Consejos y santa muerte de Don Bosco, el Apóstol de la juventud


Encomendamos a San Juan Bosco, santo educador, a todos los niños; que sea preservada la inocencia de la infancia contra todo aquello que pretende corromperla en la actualidad: la ideología de género, la educación sexual integral, y demás astucias de los gobernantes perversos.

San Juan Bosco fue un apóstol que llevó muchas almas, especialmente de jóvenes, a Dios, sacándolos del abandono moral en que vivían y haciendo de ellos hombres de bien y buenos ciudadanos. El diablo no podía estar tranquilo y, con el permiso de Dios, lo molestaba continuamente. Y él ofrecía esos malestares y sufrimientos por la salvación de las almas, especialmente de sus queridos jóvenes, a quienes exhortaba a resistir al maligno:

“¿Queréis que os enseñe a no tenerle miedo y a resistir a sus asaltos? Escuchadme. No hay nada que el demonio tema más que estas dos cosas: 1. La Comunión bien hecha. 2. Las visitas a Jesús sacramentado.

¿Queréis que el Señor os conceda muchas gracias? Visitadlo a menudo.

¿Queréis que os haga pocas? Visitadlo poco.

¿Queréis que el demonio os asalte? Visitad poco a Jesús sacramentado.

¿Queréis que huya de vosotros? Visitad a menudo a Jesús.

¿Queréis vencer al demonio? Refugiaos con frecuencia a los pies de Jesús.

¿Queréis ser vencidos? Dejad de visitar a Jesús.

Queridos míos, la visita a Jesús sacramentado es un medio muy necesario para vencer al demonio. Id, pues, a visitar con frecuencia a Jesús sacramentado y el demonio no podrá hacer nada contra vosotros”.

A los 72 años, la salud de Don Bosco, va decayendo. Su organismo está totalmente desgastado de tanto trabajar. Durante 40 años un continuo dolor de cabeza, que en ocasiones sentía que le iba a reventar la cabeza, lo ha atormentado durante todo este tiempo. Un dolor agudísimo en un ojo que le ha hecho sufrir lo indecible durante 30 años, hasta que ha perdido el ojo, pero nadie fuera de sus más íntimos amigos, lo ha sabido. Nunca los dolores han hecho desaparecer la sonrisa de sus labios ni la alegría de su corazón.

Pero ya al final de 1887 su organismo no es capaz de resistir más. Tiene el hígado atascado. Los riñones en condiciones desastrosas, los pulmones deshechos, y la parálisis bloquea sus piernas. Su médico declaraba: “El cuerpo de Don Bosco es como una máquina a la cual han hecho trabajar sin descanso día y noche por años y años. Ya no hay nada que pueda curarlo. No muere de ninguna enfermedad. Muere de desgaste total por tanto trabajar”.

El 20 de diciembre de 1887 escribe sus últimos mensajes. Toma unas estampas de María Auxiliadora (las mismas que siempre repartía en todas partes) y escribe en ellas algunos pensamientos para que sean enviados, a sus salesianos, amigos y colaboradores de su obra:

• “Haced pronto muchas buenas obras, porque después, puede faltaros tiempo...”

• “Si hacemos el bien, obtendremos bienes en esta vida y premio en la eternidad”

• “El enemigo más grande de Dios es el pecado”

• “Oh María: sé la salvación del alma mía”

• “En las dificultades, encomendaos siempre a María Auxiliadora”.

En su testamento, escribe: “Os recomiendo que no lloréis mi muerte. Es una deuda que todos tenemos que pagar, pero después nos serán ampliamente recompensados todos nuestros sufrimientos soportados por amor a nuestro buen Maestro Jesús.

En lugar de llorar, haced firmes y eficaces propósitos para permanecer seguros en la vocación hasta la muerte (...) Si me habéis amado en el pasado, continuad amándome en el futuro con la exacta observancia de nuestras Reglas. Vuestro primer Rector, ha muerto. Pero vuestro verdadero Superior, Jesucristo, nuestro guía y modelo, no morirá jamás”.

En su lecho de muerte, pide la bendición de María Auxiliadora. Todos, los presentes, uno a uno pasan a besarle la mano, que está sostenida por Don Miguel Rúa, Vicario General de la Congregación. En la Iglesia de María Auxiliadora de Turín las campanas tocan, anunciando que son las 4 de la mañana. Don Bosco, con un poco de voz, dice a los presentes: “Propagad siempre y en todas partes la Devoción a Jesús Sacramentado y a María Auxiliadora... Os espero a todos en el Paraíso...”, mientras su alma alcanzaba ya las puertas del cielo. Era el 31 de enero de 1888.

Fuente: cf. Texto compuesto por la Parroquia salesiana El Espíritu Santo (espiritusantogt.com)

Seamos la voz de los niños por nacer


Es necesario que toda la sociedad se alinee en defensa del derecho a la vida del concebido y del verdadero bien de la mujer, que nunca, en ninguna circunstancia, podrá realizarse en la opción del aborto. Igualmente, será necesario proporcionar las ayudas necesarias a las mujeres que lamentablemente ya han recurrido al aborto y ahora están viviendo todo su drama moral y existencial. Son múltiples las iniciativas, a nivel diocesano o de parte de organismos de voluntariado, que ofrecen apoyo psicológico y espiritual, para una recuperación humana completa. La solidaridad de la comunidad cristiana no puede renunciar a este tipo de corresponsabilidad. Al respecto quiero recordar la invitación que el venerable Juan Pablo II dirigió a las mujeres que han recurrido al aborto: “La Iglesia conoce cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no perdáis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la Reconciliación. Podéis confiar con esperanza a vuestro hijo a este mismo Padre y a su misericordia. Con la ayuda del consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida”. (S.S. Benedicto XVI, Discurso del 26 de febrero de 2001)

Fue en Europa donde se formuló por primera vez la noción de derechos humanos. El derecho humano fundamental, el presupuesto de todos los demás derechos, es el derecho a la vida misma. Esto vale para la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. En consecuencia, el aborto no puede ser un derecho humano; es exactamente lo opuesto. Es una profunda herida social.

Al afirmar esto, no expreso solamente una preocupación de la Iglesia. Más bien, quiero actuar como abogado de una petición profundamente humana y portavoz de los niños por nacer, que no tienen voz. No cierro los ojos ante los problemas y los conflictos que experimentan muchas mujeres, y soy consciente de que la credibilidad de mis palabras depende también de lo que la Iglesia misma hace para ayudar a las mujeres que atraviesan dificultades.

En este contexto, hago un llamamiento a los líderes políticos para que no permitan que los hijos sean considerados una especie de enfermedad, y para que en vuestro ordenamiento jurídico no sea abolida, en la práctica, la calificación de injusticia atribuida al aborto. Lo digo impulsado por la preocupación por los valores humanos. Pero este es sólo un aspecto de lo que nos preocupa. El otro es la necesidad de hacer todo lo posible para que los países europeos estén nuevamente dispuestos a acoger a los niños. Impulsad a los jóvenes a fundar nuevas familias en el matrimonio y a convertirse en madres y padres. De este modo, no sólo les haréis un bien a ellos mismos, sino también a toda la sociedad. También apoyo decididamente vuestros esfuerzos políticos por fomentar condiciones que permitan a las parejas jóvenes criar a sus hijos. Pero todo ello no serviría de nada si no logramos crear nuevamente en nuestros países un clima de alegría y confianza en la vida, en el que los niños no sean considerados una carga, sino un don para todos.

Otra gran preocupación que tengo es el debate sobre lo que se ha llamado “ayuda activa a morir”. Existe el temor de que, algún día, sobre las personas gravemente enfermas se ejerza una presión tácita o incluso explícita para que soliciten la muerte o se la procuren ellos mismos. La respuesta adecuada al sufrimiento del final de la vida es una atención amorosa y el acompañamiento hacia la muerte -especialmente con la ayuda de los cuidados paliativos- y no la “ayuda activa a morir”. (S.S. Benedicto XVI, Discurso del 7 de septiembre de 2007)

Fuente: vatican.va

Recordando el Magisterio de San Juan Pablo II


La ordenación sacerdotal, mediante la cual se transmite la función confiada por Cristo a sus Apóstoles, de enseñar, santificar y regir a los fieles, desde el principio ha sido reservada siempre en la Iglesia Católica exclusivamente a los hombres. Esta tradición se ha mantenido también fielmente en las Iglesias Orientales.

En la Carta Apostólica Mulieris dignitatem he escrito a este propósito: “Cristo, llamando como apóstoles suyos sólo a hombres, lo hizo de un modo totalmente libre y soberano. Y lo hizo con la misma libertad con que en todo su comportamiento puso en evidencia la dignidad y la vocación de la mujer, sin amoldarse al uso dominante y a la tradición avalada por la legislación de su tiempo”.

En efecto, los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles atestiguan que esta llamada fue hecha según el designio eterno de Dios: Cristo eligió a los que quiso (cf. Mc 3,13-14; Jn 6,70), y lo hizo en unión con el Padre “por medio del Espíritu Santo” (Hch 1,2), después de pasar la noche en oración (cf. Lc 6,12). Por tanto, en la admisión al sacerdocio ministerial, la Iglesia ha reconocido siempre como norma perenne el modo de actuar de su Señor en la elección de los doce hombres, que Él puso como fundamento de su Iglesia (cf. Ap 21,14). En realidad, ellos no recibieron solamente una función que habría podido ser ejercida después por cualquier miembro de la Iglesia, sino que fueron asociados especial e íntimamente a la misión del mismo Verbo encarnado (cf. Mt 10,1.7-8; 28,16-20; Mc 3, 13-16; 16,14-15). Los Apóstoles hicieron lo mismo cuando eligieron a sus colaboradores que les sucederían en su ministerio. En esta elección estaban incluidos también aquéllos que, a través del tiempo de la Iglesia, habrían continuado la misión de los Apóstoles de representar a Cristo, Señor y Redentor.

Por otra parte, el hecho de que María Santísima, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, no recibiera la misión propia de los Apóstoles ni el sacerdocio ministerial, muestra claramente que la no admisión de las mujeres a la ordenación sacerdotal no puede significar una menor dignidad ni una discriminación hacia ellas, sino la observancia fiel de una disposición que hay que atribuir a la sabiduría del Señor del universo.

La presencia y el papel de la mujer en la vida y en la misión de la Iglesia, si bien no están ligados al sacerdocio ministerial, son, no obstante, totalmente necesarios e insustituibles. Como ha sido puesto de relieve en la misma Declaración Inter insigniores, “la Santa Madre Iglesia hace votos por que las mujeres cristianas tomen plena conciencia de la grandeza de su misión: su papel es capital hoy en día, tanto para la renovación y humanización de la sociedad, como para descubrir de nuevo, por parte de los creyentes, el verdadero rostro de la Iglesia”. El Nuevo Testamento y toda la historia de la Iglesia muestran ampliamente la presencia de mujeres en la Iglesia, verdaderas discípulas y testigos de Cristo en la familia y en la profesión civil, así como en la consagración total al servicio de Dios y del Evangelio. “En efecto, la Iglesia defendiendo la dignidad de la mujer y su vocación ha mostrado honor y gratitud para aquellas que -fieles al Evangelio-, han participado en todo tiempo en la misión apostólica del Pueblo de Dios. Se trata de santas mártires, de vírgenes, de madres de familia, que valientemente han dado testimonio de su fe, y que educando a los propios hijos en el espíritu del Evangelio han transmitido la fe y la tradición de la Iglesia”.

Por otra parte, la estructura jerárquica de la Iglesia está ordenada totalmente a la santidad de los fieles. Por lo cual, recuerda la Declaración Inter insigniores: “el único carisma superior que debe ser apetecido es la caridad (cf. 1 Cor 12-13). Los más grandes en el Reino de los cielos no son los ministros, sino los santos”.

