El pequeño número de los que se salvan (II)


Las palabras de la Sagrada Escritura:

Pero ¿por qué buscar las opiniones de los Padres y teólogos, cuando la Sagrada Escritura resuelve la pregunta con tanta claridad? Busquen en el Antiguo y Nuevo Testamento, y ustedes encontrarán una multitud de figuras, símbolos y palabras que señalan claramente esta verdad: muy pocos se salvan. En el tiempo de Noé, la raza humana entera quedó sumergida por el Diluvio, y sólo ocho personas fueron salvadas en el Arca. San Pedro dice: “Esta arca, es la figura de la Iglesia”, mientras que San Agustín, añade, “Y estas ocho personas que se salvaron significa que muy pocos cristianos se salvan, porque son muy pocos los que sinceramente renuncian al mundo, y aquellos que renuncian al mundo sólo con palabras no pertenecen al misterio que representa esta arca”. La Biblia también nos dice que sólo dos hebreos de cada dos millones entraron en la Tierra Prometida después de salir de Egipto, y que sólo cuatro escaparon del fuego de Sodoma y de las otras ciudades que se incendiaron y perecieron con esta. Todo esto significa que el número de los condenados que será arrojado al fuego como paja es mucho mayor que la de los salvados, que el Padre celestial un día reunirá en sus graneros, como trigo precioso.

No acabaría si tuviera que señalar todas las figuras, por las que la Sagrada Escritura confirma esta verdad; contentémonos con escuchar al oráculo viviente de la Sabiduría Encarnada. Qué le respondió Nuestro Señor a aquel hombre curioso en el Evangelio que le preguntó: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?” ¿Guardó silencio? ¿Respondió con dificultad? ¿Ocultó su pensamiento por temor a asustar a la gente? No. Interrogado por uno solo, se dirigió a todos los presentes. Les dice: “¿Ustedes me preguntan si sólo unos pocos se salvan?” He aquí mi respuesta: “Esforzaos por entrar por la puerta angosta; porque muchos, os digo, tratarán de entrar y no podrán”. ¿Quién habla aquí? Es el Hijo de Dios, la Verdad Eterna, que en otra ocasión, dice aún más claro: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. Él no dice que todos son llamados y que, de todos los hombres, pocos son los elegidos, sino que muchos son los llamados; lo que significa, como San Gregorio explica, que de todos los hombres, muchos son los llamados a la Verdadera Religión, pero de ellos pocos se salvan. Hermanos, estas son las palabras de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Son claras? Son verdaderas. Díganme ahora si es posible que ustedes tengan fe en sus corazones y no tiemblen.

Fuente: San Leonardo de Puerto Mauricio, El pequeño número de los que se salvan

De la Encíclica sobre el comunismo ateo


La promesa de un Redentor divino ilumina la primera página de la historia de la humanidad; por esto la confiada esperanza de un futuro mejor suavizó el dolor del paraíso perdido (Cf. Gn 3,23) y acompañó al género humano en su atribulado camino hasta que, en la plenitud de los tiempos (Gál 4,4), el Salvador del mundo, apareciendo en la tierra, colmó la expectación e inauguró una nueva civilización universal, la civilización cristiana, inmensamente superior a la que el hombre había hasta entonces alcanzado trabajosamente en algunas naciones privilegiadas.

Pero la lucha entre el bien y el mal quedó en el mundo como triste herencia del pecado original. Y el antiguo tentador no ha cesado jamás de engañar a la humanidad con falaces promesas. Por esto, en el curso de los siglos, las perturbaciones se han ido sucediendo unas tras otras hasta llegar a la revolución de nuestros días, la cual por todo el mundo es ya o una realidad cruel o una seria amenaza, que supera en amplitud y violencia a todas las persecuciones que anteriormente ha padecido la Iglesia. Pueblos enteros están en peligro de caer de nuevo en una barbarie peor que aquella en que yacía la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor.

Este peligro tan amenazador, es el comunismo ateo, que pretende derrumbar radicalmente el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana.

León XIII, en la encíclica Quod Apostolici numeris, definió el comunismo como “mortal enfermedad que se infiltra por las articulaciones más íntimas de la sociedad humana, poniéndola en peligro de muerte”, y con clara visión indicaba que los movimientos ateos entre las masas populares, en plena época del tecnicismo, tenían su origen en aquella filosofía que desde hacía ya varios siglos trataba de separar la ciencia y la vida de la fe y de la Iglesia.

Al negar a la vida humana todo carácter sagrado y espiritual, esta doctrina convierte naturalmente el matrimonio y la familia en una institución meramente civil y convencional, nacida de un determinado sistema económico; niega la existencia de un vínculo matrimonial de naturaleza jurídico-moral que esté por encima de la voluntad de los individuos y de la colectividad, y, consiguientemente, niega también su perpetua indisolubilidad. En particular, para el comunismo no existe vínculo alguno que ligue a la mujer con su familia y con su casa. Al proclamar el principio de la total emancipación de la mujer, la separa de la vida doméstica y del cuidado de los hijos para arrastrarla a la vida pública y a la producción colectiva en las mismas condiciones que el hombre, poniendo en manos de la colectividad el cuidado del hogar y de la prole. Niegan, finalmente, a los padres el derecho a la educación de los hijos, porque este derecho es considerado como un derecho exclusivo de la comunidad, y sólo en su nombre y por mandato suyo lo pueden ejercer los padres.

