El Santo Rosario


El Santo Rosario es la más importante de las devociones marianas. Se atribuye su creación a Santo Domingo de Guzmán. La misma Santísima Virgen lo ha recomendado especialmente en sus apariciones de Lourdes y de Fátima. Asimismo los Papas: desde el siglo XV hasta nuestros días casi no ha habido un solo Papa que no lo haya recomendado vivamente.

“Deseamos que el Rosario se rece con mayor devoción por todos los fieles, ora sea en los templos, ora ya privadamente en las casas; y ahora debe hacerse con el fin principal de que los enemigos de Cristo, aquellos que rechazaron y desprecian al divino Hacedor, todos aquellos que pretenden conculcar la libertad de la Iglesia, los que se rebelan contra todas las leyes divinas y humanas, humillados y arrepentidos, vuelvan al buen camino por la intercesión de la Santísima Virgen, y alcancen la fe colocados bajo el amparo y tutela de tan buena Madre. La misma que, vencedora de la herejía albigense, arrojó el error de los países cristianos, conmovida por nuestras fervorosas preces acabará con los nuevos errores del “comunismo”, que pretende penetrar en las naciones católicas. Y como en otros tiempos la cruz era la enseña de nuestros soldados y la oración la voz unánime de los pueblos de Europa, así ahora todo el mundo, en las ciudades, pueblos, aldeas y villas, pida con gran devoción a la Madre de Dios que sean humillados los enemigos de Dios y del género humano y que la verdadera luz ilumine a la humanidad angustiada y ofuscada...

Además, el santo Rosario, no solamente es arma para derrotar a los enemigos de Dios y de la religión, sino que además promueve y fomenta las virtudes evangélicas. Y, en primer lugar, reanima la fe católica con la contemplación de los divinos misterios y eleva el entendimiento al conocimiento de las verdades reveladas por Dios. Cosa muy saludable en estos tiempos, en los que no pocos de los cristianos sienten hastío y tedio en las cosas del espíritu y de la doctrina católica.

También hace revivir la esperanza: con la consideración del triunfo de Jesucristo y de su Madre, que se medita en la última parte del Rosario, se nos muestra el cielo abierto y se nos invita a desear ansiosamente aquella patria bienaventurada. Y mientras el deseo de las cosas terrenas enciende los corazones de tantos mortales, mientras los hombres anhelan por efímeras riquezas y vanos placeres, por el pensamiento de los misterios gloriosos somos llamados a la consecución de los bienes eternos, de aquellos tesoros celestiales “donde no llegan los ladrones ni roe la polilla” (Lc 12,33).

Cuando languidece la caridad de tantos cristianos, ¿cómo no se inflamarán los corazones al recuerdo de la pasión y muerte de nuestro Redentor y de las angustias de su atribulada Madre, consideradas en la segunda parte del Rosario? Y de esta caridad para con Dios nacerá un intenso amor al prójimo al considerar cuántos trabajos y dolores padeció Cristo para retornar a la herencia perdida a todos los hombres”. (S.S. Pío XI)

Fuente: P. Alfredo Saenz, Magníficat

Jesús transfigurado (II)


Continuamos con los motivos de la Transfiguración de Jesús señalados por el Papa San León Magno.

II) Fundar la esperanza de la Iglesia

¡Qué gran favor y qué poderoso aliento para nuestra esperanza! Éstos mis pies que, andando por caminos de abrojos, van dejando huellas de sangre. Éstas mis manos encallecidas de tanto trabajar o agujereadas por clavos. Ésta mi frente punzada con las espinas de una corona. Estos surcos de mis mejillas de las reciedumbres de los soles y del escozor de las lágrimas, por ser pies, manos y frente, y mejillas del Cuerpo místico de Jesús, estoy cierto, porque Él me da la certeza, de que un día, que será día eterno sin noche, despedirán fulgores de sol, y blanca blancura de nieve.

¡Con qué gozo canta, más que escribe, el apóstol san Pablo el himno de la claridad futura: “Estamos aguardando al Salvador Jesús, Cristo Señor nuestro, que transformará nuestro vil cuerpo, y lo hará conforme al suyo glorioso”! (Flp 3, 20-21).

III) La confirmación y elevación de la ciencia del apóstol

El conocimiento que de Jesús tenga el apóstol, debe ser tan inconmovible como ilustrado. Su fe ha de ser la roca en que descansen los creyentes y el arsenal en que se fortifiquen y reparen.

¡Qué pródigamente acude Jesús a ese robustecimiento y elevación de la fe de sus íntimos!

En aquella excelsitud del monte los apóstoles oyen hablar y dar testimonio de Jesús a su mismo eterno Padre y a Moisés y Elías, la más augusta representación de la Ley y de los Profetas.

¿Qué testimonio le falta a Jesús?

¡Con qué seguridad podía decir después el apóstol san Pedro: “Nosotros oímos también esta voz venida del cielo y vimos su gloria, estando con El en el monte santo”! (2 Pe 1, 18).

¡Con qué plenitud de certeza natural, histórica, sobrenatural y profética, se formaba el conocimiento de Jesús en el alma de sus apóstoles!

De esta suerte el apóstol por su fe viva estará tan lleno de la visión de Jesús triunfante y del gusto anticipado de su posesión por la esperanza, que cuando la fe y la esperanza de los demás vacilen o desmayen al choque de los fracasos, de las tentaciones y de los desalientos, verá luz en las tinieblas, triunfo en la derrota y podrá gritar con la misma ingenua alegría de san Pedro en el Tabor: “¡Señor, qué bien se está aquí!” (Mt 17, 4). O con el gozo y la firmeza de san Pablo: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, insensatez para los gentiles.” (1 Cor 1, 23). Y “lejos de mí gloriarme más que en la Cruz de Cristo...” (Gal 6, 14) en el cual está la salud, la vida y la resurrección nuestra.

Eso es ver a Jesús como es y su acción como El la ve.

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la eucaristía

Jesús transfigurado (I)


Jesús, que ha dispuesto darse a conocer y a amar al mundo por medio de sus apóstoles, persiste en su empeño de que éstos lo conozcan de todos los modos que puede ser conocido.

Después de ver a Jesús íntimo entre sus apóstoles, detengámonos unos momentos en otro aspecto suyo con que se dignó regalar a tres de aquéllos, sus más íntimos.

Toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y los lleva aparte solos a un monte alto y, mientras oraba, se transfigura delante de ellos y su rostro resplandece como el sol y sus vestiduras se tornaron resplandecientes y en extremo blancas como la nieve. Y al momento, se les aparecieron Moisés y Elías en forma gloriosa, hablando con Él (Mt 17,1-9; Mc 9,2-8; Lc 9,28-36)

¿Por qué se transfigura Jesús?

El Papa san León, en su sermón sobre la Transfiguración, levanta el velo de ese gran misterio y nos introduce en los secretos motivos que tuvo Jesús para abrir aquel espléndido paréntesis en su vida ordinaria en favor de aquellos tres hombres.

Tres motivos apunta el santo Pontífice y a cual más poderosos:

- Prevenir el escándalo de la Cruz

- Fundar la esperanza de la Iglesia

- Confirmar y elevar la ciencia del apóstol

I) Para prevenir el escándalo de la Cruz y el vilipendio de la Pasión

A los que, por decirlo así, nacemos adorando y reverenciando a Jesús clavado en una cruz, no nos es fácil darnos cuenta del inmenso descalabro, de la conturbación honda que debió recibir la fe de los apóstoles ante el espectáculo de Jesús preso y atado, abofeteado y escupido, condenado a muerte y ejecutado en un patíbulo.

¿El Omnipotente preso? ¿El Justo condenado? ¿El Inocente enclavado en Cruz? ¿El Salvador sin salvación? ¿El Rey libertador escarnecido por la soldadesca? ¿El seguido, aclamado y abrumado por las muchedumbres, abandonado? ¿Dios muerto?

¿No es verdad que cada pregunta de éstas, era bastante para poner en peligro de quebranto a la fe más inquebrantable?

Tan dura era la prueba, tan inminente el peligro de confusión, que aun entre aquellos tres mismos privilegiados con la visión de Jesús entre resplandores y blancuras y voces de gloria, uno solo, Juan, ha permanecido fiel, inconmovible en la fe y en la adhesión en la hora del escándalo de la Cruz y de la abyección de la Pasión. De los otros dos uno huyó, Santiago. Y otro, Pedro, llegó a negarlo...

Jesús, Jesús, ¡qué falta nos hace a tus apóstoles llenar bien la retina del alma de la visión sobrenatural de la cruz de tu gloria que tienes como comprimida bajo los velos de tu Humanidad y de las especies sacramentales para con ella verte y hacerte ver, en el escándalo del Sagrario abandonado o profanado y en el vilipendio de la Pasión que con lenguas, manos, pluma y toda suerte de armas te hacen constantemente sufrir tus enemigos en tus sacerdotes, templos, escuelas e instituciones. ¡Cuesta tanto ver triunfos en las derrotas aparentes de Jesús y de su Iglesia en el mundo!

Ésa, ésa es la gran obra de la fe del apóstol: ver y hacer ver, a través de todas las desfiguraciones que el odio y el abandono amontonan, a Jesús radiante de luz y de gloria.

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la eucaristía

La Santa Misa (I)


Haz, ¡oh Jesús!, que yo comprenda cada vez mejor el valor y significado de tu Sacrificio eucarístico.

La santa Misa es el centro del culto litúrgico. Como la obra redentora de Jesús culmina en el Calvario con su muerte de cruz, así la acción litúrgica, que prolonga la obra de Jesús en el mundo, culmina en la santa Misa, que renueva y perpetúa en nuestros altares el sacrificio de la Cruz. Jesús quiso que los preciosos frutos de redención merecidos por Él en el Calvario para todo el género humano, fuesen aplicados y transmitidos a cada creyente individualmente por su participación en el sacrificio eucarístico. De nuestros altares fluye sin cesar la fuente de gracia que hizo brotar Jesús en el Calvario, fuente a la que todo fiel está obligado a acercarse una vez, al menos, cada semana, asistiendo a la Misa festiva, pero a la cual nos es dado aproximarnos todos los días, todas las veces que tomamos parte en el Sacrificio del altar. La santa Misa es “la fuente de la vida”. Jesús repite sin interrupción, al ofrecerse e inmolarse sobre los altares: “Quien tenga sed, venga a Mí y beba” (Jn 7, 37).

“El augusto sacrificio del altar -dice la Encíclica Mediator Dei- no es una mera y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino un verdadero y estricto sacrificio, en el que el Sumo Sacerdote, inmolándose incruentamente, repite lo que una vez hizo sobre la Cruz”. Idéntica la Víctima, idéntico el Sacerdote, sólo es diverso el modo de hacer la ofrenda: sobre el Calvario de modo cruento, en el altar de modo incruento. Si nosotros no vemos en la santa Misa, como María Santísima lo vio en el Calvario, el Cuerpo desangrado de Cristo y su Sangre manando de las heridas, los tenemos, sin embargo, realmente presentes en fuerza de la Consagración. Además, realizándose esta divina presencia bajo distintas especies, se renueva místicamente la muerte cruenta acaecida en el Calvario con la separación real del Cuerpo y de la Sangre del Salvador.