Si bien la doctrina sobre la ordenación sacerdotal, reservada sólo a los hombres, sea conservada por la Tradición constante y universal de la Iglesia, y sea enseñada firmemente por el Magisterio en los documentos más recientes, no obstante, en nuestro tiempo y en diversos lugares se la considera discutible, o incluso se atribuye un valor meramente disciplinar a la decisión de la Iglesia de no admitir a las mujeres a tal ordenación.

Por tanto, con el fin de alejar toda duda sobre una cuestión de gran importancia, que atañe a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22,32), declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Apostólica Ordinatio Sacerdotalis

Televisión y familia - criterios para saber mirar (III)


Para garantizar que la industria televisiva tutele los derechos de la familia, los padres deberían poder expresar sus legítimas preocupaciones a productores y responsables de los medios de comunicación social. A veces resultará útil unirse a otros para formar asociaciones que representen sus intereses con respecto a los medios de comunicación, a los patrocinadores y anunciantes, y a las autoridades públicas.

Todos los que trabajan para la televisión -dirigentes y responsables, productores y directores, escritores y estudiosos, periodistas, presentadores y técnicos- tienen gran responsabilidad en relación con las familias, que constituyen una porción muy notable de su público. En su vida profesional y personal, los que trabajan en la televisión deberían tratar de ponerse al servicio de la familia en cuanto comunidad fundamental de vida, amor y solidaridad de la sociedad. Reconociendo la influencia del medio de comunicación en que trabajan, deberían promover los valores espirituales y morales y oponerse a cuanto pueda herir la familia en su existencia, su estabilidad, su equilibrio y su felicidad por incluir erotismo o violencia, apología del divorcio o actitudes antisociales de los jóvenes.

La televisión se ocupa a menudo de temas serios: la debilidad humana y el pecado, y sus consecuencias para los individuos y la sociedad; el fracaso de instituciones sociales, incluidos el gobierno y la religión; apremiantes cuestiones acerca del sentido de la vida. Debería tratar estos temas de manera responsable, sin sensacionalismo y con sincera solicitud por el bien de la sociedad, así como con escrupuloso respeto hacia la verdad. “La verdad os hará libres” (Jn 8, 32), dijo Jesús y, en último término, toda la verdad tiene su fundamento en Dios, que es también la fuente de nuestra libertad y creatividad.

Al cumplir las propias responsabilidades, la industria televisiva debería desarrollar y observar un código ético que incluya el compromiso de satisfacer las necesidades de las familias y promover los valores que sostienen la vida familiar. También los Consejos de los medios de comunicación, formados tanto por miembros de la industria como por representantes del público, son un modo muy adecuado para hacer que la televisión responda más a las necesidades y a los valores de sus espectadores.

Los canales de televisión, tanto públicos como privados, representan un medio público al servicio del bien común; no son sólo una garantía privada de intereses comerciales o un instrumento de poder o de propaganda para determinados grupos sociales, políticos o económicos; han de estar al servicio del bienestar de la sociedad en su totalidad.

Por tanto, en cuanto célula fundamental de la sociedad, la familia merece ser asistida y defendida con medidas apropiadas por parte del Estado y de otras instituciones. Eso implica algunas responsabilidades por parte de las autoridades públicas con respecto a la televisión.

Fuente: San Juan Pablo II, Mensaje del 24 de enero de 1994

Televisión y familia - criterios para saber mirar (II)


Por tanto, además de ser espectadores capaces de discernir por sí mismos, los padres deberían contribuir activamente a formar en sus hijos hábitos de ver la televisión, que les lleven a un sano desarrollo humano, moral y religioso. Los padres deberían informar anticipadamente a sus hijos acerca del contenido de los programas y hacer una selección responsable teniendo como objetivo el bien de la familia, para decidir cuáles conviene ver y cuáles no. A este respecto, pueden resultar útiles las recensiones y juicios facilitados por agencias religiosas y por otros grupos responsables, así como adecuados programas educativos propuestos por los medios de comunicación social. Los padres deberían también discutir con sus hijos sobre la televisión, ayudándoles a regular la cantidad y la calidad de los programas, y a percibir y juzgar los valores éticos que encierran determinados programas, porque la familia es el vehículo privilegiado para la transmisión de aquellos valores religiosos y culturales que ayudan a la persona a adquirir la propia identidad.

Formar esos hábitos en los hijos a veces equivale simplemente a apagar la televisión porque hay algo mejor que hacer porque es necesario en atención a otros miembros de la familia o porque la visión indiscriminada de la televisión puede ser perjudicial. Los padres que de forma regular y prolongada usan la televisión como una especie de niñera electrónica abdican de su papel de educadores primarios de sus hijos. Tal dependencia de la televisión puede privar a los miembros de la familia de las posibilidades de interacción mutua a través de la conversación, las actividades y la oración en común. Los padres prudentes son también conscientes del hecho de que los buenos programas han de integrarse con otras fuentes de información, entretenimiento, educación y cultura.

A continuación les dejamos las direcciones de Páginas en español e inglés, que pueden resultar útiles para orientar a los padres, a la hora de cerciorarse sobre el contenido de películas o series:

almudi.org/listado-peliculas

kids-in-mind.com

parentpreviews.com

aceprensa.com

commonsensemedia.org

movieguide.org

raisingchildren.net.au/guides/movie-reviews

screenit.com

moviereviewmom.com

childrenandmedia.org.au

decine21.com

vidangel.com

Fuente: Cf. San Juan Pablo II, Mensaje del 24 de enero de 1994

Televisión y familia - criterios para saber mirar (I)


En los últimos decenios la televisión ha revolucionado las comunicaciones influenciando profundamente la vida familiar. Hoy, la televisión es una fuente primaria de noticias, informaciones y entretenimiento para innumerables familias y forma parte de sus actitudes y opiniones, de sus valores y modelos de comportamiento.

La televisión puede enriquecer la vida familiar. Puede unir más estrechamente a los miembros de la familia y promover la solidaridad con otras familias y con la comunidad en general. Puede acrecentar no solamente la cultura general, sino también la religiosa, permitiendo escuchar la palabra de Dios, afianzar la propia identidad religiosa y alimentar la vida moral y espiritual.

La televisión puede también perjudicar la vida familiar: al difundir valores y modelos de comportamiento falseados y degradantes, al emitir pornografía e imágenes de violencia brutal al inculcar el relativismo moral y el escepticismo religioso; al dar a conocer relaciones deformadas, informes manipulados de acontecimientos y cuestiones actuales; al transmitir publicidad que explota y reclama los bajos instintos y exalta una visión falseada de la vida que obstaculiza la realización del mutuo respeto, de la justicia y de la paz.

Incluso cuando los programas televisivos no son moralmente criticables, la televisión puede tener efectos negativos en la familia. Puede contribuir al aislamiento de los miembros de la familia en su propio mundo, impidiendo auténticas relaciones interpersonales, puede también dividir a la familia, alejando a los padres de los hijos y a los hijos de los padres.

En este mensaje, deseo subrayar especialmente las responsabilidades de los padres, de los hombres y las mujeres de la industria televisiva, de las autoridades públicas y de los que cumplen sus deberes pastorales y educativos en el interior de la Iglesia. En sus manos está el poder de hacer de la televisión un medio cada vez más eficaz para ayudar a las familias a desempeñar su propio papel, que es el de constituir una fuerza de renovación moral y social.

Dios ha confiado a los padres la grave responsabilidad de ayudar a los hijos desde la más tierna edad, a buscar la verdad y a vivir en conformidad con la misma, a buscar el bien y a fomentarlo. Éstos tienen pues, el deber de conducir a sus hijos a que aprecien “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable” (Flp 4, 8).

Fuente: San Juan Pablo II, Mensaje del 24 de enero de 1994

San Pablo, gran converso y poderoso intercesor


Te damos gracias, oh Jesús, porque con tu poder derribaste hoy por tierra a tu enemigo, y le levantaste misericordiosamente. Eres en verdad el Dios fuerte, y mereces que todas las criaturas canten tus victorias. ¡Cuán admirables son tus planes para la salvación del mundo! Te asocias hombres para la obra de la predicación de tu palabra, y para la administración de tus Misterios; y para hacer a Pablo digno de tal honor, empleas todos los recursos de tu gracia. Te complaces en hacer del asesino de Esteban un Apóstol, para que aparezca tu poder a la vista de todos, y para que tu amor por las almas brille en su más gratuita generosidad, y superabunde la gracia donde abundó el pecado. Visítanos con frecuencia, oh Emmanuel, con esa gracia que muda los corazones, porque deseamos tener una vida exuberante, pero a veces sentimos que su principio está próximo a abandonarnos. Conviértenos como convertiste al Apóstol; y asístenos luego, porque sin ti nada podemos hacer. Anticípate, acompáñanos y no nos abandones nunca; asegúranos la perseverancia final, ya que nos diste el comienzo. Haz que reconozcamos, con amor y respeto el don de la gracia que ninguna criatura puede merecer, pero al cual la voluntad humana puede poner obstáculos. Somos prisioneros: sólo Tú posees el Instrumento necesario para poder romper las cadenas. Colócale en nuestras manos animándonos a usarlo, de manera que nuestra libertad es obra tuya y no nuestra, y nuestro cautiverio, dado caso de que exista, no debe atribuirse más que a nuestra negligencia y pereza. Danos, Señor, esta gracia; y dígnate aceptar la promesa que te hacemos humildemente de unir a ella nuestra cooperación.

Ayúdanos, oh Pablo, a responder a los designios misericordiosos de Dios sobre nosotros; haz que nos sometamos al yugo suave de Jesús. Su voz no atruena; no deslumbra nuestros ojos con sus rayos; pero con frecuencia se queja de que le perseguimos. Ayúdanos a decirle como tú: “¿Señor, qué quieres que haga?”. Seguramente nos responderá que seamos sencillos y niños como él, que seamos agradecidos, que rompamos con el pecado y luchemos contra nuestros malos instintos, que procuremos la santidad siguiendo sus ejemplos. Tú dijiste, oh Apóstol: “¡Sea anatema, quien no ame a Nuestro Señor Jesucristo!”. Haz que le conozcamos más y más, para poder amarle, y que misterios tan amables no sean por nuestra ingratitud, causa de nuestra condenación.

Oh Vaso de elección, convierte a los pecadores que no piensan en Dios. En la tierra te diste completamente a la obra de la salvación de las almas; continúa tu ministerio en el cielo donde reinas, y pide al Señor para los que persiguen a Jesús en sus miembros, las gracias que triunfan de las mayores rebeldías.

Como Apóstol de los Gentiles, mira a tantas naciones sentadas aún en las sombras de la muerte. En otros tiempos te abrasaron dos deseos: el de reunirte con Cristo, y el de permanecer en la tierra para trabajar en la salvación de los pueblos. Ahora estás ya para siempre con el Salvador a quien predicaste; no olvides a los que no le conocen todavía. Suscita hombres apostólicos que continúen tus trabajos. Haz fecundos sus sudores y su sangre. Atiende a la Sede de Pedro, tu hermano y jefe; protege la autoridad de la Iglesia Romana que es heredera de tus poderes, y que te considera como su segundo pilar. Sal por su honor allí donde es despreciada; destruye los cismas y las herejías; infunde tu espíritu en todos los pastores, para que a imitación tuya, no se busquen a sí mismos; sino sólo y siempre los intereses de Jesucristo.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Los niños y los medios de comunicación social (II)


Este profundo deseo de los padres y profesores de educar a los niños en el camino de la belleza, de la verdad y de la bondad, solo será favorecido por la industria de los medios en la medida en que promueva la dignidad fundamental del ser humano, el verdadero valor del matrimonio y de la vida familiar, así como los logros y metas de la humanidad. De ahí que la necesidad de que los medios estén comprometidos en una formación efectiva y éticamente aceptable sea vista con particular interés e incluso con urgencia, no solamente por los padres y profesores, sino también por todos aquéllos que tienen un sentido de responsabilidad cívica.

