San Jerónimo, noble defensor de la fe

La última Comunión de san Jerónimo

Jerónimo (Eusebius Hieronymus Sophronius), el Padre de la Iglesia que más estudió las Sagradas Escrituras, nació alrededor del año 342, en Stridon, una población pequeña situada en los confines de la región dálmata de Panonia y el territorio de Italia, cerca de la ciudad de Aquilea. Su padre tuvo buen cuidado de que se instruyese en todos los aspectos de la religión y en los elementos de las letras y las ciencias, primero en el propio hogar y, más tarde, en las escuelas de Roma.

En la gran ciudad, Jerónimo tuvo como tutor a Donato, el famoso gramático pagano. En poco tiempo, llegó a dominar perfectamente el latín y el griego (su lengua natal era el ilirio), leyó a los mejores autores en ambos idiomas con gran aplicación e hizo grandes progresos en la oratoria; pero como había quedado falto de la guía paterna y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas y de las devociones que se le habían inculcado desde pequeño. A decir verdad, Jerónimo terminó sus años de estudio, sin haber adquirido los grandes vicios de la juventud romana, pero desgraciadamente ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades, lujos y otras debilidades, como admitió y lamentó amargamente años más tarde.

Por otra parte, en Roma recibió el bautismo (no fue catecúmeno hasta que cumplió más o menos los dieciocho años) y, como él mismo nos lo ha dejado dicho, “teníamos la costumbre, mis amigos y yo de la misma edad y gustos, de visitar, los domingos, las tumbas de los mártires y de los apóstoles y nos metíamos a las galerías subterráneas, en cuyos muros se conservan las reliquias de los muertos”. Después de haber pasado tres años en Roma, sintió el deseo de viajar para ampliar sus conocimientos y, en compañía de su amigo Bonoso, se fue hacia Tréveris. Ahí fue donde renació impetuosamente el espíritu religioso que siempre había estado arraigado en el fondo de su alma y, desde entonces, su corazón se entregó enteramente a Dios.

El 30 de septiembre del año 420, cuando su cuerpo extenuado por el trabajo y la penitencia, agotadas la vista y la voz, parecía una sombra, pasó a mejor vida. Fue sepultado en la iglesia de la Natividad, cerca de la tumba de Paula y Eustoquio, pero mucho tiempo después, sus restos fueron trasladados al sitio donde reposan hasta ahora, en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Los artistas representan con frecuencia a San Jerónimo con los ropajes de un cardenal, debido a los servicios que prestó al Papa San Dámaso, aunque a veces también lo pintan junto a un león, porque se dice que domesticó a una de esas fieras a la que sacó una espina que se había clavado en la pata. La leyenda pertenece más bien a San Gerásimo, pero el león podría ser el emblema ideal de aquel noble, indomable y valiente defensor de la fe.

Fuente: Butler, Alban, Vida de los Santos, Vol. III, ed. 1965, pp. 714 y 721

En la Fiesta de San Miguel Arcángel


San Miguel es un arcángel, y el príncipe de todos los ángeles que permanecieron fieles a Dios. Él es quien, por celo de la gloria de Dios, se unió a todos sus santos ángeles para combatir a Lucifer y a sus secuaces, que deslumbrados por las perfecciones y gracias que Dios había puesto en ellos, se rebelaron contra Él.

No quisieron someterse a sus órdenes porque no consideraron debidamente cuán superior a ellos e infinitamente más digno de honor y de gloria debía ser quien había creado cuanto de grande había en ellos. Estaban, incluso, tan cegados, que se opusieron a san Miguel, encargado por Dios de esclarecerlos con sus luces y de hacerles comprender que nada se puede comparar con Dios; que, como dice san Pablo, sólo a Él es debido todo el honor y toda la gloria por los siglos de los siglos; y que todas las criaturas, como ellos lo eran, al no ser nada por sí mismas, debían abismarse y anonadarse ante Dios, a vista de su gloria y majestad.

Este rayo de luz que Dios, por sí mismo, imprimió en san Miguel, y el solo aspecto de este arcángel fue lo que confundió a aquellos desdichados ángeles, que se convirtieron en puras tinieblas, y se vieron relegados a un lugar tenebroso, por no haber querido abrir sus ojos a la luz verdadera. ¿Resistiremos siempre nosotros a las luces de la gracia, que nos inspira que hay que dejar todo por Dios, y que sólo en Él encontraremos nuestra verdadera felicidad, incluso en esta vida?

San Miguel, animado de aquel sentimiento de fe que le servía de escudo contra los ángeles malos, consiguió la victoria con estas palabras: “¿Quién como Dios?” Al mismo tiempo glorificaba con los suyos a Dios.

Desde entonces, a todos los santos ángeles les fue asegurada la gloria eterna, que nunca ha sufrido menoscabo en ellos, ni jamás podrá padecer la más mínima alteración.

¡Qué dicha la de este santo arcángel ser el primero de esos espíritus bienaventurados, que tienen como única ocupación alabar a Dios en el cielo, y haber sido, por su celo y su respeto a Dios, el que más contribuyó a que empezara a poblarse el cielo!

Honrad a este insigne santo como al primero que dio gloria a Dios, y que hizo que lo glorificasen las criaturas, y tributadle el honor que merece por haber sido tan adicto a Dios.

Uníos a él y a todos los espíritus bienaventurados que lo acompañan en el cielo, y consideradlos como modelos de lo que vosotros tenéis que hacer por Dios. Pensad con frecuencia en aquellas palabras: ¿Quién como Dios?, que los animaron en el combate que mantuvieron contra los demonios, para que ellas os sostengan en todas vuestras tentaciones; y decíos a vosotros mismos, cuando os veáis asaltados por ellas: el placer que pudiera yo disfrutar siguiendo este atractivo de la concupiscencia, ¿puede asemejarse al que se experimenta en gozar de Dios?

Aún hoy tributa san Miguel todos los días gloria a Dios, por medio del bien que realiza a los cristianos y por las gracias que les procura; pues él ha sido escogido por Dios como protector de la Iglesia, a la que sostiene y defiende contra sus enemigos. También es él quien defiende a la Iglesia, como la predilecta de Dios, contra los cismas y contra las herejías, que de vez en cuando se oponen a la sana doctrina y la turban.

Unámonos, pues, a este santo príncipe de los ángeles, para participar en el celo que tuvo, tanto por nuestra salvación como por la de todos los cristianos; entreguémonos a sus cuidados; confiemos en su ayuda y seamos dóciles a su voz interior, para que todos los medios que Dios nos ofrezca, a través de él, para nuestra salvación, sean eficaces en nosotros y para que no pongamos, de nuestra parte, ningún obstáculo para su ejecución.

Pedid a menudo a san Miguel que tenga la bondad de proteger a esta pequeña familia y a esta Iglesia de Jesucristo, según la expresión de san Pablo, que es nuestra comunidad; y que la ayude a conservar en sí el Espíritu de Jesucristo, y conceda a todos sus miembros las gracias que necesitan para mantenerse en su vocación y para procurar el espíritu del cristianismo a todos aquellos que tienen bajo su dirección.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Un Sacramento a defender


Al ponderar la excelencia del casto matrimonio, se Nos ofrece mayor motivo de dolor por ver esta divina institución tantas veces despreciada y tan fácilmente vilipendiada, sobre todo en nuestros días.

No es ya de un modo solapado ni en la oscuridad, sino que también en público, depuesto todo sentimiento de pudor, lo mismo de viva voz que por escrito, ya en la escena con representaciones de todo género, ya por medio de novelas, de cuentos amatorios y comedias, del cinematógrafo, de discursos radiados, en fin, por todos los inventos de la ciencia moderna, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio, mientras los divorcios, los adulterios y los vicios más torpes son ensalzados o al menos presentados bajo tales colores que parece se les quiere presentar como libres de toda culpa y de toda infamia. Ni faltan libros, los cuales no se avergüenzan de llamarse científicos, pero que en realidad muchas veces no tienen sino cierto barniz de ciencia, con el cual hallan camino para insinuar más fácilmente sus errores en mentes y corazones. Las doctrinas que en ellos se defienden, se ponderan como portentos del ingenio moderno, de un ingenio que se gloría de buscar exclusivamente la verdad, y, con ello, de haberse emancipado -dicen- de todos los viejos prejuicios, entre los cuales ponen y pregonan la doctrina tradicional cristiana del matrimonio.

Estas doctrinas las inculcan a toda clase de hombres, ricos y pobres, obreros y patronos, doctos e ignorantes, solteros y casados, fieles e impíos, adultos y jóvenes, siendo a éstos principalmente, como más fáciles de seducir, a quienes ponen peores asechanzas.

Desde luego que no todos los partidarios de tan nuevas doctrinas llegan hasta las últimas consecuencias de liviandad tan desenfrenada; hay quienes, empeñados en seguir un término medio, opinan que al menos en algunos preceptos de la ley natural y divina se ha de ceder algo en nuestros días. Pero éstos no son tampoco sino emisarios más o menos conscientes de aquel insidioso enemigo que siempre trata de sembrar la cizaña en medio del trigo. Nos, pues, a quien el Padre de familia puso por custodio de su campo, a quien obliga el oficio sacrosanto de procurar que la buena semilla no sea sofocada por hierbas venenosas, juzgamos como dirigidas a Nos por el Espíritu Santo aquellas palabras gravísimas con las cuales el apóstol San Pablo exhortaba a su amado Timoteo: “Tú, en cambio, vigila, cumple tu ministerio..., predica la palabra, insiste oportuna e importunamente, arguye, suplica, increpa con toda paciencia y doctrina”.

Y porque, para evitar los engaños del enemigo, es menester antes descubrirlos, y ayuda mucho mostrar a los incautos sus argucias, aun cuando más quisiéramos no mencionar tales iniquidades, como conviene a los Santos, sin embargo, por el bien y salvación de las almas no podemos pasarlas en silencio.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta encíclica Casti Connubii

Frases de San Pío de Pietrelcina (II)


Continuación del artículo sobre frases de San Pío de Pietrelcina...

9. ¿Hace algún tiempo que no amas al Señor? ¿No lo amas ahora? ¿No anhelas amarlo para siempre? Por lo tanto, ¡no temas! Aun admitiendo que has cometido todos los pecados de este mundo, Jesús te repite: “¡Muchos pecados te son perdonados porque has amado mucho!”.

