Esposos y santos


“El cristianismo no es obra de persuasión sino de grandeza”. Así se expresaba san Ignacio de Antioquía escribiendo a la iglesia que peregrina en Roma, la que tiene la presidencia en la caridad. Se dirigía a los que “en la carne y en el espíritu están unidos a los mandamientos de Dios”, y les recordaba que lo esencial “no es ser llamado cristiano, sino serlo de veras”. Ser cristiano no es el fruto de muchas discusiones sino del encuentro con Cristo, que abre un horizonte nuevo a la vida.

“No debemos permitir -comentaba Benedicto XVI- que nuestra fe se disuelva en demasiadas discusiones sobre múltiples detalles poco importantes; al contrario, debemos tener siempre ante los ojos en primer lugar su grandeza”. Ser cristiano, ¿en qué consiste? No se trata simplemente de cumplir unas normas y cubrir el expediente, sino de descubrir la grandeza de la amistad con Cristo.

¿Y el matrimonio? Tampoco es cuestión de persuasión, sino de grandeza. Así lo explicó Jesús cuando los fariseos le pusieron a prueba: Por vuestra dureza de corazón discutís ahora sobre el divorcio, y decretáis que el matrimonio para siempre es cosa imposible e inhumana. Pero en el principio no fue así. El encuentro con Cristo muestra la grandeza de la vocación al amor. Los esposos no tratan de vivir algo imposible, sino aquello que llevan en lo más hondo de su corazón, la vocación que el Creador ha inscrito en ellos.

No es cuestión de persuasión, sino de grandeza. ¿De qué grandeza se trata? De ese gran Amor que Dios derrama sobre los esposos y que les lleva a dar mucho fruto para la vida del mundo. Los dos posibles riesgos ante una grandeza es considerarla imposible o considerarla excesiva. Las tentaciones del resentimiento o de las rebajas acechan a diario la vida conyugal. Frente a ellas, es necesario aprender a entrar en la lógica del don y de la entrega generosa.

Esposos y santos. ¿Honrosas excepciones? ¿Casos extraordinarios? Quizá pensemos mejor en la conjunción adversativa: Esposos, pero santos, o bien: Santos, aunque esposos. Pero no fue esto lo que Cristo anunció en Caná, cuando hizo que sobreabundara el mejor vino. A la santidad está llamado todo el que es de Cristo, y el matrimonio es camino seguro. Santos porque esposos.

La grandeza de esta vocación resplandece en la familia de Nazaret y en todas aquellas familias que abrieron su hogar a Jesucristo. Y resplandece también, a lo largo de los siglos, en tantos matrimonios cristianos que vivieron la santidad, la perfección de la caridad, en sus labores cotidianas, en su vida oculta.

Fuente: Stanislaw y Ludmila Grygiel, Esposos y santos

El Señor viene de lejos


El Adviento (del latín ADVÉNTUS, “advenimiento”) es un tiempo de preparación para el Nacimiento de Jesucristo, en Belén, y representa los cuatro mil y más años que estuvieron los del Antiguo Testamento aguardando la venida del Mesías. Por eso es un tiempo de ansiedad y de santa impaciencia. Hoy comienza el Adviento, el domingo más cercano a la fiesta de S. Andrés (30 de noviembre), y abarca tres semanas completas y parte de la cuarta. Por asociación de ideas la Iglesia; une a la PRIMERA venida de Jesucristo a la tierra el pensamiento de la SEGUNDA, al fin del mundo, y, en consecuencia, el Adviento viene a resultar una preparación para ese doble advenimiento del Salvador: el del Nacimiento y el del Juicio final. ¡Cosa extraña! En este primer día y domingo del Año eclesiástico, la Iglesia nos pone en contacto con el último día del mundo y de las cosas. Antes de llevarnos al pesebre de Belén, nos lleva al tribunal del Juicio final, como para encarecernos de antemano, con el pensamiento de la cuenta, la correspondencia a la gracia soberana de la Redención, que el Niño Divino, cuya silueta se dibuja ya en lontananza, viene a realizar. Es como una fuerte sacudida que la Iglesia da a nuestra conciencia de cristianos, para despertarnos, del letargo del pecado, si desgraciadamente estuviésemos sumidos en él, o de la modorra de la indiferencia y de la tibieza espiritual. Es como decirnos: Si no estás limpio para presentarte ante el Divino Juez, tampoco lo estás para salir al encuentro de tu Salvador, que es tu mismo y único Dios y Señor; “despójate, por tanto, de las obras de las tinieblas revístete de las armas de la luz”. (Don Andrés Azcárate, Misal diario)

El Señor está para venir... Me pongo en su presencia, para salir a su encuentro con todo el ardor de mi voluntad. “He aquí el nombre del Señor que viene de lejos... Mirando en lontananza, veo la potencia de Dios que viene... Salidle al encuentro y decidle: Dinos si tú eres el que ha de reinar...” Así reza la liturgia de este día y, como respondiéndonos ella misma, nos invita a exclamar: “Venid, adoremos al Rey, al Señor, que está para venir...” (Breviario Romano).

Los siglos estuvieron esperando esta venida, anunciada por los profetas y suspirada por los justos, que, sin embargo, no pudieron contemplar su aurora. A cada vuelta del Adviento, la Iglesia conmemora y renueva esta espera, manifestando sus ansias por el Salvador que ha de venir. Pero el antiguo anhelo, que únicamente se fundaba en la esperanza, es para nosotros un suspiro tranquilo y confiado, que descansa en la consoladora realidad de la redención ya efectuada. Cumplida ésta históricamente hace veinte siglos, debe, no obstante, actuarse y renovarse día tras día en el alma cristiana con una realidad cada vez más profunda y completa. El espíritu litúrgico del Adviento, que conmemora la grande expectación de los siglos que invocaban al Redentor, quiere preparamos a la celebración del Misterio del Verbo hecho carne mediante la espera íntima y personal de una nueva venida de Cristo a nuestras almas; venida que se realiza por medio de la gracia, y que, a medida que ésta se desarrolla y va llegando a sazón, se hace más abundante y arrolladora, hasta el punto de transformar al alma en un “alter Chrístus”, otro Cristo. El Adviento es tiempo de espera, tiempo de anhelante aspiración por el Redentor: “¡Enviad, oh cielos, desde lo alto vuestro rocío y que las nubes lluevan al justo!”.

¡Oh dulcísimo Salvador mío! Tú vienes hacia mí con tu amor infinito y con la abundancia de tu gracia: torrentes de misericordia y de caridad con que quieres invadir mi alma para atraerla a Ti. ¡Ven, Señor, ven! También yo quiero correr a tu encuentro por medio del amor; mas, desgraciadamente, mi amor es tan limitado, tan débil e imperfecto... Hazlo Tú fuerte y generoso, para que sea capaz de vencerme a mí mismo y entregarme por completo a Ti. Sí, ciertamente mi amor se fortalecerá si está “fundado sobre tal cimiento como es ser pagado con el amor de un Dios, que ya no puedo dudar de él por estar mostrado tan al descubierto, con tan grandes dolores y trabajos y derramamiento de sangre, hasta perder la vida, porque no nos quedase ninguna duda de este amor”... Dame, Señor, tu amor antes que me saques de esta vida, “porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama” (S. Teresa de Jesús).

Concédeme, Señor, un amor semejante: lo deseo ardientemente, no sólo para escapar un día a tu severa mirada de juez, sino también y sobre todo para corresponder de algún modo a tu infinita caridad.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Escritos sobre la Virgen María (II)


¡Hijos míos, estrechémonos a María Santísima y estaremos salvados!

Invoquemos incesantemente su materno patrocinio y tengamos viva la fe: de María podemos y debemos esperar todo. Ella sola bastará para hacernos triunfar de toda tentación, de todo enemigo, para hacernos superar todas las dificultades, para vencer cada batalla por el bien de nuestras almas y por la santa causa y el triunfo de la Iglesia de Jesucristo.

¡Beatos aquellos que se abandonan en las manos de María! Beatos aquellos que le ofrecen al Señor sus oraciones, sus sacrificios, los sudores, las lágrimas, las cruces en las manos de María. ¿No serán nuestras oraciones más gratas a Dios y más eficaces? ¿No serán nuestras buenas obras, nuestras tribulaciones más valoradas por los méritos altísimos de María?

¡Gran confianza, entonces, en María Santísima, oh hijos míos, gran confianza y devoción tiernísima a María! ¡Oh la utilidad, por no decir la necesidad, de la devoción a María! Humildad, mortificación, pureza, caridad, oración y confianza en María: a Ella Jesús no le puede negar nada, de Ella todo, con Ella todo, con Ella nosotros podemos todo.

¡Ave María y adelante!

Su benignidad no sólo socorre a quien lo pide, sino, muchas veces se adelanta a la demanda.

¡Ave María y adelante, adelante!

Que nos abra el corazón el “Recuerda, piadosísima Virgen” de San Bernardo. ¡Pensemos cuántas gracias hemos tenido por las manos de María! Recordemos lo que dijo San Pedro Damián, que María, no tiene, después de Dios, quien la supere o la iguale en amarnos.

¡Ave, Oh María, llena de gracias, intercede por nosotros!

¿Qué hubiésemos podido nosotros, sin Ti? ¿Y qué podríamos, si Tú no estuvieses con nosotros? Oh entonces, dinos: ¿A quién iremos nosotros sino a Ti?

¿No eres Tú la meridiana antorcha de caridad? ¿No eres la fuente viva de aceite y de bálsamo? ¿Tal vez no es en Ti, oh bendita entre las mujeres, que Dios ha reunido toda la potencia, la bondad y la misericordia? Oh sí: En Ti misericordia, en Ti piedad, en Ti magnificencia, en Ti se reúne. ¡Sí, sí, Oh Santa Virgen mía! Todo Tú tienes y ¡todo Tú lo puedes, lo que tú quieras!

¡Y luego...y luego el Santo Paraíso! Cerca de Ti, María: ¡siempre con Jesús, siempre contigo, sentados a tus pies, oh Madre nuestra, en el Paraíso, en el Paraíso!

Fuente: San Luis Orione, carta del 27 de junio de 1937

El Oficio Divino (II)


El Oficio divino se compone en máxima parte de textos sacados de la Sagrada Escritura e inspirados por el Espíritu Santo. No encontraremos, por lo tanto, oraciones vocales más bellas y aptas para alabar a la Majestad divina. Por ellas, el Espíritu Santo intercede “a favor nuestro con gemidos inenarrables” (Rom. 8, 26). Y siendo tan rica en doctrina y en unción, proporcionan sólido alimento a la oración personal. Todas estas razones nos hacen comprender que “a la dignidad excelsa de esta oración debe corresponder la devoción interna de nuestra alma” (Mediator Dei), de modo que “nuestra mente esté acorde con nuestra voz”, como dice San Agustín. Por ser el Oficio divino la oración que la Iglesia eleva a Dios en compañía de Jesús, su Cabeza, y por estar inspirada por el Espíritu Santo, tiene ya un grandísimo valor intrínseco; pero esa riqueza no tendrá valor para nosotros -para fomentar nuestra unión con Dios y atraernos las bendiciones divinas-, no será oración nuestra, si no la secundamos con nuestra devoción personal. La Iglesia, en cuanto sociedad de los fieles, ora con el corazón de sus hijos, ora con nuestro corazón, y cuanto más fervoroso y lleno de amor se halle éste, tanto más agradable será a Dios nuestra oración, oración de la Iglesia.