Si bien afirmamos con certeza que muchos operadores de los medios desean hacer lo que es justo (cf. Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Ética en las comunicaciones sociales), debemos reconocer que los comunicadores se enfrentan con frecuencia a “presiones psicológicas y especiales dilemas éticos” (Aetatis novae) viendo como a veces la competencia comercial fuerza a rebajar su estándar.

Toda tendencia a producir programas - incluso películas de animación y video juegos- que exaltan la violencia y reflejan comportamientos antisociales o que, en nombre del entretenimiento, trivializan la sexualidad humana, es perversión; y mucho más cuando se trata de programas dirigidos a niños y adolescentes. ¿Cómo se podría explicar este “entretenimiento” a los innumerables jóvenes inocentes que son víctimas realmente de la violencia, la explotación y el abuso? A este respecto, haríamos bien en reflexionar sobre el contraste entre Cristo, que “abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos” (Mc 10,16), y aquél que “escandaliza a uno de estos pequeños más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino” (Lc 17,2).

Exhorto nuevamente a los responsables de la industria de estos medios para que formen y motiven a los productores a salvaguardar el bien común, a preservar la verdad, a proteger la dignidad humana individual y a promover el respeto por las necesidades de la familia.

La Iglesia misma, a la luz del mensaje de salvación que se le ha confiado, es también maestra en humanidad y aprovecha la oportunidad para ofrecer ayuda a los padres, educadores, comunicadores y jóvenes. Las parroquias y los programas escolares, hoy en día, deberían estar a la vanguardia en lo que respecta a la educación para los medios de comunicación social. Sobre todo, la Iglesia desea compartir una visión de la dignidad humana que es el centro de toda auténtica comunicación. “Al verlo con los ojos de Cristo, puedo dar al otro mucho más que cosas externas necesarias: puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita” (Deus caritas est).

Fuente: Benedicto XVI, Mensaje del 24 de enero 2007

Los niños y los medios de comunicación social (I)


El tema “Los niños y los medios de comunicación social: un reto para la educación”, nos invita a reflexionar sobre dos aspectos de suma importancia. Uno es la formación de los niños. El segundo, quizás menos obvio pero no menos importante, es la formación de los medios mismos.

Los complejos desafíos a los que se enfrenta la educación actual están fuertemente relacionados con el influjo penetrante de estos medios en nuestro mundo. Como un aspecto del fenómeno de la globalización e impulsados por el rápido desarrollo tecnológico, los medios marcan profundamente el entorno cultural (cf. Juan Pablo II, Carta apostólica El Rápido desarrollo). De hecho, algunos afirman que la influencia formativa de los medios se contrapone a la de la escuela, de la Iglesia e incluso a la del hogar. “Para muchas personas la realidad corresponde a lo que los medios de comunicación definen como tal” (Pontificio Consejo para las Comunicaciones Sociales, Aetatis novae).

La relación entre los niños, los medios de comunicación y la educación se puede considerar desde dos perspectivas: la formación de los niños por parte de los medios, y la formación de los niños para responder adecuadamente a los medios. Surge entonces como una especie de reciprocidad que apunta a la responsabilidad de los medios como industria, y a la necesidad de una participación crítica y activa por parte de los lectores, televidentes u oyentes. En este contexto, la formación en el recto uso de los medios es esencial para el desarrollo cultural, moral y espiritual de los niños.

¿Cómo se puede promover y proteger este bien común? Educar a los niños para que hagan un buen uso de los medios es responsabilidad de los padres, de la Iglesia y de la escuela. El papel de los padres es de vital importancia. Éstos tienen el derecho y el deber de asegurar un uso prudente de los medios educando la conciencia de sus hijos, para que sean capaces de expresar juicios serenos y objetivos que después les guíen en la elección o rechazo de los programas propuestos (cf. Juan Pablo II, Exhortación apostólica Familiaris consortio). Para llevar a cabo eso, los padres deberían de contar con el estímulo y ayuda de las escuelas y parroquias, asegurando así que este aspecto de la paternidad, difícil pero gratificante, sea apoyado por toda la comunidad.

La educación para los medios debería ser positiva. Cuando se pone a los niños delante de lo que es estética y moralmente excelente se les ayuda a desarrollar la apreciación, la prudencia y la capacidad de discernimiento. En este punto, es importante reconocer el valor fundamental del ejemplo de los padres y el beneficio de introducir a los jóvenes en los clásicos de la literatura infantil, las bellas artes y la música selecta. Si bien la literatura popular siempre tendrá un lugar propio en la cultura, no debería ser aceptada pasivamente la tentación al sensacionalismo en los lugares de enseñanza. La belleza, que es como un espejo de lo divino, inspira y vivifica los corazones y mentes jóvenes, mientras que la fealdad y la tosquedad tienen un impacto deprimente en las actitudes y comportamientos.

La educación para los medios, como toda labor educativa, requiere la formación del ejercicio de la libertad. Se trata de una tarea exigente. Muy a menudo la libertad se presenta como la búsqueda frenética del placer o de nuevas experiencias. Pero más que de una liberación se trata de una condena. La verdadera libertad nunca condenaría a un individuo -especialmente un niño- a la búsqueda insaciable de la novedad. A la luz de la verdad, la auténtica libertad se experimenta como una respuesta definitiva al “sí” de Dios a la humanidad, que nos llama a elegir lo que es bueno, verdadero y bello, no de un modo discriminado sino deliberadamente. Los padres de familia son, pues, los guardianes de la libertad de sus hijos; y en la medida en que les devuelven esa libertad, los conducen a la profunda alegría de la vida (cf. Discurso en el V Encuentro Mundial de las Familias, Valencia, 8 julio 2006).

Fuente: Benedicto XVI, Mensaje del 24 de enero 2007

La devoción a la Virgen nos acerca a la santidad


Es auténtica la piedad hacia la Madre de Dios cuando nace del alma; y en este punto no tiene valor ni utilidad alguna la acción corporal, si está separada de la actitud del espíritu. Actitud que necesariamente se refiere a la obediencia rendida a los mandamientos del Hijo divino de María. Pues si solo es amor verdadero el que es capaz de unir las voluntades, es conveniente que nuestra voluntad y la de su santísima Madre se unan en el servicio a Cristo Señor. Lo que la Virgen prudentísima decía a los siervos en las bodas de Cana, eso mismo nos dice a nosotros: Haced lo que Él os diga, y lo que Cristo dice es: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.

Por eso, cada uno debe estar persuadido de que, si la piedad que declara hacia la Santísima Virgen no le aparta del pecado o no le estimula a la decisión de enmendar las malas costumbres, su piedad es artificial y falsa, por cuanto carece de su fruto propio y genuino.

Si alguno pareciera necesitar confirmación de todo esto, puede fácilmente encontrarla en el dogma de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios. Pues, dejando a un lado la tradición católica, que es fuente de verdad como la Sagrada Escritura, ¿de dónde surge la persuasión de que la Inmaculada Concepción de la Virgen estaba tan de acuerdo con el sentido cristiano que podía tenerse como depositada e innata en las almas de los fieles? Rechazamos -así explica brillantemente Dionisio el Cartujano las causas de esta persuasión-, rechazamos creer que la mujer que había de pisar la cabeza de la serpiente, haya sido pisada por ella en algún momento y que la Madre del Señor haya sido hija del diablo. Es evidente que no podía caber en la mente del pueblo cristiano que la carne de Cristo, santa, impoluta e inocente hubiera sido oscurecida en el vientre de la Virgen por una carne en la que, ni por un instante, hubiera estado introducido el pecado. Y esto ¿por qué, sino porque el pecado y Dios están separados por una oposición infinita? De ahí que con razón por todas partes los pueblos católicos han estado siempre persuadidos de que el Hijo de Dios, con vistas a que, asumiendo la naturaleza humana, nos iba a lavar de nuestros pecados con su sangre, por singular gracia y privilegio, preservo inmune a su Madre la Virgen de toda mancha de pecado original, ya desde el primer instante de su concepción.

Y Dios aborrece tanto cualquier pecado, que no solo no consintió que la futura Madre de su Hijo experimentara ninguna mancha recibida por propia voluntad; sino que, por privilegio singularísimo, atendiendo a los méritos de Cristo, incluso la libró de la mancha con la que estamos marcados, como por una mala herencia, todos los hijos de Adán. ¿Quién puede dudar de que el primer deber que se propone a quien pretenda obsequiar a María es la enmienda de sus costumbres viciosas y corrompidas, y el dominio de los deseos que impulsan a lo prohibido?

Fuente: San Pío X, Encíclica Ad diem illum laetissimum

Santa Inés


Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos el sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tan tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.

¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pican con una aguja se ponen a llorar como si se tratara de una herida.

Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.

¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.

Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que con tanta generosidad entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.

El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero”.

Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, como si fuese él el condenado; cómo temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a esa niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio.

Fuente: Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre las vírgenes

La actitud de un gobernante


En la mañana del 4 de abril de 1990, la radio transmite una noticia inaudita: ¡Bélgica ya no tiene rey! Al negarse a firmar Balduino la ley que autoriza el aborto, el gobierno ha declarado su imposibilidad de reinar. El 29 de marzo, el Parlamento había aprobado una ley que liberalizaba el aborto, aceptada por el Senado el 6 de noviembre anterior. Según la Constitución belga, ninguna ley votada por ese procedimiento en las cámaras puede ser promulgada sin la firma del rey.

Parece ser que, en nuestras sociedades, el voto de una mayoría no se discute y es suficiente para que una ley sea legítima. Sin embargo, en su encíclica Evangelium vitæ, publicada el 25 de marzo de 1995, el Papa Juan Pablo II recordará que el voto democrático no es incuestionable: “En la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría”. En realidad, la democracia no puede mitificarse. Su carácter moral no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse” (69-70). El rey Balduino se encuentra en la situación que Juan Pablo II describirá en la misma encíclica: “La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia en materia de colaboración, debido a la obligatoria afirmación del propio derecho a no ser forzados a participar en acciones moralmente malas. A veces las opciones que se imponen son dolorosas y pueden exigir el sacrificio de posiciones profesionales consolidadas” (Ibíd., 74). Balduino sabe que, al negarse a firmar, se expone a la incomprensión de numerosos de sus conciudadanos de sentido moral débil, y se arriesga incluso a tener que abdicar.

Así pues, la ley del aborto aprobada por el Parlamento belga está en contradicción con el bien, expresado por la ley de Dios. “Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como “crímenes nefandos” (Gaudium et spes, 51). Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia” (Evangelium vitæ, 58, 62).

El respeto a la vida del niño por nacer es un principio sagrado y universal: “El niño -había declarado el rey Balduino unos meses antes-, en razón de su falta de madurez física e intelectual, necesita una protección especial, unos cuidados especiales, principalmente una protección jurídica adecuada, tanto antes como después de nacer”. Sabedor de que deberá rendir cuentas a Dios de sus decisiones, Balduino escribe a su primer ministro: “Este proyecto de ley me provoca un grave problema de conciencia. Si firmara ese proyecto de ley considero que estaría asumiendo inevitablemente cierta corresponsabilidad. Es algo que no puedo hacer”.

La fidelidad hacia sus deberes de estado en los actos normales ha preparado al rey para ese acto ejemplar que da testimonio de una conciencia recta, perfectamente dócil a la voz de Dios. “La conciencia -dice san Buenaventura- es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey” (Veritatis splendor, 58). “Ciertamente, para tener una “conciencia recta” (1 Tim 1, 5), el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (cf. Ef 4, 14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella” (Ibid., 62, 64).

