Cuaresma, tiempo de conversión


La Iglesia comienza la Cuaresma. Como todos los años, entramos en este período comenzando por el miércoles de ceniza, para prepararnos durante 40 días al triduo sagrado de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. La Cuaresma se relaciona también con aquel ayuno de 40 días que constituyó en la vida terrestre de Cristo la introducción a la revelación de su misión de Mesías y Redentor. La Iglesia durante la Cuaresma desea animarse a sí misma acogiendo con interés especial la misión de su Señor y Maestro en todo su valor salvífico. Por eso escucha con la máxima atención las palabras de Cristo, que anuncia inmutablemente el Reino de Dios, independientemente del desarrollo de las vicisitudes temporales en los diversos campos de la vida humana. Y su última palabra es la cruz sobre el monte Calvario: esto es, el sacrificio ofrecido por su amor para reconciliar al hombre con Dios.

En el tiempo de Cuaresma todos debemos mirar a la cruz con especial atención para comprender de nuevo su elocuencia. No podemos ver en ella solamente un recuerdo de los acontecimientos ocurridos hace casi dos mil años. Debemos comprender la enseñanza de la cruz tal como habla a nuestro tiempo, al hombre de hoy: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb 13, 8).

En la cruz de Jesucristo se expresa una viva llamada a la metánoia, a la conversión: “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). Y debemos aceptar esta llamada como dirigida a cada uno de nosotros y a todos, de manera particular con ocasión del período de la Cuaresma. Vivir la Cuaresma significa convertirse a Dios mediante Jesucristo.

El mismo Cristo nos indica en el Evangelio el rico programa de la conversión. Cristo -y después de Él la Iglesia- nos propone también, en el tiempo de la Cuaresma, los medios que sirven para esta conversión. Se trata, ante todo, de la oración; después de la limosna y del ayuno. Es preciso aceptar estos medios e introducirlos en la vida en proporción a las necesidades y a las posibilidades del hombre y del cristiano de nuestro tiempo. La oración es siempre la condición primera y fundamental del acercamiento a Dios. Durante la Cuaresma debemos orar, debemos esforzarnos por orar más; buscar el tiempo y lugar para orar. Ella es, en primer lugar la que nos hace salir de la indiferencia y nos vuelve sensibles a las cosas de Dios y del alma. La oración educa también nuestras conciencias, y la Cuaresma es un tiempo particularmente adecuado para despertar y educar la conciencia. La Iglesia nos recuerda precisamente en este período la necesidad inderogable de la confesión sacramental, para que todos podamos vivir la resurrección de Cristo no sólo en la liturgia, sino también en nuestra propia alma.

La limosna y el ayuno, como medios de conversión y de penitencia cristiana, están estrechamente ligados entre sí. El ayuno significa un dominio sobre nosotros mismos; significa ser exigentes en las relaciones con nosotros mismos; estar prontos a renunciar a las cosas -y no sólo a los manjares-, sino también a goces y placeres diversos. Y la limosna -en la acepción más amplia y esencial- significa la prontitud a compartir con los otros alegrías y tristezas, a dar al prójimo, en particular al necesitado; a repartir no sólo los bienes materiales, sino también los dones del espíritu. Y precisamente por este motivo debemos abrirnos a los demás, sentir sus diversas necesidades, sufrimientos, infortunios, y buscar -no sólo en nuestros recursos, sino sobre todo en nuestros corazones, en nuestro modo de comportarnos y de actuar- los medios para adelantarnos a sus necesidades o llevar alivio a sus sufrimientos y desventuras.

Así, pues, el dirigirse a Dios mediante la oración va unido con el dirigirse al hombre. Siendo exigentes con nosotros mismos y generosos con los otros, manifestamos nuestra conversión de modo concreto y al mismo tiempo social. A través de una plena solidaridad con los hombres, con los que sufren y especialmente con los necesitados, nos unimos con Cristo paciente y crucificado.

Entramos, pues, en el tiempo cuaresmal en conformidad con la tradición secular de la Iglesia. Entramos en este período en conformidad con la tradición particular de la Iglesia de Roma. Nos contemplan las generaciones de los discípulos y confesores de Cristo que le dieron aquí testimonio singular de fidelidad, no escatimando ni su propia sangre. Nos los recuerdan sus catacumbas y los más antiguos santuarios de Roma. Los recuerda toda la historia de la Ciudad Eterna. Entramos en este período, comenzando por el miércoles de ceniza, día en que la Iglesia pone sobre nuestra cabeza la ceniza, en señal de la caducidad de nuestro cuerpo y de nuestra existencia temporal, advirtiéndonos en la liturgia: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”.

Aceptemos con humildad este signo penitencial, para que pueda renovarse, con mucha más fuerza, en el corazón y en la conciencia de cada uno de nosotros el misterio de Cristo crucificado y resucitado, de modo que también nosotros podamos “vivir una vida nueva” (Rom 6, 4).

Fuente: San Juan Pablo II, Mensaje del 28 de febrero de 1979

Acción de gracias después de Misa (III)


Los Santos, y en particular Santa Teresa, como lo hace notar Bossuet, nos han repetido muchas veces que la acción de gracias después de comulgar es para nosotros el momento más precioso de la vida espiritual. La esencia del Sacrificio de la Misa está indudablemente en la consagración, pero de él participamos por la comunión. Hase de establecer en ese momento, real contacto entre el alma santísima de Jesús y la nuestra, y unión íntima de su inteligencia humana, iluminada por la lumbre de la gloria, con la nuestra que con tanta frecuencia se halla oscurecida, llena de tinieblas, olvidada de sus deberes y tan obtusa en presencia de las cosas divinas; hemos igualmente de esforzarnos por que sea realidad la unión íntima de la voluntad humana de Jesús, inmutable en el bien, con la nuestra, tan mudable e inconstante; y en fin, unión de su purísima sensibilidad con la nuestra tan pecadora. En la sensibilidad de Nuestro Señor está el foco y centro de las virtudes de fortaleza y virginidad que esfuerzan y comunican pureza a las almas que se acercan a él.

Mas Jesús no habla sino a los que le escuchan y no dejan voluntariamente de oírle. Por eso, no sólo hemos de reprocharnos las distracciones directamente voluntarias, sino también las que no lo son sino indirectamente, pero debidas a nuestra negligencia en considerar, desear y hacer aquello que estamos obligados a considerar, hacer y desear. Tal negligencia es el principio de multitud de pecados de omisión, que, al examinar la conciencia, se nos pasan casi inadvertidos. Muchas personas que no encuentran pecados en su conciencia, por no haber cometido ninguno grave, están, sin embargo cargadas, de faltas de omisión y negligencia indirectamente voluntaria, que no carece de alguna culpabilidad.

No echemos, pues, en olvido, la acción de gracias, como sucede con frecuencia. ¿Qué frutos se pueden esperar de comuniones hechas con tan poco cuidado y devoción?

Todo beneficio exige el agradecimiento, y un beneficio inconmensurable demanda un agradecimiento proporcionado. Como no somos capaces de tenerlo para con Dios, pidamos a María medianera que venga en nuestro auxilio y nos haga tomar parte en la acción de gracias que ella ofreció al Señor después del sacrificio de la Cruz, después del Consummatum est, y después de las misas del apóstol San Juan. Tanta negligencia en la acción de gracias por la santa comunión proviene de que no conocemos como debiéramos el don de Dios. Pidamos al Señor, humilde pero ardientemente, la gracia de un vivísimo espíritu de fe, que nos permita comprender mejor cada día el valor de la Eucaristía; pidamos la gracia de la contemplación sobrenatural de este misterio de fe, es decir, el conocimiento vivo y claro que procede de los dones de inteligencia y de sabiduría, y es el principio de una ferviente acción de gracias, tanto más intensa cuanto fuere mayor el conocimiento de la grandeza del don que hemos recibido.

Fuente: Réginald Garrigou Lagrange, Las tres edades de la vida interior

Acción de gracias después de Misa (II)


Si alguna cosa hay, sin embargo, que exija especial acción de gracias, es la institución de la Sagrada Eucaristía, por la cual quiso Jesús permanecer real y sustancialmente con nosotros, continuando por modo sacramental la oblación de su sacrificio, y a fin de dársenos en manjar que nutra nuestras almas mejor que el más sustancioso de los alimentos pudiera nutrir el cuerpo. No se trata aquí de alimentar nuestra mente con los conceptos de un San Agustín o de un Santo Tomás, sino de hacer nuestro sustento al mismo Jesucristo Señor Nuestro, con su humanidad y la plenitud de gracias que reside en su alma santísima, unida personalmente al Verbo y a la Divinidad. El Beato Nicolás de Flüe decía: Señor Jesús, róbame a mí mismo y entrégame a ti; añadamos nosotros: Señor Jesús, entrégate a mí, para que yo te pertenezca totalmente. Sería éste el más excelso don que pudiéramos recibir. ¿Y no merecería de nuestra parte rendidísimas acciones de gracias? Esa finalidad tiene precisamente la devoción al Corazón eucarístico de Jesús.

Si el autor que os hace donación de su libro puede con razón quejarse de que no le hayáis dado las gracias, ¡cuánto más dolorosa no será la ingratitud de quien no se acuerda de mostrar y significar su agradecimiento después de la comunión, en la que Jesús se da a sí mismo a nuestras almas!

Los fieles que se alejan de la iglesia casi al momento de haber comulgado, diríase que se olvidan de que la presencia real de Jesús subsiste en ellos, como las especies sacramentales, un cuarto de hora más o menos después de la comunión, ¿y no serán capaces de hacer compañía a este divino Huésped durante esos pocos minutos? ¿Cómo no caen en la cuenta de su irreverencia? No nos referimos aquí a las personas verdaderamente piadosas que, por obligación o alguna necesidad, se ven en la precisión de abandonar la iglesia luego de la comunión.

Nuestro Señor nos llama, se entrega a nosotros con tan divino amor, y nosotros diríase que nada tenemos que decirle ni escuchar su voz durante unos pocos instantes.


Fuente: Réginald Garrigou Lagrange, Las tres edades de la vida interior

Frutos del Santo Abandono


El primer fruto del Santo Abandono, fruto tan nutritivo como sabroso, es una deliciosa intimidad con Dios, fundada en una confianza llena de humildad. “Yo amo a los que me aman”, nos dice la divina Sabiduría. Amemos a Dios y estaremos seguros de ser amados; amemos mucho y tendremos seguridad de ser amados sin medida. ¿No es por ventura verdadero amor el que se da, aquel sobre todo que se manifiesta por una perfecta obediencia y un filial abandono? Nuestro Señor es quien nos lo asegura: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos nuestra morada en él”, “Cualquiera que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre”. La obediencia y el abandono nos asemejan, en efecto, a Aquel que se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Su Santísima Madre se le parece y le es querida ante todo, no solamente por haberle llevado en sus entrañas, sino más aún porque escuchó mejor que nadie la divina palabra y la puso en práctica. Todos podemos adquirir este parentesco espiritual, este parecido con nuestro divino Hermano; y la semejanza irá acentuándose a medida que se avanza en el amor, la obediencia y el abandono. Llegará por fin el día en que el alma, a costa de múltiples sacrificios -¡y qué sacrificios! -, no tendrá más que un mismo querer y no querer con Dios.