“¡Oh Eterno Padre! Permíteme ofrecerte el Corazón de Jesús, tu Hijo amadísimo, como Él mismo se te ofrece en el santo Sacrificio del altar. Acepta, si te place, por mi esta ofrenda; acepta todos los deseos, los sentimientos, los afectos, los movimientos y actos de su Corazón sacrosanto. Todos son míos porque Él los sacrifica por mí, y protesto no tener en el futuro otros deseos que los suyos. Recíbelos en satisfacción por mis pecados y en agradecimiento por tus beneficios; recíbelos para concederme, en virtud de sus méritos, todas las gracias que necesito, principalmente la de la perseverancia final. Recíbelos como otros tantos actos de amor, de adoración, de alabanza, que ofrezco a tu Majestad divina, pues sólo con ellos eres dignamente honrado y glorificado.

¡Dios mío! Te ofrezco a tu amado Hijo en agradecimiento por el bien que me haces, como petición, ofrecimiento, adoración mía, y como mi todo. Recíbelo, ¡oh Padre Eterno!, por todo lo que de mi deseas, pues nada digno tengo para ofrecerte, sino Aquél de quien con tanto amor me concedes gozar” (Santa Margarita María Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Qué pocos son los que aman a Jesús


En el Calvario es donde se han formado los Santos. El Calvario es el monte de los que aman y las llagas abiertas de Jesús crucificado son el refugio y la morada de las palomas del Señor. El que no ama estar en el Calvario o habitar en esas llagas, nunca amará verdaderamente a Jesús. Puesto que si fue el amor lo que le hizo abrazar la cruz y lo clavó al duro madero, si, en fin, sufrió y murió por el gran amor que tenía hacia cada uno de nosotros, ¿podremos nosotros permanecer indiferentes a su caridad tan abundante?, ¿podemos dejar de amar un bien tan infinito, a un Dios que se deshace en amor hacia nosotros? Sobre el Calvario es donde han aprendido a amar Teresa, Catalina, Inés y todos los santos del cielo. Para hablar bien del amor de Cristo crucificado se necesitaría una pluma empapada en la sangre del Crucificado y un corazón que sienta, que ame y que viva sacrificado al amor y a la santa voluntad de Dios. Pero yo he estado tan alejado de esta disposición que no encuentro otra salida si no es la de humillarme y confundirme. No amar a Dios que por nuestro amor ha padecido y muerto, ¡qué delito! Desde hace tantos años haber estado en la escuela del Crucificado y no haber aprendido todavía la lección tan fácil del amor; predicar a los demás el amor de Dios y permanecer insensible y frío, ¡qué monstruosidad! Si nos ordenase continuos ayunos, largos viajes, penitencias corporales, podría disculparme diciendo: No puedo. Pero nos manda amarlo; ¿qué excusa tengo si soy insensible? ¿Qué mandamiento hay más fácil, más dulce, más suave que éste? ¡Ay de mí, qué severos reproches en el gran día del juicio! ¡No haber amado al Padre más amoroso, al amigo más sincero, al hermano más tierno y al esposo más bello y atrayente! ¿Qué indignidad existe mayor que la nuestra? ¡Haber recibido un corazón para amar a Jesús y profanar y ensuciar este corazón introduciendo en este santuario el amor a las criaturas! ¡Él nos ama tanto y nosotros tan fríos! ¡Él nos pide nuestro corazón y nosotros se lo negamos para dárselo a la criatura!

Él con invitaciones, con remordimientos y estimulándonos insistentemente a amarlo y nosotros haciéndonos los sordos a sus llamadas, apagando los remordimientos y viviendo sin amarlo. ¡Ah, qué pocos son los que aman a Jesús! ¡Dicen que lo aman, pero en realidad no lo aman! Lo aman en el Tabor, pero no en el Calvario; lo aman cuando experimentan alguna ternura y sensibilidad, pero no en las contrariedades y en las humillaciones. ¡Ah, qué pocos, incluso personas religiosas, son los que aman verdaderamente y con todo el corazón a Jesús Crucificado! Dios nos conceda la gracia de ser del número de estos pocos.

Fuente: De las Exhortaciones del beato Marco Antonio Durando

La Santísima Virgen apresura el tiempo de la redención


En todo el tiempo en que la gran Señora María moró en este valle de lágrimas, tuvo siempre la más grande compasión por las desgracias de la humanidad.

Toda su vida fue una continua oración al Sumo Dios para que se dignase enviar pronto al Redentor prometido, y fue por las oraciones de María que Dios apresuró el tiempo de la Redención.

María con todos era siempre afable y caritativa, y nos basta con recordar el hecho de las Bodas de Caná para comprender la gran misericordia y ternura de María, ya que, no impulsada por nadie, obtuvo por su Hijo el milagro en favor de aquella familia afligida.

Pero si María fue tan compasiva aquí en la tierra, no lo es menos ahora que se encuentra allá en los cielos, Reina suprema de todo el Paraíso. Allá María escucha benigna las súplicas y las oraciones de todos los que la invocan, y desde allá derrama gracias y beneficios sobre todos los que buscan su socorro.

Además, como si todo eso fuese poco, María Santísima suele usar de vez en cuando un trato especial de su materno amor cuando las miserias humanas son demasiadas, cuando los pecados llegan al colmo, y Dios está pronto para descargar sus azotes, y María, movida a compasión por nuestro estado, deja las sedes altísimas del firmamento, abandona por un instante el Palacio Real de los cielos, y toda compasiva como Ella es, baja hasta este valle de lágrimas para hacerse ver por los hijos de los hombres, para sacudirlos de su letargo, para llamarles al buen camino, para fortalecer su fe, para consolarles en su esperanza.

Fuente: De los Escritos de san Aníbal María Di Francia, presbítero y fundador

No es lícito establecer diferencia entre las verdades de la fe


Donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los cristianos. Los llamados “pancristianos”, han llegado a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las más de ellas, de hombres católicos, aunque discordes entre sí en materia de fe.

Ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora bien: si Dios ha hablado -y que haya hablado lo comprueba la historia-, es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente la revelación de Dios. Y con el fin de que cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó en la tierra su Iglesia.

Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que Cristo fundó una Iglesia, y precisamente una sola. Por tanto, la Iglesia de Cristo no sólo ha de existir necesariamente hoy, mañana y siempre, sino también ha de ser exactamente la misma que fue en los tiempos apostólicos, si no queremos decir -y de ello estamos muy lejos- que Cristo Nuestro Señor no ha cumplido su propósito, o se engañó cuando dijo que las puertas del infierno no habían de prevalecer contra ella (Mt 16, 18).

Aun cuando podrá encontrarse a muchos no católicos que predican a pulmón lleno la unión fraterna en Cristo, sin embargo, hallarán pocos a quienes se ocurre que han de sujetarse y obedecer al Vicario de Jesucristo cuando enseña o manda y gobierna.

Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe?

Por tanto, ¿cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás?

En lo que concierne a las cosas que han de creerse, de ningún modo es lícito establecer aquella diferencia entre las verdades de la fe que llaman fundamentales y no fundamentales, como gustan decir ahora, de las cuales las primeras deberían ser aceptadas por todos, las segundas, por el contrario, podrían dejarse al libre arbitrio de los fieles; pero la virtud de la fe tiene su causa formal en la autoridad de Dios revelador que no admite ninguna distinción de esta suerte. Por eso, todos los que verdaderamente son de Cristo prestarán la misma fe al dogma de la Madre de Dios concebida sin pecado original como, por ejemplo, al misterio de la augusta Trinidad.

Ojalá Nuestro Divino Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad, oiga Nuestras ardientes oraciones para que se digne llamar a la unidad de la Iglesia a cuantos están separados de ella. Con este fin, sin duda importantísimo, invocamos y queremos que se invoque la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Divina Gracia, develadora de todas las herejías y Auxilio de los cristianos, para que cuanto antes nos alcance la gracia de ver alborear el deseadísimo día en que todos los hombres oigan la voz de su divino Hijo, y conserven la unidad del Espíritu Santo con el vínculo de la paz. Bien comprendéis, cuánto deseamos este retorno, y cuánto anhelamos que así lo sepan todos Nuestros hijos, no solamente los católicos, sino también los disidentes de Nos; los cuales, si imploran humildemente las luces del cielo, reconocerán, sin duda, a la verdadera Iglesia de Cristo, y entrarán, por fin, en su seno, unidos con Nos en perfecta caridad.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Mortalium Animos

Novena de ánimas


Hoy comienza el piadoso ejercicio de la novena de ánimas, dedicado a rezar especialmente por las almas del Purgatorio, almas santas a quienes está asegurada la posesión de la Gloria eterna, pero que han muerto con alguna culpa venial, o sin haber satisfecho plenamente la Justicia divina. Pacientes y resignadas bendicen a Dios como el más tierno de los padres, aunque las trate como Juez inexorable, reconociéndose merecedoras de las penas que padecen. En sus tormentos no tienen otra esperanza que la que fundan en nosotros, ya que el tiempo de enmendarse y merecer acaba con la muerte. Considera que esta devoción agrada muchísimo a Dios, no sólo por la caridad que nos une con las almas benditas, esposas suyas queridísimas, sino por la gloria que le procura al mismo Dios. Nuestra insensibilidad sería tanto más cruel cuanto más fácil nos es socorrerlas. Y ¡qué dicha si logramos librar alguna de esas almas! Te deberá a ti la libertad y la posesión de una felicidad infinita ¿Cómo no suplicará por ti a Dios, te socorrerá en los peligros y necesidades y pondrá todo su empeño en que alcances también el Cielo?

Y ¿cómo podemos aliviar a las almas del Purgatorio? “No nos mostraríamos bastante reconocidos al Señor que dio a los hombres poder para satisfacer los unos por los otros si no procuramos satisfacer de algún modo las deudas que han contraído con la divina Justicia nuestros hermanos difuntos”. Así habla el Catecismo Romano.

El principal medio de socorrerlas está en el altar; es el santo sacrificio de la Misa, según nos lo enseña el Santo Concilio de Trento. “No en vano, dice San Juan Crisóstomo, han recomendado los Apóstoles que se hiciera especial mención de los difuntos al tiempo de inmolar la sagrada Víctima pues bien sabían que ellos participan en gran manera de los frutos de esta inmolación”. La Santa Misa es, en efecto, de un valor infinito. Es la sangre de Jesucristo que allí habla, que pide justicia para el Redentor que reclama el precio de sus merecimientos; misericordia en favor de estas almas cautivas, porque Él tiene derecho de aplicarles sus méritos. En la Misa se renuevan su muerte mística, sus padecimientos, sus tormentos, que Él sustituye a los que ellas padecen. Santa Mónica, momentos antes de expirar, decía: “No os preocupe la suerte de mi cuerpo; haced de él lo que queráis; pero lo que os pido es que os acordéis de mí en el altar del Señor”.

