Vida de oración (I)


¡Señor, que te busque no sólo en algunas horas o momentos del día, sino en todos los instantes de mi vida!

El alma que anhela una vida de intimidad con Dios no se contenta limitando su trato con Él al tiempo de la oración, sino que procura prolongarlo durante la jornada. Es ése un deseo más que legítimo, porque quien ama aspira a contactos cada vez más estables y continuos con la persona amada. Eso mismo le pasa al alma que ama a Dios; lo cual es más comprensible por el hecho de que Él está siempre con nosotros, presente y operante en nuestras almas. Es verdad que esa presencia es espiritual, invisible pero real y no solamente moral y afectiva, como la del amado en el espíritu y corazón del amante.

Si Dios mora siempre nosotros, ¿por qué no hemos de perseverar en continuo contacto con Él? Esta comunicación se entabla con el pensamiento y el afecto, pero mucho más con éste que con aquél. De hecho no es posible pensar siempre en Dios, ya porque se cansa la mente, ya porque muchas ocupaciones requieren toda la intensidad de la inteligencia, la cual no puede atender simultáneamente a dos objetos diversos. Por el contrario, el corazón, aun cuando el entendimiento esté ocupado en otra cosa, puede siempre amar, sin cansarse de suspirar por el objeto de su amor. Como el amor sobrenatural no consiste en el sentimiento, sino en una íntima orientación de la voluntad hacia Dios, bien se comprende que esa orientación es posible aún mientras desempeñamos deberes que absorben toda la inteligencia. Y hasta la voluntad misma podrá acrecer este su caminar hacia Dios con el deseo de cumplir cada deber por su amor, por agradarle, para darle gloria. A este propósito enseña Santo Tomás que el corazón puede tender siempre hacia Dios con el “deseo de la caridad”, o sea, con el deseo de amarle, de servirle y de unirse a Él en cada obra. “La oración -dice San Agustín- no es más que un deseo del corazón; si vuestro deseo es continuo, vuestra oración es continua. ¿Queréis no cesar nunca de orar? No ceséis nunca de desear”.

“Haced, Señor, que mi vida sea una oración incesante, cual conviene a una criatura racional. Esa oración nace del amor, es fuego y deseo fundado en la caridad que impulsa al alma a hacer todo por tu amor. Infúndeme, Señor, la caridad para que siempre te desee, y deseándote siempre, ore continuamente. Que mi alma ore siempre ante Ti en todo lugar, en todo tiempo, en todo lo que hago, por el afecto la caridad” (Santa Catalina de Siena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Santa Rosa de Lima


Su vida de recogimiento y unión con Dios.

Adoremos a Nuestro Señor que tiene sus almas escogidas en todos los siglos y en todos los países del mundo. Santa Rosa de Lima, la primera flor de santidad de América, fue destinada por la Divina Misericordia para confundir con la inocencia de su vida las máximas y la falsa sabiduría del mundo, realizándose una vez más en ella aquellas palabras del apóstol: “Dios ha elegido a los débiles para confundir a los fuertes” (I Cor. 1, 27). Aprendamos de Santa Rosa a santificarnos en medio del mundo, meditando los hermosos ejemplos de virtud que nos ofrece su admirable vida.

La vanidad conduce infaliblemente a la disipación. Santa Rosa se quedó en medio del mundo, pero no para seguir sus locuras, sino para condenarlas y edificar a todos con el ejemplo de sus austeras virtudes. No la busquemos en medio de las reuniones mundanas. Rosa, en aquella edad en que los placeres y las diversiones del mundo ofrecen tantos atractivos, es ya un modelo de gravedad, de recogimiento y de unión con Dios. Su frecuente oración, su fervor, su amable piedad, manifiestan bien claramente que su unión con el Amado de su alma es tal que no le pierde de vista y que está siempre presente a su corazón. La divina Eucaristía constituye sus delicias. Admitida desde muy niña la Sagrada Comunión, nada le parecía bastante para preparar en su alma una digna morada al Dios de su amor. Un día la sorprendieron deshojando una rosa y comiendo sus hojas perfumadas ¿Qué haces niña?, le preguntan. Mañana debo recibir a Jesús -contesta- y le preparo un lecho de flores. Inocencia, candor angelical que Jesús aceptó, sin duda, con indecible amor.

Si la vanidad conduce a la disipación, ésta dispone el corazón al mal, inclinándolo al amor de los placeres, que el Evangelio reprueba. No esperemos vida pura ni austeras costumbres en las personas dominadas por el orgullo y que aborrecen el recogimiento y la quietud de una vida seria. Formada en la escuela de Jesús crucificado, Rosa sabe que no hay más rico tesoro a los ojos de Dios que la pureza de corazón. Niña aún, supo apreciar en todo su valor esta virtud de los ángeles y ofreció a Dios su virginidad. Para conservar todo el brillo de esta delicada virtud, se impone la mortificación voluntaria, a la que se entrega con rigor asombroso. Es tal la hermosura que la angelical virtud comunica a su alma, que Jesús, prendado de ella, le dice: Rosa de mi corazón, sé mi esposa. Aspiremos con espiritual delicia el embriagador perfume de esta Rosa de santidad y animémonos a seguir tan bellos ejemplos.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

El Gran Medio de la Oración (VI)


LA ORACIÓN ES NECESARIA PARA VENCER LAS TENTACIONES Y GUARDAR LOS MANDAMIENTOS

Es además la oración el arma más necesaria para defendernos de los enemigos de nuestra alma. El que no se vale de ella, dice Santo Tomás, está perdido. El Santo Doctor no duda en afirmar que cayó Adán porque no acudió a Dios en el momento de la tentación. Lo mismo dice San Gelasio, hablando de los ángeles rebeldes: No aprovecharon la gracia de Dios, y porque no oraron, no pudieron conservarse en santidad. San Carlos Borromeo dice en una de sus cartas pastorales que de todos los medios que el Señor nos dio en el evangelio, el que ocupa el primer lugar es la oración. Y hasta quiso que la oración fuera el sello que distinguiera su Iglesia de las demás sectas, pues dijo de ella que su casa era casa de oración: Mi casa será llamada casa de oración. Con razón, pues, concluye San Carlos en la referida pastoral, que la oración es el principio, progreso y coronamiento de todas las virtudes.

Y es esto tan verdadero que en las oscuridades del espíritu, en las miserias y peligros en que tenemos que vivir, sólo hallamos un fundamento para nuestra esperanza, y es el levantar nuestros ojos a Dios y alcanzar de su misericordia por la oración nuestra salud eterna. Lo decía el rey Josafat: Puesto que ignoramos lo que debemos hacer, una sola cosa nos resta: volver los ojos a Ti. Así lo practicaba el santo Rey David, pues confesaba que para no ser presa de sus enemigos no tenía otro recurso sino el acudir continuamente al Señor suplicándole que le librara de sus acechanzas: Al Señor levanté mis ojos siempre, porque me soltará de los lazos que me tienden. Se pasaba la vida repitiendo así siempre; Mírame, Señor, y ten piedad de mí, que estoy solo y soy pobre. A ti clamé, Señor, sálvame para que guarde tus mandamientos... porque yo nada puedo y fuera de Vos nadie me podrá ayudar.

Eso es verdad, porque después del pecado de nuestro primer padre Adán que nos dejó tan débiles y sujetos a tantas enfermedades, ¿habrá uno solo que se atreva a pensar que podemos resistir los ataques de los enemigos de nuestra alma y guardar los divinos mandamientos, si no tuviéramos en nuestra mano la oración, con la cual pedimos al Señor la luz y la fuerza para observarlos? Blasfemó Lutero, cuando dijo que después del pecado de Adán nos es del todo imposible la observancia de la divina ley. Jansenio se atrevió a sostener también que en el estado actual de nuestra naturaleza ni los justos pueden guardar algunos mandamientos. Si esto sólo hubiera dicho, pudiéramos dar sentido católico a su afirmación, pero justamente le condenó la Iglesia, porque siguió diciendo que ni tenían la gracia divina para hacer posible su observancia.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. II.

San Agustín, ilustre penitente


Adoremos a Nuestro Señor Jesucristo que da a la Iglesia, en la persona de San Agustín, un penitente tan ilustre, un santo tan eminente y un doctor admirable, que llega a ser el oráculo de los concilios, la luz de la Iglesia, el Padre de los Padres y el Doctor de los Doctores. Glorifiquemos a Dios por el poder de su gracia, que obró tan gran prodigio, y felicitemos a San Agustín, que no sólo ha podido decir: “por la gracia de Dios soy lo que soy”, sino que ha podido agregar: “su gracia no ha sido estéril en mí” (I Cor. 15,10).

Jamás se ha visto un penitente más enternecido, más humilde ni más lleno de gratitud. Más enternecido: sus lágrimas empezaron a correr en el principio de su conversión. “Se levantó en mí -dice- una tempestad que fue seguida de una lluvia de lágrimas”; y resolvió sepultarse vivo en una soledad para llorar sus faltas hasta su último suspiro. Si los designios de la Providencia se opusieron a este deseo, San Agustín supo unir a los trabajos del episcopado, la penitencia de los más austeros anacoretas. Su vida entera fue una serie no interrumpida de vigilias, ayunos y cruces; y, encontrando estas expiaciones insuficientes para la magnitud de número de sus faltas, cuando ya estaba para morir hizo escribir en las paredes de su habitación los salmos penitenciales, que rezó con gran abundancia de lágrimas, hasta que exhaló el último suspiro.

Fue el penitente más humilde: en el libro de sus Confesiones hace saber a toda la tierra sus más vergonzosos pecados y quiere soportar su vergüenza ante todos los hombres y todos los siglos. Siempre se sabrá que San Agustín fue un tiempo impúdico y libertino; y esta confesión pública y permanente la hizo cuando aún vivía en el mundo, cuando ocupaba uno de los tronos de la Iglesia, rodeado de herejes y de envidiosos, cuyo desprecio aceptaba como cosa muy merecida.

Jamás hubo penitente más lleno de gratitud: sus escritos sólo respiran amor a las misericordias que el Señor usó con él; y para contarlas ni su lengua ni su pluma satisficieron las ansias de su corazón: son la expansión del entusiasmo de su admiración; son vivas acciones de gracias y efusiones de amor. “¡Oh belleza siempre antigua y siempre nueva! -exclama- ¡qué tarde te conocí! ¡Oh días desgraciados en los cuales no te amé! ¡Oh fuego que siempre ardéis sin consumiros jamás! ¡Oh amor siempre ferviente que no conocéis interrupción! Abrazadme, hacedme arder para amaros con todas mis fuerzas y que no haya nada en mí que no sea amor. Me parece que os amo ¡oh mi Dios! pero quiero amaros siempre más y más”. ¡Qué hoguera de amor! ¡Oh gran santo! ¡Caigan en mi pobre corazón algunas centellas del fuego que os devora!