Segundo. Un alma es libre y desprendida en la proporción en que las pasiones están amortiguadas, domado el amor propio, pisoteado el orgullo. La mortificación interior comienza y prosigue esta liberación; mas, sólo el abandono la termina, porque sólo él nos establece plenamente en la indiferencia, sólo él nos enseña a no ver los bienes y los males sino en la voluntad de Dios, sólo él nos une a esta santa voluntad con todo el amor, con toda la confianza de que somos capaces.

Tercero. Las almas abandonadas han conseguido fundir su voluntad con la de Dios; y por consiguiente, nada las sobreviene contra sus deseos, nada hiere sus sentimientos, porque nada les acontece que ellas no lo quieran así. “A mi juicio -dice Salviano- nadie en el mundo es más feliz que estas almas. Son humilladas, despreciadas, pero es a su gusto, y ellas lo quieren; son pobres, más se complacen en su pobreza: por esto siempre están contentas”. “Sea lo que fuere lo que acontezca al justo -dice el Sabio- nada podrá contristarle”, ni alterar la paz y serenidad de su espíritu, porque ha puesto su confianza en Dios y de antemano acepta todo cuanto plazca al buen Maestro. Sin duda, no es esta la paz del cielo, sino la de aquí abajo, pues Dios no quiere sobre la tierra ni paz perfecta, ni felicidad durable; no podemos evitar la tribulación, y la cruz nos seguirá por todas partes. Más el Santo Abandono nos enseña la importante ciencia de la vida y el arte de ser felices en este mundo, que consiste en saber sufrir: ¡saber sufrir!, es decir, sufrir como conviene sufrir todo lo que Dios quiere, mientras Él lo quiere y como Él lo quiere, con espíritu de fe, con amor y confianza. Él nos enseña a reposar en los brazos de la cruz, por consiguiente, en los brazos de Jesús y sobre el corazón de Jesús. Allí se encuentra más que la paz, allí se saborea la alegría.

Cuarto. Una santa vida prepara una muerte santa, y en cierto modo la asegura. La perseverancia final es siempre la gracia de las gracias, el don gratuito por excelencia; mas nada hay comparable al Santo Abandono para mover a nuestro Padre celestial a concedernos esta gracia decisiva.

La muerte nos arrebatará nuestros bienes y nuestra situación, nuestros parientes y hasta nuestro cuerpo. Cuando uno está bien afianzado en el Santo Abandono, ni siquiera llega a sentir esas crueles separaciones que desgarran el alma apegada a las cosas de este mundo.

Un alma que vive en el Santo Abandono triunfará de este temor. No descuida medio alguno de completar su preparación, más ante todo piensa en que va por fin a ver a su Padre, a su Amigo, a su Amado, a Aquel en quien ella ha puesto todas sus complacencias; ella ha vivido de amor y de confianza, muere en el amor y en la confianza. El que muere conformándose con la Divina Voluntad tiene una muerte santa, y el que muere en una mayor conformidad tiene una muerte más santa. Asegura el Padre Luis de Blosio “que en la muerte, un acto de perfecta conformidad nos preserva no tan sólo del infierno, sino que también del purgatorio”.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

Excelencia del Santo Abandono


Lo que constituye la excelencia del Santo Abandono, es la incompatible eficacia que posee para remover todos los obstáculos que impiden la acción de la gracia, para hacer practicar con perfección las más excelsas virtudes, y para establecer el reinado absoluto de Dios sobre nuestra voluntad. Evidentemente, la conformidad que viene de la esperanza, y más aún, la resignación que nace del temor, no se elevan a iguales alturas; tienen, sin embargo, su valor. Más aquí hablamos de la conformidad perfecta, confiada y filial que produce el santo amor.

Es ésta ante todo necesaria, y de un valor incomparable para obviar los obstáculos. La ciencia de un perfecto abandono de sí mismo; es decir, en la que se enseña al hombre a renunciarse de tal suerte que, sean cualesquiera las circunstancias en que el divino beneplácito se manifieste, se aplique tan sólo a permanecer siempre el mismo y tranquilo, renunciándose en la medida que permita la debilidad humana.

Sabemos en principio que el mal consiste en buscarse desordenadamente a sí mismos, y por consiguiente, en el orgullo y la sensualidad que resumen sus tan variadas formas. Mas, en realidad, estamos muy lejos de conocernos, y con frecuencia este mundo de pasiones, de debilidades, de perversas tendencias que bulle en nosotros, permanecería cubierto con un espeso velo y no llamaría nuestra atención, si la Providencia no viniera a abrimos los ojos en tiempo oportuno por medio de una saludable humillación, o mediante unas pruebas sabiamente apropiadas.

Finalmente, el gran mal es el juicio propio y la voluntad propia; La Providencia vendrá a corregir estos errores o esta debilidad. “¡Ah!, mostradme, Señor, de antemano mis penas para que las conozca”, decía el beato Susón; y Dios le responde: “No, es preferible que no sepas nada”. En efecto, quiere mantenernos en una disposición constante para doblegar nuestro juicio e inmolar nuestra voluntad. Va, pues, a ocultamos cuidadosamente sus intenciones, y muy frecuentemente irá contra nuestras previsiones y nuestras ideas; se opondrá directamente a nuestros gustos y a nuestras repugnancias. Si queremos prestar un poco de atención, observaremos que nunca Dios obra al azar: como verdadero Salvador, a la manera de médico tan enérgico como sabio y discreto, lleva el fuego y el hierro ora aquí, ora allá, por todas partes donde su ojo práctico vea faltas que expiar, defectos que corregir, un punto débil que fortificar. A pesar de los lamentos de la naturaleza, continuará Él haciéndolo con misericordioso rigor por todo el tiempo que juzgue oportuno, para acabar de curarnos y para colmarnos de sus bienes.

Más éste viene a unir su acción poderosa a la de la obediencia, además de que responde a nuestras necesidades personales, llevando así nuestra penitencia a su última perfección.

No hay mayor ni más viva fe que la de creer que Dios dirige siempre admirablemente nuestros asuntos, cuando parece destruirnos y aniquilarnos. Admirable es la fe del alma que va por el camino del abandono a Él, a fin de aniquilar su propia voluntad. Si hay un camino en que se ejercite una fe viva, una confianza a toda prueba, es sin duda, el del abandono a la divina voluntad.

Otro tanto sucede con el amor divino. El santo acrecentamiento, ante todo, mediante un despego perfecto. El Santo Abandono es quien termina de hacer el vacío en nuestra alma, invadiéndole proporcionalmente el amor divino, y si no encuentra obstáculo, la llena, la gobierna, la transforma, reina en ella como dueño.

El que da a Dios su voluntad se da a sí mismo y da todo. Es también el amor más puro y más desinteresado.

Pudiéramos añadir que un alma, ejercitándose en el Santo Abandono, se forma al propio tiempo de la manera más acabada en todas las virtudes, pues encuentra a cada paso ocasión de practicar tanto la humildad como la obediencia, la paciencia o la pobreza, etc., y que el Santo Abandono eleva unas y otras a su más alta perfección. Más si el abandono perfecciona las virtudes, perfecciona también la unión del alma con Dios. Esta unión es aquí abajo la unión del espíritu por la fe, la unión del corazón por el amor; es más que nada la unión de la voluntad por la conformidad con la voluntad divina.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

Noción del Santo Abandono


Ante todo, ¿por qué la palabra abandono? Monseñor Charles Louis Gay va a darnos la respuesta en página luminosa harto conocida: Hablamos de abandono -dice-, no hablamos de obediencia... La obediencia se refiere a la virtud cardinal de la justicia, en tanto que el abandono entronca en la virtud teologal de la caridad. Tampoco decimos resignación; pues aunque la resignación mira naturalmente a la voluntad divina, y no la mira sino para someterse a ella, pero sólo entrega, por decirlo así, a Dios una voluntad vencida, una voluntad, por consiguiente, que no se ha rendido al instante y que no cede sino sobreponiéndose a sí misma. El abandono va mucho más lejos. El término aceptación tampoco sería adecuado; porque la voluntad del hombre que acepta la de Dios... parece no subordinársele sino después de haber comprobado sus derechos.

Hubiéramos podido emplear la palabra conformidad, que es convenientísima y, si cabe, la consagrada para la materia, como lo hiciera el P. Rodríguez, que con este título compuso un excelente tratado en su libro tan recomendable: De la Perfección y Virtudes cristianas. Sin embargo, este vocablo refleja mejor un estado que un acto; estado que por lo demás parece presuponer una especie de ajuste laborioso y paciente. Al pronunciarla surge la idea de un modelo que un artista se hubiese esforzado por imitar después de contemplarlo y admirarlo. Y aun cuando la conformidad se lograra sin trabajo, siempre quedaría algo, un no pequeño resabio de frialdad... ¿Nos hubiéramos expresado con más acierto de habernos servido de la palabra indiferencia (palabra mágica en los ejercicios de San Ignacio), la cual es muy usual y también muy exacta por cuanto expresa el estado de un alma que rinde a la voluntad de Dios el perfecto homenaje de que pretendemos hablar...? Es palabra negativa, pero el amor se sirve de ella tan sólo como de escabel, siendo cierto que nada hay en definitiva tan real como el amor. La palabra más indicada en nuestro caso era, por tanto, abandono. Y en verdad, no hay otra que así describa el movimiento amoroso y confiado con que nos echamos en manos de la Providencia, al igual que un niño en los brazos de su madre.

“Abandonar nuestra alma y dejarnos a nosotros mismos -dice San Francisco de Sales-, no es otra cosa que despojarnos de nuestra propia voluntad para dársela a Dios”. En este movimiento de amor, que es el acto mismo del abandono, hay, por consiguiente, un punto de partida y otro de término; porque es preciso que la voluntad salga de sí misma para entregarse toda a Dios. Se sigue, pues, que el abandono contiene dos elementos: la santa indiferencia y el entregamiento completo de nuestra voluntad en manos de la Providencia; el primero es condición necesaria, y elemento constitutivo el segundo.