10. No te preocupes por las cosas que generan preocupación, desorden y ansiedad. Una sola cosa es necesaria: Elevar tu espíritu y amar a Dios.

11. Donde no hay obediencia, no hay virtud; no hay bondad ni amor. Y donde no hay amor, no hay Dios. Sin Dios, no podemos alcanzar el Cielo. Estas virtudes forman una escalera; si falta un paso, nos caemos.

12. Los mejores medios para protegerte de la tentación son los siguientes: cuida tus sentidos para salvarlos de la tentación peligrosa, evita la vanidad, no dejes que tu corazón se exalte, convéncete del mal de la complacencia, huye del odio, reza cuando sea posible. Si el alma supiera el mérito que uno adquiere en las tentaciones sufridas en la paciencia y conquistado, estaría tentado a decir: Señor, envíame tentaciones.

13. Es necesario proteger todos tus sentidos, especialmente tus ojos: son los medios por los cuales toda la fascinación y el encanto de la belleza y la voluptuosidad entran en el corazón. Cuando la moda, como en nuestro tiempo, es hacia la provocación y expone lo que antes era incorrecto pensar, se debe tener precaución y autocontrol. Siempre que sea necesario, debes mirar sin ver y ver sin pensarlo.

14. Debes recordar que tienes en el Cielo no sólo un Padre sino también una Madre. Entonces recurramos a María. Ella es toda dulzura, misericordia, bondad y amor para nosotros porque es nuestra Madre.

15. El amor y el miedo deben ir unidos, el miedo sin amor se convierte en cobardía. El amor sin miedo se convierte en presunción. Cuando hay amor sin miedo, el amor corre sin prudencia y sin restricción, sin preocuparse por dónde va.

Fuente: Cf. www.aciprensa.com, publicación del 23 de septiembre de 2019.

Eucaristía - Misterio de amor (II)


El plan de amor infinito, que quiere unir a los hombres con Dios, que le quiere hacer participantes de la naturaleza y vida divinas, encuentra su última y máxima realización en la Eucaristía. Efectivamente, en la Hostia consagrada no tenemos sólo el Cuerpo, Sangre y Alma de Cristo, sino también su Divinidad de Hijo de Dios, y por lo tanto toda la Divinidad. ¿Qué medio más poderoso que esté podía encontrar Dios para unirnos a Él, para hacernos partícipes de su naturaleza y de su vida? ¿Qué alimento más vivífico que el Cuerpo de Cristo, el cual, por su unión personal con el Verbo, es la fuente de la vida y de la gracia? Dándosenos en Manjar, Jesús nos alimenta con su sustancia, nos asimila a sí, nos comunica personalmente la vida divina. También mediante los otros sacramentos nos da Jesús la gracia y, por ende, nos da parte de la vida divina. Pero en ellos está solo su acción, o sea, en el momento que el Sacramento se completa -por ejemplo, en el acto en que el sacerdote nos absuelve de los pecados- Jesús, con su virtud operativa produce en nosotros la gracia. En la Eucaristía, por el contrario, está Jesús mismo, hecho sacramento, que viene personalmente a nosotros en la integridad de su Persona de Hombre-Dios. Recibiendo la Hostia santa, no tenemos sólo la acción de Cristo en nuestra alma, sino que tenemos su misma Persona real y físicamente presente; no tenemos sólo un aumento de gracia, sino al mismo Jesús, fuente de gracia; no tenemos sólo una nueva participación de la vida divina, sino que tenemos al Verbo encarnado que nos arrastra consigo al seno de la Divinidad.

Además, mientras que el alimento material es asimilado por el que lo come y se transforma en su cuerpo y sangre, Jesús, alimento vivífico, tiene el poder de asimilarse a los que de Él se alimentan, y de transformarlos en sí. “La comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo -dice San León-, no tiene otro objeto que mudarnos en lo que comemos”; y San Juan Crisóstomo especifica: “Cristo se ha unido de tal modo a nosotros, que llega como a fundir en uno su Cuerpo con el nuestro, de modo que nosotros seamos una cosa con Él; y esto es propio de los que aman ardientemente”.

“¡Oh Manjar de los ángeles, suma y eterna pureza! Tú requieres y deseas tanta pureza en el alma que te recibe en este dulcísimo Sacramento, que, si posible fuera, los ángeles mismos deberían purificarse delante de tan gran misterio. Pues ¿cómo se purificará mi alma? En el fuego de tu caridad, ¡oh Dios eterno!, lavando su faz en la Sangre de tu Hijo Unigénito. ¡Oh miserable alma mía! ¿Cómo acudes a misterio tan grande sin la suficiente purificación? Me despojaré, pues, de la vestidura mal oliente de mi voluntad y me vestiré, ¡oh Señor!, de tu voluntad eterna” (Santa Catalina de Siena)

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de amor (I)


¡Oh Jesús! Ayúdame a penetrar el misterio del amor infinito que te ha movido a hacerte nuestra comida y nuestra bebida.

Toda la actividad de Dios a favor de los hombres es actividad de amor, se resuelve en un inmenso misterio de amor que le lleva a Él, bien sumo e infinito, a levantar al hombre hasta sí, haciéndole partícipe de su naturaleza divina, comunicándole su propia vida. Precisamente para comunicar la vida divina a los hombres, para unir a los hombres con Dios, se ha encarnado el Verbo, y en su Persona la Divinidad se ha unido a la Humanidad del modo más pleno y perfecto. Se ha unido directamente a la Humanidad santísima de Jesús y, mediante ella, a todo el género humano. En virtud de la Encarnación del Verbo, todo hombre -justamente mediante la gracia merecida por el Verbo encarnado- tiene derecho de llamar a Jesús hermano suyo, de llamar a Dios su Padre y de aspirar a la unión con Él. El camino de la unión a Dios queda de este modo abierto al hombre: el Hijo de Dios, encarnándose y muriendo luego en la Cruz, no sólo ha quitado los obstáculos de esta unión, sino que ha proporcionado todos los medios para ella, y hasta Él mismo se ha hecho camino: uniéndose a Él, el hombre se unirá a Dios. Y en este punto es cuando el amor de Jesús, rebasando toda medida, ha querido encontrar el medio de unirse a cada uno de nosotros del modo más íntimo y personal, y lo ha hecho mediante la Eucaristía. Haciéndose nuestro alimento, Jesús nos hace una sola cosa consigo, y de este modo nos da parte, del modo más directo posible, en su vida divina, en su unión con el Padre y con la Trinidad. En la Encarnación el Hijo de Dios, asumiendo nuestra carne se unió de una vez para siempre al género humano; en la Eucaristía el hijo de Dios hecho hombre continúa uniéndose a cada hombre en particular. Comprendemos así como la Eucaristía, según el pensamiento de los Santos Padres, puede ser verdaderamente “considerada como una continuación y una extensión de la Encarnación; por ella la sustancia del Verbo encarnado se une a cada hombre”.

“¡Oh Trinidad eterna! ¡Oh fuego y abismo de caridad! ¿Qué utilidad se te derivó de nuestra redención? Ninguna; porque Tú no tienes necesidad de nosotros, que eres nuestro Dios. ¿A quién fue útil? Solamente al hombre, ¡Oh inestimable caridad! Igual que te diste todo a nosotros, todo Dios y todo Hombre, así te quedaste todo en alimento, para que, mientras seamos peregrinos en esta vida, no desfallezcamos de cansancio, sino que seamos fortalecidos por Ti, Manjar celestial. ¡Oh hombre! ¿Qué es lo que te ha dejado tu Dios? Se te ha dejado a sí mismo entero, todo Dios y todo Hombre, velado bajo la blancura del pan. ¡Oh fuego de amor! ¿No te bastaba habernos creado a imagen y semejanza tuya, y habernos vuelto a crear por la gracia mediante la Sangre de tu Hijo, sin necesidad de darte entero, Dios, Esencia divina, a nosotros en alimento? ¿Quién te ha obligado a ello? No otra cosa que tu caridad. Y del mismo modo que Tú no nos enviaste y diste para nuestra redención a sólo el Verbo, así no nos dejaste a Él sólo en alimento, sino, como loco de amor por tu criatura, nos dejaste toda la Esencia divina. Y no solo, ¡oh Señor!, te entregaste a nosotros, sino que, alimentándonos con este Manjar divino, nos haces fuertes con tu poder contra las batallas de los demonios, contra las injurias de las criaturas, contra las rebeliones de nuestra carne, contra toda angustia y tribulación de cualquier lado que venga” (Santa Catarina de Siena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Cartas de un joven mártir

Beato Francisco Castelló

“A mis hermanas Teresa y María Castelló Aleu y a mi tía. Estimadas: Acaban de leerme la pena de muerte y jamás he estado tan tranquilo como ahora. Estoy seguro de que esta noche estaré con mis padres en el cielo; allí os esperaré a vosotras. La Providencia divina ha querido escogerme a mí como víctima de los errores y pecados cometidos por nosotros. Voy con gusto y tranquilidad a la muerte. Nunca como ahora tendré tantas probabilidades de salvación. Se ha terminado mi misión en esta vida. Ofrezco a Dios los sufrimientos de esta hora. No quiero en modo alguno que lloréis por mí: es lo único que os pido. Estoy muy contento, muy contento. Os dejo con pena a vosotras, a quienes tanto he amado, pero ofrezco a Dios este afecto y todos los lazos que me retendrían en este mundo.

Teresina: sé valiente. No llores por mí. Soy yo quien ha tenido una inmensa suerte, que no sé cómo agradecer a Dios. He cantado el ¡Vamos, que es camino de solo un día!, con toda propiedad. Perdóname las penas y los sufrimientos que te he causado involuntariamente. Yo siempre te he querido mucho. No quiero que llores por mí, ¿lo entiendes?

María: pobre hermanita mía. También tú debes ser valiente, y no te abrumará este golpe de la vida. Si Dios te da hijos, les darás un beso de mi parte, de parte de su tío, que los amará desde el cielo. A mi cuñado un fuerte abrazo. Espero de él que será vuestra ayuda en este mundo y sabrá sustituirme.

Tía: en este momento siento un profundo agradecimiento por cuanto Ud. ha hecho por nosotros. Nos encontraremos en el cielo dentro de unos años. Sepa usted gastarlos con toda clase de generosidad. Desde el cielo rogaré por Ud., éste que le quiere tanto...

