocación a la fe y la penitencia las tenemos sin ninguna cooperación nuestra, según San Agustín, el cual afirma claramente que las da el Señor aun a los que no rezan. Pero el mismo doctor sostiene como cierto que las otras gracias, sobre todo el don de la perseverancia, no se conceden sino a los que rezan.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. I, I.

El Santo Cura de Ars (I)


Hoy quiero recorrer de nuevo la vida del santo cura de Ars subrayando algunos de sus rasgos, que pueden servir de ejemplo también para los sacerdotes de nuestra época, ciertamente diferente de aquella en la que él vivió, pero en varios aspectos marcada por los mismos desafíos humanos y espirituales fundamentales. A las dos de la mañana del 4 de agosto de 1859 san Juan Bautista María Vianney, terminado el curso de su existencia terrena, fue al encuentro del Padre celestial para recibir en herencia el reino preparado desde la creación del mundo para los que siguen fielmente sus enseñanzas (cf. Mt 25, 34). ¡Qué gran fiesta debió de haber en el paraíso al llegar un pastor tan celoso! ¡Qué acogida debe de haberle reservado la multitud de los hijos reconciliados con el Padre gracias a su obra de párroco y confesor!... De la santidad depende la credibilidad del testimonio y, en definitiva, la eficacia misma de la misión de todo sacerdote.

Juan María Vianney nació en la pequeña aldea de Dardilly el 8 de mayo de 1786, en el seno de una familia campesina, pobre en bienes materiales, pero rica en humanidad y fe. Bautizado, de acuerdo con una buena costumbre de esa época, el mismo día de su nacimiento, consagró los años de su niñez y de su adolescencia a trabajar en el campo y a apacentar animales, hasta el punto de que, a los diecisiete años, aún era analfabeto. No obstante, se sabía de memoria las oraciones que le había enseñado su piadosa madre y se alimentaba del sentido religioso que se respiraba en su casa.

Los biógrafos refieren que, desde los primeros años de su juventud, trató de conformarse a la voluntad de Dios incluso en las ocupaciones más humildes. Albergaba en su corazón el deseo de ser sacerdote, pero no le resultó fácil realizarlo. Llegó a la ordenación presbiteral después de no pocas vicisitudes e incomprensiones, gracias a la ayuda de prudentes sacerdotes, que no se detuvieron a considerar sus límites humanos, sino que supieron mirar más allá, intuyendo el horizonte de santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular. Así, el 23 de junio de 1815, fue ordenado diácono y, el 13 de agosto siguiente, sacerdote. Por fin, a la edad de 29 años, después de numerosas incertidumbres, no pocos fracasos y muchas lágrimas, pudo subir al altar del Señor y realizar el sueño de su vida.

El santo cura de Ars manifestó siempre una altísima consideración del don recibido. Afirmaba: “¡Oh, qué cosa tan grande es el sacerdocio! No se comprenderá bien más que en el cielo... Si se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor”. Además, de niño había confiado a su madre: “Si fuera sacerdote, querría conquistar muchas almas”. Y así sucedió. En el servicio pastoral, tan sencillo como extraordinariamente fecundo, este anónimo párroco de una aldea perdida del sur de Francia logró identificarse tanto con su ministerio que se convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente, en alter Christus, imagen del buen Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11). A ejemplo del buen Pastor, dio su vida en los decenios de su servicio sacerdotal. Su existencia fue una catequesis viviente, que cobraba una eficacia muy particular cuando la gente lo veía celebrar la Misa, detenerse en adoración ante el sagrario o pasar muchas horas en el confesonario.

Fuente: Cf. Benedicto XVI, Audiencia general del 5 de agosto de 2009

Carta de San Luis Orione desde Itatí


San Luis Orione visitó Itatí el 27 de junio de 1937. Su llegada al pueblo de la Virgen, lo relata en una carta del día 27 de junio de 1937:

Estoy en Itatí, bajo la mirada de María Santísima, venerada, en este extremo de la Argentina, en una de las imágenes suyas más milagrosas. La trajo aquí un santo franciscano, el P. Bolaños, que vino a evangelizar a los indios; el nombre del santo Misionero está aún en gran veneración, especialmente en los alrededores de Corrientes; él está sepultado en Buenos Aires, y yo he ido a arrodillarme en su tumba, en la Iglesia de San Francisco.

Esta mañana he tenido el consuelo de decir la misa a los pies de Nuestra Señora de Itatí: los he recordado a todos y los he recordado tanto, también en las visitas sucesivas que, durante la jornada, he podido hacer a la Santísima Virgen.

Cuando entré, la antigua iglesia estaba llena del pueblo devoto; me arrodillé en el fondo, en el rincón del publicano y sentí toda la felicidad de encontrarme en la Casa de la Virgen. A los pies de la Santísima Virgen de Itatí pude celebrar dos Misas, y pasé horas felices.

¡María! ¡María Santísima! ¿No eres tú “el segundo nombre”? ¿Hay un nombre más suave y más invocado después del Nombre del Señor? ¿Hay una criatura más humana, hay una mujer, hay una madre más santa, más grande, más piadosa? “María -dice el Evangelio- de quien nació Jesús”. De María nació Jesús -Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre-, por lo que María es la Mater Dei!

Nuestras madres pasaron, murieron: María, madre de nuestras madres, es la Gran Madre que no muere. Han pasado 20 siglos, y está más viva hoy que cuando cantó el Magníficat y profetizó que todas las generaciones la llamarían beata.

María vive y queda, porque Dios desea que todas las generaciones la sientan y la tengan como Madre. María es la gran Madre que brilla de gloria y de amor en el horizonte del Cristianismo: es guía y consuelo para cada uno de nosotros, es potente y misericordiosísima Madre para todos aquellos que la llaman y la invocan.

Es la misericordiosísima y santísima Madre que siempre escucha los gemidos de quien sufre, que de inmediato corre a conceder nuestras súplicas. La Iglesia -desde los tiempos apostólicos, y luego más y más veces- sintió la necesidad y el deber de establecer su culto: lo proclamó con sus Padres, con los Apologistas, con los grandes Doctores, y lo defendió con la sangre de sus Mártires. Oh los pesares y las inauditas persecuciones y sufrimientos, los exilios y los tormentos atrocísimos sostenidos por Papas y por Obispos venerables y por muchos Santos por el culto y la devoción a la gran Madre de Dios y nuestra, ¡María Santísima! La Iglesia Madre de Roma, tiene las raíces de su culto a María en las Catacumbas. ¡Oh, cómo María fue venerada en la Iglesia con fervor constante y universal! ¡Y qué sublimemente fue celebrada! ¿Qué Santo y qué Orden Religiosa no se consagró a Ella?

Fuente: basilicadeitati.org.ar

Hacer actos de fe y amor (I)


¡Señor! Guíeme siempre tu luz para no errar en el camino.

En este periodo de tránsito de la meditación a la contemplación es muy importante que el alma sepa en qué consiste la “atención general y amorosa a Dios” de que habla San Juan de la Cruz, para saber comportarse y sacar de ella los mejores frutos. Según el Santo, este nuevo modo de hacer oración resulta de un particular ejercicio de las virtudes teologales ayudadas por un escondido y delicado influjo de los dones del Espíritu Santo. En otras palabras, de parte del alma se requiere un ejercicio de fe y amor tan intenso y simplificado que, sin recurrir a la repetición continua de actos particulares, la ponga en actitud de amorosa atención a Dios. Muy lejos, por lo tanto, de estar ociosa, el alma fija su mirada en Dios mediante un prolongado acto de amor y fe. Y no está sola en esta labor: el Espíritu Santo le sale al encuentro y, mediante una secreta actuación de sus dones, la orienta y atrae hacia Dios, infundiéndole un conocimiento amoroso de Él. Así el alma puede perseverar largo rato en esta actitud verdaderamente contemplativa, y merced a esa ayuda del Espíritu Santo, “gusta de estarse a solas con atención amorosa a Dios, sin particular consideración, en paz interior y quietud y descanso” (San Juan de la Cruz).

Pero no siempre el influjo de los dones será tan intenso y gustoso que la mantenga tan pacíficamente ocupada en cosas de Dios: con frecuencia, sobre todo a los principios, será más débil, árido y con interrupciones, por lo que no será raro el caso en que deba recurrir al alguna maña para perseverar recogida; y entonces le será muy útil el aplicarse de vez en cuando a hacer actos de fe y de amor, ya que esto es lo único que debe poner el alma de su parte en la oración.

“¡Señor Dios mío! Te busco con ansia. Mi espíritu se halla sediento de Ti y mi carne por Ti vive anhelante, como tierra sin agua, árida y seca” (S. 62, 2)

“¿Quién me dará que yo encuentre reposo en Ti? ¿Quién me dará que vengas Tú a mi corazón y lo embriagues y yo olvide mis males y te abrace a Ti, mi único bien? ¿Qué eres Tú para mí? Permite bondadosamente que te hable: ¿qué soy yo para Ti, y pues me impones amarte y te enojas si yo no te amo, amenazándome con tantas miserias? ¿Y es quizás pequeña la de no amarte? ¡Pobre de mí! Dime por tu misericordia, dime, Señor Dios mío: ¿qué eres Tú para mí? Di a mi alma: Yo soy tu salvación. Dilo así, de modo que yo lo oiga. He aquí el oído de mi corazón. Señor: ábrelo, y di a mi alma: Yo soy tu salvación. Correré tras esa voz y me uniré a Ti. Pero no me escondas tu faz...

