Acuérdate de nosotros, bienaventurado san José


Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión.

Ello se realizó de un modo eminente en la persona de san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, que fue elegido por el Padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más preciados tesoros, a saber, de su Hijo y de su esposa; cargo que él cumplió con absoluta fidelidad. Por esto el Señor le dice: Bien, siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor.

Si miramos la relación que tiene José con toda la Iglesia, ¿no es éste el hombre especialmente elegido, por el cual y bajo el cual Cristo fue introducido en el mundo de un modo regular y honesto? Por tanto, si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a san José, después de ella, una especial gratitud y reverencia.

Él, en efecto, cierra el antiguo Testamento, ya que en él la dignidad patriarcal y profética alcanza el fruto prometido. Además, él es el único que poseyó corporalmente lo que la condescendencia divina había prometido a los patriarcas y a los profetas.

Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el cielo; al contrario, la ha colmado y consumado.

Por esto, no sin razón añade el Señor: Pasa al banquete de tu Señor. Pues, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decirle: Pasa al banquete, para insinuar de un modo misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo infinito.

Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por siglos infinitos. Amén.

Fuente: De los Sermones de san Bernardino de Siena, presbítero

La meditación de la Pasión mueve a la compasión


¡Todo el país desolado, y nadie se detuvo a pensarlo! La causa de todos nuestros males se halla en la ausencia de meditación y de reflexión: de aquí se origina todo desorden moral. Y se desconoce lo más elemental: porque se olvidan los abundantes beneficios recibidos de Dios, y son escasos los que dedican su tiempo a la contemplación de los acerbísimos sufrimientos que Cristo padeció por nosotros. Se descuida el cumplimiento del deber y no se ponen los medios suficientes para alejar los continuos peligros que nos acechan durante nuestra existencia. El mundo está lleno de maldad y con razón se queja Jeremías: Todo el país desolado.

¿Puede existir algún remedio a tanto mal? Una medicina quisiera proponer a los prelados, párrocos, sacerdotes y restantes ministros de Dios, y que remediaría en gran manera muchos males: me refiero al piadoso ejercicio del Vía crucis. Si se propagase esta laudable costumbre en las parroquias, en las iglesias, empleando los recursos de una sabia pastoral y el celo por las almas, los sacerdotes pronto encontrarían remedio eficaz para contrarrestar los vicios y mejorar las costumbres, puesto que muchos se verán movidos a obrar bien, al recordar los dolores y el amor de Jesucristo. ¡Cuántos frutos proporcionaría a las almas la asidua meditación de la acerbísíma pasión de Cristo! ¡Cómo excitaría a la contrición del corazón, cuánta fortaleza de espíritu les comunicaría! La experiencia en el apostolado me ha enseñado que muchas almas han progresado rápidamente por las vías intrincadas de la perfección, cuando han sido constantes en la práctica de este piadoso ejercicio.

Porque el Vía crucis es antídoto contra el vicio, aplaca la concupiscencia, empuja a la consecución de la virtud y eleva el espíritu a encumbradas metas de santificación. En verdad, representando al vivo en nuestra mente las escenas dolorosas que recorrió el Hijo de Dios en la pasión, como si se grabaran en lo hondo del alma, apenas habrá quien no aborrezca para siempre la fealdad del pecado frente a irradiación tan luminosa, y también se verá constreñido a amar tanto amor. No sería poco que, al menos, ante las adversidades de la vida, tan frecuentes, se supiera afrontarlas con generosidad de ánimo, viéndole padecer a Él.

Fuente: De una Exhortación sobre el Vía crucis, de san Leonardo de Porto Maurizio, presbítero

Cristo Crucificado es nuestra Gloria y orgullo


La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es origen de nuestra esperanza en la gloria y nos enseña a sufrir. En efecto, ¿qué hay que no puedan esperar de la bondad divina los corazones de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, eterno como el Padre, tuvo en poco el hacerse hombre, naciendo del linaje humano, y quiso además morir de manos de los hombres, que él había creado?

Mucho es lo que Dios nos promete; pero es mucho más lo que recordamos que ha hecho ya por nosotros.

¿Dónde estábamos o qué éramos, cuando Cristo murió por nosotros, pecadores? ¿Quién dudará que el Señor ha de dar la vida a sus santos, siendo así que les dio su misma muerte? ¿Por qué vacila la fragilidad humana en creer que los hombres vivirán con Dios en el futuro?

Mucho más increíble es lo que ha sido ya realizado: que Dios ha muerto por los hombres.

¿Quién es, en efecto, Cristo, sino aquella Palabra que existía al comienzo de las cosas, que estaba con Dios y que era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Es que, si no hubiese tomado de nosotros carne mortal, no hubiera podido morir por nosotros. De este modo el que era inmortal pudo morir, de este modo quiso darnos la vida a nosotros, los mortales; y ello para hacernos partícipes de su ser, después de haberse hecho él partícipe del nuestro. Pues, del mismo modo que no había en nosotros principio de vida, así no había en él principio de muerte. Admirable intercambio, pues, el que realizó con esta recíproca participación: de nosotros asumió la mortalidad, de él recibimos la vida.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzamos de la muerte del Señor, nuestro Dios, sino, al contrario, debemos poner en ella toda nuestra confianza y toda nuestra gloria, ya que al tomar de nosotros la mortalidad, cual la encontró en nosotros, nos ofreció la máxima garantía de que nos daría la vida, que no podemos tener por nosotros mismos. Pues quien tanto nos amó, hasta el grado de sufrir el castigo que merecían nuestros pecados, siendo él mismo inocente, ¿cómo va ahora a negarnos, él, que nos ha justificado, lo que con esa justificación nos ha merecido? ¿Cómo no va a dar el que es veraz en sus promesas el premio a sus santos, él, que, sin culpa alguna, soportó el castigo de los pecadores?

Así pues, hermanos, reconozcamos animosamente, mejor aún, proclamemos que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo no con temor sino con gozo, no con vergüenza sino con orgullo.

El apóstol Pablo se dio cuenta de este título de gloria y lo hizo prevalecer. Él, que podía mencionar muchas cosas grandes y divinas de Cristo, no dijo que se gloriaba en estas grandezas de Cristo -por ejemplo, en que es Dios junto con el Padre, en que creó el mundo, en que, incluso siendo hombre como nosotros, manifestó su dominio sobre el mundo-, sino: En cuanto a mí -dice-, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: De los Sermones de san Agustín, obispo

Domingo de Ramos


Venid, subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación.

Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del cielo para exaltarnos con él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados.

Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará -dice la Escritura-, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa.

Corramos, pues, con el que se dirige con presteza a la pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo, tapices, mantos y ramas de palmera, sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humillado al máximo, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener.

Alegrémonos, por tanto, de que se nos haya mostrado con tanta mansedumbre aquel que es manso y que sube sobre el ocaso de nuestra pequeñez, a tal extremo, que vino y convivió con nosotros, para elevarnos hasta sí mismo, haciéndose de nuestra familia.

Dice el salmo: Subió a lo más alto de los cielos, hacia oriente (hacia su propia gloria y divinidad, interpreto yo), con las primicias de nuestra naturaleza, hasta la cual se había abajado, impregnándose de ella; sin embargo, no por ello abandona su inclinación hacia el género humano, sino que seguirá cuidando de él para irlo elevando de gloria en gloria, desde lo ínfimo de la tierra, hasta hacerlo partícipe de su propia sublimidad.

Así, pues, en vez de unas túnicas o unos ramos inanimados, en vez de unas ramas de arbustos, que pronto pierden su verdor y que por poco tiempo recrean la mirada, pongámonos nosotros mismos bajo los pies de Cristo, revestidos de su gracia, mejor aún, de toda su persona, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo; extendámonos tendidos a sus pies, a manera de túnicas.

Nosotros, que antes éramos como escarlata por la inmundicia de nuestros pecados, pero que después nos hemos vuelto blancos como la nieve con el baño saludable del bautismo, ofrezcamos al vencedor de la muerte no ya ramas de palmera, sino el botín de su victoria, que somos nosotros mismos.

Aclamémoslo también nosotros, como hacían los niños, agitando los ramos espirituales del alma y diciéndole un día y otro: Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel.

Fuente: De las Disertaciones de San Andrés de Creta, obispo

San José, hombre de oración, Terror de los demonios


También el trabajo de carpintero en la casa de Nazaret está envuelto por el mismo clima de silencio que acompaña todo lo relacionado con la figura de José. Pero es un silencio que descubre de modo especial el perfil interior de esta figura. Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José “hizo”; sin embargo permiten descubrir en sus “acciones” -ocultas por el silencio- un clima de profunda contemplación. José estaba en contacto cotidiano con el misterio “escondido desde siglos”, que “puso su morada” bajo el techo de su casa. Esto explica, por ejemplo, por qué Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo, se hizo promotora de la renovación del culto a san José en la cristiandad occidental.

El sacrificio total, que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra una razón adecuada “en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza -propia de las almas sencillas y limpias- para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal que la constituye y alimenta”.

Esta sumisión a Dios, que es disponibilidad de ánimo para dedicarse a las cosas que se refieren a su servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción, la cual constituye una de las expresiones de la virtud de la religión.

La comunión de vida entre José y Jesús nos lleva todavía a considerar el misterio de la encarnación precisamente bajo al aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de la divinidad en orden a la santificación de los hombres: “En virtud de la divinidad, las acciones humanas de Cristo fueron salvíficas para nosotros, produciendo en nosotros la gracia tanto por razón del mérito, como por una cierta eficacia”.

Entre estas acciones los Evangelistas resaltan las relativas al misterio pascual, pero tampoco olvidan subrayar la importancia del contacto físico con Jesús en orden a la curación (cf., Mc 1, 41) y el influjo ejercido por él sobre Juan Bautista, cuando ambos estaban aún en el seno materno (cf. Lc 1, 41-44).

El testimonio apostólico no ha olvidado -como hemos visto- la narración del nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación en el templo, la huida a Egipto y la vida oculta en Nazaret, por el “misterio” de gracia contenido en tales “gestos” , todos ellos salvíficos, al ser partícipes de la misma fuente de amor: la divinidad de Cristo. Si este amor se irradiaba a todos los hombres, a través de la humanidad de Cristo, los beneficiados en primer lugar eran ciertamente: María, su madre, y su padre putativo, José, a quienes la voluntad divina había colocado en su estrecha intimidad.

Puesto que el amor “paterno” de José no podía dejar de influir en el amor “filial” de Jesús y, viceversa, el amor “filial” de Jesús no podía dejar de influir en el amor “paterno” de José, ¿cómo adentrarnos en la profundidad de esta relación singularísima? Las almas más sensibles a los impulsos del amor divino ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida interior.

Además, la aparente tensión entre la vida activa y la contemplativa encuentra en él una superación ideal, cosa posible en quien posee la perfección de la caridad. Según la conocida distinción entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis), podemos decir que José ha experimentado tanto el amor a la verdad, esto es, el puro amor de contemplación de la Verdad divina que irradiaba de la humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, esto es, el amor igualmente puro del servicio, requerido por la tutela y por el desarrollo de aquella misma humanidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Testigo de la Pasión de su Hijo


Es ante todo consolador -como es evangélica e históricamente exacto- notar que al lado de Cristo, en primerísimo y muy destacado lugar junto a Él está siempre su Madre Santísima por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento. En Ella los numerosos e intensos sufrimientos se acumularon en una tal conexión y relación, que si bien fueron prueba de su fe inquebrantable, fueron también una contribución a la redención de todos. En realidad, desde el antiguo coloquio tenido con el ángel, Ella entrevé en su misión de madre el “destino” a compartir de manera única e irrepetible la misión misma del Hijo. Y la confirmación de ello le vino bastante pronto, tanto de los acontecimientos que acompañaron el nacimiento de Jesús en Belén, cuanto del anuncio formal del anciano Simeón, que habló de una espada muy aguda que le traspasaría el alma, así como de las ansias y estrecheces de la fuga precipitada a Egipto, provocada por la cruel decisión de Herodes.