A todos mis amigos decidles que muero contento y que me acordaré de ellos en la otra vida... a todos mi afecto.

Querida Mariona (María Pelegrí, su prometida, quien más adelante se casó y tuvo 3 hijos): Nuestras vidas se unieron y Dios ha querido separarlas. A Él le ofrezco, con toda la intensidad posible, el amor que te profeso, mi amor intenso, puro y sincero. Siento tu desgracia, no la mía. Puedes estar orgullosa: dos hermanos y tu prometido. ¡Pobre Mariona! Me sucede una cosa extraña. No puedo sentir pena alguna por mi suerte. Una alegría interna, intensa, fuerte, me invade por completo. Querría hacerte una carta triste de despedida, pero no puedo. Todo yo estoy envuelto de ideas alegres como un presentimiento de gloria. Querría hablarte de lo mucho que te habría querido, de las ternuras que te tenía reservadas, de lo felices que habríamos sido. Pero para mí todo esto es secundario. Tengo que dar un gran paso. Una cosa quiero decirte: cásate, si puedes. Desde el cielo yo bendeciré tu unión y tus hijos. No quiero que llores, no quiero. Espero que estés orgullosa de mí. Te quiero. No tengo tiempo para nada más.

Francisco”.

Oración. Dios todopoderoso y eterno, que diste al beato Francisco en su juventud la firmeza de la fe y el ardor de la caridad en su martirio, concédenos a nosotros, tus fieles, que imitando a Cristo, crezcamos en tu amor y en el del prójimo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Carta del Beato Francisco Castelló

Frases de San Pío de Pietrelcina (I)


El Padre Pío será recordado durante mucho tiempo por sus innumerables enseñanzas espirituales y que se plasmaron en decenas de frases emblemáticas a lo largo de su vida. Aquí se puede leer 15 de ellas (en dos artículos de este blog) gracias a la selección del National Catholic Register.

1. La sociedad de hoy no reza, por eso se está desmoronando.

2. La oración es la mejor arma que poseemos, la llave que abre el corazón de Dios.

3. Ora, espera y no te preocupes. La preocupación es inútil. Nuestro Señor misericordioso escuchará tu oración.

4. Sería más fácil para el mundo existir sin el sol que sin la Santa Misa.

5. Mil años de disfrutar de la gloria humana no valen ni una hora en dulce comunión con Jesús en el Santísimo Sacramento.

6. En la vida espiritual, el que no avanza retrocede. Sucede como con un barco que siempre debe seguir adelante. Si se detiene, el viento lo devolverá.

7. Debes hablar a Jesús también con el corazón, además de los labios; de hecho, en ciertos casos debes hablar con Él solo con el corazón.

8. Siempre debemos tener coraje, y si nos llega alguna languidez espiritual, corramos a los pies de Jesús en el Santísimo Sacramento y ubiquémonos en medio de los perfumes celestiales, y sin duda recuperaremos nuestra fuerza.

Fuente: Cf. www.aciprensa.com, publicación del 23 de septiembre de 2019.

El grano de trigo muere para dar vida


Volvamos ahora al gesto de Jesús en la Última Cena. ¿Qué sucedió en ese momento? Cuando Él dijo: Este es mi cuerpo entregado por vosotros; esta es mi sangre derramada por vosotros y por muchos, ¿qué fue lo que sucedió? Con ese gesto, Jesús anticipa el acontecimiento del Calvario. Él acepta toda la Pasión por amor, con su sufrimiento y su violencia, hasta la muerte en cruz. Aceptando la muerte de esta forma la transforma en un acto de donación. Esta es la transformación que necesita el mundo, porque lo redime desde dentro, lo abre a las dimensiones del reino de los cielos. Pero Dios quiere realizar esta renovación del mundo a través del mismo camino que siguió Cristo, más aún, el camino que es Él mismo. No hay nada de mágico en el cristianismo. No hay atajos, sino que todo pasa a través de la lógica humilde y paciente del grano de trigo que muere para dar vida, la lógica de la fe que mueve montañas con la fuerza apacible de Dios. Por esto Dios quiere seguir renovando a la humanidad, la historia y el cosmos a través de esta cadena de transformaciones, de la cual la Eucaristía es el sacramento. Mediante el pan y el vino consagrados, en los que está realmente presente su Cuerpo y su Sangre, Cristo nos transforma, asimilándonos a Él: nos implica en su obra de redención, haciéndonos capaces, por la gracia del Espíritu Santo, de vivir según su misma lógica de entrega, como granos de trigo unidos a Él y en Él. Así se siembran y van madurando en los surcos de la historia la unidad y la paz, que son el fin al que tendemos, según el designio de Dios.

Caminamos por los senderos del mundo sin espejismos, sin utopías ideológicas, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples granos de trigo, tenemos la firma certeza de que el amor de Dios, encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y que la muerte. Sabemos que Dios prepara para todos los hombres cielos nuevos y una tierra nueva, donde reinan la paz y la justicia; y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra patria verdadera. Con nosotros está Jesús Eucaristía, el Resucitado, que dijo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos” (Mt28, 21). ¡Gracias, Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque ya es de noche. “Buen pastor, pan verdadero, oh Jesús, ten piedad de nosotros: aliméntanos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos en la tierra de los vivos”. Amén.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Homilía del 23 de junio del 2011

San Mateo, se levantó y lo siguió


“Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y le siguió” (Mt 9, 9). Para imaginar esta escena basta recordar el magnífico lienzo de Caravaggio, que se conserva aquí, en Roma, en la iglesia de San Luis de los Franceses.

Una reflexión surge de la narración evangélica: Mateo responde inmediatamente a la llamada de Jesús: “Él se levantó y lo siguió”. La concisión de la frase subraya claramente la prontitud de Mateo en la respuesta a la llamada. Esto implicaba para él abandonarlo todo, en especial una fuente de ingresos segura, aunque a menudo injusta y deshonrosa. Evidentemente Mateo comprendió que la familiaridad con Jesús no le permitía seguir realizando actividades desaprobadas por Dios.

Se puede intuir fácilmente su aplicación también al presente: tampoco hoy se puede admitir el apego a lo que es incompatible con el seguimiento de Jesús, como son las riquezas deshonestas. En cierta ocasión dijo tajantemente: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mt 19, 21). Esto es precisamente lo que hizo Mateo: se levantó y lo siguió. En este “levantarse” se puede ver el desapego de una situación de pecado y, al mismo tiempo, la adhesión consciente a una existencia nueva, recta, en comunión con Jesús.

Recordemos, por último, que la tradición de la Iglesia antigua concuerda en atribuir a san Mateo la paternidad del primer Evangelio. Esto sucedió ya a partir de Papías, obispo de Gerápolis, en Frigia, alrededor del año 130. Escribe Papías: “Mateo recogió las palabras (del Señor) en hebreo, y cada quien las interpretó como pudo”. El historiador Eusebio añade este dato: “Mateo, que antes había predicado a los judíos, cuando decidió ir también a otros pueblos, escribió en su lengua materna el Evangelio que anunciaba; de este modo trató de sustituir con un texto escrito lo que perdían con su partida aquellos de los que se separaba”.

Ya no tenemos el Evangelio escrito por san Mateo en hebreo o arameo, pero en el Evangelio griego que nos ha llegado seguimos escuchando todavía, en cierto sentido, la voz persuasiva del publicano Mateo que, al convertirse en Apóstol, sigue anunciándonos la misericordia salvadora de Dios. Escuchemos este mensaje de san Mateo, meditémoslo siempre de nuevo, para aprender también nosotros a levantarnos y a seguir a Jesús con decisión.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 30 de agosto de 2006

Práctica de la presencia de Dios (II)


El modo de presencia de Dios especialmente aconsejado por Santa Teresa a los que aspiran a la intimidad divina, es ese que encamina a poner las almas en contacto continuo con el Dios que vive dentro de ellas. “Aun en las mismas ocupaciones -dice la Santa- debemos retirarnos a nosotros mismos; aunque sea por un momento solo, aquel recuerdo de que tengo compañía dentro de mí es gran provecho”. Podría oponerse que este método es más apto para los solitarios que para quien vive en trato con otros, y sin embargo la Santa lo aplica precisamente a este caso postrero de modo práctico y sencillo: “si hablare, procurar acordarse que hay con Quien hable dentro de sí mismo; si oyere, acordarse que ha de oír a Quien más cerca le habla. En fin, traer cuenta que puede, si quiere, nunca apartarse de tan buena compañía... Si pudiere, lo recuerde muchas veces en el día, si no, sea pocas”.

Cualquier profesional o trabajador puede adoptar este método en sus relaciones con el prójimo. Y nada le impide aplicarlo también en sentido inverso, o sea, a la presencia de Dios en el alma ajena. Si con su gracia no está presente en todos los hombres, sin embargo, en todos está con su esencia, como Creador y Conservador de su ser. Por eso un profesor puede considerar a Dios presente en sus alumnos; un médico o enfermera en los enfermos; un hombre de negocios o una modista en sus clientes, y lo mismo en cualquier otra persona. Esto nos inspirará pensamientos de benevolencia, de caridad, de respeto a todos aquellos con quienes tratamos, y nos inclinará a servirles no sólo por la ganancia personal, ni por el sentimiento del deber, sino por el honor y gloria de Dios que creemos mora en ellos. En resumidas cuentas, se trata de buscar, servir, amar a Dios presente en nuestros hermanos. Este ejercicio, añadido al que nos propuso Santa Teresa, nos ayudará eficazmente a sostener relaciones continuas con Dios, ya presente en nuestra alma, ya en la de nuestro prójimo. “Si os acostumbráis a traerle cabe vos -dice la Santa- y Él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis, como dicen, echar de vos, no os faltará para siempre”.

“Haced, ¡Dios mío!, que mi alma sea un pequeño paraíso donde puedas reposarte deliciosamente; ayúdame a quitar de ella todo lo que pudiera herir tu mirada divina. Y después, que viva yo en este cielo pequeño siempre contigo. Donde quiera me halle y cualquier cosa que hiciere, Tú no me dejes nunca; que siempre quede contigo: que en cada hora del día y de la noche, en todo gozo y pena, en el trabajo y en cada acción sepa encontrarte en mí.