Aunque no tenga obligación de rezar el Oficio divino y se limite a algunas pocas oraciones escogidas del Breviario, es bueno que toda alma de vida interior procure apropiarse el espíritu de la oración litúrgica y hacerla suyo, espíritu de alabanza y adoración que quiere prestar a Dios culto perenne junto con Cristo y en nombre de toda la Iglesia; espíritu de solidaridad con Jesús nuestra Cabeza y con todos nuestros hermanos creyentes; espíritu universal que abarca las necesidades de todo el mundo, que ora en nombre de toda la cristiandad. ¡Cómo se amplían así los horizontes y las intenciones de nuestra oración! Orando no nos sentiremos ya solos, sino pequeños orantes al lado de Jesús, el gran Orante.

“Prefiero, ¡oh Señor!, consumir mis fuerzas alabándote. Pero no es posible desfallecer alabándote a Ti. Alabarte es como tomar alimento; cuanto más te alabo, más fuerte me siento, porque tanta mayor dulzura me infundes Tú, que eres el objeto de mis alabanzas. Ayúdame a ensalzarte con la voz y la mente y las buenas obras, de modo que pueda cantarte el cántico nuevo al que me exhortas en la Sagrada Escritura. Para el hombre viejo el cantar viejo; para el hombre nuevo el canto nuevo. Si amo las cosas terrenas, mi canto es viejo; para cantar el cántico nuevo debo amar las cosas eternas. Tu amor es de suyo nuevo y eterno; es siempre nuevo, precisamente porque nunca envejece. El pecado es lo que me envejeció. Renuévame Tú con tu gracia” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Oficio Divino (I)


Dígnate, ¡oh Jesús!, asociar mi oración a la oración de tu Iglesia.

La liturgia circunda la santa Misa con la recitación del Oficio divino, que -como enseña la Mediator Dei- “es la oración del Cuerpo Místico de Cristo elevada a Dios en nombre y a beneficio de todos los cristianos, presentada por los sacerdotes y demás ministros de la Iglesia y por los religiosos delegados por ella para este misterio”. La gran dignidad del Oficio divino estriba precisamente en eso: en ser más que una oración privada, la oración pública, oficial del Cuerpo Místico de Cristo, cuyos miembros no oran aislados, sino en compañía de su Cabeza. “El Verbo, asumiendo la naturaleza humana, trajo al destierro el himno que se canta en el cielo desde toda la eternidad. Él junta consigo a toda la comunidad humana y la asocia al canto de este himno de alabanza. Jesús ora con nosotros, como Sacerdote nuestro; ora en nosotros, como nuestra Cabeza... Reconozcamos por lo tanto -dice San Agustín- nuestras voces en Él y su voz en nosotros”. ¡Qué grande gracia! Jesús, el Hijo de Dios, asocia nuestras pobres y miserables oraciones a su valiosa y excelsa oración.

Aunque el Oficio divino es obligatorio sólo a los sacerdotes y religiosos encargados por la Iglesia, se puede afirmar que es la oración de todo el pueblo cristiano, porque es elevada a Dios “en su nombre y en beneficio suyo”. Por eso es tan loable que todos los fieles procuren asociarse también a él de algún modo, rezando, por ejemplo, las Vísperas en los días festivos o Completas. Además, en cualquier hora del día y de la noche pueden ofrecer a Dios esta gran oración de la Iglesia por las propias intenciones y necesidades, supliendo así a las deficiencias y a la brevedad de los rezos personales. También en medio de las cotidianas ocupaciones pueden unirse de cuando en cuando con piadosos pensamientos y aspiraciones a la “perenne alabanza” que la Iglesia eleva a Dios en nombre de toda la cristiandad.

“Señor, tus oídos no atienden a la boca sino al corazón; no están abiertos a la lengua, sino a la vida de quien te alaba. Yo canto con la voz para despertar en mí la piedad; canto con el corazón para agradarte... Que no te alabe sólo mi voz, sino también mis obras. Haz que nunca cese de vivir bien para alabarte sin interrupción. Si alguna vez mi lengua calla, grite mi vida; tus oídos no escucharán mi voz, pero oirán a mi corazón... No quiero contentarme con sólo la voz; cuando te alabo, quiero hacerlo con todo mi ser; cante la voz, cante la vida, canten las acciones. Y, si aquí abajo debo gemir, sufrir, ser tentado, espero que pasará todo y llegará el día en que mi alabanza no cesará. Disminuya la voz, pero nunca el afecto” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Escritos sobre la Virgen María (I)


¿Podía Dios elevar a dignidad más alta a una criatura? ¿Quién más grande que María? Ni los Apóstoles, ni los Mártires, ni las Vírgenes, ni los Confesores, ni los Patriarcas, ni los Profetas, ni los Ángeles, ni los Arcángeles: ninguna criatura, ni en la tierra ni en el cielo, puede igualarse a ella, ¡Madre de Dios! Y la Iglesia la honró y quiere que nosotros la honremos, la amemos y la veneremos -por cuanto está en nosotros- en lo que requiere su dignidad de Madre de Dios. Y nos enseña que el honor y la gloria, que le tributamos a María, se funda nuevamente en Dios mismo.

Es Dios quien la hizo tan grande: “el omnipotente hizo grandes cosas en mi”, y la hizo grande porque la vio humildísima, “porque miró la humillación de su esclava” y la hizo tan grande, llena de gracia, bendita sobre todas las mujeres, toda pura e inmaculada, porque la eligió por Madre, y como tal, la quiso sumamente honrada sobre toda criatura. Y el honor dado a ella sube a su Hijo, al Hombre-Dios, a Jesucristo Señor Nuestro.

Esta es nuestra fe en María, nuestro culto y nuestro dulcísimo amor a la Santa Virgen, a la Mater Dei. Y nosotros vamos a Jesús por María. Los pastores buscaron a Jesús y lo encontraron en los brazos de María, los Reyes Magos vinieron desde regiones lejanas para buscar al Mesías y lo adoraron en los brazos de María.

Y nosotros, pobres pecadores, ¿dónde encontraremos nosotros ahora y siempre a Jesús? Lo encontraremos y lo adoraremos en los brazos y en el corazón de María.

A Ti, oh mi Señor Jesús, Dios-Hombre, Salvador del Mundo, Crucificado Redentor nuestro, toda nuestra adoración y nuestra pobre vida: a Ti, oh María, Virgen Inmaculada, Madre de Dios y nuestra, que has recibido de Jesús, en adoración y amor inefable, el primer llanto y luego el último respiro, allá a los pies de la Cruz, donde nos fuiste dada por Cristo mismo solamente como Madre: a Ti, oh María, damos toda nuestra más grande veneración y el amor más dulce de hijos amantísimos. ¿Oh, cómo podríamos adorar a Jesús y no tener una mirada, un latido de amor por su Madre? A Ti, entonces, oh Jesús, la adoración y los latidos del corazón, hecho altar y holocausto: a Ti, oh María, el más alto culto de veneración y de amor, un culto todo especial, como corresponde a la Madre de Dios.

Mas, como sabemos que a una buena madre no se la ama nunca bastante, así sentimos que no queremos nunca bastante a nuestra celeste Madre María Santísima. Es una gran confortación para nosotros que Nuestro Señor nos ha dejado como hijos Tuyos, oh María, que eres Madre divina de Él y de nosotros eres Madre omnipotente y misericordiosa.

El Apóstol Pablo escribió que uno solo es el Mediador, y este es Jesucristo. Jesús es el sumo Mediador, tal es por naturaleza. Mas si Cristo, Dios-Hombre es el Mediador supremo y omnipotente por naturaleza, María, Madre de Dios, es Mediadora por gracia, como por gracia es omnipotente: su oración es eficacísima y su mediación infalible. Ella obtiene todo de Dios, por lo cual fue escrito justamente: “quod Deus imperio, tu prece, Virgo, potes”: aquello que Dios puede porque es Dios, tú, oh Virgen celeste, lo puedes con tu oración, que todo puede en el corazón de Dios. Nosotros invocamos a Dios para que use su poder; nosotros le rogamos a María para que use su potente intercesión, y sea nuestra abogada ante Dios, nuestra Mediadora, nuestra arca de salvación. Invocamos a Dios para que ordene, invocamos a María para que suplique por nosotros. Si San Pablo prometió a sus discípulos rogar por ellos después de su muerte, ¿no rogará María por nosotros?

Fuente: San Luis Orione, carta del 27 de junio de 1937

Plegaria por la familia y por la vida humana naciente


Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra. Padre, que eres Amor y Vida, haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo, Jesucristo, “nacido de Mujer”, y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones que siempre se renuevan.

Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo.

Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor.

Haz que el amor corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias.

Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia.

Por Cristo nuestro Señor que es el camino, la verdad y la vida, por los siglos de los siglos. Amén. (San Juan Pablo II)

Señor Jesús, que con fidelidad visitas y colmas con tu Presencia la Iglesia y la historia de los hombres; que en el admirable Sacramento de tu Cuerpo y tu Sangre nos haces partícipes de la vida divina y nos concedes saborear anticipadamente la alegría de la vida eterna; te adoramos y te bendecimos.

Postrados delante de Ti, fuente y amante de la vida, realmente presente y vivo en medio de nosotros, te suplicamos: Aviva en nosotros el respeto por toda vida humana naciente, haz que veamos en el fruto del seno materno la admirable obra del Creador; abre nuestro corazón a la generosa acogida de cada niño que se asoma a la vida.

Bendice a las familias, santifica la unión de los esposos, haz que su amor sea fecundo.

Acompaña con la luz de tu Espíritu las decisiones de las asambleas legislativas, a fin de que los pueblos y las naciones reconozcan y respeten el carácter sagrado de la vida, de toda vida humana.

Guía la labor de los científicos y de los médicos, para que el progreso contribuya al bien integral de la persona y nadie sufra supresión e injusticia.

Concede caridad creativa a los administradores y a los economistas, para que sepan intuir y promover condiciones suficientes a fin de que las familias jóvenes puedan abrirse serenamente al nacimiento de nuevos hijos.

Consuela a las parejas de esposos que sufren a causa de la imposibilidad de tener hijos, y en tu bondad provee.

Educa a todos a hacerse cargo de los niños huérfanos o abandonados, para que experimenten el calor de tu caridad, el consuelo de tu Corazón divino.

Con María tu Madre, la gran creyente, en cuyo seno asumiste nuestra naturaleza humana, esperamos de Ti, nuestro único verdadero Bien y Salvador, la fuerza de amar y servir a la vida, a la espera de vivir siempre en Ti, en la comunión de la santísima Trinidad. (S.S. Benedicto XVI)

Fuente: vatican.va

En honor a su nombre


Karol Wojtyla, quien luego se convertiría en el Papa San Juan Pablo II, contó en una ocasión por qué su padre, también llamado Karol, decidió ponerle ese nombre.

“La relación entre el último emperador de Austria y rey de Hungría, Carlos de Habsburgo, ahora beato, con Karol Wojtyla es poco conocida, pero la historia es muy interesante”, afirma Artur Hanula en un artículo titulado “Carlos de Habsburgo: En su honor, Wojtyla era Karol”.

“Hace años, Rodolfo de Habsburgo, hijo del último emperador de Austria, rey de Hungría y Bohemia, reveló en sus memorias, un comentario de San Juan Pablo II durante una audiencia privada. El representante de la famosa dinastía austriaca evoca, en sus notas, el encuentro de su familia con el Papa polaco”, relató Hanula.

A la audiencia asistieron el príncipe Rodolfo, sus hijos con sus familias y su madre, la emperatriz Zita, ahora Sierva de Dios.