San Agustín poseía en el más alto grado el celo para evangelizar a los pueblos, y la caridad para socorrer a los desgraciados. Ardiendo en deseos de hacer conocer y amar a Jesucristo, no solamente en toda la tierra sino durante todos los siglos, se aplicó con ardor al estudio de las Santas Escrituras; llegó a ser un abismo de ciencia divina y luego, derramando en los pueblos tal plenitud, los alimentó abundantemente con el pan de la Palabra. A sus predicaciones tan elocuentes, añadió doctos escritos que fueron a buscar a los paganos y a los filósofos, a los arrianos y a los maniqueos, a los donatistas, y pelagianos para conducirlos a la verdad. Ningún error escapó a su celo. Reveló al mundo los más escondidos misterios de la gracia en obras inmortales, que serán siempre un foco de luz para la Iglesia universal.

Su caridad para aliviar a los desgraciados le hizo olvidarse de sí mismo; dio todo lo que tenía y al morir no pudo hacer testamento, porque -como dice su historiador- todo lo había dado a los pobres y no tenía qué legar.

¿Hay abnegación más bella que ésta? Confrontemos nuestra vida con la de este gran santo y juzguémonos.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

Sus alas eran el amor y el deseo de Dios


Agustín y su madre conversaban a solas, entretenidos en dulcísimos coloquios. Y fueron raptados a lo alto durante una altísima contemplación. ¿Y qué sucedió luego? Este mundo con sus delicias se volvía vil a sus ojos: he aquí que me marché con tristeza, porque el espíritu me elevó.

Advierte también cómo, después de haber consumido el Cuerpo de Cristo, ella fue elevada un codo sobre la tierra y comenzó a decir: “Volemos al cielo”. ¡Oh gran deseo que logró levantar la mole del cuerpo! Oh Mónica, ¿cómo podremos volar? No recuerdas que te envuelve un pesado cuerpo terrestre. Antes tienes que deshacerte de él. ¿Pero dónde están las alas? Eran ciertamente el amor y el deseo de Dios. Los animales que vio Ezequiel, tanto el león como el toro, eran pesados, pero tenían alas.

Es admirable encontrar un deseo tan ardiente en una mujer casada, porque, como dice el Apóstol, el amor en los casados está dividido entre el marido, los hijos y los bienes, y a Dios sólo se le reserva una pequeña porción. Sin embargo, esta mujer reservaba todo su deseo para Dios. ¡Oh mujer excepcional! Con un marido pagano y de genio áspero, y un hijo maniqueo, sola como una rosa entre espinas, sostenía la casa con prudencia y paciencia singulares. En la adversidad aguantaba al marido, que, si bien era de noble linaje y patricio según el siglo, era a la vez pagano y fiero como un león; luego lo hería con la espada de la benevolencia y de la doctrina, elevando su alma a Dios, y con palabras sabias y la ayuda del Espíritu Santo le hizo fiel cristiano y le transformó de feroz león en manso cordero. Mujeres, aprended de esta mujer ejemplar el respeto, la paciencia, la prudencia, la dulzura y el amor a vuestros maridos.

¿Por su hijo cuántas lágrimas no derramó? ¿A cuántos varones santos no importunó? “¿Señor, cómo iba yo a alumbrar a un perseguidor de la Iglesia? ¿Acaso di yo de mamar a un blasfemo que hace mofa de tu nombre? ¿Habría de pasar por madre de un hereje, de uno que se burla de Cristo? Señor, si quieres que mi gozo sea pleno, haz cristiano a mi hijo, al igual que me hiciste a mí”. Tú acogiste su deseo. Un ángel se le apareció en lo alto: “Mujer, ¿por qué lloras? Tus plegarias han sido oídas, el Señor ha acogido tus deseos. Mira dónde estás tú y dónde está tu hijo; los dos estáis sobre una misma regla”. Cuando ella refirió lo acaecido a su hijo, nota cómo éste intentó tergiversar su significado, y cómo la madre supo responder a sus cavilaciones, haciendo callar a un hijo tan erudito y tan sabio que infundía miedo a toda la Iglesia.

El Señor escuchó su deseo, porque era un deseo santo. Madres, aprended qué habéis de desear para los hijos; esposas, aprended qué habéis de desear para vuestros esposos; señoras, aprended qué habéis de desear para vuestra familia. No pide para el hijo riquezas, ni honores ni dignidades; pide religión, santidad, y lo hace no con tibieza sino con tal ardor que llega a abandonar su casa y como una leona sigue a su hijo a Italia con intención de no cesar de rugir hasta resucitar a su cachorro. Y Dios se lo concedió. Oíd cómo: “Hijo, al verte siervo de Dios y desasido de toda aspiración terrena, ninguna cosa me deleita ya en este mundo”.

Mónica, mira cómo tienes mucho más de lo que habías deseado. Habías deseado un creyente, y tienes un religioso; habías deseado un cristiano, y tienes un doctor eximio de Cristo y de la fe. Pero esto no ha sido obra tuya, sino de Él, porque las palabras sólo penetran en el corazón cuando reciben la fuerza de lo alto. Nuestro deseo de Dios es vacilante y nuestros deseos del cielo están adormecidos, mortecinos y casi sin vida. Al Espíritu Santo toca vivificar los deseos extinguidos e inflamar los tibios.

Fuente: Santo Tomás de Villanueva, Sermón de la fiesta de Santa Mónica

San Agustín, solícito en la explicación de las Escrituras


Agustín estaba dotado de sabiduría humana y divina, y poseía la ciencia en su más alto grado, realidades expresadas por la caña de medir y la pluma. No hubo parte del templo de Dios que este doctor no midiera con su pluma. Puertas, umbrales, vestíbulos, ventanas, pórticos, atrios, desde lo más alto hasta lo más bajo, nada dejó sin medir. En efecto, dejó normas de vida para todos los estados de la Iglesia y sobre todos compuso libros: para las vírgenes, el libro: Sobre la virginidad; para las viudas: De la bondad de la viudez; para los casados: De la bondad del matrimonio; para los monjes: Del trabajo de los monjes; para las mujeres: De la honestidad de las mujeres; para los canónigos: la Regla. Justamente se canta en el prefacio: “Enseñó a los clérigos, amonestó a los laicos, recondujo a los extraviados al camino de la verdad, y con saludables disposiciones gobernó sabiamente tu navecilla a su paso por este mar”.

Agustín favoreció la fe no sólo defendiéndola contra los herejes, sino también exponiéndola ampliamente a los fieles. ¿Quién, en efecto, fue más solícito que él en la explicación de las Escrituras? ¿Quién más ilustrado en el esclarecimiento de los misterios? ¿Quién más elocuente en la exposición de las cuestiones? Hasta su tiempo, la fe destacaba más por la virtud que por la claridad; en cierto modo, aparecía oscurecida no sólo por los errores de los herejes, sino también por las palabras y la elocuencia de los católicos, quienes se preocupaban más de hablar culta y donosamente que de hacerlo con precisión. En consecuencia, no constaba con claridad qué se había de creer en una determinada materia de fe. Agustín fue el primero que comenzó a aclarar, ordenar, ilustrar y distinguir las verdades de la fe, y a presentarlas en forma escolástica. Enseñó qué se debía creer en cada misterio de la fe, qué se debía responder a las objeciones y qué pasajes escriturísticos había que aducir para corroborarlo. En fin, a Agustín somos deudores de poseer hoy una comprensión clara de la fe, de poder expresarla con claridad y afirmarla con intrepidez.

Fuente: Santo Tomás de Villanueva, Sermón de la fiesta de San Agustín

Paciencia de San José de Calasanz


Cuando la criatura aprovecha las gracias que el Señor le dispensa, se hacen patentes los admirables efectos del favor divino, que el Señor se complace en conceder al alma que le pide con buenas disposiciones. Los Santos cuyas virtudes admiramos fueron hombres como nosotros, sujetos a las mismas debilidades, combatidos por las mismas pasiones, quizás con más violencia que nosotros o por enemigos más tenaces o por temperamento más fuerte; y no obstante todo esto, alcanzaron la victoria y con ella la santidad.

La paciencia de San José de Calasanz fue tan heroica que mereció ser llamado el Job de la Ley de gracia. Calumnias atroces, persecuciones injustas, oprobios sin número acumularán sobre este glorioso santo sus enemigos, inspirados por el infierno, que llegaron a creer eterno su triunfo. Pero él no se altera; firme en su confianza en Dios, levanta al cielo sus ojos exclamando con el santo Job: “Bendito sea, Señor, vuestro santo nombre”. Correspondió a la gracia y a la voluntad divina, y por eso triunfó de las pasiones.

Por querer seguir mi propia voluntad y mis apetitos, soy desgraciada víctima de ellos, olvidando que el mismo Jesucristo no vino hacer su voluntad, sino la de su Eterno Padre, y que mis pecados me hacen merecedor de penas infinitamente más grande que los sufrimientos que recibo por tan culpable impaciencia.

Era tal la vehemencia con que el amor purísimo a Dios abrazaba el pecho de este santo, que no pudiendo permanecer oculta esta interior hoguera, brotaba al exterior en prodigiosos resplandores con que apareció iluminado su rostro cuando salía de la oración o hablaba de las obras y misericordias del Omnipotente. De este ardiente amor nacía el celo infatigable con que emprendía todas las obras más difíciles que redundaban en la gloria del Señor, y la santa indignación que mostraba contra todo lo que fuera ofensa de la Soberana bondad. A su paciencia para sufrir y trabajar, igualó su celo por la gloria de Dios y su odio por el pecado, que se manifestó desde niño. No exhala una queja contra sus enemigos, no desfallece su actividad ante los sufrimientos que le proporcionan sus empresas, y su voz vibra indignada contra todo lo que es pecado, y el empeño especial de su vigilancia -que duró toda su vida- se dirigió a hacer todos los esfuerzos posibles para conservar la pureza en el corazón de los niños.

¿En qué se parece mi espíritu al que animaba a San José de Calasanz? Digo que amo a Dios y, no obstante, lo ofendo con demasiada frecuencia; repito que amo a Dios, y hasta en las pocas obras buenas que hago domina la tibieza; proclamo de nuevo mi amor a Dios y no reparo en escandalizar a mis próximos con mis culpas. ¡Singular amor el mío, que no se lastima con los pecados propios ni con las miserias ajenas! ¿No parece también un egoísmo refinado el amor que sólo tiende a favorecer a los prójimos que me inspiran simpatía, y rehúsa todo socorro y el menor sacrificio, a los que no me parecen amables?