Más aún, después de los acontecimientos de la vida oculta y pública de su Hijo, indudablemente compartidos por Ella con aguda sensibilidad, fue en el Calvario donde el sufrimiento de María Santísima, junto al de Jesús, alcanzó un vértice ya difícilmente imaginable en su profundidad desde el punto de vista humano, pero ciertamente misterioso y sobrenaturalmente fecundo para los fines de la salvación universal. Su subida al Calvario, su “estar” a los pies de la cruz junto con el discípulo amado, fueron una participación del todo especial en la muerte redentora del Hijo, como por otra parte las palabras que pudo escuchar de sus labios, fueron como una entrega solemne de este típico Evangelio que hay que anunciar a toda la comunidad de los creyentes.

Testigo de la pasión de su Hijo con su presencia y partícipe de la misma con su compasión, María Santísima ofreció una aportación singular al Evangelio del sufrimiento, realizando por adelantado la expresión paulina citada al comienzo. Ciertamente Ella tiene títulos especialísimos para poder afirmar lo de completar en su carne -como también en su corazón- lo que falta a la pasión de Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta apostólica Salvifici doloris

Venerar el inviolable derecho a la vida


Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre: te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras! (Salmo 139, 13-14)

El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo.

La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios, encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros derechos de la persona.

En la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión, tanto más necesaria cuanto más dominante se hace una “cultura de muerte”. En efecto, “la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel “Sí”, de aquel “Amén” que es Cristo mismo (cf. 2 Co 1, 19; Ap 3, 14). Frente al “no” que invade y aflige al mundo, pone este “Sí” viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida”. Corresponde a los fieles laicos que más directamente o por vocación o profesión están implicados en acoger la vida, el hacer concreto y eficaz el “sí” de la Iglesia a la vida humana.

Con el enorme desarrollo de las ciencias biológicas y médicas, junto al sorprendente poder tecnológico, se han abierto en nuestros días nuevas posibilidades y responsabilidades en la frontera de la vida humana. En efecto, el hombre se ha hecho capaz no sólo de “observar”, sino también de “manipular” la vida humana en su mismo inicio o en sus primeras etapas de desarrollo.

La conciencia moral de la humanidad no puede permanecer extraña o indiferente frente a los pasos gigantescos realizados por una potencia tecnológica, que adquiere un dominio cada vez más dilatado y profundo sobre los dinamismos que rigen la procreación y las primeras fases de desarrollo de la vida humana. En este campo y quizás nunca como hoy, la sabiduría se presenta como la única tabla de salvación, para que el hombre, tanto en la investigación científica teórica como en la aplicada, pueda actuar siempre con inteligencia y con amor; es decir, respetando, todavía más, venerando la inviolable dignidad personal de todo ser humano, desde el primer momento de su existencia. Esto ocurre cuando la ciencia y la técnica se comprometen, con medios lícitos, en la defensa de la vida y en la curación de las enfermedades desde los comienzos, rechazando en cambio -por la dignidad misma de la investigación- intervenciones que resultan alteradoras del patrimonio genético del individuo y de la generación humana.

Los fieles laicos, comprometidos por motivos varios y a diverso nivel en el campo de la ciencia y de la técnica, como también en el ámbito médico, social, legislativo y económico deben aceptar valientemente los “desafíos” planteados por los nuevos problemas de la bioética. Los cristianos han de ejercitar su responsabilidad como dueños de la ciencia y de la tecnología, no como siervos de ella. Ante la perspectiva de esos “desafíos” morales, que están a punto de ser provocados por la nueva e inmensa potencia tecnológica, y que ponen en peligro no sólo los derechos fundamentales de los hombres sino la misma esencia biológica de la especie humana, es de máxima importancia que los laicos cristianos -con la ayuda de toda la Iglesia- asuman la responsabilidad de hacer volver la cultura a los principios de un auténtico humanismo, con el fin de que la promoción y la defensa de los derechos humanos puedan encontrar fundamento dinámico y seguro en la misma esencia del hombre, aquella esencia que la predicación evangélica ha revelado a los hombres.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laicis

Custodio del Redentor


“José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).

En estas palabras se halla el núcleo central de la verdad bíblica sobre san José, el momento de su existencia al que se refieren particularmente los Padres de la Iglesia.

El Evangelista Mateo explica el significado de este momento, delineando también como José lo ha vivido. Sin embargo, para comprender plenamente el contenido y el contexto, es importante tener presente el texto paralelo del Evangelio de Lucas. En efecto, en relación con el versículo que dice: “La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 18), el origen de la gestación de María “por obra del Espíritu Santo” encuentra una descripción más amplia y explícita en el versículo que se lee en Lucas sobre la anunciación del nacimiento de Jesús: “Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1, 26-27). Las palabras del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28), provocaron una turbación interior en María y, a la vez, le llevaron a la reflexión. Entonces el mensajero tranquiliza a la Virgen y, al mismo tiempo, le revela el designio especial de Dios referente a ella misma: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1, 30-32).

El evangelista había afirmado poco antes que, en el momento de la anunciación, María estaba “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David”. La naturaleza de este “desposorio” es explicada indirectamente, cuando María, después de haber escuchado lo que el mensajero había dicho sobre el nacimiento del hijo, pregunta: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Entonces le llega esta respuesta: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). María, si bien ya estaba “desposada” con José, permanecerá virgen, porque el niño, concebido en su seno desde la anunciación, había sido concebido por obra del Espíritu Santo.

En este punto el texto de Lucas coincide con el de Mateo 1, 18 y sirve para explicar lo que en él se lee. Si María, después del desposorio con José, se halló “encinta por obra del Espíritu Santo”, este hecho corresponde a todo el contenido de la anunciación y, de modo particular, a las últimas palabras pronunciadas por María: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Respondiendo al claro designio de Dios, María con el paso de los días y de las semanas se manifiesta ante la gente y ante José “encinta”, como aquella que debe dar a luz y lleva consigo el misterio de la maternidad.

A la vista de esto “su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto” (Mt 1, 19), pues no sabía cómo comportarse ante la “sorprendente” maternidad de María. Ciertamente buscaba una respuesta a la inquietante pregunta, pero, sobre todo, buscaba una salida a aquella situación tan difícil para él. Por tanto, cuando reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).

Existe una profunda analogía entre la “anunciación” del texto de Mateo y la del texto de Lucas. El mensajero divino introduce a José en el misterio de la maternidad de María. La que según la ley es su “esposa”, permaneciendo virgen, se ha convertido en madre por obra del Espíritu Santo. Y cuando el Hijo, llevado en el seno por María, venga al mundo, recibirá el nombre de Jesús. Era éste un nombre conocido entre los israelitas y, a veces, se ponía a los hijos. En este caso, sin embargo, se trata del Hijo que, según la promesa divina, cumplirá plenamente el significado de este nombre: Jesús-Yehošua', que significa, Dios salva.

El mensajero se dirige a José como al “esposo de María”, aquel que, a su debido tiempo, tendrá que imponer ese nombre al Hijo que nacerá de la Virgen de Nazaret, desposada con él. El mensajero se dirige, por tanto, a José confiándole la tarea de un padre terreno respecto al Hijo de María.

“Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24). Él la tomó en todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el Hijo que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo, demostrando de tal modo una disponibilidad de voluntad, semejante a la de María, en orden a lo que Dios le pedía por medio de su mensajero.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

José fidelísimo, Casto guardián de la Virgen


En la liturgia se celebra a María como “unida a José, el hombre justo, por un estrechísimo y virginal vínculo de amor”. Se trata, en efecto, de dos amores que representan conjuntamente el misterio de la Iglesia, virgen y esposa, la cual encuentra en el matrimonio de María y José su propio símbolo. “La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo”, que es comunión de amor entre Dios y los hombres.

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole “don esponsal de sí”. Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.

Por otra parte, es precisamente del matrimonio con María del que derivan para José su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús. “Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad -al que de por sí va unida la comunión de bienes- se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella”.

Este vínculo de caridad constituyó la vida de la Sagrada Familia, primero en la pobreza de Belén, luego en el exilio en Egipto y, sucesivamente, en Nazaret. La Iglesia rodea de profunda veneración a esta Familia, proponiéndola como modelo para todas las familias. La Familia de Nazaret, inserta directamente en el misterio de la encarnación, constituye un misterio especial. Y -al igual que en la encarnación- a este misterio pertenece también una verdadera paternidad: la forma humana de la familia del Hijo de Dios, verdadera familia humana formada por el misterio divino. En esta familia José es el padre: no es la suya una paternidad derivada de la generación; y, sin embargo, no es “aparente” o solamente “sustitutiva”, sino que posee plenamente la autenticidad de la paternidad humana y de la misión paterna en la familia. En ello está contenida una consecuencia de la unión hipostática: la humanidad asumida en la unidad de la Persona divina del Verbo-Hijo, Jesucristo. Junto con la asunción de la humanidad, en Cristo está también “asumido” todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra. En este contexto está también “asumida” la paternidad humana de José.

En base a este principio adquieren su justo significado las palabras de María a Jesús en el templo: “Tu padre y yo... te buscábamos”. Esta no es una frase convencional; las palabras de la Madre de Jesús indican toda la realidad de la encarnación, que pertenece al misterio de la Familia de Nazaret. José, que desde el principio aceptó mediante la “obediencia de la fe” su paternidad humana respecto a Jesús, siguiendo la luz del Espíritu Santo, que mediante la fe se da al hombre, descubría ciertamente cada vez más el don inefable de su paternidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

San José, esposo de santa María Virgen


Dios, dirigiéndose a José con las palabras del ángel, se dirige a él al ser el esposo de la Virgen de Nazaret. Lo que se ha cumplido en ella por obra del Espíritu Santo expresa al mismo tiempo una especial confirmación del vínculo esponsal, existente ya antes entre José y María. El mensajero dice claramente a José: “No temas tomar contigo a María tu mujer”. Por tanto, lo que había tenido lugar antes -esto es, sus desposorios con María- había sucedido por voluntad de Dios y, consiguientemente, había que conservarlo. En su maternidad divina María ha de continuar viviendo como “una virgen, esposa de un esposo” (cf. Lc 1, 27).

En las palabras de la “anunciación” nocturna, José escucha no sólo la verdad divina acerca de la inefable vocación de su esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su propia vocación. Este hombre “justo”, que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor.

“José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24); lo que en ella había sido engendrado “es del Espíritu Santo”. A la vista de estas expresiones, ¿no habrá que concluir que también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu Santo? ¿No habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido derramado en el corazón humano por medio del Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5) configura de modo perfecto el amor humano? Este amor de Dios forma también -y de modo muy singular- el amor esponsal de los cónyuges, profundizando en él todo lo que tiene de humanamente digno y bello, lo que lleva el signo del abandono exclusivo, de la alianza de las personas y de la comunión auténtica a ejemplo del Misterio trinitario.