Como en todos los períodos más borrascosos de la historia de la Iglesia, así también hoy el remedio fundamental, base de todos los demás remedios, es una sincera renovación de la vida privada y de la vida pública según los principios del Evangelio en todos aquellos que se glorían de pertenecer al redil de Cristo, para que sean realmente de esta manera la sal de la tierra que preserve a la sociedad humana de la total corrupción moral.

El comunismo es intrínsecamente malo, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno, los que quieren salvar de la ruina la civilización cristiana. Y si algunos, inducidos al error, cooperasen al establecimiento del comunismo en sus propios países, serán los primeros en pagar el castigo de su error; y cuanto más antigua y luminosa es la civilización creada por el cristianismo en las naciones en que el comunismo logre penetrar, tanto mayor será la devastación que en ellas ejercerá el odio del ateísmo comunista.

Cuando los apóstoles preguntaron al Salvador por qué no habían podido librar del espíritu maligno a un endemoniado, les respondió el Señor: Esta especie de demonios no puede ser lanzada sino por la oración el ayuno (Mt 17,20). Tampoco podrá ser vencido el mal que hoy atormenta a la humanidad si no se acude a una santa e insistente cruzada universal de oración y penitencia; para lograr del cielo una poderosa ayuda a la Iglesia en sus luchas presentes, poniendo para ello como intercesora a la inmaculada Madre de Dios, la cual, así como un día aplastó la cabeza de la antigua serpiente, así también es hoy la defensa segura y el invencible Auxilium Christianorum.

No podemos terminar esta encíclica sin dirigir una palabra a aquellos hijos nuestros que están ya contagiados, o por lo menos amenazados de contagio, por la epidemia del comunismo. Les exhortamos vivamente a que oigan la voz del Padre, que los ama, y rogamos al Señor que los ilumine para que abandonen el resbaladizo camino que los lleva a una inmensa y catastrófica ruina, y reconozcan también ellos que el único Salvador es Jesucristo Nuestro Señor, pues ningún otro nombre nos ha sido dado bajo el cielo, entre los hombres, por el cual podamos ser salvos (Hech 4,12).

Finalmente, para acelerar la paz de Cristo en el reino de Cristo, por todos tan deseada, ponemos la actividad de la Iglesia católica contra el comunismo ateo bajo la égida del poderoso Patrono de la Iglesia, San José.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Divini Redemptoris

Encomendemos la causa por la vida


Hoy celebramos a Santa Gianna Beretta Molla, madre heroica, mujer santa y admirable ejemplo a favor de la vida. Pidamos su intercesión por los niños en gestación y encomendemos el fin del genocidio del aborto en todo el mundo.

“Yo hago la voluntad de Dios y Dios cuidará de mis hijos”.

En una sociedad donde se debate si es lícito o no escoger el color de la piel de nuestros futuros hijos, si se debe o no legalizar la eutanasia, si una vez que hemos concebido una vida podemos o no optar que evolucione... Cuando todo eso ocurre, nos damos cuenta de que hay quien dio la vida por un ser del que sentía el latido de su aún invisible corazón. He aquí una madre ejemplar.

Su marido Pietro dijo: “Gianna, cuando se dio cuenta de la terrible coincidencia de su embarazo y el desarrollo de un grueso fibroma, su primera reacción razonada fue la de pedir que el niño que llevaba en el seno se salvase. Gianna confiaba en la Providencia. La decisión de mi mujer fue el resultado coherente de toda una vida. Lo hizo porque se sabía madre”.

El secreto de su vida.

Gianna se había “entrenado” a buscar siempre al Señor y por eso quería que también su vida de mujer casada fuese consagrada a Él: “Quiero formar una familia verdaderamente cristiana -escribe a su marido- donde el Señor se encuentre como en su casa, con un pequeño cenáculo donde Él reine en nuestros corazones, ilumine nuestras decisiones y guíe nuestros programas”. En estas palabras se encuentra la clave para entender el porqué de tantas decisiones que tuvo que hacer, también esa por la que fue llevada a los altares: ver cada situación de nuestra vida desde el punto de vista de Dios, hacerse disponible para comprender su voluntad para nosotros, de modo que de verdad el Señor -como dice Gianna- “ilumine nuestras decisiones”.

Su gesto heroico.

El gesto heroico de Gianna Beretta Molla nos lleva a pensar sobre un tema, que en nuestro tiempo es de gran actualidad: el aborto, para el que ha sido determinante el valor dado a la criatura concebida en el seno materno y en vía de desarrollo. Gianna, como creyente, estaba profundamente convencida de que la criatura que crecía en ella era una persona humana completa y, como tal, digna del más grande respeto. Era un don de Dios que venía aceptado como los demás hijos. Gracias a este respeto, que es amor, Gianna se ha olvidado de sí misma y se ha ofrecido generosamente para que su hijo continuase viviendo, aunque sabía que el precio de esto podía suponer el sacrificio de su vida.