Pacientísimo San José de Calasanz, alcanzadme que yo sufra con resignación, a ejemplo vuestro, las contrariedades de la vida. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, sea bendito su santo Nombre” (Job. 1,21)

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Martirio de San Bartolomé


Polemón II, rey de del Ponto, tenía una hija muy enferma. Enterado de los prodigios que obraba San Bartolomé en aquel lugar, le mandó ir al palacio y le suplicó que curase a su hija. Le ofreció ricos presentes, pero el Santo no los quiso aceptar. Exhortó el Apóstol al rey a que dejase el culto de los ídolos y creyese en Jesucristo, y luego sanó a la enferma. Con este milagro y las exhortaciones y demás prodigios que obró el Santo, determinó el rey abrazar la religión cristiana, y recibió el Bautismo junto con su familia y muchísimos vasallos. Refiere la tradición, que el santo Apóstol dejó sacerdotes y diáconos en algunas poblaciones de Armenia.

Su Martirio

Se molestaron grandemente los sacerdotes de los ídolos por la conversión del rey y porque el rápido crecimiento de la religión cristiana significaba menoscabo del culto de los dioses. Resueltos a vengarse del Apóstol, fueron a ver a Astiages, hermano del rey convertido, y le incitaron a que detuviese a Bartolomé. Era Astiages gobernador de una provincia comarcana, y así le fue muy fácil prender al santo Apóstol, a quien reprobó haber pervertido el alma de su hermano Polemón, ultrajado a los dioses de la nación y destruido su culto, siendo con ello causa de que los dioses afligiesen al reino con grandes plagas y males sin cuento.

Declaró el Santo que el Dios que predicaba era el único verdadero, y que al arruinar el culto de los ídolos, pretendía solamente echar de aquel reino al demonio, causador de los males que afligían a los ciudadanos y a todo el país. Pero Astiages no quiso dar oídos a tales razones, y le mandó que sacrificase a los dioses protectores de la nación. El santo y valeroso Apóstol se negó a ello con inquebrantable fortaleza, e hizo ante los presentes admirable profesión de la fe que predicaba.

Se encendió con ello el furor de Astiages, el cual mandó primeramente que azotasen con varas de hierro al insigne mártir. Después, a juzgar por una tradición declarada en el Martirologio y en el Breviario romanos, le tendieron y le desollaron vivo de pies a cabeza. Fue éste un tormento atrocísimo que mostró a los presentes la fortaleza y admirable paciencia del esforzado mártir de Cristo. Finalmente, fue degollado. Otro relato de su martirio nos dice que, después de haberle desollado vivo, le crucificaron.

De allí a pocos días, Astiages y los sacerdotes paganos que pidieron la muerte del Santo Apóstol, tuvieron, por disposición del Señor, muy horrible y espantosa muerte, pues perecieron ahogados por manos invisibles. El rey Polemón fue consagrado primer obispo de Armenia, según reza la leyenda, y trabajó con todas sus fuerzas para convertir a sus conciudadanos.

El cuerpo del Santo fue enterrado en el mismo lugar donde padeció el martirio, quizá la ciudad de Albanópolis, como trae el Breviario romano.

Fuente: Edelvives, El Santo de Cada Día

Oración a María Reina


Desde lo profundo de esta tierra de lágrimas, en que la humanidad dolorida se arrastra trabajosamente; en medio de las olas de este nuestro mar perennemente agitado por los vientos de las pasiones, elevamos los ojos a ti, María, Madre amadísima, para reanimarnos contemplando tu gloria y para saludarte como Reina y Señora de todo lo creado.

Con legítimo orgullo de hijos, queremos exaltar ésta tu realeza y reconocerla como debida por la excelencia suma de todo tu ser, dulcísima y verdadera Madre de Aquel que es Rey por derecho propio, por herencia y por conquista.

Reina e impera, Madre y Señora, señalándonos el camino de la santidad, dirigiéndonos y asistiéndonos, a fin de que nunca nos apartemos de él.

Lo mismo que ejercitas en lo alto del cielo tu primacía sobre las milicias angélicas, que te aclaman por su Soberana, y sobre las legiones de los Santos, que se deleitan con la contemplación de tu refulgente belleza, así también reina sobre el género humano, particularmente abriendo las sendas de la fe a cuantos todavía no conocen a tu Divino Hijo.

Reina sobre la Iglesia, que profesa y celebra tu suave dominio y acude a Ti como refugio seguro en medio de las adversidades de nuestros tiempos. Mas reina especialmente sobre aquella parte de la Iglesia que está perseguida y oprimida dándole fortaleza para soportar las contrariedades, constancia para no ceder a injustas presiones, luz para no caer en las asechanzas del enemigo, firmeza para resistir a los ataques manifiestos, y en todo momento, fidelidad inquebrantable a tu reino.

Reina sobre las inteligencias, a fin de que busquen solamente la verdad; sobre las voluntades, a fin de que persigan solamente el bien; sobre los corazones, a fin de que amen únicamente lo que Tú misma amas.

Reina sobre los individuos y sobre las familias, al igual que sobre las sociedades y naciones; sobre las asambleas de los poderosos, sobre los consejos de los sabios, lo mismo que sobre las sencillas aspiraciones de los humildes.

Reina en las calles y en las plazas, en las ciudades y en las aldeas, en los valles y en las montañas, en el aire, en la tierra y en el mar, y acoge la piadosa oración de cuantos saben que tu reino es reino de misericordia, donde toda súplica encuentra acogida, todo dolor consuelo, alivio toda desgracia, toda enfermedad salud, y donde, como a una simple señal de tus suavísimas manos, de la muerte misma brota alegre vida.

Concede que quienes ahora te aclaman en todas las partes del mundo y reconocen como Reina y Señora, puedan un día en el cielo gozar de la plenitud de tu reino, en la visión de tu Divino Hijo, el cual, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: Oración compuesta por el Venerable Pío XII

María Santísima, Reina del universo


Se celebra hoy la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María invocada con el título: “Reina”. Es una fiesta de institución reciente, aunque es antiguo su origen y devoción: fue instituida por el venerable Pío XII, en 1954, al final del Año Mariano, fijando para su celebración la fecha del 31 de mayo. En esa circunstancia el Papa dijo que María es Reina más que cualquier otra criatura por la elevación de su alma y por la excelencia de los dones recibidos. Ella no cesa de dispensar todos los tesoros de su amor y de sus cuidados a la humanidad. “María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo”.

Este es el fundamento de la fiesta de hoy: María es Reina porque fue asociada a su Hijo de un modo único, tanto en el camino terreno como en la gloria del cielo. El gran santo de Siria, Efrén el siro, afirma, sobre la realeza de María, que deriva de su maternidad: Ella es Madre del Señor, del Rey de los reyes (cf. Is 9, 1-6) y nos señala a Jesús como vida, salvación y esperanza nuestra. Pablo VI recordaba: “En la Virgen María todo se halla referido a Cristo y todo depende de Él: con vistas a Él, Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro”.

Pero ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decir María Reina? ¿Es sólo un título unido a otros? La corona, ¿es un ornamento junto a otros? ¿Qué quiere decir? ¿Qué es esta realeza? Como ya hemos indicado, es una consecuencia de su unión con el Hijo, de estar en el cielo, es decir, en comunión con Dios. Ella participa en la responsabilidad de Dios respecto al mundo y en el amor de Dios por el mundo. Hay una idea vulgar, común, de rey o de reina: sería una persona con poder y riqueza. Pero este no es el tipo de realeza de Jesús y de María. Pensemos en el Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido de humildad, servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar. Recordemos que Jesús fue proclamado rey en la cruz. Y lo mismo vale para María: es reina en el servicio a Dios en la humanidad; es reina del amor que vive la entrega de sí a Dios para entrar en el designio de la salvación del hombre. Al ángel responde: He aquí la esclava del Señor (cf. Lc 1, 38), y en el Magníficat canta: Dios ha mirado la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 48). Nos ayuda. Es reina precisamente amándonos, ayudándonos en todas nuestras necesidades.

De este modo ya hemos llegado al punto fundamental: ¿Cómo ejerce María esta realeza de servicio y de amor? Velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a Ella en la oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María confiando en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo. Por medio de la Virgen María, nos dirigimos con confianza a Aquel que gobierna el mundo y que tiene en su mano el destino del universo. Ella, desde hace siglos, es invocada como celestial Reina de los cielos; ocho veces, después de la oración del santo Rosario, es implorada en las letanías lauretanas como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de todos los santos y de las familias. El ritmo de estas antiguas invocaciones, y las oraciones cotidianas como la Salve Regina, nos ayudan a comprender que la Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida.

El título de reina es, por lo tanto, un título de confianza, de alegría, de amor. Y sabemos que la que tiene en parte el destino del mundo en su mano es buena, nos ama y nos ayuda en nuestras dificultades.

La devoción a la Virgen es un componente importante de la vida espiritual. En nuestra oración no dejemos de dirigirnos a Ella con confianza. María intercederá seguramente por nosotros ante su Hijo. Mirándola a Ella, imitemos su fe, su disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, su acogida generosa de Jesús. Aprendamos a vivir como María. María es la Reina del cielo cercana a Dios, pero también es la Madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y escucha nuestra voz.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 22 de agosto de 2012

De los escritos de San Pío X


El pontificado de san Pío X dejó una huella indeleble en la historia de la Iglesia y se caracterizó por un notable esfuerzo de reforma, sintetizada en el lema Instaurare omnia in Christo: “Renovarlo todo en Cristo”. Fiel a la tarea de confirmar a los hermanos en la fe, san Pío X, ante algunas tendencias que se manifestaron en ámbito teológico al final del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, intervino con decisión, condenando el “modernismo”, para defender a los fieles de concepciones erróneas y promover una profundización científica de la Revelación en consonancia con la tradición de la Iglesia. (S.S. Benedicto XVI, Audiencia del 18 de agosto de 2010)

Es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper.

... Estas cosas, venerables hermanos, hemos creído deberos escribir para procurar la salud de todo creyente. Los adversarios de la Iglesia abusarán ciertamente de ellas para refrescar la antigua calumnia que nos designa como enemigos de la sabiduría y del progreso de la humanidad.