“José... tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo” (Mt 1, 24-25). Estas palabras indican también otra proximidad esponsal. La profundidad de esta proximidad, es decir, la intensidad espiritual de la unión y del contacto entre personas -entre el hombre y la mujer- proviene en definitiva del Espíritu Santo, que da la vida (cf. Jn 6, 63). José, obediente al Espíritu, encontró justamente en El la fuente del amor, de su amor esponsal de hombre, y este amor fue más grande que el que aquel “varón justo” podía esperarse según la medida del propio corazón humano.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Elevación de la mente a Cristo Salvador


Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la última cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso, y por tu amor lo diste a los apóstoles como memorial de tu dignísima pasión, y les lavaste los pies con tus santas manos preciosas, mostrando así humildemente tu máxima humildad.

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y la muerte hizo que tu cuerpo inocente sudara sangre, sin que ello fuera obstáculo para llevar a término tu designio de redimirnos, mostrando así de manera bien clara tu caridad para con el género humano.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que fuiste llevado ante Caifás, y tú, que eres el juez de todos, permitiste humildemente ser entregado a Pilato para ser juzgado por él.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello.

Alabanza a ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste ligar a la columna para ser cruelmente flagelado, que permitiste que te llevaran ante el tribunal de Pilato cubierto de sangre, apareciendo a la vista de todos como el Cordero inocente.

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, que, con todo tu glorioso cuerpo ensangrentado, fuiste condenado a muerte de cruz, cargaste sobre tus sagrados hombros el madero, fuiste llevado inhumanamente al lugar del suplicio despojado de tus vestiduras, y así quisiste ser clavado en la cruz.

Honor para siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que en medio de tales angustias, te dignaste mirar con amor a tu dignísima madre, que nunca pecó ni consintió jamás la más leve falta; y, para consolarla, la confiaste a tu discípulo para que cuidara de ella con toda fidelidad.

Bendito seas por siempre, mi Señor Jesucristo, que cuando estabas agonizando, diste a todos los pecadores la esperanza del perdón, al prometer misericordiosamente la gloria del paraíso al ladrón arrepentido.

Alabanza eterna a ti, mi Señor Jesucristo, por todos y cada uno de los momentos que, en la cruz, sufriste las mayores amarguras y angustias por nosotros, pecadores; porque los dolores agudísimos procedentes de tus heridas penetraban intensamente en tu alma bienaventurada y atravesaban cruelmente tu corazón sagrado, hasta que dejó de latir y exhalaste el espíritu e, inclinando la cabeza, lo encomendaste humildemente a Dios, tu Padre, quedando tu cuerpo invadido por la rigidez de muerte.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que con tu sangre preciosa y tu muerte sagrada redimiste las almas y, por tu misericordia, las llevaste del destierro a la vida eterna.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que, por nuestra salvación, permitiste que tu costado y tu corazón fueran atravesados por la lanza y, para redimirnos, hiciste que de él brotara con abundancia tu sangre preciosa mezclada con agua.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, porque quisiste que tu cuerpo bendito fuera bajado de la cruz por tus amigos y reclinado en los brazos de tu afligidísima madre, que ella lo envolviera en lienzos y fuera enterrado en el sepulcro, permitiendo que unos soldados montaran guardia.

Honor por siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que enviaste el Espíritu Santo a los corazones de los discípulos y aumentaste en sus almas el inmenso amor divino.

Bendito seas tú, glorificado y alabado por los siglos, Señor Jesús, que estás sentado sobre el trono en tu reino de los cielos, en la gloria de tu divinidad, viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste de la carne de la Virgen. Y así has de venir el día del juicio a juzgar a las almas de todos los vivos y los muertos: tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: De las oraciones atribuidas a santa Brígida

El varón justo


Durante su vida, que fue una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel a la llamada de Dios hasta el final. La vida de ella fue el cumplimiento hasta sus últimas consecuencias de aquel primer “fiat” pronunciado en el momento de la anunciación mientras que José -como ya se ha dicho- en el momento de su “anunciación” no pronunció palabra alguna. Simplemente él “hizo como el ángel del Señor le había mandado” (Mt 1, 24). Y este primer “hizo” es el comienzo del “camino de José”. A lo largo de este camino, los Evangelios no citan ninguna palabra dicha por él. Pero el silencio de José posee una especial elocuencia: gracias a este silencio se puede leer plenamente la verdad contenida en el juicio que de él da el Evangelio: el “justo” (Mt 1, 19).

Hace falta saber leer esta verdad, porque ella contiene uno de los testimonios más importantes acerca del hombre y de su vocación. En el transcurso de las generaciones la Iglesia lee, de modo siempre atento y consciente, dicho testimonio, casi como si sacase del tesoro de esta figura insigne “lo nuevo y lo viejo” (Mt 13, 52).

El varón “justo” de Nazaret posee ante todo las características propias del esposo. El Evangelista habla de María como de “una virgen desposada con un hombre llamado José” (Lc 1, 27). Antes de que comience a cumplirse “el misterio escondido desde siglos” (Ef 3, 9) los Evangelios ponen ante nuestros ojos la imagen del esposo y de la esposa. Según la costumbre del pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba en dos etapas: primero se celebraba el matrimonio legal (verdadero matrimonio) y, sólo después de un cierto período, el esposo introducía en su casa a la esposa. Antes de vivir con María, José era, por tanto, su “esposo”; pero María conservaba en su intimidad el deseo de entregarse a Dios de modo exclusivo. Se podría preguntar cómo se concilia este deseo con el “matrimonio”. La respuesta viene sólo del desarrollo de los acontecimientos salvíficos, esto es, de la especial intervención de Dios. Desde el momento de la anunciación, María sabe que debe llevar a cabo su deseo virginal de darse a Dios de modo exclusivo y total precisamente por el hecho de llegar a ser la madre del Hijo de Dios. La maternidad por obra del Espíritu Santo es la forma de donación que el mismo Dios espera de la Virgen, “esposa prometida” de José. María pronuncia su “fiat”.

El hecho de ser ella la “esposa prometida” de José está contenido en el designio mismo de Dios.

Así lo indican los dos Evangelistas citados, pero de modo particular Mateo. Son muy significativas las palabras dichas a José: “No temas en tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Estas palabras explican el misterio de la esposa de José: María es virgen en su maternidad. En ella el “Hijo del Altísimo” asume un cuerpo humano y viene a ser “el Hijo del hombre”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Esposo de la Santísima Virgen y Patrono de la Iglesia Católica


Padre y protector de los fieles, glorioso San José: bendecimos a nuestra santa madre la Iglesia que, en el declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos pasaron sin que tus grandezas fuesen manifiestas; pero tú has sido en el cielo uno de los más poderosos intercesores del género humano. Jefe de la sagrada familia, de la cual Dios era miembro, sigues ejerciendo tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción oculta se hacía sentir en la salvación de los pueblos y de los particulares; mas la tierra experimentaba tu ayuda, sin haber aún instituido, para reconocerla, los homenajes que hoy te ofrece. Un conocimiento mejor entendido de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu patrocinio, sobre todas nuestras necesidades, estaba reservado a estos desventurados tiempos, cuando el estado del mundo, en situación desesperada, invoca los socorros que no fueron revelados a los tiempos precedentes. Nosotros venimos, pues, a tus plantas, ¡oh José! para rendir homenaje en ti a un poder de intercesión que no conoce límites, a una bondad que abraza todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

Ninguna de nuestras necesidades es ajena a tu conocimiento y a tu poder; los menores hijos de la Iglesia tienen derecho a recurrir a ti de día y de noche, seguros de encontrar en ti la acogida de un padre tierno y complaciente. Nosotros no lo olvidamos, ¡oh José!, te pedimos que nos ayudes en la adquisición de las virtudes, de las que Dios quiere que esté adornada nuestra alma, en los combates que tenemos que tener con nuestro enemigo, en los sacrificios que estamos obligados a hacer con frecuencia. Haznos dignos de ser llamados hijos tuyos, ¡oh tú, Padre de los fieles! Mas tu soberano poder no se ejerce solamente en los intereses de la vida futura; la experiencia de todos los días, muestra cuán poderoso es tu socorro para obtener la protección celestial en las cosas temporales, mientras nuestros deseos no son contrarios a los designios de Dios. Osamos, pues, depositar en tus manos nuestros intereses de este mundo, nuestras esperanzas, nuestros deseos y nuestros temores. Te fue confiado el cuidado de la casa de Nazaret; sé el consejero y ayuda de todos los que abandonan en tus manos sus quehaceres temporales.

Augusto jefe de la sagrada familia: la familia cristiana está bajo tu cuidado especial; vela sobre ella en estos tiempos calamitosos. Responde favorablemente a aquellos que se dirigen a ti en esos momentos solemnes, cuando tienen que escoger la ayuda con la que tienen que pasar esta vida y preparar el camino para otra mejor. Mantén entre los esposos la dignidad y el respeto mutuo que son la salvaguardia del honor conyugal; obténles la fecundidad, muestra de celestiales bendiciones. Tus devotos oh José, aborrezcan esos infames cálculos que socaban lo que hay de más santo, atraen la maldición divina sobre las razas y amenazan a la sociedad con una ruina moral y material a la vez. Disipa los prejuicios tan vergonzosos como culpables; haz que vuelva al honor esta santa conciencia, cuya estima deben conservar siempre los esposos cristianos, y a la cual están obligados a rendir homenaje, so pena de ser como paganos, de los que dijo el Apóstol, “que seguían sus apetitos porque no conocían a Dios”.

¡Oh glorioso San José! Existe en nuestra vida un momento supremo, momento decisivo para toda la eternidad: el momento de la muerte. Sin embargo de eso, al examinarnos, nos sentimos con menos inquietudes, sabiendo que la divina bondad lo ha hecho uno de los principales objetos de tu soberano poder. Has sido investido de misericordioso cuidado para facilitar al cristiano que espera de ti, la ayuda para la eternidad. A ti, oh José, nos debemos dirigir para alcanzar una buena muerte. Esta prerrogativa debía reservársete a ti, cuya muerte feliz, entre los brazos de Jesús y de María, fue la admiración del cielo y uno de los más sublimes espectáculos que ha ofrecido la tierra. Sé, pues, nuestro recurso, oh José, en este solemne y último instante de la vida terrena. Confiamos en María, a la que rogamos cada día, que nos sea propicia en la hora de nuestra partida; mas sabemos que María se alegra de la confianza que nosotros tenemos en ti y que, donde estás tú, ella también se digna estar igualmente. Fortalecidos por la esperanza de tu paternal bondad, oh José, esperamos tranquilos la hora decisiva, porque sabemos que, si somos fieles en pedírtela, tu ayuda nos está asegurada.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Celoso defensor de Cristo y Gloria de la vida doméstica


Después de la presentación en el templo el evangelista Lucas hace notar: “Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2, 39-40).

Pero, según el texto de Mateo, antes de este regreso a Galilea, hay que situar un acontecimiento muy importante, para el que la Providencia divina recurre nuevamente a José. Leemos: “Después que ellos (los Magos) se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar el niño para matarle” (Mt 2, 13). Con ocasión de la venida de los Magos de Oriente, Herodes supo del nacimiento del “rey de los judíos” (Mt 2, 2). Y cuando partieron los Magos él “envió a matar a todos los niños de Belén y de toda la comarca, de dos años para abajo” (Mt 2, 16). De este modo, matando a todos, quería matar a aquel recién nacido “rey de los judíos”, de quien había tenido conocimiento durante la visita de los magos a su corte. Entonces José, habiendo sido advertido en sueños, “tomó al niño y a su madre y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: “De Egipto llamé a mi hijo” (Mt 2, 14-15; cf. Os 11, 1).