Un sacerdote que había conocido a Gianna, Don Mario Cazzaniga, ha dejado escrito: “Ha sido tanta la impresión que ha dejado en mí que, enseñando moral de la profesión en la escuela de Enfermeros, durante las clases del aborto, cito siempre el caso de la Dra. Beretta como caso de una maternidad generosa y ejemplar. Pienso que en estos tiempos, en los que se tienta de desvalorizar la maternidad, es un deber darlo a conocer. La sociedad no necesita ser sumergida en una multitud arrolladora de ejemplos de crónica negra, sino que necesita conocer actos generosos”.

Gianna Beretta Molla es una señal del tiempo presente, una invitación a defender la vida, a respetarla y hasta entregarla según las palabras de Cristo: “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Juan 15,13).

Fuente: Folleto “Poco y bueno”, Serie testigos: Santa Gianna Beretta Molla, ejemplo de madre cristiana

El pequeño número de los que se salvan (I)


Gracias a Dios, el número de los discípulos del Redentor no es tan pequeño como para que la maldad de los escribas y fariseos sea capaz de triunfar sobre ellos. Aunque se esforzaron por calumniar su inocencia y engañar a la gente con sus sofismas traicioneros a fin de desacreditar la doctrina y el carácter de Nuestro Señor, buscando puntos, incluso en el Sol, muchos todavía lo reconocieron como el verdadero Mesías y, sin miedo a castigos o amenazas, abiertamente se unieron a su causa. ¿Todos los que siguieron a Cristo, lo siguieron incluso hasta la gloria? ¡Ah!, ¡Aquí es donde yo venero el misterio profundo y adoro en silencio los abismos de los decretos divinos, en lugar de decidir precipitadamente sobre este punto tan grande! El tema que estaré tratando hoy es uno muy grave; ha causado que incluso los pilares de la Iglesia tiemblen, ha llenado a los más grandes santos de terror y ha poblado los desiertos de anacoretas. El objetivo de esta instrucción es decidir acerca de si el número de cristianos que se salvan es mayor o menor al número de cristianos que son condenados; esto, espero, produzca en ustedes un temor saludable acerca de los juicios de Dios.

Hermanos, por el amor que tengo por ustedes, desearía ser capaz de asegurar con la perspectiva de la felicidad eterna a cada uno de ustedes diciéndoles: “Es seguro que irás al paraíso; el mayor número de los cristianos se salva, por lo que también tú te salvarás”. ¿Pero cómo puedo darles esta dulce garantía si se rebelan contra los decretos de Dios como si fueran sus propios peores enemigos? Veo en Dios un deseo sincero de salvarlos, pero encuentro en ustedes una inclinación decidida a ser condenados. Entonces, ¿qué voy a hacer hoy si hablo con claridad? Seré desagradable para ustedes. Pero si no hablo, seré desagradable para Dios.

Por lo tanto, voy a dividir este tema en dos puntos. En el primero, para llenarlos de terror, voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre el tema y declaren que el mayor número de los cristianos adultos son condenados; y, en adoración silenciosa de ese terrible misterio, mantendré mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto trataré de defender la bondad de Dios de los impíos, al demostrarles que los que son condenados son condenados por su propia malicia, porque querían ser condenados. De este modo, tenemos dos verdades muy importantes. Si la primera verdad les asusta, no me guarden rencor, como si yo quisiera hacer el camino hacia el Cielo más estrecho para ustedes, porque quiero ser neutral en este asunto; sino mas bien guárdenle rencor a los teólogos y a los Padres de la Iglesia, quienes grabarán esta verdad en sus corazones con la fuerza de la razón. Si ustedes son desilusionados por la segunda verdad, den gracias a Dios por esta, pues Él solo quiere una cosa: que le den sus corazones totalmente. Por último, si me obligan a decir claramente lo que pienso, lo haré para su consuelo.

La enseñanza de los Padres de la Iglesia:

No es vana curiosidad, sino mas bien una precaución saludable proclamar desde lo alto del púlpito ciertas verdades que sirven maravillosamente para contener la indolencia de los libertinos, que siempre están hablando de la misericordia de Dios y de lo fácil que es convertir, que viven sumidos en toda clase de pecados y se quedan profundamente dormidos en el camino al infierno. Para desilusionarlos y para despertarlos de su letargo, hoy vamos a examinar esta gran pregunta: ¿Es el número de cristianos que se salva mayor que el número de cristianos que se condena?

Almas piadosas, pueden irse; este sermón no es para ustedes. Su único propósito es contener el orgullo de los libertinos que echan el santo temor de Dios fuera de su corazón y unen sus fuerzas con las del diablo que, según el sentimiento de Eusebio, condenan a las almas, al asegurarlas. Para resolver esta duda, pongamos a los Padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos, por un lado; por el otro, a los teólogos más sabios e historiadores más eruditos; y dejemos la Biblia en el centro para que todos la vean. Ahora, no escuchen lo que yo voy a decir -pues ya he dicho que no quiero hablar por mí mismo o decidir sobre la materia-, sino mas bien escuchen lo que estas grandes mentes tienen que decirles, ellos, que son faros en la Iglesia de Dios para dar luz a los demás para que no pierdan el camino al Cielo. De esta manera, guiados por la triple luz de la fe, la autoridad y la razón, vamos a ser capaces de resolver este grave asunto con certeza.