¡Oh Padre! Yo no sé la vida que conduce a Ti. Enséñame Tú, muéstramela. Dame el viático para ese camino. Si es con la fe como te encuentran los que se refugian en Ti, dame la fe; si con la virtud, dame la virtud; aumenta en mí la fe, auméntame la caridad” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Corresponder al Amor


La estructura de nuestra vida espiritual depende en gran parte de la idea que nos formamos de Dios. Si, como el siervo perezoso del Evangelio (Mt. 25, 14-30), tenemos de Dios una idea estrecha y mezquina, en vez de sentirnos espoleados a amarle y a consagrarnos generosamente a su servicio, seremos fríos, perezosos, calculadores, enterraremos también nosotros el talento recibido de nuestro Amo, no preocupándonos de emplear para Dios los bienes que de él hemos recibido. Muchos cristianos, por desgracia, viven así: sirven a Dios como sirve el esclavo a su amo; si se abstienen del pecado, es sólo por temor del castigo; si oran o hacen alguna obra buena, es sólo con la mira en el propio interés, y por eso no hay en ellos arranque alguno de generosidad y de amor. Por el contrario, cuando el alma comienza a intuir que Deus charitas est (Dios es amor) (I Jn. 4, 8), empieza a penetrar el misterio del amor infinito que le envuelve, empieza a comprender el amor de Dios, el amor de Jesús hacia ella; entonces todo espontáneamente cambia de aspecto, porque “el amor llama al amor”. La devoción al Sagrado Corazón, que es la devoción al amor infinito de Jesús, debe producir en nosotros precisamente este efecto: hacernos comprender cada vez mejor “el amor de Cristo que supera toda ciencia” (Ef. 3, 19). Meditando y contemplando el Corazón de Jesús traspasado por amor nuestro, aprenderemos la ciencia del amor, ciencia que ningún libro terreno nos puede enseñar, sino que se aprende sólo por el libro abierto del Corazón de Cristo, de Cristo nuestro único Maestro. “Allí me enseñó ciencia muy sabrosa” (San Juan de la Cruz), canta con entusiasmo el alma que Jesús ha introducido en los secretos de su divino Corazón. Y entonces la respuesta a su amor será fácil: “Él me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí... y yo de buena gana me gastaré y me desgastaré hasta agotarme por las almas, que son su tesoro” (Gál. 2, 20; II Cor. 12,15). El amor se lanza así, rebasando todo cálculo, todo egoísmo.

“¡Oh Jesús, Rey mío y Dios mío! Recíbeme en el asilo benignísimo de tu Corazón divino, y allí úneme a ti de manera que yo viva totalmente para Ti. Deja en adelante que me abisme en el inmenso océano de tu misericordia, que me abandone completamente a tu piedad, que me arroje al horno ardiente de tu amor y en él permanezca hasta quedar consumido...

Pero ¿qué soy yo, Dios mío? ¡Oh, qué distinto soy de Ti, yo que soy el desecho de todas las criaturas! Pero Tú eres mi segura confianza, porque en ti está la compensación sobreabundante de los bienes que he perdido. Enciérrame, Señor, en la tumba de tu Corazón abierto por la lanza y coloca encima la piedra de tu mirada dulcísima, de modo que enteramente esté yo confiada a tus cuidados. A la sombra de tu amor paternal me servirá de reposo la memoria perpetua de tu soberano amor” (Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Santiago el mayor


Adoremos a Nuestro Señor, que llama al apostolado a Santiago el Mayor, pariente suyo y hermano de San Juan evangelista, hijo del Zebedeo y de Salomé, el privilegiado de Jesús en muchas ocasiones, especialmente en el Tabor, en donde fue testigo de su transfiguración. Agradezcamos a Nuestro Señor todo lo que ha hecho por este apóstol, y recojamos las enseñanzas que nos ofrecen lo bueno y lo imperfecto que hallamos en la vida de este su feliz discípulo.

Había en la nación judía la preocupación universalmente extendida de que el Mesías iba a fundar en la tierra un reino temporal. La madre de Santiago había conversado muchas veces acerca de esto con él y con San Juan, su hermano; y, siguiendo las inspiraciones del amor maternal, naturalmente ambicioso cuando se trata de hijos queridos, vino con ellos a encontrar a Jesucristo y le dijo: “Maestro, ordenad que mis dos hijos aquí presentes, se sienten en vuestro reino, el uno a vuestra derecha y el otro a vuestra izquierda”. El Salvador dio a los discípulos, de quienes era portavoz esta mujer, esta hermosa respuesta, tan digna de nuestras meditaciones: “No sabéis lo que pedís”. ¡Cuánta verdad encierran estas palabras! No, Dios mío, el que pide elevación no sabe lo que pide: 1° porque querer salir de su condición no es cosa razonable: semejante pretensión, si se generalizara, trastornaría toda la sociedad; 2° porque cada uno debe respetar el orden de la Providencia: se falta a Dios cuando se quiere salir de este orden, y no podemos contar con su asistencia, sino en cuanto nos mantenemos en la posición en que Él nos coloca; 3° porque es un error creer que estaremos mejor en donde no estamos: tal imaginación engendra malestar y descontento; 4° porque en las posiciones elevadas la responsabilidad es mayor, el amor propio más fuerte, el orgullo más ambicioso y los peligros más numerosos; 5° porque colocar su ambición en cosas de la tierra no es digno del que debe poner más alta su mira y elevarse hasta el cielo.

“Hijo mío -decía el rey Filipo a Alejandro- mi reino es estrecho para ti: lleva más lejos tu corazón”. Y nosotros, cristianos, debemos decidirnos: “La tierra es demasiado baja para nosotros; no apeguemos al polvo un corazón hecho para el cielo”. “¡Hijo mío! -dijo San Ignacio de Loyola San Francisco Javier- despreciad el mundo; sed ambicioso, enhorabuena; pero no tengáis una ambición tan baja que se contente con honores pasajeros, no aspiréis sino a los honores inmortales; amad la gloria, si queréis, pero no la gloria que pasa como el humo, sino la gloria sólida del reino de los cielos”. Sondeemos nuestro corazón: ¿son estos nuestros sentimientos? Tomemos enseguida la resolución: 1° de no escuchar el amor propio, que nos lleva a elevarnos y hacernos valer; y 2° de no tener más ambición en la tierra que la de sufrir, vivir y morir como Jesucristo y por Jesucristo. “¡Cuán embriagador y hermoso es el cáliz que Dios nos da a beber!” (S. 22, 5).

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Eucaristía - Misterio de fe (II)


Cuando Jesús anunció la Eucaristía, mucho de sus oyentes se escandalizaron y bastantes de sus discípulos, que hasta aquel momento le habían seguido, “se retiraron y no fueron más con Él” (Jn. 6, 67). Pedro, al contrario, en nombre de los Apóstoles dio aquel bellísimo testimonio de fe: “Señor... Tú solo tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo Hijo de Dios” (Jn. 6, 69-70). La fe en la Eucaristía se nos muestra así como la piedra de toque de los verdaderos seguidores de Jesús y, cuanto más intensa sea esta fe, tanto más íntima y profunda amistad con Cristo revela. Quien cree, como Pedro, firmemente en Él, cree y acepta todas sus palabras, todos sus misterios: desde la Encarnación hasta la Eucaristía. Sabemos que la fe es, ante todo, un don de Dios. Precisamente en el discurso en que prometió la Eucaristía -la cual es mayor misterio de fe que los otros, porque más que los otros escapa a toda ley natural- Jesús afirmó repetidamente este principio, declarando a los judíos incrédulos que nadie puede ir a Él, y por tanto creer en Él, si “el Padre no lo atrae” (Jn. 6, 44 y 66); y añadió: “Y serán todos enseñados de Dios” (Jn. 6, 45). Para tener una fe viva y profunda en la Eucaristía -como cualquier otro misterio- se precisa esa “atracción”, este “enseñamiento interior” que sólo de Dios puede venir y al cual, no obstante, podemos y debemos disponernos, bien solicitando la gracia con una oración humilde y confiada, bien ejercitándonos activamente en la fe. En efecto, habiéndonos infundido Dios en el santo Bautismo estas virtudes, y siendo la fe una adhesión voluntaria del entendimiento a las verdades reveladas, podemos hacer actos de fe cuando queramos; en nosotros está el querer creer y poner en este acto toda la energía de nuestra voluntad. A medida que la fe crezca en nosotros, nos hará capaces de penetrar las profundidades del misterio eucarístico, de entrar en relaciones vitales con Jesús-Hostia, de gozar de su presencia. Y cuanto nuestra fe sea más intensa, tanto más se manifestará también en nuestro continente ante el Santísimo Sacramento; mirándonos desde el tabernáculo, Jesús no debe tener nunca motivo de dirigirnos la dolorosa reprensión: “hombres de poca fe” (Mt. 8, 26), que dirigió no pocas veces a los Apóstoles y que hoy merecerían muchos cristianos nada respetuosos ante su divina presencia. Nuestro continente delante del Santísimo Sacramento sea siempre tal que resulte un testimonio vivo de nuestra fe.