El Papa Juan Pablo II lo calificó de “rey ejemplar” y de “cristiano ferviente”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 9 de agosto de 2006

El ejemplo de un científico


En 1965, el siervo de Dios Jerome Lejeune percibe una corriente, sobre todo en el estamento médico norteamericano, que preconiza la supresión mediante el aborto de los enfermos por nacer. Comprueba con estupor los riesgos que su descubrimiento ha engendrado para los trisómicos. Para combatir esa forma de racismo, la llamada a la realidad experimental le parece un arma decisiva. De ese modo se muestra a las mentalidades disconformes que no está permitido considerar como extranjeros a la especie humana a unos seres que, biológicamente, forman parte de esa especie: el embrión es un hombre.

Si la clase médica falla, ¿por qué no convencer a la clase política? En junio de 1970, un diputado francés, Peyret, presenta un proyecto de ley que permite el examen médico preventivo prenatal de los niños trisómicos y su eliminación mediante el aborto.

El tema del aborto agita en ese momento toda Europa; Gran Bretaña ha acabado pisando los talones a los Estados Unidos, donde se ha legalizado el examen médico preventivo de la trisomía y su “tratamiento” mediante el aborto. La campaña mediática, en Francia, se extiende al aborto de todos los niños no deseados: “Un bebé no se convierte legalmente en una persona hasta que no ha nacido”; “una mujer tiene derecho a hacer lo que quiere de su cuerpo”. Son argumentos engañosos, ante los cuales muchos católicos se muestran permeables, incluso a veces hasta el punto de propagarlos.

En 1973, los Estados Unidos acaban de reconocer constitucionalmente el derecho al aborto en general. En el transcurso de un congreso sobre el tema, acontecido el 18 de marzo en la abadía de Royaumont, en Île-de-France, una mujer con cierta responsabilidad lanza esta frase: “Queremos destruir la civilización judeocristiana, y para destruirla debemos destruir la familia, atacándola en su eslabón más débil: el niño que aún no ha nacido. ¡Estamos a favor del aborto!”. El 7 de junio, el proyecto de ley despenalizador del aborto es presentado en la Asamblea Nacional. Jerome constata que se aventuran cifras falsas y que se sirven de casos de extremo peligro para conseguir que se apruebe el derecho al aborto, a los que, sin embargo, él presta mucha atención. Unos supuestos sondeos incitan a creer que la mitad del estamento médico es favorable a ello; no obstante, coincidiendo en el tiempo, y gracias a la iniciativa de la señora Lejeune, se consigue recabar y publicar más de 18.000 firmas de médicos franceses (es decir, la mayor parte del estamento médico) que declaran su oposición al aborto y que ponen así de manifiesto la falsedad de la campaña mediática. A los médicos se añaden enseguida las enfermeras, y luego magistrados, profesores de derecho, juristas y más de 11.000 alcaldes y cargos electos locales. Gracias a ello, el proyecto se malogra. En ese combate, cuyo reto consiste en permanecer fiel al decálogo y en salvar vidas humanas, gran parte del clero permanece callado. El cura de su parroquia escribe a la señora Lejeune: “La Iglesia no puede presentarse como un grupo de presión. Creo que por eso la asamblea de los obispos guarda silencio en este momento”. Jerome se encuentra apenado. Un año más tarde, el 15 de diciembre de 1974, la “ley Veil” que permite el aborto es aprobada en la Asamblea Nacional, con una duración de cinco años.

En agosto de 1988, el profesor Lejeune es obligado a testificar en Maryville, Estados Unidos, en un juicio mediático cuyo reto es la supervivencia de miles de embriones congelados. A pesar del cansancio, Jerome decide acompañar a quienes, en el mundo entero, sufren persecución por su respeto a la vida. Quiere ayudar sobre todo a sus colegas católicos para que sigan la enseñanza de la Iglesia, a pesar de la burla del mundo. En agosto de 1989, el rey de los belgas, Balduino I, en una comprometida situación frente a su parlamento, que se dispone a autorizar el aborto, le pide consejo. Al final de la entrevista, el rey le propone: “Profesor, ¿le molestaría que rezáramos juntos un momento?”. Es bien conocida la actitud ejemplar que adoptó a continuación el rey sobre ese asunto, hasta el punto de renunciar a su cargo para no ofender a Dios.

El 5 de agosto de 1993, el Santo Padre decide crear una Academia Pontificia de Medicina, consagrada a la defensa de la vida; su presidente será el profesor Lejeune. Entre el Papa y él existe una convergencia: el aborto es, desde el punto de vista de ambos, la principal amenaza contra la paz.

El Papa Juan Pablo II escribía a propósito de Jerome Lejeune: “Hoy hemos sabido de la muerte de un gran cristiano del siglo XX, de un hombre para quien la defensa de la vida se convirtió en un apostolado. Es evidente que, en la situación actual del mundo, esa forma de apostolado de los laicos es especialmente necesaria”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 1 de mayo de 2008

Un crimen abominable


“Las personas con minusvalías se encuentran entre las más oprimidas del mundo, a pesar de los progresos que se realizan en algunos países. Cada vez más, muchos son eliminados desde el seno de sus madres” (Jean Vanier). En una ocasión, el profesor Lejeune recibe en la consulta a un trisómico de diez años que se lanza a sus brazos diciéndole: “Quieren matarnos; tienes que protegernos, porque nosotros somos demasiado débiles y no sabremos defendernos”. El niño había visto la víspera, junto a sus padres, una de las primeras emisiones televisadas sobre el aborto, donde se explicaba que, gracias al diagnóstico prenatal, era posible detectar la trisomía 21 y suprimir a esos niños no deseados. Desde ese día, el profesor emprenderá incansablemente la defensa del niño aún no nacido. Había comprendido que la primera amenaza contra la vida de los disminuidos se sitúa a nivel del diagnóstico prenatal cuando éste se realiza para incitar al aborto. “Los diagnósticos prenatales, que no presentan dificultades morales si se realizan para determinar eventuales cuidados necesarios para el niño aún no nacido, con mucha frecuencia son ocasión para proponer o practicar el aborto” (Juan Pablo II, Evangelium vitæ, 14).

Ahora bien, el aborto en sí mismo siempre es un pecado muy grave. El Papa Juan Pablo II escribe: “El mandamiento no matarás tiene un valor absoluto cuando se refiere a la persona inocente. Tanto más si se trata de un ser humano débil e indefenso, que sólo en la fuerza absoluta del mandamiento de Dios encuentra su defensa radical frente al arbitrio y a la prepotencia ajena... La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno... Nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad, ni puede consentirlo explícita o implícitamente. Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo” (Ibíd, 57).

Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchas personas. Su “aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante una situación tan grave, se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a los compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño. A este propósito resuena categórico el reproche del profeta: ¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal!; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad (Is 5, 20)” (Evangelium vitæ, 58).

Algunos intentan justificar el aborto sosteniendo que el fruto de la concepción, al menos hasta determinado número de días, no puede ser considerado aún como una vida humana personal. En realidad, “desde el momento en que el óvulo es fecundado, se inaugura una vida que no es la del padre ni la de la madre, sino la de un nuevo ser humano que se desarrolla por sí mismo. Jamás llegará a ser humano si no lo ha sido desde entonces. A esta evidencia de siempre, la ciencia genética moderna otorga una preciosa confirmación. Muestra que desde el primer instante se encuentra fijado el programa de lo que será ese viviente: una persona, un individuo, con sus características ya bien determinadas” (Congregación para la Doctrina de la fe, 18 de noviembre de 1974). Con una fuerte convicción, adquirida mediante la ciencia, al profesor Lejeune le gustaba decir: “El más materialista de los estudiantes de medicina está obligado a reconocer que el ser humano comienza en la concepción, de lo contrario está suspendido”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 8 de marzo de 2000

Vivir en Cristo (II)


“¡Oh, Dios!... concédenos que seamos copartícipes de la divinidad de Aquél que se ha dignado hacerse participante de nuestra humanidad”. Bien podemos decir que esta oración repetida por la Iglesia en el Ofertorio de todas las misas, ha sido escuchada por adelantado, ya que desde el día de nuestro Bautismo fuimos admitidos a participar de la divinidad de Cristo. Pero este don que sin ningún merecimiento nuestro se nos ha dado, exige correspondencia de nuestra parte.

“Reconoce, oh cristiano, tu dignidad -exclama San León- y, pues has sido hecho participante de la naturaleza divina, no vuelvas con una vida indigna a tu antigua bajeza. Acuérdate de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro”.

Todo lo que significa pecado, defecto o negligencia voluntaria, deshonra a Cristo Cabeza nuestra y contrista al Espíritu Santo que mora en nosotros. El alma consagrada a Dios no ha de contentarse con evitar el pecado, sino que debe preocuparse de hacer crecer en sí la vida de Cristo. En la vida natural crecemos sin el concurso de nuestra voluntad, pero no sucede así en la vida de la gracia: sin nuestra cooperación, ésta puede permanecer en nosotros en estado inicial veinte, treinta, cincuenta años después de nuestro bautismo y después de centenares de confesiones y comuniones. Y en este caso ¡qué monstruosa desproporción! Adultos y quizá ancianos según la naturaleza, y todavía niños según la gracia.

Es necesario que crezcamos en Cristo, y que Cristo crezca en nosotros. Sea nuestro programa de vida la frase del Bautista: “Que Él crezca y yo mengüe” (Jn. 3, 30); éstas son las exigencias del desarrollo de la gracia en nosotros: hacer que muera el “hombre viejo”, con sus malos hábitos, con sus defectos e imperfecciones, para que la vida de Cristo crezca en nosotros hasta la madurez.

¡Oh Señor!, al pensar que poseo el tremendo poder de paralizar en mí la operación de tu gracia y la acción del Espíritu Santo, comprendo que la misericordia más grande que me puedes hacer es la de cautivar mi libertad con tu amor, convirtiéndola en prisionera tuya para siempre. Quítame, ¡oh Jesús!, te lo suplico, quítame la libertad de frustrar tus gracias y de vivir de un modo puramente humano, como si no palpitase en mí un germen de vida divina. Reconozco que hasta ahora he sido muy distraído y olvidadizo, dejándome ocupar de múltiples negocios superficiales, de las cosas materiales y exteriores, y olvidándome de las sobrenaturales que, si bien no aparecen a mi vista ni impresionan mis sentidos, constituyen sin embargo las realidades más hermosas y verdaderas. ¡Oh Señor!, sólo tu amor puede vencer la gran ligereza de mi entendimiento y de mi corazón, sólo tu amor puede fijarlos en Ti y hacer que yo viva más interior que exteriormente, más de Ti y de tu gracia que de mi voluntad y de las cosas terrenas.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Vivir en Cristo (I)


Hazme comprender, oh Señor, la dulzura y la responsabilidad del gran deber que me impones al comunicarme tu vida: morir a mí mismo para vivir únicamente en Ti.

“Quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos” (Jn. 3, 5). No podemos llegar a Dios y a su reino sino por medio de Cristo e incorporados a Él: esta incorporación se efectuó en nosotros “por el agua y el Espíritu Santo” en el día feliz de nuestro Bautismo. Jesús decía a Nicodemo: “Es necesario nacer de nuevo”; y verdaderamente se trata de un nuevo nacimiento ya que en el Bautismo recibimos un nuevo germen de vida. Antes del Sacramento existe en nosotros una vida puramente humana, después del Sacramento poseemos la participación de la vida divina; incorporados a Cristo en calidad de miembros suyos, recibimos el Espíritu Santo que derrama en nosotros la gracia de Cristo. “Todos los que habéis sido bautizados en Cristo -escribía San Pablo a los Gálatas- os habéis vestido de Cristo” (3, 27). El día de nuestro Bautismo nacimos en Cristo y fuimos constituidos en Él una “criatura nueva”, nacida no de la carne, sino del Espíritu Santo, “no de la sangre... ni de la voluntad de varón”, sino únicamente “de Dios” (Jn. 1, 13).

Y si hemos nacido en Cristo debemos también vivir en Cristo y caminar en Cristo, conforme a la exhortación del Apóstol: “Andad en Él, arraigados y fundados en Él”. (Col. 2, 6). El santo Bautismo nos hizo nacer en Cristo; los otros Sacramentos están ordenados no sólo a restaurar; sino también a robustecer, enraizar y edificar nuestra vida en Cristo.