De este modo, el camino de regreso de Jesús desde Belén a Nazaret pasó a través de Egipto. Así como Israel había tomado la vía del éxodo “en condición de esclavitud” para iniciar la Antigua Alianza, José, depositario y cooperador del misterio providencial de Dios, custodia también en el exilio a aquel que realiza la Nueva Alianza.

Jesús en el templo

Desde el momento de la anunciación, José, junto con María, se encontró en cierto sentido en la intimidad del misterio escondido desde siglos en Dios, y que se encarnó: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su morada entre nosotros” (Jn 1, 14). El habitó entre los hombres, y el ámbito de su morada fue la Sagrada Familia de Nazaret, una de tantas familias de esta aldea de Galilea, una de tantas familias de Israel. Allí Jesús “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él” (Lc 2, 40). Los Evangelios compendian en pocas palabras el largo período de la vida “oculta”, durante el cual Jesús se preparaba a su misión mesiánica. Un solo episodio se sustrae a este “ocultamiento”, que es descrito en el Evangelio de Lucas: la Pascua de Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años.

Jesús participó en esta fiesta como joven peregrino junto con María y José. Y he aquí que “pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres” (Lc 2, 43). Pasado un día se dieron cuenta e iniciaron la búsqueda entre los parientes y conocidos: “Al cabo de tres días, lo encontraron en el templo sentado en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles. Todos los que le oían estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas” (Lc 2, 46-47). María le pregunta: “Hijo ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando” (Lc 2, 48). La respuesta de Jesús fue tal que “ellos no comprendieron”. Él les había dicho: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme en las cosas de mi Padre?” (Lc 2, 49-50).

Esta respuesta la oyó José, a quien María se había referido poco antes llamándole “tu padre”. Y así es lo que se decía y pensaba: “Jesús... era, según se creía, hijo de José” (Lc 3, 23). No obstante, la respuesta de Jesús en el templo habría reafirmado en la conciencia del “presunto padre” lo que éste había oído una noche doce años antes: “José... no temas tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Ya desde entonces, él sabía que era depositario del misterio de Dios, y Jesús en el templo evocó exactamente este misterio: “Debo ocuparme en las cosas de mi Padre”.

El mantenimiento y la educación de Jesús en Nazaret

El crecimiento de Jesús “en sabiduría, edad y gracia” (Lc 2, 52) se desarrolla en el ámbito de la Sagrada Familia, a la vista de José, que tenía la alta misión de “criarle” , esto es, alimentar, vestir e instruir a Jesús en la Ley y en un oficio, como corresponde a los deberes propios del padre.

En el sacrificio eucarístico la Iglesia venera ante todo la memoria de la gloriosa siempre Virgen María, pero también la del bienaventurado José porque “alimentó a aquel que los fieles comerían como pan de vida eterna”.

Por su parte, Jesús “vivía sujeto a ellos” (Lc 2, 51), correspondiendo con el respeto a las atenciones de sus “padres”. De esta manera quiso santificar los deberes de la familia y del trabajo que desempeñaba al lado de José.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Jefe de la Sagrada Familia


Dirigiéndose a Belén para el censo, de acuerdo con las disposiciones emanadas por la autoridad legítima, José, respecto al niño, cumplió la tarea importante y significativa de inscribir oficialmente el nombre “Jesús, hijo de José de Nazaret” (cf. Jn 1, 45) en el registro del Imperio. Esta inscripción manifiesta de modo evidente la pertenencia de Jesús al género humano, ciudadano de este mundo, sujeto a las leyes e instituciones civiles, pero también “salvador del mundo”. Orígenes describe acertadamente el significado teológico inherente a este hecho histórico, ciertamente nada marginal: “Dado que el primer censo de toda la tierra acaeció bajo César Augusto y, como todos los demás, también José se hizo registrar junto con María su esposa, que estaba encinta, Jesús nació antes de que el censo se hubiera llevado a cabo; a quien considere esto con profunda atención, le parecerá ver una especie de misterio en el hecho de que en la declaración de toda la tierra debiera ser censado Cristo. De este modo, registrado con todos, podía santificar a todos; inscrito en el censo con toda la tierra, a la tierra ofrecía la comunión consigo; y después de esta declaración escribía a todos los hombres de la tierra en el libro de los vivos, de modo que cuantos hubieran creído en él, fueran luego registrados en el cielo con los Santos de Aquel a quien se debe la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

El nacimiento en Belén

Como depositarios del misterio “escondido desde siglos en Dios” y que empieza a realizarse ante sus ojos “en la plenitud de los tiempos”, José es con María, en la noche de Belén, testigo privilegiado de la venida del Hijo de Dios al mundo. Así lo narra Lucas: “Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento” (Lc 2, 6-7).

José fue testigo ocular de este nacimiento, acaecido en condiciones humanamente humillantes, primer anuncio de aquel “anonadamiento” (Flp 2, 5-8), al que Cristo libremente consintió para redimir los pecados. Al mismo tiempo José fue testigo de la adoración de los pastores, llegados al lugar del nacimiento de Jesús después de que el ángel les había traído esta grande y gozosa nueva (cf. Lc 2, 15-16); más tarde fue también testigo de la adoración de los Magos, venidos de Oriente (cf. Mt 2, 11).

La circuncisión

Siendo la circuncisión del hijo el primer deber religioso del padre, José con este rito (cf. Lc 2, 21) ejercita su derecho-deber respecto a Jesús.

El principio según el cual todos los ritos del Antiguo Testamento son una sombra de la realidad (cf. Heb 9, 9 s.; 10, 1), explica el por qué Jesús los acepta. Como para los otros ritos, también el de la circuncisión halla en Jesús el “cumplimiento”. La Alianza de Dios con Abraham, de la cual la circuncisión era signo (cf. Jn 17, 13), alcanza en Jesús su pleno efecto y su perfecta realización, siendo Jesús el “sí” de todas las antiguas promesas (cf. 2 Cor 1, 20).

La imposición del nombre

En la circuncisión, José impone al niño el nombre de Jesús. Este nombre es el único en el que se halla la salvación (cf. Act 4, 12); y a José le había sido revelado el significado en el instante de su “anunciación”: “Y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Al imponer el nombre, José declara su paternidad legal sobre Jesús y, al proclamar el nombre, proclama también su misión salvadora.

La presentación de Jesús en el templo

Este rito, narrado por Lucas, incluye el rescate del primogénito e ilumina la posterior permanencia de Jesús a los doce años de edad en el templo.

El rescate del primogénito es otro deber del padre, que es cumplido por José. En el primogénito estaba representado el pueblo de la Alianza, rescatado de la esclavitud para pertenecer a Dios. También en esto, Jesús, que es el verdadero “precio” del rescate (cf. 1 Cor 6, 20; 7, 23; 1 Ped 1, 19), no sólo “cumple” el rito del Antiguo Testamento, sino que, al mismo tiempo, lo supera, al no ser él mismo un sujeto de rescate, sino el autor mismo del rescate.

El Evangelista pone de manifiesto que “su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él” (Lc 2, 33), y, de modo particular, de lo dicho por Simeón, en su canto dirigido a Dios, al indicar a Jesús como la “salvación preparada por Dios a la vista de todos los pueblos” y “luz para iluminar a los gentiles y gloria de su pueblo Israel” y, más adelante, también “señal de contradicción” (cf. Lc 2, 30-34).

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Pastor con olor a Cristo


“Porque somos para Dios buen olor de Cristo, entre los que se salvan, y entre los que se pierden”. (2 Cor. 2, 15)

José Gabriel Brochero es un ignaciano criollo con una vitalidad asombrosa y un equilibrio prudente entre el sacerdote en pos de lo eterno y el hombre sensible a las necesidades temporales.

Podemos decir incluso que Brochero se encontró siempre con su sacerdocio, o tal vez mejor, que encontró en el sacerdocio secular o diocesano su lugar adecuado. “Brochero no ha podido ser sino sacerdote”, dice Cárcano con justeza. Así lo vivió, sin dramas ni cuestionamientos, hasta el último día. Tuvo estilo y, como tal, contagió y desbordó.

José Gabriel Brochero dejó huella e hizo escuela. No sólo lo admiraban los hombres de mundo por sus obras. Los sacerdotes y hombres de fe, más allá de sus obras y su chispeante personalidad, veían al sacerdote abnegado y celoso.

“No hemos de olvidar que Brochero fue ante todo y sobre todo un pastor de almas. Si es verdad que le preocuparon los problemas materiales de la región... sin embargo, su constante pensamiento, sus esfuerzos y fatigas, sus largas correrías por montes y por valles, sus frecuentes vigilias, sus palabras, sus acciones, y hasta la original modalidad de su carácter se encaminaron siempre a hacer de sus hijos buenos cristianos, amantes de Dios, guardadores de su ley, honrados y virtuosos”. (Padre Domingo Acevedo)

Sabemos que sólo las obras de Dios perduran en el tiempo. Lo demás, lo puramente humano, queda en el pasado, en la memoria, en la anécdota. Y Brochero trascendió a su muerte y su obra espiritual hoy está viva. Esto no se explica sino porque estamos ante un homo Dei (1 Tim 6, 11), un hombre de Dios.

“Quiero hacer constar que esta religión que se quiere quitar de las escuelas, es la que produce campeones tan esforzados como el Cura Brochero que así moraliza las masas que, con la propaganda y con el ejemplo, construye casas de ejercicios...; que levanta templos; instala colegios monumentales; que construye caminos que faciliten las comunicaciones, procurando así no sólo el bien moral sino el engrandecimiento material de sus feligreses. ¡Y nos han de hablar de liberalismo! ¿Dónde están sus obras? Armados de la piqueta demoledora quieren destruir la obra de siglos y arrancar al hombre el supremo bien de la religión...”. (Luis Santillán Vélez)

San José Gabriel del Rosario Brochero es un arquetipo de sacerdote que, cumpliendo fielmente su misión identificándose plenamente con ella, la hace indivisible del ordenamiento temporal de todas las cosas a Dios. De no separar jamás lo temporal de lo eterno, y de afirmación visible de que nuestra patria sólo se orienta al cielo poniendo a Cristo como centro y a Dios como Principio y Fundamento de todo lo creado.

A todos asombró la magnitud de las obras que emprendía en una zona tan desprovista de recursos. Objetivamente todo lo superaba. Esa desproporción no se explica de otra manera que por su gran confianza en la Providencia, en la Santísima Virgen y San José, que siempre tuvo, y a quienes acudía en todas sus dificultades.

Una idea central de su vida sacerdotal fue la de la Redención, la eficacia de los sacramentos para cambiar una vida y salvar el alma. Sabía que si lograba iniciar sus serranos en la vida de oración, acercarlos a la confesión y, sobre todo a la Eucaristía, Cristo haría su obra. A pesar de deslumbrarnos por su obra temporal, tenía clara conciencia que la salvación de las almas, por la que tanto se desvelaba era obra personal de Cristo a través de los sacramentos.

Poseía de una manera especial el instinto de las almas, el percibir de una manera connatural a quien lo necesitaba y cómo abordarlo. Esto no es otra cosa que una forma sacerdotal eminente de la caridad.

Fuente: Pbro. Ramiro Sáenz, San José Gabriel del Rosario Brochero y su tiempo

Custodio de Vírgenes


San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación”. Su paternidad se ha expresado concretamente “al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa.

La liturgia, al recordar que han sido confiados “a la fiel custodia de san José los primeros misterios de la salvación de los hombres”, precisa también que “Dios le ha puesto al cuidado de su familia, como siervo fiel y prudente, para que custodiara como padre a su Hijo unigénito”. León XIII subraya la sublimidad de esta misión: “Él se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a su propio padre”.