El entregamiento completo, es decir, la entrega amorosa, confiada y filial es elemento positivo del abandono y su principio constitutivo. Para precisar bien su significado y extensión, se han de considerar dos momentos psicológicos, según que los hechos estén aún por suceder o hayan sucedido. Antes de suceder, con previsión o sin ella, esa entrega es, según la doctrina de San Francisco de Sales, “una simple y general espera”, una disposición filial para recibir cuanto quiera Dios enviar, con la dulce tranquilidad de un niño en los brazos de su madre. La actitud preferida de un alma indiferente a las cosas de aquí abajo, plenamente desconfiada de su propio parecer y amorosamente confiada en Dios solo, es, según la doctrina del mismo santo Doctor, “no entretenerse en desear y querer las cosas (cuya decisión se ha reservado Dios para sí), sino dejarle que las quiera y las haga por nosotros conforme le agradare”.

Ved sobre todo al dulcísimo Niño Jesús en los brazos de la Santísima Virgen, cómo su buena Madre anda por Él y quiere por Él; Jesús la deja el cuidado de querer y andar por Él, sin inquirir adónde va, ni si camina de prisa o despacio; bástale permanecer en los brazos de su dulcísima Madre.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

La Cátedra de San Pedro, don de Cristo a su Iglesia


La liturgia latina celebra hoy la fiesta de la Cátedra de San Pedro. Se trata de una tradición muy antigua, atestiguada en Roma desde el siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores. La “cátedra”, literalmente, es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama “catedral”, y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su “magisterio”, es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido encomendada, llevando la mitra y el báculo pastoral, se sienta en la cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad.

¿Cuál fue, por tanto, la “cátedra” de san Pedro? Elegido por Cristo como “roca” sobre la cual edificar la Iglesia (cf. Mt 16, 18), comenzó su ministerio en Jerusalén, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. La primera “sede” de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en esa sala, donde también María, la Madre de Jesús, oró juntamente con los discípulos, a Simón Pedro le tuvieran reservado un puesto especial.

Celebrar la “Cátedra” de san Pedro, como hacemos nosotros, significa, por consiguiente, atribuirle un fuerte significado espiritual y reconocer que es un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere congregar a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación.

Entre los numerosos testimonios de los santos Padres, me complace recordar el de san Jerónimo, tomado de una de sus cartas, escrita al Obispo de Roma, particularmente interesante porque hace referencia explícita precisamente a la “cátedra” de Pedro, presentándola como fuente segura de verdad y de paz. Escribe así san Jerónimo: “He decidido consultar la cátedra de Pedro, donde se encuentra la fe que la boca de un Apóstol exaltó; vengo ahora a pedir un alimento para mi alma donde un tiempo fui revestido de Cristo. Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia” (Cartas I, 15, 1-2). (S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 22 de febrero de 2006)

Oh Príncipe de los Apóstoles, bendice a las ovejas confiadas a tu guarda; y acuérdate de las que están desgraciadamente fuera del redil. Naciones enteras instruidas y civilizadas por tus sucesores, llevan una vida lánguida lejos de ti, y ni siquiera sienten la desgracia de estar alejadas del Pastor. A unas hiela y corrompe el cisma, otras son víctimas de la herejía. ¡Oh Supremo Pastor, cura todos estos males! Apresura el retorno de las naciones separadas, y el fin de la herejía. Devuelve el Oriente a su antigua fidelidad, para que, después de tan largo eclipse, vuelva a ver surgir sus Sedes Patriarcales en la unidad y obediencia a la única Sede Apostólica. Finalmente, consérvanos a nosotros en la fe de Roma, ya que hasta ahora hemos permanecido fieles gracias a la misericordia divina y a tu paternal cuidado. Instrúyenos en los misterios que te han sido confiados; revélanos lo que el Padre celestial te ha revelado. Muéstranos a Jesús, tu Señor; condúcenos a su cuna, para que como tú, y sin escandalizarnos de sus humillaciones, tengamos la dicha de poder decirle contigo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. (Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico)

Sobre el Santo Abandono


Queremos salvar nuestra alma y tender a la perfección de la vida espiritual, es decir, purificarnos de veras, progresar en todas las virtudes, llegar a la unión de amor con Dios, y por este medio transformarnos cada vez más en Él; he aquí la única obra a la que hemos consagrado nuestra vida: obra de una grandeza incomparable y de un trabajo casi sin límites; que nos proporciona la libertad, la paz, el gozo, la unción del Espíritu Santo, y exige a su vez sacrificios sin número, una paciente labor de toda la vida. Esta obra gigantesca no sería tan sólo difícil, sino absolutamente imposible si contásemos sólo con nuestras fuerzas, pues es de orden absolutamente sobrenatural.

“Todo lo puedo en Aquel que me conforta”; sin Dios sólo queda la absoluta impotencia, por nosotros nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni desearlo, ni cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios, de la perfecta adquisición de las virtudes, de la vida de intimidad con Dios que representan un cúmulo enorme de impotencias humanas y de intervenciones divinas. El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por cuanto es capaz con la ayuda de Dios de llevar a cabo las obras más santas; pero es a la vez lo más pobre y necesitado que hay, ya que sin el auxilio divino no puede concebir siquiera el pensamiento de lo bueno. Por dicha nuestra, Dios ha querido salir fiador de nuestra salvación, por lo que jamás podremos bendecirle como se merece, pero no quiere salvarnos sin nosotros y, por consiguiente, debemos unir nuestra acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin Él nada podemos.

Nuestra santificación, nuestra salvación misma es, pues, obra de entrambos: para ella se precisan necesariamente la acción de Dios y nuestra cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad divina y de la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a cada instante; quien prescinde de Él cae, o se fatiga en estéril agitación. Es, pues, de importancia suma no obrar sino unidos con Dios y esto todos los días y a cada momento, así en nuestras menores acciones como en cualquier circunstancia. Porque sin esta íntima colaboración se pierde trabajo y tiempo. ¡Cuántas obras, llenas en apariencia, quedarán vacías por sólo este motivo! Por no haberlas hecho en unión con Dios, a pesar del trabajo que nos costaron, se desvanecerán ante la luz de la eternidad como sueño que se nos va así que despertamos.

Fuente: Dom Vital Lehodey, El Santo Abandono

Hay niños Santos

Hoy celebramos la Fiesta de estos dos pequeños grandes Santos: Francisco y Jacinta Marto, Patronos de Infancia ARCADEI; una propuesta para la formación espiritual de los niños. Aquí les dejamos nuestro enlace: https://www.arcadei.org/infancia/

El 13 de mayo de 1917, Lucía, Francisco y Jacinta han llevado sus rebaños hasta un lugar denominado Cova da Iria. Es mediodía y el cielo está despejado. De súbito, un relámpago atraviesa el aire. Creyendo que se acerca una tormenta, los niños empujan el rebaño hacia el fondo de la cañada. Allí, delante de ellos, se yergue una joven de extraordinaria belleza, radiante de luz y vestida con una larga túnica blanca y un velo que le llega hasta los pies, los cuales se apoyan sobre una diminuta nube que roza una pequeña encina. La joven aparenta tener unos dieciocho años. Lucía le pregunta: “¿De dónde viene, señora? - Del Cielo. - ¿Y qué desea de nosotros? - He venido para pediros que regreséis aquí seis veces seguidas, el día 13 de cada mes y a esta misma hora. Después os diré quién soy y lo que espero de vosotros. - ¡Viene del Cielo!... y yo, ¿podré ir al Cielo? - Sí. - ¿Y Jacinta? - También. - ¿Y Francisco? - También él irá; que rece también el Rosario...”.

La primera enseñanza de la Virgen en Fátima es el llamamiento a la realidad del Cielo. Dios nos ha traído al mundo para conocerlo, amarlo y servirlo, y mediante esto alcanzar el Paraíso. Quienes mueren en gracia y en la amistad de Dios, y que son perfectamente purificados, consiguen entrar en el Cielo, donde son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven tal cual es (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Co 13, 12). Esa vida perfecta de comunión y de amor con la Santísima Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y los santos, con ser el resultado de un don gratuito de Dios, es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado de felicidad supremo y definitivo. En efecto, pues Dios ha depositado en el corazón del hombre el deseo de la felicidad con el fin de atraerlo hacia Él. La esperanza del Cielo nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por más útil que resulte, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino solamente en Dios, fuente de todo bien y de todo amor. “Sólo Dios sacia”, dice santo Tomás de Aquino.

Después de fortalecer a los niños con la inestimable promesa del Cielo, la Señora les introduce en el misterio de la Redención, pidiéndoles con exquisita delicadeza que se adhieran a él: “¿Queréis ofreceros a Dios para hacer sacrificios y aceptar de buen grado todos los sufrimientos que Él quiera enviaros en reparación de los pecados que ofenden a su divina Majestad? ¿Queréis sufrir para alcanzar la conversión de los pecadores, para reparar las blasfemias, así como todas las ofensas al Corazón Inmaculado de María? - ¡Sí, queremos!, responde Lucía. - Sufriréis mucho, pero la gracia de Dios siempre os asistirá y os dará fuerzas”. Sin dejar de hablar, la Aparición extiende las manos y ese gesto derrama sobre los videntes un haz de luz misteriosa, el cual, penetrando en sus almas, les hace verse a ellos mismos en Dios.

Esa gracia, mediante la cual Dios acaba de reunirse con los tres niños en lo más profundo de sus seres, maravilla a Francisco. Por un sorprendente misterio, Dios se le manifiesta como “triste” a causa de los pecados de los hombres. Una radical transformación tiene lugar entonces en aquel niño de apenas nueve años. La primera impresión es que se ve menos favorecido que sus compañeras: Lucía ve a Nuestra Señora y habla con ella; Jacinta la ve y la oye, pero no habla, y Francisco la ve solamente, pero no la oye y no habla con ella. Sin embargo, él emprende una intensa vida espiritual. Al ser consciente de que su entrada en el Cielo está condicionada por el rezo de muchos rosarios, no permanece en un estado maravilloso de tranquilidad y de confianza, sino que reza hasta dos rosarios al día, e incluso más. Su devoción, lejos de convertirse en una repetición mecánica de las oraciones del rosario, le sumerge en un estado de plegaria continua. Su única preocupación es hacerle compañía a Nuestro Señor y consolarlo. Una noche, su padre le oye sollozar, y Francisco le confía lo siguiente: “Pienso en lo triste que debe estar Jesús a causa de los pecados que se cometen contra Él”. Ante la pregunta que le formula Lucía, “¿Qué te gusta más, consolar a Nuestro Señor o convertir a los pecadores para que las almas no vayan al infierno?”, él responde: “Preferiría consolar a Nuestro Señor, pero después convertir a los pecadores para que dejen de ofenderle”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 15 de agosto de 2001

Misterios de dolor


Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42). Este “sí” suyo cambia el “no” de los progenitores en el Edén.

Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo!

En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor “hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8).