“¡Oh Señor! Tú encuentras tus delicias en quedarte con nosotros; pero ¿encontramos nosotros la nuestra en estar contigo? ¿La encontramos nosotros especialmente, que tenemos el honor de habitar tan cerca de tu altar, de habitar tal vez en tu misma casa? ¡Oh, cuánta frialdad, indiferencia y hasta injurias debes sufrir en este Sacramento, cuando Tú estás en él para asistirnos con tu presencia!

¡Oh Dios Sacramentado!, ¡oh Pan de los ángeles!, ¡oh manjar divino! Yo te amo; pero ni tú ni yo estamos contentos de mi amor. Te amo, pero te amo demasiado poco. Haz, ¡oh Jesús!, que mi corazón se despoje de todos los afectos terrenos y haga lugar, o mejor, deje todo el lugar a tu amor. Para enamorarme todo de Ti y para unirte todo a mí, desciendes cada día del cielo al Altar; justo es, pues, que yo no piense más que en amarte, en adorarte y darte gusto. Te amo con toda mi alma, te amo con todo mi afecto. Y si quieres pagarme este amor, ¡dame más amor!” (San Alfonso).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Belleza del matrimonio vivido según el Evangelio


Hoy celebramos la memoria de Santa Brígida de Suecia, que en la vigilia del gran jubileo del año 2000, fue proclamada copatrona de toda Europa por el Papa S. Juan Pablo II. El Papa Benedicto XVI, decía sobre esta Santa en la audiencia general del 27/10/10:

“Quiero presentar su figura, su mensaje y las razones por las que esta santa mujer tiene mucho que enseñar -todavía hoy- a la Iglesia y al mundo.

Conocemos bien los acontecimientos de la vida de santa Brígida, porque sus padres espirituales redactaron su biografía para promover su proceso de canonización inmediatamente después de su muerte, acontecida en 1373. Brígida nació setenta años antes, en 1303, en Finster, Suecia, una nación del norte de Europa que desde hacía tres siglos había acogido la fe cristiana con el mismo entusiasmo con el que la santa la había recibido de sus padres, personas muy piadosas, pertenecientes a familias nobles cercanas a la Casa reinante.

El primer período de la vida de esta santa se caracteriza por su condición de mujer felizmente casada. Su marido se llamaba Ulf y era gobernador de una importante provincia del reino de Suecia. El matrimonio duró veintiocho años, hasta la muerte de Ulf. Nacieron ocho hijos, la segunda de los cuales, Karin (Catalina), es venerada como santa. Se trata de un signo elocuente del compromiso educativo de Brígida respecto de sus hijos. Por lo demás, su sabiduría pedagógica fue apreciada hasta tal punto que el rey de Suecia, Magnus, la llamó a la corte durante cierto tiempo, con el fin de instruir a su joven esposa, Blanca de Namur, en la cultura sueca.

Brígida, guiada espiritualmente por un docto religioso que la inició en el estudio de las Escrituras, ejerció una influencia muy positiva sobre su familia que, gracias a su presencia, se convirtió en una verdadera iglesia doméstica. Junto con su marido, adoptó la regla de los Terciarios franciscanos. Practicaba con generosidad obras de caridad con los indigentes; incluso fundó un hospital. Al lado de su esposa, Ulf aprendió a mejorar su carácter y a progresar en la vida cristiana. Al regreso de una larga peregrinación a Santiago de Compostela, realizada en 1341 junto a otros miembros de la familia, los esposos maduraron el proyecto de vivir en continencia; pero poco tiempo después, en la paz de un monasterio donde se había retirado, Ulf concluyó su vida terrena.

Este primer período de la vida de Brígida nos ayuda a apreciar lo que hoy podríamos definir una auténtica «espiritualidad conyugal»: los esposos cristianos pueden recorrer juntos un camino de santidad, sostenidos por la gracia del sacramento del Matrimonio. No pocas veces, precisamente como sucedió en la vida de santa Brígida y de Ulf, es la mujer quien con su sensibilidad religiosa, con la delicadeza y la dulzura logra que el marido recorra un camino de fe. Pienso con reconocimiento en tantas mujeres que, día tras día, también hoy iluminan a su familia con su testimonio de vida cristiana. Que el Espíritu del Señor suscite también hoy la santidad de los esposos cristianos, para mostrar al mundo la belleza del matrimonio vivido según los valores del Evangelio: el amor, la ternura, la ayuda recíproca, la fecundidad en la generación y en la educación de los hijos, la apertura y la solidaridad hacia el mundo, la participación en la vida de la Iglesia...”

Fuente: Benedicto XVI, Audiencia general del 27 de octubre de 2010

Santa María Magdalena

Desde que los primeros rayos de la gracia iluminaron su espíritu y la hicieron ver en Jesús a su Salvador y a su Dios, Magdalena corrió inmediatamente a su encuentro. Sabe que está en casa de Simón el fariseo. ¿Esperará a que salga y poderle hablar en secreto? No, no quiere vivir un solo momento más en pecado ni ser objeto de odio de su Dios. Sin demora y despreciando todo respeto humano, se levanta; el amor parece darle alas, y vuela a casa de Simón el fariseo, llevando consigo un vaso de alabastro lleno de exquisito perfume, destinados, en un principio, a satisfacer su sensualidad. Cae a los pies del Salvador, rompe el vaso y derrama el perfume junto con sus lágrimas sobre los pies sagrados de Jesús; los enjuga con sus cabellos y los besa con la ternura del más encendido amor, sacrificándolo así todo a la vez: respeto humano, vanidad de su cabellera y delicadeza de su sensualidad. Todavía está en la flor de la edad, en la época más feliz de la vida, según el mundo, en medio de todo lo que regocija, halaga y distrae, en que todo encanta y produce deliciosos placeres. Más, nada de esto la detiene; jura una separación eterna con el mundo para unirse con Jesús, con Jesús sólo, con Jesús de todo corazón, y por esto ningún sacrificio le es costoso.

¿Estamos prontos a dejarnos conducir así por la gracia, a hacer por Dios todos los sacrificios que nos pide, sin retroceder jamás ante ninguna consideración humana, ante la resistencia de la naturaleza, del amor propio, o del qué dirán? ¡Ah! ¡Cuántas dilaciones! ¡Cuántas resistencias! Humillémonos y convirtámonos en este santo día.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

El Gran Medio de la Oración (III)


SE DICE QUÉ COSA ES ORACIÓN Y SE PROPONE EL PLAN DE TODA LA OBRA

Escribía el apóstol San Pablo a su discípulo Timoteo: Recomiendo ante todas las cosas que se hagan súplicas, oraciones, rogativas, acciones de gracias (1Tim 2, 1).

Comentando estas palabras, el Doctor Angélico dice que oración es elevar la mente a Dios. Completando esta definición con lo que enseñan recientes catecismos, puede decirse que la oración es la elevación del alma y del corazón a Dios, para adorarle, darle gracias y pedirle lo que necesitamos.

En este sentido hemos de entenderla cuando tratemos de oraciones y súplicas en la presente obra.

Y para que nos vayamos aficionando a este gran medio de nuestra salvación eterna, que llamamos “oración”, hemos de decir en primer lugar cuán necesaria nos es y la eficacia que tiene para alcanzar de Dios todas las gracias que deseamos, si se las pedimos como es debido. Así, pues, en esta obra trataremos tres cosas muy principales: I. Necesidad y valor de la oración; 2. Eficacia de la oración; 3. Condiciones que ha de tener para que sea eficaz ante Dios. Luego pasaremos a demostrar en una segunda parte que la gracia de orar se les concede a todos. Será entonces el momento oportuno para explicar cuál es el modo ordinario con el cual opera la gracia.

CAPÍTULO I

I. NECESIDAD DE LA ORACIÓN

En grave error incurrieron los pelagianos al afirmar que la oración no es necesaria para alcanzar la salvación.

Afirmaba su impío maestro, Pelagio, que sólo se condena el hombre que es negligente en conocer las verdades que es necesario saber para la vida eterna. Mas el gran San Agustín le salió al paso con estas palabras: Cosa extraña: de todo quiere hablar Pelagio menos de la oración, la cual sin embargo (así escribía y enseñaba el santo) es el único camino para adquirir la ciencia de los santos, como claramente lo escribía el apóstol Santiago: Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría pídasela a Dios, que a todos la da copiosamente y le será otorgada.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Introd. y Cap. I, I.

Permanecer en paz delante de Dios (II)

Pintura de la última Comunión de San Fernando Rey

Tratándose aquí todavía de contemplación inicial, el alma no debe estar del todo pasiva, sino que se requiere de ella cierto empeño por mantenerse en disposición apta para recibir el influjo divino. Por eso enseña San Juan de la Cruz: “aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento... aunque le parezca que no hace nada”. Si el alma persevera en la presencia de Dios con una mirada de fe y amor, su atención amorosa se encontrará con el conocimiento amoroso que Dios mismo le va comunicando, y así, uniéndose “noticia con noticia y amor con amor”, obtendrá el máximo fruto de la oración.