¡Dios mío, Trinidad santa! Sé Tú mi morada, mi nido, la casa paterna de la que nunca salga. Que quede en Ti no por un instante, o por algunas horas pasajeras, sino de modo permanente, habitual. Que ore en Ti, en Ti adore, ame en Ti, sufra en Ti, trabaje, obre en Ti. Permanezca en Ti al presentarme a cualquier persona o cosa, al entregarme a cualquier deber, introduciéndome cada vez más adentro en tus divinas profundidades. Haz, Señor, que cada día adelante en este sendero que conduce a Ti, que me deje deslizar por este declive con confianza llena de amor” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Gran Medio de la Oración (XI)


Pedir a las Almas del Purgatorio y por las Almas del Purgatorio.

Discuten los teólogos si es conveniente encomendarnos a las almas del purgatorio. Sostienen que aquellas almas no pueden rogar por nosotros, y se apoyan en la autoridad de Santo Tomás, el cual dice que aquellas almas por estar en estado de purificación son inferiores a nosotros y por tanto no están en condiciones de rogar, sino que más bien necesitan que los demás rueguen por ellas. Mas otros muchos doctores, entre los cuales podemos citar a San Belarmino, Sylvio, cardenal de Gotti, Lession, Medina..., sostienen lo contrario y con mayor probabilidad de razón, pues afirman que puede creerse piadosamente que el Señor les revela nuestras oraciones para que aquellas almas benditas rueguen por nosotros y de esta suerte hay entre ellas y nosotros más íntima comunicación de caridad. Nosotros rezamos por ellas, ellas rezan por nosotros.

Y dicen muy bien Sylvio y Gotti que no parece que sea argumento en contra la razón que aduce el Angélico Santo Tomás de que las almas están en estado de purificación; porque una cosa es estar en estado de purificación y otra muy distinta el poder rogar. Verdad es que, aquellas almas no están en estado de rogar, pues, como dice Santo Tomás, por hallarse bajo el castigo de Dios son inferiores a nosotros, y así parece que lo más propio es que nosotros recemos por ellas, ya que se hallan más necesitadas; sin embargo, aun en ese estado bien pueden rezar por nosotros, porque son almas muy amigas de Dios. Un padre que ama tiernamente a su hijo puede tenerlo encerrado en la cárcel por alguna culpa que cometió, y parece que en ese estado él no puede rogar por sí mismo, mas ¿por qué no podrá interceder por los demás? ¿Y por qué no podrá esperar que alcanzará lo que pide, puesto que sabe el afecto grande que el padre le tiene? De la misma manera, siendo las almas benditas del purgatorio tan amigas de Dios y estando, como están, confirmadas en gracia, parece que no hay razón ni impedimento que les estorbe rezar por nosotros.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. III.

La doctrina de San Gregorio Magno


Quiero comentar la extraordinaria figura del Papa san Gregorio Magno para recoger luces de su rica enseñanza. A pesar de los múltiples compromisos vinculados a su función de Obispo de Roma, nos dejó numerosas obras de las que la Iglesia, en los siglos sucesivos, se ha servido ampliamente.

Haciendo un rápido repaso a estas obras debemos observar, ante todo, que en sus escritos san Gregorio jamás se muestra preocupado por elaborar una doctrina “suya”, una originalidad propia. Más bien trata de hacerse eco de la enseñanza tradicional de la Iglesia; sólo quiere ser la boca de Cristo y de su Iglesia en el camino que se debe recorrer para llegar a Dios. Al respecto son ejemplares sus comentarios exegéticos. Fue un apasionado lector de la Biblia, a la que no se acercó con pretensiones meramente especulativas: el cristiano debe sacar de la sagrada Escritura -pensaba- no tanto conocimientos teóricos, cuanto más bien el alimento diario para su alma, para su vida de hombre en este mundo.

En las Homilías sobre Ezequiel, por ejemplo, insiste mucho en esta función del texto sagrado: acercarse a la Escritura sólo para satisfacer un deseo de conocimiento significa ceder a la tentación del orgullo y exponerse así al peligro de caer en la herejía. La humildad intelectual es la regla primaria para quien trata de penetrar en las realidades sobrenaturales partiendo del Libro Sagrado. La humildad, obviamente, no excluye el estudio serio; pero para lograr que este estudio resulte verdaderamente provechoso, permitiendo entrar realmente en la profundidad del texto, la humildad resulta indispensable. Sólo con esta actitud interior se escucha realmente y se percibe por fin la voz de Dios. Por otro lado, cuando se trata de la Palabra de Dios, comprender no es nada si la comprensión no lleva a la acción. En estas homilías sobre Ezequiel se encuentra también la bella expresión según la cual “el predicador debe mojar su pluma en la sangre de su corazón; así podrá llegar también al oído del prójimo”. Al leer esas homilías se ve que san Gregorio escribió realmente con la sangre de su corazón y, por ello, nos habla aún hoy a nosotros.

San Gregorio desarrolla también este tema en el Comentario moral a Job. Siguiendo la tradición patrística, examina el texto sagrado en las tres dimensiones de su sentido: la dimensión literal, la alegórica y la moral, que son dimensiones del único sentido de la sagrada Escritura. Sin embargo, san Gregorio atribuye una clara preponderancia al sentido moral. Desde esta perspectiva, propone su pensamiento a través de algunos binomios significativos -saber-hacer, hablar-vivir, conocer-actuar- en los que evoca los dos aspectos de la vida humana que deberían ser complementarios, pero que con frecuencia acaban por ser antitéticos. El ideal moral -comenta- consiste siempre en llevar a cabo una armoniosa integración entre palabra y acción, pensamiento y compromiso, oración y dedicación a los deberes del propio estado: este es el camino para realizar la síntesis gracias a la cual lo divino desciende hasta el hombre y el hombre se eleva hasta la identificación con Dios. Así, el gran Papa traza para el auténtico creyente un proyecto de vida completo; por eso, en la Edad Media el Comentario moral a Job constituirá una especie de Summa de la moral cristiana.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 4 de junio de 2008

El Gran Medio de la Oración (X)


III. DE LA NECESIDAD DE ACUDIR A LOS SANTOS COMO NUESTROS INTERCESORES

Aquí aparece el lugar conveniente para tratar de la duda si es necesario también recurrir a la intercesión de los Santos para alcanzar las gracias divinas.

Que sea cosa buena y útil invocar a los Santos para que nos sirvan de intercesores y nos alcancen por los méritos de Jesucristo lo que por los nuestros no podemos obtener, es doctrina que no podemos negar, pues así lo declaró la Santa Iglesia en el Concilio de Trento. Lo negaba el impío Calvino, pero era desatino e impiedad, porque, en efecto, nadie osará negar que sea bueno y útil acudir a las almas santas que en el mundo viven para que vengan en nuestra ayuda con sus plegarias. Así lo hacía el apóstol San Pablo, el cual escribiendo a los de Tesalónica, les decía: Hermanos, rogad por nosotros. Pero ¿qué digo? Hasta el mismo Dios mandaba a los amigos del Santo Job que se encomendasen a sus oraciones para que por sus méritos Él les pudiese favorecer. Pues si es lícito encomendarse a las oraciones de los vivos, ¿no lo será invocar a los Santos que están en el cielo y más cerca de Dios?

Y no se diga que esto es quitar el honor debido a Dios, pues es más bien duplicarlo, pues a reyes y potentados no se les honra solamente en su misma persona, sino también en la de sus reales servidores. Y apoyado en esto sostiene Santo Tomás que es cosa muy excelente acudir a muchos santos, porque se obtiene por las oraciones de muchos lo que por las de uno solo no se logra alcanzar. Y si alguno por ventura objetase de qué puede servir el recurrir a los Santos, pues que ellos rezan por todos los que son justos y dignos de sus oraciones, responde el mismo Santo Doctor que si alguno no fuese digno, cuando los santos ruegan por él, se hace digno desde el momento en que recurre a su intercesión.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. III.

María al pie de la Cruz invita a todos para consolarlos


Venid a mí todos los que trabajáis y lleváis cargas pesadas y yo os consolaré.

Nuestro Salvador piadoso dijo estas palabras llamando a todos los afligidos y que padecen trabajos, porque Él es el único remedio y consuelo nuestro y tiene caudal bastante para remediar a todos. Más, océano es de donde salen todos los ríos de misericordia, y no se agota ni puede agotarse; el mundo llama para atormentar a los que le siguen, sólo Jesucristo, padre de las misericordias, atrae benignamente a sí e invita a los que sufren para recrearlos y perdonarlos.

Nuestra Señora, Madre de Misericordia, imitando a su precioso Hijo, toma las mismas palabras y dice: “Ea, cristianos atribulados, veníos a mí, que yo os recrearé, aquí donde me veis, al pie de la cruz de mi Hijo. Si viniéredes, llamándome con fe y amor, seré vuestro amparo. Vengan todos los estados, que mi sagrado Hijo por todos quiso que yo pasase, para que todos hallasen descanso. Vengan las vírgenes, que yo perpetua virginal pureza guardé. Vengan los casados, que yo tuve por esposo al santo José. Bien sabré compadecerme de las madres que perdieron sus hijos con gran dolor, pues delante de mis ojos veo morir a mi Hijo amado, Salvador del mundo. Vengan éstas también”.

Si la caridad de san Pablo era tan bastante que, estando aherrojado, confortaba a los cristianos escribiéndoles cartas, ¡cuánto más la Reina del Cielo, aunque tan afligida al pie de la cruz, tendrá caudal para dar favor y consuelo a quien se lo demandare! Cosa es maravillosa: no solamente sufrió con paciencia los trabajos de Cristo, sino con gran contento, que es más alta perfección. La paciencia, dice Santiago, tiene consigo la obra perfecta. Esta virtud excelente nos enseña nuestra Señora y nos llama para que la aprendamos de ella. Ésta es la que dio la corona a los mártires, confesores y vírgenes. Ésta, finalmente, es la que trae consigo perseverancia en las virtudes cristianas; sin ésta no hay entrada en el cielo; y si no somos tan acabados y perfectos que, como la Virgen santa, padezcamos con alegría, a lo menos tengamos sufrimiento en las aflicciones que Dios nos envía, como lo hizo el santo Job, dando alabanzas a nuestro Salvador.