Los misterios de dolor llevan al creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae

Acción de gracias después de Misa (I)


¡Si conocieras el don de Dios! (Jn. 4,10)

No pocas almas interiores nos han expresado el dolor y pena que sienten ante el hecho de que, en algunos lugares, la mayor parte de los fieles se van de la iglesia inmediatamente después de la misa en que han comulgado. Aún más, tal costumbre tiende a hacerse general, aun en muchos pensionados y colegios católicos, en los que, antes, los alumnos que habían comulgado continuaban en la capilla como unos diez minutos después de la misa, dando gracias; costumbre que muchos han conservado toda la vida.

En ese tiempo, para hacer comprender la necesidad de la acción de gracias, se contaba, y con mucho fruto, lo que una vez hizo San Felipe de Neri, quien mandó en cierta ocasión que dos monaguillos, con cirios encendidos, acompañasen, un buen trecho, a una dama que solía salir de la iglesia inmediatamente después de la misa de comunión. Mas hoy van introduciéndose por todas partes ciertos modales de irrespetuosidad hacia todo el mundo, hacia los superiores como hacia los iguales e inferiores, y aun hacia Nuestro Señor. De continuar así, habrá pronto muchos que comulgan y muy pocos que comulgan bien. Si las almas celosas no se esfuerzan por contrarrestar esta corriente de despreocupación, en vez de disminuir irá en aumento, destruyendo poco a poco el espíritu de mortificación y de verdadera y sólida piedad. Mas lo cierto es que Nuestro Señor permanece siempre el mismo, y nuestros deberes hacia Él son también los mismos de antes.

La acción de gracias es un deber siempre que hayamos recibido un beneficio, y tanto mayor cuanto el favor es más notable. Cuando obsequiamos con un objeto de algún valor a una persona amiga, nos causa no poca pena el ver que, a veces, ni siquiera se toma la molestia de pronunciar una sola palabra de agradecimiento. Cosa que sucede con más frecuencia de lo que sería de desear. Y si tal despreocupación, que es ingratitud, nos molesta, ¿qué no podremos decir de las ingratitudes sin cuento para con Nuestro Señor cuyos beneficios son inmensos e infinitos?

El mismo Jesús nos lo dijo, después de la curación de los diez leprosos, de los que sólo uno se volvió a darle las gracias: ¿Los otros nueve dónde están?, preguntó el Salvador.

Mas en la comunión, el beneficio que recibimos es inmensamente superior a la milagrosa curación de una enfermedad corporal, puesto que recibimos al autor de la salud y el acrecentamiento de la vida de la gracia, que es germen de la vida eterna; en ella se nos da también aumento de caridad, es decir, de la más excelsa de las virtudes, la cual vivifica y anima todas las otras y es el fundamento y principio del mérito.

Jesús dio con frecuencia gracias a su eterno Padre por todos sus beneficios, particularmente por el de la Encarnación redentora; y desde el fondo de su alma agradeció a su Padre el que hubiera revelado ese misterio a los pequeños y humildes. Dióle gracias en la Cruz, al pronunciar el Consummatum est. Y ahora no cesa de hacerlo en el santo Sacrificio de la Misa, en la que es sacerdote principal. La acción de gracias es uno de los cuatro fines del sacrificio, junto con la adoración, la súplica y la reparación. Y aun después del fin del mundo, una vez que la última misa esté ya celebrada, y cuando no habrá ya sacrificio propiamente dicho, sino sólo su consumación; cuando la impetración y reparación se hubieren terminado, el culto de adoración y de acción de gracias durará eternamente, y su expresión será el Sanctus, que será el eterno cántico de los elegidos.

Así se comprende que muchas almas interiores tengan tanta diligencia y la muy santa costumbre de hacer celebrar misas de acción de gracias, para contrarrestar la ingratitud de los hombres, y aun de tantos cristianos que apenas saben agradecer los inmensos beneficios recibidos del Señor.

Fuente: Réginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior

La fuerza misteriosa de la Pasión


Jesús ha sufrido. Sí, el mismo Jesús, nuestro Dios, que se hizo hombre por nuestra salvación. Él sufrió, fue crucificado, murió y fue sepultado.

La víspera de su pasión, rogó a su Padre celestial para que todos fueran uno, uno con él. Se llamó a sí mismo Cabeza del Cuerpo Místico, del que nosotros somos los miembros. Él es la vid, nosotros los sarmientos. Se metió él mismo en el lagar y allí fue exprimido. Nos ha dado el vino para que, bebiéndolo, podamos vivir su misma vida, para que podamos compartir con él su sufrimiento. Lo ha dicho él mismo: El que quiera venir en pos de mí, es decir, cumplir mi voluntad, que cargue con su cruz y me siga; el que me sigue tendrá la luz de la vida; yo soy la vida; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Y no comprendiendo sus discípulos que la vía indicada era la de la pasión, se lo explicó diciendo: ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrar así en su gloria? Entonces ardieron en sus pechos los corazones de los discípulos. La palabra de Dios se había convertido para ellos en fuego. Y descendiendo después sobre ellos el Espíritu Santo, como una llama divina, se sintieron contentos de sufrir, a su vez, el desprecio y la persecución, porque se hacían así semejantes a aquel que los había precedido en el camino del sufrimiento.

Los discípulos comprendieron que él no había querido apartarse de este camino, que habían vaticinado antes los profetas. Desde el pesebre hasta la cruz, no supo de otra cosa, sino de sufrimiento, pobreza y desprecio. Consagró toda su vida a enseñar al pueblo que Dios mira el sufrimiento, la pobreza y el desprecio humano de modo muy diferente a como lo hace la necia sabiduría del mundo. El dolor es la consecuencia necesaria del pecado, y solo mediante la cruz se recupera la unión con Dios y la gloria perdida. El dolor es, por lo mismo, el camino del cielo. En la cruz está la salvación, en la cruz la victoria. Así lo ha dispuesto Dios, que quiso además tomar sobre sí el sufrimiento para lograr con él la gloria de la redención. Por eso, como dice san Pablo, los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá cuando haya pasado el tiempo de padecer y seamos ya partícipes de la misma gloria.

María, que conservaba todas las palabras de Dios en su corazón, supo comprender, por la plenitud de gracia que le fue concedida, el gran valor del sufrimiento. Mientras los discípulos huían, ella salió al encuentro del Salvador, camino del Calvario, y permaneció al pie de la cruz participando en su oprobio y en sus últimos sufrimientos. Y lo puso en el sepulcro con la esperanza firme de su resurrección.

¡Ojalá nuestros corazones fueran tan ardientes y generosos como el suyo y se abrieran totalmente a los sentimientos del Sagrado Corazón de Jesús! Él dijo: Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer. ¿Es nuestro deseo como el suyo? ¿No nos quejamos demasiado cuando él nos alarga el cáliz de la pasión? Es tan difícil para nosotros resignarnos al sufrimiento, que alegrarse de él nos parece algo heroico. Consideramos casi imposible el desear la cruz y el sufrimiento. Según el mundo, es, de hecho, una locura desear solo sufrimiento y desprecio, como deseaba san Juan de la Cruz. Y a veces nosotros pensamos de modo semejante al del mundo con nuestras prudentes cautelas. ¿Dónde está la oblación que cada mañana, consciente y reflexivamente, al menos de palabra y en apariencia, hacemos de nosotros mismos, cuando nos unimos a la oblación, que ofrecemos junto con la Iglesia, de aquel con el que estamos unidos en un único cuerpo?

Jesús lloró una vez sobre Jerusalén: ¡Ojalá pudieses conocer tú hoy el don de Dios! ¡Ojalá pudiésemos también nosotros conocer hoy el gran valor que Dios ha puesto en nuestros sufrimientos!

Fuente: Del prefacio del beato Tito Brandsma a un libro de Adolfo Tanquerey

«Señal de contradicción»


Uno de los problemas más graves de la sociedad contemporánea es la crisis de la familia. La institución matrimonial está siendo cuestionada y atacada constantemente y de forma radical, colaborando en ello con frecuencia los medios de comunicación: la estabilidad de los hogares está amenazada por las permisivas leyes que favorecen el divorcio; la misión de la madre y ama de casa no es apreciada en su justo valor; las familias numerosas no reciben el apoyo que se merecen; la castidad y la fidelidad conyugal se ridiculizan frecuentemente; una “cultura de muerte” incita incansablemente al aborto y a la contracepción; en muchos sitios, el niño está sometido a tentativas de perversión (publicidades blasfematorias y pornográficas, droga, prostitución, etc.), y se proponen unos nuevos modelos, como la unión libre, la familia monoparental, las parejas de homosexuales, etc.

La sociedad se autodestruye al destruir la familia, que es, según la voluntad del Creador, su célula fundamental. “La salvación de la persona y de la sociedad está estrechamente ligada al buen ser de la comunidad familiar y conyugal” (Gaudium et spes, 47). ¿Acaso los niños de hoy no serán los ciudadanos de mañana? Ahora bien, es en el seno de la familia donde el niño adquiere las primeras experiencias de la vida en sociedad, donde adquiere el sentido de la autoridad, de la responsabilidad, del servicio desinteresado... Y a la inversa, ¿qué ejemplos de amor, de fidelidad y de perdón pueden encontrar los niños en los modelos basados en el individualismo y la inestabilidad?

Hoy en día se critica duramente a la Iglesia Católica a causa de su enseñanza sobre la familia, y se la acusa de no ser de “la época actual” y de obstaculizar mediante sus “prohibiciones” el progreso de las naciones y de los individuos. Pero esos ataques no deben sorprendernos ni desanimarnos, pues Jesucristo nuestro Señor ya previno a sus discípulos: Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo (Jn 15, 18-19; 16, 33). Siguiendo al Salvador, la Iglesia nos advierte: “No os conforméis a la mentalidad de este mundo” (Veritatis splendor, cap. 2), y, a imagen suya, no teme ser un “signo de contradicción”.

Pero mediante ese proceso que han intentado contra ella, los adversarios de la Iglesia, muy a pesar suyo, no hacen sino realzar su santidad, y reconocer que ésta se opone eficazmente al culto desenfrenado del placer y a la pérdida eterna de las almas. Al defender la vida humana, cuyo santuario es la familia, la Iglesia se muestra fiel a Cristo, que no vino a este mundo para imponer a los hombres una carga insoportable, sino al contrario, para liberarlos de la esclavitud del pecado. Además, al recordar “la necesaria conformidad de la ley civil con la ley moral” (Evangelium vitae, 72), es decir, la ley natural expresada en los Mandamientos de Dios, la Iglesia se erige en abogada de los verdaderos valores de la persona humana y defiende los únicos principios que pueden hacer que la vida social sea justa y apacible, poniendo así los cimientos de una feliz reconstrucción del cuerpo social. La Iglesia contribuye mediante su enseñanza, y más aún mediante el ejemplo de los santos, a ese progreso auténtico de la humanidad.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 25 de marzo de 1998

La devoción del beato Ceferino al Santo Padre Pío X


El 27 de septiembre pasado era admitido a la audiencia con Su Santidad Pío X el Ilustrísimo Mons. Juan Cagliero con otros treinta Superiores de las Casas Salesianas de América y, entre ellos “el hijo del Rey de las tierras Patagónicas”. (Así dicen los periódicos de Roma).

