Fin de año


¿Qué ha sido para ti el año que está para terminar?

Por parte de Dios, este año ha sido para ti una serie no interrumpida de beneficios en el orden de la naturaleza y de la gracia... Él te ha conservado la vida y la salud en medio de innumerables peligros, en los cuales otros muchos han perecido... Él, como Padre amorosísimo, ha tenido providencia especialísima de ti en todas tus necesidades: nada te ha faltado, ni para el sustento ni para el vestido... Con paternal solicitud ha velado por tu alma, apartando de ti las tentaciones en las cuales hubiera sucumbido tu debilidad, y sosteniéndote con gracias extraordinarias en los momentos difíciles... Recuérdalas... Repasa en tu memoria los medios de santificación que ha puesto en tus manos: sacramentos, lecturas, pláticas, retiro, meditación, exámenes de conciencia, etc.

¡Con cuánta razón puede decirte el Señor: ¿He podido hacer algo más por ti?! Agradece, alaba y bendice al Señor.

Y por tu parte, ¿qué ha sido este año? ¿Has correspondido a lo que Dios tiene derecho a esperar de ti a cambio de tanto beneficio? ¿Ha sido un año de fervor en su santo servicio; de progreso y adelanto en sabiduría y gracia, delante de Dios y delante de los hombres? ¿No ha sido, por el contrario, señalado por muchas rapiñas en el holocausto, por muchas infidelidades, negligencias e ingratitudes? ¿Cómo has cumplido tus deberes para con Dios, para contigo mismo y para con tus Superiores, iguales e inferiores? ¿Has obedecido a tus mayores con prontitud, reverencia y amor? ¿Has sido para ellos motivo de alegría, de pena o estorbo? ¿Has tratado a tus iguales e inferiores con caridad y prudencia? ¿Has sido para ellos motivo de edificación o de escándalo? ¿Cuál ha sido tu mortificación, penitencia corporal y abnegación? ¿Has sido fiel en levantarte con prontitud y en hacer tus Ejercicios Espirituales?

Si encuentras haber faltado al Señor, avergüénzate, humíllate en su divina presencia; pide perdón y resuelve.

¿Qué queda del año que va a terminar?

¡Nada! ¡Todo ha pasado!... tanto el trabajo que uno ha empleado en hacer el bien y practicar la virtud, como las satisfacciones que se han podido tener obrando el mal. Los esfuerzos y sacrificios que han costado al fervoroso el hacer con fidelidad los ejercicios espirituales y santificar todas sus acciones, y resistir a sus desordenadas inclinaciones, y tener recogidos sus sentidos y en el ejercicio de continua mortificación... ¡todo ha pasado! También han pasado las satisfacciones que el tibio y perezoso haya podido encontrar en las criaturas, con detrimento de su propia conciencia, de sus intereses eternos y de la edificación de sus prójimos... Para el uno y para el otro todo ha pasado, dejando en el alma del fervoroso un recuerdo dulcísimo y alentador, y en el alma del tibio y perezoso un recuerdo triste y amargo...

Entra dentro de ti mismo... Mira a cuál de estas dos suertes de almas perteneces. Si a la primera, alégrate, goza en paz del placer y satisfacción que el deber cumplido proporciona. Si a la segunda, ¡cuán amargo pesar debe despertar en ti el recuerdo de este año, a poco que pienses en la cuenta que Dios te pedirá de él y en los méritos que has perdido! Conforme al testimonio que acerca de esto te dé tu conciencia, resuelve para el porvenir...

Un caminante que, por haberse entretenido vanamente en el camino, advierte que aún le falta mucho por andar, procura con su diligencia y con su ardor ganar lo perdido. Si tu vida no ha sido hasta ahora sino un continuo pararte en el camino de la virtud, ¿por qué no doblas el paso? ¿Por qué no sigues el consejo del Salvador, que nos exhorta a caminar mientras tenemos luz, no sea que la noche, esto es, la muerte nos sorprenda?

¿Qué te queda del año que va a terminar?

¡Todo y nada!... Si en el último día del año puede decirse con verdad que todo ha pasado, también puede decirse con no menos verdad, en otro sentido, que todo queda. ¿Por qué? Porque nos queda íntegro el fruto de nuestras obras como de recompensa o de castigo, sin que se exceptúe ninguno de nuestros pensamientos, ninguna de nuestras palabras, ninguna de nuestras obras. Todo: sacrificios, penitencias, mortificaciones, obediencias, trabajos, infracciones de las reglas, negligencias, infidelidades, satisfacciones peligrosas, curiosidades malsanas, inmodestia, desobediencias, intenciones poco puras... Todo ha quedado como incrustado en el libro de la vida. Todo lo ha pesado Dios en la balanza de su infinita justicia. Todo lo tiene presente. Todo será magníficamente recompensado o severamente castigado.

Graba bien en tu alma estas santas verdades. Si las tuviéramos siempre presentes a nuestro espíritu ¡con qué solicitud aprovecharíamos todas las ocasiones de hacer el bien! ¡Con qué cuidado evitaríamos aún las menores faltas! Toma la resolución de hacer, en este nuevo año que va a empezar, lo que no has hecho en el que va a terminar. No lo dejes para más adelante.

Acaba la meditación rezando pausadamente el Te Deum laudamus.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

La santidad de dos (I)


La verdad de la vocación universal a la santidad ha sido reconocida y aceptada. Sin embargo se olvida con frecuencia que esta llamada no se dirige únicamente a las personas individualmente sino, en el caso de los esposos, se refiere al matrimonio mismo, y con él a toda la comunidad familiar. La santidad está estrechamente ligada al sacramento del matrimonio. Contemplando a los santos esposos lograremos entender mejor la esencia misma del matrimonio, es decir, de esta “comunión de dos” que comprende espíritu y cuerpo. Podremos así comprender mejor la importancia de la comunión espiritual.

Dos cristianos que se aman y toman la decisión de vivir juntos para siempre no manifiestan esta decisión frente a un funcionario estatal, como los no creyentes, sino ante Dios y ante la comunidad de los hombres que comparten su fe. Desde este momento están unidos en todas las vicisitudes de su vida, no sólo en la prosa cotidiana sino también, sobre todo, en la vida espiritual, es decir, en la oración, en el esfuerzo de amar cada vez más a Dios y en el camino común hacia la perfección cristiana, es decir, hacia la santidad. Todo sacramento introduce la semilla de la santidad en el alma del hombre que lo recibe. Aunque no se exprese verbalmente, este es el empeño prioritario en las promesas matrimoniales: “te ayudaré en tu camino a la santidad”, o mejor aún: “a partir de hoy, tu camino de santidad es el mío: es el nuestro”. Es imposible vivir en plenitud el sacramento del matrimonio y santificarse sin la ayuda de Dios, una ayuda que es dada a los que están cerca de Él, a los que están siempre en su presencia. Dios, que está siempre al lado de los esposos en todo momento de su vida, exige, sí, fidelidad a las promesas, pero también ayuda para mantenerlas.

La búsqueda común de la santidad enriquece la vida espiritual de los esposos, consolida su unidad, aumenta su amor y les ayuda a soportar las dificultades. Esas dos personas, ligadas del modo más estrecho posible entre los hombres, totalmente unidas corporal y espiritualmente, se convierten, como genialmente los ha definido Juan Pablo II, en la “unidad de dos”.

Fuente: Stanislaw y Ludmila Grygiel, Esposos y santos

El nacimiento de Cristo es obra del poder de Dios


El hecho de que una virgen conciba y continúe siendo virgen en el parto y después del parto es algo totalmente insólito y milagroso; es algo que la razón no se explica sin una intervención especial del poder de Dios; es obra del Creador, no de la naturaleza; se trata de un caso único, que se sale de lo corriente; es cosa divina, no humana. El nacimiento de Cristo no fue un efecto necesario de la naturaleza, sino obra del poder de Dios; fue la prueba visible del amor divino, la restauración de la humanidad caída. El mismo que, sin nacer, había hecho al hombre del barro intacto tomó, al nacer, la naturaleza humana de un cuerpo también intacto; la mano que se dignó coger barro para plasmarnos también se dignó tomar carne humana para salvarnos. Por tanto, el hecho de que el Creador esté en su criatura, de que Dios esté en la carne, es un honor para la criatura, sin que ello signifique afrenta alguna para el Creador.

Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho?

Nace, pues, Cristo para restaurar con su nacimiento la naturaleza corrompida; se hace niño y consiente ser alimentado, recorre las diversas edades para instaurar la única edad perfecta, permanente, la que él mismo había hecho; carga sobre sí al hombre para que no vuelva a caer; lo había hecho terreno, y ahora lo hace celeste; le había dado un principio de vida humana, ahora le comunica una vida espiritual y divina. De este modo lo traslada a la esfera de lo divino, para que desaparezca todo lo que había en él de pecado, de muerte, de fatiga, de sufrimiento, de meramente terreno; todo ello por el don y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, ahora y siempre y por los siglos inmortales. Amén.

Fuente: De los sermones de San Pedro Crisólogo

Los Santos Inocentes y los no nacidos


El 28 de diciembre la Iglesia Católica conmemora la fiesta de los Santos Inocentes. En este día, ya desde el siglo VI, la liturgia de la Iglesia nos recuerda la terrible injusticia sufrida por los más inocentes, la gran matanza de niños que ordenó hacer el Rey Herodes. Con ella pretendía matar al Niño Jesús, por temor a que este nuevo Rey, nacido en Belén, pudiera arrebatarle el trono (Mateo 2,13-20).

Hoy en día, recordar aquello nos parece inconcebible pensar que alguien fuera capaz de cometer tal infanticidio y que el pueblo consintiera semejante acción contra sus seres queridos.

Pero dos mil años después, asistimos, atónitos, a una situación semejante y ante la cual, las personas de bien nos vemos como aquellas indefensas madres que no pudieron hacer nada por proteger la vida de sus hijos frente a aquella terrible injusticia.

Y aún peor. Podemos contemplar con tristeza cómo son las propias madres las que, en muchos casos engañadas, presionadas o confundidas, son las que piden que sus hijos sean asesinados en su propio seno.

Los llaman “hijos no deseados” pero no nos dejan la posibilidad a los demás de que podamos conocerlos y amarlos.

Estos niños no nacidos, aunque no los hayamos podido conocer en persona, son los santos inocentes de hoy.

Fuente: Cf. infocatolica.com

Sagrada Familia


En este domingo, que sigue al Nacimiento del Señor, celebramos con alegría a la Sagrada Familia de Nazaret. El contexto es el más adecuado, porque la Navidad es por excelencia la fiesta de la familia. Lo demuestran numerosas tradiciones y costumbres sociales, especialmente la de reunirse todos, precisamente en familia, para las comidas festivas y para intercambiarse felicitaciones y regalos. Y ¡cómo no notar que en estas circunstancias, el malestar y el dolor causados por ciertas heridas familiares se amplifican!

Jesús quiso nacer y crecer en una familia humana; tuvo a la Virgen María como madre; y san José le hizo de padre. Ellos lo criaron y educaron con inmenso amor. La familia de Jesús merece de verdad el título de “santa”, porque su mayor anhelo era cumplir la voluntad de Dios, encarnada en la adorable presencia de Jesús.

Por una parte, es una familia como todas las demás y, en cuanto tal, es modelo de amor conyugal, de colaboración, de sacrificio, de ponerse en manos de la divina Providencia, de laboriosidad y de solidaridad; es decir, de todos los valores que la familia conserva y promueve, contribuyendo de modo primario a formar el entramado de toda sociedad.