Al no ser concebible que a una misión tan sublime no correspondan las cualidades exigidas para llevarla a cabo de forma adecuada, es necesario reconocer que José tuvo hacia Jesús “por don especial del cielo, todo aquel amor natural, toda aquella afectuosa solicitud que el corazón de un padre pueda conocer”.

Con la potestad paterna sobre Jesús, Dios ha otorgado también a José el amor correspondiente, aquel amor que tiene su fuente en el Padre, “de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3, 15).

En los Evangelios se expone claramente la tarea paterna de José respecto a Jesús. De hecho, la salvación, que pasa a través de la humanidad de Jesús, se realiza en los gestos que forman parte diariamente de la vida familiar, respetando aquella “condescendencia” inherente a la economía de la encarnación. Los Evangelistas están muy atentos en mostrar cómo en la vida de Jesús nada se deja a la casualidad y todo se desarrolla según un plan divinamente preestablecido. La fórmula repetida a menudo: “Así sucedió, para que se cumplieran...” y la referencia del acontecimiento descrito a un texto del Antiguo Testamento, tienden a subrayar la unidad y la continuidad del proyecto, que alcanza en Cristo su cumplimiento.

Con la encarnación las “promesas” y las “figuras” del Antiguo Testamento se hacen “realidad”: lugares, personas, hechos y ritos se entremezclan según precisas órdenes divinas, transmitidas mediante el ministerio angélico y recibidos por criaturas particularmente sensibles a la voz de Dios. María es la humilde sierva del Señor, preparada desde la eternidad para la misión de ser Madre de Dios; José es aquel que Dios ha elegido para ser “el coordinador del nacimiento del Señor”, aquél que tiene el encargo de proveer a la inserción “ordenada” del Hijo de Dios en el mundo, en el respeto de las disposiciones divinas y de las leyes humanas. Toda la vida, tanto “privada” como “escondida” de Jesús ha sido confiada a su custodia.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Sobre la devoción a San José


Aunque muchas veces hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones especiales en el mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo puedan ser insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como motivo de sorpresa que Nos consideremos el momento presente como oportuno para inculcar nuevamente el mismo deber. Durante periodos de tensión y de prueba -sobre todo cuando parece en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad- ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los santos -y sobre todo de la Santísima Virgen María, Madre de Dios- cuya tutela ha sido siempre muy eficaz. El fruto de esas piadosas oraciones y de la confianza puesta en la bondad divina, ha sido siempre, tarde o temprano, hecha patente. Ahora, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino.

Este es el motivo por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos al pueblo cristiano y exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia, el auxilio de Dios Todopoderoso. Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella. Si, en innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? No, por el contrario creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo, con súplicas tan especiales. Para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen Madre de Dios, su casta Esposa, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. Con respecto a esta devoción, sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo. Hemos visto la devoción a San José, que en el pasado han desarrollado y gradualmente incrementado los Romanos Pontífices, crecer a mayores proporciones en nuestro tiempo, particularmente después que Pío IX, de feliz memoria, nuestro predecesor, proclamase a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica. Y puesto que, más aún, es de gran importancia que la devoción a San José se introduzca en las prácticas diarias de piedad de los católicos, Nos deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de nuestras palabras y nuestra autoridad.

Fuente: S.S. León XIII, Carta Encíclica Quamquam Pluries

Padre nutricio del Hijo de Dios y Sostén de las familias


Como se deduce de los textos evangélicos, el matrimonio con María es el fundamento jurídico de la paternidad de José. Es para asegurar la protección paterna a Jesús por lo que Dios elige a José como esposo de María. Se sigue de esto que la paternidad de José -una relación que lo sitúa lo más cerca posible de Jesús, término de toda elección y predestinación- pasa a través del matrimonio con María, es decir, a través de la familia.

Los evangelistas, aun afirmando claramente que Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y que en aquel matrimonio se ha conservado la virginidad, llaman a José esposo de María y a María esposa de José.

Y también para la Iglesia, si es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José, porque jurídicamente depende de este matrimonio la paternidad de José. De aquí se comprende por qué las generaciones han sido enumeradas según la genealogía de José. “¿Por qué -se pregunta san Agustín- no debían serlo a través de José? ¿No era tal vez José el marido de María? La Escritura afirma, por medio de la autoridad angélica, que él era el marido. No temas, dice, recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Se le ordena poner el nombre del niño, aunque no fuera fruto suyo. Ella, añade, dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. La Escritura sabe que Jesús no ha nacido de la semilla de José, porque a él, preocupado por el origen de la gravidez de ella, se le ha dicho: es obra del Espíritu Santo. Y, no obstante, no se le quita la autoridad paterna, visto que se le ordena poner el nombre al niño. Finalmente, aun la misma Virgen María, plenamente consciente de no haber concebido a Cristo por medio de la unión conyugal con él, le llama sin embargo padre de Cristo”.

El hijo de María es también hijo de José en virtud del vínculo matrimonial que les une: “A raíz de aquel matrimonio fiel ambos merecieron ser llamados padres de Cristo; no sólo aquella madre, sino también aquel padre, del mismo modo que era esposo de su madre, ambos por medio de la mente, no de la carne”. En este matrimonio no faltaron los requisitos necesarios para su constitución: “En los padres de Cristo se han cumplido todos los bienes del matrimonio: la prole, la fidelidad y el sacramento. Conocemos la prole, que es el mismo Señor Jesús; la fidelidad, porque no existe adulterio; el sacramento, porque no hay divorcio”.

Analizando la naturaleza del matrimonio, tanto san Agustín como santo Tomás la ponen siempre en la “indivisible unión espiritual”, en la “unión de los corazones”, en el “consentimiento”, elementos que en aquel matrimonio se han manifestado de modo ejemplar. En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena “libertad” el “don esponsal de sí” al acoger y expresar tal amor. “En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida”.

¡Cuántas enseñanzas se derivan de todo esto para la familia! Porque “la esencia y el cometido de la familia son definidos en última instancia por el amor” y “la familia recibe la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor, como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por la humanidad y del amor de Cristo Señor por la Iglesia su esposa”; es en la sagrada Familia, en esta originaria “iglesia doméstica”, donde todas las familias cristianas deben mirarse. En efecto, “por un misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es pues el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

El depositario del misterio de Dios


Cuando María, poco después de la anunciación, se dirigió a la casa de Zacarías para visitar a su pariente Isabel, mientras la saludaba oyó las palabras pronunciadas por Isabel “llena de Espíritu Santo” (Lc 1, 41). Además de las palabras relacionadas con el saludo del ángel en la anunciación, Isabel dijo: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1, 45). La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz y “precedió” a todos los que, mediante la fe, siguen a Cristo.

Ahora, al comienzo de esta peregrinación, la fe de María se encuentra con la fe de José. Si Isabel dijo de la Madre del Redentor: “Feliz la que ha creído”, en cierto sentido se puede aplicar esta bienaventuranza a José, porque él respondió afirmativamente a la Palabra de Dios, cuando le fue transmitida en aquel momento decisivo. En honor a la verdad, José no respondió al “anuncio” del ángel como María; pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa. Lo que él hizo es genuina “obediencia de la fe” (cf. Rom 1, 5; 16, 26; 2 Cor 10, 5-6).

Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la anunciación. Cuando Dios revela hay que prestarle “la obediencia de la fe”, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios, prestando a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad y asintiendo voluntariamente a la revelación hecha por él.

Él, por tanto, se convirtió en el depositario singular del misterio “escondido desde siglos en Dios” (cf. Ef 3, 9), lo mismo que se convirtió María en aquel momento decisivo que el Apóstol llama “la plenitud de los tiempos”, cuando “envió Dios a su Hijo, nacido de mujer” para “rescatar a los que se hallaban bajo la ley”, “para que recibieran la filiación adoptiva” (cf. Gál 4, 4-5). Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad (cf. Ef 1, 9), mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina (cf. Ef 2, 18; 2 Pe 1, 4).

De este misterio divino José es, junto con María, el primer depositario. Con María -y también en relación con María- él participa en esta fase culminante de la autorrevelación de Dios en Cristo, y participa desde el primer instante. Teniendo a la vista el texto de ambos evangelistas Mateo y Lucas, se puede decir también que José es el primero en participar de la fe de la Madre de Dios, y que, haciéndolo así, sostiene a su esposa en la fe de la divina anunciación. Él es asimismo el que ha sido puesto en primer lugar por Dios en la vía de la “peregrinación de la fe”, a través de la cual, María, sobre todo en el Calvario y en Pentecostés, precedió de forma eminente y singular.

La vía propia de José, su peregrinación de la fe, se concluirá antes, es decir, antes de que María se detenga ante la Cruz en el Gólgota y antes de que Ella, una vez vuelto Cristo al Padre, se encuentre en el Cenáculo de Pentecostés el día de la manifestación de la Iglesia al mundo, nacida mediante el poder del Espíritu de verdad. Sin embargo, la vía de la fe de José sigue la misma dirección, queda totalmente determinada por el mismo misterio del que él junto con María se había convertido en el primer depositario. La encarnación y la redención constituyen una unidad orgánica e indisoluble, donde el “plan de la revelación se realiza con palabras y gestos intrínsecamente conexos entre sí”. Precisamente por esta unidad el Papa Juan XXIII, que tenía una gran devoción a san José, estableció que en el Canon romano de la Misa, memorial perpetuo de la redención, se incluyera su nombre junto al de María, y antes del de los Apóstoles, de los Sumos Pontífices y de los Mártires.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Protector de la Santa Iglesia (II)


Este patrocinio debe ser invocado y todavía es necesario a la Iglesia no sólo como defensa contra los peligros que surgen, sino también y sobre todo como aliento en su renovado empeño de evangelización en el mundo y de reevangelización en aquellos países y naciones, en los que la religión y la vida cristiana fueron florecientes y que están ahora sometidos a dura prueba. Para llevar el primer anuncio de Cristo y para volver a llevarlo allí donde está descuidado u olvidado, la Iglesia tiene necesidad de un especial “poder desde lo alto” (cf. Lc 24, 49; Act 1, 8), don ciertamente del Espíritu del Señor, no desligado de la intercesión y del ejemplo de sus Santos.

Además de la certeza en su segura protección, la Iglesia confía también en el ejemplo insigne de José; un ejemplo que supera los estados de vida particulares y se propone a toda la Comunidad cristiana, cualesquiera que sean las condiciones y las funciones de cada fiel.

La actitud fundamental de toda la Iglesia debe ser de religiosa escucha de la Palabra de Dios, esto es, de disponibilidad absoluta para servir fielmente a la voluntad salvífica de Dios revelada en Jesús. Ya al inicio de la redención humana encontramos el modelo de obediencia -después del de María- precisamente en José, el cual se distingue por la fiel ejecución de los mandatos de Dios.

Pablo VI invitaba a invocar este patrocinio “como la Iglesia, en estos últimos tiempos suele hacer; ante todo, para sí, en una espontánea reflexión teológica sobre la relación de la acción divina con la acción humana, en la gran economía de la redención, en la que la primera, la divina, es completamente suficiente, pero la segunda, la humana, la nuestra, aunque no puede nada (cf. Jn 15, 5), nunca está dispensada de una humilde, pero condicional y ennoblecedora colaboración. Además, la Iglesia lo invoca como protector con un profundo y actualísimo deseo de hacer florecer su terrena existencia con genuinas virtudes evangélicas, como resplandecen en san José”.