Sin embargo, este conocimiento amoroso que le infunde Dios es sutil y delicado, y nunca sigue la vía de conceptos claros y precisos, sino que es un “sentimiento” general y oscuro de Dios que enamora secretamente al alma sin concurso del sentido. Por eso el alma, acostumbrada a proceder con raciocinios y afecto sensibles, no se da cuenta de esto, sobre todo al principio, y tiene la impresión de no hacer nada, queriendo tornar a la meditación donde sentía hacer algo. Pero San Juan de la Cruz disuade: no obstante sus esfuerzos, no lo lograría, y no haría más que estorbar la obra de Dios en ella. Sin embargo, no debemos creer que el alma no necesite ya servirse de algún pensamiento bueno y de algo de meditación. Un alma atenta y delicada advierte cuándo se encuentra en la presencia de Dios, a pesar de su sequedad, y esto le basta para hacer oración; y cuándo, por el contrario, se distrae y divaga inútilmente y cómo necesita entonces de alguna idea buena para recogerse y pensar en Dios.

“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Lejos estás de mis palabras de queja. ¡Dios mío! Clamo de día y no respondes, y de noche sin hallar reposo. Y eso que en el santuario estás sentado, e Israel te hace objeto de sus himnos. En Ti nuestros abuelos esperaban; esperaban, y Tú los libraste. A Ti clamaron, y fueron salvados, en Ti esperaban sin quedar burlados. Pero yo soy gusano y no hombre... y me estoy disolviendo como el agua, y están descoyuntándose todos mis huesos; mi corazón se ha vuelto como cera, y se derrite dentro de mis entrañas. Como teja secóse mi garganta y a mis fauces se ha pegado mi lengua” (S. 21,2-6). Y, queriendo cantar tus alabanzas, la voz se me apaga en la garganta. Señor, casi no me atrevo a levantar la mirada hacia Ti, y sin embargo es grande mi deseo de amarte. Querría decirte que te amo, pero no me arriesgo porque mi corazón es de piedra, frío y árido como el mármol. ¿Qué haré, Señor, en esta aridez? Te mostraré mi miseria, te presentaré mi nada, mis debilidades, y te diré: recuerda, Señor, que yo soy el miserable y Tú el Misericordioso, yo el enfermo y Tú el Médico. ¡Oh Señor! Que la vista de mi nada no me abata, sino que me empuje hacia Ti con humildad y confianza, con reverencia y abandono. Señor, que te conozca y que me conozca. Me conozca para despreciarme, te conozca para amarte y bendecirte eternamente.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de fe (I)


¡Oh Jesús! Creo en Ti y te adoro presente en el Sacramento del altar. ¡Aumenta mi fe!

En el Canon de la misa se llama a la Eucaristía “mysterium fidei” y, en efecto, sólo la fe nos puede hacer reconocer a Dios presente bajo las especies del pan. Aquí, como dice Santo Tomás, los sentidos de nada sirven, antes bien la vista, el tacto y el gusto se engañan, no advirtiendo en la Hostia consagrada más que un poco de pan. Pero ¿qué importa? Tenemos la palabra del Hijo de Dios, la palabra de Cristo, que ha declarado: “Este es mi cuerpo... Esta es mi sangre”; y fiados en esta palabra creemos firmemente: “credo quiqui dixit Dei Filius, nil hoc verbo Veritatis verius”: creo cuanto ha dicho el Hijo de Dios; nada hay más verdadero que esta palabra de la Verdad (Adoro te devote). Nosotros creemos ciertamente en la Eucaristía, no abrigamos duda alguna que oponer, pero, por desgracia, con mucha frecuencia hemos de reconocer que nuestra fe es lánguida, débil, flaca. Aun viviendo cerca de los sagrados altares y habitando tal vez bajo el mismo techo que Jesús Sacramentado, no es difícil permanecer un tanto indiferentes, un tanto fríos frente a esta gran realidad. Por desgracia, nuestra naturaleza, tan grosera, acaba de vez en cuando por habituarse a una de las cosas más bellas y sublimes, de manera que estas -sobre todo cuando se encuentran al alcance de la mano- ya no nos impresionan, ya no nos conmueven; así acaece que, a pesar de creer en la presencia inefable de Jesús en el Santísimo Sacramento, no advertimos la grandeza de esta realidad, no tenemos el sentimiento vivo y concreto que de ella tenían los santos. Repitamos, pues, también nosotros con gran humildad y confianza, la hermosa oración de los Apóstoles: “Domine, adauge nobis fidem”: ¡Señor, auméntanos la fe! (Lc. 17,5)

“Te alabo y te doy gracias, ¡oh fe bendita! Tú me enseñas y me aseguras que en el Santo Sacramento del altar, en aquel Pan celestial, no hay pan, sino que está todo entero mi Señor Jesucristo, y que está allí por mi amor.

¡Oh Jesús! Igual que un día, lleno de bondad y de amor, estabas sentado junto a una fuente esperando a la samaritana para convertirla y salvarla, así ahora, escondido en la Hostia consagrada, estás sobre nuestros altares, esperando e invitando dulcemente a las almas para conquistarlas a tu amor. Y parece que desde el Tabernáculo nos hablas y nos dices a todos: ¡Oh hombres!, ¿por qué no venís y os acercáis a mí, qué tanto os amo? No he venido aquí a juzgar. Me he escondido en este Sacramento de amor sólo para conceder beneficios y consolar a quien a mí recurre. Te comprendo, ¡Oh Señor! El amor te ha hecho nuestro cautivo, el amor apasionado que nos tienes te ha atado de tal manera que ni de día ni de noche te deja nunca separarte de nosotros” (San Alfonso).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Gran Medio de la Oración (II)


Sin oración, según los planes ordinarios de la providencia, inútiles serán las meditaciones, nuestros propósitos y nuestras promesas. Si no rezamos seremos infieles a las gracias recibidas de Dios y a las promesas que hemos hecho en nuestro corazón. La razón de esto es que para hacer en esta vida el bien, para vencer las tentaciones, para ejercitarnos en la virtud, en una sola palabra, para observar totalmente los mandamientos de Dios, no bastan las gracias recibidas ni las consideraciones y propósitos que hemos hecho, se necesita sobre todo la ayuda actual de Dios y esta ayuda actual no la concede Dios Nuestro Señor sino al que reza y persevera en la oración. Lo probaremos más adelante. Las gracias recibidas, las meditaciones que hemos concebido sirven para que en los peligros y tentaciones sepamos rezar y con la oración obtengamos el socorro divino que nos preserva del pecado, mas si en esos grandes peligros no rezamos, estamos perdidos sin remedio.

He querido, amado lector, poner por delante estas solemnes afirmaciones que luego escribiré, para que agradezcas a Dios que por medio de este librito mío te dé la gracia de una mayor reflexión sobre la importancia de este gran medio de la oración; porque, todos los que se salvan -hablando de los adultos- ordinariamente por este único medio se salvan. Da por tanto gracias al Señor, porque es una misericordia demasiado grande para con aquellos a quienes da la luz y la gracia de rezar. Abrigo la esperanza, hermano mío amadísimo, que cuando hayas terminado de leer este librito, no serás perezoso en acudir a Dios con la oración si te asaltan tentaciones de ofenderle. Si entras en tu conciencia y la hallas manchada con graves culpas, piénsalo bien y verás que el mal te vino porque dejaste de acudir a Dios y no le pediste su poderosa ayuda para vencer las tentaciones que asaltaban tu alma. Déjame por tanto que te suplique que leas y releas con toda atención estas páginas no porque son mías, sino porque aquí hallarás el medio que el Señor pone en tus manos para alcanzar tu eterna salvación. Así te manifiesta por este camino que te quiere salvar. Y otra cosa te pediré y es que después de leerlo procures por los medios que estén a tu alcance que lo lean también tus amigos, vecinos y cuantos te rodean.

Dicho esto... comencemos en el nombre del Señor...

Fuente: Cf. San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Introducción

Argentina y el amor a la Virgen


El amor filial a María llegó a nuestra Patria en la insignia izada al tope de las naves españolas, incrustada en la proa de las carabelas descubridoras de nuestros ríos, de nuestras pampas.

El amor a la Virgen lo heredó América de España. Metido en la sangre del conquistador, su culto era llevado en la bitácora de sus barcos, en la expresión de tierras descubiertas y son los títulos marianos los que uno tras otro, en sucesión interminable, expresan ese amor a María durante la conquista.