Sin embargo, al mismo tiempo, la Familia de Nazaret es única, diversa de todas las demás, por su singular vocación vinculada a la misión del Hijo de Dios. Precisamente con esta unicidad señala a toda familia, y en primer lugar a las familias cristianas, el horizonte de Dios, el primado dulce y exigente de su voluntad y la perspectiva del cielo al que estamos destinados. Por todo esto hoy damos gracias a Dios, pero también a la Virgen María y a san José, que con tanta fe y disponibilidad cooperaron al plan de salvación del Señor.

La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que él mismo es: Amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aun en los momentos de dificultad o abatimiento. Estas cualidades se encarnan de manera eminente en la Sagrada Familia, en la que Jesús vino al mundo y fue creciendo y llenándose de sabiduría, con los cuidados primorosos de María y la tutela fiel de san José.

Queridas familias, no dejéis que el amor, la apertura a la vida y los lazos incomparables que unen vuestro hogar se desvirtúen. Pedídselo constantemente al Señor, orad juntos, para que vuestros propósitos sean iluminados por la fe y ensalzados por la gracia divina en el camino hacia la santidad. De este modo, con el gozo de vuestro compartir todo en el amor, daréis al mundo un hermoso testimonio de lo importante que es la familia para el ser humano y la sociedad. El Papa está a vuestro lado, pidiendo especialmente al Señor por quienes en cada familia tienen mayor necesidad de salud, trabajo, consuelo y compañía. En esta oración del Ángelus, os encomiendo a todos a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María.

Encomendemos al Señor a cada familia, especialmente a las más probadas por las dificultades de la vida y por las plagas de la incomprensión y la división. El Redentor, nacido en Belén, conceda a todas la serenidad y la fuerza para avanzar unidas por el camino del bien.

Encomendemos a Jesús, Príncipe de la paz, nuestra ferviente oración y digámosle a él, a María y a José: “¡Oh familia de Nazaret, experta en sufrir, da al mundo la paz!”.

Pidamos por todas las familias del mundo para que en sus hogares se viva y transmita la fe, siendo así testigos del amor en el mundo. ¡Feliz día del Señor!

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 28 de diciembre de 2008

San Esteban, fiel imitador del Niño de Belén


San Pedro Damiano comienza su sermón de este día por las siguientes palabras: “mientras el recién nacido nos regala con sus tiernos besos y nos tiene suspensos con tanto prodigio, de pronto, Esteban, lleno de gracia y fortaleza, obra maravillas en medio del pueblo. ¿Abandonaremos, pues, al Rey para volver nuestros ojos a uno de sus soldados? Ciertamente que no, a no ser que el mismo Rey nos lo ordene. Ahora bien, he aquí que el Rey, se levanta y va a presenciar el combate de su siervo. Corramos, pues, a ver ese espectáculo, al cual también él acude, y contemplemos al abanderado de los Mártires”.

La Liturgia une la alegría de la Natividad del Señor a la que le produce el triunfo del primer Mártir, que, como canta la Iglesia, “fue el primero en devolver al Señor la muerte que el Salvador sufrió por él”.

La lista gloriosa de los Mártires del Hijo de Dios, comienza con San Esteban, quien destaca en ella por su mismo nombre, que significa Coronado, como presagio divino de su victoria. Es el Capitán, a las órdenes de Cristo, de ese cándido ejército que canta la Iglesia, por haber sido llamado el primero y haber respondido generosamente al honor de la llamada.

Esteban fue digno de hacer guardia junto a la cuna de su Rey, como Capitán de los esforzados defensores de la divinidad del Niño celestial que nosotros adoramos. Pidámosle con la Iglesia que nos facilite el acceso al humilde lecho en que descansa nuestro soberano Señor. Supliquémosle nos adoctrine en los misterios de esta divina Infancia que todos debemos conocer e imitar en Cristo. En la sencillez del pesebre, no contó el número de sus enemigos ni tembló en presencia de su ira, no eludió sus golpes, ni impuso a sus labios el silencio; les perdonó su ira; y su última oración fue por ellos. ¡Oh fiel imitador del Niño de Belén!

Oh glorioso Príncipe de los Mártires, fuiste llevado fuera de las puertas de la ciudad para ser sacrificado, y muerto con el suplicio de los blasfemos. El discípulo debía ser semejante en todo a su Maestro. Pero ni la ignominia de esta muerte, ni la crueldad del suplicio amilanaron tu esforzado espíritu: llevabas a Cristo en tu corazón, y con Él eras más fuerte que todos tus enemigos. Mas, ¿cuál fue tu gozo, cuando se abrieron los cielos sobre tu cabeza y apareció en su carne glorificada ese Dios Salvador, de pie y a la diestra de Dios, cuando se encontraron tus miradas con las del divino Emmanuel? Esa mirada de un Dios a su criatura que se dispone a sufrir por El, y de la criatura a Dios por quien se inmola, te puso en arrobamiento. En vano llovían las duras piedras sobre tu inocente cabeza: nada era capaz de distraerte de la vista de aquel Rey eterno que por ti se levantaba de su trono y venía a colocarte la Corona que te había tejido desde toda la eternidad y que ahora conquistabas. Ruega, en la gloria donde hoy reinas, para que también nosotros seamos fieles, y fieles hasta la muerte, a ese Cristo que no sólo se ha levantado, sino que ha descendido hasta nosotros en la figura de niño.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Consagración al Niño Jesús


¡Oh dulcísimo y amorosísimo Niño Jesús! ¡Oh recién nacido Niño divino! ¡Oh Unigénito Hijo del Eterno Padre y de la Inmaculada Virgen María! Nosotros todos aquí postrados, esclavos de vuestra Santísima Madre, ¡Os adoramos y Os contemplamos recién nacido en la cueva de Belén, recostado en el pesebre del establo en la paja y entre dos animales! ¡He aquí dónde Os llevó el amor con el que nos amáis!

Oh Dios de infinita caridad, ¿qué haremos nosotros para corresponder a tanto amor? He aquí, oh adorable Niño, ¡que para entregaros a nosotros nacisteis en tantas penas y en tanta pobreza! ¡He aquí que recién nacido sois ya todo nuestro, no solamente como Señor y bienhechor, sino en cierto modo (¿nos atrevemos a decirlo?) como nuestro siervo! Sí, ¡Vos nacisteis para servir no para ser servido, como Vos mismo declarasteis! ¡A nuestro servicio ponéis todo lo que tenéis, todo lo que sois! Ay, ¡Vos nacisteis para haceros en último víctima nuestra con el sacrificio de todo Vos mismo para nuestro amor! ¡Pero aún hay más! ¡Vos os hicisteis poner en el pesebre entre dos animales, en la cueva de Belén, que significa Casa del Pan, para hacernos entender que Os haréis comida nuestra, que queréis ser comido por nosotros! Pero, ¿qué somos nosotros? ¡Nosotros somos gusanillos de la tierra, polvo y barro, miseria y nada! ¡Pero peores todavía que la nada porque nosotros, nosotros somos pecadores!

Oh Dios adorable hecho Hombre, ¿quién puede comprender el abismo de vuestra infinita caridad? Ay, ¡nosotros queremos deshacernos todos por vuestro amor!

Venimos ante vuestra Divina Presencia, nos postramos alrededor de este sagrado pesebre y nos ofrecemos a Vos en calidad de esclavos vuestros, totalmente esclavos, eternamente esclavos. Nosotros os reconocemos por Dios nuestro y por Rey nuestro, así que es demasiado justo que nosotros seamos vuestros esclavos. Ya hace tiempo que tenemos la suerte de ser esclavos de María Santísima Señora, Reina y Madre nuestra y Madre vuestra, y en esta feliz esclavitud siempre pusimos el fin último de convertirnos en María y por medio de María vuestros esclavos consumados. Decidlo Vos, oh dulcísima Madre y Dueña nuestra, decidlo Vos al recién nacido fruto divino de vuestro purísimo seno, que nosotros somos vuestros esclavos y con este fin último, habiendo sido aceptados por Vos para este pacto, que por medio vuestro seamos esclavos consumados del adorable Hijo vuestro y Dios nuestro; y así suplicadlo por nosotros para que nos acepte.

Oh Niño recién nacido, ¡qué suerte tenemos, que ahora mismo que Vos habéis recién nacido, os podemos hacer este total, entero, completo ofrecimiento! Nos entregamos como vuestros esclavos consumados en alma y cuerpo. Nos hacemos esclavos de todos vuestros pensamientos, de todos vuestros latidos de vuestro Corazón, de todos vuestros suspiros, de vuestros divinos sentimientos y de todas vuestras voluntades. Desde este momento no somos más de nosotros mismos, sino de Vos, Sumo Bien, con todo lo que somos y que poseemos, que poseímos o poseeremos, o podremos poseer en cualquier orden de cosas, o sea física, moral, intelectual, espiritualmente para que, en fuerza de esta esclavitud, nosotros no quedemos más dueños y posesores, ni del mérito de las buenas obras que con vuestra gracia cumplimos ahora, en el pasado o en el porvenir, sino todo, todo, todo es vuestro, en el tiempo y en la eternidad.

Fuente: San Aníbal María Di Francia, Escritos

La Navidad y la Eucaristía

Gruta de la Natividad

¡Qué fiesta tan amable ésta del nacimiento del Salvador! Siempre la saludamos con regocijo. Se renueva por nuestro amor y se continúa en la Eucaristía. Entre Belén y el cenáculo hay relaciones inseparables que se completan mutuamente.

La Eucaristía fue sembrada en Belén. ¿Qué es la Eucaristía sino el trigo de los elegidos, el pan vivo? Ahora bien, el trigo se siembra, es necesario depositarlo en la tierra y es preciso que germine, que madure, y que, después de segado, se muela para hacer de él pan nutritivo.

Al nacer hoy sobre la paja del establo, el Verbo divino preparaba su Eucaristía, la cual veía Él en todos los misterios de su vida, considerándola como el complemento de todos ellos.

Ese trigo celestial es como sembrado en Belén, casa del pan; vedle sobre la paja; esta paja es pisoteada y triturada y representa la pobre humanidad; esta paja, de suyo, es estéril; pero Jesús la levantará de nuevo, la vivificará y la hará fecunda. Ved ya sembrado ese grano divino. Sus lágrimas son la humedad que lo hará germinar y llegará a ser hermoso. Belén se halla situado sobre una colina que mira a Jerusalén. Cuando esta espiga esté madura, se inclinará hacia el calvario, donde será molida y sometida al fuego de la tribulación para que se convierta en pan vivo.

El sacrificio comenzado en Belén se consuma, sobre el altar, en la Santa Misa. ¡Ah, qué conmovedora es la misa de Nochebuena en todo el mundo cristiano! Se la saluda con mucho tiempo de anticipación, y siempre la vemos volver gozosos. ¿Qué es lo que comunica tantos atractivos a nuestra fiesta de Navidad, o qué inspira esos alegres cantos y el regocijo de nuestro corazón sino el renacer real de Jesús sobre el altar, aunque en diferente estado? Nuestros cantos y nuestros homenajes, ¿no van directamente dirigidos a la misma persona? El objeto de nuestra fiesta, que es también nuestro amor, está allí presente: nosotros vamos realmente a Belén, y allí encontramos no un recuerdo, no una imagen, sino el mismo divino Niño.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Los graves daños de las malas lecturas


Cuando un niño deja temporalmente a su familia, para irse a una colonia veraniega, su padre estimaría superfluo decirle: “Querido hijo, no lleves una serpiente en tu maletín, y si ves una de ellas en tus paseos, guárdate de asirla con las manos para examinarla”. Pues, de igual manera, el amor paterno nos dicta un consejo semejante para vosotros. Queremos recordaros el peligro de las malas lecturas; peligro contra el cual la Iglesia no ha cesado nunca de elevar su voz, pero cuya gravedad desconocen o niegan no pocos cristianos, a pesar de aquellos saludables avisos.