La oración, la limosna, las varias obras de misericordia y de penitencia, pero de un modo especial, las indulgencias ganadas en sufragio suyo, alivian en gran manera sus sufrimientos, y les abren las puertas del cielo, acelerando el día de su libertad.

Todo esto me ha de mover a favorecerlas cuanto pudiere, aunque lo quite de mí para dárselo a ellas.

1. Porque si viese arder a un amigo en un grande fuego y pudiese sacarle de allí, sin daño mío y sin quedarme yo, crueldad sería no sacarle. Pues si con la fe veo arder a tantas almas en tan terrible fuego y puedo librarlas con Misas, indulgencias y otras buenas obras, será gran caridad ser cuidadoso en esto.

2. Y si lo que querría para mí, he de querer para mi prójimo, justo es hacer lo que pudiere para a librar a los que penan en el Purgatorio, como yo querría que otros lo hiciesen por mí cuando este allá.

3. Especialmente, que con esto me hago digno de que Dios tenga cuidado de inspirar a otros que me ayuden, porque “los misericordiosos alcanzarán misericordia” en el género de cosas que ellos la tuvieron. Y las mismas almas, cuando llegan a ver a Dios, son muy agradecidas a los que las favorecieron en sus trabajos, y solicitarán el favor de Dios para nosotros en los nuestros.

4. Y aunque me quite la satisfacción de la obra que aplico al difunto, pero en dársela de limosna aumento el merecimiento porque crece la caridad, quitándome lo que yo había menester, por socorrer al necesitado.

Entra dentro de ti mismo y mira hasta dónde llega tu caridad para con las benditas almas del Purgatorio.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

La Preciosa Sangre de Cristo


“Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero” (Adorote devote)

La Iglesia ha revelado ya a los hijos de la nueva Alianza, el precio de la Sangre con que fueron rescatados, su virtud fortificante, y la honra y adoración que merece. El Viernes Santo, la tierra y los cielos contemplaron todos los crímenes anegados en la ola de salvación, cuyos diques eternos habíanse roto, por fin, con el esfuerzo unido de la violencia de los hombres y del amor del Corazón divino.

La paz traída por esta Sangre, la corriente de sus ondas que saca de los abismos a los hijos de Adán purificados, la sagrada mesa dispuesta para ellos, y este cáliz de donde procede el licor embriagador, todos estos preparativos quedarían sin objeto, todas estas magnificencias serían incomprendidas si el hombre no viese en ellas los efectos de un amor cuyas pretensiones no pueden ser sobrepujadas por ningún otro amor.

Es ley establecida por Dios desde el principio, que no puede haber perdón de los pecados ni redención completa, sin sacrificio que expíe y repare; y que este sacrificio exija derramamiento de sangre. En la antigua alianza la sangre exigida era la de animales inmolados ante el Tabernáculo del Templo. Pero solamente valía para limpiar el exterior y no podía ni santificar a las almas, ni darles derecho para entrar en el tabernáculo celestial.

Pero, el día fijado por la Sabiduría eterna, vino Cristo, nuestro verdadero y único Pontífice. Derramó en sacrificio su preciosísima Sangre. Nos purificó, y, en virtud de esta sangre derramada, entra y nos hace entrar en el santuario del cielo. Desde entonces su expiación y nuestra redención son cosas adquiridas definitivamente para la eternidad. Su sangre, transmisora de su vida, purifica no sólo nuestro cuerpo sino nuestra alma, centro de nuestra vida; borra en nosotros las huellas del pecado, expía, reconcilia, sella y consagra la alianza nueva, y una vez purificados y reconciliados, nos hace adorar y servir a Dios con culto digno de Él.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Caridad y compasión de San Francisco (III)


No hay inteligencia humana que pueda entender lo que sentía cuando pronunciaba, santo Señor, tu nombre; aparecía todo él jubiloso, lleno de castísima alegría, como un hombre nuevo y del otro mundo. Por eso mismo, dondequiera se encontrase un escrito divino o humano, en el camino, en casa o sobre el suelo, lo recogía con grandísimo respeto y lo colocaba en lugar sagrado y decoroso, en atención a que pudiera estar escrito en él el nombre del Señor o algo relacionado con éste. Como un religioso le preguntara en cierta ocasión para qué recogía con tanta diligencia también los escritos de los paganos y aquellos en que no se contenía el nombre del Señor, respondió: “Hijo mío, porque en ellos hay letras con las que se compone el gloriosísimo nombre del Señor Dios. Lo bueno que hay en ellos, no pertenece a los paganos ni a otros hombres, sino a sólo Dios, de quien es todo bien”. Y cosa no menos de admirar: cuando hacía escribir algunas cartas de saludo o exhortación, no permitía que se borrase una letra o sílaba, así fuera superflua o improcedente.

¡Oh cuán encantador, qué espléndido y glorioso se manifestaba en la inocencia de su vida, en la sencillez de sus palabras, en la pureza del corazón, en el amor de Dios, en la caridad fraterna, en la ardorosa obediencia, en la condescendencia complaciente, en el semblante angelical! En sus costumbres, fino; plácido por naturaleza; afable en la conversación; certero en la exhortación; fidelísimo a su palabra; prudente en el consejo; eficaz en la acción; lleno de gracia en todo. Sereno de mente, dulce de ánimo, sobrio de espíritu, absorto en la contemplación, constante en la oración y en todo lleno de fervor. Tenaz en el propósito, firme en la virtud, perseverante en la gracia, el mismo en todo. Pronto al perdón, tardo a la ira, agudo de ingenio, de memoria fácil, sutil en el razonamiento, prudente en la elección, sencillo en todo. Riguroso consigo, indulgente con los otros, discreto con todos.

Fuente: Cf. Tomás de Celano, Vida Primera de San Francisco, Cap. XXIX

En la Fiesta del Beato Carlos de Austria


Oración al Beato Carlos en tiempo de calamidad

Oh Beato Carlos, has aceptado las difíciles tareas y desafíos que Dios te ha dado durante tu vida y has confiado siempre en Nuestro Señor Jesucristo a través de la guía del Espíritu Santo, y en María, Madre de Dios y nuestra, siempre has encontrado inspiración, consuelo y esperanza. Ven en nuestra ayuda ahora que somos probados por esta calamidad e intercede por nosotros. Te confiamos las almas de los que han fallecido; llévalos al abrazo misericordioso de Dios y consuela a todos los que lloran y sufren el duelo. Intercede por la curación de los enfermos para que recuperen la fuerza y la salud del cuerpo y del espíritu. Tú que has sido un verdadero rey cristiano, guía e ilumina a los líderes de las naciones, para que adopten decisiones justas y sabias por el bien y la paz de la humanidad. Fortalece a los médicos, enfermeros y científicos con la sabiduría, el conocimiento y la compasión del Médico Divino. Disipa nuestra soberbia para que podamos cooperar por la paz y la unidad. Alcánzanos la fe para que podamos experimentar y ser testigos de la saludable intervención de Dios. Ayúdanos a poner nuestras vidas en las manos de Dios Todopoderoso y hacer su santa voluntad, para que podamos alabarlo por siempre como tú lo hiciste. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Beato Carlos de Austria, ruega por nosotros.

Oración del apóstol laico

Señor Jesús, que nos has llamado al honor de aportar nuestra humilde contribución al trabajo del Apostolado Jerárquico; Tú, que has rogado al Padre Celestial no que nos sacara del mundo sino que nos guardara del mal; concédenos en abundancia tu luz y tu gracia para vencer, en nosotros mismos, el espíritu de las tinieblas y el pecado, a fin de que, conscientes de nuestros deberes, perseverantes en el bien e inflamados de celo por tu causa, con la fuerza del ejemplo, de la oración, de la acción y de la vida sobrenatural, nos hagamos cada día más dignos de nuestra misión, y más aptos para establecer y promover entre los hombres, nuestros hermanos, tu Reino de justicia, de amor y de paz. Amén. (Oración compuesta por S.S. Pío XII)

Señor Jesucristo, Rey y centro de los corazones. Rendidos a tus pies, te suplicamos la gracia de ser fieles hijos de Dios y soldados valerosos de tu Iglesia. Por tu gran compasión borra nuestras culpas y líbranos del poder del enemigo. Danos tu Santo Espíritu para que, llevando una vida santa e irreprochable en tu presencia por el amor, seamos capaces de enseñar a los hombres tus caminos para que se vuelvan a Ti, su Creador.

Mira, Señor, que han llegado tiempos en que la sana doctrina no es soportada por los hombres, sino que, buscándose maestros que halaguen sus oídos, se echan a andar por el camino ancho que lleva a la perdición, olvidando tu ley y tu amor.

Por eso acudimos a Ti, nuestro Dios y Redentor, para que te dignes auxiliarnos con tu mano poderosa en esta nuestra lucha cotidiana. Que el ejemplo y la intercesión de tu Santísima Madre, la Virgen María, nos hagan salir victoriosos de las pruebas presentes, para que, luchando sin descanso por tu honor y por tu gloria, alcancemos el premio que nos tienes preparado y ayudemos a muchos otros a alcanzarlo. Te lo pedimos a Ti que eres Rey, glorioso e inmortal, de los siglos y de los pueblos. Amén.

Fuente: Cf. Oraciones de los Grupos de Estudio de ARCADEI

Espíritu de fe (II)


El alma que vive de fe no encuentra a Dios sólo en la oración, sino que, viéndole en todas las cosas, en todas se topa con Él y así puede mantener comunicación con Él aun en medio de los negocios. El espíritu de fe le permite superar la opacidad de las criaturas y de los acontecimientos de modo que más allá de ellos encuentra siempre a Dios. Las causas segundas se hacen transparentes para ella, permitiéndole descubrir en seguida la Causa primera, Dios, presente y operante en todas partes. Saber encontrar y reconocer a Dios en toda criatura, aun en las que nos contrarían, nos ofenden, nos hacen sufrir, en todo suceso desagradable, doloroso o desconcertante, es un gran secreto de vida interior. Entonces el mundo se convierte en un libro abierto que en cada página tiene escrita con grandes letras la única palabra: Dios. Delante de Dios, de su voluntad, de su permisión, de sus planes, todo pasa a segundo plano y se entiende cuán necio sea fijar la vista en las criaturas, cuando éstas no son más que el velo que oculta al Criador. Pero ese espíritu profundo de fe requiere de nosotros un ejercicio asiduo.