El Papa polaco “saludó muy calurosamente a los Habsburgo y, dirigiéndose a Zita, la llamó mi Emperatriz; el Papa ni siquiera pasó por alto la cortesía de inclinar la cabeza ante ella. Habló muy afectuosamente de su difunto esposo, Carlos I. De repente, palabras elocuentes y sorprendentes salieron de la boca del Papa: ¿Saben por qué me llamaron Karol en el bautismo? Porque mi padre tenía una gran admiración por el emperador Carlos I, del que era soldado”.

Carlos I de Habsburgo fue el último beato que el Papa Wojtyla elevó a los altares. Eso ocurrió el 3 de octubre en la Plaza de San Pedro en el Vaticano.

Ese día, el Pontífice polaco afirmó que “Carlos de Austria, jefe de Estado y cristiano”, asumió su cargo “como un servicio santo a su pueblo. Su principal aspiración fue seguir la vocación del cristiano a la santidad también en su actividad política. Por eso, para él era importante la asistencia social. Que sea un modelo para todos nosotros, particularmente para aquellos que hoy tienen la responsabilidad política en Europa”.

El milagro que llevó a la beatificación al emperador se obró en una monja polaca, la hermana Maria Zyta Gradowska, que nació en 1894.

A los 25 años se unió a la Congregación de las Hermanas de la Caridad. Pronto se convirtió en misionera en Brasil. Con el tiempo, su salud se deterioró, hasta el punto de que estuvo postrada en cama. Una de las hermanas sugirió que orara por la curación por intercesión del Siervo de Dios Carlos de Hasburgo.

La religiosa inicialmente se resistió a rezarle, pero su resistencia se rompió cuando el dolor se volvió cada vez más difícil de soportar, explica Artur Hanula.

Una mañana, la hermana Gradowska se levantó como si nada y simplemente fue a la capilla a rezar. No solo había desaparecido el dolor insoportable, sino que las heridas que no curaban en sus piernas habían desaparecido por completo. La enfermedad nunca volvió y la religiosa vivió hasta los 95 años.

Artur Hanula resalta finalmente que el segundo nombre del Papa polaco: Józef probablemente se refería al predecesor de Carlos I, el hermano de su abuelo, Francisco José I.

Fuente: aciprensa.com

La Solemnidad de Cristo Rey


¿Cuáles son los frutos que para el bien de la Iglesia y de la sociedad civil nos promete el público homenaje de culto a Cristo Rey?

a) Para la Iglesia

En efecto: tributando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige -por derecho propio e imposible de renunciar- plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.

Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo y más vivo esplendor, delante de los ojos de todos.

b) Para la sociedad civil

La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.

A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también por sólo haber sido ignorado o menospreciado, reparará todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles

Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su Sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los afectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a Él estar unido, es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que son como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios, deben servir para la santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

Oración a Cristo Rey

¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco por Rey universal. Todo lo que ha sido hecho, ha sido creado para Ti. Ejerce sobre mí todos tus derechos.

Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia. ¡Divino Corazón de Jesús! Te ofrezco mis pobres acciones para que todos los corazones reconozcan tu Sagrada Realeza, y que así el reinado de tu paz se establezca en el Universo entero. Amén.

Fuente: Boletín “Apóstoles del Sagrado Corazón”

Un padre y una madre dignos del cielo (II)


Para los esposos Martin, era muy claro qué es del César y qué es de Dios. Al Señor Dios es al primero que se ha de servir, decía Juana de Arco. Los esposos Martin lo convirtieron en lema de su hogar: para ellos Dios ocupaba siempre el primer lugar en su vida. La señora Martin decía a menudo: “Dios es el Maestro. Hace lo que quiere”. El señor Martin se hacía eco de esas palabras, repitiendo: “Al Señor Dios es al primero que se ha de servir”. Cuando la prueba llegó a su hogar, su reacción espontánea fue siempre la aceptación de esta voluntad divina.

Dentro de algunos instantes proclamaremos nuestra profesión de fe, que Luis y Celia repitieron tantas veces en la misa y enseñaron a sus hijos. Después de haber confesado la santa Iglesia católica, el símbolo de los Apóstoles añade la comunión de los santos.

Yo creía -decía Teresa-, “sentía que hay un cielo y que este cielo está poblado de almas que me quieren, que me consideran como su hija...”. En este cielo poblado de almas ahora podemos incluir a los beatos Luis y Celia, a quienes por primera vez invocamos públicamente: “Luis y Celia, rogad a Dios por nosotros. Os pido que nos queráis, que nos consideréis como vuestros hijos; quered a toda la Iglesia, quered sobre todo, nuestros hogares y a sus hijos”.

Luis y Celia son un don para los esposos de todas las edades por la estima, el respeto y la armonía con que se amaron durante diecinueve años. Celia escribió a Luis: “Yo no puedo vivir sin ti, querido Luis”. Él le respondió: “Yo soy tu marido y amigo que te ama por toda la vida”. Vivieron las promesas del matrimonio: la fidelidad del compromiso, la indisolubilidad del vínculo, la fecundidad del amor, tanto en las alegrías y en las penas como en la salud y en la enfermedad. Luis y Celia son un don para los padres. Ministros del amor y de la vida, engendraron numerosos hijos para el Señor. Entre estos hijos, admiramos particularmente a Teresa, obra maestra de la gracia de Dios, pero también obra maestra de su amor a la vida y a los hijos. Luis y Celia son un don para todos los que han perdido un cónyuge. La viudez es siempre una situación difícil de aceptar. Luis vivió la pérdida de su esposa con fe y generosidad, prefiriendo el bien de sus hijos a sus atracciones personales. Luis y Celia son un don para los que afrontan la enfermedad y la muerte. Celia murió de cáncer; Luis terminó su existencia afectado por una arteriosclerosis cerebral. En nuestro mundo, que trata de ocultar la muerte, nos enseñan a mirarla a la cara, abandonándonos a Dios.

Por último, doy gracias a Dios porque Luis y Celia son un modelo ejemplar de hogar misionero. Los testimonios de los hijos de los esposos Martin a propósito del espíritu misionero que reinaba en su hogar son unánimes e impresionantes: “Mis padres se interesaban mucho por la salvación de las almas... Pero nuestra obra de apostolado más conocida era la propagación de la fe, para la cual cada año nuestros padres daban un cuantioso donativo. Este mismo celo por las almas les hacía desear mucho tener un hijo misionero e hijas religiosas”.

Hermanos míos, quiera Dios que vuestras familias, vuestras parroquias, vuestras comunidades religiosas, sean también hogares santos y misioneros, como lo fue el hogar de los beatos esposos Luis y Celia Martin. Amén.

Fuente: Card. José Saraiva Martins, Homilía del 19 de octubre de 2008 en la ceremonia de Beatificación

Un padre y una madre dignos del cielo (I)


Luis y de Celia Martin, padres de santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones. Con su vida de matrimonio ejemplar anunciaron el Evangelio de Cristo. Vivieron ardientemente su fe y la transmitieron en su familia y en su entorno. Que su oración común sea fuente de alegría y de esperanza para todos los padres y todas las familias. (S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 19 de octubre de 2008)

Santa Teresa del Niño Jesús escribió en la Historia de un alma: “Perdóname, Jesús, si desvarío queriendo decirte mis deseos, mis esperanzas, que tocan el infinito. Perdóname y sana mi alma dándole lo que espera...”. Jesús realizó siempre los deseos de Teresa. Incluso se mostró generoso ya antes de su nacimiento, puesto que, como ella misma escribió al abad Bellière -muchos lo saben ya de memoria-, “el buen Dios me dio un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra”.

Mi corazón da gracias a Dios por este testimonio ejemplar de amor conyugal, que puede estimular a los hogares cristianos a la práctica integral de las virtudes cristianas como suscitó el deseo de santidad en Teresa.

Pensaba en mi padre y en mi madre; y en este momento quisiera que también vosotros pensarais en vuestro padre y en vuestra madre, y que juntos diéramos gracias a Dios porque nos ha creado y nos ha hecho cristianos a través del amor conyugal de nuestros padres. Recibir la vida es algo maravilloso, pero, para nosotros, es más admirable aún que nuestros padres nos hayan conducido a la Iglesia, la única capaz de hacer cristianos. Nadie puede hacerse cristiano por sí mismo.

El matrimonio es una de las vocaciones más nobles y más elevadas a las que los hombres están llamados por la Providencia. Luis y Celia comprendieron que podían santificarse no a pesar del matrimonio, sino a través, en y por el matrimonio, y que su unión debía ser considerada como el punto de partida de una ascensión de dos personas. Hoy la Iglesia no solamente admira la santidad de estos hijos de la tierra de Normandía, un don para todos, sino que se mira en esta pareja de beatos que contribuye a hacer más hermoso y espléndido el vestido de novia de la Iglesia. No sólo admira la santidad de su vida; reconoce en este matrimonio la santidad eminente de la institución del amor conyugal, tal como la ha concebido el Creador mismo.

El amor conyugal de Luis y Celia es reflejo puro del amor de Cristo a su Iglesia; también es reflejo puro del amor con el que la Iglesia ama a su Esposo, Cristo. El Padre “nos eligió en él antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1, 4).

Luis y Celia testimoniaron el radicalismo del compromiso evangélico de la vocación al matrimonio hasta el heroísmo. No temieron hacerse violencia a sí mismos para arrebatar el reino de los cielos, y así se convirtieron en luz del mundo, que hoy la Iglesia pone en el candelero a fin de que brillen para todos los que están en la casa (la Iglesia). Brillan ante los hombres, para que estos vean sus buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos. Su ejemplo de vida cristiana es como una ciudad situada en la cima de un monte, que no puede ocultarse (cf.Mt 5,13-16).

¿Cuál es el secreto del éxito de su vida cristiana? “Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Dios de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios” (Mi 6, 8). Luis y Celia caminaron humildemente con Dios en busca del consejo del Señor. Señor, danos tu consejo. Buscaban el consejo del Señor. Tenían sed del consejo del Señor. Amaban el consejo del Señor. Se conformaron al consejo del Señor sin quejarse. Para estar seguros de caminar en el verdadero consejo del Señor, se dirigieron a la Iglesia, experta en humanidad, poniendo todos los aspectos de su vida en armonía con las enseñanzas de la Iglesia.

Fuente: Card. José Saraiva Martins, Homilía del 19 de octubre de 2008 en la ceremonia de Beatificación

María nos recibió como a hijos, y como a tales nos ama


María, no sólo es poderosísima para obtenernos de Dios toda clase de bienes, sino que además, por ser nuestra madre santísima, desea alcanzárnoslos con su intercesión. María es nuestra madre: madre clementísima, madre llena de misericordia; nosotros somos sus hijos, que mucho le hemos costado, ya que nos dio a luz con mucha angustia y crueles sufrimientos en la cima ensangrentada del Calvario. En el Gólgota Cristo, a punto de morir, nos recomendó y entregó como hijos a María, su madre, en la persona de Juan, el discípulo amado; y ella nos recibió como a hijos, y como a tales nos ama, nos mira, nos protege; aparta de nosotros todos los males; mitiga nuestras penas, infunde el consuelo celestial en los corazones atormentados.

¿Estamos enfermos? Acudamos a María, que es la “Salud de los enfermos”, y pronto nos restableceremos. ¿Estamos angustiados por la tristeza o las preocupaciones? Acudamos a María, que es “Consuelo de los afligidos”, y seremos consolados. ¿Hemos pecado o nos hallamos en peligro de pecar? Acudamos a María, que es llamada “Refugio de los pecadores” y ella nos librará del pecado o nos apartara del peligro. ¿Necesitamos gracia o ayuda? Acudamos a María, que es llamada “Auxilio de los cristianos”, y ella proveerá a nuestras necesidades.