A las diez horas y media, a. m. tuvimos la alegría máxima de arrodillarnos a los pies del Vicario de Cristo en la tierra. Yo tuve la fortuna de ser el primero, después de Mons. y Don Marengo, de besar el Sagrado Anillo de Su Santidad. ¡Ay, Padre mío queridísimo, si hubiese estado presente en aquel momento, habría podido comprender la bondad del Santo Padre!

Después que todos saludamos al Santo Padre, el mismo Santo Padre me hizo señas de que comenzara mi discursito, pues se lo había dicho antes Mons. Cagliero que yo diría algunas palabras en italiano. Cuando empecé, no sentí nada en mi cuerpo. Pero al llegar a la mitad del discurso, todo mi ser se puso en movimiento; las piernas y las manos me temblaban, la voz se me perdía un poco en la garganta. Cuando me arrodillé para pedir la bendición a Su Santidad para mí, para mi familia y para los indios de la Patagonia, brotaron las lágrimas de mis ojos; finalmente concluí, pero bien.

El Santo Padre, ¡con cuanta atención me escuchaba! No quiso ni siquiera sentarse. Después que yo acabé, El mismo me levantó y me habló, contestándome: “Bien hijo mío, te doy gracias por lo bien que hablas del Vicario de Cristo. Quiera el Señor que puedas poner en práctica todo lo que en él dices: de convertir a Jesucristo a todos tus hermanos de la Patagonia. Y yo, con ese fin te doy de todo corazón mi Bendición Apostólica. Dios te bendiga, hijo mío”.

Mientras él pronunciaba estas afectuosas palabras, yo no podía contener las lágrimas. ¡Oh cuánta bondad la del Padre Santo!

Después que me dirigió dichas frases habló a todos en general, agradeciendo la filial visita, e impartió su santa y apostólica bendición. Después Mons. le presentó el plano de la nueva iglesia de San Carlos en Buenos Aires, y le rogó que escribiera de su puño y letra su santa bendición sobre dicho plano. El bondadoso anciano con una sonrisa propia de un santo, de Padre amable hacia sus hijos, contestó con todo el amor de su alma: “Sí, desde luego y mientras tanto venid todos”.

Y nosotros pasamos enseguida a otra sala, su estudio. A su izquierda se sentó Mons. Cagliero y todos los demás de pie. Mientras Su Santidad escribía, Mons. le dijo: “¡Cuanta bondad, Santo Padre!” y Su Santidad contestó: “para éstos hijos míos”. Además de ser el Santo Padre cariñoso y amable, era también muy alegre.

Aquí viene lo mejor y más apreciado. Después que escribió su autógrafo en el plano indicado, Mons. Cagliero le presentó diciéndole: “Santidad, aquí hay una carta de los novicios y aspirantes de la Patagonia, y pide a Vuestra Santidad que les envíe su santa bendición”. Su Santidad tomó en seguida la carta y sin leerla escribió en seguida su precioso autógrafo, impartiendo su santa bendición a todos los Superiores y jóvenes del Noviciado de Patagones.

Continuando, todos pasamos a besar el sagrado anillo del Pescador, para despedirnos.

Y después el Obispo que acompañaba a Su Santidad, me llamó y me dijo: “Te llama Su Santidad”. Yo me arrodillé delante de Su Santidad y junté las manos. Finalmente Su Santidad tomó un rico estuche que contenía una medalla de plata. Por un lado estaba cincelado el busto de S.S. Pío X, y por el otro la Virgen María Inmaculada.

Le besé nuevamente la mano y me hizo una caricia. Le di las gracias y él con una dulce sonrisa me despidió. Yo salí de la habitación contento por el hermoso regalo; más que hermoso: preciosísimo y santo recuerdo de un Vicario de Cristo, que representa al mismo Jesús en la tierra.

Fuente: De la carta de Ceferino al Pro-vicario Apostólico de la Patagonia, tras la audiencia con el Papa Pío X el 27 de septiembre de 1904

La condición eclesial del fiel laico


La santidad es un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la misión salvífica de la Iglesia. La santidad de la Iglesia es el secreto manantial y la medida infalible de su laboriosidad apostólica y de su ímpetu misionero. Sólo en la medida en que la Iglesia, Esposa de Cristo, se deja amar por Él y Le corresponde, llega a ser una Madre llena de fecundidad en el Espíritu.

Volvamos de nuevo a la imagen bíblica: el brotar y el expandirse de los sarmientos depende de su inserción en la vid. “Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 4-5).

Todo el Pueblo de Dios, y los fieles laicos en particular, pueden encontrar modelos de santidad y testimonios de virtudes heroicas vividas en las condiciones comunes y ordinarias de la existencia humana. Todos los esposos, según el plan de Dios, están llamados a la santidad en el matrimonio. Las Iglesias locales, y sobre todo las llamadas Iglesias jóvenes, deben reconocer atentamente entre los propios miembros, aquellos hombres y mujeres que ofrecieron en estas condiciones (las condiciones ordinarias de vida en el mundo y el estado conyugal) el testimonio de una vida santa, y que pueden ser ejemplo para los demás, con objeto de que, si se diera el caso, los propongan para la beatificación y canonización.

Al final de estas reflexiones, dirigidas a definir la condición eclesial del fiel laico, retorna a la mente la célebre exhortación de San León Magno: “Agnosce, o Christiane, dignitatem tuam”. Es la misma admonición que San Máximo, Obispo de Turín, dirigió a quienes habían recibido la unción del santo Bautismo: “¡Considerad el honor que se os hace en este misterio!”. Todos los bautizados están invitados a escuchar de nuevo estas palabras de San Agustín: “¡Alegrémonos y demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo (...). Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!”.

La dignidad cristiana, fuente de la igualdad de todos los miembros de la Iglesia, garantiza y promueve el espíritu de comunión, al mismo tiempo, se convierte en el secreto y la fuerza del dinamismo apostólico y misionero de los fieles laicos. Es una dignidad exigente; es la dignidad de los obreros llamados por el Señor a trabajar en su viña. Grava sobre todos los laicos la gloriosa carga de trabajar para que el designio divino de salvación alcance cada día más a todos los hombres de todos los tiempos y de toda la tierra.

Fuente: Cf. San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles laici

Beata Laura Vicuña, un modelo a imitar


Desde los primeros días de su ingreso en el colegio, notóse en Laura -refiere su directora- un juicio superior a su edad y una verdadera inclinación a la piedad. Su inocente corazón no hallaba paz y descanso sino en las cosas de Dios. Aunque niña, su devoción era seria; nada de afectación ni de exageraciones en ella.

En todo era llana y sencilla. Durante el rezo se echaba de ver que tenía su mente atenta a la acción que estaba ejecutando. Casi nunca se daba cuenta de lo que pasaba a su alrededor, y muchas veces hubo que advertirle que se la llamaba o que era tiempo de salir de la iglesia. Con esta misma atención procedía en el cumplimiento de todos los demás deberes. Había comprendido bien y tomado para sí aquella sentencia: “Haz lo que haces”, y con santa libertad de espíritu, alegre y contenta, pasaba de la iglesia a la clase, de esta al taller o a cualquier otro trabajo, o al recreo.

“Para mí -solía decir- es lo mismo rezar o trabajar, rezar o jugar, rezar o dormir. Haciendo lo que me mandan, hago lo que Dios quiere que haga, y esto es lo que yo quiero hacer: ésa es mi mejor oración”.

“Luego que conoció la piedad -escribe su directora-, la amó, y alcanzó un don de oración tan alto y continuo que se la veía en tiempo de recreo absorta en Dios”.

“Me parece -decía- que Dios mismo es quien mantiene vivo en mí el recuerdo de su divina presencia. Dondequiera que me hallo, ya sea en la clase, ya en el patio, ese recuerdo me acompaña, me ayuda y me consuela”.

“Es que usted -le objetó el Padre confesor- estará siempre preocupada con ese pensamiento, descuidando tal vez sus deberes”.

“¡Ah, no, Padre!, repuso ella. Conozco que ese pensamiento me ayuda a hacerlo todo mejor y que en nada me estorba; porque no es que esté yo pensando continuamente en él, sino que sin pensarlo estoy gozando de ese recuerdo”.

Fuente: De la Vida de Laura Vicuña, escrita por Augusto Crestanello, presbítero

Ante una ley genocida (VI)


Para iluminar esta difícil cuestión moral es necesario tener en cuenta los principios generales sobre la cooperación en acciones moralmente malas. Los cristianos, como todos los hombres de buena voluntad, están llamados, por un grave deber de conciencia, a no prestar su colaboración formal a aquellas prácticas que, aun permitidas por la legislación civil, se oponen a la Ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente en el mal. Esta cooperación se produce cuando la acción realizada, o por su misma naturaleza o por la configuración que asume en un contexto concreto, se califica como colaboración directa en un acto contra la vida humana inocente o como participación en la intención inmoral del agente principal. Esta cooperación nunca puede justificarse invocando el respeto de la libertad de los demás, ni apoyarse en el hecho de que la ley civil la prevea y exija. En efecto, los actos que cada uno realiza personalmente tienen una responsabilidad moral, a la que nadie puede nunca substraerse y sobre la cual cada uno será juzgado por Dios mismo (cf. Rm 2, 6; 14, 12).

El rechazo a participar en la ejecución de una injusticia no sólo es un deber moral, sino también un derecho humano fundamental. Si no fuera así, se obligaría a la persona humana a realizar una acción intrínsecamente incompatible con su dignidad y, de este modo, su misma libertad, cuyo sentido y fin auténticos residen en su orientación a la verdad y al bien, quedaría radicalmente comprometida. Se trata, por tanto, de un derecho esencial que, como tal, debería estar previsto y protegido por la misma ley civil. En este sentido, la posibilidad de rechazar la participación en la fase consultiva, preparatoria y ejecutiva de semejantes actos contra la vida debería asegurarse a los médicos, a los agentes sanitarios y a los responsables de las instituciones hospitalarias, de las clínicas y casas de salud. Quien recurre a la objeción de conciencia debe estar a salvo no sólo de sanciones penales, sino también de cualquier daño en el plano legal, disciplinar, económico y profesional.

Y mientras, como pueblo peregrino, pueblo de la vida y para la vida, caminamos confiados hacia “un cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap 21, 1), dirigimos la mirada a aquélla que es para nosotros “señal de esperanza cierta y de consuelo”.