En mis relaciones con el prójimo -y ¡cuántas personas trato durante el día!-, debo habituarme a saludar a Dios presente en toda criatura; en los deberes de mi estado, en las órdenes de mis superiores puedo ver expresa la voluntad divina; en todas las circunstancias grandes, pequeñas o pequeñísimas, que me procuran fastidio, molestia, sufrimiento, sobrecarga de trabajo, cambio de planes, debo aprender a aprovechar otros tantos medios de que Dios se sirve para ejercitarme en la virtud: la paciencia, generosidad, caridad. Que las horas de oración me sirvan para apreciar con esta luz sobrenatural todos los detalles de mi vida, de modo que pueda, a través de ellos, encontrar siempre al Señor.

Concédeme, Señor, una mirada de fe tan límpida y penetrante que, más allá de las criaturas y circunstancias humanas, vea siempre tu mano que guía y dirige todo, que me invita continuamente a seguirte, a unirme contigo. Haz que mire más a Ti, que eres el Creador presente y operante en todo, que a las criaturas; que sepa reconocerte en mi prójimo; que te encuentre en cualquier suceso de mi vida. Las criaturas no retengan mi mirada y mi corazón, antes bien aspire más a Ti que a ellas, viva más contigo que con ellas, sin dejar de ocuparme en ellas según mi deber. ¡Señor, Tú eres la primera y grande realidad, la realidad única y absoluta en que todo tiene movimiento y vida! Haz que las pequeñas realidades terrenas que de Ti reciben el ser, no se pongan ante mi vista de modo que me impidan verte, encontrarte, unirme a Ti a través de todas las cosas.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Caridad y compasión de San Francisco (II)


Sería excesivamente prolijo, y hasta imposible, reunir y narrar todo cuanto el glorioso padre Francisco hizo y enseñó mientras vivió entre nosotros. ¿Quién podrá expresar aquel extraordinario afecto que le arrastraba en todo lo que es de Dios?

¿Quién será capaz de narrar de cuánta dulzura gozaba al contemplar en las criaturas la sabiduría del Creador, su poder y su bondad? En verdad, esta consideración le llenaba muchísimas veces de admirable e inefable gozo viendo el sol, mirando la luna y contemplando las estrellas y el firmamento. ¡Oh piedad simple! ¡Oh simplicísima piedad! [...] Como en otro tiempo los tres jóvenes en la hoguera invitaban a todos los elementos a loar y glorificar al Creador del universo, así este hombre, lleno del espíritu de Dios, no cesaba de glorificar, alabar y bendecir en todos los elementos y criaturas al Creador y Gobernador de todas las cosas.

¿Quién podrá explicar la alegría que provocaba en su espíritu la belleza de las flores, al contemplar la galanura de sus formas y al aspirar la fragancia de sus aromas? Al instante dirigía el ojo de la consideración a la hermosura de aquella flor que, brotando luminosa en la primavera de la raíz de Jesé, dio vida con su fragancia a millares de muertos. Y, al encontrarse en presencia de muchas flores, les predicaba, invitándolas a loar al Señor, como si gozaran del don de la razón.

Y lo mismo hacía con las mieses y las viñas, con las piedras y las selvas, y con todo lo bello de los campos, las aguas de las fuentes, la frondosidad de los huertos, la tierra y el fuego, el aire y el viento, invitándoles con ingenua pureza al amor divino y a una gustosa fidelidad. En fin, a todas las criaturas las llamaba hermanas, como quien había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y con la agudeza de su corazón penetraba, de modo eminente y desconocido a los demás, los secretos de las criaturas. Y ahora, ¡oh buen Jesús!, a una con los ángeles, te proclama admirable quien, viviendo en la tierra, te predicaba amable a todas las criaturas.

Fuente: Cf. Tomás de Celano, Vida Primera de San Francisco, Cap. XXIX

La grandeza eminente de la maternidad (II)


La concepción de la personalidad y de la comunión humana que se deduce del Evangelio no permite aprobar la renuncia voluntaria a la maternidad por el simple deseo de conseguir ventajas materiales o satisfacciones en el ejercicio de determinadas actividades. En efecto, eso constituye una deformación de la personalidad femenina, destinada a la propagación connatural mediante la maternidad.

De igual forma, la unión matrimonial no puede agotarse en el egoísmo de dos personas: el amor que une a los esposos tiende a propagarse en su hijo y a transformarse en amor de los padres a su hijo, como lo testimonia la experiencia de muchas parejas de los siglos pasados y también de nuestro tiempo: parejas que, en el fruto de su amor, han hallado el camino para fortalecerse y afianzarse, y, en ciertos casos, para recuperarse y volver a empezar.

Por otra parte, la persona del hijo, aunque acabe de ser concebido, ya goza de derechos que se deben respetar. El niño no es un objeto del que su madre puede disponer, sino una persona a la que debe dedicarse, con todos los sacrificios que la maternidad implica, pero también con las alegrías que proporciona.

Así pues, también en las condiciones psico-sociales del mundo contemporáneo, la mujer está llamada a tomar conciencia del valor de su vocación a la maternidad, como afirmación de su dignidad personal, como capacidad y aceptación de la expansión de sí misma en nuevas vidas, y, a la luz de la teología, como participación en la actividad creadora de Dios.

A la luz de la revelación bíblica y cristiana, la maternidad aparece como una participación en el amor de Dios hacia los hombres: amor que, según la Biblia, tiene también un aspecto materno de compasión y misericordia.

Junto con la maternidad que se ejerce en la familia, existen muchas otras formas admirables de maternidad espiritual, no sólo en la vida consagrada, sino también en todos los casos en que vemos a mujeres comprometidas, con dedicación materna, en el cuidado de los niños huérfanos, los enfermos, los desventurados; y en las numerosas iniciativas y obras suscitadas por la caridad cristiana. Verdaderamente la mujer parece tener una específica sensibilidad, gracias a la especial experiencia de su maternidad, por el hombre y por todo aquello que constituye su verdadero bien, comenzando por el valor fundamental de la vida. No es, pues, exagerado definir lugar-clave el que la mujer ocupa en la sociedad y en la Iglesia.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 20 de julio de 1994

San Ignacio de Antioquía


San Ignacio fue el tercer obispo de Antioquía, del año 70 al 107. En aquel tiempo Roma, Alejandría y Antioquía eran las tres grandes metrópolis del imperio romano. En Antioquía, surgió una comunidad cristiana floreciente: su primer obispo fue el apóstol san Pedro y allí “por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (Hch 11, 26). Escribe Eusebio de Cesarea: “Desde Siria Ignacio fue enviado a Roma para ser arrojado como alimento a las fieras, a causa del testimonio que dio de Cristo. Al realizar su viaje por Asia, bajo la custodia severa de los guardias (que él, en su Carta a los Romanos, llama diez leopardos), en cada una de las ciudades por donde pasaba, con predicaciones y exhortaciones, iba consolidando las Iglesias; sobre todo exhortaba, con gran ardor, a guardarse de las herejías que ya entonces comenzaban a pulular, y les recomendaba que no se apartaran de la tradición apostólica”.

La primera etapa del viaje de san Ignacio hacia el martirio fue la ciudad de Esmirna, donde era obispo San Policarpo. Después fue a Tróada, y por último, llegó a Roma, donde, en el anfiteatro Flavio, fue dado como alimento a las bestias feroces.

Ningún Padre de la Iglesia expresó con la intensidad de san Ignacio el deseo de unión con Cristo y de vida en Él. En realidad, confluyen en san Ignacio dos “corrientes” espirituales: la de san Pablo, orientada totalmente a la unión con Cristo, y la de san Juan, concentrada en la vida en Él. A su vez, estas dos corrientes desembocan en la imitación de Cristo, al que san Ignacio proclama muchas veces como “mi Dios” o “nuestro Dios”.

Así, san Ignacio suplica a los cristianos de Roma que no impidan su martirio, porque está impaciente por “unirse a Jesucristo”. Y explica: “Para mí es mejor morir en Jesucristo, que ser rey de los términos de la tierra. Quiero a Aquel que murió por nosotros; quiero a Aquel que resucitó por nosotros... Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios”. En esas expresiones ardientes de amor se puede percibir el notable “realismo” cristológico típico de la Iglesia de Antioquía, muy atento a la encarnación del Hijo de Dios y a su humanidad verdadera y concreta.

La irresistible orientación de san Ignacio hacia la unión con Cristo fundamenta una auténtica “mística de la unidad”. Él mismo se define “un hombre al que ha sido encomendada la tarea de la unidad”.

Para san Ignacio la unidad es, ante todo, una prerrogativa de Dios, que existiendo en tres Personas es Uno en absoluta unidad. A menudo repite que Dios es unidad, y que sólo en Dios esa unidad se encuentra en estado puro y originario. La unidad que los cristianos debemos realizar en esta tierra no es más que una imitación, lo más cercana posible, del arquetipo divino.

Dice a san Policarpo: “Trabajad unos junto a otros, luchad unidos, corred a una, sufrid, dormid y despertad todos a la vez, como administradores de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de agradar al Capitán bajo cuya bandera militáis y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas”.

En la literatura cristiana san Ignacio fue el primero en atribuir a la Iglesia el adjetivo “católica”, es decir, “universal”: “Donde está Jesucristo -afirma- allí está la Iglesia católica”.

Como se puede ver, san Ignacio es verdaderamente “el doctor de la unidad”: unidad de Dios y unidad de Cristo (a pesar de las diversas herejías que ya comenzaban a circular y separaban en Cristo la naturaleza humana y la divina), unidad de la Iglesia, unidad de los fieles “en la fe y en la caridad, a las que nada se puede anteponer”, escribe.

Oremos para que el Señor nos ayude a lograr esta unidad y a encontrarnos al final sin mancha, porque es el amor el que purifica las almas.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 14 de marzo de 2007

Santa Margarita María, instrumento del Sagrado Corazón


Santa Margarita María fue el instrumento escogido por Dios para perfeccionar y puntualizar la devoción en su espíritu y en sus prácticas y para imprimirla un movimiento de extensión universal. Y si hasta entonces los devotos del Sagrado Corazón le habían tribulado principalmente un culto de adoración y de acción de gracias, Jesús pidió a la Santa Visitandina que en lo sucesivo ese culto a su Corazón fuese sobre todo un culto de reparación por los ultrajes que recibe de parte del mundo, que no quiere saber nada del Amor infinito.

Santa Margarita María deseó padecimientos, humillaciones, desprecios, como los quieren todas las almas llamadas a un apostolado fecundo en la Iglesia y a una vida de reparación y de expiación. Dios oyó su oración: tentaciones del demonio, asperezas de muchos miembros de su familia, sospechas de parte de sus Hermanas, padecimientos físicos que Dios mismo la mandaba; todo lo aceptó con grandísima paciencia y caridad para conseguir el triunfo y el reinado del Sagrado Corazón: “Con tal que este Corazón esté contento, decía, que sea amado y glorificado, eso nos debe bastar”. “En cuanto a los que se ocupan en darle a conocer y amar, ¡oh! si pudiese y me fuese lícito expresar lo que se me ha dado a entender sobre la recompensa que recibirán de este Corazón adorable, vos diríais como yo, que son dichosos los que se emplean en ejecutar sus designios. Este Divino Corazón se convertirá en asilo y puerto seguro, a la hora de la muerte, de todos los que le hayan honrado durante su vida y los defenderá y protegerá”.