Fuente: San Alonso de Orozco, Tratado de la Corona de Nuestra Señora

Mater Dolorosa


Grande como el mar es tu quebranto.

Si cuanto mayor es el amor, tanto mayor es el dolor que experimenta el corazón al ver sufrir a la persona amada, ¿cuál no sería el dolor de la Virgen Nuestra Señora al ver a su Hijo tan lleno de dolores en el madero de la cruz? Porque su amor a Jesucristo es el amor de la más tierna de las madres para con su hijo, de la más santa entre las criaturas para con su Dios.

Amor de madre. No hay amor en el mundo que lo pueda igualar. Una madre vive, sufre, se regocija en su hijo como si fuera en sí misma. Dios que, al crear a María, la destinaba para ser Madre, y Madre del Verbo encarnado, le dio un corazón tan noble, tan delicado y perfecto, que ninguno de esos sentimientos más o menos desarreglados que agitan el corazón de las demás madres, se halló jamás en él. Amó siempre y únicamente lo que debió amar. Por otra parte, ningún hijo ofreció tantos alicientes al amor de una madre, ya desde el punto de vista de las dotes personales, ya también por los incomparables favores que Ella había recibido de Jesús. ¿Hay acaso uno solo de sus privilegios que no se funde y apoye como principio o como consecuencia de su divina maternidad? Ella, pues, le amaba como a su Hijo, y como al más amable de los hijos.

Más aún: le amaba como a su Dios. A las llamas del amor maternal juntábanse en su corazón los ardores de la divina caridad. Y ésta fue tal, que ya desde el primer instante de su concepción superó en amor a Dios a los más abrasados serafines. Con este corazón amaba María a su Hijo y a su Dios. Por aquí podremos sondear el abismo de dolor en que vio sumida su alma en todo el transcurso de la Pasión de su Hijo.

Cuando llegó a sus oídos lo que había pasado durante la noche en el huerto de los Olivos y en casa de Caifás, ¡oh, cómo sentiría no haber estado con Jesús para enjugarle el sudor de sangre, consolarle y compensar con sus adoraciones y ternura tantos ultrajes y tanta brutalidad! Apresúrase a ir en su busca... Ve a la muchedumbre que se abalanza hacia el Pretorio al saber la noticia de que va a ser azotado...

Oye los golpes de los azotes que recibe el cuerpo del Hijo... Más tarde el ruido de los martillos que hunden los clavos en sus manos... Al fin le contempla clavado en la cruz... Aquí es donde llegan al colmo sus dolores. Ya no se trata, como en la circuncisión, de algunas gotas de sangre que Ella podía restañar, sino de toda su sangre, que mana de numerosas y profundas heridas, y no sólo no puede proporcionarle ningún alivio, sino que, por el contrario, su presencia le causa mayor tormento...

Contempla al Hijo y contempla a la Madre... ¡Qué comunicación de amarguras! ¡Qué flujo y reflujo de dolores entre esas dos almas que, comprendiéndose de una manera tan admirable, se hieren la una a la otra a causa de un recíproco amor! Son dos hogueras cuyas llamas se entremezclan y se avivan mutuamente; dos víctimas que se inmolan en el mismo altar...

Mezclemos nuestro dolor y nuestras lágrimas a las de esta Madre desconsolada arrepintiéndonos de haber sido la causa de su profunda aflicción; pero al mismo tiempo busquemos allí los motivos de los más dulces consuelos.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

Tener los mismos sentimientos que Cristo


Pensar como Cristo Jesús, sentir como Cristo Jesús, amar como Cristo Jesús, obrar como Cristo Jesús, conversar como Cristo Jesús, hablar como Cristo Jesús, conformar, en una palabra, toda nuestra vida con la de Cristo, revestirnos de Cristo Jesús, he aquí el único negocio y ocupación esencial, primera de todo cristiano. Porque cristiano quiere decir “alter Cristus”, otro Cristo, y nadie puede salvarse si no fuere hallado conforme con la imagen de Cristo. Mas para conformarnos con la vida de Cristo Jesús es, ante todo, menester estudiarla, saberla, meditarla, y no solo en su corteza exterior, sino entrando en los sentimientos, afectos, deseos, intenciones de Cristo Jesús, para hacerlo todo en unión perfecta con Él.

Penetrar en el Sancta Sanctorum de su Corazón reconocemos que es una temeridad; pero el mismo Señor Jesús con su bondad y sus palabras nos convida a ello. Pues si no, ¿cómo aprenderemos su mansedumbre y humildad?, ¿cómo en cada acción nos pondremos delante a Cristo para imitarle si no conocemos los sentimientos de su corazón al practicarlos? Porque Cristo vivió, y comió, y durmió, y habló, y calló, y anduvo, y se cansó, y descansó, y sudó, y tuvo hambre y sed, y trabajó, en una palabra, padeció y murió por nosotros, por nuestra salud.

¿Por qué, pues, no nos hemos de hacer o representar a Jesús práctico, real, digámoslo así, y no teórico o ideal, que es causa de que no le amemos e imitemos en todas las cosas como debemos?

Cuando digo Cristo Jesús, me represento a un niño agraciado, a un joven gallardo o de edad madura, con todas las gracias y encantos que la divinidad podía derramar en un alma y cuerpo humanos; pero también me lo represento sujeto a todas nuestras miserias, excepto el pecado, por mi amor; porque es nuestro hermano, carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre y hueso de nuestros huesos. Este es mi Jesús, Dios y hombre verdadero, vivo, personal, que se dejó ver en la tierra y vivió y conversó con nosotros por treinta y tres años, ya que por nuestra salud, siendo Verbo eterno del Padre, descendió del cielo, se encarnó, padeció, murió, resucitó, subió a los cielos y se quedó entre nosotros hasta la consumación de los siglos para ser nuestro compañero, consuelo y alimento en el Santísimo Sacramento del altar.

En conocer, pues, más y más a Jesucristo consiste la vida eterna, nuestra única felicidad en el tiempo y en la eternidad. ¡Oh! ¡Qué feliz será el alma que aprenda cada día esta lección y la practique! ¡Qué pensamiento tan regalado! ¡Yo viviré, comeré, dormiré, hablaré, callaré, trabajaré, padeceré, lo haré todo, lo sufriré todo en unión de Jesús, en unión de aquella divina intención y con aquellos sentimientos con que lo hizo Jesús, lo padeció Jesús, y desea que yo lo haga, o lo padezca!... Quien tal haga, y todos lo debemos hacer, vivirá aquí en la tierra una vida del cielo, se transformará en Jesús y podrá decir con el Apóstol: Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.

Fuente: De los escritos de san Enrique de Ossó, presbítero

El Gran Medio de la Oración (IX)


Santo Tomás sostiene contra Jansenio que no podemos decir que la castidad y otros mandamientos sean imposibles de guardar, pues si es verdad que por nosotros mismos y con nuestras solas fuerzas no podemos, nos es posible sin embargo con la ayuda de la divina gracia. Y que nadie ose decir que parece linaje de injusticia mandar a un cojo que ande derecho. No, replica San Agustín, no es injusticia, porque al lado se le pone el remedio para curar de su enfermedad y remediar su defecto. Si se empeña en andar torcidamente suya será la culpa.

En suma, diremos con el mismo santo Doctor que no sabrá vivir bien quien no sabe rezar bien. Lo mismo afirma San Francisco de Asís, cuando asegura que no puede esperarse fruto alguno de un alma que no hace oración. Injustamente, por tanto, se excusan los pecadores que dicen que no tienen fuerzas para vencer las tentaciones. ¡Qué atinadamente les responde el apóstol Santiago cuando les dice: Si las fuerzas os faltan ¿por qué no las pedís al Señor? ¿No las tenéis? Señal de que no las habéis pedido.

Verdad es que por nuestra naturaleza somos muy débiles para resistir los asaltos de nuestros enemigos, pero también es cierto que Dios es fiel, como dice el Apóstol, y que, por tanto, jamás permite que seamos tentados sobre nuestras fuerzas. Oigamos las palabras de San Pablo: Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas, sino que de la misma tentación os hará sacar provecho para que podáis manteneros en pie. Comentando este pasaje, Primacio dice: Antes bien os dará la ayuda de la gracia para que podáis resistir la violencia de la tentación.

Débiles somos, pero Dios es fuerte, y, cuando le invocamos, nos comunica su misma fortaleza y entonces podemos decir con el Apóstol: Todo lo puedo con la ayuda de aquél que es mi fortaleza. Por lo que el que sucumbe, porque no ha rezado, no tiene excusa, dice San Juan Crisóstomo, pues si hubiera rezado hubiera sido vencedor de todos sus enemigos.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. II.

Pecador, no desesperes


“Aunque yo hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza en Dios, porque todos nuestros pecados son como una gota de agua arrojada a un gran horno encendido” (Santa Teresita)

Insiste San Alfonso, releámoslo una y otra vez, y advertiremos que nunca María se muestra severa con nadie, por lo que corresponde acogerse bajo su protección sin ningún temor y hasta con gozo espiritual. Y nos sugiere dirigirnos a Ella en los siguientes términos: “Oh Madre de mi Dios, a Ti acudiré y aún me atreveré a reconvenirte con humildad y fiel confianza porque toda la Iglesia da gritos llamándote Madre de misericordia. Tú jamás has desechado a ningún pecador por miserable que fuese. Pues qué, ¿acaso la Iglesia te llama vanamente su abogada y refugio de pecadores?...”

San Bernardo, por su parte, alentaba al pecador con estas consoladoras palabras: “Ve y busca a la Madre de misericordia, y muéstrale las llagas de tu alma, que Ella pedirá a su Hijo santísimo que te perdone; y el Hijo, que la ama tanto, no dejará de oírla”. De tales consideraciones concluye San Alfonso de Ligorio: “Pecador, no desconfíes aunque hayas cometido todos los pecados imaginables, sino acude a María, y verás sus manos llenas de misericordia, y conocerás por experiencia que es mayor su deseo de usarla contigo que el tuyo de recibirla”.