Oh María, aurora del mundo nuevo, Madre de los vivientes, a Ti confiamos la causa de la vida: mira, Madre, el número inmenso de niños a quienes se impide nacer, de pobres a quienes se hace difícil vivir, de hombres y mujeres víctimas de violencia inhumana, de ancianos y enfermos muertos a causa de la indiferencia o de una presunta piedad. Haz que quienes creen en tu Hijo sepan anunciar con firmeza y amor a los hombres de nuestro tiempo el Evangelio de la vida. Alcánzales la gracia de acogerlo como don siempre nuevo, la alegría de celebrarlo con gratitud durante toda su existencia y la valentía de testimoniarlo con solícita constancia, para construir, junto con todos los hombres de buena voluntad, la civilización de la verdad y del amor, para alabanza y gloria de Dios Creador y amante de la vida.

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

Comienza la Novena a los Santos Pastorcitos de Fátima


Durante la mañana del sábado 13 de mayo de 2000, en Fátima, el Papa Juan Pablo II beatificaba a Francisco y a Jacinta Marto. En el transcurso de su homilía, el Santo Padre se expresaba del siguiente modo: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado estas cosas a pequeños (Mt 11, 25). La alabanza de Jesús adquiere en el día de hoy la forma solemne de la beatificación de los pastorcillos Francisco y Jacinta. Mediante este rito, la Iglesia desea situar en el lucernario esas dos llamitas que Dios encendió para iluminar a la humanidad en sus momentos oscuros y llenos de temor... Que el mensaje de su vida permanezca siempre encendido para iluminar el camino de la humanidad”.

Francisco Marto había nacido el 11 de junio de 1908, y su hermana Jacinta el 10 de marzo de 1910. Su prima Lucía, que vería con ellos a la Virgen, había nacido el 22 de marzo de 1907. Los tres eran oriundos de una aldea llamada Aljustrel, situada cerca de Fátima, en el centro de Portugal. Entre la familia Marto se respira un ambiente cristiano, basado en una sólida honradez natural. El amor por la verdad -no hay que decir mentiras- es una regla fundamental que es respetada con esmero. Otro rasgo característico de la familia es el amor por la pureza, de tal manera que todo es honesto, delicado y puro: las diversiones, las expresiones o las actitudes. Entre ellos son frecuentes la piedad cristiana y la oración, la asistencia a la Misa dominical y la recepción de los sacramentos.

Los campesinos de Aljustrel viven pobremente de los recursos procedentes de sus pedregosas tierras y de sus ovejas. Lucía, Francisco y Jacinta suelen reunir sus rebaños para que pasten juntos, y organizan juegos que no impiden la vigilancia. Un día de primavera de 1916, se les aparece un ángel, quien, inclinando la cabeza hasta el suelo, dice tres veces seguidas: “¡Dios mío, yo creo, te adoro, te espero y te amo! ¡Te pido perdón por quienes no creen, no te adoran, no te esperan y no te aman!”. Con motivo de una segunda aparición, en verano, el ángel les recomienda que ofrezcan a Dios “plegarias y sacrificios”. Regresa después en septiembre, sosteniendo un cáliz rematado por una Sagrada Forma de donde fluyen gotas de sangre. El ángel se arrodilla con los niños y les hace repetir tres veces: “Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, os adoro profundamente, y os ofrezco los muy preciosos Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes por los que Él mismo es ofendido. Por los infinitos méritos de su Sagrado Corazón y por la intercesión del Corazón Inmaculado de María, os pido la conversión de los pobres pecadores”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 15 de agosto de 2001

Ante una ley genocida (V)


En el caso pues de una ley intrínsecamente injusta, como es la que admite el aborto o la eutanasia, nunca es lícito someterse a ella, ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley semejante, ni darle el sufragio del propio voto.

Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. No son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras en algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos internacionales, en otras Naciones -particularmente aquéllas que han tenido ya la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas- van apareciendo señales de revisión. En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos.

La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia en materia de colaboración, debido a la obligatoria afirmación del propio derecho a no ser forzados a participar en acciones moralmente malas. A veces las opciones que se imponen son dolorosas y pueden exigir el sacrificio de posiciones profesionales consolidadas o la renuncia a perspectivas legítimas de avance en la carrera. En otros casos, puede suceder que el cumplimiento de algunas acciones en sí mismas indiferentes, o incluso positivas, previstas en el articulado de legislaciones globalmente injustas, permita la salvaguarda de vidas humanas amenazadas. Por otra parte, sin embargo, se puede temer justamente que la disponibilidad a cumplir tales acciones no sólo conlleve escándalo y favorezca el debilitamiento de la necesaria oposición a los atentados contra la vida, sino que lleve insensiblemente a ir cediendo cada vez más a una lógica permisiva.

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

Valor incomparable de la persona humana


El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.

En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado como gozosa noticia: “Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente esta “gran alegría”; pero la Navidad pone también de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16, 21).

Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida “nueva” y “eterna”, que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santificador. Pero es precisamente en esa “vida” donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.

El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. 1 Jn 3, 1-2). Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad “última”, sino “penúltima”; es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos.

La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido de su Señor, tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e incluso no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.

Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho. El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana.

La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención, descubre con renovado asombro este valor y se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos este “evangelio”, fuente de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría para cada época de la historia. El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio.

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

Ante una ley genocida (IV)


En continuidad con toda la tradición de la Iglesia se encuentra también la doctrina sobre la necesaria conformidad de la ley civil con la ley moral, tal y como se recoge, en la encíclica Pacem in terris de Juan XXIII: “La autoridad es postulada por el orden moral y deriva de Dios. Por lo tanto, si las leyes o preceptos de los gobernantes estuvieran en contradicción con aquel orden y, consiguientemente, en contradicción con la voluntad de Dios, no tendrían fuerza para obligar en conciencia...; más aún, en tal caso, la autoridad dejaría de ser tal y degeneraría en abuso”. Esta es una clara enseñanza de santo Tomás de Aquino, que entre otras cosas escribe: “La ley humana es tal en cuanto está conforme con la recta razón y, por tanto, deriva de la ley eterna. En cambio, cuando una ley está en contraste con la razón, se la denomina ley inicua; sin embargo, en este caso deja de ser ley y se convierte más bien en un acto de violencia”. Y añade: “Toda ley puesta por los hombres tiene razón de ley en cuanto deriva de la ley natural. Por el contrario, si contradice en cualquier cosa a la ley natural, entonces no será ley sino corrupción de la ley”.

La primera y más inmediata aplicación de esta doctrina hace referencia a la ley humana que niega el derecho fundamental y originario a la vida, derecho propio de todo hombre. Así, las leyes que, como el aborto y la eutanasia, legitiman la eliminación directa de seres humanos inocentes están en total e insuperable contradicción con el derecho inviolable a la vida inherente a todos los hombres, y niegan, por tanto, la igualdad de todos ante la ley. Se podría objetar que éste no es el caso de la eutanasia, cuando es pedida por el sujeto interesado con plena conciencia. Pero un Estado que legitimase una petición de este tipo y autorizase a llevarla a cabo, estaría legalizando un caso de suicidio-homicidio, contra los principios fundamentales de que no se puede disponer de la vida y de la tutela de toda vida inocente. De este modo se favorece una disminución del respeto a la vida y se abre camino a comportamientos destructivos de la confianza en las relaciones sociales.

Por tanto, las leyes que autorizan y favorecen el aborto y la eutanasia se oponen radicalmente no sólo al bien del individuo, sino también al bien común y, por consiguiente, están privadas totalmente de auténtica validez jurídica. En efecto, la negación del derecho a la vida, precisamente porque lleva a eliminar la persona en cuyo servicio tiene la sociedad su razón de existir, es lo que se contrapone más directa e irreparablemente a la posibilidad de realizar el bien común. De esto se sigue que, cuando una ley civil legitima el aborto o la eutanasia deja de ser, por ello mismo, una verdadera ley civil moralmente vinculante.

Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas, pero al mismo tiempo enseñó firmemente que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29). Ya en el Antiguo Testamento, precisamente en relación a las amenazas contra la vida, encontramos un ejemplo significativo de resistencia a la orden injusta de la autoridad. Las comadronas de los hebreos se opusieron al faraón, que había ordenado matar a todo recién nacido varón. Ellas “no hicieron lo que les había mandado el rey de Egipto, sino que dejaban con vida a los niños” (Ex 1, 17). Pero es necesario señalar el motivo profundo de su comportamiento: “Las parteras temían a Dios”. Es precisamente de la obediencia a Dios -a quien sólo se debe aquel temor que es reconocimiento de su absoluta soberanía- de donde nacen la fuerza y el valor para resistir a las leyes injustas de los hombres. Es la fuerza y el valor de quien está dispuesto incluso a ir a prisión o a morir a espada, en la certeza de que “aquí se requiere la paciencia y la fe de los santos” (Ap 13, 10).

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

El futuro de la humanidad se fragua en la familia

Los Siervos de Dios Karol y Emilia Wojtyla, padres de san Juan Pablo II

Toda familia descubre y encuentra en sí misma la llamada imborrable, que define a la vez su dignidad y su responsabilidad: familia, ¡“sé” lo que “eres”!

Es indispensable y urgente que todo hombre de buena voluntad se esfuerce por salvar y promover los valores y exigencias de la familia. A este respecto, siento el deber de pedir un empeño particular a los hijos de la Iglesia. Ellos, que mediante la fe conocen plenamente el designio maravilloso de Dios, tienen una razón de más para tomar con todo interés la realidad de la familia en este tiempo de prueba y de gracia.

Deben amar de manera particular a la familia. Se trata de una consigna concreta y exigente. Amar a la familia significa saber estimar sus valores y posibilidades, promoviéndolos siempre. Amar a la familia significa individuar los peligros y males que la amenazan, para poder superarlos. Amar a la familia significa esforzarse por crear un ambiente que favorezca su desarrollo. Finalmente, una forma eminente de amor es dar a la familia cristiana de hoy, con frecuencia tentada por el desánimo y angustiada por las dificultades crecientes, razones de confianza en sí misma, en las propias riquezas de naturaleza y gracia, en la misión que Dios le ha confiado: Es necesario que las familias de nuestro tiempo vuelvan a remontarse más alto. Es necesario que sigan a Cristo.

Corresponde también a los cristianos el deber de anunciar con alegría y convicción la “buena nueva” sobre la familia, que tiene absoluta necesidad de escuchar siempre de nuevo y de entender cada vez mejor las palabras auténticas que le revelan su identidad, sus recursos interiores, la importancia de su misión en la Ciudad de los hombres y en la de Dios.