Asístaos con su virtud Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe; y con su auxilio e intercesión asístaos la Virgen Inmaculada, destructora de todas las herejías, mientras Nos, en prenda de nuestra caridad y del divino consuelo en la adversidad, de todo corazón os damos nuestra bendición apostólica.

Fuente: San Pío X, Encíclica Pascendi Dominici gregis

San Bernardo, amado de Dios y de los hombres


Adoremos a Jesucristo que, siempre atento a las necesidades de su Iglesia, le envía en cada época santos adecuados a las circunstancias y que particularmente, a fin de remediar las calamidades de la Iglesia en el siglo XII, le dio en San Bernardo un santo que fue a la vez doctor en las ciencias de los santos y en las inteligencia de las santas Escrituras, apóstol por la predicación del Evangelio, mártir por la mortificación de los sentidos, confesor por la eminencia de sus virtudes, profeta por la predicación de lo porvenir, taumaturgo por el don de milagros, patriarca por la extensión de su orden, y angélico por la pureza de su cuerpo. Demos gracias a Nuestro Señor por haber dado tal Santo a su Iglesia y tal modelo a todos los siglos.

San Bernardo comprendió desde muy joven que su alma había sido hecha para algo más elevado que el mundo y, en consecuencia, cerrando su corazón a todo apego terrestre, lo abrió enteramente a Jesús y a María, elevándose por este gran amor como por una doble escala, como él mismo lo dice, sobre todo lo que pasa, y dio un adiós al mundo, llevándose consigo, como en triunfo, a su padre, a su tío, a sus hermanos y a treinta jóvenes amigos suyos, a quienes había comunicado el sagrado fuego que le consumía.

Llevando así una vida celestial a favor de un silencio perpetuo, tenía su alma en continúa unión con Dios por la oración, y desprendida de los sentidos por el ayuno y el trabajo. Dios recompensó tanto amor elevándole a las más íntimas comunicaciones con Él, a las más altas contemplaciones y, algunas veces, a santos arrobamientos, que le hacían sentir un gusto anticipado del paraíso. Así las horas de la oración nunca saciaban su espíritu, y siempre le parecían brevísimas.

Al lado de este gran santo ¡qué pequeño se ven los hombres del mundo, que viven para la tierra, absorbiendo un alma inmortal en la disipación y los miserables goces de este mundo! Y ¡cuán pobres somos nosotros, tan poco recogidos, tan pocos unidos con Dios y con tan poco espíritu de oración!

Esta maravillosa unión con Dios no le impedía entregarse a los trabajos de la vida activa. Escribe libros inmortales, admirables cartas a los obispos, el incomparable libro “De las consideraciones”, dedicado al Papa Eugenio.

Llega a ser doctor de la Iglesia, el oráculo a quien consultan los más sabios prelados, la boca de los soberanos pontífices, el azote de los herejes y el tesoro vivo de la ciencia eclesiástica. Pasando de la vida solitaria al apostolado, recorre la Europa para sacar al mundo cristiano del caos de iniquidades en que estaba envuelto. Hizo oír la verdad a los reyes y grandes, rectificó cánones y decretos de los concilios, triunfó de las herejías, detuvo escándalos y extinguió el odio entre príncipes divididos.

El principal secreto de su éxito fue su incomparable dulzura, que encantaba a cuantos le trataban y convertía los lobos en ovejas. Confundámonos ante tan grandes obras, nosotros que hacemos tan poco por Nuestro Señor y que tan lejos estamos de su mansedumbre.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

Oración es un deseo inflamado de amor a Dios


Dijo nuestro Redentor que convenía a sus siervos orar siempre. Tal ha de ser la vida del amigo de Dios, que toda ella sea oración: sus pensamientos y palabras y obras. Siempre ora, dice San Agustín, el que siempre obra bien.

En todo ora el que en todo desea agradar a Jesucristo y cumplir su santa voluntad.

Mas porque de la oración actual digamos algo, sabed, hermanos, que el orar es propio acto de religión, y donde se ejercitan todas las virtudes teologales. La esperanza se halla en la oración, pues con esperanza de ser oídos oramos. La fe también acompaña a la oración, pues hablamos con nuestro Dios, a quien no vemos sino con la vista de la fe. La caridad, finalmente, en la oración se ejercita y crece, pues vamos movidos con amor a tratar y conversar con nuestro Creador. Luego decimos ser propia obra de la reverencia y religión que a Dios debemos, y donde todas las virtudes se fortalecen y ejercitan. De ahí es que tanto en la Escritura se encomienda que oremos y pidamos mercedes a Dios, porque el pedir es orar, y siempre pidiendo, siempre oramos y hablamos con nuestro Creador.

Si bien consideramos qué cosa es oración, entendemos que nuestra ánima es casa de oración, pues en todo tiempo podemos orar. Oración es un deseo inflamado de amor a Dios, por el cual nuestro corazón vuela hasta el cielo. Es una dulzura de la gloria que esperamos; y maná, que dice san Juan, cuya dulzura nadie sabe, sino el que la recibe. La oración es un destierro de nosotros mismos y de nuestro amor, y una unión con Dios, en que nuestra alma descansa. Es una pascua y holganza en el Creador; un regalo y gusto de Dios. La oración es una cadena, hecha de gemidos y lágrimas de amor de Dios, con la cual se deja atar el invencible Sansón, nuestro Dios y Señor; y hace de su voluntad lo que le pedimos. Es la que entra al retraimiento con Dios, sin llamar ni rogar al portero que le deje entrar.

Finalmente, oración es tan atrevida y osada que osa despertar al Rey soberano, según leemos de los apóstoles, que despertaron a Cristo cuando dormía en la navecilla. Pues como la oración sea un acto afectivo que sale de lo íntimo del ánima, siempre lo podemos llevar con nosotros por el camino, y por la calle, y en todo lugar. Así lo hacía el rey David cuando dijo: Presentaba delante de mí a mi Señor Dios siempre, porque a mi mano derecha está, teniéndome para que no me mueva.

No tendría fin la materia de que tratamos. Baste que somos templos de Dios, y que nuestra alma es casa de oración, creada para loar y alabar, y para considerar las grandezas de Dios. Y para que, considerando su poder y bondad, le amemos y, amándole, podamos gozarle para siempre en la gloria.

Fuente: De los escritos de San Alonso de Orozco, presbítero

Cómo vivir el pudor cristiano


A quienes pidan criterios prácticos de discernimiento en las diversas cuestiones del pudor -modas, palabras y gestos, vestidos y costumbres, playas y piscinas, espectáculos y publicaciones- conviene decirles:

-Enteraos de que sois miembros de Cristo y de que no debéis someter a Cristo a costumbres y lugares, gestos y modas, que de ninguna manera son dignos de Él; debéis guardar vuestros cuerpos en un gran pudor, digno de Jesús, de María, de José y de todos los santos.

-Aceptad en la fe que la desnudez, y aquello que, ciñendo o descubriendo el cuerpo, se aproxima a ella, ofende a Dios, es contrario a su voluntad, es pecado; material o formal, pero pecado. Sería imposible aquí tratar de señalar qué gestos, modos y modas ofenden el pudor cristiano. Sería vano derivar el tema a una “cuestión de centímetros”, ni existe un metro o peso que mida la impudicia de un lugar, de un espectáculo o de un escrito. De acuerdo. Pero reconoced la verdad de ese principio -“creed en el Evangelio”- y ateneos a él. Si no aceptarais esa verdad, si os avergonzarais de una tradición católica de veinte siglos, eso significaría que preferís los criterios del mundo. Y ciertamente entonces, con toda seguridad, erraréis en vuestros discernimientos.

-Enteraos también de que, siendo cristianos, estáis destinados a la cruz, y que si no tomáis la cruz en vuestra vida diaria, también en las cosas referentes al pudor, no podréis seguir a Cristo. No acabarías de conocer la verdad de la vida cristiana, si no llegarais a descubrir su íntima dimensión penitencial.

Y en este sentido, convenceos de que el pudor, tal como está el mundo, tal como está incluso la costumbre de muchas familias cristianas, no puede hoy vivirse perfectamente sin una cruz que a veces puede ser bastante pesada.

Decidíos, pues, a llevar la cruz del pudor, que, como toda cruz, es fuente de resurrección y de gozo. Recordad siempre que a más cruz, más resurrección. A más penitencia, más alegría. No falla.

-Acabad de enteraos de que no sois del mundo, pues tampoco Cristo es del mundo (Jn 15,19; 17,14.16), y que de ningún modo habéis de sentiros “obligados” a los usos mundanos, cuando éstos se muestren inconciliables con el Espíritu que procede del Padre y del Hijo. Por tanto, “transformaos por la renovación de vuestra mente, a la luz del Evangelio y de la tradición de los santos, de modo que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Rm 12,2).

-Leed vidas de santos, y eso os ayudará a modelar vuestras vidas con una gran libertad respecto al mundo y con una ilimitada docilidad al Espíritu Santo. No haréis en muchos asuntos “las mismas cosas concretas” que ellos hicieron, pero sí obraréis según “su mismo espíritu”, es decir, según el Espíritu Santo.

-Tened en cuenta que estáis enviados a evangelizar el mundo, y que no debéis pretender solamente “libraros del mal” mundano o “no escandalizar”. Mucho más alto es el fin de vuestra vocación. Mucho más atrevido y libre ha de ser vuestro intento, partiendo siempre de la originalidad infinita del Espíritu Santo. Tenéis, pues, que ser dentro del mundo luz que ilumina situaciones tenebrosas, y sal que preserva a la masa de la corrupción (Mt 5,13-14).

-Recordad las enseñanzas de Cristo sobre el escándalo. Y no penséis que por el hecho de que a veces vuestras conductas sean menos indecentes que las de otros, siendo éstos mayoría, ya por eso son decentes.

Pues bien, si seguís el conjunto de estos criterios con fidelidad y valentía, ciertamente que en todas las cuestiones del pudor, por obra del Espíritu Santo, acertaréis con discernimientos verdaderos y santos. La Inmaculada, la Llena de gracia os ayudará.

Fuente: P. José María Iraburu, Elogio del pudor

La política religiosa de San Martín


Existen numerosos y serios estudios que analizan la posición religiosa de San Martín. Por eso, no es del caso, ponernos acá a repetirlos. Quizás con la trascripción de una página de un autor que no es especialmente considerado como católico, baste para esclarecer el punto. En ese sentido, dice al respecto Rodolfo Terragno:

“Credenciales católicas:

Los antecedentes demuestran que San Martín no tiene un rapto de fe utilitaria:

§ Conoció a su futura esposa durante una misa de Gloria, en el templo San Miguel Arcángel.