Noten bien que no se trata aquí de la raza humana en su conjunto, ni de todos los católicos sin distinción, sino sólo de los católicos adultos, que tienen libertad de elección y por tanto son capaces de cooperar en el gran asunto de su salvación. Primero consultemos a los teólogos reconocidos por examinar las cosas con más cuidado y no exagerar en su enseñanza; escuchemos a dos sabios cardenales, Cayetano y Belarmino. Ellos enseñan que el mayor número de los cristianos adultos son condenados, y si yo tuviera el tiempo para señalar las razones en las que se basan, estarían convencidos de esto ustedes mismos. Pero me limitaré aquí a citar a Suárez. Después de consultar a todos los teólogos y de hacer un estudio diligente del asunto, escribió, “El sentimiento más común que se tiene es que, entre los cristianos, hay más almas condenadas que almas predestinadas”.

Ustedes escucharán a San Gregorio diciendo claramente: “Muchos alcanzan la fe, pero pocos hasta el reino celestial”. San Anselmo declara: “Hay pocos que se salvan”. San Agustín afirma aún más claramente: “Por lo tanto, pocos se salvan en comparación de aquellos que son condenados”. El más terrible, sin embargo, es San Jerónimo. Al final de su vida, en presencia de sus discípulos, él dijo estas terribles palabras: “Fuera de cien mil personas cuyas vidas han sido siempre malas, encontrarán apenas una que es digna de indulgencia”.

Fuente: San Leonardo de Puerto Mauricio, El pequeño número de los que se salvan

Aceptar la Voluntad de Dios será siempre lo mejor


Cuando cerraba los ojos de mis queridos niños y que yo he enterrado, ciertamente sentía el dolor, pero siempre era con resignación. No me arrepiento de las penas y preocupaciones que había sufrido por ellos. Muchos me decían: “Hubiera sido mucho mejor no haberlos tenido jamás”. No podía soportar este modo de hablar. No podía imaginar que las penas y las preocupaciones pudieran ponerse en contrapeso con la eterna felicidad de mis hijos. Además, no se han perdido para siempre, la vida es corta y llena de miserias, los encontraremos allá arriba.

La pequeña Teresa siempre va bien, tiene una salud estupenda; es muy inteligente y tiene conversaciones muy graciosas. Ya sabe rezar a Dios. Todos los domingos va a una parte de las vísperas y si, por un contratiempo, no se la llevara, lloraría sin consuelo.

Mi hermana me ha hablado mucho de tus asuntos... Le he dicho que no se líe la cabeza por todo esto, que solo hay una cosa que hacer: orar a Dios, porque ni ella ni yo podíamos ayudarte de otra manera. Pero él, que no está avergonzado, nos sacará de allá, cuando se percate que hemos sufrido lo suficiente y, a continuación, reconocerás que no se debe a tus capacidades, ni a tu inteligencia el que hayas tenido éxito, sino solo a Dios; esta convicción es muy saludable, yo lo he experimentado por mí misma. Sabes que todos estamos inclinados al orgullo y observo a menudo que los que han hecho su fortuna, son, la mayoría de las veces, de una suficiencia insoportable. No estoy diciendo que yo habría llegado allá, ni tú tampoco, pero nos habríamos visto más o menos afectados por este orgullo; entonces, es cierto que la prosperidad constante aleja de Dios. Nunca ha conducido a sus elegidos por ese camino, más bien han pasado antes por el crisol del sufrimiento, para purificarse. Me vas a decir que estoy predicando; sin embargo, no es esta mi intención; pienso muy a menudo en estas cosas y te las digo; ¡ahora llama a esto sermón si quieres!

Tengo que ir, queridas hijas, a las vísperas, para orar por nuestros queridos familiares difuntos. Llegará un día cuando seréis vosotras las que recéis por mí, pero tengo que asegurarme para no tener demasiada necesidad de vuestras oraciones. Quiero ser una santa, no será fácil, hay que trabajarlo y la madera es dura como una piedra. Hubiera sido mejor hacerlo antes, cuando era menos difícil, pero en fin “más vale tarde que nunca”.

Es hoy miércoles la Inmaculada Concepción; ¡es una gran fiesta para mí! En este día, la Santa Virgen me ha concedido gracias muy especiales... Este año iré a visitar a la Santa Virgen muy de mañana... Solo le pediré que las que ella me ha concedido sean todas santas, y que yo las siga de cerca, pero hace falta que ellas sean mucho mejor que yo.

El Dr. Notta encuentra muy lamentable que desde el principio, no hicimos la operación, pero ahora ya es demasiado tarde. Sin embargo, parece decir que puedo continuar así por mucho tiempo. Por lo tanto, pongámonos en las manos de Dios. Él sabe mejor que nosotros lo que necesitamos: Es él quien hizo la herida y la venda. Voy a ir a Lourdes, en la primera peregrinación, y espero que la Virgen me curará, si es necesario. Mientras tanto, vivamos con tranquilidad.