Cierra San Alfonso estas consideraciones exhortándonos a confiar en la abogada celestial: “¿Qué temor ha de tener de salir mal el reo a quien la madre del Juez se ofrece por abogada y madre? Y tú, Señora, que lo eres, ¿te desdeñarás de interceder con tu Hijo, que es el Juez, por otro hijo, que es el pecador? ¿No pedirás al Redentor por un alma redimida con su propia sangre? Con toda eficacia rogarás por los que recurren a Ti, como medianera que eres entre el Juez y el delincuente. Tú, pecador, cualquiera que seas, por más atollado que estés, por más antiguas y encanceradas que sean tus llagas, no desconfíes, antes bien, da gracias a Dios de que, para usar contigo de misericordia, no sólo te haya dado a su unigénito Hijo por abogado, mas para que mayormente confíes, te ha provisto también de una medianera que todo lo alcanza. Implora su favor, y te salvarás”.

Fuente: P. Alfredo Sáenz, Madre la Misericordia

Práctica de la presencia de Dios (I)


¡Señor, que viva siempre en tu presencia, con la mirada interior puesta en Ti!

Tanto más fácil resulta la vida de continua oración cuanto más viva conserva el alma durante el día la presencia de Dios. Sabemos que Él está siempre en nosotros, que vivimos, nos movemos y somos en Él; pero aunque en las horas de oración procuramos avivar el convencimiento de esta gran realidad, tornando a las ocupaciones ordinarias, desaparece o se amengua esa presencia de ánimo y con frecuencia advertimos que obramos como si Dios no estuviera presente.

Y el ejercicio de la presencia de Dios consiste en esforzarse por que el Señor esté presente a nuestra mente y corazón, aun en medio de nuestros trabajos. Dicha práctica la podemos realizar de varios modos: sirviéndonos de objetos externos, como una imagen, un crucifijo que llevamos con nosotros o tenemos sobre la mesa de trabajo, cuya vista suscitará en nosotros el recuerdo de Dios; o también valiéndonos del pensamiento para representarnos interiormente al Señor cercano a nosotros, cosa que responde a la realidad, pues si bien la Humanidad de Jesús no mora de continuo en nuestras almas, ejerce sin embargo influjo ininterrumpido y físico en ellas por la comunicación de la gracia. Con razón podemos por eso concebir esta acción de Jesús en nuestra alma como una compañía incesante. Otro modo de conservar vivo el recuerdo de Dios, es hacer un acto de fe, cultivando, por ejemplo, la idea de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros, tratando de hacerlo todo en honor de estos divinos Huéspedes. También puedo considerar mis obligaciones como otras tantas manifestaciones de la divina voluntad, e intentar unirme a ella cuando las cumplo; o ejercitarme en “ver” a la luz de la fe, y por lo tanto dispuestas por la divina Providencia para mi bien, todas las circunstancias de la vida. Esto me animará a abrazar todo con gusto, repitiendo sin cesar al Padre eterno: estoy contento con todo lo que por mí haces.

“Señor, sea este mi lema: ¡Tú en mí y yo en Ti! ¡Qué bella es tu presencia en mí, en el santuario interno de mi alma! Haz que mi ocupación continua sea adentrarme en mi interior para perderme en Ti, para vivir junto contigo. Te siento tan vivamente en mi alma que me basta recogerme para encontrarte aquí, dentro de mí; y esa es toda mi felicidad.

¡Oh Señor, que viva contigo como amigo! Ayúdame a tener despierta mi fe y unirme a Ti a través de todas las cosas. Llevo el cielo en mi alma, pues Tú que sacias a los bienaventurados en la visión eterna, te me das en fe y ocultamente” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de esperanza (II)


Alimentando en nosotros la vida de Cristo, la Eucaristía alimenta una vida que no tiene término; uniéndonos a Él, que es la Vida, nos redime de la muerte. En efecto, Jesús dijo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día” (Jn. 6, 55). Notemos que dice: tiene la vida eterna, más bien que tendrá, porque la Eucaristía, acreciendo en nosotros la gracia -que es la semilla de la gloria- viene a sernos verdadera fuente de vida eterna. Y esto no sólo para el alma, sino también para el cuerpo: “La Hostia divina, le comunica el germen de la futura resurrección; el Cuerpo inmortal de Cristo, dice León XIII, infunden [en nuestro cuerpo] una semilla de inmortalidad que un día brotara y dará su fruto” (Encíclica Mirae caritatis). Considerado a esta luz, el Sacramento de la Eucaristía es verdaderamente el Sacramento de la esperanza: esperanza de la gloria celestial, de la visión beatífica, en que nuestra “comunión” con Cristo no tendrá fin. La “comunión” eterna empieza aquí abajo precisamente con la Comunión eucarística que es su preludio, su prenda y, en cierto modo, hasta su anticipación. Más también para la vida presente, en especial para cuanto se refiere a nuestro progreso espiritual, es la Eucaristía motivo de esperanza y confianza. En efecto, aumentando en nosotros la gracia, aumenta también la caridad, y, creciendo ésta, las pasiones quedan reprimidas: el aumento de la caridad -afirma San Agustín- es debilitación de las pasiones, y su perfección es supresión de las mismas. Si en ocasiones la lucha contra algún defecto o tentación se hace más violenta y difícil, si, a pesar de nuestros esfuerzos, no logramos vencer del todo la naturaleza, confiemos en la Eucaristía: Jesús viniendo a nosotros puede calmar toda tempestad y darnos la fuerza para ganar cualquier batalla. “La carne castísima de Jesús, enseña San Cirilo de Alejandría, reprime la insolencia de nuestra carne; efectivamente, Cristo, residiendo en nosotros, apacigua la ley de la carne que se ceba en nuestros miembros. La Eucaristía es, pues, nuestra esperanza para la vida presente y para la futura; nos sostiene en las adversidades, nos fortifican en la lucha por la virtud, nos guarda para la vida eterna y nos conduce a ella suministrándonos el viático necesario para el viaje”

“¡En ti, oh Jesús Sacramentado, manjar celestial, están encerrados todos los bienes! Y ¿qué otra cosa puede el alma desear cuando contiene en sí Aquél que contiene todas las cosas? Si deseo caridad, teniendo en mí al que es la caridad perfecta, vengo a tener la perfección de la caridad, y así por manera semejante de la fe, de la esperanza, de la pureza, de la paciencia, de la humildad y de la mansedumbre; porque Tú, ¡oh Cristo!, gracias a este Manjar, produces en el alma todas las virtudes. Y ¿qué otra cosa puedo querer y desear, si todas las virtudes, los dones y gracias que ansío están reunidas en Ti, ¡oh Señor!, que estás realmente bajo las especies sacramentales, como estás en realidad en el Cielo a la diestra del Padre? Teniendo, pues, y poseyendo un bien tan grande, nada más quiero, nada más deseo, nada más ansío” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de esperanza (I)


Haz que yo tenga hambre de Ti, Pan de los Ángeles, prenda de la gloria futura.

Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi Carne para la vida del mundo”. Este discurso no agradó a los judíos, que se pusieron a discutir contradiciendo las palabras del Maestro; pero Él replicó con más énfasis: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis la vida en vosotros” (Jn. 6, 51-54). Las palabras son perentorias y no admiten suerte de duda: quien quiere vivir ha de comer el Pan de vida. Jesús ha venido a traer la vida al mundo, la vida sobrenatural de la gracia que ha sido dada a nuestras almas mediante el Bautismo; y nos ha sido dada precisamente porque dicho sacramento nos ha injertados en Cristo, de modo que de Él, de su plenitud, hemos recibido esta vida. Pero dicha vida ha de ser alimentada, y nuestra inserción en Cristo debe ser cada vez más profunda. Precisamente con este objeto ha querido Jesús venir a nosotros con todo su ser de Hombre-Dios, y ha querido hacerse el pan de nuestra vida sobrenatural, el pan de nuestra unión con Él. “Muchas madres -dice San Juan Crisóstomo- dan a nodrizas los hijos que ellas han traído al mundo. Jesús no ha obrado así, sino que nos nutre Él mismo con su propia Sangre y nos incorpora absolutamente a sí”. Como el Bautismo es el sacramento que nos injerta en Cristo, la Eucaristía es el sacramento que alimenta en nosotros la vida de Cristo, que torna cada vez más estrecha e íntima nuestra unión con Él, que llega hasta transformarnos en Él. “Al modo que si se vierte cera derretida encima de otra cera, se sigue necesariamente que la una se confunde totalmente con la otra, así quién recibe la Carne y la Sangre del Señor se une de tal manera a Él, que Cristo reside en él y él en Cristo” (San Cirilo de Jerusalén).

¡Oh Padre celestial! Nos has dado a tu Hijo y nos lo has enviado al mundo por sola tu voluntad. Y Tú, Jesús mío, por la tuya propia quieres ahora no desampararnos, sino estarte aquí con nosotros para más gloria de tus amigos. Esta es la razón por qué Tú, Padre celestial, nos has dado este Pan sacratísimo, este mantenimiento y maná de la Humanidad de Jesús; “que le hallamos como queremos y que, si no es por nuestra culpa, no nos moriremos de hambre”. Alma mía, encontrará siempre en el Santísimo Sacramento, de todas cuántas maneras quisieres comer, sabor y consolación, y después de haber comenzado a gustar al Salvador, no habrá trabajo ni persecución que no sea fácil de pasar. “Es como si entra un criado a servir; tiene cuenta con contentar a su señor en todo. Mas él está obligado a dar de comer al siervo mientras está en su casa y le sirve... Pues no sería bien andar el criado pidiendo de comer, pues sabe tiene cuidado su amo de dárselo y le ha de tener. Con razón le dirá que se ocupe él en servirle y en cómo le contentar, que por andar ocupado el cuidado en lo que no le ha de tener no hace cosa a derechas. Tenga quién quisiere cuidados de pedirle el pan material. Nosotros pidamos al Padre Eterno merezcamos recibir nuestro Pan celestial de manera que, ya que los ojos del cuerpo no se pueden deleitar en mirarle por estar tan encubierto, se descubra a los del alma y se le dé a conocer, que es otro mantenimiento de contentos y regalos y que sustenta la vida” (Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Natividad de la Santísima Virgen María


Desde muy antiguo se tienen noticias de esta fiesta de la Virgen, primero en Oriente y luego en la Iglesia universal.

La antífona de entrada de la Misa de este día dice: “Celebremos con alegría el Nacimiento de María, la Virgen: de Ella salió el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios”.