Los misioneros, según sus Órdenes, difundieron las devociones marianas: los dominicos, el culto del rosario; los franciscanos, el de la Inmaculada, los mercedarios, el de la Merced; etc. Se organizaban cofradías, se daba importancia al mes de María; la Salve era cantada con solemnidad en casi todas las iglesias los sábados; sus imágenes ocupaban un lugar destacado en los templos y en los hogares, y sus celebraciones señalaban los mejores días del año cristiano; hasta el saludo criollo tradicional “Ave María Purísima” casi alcanza a nuestros días. (Juan Carlos Zuretti, Historia Eclesiástica Argentina, 1945)

María arribó a nuestras tierras, le formaron fulgentes guirnaldas las estrellas, le cantaron los ríos grandes como el mar, le sirvieron de peana los montes, los vientos llevaron su nombre por todos los ámbitos y los hombres la amaron y la aman tiernamente. Desde entonces, María fue la Madre de la tierra argentina. Es que nuestros pueblos han vivido siempre abrazados al tronco inconmovible de la Cruz redentora con los lazos amorosos de la maternidad de María. Nuestros pueblos, parafraseando el dicho, exclamaron ante María: “Tú serás nuestra Madre y nosotros seremos tu pueblo”. El pacto de amor y fidelidad fue y es eterno; por eso perdura, por eso se exterioriza en todos los santuarios del extenso suelo argentino. (Mons. Nicolás Fasolino, conferencia La piedad mariana, publicada en “Criterio”, 1949)

Es que “toda tierra cristiana es tierra mariana, y no existe pueblo rescatado por la sangre de Cristo que no se ufane de proclamar a María como su Madre y Patrona”. (S.S. Pío XII, Las apariciones de la Inmaculada en Lourdes, encíclica al episcopado francés)

Fuente: Cf. Pedro Santos Martínez, Estudios sobre Historia de la Iglesia, ed. Gladius, Mendoza, 2009

Devoción a Nuestra Señora del Carmen (III)


Deberes que nos impone la devoción a Nuestra Señora del Carmen

Tanta bondad de parte de la Madre de Dios, tan bellas promesas ofrecidas a los que se consagran a su amor, exige de los hijos del Carmelo: 1° El mirar con respeto y cariñosa ternura el Escapulario, símbolo de su filiación; llevarlo sobre su pecho constantemente, sin dejarlo jamás; besarlo con el afecto que merece la prenda del amor de una Madre como Ella, que, desde el cielo, no nos olvida un solo instante; y llenarnos del sentimiento de la dignidad a que nos eleva la posición de este verdadero tesoro. 2° Ver en el Escapulario la librea con que María quiere que se distingan los que componen la familia de sus de sus queridos hijos, y que debe recordarles las virtudes que embellecen a su santa Madre, y han de forzarse ellos en practicar. Símbolo de la pureza sin mancha de María, el Escapulario enseña a los hijos del Carmelo el horror con que han de mirar aún la sombra del vicio opuesto a la virtud angélica; símbolo de la caridad de María, les dice que, como su Madre celestial, deben mantener viva en su corazón la llama del amor a Dios y del amor fraternal para con sus prójimos, especialmente los pobres y necesitados. Símbolo de la paciencia de las que es justamente llamada Reina de los mártires, les predica el deber de aceptar el dolor bajo las diversas formas con que la Providencia nos lo envíe, como son la pobreza, las enfermedades, las humillaciones y los sacrificios; besando la mano divina que nos hiere para santificarnos, sin prorrumpir en quejas y lamentos. 3° En las horas de aflicción, estrechar el Escapulario y poner nuestra confianza en la dulce Madre, esperándolo todo de Ella y echándonos confiadamente en su amante seno. 4° Finalmente, instruirnos en las especiales obligaciones impuestas a los cofrades y cumplirlas con religiosa exactitud. ¡Cuán poco es todo esto, en comparación de los grandes bienes que su observancia nos promete! ¡Oh María! lo confieso lleno de confusión: los favores que durante toda mi vida he recibido de Vos, debieran obligarme a ser el hijo más amante y que mejor o sirviera, y ¡cuán ingrato he sido para con Vos! ¡Cuán lejos me hallo de ser el hijo digno de la Madre que tantas gracias me ha obtenido! ¡Perdón, Madre querida! Y, junto con el perdón, obtenedme una gracia poderosa que venza mi debilidad y me dé aliento para practicar las virtudes que reclama la sagrada insignia que llevo sobre mi pecho y con la cual quiero exhalar mi último suspiro.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

San Buenaventura


Buenaventura se entregó con entusiasmo a la tarea de cooperar a la salvación de sus prójimos, como lo exigía la gracia del sacerdocio.

La energía con que predicaba la palabra de Dios encendía los corazones de sus oyentes; cada una de sus palabras estaba dictada por un ardiente amor. Durante los años que pasó en París, compuso una de sus obras más conocidas, el “Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo”, que constituye una verdadera suma de teología escolástica. El Papa Sixto IV, refiriéndose a esa obra, dijo que “la manera como se expresa sobre la teología, indica que el Espíritu Santo hablaba por su boca”.

Los violentos ataques de algunos de los profesores de la Universidad de París contra los franciscanos perturbaron la paz de los años que Buenaventura pasó en esa ciudad. Tales ataques se debían, en gran parte, a la envidia que provocaban los éxitos pastorales y académicos de los hijos de San Francisco y a que la santa vida de los frailes resultaba un reproche constante a la mundana existencia de otros profesores. El jefe del partido que se oponía a los franciscanos era Guillermo de Saint Amour, quien atacó violentamente a San Buenaventura en una obra titulada “Los peligros de los últimos tiempos”. Este tuvo que suspender sus clases durante algún tiempo y contestó a los ataques con un tratado sobre la pobreza evangélica, con el título de “Sobre la pobreza de Cristo”. El Papa Alejandro IV nombró a una comisión de cardenales para que examinasen el asunto en Anagni, con el resultado de que fue quemado públicamente el libro de Guillermo de Saint Amour, fueron devueltas sus cátedras a los hijos de San Francisco y fue ordenado el silencio a sus enemigos.

Un año más tarde, en 1257, San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino recibieron juntos el título de doctores.

Fuente: Butler, Alban, Vida de los Santos, Vol. III, p. 98, ed. 1965

La misión de los padres

El Beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, junto a algunos de sus hijos

La misión que Dios ha encomendado a los padres de proveer al bien temporal y al bien eterno de la prole y de procurar a los hijos una adecuada formación religiosa, nadie puede arrebatarla a los padres sin una grave lesión del derecho. Esta adecuada formación debe, sin duda, tener también como finalidad preparar la juventud para la aceptación de aquellos deberes de noble patriotismo, con cuyo cumplimiento inteligente, voluntario y alegre se demuestre prácticamente el amor a la tierra patria. Pero, por otra parte, una educación de la juventud que se despreocupe, con olvido voluntario, de orientar la mirada de la juventud también a la Patria sobrenatural, será totalmente injusta tanto contra la propia juventud como contra los deberes y los derechos totalmente inalienables de la familia cristiana; y, consiguientemente, por haberse incurrido en una extralimitación, el mismo bien del pueblo y del Estado exige que se pongan los remedios necesarios. Una educación semejante podrá, tal vez, parecer a los gobernantes responsables de ella una fuente de aumento de fuerza y de vigor; pero las tristes consecuencias que de aquélla se deriven demostrarán su radical falacia. El crimen de lesa majestad contra el Rey de los reyes y Señor de los que dominan (1Tim 6,15; Ap 19,16) cometido con una educación de los niños indiferente y contraria al espíritu y a sentimiento cristianos, al estorbar e impedir el precepto de Jesucristo: Dejad que los niños vengan a mí (Mc 10,14), producirá, sin duda alguna, frutos amarguísimos. Por el contrario, el Estado que libera estas preocupaciones a las madres y a los padres cristianos, entristecidos por esta clase de peligros, y mantiene enteros los derechos de la familia, fomenta la paz interna del Estado y asienta el fundamento firme sobre el cual podrá levantarse la futura prosperidad de la patria. Las almas de los hijos que Dios entregó a los padres, purificadas con el bautismo y señaladas con el sello real de Jesucristo, son como un tesoro sagrado, sobre el que vigila con amor solícito el mismo Dios. El divino Redentor, que dijo a los apóstoles: Dejad que los niños vengan a mí, no obstante su misericordiosa bondad, ha amenazado con terribles castigos a los que escandalizan a los niños, objeto predilecto de su corazón. Y ¿qué escándalo puede haber más dañoso, qué escándalo puede haber más criminal y duradero que una educación moral de la juventud dirigida equivocadamente hacia una meta que, totalmente alejada de Cristo, camino, verdad y vida, conduce a una apostasía oculta o manifiesta del divino Redentor? Este divino Redentor que se le roba criminalmente a las nuevas generaciones presentes y futuras es el mismo que ha recibido de su Eterno Padre todo poder y tiene en sus manos el destino de los Estados, de los pueblos y de las naciones. El cese o la prolongación de la vida de los Estados, el crecimiento y la grandeza de los pueblos, todo depende exclusivamente de Cristo. De todo cuanto existe en la tierra, sólo el alma es inmortal. Por eso, un sistema educativo que no respete el recinto sagrado de la familia cristiana, protegido por la ley de Dios; que tire por tierra sus bases y cierre a la juventud el camino hacia Cristo, para impedirle beber el agua en las fuentes del Salvador (cf Is 12,3), y que, finalmente, proclame la apostasía de Cristo y de la Iglesia como señal de fidelidad a la nación o a una clase determinada, este sistema, sin duda alguna al obrar así, pronunciará contra sí mismo la sentencia de condenación y experimentará a su tiempo la ineluctable verdad del aviso del profeta: Los que se apartan de ti serán escritos en la tierra (Jer 17,13) .