¿Por ventura tememos que nos rechace? Rechacemos todo temor, hermanos; en María no hay aspereza alguna: en ella todo es gracia, amar, suavidad, misericordia. Decidme: si en las bodas de Cana, compadecida de los esposos, sin que nadie se lo pidiera, impulsó a su Hijo a que convirtiera el agua en vino, ¿cuánto más no intercederá por nosotros, si se lo pedimos humildemente? Si María pudo e hizo tanto cuándo estaba aquí en la tierra, ¿cuánto mayor, amadísimos, no será su poder y su intervención ahora que triunfa en el cielo, y está sentada a la derecha del Hijo, constituida madre de los hombres, reina de los ángeles, Señora del universo?

¿Cuánto mayor, - repito -, no será su poder y su intervención, ella que es amada en el cielo, deseada por la tierra, terrible para el infierno? ¿Qué más podemos añadir? Asunta al cielo, María es Madre de Dios y Madre nuestra; nos ama con amar de madre, intercede por nosotros con gran interés, y desea ardientemente vernos un día asociados a su gloria y felicidad; por eso, tengamos por cierto que recibiremos de ella toda clase de bienes.

Depositemos, pues, en María una gran esperanza, ya que ella desea intensamente favorecernos; mayor es su solicitud en favorecernos que el nuestro en obtener sus favores. Tengámosle una gran devoción, pues no podemos ser buenos discípulos de Cristo, si no veneramos adecuadamente a María.

La venera la Iglesia, que levanta en su honor altares y edificios sagrados, instituye fiestas, compone oraciones para que los fieles las reciten. Celebrad, pues, con piedad, las fiestas de María, visitad con frecuencia sus iglesias, sus altares, sus imágenes.

¿Queréis agradar a Dios? ¿Queréis complacer a María y merecer su maternal patrocinio? Sed humildes, desprendidos de las cosas del mundo, guardad puro y casto el corazón y el espíritu; sed pacientes en la tribulación, obedientes a las leyes, sumisos a los superiores; amad a Dios y al prójimo. María os colmara de gracias y beneficios; os asistirá en la hora de vuestra muerte; os llevara finalmente a la gloria de los bienaventurados, donde viviréis con ella eternamente.

Fuente: De los Sermones de san Antonio María Pucci, presbítero

Participar en la Santa Misa (II)


“Para que la oblación con que los fieles ofrecen al Padre la Víctima divina tenga efecto cumplido se requiere todavía una cosa: es necesario que ellos se inmolen como víctimas” (Mediator Dei). Esta autorizada enseñanza de la Iglesia nos invita a tomar parte en la Misa, siendo “junto con la Hostia Inmaculada, una víctima agradable a Dios Padre”. Jesús fue la Víctima grata al Padre al abrazarse en todo con su voluntad, hasta morir en cruz por su gloria. Nosotros seremos víctimas ante Dios cuando renunciando a todo querer contrario al suyo, tratemos de conformamos en todo a su querer divino, ya por el cumplimiento exacto de nuestros deberes, ya por la aceptación generosa de todo lo que Dios permite en nosotros. Y si el deber requiere sacrificio, si la vida comporta sufrimientos, todas las mañanas tendremos la oportunidad en la santa Misa de dar el máximo valor a nuestros sacrificios, ofreciendo en ella “junto con el divino Crucificado, todo nuestro ser, nuestras preocupaciones, dolores, angustias y miserias”.

Jesús en el Calvario se inmoló Él solo por nuestra salvación, pero en el Altar quiere asociarnos a su sacrificio, pues, si la cabeza es inmolada, inmolados deben ser también los miembros. ¿Qué valor pueden tener los sacrificios y la misma vida de una criatura aislada, ofrecidos en expiación a Dios? Ninguno, porque nosotros no somos nada. Pero si esa oblación va acompañada por la de Jesús, con Él, en Él, se hace entonces hostia agradable a Dios Padre. Retornando después a nuestras ocupaciones, el recuerdo de la entrega hecha por la mañana nos ayudará a ser generosos en la aceptación de las grandes o pequeñas penas cotidianas, y el pensamiento de que Jesús se inmola en nuestros altares en todos los instantes del día y de la noche, nos permitirá unirnos y vivir realmente como víctimas asociadas a la Víctima divina. ¡Cuánto valor y arranque de generosidad deriva al alma de esta vida, y de la continua participación en la santa Misa!

“¡Oh Salvador mío! En honor de la oblación y unido al sacrificio que de Ti haces al Padre, me ofrezco para ser una hostia sangrienta de tu voluntad, una víctima inmolada a gloria tuya y a gloria del Padre. Úneme a Ti, ¡oh Jesús!, de esa manera: atráeme a tu sacrificio para que sea inmolado contigo y por Ti. Y pues se requiere que la hostia sea sacrificada, degollada, y consumida por el fuego, hazme morir a mí mismo, a mis vicios, a mis pasiones, a todo lo que te disgusta; consúmeme totalmente en el fuego sagrado de tu divino amor y haz que desde ahora toda mi vida sea un continuo sacrificio de alabanza, de gloria y amor al Padre y a Ti” (San Juan Eudes).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Con gran confianza acerquémonos a la Virgen


El que a mí me dio el ser; descansó en mi tabernáculo (Sir 24, 12). Estas palabras se aplican, según el sentido literal, a la Virgen María, en cuyo tabernáculo descansó el Señor corporalmente.

Se estableció, pues, el Creador de todas las cosas en el tabernáculo de las entrañas virginales, por haber puesto allí su lecho nupcial para hacerse hermano nuestro, por haber preparado el solio regio para ser nuestro príncipe, por haber tomado los ornamentos sacerdotales para constituirse nuestro sumo Sacerdote. Por la unión nupcial, la Virgen María es Madre de Dios; por el trono regio, Reina del cielo; por los ornamentos sacerdotales, Abogada del género humano. Para todo eso era apta la Virgen María, siendo como era del género humano, de la descendencia real y de la estirpe sacerdotal.

Diga, pues, la amantísima Virgen María: El que a mí me dio el ser; descansó en mi tabernáculo.

En él puso su lecho nupcial, y esto lo hizo para desposarse con la naturaleza humana en el seno virginal, como en Espíritu, había previsto con certeza el profeta David, cuando dijo: Puso en el sol su tabernáculo (Sal 18, 6). Y añade: Como un esposo, porque el seno virginal fue el tálamo donde Dios se unió a la naturaleza humana, y abrazándola, la unió a si con vínculo nupcial.

En dicho tabernáculo preparó también el trono regio para ser nuestro príncipe, según las palabras del profeta: Se fundará en la misericordia un trono y sobre él se sentará en la casa de David, un juez celoso del derecho (Is 16, 5). Este trono significa justamente la naturaleza humana asumida por el Verbo, sobre la que Dios reinó. Se dice que el reino se fundará sobre la misericordia, porque, aunque en la encarnación resplandezca el poder, la sabiduría y la justicia divina, sin embargo, la razón principal y la causa de la encarnación fue la misericordia de Dios junto con nuestra miseria.

De este tabernáculo tomó el ornamento sacerdotal para entrar en el santuario. En efecto, según la Carta a los Hebreos: Se presentó Cristo como sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de un tabernáculo más excelente y más perfecto, no fabricado por mano de hombre, es decir; no de este mundo. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna (Heb 9, 11- 12). Cristo, nuestro sumo Sacerdote, entrando en el santuario, pasó por el seno virginal, donde recibió la estola de sumo Sacerdote, y por el patíbulo de la cruz, donde se ofreció como víctima santísima, reconciliándonos con Dios. Y este vestido quiso el Señor tomado en el tabernáculo del seno virginal para que fuese abogado, no sólo Él, sino también ella con Él, y así, por dos personas, el Hijo y la Madre, a las que es imposible que Dios rechace, tengamos, como dice la Escritura, un poderosísimo consuelo los que buscamos asilo asiéndonos a la esperanza que tenemos delante (Heb 6, 18). Por eso se dice: Fijaré mi tabernáculo en medio de vosotros, y no os desechara más mi alma (Lv 26, 11); porque la bienaventurada Virgen, abogada nuestra, no puede menos de ser oída.

Acerquémonos, pues, a la Virgen con gran confianza, y la hallaremos, sin duda, propicia en nuestras necesidades, porque ella es nuestra abogada. Con razón, pues, hemos de venerar este tabernáculo y refugiarnos en él, donde se estableció el Señor con tal intimidad, que la bienaventurada Virgen pudo decir con toda verdad: El que a mí me dio el ser, descansó en mi tabernáculo (Sir 24, 12).

Fuente: De los Sermones de san Buenaventura, obispo

Negociemos los talentos


“El que recibió cinco talentos negoció con ellos y ganó otros cinco, y de la misma manera el que recibió dos ganó otros dos, y el que recibió uno cavó en la tierra y escondió el tesoro de su señor.”

En el criado que recibió cinco talentos y en el que recibió dos están representados los fervorosos y diligentes; porque ordinariamente los que han recibido mucho caudal cobran grande ánimo y confianza para trabajar, y como mercaderes ricos se abalanzan a grandes empresas y ganan mucho, con tal que tengan humildad, atribuyendo su fervor a la divina gracia.

En el que recibió un talento están representados los negligentes y perezosos, porque los que tienen poco caudal, si no son muy humildes, suelen ser muy quejicosos, envidiosos y pusilánimes, y así se rinden a la pereza. Y si tienen otros talentos de mundo y carne, empléanse en buscar los bienes terrenos, y debajo de esta tierra sepultan el talento que recibieron para negociar los bienes del cielo.

Y ¿cuál es su premio y galardón? Al que ganó cinco talentos y al que ganó dos, díjoles el Señor: “Alégrate, siervo bueno y fiel; pues fuiste fiel en lo poco, yo te haré señor de muchas cosas: entra en el gozo de tu señor.”

Califícalos de buenos y fieles: buenos, porque vivieron santamente, cumpliendo su ley y voluntad; fieles, porque usaron fielmente de los dones y gracias que habían recibido, aunque en sí grandes, pero pequeños respecto de los eternos; y por eso dice: “Pues fuiste fiel en lo poco”, cual es lo que pasa en esta vida mortal, Yo te constituiré en el cielo sobre mucho, haciéndote muchas y grandes mercedes. “Entra en el gozo de tu Señor”; engólfate en el abismo de los deleites celestiales, para que de dentro y de fuera estés lleno y colmado de gozo, bebiendo del río copioso de su alegría hasta tener perfecta hartura.

A ambos dijo las mismas palabras, para darnos a entender que en la paga del cielo más se atiende a la diligencia de las obras que al número de los talentos. No hubiera sido llamado siervo bueno y fiel el que recibió cinco talentos, si sólo hubiera ganado dos. Y tú ¿negocias con los talentos que Dios te dio? ¿En tu salud, tu ingenio, tu ciencia, con verdadero afán, en las cosas que tocan al servicio de Dios y bien de las almas?

“El siervo que recibió un talento dijo a su Señor: Sé que eres hombre duro y que coges de lo que no haz sembrado, y así, temiéndote, escondí tu talento en la tierra. Aquí tienes lo que es tuyo.”

Descúbrese aquí la malicia del perezoso que, para en encubrir su pereza, finge peligros y dificultades y teme donde no hay que temer.