Pues vosotros debéis persuadiros de que hay libros malos, y malos para todos, a semejanza de aquellos venenos contra los cuales nadie puede decirse inmune. Como en todo hombre la carne está sujeta a las debilidades y el espíritu está pronto a las rebeliones, así tales lecturas constituyen un peligro para todos. En el curso de los siglos, los romanos pontífices tuvieron cuidado de hacer publicar un catálogo o índice de libros cuya lectura está prohibida a los fieles, advirtiendo bien al mismo tiempo, que otros muchos, aunque no estén explícitamente nombrados, caen bajo la misma condenación y prohibición, porque son dañosos a la fe y a las buenas costumbres. ¿Quién podría maravillarse de semejante prohibición por parte de aquellos que son los tutores de la salud espiritual de los fieles? ¿La sociedad civil no procura también, con sabias normas legislativas y profilácticas, impedir la acción deletérea de las substancias tóxicas en la economía doméstica e industrial y rodear de cautelas la venta y el uso de los venenos, especialmente de los más nocivos?

Si os recordamos este grave deber es a causa de la extensión del mal, facilitada actualmente por la amplitud siempre creciente de la producción librera, así como por la libertad que muchos se atribuyen de leerlo todo. Pero no puede existir una libertad de leerlo todo, como no hay libertad de comer y beber todo lo que se tiene a mano, aunque sea la cocaína o el ácido prúsico.

Hay autores de gran ingenio que han escrito novelas buenas y honestas. Pero, junto a estas flores puras, ¡qué pululación de plantas venenosas en el vasto imperio de las obras la imaginación! Ahora bien, con demasiada frecuencia, estas últimas se estiman más accesibles y vistosas, y se aspiran con más ansia a causa de su perfume intenso y embriagador. No creáis que os dejáis acaso arrastrar a leer, quizás secretamente, libros sospechosos, no creáis que su veneno no produce efectos sobre vosotros; temed más bien que este efecto, por no ser inmediato, sea más maléfico.

Un publicista consciente de su misión y de sus responsabilidades, se siente en el deber de restablecer la verdad, si ha divulgado el error. Está obligado, ante los millares de lectores sobre los que podrían hacer impresión sus escritos, a no arruinar en ellos o en torno a ellos el sagrado patrimonio de verdad liberadora y de caridad pacificante que diecinueve siglos de cristianismo han aportado trabajosamente al género humano. Se ha dicho que la lengua ha matado más hombres que la espada. De igual manera, la literatura mentirosa puede resultar no menos homicida que los carros blindados y los aviones de bombardeo.

El Evangelio de la transfiguración del Señor, narra cómo el divino Maestro, para revelar su gloria a los tres Apóstoles predilectos, comenzó por separarlos de los demás y conducirlos consigo a la cumbre de un alto monte. Si vosotros queréis que también vuestra casa sea favorecida por las bendiciones de Dios, por la protección especial de su corazón, por las gracias de paz y de unión prometidas a quien le honra, separaos de la multitud, rechazando las publicaciones reprobables y corruptoras. Buscando el bien en esto como en todo, viviendo habitualmente bajo la mirada de Dios y en la observancia de su ley, haréis de vuestra casa un íntimo Tabor, adonde no subirán las miasmas de la llanura y donde podréis decir como San Pedro: “¡Maestro, qué bien estamos aquí!”.

Fuente: S.S. Pío XII, Discurso del 7 de Agosto de 1940

La Sagrada Familia, modelo de familia


El Evangelio según san Lucas narra que los pastores de Belén, después de recibir del ángel el anuncio del nacimiento del Mesías, fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Así pues, a los primeros testigos oculares del nacimiento de Jesús se les presentó la escena de una familia: madre, padre e hijo recién nacido. El Niño Jesús aparece en el centro del afecto y de la solicitud de sus padres. En la pobre cueva de Belén resplandece una luz vivísima, reflejo del profundo misterio que envuelve a ese Niño, y que María y José custodian en su corazón y dejan traslucir en sus miradas, en sus gestos y sobre todo en sus silencios.

El nacimiento de todo niño conlleva algo de este misterio. Lo saben muy bien los padres que lo reciben como un don y que, con frecuencia, así se refieren a él. Todos hemos escuchado decir alguna vez a un papá y a una mamá: “Este niño es un don, un milagro”. En efecto, los seres humanos no viven la procreación meramente como un acto reproductivo, sino que perciben su riqueza, intuyen que cada criatura humana que se asoma a la tierra es el signo por excelencia del Creador y Padre que está en el Cielo. ¡Cuán importante es, por tanto, que cada niño, al venir al mundo, sea acogido por el calor de una familia! No importan las comodidades exteriores: Jesús nació en un establo y como primera cuna tuvo un pesebre, pero el amor de María y de José le hizo sentir la ternura y la belleza de ser amados. Esto es lo que necesitan los niños: el amor del padre y de la madre. Esto es lo que les da seguridad y lo que, al crecer, les permite descubrir el sentido de la vida. La Sagrada Familia de Nazaret pasó por muchas pruebas. Ahora bien, confiando en la divina Providencia, encontraron su estabilidad y aseguraron a Jesús una infancia serena y una educación sólida.

Ciertamente la Sagrada Familia es singular e irrepetible, pero al mismo tiempo es “modelo de vida” para toda familia, porque Jesús, verdadero hombre, quiso nacer en una familia humana y, al hacerlo así, la bendijo y consagró. Encomendemos, por tanto, a la Virgen y a san José a todas las familias, para que no se desalienten ante las pruebas y dificultades, sino que cultiven siempre el amor conyugal y se dediquen con confianza al servicio de la vida y de la educación.

Fuente: Benedicto XVI, Ángelus del 26 de diciembre de 2010

Tanto amó Dios al hombre que le envió a su Hijo (II)


Dios es caridad: no tenemos que maravillamos de que la historia de su acción a favor del hombre constituya todo un poema de amor y de amor misericordioso. El primer canto de este poema era nuestro destino eterno a la visión y fruición de la íntima vida divina. El segundo canto expresa todavía de un modo más conmovedor la sublimidad de su misericordia: es el misterio de la Encarnación.

El pecado de nuestros primeros padres había destruido el plan primero de nuestra elevación al estado sobrenatural: habíamos caído de ese orden sin posibilidad de reparación por parte nuestra. Dios podía perdonarlo todo, pero su santidad infinita y su justicia exigían una satisfacción adecuada, que sobrepasaba en absoluto la humana capacidad.

Entonces fue cuando se cumplió la obra más sublime de la misericordia de Dios: una de las Personas de la Santísima Trinidad, la segunda, vino a hacer por nosotros lo que nosotros no podíamos realizar. Y he aquí que el Verbo, el Unigénito de Dios, “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se hizo carne”. De esta manera el amor misericordioso de Dios llega al colmo de su manifestación: pues si no hay ingratitud y miseria más grande que el pecado, tampoco puede existir amor más sublime que aquel que se inclina sobre tanta ingratitud y miseria para cubrirla de su primitivo esplendor. Y esto lo hace Dios no por medio de un profeta ni del ángel más excelso, sino personalmente: toda la Santísima Trinidad obra la Encarnación, cuyo término es la unión de la naturaleza humana con la Persona del Verbo. Aquí se manifiesta y brilla toda la inmensidad del amor y de la misericordia de Dios para con el hombre.

“¡Oh, Dios mío!, hazme digna de conocer el misterio de la caridad ardentísima que se esconde en ti, esto es, la obra excelentísima de la Encarnación que has puesto como principio de nuestra salud. Este beneficio inefable nos produce dos efectos: el primero es que nos llena de amor, el segundo, que nos da la certeza de nuestra salud. ¡Oh inefable caridad, la más grande que puede darse: que Dios, creador de todo se haga criatura, para hacer que yo sea semejante a Dios! ¡Oh amor entrañable!, te has anonadado a ti mismo, tomando la forma vilísima de siervo, para darme a mí un ser casi divino. Aunque al tomar mi naturaleza no disminuiste ni viniste a menos en tu sustancia, ni perdiste la más mínima parte de tu divinidad, el abismo de tu humildísima Encarnación me inclina a prorrumpir en estas palabras: ¡Oh incomprensible, te has hecho por mí comprensible! ¡Oh increado, te has hecho creado! ¡Oh impalpable, te has hecho palpable!

¡Oh feliz culpa! No por ti misma, sino por la piedad de Dios, has merecido que se nos manifestaran las más ocultas profundidades de la caridad divina. En verdad, no puede imaginarse caridad mayor. ¡Oh amor infinito y transformado, amor inefable en demasía! Bendito seas tú, Señor, que me has dado a conocer la obra de la Encarnación. ¡Qué gloria es para mí el saber esto y el ver que has nacido por mí! ¡Oh Dios maravilloso, qué admirables son las cosas que por nosotros has hecho! Hazme digna, oh Dios increado, de conocer lo profundo de tu amor y el abismo de tu ardentísima caridad, la cual nos has comunicado al mostrarnos a tu Jesús en la Encarnación” (Beata Ángela de Foligno).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La belleza de la fidelidad conyugal

Tolkien y su esposa Edith

Como contrato indisoluble, el matrimonio tiene la fuerza de constituir y vincular a los esposos en un estado social y religioso, de carácter legítimo y perpetuo y tiene sobre todos los demás contratos la superioridad de que ningún poder en el mundo es capaz de rescindirlo. En vano una de las partes pretenderá desatarse de él; el pacto violado, renegado, roto, no afloja sus lazos; continúa obligando con el mismo vigor que el día en que fue sellado ante Dios con el consentimiento de los contrayentes; ni siquiera la víctima puede ser desatada del sagrado vínculo que la une a aquel o a aquella que le ha traicionado. La atadura no se desata, o más bien, no se rompe sino con la muerte.

A pesar de eso, la fidelidad dice todavía algo más poderoso, más profundo y al mismo tiempo más delicado y más infinitamente dulce. Porque, uniendo el contrato matrimonial a los esposos en una comunidad de vida social y religiosa, es necesario que determine con exactitud los límites dentro de los cuales obliga, que recuerde la posibilidad de una coacción exterior, a la cual una de las partes puede acudir para obligar a la otra al cumplimiento de los deberes libremente aceptados. Pero mientras estas determinaciones jurídicas, que son como el cuerpo material del contrato, le dan necesariamente como un frío aspecto formal, la fidelidad es en él como el alma y el corazón, la prueba abierta, el testimonio patente.

Aunque más exigente, la fidelidad cambia en dulzura lo que la precisión jurídica parecía poner en el contrato de más riguroso y más austero. Sí, más exigente; porque ella juzga infiel y perjuro no sólo al que atenta con el divorcio, por otra parte inútil y sin efecto, a la indisolubilidad del matrimonio, sino también al que, sin destruir materialmente el hogar por él fundado, aun continuando la vida conyugal, se permite establecer y mantener paralelamente otro vínculo criminal; infiel y perjuro el que, aun sin establecer una lícita relación durable, dispone, aunque sea una sola vez, para el placer ajeno o para la propia, egoísta y pecaminosa satisfacción de un cuerpo - para usar la expresión de San Pablo -, sobre el cual, solamente el esposo y la esposa legítima tienen derecho. Más exigente todavía y más delicada que esta estricta fidelidad natural, la verdadera fidelidad cristiana señorea y alcanza más allá; reina e impera, como soberana amorosa, en toda la amplitud del dominio real del amor.

Porque, efectivamente, ¿qué es la fidelidad sino el religioso respeto del don que cada uno de los esposos ha hecho al otro, don de sí mismo, de su cuerpo, de su mente, de su corazón, para toda la vida, sin otra reserva que los sagrados derechos de Dios?