La Iglesia transforma estas exigencias en oración. Y recordando que Dios ha confiado los primeros misterios de la salvación de los hombres a la fiel custodia de San José, le pide que le conceda colaborar fielmente en la obra de la salvación, que le dé un corazón puro, como san José, que se entregó por entero a servir al Verbo Encarnado, y que “por el ejemplo y la intercesión de san José, servidor fiel y obediente, vivamos siempre consagrados en justicia y santidad”.

Hace ya cien años el Papa León XIII exhortaba al mundo católico a orar para obtener la protección de san José, patrono de toda la Iglesia. La Carta Encíclica Quamquam pluries se refería a aquel “amor paterno” que José “profesaba al niño Jesús”; a él, “próvido custodio de la Sagrada Familia” recomendaba la “heredad que Jesucristo conquistó con su sangre”. Desde entonces, la Iglesia implora la protección de san José en virtud de “aquel sagrado vínculo que lo une a la Inmaculada Virgen María”, y le encomienda todas sus preocupaciones y los peligros que amenazan a la familia humana.

Aún hoy tenemos muchos motivos para orar con las mismas palabras de León XIII: “Aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios... Asístenos propicio desde el cielo en esta lucha contra el poder de las tinieblas...; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad”. Aún hoy existen suficientes motivos para encomendar a todos los hombres a san José.

Deseo vivamente que el presente recuerdo de la figura de san José renueve también en nosotros la intensidad de la oración que hace un siglo mi Predecesor recomendó dirigirle. Esta plegaria y la misma figura de José adquieren una renovada actualidad para la Iglesia.

Encomendándonos, por tanto, a la protección de aquel a quien Dios mismo “confió la custodia de sus tesoros más preciosos y más grandes” aprendamos al mismo tiempo de él a servir a la “economía de la salvación”. Que san José sea para todos un maestro singular en el servir a la misión salvífica de Cristo, tarea que en la Iglesia compete a todos y a cada uno: a los esposos y a los padres, a quienes viven del trabajo de sus manos o de cualquier otro trabajo, a las personas llamadas a la vida contemplativa, así como a las llamadas al apostolado.

El varón justo, que llevaba consigo todo el patrimonio de la Antigua Alianza, ha sido también introducido en el “comienzo” de la nueva y eterna Alianza en Jesucristo. Que él nos indique el camino de esta Alianza salvífica, cual debe perdurar y desarrollarse ulteriormente la “plenitud de los tiempos”, que es propia del misterio inefable de la encarnación del Verbo.

Que san José obtenga para la Iglesia y para el mundo, así como para cada uno de nosotros, la bendición del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Protector de la Santa Iglesia (I)


Llamado a ser el Custodio del Redentor, “José... hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24).

Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia, inspirándose en el Evangelio, han subrayado que san José, al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo.

En el centenario de la publicación de la Carta Encíclica Quamquam pluries del Papa León XIII, y siguiendo la huella de la secular veneración a san José, deseo presentar a la consideración de vosotros, algunas reflexiones sobre aquél al cual Dios “confió la custodia de sus tesoros más preciosos”. Con profunda alegría cumplo este deber pastoral, para que en todos crezca la devoción al Patrono de la Iglesia universal y el amor al Redentor, al que él sirvió ejemplarmente.

De este modo, todo el pueblo cristiano no sólo recurrirá con mayor fervor a san José e invocará confiado su patrocinio, sino que tendrá siempre presente ante sus ojos su humilde y maduro modo de servir, así como de “participar” en la economía de la salvación.

Considero, en efecto, que el volver a reflexionar sobre la participación del Esposo de María en el misterio divino consentirá a la Iglesia, en camino hacia el futuro junto con toda la humanidad, encontrar continuamente su identidad en el ámbito del designio redentor, que tiene su fundamento en el misterio de la Encarnación.

Precisamente José de Nazaret “participó” en este misterio como ninguna otra persona, a excepción de María, la Madre del Verbo Encarnado. Él participó en este misterio junto con ella, comprometido en la realidad del mismo hecho salvífico, siendo depositario del mismo amor, por cuyo poder el eterno Padre “nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo” (Ef 1, 5).

En tiempos difíciles para la Iglesia, Pío IX, queriendo ponerla bajo la especial protección del santo patriarca José, lo declaró “Patrono de la Iglesia Católica”. El Pontífice sabía que no se trataba de un gesto peregrino, pues, a causa de la excelsa dignidad concedida por Dios a este su siervo fiel, “la Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las angustias”.

¿Cuáles son los motivos para tal confianza? León XIII los expone así: “Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial Patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús (...). José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia (...). Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Sobre el Santo Rosario de la Santísima Virgen (III)


El Rosario es eficaz remedio contra los males presentes

Que la Virgen Santa, que un día ahuyentó victoriosa de los países cristianos la terrible secta de los albigenses, ahora invocada fervorosamente por Nosotros, haga retroceder los nuevos errores, especialmente los del comunismo, que recuerdan por muchos motivos y por sus muchas fechorías a los antiguos.

Y así como en los tiempos de las cruzadas se elevaba por toda Europa una sola voz, y por los pueblos una sola súplica; así también hoy, en todo el mundo, en las ciudades y en las aldeas aún más pequeñas, unidos de corazón y de fuerza, con filial y constante insistencia, trátase de obtener de la gran Madre de Dios que sean vencidos los enemigos de la civilización cristiana y humana, haciendo así resplandecer ante los hombres cansados y desviados la verdadera paz.

Por tanto, si todos lo hicieren así, con las debidas disposiciones, con gran confianza y con fervorosa piedad, es de esperar que como en el pasado, así también en nuestros días la Beatísima Virgen impetrará de su Divino Hijo que las oleadas de las actuales tempestades sean contenidas y calmadas, y que una brillante victoria corone esta noble raza de los cristianos en oración.

Además, el Santo Rosario no solamente sirve mucho para vencer a los enemigos de Dios y de la Religión, sino también es un estímulo y un acicate para la práctica de las virtudes evangélicas que insinúa y cultiva en nuestras almas. Ante todo, nutre la fe católica, que se vigoriza con la oportuna meditación de los sagrados misterios y eleva las almas a las verdades que nos fueron reveladas por Dios.

Todos pueden comprender cuan saludable sea -esta práctica-, especialmente en nuestros tiempos, en los que quizás aún entre los fieles reina cierto fastidio por las cosas del espíritu y casi disgusto de la doctrina cristiana.

Luego reaviva la esperanza de los bienes inmortales, pues, al hacernos meditar en la última parte del Rosario, el triunfo de Jesucristo y de su Madre, nos muestra el cielo abierto y nos invita a la conquista de la patria eterna. Así, mientras en el corazón de los inmortales penetra un ansia desenfrenada por las cosas de la tierra y cada vez más ardientemente los hombres se afanan por las riquezas caducas y los placeres efímeros, todos -los que rezan el Rosario- sienten un provechoso llamado hacia los tesoros celestiales, donde el ladrón no penetra ni carcome la polilla, y hacia los bienes imperecederos.

Y ¿cómo no se reencenderá la caridad, que ha languidecido y se ha enfriado en muchos, con un aumento de amor en el alma de los que recuerdan con corazón dolorido las torturas y la muerte de Nuestro Redentor y las aflicciones de su Madre Dolorosa?

De esta caridad hacia Dios no puede menos de brotar necesariamente un más intenso amor al prójimo con sólo que se detenga el pensamiento en los trabajos y dolores que Nuestro Señor sufrió para reintegrarnos a todos en la perdida herencia de hijos de Dios.

Por tanto, empeñaos en que esta práctica tan fructuosa sea cada vez más difundida, sea por todos altamente estimada y aumente la piedad común.

El Rosario en familia

Predíquese y repítanse a los fieles sus loas y sus ventajas.

Los jóvenes saquen de ella nuevas energías con que domar los rebeldes estímulos del mal y conservar intacto y sin mancilla el candor del alma; que en ella encuentren los ancianos en sus tristes ansias reposo, alivio y paz; y a todos los que de alguna manera sufren, particularmente a los moribundos, dé aliento y aumente la esperanza de la felicidad eterna.

Y los padres de familia en particular sean en esto también un dechado para sus hijos, especialmente cuando, a la caída del día, se recogen después de las labores de la jornada en el hogar doméstico, recitando, ellos los primeros, arrodillados ante la imagen de la Virgen, el Santo Rosario, fundiendo en uno la voz, la fe y el sentimiento, costumbre ésta tiernísima y saludable, de la que ciertamente no puede menos de derivar a la sociedad doméstica serena tranquilidad y abundancia de dones celestiales. Por esto, cuando, recibimos en audiencia a los recién casados y les dirigimos unas palabras paternales, les damos la corona del Rosario, recomendándoselo grandemente y exhortándolos, aduciendo también Nuestro ejemplo, a no dejar pasar ni un día sin rezarlo, no obstante estar agobiados por muchos cuidados y trabajos.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Ingravescentibus malis

Sobre el Santo Rosario de la Santísima Virgen (II)


Entre las varias plegarias con las cuales nos dirigimos a la Virgen Madre de Dios, el Santo Rosario ocupa sin duda un puesto especial y distinguido.

Esta plegaria, que algunos llaman el Psalterio de la Virgen o Breviario del Evangelio y de la vida cristiana, ha sido descrita y recomendada por Nuestro Predecesor de feliz memoria, León XIII, con estos vigorosos rasgos: grandemente admirable es esta corona tejida con la salutación angélica, en la que se intercala la oración dominical, y se une la obligación de la meditación interior: es una manera excelente de orar... y utilísima para la consecución de la vida inmortal.

Y esto se deduce también de las mismas flores con que está formada esta mística corona. Efectivamente, ¿qué oraciones pueden hallarse más apropiadas y más santas?

La primera es la que el mismo Nuestro Divino Redentor pronunció cuando los discípulos le pidieron enséñanos a orar; santísima súplica que así como nos ofrece el modo de dar gloria a Dios, en cuanto nos es dado, así también considera todas las necesidades de nuestro cuerpo y de nuestra alma. ¿Cómo puede el Padre Eterno, rogado con las palabras de su mismo Hijo, no acudir en nuestra ayuda?

La otra oración es la salutación angélica, que se inicia con el elogio del Arcángel Gabriel y de Santa Isabel, y termina con la piadosísima imploración con que pedimos el auxilio de la Beatísima Virgen ahora y en la hora de nuestra muerte.

A estas invocaciones hechas de viva voz se agrega la contemplación de los sagrados misterios, que ponen ante nuestros ojos, los gozos, los dolores y los triunfos de Jesucristo y de su Madre, con los que recibimos alivio y confortación en nuestros dolores, y para que, siguiendo esos santísimos ejemplos, por grados de virtud más altos, ascendamos a la felicidad de la patria celestial.

Esta práctica de piedad, difundida admirablemente por Santo Domingo no sin superior insinuación e inspiración de la Virgen madre de Dios, es sin duda fácil a todos, aun a los indoctos y a las personas sencillas.

¡Y cuánto se apartan del camino de la verdad los que reputan esa devoción como fastidiosa fórmula repetida con monótona cantilena, y la rechazan como buena para niños y mujeres!

A este propósito es de observar que tanto la piedad como el amor, aun repitiendo muchas veces las mismas palabras, no por eso repiten siempre la misma cosa, sino que siempre expresan algo nuevo, que brota del íntimo sentimiento de caridad. Además este modo de orar tiene el perfume de la sencillez evangélica y requiere la humildad del espíritu, sin el cual, como enseña el Divino Redentor, nos es imposible la adquisición del reino celestial: en verdad os digo que si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Si nuestro siglo en su soberbia se mofa del Santo Rosario y lo rechaza, en cambio, una innumerable muchedumbre de hombres santos de toda edad y de toda condición, lo han estimado siempre, lo han rezado con gran devoción, y en todo momento lo han usado como arma poderosísima para ahuyentar a los demonios, para conservar íntegra la vida, para adquirir más fácilmente la virtud, en una palabra, para la consecución de la verdadera paz entre los hombres.