La invitación a la alegría de los textos litúrgicos es constante desde los antiquísimos comienzos de esta fiesta. Es lógico que así sea: si se alegran las familias, los amigos y vecinos cuando nace una criatura, y si se celebran los cumpleaños con júbilo, ¿cómo no nos íbamos a llenar de alegría en la conmemoración del nacimiento de nuestra Madre? Este acontecimiento feliz nos señala que el Mesías está ya próximo: María es la Estrella de la mañana que, en la aurora que precede a la salida del sol, anuncia la llegada del Salvador, el Sol de justicia en la historia del género humano. “Convenía, señala un antiguo escritor sagrado, que esta fulgurante y sorprendente venida de Dios a los hombres fuera precedida de algún hecho que nos preparara para recibir con gozo el gran don de la salvación. Y éste es el significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el Nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes... Que toda la creación, pues, rebose de contento y contribuya a su modo a la alegría propia de este día. Cielo y tierra se aúnen en esta celebración y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo”.

La Liturgia de la Misa de hoy aplica a la Virgen recién nacida el pasaje de la Carta a los romanos (Rm 8, 28-30) en el que San Pablo describe la misericordia divina que elige a los hombres para un destino eterno: María, desde la eternidad, es predestinada por la Trinidad Beatísima para ser la Madre de su Hijo. Para este fin fue adornada de todas las gracias: “El alma de María fue la más bella que Dios crio, de tal manera que, después de la encarnación del Verbo, ésta fue la obra mayor y más digna que el Omnipotente llevó a cabo en este mundo”. La gracia de María en el momento de su concepción sobrepasó las gracias de todos los santos y ángeles juntos, pues Dios da a cada uno la gracia que corresponde a su misión en el mundo. La inmensa gracia de María fue suficiente y proporcionada a la singular dignidad a la que Dios la había llamado desde la eternidad. Fue tan grande María en santidad y belleza, expone San Bernardo, que no convenía que Dios tuviese otra Madre, ni convenía tampoco que María tuviese otro Hijo que Dios. Y San Buenaventura afirma que Dios puede hacer un mundo mayor, pero no puede hacer una madre más perfecta que la Madre de Dios.

Recordemos hoy también que nosotros hemos recibido de Dios la llamada a la santidad, a cumplir una misión concreta en el mundo. Además de la alegría que nos produce siempre el contemplar la plenitud de gracia y la belleza de Nuestra Señora, también debemos pensar que Dios nos da a cada uno las gracias necesarias y suficientes, sin que falte una, para llevar a cabo nuestra vocación específica en medio del mundo. También hoy podemos considerar que es lógico que deseemos festejar el aniversario del propio nacimiento, nuestro cumpleaños, porque Dios quiso expresamente que naciéramos, y porque nos llamó a un destino eterno de felicidad y de amor.

Fuente: Francisco Fernández Carbajal, Hablar con Dios, ver 8 de septiembre, pto. I

Vida de oración (II)


Como la oración no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho, así la vida de ininterrumpida plegaria consiste más en el amor que en el pensamiento. Sin embargo, es necesaria cierta actividad discursiva, sea para encaminar el corazón a Dios, ya para mantenerlo en esa dirección.

El alma que pone interés en hacer la oración mental, fácilmente atesorará en ella pensamientos buenos que le servirán durante el día para tener el corazón ocupado en Dios; por eso será útil que con frecuencia procure durante sus ocupaciones renovar tales ideas y hacerlas vida práctica.

Si, por ejemplo, hemos considerado en la oración la misericordia infinita de Dios, durante el día procuremos que esa idea nos acompañe en nuestras labores, descubriendo en las varias circunstancias que salgan al paso otros tantos rasgos de esa misericordia. Pues muchos acontecimientos que, desde un punto de vista humano, son desagradables y penosos, esconden en la realidad verdaderas misericordias del Señor que quiere despegarnos de las criaturas, hacernos ejercitar la virtud, adelantar en el bien, mediante los dolores, las fatigas y molestias de la vida. Por otra parte, procuremos imitar la misericordia divina en nuestro trato con el prójimo. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc. 6, 36).

Si nuestra oración transcurrió envuelta en sequedad, sin inspirarnos pensamiento alguno determinado, sino solamente en convencimiento profundo de nuestra nada y de la infinita grandeza de Dios, sacaremos provecho de ella esforzándonos durante el día en cumplir nuestras obligaciones con espíritu de humildad y de obsequio al Señor, contentos de que se ofrezca alguna ocasión de humillarnos, de reconocer nuestra pequeñez delante de las criaturas y de exaltar, por el contrario, las grandezas del Señor.

De este modo la oración no será un acto aislado en el programa de cada día, sino que penetrará lo íntimo de cada obra, confiriendo a cada acción y circunstancia sentido de plegaria continua.

“¡Dios mío! Si tu amor me embriagara, no buscaría en todas las cosas sino el modo de servirte con mayor diligencia y perfección, y con generosidad de corazón me esforzaría en hacer sólo lo que más te agrada, negando en todo y por todo mi voluntad.

Concédeme, Señor, tan grande fervor, y un amor tan sin medida que no haga diferencia entre vida y vida, estado y estado, persona y persona, tiempo y tiempo, lugar y lugar, sino que de todos modos y en todo procure hacer lo que te agrada, suspirando siempre por Ti con el afecto de mi alma. Haz que vea todas las cosas en Ti y que en todas ellas no vea sino a Ti, ansioso y anhelante de servirte en todo; y encendido, abrazado de amor no considere nunca lo que para mí es más fácil o cómodo, si no lo que es más agradable a Ti.

Concédeme, Señor, imitar a los espíritus angélicos que no cesan de contemplarte, aun cuando están en nuestra compañía. Haz que sirva y trate a mis hermanos viéndote en ellos y ofrezca mi ayuda al prójimo presentándote a Ti mi corazón. Y si me olvido de este buen ejercicio, ayúdame a tornar a él, de modo que pueda servirte siempre con el corazón fijo en Ti” (San Buenaventura).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Consagrarse al Sagrado Corazón (II)


Cuando se habla de consagración total al Sagrado Corazón, no ha de entenderse de la consagración que se hace a Dios mediante los votos religiosos -cosa reservada sólo a unos pocos-, sino de esa consagración total que Jesús mismo en el Evangelio propone a todos, y que cada uno está obligado a practicar según su estado. “Ama a tu Dios -te dice Jesús- con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza” (Mc. 12,30); con esta repetición de “todo” te exige un amor total, y por eso exige también la entrega total de ti mismo, o sea, exige que te entregues a Él y a su servicio, no a medias, sino plenamente. El camino para realizar esto, para demostrar con hechos la veracidad de tu amor y de tu entrega total, te lo indica también Jesús: “Si me amas, guarda mis mandamientos” (Jn 14, 15). No vayas, pues, lejos en busca de modos y formas particulares para actuar tu devoción al Sagrado Corazón, no la hagas consistir en cosas excepcionales o extraordinarias, aprende más bien a encontrarla muy cerca de ti: en la vida cotidiana concreta. Consagrarte totalmente al Sagrado Corazón quiere decir tomar sus mandamientos, su voluntad, sus deseos y sus gustos como norma de tu vida, siempre pronto a renunciar a tu voluntad y a tus gustos cuando discrepen de los suyos. Son muchos los cristianos que se consagran al Sagrado Corazón, pero son pocos los que viven su consagración y la viven plenamente. La mayoría la viven a medias, es decir, saben preferir la voluntad de Jesús a la propia cuando el obrar diversamente sería pecado mortal, pero cuando se trata de pecados veniales, y más aún si de imperfecciones, no tienen escrúpulos de contrariar al Corazón de Jesús y de obrar a su talante. Pero Jesús busca amigos más fieles, busca almas que vivan su consagración hasta el punto de no preferir jamás un deseo o un gusto personal a sus deseos y gustos. ¿No quieres ser de éstos? “Hijo, dame tu corazón”-te repite Jesús-; y añade: “dámelo totalmente, viviendo enteramente según mi Corazón”.

“Enséñame, amabilísimo Salvador, el perfecto olvido de mí mismo, porque éste es el camino que puede permitirme entrar en tu adorable Corazón; y pues que en adelante lo haré todo por Ti, haz que sea digno de Ti cuanto yo haga. Enséñame lo que debo hacer para llegar a la pureza de tu amor; pero dame este amor, dámelo ardentísimo y generosísimo. Dame esa profunda humildad sin la cual nadie puede agradarte, cumple en mí todos tus santos deseos” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Consagrarse al Sagrado Corazón


La devoción al Corazón Sagrado desemboca espontáneamente en un acto de consagración, mediante el cual la criatura quiere darse toda al Dios que tanto la ha amado. Consagrarse al Sagrado Corazón -enseña León XIII- “quiere decir entregarse, unirse a Jesucristo, por todo el honor, todo el homenaje; toda la piedad para con el Sagrado Corazón se endereza, en realidad, a Jesús mismo”. Y Pío XI explica en qué consiste dicho acto: “con esta piadosa consagración nos ofrecemos al Corazón de Jesús a nosotros mismos y todas nuestras cosas, reconociendo que la hemos recibido de la eterna caridad de Dios”.

Amar y darse: “amar es darlo todo, es darse aún a sí mismo”, ha cantado Santa Teresa del Niño Jesús. El amor, cuando es verdadero, tiene necesidad de la entrega total, y en esta entrega total a Dios, el alma amante encuentra su paz y su descanso. El grito enardecido de San Pablo: “El amor de Cristo nos apremia”, se resuelve en su magnífico “que los vivos no vivan ya para sí mismos, sino para Aquel que por ellos murió” (II Cor. 5, 14-15). Sí, la caridad de Cristo nos constriñe a que no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Aquel que ha muerto por nosotros. Quien se consagra a una persona, se entrega todo a ella, no se pertenece más, no puede vivir más para sí mismo; sus gustos, sus intereses y sus deseos deben ceder el puesto a los gustos, intereses y deseos de aquel a quien se ha entregado y a quién ahora pertenece. Este es el significado profundo de la consagración al Sagrado Corazón, consagración que, lejos de reducirse a recitar una fórmula, debe apoderarse de toda nuestra persona, de nuestra vida y de nuestras aptitudes, empeñando todo nuestro ser y nuestro haber en el servicio del Divino Corazón.