Después de tanto trabajar y sufrir, sólo sentía necesidad de Dios y de abismarse en el Corazón de Jesucristo, y, al expirar el 17 de octubre de 1690, el médico declaró “que no le cabía la menor duda de que había muerto únicamente de amor de Dios”.

Pide a Jesús que se acuerde, según lo prometió, de los que confían en tus oraciones y que nos haga participantes de sus riquezas. Pero, como la entrada de su Corazón es muy estrecha y se necesita ser pequeño y despojarse de todo para poder entrar en El, alcánzanos ese desasimiento de las vanidades del mundo y esa humildad tan profunda que te infundía un gran desprecio de ti misma, a la vez que te ganaba las complacencias divinas, a fin de que, por tus méritos y a ejemplo tuyo, amándole en todo y sobre todo, merezcamos tener en el mismo Corazón, una mansión permanente.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Santa Teresa de Jesús - relato de su conversión


El año 1554 con 29 años de edad comenzó su conversión definitiva y entrega total a Dios. A partir de aquí avanza con pasos de gigante en la senda de la santidad.

Ella relata: Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.

Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba, que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas. Y no sabía lo que decía (que harto hacía quien por sí me las consentía derramar, pues tan presto se me olvidaba aquel sentimiento) y encomendábame a aquesta gloriosa santa para que me alcanzase perdón.

Mas esta postrera vez de esta imagen que digo, me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces.

En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las había visto. Yo soy muy aficionada a san Agustín, porque el monasterio adonde estuve seglar era de su Orden y también por haber sido pecador, que en los santos que después de serlo el Señor tornó a Sí, hallaba yo mucho consuelo, pareciéndome que en ellos había de hallar ayuda y que, como los había el Señor perdonado, podía hacerlo a mí; salvo que una cosa me desconsolaba, como he dicho, que a ellos sola una vez los había el Señor llamado y no tornaban a caer, y a mí eran ya tantas, que esto me fatigaba. Mas considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié; de mí muchas veces...

En cuanto comencé a leer las Confesiones, paréceme me veía yo allí. Comencé a encomendarme mucho a este glorioso santo. Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón. Estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas, y entre mí misma con gran aflicción y fatiga... Yo me admiro ahora cómo podía vivir en tanto tormento. ¡Sea Dios alabado, que me dio vida para salir de muerte tan mortal!

Fuente: Cf. Santa Teresa de Jesús, Vida, 9, 1-3; 9, 7-8. Citado por P. Ángel Peña O.A.R, Santa Teresa de Jesús: Vida y Obras, Ed. digital, pp. 26 y 27

Espíritu de fe (I)


Dame Señor, espíritu de fe, que me mantenga en comunicación contigo en cualquier circunstancia y ocupación del día.

Dos son los obstáculos principales que nos impiden perseverar en contacto con Dios en medio de las ocupaciones cotidianas. Ante todo, nuestra consideración demasiado humana de las cosas que ve los acontecimientos y las personas desde un ángulo visual, casi únicamente terreno, material. Después, la misma opacidad de las criaturas, la faceta penosa, desconcertante y hasta mala de muchas situaciones. Nos es fácil, mientras estamos en oración a los pies del Señor, pensar que lo encontraremos en todas las cosas, y en toda coyuntura, pero al hallarnos en trato con ciertas personas, al topar ciertas dificultades, el pensamiento de fe se desvanece y nos extraviamos en razonamientos humanos que nos hacen perder de vista a Dios y su obra en el mundo. El remedio mejor es cultivar un profundo espíritu de fe.

La fe, además de darnos a conocer a Dios en sí mismo como Trino, nos lo hace ver en las criaturas, en todas las circunstancias de la vida, pues Él está presente doquier con su acción providencial. Como Dios conoce las criaturas en relación a sí mismo, así la fe nos las presenta dependientes de Él, y nos las hace ver y juzgar en cierta medida como las ve y las juzga Dios mismo. La fe nos enseña que en el mundo no sucede nada, absolutamente nada, que no esté sometido al gobierno divino. Dios, es verdad, no puede querer el mal, por eso no quiere el pecado ni las consecuencias que de él se derivan: injusticias, guerras, disputas, etc., sino que simplemente lo tolera para no herir la libertad de sus criaturas. Sin embargo, Él interviene en cualquier situación, aun en las causadas por el pecado, para hacer entrar todo en su plan divino ordenado a su gloria, a la salvación y santificación de las almas.

Mi espíritu de fe debe ser tan concreto que me convenza de que ningún acontecimiento, ni de la vida privada, ni de la social de los pueblos, escapa al gobierno divino, gobierno tan sabio y transformador que de mal sabe sacar bien. Nada, por lo tanto, puedo ver desligado de Dios, y en cualquier persona, en cualquier momento puedo encontrarlo.

“¡Dios mío! Tu divina presencia está por doquier; contiene todo, lo supera todo, basta para todo, lo dispone todo gobernando cada cosa con amor y omnipotencia infinita. Delante de tu divina presencia lo demás es nada; ella es tan grande y poderosa que, en realidad, absorbe y hace desaparecer toda otra cosa, o sea, todo se vuelve nada ante tu vista.

¡Oh Señor! Haced que consiga ascender a Ti por lo criado, sin perderme en reflexiones y distinciones vanas de las criaturas, sino con sencillez y espíritu de fe, con fe viva y firme. Tú penetras doquier con tu bondad, con tu amor único e infinito y con tu omnipotencia. Esta verdad lo simplifica todo. En ella todo resulta esencial y sustancialmente uno; esta verdad sobrepasa, penetra, absorbe todo lo demás, todo lo criado: ¡Dios mío! Tú estás en todo, ¡qué riqueza! Haz, Señor, que viva yo en esta verdad como en mi centro, en un asilo de reposo, donde nada pueda afectarme, distraerme de Ti, si permanezco allí bien escondida” (Beata M. Teresa de Soubirán).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La devoción a María, gran señal de salvación


La verdadera devoción a la Virgen constituye una de las mayores señales de predestinación que, pueden encontrarse en una determinada persona, así como el sentir poco atractivo, y sobre todo tratar de rebajar la importancia de esta devoción constituye uno de los más temibles síntomas de eterna reprobación.

Es muy fácil demostrar teológicamente estas graves afirmaciones. Basta para ello recordar ciertos principios:

1º Dios ha dispuesto que todas las gracias que han de concederse a los hombres pasen por María, como Mediadora y Dispensadora universal de todas ellas. Por lo mismo, el verdadero devoto de María entra en el plan salvífico de Dios, que lo ha dispuesto libremente así. Y, por el contrario, el que se aparta voluntariamente de María, se aparta, por lo mismo, del plan divino de salvación. El primero lleva consigo, por consiguiente, una gran señal de que pertenece al número de los predestinados a la gloria; el segundo, en cambio, lleva consigo -por su voluntaria resistencia a entrar en los planes de Dios- un espantoso signo de eterna reprobación.

2º La devoción a María es necesaria para la salvación de todos los que conocen la existencia de María y saben que es obligatoria la devoción a Ella. Ahora bien, el verdadero devoto de María cumple esta obligación y muestra, por lo mismo, que está en camino de salvación, a la que llegará infaliblemente si no abandona esta devoción salvadora. Por el contrario, quien, agitado por las borrascas de este mundo, rehúsa asirse a la mano auxiliadora de María, pone en peligro su salvación.

Estos son los argumentos fundamentales que ha invocado siempre la tradición cristiana y el magisterio de la Iglesia a través de los papas y de la liturgia. Veamos algunos testimonios de esta doble fuente.

La tradición cristina. La prueba sacada de la tradición cristiana es sencillamente abrumadora. Se cuentan por millares los textos de los Santos Padres, teólogos y expositores sagrados. Citamos tan sólo unos pocos por vía de ejemplo.

San Ireneo: “María ha sido constituida causa de salvación para todo el género humano”.

San Juan Damasceno: “¡Oh, Soberana mía!, acepta la plegaria de uno de tus siervos. Es verdad que es pecador; pero te ama ardientemente, te mira como a la única esperanza de su alegría, como a la protectora de su vida, como a su Mediadora ante el Señor, como a la prenda segura de su salvación”.

San Pedro Damiano: “No podrá perecer ante el eterno Juez el que se haya asegurado la ayuda de su Madre”. San Anselmo: “Es imposible que se pierda quien se dirige con confianza a María y a quien ella acoge bien”.

San Bernardo: “Recurre a María... Te doy garantía segura: Ella será oída por su reverencia. El Hijo oirá a la Madre, de la misma manera que el Padre oye al Hijo. Hijitos, María es la escala de los pecadores, es mi más grande esperanza, es la razón de toda mi esperanza...”.

San Luis María Grignion de Montfort: “Es una señal infalible de reprobación... el no tener estima y amor a la Santísima Virgen; así como, por el contrario, es un signo infalible de predestinación de entregársele y serle devoto entera y verdaderamente”.

El Magisterio de la Iglesia. La jerarquía católica, en efecto, con su magisterio ordinario a través de los Sumos Pontífices, de la liturgia y de los obispos esparcidos por todo el mundo, ha bendecido, aplaudido y fomentado de mil diversas formas esta convicción profunda de todo el pueblo cristiano, en el que no es posible el error común o colectivo.

Fuente: Antonio Royo Marín, La devoción a María

Historia de la Virgen del Pilar


La tradición, tal como ha surgido de unos documentos del siglo XIII que se conservan en la catedral de Zaragoza, se remonta a la época inmediatamente posterior a la Ascensión de Jesucristo, cuando los apóstoles, fortalecidos con el Espíritu Santo, predicaban el Evangelio. Se dice que, por entonces (40 DC), el Apóstol Santiago el Mayor, hermano de San Juan e hijo de Zebedeo, predicaba en España. Aquellas tierras no habían recibido el evangelio, por lo que se encontraban atadas al paganismo. Santiago obtuvo la bendición de la Santísima Virgen para su misión.

Los documentos dicen textualmente que Santiago, “pasando por Asturias, llegó con sus nuevos discípulos a través de Galicia y de Castilla, hasta Aragón, el territorio que se llamaba Celtiberia, donde está situada la ciudad de Zaragoza, en las riberas del Ebro. Allí predicó Santiago muchos días y, entre los muchos convertidos eligió como acompañantes a ocho hombres, con los cuales trataba de día del reino de Dios, y por la noche, recorría las riberas para tomar algún descanso”.