Ni faltaron hombres insignes por su doctrina y sabiduría que, aunque intensamente ocupados en el estudio y en las investigaciones científicas, no han dejado sin embargo un día sin rezar de rodillas y fervorosamente delante de la imagen de la Virgen esta piadosísima forma. Así también lo tuvieron por deber suyo reyes y príncipes aun cuando apremiados por las ocupaciones y los negocios más urgentes.

No queremos pasar en silencio que la misma Virgen Santísima también en nuestros tiempos ha recomendado instantemente esta manera de orar, cuando apareció y enseñó con su ejemplo esa recitación a la inocente niña en la gruta de Lourdes.

¿Por qué entonces no hemos de esperar toda gracia, si con las debidas disposiciones y santamente suplicamos de esa manera a la Madre Celestial?

Por eso deseamos asaz vivamente, que en modo especial, sea rezado el Santo Rosario con crecida devoción tanto en las iglesias como en las casas privadas.

Y más debe hacerse esto a fin de que, mediante el eficaz recurso a la Virgen Madre de Dios, los enemigos del nombre divino, esto es, todos cuantos se han levantado para renegar y vilipendiar al eterno Dios, para tender insidias a la fe católica y a la libertad debida a la Iglesia, y para rebelarse finalmente con insanos esfuerzos contra los derechos divinos y humanos para ruina y perdición de la sociedad humana, sean finalmente doblegados e inducidos a penitencia y retornen al recto sendero, confiándose a la tutela y protección de María.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Ingravescentibus malis

Brochero, el Cura santo


Desde sus años de seminario adquirió hábitos auténticos de oración. Probablemente ha sido la espiritualidad ignaciana la que le suministró los elementos más valiosos y acordes a su personalidad. Cuando iba a Córdoba solía alojarse en la casa de la Compañía. Gustaba rezar en el presbiterio de la capilla y, con tal fervor, qué le llamó poderosamente la atención al Maestro de Novicios y que se lo ponía por modelo y ejemplo. A pesar de su vida tan activa y desigual, siempre se lo vio celebrar la Misa, rezar su breviario y su rosario. Sus largos viajes a caballo o mula lo sorprendían muchas veces en lugares solitarios e inhóspitos. No obstante había pedido permiso para celebrar en casas de familia (llamado licencia de altar portátil) para no dejar su Misa diaria. Y en sus últimos años celebraba de memoria la Misa de la Virgen cuando ya estaba ciego. Quienes lo acompañaban en sus largos viajes por la sierra también cuentan que solía retirarse en soledad para rezar el Oficio Divino que llevaba envuelto en un pañuelo.

No sólo era exigente en las tandas que organizaba, sino que más lo era consigo mismo. El padre Antonio Alonso, mayordomo del seminario, nos cuenta cómo solía hacer sus Ejercicios anuales. “El señor Brochero era el número uno en espíritu... era quien hincado en un reclinatorio solía leer los puntos para la primera meditación de la mañana antes de las misas. En tiempos libres de descanso paseaba por los patios, leyendo el libro de Tomás de Kempis. Ya terminadas en la capilla las oraciones últimas de la noche, convidaba a sus compañeros sacerdotes para que lo acompañaran en la penitencia que practicaba”.

Tenía también un grandísimo amor a la Santísima Virgen, particularmente a la Inmaculada. Su gran devoción fue el rezo del santo rosario, oración que se adaptaba tan bien a su vida. Se lo veía con frecuencia rezarlo repetidamente. El padre Aznar, que siguió sus pasos, nos dice que “predicaba con gran gusto y elocuencia” sobre la Madre de Dios; y nos informa que aún mucha gente que lo escuchó “reza todavía dos veces el santo rosario; una vez por la mañana y otra por la noche”. Y gracias a él “estaba arraigado el rezo del rosario en los hogares con la asistencia de todas las personas de la casa, incluso los domésticos”.

En sus largas travesías, cuenta un anciano que lo acompañaba, “llevaba el Santo Evangelio, lo leía, se callaba, meditaba, y después predicaba”.

Cuando contrajo la lepra la gente se lamentaba de su enfermedad. Pero él dijo que así “estaba mejor para meditar piadosamente en las cosas de Nuestro Señor”.

Brochero conservó hasta su última enfermedad la frescura de su ser sacerdotal, en momentos en que no se sustenta si no es con heroísmo.

“La fama de su santidad no se funda únicamente en las anécdotas sino porque realmente era santo a mi entender, un santo popular como San Juan Bosco”. (Dr. Benjamín Galíndez).

De una Carta de san José Gabriel del Rosario al Obispo de Santiago del Estero, Juan Martín Yániz:

Recordarás que yo sabía decir de mí mismo, que iba a ser tan enérgico siempre, como el caballo chesche que se murió galopando; pero jamás tuve presente que Dios Nuestro Señor es y era quien vivifica y mortifica, quien da las energías físicas y morales y quien las quita. Pues bien, yo estoy ciego casi al remate, apenas distingo la luz del día, y no puedo verme ni mis manos, a más estoy casi sin tacto desde los codos hasta la punta de los dedos y de las rodillas hasta los pies, y así otra persona me tiene que vestir o prenderme la ropa. La Misa la digo de memoria, y es aquella de la Virgen cuyo Evangelio es: “extollens quaedam mulier de turba...”; para partir la hostia consagrada, y para poner en medio del corporal la hijuela cuadrada, llamo al ayudante para que me indique que la forma le he tomado bien, para que se parta por donde la he señalado, y que la hijuela cuadrada está en el centro del corporal para hacerlo doblar; me cuesta mucho hincarme y muchísimo más levantarme, a pesar de tomarme de la mesa del altar. Ya ves el estado a que ha quedado reducido el chesche, el enérgico, el brioso. Pero es un grandísimo favor el que me ha hecho Dios Nuestro Señor en desocuparme por completo de la vida activa y dejarme con la vida pasiva, quiero decir que Dios me da la ocupación de buscar mi fin y de orar por los hombres pasados, por los presentes y por los que han de venir hasta el fin del mundo.

Fuente: Pbro. Ramiro Sáenz, San José Gabriel del Rosario Brochero y su tiempo

Sobre el Santo Rosario de la Santísima Virgen (I)


No solamente una vez hemos afirmado -como recientemente lo hemos hecho en la Carta Encíclica Divini Redemptoris, que a los males cada vez más graves de nuestro tiempo no se puede dar otro remedio que el del retorno a Nuestro Señor Jesucristo y a sus santísimos preceptos. Sólo Él tiene palabras de vida eterna; y ni los individuos ni la sociedad pueden hacer cosa alguna que pronto y miserablemente no decaiga, si dejan aparte la majestad de Dios y repudian su ley.

Mas quien estudie con diligencia los anales de la Iglesia Católica, fácilmente verá unido a todos los fastos del nombre cristiano el poderoso patrocinio de la Virgen Madre de Dios.

María y la historia de la Iglesia

Y en efecto, cuando los errores difundiéndose por doquiera se obstinaban en dilacerar la túnica inconsútil de la Iglesia y en perturbar el orbe católico, nuestros padres con ánimo confiado se dirigieron a aquélla que sola ha destruido todas las herejías del mundo, y la victoria alcanzada por medio de Ella trajo tiempos más serenos.

Y cuando el impío poder mahometano, confiando en poderosas flotas y en ejércitos aguerridos, amenazaba con la ruina y la esclavitud a los pueblos de Europa, entonces por insinuación del Sumo Pontífice se imploró fervorosamente la protección de la Madre Celestial, y los enemigos fueron derrotados y sus navíos sumergidos.

Y como en las calamidades públicas así también en sus necesidades privadas, los fieles de todas las épocas se dirigieron suplicantemente a María, para que ella, tan benigna, acudiese en su socorro, impetrando alivio y remedio para los dolores del cuerpo y del alma. Y nunca fue esperada en vano su poderosa ayuda por los que la imploraron con piadosa y confiada plegaria.

Los peligros del mundo moderno

También en nuestros días amenazan a la sociedad religiosa y a la civil peligros no menores que en el tiempo pasado.

Y en realidad de verdad, porque debido a que muchos desprecian y repudian completamente la suprema y eterna autoridad de Dios que manda y prohíbe, se sigue que se ha debilitado la conciencia del deber cristiano, que languidece en las almas la fe, cuando no se apaga del todo, y que se conmueven y destruyen los fundamentos mismos de la sociedad humana.

Así se ve, por una parte, a ciudadanos trabados en atroz lucha entre sí, porque los unos están colmados de copiosas riquezas y los otros deben ganar el pan para sí y para los suyos con el duro trabajo cotidiano.

Más aún, en algunas regiones, como todos saben, el mal ha llegado a tal punto que se ha querido destruir hasta el derecho privado de propiedad para poner en común todas las cosas. Por otra parte, no faltan hombres que declarando honrar y exaltar sobre todo el poder del Estado, diciendo que es menester asegurar por todos los medios el orden civil y reformar la autoridad, pretenden que con eso se pueda rechazar totalmente las execrables teorías de los comunistas; mas despreciando la luz de la sabiduría evangélica se empeñan en hacer resurgir los errores de los paganos y su tenor de vida.

Añádase a esto, la artera y funestísima secta de los que, negando y odiando a Dios, se declaran enemigos del Eterno; se insinúan por doquiera; desacreditan y arrancan de las almas toda creencia religiosa, y conculcan en fin todo derecho divino y humano. Y mientras se mofan de la esperanza de los bienes celestiales, incitan a los hombres a conseguir, aún con medios ilícitos, una felicidad terrenal en todo y por todo mentirosa y los impulsan por lo mismo con audacia temeraria a la destrucción del orden social, suscitando desórdenes, sangrientas rebeliones y la misma conflagración de la guerra civil.

Erigir la confianza en Dios

Sin embargo, aun cuando males tan grandes y tan numerosos amenacen y se teman aún mayores para lo porvenir, es menester no desmayar ni dejar languidecer la confiada esperanza que se apoya únicamente en Dios.

El que ha concedido la salud a pueblos y naciones indudablemente no dejará perecer a los que ha redimido con su preciosa sangre, ni abandonará su Iglesia.

Antes bien, como hemos recordado al principio, interpongamos ante Dios la mediación de la Bienaventurada Virgen tan acepta a Él, como quiera que, en palabras de San Bernardo, así es su voluntad (de Dios) el cual ha querido que todo lo consiguiésemos por medio de María.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Ingravescentibus malis

Del error sobre la fraternidad


Lo mismo sucede con la noción de la fraternidad, cuya base colocan en el amor de los intereses comunes, o, por encima de todas las filosofías y de todas las religiones en la simple noción de humanidad, englobando así en un mismo amor y en una igual tolerancia a todos los hombres con todas sus miserias, tanto intelectuales y morales como físicas y temporales. Ahora bien, la doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las opiniones erróneas, por muy sinceras que sean, ni en la indiferencia teórica o práctica ante el error o el vicio en que vemos caídos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral no menos que en el celo por su bienestar material. Esta misma doctrina católica nos enseña también que la fuente del amor al prójimo se halla en el amor de Dios, Padre común y fin común de toda la familia humana, y en el amor de Jesucristo, cuyos miembros somos, hasta el punto de que aliviar a un desgraciado es hacer un bien al mismo Jesucristo. Todo otro amor es ilusión o sentimiento estéril y pasajero.