“Respondióle el Señor: Siervo malo y perezoso, si sabías que cojo donde no siembro, debías haber dado mi dinero cambio, para que cuando viniera recibiera lo que es mío con ganancia. Quitadle el talento y dadle al que tiene cinco; porque, al que tiene se le dará, y al que no tiene le quitarán lo que parece que tiene; y a este siervo desaprovechado echadle en tinieblas exteriores, donde habrá llanto y crujir de diente.”

¡Terrible sentencia! No sólo le reprende aspérrimamente y le confunde delante de los otros siervos, sino que le quita el talento que tenía, esto es, le despoja de todos los bienes de gracia y de todos los dones añadidos a su naturaleza, en castigo de su pereza. Y le echa en las tinieblas exteriores del infierno, donde perpetuamente llore y rabie por su desaprovechada pereza.

Y si tal castigo se da al que por pereza no usa del talento que recibió, ¿qué castigo se dará al que usa de él para ofender a Dios y escandalizar o dañar al prójimo?

Señor, no entres en juicio conmigo. Merecía que me hubieras quitado los talentos que me diste, por haberlos enterrado. Mas ya que por tu paciencia me has hecho sufrir ayúdame a desenterrarlos para que, negociando con ellos lo que me pides, alcance lo que prometes a los que dignamente los emplean.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

Imitar a los que alabamos


Todo el que admira con amor religioso a los Santos y celebra una y otra vez con alabanzas la gloria de los justos, debe imitar su justicia y su vida santa. El que siente alegría ensalzando los méritos de algún santo, ha de tener empeño también en ser, como el santo, fiel al servicio de Dios. Así, pues, o imita uno al que alaba o no alaba al que no quiere imitar. El que tributa elogios a otro, hágase digno de ser alabado, y el que admira el mérito de los Santos, hágase también admirar por su vida santa. Si amamos a las almas justas y fieles por el aprecio que hacemos de su justicia y su fe, también nosotros podemos ser lo que son ellos, si lo que hacen ellos, lo hacemos nosotros.

Y no es difícil para nosotros imitar sus acciones, pues, mientras los primeros Santos, para hacerlas, no tuvieron ejemplos anteriores que imitar, no fueron imitadores de otros, se nos presentan ellos a nosotros como ejemplares que debemos copiar en la práctica de la virtud. Así, tanto por el provecho que sacamos nosotros de su ejemplo, como por el que saque el prójimo del nuestro, será Jesucristo perpetuamente glorificado por sus siervos en la Santa Iglesia.

Ya en los primeros tiempos del mundo el inocente Abel fue sacrificado; Henoc, porque era grato a Dios, fue arrebatado de este mundo; Noé fue hallado justo; Abraham, probado y hallado fiel; Moisés se distinguió por su mansedumbre; Josué, en la castidad; David por la clemencia; Elías agradó al Señor; Daniel fue piadoso; sus tres compañeros, vencedores; los Apóstoles, discípulos de Cristo, fueron nombrados maestros de los creyentes; instruidos por ellos, los Confesores luchan con valentía; los Mártires, consumados en perfección, triunfan; y legiones de cristianos, armados por Dios, infligen al diablo continuas derrotas. Por sus virtudes todos estos son parecidos; por sus combates, diferentes; por sus victorias, gloriosos.

Oh cristiano, eres soldado cobarde si piensas que vas a vencer sin luchar y a triunfar sin esfuerzo. Despliega tu fuerza, lucha con valor, pelea sin desmayo en esta refriega. Recuerda tu pacto, atiende a las condiciones, mira lo que es la milicia: el pacto, lo hiciste; las condiciones, las aceptaste; en la milicia, te alistaste.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

El sábado, día de la Virgen


Desde hace muchos siglos se dedica el sábado a venerar de manera especial a la Santísima Virgen. Se suele celebrar la Misa de “Santa María en Sábado”, como se la llama; a veces en tal día se canta solemnemente la Salve Regina.

Como devoción concreta al alcance de todos nombremos ante todo los cinco primeros sábados de mes. La Virgen de Fátima ha vinculado una promesa de salvación a los que comulgan con sentido de reparación tales días.

Asimismo el sábado se puede rezar -en público o en privado- lo que se llama la Sabatina, o sea una especial súplica a la Virgen en su día.

Felicitación sabatina en honor de la Santísima Virgen María

Saludo:

Gocémonos siempre en el Señor, honrando a la bienaventurada Virgen Santa María, Madre de Dios; Virgen antes del parto, en el parto y después del parto; predestinada antes que todas las criaturas, Reina y Corredentora, Abogada nuestra. Amén.

Plegaria:

V.\ Virgen Madre de Dios, purísima María, El que no cabe en todo el orbe se encerró hecho hombre en tus entrañas.

Después del parto permaneciste virgen. Madre de Dios, intercede por nosotros.

R.\ Dios te salve, María...

V.\ Virgen inmaculada, concebida sin pecado, imploran tu favor los poderosos, porque eres la más poderosa de las criaturas y la más bella de los siglos.

El Señor te vistió con vestido de santidad y te rodeó con el manto de su gracia, como a esposa adornada con sus joyas.

R.\ Dios te salve, María...

V. Bendita tú, Virgen María Inmaculada, por el Señor, Dios excelso, sobre todas las mujeres de la tierra.

Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú eres la honra de nuestro pueblo.

R. Dios te salve, María...

Felicitación:

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día, alma, vida y corazón, mírame con compasión, no me dejes, Madre mía.

Oración:

Omnipotente y sempiterno Dios, que con la cooperación del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen y Madre María para que fuese merecedora de ser morada digna de tu Hijo; concédenos que, pues celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. P. Alfredo Saenz, Magníficat.

Participar en la Santa Misa (I)


¡Oh Jesús, que cada día y en cada hora te inmolas sobre los altares! Dígnate asociarme a tu sacrificio.

La Encíclica Mediator Dei exhorta a todos los fieles a “participar en el sacrificio eucarístico más que con asistencia pasiva, negligente, distraída, con empeño y fervor capaces de ponerles en íntimo contacto con el Sumo Sacerdote”. No es suficiente asistir a la Misa; hay que tomar parte en ella, “participar” de ella. En la santa Misa Jesús continúa inmolándose, ofreciéndose por nosotros al Padre para obtenernos las bendiciones del cielo. Es cierto que Jesús se ofrece mediante el ministerio del sacerdote, pero éste presenta la ofrenda en nombre de todos los fieles, en compañía de ellos, como indican las palabras del Canon: “por quienes te ofrecemos y ellos te ofrecen este sacrificio de alabanza...”. Esto quiere decir que los fieles están invitados a presentar en unión con el sacerdote la Víctima divina, o como enseña la misma encíclica, “a unir sus intenciones de alabanzas, de impetración, de expiación, de agradecimiento a las del sacerdote y a las del mismo Sumo Sacerdote”. Como María Santísima no asistió en el Calvario pasivamente a la Pasión de su Hijo, sino que, uniéndose a sus intenciones, lo ofreció ella misma al Padre, así también nosotros, cuando asistimos al sacrificio de la santa Misa, debemos, presentar al Padre la Víctima divina, que es nuestra, porque se ofreció e inmoló por nosotros. Nuestras alabanzas, nuestras expiaciones, nuestras súplicas, son despreciables y de ningún valor, pero presentadas a Dios en unión con las de Jesús y avaladas por su Sacrificio, de seguro que le agradarán y serán escuchadas en atención a la dignidad infinita de la Víctima divina. Jesús, Cabeza del Cuerpo Místico se inmoló por nosotros, sus miembros, y nos pertenece por ser nuestra Cabeza; es nuestro, es la Víctima que, sacrificada totalmente en el Calvario por nuestra salvación, quiere perpetuar su holocausto en los altares de modo que cada día, cada hora, podamos tenerla a nuestra disposición y ofrecerla al Padre según nuestras intenciones.

“¡Oh Jesús! Haz que tu Sacrificio, el santo Sacrificio del altar, sea fuente y modelo de mi sacrificio, pues también mi vida debe ser un santo holocausto. Que sea sacrificio es cierto, porque la vida está toda entretejida de mortificaciones, desgarraduras, dolores... Pero para que mi sacrificio sea santo como el tuyo del Calvario y de la santa Misa, necesita ser vivificado, consumado en el amor. Jesús, concédeme un ardiente amor que avalore mi sacrificio, que lo haga fecundo para gloria del Padre, para triunfo de la Iglesia, para bien de las almas.

¡Oh Jesús, divino Sacerdote! ¿Qué te ofreceré como materia de sacrificio, como víctima de amor, para participar en tu sacrificio? Te ofreceré mi corazón, mi voluntad, mi mismo amor para que sea trasformado en el tuyo. Tú me das ejemplo en tu santo Sacrificio precisamente de esa perfecta docilidad, igualdad de ánimo, abandono. He aquí la oferta que te hago: abandono general y total a cada disposición de la divina Providencia, a todo lo que Dios quiera” (Hermana Carmela del Espíritu Santo CD.).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Obedecer a Dios antes que a los hombres


En nuestros días, la cuestión de la objeción de conciencia se plantea especialmente a las personas que se ven en la disyuntiva de aplicar leyes homicidas que autorizan el aborto o la eutanasia. En su Encíclica Evangelium vitae del 25 de marzo de 1995, el Papa Juan Pablo II enseñaba al respecto: “Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (Rm 13, 1-7), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29)”

Jägerstätter sigue el dictado de su conciencia para obedecer a Dios y salvar su alma. “La conciencia -escribe san Buenaventura- es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar”.

Antes del juicio, el abogado de Franz, Feldmann, que quiere salvar a toda costa la vida de su cliente, consigue que el reo pueda reunirse cara a cara con sus jueces. Estos le exhortan a “no obligarles a condenarlo a muerte”, aceptando servir en una unidad sanitaria. Pero Franz declina el ofrecimiento, pues tendría que prestar el juramento de obediencia incondicional, lo que no quiere hacer a ningún precio. El fallo del tribunal militar de Berlín, fechado el 6 de julio de 1943, constata que ese rechazo del servicio de las armas es un crimen punible según la ley del Reich, y que los motivos de conciencia alegados no son admisibles y que no se considera al acusado enfermo mental. Franz es condenado a muerte.

El 8 de agosto de 1943, Franz es trasladado a la prisión de Brandeburgo. Ese mismo día, Franz escribe a los suyos: “¡Me habría gustado tanto ahorraros todo este sufrimiento que debéis soportar por mi causa! Pero ya sabéis lo que dijo Cristo: El que quiere a su padre, a su madre, a su esposa o a sus hijos más que a mí, no es digno de mí (cf. Mt 10, 37)”. En su carta de despedida, escrita pocas horas antes de la ejecución, añade: “Doy gracias a nuestro Salvador por el hecho de poder sufrir e incluso morir por Él. Espero que Dios se digne aceptar la ofrenda de mi vida en sacrificio de expiación no solamente por mis pecados, sino también por los de los demás”. Luego, recomienda que no se alimenten pensamientos de ira ni de venganza contra nadie: “Durante todo el tiempo que un hombre esté vivo, es nuestro deber ayudarle con nuestro amor para que camine por el camino del Cielo”.

A las 16 horas del 9 de agosto, Franz Jägerstätter es decapitado. La noche del mismo día, el padre Jochmann, capellán de la prisión, declara a las religiosas austríacas que rigen una clínica en Brandeburgo: “No puedo más que felicitarles por tener semejante compatriota, que ha vivido como un santo y ha muerto como un héroe. Tengo la certeza de que ese hombre sencillo es el único santo que he tenido la oportunidad de encontrar en la vida”.