En la noche del 2 de enero del año 40, Santiago se encontraba con sus discípulos junto al río Ebro cuando “oyó voces de ángeles que cantaban Ave, María, gratia plena y vio aparecer a la Virgen Madre de Cristo, de pie sobre un pilar de mármol”. La Santísima Virgen, que aún vivía en carne mortal, le pidió al Apóstol que se le construyese allí una iglesia, con el altar en torno al pilar donde estaba de pie y prometió que permanecerá este sitio hasta el fin de los tiempos para que la virtud de Dios obre portentos y maravillas por mi intercesión con aquellos que en sus necesidades imploren mi patrocinio”.

Desapareció la Virgen y quedó ahí el pilar. El Apóstol Santiago y los ocho testigos del prodigio comenzaron inmediatamente a edificar una iglesia en aquel sitio y, con el concurso de los conversos, la obra se puso en marcha con rapidez. Pero antes que estuviese terminada la Iglesia, Santiago ordenó presbítero a uno de sus discípulos para servicio de la misma, la consagró y le dio el título de Santa María del Pilar, antes de regresarse a Judea. Esta fue la primera iglesia dedicada en honor a la Virgen Santísima.

Muchos historiadores e investigadores defienden esta tradición y aducen que hay una serie de monumentos y testimonios que demuestran la existencia de una iglesia dedicada a la Virgen de Zaragoza. El más antiguo de estos testimonios es el famoso sarcófago de Santa Engracia, que se conserva en Zaragoza desde el siglo IV, cuando la santa fue martirizada. El sarcófago representa, en un bajo relieve, el descenso de la Virgen de los cielos para aparecerse al Apóstol Santiago.

Asimismo, hacia el año 835, un monje de San Germán de París, llamado Almoino, redactó unos escritos en los que habla de la Iglesia de la Virgen María de Zaragoza, “donde había servido en el siglo III el gran mártir San Vicente”, cuyos restos fueron depositados por el obispo de Zaragoza, en la iglesia de la Virgen María. También está atestiguado que antes de la ocupación musulmana de Zaragoza (714) había allí un templo dedicado a la Virgen.

El Papa Clemente XII señaló la fecha del 12 de octubre para la festividad particular de la Virgen del Pilar, pero ya desde siglos antes, en todas las iglesias de España y entre los pueblos sujetos al rey católico, se celebraba la dicha de haber tenido a la Madre de Dios en su región, cuando todavía vivía en carne mortal.

Fuente: Cf. corazones.org, Nuestra Señora del Pilar

La grandeza eminente de la maternidad (I)


Aunque a la mujer se le abran espacios de trabajo profesional en la sociedad y de apostolado en la Iglesia, nada podrá equipararse nunca con la eminente dignidad que le corresponde por su maternidad, cuando la vive en todas sus dimensiones. Vemos que María, modelo de la mujer, cumplió la misión por el camino de la maternidad.

Es necesario revalorizar la idea de la maternidad, que no es una concepción arcaica, propia de los comienzos mitológicos de la civilización. Aunque se multipliquen y aumenten las ocupaciones de la mujer, todo en ella, fisiología, psicología, hábitos casi connaturales, así como sentimiento moral, religioso e, incluso, estético, muestra y exalta su aptitud, su capacidad y su misión de engendrar un nuevo ser.

Aunque es verdad que la tarea de la madre debe coordinarse con la presencia y la responsabilidad del padre, la mujer desempeña el papel más importante al comienzo de la vida de todo ser humano.

Por desgracia, debemos constatar que el valor de la maternidad ha sido objeto de contestaciones y críticas. La grandeza que se le atribuye tradicionalmente ha sido presentada como una idea retrógrada, un fetiche social. Desde un punto de vista antropológico-ético, algunos la han considerado un límite impuesto al desarrollo de la personalidad femenina, una restricción de la libertad de la mujer y de su deseo de tener y realizar otras actividades. Así, muchas mujeres se sienten impulsadas a renunciar a la maternidad no por otras razones de servicio y, en definitiva, de maternidad espiritual, sino para poder dedicarse a un trabajo profesional. Muchas, incluso, reivindican el derecho a suprimir en sí mismas la vida de un hijo mediante el aborto, como si el derecho que tienen sobre su cuerpo implicara un derecho de propiedad sobre su hijo concebido. En alguna ocasión, a una madre que ha preferido afrontar el riesgo de perder la vida se la ha acusado de locura o egoísmo y, en todo caso, se ha hablado de atraso cultural. Son aberraciones en las que se manifiestan los terribles efectos del hecho de haberse alejado del espíritu cristiano, que es capaz de garantizar y de reconstruir también los valores humanos.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 20 de julio de 1994

Orar en nombre de Jesucristo


Para alcanzar el efecto de la oración es preciso orar en nombre de Jesucristo, pues no haciéndolo así es lo mismo que no orar, según se deduce de las palabras que dirigió a sus apóstoles: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis.

¿Nada habían pedido los apóstoles a Jesucristo hasta el momento de la cena en que les dirigió esas palabras? Sí, habían pedido ya varias cosas, según consta del mismo evangelio. San Pedro le había pedido permanecer con él en el Tabor; san Juan y Santiago sentarse al lado de su trono en su reino, y sin embargo dice a todos en general, que nada le habían pedido en su nombre. ¿Cómo se explica esto? Se explica diciendo que lo que pedían esos apóstoles era únicamente lo relativo al orden temporal, y como lo que no tiene relación alguna con la vida sobrenatural y eterna, es nada a los ojos del Salvador, por eso les dijo que nada le habían pedido en su nombre.

Orar en nombre de Jesucristo tomado en sentido literal y estricto es pedir por su intercesión y en virtud de sus méritos, pero además de ese sentido los santos Padres deducen otro menos estricto y más extenso. Rogar en nombre de Jesucristo, dicen es orar como Jesucristo quiere que se ore, del modo que ha mandado, y según las reglas que Él mismo trazara. En efecto: ¿cómo se puede decir que una oración se hace en nombre de Jesucristo, si esa oración no es conforme a lo que quiere Jesucristo? ¿Puede uno imaginarse que presente a su Padre y apoye oraciones viciosas en sí mismas o en el modo? Es claro que no. Es abogado y protector de los pecadores, pero no de los pecados. Lejos de apoyar, rechaza las oraciones con las cuales no pedimos lo que se debe pedir o como se debe pedir.

¿Qué debemos pedir para que sea en nombre de Jesucristo? Hay dos clases de bienes que pueden ser objetos legítimos de nuestras súplicas: bienes temporales y espirituales. No está prohibido pedir a Dios bienes temporales. Jesucristo mismo en la oración del Padre nuestro nos enseñó a pedir el pan de cada día. La Iglesia pide muchos bienes temporales: pide que nos libre el Señor del rayo y la tempestad, de los terremotos, de la peste, del hambre y de la guerra. Pidamos con ella esos bienes, pero como ella los pide, y guardando el mismo orden que ella guarda. Según el precepto del divino fundador comienza por pedir el reino de Dios y su justicia, y como cosas secundarias, los bienes temporales y sólo en cuanto sean conducentes a la salvación eterna. Así sólo se pide en nombre de Jesucristo y es eficaz la oración.

Jesucristo, que es el que nos promete ser escuchados, es salvador. De aquí se deduce, dice nuestro Padre san Agustín, que cuando no se pide lo que es útil a la salvación, no se ora en nombre del Salvador. No nos sorprendamos, pues, si la mayor parte de nuestras oraciones no son oídas, puesto que ordinariamente no pedimos sino cosas bajas y terrenas.

Fuente: De los sermones de san Ezequiel Moreno, obispo

La oración litúrgica (II)


La plegaria litúrgica, por ser la oración pública de la Iglesia, ha de conceder necesariamente amplio margen a los actos de culto externo, como ceremonias, cantos, rezos en común, etc., que deben llevarse a cabo con gran esmero. Eso no bastaría, sin embargo, si no fuera acompañado del culto interno: “La sagrada liturgia exige que estos dos elementos -culto externo e interno- vayan íntimamente ligados” (Encíclica Mediator Dei). No es suficiente asistir a las funciones sagradas, participar en las ceremonias y preces colectivas. Todo esto debe ser vivificado por la oración interior, personal, que eleva a Dios el corazón con el deseo de honrarle y conversar con Él. En la vida espiritual cada alma es libre de dar, según su devoción, más o menos amplio campo a la oración litúrgica o a la personal; pero nunca pueden estos dos modos de oración contraponerse, ni siquiera separarse, antes deben compaginarse de modo que la una vivifique y sostenga a la otra. Si la plegaria litúrgica debe ser vivificada por la personal, ésta debe encuadrarse en la litúrgica y alimentarse de ella. De hecho debemos, como fieles hijos de la Iglesia, apoyar nuestra oración personal en la liturgia. Siguiendo las preces litúrgicas, con el Misal o Vesperal festivo, amoldaremos nuestra vida de oración a los grandes misterios de la vida de Cristo que la Iglesia nos presenta en los varios tiempos litúrgicos, invitándonos no sólo a considerarlos, sino también a asociarnos a ellos. Así nuestra oración en Adviento se centrará en el misterio de la Encarnación; en Cuaresma, en el de la Pasión y Muerte de Jesús, y así sucesivamente.

De este modo la liturgia es como el gran riel de nuestra vida de oración y le proporciona alimento muy sustancioso. Así la oración personal se sumerge en la litúrgica y ésta en aquélla, pues una vez contemplados en meditación los misterios que la liturgia nos presenta, asistiremos a las funciones litúrgicas con mayor posibilidad de comprenderlas y gustarlas.

“Concédeme, ¡oh Jesús!, adorar al Padre en espíritu y verdad; concédeme, para hacerlo, adorarle por medio de Ti, en unión contigo, pues Tú solo eres verdadero Adorador en espíritu y verdad” (Santa Isabel de la Trinidad). Tú eres el solo Orante cuyas plegarias y cuyas adoraciones son perfectamente dignas de la Majestad infinita. Tú solo eres la alabanza perfecta de la Santísima Trinidad, pero a esa alabanza quieres asociar la Iglesia, tu esposa y madre mía, quieres asociarme a mí, tu miembro e hijo de la Iglesia. Haz, por lo tanto, que tomando parte en la oración de la Iglesia, participe también de tu oración. No consideres la miseria de mi oración personal, mírala por el contrario asociada siempre a la sublime e incesante súplica de tu Esposa. Mírala unida al coro perenne de alabanzas y ruegos que tus sacerdotes y las almas a ti consagradas y todos tus elegidos alzan continuamente a tu trono desde todos los confines de la tierra. Y haz que mi voz no desentone en este coro magnífico; ayúdame, para ello, a orar con espíritu de piedad, con ánimo atento y devoto, de modo que el corazón acompañe el movimiento de los labios y el sentimiento interior vivifique cada gesto, cada canto y cada palabra.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

¡Qué pena tengo de las almas que van al infierno!