Ciertamente, la experiencia humana está ahí, en las sociedades paganas o laicas de todos los tiempos, para probar que, en determinadas ocasiones, la consideración de los intereses comunes o de la semejanza de naturaleza pesa muy poco ante las pasiones y las codicias del corazón. No, Venerables Hermanos, no hay verdadera fraternidad fuera de la caridad cristiana, que por amor a Dios y a su Hijo Jesucristo, nuestro Salvador, abraza a todos los hombres, para ayudarlos a todos y para llevarlos a todos a la misma fe ya la misma felicidad del cielo. Al separar la fraternidad de la caridad cristiana así entendida, la democracia, lejos de ser un progreso, constituiría un retroceso desastroso para la civilización. Porque, si se quiere llegar, y Nos lo deseamos con toda nuestra alma, a la mayor suma de bienestar posible para la sociedad y para cada uno de sus miembros por medio de la fraternidad, o, como también se dice, por medio de la solidaridad universal, es necesaria la unión de los espíritus en la verdad, la unión de las voluntades en la moral, la unión de los corazones en el amor de Dios y de su Hijo Jesucristo. Esta unión no es realizable más que por medio de la caridad católica, la cual es, por consiguiente, la única que puede conducir a los pueblos en la marcha del progreso hacia el ideal de la civilización.

No hay verdadera civilización sin la civilización moral, y no hay verdadera civilización moral sin la verdadera religión.

Fuente: San Pío X, Encíclica Notre charge apostolique

San José, esposo de la Madre de Dios (III)


He aquí cómo se expresa Santa Teresa: “Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y encomendéme mucho a él. Vi claro que así de esta necesidad, como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien que yo le sabía pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa, que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, que como tenía nombre de padre siendo ayo le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide. Esto han visto otras muchas personas, a quien yo decía se encomendasen a él, también por experiencia; y aún hay muchas personas que le son devotas de nuevo experimentando esta verdad”.

Pío IX para responder a los numerosos deseos y a la devoción del pueblo cristiano, el 10 de septiembre de 1847, extendió a toda la Iglesia la fiesta del Patrocinio de San José, que estaba concedida a la Orden del Carmen y a algunas iglesias particulares. Más tarde Pío X la elevó a la categoría de las mayores solemnidades dotándola de una octava. Su Santidad, el Papa Pío XII, deseando dar un patrono especial a todos los obreros del mundo, ha instituido una nueva fiesta, que se celebrará el primero de mayo; y ha decretado que la fiesta del 19 de marzo honre a la vez a San José como esposo de la Santísima Virgen y como Patrono de la Iglesia universal.

Dios sometió al Esposo de María a una prueba durísima. José, tal es la experiencia de las almas más santas, había de ser para sus devotos una guía incomparable en la vía espiritual; y esta es la razón por la que él debía conocer también la aflicción, crisol necesario, donde toda santidad se purifica. Mas la Sabiduría no abandona nunca a aquellos que buscan sus veredas. Como lo canta la Iglesia, ella conducía al justo por las vías rectas, sin la cual, él no tiene conocimiento, y le mostraba su divina luz en esta noche donde sus pensamientos buscaban penosamente descubrir el camino de la justicia; le fue dado el conocimiento de los secretos celestiales; en recompensa del sufrimiento del corazón, veía el lugar que le reservaba el inescrutable plan de la Divina Providencia, en este reino de Dios, cuyos resplandores estaban llamados a iluminar por siempre, desde su pobre morada, al mundo entero. Verdaderamente, pues, podía reconocer que la Sabiduría, en efecto, había ennoblecido su trabajo y fecundado sus penas. Siempre del mismo a modo da a los justos el premio de sus trabajos y les conduce por vías admirables.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

San José, esposo de la Madre de Dios (II)


No, nunca hombre alguno, en este mundo podrá penetrar todas las grandezas de José. Para comprenderlas, se necesita abrazar toda la extensión del misterio con el que su misión en la tierra está unido, como un instrumento necesario. No nos extraña, pues, que este Padre nutricio del Hijo de Dios, haya sido figurado en la Antigua Alianza, bajo las facciones de un Patriarca del pueblo escogido. San Bernardo ha expresado magníficamente esta idea: “El primer José, dice, vendido por sus hermanos, y, en esto, figuraba Cristo, fue llevado a Egipto; el segundo, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a Egipto. El primer José, guardando la fidelidad a su señor, respetó a su ama; el segundo, no menos casto, fue guardián de su Señora, de la Madre de su Señor, y el testigo de su virginidad. Al primero le fue dado el comprender los secretos revelados por los sueños; el segundo recibió la confidencia del mismo cielo. El primero conservó las cosechas de trigo, no para él, sino para el pueblo; al segundo se le confirió el cuidado del Pan vivo que descendió del cielo, para él y para el mundo entero”.

Una vida tan llena de maravillas, no podía acabar de otro modo que por una muerte digna de ella. El momento llega cuando Jesús debía salir de la oscuridad de Nazaret y manifestarse al mundo. En adelante sus obras darían testimonio de su origen celestial; el ministerio de José estaba, pues, cumplido. Le había llegado la hora de partir de este mundo, para ir a esperar, en el descanso del seno de Abrahán, el día en que la puerta de los cielos se abriese a los justos. Junto a su lecho de muerte velaba el dueño de la vida; su postrer suspiro fue recibido por la más pura de las vírgenes, su Esposa. En medio de los suyos y asistido por ellos, José se durmió en un sueño de paz. Ahora el Esposo de María, el Padre putativo de Jesús, reina en el cielo con una gloria, inferior, sin duda, a la de María, pero adornada de prerrogativas a las cuales nadie puede ser admitido.

Desde allí derrama una protección poderosa sobre los que le invocan. Escuchad la palabra inspirada de la Iglesia en la Liturgia: “Oh, José, honor de los habitantes del cielo, esperanza de nuestra vida terrena y sostén de este mundo”. ¡Qué poder en un hombre! Mas buscad también un hombre que haya tenido tratos tan íntimos con el Hijo de Dios, como José. Jesús se dignó someterse a él en la tierra; en el cielo tiene la dicha de glorificar a aquel del que quiso depender, a quien confió su infancia junto con el honor de su Madre.

Así, pues, no tiene límites el poder de San José; y la santa Iglesia nos invita hoy a recorrer con absoluta confianza a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las que el mundo es víctima, invóquenle los fieles con fe y serán socorridos. En todas las necesidades del alma y del cuerpo, en todas las pruebas y en todas las crisis, tanto en el orden temporal como en el espiritual, que el cristiano puede encontrar en el camino, tiene una ayuda en San José, y su confianza no será defraudada. El rey de Egipto decía a sus pueblos hambrientos: “Id a José”; el Rey del cielo nos hace la misma invitación; y el fiel custodio de María tiene ante El mayores créditos que el hijo de Jacob, intendente de los graneros de Menfis, tuvo ante el Faraón. La revelación de este nuevo refugio, preparado para estos últimos tiempos, fue comunicado hace tiempo según el modo ordinario de proceder de Dios, a las almas privilegiadas a las cuales era confiada como germen precioso; como sucedió con la fiesta del Santísimo Sacramento, con la del Sagrado Corazón y con otras varias. En el siglo XVI, Santa Teresa de Jesús, cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado extraordinario las comunicaciones divinas a este respecto y dejó impresos sus sentimientos y sus deseos en su Autobiografía.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Milagros de Lourdes


Los milagros que Dios realiza por intercesión de los santos van destinados a sostener la fe, que es necesaria para tener acceso a la vida eterna. El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos. Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su Revelación. De ese modo, los milagros de Cristo y de los santos, las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad son signos certísimos de la Revelación, adaptados a la inteligencia de todos: constituyen motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 156).

No obstante, más allá de los milagros físicos, Lourdes es un lugar donde se producen numerosas curaciones espirituales (conversiones, regresos a la práctica religiosa, reconciliaciones interiores...). Un teólogo mariano resaltaba lo siguiente: “A Lourdes acuden miles de personas que ni siquiera piensan en pedir la curación corporal; han venido, no para ver o porque han visto milagros, sino para una renovación espiritual. Sin ningún milagro exterior, los peregrinos continuarían al mismo ritmo, pues se perpetuarían los milagros internos de conversión de corazones, ¡que son mucho más importantes!” (C. Balic, o.f.m., Un double problème d'actualité: miracles et guérisons de Lourdes, 1960). Jean-Pierre Bély, la sexagésima sexta persona cuya curación (9 de octubre de 1987) fue reconocida como milagrosa, da testimonio de que primero sintió una paz y un gozo espiritual intensos, tras haber recibido la Unción de los enfermos; la curación física se produjo más tarde. Todos los agraciados por un milagro de Lourdes vieron cómo su vida se transformaba físicamente, pero también espiritualmente.

El mensaje que dirigió la Virgen María a santa Bernardita es, ante todo, un mensaje de curación interior, es decir, de conversión y oración. El 14 de agosto de 1983, en Lourdes, el Papa Juan Pablo II recuperaba ese mensaje: “Digámoslo francamente: nuestro mundo necesita conversión... En la actualidad, el propio significado del pecado ha desaparecido en parte, porque el significado de Dios se pierde. Se ha pensado en construir un humanismo sin Dios, y la fe corre sin cesar el riesgo de aparecer como una originalidad de algunos, sin cometido necesario para la salvación de todos. Las conciencias se han oscurecido, como en el momento del pecado original, sin distinguir ya entre el bien y el mal... Resulta difícil convencer a este mundo de la miseria de su propio pecado, así como de la salvación que Dios le ofrece sin cesar... Así pues, la Virgen sin pecado nos recuerda aquí esa necesidad espiritual, y nos dice, como a Bernardita: Rezad por los pecadores, venid a lavaros, a purificaros, a alcanzar una nueva vida... Porque, si bien María representa el enemigo de Satán, lo contrario del pecado, aquí se muestra como la amiga de los pecadores, como Cristo que comía y vivía en medio de ellos, como el Santo de Dios. Es la Buena Nueva que vuelve a presentar a este mundo, a cada uno de nosotros. Es posible, es bueno, es vital encontrar, volver a encontrar el camino de Dios... De hecho, es como si aquí (en Lourdes), el respeto humano y todas sus reticencias -que con demasiada frecuencia bloquean la conversión y la expresión religiosa- quedaran naturalmente superados. Aquí rezamos, nos gusta rezar, nos gusta reconciliarnos con Dios, nos gusta venerar la Eucaristía, aquí reservamos un sitio de honor a los pobres y a los enfermos. Es un lugar excepcional de gracias. ¡Alabado sea Dios!”.

Al día siguiente, el 15 de agosto, el Papa exhortaba a los fieles a guardar preciosamente la fe: “No dejéis que las certezas de la fe se disuelvan o se extingan al viento de ideologías ateas o simplemente de reconsideraciones sistemáticas e irreflexivas. No dejéis que la indiferencia religiosa substituya la fe en el Hijo de Dios vivo, ni que el materialismo práctico ahogue la aspiración hacia Dios con la que estáis marcados... Rezad, vosotros también, rezad más... y procurad, jóvenes y adultos, alimentar vuestra fe... No os modeléis a partir de las costumbres del mundo, y sobre todo no os desaniméis. La vida según Cristo es posible, porque nos ha sido concedido el Espíritu Santo... No dejéis desamparadas a las nuevas generaciones por la ignorancia religiosa, sino que vuestra familia, vuestro entorno, reconozcan la firmeza de vuestras convicciones en coherencia con vuestra vida. ¡Expresad la esperanza que está en vosotros!”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 10 de agosto de 2013

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