§ Al contraer nupcias, comulgó durante la misa de Velación.

§ Tras el combate de San Lorenzo, ordenó celebrar un oficio y colocó cruces en las tumbas de los muertos.

§ Como Gobernador de Cuyo, fundó el Colegio de la Santísima Trinidad, y mandó que junto a las “ciencias profanas” se enseñaran allí “los deberes del católico”.

§ El “Código de Deberes Militares” que redactó para el Ejército de los Andes dice en su primer artículo: “Todo el que blasfemare el santo nombre de Dios o de su adorable madre e insultare la religión por primera vez sufrirá cuatro horas de mordaza por el término de ocho días; y por segunda vez será atravesada su lengua por un hierro candente y arrojado del cuerpo de Granaderos”.

§ Ese ejército fue puesto por él bajo la advocación de la Virgen del Carmen.

§ Celebró los aniversarios de sus batallas con función de Iglesia.

§ Juró por Dios y la Patria la Independencia nacional, hace cuatro años.

§ Donó al convento franciscano su bastón de General.

§ Sus tropas usaban el Santo Rosario al cuello y lo rezaban a orden del sargento de semana.

§ El Estatuto que hizo sancionar en Perú dice, en su Sección Primera, que “la Religión Católica, Apostólica y Romana es la religión del Estado; el gobierno reconoce como uno de sus deberes el mantenerla y conservarla, por todos los medios que estén al alcance de la prudencia humana”.

§ El Estatuto reserva los puestos públicos a quienes profesen la Religión del Estado y reserva “severos castigos” para quienes ataquen “en público o privadamente”, “sus dogmas y principios”. La libertad de cultos es “únicamente para las confesiones cristianas, previa consulta al Consejo de Estado”.

Fuente: Cf. P. Javier Olivera Ravasi, Que no te la cuenten, publicado en infocatolica.com el 10/12/2014

En el día del niño


Deseo hacer reflexionar a los niños sobre el gran tesoro de nuestra fe católica, Jesús Eucaristía. Jesús, el mismo Jesús de Nazaret, el hijo de María, que resucitaba a los muertos, sanaba a los enfermos y bendecía a los niños hace 2.000 años, es el mismo Jesús, vivo y resucitado, que está entre nosotros como un amigo cercano en el sacramento de la Eucaristía. Por eso, es importantísimo que les hablemos a los niños de la Eucaristía para llevarlos a amar a Jesús y para que sientan su amor en sus corazones.

Los niños son puros y sinceros, si les hablamos del amigo Jesús que los ama y los espera, pronto descubrirán en Él un Amigo a quien pueden acudir en todas sus dificultades. Y los niños podrán ser apóstoles de la Eucaristía, compartiendo su fe sincera y su amor a Jesús con sus propios padres y con sus compañeros y amigos.

Deseo a todos los niños una verdadera y sincera amistad con Jesús Eucaristía, el Amigo que siempre los espera y los ama. Que Jesús sea su mejor Amigo y que, desde muy pequeños, aprendan a amarlo con todo su corazón.

El Papa San Pío X por el decreto Sacra Tridentina Synodus de 1905 y con el decreto Quam singulari de 1910 dio un enorme impulso a la piedad eucarística, permitiendo la comunión diaria y la posibilidad de dar la comunión a los niños a partir de los siete años e incluso antes.

Juan Pablo II en su libro ¡Levantaos! ¡Vamos! dice: Un testimonio conmovedor de amor pastoral por los niños, lo dio mi predecesor san Pío X con su decisión sobre la primera comunión. No solamente redujo la edad necesaria para acercarse a la Mesa del Señor, de lo que yo mismo me aproveché en mayo de 1929, sino que dio la posibilidad de recibir la comunión, incluso antes de haber cumplido los siete años, si el niño muestra tener suficiente discernimiento. La sagrada comunión anticipada fue una decisión pastoral que merece ser recordada y alabada. Ha producido muchos frutos de santidad y de apostolado entre los niños, favoreciendo que surgieran vocaciones sacerdotales. Y en la carta dirigida a los niños en el año de la familia 1994 dice: ¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de fuerza espiritual, a veces, incluso heroica! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés, que vivió en Roma; santa Águeda, martirizada en Sicilia; san Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo. Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y muchachos santos y beatos de la Iglesia. Al igual que Jesús, también María, la Madre de Jesús, ha dirigido siempre en el curso de la historia su atención maternal a los pequeños. Pensad en santa Bernardita de Lourdes, en los niños de La Salette y, ya en este siglo, en Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima... ¡Alabad el nombre del Señor!

Como conclusión de estas reflexiones sobre los niños y la Eucaristía, podemos decir que no hay que subestimar a los niños, aunque sean pequeños, para que puedan entender y, sobre todo, vivir intensamente el amor a Jesús Eucaristía. Ellos captan muy bien quién los ama y perciben con toda claridad que Jesús está presente en la Eucaristía por encima de racionamientos humanos o teorías teológicas.

Y, cuando un niño se convence que Jesús lo espera todos los días en el sagrario, se sentirá feliz de ser su amigo y esa amistad con Jesús lo llevará a un comportamiento cada vez más correcto y cristiano, para bendición de sus padres y de todos los que lo rodean. Porque la fuerza de transformación de Jesús Eucaristía es mucho mayor que la de cualquier sistema educativo y moral. Estoy convencido de que la oración diaria ante Jesús es más eficaz que muchas oraciones o devociones, repetidas sin devoción o por obligación.

Animemos a nuestros niños a visitar a Jesús, para que sean sus amigos y veremos realmente milagros en sus vidas. Así, cuando sean mayores, Jesús Eucaristía seguirá siendo el punto de referencia para pedirle ayuda en las grandes pruebas y dificultades de la vida.

A todos los niños, y también a sus padres y familiares, les deseo un amor grande y profundo a Jesús Eucaristía. Y no olvidemos que, junto a Jesús Eucaristía, siempre hay millones de ángeles adorándolo y también está María, nuestra Madre, acompañando a su Hijo Jesús.

Fuente: P. Ángel Peña, Los niños y la Eucaristía

La Asunción de María Santísima


La Asunción de María Santísima nos señala el itinerario de nuestra ascensión espiritual: desapego de lo terreno, elevación hacia Dios, unión con Dios.

La Virgen ha sido asunta a los cielos en cuerpo y alma porque es la Inmaculada: tan pura, no solamente de toda sombra de culpa, sino también del menor apego a las cosas de la tierra, que “nunca tuvo en su alma impresa forma alguna de criatura, ni por ella se movió” (San Juan de la Cruz). La primera condición para llegar a Dios es precisamente la pureza total. La Virgen, que vivió nuestra vida terrena en desapego absoluto de todo ser creado, nos enseña a no dejarnos encadenar por el encanto de las criaturas, sino a vivir en medio de ellas, a ocuparnos de ellas con mucha caridad, sí, pero sin permitir que nuestro corazón se apegue a ellas, sin buscar jamás en ellas nuestra satisfacción.

La Virgen asunta nos habla de vuelo hacia el cielo, hacia Dios. No basta purificar el corazón de todo pecado y de todo apego; es preciso al mismo tiempo lanzarlo hacia Dios, tendiendo a Él con todas nuestras fuerzas. “Señor -nos hace orar la Iglesia en la Misa del día- que mediante la intercesión de la Beatísima Virgen María, asunta al cielo, nuestros corazones, inflamados del fuego de vuestro amor, aspiren a Vos sin cesar” (Secreta). Nuestra vida terrena tiene valor de vida eterna en cuanto es vuelo hacia Dios, continua búsqueda del Señor, perenne adhesión a su gracia; cuando este vuelo desfallece, desfallece también el valor ultraterreno de nuestra existencia.

María ha sido asunta al cielo porque es la Madre de Dios, y éste su máximo privilegio, raíz y motivo de todos los demás, nos habla especialmente de unión íntima con Dios, como nos habla también de lo mismo el hecho de la Asunción a la unión beatificante de la gloria. La Asunción nos confirma, pues, en esta fundamental y dulce verdad: estamos por creación destinados a la unión con Dios. La Virgen misma nos tiende su mano maternal para guiarnos al conseguimiento de ideal tan alto. Con la mirada fija en Ella, el avanzar es más fácil. Ella será nuestra guía, fuerza y consuelo en cualquier lucha y dificultad.

“¡Oh María! Nosotros confiamos que tus ojos misericordiosos se inclinen sobre nuestra miseria y sobre nuestras angustias, sobre nuestras luchas y sobre nuestras debilidades, que tus labios sonrían compartiendo nuestros gozos y nuestras victorias; que escuches a Jesús decirte de cada uno de nosotros, como en otro tiempo del discípulo amado: He ahí a tu hijo. Y nosotros, que te invocamos como Madre nuestra, te tomamos como Juan por guía, fuerza y consuelo de nuestra vida mortal.

Desde esta tierra, donde peregrinamos confortados por la fe en la futura resurrección, miramos hacia ti, nuestra vida, nuestra dulzura y nuestra esperanza. Atráenos con la dulzura de tu voz, para mostrarnos un día, después de este destierro, a Jesús, fruto bendito de tu vientre, ¡oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María!” (S.S. Pío XII)

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Acedia (V)


Efectos de la Acedia

Al atacar la vitalidad de las relaciones con Dios, la acedia conlleva consecuencias desastrosas para toda la vida moral y espiritual.

Disipa el tesoro de todas las virtudes.

La acedia se opone directamente a la caridad, pero también a la esperanza, a la fortaleza, a la sabiduría y sobre todo a la religión, a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo.

Sus consecuencias se ilustran claramente por sus efectos o, para usar la denominación de la teología medieval, por sus hijas: la disipación, o sea un vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el torpor, el rencor, la malicia, o sea el odio a los bienes espirituales, y la desesperación.

Esta corrupción de la piedad teologal da lugar a la corrupción de todas las formas de la piedad moral.

También origina males en la vida social y la convivencia, como es la detracción de los buenos, la murmuración, la descalificación por medio de burlas, críticas y hasta de calumnias.

Fuente: Cfr. Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, ptos. 1.5.

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (III)


En el convento de san Damián, Clara practicó de modo heroico las virtudes que deberían distinguir a todo cristiano: la humildad, el espíritu de piedad y de penitencia, y la caridad. Aunque era la superiora, ella quería servir personalmente a las hermanas enfermas, dedicándose incluso a tareas muy humildes, pues la caridad supera toda resistencia y quien ama hace todos los sacrificios con alegría. Su fe en la presencia real de la Eucaristía era tan grande que, en dos ocasiones, se verificó un hecho prodigioso. Sólo con la ostensión del Santísimo Sacramento, alejó a los soldados mercenarios sarracenos, que estaban a punto de atacar el convento de san Damián y de devastar la ciudad de Asís.