El padre Kreuzberg, que ha conocido a Franz durante sus últimos días, se preguntará más tarde: “¿De dónde procede la determinación de ese hombre sencillo? Sus cartas nos enseñan hasta qué punto vivía de las grandes verdades de la fe católica: Dios, el pecado, la muerte, el juicio final, la eternidad, el Cielo y el infierno; había recibido esas verdades en el transcurso de las homilías parroquiales del domingo. De manera especial, la idea de la eternidad y de los gozos del Cielo fue para él una gran ayuda y un precioso consuelo en sus sufrimientos y en la dolorosa despedida a su familia”.

Beato Franz Jägerstätter, concédenos poder seguir la voz de nuestra conciencia, guiados por nuestra Madre la Santa Iglesia, sin permitir que nos detenga ninguna consideración humana.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval

En la beatificación de Franz Jägerstätter


Agosto de 1943. En la prisión militar de Berlín-Tegel, un condenado a muerte traza con mano torpe las siguientes líneas: “Aunque escriba con las manos encadenadas, es preferible a tener la voluntad encadenada. A veces, Dios se manifiesta dando fuerza a quienes le aman y no anteponen las cosas terrenales a las realidades eternas. Ni el calabozo, ni las cadenas, ni siquiera la muerte pueden separar a alguien del amor de Dios, ni arrebatarle la fe y el libre albedrío. El poder de Dios es invencible”. Este “mártir de la conciencia” fue beatificado, en presencia de su esposa, de 94 años de edad. (Dom Antoine Marie, OSB)

He venido a Linz con gran alegría en mi corazón por el honor que el Santo Padre Benedicto XVI me ha concedido, por su benevolencia, al designarme para presidir, como representante suyo, el solemne rito de la beatificación del siervo de Dios Franz Jägerstätter. Quiero manifestaros mi gozo particular al ver inscrito hoy en el catálogo de los beatos a un laico casado y padre de familia.

La peculiaridad de nuestro beato se encuentra en su martirio (1943), insertado en el contexto histórico particularmente trágico del período del III Reich, durante la segunda guerra mundial. El beato Franz era un hombre de nuestro tiempo, un hombre normal, con defectos; incluso, durante cierto tiempo, llevó un estilo de vida más bien ligero y mundano. Pero siguiendo su vocación y con la gracia de Dios, puso la voluntad de Dios por encima de todo, llegando, tras largas luchas interiores, a una vida extraordinaria de testimonio cristiano.

Por sus convicciones de fe afrontó la muerte. Su camino es un desafío y un estímulo para todos los cristianos, que pueden seguir su ejemplo para vivir con coherencia y compromiso radical su fe, incluso hasta las extremas consecuencias, si fuese necesario. Los beatos y los santos siempre han dado ejemplo de lo que significa e implica ser cristianos, incluso en algunos momentos particulares, concretos, de la historia.

En un tiempo como el nuestro, en el que no faltan los condicionamientos e incluso la manipulación de las conciencias y las inteligencias, a veces a través de formas engañosas que se sirven de las tecnologías modernas más avanzadas, el testimonio del beato Franz es un ejemplo importantísimo de inquebrantable valentía y de firme y fuerte coherencia.

Son conmovedoras las palabras que escribió Franz Jägerstätter en la última carta que envió a su esposa Franziska Schwanniger, especialmente cuando afirmaba: “También doy gracias a nuestro Salvador porque he podido sufrir por él. Confío en su infinita misericordia. Espero que me haya perdonado todo y que no me abandone en mi última hora... Cumplid los mandamientos y, con la gracia de Dios, pronto nos volveremos a ver en el cielo” (Doc. 21, Summ., 187-188).

Esas palabras nos llevan a la esencia, porque los santos saben ir siempre a lo esencial, que aquí es aquel “serva mandata”, “cumple los mandamientos” (cf. Mt 19, 17), con que Jesús responde a quien quiere saber qué debe hacer para alcanzar la vida eterna.

Invocando la protección especial del nuevo beato, el mártir Franz Jägerstätter, me complace transmitir la bendición apostólica particular del Santo Padre Benedicto XVI, para que os acompañe en el camino hacia la santidad, a la que todos estamos llamados

Fuente: Card. José Saraiva Martins, Homilía del 26 de octubre de 2007 en la ceremonia de Beatificación

La humildad de María (II)


Si te es imposible imitar el candor y la belleza de María -dice San Bernardo- imita al menos su humildad. Una virtud verdaderamente gloriosa es la virginidad, pero no es necesaria como la humildad; la primera nos fue propuesta bajo la forma de una invitación; la segunda nos fue impuesta como un precepto absoluto: “si no os hicieres como niños no entraréis en el reino de los cielos”; la virginidad será premiada, pero la humildad nos es exigida; sin la virginidad podemos salvarnos, pero sin la humildad es imposible la salvación. Sin la humildad, la misma virginidad de María habría desagradado a Dios. Agradó al Señor María por su virginidad; pero llegó a ser Madre por su humildad.

Las cualidades y las dotes más hermosas, hasta la penitencia, la pobreza, la virginidad, el apostolado, la misma vida consagrada a Dios, incluso el sacerdocio, son estériles e infecundas si no están acompañadas por una humildad sincera; más aún, sin la humildad pueden ser un peligro para el alma que las poseen. Lucifer era casto, pero no era humilde, y el orgullo fue su ruina. Cuanto más encumbrado es el puesto que ocupamos en la viña del Señor, cuanto más elevada es la vida de perfección que profesamos, cuanto más importante es la misión que Dios nos ha confiado, más necesidad tenemos de vivir fuertemente radicados en la humildad. Así como la maternidad de María fue el fruto de su humildad -humilitate concepit-, del mismo modo la fecundidad de nuestra vida interior, de nuestro apostolado, dependerá y estará en proporción con la humildad. Sólo Dios puede realizar en nosotros y por medio de nosotros obras maravillosas, pero no las hará si no nos ve sincera y profundamente humildes. Sólo la humildad es el terreno fértil y apto para que fructifiquen los dones del Señor; por otra parte, siempre será la humildad quien haga descender sobre nosotros la gracia y los favores de Dios. En el ajedrez, “la dama es la que más guerra le puede hacer [al Rey], y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad; ésta le trajo del cielo en las entrañas de la Virgen, y con ella [humildad] le traeremos nosotras de un cabello a nuestras almas. Y creed que quien más [humildad] tuviere, más le tendrá [a Dios], y quien menos, menos. Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad, ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado” (Santa Teresa).

¡Oh Madre humildísima! Hazme humilde, para que el Señor se complazca en fijar sus ojos en mí. Nada hay en mi alma que pueda fascinar la mirada de Dios: nada de sublime, nada digno de sus complacencias, nada verdaderamente bueno y virtuoso. Y si algo hubiese digno de Dios, está mezclado con tanta miseria, es tan débil y deficiente que no merece el nombre de virtud. Entonces, Señor, ¿qué es lo que podrá atraer tu gracia sobre mi pobre alma? ¿En quién se posan tus miradas, sino en los humildes y en los hombres de corazón contrito? (Is. 66, 2). ¡Oh Señor, que sea yo humilde! Hacedme humilde por los méritos de tu humildísima Madre.

“¡Oh María! Si Tú no hubieras sido tan humilde, no habría descendido sobre ti el Espíritu Santo y no habrías llegado a ser Madre...” (San Bernardo). Del mismo modo, si yo no soy humilde, el Señor no me dará la gracia, el Espíritu Santo no descenderá sobre mí, y mi vida será estéril e infecunda. Haz, ¡oh Virgen Santa!, que tu humildad, tan agradable a los ojos de Dios, me alcance el perdón de mi orgullo y me conceda un corazón verdaderamente humilde.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La humildad de María (I)


¡Oh María, la más humilde entre todas las criaturas! Haz humilde mi corazón.

“No es difícil -dice San Bernardo- ser humilde en el silencio de una vida oscura, pero es raro y verdaderamente hermoso conservarse tales en medio de los honores”. María Santísima fue ciertamente la mujer más honrada por el Señor, la más elevada sobre las criaturas, y sin embargo, ninguna se ha rebajado y humillado tanto como Ella. Se diría que parece existir una porfía entre Dios y María: cuanto más la ensalza Dios, más se oculta María en su humildad. El Ángel la saluda “llena de gracia” y María “se turba” (Lc. 1, 28-29). Explica San Alfonso: “Se turbó porque, siendo tan humilde, aborrecía toda alabanza propia y deseaba que sólo Dios fuese alabado”. El Ángel le revela la sublime misión que le ha confiado el Altísimo, y María se declara “esclava del Señor” (Lc.1, 38). Su mirada no se detiene ofuscada en el honor inmenso que redundará en su persona por haber sido escogida entre todas las mujeres para ser Madre del Hijo de Dios, sino que contempla extasiada el misterio infinito de un Dios que quiere encarnarse en el seno de una pobre criatura. Si Dios quiere descender a tal profundidad como es hacerse Hijo suyo, ¿hasta dónde tendrá que descender y abajarse su pobre esclava? Cuanto más comprende la grandeza del misterio, la inmensidad del don divino, más se humilla ocultándose en su nada. Idéntica actitud sorprendemos en la Virgen cuando Isabel la saluda: “bendita entre todas las mujeres” (Lc. 42, 18). María no se extraña al oír estas palabras porque ya es Madre de Dios, sin embargo, queda fija y como enclavada en su profunda humildad: todo lo atribuye al Señor, cuya misericordia ensalza, confesando la bondad con que “ha mirado la bajeza de su esclava” (Ib. 48). Dios ha obrado en ella grandes cosas: lo sabe, lo reconoce, pero en lugar de gloriarse en su grandeza, todo lo dirige puramente a la gloria de Dios. Con razón exclama San Bernardo: “Así como ninguna criatura después del Hijo de Dios ha sido elevada a una dignidad y gracia iguales a María, del mismo modo ninguna ha descendido tanto en el abismo de la humildad”. Éste debe ser el efecto que han de producir en nosotros las gracias y los favores divinos: hacernos siempre más humildes, siempre más conscientes de nuestra nada.

“¡Oh Virgen, tallo glorioso! ¿Hasta qué sublime altura levantas tu corola? Hasta Aquél que está sentado en el trono, hasta el Señor de la Majestad. No me sorprende que llegues a tanta altura, porque sé que estás profundamente enraizada en la humildad. Dios te salve, María, llena de gracia. Verdaderamente llena de gracia, porque agradas a Dios, a los ángeles, a los hombres; a los hombres por tu maternidad, a los ángeles por tu virginidad, a Dios por tu humildad. Precisamente con tu humildad atraes la mirada del Señor, de Aquél que se inclina sobre los humildes, mientras mira desde lejos a los soberbios. Los ojos de Satanás se fijan en todo lo que es alto y soberbio, pero los ojos de Dios se fijan en todo lo que es bajo y humilde” (San Bernardo).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

María y la Eucaristía, frutos hermosos del huerto de la Iglesia


La Iglesia nos ha sido designada bajo el símbolo de un huerto cerrado, huerto del cual el paraíso terrenal no fue más que su figura, y él mismo a su vez no es otra cosa que la imagen anticipada del paraíso celestial. Pues bien, lo más hermoso que encuentro yo en ese bello huerto de la Iglesia, lo que se lleva mis miradas y arrebata los afectos todos de mi corazón es el lirio y el árbol cargado de frutos: María y la Eucaristía.

Como el lirio entre las espinas, así es María entre las hijas de Sion. En efecto, ella aventaja a todas por su incomparable pureza. Muchas han seguido a María en el puro sendero de la virginidad: muchas han adquirido la blancura del lirio, pero entre ellas no hay ninguna que no haya debido decir de sí misma: He sido engendrada en la iniquidad y mi madre me concibió en pecado. Sólo María es inmaculada en su concepción, inmaculada en su maternidad divina, inmaculada en su vida y en su muerte, y siempre inmaculada. Ah, como el lirio entre las espinas, así es María entre las hijas de Sion.