La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar al fondo de su más íntima verdad. Este camino, que la Iglesia ha aprendido en la escuela de Cristo y en el de la historia, -interpretada a la luz del Espíritu- no lo impone, sino que siente en sí la exigencia apremiante de proponerla a todos sin temor, es más, con gran confianza y esperanza, aun sabiendo que la “buena nueva” conoce el lenguaje de la Cruz. Porque es a través de ella como la familia puede llegar a la plenitud de su ser y a la perfección del amor.

Finalmente deseo invitar a todos los cristianos a colaborar, cordial y valientemente con todos los hombres de buena voluntad, que viven su responsabilidad al servicio de la familia. Cuantos se consagran a su bien dentro de la Iglesia, en su nombre o inspirados por ella, ya sean individuos o grupos, movimientos o asociaciones, encuentran frecuentemente a su lado personas e instituciones diversas que trabajan por el mismo ideal. Con fidelidad a los valores del Evangelio y del hombre, y con respeto a un legítimo pluralismo de iniciativas, esta colaboración podrá favorecer una promoción más rápida e integral de la familia.

Ahora, al concluir este mensaje pastoral, que quiere llamar la atención de todos sobre el cometido pesado pero atractivo de la familia cristiana, deseo invocar la protección de la Sagrada Familia de Nazaret.

Por misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es, pues, el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas. Aquella familia, única en el mundo, que transcurrió una existencia anónima y silenciosa en un pequeño pueblo de Palestina; que fue probada por la pobreza, la persecución y el exilio; que glorificó a Dios de manera incomparablemente alta y pura, no dejará de ayudar a las familias cristianas, más aún, a todas las familias del mundo, para que sean fieles a sus deberes cotidianos, para que sepan soportar las ansias y tribulaciones de la vida, abriéndose generosamente a las necesidades de los demás y cumpliendo gozosamente los planes de Dios sobre ellas.

Que San José, “hombre justo”, trabajador incansable, custodio integérrimo de los tesoros a él confiados, las guarde, proteja e ilumine siempre. Que la Virgen María, como es Madre de la Iglesia, sea también Madre de la “Iglesia doméstica”, y, gracias a su ayuda materna, cada familia cristiana pueda llegar a ser verdaderamente una “pequeña Iglesia”, en la que se refleje y reviva el misterio de la Iglesia de Cristo. Sea ella, Esclava del Señor, ejemplo de acogida humilde y generosa de la voluntad de Dios; sea ella, Madre Dolorosa a los pies de la Cruz, la que alivie los sufrimientos y enjugue las lágrimas de cuantos sufren por las dificultades de sus familias. Que Cristo Señor, Rey del universo, Rey de las familias, esté presente como en Caná, en cada hogar cristiano para dar luz, alegría, serenidad y fortaleza. A Él, en el día solemne dedicado a su Realeza, pido que cada familia sepa dar generosamente su aportación original para la venida de su Reino al mundo, Reino de verdad y de vida, Reino de santidad y de gracia, Reino de justicia, de amor y de paz hacia el cual está caminando la historia.

A Cristo, a María y a José encomiendo cada familia.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio

Ante una ley genocida (III)


Para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona. Son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover.

En este sentido, es necesario tener en cuenta los elementos fundamentales del conjunto de las relaciones entre ley civil y ley moral, tal como son propuestos por la Iglesia, pero que forman parte también del patrimonio de las grandes tradiciones jurídicas de la humanidad.

Ciertamente, el cometido de la ley civil es diverso y de ámbito más limitado que el de la ley moral. Sin embargo, “en ningún ámbito de la vida la ley civil puede sustituir a la conciencia ni dictar normas que excedan la propia competencia”, que es la de asegurar el bien común de las personas, mediante el reconocimiento y la defensa de sus derechos fundamentales, la promoción de la paz y de la moralidad pública. En efecto, la función de la ley civil consiste en garantizar una ordenada convivencia social en la verdadera justicia, para que todos “podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad” (1 Tm 2, 2). Precisamente por esto, la ley civil debe asegurar a todos los miembros de la sociedad el respeto de algunos derechos fundamentales, que pertenecen originariamente a la persona y que toda ley positiva debe reconocer y garantizar. Entre ellos el primero y fundamental es el derecho inviolable de cada ser humano inocente a la vida. Si la autoridad pública puede, a veces, renunciar a reprimir aquello que provocaría, de estar prohibido, un daño más grave, sin embargo, nunca puede aceptar legitimar, como derecho de los individuos -aunque éstos fueran la mayoría de los miembros de la sociedad-, la ofensa infligida a otras personas mediante la negación de un derecho suyo tan fundamental como el de la vida. La tolerancia legal del aborto o de la eutanasia no puede de ningún modo invocar el respeto de la conciencia de los demás, precisamente porque la sociedad tiene el derecho y el deber de protegerse de los abusos que se pueden dar en nombre de la conciencia y bajo el pretexto de la libertad.

A este propósito, Juan XXIII recordó en la Encíclica Pacem in terris: “En la época moderna se considera realizado el bien común cuando se han salvado los derechos y los deberes de la persona humana. De ahí que los deberes fundamentales de los poderes públicos consisten sobre todo en reconocer, respetar, armonizar, tutelar y promover aquellos derechos, y en contribuir por consiguiente a hacer más fácil el cumplimiento de los respectivos deberes. Tutelar el intangible campo de los derechos de la persona humana y hacer fácil el cumplimiento de sus obligaciones, tal es el deber esencial de los poderes públicos. Por esta razón, aquellos magistrados que no reconozcan los derechos del hombre o los atropellen, no sólo faltan ellos mismos a su deber, sino que carece de obligatoriedad lo que ellos prescriban”.

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

Las buenas lecturas


Entre nuestros amigos más fieles debemos contar los libros piadosos. Ellos nos hacen recordar la seriedad de nuestros deberes y las normas de la disciplina legítima; despiertan en nuestros corazones las voces celestiales adormecidas; nos echan en cara el abandono de nuestros buenos propósitos; sacuden nuestra falsa tranquilidad; desenmascaran los afectos menos rectos y disimulados; nos ponen al descubierto el peligro que con frecuencia nos acecha si no estamos alerta. Y todos estos buenos servicios nos los prestan con una benevolencia tan discreta, que se nos muestran, no sólo como amigos, sino como los mejores amigos. Los tenemos a nuestro lado siempre que nos place, dispuestos en todo momento a acudir en ayuda de nuestras necesidades más íntimas; su voz jamás es amarga, sus advertencias jamás son interesadas, su palabra jamás es tímida ni engañosa. Muchos y famosos ejemplos demuestran la eficacia saludable de los buenos libros; entre esos ejemplos sobresale el de San Agustín, cuyos grandes méritos dentro de la Iglesia tuvieron comienzo en la lectura: Toma y lee, toma y lee... Yo tomé (las epístolas de San Pablo), abrí y leí en silencio... Como si la luz de la seguridad se hubiese esparcido en mi corazón, todas las tinieblas de mis dudas se disiparon. (San Pío X, Exhortación Haerent animo)

Un libro espiritual es realmente una dirección escrita, hecha para varias almas a la vez.

De los autores espirituales. Si escogiéremos con tino entre los mejores, especialmente entre los que son santos, serán para nosotros maestros y correctores a la par.

a) Son maestros que, porque poseen y han practicado la ciencia de los santos, nos dan a entender y a saborear los principios y las reglas de la perfección; dan mayor fuerza a nuestro convencimiento sobre la obligación de aspirar a la perfección; nos dicen los medios de que hemos de valernos, y que serán mucho más eficaces, porque ellos mismos los pusieron en práctica; nos exhortan, nos animan y nos arrastran en pos de sí.

Son maestros muy a propósito; porque siempre están a nuestra disposición; y podemos escoger, ayudados por el director, los que más convengan al estado de nuestra alma, y platicar con ellos todo el tiempo que quisiéremos. Hay en verdad autores excelentes para cada uno de los estados del alma, y a propósito para las necesidades del momento; el quid está en saberlos escoger y en leerlos con deseo de aprovechar.

b) Son, además, correctores benévolos, que sacan a luz nuestras faltas con mucha discreción y suavidad. No hacen sino ponernos delante el ideal tras del que hemos de ir, y nos convidan al estudio de nosotros mismos, con la ayuda de ese espejo espiritual, para ver claramente nuestras buenas cualidades y nuestros defectos, el camino recorrido y el que nos resta por andar hasta llegar a la perfección. De esta manera se nos hace más fácil la reflexión sobre nosotros mismos, y el formar generosos propósitos.

No hemos, pues, de maravillarnos de que la lectura de los libros de espíritu, entre los cuales han de contarse las vidas de los Santos, hayan producido conversiones tan famosas como las de Agustín, de Ignacio, y guiado hasta las cumbres de la perfección a almas que, si no hubiera sido por ella, no hubieran pasado de los límites de la medianía. (Adolfo Tanquerey, Compendio de Teología ascética y mística)

Ante una ley genocida (II)


La raíz común de todas estas tendencias es el relativismo ético que caracteriza muchos aspectos de la cultura contemporánea. No falta quien considera este relativismo como una condición de la democracia, ya que sólo él garantizaría la tolerancia, el respeto recíproco entre las personas y la adhesión a las decisiones de la mayoría, mientras que las normas morales, consideradas objetivas y vinculantes, llevarían al autoritarismo y a la intolerancia.

Sin embargo, es precisamente la problemática del respeto de la vida la que muestra los equívocos y contradicciones, con sus terribles resultados prácticos, que se encubren en esta postura.

Es cierto que en la historia ha habido casos en los que se han cometido crímenes en nombre de la “verdad”. Pero crímenes no menos graves y radicales negaciones de la libertad se han cometido y se siguen cometiendo también en nombre del “relativismo ético”. Cuando una mayoría parlamentaria o social decreta la legitimidad de la eliminación de la vida humana aún no nacida, inclusive con ciertas condiciones, ¿acaso no adopta una decisión “tiránica” respecto al ser humano más débil e indefenso? La conciencia universal reacciona justamente ante los crímenes contra la humanidad, de los que nuestro siglo ha tenido tristes experiencias. ¿Acaso estos crímenes dejarían de serlo si, en vez de haber sido cometidos por tiranos sin escrúpulo, hubieran estado legitimados por el consenso popular?

En realidad, la democracia no puede mitificarse convirtiéndola en un sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad. Fundamentalmente, es un “ordenamiento” y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter “moral” no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve. Si hoy se percibe un consenso casi universal sobre el valor de la democracia, esto se considera un positivo “signo de los tiempos”, como también el Magisterio de la Iglesia ha puesto de relieve varias veces. Pero el valor de la democracia se mantiene o cae con los valores que encarna y promueve: fundamentales e imprescindibles son ciertamente la dignidad de cada persona humana, el respeto de sus derechos inviolables e inalienables, así como considerar el “bien común” como fin y criterio regulador de la vida política.