También estos episodios, como otros milagros, cuyo recuerdo se conservaba, impulsaron al Papa Alejandro IV a canonizarla sólo dos años después de su muerte, en 1255, elogiándola en la bula de canonización, en la que se lee: “¡Cuán intensa es la potencia de esta luz y qué fuerte el resplandor de esta fuente luminosa! En verdad, esta luz se mantenía encerrada en el ocultamiento de la vida claustral y fuera irradiaba fulgores luminosos; se recogía en un angosto monasterio, y fuera se expandía en todo el vasto mundo. Se custodiaba dentro y se difundía fuera. Clara, en efecto, se escondía; pero su vida se revelaba a todos. Clara callaba, pero su fama gritaba”. Y es exactamente así, queridos amigos: son los santos quienes cambian el mundo a mejor, lo transforman de modo duradero, introduciendo las energías que sólo el amor inspirado por el Evangelio puede suscitar. Los santos son los grandes bienhechores de la humanidad.

La espiritualidad de santa Clara, la síntesis de su propuesta de santidad está recogida en la cuarta carta a santa Inés de Praga. Santa Clara utiliza una imagen muy difundida en la Edad Media, de ascendencias patrísticas: el espejo. E invita a su amiga de Praga a reflejarse en ese espejo de perfección de toda virtud que es el Señor mismo. Escribe: “Feliz, ciertamente, aquella a la que se concede gozar de estas sagradas nupcias, para adherirse desde lo más hondo del corazón a Aquel cuya belleza admiran incesantemente todos los dichosos ejércitos de los cielos, cuyo afecto apasiona, cuya contemplación conforta, cuya benignidad sacia, cuya suavidad colma, cuyo recuerdo resplandece suavemente, cuyo perfume devuelve los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial. Y, puesto que Él es esplendor de la gloria, candor de la luz eterna y espejo sin mancha, mira cada día este espejo, oh reina esposa de Jesucristo, y escruta continuamente en él su rostro, para que de ese modo puedas adornarte toda por dentro y por fuera... En este espejo refulgen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad”.

Agradeciendo a Dios que nos da a los santos que hablan a nuestro corazón y nos ofrecen un ejemplo de vida cristiana a imitar, quiero concluir con las mismas palabras de bendición que santa Clara compuso para sus hermanas y que todavía hoy custodian con gran devoción las Clarisas, que desempeñan un papel precioso en la Iglesia con su oración y con su obra. Son expresiones en las que se muestra toda la ternura de su maternidad espiritual: “Os bendigo en vida y después de mi muerte, como puedo y más de cuanto puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias bendice y bendecirá en el cielo y en la tierra a su hijos e hijas, y con las que un padre y una madre espiritual bendicen y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales. Amén”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (II)


Para Clara, sobre todo al principio de su experiencia religiosa, Francisco de Asís no sólo fue un maestro cuyas enseñanzas seguir, sino también un amigo fraterno. La amistad entre estos dos santos constituye un aspecto muy hermoso e importante. De hecho, cuando dos almas puras y enardecidas por el mismo amor a Dios se encuentran, la amistad recíproca supone un estímulo fuertísimo para recorrer el camino de la perfección. La amistad es uno de los sentimientos humanos más nobles y elevados que la gracia divina purifica y transfigura. Al igual que san Francisco y santa Clara, también otros santos han vivido una profunda amistad en el camino hacia la perfección cristiana, como san Francisco de Sales y santa Juana Francisca de Chantal. Precisamente san Francisco de Sales escribe: “Es hermoso poder amar en la tierra como se ama en el cielo, y aprender a quererse en este mundo como haremos eternamente en el otro. No hablo aquí del simple amor de caridad, porque ese deberíamos sentirlo hacia todos los hombres; hablo de la amistad espiritual, en el ámbito de la cual dos, tres o más personas se intercambian la devoción, los afectos espirituales y llegan a ser realmente un solo espíritu” (Introducción a la vida devota III, 19).

Después de pasar algunos meses en otras comunidades monásticas, resistiendo a las presiones de sus familiares, que inicialmente no aprobaron su elección, Clara se estableció con sus primeras compañeras en la iglesia de san Damián, donde los frailes menores habían arreglado un pequeño convento para ellas. En aquel monasterio vivió más de cuarenta años, hasta su muerte, acontecida en 1253. Nos ha llegado una descripción de primera mano de cómo vivían estas mujeres en aquellos años, en los inicios del movimiento franciscano. Se trata de la relación admirada de un obispo flamenco de visita a Italia, Jaime de Vitry, el cual afirma que encontró a un gran número de hombres y mujeres, de todas las clases sociales, que “dejándolo todo por Cristo, huían del mundo. Se llamaban Frailes Menores y Hermanas Menores, y el Papa y los cardenales los tienen en gran consideración... Las mujeres... viven juntas en varias casas, no lejos de las ciudades. No reciben nada, sino que viven del trabajo de sus propias manos. Y se sienten profundamente afligidas y turbadas, porque clérigos y laicos las honran más de lo que quisieran”.

Jaime de Vitry captó con perspicacia un rasgo característico de la espiritualidad franciscana al que Clara fue muy sensible: la radicalidad de la pobreza, unida a la confianza total en la Providencia divina. Por este motivo, ella actuó con gran determinación, obteniendo del Papa Gregorio IX o, probablemente, ya del Papa Inocencio III, el llamado Privilegium paupertatis. De acuerdo con este privilegio, Clara y sus compañeras de san Damián no podían poseer ninguna propiedad material. Se trataba de una excepción verdaderamente extraordinaria respecto al derecho canónico vigente y las autoridades eclesiásticas de aquel tiempo, lo concedieron apreciando los frutos de santidad evangélica que reconocían en el modo de vivir de Clara y de sus hermanas. Esto demuestra que en los siglos de la Edad Media el papel de las mujeres no era secundario, sino considerable. Al respecto, conviene recordar que Clara fue la primera mujer en la historia de la Iglesia que compuso una Regla escrita, sometida a la aprobación del Papa, para que el carisma de Francisco de Asís se conservara en todas las comunidades femeninas que ya se iban fundando en gran número en su tiempo y que deseaban inspirarse en el ejemplo de Francisco y de Clara.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (I)


Una de las santas más queridas es sin duda santa Clara de Asís, que vivió en el siglo XIII, contemporánea de san Francisco. Su testimonio nos muestra cuánto debe la Iglesia a mujeres valientes y llenas de fe como ella, capaces de dar un impulso decisivo para la reforma de la Iglesia.

¿Quién era Clara de Asís? Para responder a esta pregunta contamos con fuentes seguras: no sólo las antiguas biografías, como la de Tomás de Celano, sino también las Actas del proceso de canonización promovido por el Papa sólo pocos meses después de la muerte de Clara y que contiene los testimonios de quienes vivieron a su lado durante mucho tiempo.

Clara nació en 1193, en el seno de una familia aristocrática y rica. Renunció a la nobleza y a la riqueza para vivir humilde y pobre, adoptando la forma de vida que proponía Francisco de Asís. Aunque sus parientes, como sucedía entonces, estaban proyectando un matrimonio con algún personaje de relieve, Clara, a los 18 años, con un gesto audaz inspirado por el profundo deseo de seguir a Cristo y por la admiración por Francisco, dejó su casa paterna y, en compañía de una amiga suya, Bona de Guelfuccio, se unió en secreto a los Frailes Menores en la pequeña iglesia de la Porciúncula. Era la noche del domingo de Ramos de 1211. En la conmoción general, se realizó un gesto altamente simbólico: mientras sus compañeros empuñaban antorchas encendidas, Francisco le cortó su cabello y Clara se vistió con un burdo hábito penitencial. Desde ese momento se había convertido en virgen esposa de Cristo, humilde y pobre, y se consagraba totalmente a Él. Como Clara y sus compañeras, innumerables mujeres a lo largo de la historia se han sentido atraídas por el amor a Cristo que, en la belleza de su divina Persona, llena su corazón. Y toda la Iglesia, mediante la mística vocación nupcial de las vírgenes consagradas, se muestra como lo que será para siempre: la Esposa hermosa y pura de Cristo.

En una de las cuatro cartas que Clara envió a santa Inés de Praga, la hija del rey de Bohemia, que quiso seguir sus pasos, habla de Cristo, su Esposo amado, con expresiones nupciales, que pueden ser sorprendentes, pero conmueven: “Amándolo, eres casta; tocándolo, serás más pura; dejándote poseer por Él eres virgen. Su poder es más fuerte, su generosidad más elevada, su aspecto más bello, su amor más suave y toda gracia más fina. Ya te ha estrechado en su abrazo, que ha adornado tu pecho con piedras preciosas... y te ha coronado con una corona de oro grabada con el signo de la santidad”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

Ardiente amor a Dios de San Lorenzo


San Lorenzo, uno de los más ilustres mártires de la Iglesia de Roma, desempeñaba al lado del Papa San Sixto las funciones de diácono, cuando el 2 de agosto del año 258 este Santo pontífice fue aprisionado y conducido al martirio. Afligido de no morir por Jesucristo con su Obispo, va a encontrarle. Y “¿A dónde vais, padre mío, sin vuestro hijo?, -le dice con lágrimas y suspiros- ¿subiréis al patíbulo sin vuestro diácono, vos que jamás subíais al altar sin él? ¿En qué, pues, ha tenido la desgracia de desagradaros? Probad, padre santo, probad si os engañasteis en la elección que habéis hecho de mí; si, encargado por vos de repartir la Sangre de Cristo, he sido cobarde rehusándole la mía”. Palabras que nos recuerdan el uso de aquellos tiempos de hacer distribuir por los diáconos la Sagrada Comunión a los fieles, al mismo tiempo que las limosnas a los pobres. El santo anciano, para consolar a este ferviente levita, le respondió que dentro de tres días le seguiría por medio de un martirio mucho más brillante y para siempre memorable. San Lorenzo, recibiendo esta respuesta como una predicción segura de su martirio, se apresuró a vender todos los bienes que él guardaba, y a distribuir su precio a los pobres. El juez pagano, no menos avaro que cruel, le pregunta: ¿en dónde están los tesoros de la Iglesia? “Helos ahí, le dice San Lorenzo mostrando a los pobres que había reunido; éstas son las más grandes riquezas de la Iglesia”. Irritado por esta respuesta que frustraba su avidez, el juez le hace desgarrar el cuerpo a azotes, y después le hace tender sobre una parrilla, bajo la cual había carbones encendidos lo suficiente apenas para quemarle lentamente y prolongarle más tiempo el martirio. San Lorenzo, con el corazón lleno de alegría, se tendió sobre este horrible lecho, y allí permaneció con el rostro sereno, bendiciendo a Dios. Y cuando por un lado estuvo quemado, invitó al tirano a darle vuelta por el otro.