Escribía Sor Lucía -la mayor de los tres pastorcitos a quienes se les apareció la Santísima Virgen en Fátima- al Obispo:

Excelentísimo y Reverendísimo Señor Obispo: dije ya a V. Excelencia Reverendísima, en las anotaciones que le envié, una vez leído el libro “Jacinta” que ella se impresionaba muchísimo con algunas de las cosas reveladas en el secreto. Ciertamente, así era.

Al tener la visión del infierno, se horrorizó de tal manera, que todas las penitencias y mortificaciones le parecían nada para salvar de allí a algunas almas. Bien; ahora respondo yo al segundo punto de interrogación que, de muchos sitios, hasta aquí me han llegado.

¿Cómo es que Jacinta, siendo tan pequeñita, se dejó poseer y llegó a comprender tan gran espíritu de mortificación y penitencia?

Me parece a mí que fue debido: primero, a una gracia especialísima que Dios, por medio del Inmaculado Corazón de María, le concedió; segundo, viendo el infierno y las desgracias de las almas que allí padecen.

Algunas personas, también piadosas, no quieren hablar a los niños del infierno para no asustarlos; pero Dios no dudó en mostrarlo a tres, y una de ellas de sólo seis años; y Él sabía que se había de horrorizar hasta el punto de, me atrevería a decir, sucumbir del susto.

Con frecuencia, se sentaba en el suelo o en alguna piedra, y pensativa, comenzaba a decir: “¡Oh infierno, oh infierno!, ¡qué pena tengo de las almas que van al infierno! ¡Y las personas, están allí vivas y arden como la leña en el fuego!”; y medio temblando se arrodillaba, las manos juntas, para rezar la oración que Nuestra Señora nos había enseñado: “¡Oh, Jesús mío!, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva a todas las almas al Cielo, principalmente las más necesitadas”...

Y permanecía así, por grandes espacios de tiempo, de rodillas, repitiendo la misma oración. De vez en cuando llamábame a mí o a su hermano, como acordándose de un sueño: “Francisco, Francisco, ¿vosotros estáis rezando conmigo? Es preciso rezar mucho, para librar a las almas del infierno. ¡Van para allá tantas, tantas!...”

A veces preguntaba todavía:

- ¿Qué pecados son los que se pueden cometer para ir al infierno?

- No sé; tal vez el pecado de no ir a Misa los Domingos, el robar, decir palabras feas, maldecir, jurar.

- ¿Y sólo así por una palabra van al infierno?

- Pues es pecado.

- ¿Qué les costaría estarse callados e ir a Misa? ¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiese mostrarles el infierno...!

A veces se agarraba a mí repentinamente, y decía:

- Yo voy al Cielo, pero tú que te quedas acá, si Nuestra Señora te deja, dile a todo el mundo cómo es el infierno para que no hagan más pecados y no vayan allá.

Otras veces, después de estar un rato pensativa, decía:

- ¡Tanta gente cayendo al infierno! ¡Tanta gente en el infierno!

Para tranquilizarla, le decía:

- No tengas miedo. Tú vas al Cielo.

- Pues, voy -decía con paz-, pero yo quisiera que toda aquella gente fuera allá también.

Cuando ella, por mortificarse, no quería comer, le decía yo:

- ¡Jacinta!, anda, ahora come.

- No. Ofrezco este sacrificio por los pecadores que comen demás.

Cuando durante la enfermedad iba algún día a Misa, le decía:

- Jacinta, ¡no vengas! Tú no puedes. Hoy no es domingo.

- ¡No importa! Voy por los pecadores que ni en domingo van.

Si sucedía oír algunas de esas palabras, que algunos parecían hacer alarde de pronunciar, se tapaba la cara con las manos, y decía:

- ¡Oh, Dios mío! Esta gente no sabe que por decir estas cosas pueden ir al infierno. Perdónalas, Jesús mío, y conviértelas. Por cierto, que no saben que con esto ofenden a Dios. ¡Qué pena, mi Jesús! Rezo por ellos. Y repetía la oración enseñada por Nuestra Señora: “¡Oh Jesús mío!, perdónanos, etc.”.

Fuente: Sor Lucía de Jesús y del Corazón Inmaculado de María, “Memorias de Lucía”

¡Vencedora de Batallas!


En la época del Papa San Pío V (1566 - 1572), los musulmanes controlaban el Mar Mediterráneo y preparaban la invasión de la Europa cristiana. Los reyes católicos de Europa estaban divididos y parecían no darse cuenta del peligro inminente. El Papa pidió ayuda pero se le hizo poco caso. El 17 de septiembre de 1569 pidió que se rezase el Santo Rosario. Por fin en 1571 se estableció una liga para la defensa de Europa. El 7 de octubre de 1571 se encontraron las flotas cristianas y musulmanas en el Golfo de Corinto, cerca de la ciudad griega de Lepanto. La flota cristiana, compuesta de soldados de los Estados Papales, de Venecia, Génova y España y comandada por Don Juan de Austria, entró en batalla contra un enemigo muy superior en tamaño. Se jugaba el todo por el todo. Antes del ataque, las tropas cristianas rezaron el santo rosario con devoción. La batalla de Lepanto duró hasta altas horas de la tarde pero, al final, los cristianos resultaron victoriosos.

En Roma, el Papa se hallaba recitando el rosario en tanto se había logrado la decisiva y milagrosa victoria para los cristianos. El poder de los turcos en el mar se había disuelto para siempre. El Papa salió de su capilla y, guiado por una inspiración, anunció con mucha calma que la Santísima Virgen había otorgado la victoria. Semanas más tarde llegó el mensaje de la victoria de parte de Don Juan, quién desde un principio, le atribuyó el triunfo de su flota a la poderosa intercesión de Nuestra Señora del Rosario. Agradecido con Nuestra Madre, el Papa Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias y agregó a las Letanía de la Santísima Virgen el título de “Auxilio de los Cristianos”. Más adelante, el Papa Gregorio III cambió la fiesta a la de Nuestra Señora del Rosario.

Los turcos seguían siendo poderosos en tierra y, en el siglo siguiente, invadieron a Europa desde el Este y, después de tomar enormes territorios, sitiaron a Viena, capital de Austria. Una vez más, las tropas enemigas eran muy superiores. Si conquistaban la ciudad, toda Europa se hacía muy vulnerable. El emperador puso su esperanza en Nuestra Señora del Rosario. Hubo gran lucha y derramamiento de sangre y la ciudad parecía perdida. El alivio llegó el día de la fiesta del Santo Nombre de María, 12 de septiembre, de 1683, cuando el rey de Polonia, conduciendo un ejército de rescate, derrotó a los turcos.

El Príncipe Eugenio de Saboya derrotó en Temesvar (en la Rumania moderna) a un ejército turco dos veces más grande que el suyo, el 5 de agosto de 1716, que en aquel entonces era la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves. El Papa Clemente XI atribuyó esta victoria a la devoción manifestada a Nuestra Señora del Rosario. En acción de gracias, mandó que la fiesta del Santo Rosario fuera celebrada por la Iglesia universal.

Fuente: Cf. www.aciprensa.com, ¡Vencedora de Batallas!

Los hombres contra Dios


De todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios: Apártate de nosotros. Por eso, en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en público y en privado: aún más, se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios.

Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin del tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol. En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario -esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que -aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene-, tras el rechazo de Su Majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentara en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios.

Efectivamente, nadie en su sano juicio puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo. Estas advertencias nos hace el mismo Dios en las Escrituras Santas. Pasa por alto, en efecto, los pecados de los hombres, como olvidado de su poder y majestad: pero luego, tras simulada indiferencia, irritado como un borracho lleno de fuerza, romperá la cabeza a sus enemigos para que todos reconozcan que el rey de toda la tierra es Dios y sepan las gentes que no son más que hombres.

Todo esto, lo mantenemos y lo esperamos con fe cierta. Lo cual, sin embargo, no es impedimento para que, cada uno por su parte, también procure hacer madurar la obra de Dios: y eso, no sólo pidiendo con asiduidad: Álzate, Señor, no prevalezca el hombre, sino -lo que es más importante- con hechos y palabras, abiertamente a la luz del día, afirmando y reivindicando para Dios el supremo dominio sobre los hombres y las demás criaturas, de modo que Su derecho a gobernar y su poder reciba culto y sea fielmente observado por todos.

Fuente: San Pío X, Encíclica E Supremi Apostolatus

La oración litúrgica (I)


¡Oh Jesús, Cabeza del Cuerpo Místico! Haz que me una a tu oración, orando con la Iglesia.

El cristiano no vive aislado. En cuanto hombre, pertenece a la gran familia humana, y como bautizado, está injertado en Cristo, cual miembro de su Cuerpo Místico que es la Iglesia. El cristiano es hijo de Dios e hijo de la Iglesia. Precisamente en el seno de la Iglesia se hace hijo de Dios. Por eso toda su vida espiritual, sin dejar el carácter personal que tiende al contacto íntimo con Dios, debe tener un carácter social, litúrgico, participando en la vida de la Iglesia. En otros términos, la vida espiritual del cristiano debe estar encuadrada en la de su Madre la Iglesia, debe asociarse a todo lo que la Iglesia en unión con Cristo, su Cabeza, hace para prolongar su acción santificadora en el mundo.

Como nuestra vida espiritual nace, crece y se desarrolla en el seno de la Iglesia, también nuestra oración -la expresión más alta de la vida espiritual- debe insertarse en la oración de la Iglesia, o sea, en la plegaria litúrgica. Esta tiene una excelencia particularísima, porque no es la oración, por muy sublime y elevada que se la suponga, de un alma, sino que es la plegaria que toda la Iglesia dirige a Dios, en unión con Jesús su Esposo y Cabeza. Es como una prolongación de la plegaria de Cristo; más aún, una participación en las súplicas que Él presenta al Padre en la gloria del cielo y en la humilde soledad de los altares, alabándole en nombre de todas las criaturas e intercediendo por las necesidades de todas y cada una de ellas. “La liturgia sagrada es el culto público que nuestro Redentor rinde al Padre como cabeza de la Iglesia, y es el culto que la sociedad de los fieles rinde a su Cabeza y, mediante ella, al Padre eterno” (Mediator Dei).

Cuando sintamos la pobreza de nuestra oración personal, ofrezcamos a Dios la gran oración de la Iglesia y de Jesús y unámonos espiritualmente a ella.

“¡Oh Dios mío! ¡Cuán desalentada me sentiría frente a mi debilidad y mi nada, si para alabarte, adorarte, glorificarte, no tuviera a Jesucristo, mi único Bien, que lo hace maravillosamente! A Él confío mis impotencias y me alegro de que Él sea todo y yo nada... Sí, ¡oh Jesús!, en Ti lo poseo todo. Tú eres mi Cabeza y yo soy realmente miembro tuyo. Tú oras, adoras, te humillas, agradeces en mí y por mí, y yo en Ti, pues el miembro es una misma cosa con la Cabeza. Tu vida tan grande y santa absorbe la mía tan vil y mezquina” (Beata M. Teresa Soubirán)

¡Oh Jesús, que, sentado a la diestra del Padre, intercedes continuamente por nosotros, dígnate absorber en tu oración divina mi pobre oración!