Fuente: S.S. Pio XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus

Devoción a Nuestra Señora del Carmen (II)


EN QUÉ CONSISTE ESTA DEVOCIÓN Y QUÉ VENTAJAS NOS PROCURA

Aun cuando no tuviera esta devoción el origen excelso, el hecho sólo de consistir en honrar con afectuosas preces y una vida cristiana a la Reina del cielo, llevando constantemente sobre nuestro pecho su Escapulario, símbolo de nuestra consagración a su servicio, ya sería poderoso título para prometernos de tal devoción singulares favores. María, a imitación del Padre Celestial, que hace brillar el sol así para los buenos como para los malos, prodiga sus gracias hasta a aquellos que no la invocan ni piensan en Ella, hasta a aquellos mismos que la ultrajan. Siendo esto así ¿cómo no tendrá fijos sus ojos en los que la reconocen por Madre suya y viven deseosos de complacerla? ¿Cómo no ha de tender su mano protectora a los que, a los pies del sagrado altar, ante las miradas de Dios y de sus ángeles, le hicieron la promesa de amarla, después de Jesús, con toda el alma, y que como signo de este amor, recibieron el Escapulario, para mantenerlo cariñosamente junto a su corazón y no separarlo de él jamás hasta la muerte? Donde quiera que vaya el hijo del Carmelo llevará esa divisa; la tendrá consigo día y noche, en la vigilia y en el sueño, y nunca lo verá desde el cielo su amante Madre, sin ver igualmente el Escapulario que le acredita como hijo suyo. El Escapulario tendrá una voz que dirá siempre a María: “He aquí un siervo vuestro; he aquí un alma que os pertenece”. No os extrañe el que haya hecho la celestial Señora tan bellas promesas a los que así la veneran. El Escapulario será: 1º “Una salvación en los peligros”, en los peligros del cuerpo y, en particular, en los peligros del alma; María estará atenta para sostenernos en los combates con el infierno, el mundo y las pasiones. 2º Será prenda de que no caeremos en el infierno. Sí, la poderosa Reina de la gloria nos obtendrá la vigilancia y la generosidad para no caer en el pecado; y, si cayéremos, nuevas y poderosas gracias nos levantarán con la cooperación nuestra; sólo se perderá el hijo del Carmelo que se obstine en perderse. 3° María nos visitará en el Purgatorio y acelerará la hora de nuestra salida de aquel lugar de expiación. Meditemos en estas preciosas ventajas y, besando con amor el Escapulario, tributemos nuevos homenajes de gratitud a la Madre de Misericordia.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

La divina semilla


¡Oh Señor! Heme aquí delante de Ti: haz que mi corazón sea el buen terreno, siempre pronto a recibir y hacer fructificar tu divina palabra.

Jesús, el divino sembrador, viene hoy a esparcir la buena simiente en su viña, la Iglesia; Él mismo quiere preparar nuestras almas a una nueva floración de gracia y de virtud.

“La simiente es la palabra de Dios”. El Verbo, palabra eterna del Padre, Jesucristo, se encarna, se hace hombre y viene a esparcir en el corazón de los hombres la palabra divina, esa palabra que no es más que un reflejo de sí mismo. La palabra de Dios no es un sonido que hiere el aire y al momento se pierde como la palabra de los hombres; es la luz sobrenatural que ilustra el verdadero valor de las cosas, es gracia que da capacidad y fuerza para vivir según la luz de Dios. Es, pues, semilla de vida sobrenatural, de santidad, de vida eterna. Esta simiente nunca es estéril en sí misma, encierra siempre una poderosa fuerza vital, capaz de producir, no sólo algún fruto de vida cristiana, sino abundantes frutos de santidad. No ha sido confiada a un agricultor inexperto, que, por su incapacidad, pueda arruinar la más prometedora siembra; el sembrador es Jesús mismo, el Hijo de Dios.

Y entonces, ¿por qué la simiente no da siempre los frutos deseados? Porque, con frecuencia, el terreno que la recibe no tienen las disposiciones necesarias. Dios no se cansa de esparcir su simiente en el corazón de los hombres, de incitarlos y de solicitarlos al bien con su luz y sus respectivas llamadas, de distribuir su gracia por medio de los Sacramentos; pero todo esto será vano y estéril si el hombre no ofrece a Dios un terreno, es decir, un corazón apto y bien dispuesto. Dios quiere que nos salvemos y que nos santifiquemos, más no fuerza a ninguno a realizarlo: respeta nuestra libertad.

¡Oh Jesús, Sembrador divino, con cuánta razón puedes lamentarte del terreno árido e infecundo de mi pobre corazón!

¡Cuántas semillas divinas de santas inspiraciones, de luces interiores, de gracia haz esparcido en mi alma! ¡Cuántas veces me has atraído a Ti con particulares llamadas, y cuántas veces, después de haberte seguido por un poco de tiempo, me he detenido en el camino! ¡Oh Señor! Si pudiera al menos comprender el motivo profundo de mi esterilidad espiritual, de mi ligereza e inconstancia en el bien... ¿Me falta quizás tu luz? No, porque continuamente y de mil modos instruyes y amonestas mi alma. ¡Oh, si tantas almas que viven en el error y no te conocen hubiesen recibido sólo la centésima parte de la luz que a mí me has concedido y continuamente me estás concediendo, cuántos frutos de bondad hubieran ya cosechado!

¿Me falta, entonces, tu fuerza? Pero ¿no es quizás tu gracia, fuerza para mí? ¡Oh Señor, lo comprendo! No me falta ni tu luz ni tu fuerza; lo que me falta es la humildad, el morir a mí mismo, a mis gustos y pareceres, conocer mi nada y sacar del todo la confianza y mirada de mí mismo y ponerla sólo en Ti, para saber callar y hacer silencio para escucharte; y la perseverancia, que sabe sobrellevar fielmente las tentaciones, las dificultades, las obscuridades; que sabe afrontar con valor el sacrificio y la austeridad de la vida cristiana.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Devoción a Nuestra Señora del Carmen (I)


Origen de la devoción

Adoremos a Nuestro Señor Jesucristo, que se complace en que su divina Madre reciba los homenajes de nuestra gratitud y de nuestro amor; y así, mientras Él la colma de gloria en el cielo, quiere que el nombre de María sea bendecido en la tierra, por cientos y miles de corazones que la aman con filial ternura. Démosle gracias por haber depositado en el corazón de María los más ricos tesoros de caridad en favor nuestro. A Él y a María tributémoselas muy sinceras, por habernos dado, en el Escapulario del Carmen una señal de salvación, una seguridad en los peligros de la vida, una prenda de paz y de la protección de la Soberana del cielo. Nuestros corazones deben abrirse a la esperanza, en vista de estas manifestaciones de la bondad divina.

Esta devoción tuvo su origen en una aparición con que la Santísima Virgen se dignó favorecer a San Simón Stock, sexto general de los Carmelitas. Este santo nació en 1164 de una de las más ilustres familias de Inglaterra, se retiró a la edad de 12 años a un extenso bosque, en donde practicó las austeridades de los antiguos solitarios. El hueco de una encina fue su habitación, el agua que brotaba de una roca su bebida, las hierbas y raíces su alimento, y su ocupación orar. Veinte años había llevado esta vida, cuando dos señores ingleses que volvían de Tierra Santa trajeron consigo algunos religiosos del Monte Carmelo. Vivamente emocionado por la piedad de estos religiosos para con la Reina del Cielo, Simón se juntó a ellos y seis años después fue nombrado general de su Orden. Un día en que, en las expansiones de su confianza filial, se quejaba a la celestial Señora de las persecuciones que sufría esta Orden venerable y ante las cuales, al parecer, iba a sucumbir, le suplicó con lágrimas que no abandonara a una familia religiosa que había adoptado como suya, y que le diese algún signo de su protección maternal. La augusta Virgen se le manifiesta, rodeada de brillante luz, y, presentándole un Escapulario que traía en sus manos, le dijo: “Hijo querido, recibe este Escapulario de tu Orden; es la muestra del privilegio que para ti y para todos los hijos del Carmelo he obtenido. Quien muera revestido de este hábito no caerá en el fuego eterno. Es signo de salvación, seguridad en los peligros, prenda de paz y de mi especial protección”. En el colmo de la dicha, el santo se apresuró a revelar a todos el rico don que había obtenido, no solamente para los hijos del Carmelo, sino para el pueblo cristiano en general. Pronto los personajes de la época más distinguidos por su piedad y posición social, reyes y señores de la más alta categoría, se inscribieron en la asociación, la cual, autorizada por los Papas, se extendió rápidamente por todo el orbe. Medio siglo después, María quiso manifestarse al Papa Juan XXII y ordenarle que confirmara e hiciera conocer las gracias, privilegios y favores que había obtenido en favor de los religiosos y cofrades del Carmelo, añadiéndole que, como Madre compasiva, descendería todos los sábados al purgatorio para libertar a las almas de aquellos hijos suyos que hubieran muerto revestido de su sagrado hábito (el Escapulario). ¡Ah! ¡Qué bien nos revela María que no olvida el legado que le hizo su Hijo moribundo en el Calvario! Nos ama, piensa en nosotros y se interesa por nuestra suerte eterna. ¿Cómo no amarte, Madre celestial? ¿Cómo no proclamar en todas partes que eres toda misericordia y bondad para con nosotros, a fin de conquistarte nuevos corazones que te pertenezcan?