Voy a asistir a la primera misa aquí, antes de salir...

Tenemos que ponernos en la disposición de aceptar generosamente la voluntad de Dios, cualquiera que ella sea, ya que esto será siempre lo mejor que puede tener para nosotros.

Fuente: De la correspondencia de Santa Celia Martin

Doy mi vida por mis ovejas


Yo soy el buen Pastor, y conozco a mis ovejas, es decir, las amo, y ellas me conocen a mí. Es como si dijese con toda claridad: “Los que me aman me obedecen”. Pues el que no ama la verdad es que todavía no la conoce.

Ya que habéis oído, hermanos, cuál sea nuestro peligro, pensad también, por estas palabras del Señor, cuál es el vuestro. Ved si sois verdaderamente ovejas suyas, ved si de verdad lo conocéis, ved si percibís la luz de la verdad. Me refiero a la percepción no por la fe, sino por el amor y por las obras. Pues el mismo evangelista Juan, de quien son estas palabras, afirma también: Quien dice: Yo conozco a Dios, y no guarda sus mandamientos, miente.

Por esto el Señor añade, en este mismo texto: Como el Padre me conoce a mí, yo conozco al Padre y doy mi vida por mis ovejas, lo que equivale a decir: “En esto consiste mi conocimiento del Padre y el conocimiento que el Padre tiene de mí, en que doy mi vida por mis ovejas; esto es, el amor que me hace morir por mis ovejas demuestra hasta qué punto amo al Padre”.

Referente a sus ovejas, dice también: Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy vida eterna. Y un poco antes había dicho también acerca de ellas: El que entre por mí se salvará, disfrutará de libertad para entrar y salir, y encontrará pastos abundantes. Entrará, en efecto, al abrirse a la fe, saldrá al pasar de la fe a la visión y la contemplación, encontrará pastos en el banquete eterno.

Sus ovejas encontrarán pastos, porque todo aquel que lo sigue con un corazón sencillo es alimentado con un pasto siempre verde. ¿Y cuál es el pasto de estas ovejas, sino el gozo íntimo de un paraíso siempre lozano? El pasto de los elegidos es la presencia del rostro de Dios, que, al ser contemplado ya sin obstáculo alguno, sacia para siempre el espíritu con el alimento de vida.

Busquemos, pues, queridos hermanos, estos pastos, para alegrarnos en ellos junto con la multitud de los ciudadanos del cielo. La misma alegría de los que ya disfrutan de este gozo nos invita a ello. Por tanto, hermanos, despertemos nuestro espíritu, enardezcamos nuestra fe, inflamemos nuestro deseo de las cosas celestiales; amar así es ponernos ya en camino.

Que ninguna adversidad nos prive del gozo de esta fiesta interior, porque al que tiene la firme decisión de llegar a término ningún obstáculo del camino puede frenarlo en su propósito. No nos dejemos seducir por la prosperidad, ya que sería un caminante insensato el que, contemplando la amenidad del paisaje, se olvidara del término de su camino.

Fuente: De las Homilías de san Gregario Magno, papa, sobre los Evangelios

Un camino a la perfección


Es el decir de santos varones, que si queremos ser perfectos, no tenemos otra cosa que hacer sino realizar bien las obligaciones ordinarias del día. Un camino corto a la perfección. Corto, no por ser fácil, sino por ser pertinente y comprensible. No hay caminos cortos a la perfección, pero sí seguros. Creo que ésta es una enseñanza que puede ser de gran practicidad para personas como nosotros. Es fácil tener ideas vagas de lo que es la perfección, y que son suficientes para hablar de ella cuando no aspiramos a ella. Pero tan pronto como una persona desea y se pone realmente a buscarla, no se satisface con cualquier cosa, sino con lo que es tangible y claro, con lo que constituye algún tipo de dirección hacia la práctica de la misma.

Debemos tener en mente lo que se entiende por perfección. No significa ningún servicio extraordinario, algo fuera de lo común o especialmente heroico. No todos tienen la oportunidad de realizar o soportar sufrimientos heroicos. Significa lo que la palabra perfección supone ordinariamente: lo que es completo, consistente, bueno, lo opuesto a lo imperfecto, lo que no tiene defecto. Así como sabemos bien lo que es imperfecto en el culto religioso, sabemos por contraste lo que se entiende por perfección.

Es perfecto, pues, aquél que hace perfectamente el trabajo del día, y no necesita ir más allá de esto para buscar la perfección. No necesitas salirte de la rutina del día. Insisto en esto, porque pienso que simplificará nuestras miras y fijará nuestros esfuerzos en una meta definida.

Si me preguntas qué debes hacer en orden a ser perfecto, digo: primero, no te quedes en la cama más allá del debido tiempo para levantarse, ofrece tus primeros pensamientos a Dios, haz una buena visita al Santísimo Sacramento, di el Ángelus devotamente, come y bebe a la gloria de Dios, reza el Rosario bien, sé recogido, guárdate de los malos pensamientos, haz bien la meditación de la tarde, examínate diariamente, vete a la cama a tiempo, y serás perfecto.