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Caridad y compasión de San Francisco (I)


El padre de los pobres, el pobrecillo Francisco, identificado con todos los pobres, no se sentía tranquilo si veía otro más pobre que él; no era por deseo de vanagloria, sino por afecto de verdadera compasión. Y si es verdad que estaba contento con una túnica extremadamente mísera y áspera, con todo, muchas veces deseaba dividirla con otro pobre.

Movido de un gran afecto de piedad y queriendo este pobre riquísimo socorrer de alguna manera a los pobres, en las épocas más frías solicitaba de los ricos del mundo que le dieran capas o pellicos. Como éstos lo hicieran devotamente y más a gusto de lo que él pedía de ellos, el bienaventurado Padre les decía: “Os lo recibo con esta condición: que no esperéis verlo más en vuestras manos”. Y al primer pobre que encontraba en el camino lo vestía, gozoso y contento, con lo que había recibido.

No podía sufrir que algún pobre fuese despreciado, ni tampoco oír palabras de maldición contra las criaturas. Ocurrió en cierta ocasión que un hermano ofendió a un pobre que pedía limosna, diciéndole estas palabras injuriosas: “Ojo, que no seas un rico y te hagas pasar por pobre!” Habiéndolo oído el padre de los pobres, San Francisco, se dolió profundamente, y reprendió con severidad al hermano que así había hablado, y le mandó que se desnudase delante del pobre y, besándole los pies, le pidiera perdón. Pues solía decir: “Quien dice mal de un pobre, ofende a Cristo, de quien lleva la enseña de nobleza y que se hizo pobre por nosotros en este mundo”.

Por eso, si se encontraba con pobres que llevaban leña u otro peso, por ayudarlos lo cargaba con frecuencia sobre sus hombros, en extremo débiles.

Su espíritu de caridad se derramaba en piadoso afecto, no sólo sobre hombres que sufrían necesidad, sino también sobre los mudos y brutos animales, reptiles, aves y demás criaturas sensibles e insensibles. Pero, entre todos los animales, amaba con particular afecto y predilección a los corderillos, ya que, por su humildad, nuestro Señor Jesucristo es comparado frecuentemente en las Sagradas Escrituras con el cordero y porque éste es su símbolo más expresivo. Por este motivo, amaba con más cariño y contemplaba con mayor regocijo las cosas en las que se encontraba alguna semejanza alegórica del Hijo de Dios.

Fuente: Tomás de Celano, Vida Primera de San Francisco, Cap. XXVIII

Estar con Jesús íntimo


Recordáis la terminación de aquel encantador diálogo de los primeros discípulos de Jesús:

- ¿En dónde vives, Maestro?

- Venid y ved.

Fueron y estuvieron con Él todo el día.

¿Y el fruto de estar aquel día con Jesús? Nos lo presenta el grito que proferían al separarse de Jesús y ver a sus hermanos: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41). ¡Habían comenzado a conocer a Jesús!

Pues bien, ya no es un día solo el que van a estar con Jesús sus primeros apóstoles, sino muchos días y muchas noches. Van a ver al Jesús que ni el vulgo ni las muchedumbres verán. Van a estar con Jesús íntimo. Van a comer en su mesa. A dormir bajo el mismo techo o sobre el mismo duro suelo, cuando les toque dormir al raso. Van a verlo sudoroso, fatigado y a sudar y a fatigarse con Él de tanto andar, hablar y ser oprimido por las muchedumbres. Van a sorprenderlo en sus coloquios con su Padre del cielo y con su Madre en la tierra. Lo van a ver llorar y van a llorar con Él ante muchas lástimas de los cuerpos y de las almas. Se sentirán bañados muchas, muchas veces, por las miradas bondadosas con que acompañaba las explicaciones de lo que no habían entendido; los comentarios de los éxitos favorables o desfavorables del día; las condescendencias y cariñosas correcciones de sus flaquezas; la gratitud con que acogía sus fidelidades y generosidades.

Se darían cuenta de la naturalidad con que decía y hacía las cosas sobrenaturales. De la serenidad de su tono. De la paz que exhalaba. De las delicadezas con que corregía sin lastimar, con que les dejaba lo mejor y más cómodo y menos expuesto de la comida, del descanso y de las ocupaciones, reservando para sí, sin que apenas lo advirtieran, lo peor y más duro y arriesgado.

Pero ¿quién puede describir, ni bosquejar lo que son, lo que enseñan, lo que revelan, lo que hacen sufrir y gozar y transformarse, dos años de intimidad con Jesús, viviendo en el inefable menudeo de los porqué, los cómo y los para qué de su decir, de su hacer, de su padecer, de su proyectar y de su entregarse cada día y cada hora a su única aspiración, su sueño, su Obra: sacrificarse por la glorificación de su Padre y la redención de los hombres?

Una sencilla observación ayudará a dar mayor relieve a este misterio: Los apóstoles no asistían a la vida íntima de Jesús como meros e impasibles observadores, sino como participantes en una verdadera comunidad de trabajos y descansos, de dolores y gozos, de derrotas y triunfos. De esa comunidad en el modo de vivir tenía que surgir otra comunidad más íntima y espiritual en el modo de ser...

No eran sólo los ojos de los apóstoles los que se ocupaban de ver lo que pasaba en torno de Jesús; ni los pies en andar los caminos con Él, sino la cabeza en aprenderlo, enterarse más de Él y admirarlo cada vez más; el corazón en sentir la cercanía, el fuego y las palpitaciones de aquel gran Corazón que se asomaba por aquellas miradas, por aquellas palabras, por aquellas obras y por todos los poros de aquella Humanidad y por todas las manifestaciones de su actividad. Y era, en suma, la vida intelectiva, sensitiva y operativa de aquellos hombres que se plasmaba en la vida humana y divina de Jesús.

El conocimiento, si vale decirlo así, al menudeo de Jesús se iba convirtiendo en simpatía, compenetración, en amor de Jesús y de todo Jesús, y el amor en imitación interior y exterior, casi en reproducción de Jesús.

Pidamos a Nuestro Señor, por intercesión de su Madre y de los santos Apóstoles, que nos alcance también a nosotros la gracia de reproducir fielmente su divina imagen, tanto en nuestro comportamiento exterior como en nuestro ser interior.

Fuente: San Manuel González, Así ama el corazón de Jesús en la eucaristía. Versión digital de alexandriae.org

Oficio de los Ángeles Custodios


“Los Ángeles, dice San Lorenzo Justiniano, observan nuestras diversas acciones; nos exhortan, nos incitan, nos levantan después de nuestras caídas, y vigilan en derredor de la Iglesia militante. Sin parar, suben y bajan; siempre andan contentos, siempre solícitos, del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, a ofrecer a Dios nuestras obras, nuestras lágrimas y nuestras oraciones. Nos traen del altar de Dios, es decir, de la humanidad de Cristo, el fuego de la caridad, el ardor de la fe, y la esperanza de tener parte un día en la gloria de los Santos. Nos muestran el triunfo de los mártires para darnos mayores ánimos; la puerta del cielo abierta, para inducirnos a despreciar el mundo; la presencia continua de Dios, para llenarnos de respeto; y por fin, la inmensidad de la dicha eterna, para excitar nuestros deseos. Cuantas más ocasiones tienen, de ejercer por nosotros estas diversas funciones, más felices y diligentes se sienten. Muy lejos de envidiar nuestros adelantos en el bien o de mermar en nada nuestros méritos, trabajan por nuestra perfección, nos instruyen en nuestros deberes y nos alientan para cumplirlos. No tienen otro deseo ni otro fin que la gloria del Omnipotente y nuestra salvación. Son los amigos de la Sabiduría, viven cerca del Verbo, exentos de toda miseria, de toda imperfección. Asimismo, al ejercer su ministerio en medio del mundo, no se manchan ni lo más mínimo, ni sienten fatiga ninguna. Aunque circunscritos por el espacio, permanecen siempre en presencia de Dios; al mismo tiempo que sirven a los hombres, no cesan de ofrecer amorosamente a su Criador el sacrificio de la alabanza; las funciones de su ministerio no los apartan del homenaje y de la gloria que deben tributar al Rey inmortal”.

Pero Dios, que se muestra espléndido en extremo con el linaje de los hombres, no se deja vencer de los gobiernos de este mundo cuando se trata de honrar con una atención especial a los príncipes de su pueblo, a los privilegiados de su gracia o a los que rigen el mundo en nombre de Él; al decir de los Santos, una perfección suma, una comisión altísima en el Estado o en la Iglesia, exigen para el investido la asistencia de un espíritu también superior, sin que el Ángel de primera hora, si así se puede decir, tenga necesariamente por eso que ser revelado de su propia custodia. No hay lugar, además, para que en el campo de operaciones de la salvación, el titular celestial del puesto que se le confió desde el principio, pueda nunca temer verse solo; a su llamada, a una orden de lo alto, los ejércitos de los bienaventurados compañeros, que llenan cielos y tierra, están siempre dispuestos a prestarle su ayuda poderosa. Entre esos nobles espíritus que aspiran en la presencia de Dios a favorecer por todos los medios su amor hacia Él, hay alianzas secretas que a veces originan en este mundo entre sus devotos, aproximaciones cuyo misterio se descubrirá el día de la eternidad.

Santos Ángeles, benditos seáis porque los crímenes de los hombres no cansan vuestra caridad; os damos gracias, entre otros muchos beneficios, por el de conservar la tierra habitable, dignándoos permanecer siempre en ella. Hay muchas veces peligro de que la soledad se haga pesada al corazón de los hijos de Dios en las grandes ciudades y en los caminos del mundo, donde no se codean más que desconocidos o enemigos; pero, si el número de los justos ha disminuido, no disminuye el vuestro. Y en medio de la multitud apasionada, como también en el desierto, no hay un ser humano que no tenga junto a si a su Ángel, representante de la Providencia universal sobre los buenos y los malos. Espíritus bienaventurados, tenemos con vosotros la misma Patria, el mismo pensamiento y el mismo amor; ¿por qué han de turbar los ruidos confusos de una turba frívola la vida del cielo que desde ahora podemos ya vivir con vosotros? El tumulto de las plazas públicas ¿os impide acaso formar allá vuestros coros, o impide al Todopoderoso percibir en ellas vuestras armonías? También nosotros queremos cantar por doquier al Señor y unir continuamente nuestras adoraciones a las vuestras, viviendo por la fe en lo escondido del Rostro del Padre cuya continua contemplación os arroba a vosotros. Penetrados de ese modo del vivir angélico, la vida presente no nos ofrecerá ninguna inquietud, ni tampoco la eterna, sorpresa alguna.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Mostrar más publicaciones ...

close
¿Olvidó su contraseña?
close
 ......

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25