Dejo el lirio, que embriaga dulcemente con sus aromas, y paso a ocuparme un poco del árbol cargado de frutos. Jesucristo es por excelencia el fruto más valioso: es el fruto bendito del seno purísimo de María, el fruto que colgó del árbol de la cruz. Mas, sobre todo, parece que se realiza este símbolo en la Eucaristía, árbol querido, cuyo suelo es el altar y de quien se ha escrito: Me sentaré a la sombra de aquel a quien yo había deseado y sus frutos serán dulces a mi paladar. Una sombra siempre fresca y agradable, y frutos siempre suaves, ¿no es esto la Eucaristía?

En el tabernáculo el Dios tres veces santo nos oculta el esplendor de su gloria, oculta todo lo que es a la sombra de los accidentes, y en esa sombra agradable se encuentra la paz y la calma. Cuando os veáis abrasados por el fuego de las pasiones, sentaos a la sombra de ese árbol bendito y apagad vuestra sed con sus frutos. Todos los días tomo ese fruto bendito, único capaz de apagar mi sed y de saciar mi corazón. Todos los días como ese fruto bendito, y todos los días lo pido y todos los días se me ofrece y lo tengo a mi disposición. Cuando me acuerdo de ese árbol de vida me parece escuchar una voz que me dice: “Si tienes sed, ven luego a mí; si no me comes, no tendrás vida en ti”. Y cuando ese fruto divino viene a mí, le oigo también que dice: “Mis delicias son el estar contigo”. Descansad con frecuencia a la sombra de ese árbol bendito cargado de frutos y recoged de esos frutos en abundancia. ¡Son tan exquisitos, tan dulces esos frutos! ¡Causan tanto placer, tanto gozo!

Hemos pensado en el lirio y en el árbol cargado de frutos. El autor sagrado une a los dos en su cántico y nosotros también los hemos unido en este día. Entre María y la Eucaristía existen maravillosas relaciones. La Eucaristía me hace recordar a María, y María, a su vez, me enseña a amar mejor la Eucaristía. La Eucaristía me recuerda a María. La carne divina que se nos presenta en el sacramento del amor la debemos desde luego a María. Antes de nacer en nuestros altares tuvo nacimiento de María. El seno de María fue el primer sagrario que recibió y tuvo al Verbo humanado. Las manos de María, las primeras en tocarle. La cueva de Belén, el primer tabernáculo donde fue expuesto. Los pañales donde lo envolvió, los primeros lienzos sagrados. Toda la Eucaristía nos recuerda a María.

María nos enseña a amar a la Eucaristía. ¡Oh María, cuando os veo estrechar a Jesucristo sobre vuestro corazón y entre vuestros brazos maternales, envidio vuestra dicha! Envidio los dulces momentos que pasáis con él; envidio vuestros abrazos; envidio todo lo que hacéis por agradarle; pero tú me enseñas esas cosas y procuraré imitarte.

Cuando después de la ascensión del Salvador se retiró con su muy amado discípulo, me imagino que todas las mañanas recibía a su divino Hijo en la Eucaristía de manos del discípulo amado san Juan. ¡Oh Dios mío!, ¡qué comuniones! “Es él mismo, es mi hijo”, decía María; “es el que llevé en mi seno nueve meses, el que abrigué con tiernas caricias junto a mi seno”. “Sí”, respondía el Apóstol muy amado, “también yo le he reconocido, es mi amado Maestro. Aquel sobre cuyo pecho recliné mi cabeza. Aquel que vi glorioso en el Tabor y lleno de oprobio expirando en la cruz”. ¡Dichoso discípulo! Había escogido pues su estancia entre el lirio y el árbol cargado de frutos, entre María y la Eucaristía. La dicha de Juan es la que quiero y suplico humildemente.

¡Jesús mío sacramentado! Decidme quién es vuestra madre y enseñadme a amarla. María, decidme qué es la Comunión, qué es Jesús Sacramentado, y enseñadme a amarle. Jesús, María, no, no quiero descansar en otra parte; quiero gozar de tus perfumes, oh lirio precioso. Quiero descansar a tu sombra, oh árbol divino cargado de frutos. Sí, Jesús y María, deseo, espero, quiero, pido estar a vuestro lado en esta vida, en la otra, siempre, la eternidad entera.

Fuente: De los sermones de San Ezequiel Moreno

María, Mediadora de todas las Gracias


Alza los ojos al cielo y contempla a María sentada en el trono de la gracia y de la misericordia, al lado de su Hijo Jesús. Póstrate a los pies de esta Señora y pídele confianza filial para obtener de ella todas las gracias.

Considera que, para obtener del Señor alguna gracia, el camino es la mediación de María.

La primera obra estupenda que hizo Cristo en el mundo, aún antes de nacer, la santificación de Juan Bautista en el vientre de su madre, fue tomando por instrumento la palabra de María que saludó a su prima Isabel: Apenas sonó tu voz en mis oídos, saltó de gozo el niño en mis entrañas.

El primer milagro que obró Jesús en su vida pública, lo hizo a ruegos de su Madre, acelerando, por amor de Ella la hora de su manifestación al mundo: Aún no ha llegado mi hora, dice; pero María, sin vacilar, insiste, y Jesús accede a los deseos de su Madre, y convierte el agua en vino generoso en las bodas de Caná.

Este oficio de Mediadora le concierne a María por ser Madre de todos los hombres. Ella, al dar la vida al Hijo de Dios, se la dio a todos los hombres; y al cooperar al pie de la Cruz a la redención universal, se hizo Madre y Corredentora de todos los redimidos. A todos representaba el discípulo Amado, cuando Jesús le constituyó hijo de su Madre: -Mujer, ves ahí a tu hijo. -Hijo, ves ahí a tu Madre.

Por eso, así como nadie llega al Padre sino por medio de su divino Hijo, así nadie llega al Hijo sino por medio de la Madre. El Padre nada niega a su Hijo; el Hijo nada niega a su Madre. Nadie puede salvarse sino por los méritos del Hijo; nadie puede salvarse sino por la intercesión de la Madre. El Hijo es nuestro medianero y abogado con el Padre; la Madre es nuestra medianera y abogada con el Hijo. Los santos llaman a Jesús la cabeza y a María el cuello de la Iglesia. Jesús es la fuente de la gracia, María es la concha donde se deposita. Jesús es el sol del mundo, María es la luna. Nada se produce en el orden de la naturaleza sin la influencia del sol y de la luna; nada se produce en el orden de la gracia sin la influencia de Jesús y de María. Aunque la luna recibe toda su luz del sol, concurre también a la generación de todo lo que existe: aunque María lo recibe todo de su Hijo, concurre a la santificación de todos los hombres.

¡Madre de Dios y Madre mía! ¡Cuánto me gozo con saber que depende de Vos mi salvación! Vuestro Hijo es mi salvador; pero también es mi Juez; me alienta su bondad, pero me intimida su justicia; me reconozco pecador, y no me atrevo a ponerme en su presencia. Pero en Vos, Madre mía, no hallo nada que me atemorice; sois Madre de gracia, no de justicia, ¿Seríais Madre de Dios si no hubiese pecadores?

Por pecador que yo sea, no puedo desesperar de mi salvación. ¿Qué tengo que temer, si quiero convertirme, teniendo un Abogado todopoderoso con el Padre, y una Abogada tan poderosa con el Hijo? Quiero ser hijo vuestro para ser hijo de Dios; quiero ser del número de vuestros siervos para entrar en el número de los predestinados.

Fuente: Cf. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año.

Rogad al Señor de la mies, para que mande trabajadores a su mies


Consideraré que la Iglesia de Jesucristo es el gran campo cubierto de mieses, que son todos los pueblos del mundo y las innumerables multitudes de almas de todas las clases sociales y de todas las condiciones. Consideraré siempre como la mayor parte de estas mieses perecen por falta de cultivadores.

Sentiré el corazón traspasado por tanta ruina, especialmente por las mieses que son las generaciones nacientes. Penetraré en las penas íntimas del Corazón Sagradísimo de Jesús por tanta continua y secular miseria, y, recordándome de la palabra santísima de Jesucristo: Rogad, pues, al Señor de la mies para que mande trabajadores a su mies (Mt 9,38), consideraré que para la salvación de los pueblos, de las naciones, de la sociedad, de la Iglesia, y especialmente de los niños y de la juventud, para la evangelización de los pobres y para todo otro bien espiritual y temporal para la familia humana, no puede haber recurso más eficaz y soberano que éste, mandado por el Señor, o sea el de suplicar incesantemente el Corazón Sagradísimo de Jesús, su Santísima Madre, los Ángeles y los Santos, para que el Santo y divino Espíritu suscite vocaciones vigorosas, almas escogidas, sacerdotes santos, hombres apostólicos, nuevos apóstoles llenos de fe, de celo y de caridad para la salvación de todas las almas.

Dedicaré a esta oración incesante todos mis días y todas mis intenciones, y tendré gran premura y celo para que este mandato de Jesucristo nuestro Señor, poco apreciado hasta ahora, sea conocido y actuado por doquier; para que en todo el mundo todos los sacerdotes de los dos cleros, todos los prelados de la santa Iglesia hasta el Sumo Pontífice, todas las vírgenes consagradas a Jesús, todos los clérigos en los seminarios, todas las almas piadosas, todos los pobres y los niños, todos rueguen al Sumo Dios, para que envíe, sin más tardar, trabajadores numerosos y santos del uno y del otro sexo, en el sacerdocio y en el laicado, para la santificación y la salvación de todas las almas. Estaré preparado, con la ayuda del Señor, a cualquier sacrificio, hasta a la entrega de la sangre y de la vida, para que esta “Rogación” sea universal.

Fuente: De los Escritos de san Aníbal María Di Francia, presbítero y fundador

La Misericordia Divina y la misericordia humana


Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla.

Oh hombre, ¿con qué cara te atreves a pedir, si tú te resistes a dar? Quien desee alcanzar misericordia en el cielo debe él practicarla en este mundo. Y por esto, hermanos muy amados, ya que todos deseamos la misericordia, actuemos de manera que ella llegue a ser nuestro abogado en este mundo, para que nos libre después en el futuro. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega a través de la misericordia terrena. Dice, en efecto, la Escritura: Señor, tu misericordia llega al cielo.

Existe, pues, una misericordia terrena y humana, otra celestial y divina. ¿Cuál es la misericordia humana? La que consiste en atender a las miserias de los pobres. ¿Cuál es la misericordia divina? Sin duda, la que consiste en el perdón de los pecados. Todo lo que da la misericordia humana en este tiempo de peregrinación se lo devuelve después la misericordia divina en la Patria definitiva. Dios, en este mundo, padece frío y hambre en la persona de todos los pobres, como dijo él mismo: Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. El mismo Dios que se digna dar en el cielo quiere recibir en la tierra.

¿Cómo somos nosotros, que cuando Dios nos da queremos recibir, y cuando nos pide no le queremos dar? Porque cuando un pobre pasa hambre es Cristo quien pasa necesidad, como dijo él mismo: Tuve hambre, y no me disteis de comer. No apartes, pues, tu mirada de la miseria de los pobres, si quieres esperar confiado el perdón de los pecados. Ahora, hermanos, Cristo pasa hambre, es él quien se digna padecer hambre y sed en la persona de todos los pobres; y lo que reciba aquí en la tierra lo devolverá luego en el cielo.