Fuente: Escrito de San Juan Henry Newman, fechado el 27 de diciembre de 1856

Protegido inexpugnablemente con el estandarte de la cruz


La festividad de hoy, queridos hermanos, duplica la alegría de la gloria pascual, y es como una piedra preciosa que da un nuevo esplendor al oro en que se incrusta.

Jorge fue trasladado de una milicia a otra, pues dejó su cargo en el ejército, cambiándolo por la profesión de la milicia cristiana y, con la valentía propia de un soldado; repartió primero sus bienes entre los pobres, despreciando el fardo de los bienes del mundo, y así, libre y dispuesto, se puso la coraza de la fe y, cuando el combate se hallaba en todo su fragor, entró en él como un valeroso soldado de Cristo.

Esta actitud nos enseña claramente que no se puede pelear por la fe con firmeza y decisión si no se han dejado primero los bienes terrenos.

San Jorge, encendido en fuego del Espíritu Santo y protegiéndose inexpugnablemente con el estandarte de la cruz, peleó de tal modo con aquel rey inicuo, que, al vencer a este delegado de Satanás, venció al príncipe de la iniquidad y dio ánimos a los soldados de Cristo para combatir con valentía.

Junto al mártir estaba el Árbitro invisible y supremo que, según sus designios, permitía a los impíos que le atormentaran. Si es verdad que entregaba su cuerpo en manos de los verdugos, guardaba su alma bajo su constante protección, escondiéndola en el baluarte inexpugnable de la fe.

Hermanos carísimos: no debemos limitarnos a admirar a este combatiente de la milicia celeste, sino que debemos imitarle.

Que nuestro espíritu se eleve hacia el premio de la gloria celestial, de modo que, centrado nuestro corazón en su contemplación, no nos dejemos doblegar, tanto si el mundo seductor se burla de nosotros como si con sus amenazas quiere atemorizarnos.

Purifiquémonos, pues, de cualquier impureza de cuerpo o espíritu, siguiendo el mandato de Pablo, para poder entrar al fin en ese templo de la bienaventuranza al que se dirige ahora nuestra intención.

El que dentro de este templo que es la Iglesia quiere ofrecerse a Dios en sacrificio necesita, una vez que haya sido purificado por el bautismo, revestirse luego de las diversas virtudes, como está escrito: Que tus sacerdotes se vistan de justicia; en efecto, quien renace en Cristo como hombre nuevo por el bautismo no debe volver a ponerse la mortaja del hombre viejo, sino la vestidura del hombre nuevo, viviendo con una conducta renovada.

Así es como, limpios de las manchas del antiguo pecado y resplandecientes por el brillo de la nueva conducta, celebramos dignamente el misterio pascual e imitamos realmente el ejemplo de los santos mártires.

Fuente: De los sermones de san Pedro Damián, obispo

Nuestra Señora de la Salette (II)


En el momento de su aparición a Melania y a Maximino, la Virgen había recordado la importancia de la oración: “¿Vosotros rezáis, hijos míos? - No mucho, señora. - ¡Ah! Hijos míos, pues hay que rezar por la noche y por la mañana, aunque sólo sea con un Padrenuestro y un Avemaría. Y cuando podáis, rezad más”.

“El centro de nuestra vida es Cristo, Redentor del hombre -recordaba el Papa Juan Pablo II el 16 de octubre de 2002. María no lo oscurece; no oscurece su obra salvífica. Al subir al cielo en cuerpo y alma, la Virgen, primera en probar los frutos de la Pasión y de la Resurrección de su Hijo, es quien, de la forma más segura, puede conducirnos a Cristo, fin último de nuestros actos y de toda nuestra existencia. ¿Acaso existe mejor instrumento para contemplar el rostro de Cristo con María que el rezo del rosario? Debemos redescubrir la profundidad mística que se encierra en la sencillez de esta plegaria, tan apreciada por la tradición popular. En su estructura, esta plegaria mariana es efectivamente, sobre todo, una meditación de los misterios de la vida y de la obra de Cristo. Al repetir la invocación del Avemaría, podemos profundizar en los acontecimientos esenciales de la misión del Hijo de Dios en la tierra, que nos han sido transmitidos mediante el Evangelio y la tradición” (Audiencia general).

La oración, y especialmente el rosario, nos abren a la esperanza. En relación con La Saleta, el Papa Juan Pablo II escribe: “La Virgen pide que su mensaje se anuncie a todo su pueblo mediante el testimonio de dos niños, y su voz se dejará oír rápidamente. Llegarán los peregrinos y tendrán lugar muchas conversiones. María se apareció en medio de una luz que evoca el esplendor de la humanidad transfigurada por la Resurrección de Cristo: La Saleta es un mensaje de esperanza, pues nuestra esperanza se sostiene por la intercesión de quien es Madre de los hombres. Las rupturas no son irremediables. La noche del pecado cede su lugar a la luz y a la misericordia divinas. El sufrimiento humano asumido puede contribuir a la purificación y a la salvación” (6 de mayo de 1996).