“¡Oh Señor mío, que de todos los bienes que nos hicisteis nos aprovechamos mal! vuestra Majestad buscando modos y maneras e invenciones para mostrar el amor que nos tenéis; nosotros, como mal experimentados en amaros a Vos, lo tenemos en tan poco, que de mal ejercitado en esto se van los pensamientos adonde están siempre, y dejan de pensar los grandes misterios de vuestro amor infinito.

¡Qué miserable es la sabiduría de los mortales, e incierta su providencia! Proveed Vos por la vuestra los medios necesarios para que mi alma os sirva más a vuestro gusto que al suyo... Muera ya este yo y viva en mí otro que es más que yo y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir. Él viva y me dé vida; Él reine y sea yo su cautiva, que no quiere mi alma otra libertad. ¿Cómo será libre el que del Sumo estuviese ajeno? ¿Qué mayor ni más miserable cautiverio que estar el alma suelta de la mano de su Criador? ¡Oh, Dios mío, dichosos los que con fuertes grillos y cadenas de los beneficios de vuestra misericordia se vieren presos e inhabilitados para ser poderosos para soltarse!... ¡Oh, libre albedrío, tan esclavo de tu libertad si no vives enclavado con el temor y amor de quien te crió!” (Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Una Santa contra el aborto (III)


El 25 de abril de 1994, con motivo de su beatificación, el Papa Juan Pablo II llegará a decir: “Gianna Beretta Molla supo entregar su vida en sacrificio, para que el ser que llevaba en su seno -y que se encuentra hoy entre nosotros- pudiera vivir. Como médico, era consciente de lo que le esperaba, pero no retrocedió ante el sacrificio, confirmando de ese modo la heroicidad de sus virtudes. Es nuestro deseo rendir homenaje a todas las madres valerosas, que se dedican sin reservas a su familia, y que están dispuestas a no escatimar pena alguna, a hacer todos los sacrificios, para transmitirles lo mejor de ellas... ¡Cuánto deben luchar contra las dificultades y los peligros! ¡Cuántas veces son llamadas a enfrentarse a verdaderos “lobos” decididos a quitar la vida y a dispersar el rebaño! Y esas madres heroicas no siempre reciben apoyo de su entorno. Al contrario, los modelos de sociedad, promovidos y propagados con frecuencia por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad. Hoy en día, en nombre del progreso y de la modernidad, los valores de fidelidad, castidad y sacrificio, por los que numerosas esposas y madres cristianas se distinguen y continúan distinguiéndose, se presentan como superados. Sucede entonces que una mujer que decide ser coherente con sus principios se siente profundamente sola. Sola con su amor, al que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio conductor es Cristo, que nos ha revelado ese amor que nos prodiga el Padre. Una madre que cree en Cristo encuentra un enorme apoyo en ese amor que todo lo soportó. Se trata de un amor que le permite creer que lo que hace por un hijo concebido, traído al mundo, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios. Como lo escribe san Juan, Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). Somos hijos de Dios, y cuando esa realidad se manifieste plenamente seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es”.

El Papa manifiesta igualmente su solicitud paternal con las mujeres que han recurrido al aborto mediante las siguientes palabras de ánimo de la Encíclica Evangelium vitae: “La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la reconciliación... Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida... seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

“Recemos juntos a fin de tener la valentía de defender al niño que va a nacer y de darle la posibilidad de amar y de ser amado -decía la madre Teresa de Calcuta-. Y creo que de ese modo, con la gracia de Dios, podremos conseguir que haya paz en el mundo”.

Que en este año nuevo, la Santísima Virgen y san José nos concedan la paz que el Hijo de Dios vino a dar al mundo mediante su Encarnación.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 21 de enero de 2003

Una Santa contra el aborto (II)


En agosto de 1961 se anuncia una nueva maternidad. Pero, en el segundo mes de embarazo, Gianna siente que se está desarrollando, día tras día, una masa dura junto al útero, amenazando tanto la vida del niño como la suya propia: se trata de un fibroma que deberá ser extirpado. Gianna es consciente de los riesgos que corre. Tres soluciones se presentan ante ella: - la extirpación del fibroma y del útero con el niño (esta intervención salvará casi con toda seguridad la vida de la madre, pero el niño morirá y ella no podrá tener más hijos); - la extirpación del fibroma y el aborto provocado (la madre se salvará y podrá eventualmente tener hijos más adelante), pero es una solución que va en contra de la ley de Dios; - la extirpación del fibroma solamente, intentando no interrumpir el curso de la maternidad (solamente esta tercera posibilidad preserva la vida del niño, pero pone en muy grave peligro la de la madre).

En su condición de esposa bien amada, de feliz madre de tres hermosos hijos, Gianna debe escoger y decidir: o bien la solución más segura para su propia vida, o bien la única solución que existe para salvar la vida del niño; “él o yo”, el niño o la madre. Su decisión se decanta por favorecer la vida que siente desarrollarse en su interior, aceptando poner en riesgo su propia vida. El amor por su hijo es mayor: “¡Que no se preocupen por mí, con tal que todo vaya bien para el bebé!” -dice con resolución a los que le rodean.

Empieza la subida al calvario junto a Jesús crucificado. El 6 de septiembre, antes de entrar en el quirófano, le ruega otra vez al cirujano que haga todo lo posible por salvar al niño y que no se preocupe de ella. Al sacerdote que la acompaña para reconfortarla, le dice: “Estos días he rezado mucho. Con fe y esperanza me he encomendado al Señor, incluso ante semejante sentencia de la ciencia médica: o la vida de la madre o la del niño. Tengo confianza en Dios, sí; ahora me corresponde a mí cumplir con mi deber de madre. Renuevo ante el Señor la ofrenda de mi vida. Estoy dispuesta a todo con tal que salven a mi hijo”. La operación, que consiste en extirpar el fibroma dejando intacta la cavidad uterina, resulta un éxito: el niño se ha salvado y el deseo de Gianna se ha cumplido. Sin embargo, ella es consciente de que, al cabo de unos meses, el útero puede romperse y provocar una hemorragia mortal.

A pesar de ello, Gianna resplandece de alegría, la alegría inenarrable de haber salvaguardado su maternidad y la vida de su hijo. Sabe muy bien lo que significa “ser madre”: olvidarse y entregarse. Ese amor de la maternidad, hasta el heroísmo del sacrificio de su vida, lo obtiene de Dios, fuente de toda paternidad y de toda maternidad. Sin perder la sonrisa de su rostro, Gianna pasa los últimos meses de embarazo en plegaria y abandono a la voluntad de Dios, en medio de grandes dolores físicos y morales. El Sábado Santo 21 de abril de 1962, da a luz una niña que recibe en el bautismo el nombre de Gianna Manuela (quien junto a su padre, estuvo presente en la beatificación y canonización de su madre). Tras el parto, el estado de la madre se agrava. Cuando el dolor resulta demasiado intenso, ella besa su crucifijo, “su gran consuelo”. Tras mandar llamar a un sacerdote, recibe con fervor los últimos sacramentos y, en medio de su agonía, repite sin cesar: “¡Jesús, te amo! ¡Jesús, te amo!”. El 28 de abril, hacia las ocho, Gianna se apaga apaciblemente en presencia de su esposo, que ha aprobado su opción. Había estado pidiendo todos los días al Señor que le concediera la gracia de alcanzar una buena y santa muerte. Una vez en la verdadera Vida que no termina jamás, lejos de abandonar a los suyos, intercede desde entonces por ellos con un amor todavía más grande.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 21 de enero de 2003

Una Santa contra el aborto (I)


Los obispos, reunidos en Sínodo en Roma en octubre de 2001, dirigieron un “mensaje al pueblo de Dios” en el que se abordaba el tema de la dignidad de la vida humana: “Lo que quizás más conturba nuestro corazón de pastores es el desprecio de la vida desde su concepción hasta su término, así como la disgregación de la familia. El no de la Iglesia al aborto y a la eutanasia es un a la vida, un sí a la bondad fundamental de la creación, un sí que puede alcanzar a todo ser humano en el santuario de su conciencia, un sí a la familia, primera célula de la esperanza en la que Dios se complace, hasta el punto de asignarle la vocación de ser llamada iglesia doméstica”.

Unos años antes, el Papa Juan Pablo II les decía ya a los jóvenes, en Denver (EE.UU.): “Con el tiempo, las amenazas contra la vida no disminuyen. Al contrario, adquieren dimensiones enormes... Se trata de amenazas programadas de manera científica y sistemática. El siglo xx será considerado una época de ataques masivos contra la vida, una serie interminable de guerras y una destrucción permanente de vidas humanas inocentes...”. Estamos en realidad ante una “conjura contra la vida”, que ve implicadas incluso a instituciones internacionales, dedicadas a alentar y programar auténticas campañas de difusión de la anticoncepción, la esterilización, el aborto y la eutanasia, con la complicidad de los medios de comunicación social. El recurso a esas prácticas se presenta como un signo de progreso y conquista de la libertad, mientras que las posiciones incondicionales a favor de la vida son despreciadas y consideradas como enemigas de la libertad y del progreso (cf. Evangelium vitae).

En un momento en que el mundo se muestra muy preocupado por la paz, recordemos las palabras de la madre Teresa de Calcuta, cuando recibió el premio Nobel de la Paz el 10 de diciembre de 1979: “Hoy en día, el mayor destructor de la paz es el crimen contra el niño inocente que va a nacer”. En efecto, Dios no puede dejar impune el crimen de Caín, pues la sangre de Abel exige que Dios haga justicia. Dios dijo a Caín: ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo (Gn 4, 10). No solamente la sangre de Abel clama venganza al cielo, sino también la de todos los inocentes asesinados (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2268). Porque, en el transcurso de los últimos decenios, millones de inocentes han sido aniquilados en el seno de sus madres.

En oposición a esa cultura de la muerte y a sus consecuencias dramáticas para la paz civil y para el destino eterno de los hombres, la Iglesia nos recuerda los mandamientos de Dios, grabados en el corazón de todo ser humano. Como testigo que es del amor de Dios por el hombre, la Iglesia se arroga la defensa de los más débiles y subraya la importancia del quinto mandamiento (No matarás). “Desde el siglo primero, la Iglesia ha afirmado la malicia moral de todo aborto provocado. Esta enseñanza no ha cambiado; permanece invariable”. Para dejarlo mucho más claro, la Iglesia nos presenta los ejemplos de los santos. Por eso el Papa Juan Pablo II beatificó, el 25 de abril de 1994, a Gianna Beretta Molla, madre de familia, cuyo testimonio a favor de la vida humana es una “buena nueva” para los hombres de nuestro tiempo.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 21 de enero de 2003

Santos y heroicos padres


Los beatos Luigi y María se conocen gracias a la amistad entre sus respectivas familias Beltrame y Corsini. Hacia finales del año 1904, Luigi cae gravemente enfermo; María, muy afectada, sufre una enorme pena y le envía una imagen de la Madona de Pompeya. Aquel episodio revela a ambos jóvenes amigos la profundidad de su amor mutuo. El 25 de noviembre de 1905, se casan en la basílica de Santa María la Mayor de Roma, instalándose en la casa familiar de los Corsini, donde conviven con cierta estrechez, a causa de la presencia de los padres y de los abuelos de María. No obstante, Luigi da muestras de una gran deferencia hacia sus suegros. Cada noche, los esposos se reencuentran con alegría y se relajan en familia. Cada uno se interesa por el trabajo del otro. A menudo, Luigi debe ausentarse de Roma por motivos profesionales. Ambos lo sufren de manera compartida, pero lo compensan escribiéndose.