Si desde el principio el amor fue verdadero y no solamente una búsqueda egoísta de satisfacciones sensuales, este amor nunca cambiado del corazón vive siempre joven, jamás vencido por los años que pasan. Ninguna cosa hay más edificante y encantadora, ninguna más conmovedora que el espectáculo de aquellos venerables ancianos cuyas bodas de oro tienen en su celebración algo de más tranquilo, pero también de más profundo, hasta diríamos de más tierno, que aquellas de la juventud.

Sobre su amor han pasado cincuenta años: trabajando, amando, sufriendo, rezando juntos, han aprendido a conocerse mejor, a descubrir el uno en el otro la verdadera bondad, la verdadera belleza, la verdadera palpitación de un corazón devoto, o adivinar todavía más lo que al otro puede agradar; y de aquí aquellas premuras exquisitas, aquellas pequeñas sorpresas, aquellas innumerables pequeñeces, en las que solamente encontraría chiquilladas el que no sabe descubrir la grandiosa, la hermosa dignidad de un inmenso amor. Esta es la fidelidad del mutuo don de los corazones.

Felices vosotros, jóvenes esposos, si habéis podido, si podéis todavía contemplar semejantes escenas en vuestros abuelos. Acaso vosotros, cuando muchachos, habéis bromeado con ellos delicada y amorosamente; pero ahora, el día de vuestras bodas, vuestras miradas se han posado conmovidas sobre estos recuerdos con santa envidia, con la esperanza de ofrecer un día vosotros mismos un espectáculo semejante a vuestros nietos. Nos lo auguramos y sobre vosotros invocamos del Señor la gracia de esta larga, indefectible y deliciosa fidelidad, mientras, con toda la efusión del corazón, os damos Nuestra paternal bendición apostólica.

Fuente: S.S. Pío XII, Discurso del 29 de octubre de 1942

Reflexionad, queridos recién casados

Fotografía del casamiento del Beato Carlos de Austria

Reflexionad, queridos recién casados, en lo que os enseña el mismo catecismo y Nos deseamos recordaros: que en la base de la familia cristiana está un sacramento. Lo cual quiere decir que no se trata de un simple contrato, de una simple ceremonia o de un aparato externo cualquiera para señalar una fecha importante de la vida: sino un verdadero y propio acto religioso de vida sobrenatural, del cual fluye como un derecho constante a impetrar todas aquellas gracias, todas aquellas ayudas divinas que son necesarias y oportunas para santificar la vida matrimonial, para cumplir los deberes del estado conyugal, para mantener los propósitos, para conseguir los más altos ideales.

Por su parte, Dios se ha hecho fiador de todo esto, elevando el matrimonio cristiano a símbolo permanente de la unión indisoluble de Cristo y de la Iglesia, y por ello podíamos afirmar que la familia cristiana, verdadera y, prácticamente cristiana, es garantía de santidad. Bajo este benéfico influjo sacramental, como bajo un rocío de la providencia, crecen los hijos a semejanza de los renuevos de olivo en torno a la mesa doméstica. Reinan allí el amor y el respeto mutuo, los hijos son esperados y recibidos como dones de Dios y como sagrados depósitos que hay que custodiar con temeroso cuidado: si entran allí el dolor y la prueba, no llevan a la desesperación o la rebeldía, sino la confianza serena que, a la vez que atenúa el inevitable sufrimiento, hace de él un medio providencial de purificación y de mérito. Así será bendecido el hombre que teme al Señor.

Estos frutos los podréis recoger sólo en la familia cristiana, porque con frecuencia, cuando la familia no es sagrada y vive alejada de Dios y privada por ello de la bendición divina, sin la que nada puede prosperar, flaquea por su misma base y está expuesta a caer, antes o después, en el desmoronamiento y en la ruina, como lo demuestra una continua y dolorosa experiencia.

Fuente: S.S. Pío XII, Discurso del 12 de julio de 1939

En honor al glorioso Apóstol San Juan


“Bienaventurado San Juan Evangelista, amado discípulo de Nuestro Señor Jesucristo y águila caudal y esmerada, a quien sus muy altos misterios y secretos muy altamente reveló y por su hijo muy especial a su muy gloriosa Madre dio al tiempo de su Santa Pasión, encomendando muy convenientemente la Virgen al virgen; al cual santo apóstol y evangelista yo tengo por mi abogado especial en esta presente vida y así lo espero tener en la hora de mi muerte” (Reina Isabel la Católica)

Según la tradición, Juan es “el discípulo predilecto”, que en el cuarto evangelio se recuesta sobre el pecho del Maestro durante la última Cena, se encuentra al pie de la cruz junto a la Madre de Jesús y, por último, es testigo tanto de la tumba vacía como de la presencia del Resucitado, con ojo de águila entró en la luz inaccesible del misterio divino.

El Señor desea que cada uno de nosotros sea un discípulo que viva una amistad personal con Él. Para realizar esto no basta seguirlo y escucharlo exteriormente; también hay que vivir con Él y como Él. Esto sólo es posible en el marco de una relación de gran familiaridad, impregnada del calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos.

Que el Señor nos ayude a entrar en la escuela de san Juan para aprender la gran lección del amor, de manera que nos sintamos amados por Cristo hasta el extremo y gastemos nuestra vida por Él.

Glorioso San Juan, por aquella angélica virtud que te mereció las más insignes gracias de ser el discípulo privilegiado de Jesús, de descansar sobre su Corazón, de contemplar su gloria, asistir en persona a los prodigios más estupendos; ser finalmente designado por el Salvador expirante, como el hijo y custodio de su Madre; alcánzame, te ruego, que conserve siempre intacta la virtud de la pureza y que evite cuidadosamente todo cuanto pudiera mancillarla, a fin de que merezca los favores especiales del Corazón Sagrado de Jesús y del Corazón Inmaculado de María. Así sea.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia General del 5 de julio de 2006

Tanto amó Dios al hombre que le envió a su Hijo (I)


Me pongo en la presencia de Jesús Sacramentado con ansias de profundizar aquel misterio infinito de amar divino que movió a todo un Dios a hacerse “uno de nosotros”.

Dios es amor: todo lo que obra dentro y fuera de sí es obra de amor. Siendo el Bien infinito, nada puede amar fuera de sí movido por el deseo de aumentar su felicidad, como hacemos siempre nosotros; Él lo posee todo en sí. Por eso en Dios amar y querer a las criaturas no es más que derramar su bondad infinita y sus perfecciones, y hacer partícipes a otros de su ser y de su felicidad: “Bonum diffusivum sui” (el bien es difusivo de sí), como dice Santo Tomás. De este modo amó Dios al hombre con amor eterno y, porque lo amaba, lo llamó a la existencia dándole la vida natural y sobrenatural. Amándonos Dios, no solamente nos ha sacado de la nada, sino que nos ha elegido y elevado al estado de hijos suyos, destinados a participar de su vida íntima y de su eterna bienaventuranza. Este fue el plan primero de la infinita caridad de Dios para con el hombre; pero cuando el hombre cayó en el pecado, Dios, que lo había creado en un acto de amor, quiso redimirlo por otro acto de amor todavía más grande. Y he aquí por qué el misterio de la Encarnación se nos presenta como la manifestación suprema de la excesiva caridad de Dios para con el hombre: “En esto se manifestó la caridad de Dios hacia nosotros: en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito, para que por Él tengamos vida. En esto está la caridad... en que Él nos amó y envió a su Hijo, propiciación por nuestros pecados” (l Jn. 4, 9-10). Después de haber dado al hombre la vida natural, después de haberlo destinado a la vida sobrenatural, ¿por ventura podría darle cosa más grande que el Verbo, hecho carne para salvarle?

Déjame decirte, ¡oh Señor!, que mi entendimiento y mi corazón se pierden ante el abismo de tu caridad. Me hundo en este misterio sin llegar a tocar su fondo. ¡Que yo crea fuertemente, indefectiblemente en tu excesiva caridad; que pueda decir con todo convencimiento: he conocido y he creído en la caridad de Dios! y cuando más grande sea mi conocimiento, más total será mi entrega a tu caridad, a tu infinito amor misericordioso.

Esta inmensa caridad, esta inefable misericordia se inclina, por medio de tu Verbo Encarnado, sobre todos los hombres igualmente; se inclina también sobre mí; tu amor me circunda, me nutre, me da la vida, me lleva a Ti, Dios mío. ¡Que tu amor, Señor, invada mi alma, o mejor, que tu gracia me ayude a conocer y a creer en ese amor que desde el primer instante de mi existencia me asedia y me invade!

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

San Juan de la Cruz (III)


Según Juan de la Cruz, todo lo que existe, creado por Dios, es bueno. A través de sus criaturas, nosotros podemos descubrir a aquel que en ellas ha dejado una huella de sí mismo. La fe, en cualquier caso, es la única fuente que se le da al hombre para conocer a Dios tal como es en sí mismo, como Dios uno y trino. Todo lo que Dios quería comunicar al hombre lo ha dicho en Jesucristo, su Palabra hecha carne. Él es el único y definitivo camino al Padre. Cualquier cosa creada no es nada en comparación con Dios y nada vale fuera de él: en consecuencia, para alcanzar el amor perfecto de Dios, cualquier otro amor debe conformarse en Cristo al amor divino. De aquí deriva la insistencia de san Juan de la Cruz en la necesidad de la purificación y del vaciamiento interior para transformarse en Dios, que es la meta única de la perfección. Esta “purificación” no consiste en la simple carencia física de las cosas o de su uso; lo que hace al alma pura y libre, en cambio, es eliminar toda dependencia desordenada de las cosas. Hay que situar todo en Dios como centro y fin de la vida. El largo y fatigoso proceso de purificación exige el esfuerzo personal, pero el verdadero protagonista es Dios: todo lo que el hombre puede hacer es “estar dispuesto”, estar abierto a la acción divina y no ponerle obstáculos. Viviendo las virtudes teologales, el hombre se eleva y da valor al propio compromiso. El ritmo de crecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad va al paso con la obra de purificación y con la progresiva unión con Dios hasta transformarse en él. Cuando se llega a esta meta, el alma se sumerge en la misma vida trinitaria, de modo que san Juan afirma que llega a amar a Dios con el mismo amor con el que él la ama, porque la ama en el Espíritu Santo. Por este motivo el doctor místico sostiene que no existe verdadera unión de amor con Dios si no culmina en la unión trinitaria. En este estado supremo el alma santa conoce todo en Dios y ya no debe pasar a través de las criaturas para llegar a él. El alma se siente entonces inundada por el amor divino y se alegra completamente en él.

Queridos hermanos, al final queda la pregunta: este santo, con su alta mística, con este arduo camino hacia la cima de la perfección, ¿tiene algo que decirnos también a nosotros, al cristiano normal que vive en las circunstancias de esta vida de hoy, o es un ejemplo, un modelo sólo para pocas almas elegidas que pueden realmente emprender este camino de la purificación, de la subida mística? Para encontrar la respuesta debemos ante todo tener presente que la vida de san Juan de la Cruz no fue un “volar en nubes místicas”, sino que fue una vida muy dura, muy práctica y concreta, tanto como reformador de la Orden, donde encontró muchas oposiciones, como superior provincial, como en la cárcel de sus hermanos, donde estaba expuesto a insultos increíbles y a maltratos físicos. Fue una vida dura, pero precisamente en los meses pasados en la cárcel escribió una de sus obras más hermosas. Y así podemos entender que el camino con Cristo, ir con Cristo, “el Camino”, no es un peso añadido al ya suficientemente duro fardo de nuestra vida, no es algo que haga más pesado esta carga, sino que es una cosa totalmente distinta, es una luz, una fuerza, que nos ayuda a llevar este peso. Si un hombre lleva dentro de sí un gran amor, este amor le da casi alas, y soporta más fácilmente todas las molestias de la vida, porque lleva en sí esta gran luz; esta es la fe: ser amado por Dios y dejarse amar por Dios en Jesucristo. Este dejarse amar es la luz que nos ayuda a llevar el peso de cada día. Y la santidad no es una obra nuestra, muy difícil, sino precisamente esta “apertura”: abrir las ventanas de nuestra alma para que la luz de Dios pueda entrar; no olvidar a Dios porque precisamente en la apertura a su luz se encuentra fuerza, se encuentra la alegría de los redimidos. Oremos al Señor para que nos ayude a encontrar esta santidad, dejarse amar por Dios, que es la vocación de todos y la verdadera redención.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 16 de febrero de 2011

San Juan de la Cruz (II)


San Juan de la Cruz está considerado como uno de los poetas líricos más importantes de la literatura española. Sus mayores obras son cuatro: Subida al Monte Carmelo, Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva.