“¡Corazón adorable de mi amabilísimo Jesús! ¿Qué has encontrado en mí de bueno para llegar a amarme sin medida, aun cuando mi corazón, manchado con mil culpas, no manifestaba hacia Ti más que indiferencia y esquivez? Las grandes pruebas de amor que Tú me has dado aun cuando yo no te amaba, me facultan a esperar que aceptarás gustoso las de mi amor. Acepta, pues, amabilísimo Salvador, el deseo que tengo de consagrarme enteramente al honor y a la gloria de tu Corazón santísimo; acepta el don que te presento de todo cuanto soy; te consagro mi persona, mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos, queriendo ser en lo sucesivo una víctima consagrada a tu gloria, abrazada al punto y consumida un día enteramente por las sagradas llamas de tu amor. Te ofrezco, pues, ¡oh Señor y Dios mío!, mi corazón con todos sus sentimientos, porque deseo que toda mi vida sea perfectamente conforme a los sentimientos del tuyo. Heme aquí, pues, ¡oh Señor!, que soy toda de tu Corazón; heme aquí toda tuya, ¡oh Dios mío! ¡Qué grandes son tus misericordias para conmigo!... Adorable Salvador, recibe también mi consagración como desagravio por la ofensa que no he cesado de hacerte hasta ahora, correspondiendo tan mal a tu amor. Reconozco que te doy bien poca cosa, pero al menos quiero darte todo cuando poseo y sé que Tú deseas; por eso, consagrándote mi corazón, te lo doy para no recobrarlo más”(Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Nuestra Señora, Madre de la Consolación


Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo al mundo, “para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados” (Is 61, 2). De esta manera Jesús, el Cristo, es constituido el supremo consuelo de los hombres; en quien el Padre ha manifestado toda la fuerza de su poder. De igual manera la Virgen María es venerada en la Iglesia con el título de “Madre del consuelo” o “Consoladora de los afligidos”, ya que por medio de ella Dios envió el consuelo a su pueblo, Jesucristo.

La singular manifestación de esta maternidad de consolación sucede en el Calvario, junto a la cruz, cuando María es asociada a los sufrimientos de Cristo y soporta el dolor inmenso del sacrificio que convenía para la salud del género humano. Allí María merece la aplicación de aquella bienaventuranza que Jesús promete a cuantos lloran en compasión por cuantos sufren (cf. Mt 5, 5).

Por otro lado la gran consolación en su dolor la recibe María por la resurrección de su Hijo. Desde la vida que acontece en el Cristo resucitado, ella puede ejercer su maternidad, puede consolar a sus hijos en cualquier lucha (cf. II Co 1, 3-5).

María, después de la ascensión del Señor a los cielos, continúa ejercitando esta maternidad, haciéndose presente en medio de la comunidad cristiana que ora y espera: “estando en oración con los apóstoles, pidió ardientemente y esperó confiada el Espíritu del consuelo y de la paz”. Así, María no deja de interceder con amor de madre por la humanidad entera, en cuanto sufre aflicción por los males de este mundo.

Con esta advocación es reconocida María como Patrona de la Orden de San Agustín y de toda la Familia Agustiniana. Su fiesta se celebra el 4 de septiembre, con rango de solemnidad en la Liturgia de la Orden, con misa propia.

Este título estuvo siempre envuelto en una aureola de bellísima leyenda, a la que ayudó la iconografía plasmada en la práctica totalidad de iglesias, capillas y oratorios de la Orden; en grabados, libros y estampas de culto y devoción. Esta leyenda justifica el título por el consuelo que la Virgen otorgó a Santa Mónica en su aflicción por la muerte de su esposo Patricio y el camino errado de su hijo Agustín. Se cuenta que estando Mónica, mujer de lágrimas, en plena aflicción por la reciente viudedad y soledad en la que su hijo le dejaba, se apareció la Virgen María, quien la consoló exhortándole a vestirse de negro y ceñirse con una correa, verdadero ceñidor de la caridad. Después de su conversión, muerta Santa Mónica, Agustín se vistió de igual modo y legó correa y hábito negro a sus discípulos en la vida religiosa.

La correa se va a convertir, junto al corazón traspasado y ardiente de Agustín, en el signo iconográfico agustiniano por antonomasia, llegando a desarrollarse, al amparo de la leyenda de la Virgen de Consolación, San Agustín y Santa Mónica, un uso milagroso de la misma y una devoción similar al escapulario de la Virgen del Carmen (carmelitas) o al Rosario en la Orden de Predicadores (dominicos).

Fuente: Fr. Jesús Miguel Benítez, OSA, Advocaciones Marianas en la Orden de San Agustín

De los sermones del Doctor Melifluo


Hablando de la abeja, pensamos en la dulzura de la miel y en la punzada del aguijón.

El Hijo de Dios era una abeja que habitaba entre los lirios, se alimenta de azucenas y habita en la patria florida de los ángeles. La abeja divina ha bajado a la ciudad de Nazaret, que significa, ciudad de las flores. Y se llegó hasta la perfumada flor de la virginidad perpetua de María. Se posó en su seno y se quedó adherida a Ella.

La celestial abeja tenía la miel y también el aguijón, pues el profeta, al cantar su misericordia, exalta también su justicia. Sin embargo, al venir a nosotros por María, trajo sólo la miel y no el aguijón; es decir, la misericordia sin los rigores de la justicia.

Por eso, en aquella ocasión en que los discípulos intentaron persuadir al Señor a que lloviera fuego y arrasara una ciudad que no había querido recibirle, se les replicó que el Hijo del hombre no había venido a condenar al hombre, sino a salvarlo.

Nuestra abeja no tiene aguijón. Se ha desprendido de él cuando, entre tantos ultrajes, mostraba la misericordia y no el juicio.

Pero no confiéis en la maldad, no abuséis de la confianza. Algún día, nuestra abeja volverá a tomar su aguijón y lo clavará con toda su fuerza en las médulas de los pecadores.

Fuente: San Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Adviento y la Navidad

El Gran Medio de la Oración (VIII)


Esto mismo vino a decir San Bernardo, cuando escribió: ¿Quiénes somos nosotros y qué fortaleza tenemos para poder resistir a tantas tentaciones? Pero esto cabalmente era lo que pretendía el Señor: que entendamos nuestra miseria y que acudamos con toda humildad a su misericordia, pues no hay otro auxilio que nos pueda valer. Muy bien sabe el Señor que nos es muy útil la necesidad de la oración, pues por ella nos conservamos humildes y nos ejercitamos en la confianza. Y por eso permite el Señor que nos asalten enemigos que con nuestras solas fuerzas no podemos vencer, para que recemos y por ese medio obtengamos la gracia divina que necesitamos.

Conviene sobre todo que estemos persuadidos que nadie podrá vencer las tentaciones impuras de la carne si no se encomienda al Señor en el momento de la tentación. Tan poderoso y terrible es este enemigo que cuando nos combate se apagan todas las luces de nuestro espíritu y nos olvidamos de las meditaciones y santos propósitos que hemos hecho, y no parece sino que en esos momentos despreciamos las grandes verdades de la fe y perdemos el miedo de los castigos divinos. Y es que esa tentación se siente apoyada por la natural inclinación que nos empuja a los placeres sensuales. Quien en esos momentos no acude al Señor está perdido. Ya lo dijo San Gregorio Nacianceno: La oración es la defensa de la pureza Y antes lo había afirmado Salomón: Y como supe que no podía ser puro, si Dios no me daba esa gracia, a Dios acudí y se la pedí. Es, en efecto, la castidad una virtud que con nuestras propias fuerzas no podemos practicar, necesitamos la ayuda de Dios, mas Dios no la concede sino a aquel que se la pide. El que la pide, ciertamente la obtendrá.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. II.

El Gran Medio de la Oración (VII)


Oigamos a San Agustín: Verdad es que el hombre con sus solas fuerzas y con la gracia ordinaria y común que a todos es concedida no puede observar algunos mandamientos, pero tiene en sus manos la oración y con ella podrá alcanzar esa fuerza superior que necesita para guardarlos. Estas son textuales palabras: Dios no manda cosas imposibles, pero, cuando manda, te exhorta a hacer lo que puedes y a pedir lo que no puedes, y entonces te ayuda para que lo puedas. Tan célebre es este texto del gran Santo que el Concilio de Trento se lo apropió y lo declaró dogma de fe. Mas, ¿cómo podrá el hombre hacer lo que no puede? Responde al punto el mismo Doctor a continuación de lo que acaba de afirmar: Veamos y comprenderemos que lo que por enfermedad o vicio del alma no puede hacer, podrá hacerlo con la medicina. Con lo cual quiso darnos a entender que con la oración hallamos el remedio de nuestra debilidad, ya que cuando rezamos nos da el Señor las fuerzas necesarias para hacer lo que no podemos.

Sigue hablando el mismo San Agustín y dice: Sería temeraria insensatez pensar que por una parte nos impuso el Señor la observancia de su divina ley y por otra que fuera esa ley imposible de cumplir. Por eso añade: Cuando el Señor nos hace comprender que no somos capaces de guardar todos sus santos preceptos, nos mueve a hacer las cosas fáciles con la gracia ordinaria que pone siempre a nuestra disposición: para hacer las más difíciles nos ofrece una gracia mayor que podemos alcanzar con la oración. Y si alguno opusiere por qué nos manda el Señor cosas que están por encima de nuestras fuerzas, le responde el mismo Santo: Nos manda algunas cosas que no podemos para que por ahí sepamos qué cosas le tenemos que pedir. Y lo mismo dice en otro lugar con estas palabras: Nadie puede observar la ley sin la gracia de Dios, y por esto cabalmente nos dio la ley, para que le pidiéramos la gracia de guardarla. Y en otro pasaje viene a exponer igual doctrina el mismo San Agustín. He aquí sus palabras: Buena es la ley para aquel que debidamente usa de ella. Pero ¿qué es usar debidamente de la ley? A esta pregunta contesta: Conocer por medio de la ley las enfermedades de nuestra alma y buscar la ayuda divina para su remedio. Lo cual quiere decir que debemos servirnos de la ley ¿para qué?, para llegar a entender por medio de la ley (pues no tendríamos otro camino) la debilidad de nuestra alma y su impotencia para observarla. Y entonces pidamos en la oración la gracia divina que es lo único que puede curar nuestra flaqueza.

Fuente: San Alfonso María de Ligorio, El Gran Medio de la Oración, Cap. II.

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