El primer embarazo de María les proporciona una felicidad indecible, contrariada enseguida por la angustia que siente la futura madre ante la perspectiva del parto; pero la alegría llega al máximo cuando nace Filippo, el 15 de octubre de 1906. La joven madre experimenta en la maternidad el necesario olvido de sí misma: “Ciertamente, para ella, acostumbrada a estar al corriente de las novedades teatrales, musicales y literarias, no era poca cosa aquella actitud de renuncia, que suponía reducir a casi nada la lectura y a cero los espectáculos y conciertos” -escribirá una de sus hijas. En septiembre de 1907, María está de nuevo embarazada. Le invade un sentimiento de desasosiego y de soledad, sobre todo porque Luigi se ha marchado a Sicilia por unos días. Ella le escribe: “¿De dónde sacaré fuerzas para pensar en dos hijos, para soportar el cansancio físico y fisiológico del embarazo y de todo lo demás? Puedes creer que me siento realmente desesperada”. Poco a poco, gracias a la oración, el alma de María recobra la serenidad, con la aceptación de la voluntad de Dios. El 9 de marzo de 1908, nace una pequeña que se llamará Stefania.

El 27 de noviembre de 1909, un tercer hijo, Cesarino, ve la luz tras un parto laborioso. En septiembre de 1913, María concibe un nuevo hijo. A partir del cuarto mes, se ve afectada por violentas hemorragias. El diagnóstico cae como una losa: “placenta previa”, lo que equivale, en esa época, a una sentencia de muerte para la madre y el hijo. El ginecólogo, un profesor con gran renombre, declara que sólo una interrupción del embarazo permitirá quizás salvar a la madre. María y Luigi están aterrados; con la mirada fija en el crucifijo de la pared, consiguen de Él la fuerza para oponerse con un no categórico al aborto. No existen razones, “aun siendo graves y dramáticas, que puedan jamás justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente”, recordará el Papa Juan Pablo II. Desconcertado y desamparado, el profesor se dirige a Luigi con estas palabras: “¿No se da usted cuenta de que, de esta manera, se va a quedar viudo con tres pequeños a su cargo?”. La respuesta sigue siendo idéntica: el “no” continúa siendo “no”. Una angustia terrible invade a la familia. La única fuente de luz proviene de una confianza ilimitada en Dios y en la Santísima Virgen María. La comunión de ambos esposos, arraigada en Dios, se hace más fuerte que nunca. Cuatro meses transcurren de esa manera, en los que María permanece en cama. Finalmente, el 6 de abril de 1914, al cabo del octavo mes, ante el débil estado de la madre, el ginecólogo interviene en el parto, que tiene lugar por medios naturales. Viene al mundo la pequeña Enrichetta (actualmente es Sierva de Dios, en proceso de beatificación). A pesar de los pronósticos pesimistas, la madre y la niña se salvan.

Fuente: Cf. Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 27 de noviembre de 2008

Un intercesor para los tiempos modernos


Como pastor vigilante del rebaño de Cristo, Pío X sabe discernir el peligro que representa para la fe de la Iglesia una corriente de pensamiento que había aparecido hacia finales del siglo XIX. Con la apariencia de adaptarse a la mentalidad moderna (de ahí el nombre de “modernistas”), un grupo de intelectuales se propone cambiar radicalmente la enseñanza dogmática y moral de la Iglesia. Decididos a permanecer en la Iglesia para poder transformarla con mayor eficacia, se proponen darle un nuevo credo y nuevos mandamientos, conservando el vocabulario católico pero transformando su sentido profundo según sus propias ideas. Tras diversas y caritativas llamadas de atención hacia los descarriados, y ante su obstinación, Pío X publica el 3 de julio de 1907 el decreto Lamentabili, que enumera los errores modernistas; dos meses más tarde, la encíclica Pascendi expone magistralmente en qué resulta contraria esa escuela a la sana filosofía y a la fe católica.

La escuela modernista se basa en principios filosóficos erróneos. El modernismo conduce a la disolución de todo contenido religioso preciso. Por eso lo definía el Santo Padre como la síntesis y la confluencia de todas las herejías que intentan destruir las bases de la fe y aniquilar el cristianismo.

El modernismo, que con tanto vigor había sido denunciado por Pío X, no ha desaparecido. En 1950, Pío XII, en la encíclica Humani generis, advierte contra diversos errores, entre los que hay algunos que tienen relación con el modernismo. El filósofo Jacques Maritain escribirá en 1966 en su libro Le Paysan de la Garonne (El campesino del Garona) que “el modernismo de los años de Pío X no era más que un simple resfriado de nariz” comparado con la corriente neomodernista. Con motivo de la audiencia general del 19 de enero de 1972, el Papa Pablo VI denunciará “errores que podrían arruinar por completo nuestra concepción cristiana de la vida y de la historia. Son errores que se expresaron de una manera característica en el modernismo, que, detrás de otros nombres, sigue estando de actualidad”. El 14 de septiembre del mismo año, el cardenal Heenan, arzobispo de Westminster, haciéndose eco de esa declaración del Papa, señalará que si bien la palabra “hereje” ya no se utiliza en nuestros días, “no por ello los herejes dejan de existir. La herejía número uno es la que acostumbrábamos a denominar modernismo... El modernismo está regresando y aparecerá de nuevo como la principal amenaza contra la Iglesia del futuro. Como quiera que, en todas sus formas, la autoridad se ha convertido universalmente en algo impopular, nunca antes el clima ha sido tan favorable a un ataque renovado contra la autoridad de Dios y el Magisterio de su Iglesia. Todas las doctrinas admitidas hasta ahora sin problemas por los católicos, como la Resurrección, la Santísima Trinidad, la inmortalidad del alma, los sacramentos, el Sacrificio de la Misa, la indisolubilidad del matrimonio, el derecho a la vida de los no nacidos, de los ancianos y de los enfermos incurables, serán objeto con toda probabilidad de ataques en el interior de la Iglesia del futuro”. La experiencia de los últimos treinta años es una buena muestra de la exactitud de ese análisis, y debería suscitar un renovado interés por la enseñanza de san Pío X.

Con motivo de una visita pastoral a Treviso en 1985, el Papa Juan Pablo II lo elogió en los siguientes términos: Tuvo la valentía de anunciar el Evangelio de Dios en medio de numerosas luchas... Trabajó con enorme sinceridad para desenmascarar las engañosas sinuosidades de la escuela teológica del modernismo, con gran valentía, moviéndole únicamente en su compromiso el deseo de la verdad, con objeto de que la revelación no quedara desfigurada en su contenido esencial. Ese gran proyecto obligó a Pío X a un continuo trabajo interior para no buscar el agrado de los hombres. Somos conscientes de las adversidades que tuvo que sufrir, precisamente a causa de la impopularidad que le valieron sus decisiones. Como fiel discípulo del Maestro Jesús, pretendió agradar a Dios, que prueba nuestros corazones.

Pidamos a san Pío X que nos inspire el deseo de agradar únicamente a Dios, así como un espíritu de sumisión filial a la Santa Iglesia Católica.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 3 de septiembre de 2002

El santo dado por la Providencia a nuestra época


Dios atestigua la santidad eminente por la cual, más aún que por su cargo supremo, Pío X fue durante su vida el campeón ilustre de la Iglesia y, por lo mismo, es hoy el santo dado por la Providencia a nuestra época. A él se le podrá considerar como al santo providencial del tiempo presente. Pío X se reveló campeón invicto de la Iglesia y santo providencial de nuestros tiempos.

Hay que reconocer que la lucidez y firmeza con que Pío X dirigió la lucha victoriosa contra los errores del modernismo atestiguan en qué grado ardía en su corazón de santo la virtud de la fe. Solícito únicamente de que la grey confiada a sus desvelos conservase intacta la herencia de Dios, el gran Pontífice no conoció debilidades ante cualesquiera dignatarios o personas de autoridad, ni titubeos frente a doctrinas falsas, por muy atrayentes que fueran, dentro o fuera de la Iglesia, ni temor alguno de procurarse ofensas contra su persona o injusto desconocimiento de la pureza de sus intenciones. Tuvo clara conciencia de que luchaba por la más santa de las causas: la causa de Dios y de las almas. Literalmente se verificaron en él las palabras del Señor a San Pedro: “Yo he rogado por ti, a fin de que tu fe no perezca, y tú... confirma a tus hermanos” (Lc, 22, 32). La promesa y el mandato de Cristo suscitaron una vez más en la roca indefectible de un Vicario suyo el temple indómito del atleta.

Pío X, con mirada escrutadora, vio el aproximarse de esta catástrofe espiritual del mundo moderno, esta amarga decepción, especialmente en los ambientes cultos.

Ejemplo providencial para el mundo de hoy, en el que la sociedad terrena, que se está convirtiendo cada día más en una especie de enigma para sí misma, ¡busca ansiosamente una solución para recuperar su alma! Que sea, por lo tanto, un modelo para la Iglesia reunida alrededor de sus altares.

Como apóstol de la vida interior, él se sitúa en la era de la máquina, de la técnica y de la organización como el santo y el guía de los hombres de hoy.

¡Oh Santo Pío X!, gloria del sacerdocio, esplendor y ornamento del pueblo cristiano; tú, en quien la humildad parecía hermanarse con la grandeza, la austeridad con la mansedumbre, la sencilla piedad con la profunda doctrina; tú, ¡oh Pontífice de la Eucaristía y del catecismo, de la fe íntegra y de la impávida entereza!, vuelve tu mirada hacia la Iglesia santa, a quien tanto amaste y a la que consagraste lo mejor de los tesoros que con mano pródiga depositara en tu alma la Divina Bondad; obtén para ella la incolumidad y la constancia en medio de las dificultades y persecuciones de nuestros tiempos; sostén esta pobre Humanidad, de cuyos dolores tanto participaste y que acabaron por detener las palpitaciones de tu gran corazón; haz que en este mundo agitado triunfe aquella paz que debe ser armonía entre las naciones, acuerdo fraterno y sincera colaboración entre las clases sociales, amor y caridad entre los hombres, a fin de que, de esta suerte, los anhelos que agotaron tu vida apostólica lleguen a ser, gracias a tu intercesión, una feliz realidad para gloria de Nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y con el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Así sea.

Fuente: S.S. Pío XII, Discurso del 29 de mayo de 1954, en la canonización de Su Santidad Pío X

Nuestra fidelidad a la gracia (II)


Valor de las divinas inspiraciones.

Las inspiraciones divinas y santos pensamientos con que obramos bien, son de inestimable valor, por lo mucho que costaron al Hijo de Dios. Cosa extraña es y dignísima de que reparemos en ella, que un desengaño o un buen pensamiento, un remordimiento de la conciencia, un buen deseo o afecto interior es cosa tan grande, que fue menester, para que se nos diese, que se encarnase el Hijo de Dios; el cual, padeciendo, derramando su sangre y muriendo, nos lo mereció; y que sin este precio infinito no se nos diera. ¿A quién no admira esto? ¿Y quién no advierte qué es lo que desprecia cuando rechaza una santa inspiración?

Sólo una persona divina pudo hacerte esta merced, encarnándose, anonadándose, padeciendo, dando la vida porque te diesen un átomo de gracia de Dios, la más ligera inspiración del cielo. Cualquier inspiración va teñida con sangre del Hijo de Dios; mira lo que desprecias: el amor y Pasión de tu Redentor. No creas ser estas exageraciones místicas, son verdades clarísimas de nuestra fe y doctrina de los Santos Padres. Por eso, Dios se muestra tan enojado con los que desprecian sus inspiraciones. Es para estremecernos lo que dice el Apóstol que acaeció a aquellos filósofos que fueron ilustrados para conocer a Dios, y no quisieron aprovecharse de este conocimiento; porque por no oír la voz del Señor, los entregó Dios a las concupiscencias de su corazón, a toda inmundicia, quedando llenos de toda maldad.