En Cántico espiritual, san Juan presenta el camino de purificación del alma, es decir, la progresiva posesión gozosa de Dios, hasta que el alma llega a sentir que ama a Dios con el mismo amor con el cual es amada por él. Llama de amor viva prosigue en esta perspectiva, describiendo más detalladamente el estado de unión transformador con Dios. La comparación que utiliza Juan siempre es la del fuego: igual que el fuego, que cuanto más arde y consume la madera, más incandescente se hace hasta convertirse en llama, así el Espíritu Santo, que durante la noche oscura purifica y limpia el alma, con el tiempo la ilumina y la calienta como si fuera una llama. La vida del alma es una continua fiesta del Espíritu Santo, que deja entrever la gloria de la unión con Dios en la eternidad.

Subida al Monte Carmelo presenta el itinerario espiritual desde el punto de vista de la purificación progresiva del alma, necesaria para escalar la cima de la perfección cristiana, simbolizada por la cima del Monte Carmelo. Esta purificación se propone como un camino que el hombre emprende, colaborando con la acción divina, para liberar el alma de todo apego o afecto contrario a la voluntad de Dios. La purificación, que para llegar a la unión de amor con Dios debe ser total, comienza por la de la vida de los sentidos y prosigue con la que se obtiene por medio de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, que purifican la intención, la memoria y la voluntad. Noche oscura describe el aspecto “pasivo”, o sea la intervención de Dios en el proceso de “purificación” del alma. De hecho, el esfuerzo humano por sí solo es incapaz de llegar a las raíces profundas de las inclinaciones y de las malas costumbres de la persona: sólo las puede frenar, pero no extirparlas completamente. Para hacerlo, es necesaria la acción especial de Dios que purifica radicalmente el espíritu y lo dispone a la unión de amor con Él. San Juan define “pasiva” esa purificación, precisamente porque aunque es aceptada por el alma, la realiza la acción misteriosa del Espíritu Santo que, como llama de fuego, consume toda impureza. En este estado, el alma está sometida a todo tipo de pruebas, como si se encontrara en una noche oscura.

Estas indicaciones sobre las obras principales del santo nos ayudan a acercarnos a los puntos más destacados de su vasta y profunda doctrina mística, cuyo objetivo es describir un camino seguro para alcanzar la santidad, el estado de perfección al cual Dios nos llama a todos.

Siguiendo las enseñanzas de san Juan de la Cruz, os exhorto a que recorráis el camino hacia la santidad, a la que el Señor os ha llamado con el bautismo, abriendo vuestro corazón al amor de Dios y dejándoos transformar y purificar por su gracia

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 16 de febrero de 2011

San Juan de la Cruz (I)


San Juan de la Cruz nació en 1542 en el pequeño pueblo de Fontiveros, cerca de Ávila, en Castilla la Vieja, de Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez. La familia era muy pobre, porque al padre, de noble origen toledano, le habían echado de casa y desheredado por haberse casado con Catalina, una humilde tejedora de seda. Huérfano de padre en tierna edad, Juan, a los nueve años, se trasladó con su madre y su hermano Francisco a Medina del Campo, cerca de Valladolid, centro comercial y cultural. Allí frecuentó el Colegio de los Doctrinos, desempeñando también algunos humildes trabajos para las hermanas de la iglesia-convento de la Magdalena. Sucesivamente, dadas sus cualidades humanas y sus resultados en los estudios, fue admitido primero como enfermero en el Hospital de la Concepción, después en el Colegio de los Jesuitas que se acababa de fundar en Medina del Campo: aquí Juan entró con dieciocho años y estudió durante tres años humanidades, retórica y lenguas clásicas. Al final de la formación, tenía muy clara su vocación: la vida religiosa, y entre las numerosas órdenes presentes en Medina se sintió llamado al Carmelo.

En el verano de 1563 inició el noviciado en los Carmelitas de la ciudad, asumiendo el nombre religioso de Juan de San Matías. Al año siguiente fue destinado a la prestigiosa Universidad de Salamanca, donde estudió durante un trienio artes y filosofía. En 1567 fue ordenado sacerdote y regresó a Medina del Campo para celebrar su primera misa rodeado del afecto de sus familiares. Precisamente aquí tuvo lugar el primer encuentro entre Juan y Teresa de Jesús. El encuentro fue decisivo para ambos: Teresa le expuso su plan de reforma del Carmelo, también en la rama masculina de la Orden, y propuso a Juan que se adhiriera “para mayor gloria de Dios”; el joven sacerdote quedó fascinado por las ideas de Teresa, tanto que se convirtió en un gran defensor del proyecto. Los dos trabajaron juntos algunos meses, compartiendo ideales y propuestas para inaugurar lo antes posible la primera casa de Carmelitas Descalzos: la apertura tuvo lugar el 28 de diciembre de 1568 en Duruelo, un lugar solitario de la provincia de Ávila. Al renovar su profesión religiosa según la Regla primitiva, adoptaron un nuevo nombre: Juan se llamó entonces “de la Cruz”, como será universalmente conocido más tarde. A finales de 1572, a petición de santa Teresa, se convirtió en confesor y vicario del monasterio de la Encarnación de Ávila, donde la santa era priora. Fueron años de estrecha colaboración y amistad espiritual, que enriqueció a ambos. Asimismo, se remontan a aquel período las obras teresianas más importantes y los primeros escritos de Juan.

La adhesión a la reforma del Carmelo no fue fácil y a Juan le costó también graves sufrimientos. El episodio más traumático fue, en 1577, su secuestro y encarcelación en el convento de los Carmelitas de la Antigua Observancia de Toledo, a causa de una acusación injusta. El santo permaneció encarcelado durante meses, sometido a privaciones y constricciones físicas y morales. Allí compuso, junto a otras poesías, el célebre Cántico espiritual. Finalmente, en la noche entre el 16 y el 17 de agosto de 1578, logró escapar de modo aventurado, refugiándose en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de la ciudad. Santa Teresa y los compañeros reformados celebraron con inmensa alegría su libertad y, después de un breve tiempo de recuperación de las fuerzas, Juan fue destinado a Andalucía, donde pasó diez años en varios conventos, especialmente en Granada. Asumió cargos cada vez más importantes en la Orden, hasta llegar a ser vicario provincial, y completó la redacción de sus tratados espirituales. Después regresó a su tierra natal, como miembro del gobierno general de la familia religiosa teresiana, que gozaba entonces de plena autonomía jurídica. Vivió en el Carmelo de Segovia, donde fue superior de la comunidad. En 1591 fue eximido de toda responsabilidad y destinado a la nueva provincia religiosa de México. Mientras se preparaba para el largo viaje con otros diez compañeros, se retiró a un convento solitario cerca de Jaén, donde enfermó gravemente. Juan afrontó con ejemplar serenidad y paciencia enormes sufrimientos. Murió la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591, mientras los hermanos rezaban el Oficio matutino. Se despidió de ellos diciendo: “Hoy voy a cantar el Oficio en el cielo”. Sus restos mortales fueron trasladados a Segovia. Fue beatificado por Clemente X en 1675, canonizado por Benedicto XIII en 1726 y proclamado doctor de la Iglesia por el Papa Pío XI, en 1926, y llamado “doctor místico”, en la tradición.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 16 de febrero de 2011

A los padres de familia


Por lo mismo que en nuestros tiempos, los impíos tratan de pervertir la sociedad, apoderándose principalmente de la juventud, educándola de manera propia a extraviar su entendimiento y corromper su corazón; por eso mismo, con mayor empeño han de procurar los padres de familia, inculcar a sus hijos desde la más temprana edad, el santo temor de Dios, haciendo que aprendan la Doctrina Cristiana y que se ejerciten en las saludables prácticas de la Religión.

La ignorancia religiosa, con todas sus desastrosas consecuencias, es efecto, en gran parte, de la negligencia de los padres de familia, que dejándose absorber en absoluto por los quehaceres y preocupaciones materiales, echan en olvido la gravísima responsabilidad que pesa sobre ellos: la de conservar en las almas de sus hijos el doble tesoro de la inocencia y de la fe religiosa, que se halla amenazado por todas partes, en las plazas y en las calles, en los talleres, en los teatros y cines y a veces, ¡en la propia casa!

¡Oh padres de familia! Si queréis cumplir con uno de los más sagrados deberes que Dios os ha impuesto, si queréis ahorraros muchos y muy hondos pesares para el porvenir, si queréis prepararos en los hijos de nuestras entrañas báculos para vuestra vejez, y no verdugos que amarguen vuestra existencia y acorten vuestros días sobre la tierra, enseñadles el Catecismo, donde aprenderán el amor de Dios, el amor a sus padres y superiores. Así formaréis de ellos buenos cristianos y ciudadanos rectos, que serán una esperanza para la patria y para la Religión.

Fuente: Folleto El Propagador Cristiano, abril de 1917

Contemplando al Santo Niño de Praga


La imagen del Niño Jesús lleva inmediatamente a pensar en el misterio de la Encarnación, en el Dios omnipotente que se hizo hombre y vivió treinta años en la humilde familia de Nazaret, confiado por la Providencia a la solícita custodia de María y de José. El pensamiento se dirige a todas las familias del mundo, a sus alegrías y a sus dificultades. A la reflexión unimos la oración, invocando del Niño Jesús el don de la unidad y de la concordia para todas las familias. Pensamos especialmente en las familias jóvenes, que deben esforzarse tanto para dar a sus hijos seguridad y un futuro digno. Oramos por las familias en dificultad, probadas por la enfermedad y el dolor, por las que están en crisis, desunidas o desgarradas por la discordia y la infidelidad. A todas las encomendamos al Santo Niño de Praga, sabiendo cuán importante es su estabilidad y su concordia para el verdadero progreso de la sociedad y para el futuro de la humanidad.

La imagen del Niño Jesús, con la ternura de su infancia, nos permite además percibir la cercanía de Dios y su amor. Comprendemos lo preciosos que somos a sus ojos porque, precisamente gracias a Él, nos hemos convertido en hijos de Dios, en el rostro de cada ser humano, brilla la imagen de Dios.

Esto vale sobre todo para los niños. En el Santo Niño de Praga contemplamos la belleza de la infancia y la predilección que Jesucristo siempre manifestó hacia los pequeños, como leemos en el Evangelio. ¡Cuántos niños, en cambio, no son amados ni acogidos ni respetados! ¡Cuántos son víctimas de la violencia y de toda forma de explotación por parte de personas sin escrúpulos! Que se reserve a los menores el respeto y la atención que se les debe: los niños son el futuro y la esperanza de la humanidad.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Discurso del 26 de septiembre de 2009

Santa Maravillas de Jesús


La Madre Maravillas nació en Madrid en el año 1891. Ingresó en las carmelitas descalzas de El Escorial (Madrid). Apremiada por una inspiración divina, funda un Carmelo en el Cerro de los Ángeles, junto al monumento del Corazón de Jesús. A esta fundación siguieron otras diez, una de las cuales fue en la India. Tenía verdadera pasión y celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Desde su clausura, y viviendo una vida pobre, socorrió a los necesitados, fomentando iniciativas apostólicas y obras sociales y caritativas. Ayudó de manera particular a su Orden, a los sacerdotes y a diversas congregaciones religiosas. Falleció en el monasterio de La Aldehuela (Madrid) el 11 de diciembre de 1974. Su Santidad Juan Pablo II la beatificó en Roma el 10 de mayo de 1998, y la canonizó en Madrid el 4 de mayo de 2003.