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

El Gran Medio de la Oración (I)


Introducción que debe leerse

Varias son las obras espirituales que he publicado, mas tengo para mí que no he escrito hasta ahora libro más útil que éste que trata de la oración, por ser ella un medio necesario y seguro para alcanzar la salvación y todas las gracias que para ella necesitamos. Y aun cuando no me resulta posible, si pudiera quisiera imprimir tantos ejemplares de esta obra cuantos son los fieles que viven sobre la Tierra, y entregarlo a cada uno, a fin de que cada uno de ellos entienda la necesidad que tenemos todos de rezar para salvarnos.

Hablo así, porque veo, por una parte, la absoluta necesidad que tenemos de la oración, tan inculcada en las sagradas Escrituras y por todos los Santos Padres; y por otra, el poco cuidado que los cristianos tienen en practicar este gran medio de salvación. Y lo que me aflige todavía más es ver que los predicadores y confesores poco hablan de esto a sus auditorios y a sus penitentes; y que los libros piadosos que andan hoy en manos de los fieles no hablan abundantemente de este tema, pese a que todos los predicadores, confesores y todos los libros no deberían insistir en otra cosa con la mayor premura y calor que ésta de la oración. Por cierto que ellos inculcan tantos buenos medios para el alma de conservarse en gracia de Dios, la huida de las ocasiones, la frecuencia de los sacramentos, la resistencia a las tentaciones, el oír la Palabra de Dios, el meditar las Máximas Eternas y muchos otros más. ¿Quién niega que sean todos ellos utilísimos para ese fin? Pero, digo yo, ¿de qué sirven las prédicas, las meditaciones y todos los otros medios que dan los maestros de la vida espiritual sin la oración, cuando el Señor ha dicho que no quiere conceder sus gracias sino al que reza? Petite et accipietis - Pedid y recibiréis...

Fuente: Cf. San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Introducción

La Acedia (IV)


¿Es posible la Acedia?

Tal como se presenta por sus definiciones, podrá parecerle a alguno que la acedia pertenezca a ese tipo de pecados que se suele dar por imposibles e inexistentes a fuerza de absurdos, aberrantes o monstruosos. Por ejemplo, el odio a Dios o la apostasía. Pero es que pertenece a la noción y a la esencia del pecado el hecho de que sea aberrante y monstruoso, y de que, sin embargo, no sólo exista, a pesar de ser absurdo e inconcebible, sino que muchísimas veces ni siquiera se lo advierta allí donde está a fuerza de considerarlo como un hecho natural y obvio.

La Acedia como acidez, impiedad

El nombre de la acedia es figurado y metafórico. Encierra un cierto simbolismo que también, a modo de definición, ilustra acerca de su naturaleza. La palabra castellana es heredera de un rico contenido etimológico que orienta para comprender mejor su sentido.

Las palabras latinas de las cuales proviene portan los sentidos de tristeza, amargura, acidez y otras sensaciones fuertes de los sentidos y del espíritu. Los estados de ánimo así nombrados son opuestos al gozo, y las sensaciones aludidas son opuestas a la dulzura.

La raíz griega de donde derivan los términos latinos tiene el sentido de falta de cuidado, negligencia, indiferencia, tristeza, pesar.

La acedia -ya se verá- es opuesta y combate las manifestaciones de la piedad religiosa. Según la etimología latina, acedia tiene que ver con acidez. Es la acidez que resulta del avinagramiento de lo dulce. Es decir, de la dulzura del Amor divino. Es la dulzura de la caridad la que, agriada, da lugar a la acedia. Ella se opone al gozo de la caridad como por fermentación, por descomposición y transformación en lo opuesto. A la atracción de lo dulce, se opone la repugnancia por lo agriado.

Podría calificársela, igualmente y con igual propiedad, de enfriamiento o entibiamiento. Como se dice en el Apocalipsis acerca del extinguido primitivo fervor de la comunidad eclesial: “tengo contra ti que has perdido tu amor de antes” (Ap 2, 4); “puesto que no eres frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3, 16).

La acedia puede describirse, por lo tanto, ya sea como un avinagramiento o agriamiento de la dulzura, ya sea como un enfriamiento del fervor de la Caridad. Por eso no ha de extrañar que haya autores que hayan preferido referirse a la acedia en términos de tibieza.

Con esto hemos avanzado un paso más hacia la comprensión de este vicio capital. Como decadencia de un estado mejor, esta pérdida del gozo, de la dulzura y del fervor, y su transformación en tristeza, avinagramiento o frialdad ante los bienes divinos o espirituales, parece emparentar con la apostasía o conducir a ella. Es, en muchos casos, un apartarse de lo que antes se gustó y apreció, porque ahora, eso mismo, disgusta, entristece o irrita. En este sentido se puede decir que la acedia supone una cierta ruptura entre el antes y el ahora de la persona agriada y ácida. O una ruptura entre su estado ideal y su estado decaído.

Fuente: Cf. Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, ptos. 1.3. y 1.4.

Permanecer en paz delante de Dios (I)


¡Señor, que tu presencia sea luz y fuerza para mi alma, sostén y apoyo a mi oración! Sería absurdo obligar al alma a continuar con la meditación, si Dios la introduce, mediante la sequedad, en una oración más sencilla y profunda; tanto más que no lograría hacer aquélla. Por el contrario, se la debe alentar a abandonarla sin escrúpulo para ejercitarse en permanecer en paz delante de Dios, ocupada en Él con una mirada sencilla de fe y amor. Estese allí haciéndole compañía, satisfecha de estar con Él, aún sin sentir su presencia. Y verá cómo, poco a poco, se irá acostumbrando a esta nueva manera de oración, que la pondrá en contacto con Dios de un modo sustancialmente más perfecto que la anterior.

No se intranquilice pensando que ya no sabe amar. Cierto que no sabe amar sensiblemente como cuando se conmovía pensando en el amor que Dios le tenía; pero recuerde que el amor de caridad sobrenatural no es amor sensible, sino amor de voluntad que no es necesario sentir. Consiste sólo en una íntima decisión de la voluntad por la que el alma da a Dios la preferencia sobre todas las criaturas y quiere consagrarse por entero a su servicio. Este es el amor que lleva al “sentimiento de Dios”. Es más, San Juan de la Cruz enseña que en este período de la contemplación oscura e inicial que se actúa a través de las penas de la sequedad purificadora, comienza a nacer en el alma lo que él llama “amor infuso pasivo”, o sea, el amor por el que va a Dios el alma, no sólo con la decisión de su voluntad, sino atraída también secretamente por Él. Así se explica que, sin ser sentido, sea más fuerte que antes y le impulse a entregarse a Dios con siempre creciente decisión: es Dios mismo quien le infunde amor, atrayéndola ocultamente a sí. Cuando el alma, sufriendo en la oración por su impotencia y sequedad, teme no amar, examínese sobre este punto y vea si está resuelta a entregarse totalmente a Dios, a pesar de las dificultades que experimenta. Para concretizar esta decisión, aplíquela a las diversas circunstancias de su vida, de modo especial a las que más le cuestan; precisamente porque le falta ya el sentimiento del amor, esfuércese en dar a Dios pruebas concretas del mismo con obras, con virtudes practicadas para agradarle.

Aunque yo sea tierra seca y desolada, aunque en mi corazón no exista una chispa de devoción, quiero permanecer en tu presencia, aquí cerca de Ti, para decirte que, a pesar de todo, no deseo ni quiero otra cosa que a Ti solo.

“¡Oh Señor! Cuando no siento nada, cuando soy incapaz de orar, de practicar la virtud, entonces es el momento de buscar pequeñas ocasiones, 'nadas' que os gusten. Por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de no decir nada o demostrar un semblante enojado... Cuando no tengo ocasiones, quiero, al menos, decir frecuentemente que os amo. No es difícil, y esto alimenta el fuego; aun cuando me pareciese apagado ese fuego de amor, quisiera echar en él alguna cosa y vos sabríais entonces encenderlo de nuevo” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Los hijos son la primavera de la familia


“Os bendiga Dios, fuente de la vida”. La bendición de Dios no sólo es el origen de la comunión conyugal, sino también de la apertura responsable y generosa a la vida. Los hijos son en verdad la primavera de la familia y de la sociedad. El matrimonio florece en los hijos: ellos coronan la comunión total de vida (“totius vitae consortium”: Código de derecho canónico, c. 1055, 1), que convierte a los esposos en “una sola carne”; y esto vale tanto para los hijos nacidos de la relación natural entre los cónyuges, como para los queridos mediante la adopción. Los hijos no son un “accesorio” en el proyecto de una vida conyugal. No son “algo opcional”, sino “el don más excelente”, inscrito en la estructura misma de la unión conyugal.