En el Evangelio, aquel que no granjeó con el talento que recibió fue condenado. Este talento significa el auxilio divino y las santas inspiraciones. Pues porque no trabajó para lucrar con él, poniéndole por obra, fue severamente castigado.

Disponte a corresponder a los soberanos favores, pide al Señor perdón del poco aprecio que has hecho hasta ahora de tantas gracias, de tantos medios de santificación, como el Señor te ha comunicado sin merecerlo.

Corresponde a las inspiraciones divinas.

Considera cómo has de corresponder a las santas inspiraciones y buenos pensamientos que Dios, por su misericordia, te comunica, porque al paso de nuestra necesidad ha de ser su buen uso. Suma es nuestra necesidad, recibamos la gracia y no difiramos darle entrada en nuestro corazón. Un pobre hambriento, si recibe un pedazo de pan, no lo arroja de sí, luego lo devora; no dilates tú el cumplir el buen propósito que te ha inspirado Dios. ¿Qué hombre habría que, estando desnudo y dándole de limosna un vestido, le hiciese pedazos? ¿O estando enfermo y dándole la medicina con que había de sanar, la derramase? Esto haces cuando no respondes luego a las inspiraciones divinas. Desnudo estás, necesitado estás, enfermo estás, ¿por qué no aprovechas tu remedio, que está en poner por obra los buenos pensamientos que Dios te da?

Acuérdate de la presteza con que los Magos se levantaron para seguir la luz divina que los llamaba a Belén. Pues la inspiración es la estrella que ilumina nuestro entendimiento y nos conduce a Jesús, es un soplo del Espíritu Santo, un rayo de su sabiduría; es una semilla del paraíso que produce frutos de vida eterna; el precio de la sangre de Jesucristo, y una gracia que le ha costado la vida.

Cuando resistes a las inspiraciones, resistes al Espíritu Santo; pecas con advertencia, con malicia; escondes el talento que Dios te concede; abusas de sus dones, aprisionas, por decirlo así, la verdad; rompes la cadena de gracias que Dios te tenía preparadas para santificarte, y, en fin, arriesgas tu salvación.

¡Dios y Señor mío! ¿Cuántas veces he cerrado mi corazón a los impulsos que me apartaban del mal y me llevaban al bien? Temo que me prives del talento que hasta ahora no he sabido aprovechar. Señor, perdona mi insensibilidad y dureza, y no me niegues la abundancia de tus divinas inspiraciones.

Resuélvete de una vez a oír dentro de tu alma la voz de Dios, y que se manifiesta a través de la realidad que tienes que vivir en cada momento, y sé fiel y pronto en ejecutar lo que ves con claridad.

Fuente: Cf. V. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año

Luminoso faro de la Iglesia


Desde su primera encíclica, fue como si una llama luminosa se elevara para esclarecer las mentes y encender los corazones.

¡Qué claridad de pensamiento! ¡Qué fuerza de persuasión! Ciertamente era la ciencia y la sabiduría de un profeta inspirado, la intrépida claridad de un Juan Bautista y de un Pablo de Tarso, era la ternura paterna del Vicario y representante de Cristo, avizor a todas las necesidades, solícito para todos los intereses, atento a todas las miserias de sus hijos. Su palabra era trueno, era espada, era bálsamo; se comunicaba intensamente a toda la Iglesia y se extendía mucho más allá de ella con eficacia; alcanzaba su irresistible vigor no sólo de la indiscutible sustancia del contenido, sino también de su íntimo y penetrante calor. Se sentía hervir en ella el alma de un Pastor que vivía en Dios y de Dios, sin otra mira que conducir hasta él a sus corderos y a sus ovejas.

Con su mirada de águila, más perspicaz y más segura que la corta vista de miopes razonadores, veía el mundo tal como era, veía la misión de la Iglesia en el mundo, veía con ojos de santo Pastor cuál era su deber en el seno de una sociedad descristianizada, de una cristiandad contaminada o, al menos, acechada por los errores de la época y por la perversión del siglo.

Frente a los atentados contra los derechos inalienables de la libertad y dignidad humana, contra los derechos sagrados de Dios y de la Iglesia, sabía erguirse como un gigante con toda la majestad de su autoridad soberana.

Defensor de la fe, heraldo de la verdad eterna, custodio de las más santas tradiciones, Pío X reveló un sentido finísimo de las necesidades, de las aspiraciones, de las energías de su tiempo. Por eso ocupa un puesto entre los más gloriosos Pontífices, depositarios fieles en la tierra de las llaves del reino de los cielos, a los que la Humanidad es deudora de todos sus verdaderos avances en el camino recto del bien y de todo su genuino progreso.

En Pío X se revela el arcano de la sabia y benigna Providencia que asiste a la Iglesia, y por medio de ella al mundo, en todas las épocas de la Historia.

Si hoy la Iglesia de Dios, lejos de retroceder frente a las fuerzas destructoras de los valores espirituales, sufre, combate y, por la divina virtud, avanza y redime, se debe en gran parte a la acción clarividente y a la santidad de Pío X. Confiad en su intercesión y orad juntamente con Nos, así: ¡Oh Santo Pontífice, fiel siervo de tu Señor, humilde y confiado discípulo del divino Maestro, en el dolor y en el gozo, en los trabajos y en las solicitudes, experimentado Pastor de la grey de Cristo!, dirige tu mirada a nosotros que nos postramos ante tus santos despojos. Difíciles son los tiempos en que vivimos; duras las fatigas que ellos exigen de nosotros. La Esposa de Cristo, confiada en otro tiempo a tus cuidados, se encuentra de nuevo en graves angustias, sus hijos están amenazados por innumerables peligros de alma y cuerpo; el espíritu del mundo, como león rugiente, da vueltas buscando a quien poder devorar. No pocos caen como víctimas suyas. Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen. Cierran sus ojos a la luz de la eterna verdad; escuchan las voces de sirenas que insinúan engañosos mensajes. Tú, que fuiste aquí gran suscitador y guía del pueblo de Dios, sé auxilio e intercesor nuestro y de todos aquellos que se profesan seguidores de Cristo. Tú, cuyo corazón se hizo pedazos cuando viste el mundo precipitarse en sangrienta lucha, socorre a la Humanidad, socorre a la cristiandad, expuesta al presente a iguales riesgos; consigue de la misericordia divina el don de una paz duradera y como añadidura de ella el retorno de los espíritus a aquel sentido de verdadera fraternidad, única que puede volver a entronizar entre los hombres y las naciones la justicia y la concordia queridas por Dios. Así sea.

Fuente: Cf. S.S. Pío XII, Alocución del 3 de junio de 1951, en la beatificación de Su Santidad Pío X

Nuestra fidelidad a la gracia (I)


Mira dentro de tu alma una luz que te guía por el sendero del bien; oye en tu corazón golpes continuos de divinos llamamientos, y pide al Señor no hacerte nunca sordo a tantas inspiraciones que Él te envía, sino pronto y diligente para corresponder a ellas.

Necesidad de las inspiraciones divinas.

Es dogma de fe que el hombre no puede hacer, ni pensar, ni decir nada, ni aun pronunciar el nombre de Jesús de un modo meritorio para la vida eterna, si no es ayudado y movido por el Espíritu Santo.

Quedó nuestra naturaleza en lo moral tan ciega con la ignorancia, tan torcida con las malas inclinaciones, tan tarda y tan torpe para obrar bien, que por sus propias fuerzas no puede dar paso en la virtud. Quedó toda enferma y corrompida hasta las entrañas y el corazón, ¿puede darse mayor incapacidad que ésta? Un hombre ciego, sin manos y sin pies, y enfermo, ¿cómo se podrá valer por sí? ¿Y qué tiene tal hombre de suyo sino miseria, y desdicha y muerte? De la misma manera, nuestra naturaleza no tiene de suyo obra alguna meritoria; ¿qué tiene, pues, por qué presumir ni por qué confiar en sí? La gracia de Dios solamente la puede ayudar, pero el hombre desmerece esa misma gracia por sus pecados.

Deduce, pues, de esta miseria tuya, tu imposibilidad para todo lo bueno; luego, gracia de Cristo es que tengas un pensamiento de salud y un afecto piadoso, y hagas una obra merecedora de vida eterna.

Dios empieza nuestras buenas obras, Dios coopera con nosotros, y sin Dios no las podemos acabar. La verdad, la virtud, de Dios es, en Dios tuvo principio; la perdición, de ti solamente. El buen pensamiento que tuviste, y fue origen de tu bien, ¿fue, por ventura, traza tuya? No, por cierto. Dios lo previno todo, y ordenó la ocasión que te había de ser causa de él, y quitó los impedimentos que te le habían de estorbar.

Por consiguiente, nada bueno es tuyo, en el orden sobrenatural. La fe, que es la luz y la vida del espíritu; las santas inspiraciones, todo es de Dios, que te lo concede por la sangre de Cristo para tu salvación; y de todo ello necesitas si has de seguir por el camino del cielo.

Confúndete y humíllate en la presencia de Dios de verte tan vil y tan ruin criatura; y no te hagas indigno de que el Señor te otorgue sus divinas inspiraciones por la resistencia que a ellas opongas con tu dureza de corazón, y sobre todo con la soberbia, que es el pecado que más da en rostro a Dios tratándose de pobres mendigos, que eso eres en el orden sobrenatural.

Fuente: Cf. V. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año

En torno al Pesebre de Belén


Una vez más nos arrodillamos ante el pesebre, junto a los tres Reyes Magos. Los latidos del Niño divino han dirigido la estrella que nos condujo hasta aquí. Su luz, reflejo de la Luz eterna, se refracta en múltiples aureolas alrededor de la cabeza de los santos que la Santa Iglesia nos presenta como corte del Rey de los Reyes que acaba de nacer.

María y José no pueden ser separados de ninguna manera de su Hijo divino en la liturgia de la Navidad. Ellos no tienen en ese tiempo una fiesta propia, pues todas las fiestas del Señor son “sus” fiestas, fiestas de la Sagrada Familia. Ellos no “se acercan” al pesebre, pues ellos han estado siempre allí; y quien se acerca al Niño se acerca también a ellos, que están totalmente sumergidos en su luz celestial.

Mirad lo que se concede a quienes se entregan a Dios con un corazón puro. Ellos van a participar de la total e inacabable plenitud de la vida humano-divina de Cristo como don real. Venid y bebed de la fuente de agua viva que el Salvador abre a los sedientos que caminan hacia la vida eterna. La palabra se hizo carne y yace ante nosotros bajo la forma de un pequeño Niño recién nacido.

Hoy podemos acercarnos a Él para presentarle el don de nuestros propósitos, y luego hemos de andar un nuevo año junto a Él por los caminos de su vida terrena. Cada misterio de esa vida, en la cual intentamos penetrar en contemplación amante, es para nosotros como una fuente de vida eterna. Y el mismo Redentor, a quien la palabra de la Escritura nos le presenta bajo forma humana en todos sus caminos terrenales, vive entre nosotros, oculto bajo las formas del Pan Eucarístico, y viene a nosotros cada día como el Pan de la Vida. De una u otra forma está siempre junto a nosotros, y de una u otra forma quiere que le busquemos y encontremos. La una apoya a la otra. Si vemos a nuestro Redentor con los ojos del espíritu, tal como nos lo dibujan las Sagradas Escrituras, entonces crecerán en nosotros las ansias de recibirle como el Pan de la Vida. El Pan Eucarístico, por su parte, despierta en nosotros el deseo de conocer al Señor más profundamente en las palabras de la Escritura y fortifica nuestro espíritu para un mayor entendimiento.