“Ayer domingo, al subir la escalera para ir al coro alto a la misa cantada, recogida, sí, pero sin ningún pensamiento particular, oí claramente dentro de mí: Mis delicias son estar con los hijos de los hombres. Estas palabras que me impresionaron fuertemente, entendí no eran en este caso para mí, sino como una especie de petición que el Señor me hacía para que me ofreciera toda entera por darle esas almas que él tanto desea. Vi claramente, no sé cómo, la fecundidad para atraer las almas a Dios de un alma que se santifica, y tan hondamente me conmovió todo esto, que con toda el alma me ofrecí al Señor, a pesar de mi pobreza, a todos los sufrimientos de cuerpo y de alma, con este fin. Me pareció entonces que ese ofrecimiento estaba bien, pero que lo importante únicamente era abandonarme a la divina voluntad, entera y completamente, para que hiciese en mí cuanto quisiera y aceptara del mismo modo el dolor que el gozo. Me pareció entender que no era lo que le agradaba lo que fuera el mayor sacrificio, sino el cumplimiento exacto y amoroso de esa voluntad, en sus menores detalles. En esto entendí muchas cosas que no sé decir, y cómo quería fuese muy delicada en este cumplimiento, que me llevaría muy lejos en el sacrificio y en el amor.

Me ofrecí de tal modo, que nada exceptuaba, ni siquiera el infierno, si allí se pudiese estar amando al Señor, pero luego soy tan cobarde... El Señor lo remedie, que yo no puedo más que entregarme a él, con toda mi miseria. He vuelto a sentir ese como deseo de entregarme por las almas y serle fiel para este fin pensando en lo que él había hecho por ellas, me parecía me decía que no puede hacer más, pero que por mi medio podría. Me parece, al sentir este inmenso deseo del Señor de la salvación de las almas, que es espantoso no acabar de entregarse a Dios, para que él pueda hacer del todo su obra en el alma, y así hacerla, a pesar de su pobreza, fecunda para darle lo que él desea. Cada vez se presenta a mi alma más claramente cómo nada tiene importancia de lo mío, sino solo el que el Señor sea glorificado.

¡Qué tesoro me ha dado el Señor al darme esta vida del Carmelo! Todo está en ella dispuesto con tal sencillez, pero de tal modo, que con vivirla a fondo podría hacerlo todo. ¿Cómo podremos vivir en la casa de la Virgen, agradar con ella al Señor, sin imitarla, como la santa Madre deseaba? Sentí cómo este es el camino de la carmelita, a ejemplo de María, cómo tenemos que achicarnos, ser de veras pobres, sacrificadas, humildes, nada. Sentí muy profundamente cómo Jesús nos da en su vida continuos ejemplos de sacrificios, de humillación, de empequeñecernos, y no lo entendemos; sentí su misericordia y el celo de las almas por este camino, que aquí está la fuerza que, por su misericordia, puede tener nuestra vida. Que en esto, con su gracia, bien podría yo, tan pobre absolutamente de todo, imitarle con más facilidad que otras criaturas. Me parecía también entender que muchas de estas luces no me las daba solo para mí, sino para poder guiar a mis hermanas. Lo único que hago es, multitud de veces al día, decir al Señor que solo quiero vivir para amarle y agradarle, que quiero todo cuanto él quiera y como él lo quiera”.

Fuente: De las cartas de santa María Maravillas de Jesús, Breviario Carmelitano

El Nombre de Jesús en la Santísima Eucaristía


Ya comprendisteis qué grande es la dulzura del Nombre adorable de Jesús. Pero, ¿qué voy a decir? Para haceros comprender la dulzura de este Nombre tendría que comprenderla yo mismo antes; pero, ¿podré yo comprenderla jamás? ¡Los Ángeles y los bienaventurados comprenden hasta cierto punto, y tampoco en plenitud, lo dulce y suave que es el Nombre de Jesús! He aquí sobre este altar el Rey de los Ángeles, el Ángel del gran Consejo, como lo llama Isaías. He aquí, bajo los velos del pan, aquel Jesús adorable. ¡El mismo Jesús! ¡Jesús en persona que nos habla, nos enseña cuán dulce es su Nombre, cuán santo, amable, divino, glorioso es su Santísimo Nombre! Sí, cállense todos los demás maestros y predicadores, porque Jesús en sacramento es el Maestro Divino que nos enseña todos los misterios de amor y de sabiduría que se encierran en este Santísimo Nombre: Jesús. Mirémoslo brevemente.

En el libro del profeta Isaías se lee: Mirad, la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel. Emmanuel, Dios con nosotros: Eucaristía y Nombre. Cada nombre no es la cosa o la persona. En Jesús el Nombre es la Persona. En la Santísima Eucaristía está Jesús y está su Nombre, y son una sola cosa. ¿De qué manera Jesús en la Santísima Eucaristía nos hace conocer las glorias, las grandezas y la dulzura de su Nombre? Quedando en su presencia. ¡Qué deseable es la presencia de Jesús sacramentado! Por eso quiso quedarse entre nosotros. ¡Hubiese podido quedarse en una sola iglesia! ¿Por qué quiso quedarse presente en todas las iglesias? Porque nos quiere siempre en su presencia; y, cuando nosotros quedamos humildes y recogidos en su presencia, entonces nuestra alma y nuestros pensamientos se llenan con el Nombre de Jesús. En aquellos momentos decimos: “Yo estoy en presencia de Jesús; sobre aquel altar está Jesús; aquí estoy adorando a Jesús, aquí estoy amando a Jesús; aquí estoy viendo a Jesús”. Sí, lo vemos en la fe; ¡y verlo y llamar su Nombre es una misma cosa! Imaginaos que estáis en el medio de la niebla. Delante de vosotros hay un hombre que no veis, pero escucháis su voz; vosotros decís: “¡Es el tal fulano!”. De repente la niebla se quita y lo veis. Entonces exclamáis: “¡He aquí el tal fulano!”, y lo llamáis por nombre. Así hace el alma en presencia de Jesús. Lo ve con la fe; y verlo y llamarlo por nombre es un punto solo.

Muchas almas amantes, también, ante el Sacramentado Bien, mientras callan, no terminan de exclamar en su corazón: “Oh Jesús, oh Jesús, oh Jesús Sacramentado; oh Jesús Hostia, oh Jesús amor, oh exceso del amor, etc.”; ¡y el Nombre de Jesús forma el alimento del alma! Esta alma se llena con el Nombre de Jesús, languidece por en Nombre de Jesús. Esta alma, en la pura fe, ve a los Ángeles y los oye cantar, ¿y qué cantan los Ángeles alrededor del Santísimo Sacramento? ¡Cantan las glorias del Nombre de Jesús!

El alma oye cantar: “¡Qué viva Jesús!”. Ve a los Santos; ¿y qué cantan? ¡Jesús! Ve a María, y la oye repetir: “éste es mi Jesús, ama a mi Jesús”. Y el alma que está con amor delante de la Eucaristía, ¡se llena con el Nombre de Jesús!

Pero hay aún más. ¡El mismo Jesús repite su Nombre Santísimo al alma afortunada que está en su presencia! ¡Sí! Acordémonos de la aparición de Dios en la zarza de Moisés. “¿Cuál es tu Nombre?”, pregunta Moisés. Y Dios le contesta desde la zarza: Yo soy el que soy. ¡Esta es la zarza! El alma sabe quién es... pero se lo pregunta, si para querer escuchar aquel nombre adorable le dice: “Señor, ¿cuál es tu Nombre?”. Y escucha: “¡Yo soy Jesús!”. ¡Oh sí! Mientras el alma habla con Jesús en Sacramento, Jesús en Sacramento habla con el alma y le responde: “Yo soy Jesús”. Como en el pozo de Jacob; la Samaritana lo escucha, ya lo quiere, ya manifiesta el deseo de reconocer al Mesías. Y Jesús le dice: “soy yo, el que habla contigo”, o sea, soy yo, ¡Jesús!

¡Cuántos misterios de amor hay ante Jesús Sacramentado! ¡Y el vínculo entre el alma y el Dios sacramentado es el Nombre de Jesús! Porque si no estuviera el Nombre de Jesús de por medio, el alma aquí se perdería, pues aquí está Dios, la Palabra de Dios, el incomprensible, el inaccesible, el inescrutable, etc. Pero está también el Nombre de Jesús, porque aquí en la Eucaristía está presente la Palabra que se encarnó y que luego se hizo Pan. Vayamos al Tabor. En la transfiguración se manifiesta la Divinidad. Los Apóstoles cayeron y no se podían mover más. La nube que los cubrió es la nube de la fe. El evangelista nos dice que no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. El mismo misterio se vive una vez más en la Eucaristía. La divinidad está escondida bajo la nube del pan y nosotros vemos y sentimos sólo el Nombre: Jesús.

¡Pero no terminan aquí los misterios inefables del Nombre Santísimo de Jesús en la Santísima Eucaristía! Yo aquí hablo con almas que frecuentan cada día la Santísima Comunión con amor, humildad y fe. Estas almas recibiendo tan a menudo a Jesús, transformándose tan a menudo en Jesús, no pueden no vivir con aquel continuo recuerdo, con aquella continua impresión del Nombre de Jesús. Aquí ya no se trata de recibir espiritualmente en la fe el sonido suave del Nombre Santísimo de Jesús, como en la bella adoración a Jesús Sacramentado, sino que se trata de recibir la sustancia del Nombre de Jesús.

Fuente: De las Homilías sobre el Nombre de Jesús de san Aníbal María Di Francia, presbítero y fundador

Una intercesora en tiempos de sufrimiento

Santa Josefina Bakhita

En Josefina Bakhita encontramos un testimonio eminente del amor paternal de Dios y un signo esplendoroso de la perenne actualidad de las bienaventuranzas. Nacida en el Sudán, en 1869, raptada por negreros cuando aún era niña y vendida varias veces en los mercados africanos, conoció las atrocidades de una esclavitud que dejó en su cuerpo señales profundas de la crueldad humana. A pesar de estas experiencias de dolor, su inocencia permaneció íntegra, llena de esperanza. “Siendo esclava nunca me he desesperado decía, porque en mi interior sentía una fuerza misteriosa que me sostenía”. El nombre Bakhita como la habían llamado sus secuestradores significa Afortunada, y así fue efectivamente, gracias al Dios de todo consuelo, que la llevaba siempre como de la mano y caminaba junto a ella.

Llegada a Venecia por los caminos misteriosos de la divina Providencia, Bakhita se abrió muy pronto a la gracia. El Bautismo y, después de algunos años, la profesión religiosa entre las hermanas Canosianas, que la habían acogido e instruido, fueron la consecuencia lógica del descubrimiento del tesoro evangélico, para lo cual sacrificó todo, incluso el regreso ya siendo libre, a su tierra natal. Quería vivir sólo para Dios, y con constancia heroica emprendió humilde y confiadamente el camino de la fidelidad al amor más grande. Su fe era firme, transparente, fervorosa. “Sabéis qué gran alegría da conocer a Dios”, solía repetir.