Os pregunto, hermanos, ¿qué es lo que queréis o buscáis cuando venís a la iglesia? Ciertamente la misericordia, Practicad, pues, la misericordia terrena y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide a ti, y tú le pides a Dios; aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente, y merecerás recibir de Cristo, ya que él ha dicho: Dad y se os dará. No comprendo cómo te atreves o esperar recibir, si tú te niegas a dar. Por esto, cuando vengáis a la iglesia, dad a los pobres la limosna que podáis, según vuestras posibilidades.

Fuente: De los Sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo

Madre de la Santa Esperanza


Entre los títulos que, con razón, convienen a María, está el de “Madre de la Santa Esperanza”. La esperanza es la virtud que, a modo de un ancla, mantiene firmes las naves de nuestras almas en el mar proceloso de este mundo desgraciado. Es también la ayuda que nos ha quedado después de la caída; el alivio que nos sostiene en el abatimiento; el ánimo necesario para la práctica de las virtudes. Los teólogos la definen como virtud sobrenaturalmente infusa, mediante la cual esperamos de Dios con confianza firme la vida eterna y los medios que a ella nos conducen. Como Madre de la Esperanza, la Virgen María la poseyó ciertamente en grado heroico en toda su plenitud. En lugar de poner su confianza en las personas de este mundo -como sucede por desgracia entre los hombres-, ella no la colocó sino en Dios. Y no deseó ni buscó otra cosa sino la vida eterna y cuanto a ella conduce.

Este mundo, con todo cuanto en él fascina o constituye ordinariamente el objeto de los deseos de los engañados hijos de Adán, para María era como si no existiese. La tierra era un desierto para María. De ahí que los ángeles mismos, sorprendidos por el desapego total de lo creado que se daba en su corazón, parecían exclamar: ¿Quién es ésta que sube del desierto, llena de delicias, recostada en su amado?

Aunque la Virgen María estuviese llena de los más excelsos dones y libre del incentivo del pecado, sin embargo, no ponía en sí misma ni en sus fuerzas su confianza, sino más bien en Dios, del cual sabía ella descendían los bienes más excelentes y todo don perfecto. En Dios puso ella siempre su confianza en medio de los peligros, en las persecuciones, cuando se vio obligada a huir incluso de su propia tierra; en Dios esperó también al tiempo de la muerte de su divino Hijo, cuando todos los Apóstoles se dispersaron; en Dios esperó cuando las persecuciones suscitadas contra la Iglesia naciente, tierna y querida Esposa de su divino Hijo. Armada con esta confianza se mantuvo siempre constante en todas las vicisitudes, aún las más desastrosas. Más bien fue ella la que sostenía a los demás, los cuales en sus abatimientos recurrían a ella como a madre; daba confianza a los débiles, extendía su mano benigna a los caídos; animaba a los fuertes a confiar cada vez más. No es lícito pensar que en la actualidad ella no se acuerde de ejercitar esa función de materna piedad. Ciertamente que no. También en la actualidad, desde el solio elevado donde está sentada, extiende su mano maternal para levantar a los caídos; abre su seno para darles confianza; sale a su encuentro para animarlos a ponerse en pie; “se muestra con ellos bien dispuesta y les sale al encuentro con toda benevolencia” (Sb 6, 16); da valor a los buenos; obtiene para ellos intrepidez en las vicisitudes humanas, a fin de que no sucumban; anima a los pastores; da nueva vida al rebaño de Cristo. En una palabra, ella se muestra siempre y para todos como un auténtico faro de esperanza, esto es: Madre de la Santa Esperanza.

Fuente: De la Mariología del Beato Domingo de la Madre de Dios, sacerdote

La Santa Misa (II)


El mejor modo de asistir a la santa Misa es aquel que nos hace participar en grado más elevado en la acción sublime que se realiza en el altar. Por eso es tan recomendable el método litúrgico que, haciendo recitar las mismas preces que dice el sacerdote, permite seguir más de cerca las varias partes del Santo Sacrificio. Pero, en vez de preocuparse de la integridad del rezo, que sólo obliga al sacerdote, es preferible que el alma capte el significado de las diversas oraciones, especialmente aquellas que acompañan los momentos principales de la santa Misa, como el Ofertorio, la Consagración, la Comunión. A pesar de ser optimo el método litúrgico, no es, sin embargo, el único. La Encíclica Mediator Dei advierte explícitamente que las necesidades y disposiciones de las almas “no son siempre iguales en todos ni siempre las mismas en cada individuo”. Por ejemplo, no es raro que, después de haber usado por largo tiempo y con mucho fruto el método litúrgico, algunas almas sientan necesidad de cerrar el misal para “gustar” más profundamente la sustancia de la Misa, para “penetrar” más adentro en ella. Evidentemente esto no es un retroceso, sino un adelanto. El alma siente necesidad, más que de atender distintamente a las diversas ceremonias y oraciones, “de ponerse en contacto íntimo con el Sumo Sacerdote” para asociarse internamente a su oferta, a su inmolación. En este caso el alma asiste a la santa Misa de modo más contemplativo que litúrgico, o sea con la que es la característica de la oración contemplativa. Sin necesidad de seguir el rito sagrado en cada una de sus partes, el alma fija la mente y el corazón con una mirada general que el amor hace penetrante, se adentra en una comprensión mayor del Santo Sacrificio, adquiere de él un “sentido” cada vez más profundo y se despierta en ella un deseo más eficaz de asociarse a él. Pero siempre será conveniente que de tanto en tanto vuelva a usar del misal, especialmente para seguir la liturgia de las fiestas y domingos, y en él descubrirá nuevas luces, nuevos sentimientos que le ayudarán a captar mejor la sustancia del Santo Sacrificio.

“¿Qué daré al Señor por todo el bien recibido de Él? Alzaré al cielo el cáliz de la salvación. Sí, ¡Dios mío!, tomaré este cáliz enrojecido con la sangre de mi Maestro, y en agradecimiento, mezclaré alegremente mi sangre con la de la Víctima santa. Así mi sacrificio será infinito y podrá darte, ¡oh Padre!, una alabanza grandiosa. Así mi sufrimiento se convertirá en un mensaje de tu gloria. Jesús, dígnate identificarme tan perfectamente contigo que pueda representarte continuamente ante los ojos del Padre. Cuando viniste al mundo dijiste: "Heme aquí, ¡oh Padre!, vengo a hacer tu voluntad". Haz que esta oración sea el latido de mi corazón. Tú que te diste por entero para cumplir la voluntad del Padre, haz que esa voluntad sea mi alimento y al mismo tiempo la espada que me inmole, y así, junto a Ti, Maestro adorado, saldré alegremente en busca de cualquier sacrificio, gozándome de haber sido reconocida por el Padre, pues Él me crucifica juntamente contigo” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Ejercicio de la buena muerte


Toda nuestra vida, debe ser una preparación para tener una buena muerte.

Para conseguir este importantísimo fin nos ayudará muchísimo la práctica del Ejercicio de la buena muerte, que consiste en disponer un día de cada mes todos nuestros negocios espirituales y temporales, como si en aquel día debiésemos realmente morir.

Se hace alguna reflexión acerca de la muerte, considerando que quizás está muy próxima y que puede asaltarnos repentinamente; pensemos cómo hemos pasado el mes precedente y sobre todo, si tenemos algo de que nos remuerda la conciencia o tenga inquieta nuestra alma, en caso de que debiese presentarse al tribunal de Dios; al día siguiente confesemos y comulguemos, como si verdaderamente hubiese llegado el instante de nuestra muerte.

Podría suceder que murieseis de muerte súbita y repentina y que no tuvieseis tiempo de llamar al sacerdote y de recibir los Santos Sacramentos; por esto os exhorto a que hagáis con frecuencia, durante vuestra vida, aun fuera de la Confesión, actos de perfecto dolor de los pecados cometidos y actos de perfecto amor de Dios; uno solo de estos actos, cuando va unido al deseo de confesarse, puede bastar en todo tiempo y especialmente, en los últimos momentos de la vida, para borrar cualquier pecado e introducimos en el Paraíso.

Fuimos creados por Dios y debemos volver a Él. Nuestra vida es un viaje hacia la Casa del Padre que nos espera: una muerte santa nos abrirá las puertas del Paraíso introduciéndonos en los esplendores eternos.

Por consiguiente el momento más importante y decisivo de nuestra vida es la muerte: de ella depende nuestra eternidad. ¿Será para ir a una eternidad feliz o desgraciada? ¿Y si la muerte nos sorprendiera ahora imprevistamente, estaríamos preparados para presentarnos ante el tribunal de Dios?

Es por lo tanto muy conveniente, como lo recomendaba Don Bosco, que cada mes pensemos en la muerte a fin de poder revisar el estado de nuestra conciencia y las confesiones pasadas, especialmente las que hemos hecho en el mes anterior para quitar cualquier duda o incertidumbre.

Hacer una confesión y una comunión tan esmeradas y fervorosas, como si fueran las últimas de nuestra vida.

El pensamiento de la muerte no es motivo de tristeza sino de serenidad y de paz para el alma, luego de contento y alegría. Nadie murió tan serenamente como Santo Domingo Savio por ejemplo, cuya muerte fue "un sueño de alegría". Él todos los meses hacía con toda fidelidad el ejercicio de la buena muerte. Para quien está en gracia de Dios, la muerte es un encuentro fraternal con Nuestro Señor Jesucristo, un abandono afectuoso y confiado en los brazos de un Padre infinitamente bueno.

Fuente: Cf. San Juan Bosco, La juventud instruida

La Fiesta de la Iglesia triunfante


Vi una gran muchedumbre, que nadie podía contar, de todas las naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban de pie delante del trono y del Cordero, vestidos de túnicas blancas y con palmas en sus manos y clamaban con voz poderosa: ¡Salud a nuestro Dios!

Ha pasado el tiempo; es todo el linaje humano ya redimido el que se presenta ante los ojos del profeta de Patmos. La vida militante y miserable de este mundo tendrá su fin un día. Nuestra raza tanto tiempo perdida reforzará los coros de los espíritus puros que disminuyó antaño la rebelión de Satanás; los ángeles fieles, uniéndose al agradecimiento de los rescatados por el Cordero, exclamarán con nosotros: La acción de gracias, el honor, el poder y la fuerza a nuestro Dios por los siglos de los siglos.

Y esto será el fin, como dice el Apóstol: el fin de la muerte y del sufrimiento; el fin de la historia y de sus revoluciones, que en lo sucesivo comprenderemos. El antiguo enemigo, arrojado al abismo con sus partidarios, sólo existirá para ser testigo de su eterna derrota. El Hijo del Hombre, libertador del mundo, habrá entregado el mando a Dios, su Padre, término supremo de toda la creación y de toda redención: Dios será todo en todas las cosas.

Mucho antes que San Juan, cantaba Isaías: He visto al Señor sentado sobre un trono elevado y sublime; las franjas de su vestido llenaban el templo y los Serafines clamaban uno a otro: Santo, Santo, Santo el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria.

Las franjas del vestido divino significan aquí los elegidos, convertidos en ornamento del Verbo, esplendor del Padre, pues, siendo cabeza de todo el género humano desde el momento en que se desposó con nuestra naturaleza, esta esposa es su gloria, como Él es la de Dios. Las virtudes de los santos son el único adorno de nuestra naturaleza; ornato maravilloso que, cuando reciba la última mano, será indicio de que llega el fin de los siglos. Esta fiesta es el anuncio más apremiante de las bodas de la eternidad; cada año celebramos en ella el progreso que en sus preparativos hace la esposa.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

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