“¡Ah! -dice San León- el fuego del amor divino que ardía interiormente era mucho más activo que el fuego que le quemaba por fuera”. ¡Oh amor, cuán admirable eres! ¡Oh fuego sagrado! Consumidnos. San Lorenzo es invencible al dolor, porque vos le llenáis; y nosotros somos tan cobardes, que la menor dificultad nos aterra, porque no amamos.

Tomemos la resolución de esforzamos todos los días en crecer en el amor divino, que es lo único que puede darnos el valor de cumplir en toda circunstancia con nuestro deber; y de estar dispuestos a morir antes que ofender a Dios, y de defender siempre la religión y la Iglesia sin ningún respeto humano. “El hijo del hombre se avergonzará delante de su Padre, de aquel que se haya avergonzado de Él y de sus enseñanzas delante de los hombres” (Lc. 9 26).

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Santo Domingo, modelo de apóstol de la oración


El apostolado de la oración consiste en atraer, por medio de fervientes súplicas, las bendiciones del cielo sobre los pecadores para convertirlos; sobre los males de la Iglesia para repararlos; sobre todas las calamidades para conjurarlas; sobre todas las buenas obras para estimularlas y continuarlas. Este apostolado tiene cuatro caracteres: 1° es posible a todos, puesto que todos pueden orar; 2° está libre de todo peligro de amor propio, puesto que todo pasa en secreto entre Dios y el alma que ora; 3° es la condición necesaria para el buen resultado de toda empresa, pues sin la intervención de Dios la palabra humana no puede producir ningún fruto; y 4° es el medio de asegurar el éxito, puesto que la oración bien hecha es todopoderosa para con Dios, y, con frecuencia, conversiones que el mundo atribuye al predicador, no son sino obra de un alma buena y desconocida que ora en silencio.

Penetrado de estos santos sentimientos, Santo Domingo hizo de toda su vida una vida de oración. Desde sus primeros años, oraba día y noche; elevado al sacerdocio y nombrado canónigo de la catedral de Osma, se consagró aún más al apostolado de la oración, y se le vio en su silla del coro, orando con la modestia y el fervor de un ángel. Enviado por su Obispo al sur de Francia a la defensa de la religión amenazada por los herejes, y no pudiendo hacerse escuchar de ellos, recurrió a su arma ordinaria: oró e hizo orar por medio de las preces del Rosario. Todo cedió a este nuevo apostolado; la herejía rindió sus armas; el orden, la paz y la felicidad renacieron en estas provincias desoladas. Santo Domingo, animado por tan feliz resultado, resolvió establecer en Orden religiosa a los hombres apostólicos que le habían acompañado en su misión; la Santa Sede erigió entonces la nueva Orden, y nuevos varones apostólicos vinieron a engrosar sus filas. De Roma, en donde acababa de alcanzar victoria tan fecunda, el fundador se multiplicó por las aldeas y los campos para predicar el Evangelio, pero siempre empleando el poderoso recurso de la oración. En sus viajes marcha solo, apartándose de sus compañeros para hablar con Dios más libremente. Llegando a las puertas de las ciudades cae de rodillas pidiendo a Dios que no envíe sus rayos vengadores sobre la ciudad en que iba a penetrar un gran pecador como él; y su primera visita es a las Iglesias, para adorar al Dios que allí habita y orar por el éxito de su ministerio.

Así desempeñó Santo Domingo el apostolado de la oración ¿cómo lo cumplimos nosotros? ¿Pedimos por la conversión de los pecadores, por la Santa Iglesia, por nuestra Patria, y por el feliz éxito de las obras católicas? “Orad unos por otros, para que os salvéis; pues vale mucho la oración perseverante del justo” (St. 5,16).

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Actualidad del propósito de Santo Domingo de Guzmán


Santo Domingo había predicado ya diez años en el Languedoc, y a su alrededor se había reunido un grupo de predicadores. Hasta entonces, había portado el hábito de los Canónigos Regulares de San Agustín y observado su regla. Pero deseaba ardientemente reavivar el espíritu apostólico de los ministros del altar, puesto que su ausencia era la causa principal del escándalo del pueblo y del florecimiento del vicio y la herejía. Para eso proyectaba fundar un grupo de religiosos, que no serían necesariamente sacerdotes ni se dedicarían exclusivamente a la contemplación, como los monjes, sino que unirían a la contemplación el estudio de las ciencias sagradas y la práctica de los ministerios pastorales, especialmente de la predicación.

El objetivo principal del santo era el de multiplicar en la Iglesia los predicadores celosos, cuyo espíritu y ejemplo facilitasen la difusión de la luz de la fe y el calor de la caridad, capaces de ayudar eficazmente a los obispos a curar las heridas que habían infligido a la Iglesia la falsa doctrina y la vida disipada.

Para facilitar la tarea de Santo Domingo, el obispo Fulk, de Toulouse, le concedió, en 1214, una renta, y, al año siguiente, aprobó la fundación embrionaria de la nueva orden.

Fuente: Butler, Alban, Vida de los Santos, Vol. III, ed. 1965, p. 262

Al Sagrado Corazón de Jesús


Rendido tus pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me has dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo tu adorabilísimo Corazón, te pido humildemente la gracia de conocerte, amarte y servirte como fiel discípulo tuyo, para hacerme digno de las gracias y bendiciones que generoso concedes a los que de veras te conocen, aman y sirven.

¡Mira que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Ti como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mira que soy muy ignorante, oh soberano Maestro, y necesito de tus divinas enseñanzas, para luz y guía de mi ignorancia! ¡Mira que soy muy frágil, oh poderosísimo amparo de los débiles, y caigo a cada paso, y necesito apoyarme en Ti para no desfallecer!

Sé todo para mí, Sagrado Corazón: socorro de mi miseria, luz de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad.

De Ti lo espera todo mi pobre corazón. Tú lo alentaste y convidaste cuando con tan tiernas palabras dijiste repetidas veces en tu Evangelio: Venid a Mí,... Aprended de Mí... Pedid, llamad...

A las puertas de tu Corazón vengo pues hoy, y llamo, y pido, y espero. Del mío te hago, oh, Señor, firme, formal y decidida entrega. Tómalo, y dame en cambio lo que sabes me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad.

Amén.

Fuente: Oración y Acto de Consagración al Sagrado Corazón de Jesús

Hacer actos de fe y amor (II)


Hablando del tránsito de la meditación a la contemplación, advierte San Juan de la Cruz que no acaece en todos de un modo idéntico, ya porque no es igual en todos el ritmo progresivo, ya porque Dios no pretende introducir a todas las almas en el estado de contemplación. En la Subida del Monte Carmelo enseña que el alma no debe abandonar definitivamente la meditación hasta que se haya formado en ella el hábito de la contemplación, y recuerda a este propósito que muchas veces, ya desde el primer momento de la oración, se halla el alma en contemplación, mientras que otras veces necesita echar mano de la meditación para ayudarse un poco. Y dice expresamente: “en tanto que sacare jugo y pudiera discurrir en la meditación, no le ha de dejar, si no fuere cuando su alma se pusiera en la paz y quietud... de la atención amorosa a Dios”. Puede darse, por lo tanto, un período de oscilación, más o menos largo, entre la meditación y la contemplación. Y pueden existir almas que nunca salgan definitivamente de la oración discursiva.

Esto nos hace comprender una vez más que, por el mero hecho de haber llegado un alma a la contemplación inicial, no queda dispensada de su personal actividad. Ante todo se debe preparar con diligencia la oración, aunque sea valiéndose de un libro; si después no consigue discurrir por lo leído, le servirá al menos para reconcentrar su mente en Dios. Del mismo modo, debe comenzar siempre la oración poniéndose en la presencia de Dios; después procederá secundando la gracia de cada momento; agradecida a Dios cuando la eleva Él, y dispuesta a valerse de sus pensamientos o de un libro cuando note que de otra manera se distraería. Pero téngase presente que, cuando el alma está gozando de la atención amorosa a Dios, su fantasía puede ir y venir, “que ésta -dice San Juan de la Cruz- aún en mucho recogimiento, suele andar suelta”, sin que esto sea siempre un indicio de tener que volver a la meditación. Antes bien, procure el alma recogerse por encima de todo vagar de su pensamiento, y, si nota que así está unida a Dios, aunque sea en sequedad, persevere en esta oración, aunque le exija fatiga mayor que la de leer un libro devoto.

¡Señor! Dame fe inquebrantable, dame caridad ardiente. La fe y el amor son los guías que me conducirán por senderos desconocidos hasta el escondite donde te ocultas. Haz que sepa caminar en fe y amor, y en fe y amor sepa esperar tu visita a mi alma. ¡Oh Espíritu Santo!, que ruegas en mí con “suspiros inefables” (Rom. 8, 26), ven a socorrer mi miseria, ven a iluminar mi fe, a despertar en mí la caridad; Tú que “sondeas aún las profundidades de Dios” (I Cor. 2, 10), instrúyeme, amaéstrame, dame un conocimiento amoroso de sus misterios, para que viva totalmente orientado hacia Él y prendado de su amor.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Gran Medio de la Oración (V)


Los teólogos, con San Basilio, San Juan Crisóstomo, Clemente Alejandrino y otros muchos, entre los cuales se halla San Agustín, sostienen comúnmente que la oración es necesaria a los adultos y no tan sólo necesaria como necesidad de precepto, como dicen las escuelas, sino como necesidad de medio. Lo cual quiere decir que, según la providencia ordinaria de Dios, ningún cristiano puede salvarse sin encomendarse a Dios pidiéndole las gracias necesarias para su salvación. Y lo mismo sostiene Santo Tomás con estas graves palabras: Después del Bautismo le es necesaria al hombre continua oración, pues si es verdad que por el bautismo se borran todos los pecados, no lo es menos que queda la inclinación desordenada al pecado en las entrañas del alma y que por fuera el mundo y el demonio nos persiguen a todas horas.