Transcurrió 51 años de vida religiosa Canosiana dejándose guiar por la obediencia en un compromiso cotidiano, humilde y escondido, pero rico de genuina caridad y de oración. Los habitantes de Schio, donde residió casi todo el tiempo, muy pronto descubrieron en su “madre morenita”, así la llamaban, una humanidad rica en el dar, una fuerza interior no común que arrastraba. Su vida se consumó en una incesante oración con intención misionera, en una fidelidad humilde y heroica por su caridad, que le consintió vivir la libertad de los hijos de Dios y promoverla a su alrededor.

En nuestro tiempo, en que el recurso desenfrenado al poder, al dinero y al placer causa tanta desconfianza, violencia y soledad, el Señor nos presenta a sor Bakhita, para que nos revele el secreto de la felicidad más auténtica: las bienaventuranzas.

El suyo es un mensaje de bondad heroica a imagen de la bondad del Padre celestial. Ella nos ha dejado un testimonio de reconciliación y de perdón evangélico.

“La ley del Señor es perfecta e instruye al ignorante”. Estas palabras del Salmo responsorial resuenan con fuerza en la vida de la religiosa Josefina Bakhita. Secuestrada y vendida como esclava a la tierna edad de siete años, sufrió mucho en manos de amos crueles. Pero llegó a comprender la profunda verdad de que Dios, y no el hombre, es el verdadero Señor de todo ser humano, de toda vida humana. Esta experiencia se transformó en una fuente de gran sabiduría para esta humilde hija de África.

Invito a toda la Iglesia a invocar la intercesión de santa Bakhita sobre todos nuestros hermanos perseguidos, para que experimenten la reconciliación y la paz.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilías del 17 de mayo de 1992 y del 1 de octubre de 2000

Oración a la Inmaculada Concepción


Virgen santísima, concebida sin pecado, toda hermosa y sin mancha desde tu primer instante, gloriosa María, llena de gracia, y madre de mi Dios, que por solo este título mereces tan justamente los más profundos respetos de los hombres y de los ángeles; yo te venero humildemente como a digna madre de mi Salvador, el cual, aunque es Dios, me ha enseñado por su deferencia, su respeto y su sumisión, qué honras y qué homenajes te debemos tributar; dígnate recibir el que te tributo el día de hoy.

Tú eres el asilo seguro de los pecadores penitentes: yo, pues, tengo derecho de recurrir a ti. Eres la madre de misericordia, y así no puedes dejar de compadecerte de mis miserias. Después de Jesucristo eres toda nuestra esperanza; y así es imposible que no gustes de la tierna confianza que tengo en ti.

Penetrado de los más vivos sentimientos de respeto, de amor y de reconocimiento por todos los beneficios que he recibido de Dios por tu mediación, vengo a consagrarme para siempre a tu servicio, persuadido de que jamás seré agradable al Hijo, si no soy siervo fiel de la Madre: como tal, reina y madre mía, alcánzame de mi Salvador Jesucristo, tu querido Hijo, una fe viva, una esperanza firme, un amor de Dios tierno, generoso y constante. Propongo desde hoy honrar tu inmaculada concepción cuanto me sea posible; alcánzame una pureza de cuerpo, de espíritu y de corazón, que jamás se tizne ni se empañe; una humildad sincera, que jamás se altere; una paciencia en las adversidades, que jamás se turbe; una sumisión a la voluntad de Dios, que jamás esté partida con las criaturas; una perseverancia en la práctica de la virtud, que jamás decaiga; finalmente, aquella gracia última, aquella santa muerte, que pone el sello a la bienaventuranza de los elegidos.

Reconocido al favor que me haces de querer admitirme en el número de tus hijos y de tus siervos, permíteme que te mire, te honre y te ame de hoy en adelante como a mi querida madre; que recurra a ti en todas mis necesidades; y que me atreva a asegurarte que con la ayuda de la gracia, que estoy seguro me alcanzarás, no haré jamás cosa que me haga indigno de la augusta calidad de siervo e hijo de María. No permitas que yo quebrante jamás un deseo y una declaración tan sincera. Protégeme durante la vida, y asísteme especialmente en la hora de mi muerte. Así sea.

Fuente: J. Croisset, SJ, Año cristiano

Recogernos en el desierto de nuestro corazón


Jesús nos presenta en el Evangelio la figura vigorosa y austera del Bautista: “¿Qué habéis salido a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?... ¿un hombre envuelto en delicadas vestiduras?...” Si queremos disponer nuestros corazones para la venida del Señor, tenemos que desasirnos de los bienes terrenos, como un San Juan Bautista, que, despojándose de todo, se había retirado al desierto para entregarse a una vida dura y penitente. Su ejemplo nos invita a recogernos en el desierto interior de nuestro corazón, lejos de las criaturas, para esperar en un profundo recogimiento, en silencio y soledad -en cuanto nos lo permitan los deberes de nuestro estado-, la venida de Jesús. Y en esta actitud de espera debemos perseverar aun en medio de la aridez y del desconsuelo: “He aquí que aparecerá el Señor y no faltará a su palabra; si se demora, espérale, porque vendrá, y no tardará” (Breviario Romano).

Este recogimiento interior tiene que estar penetrado de un mayor espíritu de penitencia y de mortificación. Examinemos con qué generosidad practicamos las penitencias y mortificaciones prescritas por nuestras leyes o las que libremente nos hemos impuesto con la aprobación de nuestros confesores o superiores. Si tenemos que contestar nuestra dejadez en este aspecto, será conveniente obligarnos a alguna mortificación especial, por ejemplo, en la comida, en el descanso, o en el vestido, a algún trabajo pesado o poco agradable a la naturaleza...

Si queremos gustar las dulces alegrías de Navidad, es necesario que dispongamos nuestros corazones según nos indica hoy la Iglesia en su Liturgia: “Te suplicamos, oh Señor, que... nos enseñes a despreciar las cosas terrenas y a amar las celestiales” (Misal Romano).

¡Oh Jesús! En este Adviento me llamas a un mayor recogimiento interior, a un más profundo silencio interno y externo, para escuchar tu voz y disponerme a tu venida. Haz que callen en mí la continua parlería de las cosas vanas, las voces estridentes de la naturaleza, del amor propio, de la susceptibilidad, el parloteo disipado de las fantasías, imaginaciones, pensamientos y preocupaciones inútiles. Reconozco que frecuentemente mi entendimiento y mi corazón se asemejan a un mar borrascoso donde las olas se suceden y se agolpan con un rumor ensordecedor; y, sin embargo, si Tú quieres, bastará una señal tuya para que reine la calma y un silencio profundo invada todas las cosas.

Al mismo tiempo he comprendido que el silencio interior exige desasimiento de sí mismo y de las criaturas, mortificación interna y externa. Sí, por tu amor quiero modificar mi curiosidad: la curiosidad de la mirada, del oído, del pensamiento y de la fantasía. Quiero hacer enmudecer mis pasiones, y para eso mortificaré mi cuerpo con mayor generosidad.

¡Verbo eterno, Salvador mío! Imanta hacia Ti todas mis potencias, fija en Ti la mirada de mi alma, para que yo te busque y escuche sólo a Ti, Palabra Eterna de mi Eterno Dios.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Señor vendrá pronto


Me pongo delante de Jesús Sacramentado, para escuchar de sus labios el llamamiento a la confianza y a la penitencia contenido en la liturgia de hoy.

Después de haber considerado el sublime programa de santificación que todos debemos realizar, es extremadamente consolador considerar los textos magníficos que la liturgia de hoy nos presenta; todos nos gritan la confianza absoluta en el auxilio divino: “Pronto vendrá tu salvación. ¿Por qué te consumes de tristeza?... Te salvaré y libraré, no temas... Como una madre consuela a sus hijos, así os consolaré yo a vosotros, dice el Señor” (Breviario Romano). El Señor no quiere ansiedades y derrotismos. Cuando nos señala la ruta sublime de la santidad, no nos abandona, sino que está con nosotros para ser nuestra ayuda y nuestro sostén.

La Misa (en su forma extraordinaria) destaca con claridad que la venida de Jesús no fue sólo para el pueblo de Israel, para un corto número de elegidos, sino también para los gentiles, para todos: “He aquí que el Señor viene a salvar las naciones” (Introito). Confiemos, pues, y alegrémonos conforme a los deseos del Apóstol: “El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis más y más en la esperanza por la virtud del Espíritu Santo” (Rom. 11, 4-13). Y para que nuestra esperanza en Cristo se afirme con hechos concretos, el Evangelio (Mt. 11, 2-10) nos describe la grandiosidad de sus obras: “...Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y el Evangelio es predicado a los pobres”.

No hay miseria moral o material que Jesús no pueda sanar; solamente nos pide que le salgamos al encuentro con un corazón dilatado por la fe y por la confianza en su omnipotente amor misericordioso.

¡Oh Verbo, Salvador mío! ¿Cómo podría dudar de que vienes a este mundo para salvarme, para santificarme? ¿Cómo no ir a Ti con plena seguridad y confianza, si Tú no has perdonado nada para atestiguarme tu infinito amor misericordioso? Tu Encarnación, tus vagidos de niño, tu vida humilde y escondida, tu apostolado, tus milagros, tu pasión dolorosa, tu muerte, tu sangre derramada ¿no bastarán a hacerme creer en tu amor y abrir mi corazón a la más entera confianza?

Jesús mío, os “repito llena de confianza la oración del publicano. Pero sobre todo imito la conducta de María Magdalena. Su asombrosa, mejor, su amorosa audacia que cautivó el corazón de Jesús, cautiva también el mío.

Estoy segura de que, aunque tuviese sobre la conciencia todos los pecados que se pueden cometer, iría con el corazón roto por el arrepentimiento a arrojarme en vuestros brazos, pues sé muy bien cuánto amáis al hijo pródigo que vuelve a Vos” (S. Teresa del Niño Jesús).

Con esta confianza, oh Jesús mío, quiero emprender de nuevo mi camino y renovar mis pobres esfuerzos.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Eucaristía empieza en Belén


Ved, además, cómo la Eucaristía empieza en Belén: es que el Emmanuel viene ya a habitar en medio de su pueblo; comienza a vivir entre nosotros, y la Eucaristía perpetúa su presencia. Allí el Verbo se hizo carne, en el Sacramento se hace pan, para darnos a comer su Carne.

Allí también, en Belén, dan principio las virtudes del estado sacramental.

En efecto, allí oculta ya su divinidad para familiarizar al hombre con Dios; allí priva al hombre de ver su gloria divina, para llegar gradualmente a encubrir también su humanidad; allí reprime su poder mediante la debilidad de sus miembros infantiles: más tarde los encadenará por medio de las santas especies; allí es pobre, se despoja de toda propiedad, Él, que es el criador y dueño absoluto de todas las cosas; el establo no es suyo, sino que lo tiene de limosna, y vive con su Madre de las ofrendas de los pastores y de los dones de los magos; más tarde, en la Eucaristía, pedirá al hombre un sitio donde albergarse, la materia de su Sacramento y los ornamentos necesarios para sus ministros y para su altar. Ved cómo Belén nos anuncia la Eucaristía.

Allí encontramos también la inauguración del culto eucarístico en su principal ejercicio: la adoración. María es la primera adoradora del Verbo encarnado; José, su primer adorador. Ellos creen firmemente: su fe es su virtud. Es la adoración de la virtud.

Los pastores y los magos adoran en unión con María y José. María se consagra enteramente al servicio de su Hijo, atiende con diligentísima solicitud a sus necesidades y previene sus menores deseos para satisfacerlos. Los pastores ofrecen sus dones rústicos y sencillos, los magos, sus magníficos presentes; es la adoración del homenaje.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La compasión del Corazón de Jesús


Una atribución propia de un corazón noble y generoso es justamente la compasión. Y la compasión consiste en un cierto sentimiento conjunto de amor y de ternura que nos impulsa a compadecer los dolores de los demás, a secar las lágrimas de la desventura, a compartir las penas de los atribulados.