“En La Saleta, María manifestó con toda claridad la constancia de su plegaria por el mundo. Ella nunca abandonará a los hombres, creados a imagen y semejanza de Dios y a quienes les ha sido dado convertirse en hijos de Dios (cf. Jn 1, 12)” (Juan Pablo II, 6 de mayo de 1996). ¡Confiemos plenamente en Ella!

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 1 de noviembre de 2005

Nuestra Señora de la Salette (I)


“María, Madre llena de amor -escribía el Papa Juan Pablo II, el 6 de mayo de 1996-, mostró en La Saleta su tristeza ante el mal moral de la humanidad. Con sus lágrimas, ella nos ayuda a captar mejor la dolorosa gravedad del pecado y del rechazo a Dios, pero también la apasionada fidelidad que su Hijo guarda hacia sus hijos, Él, el Redentor, cuyo amor se encuentra herido a causa del olvido y de los rechazos”.

“El pecado es una ofensa a Dios: Contra ti, contra ti sólo he pecado, lo malo a tus ojos cometí (Sal 51,6). El pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse como dioses, pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal (Gn 3, 5). El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” (San Agustín). Por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado está diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación”. La variedad de pecados es grande. La Escritura contiene varias listas. La carta a los Gálatas opone las obras de la carne al fruto del Espíritu: Las obras de la carne son conocidas: fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes, sobre las cuales os prevengo como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios (Ga 5, 19-21)” (Catecismo de la Iglesia Católica, CEC, 1850, 1852).

En La Saleta, la Virgen insiste especialmente en los pecados contra Dios por la falta de respeto hacia su nombre. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: “Entre todas las palabras de la revelación hay una, singular, que es la revelación de su nombre”. El nombre del Señor es santo. Por eso el hombre no puede usar mal de él. Lo debe guardar en la memoria en un silencio de adoración amorosa. No lo empleará en sus propias palabras sino para bendecirlo, alabarlo y glorificarlo. La deferencia respecto a su Nombre expresa la que es debida al misterio de Dios mismo y a toda la realidad sagrada que evoca”. La blasfemia consiste en proferir contra Dios -interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; en injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, en abusar del nombre de Dios”. La prohibición de la blasfemia se extiende a las palabras contra la Iglesia de Cristo, los santos y las cosas sagradas. Es también blasfemo recurrir al nombre de Dios para justificar prácticas criminales, reducir pueblos a servidumbre, torturar o dar muerte”. La blasfemia es de suyo un pecado grave”. Las palabras malsonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto hacia el Señor”. (cf. CEC 2143-2144, 2148-2149).

Por mediación de la Virgen, Dios dice a los niños de La Saleta: “Os he dado seis días para trabajar; me he reservado el séptimo y no quieren concedérmelo”. Se nos recuerda de ese modo el deber de santificar el domingo. En 1998, el Papa Juan Pablo II publicó una Carta apostólica para recordar el sentido del domingo cristiano: “Quienes han recibido la gracia de creer en el Señor resucitado pueden descubrir el significado de este día semanal con la emoción vibrante que hacía decir a san Jerónimo: El domingo es el día de la resurrección; es el día de los cristianos; es nuestro día. Si desde el principio de mi Pontificado no me he cansado de repetir: ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!, en esta misma línea quisiera hoy invitar a todos con fuerza a descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir”. (Dies Domini).

La participación en la celebración común de la Eucaristía dominical es un testimonio de pertenencia y de fidelidad a Cristo: “La Misa es la viva actualización del sacrificio de la Cruz. Bajo las especies de pan y vino, sobre las que se ha invocado la efusión del Espíritu Santo, que actúa con una eficacia del todo singular en las palabras de la consagración, Cristo se ofrece al Padre con el mismo gesto de inmolación con que se ofreció en la cruz”. A su sacrificio Cristo une el de la Iglesia: “En la Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo” (CEC 1368).

“Al ser la Eucaristía el verdadero centro del domingo, se comprende por qué, desde los primeros siglos, los Pastores no han dejado de recordar a sus fieles la necesidad de participar en la asamblea litúrgica”. El Código de Derecho Canónigo confirma esta obligación diciendo que “el domingo y las demás fiestas de precepto los fieles tienen obligación de participar en la Misa” (canon 1247). Esta ley se ha entendido normalmente como una obligación grave. Si la participación en la Eucaristía es el centro del domingo, sin embargo sería reductivo limitar sólo a ella el deber de “santificarlo”. En efecto, el día del Señor es bien vivido si todo él está marcado por el recuerdo agradecido y eficaz de las obras salvíficas de Dios. Todo ello lleva a cada discípulo de Cristo a dar también a los otros momentos de la jornada vividos fuera del contexto litúrgico -vida en familia, relaciones sociales, momentos de diversión- un estilo que ayude a manifestar la paz y la alegría del Resucitado en el ámbito ordinario de la vida” (Ibid. 46, 47, 52).