¡Un nuevo año de la mano del Señor! Ni siquiera sabemos si podremos experimentar el final de este año, pero si bebemos cada día de las fuentes del Salvador, entonces cada día nos hará penetrar más profundamente en la vida eterna y nos preparará para separamos más fácilmente de la carga de esta vida terrena, cuando resuene la llamada del Señor. El Niño divino nos ofrece su mano para la renovación de la alianza. Apurémonos a asir esa mano: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

Fuente: Cf. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Los caminos del silencio interior

Bajo el patrocinio del Patriarca San José


Del mismo modo que Dios constituyó al otro José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto para que asegurase al pueblo su sustento, así al llegar la plenitud de los tiempos, cuando iba a enviar a la tierra a su unigénito para la salvación del mundo, designó a este otro José, del cual el primero era un símbolo, y le constituyó señor y príncipe de su casa y de su posesión y lo eligió por custodio de sus tesoros más preciosos. Por esta sublime dignidad que Dios confirió a su siervo bueno y fidelísimo, la Iglesia, después de a su esposa, la virgen madre de Dios, lo veneró siempre con sumos honores y alabanzas e imploró su intercesión en los momentos de angustia. Y puesto que en estos tiempos tristísimos la misma Iglesia es atacada por doquier por sus enemigos y se ve oprimida por tan graves calamidades que parece que los impíos hacen prevalecer sobre ella las puertas del infierno. Nuestro Santísimo Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de estos tiempos, para ponerse a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del santo patriarca José, solemnemente lo declaró Patrono de la Iglesia Católica. (Decreto Quemadmodum Deus)

El ilustre Patriarca, el bienaventurado José, fue escogido por Dios prefiriéndolo a cualquier otro Santo para que fuera en la tierra el castísimo y verdadero esposo de la Inmaculada Virgen María, y el padre putativo de Su Hijo único. Con el fin de permitir a José que cumpliera a la perfección un encargo tan sublime, Dios lo colmó de favores absolutamente singulares, y los multiplicó abundantemente. Por eso, es justo que la Iglesia Católica, ahora que José está coronado de gloria y de honor en el cielo, lo rodee de magníficas manifestaciones de culto, y que lo venere con una íntima y afectuosa devoción. (Beato Pío IX, Carta apostólica Inclytum patriarcham)

Bueno y saludable para el nombre cristiano fue que Nuestro predecesor de inmortal memoria, Pío IX, declarara Patrono de la Iglesia Católica a José, castísimo esposo de la Madre de Dios y padre nutricio del Verbo Encarnado. Al contemplar de cerca las acerbas penalidades que afligen hoy al género humano parece que debemos fomentar mucho más intensamente en el pueblo este culto y propagarlo más extensamente. Aprendan todos en la escuela de San José a mirar todas las cosas que pasan bajo la luz de las cosas futuras que permanecen y, consolándose, por las incomodidades de la humana condición, con la esperanza de los bienes celestiales, a encaminarse hacia ellos, obedeciendo a la voluntad de Dios, conviene a saber: viviendo sobria, recta y piadosamente. Si crece la devoción a San José, el ambiente se hace al mismo tiempo más propicio a un incremento de la devoción a la Sagrada Familia, cuya augusta cabeza fuera: una devoción brotará espontáneamente de la otra. Pues, José nos lleva derecho a María, y por María llegamos a la fuente de toda santidad, a Jesús, quien por su obediencia a José y María consagró las virtudes del hogar. Deseamos que las familias cristianas se renueven a fondo y se hagan conformes a tantos ejemplos de virtudes como ellos practicaron. (S.S. Benedicto XV, Motu proprio Bonum sane)

Y he aquí, por cierto, al inmortal León XIII, que publica en la fiesta de la Asunción en 1889 la carta Quamquam pluries, el documento más amplio y extenso que un Papa haya publicado nunca en honor del padre putativo de Jesús, ensalzado con su luz característica de modelo de padres de familia y de trabajadores. De aquí arranca la hermosa oración: “A ti, Bienaventurado San José”. (San Juan XXIII, Carta Le voci)

El Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel “amor paterno” que José “profesaba al niño Jesús”; a él, “próvido custodio de la Sagrada Familia” recomendaba la “heredad que Jesucristo conquistó con su sangre”. Desde entonces, la Iglesia implora la protección de san José en virtud de “aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María”, y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana. (San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos)

La ignorancia es enemiga de las almas


El enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquella profecía del Apóstol a los ancianos de la Iglesia de Éfeso: Sé que... os han asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño.

De este mal que padece la religión no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que no investigue las causas y razones, sucediendo que, como cada cual las halla diferentes, propone diferentes medios conforme a su personal opinión para defender y restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos, los otros juicios, mas estamos con los que piensan que la actual depresión y debilidad de las almas, de que resultan los mayores males, provienen, principalmente, de la ignorancia de las cosas divinas.

Esta opinión concuerda enteramente con lo que Dios mismo declaró por su profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra. La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se añade a la sangre por cuya causa se cubrirá de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores.

¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia, estos lamentos de que existe hoy un crecido número de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir la salvación eterna! Al decir “pueblo cristiano”, no sólo nos referimos a la masa de hombres con poca cultura, cuyo estado de ignorancia encuentra cierta excusa en el hecho de hallarse sometidos a dueños dominantes, y que apenas si pueden ocuparse de sí mismos y de su descanso; sino que también y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados de una gran erudición profana, pero que, en lo tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente. ¡Difícil sería ponderar lo espeso de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y -lo que es más triste- la tranquilidad con que permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe cristiana para nada se preocupan. En cuanto al pecado, ni conocen su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y así llegan a los últimos momentos de su vida, en que el sacerdote -por no perder la esperanza de su salvación- les enseña sumariamente la religión, en vez de emplearlos principalmente, según convendría, en moverles el alma hacia el amor a Dios; y esto, si no ocurre -por desgracia, con harta frecuencia- que el moribundo sea de tan culpable ignorancia que tenga por inútil el auxilio del sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios por sus pecados.

Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto XIV escribió justamente: Afirmamos que la mayor parte de los condenados a las penas eternas padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para ser contados entre los elegidos.

Esta es la situación, y no podemos asombrarnos de que la corrupción de las costumbres y su depravación sean tan grandes y crezcan diariamente, no sólo en las naciones incultas, sino aun en los mismos pueblos que llevan el nombre de cristianos.

Fuente: San Pío X, Encíclica Acerbo nimis

La maternidad divina de María (II)


Del título de “Madre de Dios” derivan luego todos los demás títulos con los que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. Pensemos en el privilegio de la “Inmaculada Concepción”, es decir, en el hecho de haber sido inmune del pecado desde su concepción. María fue preservada de toda mancha de pecado, porque debía ser la Madre del Redentor. Lo mismo vale con respecto a la “Asunción”: no podía estar sujeta a la corrupción que deriva del pecado original la Mujer que había engendrado al Salvador.

Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de “Madre de la Iglesia”.

Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn.19, 27). Así es la traducción española del texto griego: la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.

Queridos hermanos, en estos primeros días del año se nos invita a considerar atentamente la importancia de la presencia de María en la vida de la Iglesia y en nuestra existencia personal. Encomendémonos a ella, para que guíe nuestros pasos en este nuevo período de tiempo que el Señor nos concede vivir, y nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo, y así también valientes artífices de su reino en el mundo, reino de luz y de verdad.

El misterio de la encarnación que celebramos en este tiempo litúrgico os ilumine en el camino de fidelidad a Cristo. A ejemplo de María, conservad, meditad y seguid al Verbo que en Belén se hizo carne, y difundid con entusiasmo su mensaje de salvación.

A vosotros, queridos jóvenes, os deseo que consideréis cada día como un don de Dios, que es preciso acoger con gratitud y vivir con rectitud. A vosotros, queridos enfermos, que el nuevo año os conforte en el cuerpo y en el espíritu. Y vosotros, queridos recién casados, entrad en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret, para aprender a realizar una auténtica comunión de vida y amor.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 2 de enero de 2008

La santidad de dos (II)


Esta visión poética del camino de los esposos, desde el altar, a través de los caminos del mundo, hacia el eterno estar juntos ante Dios, nos puede servir como clave del camino de los santos cónyuges: desde el altar hasta ser elevados a los altares, de la vida en común en la tierra a la vida común sin fin en el cielo. Dios-Amor dice a los que se aman y se aman en Él: “no moriréis jamás”. Así responde al ardiente deseo de los cónyuges cristianos, deseo que surge tras la muerte de uno de ellos. Antonio Slominski, igual que Maria Beltrame Quatrocchi tras la muerte de su marido Luigi, deseó la continuación de la comunión matrimonial y la describió como la recomposición de un tejido que se ha roto. Al beatificar a dos esposos, la Iglesia saca a la luz esta nueva forma de “unidad de dos” que continúa en la comunión de los santos (communio sanctorum).

Este camino hacia la santidad conyugal pide un esfuerzo armónico y una gran afinidad espiritual. Esto no es fácil, pues con el matrimonio no se elimina la irrepetibilidad y la diferencia de cada cónyuge. El camino hacia la santidad no es un paseo idílico; incluso los matrimonios que nos parecen “ideales” como, por ejemplo, los Beltrame Quattrochi, han experimentado grandes sufrimientos y han vivido momentos de duda y desánimo. Por otra parte, el camino hacia la cima de la santidad no implica que los dos vayan siempre al mismo paso. A veces uno llega velozmente a una cierta altura y, si el otro se cansa, le ayuda a llegar hasta él dulcemente: así les sucedió a los Beltrame Quatrocchi. La conciencia de la “unidad de dos” y el deseo de transformar esa unidad en “santidad de dos” hizo que María se sintiera obligada a detenerse y esperar a que su marido Luigi la alcanzase.

Cuando hablamos de matrimonios santos en realidad hablamos también de sus familias. Alfredo de Vigny escribía que “la familia es ese puerto seguro del cual los hijos salen y al cual siempre pueden volver”. Cada santo salió de un puerto y, realizando su vocación a la santidad, ha sido ayudado por todo lo que aprendió en su familia. Los santos, antes de ser conocidos en la Iglesia, antes de ser elevados a los altares, nacen y se forman en una familia. “Los santos nacen sobre las rodillas de los padres”, decía santa Úrsula Ledòchowska (canonizada en 2003), hermana de la beata María Teresa (beatificada en 1975). La familia cristiana es el ambiente natural de la santidad.

Los padres que viven intensamente su vida de fe crean un ambiente favorable para la vida cristiana en su forma más alta: la santidad. No es en absoluto casual que santa Teresa de Lisieux viviera su primera experiencia mística (la “gracia de Navidad”), no en un monasterio, sino en la casa paterna. Las casas de los esposos que tienden a la santidad es un reflejo de la casa de Dios, en la cual “se consagra” la santidad (cfr. Sal 92, 5). En los testimonios de los hijos de los Beltrame Quattrochi y de los Gheddo, o de Gianna Beretta Molla, se manifiesta el indeleble carácter educativo de la perfección cristiana, también cuando en la tranquila vida cotidiana surgen momentos extremadamente dramáticos y, por testimoniar el amor al prójimo y la fidelidad al Dios-Amor no bastan pequeños sacrificios, ayunos o actividades caritativas, sino que es necesario ofrecerlo todo, e incluso la propia vida. Gianna Beretta Molla lo hizo por amor a la vida de la pequeña hija que llevaba en su seno. Su sacrificio es un himno a la grandeza de la maternidad y también una llamada poderosa a recordar y reconocer que el sacrificio, uno de los rasgos más característicos de la maternidad, es un aspecto olvidado por la mentalidad moderna. Se olvida que toda maternidad, para ser fiel a su naturaleza, contiene siempre en sí el elemento del sacrificio, aunque no se traduzca necesariamente en el sacrificio extremo de la vida. Toda madre, al introducir a su hijo en el mundo, en cierta medida muere a sí misma, se dona a sí misma a su hijo de un modo total, cada día, hasta el fin de su vida. La historia de santa Gianna, leída según la lógica cristiana, nos muestra cómo su muerte no es un sacrificio estéril, sino que sella un doble inicio: por un lado, el nacimiento al mundo de su hija y, por otro, su dies natalis.

Fuente: Stanislaw y Ludmila Grygiel, Esposos y santos

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