Es ciertamente escaso en este mundo el número de los corazones que sienten la compasión, como también es escaso el número de los que aman a Dios, siendo la misericordia un efecto de la caridad. Pero la compasión reside totalmente, como en su centro, en el Santísimo Corazón de Jesús. Aquel Corazón divino es toda compasión, ternura, y misericordia.

En efecto, por tres razones un corazón puede ser capaz de sentir la compasión: y las tres motivaciones que os diré, mueven poderosamente el Corazón Santísimo de Jesús a tener compasión en nuestras penas.

En primer lugar, así es por su naturaleza. Y, ¿quién lo puede dudar? Yo no os diré que aquel corazón divino fue formado por obra del Espíritu Santo en las entrañas inmaculadas de María, y por eso es la obra más perfecta del Amor Divino, sino que os diré que recién formado en el vientre purísimo de María, ello fue asumido por la divinidad, y por eso es el Corazón de un Dios: un Dios que es generosidad, bondad, caridad eterna e infinita. El Corazón Santísimo de Jesús es por su naturaleza toda ternura, sensibilidad, compasión, misericordia. Ya por esto solamente, cada gemido lo conmueve, cada suspiro lo enternece, cada pena nuestra lo hace palpitar.

En segundo lugar, puesto así que la vista de las miserias de los demás lo compadecía, necesitamos poco para comprender cuánto es compasivo el Corazón de Jesús. ¿Acaso no estuvo Él siempre en contacto con la mísera humanidad? Jesucristo no quiso estar en medio de los poderosos, participar a los gozos, al contrario, estuvo siempre en medio de los pobres, en medio de los atribulados. Y, ¡cómo se conmovía aquel corazón divino en presencia de las miserias de ellos! Miradlo: ¡cuánta compasión siente para con la viuda de Naín! En el momento en que la ve llora, se compadece y le resucita al hijo. En las montañas de Judea estaba enseñando, cuando, cayendo en la cuenta que le seguía una gran multitud, y que Felipe no sabe responder sobre cómo saciar a tanta gente, siente compasión y multiplica los panes. Aún más tierna compasión mostró en la piscina Probática: vio a un pobre paralítico que era enfermo desde hacía 38 años: y él se acerca y lo cura. Igualmente con el ciego de nacimiento que gritaba: Hijo de David, ten compasión de mí. Jesucristo vio, en su vida mortal, todas las desventuras humanas: la indigencia, la pobreza, la tribulación, las enfermedades, y por todas sintió ternura, compasión, misericordia.

En tercer lugar, esta motivación de la experiencia no cesa ciertamente de mover el Corazón Santísimo de Jesús a una infinita compasión para con todos. Y, ¡qué experiencia amarga y terrible no tuvo Jesucristo con todos nuestros dolores! Decidme una sola pena que no haya sufrido. ¿La pobreza? Él la padeció desde su nacimiento. ¿El hambre y la sed? Las sufrió en toda su vida mortal hasta en el Calvario. ¿Las persecuciones? Él fue siempre perseguido. ¿Las enfermedades? Él fue hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos. Las angustias secretas del corazón, aquellas luchas y penas intimas, ¡Él las aguantó en toda su vida y especialmente en su Pasión! Se podría decir, no sólo que padeció todos nuestros dolores, sino que todos los sufrimientos humanos estuvieron en el Corazón de Jesucristo.

Así, pues, el Corazón Santísimo de Jesús es también por esta motivación todo repleto de tristeza, sensibilidad, compasión, misericordia. Nosotros sufrimos en este mundo; somos abatidos por las tempestades; pero el Corazón Santísimo de Jesús vigila sobre nosotros. Nos ama con un amor infinito.

Fuente: De los Escritos de san Aníbal María Di Francia, presbítero y fundador

María, Madre nuestra


Acudamos a la esposa del Señor, acudamos a su madre, acudamos a su más perfecta esclava. Pues todo eso es María.

¿Y qué es lo que le ofrecemos? ¿Con qué dones le obsequiamos? ¡Ojalá pudiéramos presentarle lo que en justicia le debemos! Le debemos honor, porque es la madre de nuestro Señor. Pues quien no honra a la madre sin duda que deshonra al hijo. La escritura, en efecto, afirma: Honra a tu padre y a tu madre.

¿Qué es lo que diremos, hermanos? ¿Acaso no es nuestra madre? En verdad, hermanos, ella es nuestra madre. Por ella hemos nacido no al mundo, sino a Dios.

Como sabéis y creéis, nos encontrábamos todos en el reino de la muerte, en el dominio de la caducidad, en las tinieblas de la miseria. En el reino de la muerte, porque habíamos perdido al Señor; en el dominio de la caducidad, porque vivíamos en la corrupción; en las tinieblas, porque habíamos perdido la luz de la sabiduría, y, como consecuencia de todo esto, habíamos perecido completamente. Pero por medio de María hemos nacido de una forma mucho más excelsa que por medio de Eva, ya que por María ha nacido Cristo. En vez de la antigua caducidad, hemos recuperado la novedad de vida; en vez de la corrupción, la incorrupción; en vez de las tinieblas, la luz.

María es nuestra madre, la madre de nuestra vida, la madre de nuestra incorrupción, la madre de nuestra luz. El Apóstol afirma de nuestro Señor: Dios lo ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.

Ella, pues, que es madre de Cristo, es también madre de nuestra sabiduría, madre de nuestra justicia, madre de nuestra santificación, madre de nuestra redención. Por lo tanto, es para nosotros madre en un sentido mucho más profundo aún que nuestra propia madre según la carne. Porque nuestro nacimiento de María es mucho mejor, pues de ella viene nuestra santidad, nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención.

Afirma la Escritura: Alabad al Señor en sus santos. Si nuestro Señor debe ser alabado en sus santos, en los que hizo maravillas y prodigios, cuánto más debe ser alabado en María, en la que hizo la mayor de las maravillas, pues Él mismo quiso nacer de ella.

Fuente: De los sermones del beato Elredo, abad

El tiempo es breve y con él se compra la eternidad


Mi eternidad depende de mi vida. “Lo que sembrare el hombre, eso recogerá”, decía el Apóstol en su carta a los Gálatas; y Cristo Nuestro Señor nos dice por San Mateo: “A cada uno se le dará según sus obras”. Nuestras obras, buenas o malas, son como semillas para la eternidad: las echamos en la tierra y desaparecen; mas en la hora de la muerte se adherirán a nosotros de tal modo que nada podrá separamos de ellas. Un pensamiento que tenga en mi mente, una palabra que salga de mis labios, una acción por fugaz y leve que sea, todo... al abismarse en el océano inmenso de la eternidad, se convierte en estable y permanente como ella. De modo que yo hago en un instante lo que los siglos no podrán destruir. Si cedo a una tentación, es para la eternidad; si rezo o doy limosnas, es para la eternidad. Aquel pecado, cuyo deleite desapareció con la presteza del relámpago, si no lo borro con la penitencia, estará para siempre clavado en mi alma, atormentándola como buitre que devora su presa. Por el contrario, esas obras de religión, de justicia, de caridad que acabo de practicar, me proporcionarán delicias infinitas si no cometo la locura de despojarme de mis méritos por un nuevo pecado mortal. Yo soy, pues, mediante la gracia que me previene, asiste y me sostiene, el dueño y el árbitro de mi eternidad, de la misma manera que lo soy de mis obras...

¡Redentor mío dulcísimo! Gran temor infunde en mí este pensamiento; porque, si he de juzgar de mi porvenir por mi pasado, por mis imprudencias y debilidades, corre peligro en mis manos. Mas ya que Vos os dignáis llamarme de nuevo en este adviento, y me ofrecéis los medios para reparar mi vida pasada, quiero y deseo con todas las fuerzas de mi corazón, comenzar desde ahora mismo a granjearme con mis buenas obras una eternidad feliz.

Mi eternidad depende de una vida muy corta. Breves son los días del hombre sobre la tierra. La vida, aun la más larga, huye como sombra, es como flor de un día. Comparada con la eternidad, es menos que nada. Estamos demasiado cerca de la vida presente para poder juzgar su brevedad. Considerémosla a través de algunos millones de siglos, en una de las dos eternidades que nos esperan. ¿Qué nos parecerá entonces? Pues lo que nos parecerá entonces, eso es hoy... No cabe duda de que después de haber pasado millones de siglos en el cielo o en el infierno, ni siquiera nos acordaríamos de haber vivido en el mundo, si la misma eternidad y lo que allí experimentaremos no nos recordaran que hemos vivido en él, y que fue precisamente en esta vida, que se deslizó tan velozmente, donde decidimos nuestra suerte eterna. Si preguntásemos ahora a los justos y bienaventurados del cielo qué opinan de sus penas y de la duración de sus trabajos, nos responderían con el Apóstol: “Las aflicciones tan breves y tan ligeras de la vida presente nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria...” Y los condenados, ¿qué pensarán del tiempo que debían haber empleado en ganar el cielo, y malgastaron en procurarse una amargura inconsolable, un fuego inextinguible, un infierno eterno? “Todas esas cosas, -nos dirán con el Sabio- pasaron como sombra, y como nave que hiende las ondas procelosas del mar”. ¡Desgraciados! Tardías son esas reflexiones. ¡Ah, si las hubieran hecho antes! Ellas me advierten a mí: “El tiempo es breve”, y con él se compra la eternidad.

Mi eternidad tal vez dependa de un solo instante de mi vida. La gracia tiene sus momentos. Dios se acerca y se retira, habla y calla. Dueño de sus dones, los concede cuando y como le place... El plan ordinario de su providencia es que las gracias de predilección sean la recompensa a la fidelidad a una gracia ordinaria. El que a ésta no responde, se hace indigno de nuevas gracias. Un momento de gracia bien aprovechado puede elevar a un grado muy alto de santidad y de felicidad; pero también un momento de gracia despreciado puede precipitarnos en el abismo de todos los males. Abraham será eternamente bendecido, porque fue fiel a la orden de sacrificar a su hijo Isaac; Saúl será eternamente reprobado porque no obedeció la voz del Señor. ¿Qué sería hoy de María Magdalena si hubiese despreciado la ocasión favorable, el momento de la gracia, que fue el de su salvación? ¡Cuán feliz hubiera sido Jerusalén, a pesar de sus infidelidades pasadas, si hubiese conocido el tiempo de su visita y aprovechado el último día que Dios le concedió! ¡Aquél era su día! Pero cerró sus ojos y sus oídos a los movimientos de la gracia, a las amorosas invitaciones de la misericordia, y dejó pasar el momento decisivo de su salvación. De ahí su ceguedad y desventuras.

Una inspiración desatendida puede tener como consecuencia un infierno eterno; un paso hacia Dios puede ser el preludio de una eternidad feliz. ¡Oh momento del que pende la eternidad! ¡Eternidad! Todas las fruslerías y pequeñeces que me apasionan, que me enloquecen de alegría o me abaten por el pesar, todas desaparecen y caen ante Ti... Dios mío, haced que de hoy en adelante no haya para mí más que un motivo de alegría: el ver que me acerco a la eternidad feliz y me alejo de la desgraciada; ni más que un motivo de tristeza: el verme expuesto a ofenderos, y por lo mismo a estar separado de Vos por toda la eternidad. Madre Santísima, ayudadme a aprovechar todas las gracias que Dios quiera concederme en este Adviento, quizá el último de mi vida, y que tu santísimo Hijo pueda nacer en mí en esta Navidad, en un corazón totalmente desocupado de lo que no sea Él, o me lleve a Él.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz.

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