En la base de estos valores no pueden estar provisionales y volubles “mayorías” de opinión, sino sólo el reconocimiento de una ley moral objetiva que, en cuanto “ley natural” inscrita en el corazón del hombre, es punto de referencia normativa de la misma ley civil. Si, por una trágica ofuscación de la conciencia colectiva, el escepticismo llegara a poner en duda hasta los principios fundamentales de la ley moral, el mismo ordenamiento democrático se tambalearía en sus fundamentos, reduciéndose a un puro mecanismo de regulación empírica de intereses diversos y contrapuestos.

Alguien podría pensar que semejante función, a falta de algo mejor, es también válida para los fines de la paz social. Aun reconociendo un cierto aspecto de verdad en esta valoración, es difícil no ver cómo, sin una base moral objetiva, ni siquiera la democracia puede asegurar una paz estable, tanto más que la paz no fundamentada sobre los valores de la dignidad humana y de la solidaridad entre todos los hombres, es a menudo ilusoria. En efecto, en los mismos regímenes participativos la regulación de los intereses se produce con frecuencia en beneficio de los más fuertes, que tienen mayor capacidad para maniobrar no sólo las palancas del poder, sino incluso la formación del consenso. En una situación así, la democracia se convierte fácilmente en una palabra vacía.

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

Humanismo y aborto en la Unión Soviética


Por propia ideología, el comunismo se ocupa del humanismo: a ese fin dirige todos sus esfuerzos. Ningún sistema social del mundo concede tanto prestigio al hombre como el comunista, al menos en teoría y en la propaganda.

Pero nada de todo eso satisface a la gente.

La mejora de la humanidad, la noción abstracta de humanismo o la idea glorificada del hombre son ideales muy tenues que enseguida pierden el poder de inspirar o satisfacer frente a la experiencia diaria y la repetitiva monotonía de la vida. Uno puede dedicarse temporalmente al objetivo de servir a la humanidad sufriente, puede ponerse como meta la idea de fraternidad; pero, dada la naturaleza humana y su condición -y los fallos humanos demasiado frecuentes-, es difícil mantener y perseverar en esos momentos de inspiración sin alguna motivación más honda y de peso.

Amar a la familia y a los amigos es una cosa -nace de la propia naturaleza humana y de los vínculos que crean el sacrificio mutuo y las cosas compartidas-; pero amar a la humanidad en general... ¿qué significa eso?

¿Y cómo explicar los grandes males del comunismo? Aquella gente conocía el terror de la época de Stalin; prácticamente todo nuestro entorno tenía un amigo, un familiar o sabía de alguien que había estado en los campos de prisioneros de Siberia. ¿Dónde se veía ahí el tan cacareado “humanismo”? O los abortos. Pensemos en los abortos. Solo en nuestra pequeña ciudad se practicaban cincuenta y seis abortos diarios -basta con repasar las estadísticas oficiales-; ¿y qué decir del resto de la Unión Soviética? ¿Es ese un modo de promover el humanismo?

En la Unión Soviética el aborto es legal. Cualquiera que lo desee puede abortar. El gobierno afirma que se debe legalizar para evitar abusos privados. Los sueldos del marido y la mujer apenas bastan para mantener a uno o dos hijos, así que todo el mundo quiere abortar. Pero es un tema que les inquieta. Las salas de espera contiguas a las salas de abortos de las clínicas estaban llenas de carteles que, lejos de elogiarlo, informaban a las pacientes de las posibles secuelas psíquicas y físicas que la intervención podía provocar. Los médicos -mujeres en su mayoría-, las enfermeras y el resto del personal intentaban disuadir a las pacientes. Pasados los años, las mujeres confesaban que no podían librarse de los sentimientos de culpa. Y no eran “creyentes”, sino mujeres y chicas que habían recibido una educación totalmente atea en las escuelas soviéticas.

Incluso para el comunismo se trata de un asunto relacionado básicamente con la vida y la muerte, con el bien y el mal. Si ya desde sus inicios la vida se trata con tanta ligereza, decía la gente, ¿quién va a evitar que se extienda esa mentalidad? ¿La sociedad? Difícilmente. La sociedad ni siquiera es capaz de lidiar convenientemente con los problemas de delincuencia actuales ni con otros desórdenes sociales. Y, cuando una sociedad apoya el mal, ¿dónde acabará? ¿Se puede confiar en que el hombre resuelva él solo los problemas de la humanidad? Contemplad la historia y hasta dónde han caído, una y otra vez, los países civilizados.

Fuente: P. Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros: Memorias de un jesuita en el Gulag

Ante una ley genocida (I)


“Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch 5, 29): ley civil y ley moral

Una de las características propias de los atentados actuales contra la vida humana -como ya se ha dicho- consiste en la tendencia a exigir su legitimación jurídica, como si fuesen derechos que el Estado, al menos en ciertas condiciones, debe reconocer a los ciudadanos y, por consiguiente, la tendencia a pretender su realización con la asistencia segura y gratuita de médicos y agentes sanitarios.

No pocas veces se considera que la vida de quien aún no ha nacido o está gravemente debilitado es un bien sólo relativo: según una lógica proporcionalista o de puro cálculo, deberá ser cotejada y sopesada con otros bienes. Y se piensa también que solamente quien se encuentra en esa situación concreta y está personalmente afectado puede hacer una ponderación justa de los bienes en juego; en consecuencia, sólo él podría juzgar la moralidad de su decisión. El Estado, por tanto, en interés de la convivencia civil y de la armonía social, debería respetar esta decisión, llegando incluso a admitir el aborto y la eutanasia.

Otras veces se cree que la ley civil no puede exigir que todos los ciudadanos vivan de acuerdo con un nivel de moralidad más elevado que el que ellos mismos aceptan y comparten. Por esto, la ley debería siempre manifestar la opinión y la voluntad de la mayoría de los ciudadanos y reconcerles también, al menos en ciertos casos extremos, el derecho al aborto y a la eutanasia. Por otra parte, la prohibición y el castigo del aborto y de la eutanasia en estos casos llevaría inevitablemente -así se dice- a un aumento de prácticas ilegales, que, sin embargo, no estarían sujetas al necesario control social y se efectuarían sin la debida seguridad médica. Se plantea, además, si sostener una ley no aplicable concretamente no significaría, al final, minar también la autoridad de las demás leyes.

Finalmente, las opiniones más radicales llegan a sostener que, en una sociedad moderna y pluralista, se debería reconocer a cada persona una plena autonomía para disponer de su propia vida y de la vida de quien aún no ha nacido. En efecto, no correspondería a la ley elegir entre las diversas opciones morales y, menos aún, pretender imponer una opción particular en detrimento de las demás.

De todos modos, en la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como moral. Si además se considera incluso que una verdad común y objetiva es inaccesible de hecho, el respeto de la libertad de los ciudadanos -que en un régimen democrático son considerados como los verdaderos soberanos- exigiría que, a nivel legislativo, se reconozca la autonomía de cada conciencia individual y que, por tanto, al establecer las normas que en cada caso son necesarias para la convivencia social, éstas se adecuen exclusivamente a la voluntad de la mayoría, cualquiera que sea. De este modo, todo político, en su actividad, debería distinguir netamente entre el ámbito de la conciencia privada y el del comportamiento público.

Por consiguiente, se perciben dos tendencias diametralmente opuestas en apariencia. Por un lado, los individuos reivindican para sí la autonomía moral más completa de elección y piden que el Estado no asuma ni imponga ninguna concepción ética, sino que trate de garantizar el espacio más amplio posible para la libertad de cada uno, con el único límite externo de no restringir el espacio de autonomía al que los demás ciudadanos también tienen derecho. Por otro lado, se considera que, en el ejercicio de las funciones públicas y profesionales, el respeto de la libertad de elección de los demás obliga a cada uno a prescindir de sus propias convicciones para ponerse al servicio de cualquier petición de los ciudadanos, que las leyes reconocen y tutelan, aceptando como único criterio moral para el ejercicio de las propias funciones lo establecido por las mismas leyes. De este modo, la responsabilidad de la persona se delega a la ley civil, abdicando de la propia conciencia moral al menos en el ámbito de la acción pública.

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

Volvamos a leer la Encíclica «Evangelium Vitae»


“El aborto representa un drama ante el cual los cristianos no pueden permanecer sin reaccionar y sin defender con firmeza el respeto a la vida” (Juan Pablo II, 10 de noviembre de 1989)

Si la promoción del propio yo se entiende en términos de autonomía absoluta, se llega inevitablemente a la negación del otro, considerado como enemigo de quien defenderse. De este modo la sociedad se convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero sin vínculos recíprocos: cada cual quiere afirmarse independientemente de los demás, incluso haciendo prevalecer sus intereses. Sin embargo, frente a los intereses análogos de los otros, se ve obligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entonces todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la vida.

Es lo que de hecho sucede también en el ámbito más propiamente político o estatal: el derecho originario e inalienable a la vida se pone en discusión o se niega sobre la base de un voto parlamentario o de la voluntad de una parte -aunque sea mayoritaria- de la población. Es el resultado nefasto de un relativismo que predomina incontrovertible: el “derecho” deja de ser tal porque no está ya fundamentado sólidamente en la inviolable dignidad de la persona, sino que queda sometido a la voluntad del más fuerte. De este modo la democracia, a pesar de sus reglas, va por un camino de totalitarismo fundamental. El Estado deja de ser la “casa común” donde todos pueden vivir según los principios de igualdad fundamental, y se transforma en Estado tirano, que presume de poder disponer de la vida de los más débiles e indefensos, desde el niño aún no nacido hasta el anciano, en nombre de una utilidad pública que no es otra cosa, en realidad, que el interés de algunos. Parece que todo acontece en el más firme respeto de la legalidad, al menos cuando las leyes que permiten el aborto o la eutanasia son votadas según las, así llamadas, reglas democráticas. Pero en realidad estamos sólo ante una trágica apariencia de legalidad, donde el ideal democrático, que es verdaderamente tal cuando reconoce y tutela la dignidad de toda persona humana, es traicionado en sus mismas bases: ¿Cómo es posible hablar todavía de dignidad de toda persona humana, cuando se permite matar a la más débil e inocente? ¿En nombre de qué justicia se realiza la más injusta de las discriminaciones entre las personas, declarando a algunas dignas de ser defendidas, mientras a otras se niega esta dignidad? Cuando se verifican estas condiciones, se han introducido ya los dinamismos que llevan a la disolución de una auténtica convivencia humana y a la disgregación de la misma realidad establecida.

Reivindicar el derecho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atribuir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo” (Jn 8, 34).

Son responsables los médicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida. Pero la responsabilidad implica también a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto y, en la medida en que haya dependido de ellos, los administradores de las estructuras sanitarias utilizadas para practicar abortos.

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

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