He aquí como el Angélico Doctor demuestra en pocas palabras la necesidad que tenemos de la oración. Nosotros, dice, para salvarnos tenemos que luchar y vencer, según aquello de San Pablo: El que combate en los juegos públicos no es coronado si no combatiere según las leyes. Sin la gracia de Dios no podemos resistir a muchos y poderosos enemigos... Y como esta gracia sólo se da a los que rezan, por tanto, sin oración no hay victoria, no hay salvación.

Que la oración sea el único medio ordinario para alcanzar los dones divinos lo afirma claramente el mismo Santo Doctor en otro lugar, donde dice que el Señor ha ordenado que las gracias que desde toda la eternidad ha determinado concedernos, nos las ha de dar sólo por medio de la oración. Y confirma lo mismo San Gregorio con estas palabras: Rezando alcanzan los hombres las gracias que Dios determinó concederles antes de todos los siglos. Y Santo Tomás sale al paso de una objeción con esta sentencia: No es necesario rezar para que Dios conozca nuestras necesidades, sino más bien para que nosotros lleguemos a convencernos de la necesidad que tenemos de acudir a Dios para alcanzar los medios convenientes para nuestra salvación, y por este camino reconocerle a Él como autor único de todos nuestros bienes. Digámoslo con las mismas palabras del Santo Doctor: Por medio de la oración acabamos de comprender que tenemos que acudir al socorro divino y confesar paladinamente que Él sólo es el dador de todos nuestros bienes.

A la manera que quiso el Señor que sembrando trigo tuviéramos pan, y plantando vides tuviéramos vino, así quiso también que sólo por medio de la oración tuviéramos las gracias necesarias para la vida eterna. Son sus divinas palabras Pedid... y se os dará... Buscad y hallaréis.

Confesemos que somos mendigos y que todos los dones de Dios son pura limosna de su misericordia. Así lo confesaba David: Yo soy mendigo y pobrecito. Lo mismo repite San Agustín: Quiere el Señor concedernos sus gracias, pero sólo las da a aquel que se las pide. Y vuelve a insistir el Señor: Pedid y se os dará... Y concluye Santa Teresa: Luego, el que no pide no recibe... Lo mismo demuestra San Juan Crisóstomo con esta comparación: A la manera que la lluvia es necesaria a las plantas para desarrollarse y no morir, así nos es necesaria la oración para lograr la vida eterna. Y en otro lugar trae otra comparación el mismo Santo: Así como el cuerpo no puede vivir sin alma, de la misma manera el alma sin oración está muerta y corrompida. Dice que está corrompida y que despide hedor de tumba, porque aquel que deja de rezar, bien pronto queda corrompido por multitud de pecados. Llámase también a la oración alimento del alma, porque si es verdad que sin alimento no puede sostenerse la vida del cuerpo, no lo es menos que sin oración no puede el alma conservar la vida de la gracia. Así escribe San Agustín.

Todas estas comparaciones de los santos vienen a demostrar la misma verdad: la necesidad absoluta que tenemos de la oración para alcanzar la salvación eterna.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. I, I.

El Santo Cura de Ars (III)


Así pues, lejos de reducir la figura de san Juan María Vianney a un ejemplo, aunque sea admirable, de la espiritualidad católica del siglo XIX, es necesario, al contrario, percibir la fuerza profética, de suma actualidad, que distingue su personalidad humana y sacerdotal. En la Francia posrevolucionaria que experimentaba una especie de “dictadura del racionalismo” orientada a borrar la presencia misma de los sacerdotes y de la Iglesia en la sociedad, él vivió primero -en los años de su juventud- una heroica clandestinidad recorriendo kilómetros durante la noche para participar en la santa Misa. Luego, ya como sacerdote, se caracterizó por una singular y fecunda creatividad pastoral, capaz de mostrar que el racionalismo, entonces dominante, en realidad no podía satisfacer las auténticas necesidades del hombre y, por lo tanto, en definitiva no se podía vivir.

Queridos hermanos, a los 150 años de la muerte del santo cura de Ars, los desafíos de la sociedad actual no son menos arduos; al contrario, tal vez resultan todavía más complejos. Si entonces existía la “dictadura del racionalismo”, en la época actual reina en muchos ambientes una especie de “dictadura del relativismo”. Ambas parecen respuestas inadecuadas a la justa exigencia del hombre de usar plenamente su propia razón como elemento distintivo y constitutivo de la propia identidad. El racionalismo fue inadecuado porque no tuvo en cuenta las limitaciones humanas y pretendió poner la sola razón como medida de todas las cosas, transformándola en una diosa; el relativismo contemporáneo mortifica la razón, porque de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Sin embargo, hoy, como entonces, el hombre “que mendiga significado y realización” busca continuamente respuestas exhaustivas a los interrogantes de fondo que no deja de plantearse.

La enseñanza que al respecto sigue transmitiéndonos el santo cura de Ars es que en la raíz de ese compromiso pastoral el sacerdote debe poner una íntima unión personal con Cristo, que es preciso cultivar y acrecentar día tras día. Sólo enamorado de Cristo, el sacerdote podrá enseñar a todos esta unión, esta amistad íntima con el divino Maestro; podrá tocar el corazón de las personas y abrirlo al amor misericordioso del Señor. Sólo así, por tanto, podrá infundir entusiasmo y vitalidad espiritual a las comunidades que el Señor le confía.

Oremos para que, por intercesión de san Juan María Vianney, Dios conceda a su Iglesia el don de santos sacerdotes, y para que aumente en los fieles el deseo de sostener y colaborar con su ministerio. Encomendemos esta intención a María, que interceda para que el Pueblo de Dios se enriquezca con santos y abnegados sacerdotes.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 5 de agosto de 2009

El Santo Cura de Ars (II)


El centro de toda su vida era, por consiguiente, la Eucaristía, que celebraba y adoraba con devoción y respeto. Otra característica fundamental de esta extraordinaria figura sacerdotal era el ministerio asiduo de las confesiones. En la práctica del sacramento de la Penitencia reconocía el cumplimiento lógico y natural del apostolado sacerdotal, en obediencia al mandato de Cristo: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).

Así pues, san Juan María Vianney se distinguió como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual. Pasando, “con un solo movimiento interior, del altar al confesonario”, donde transcurría gran parte de la jornada, intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus feligreses redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la Presencia eucarística.

Los métodos pastorales de san Juan María Vianney podrían parecer poco adecuados en las actuales condiciones sociales y culturales. De hecho, ¿cómo podría imitarlo un sacerdote hoy, en un mundo tan cambiado? Es verdad que los tiempos cambian y que muchos carismas son típicos de la persona y, por tanto, irrepetibles; sin embargo, hay un estilo de vida y un anhelo de fondo que todos estamos llamados a cultivar. Mirándolo bien, lo que hizo santo al cura de Ars fue su humilde fidelidad a la misión a la que Dios lo había llamado; fue su constante abandono, lleno de confianza, en manos de la divina Providencia.

Logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba “enamorado” de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios.

Su testimonio nos recuerda, queridos hermanos y hermanas, que para todo bautizado, y con mayor razón para el sacerdote, la Eucaristía “no es simplemente un acontecimiento con dos protagonistas, un diálogo entre Dios y yo. La Comunión eucarística tiende a una transformación total de la propia vida. Con fuerza abre de par en par todo el yo del hombre y crea un nuevo nosotros”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 5 de agosto de 2009

Santa María de los Ángeles en la Porciúncula


La Basílica Patriarcal de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula encierra, entre las blancas paredes del templo del siglo XVI, la venerable iglesita de la Porciúncula, lugar de la vida evangélica y fraterna de San Francisco y de la primera generación franciscana, y lugar santo en el que Francisco, la tarde del 3 de octubre de 1226, “cumplidos en él todos los misterios de Cristo, acogió a la hermana muerte cantando”. El templo dedicado a la Reina de los Ángeles, la “Dama pobre” de la Porciúncula, que guio maternalmente a Francisco y a los hermanos de la naciente comunidad, es custodiado con celosa ternura por los Hermanos Menores Franciscanos. En la Porciúncula estamos verdaderamente en la fuente del franciscanismo, en la limpia fuente del Perdón de Asís y de la misericordia de Dios.

A los pies de la colina de Asís, se yergue solemne y majestuosa, la Basílica Patriarcal de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula, levantada entre los años 1569 y 1679, para engarzar los lugares santos de la vida y la muerte de San Francisco.

En el centro del vasto templo renacentista se encuentra la humilde iglesita benedictina del siglo IX llamada Porciúncula, que el Santo reparó con sus propias manos (1207).

Aquí fue donde San Francisco, que tenía veintitantos años, al escuchar la lectura del Evangelio, comprendió definitivamente su propia vocación, renunció al mundo para vivir en radical pobreza y comenzó a dedicarse al apostolado itinerante. En la Porciúncula recibió el Santo a sus primeros seguidores y fundó la Orden de los Hermanos Menores, y en 1211, con la vestición de Santa Clara, fundó también aquí la Orden de las “Damas Pobres”, las Clarisas. Aquí celebró el Santo los primeros Capítulos (reuniones generales de los frailes), y desde la Porciúncula envió a sus seguidores como misioneros de paz a los hombres de toda la tierra. En la Porciúncula, Cristo, apareciéndose a Francisco, le concedió, por intercesión de María, la extraordinaria indulgencia del Perdón de Asís (1216).

Junto al ábside de la Basílica, en el interior, está la Capilla del Tránsito, donde Francisco acogió a la muerte cantando (3 de octubre de 1226).

A la derecha de la Basílica están la Rosaleda, en la que el Santo se arrojó entre las espinas para vencer una tentación, y la Capilla de las Rosas, lugar en el que Francisco tomaba breves descansos.

Un particular interés espiritual, histórico y artístico revisten: la Cripta, el antiguo conventito (siglos XIII-XIV), el Museo, como también la grandiosa Basílica enriquecida con notables obras de arte: frescos, lienzos, estatuas y obras en madera valiosísimas.

Cómo ganar la indulgencia plenaria de la “Porciúncula”: desde ayer (1 de agosto) al mediodía hasta hoy a medianoche se la puede ganar en las iglesias parroquiales. La obra prescrita es la piadosa visita de la iglesia en la cual se rezarán el Padrenuestro y el Credo. Se debe agregar la confesión sacramental, la comunión eucarística y una oración según las intenciones del Papa. Se puede ganar una sola vez.

Fuente: Gualterio Bellucci, o.f.m., Asís, corazón del mundo. Guía turística. Gorle (BG) - Asís, Ed. Velar - Ed. Porziuncola, pp. 14-39, citado en www.franciscanos.org

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