La Iglesia, como se sabe, enseña la ética del respeto a esta institución fundamental en su significado al mismo tiempo unitivo y procreador. De este modo, expresa el acatamiento que debe dar al designio de Dios, delineando un cuadro de relaciones entre los esposos basadas en la aceptación recíproca sin reservas. De este modo se respeta, sobre todo, el derecho de los hijos a nacer y crecer en un ambiente de amor plenamente humano.

A esta tarea están llamados los padres y los hijos, pero, el nosotros” de los padres, marido y mujer, se desarrolla, por medio de la generación y de la educación, en el “nosotros” de la familia, que deriva de las generaciones precedentes y se abre a una gradual expansión. Cuando se respetan las funciones, logrando que la relación entre los esposos y la relación entre los padres y los hijos se desarrollen de manera armoniosa y serena, es natural que para la familia adquieran significado e importancia también los demás parientes, como los abuelos, los tíos y los primos. A menudo, en estas relaciones fundadas en el afecto sincero y en la ayuda mutua, la familia desempeña un papel realmente insustituible, para que las personas que se encuentran en dificultad, los solteros, los viudos, y los huérfanos encuentren un ambiente agradable y acogedor. La familia no puede encerrarse en sí misma. La relación afectuosa con los parientes es el primer ámbito de esta apertura necesaria, que proyecta a la familia hacia la sociedad entera.

Que la Virgen María, “Reina de la familia”, os acompañe siempre con su mano materna.

Fuente: S.S. Juan Pablo II, Homilía del 15 de octubre de 2000

Encontraréis descanso para vuestras almas


Para ser santos necesitamos humildad y oración. Jesús nos enseñó el modo de orar y también nos dijo que aprendiéramos de Él a ser mansos y humildes de corazón.

Pero no llegaremos a ser nada de eso a menos que conozcamos lo que es el silencio. La humildad y la oración se desarrollan de un oído, de una mente y de una lengua que han vivido en silencio con Dios, porque en el silencio del corazón es donde habla Él.

Impongámonos realmente el trabajo de aprender la lección de la santidad de Jesús, cuyo Corazón era manso y humilde. La primera lección de ese Corazón es un examen de conciencia; el resto, el amor y el servicio, lo siguen inmediatamente. El examen no es un trabajo que hacemos solos, sino en compañía de Jesús. No debemos perder el tiempo dando inútiles miradas a nuestras miserias sino emplearlo en elevar nuestros corazones a Dios para dejar que su luz nos ilumine.

Si la persona es humilde nada la perturbará, ni la alabanza ni la ignominia, porque se conoce, sabe quién es. Si la acusan no se desalentará; si alguien la llama santa no se pondrá sobre un pedestal. Si eres santo dale gracias a Dios; si eres pecador, no sigas siéndolo. Cristo nos dice que aspiremos muy alto, no para ser como Abraham o David ni ninguno de los santos, sino para ser como nuestro Padre celestial. “No me elegisteis vosotros a Mí, fui Yo quien os eligió a vosotros, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (cf. Jn 15, 16).

Fuente: Santa Teresa de Calcuta, El Amor más grande

Carta de Juan Pablo II a las familias (II)


¿Cómo no recordar, a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: “No matarás” (Ex 20, 13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas y aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas. Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismos parlamentos para realizar los propios proyectos y buscar sus propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en “civilización de la muerte” recibe una preocupante confirmación. ¿No es quizás un acontecimiento profético el hecho de que el nacimiento de Cristo haya estado acompañado del peligro por su existencia? Sí, también la vida de Aquel que al mismo tiempo es Hijo del hombre e Hijo de Dios estuvo amenazada, estuvo en peligro desde el principio, y sólo de milagro evitó la muerte.

Sin embargo, en los últimos decenios se notan algunos síntomas confortadores de un despertar de las conciencias, que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la misma opinión pública. Crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción; se difunden los movimientos pro-vida. Es un signo de esperanza para el futuro de la familia y de toda la humanidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

Carta de Juan Pablo II a las familias (I)


En el contexto de la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de sus miembros. Para convencerse de ello, basta examinar ciertos programas de educación sexual, introducidos en las escuelas, a menudo contra el parecer y las protestas de muchos padres; o bien las corrientes abortistas, que en vano tratan de esconderse detrás del llamado “derecho de elección” (“pro choice”) por parte de ambos esposos, y particularmente por parte de la mujer.

En los evangelios de la infancia, el anuncio de la vida, que se hace de modo admirable con el nacimiento del Redentor, se contrapone fuertemente a la amenaza a la vida, una vida que abarca enteramente el misterio de la Encarnación y de la realidad divino-humana de Cristo. El Verbo se hizo carne, Dios se hizo hombre. A este sublime misterio se referían frecuentemente los Padres de la Iglesia: “Dios se hizo hombre, para que el hombre, en él y por medio de él, llegara a ser Dios”. Esta verdad de la fe es a la vez la verdad sobre el ser humano. Muestra la gravedad de todo atentado contra la vida del niño en el seno de la madre. Aquí, precisamente aquí, nos encontramos en las antípodas del “amor hermoso”. Pensando exclusivamente en la satisfacción, se puede llegar incluso a matar el amor, matando su fruto. Para la cultura de la satisfacción el “fruto bendito de tu seno” (Lc 1, 42) llega a ser, en cierto modo, un “fruto maldito”.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

Nueve Primeros Viernes - Promesas del Sagrado Corazón

PROMESAS DEL SAGRADO CORAZÓN

A LOS QUE COMULGAN EN SU DESAGRAVIO LOS PRIMEROS VIERNES DE MES

DURANTE NUEVE MESES SEGUIDOS

1. Les daré todas las gracias necesarias a su estado (casado(a), soltero(a), viudo(a) o consagrado(a) a Dios).

2. Pondré paz en sus familias.

3. Los consolaré en todas las aflicciones.

4. Seré su refugio durante la vida y, sobre todo, a la hora de la muerte.

5. Bendeciré abundantemente sus empresas.

6. Los pecadores hallarán misericordia.

7. Los tibios se harán fervorosos.

8. Los fervorosos se elevarán rápidamente a gran perfección.

9. Bendeciré los lugares donde la imagen de mi Corazón sea expuesta y venerada.

10. Les daré la gracia de mover los corazones más endurecidos.

11. Las personas que propaguen esta devoción tendrán su nombre escrito en mi Corazón y jamás será borrado de él.

12. La “Gran Promesa”: la gracia de la penitencia final: es decir, no morirán en desgracia y sin haber recibido los sacramentos.

Un viernes, durante la Santa Comunión, Él dijo estas palabras a su indigna sierva, si es que ella no se equivoca: “Te prometo, en el exceso de la misericordia de mi Corazón, que su Amor omnipotente otorgará a todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes seguidos, la gracia de la penitencia final. No morirán en mi desgracia ni sin recibir los Sacramentos. Mi Corazón les dará refugio seguro en el último momento de la vida” (Carta a la Madre Saumaise 1689).

Fuente: Cf. Santa Margarita María de Alacoque, Autobiografía. (El orden expuesto es fruto de una síntesis de todas las Promesas reveladas a la Santa)

El deber de la Reparación


Una deuda de justicia y amor.

Al deber de la consagración va aneja, como consecuencia natural, otra obligación: la de ofrecer al amor olvidado y despreciado de nuestro Dios, una compensación por las indiferencias, ofensas e injurias que le infiere el género humano. Esto es lo que se llama reparación.

Doble es el motivo, dice la Encíclica Miserentissimus, que nos obliga a la reparación: uno de justicia, con el fin de que la ofensa hecha a Dios con nuestros crímenes, sea expiada, y que el orden violado sea restablecido con la penitencia; otro de amor que nos inclina a participar en el sufrimiento de Cristo, doliente y saturado de oprobios, y procurarle, según nuestra pequeñez lo permita, algún consuelo.

Obligación de justicia y amor; ciertamente, el pecado no es sólo la violación de una ley que tiene a Dios por autor y custodio; es, además, una injuria personal contra Él, y un desprecio práctico de su amor. Es, pues, natural que Dios, como requisito para alcanzar el perdón, exija una reparación que sea el reconocimiento de su grandeza y amor. Y el hombre, lejos de extrañarse de esta exigencia divina, debería adelantarse por sí mismo y persuadirse de la necesidad que tiene de hacer olvidar, en cierto sentido, a Dios, la ingratitud de que es culpable; y, fijos los ojos en el Crucifijo, en la llaga del costado del Salvador, viendo aquel Corazón traspasado, debía decidirse a reparar a la justicia divina todo el mal, por medio de obras exteriores de penitencia.

Ahora bien: todos hemos pecado, y a todos nos incumbe el deber de la expiación. Pero de nosotros mismos no podemos ofrecer a Dios una reparación suficiente. Criaturas con poderes muy limitados, somos incapaces de saldar una deuda en cierto sentido infinita. Y por eso el Verbo, en su misericordia, quiso tomar una naturaleza humana, para rescatar, por la virtud de su sacrificio, toda la raza humana: “Cargó con nuestras enfermedades y dolores; por nuestras iniquidades estuvo cubierto de llagas; sobrellevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz... para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia”. Pero quiso Él dejar voluntariamente su obra incompleta: habiéndonos rescatado sin nosotros, no quiso salvarnos sin nosotros, y debemos completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Servus Cordis Iesu

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