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 1 de noviembre de 2005

La Virgen María cooperadora en la Obra de la Redención


A lo largo de los siglos la Iglesia ha reflexionado en la cooperación de María en la obra de la salvación, profundizando el análisis de su asociación al sacrificio redentor de Cristo. Ya san Agustín atribuye a la Virgen la calificación de “colaboradora” en la Redención (cf. De Sancta Virginitate, 6; PL 40, 399), título que subraya la acción conjunta y subordinada de María a Cristo redentor.

La reflexión se ha desarrollado en este sentido, sobre todo desde el siglo XV. Algunos temían que se quisiera poner a María al mismo nivel de Cristo. En realidad, la enseñanza de la Iglesia destaca con claridad la diferencia entre la Madre y el Hijo en la obra de la salvación, ilustrando la subordinación de la Virgen, en cuanto cooperadora, al único Redentor.

Por lo demás, el apóstol Pablo, cuando afirma: “Somos colaboradores de Dios” (1 Co 3, 9), sostiene la efectiva posibilidad que tiene el hombre de colaborar con Dios. La cooperación de los creyentes, que excluye obviamente toda igualdad con él, se expresa en el anuncio del Evangelio y en su aportación personal para que se arraigue en el corazón de los seres humanos.

El término “cooperadora” aplicado a María cobra, sin embargo, un significado específico. La cooperación de los cristianos en la salvación se realiza después del acontecimiento del Calvario, cuyos frutos se comprometen a difundir mediante la oración y el sacrificio. Por el contrario, la participación de María se realizó durante el acontecimiento mismo y en calidad de madre; por tanto, se extiende a la totalidad de la obra salvífica de Cristo. Solamente ella fue asociada de ese modo al sacrificio redentor, que mereció la salvación de todos los hombres. En unión con Cristo y subordinada a él, cooperó para obtener la gracia de la salvación a toda la humanidad.

El particular papel de cooperadora que desempeñó la Virgen tiene como fundamento su maternidad divina. Engendrando a Aquel que estaba destinado a realizar la redención del hombre, alimentándolo, presentándolo en el templo y sufriendo con él, mientras moría en la cruz, “cooperó de manera totalmente singular en la obra del Salvador” (Lumen gentium, 61). Aunque la llamada de Dios a cooperar en la obra de la salvación se dirige a todo ser humano, la participación de la Madre del Salvador en la redención de la humanidad representa un hecho único e irrepetible.

A pesar de la singularidad de esa condición, María es también destinataria de la salvación. Es la primera redimida, rescatada por Cristo “del modo más sublime” en su concepción inmaculada (cf. bula Ineffabilis Deus, de Pío IX: Acta 1, 605), y llena de la gracia del Espíritu Santo.

Esta afirmación nos lleva ahora a preguntarnos: ¿cuál es el significado de esa singular cooperación de María en el plan de la salvación? Hay que buscarlo en una intención particular de Dios con respecto a la Madre del Redentor, a quien Jesús llama con el título de “mujer “ en dos ocasiones solemnes, a saber, en Caná y al pie de la cruz (cf. Jn 2, 4; 19, 26). María está asociada a la obra salvífica en cuanto mujer. El Señor, que creó al hombre “varón y mujer” (cf. Gn 1, 27), también en la Redención quiso poner al lado del nuevo Adán a la nueva Eva. La pareja de los primeros padres emprendió el camino del pecado; una nueva pareja, el Hijo de Dios con la colaboración de su Madre, devolvería al género humano su dignidad originaria.

María, nueva Eva, se convierte así en icono perfecto de la Iglesia. En el designio divino, representa al pie de la cruz a la humanidad redimida que, necesitada de salvación, puede dar una contribución al desarrollo de la obra salvífica.

El Concilio tiene muy presente esta doctrina y la hace suya, subrayando la contribución de la Virgen santísima no sólo al nacimiento del Redentor, sino también a la vida de su Cuerpo místico a lo largo de los siglos: en la Iglesia, María “colaboró” y “colabora” (cf. Lumen gentium, 53 y 63) en la obra de la salvación. La Virgen de Nazaret, “abrazando la voluntad salvadora de Dios, se entregó totalmente a sí misma, como esclava del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo. Con él y en dependencia de él, se puso, por la gracia de Dios todopoderoso, al servicio del misterio de la Redención” (ib., 56).

Además, no sólo presenta a María como la “madre del Redentor “, sino también como “compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas”, que colabora “de manera totalmente singular a la obra del Salvador con su obediencia, fe, esperanza y ardiente amor”. Recuerda, asimismo, que el fruto sublime de esa colaboración es la maternidad universal: “Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia” (Lumen gentium, 61). Por tanto, podemos dirigirnos con confianza a la Virgen santísima, implorando su ayuda, conscientes de la misión singular que Dios le confió: colaboradora de la redención, misión que cumplió durante toda su vida y, de modo particular, al pie de la cruz.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia General del 9 de abril de 1997

Junto a la Obra del Redentor estaba su Madre


“Creemos que María fue real y verdaderamente Corredentora de la humanidad por dos razones fundamentales: a) Por ser la Madre de Cristo Redentor, lo que lleva consigo la maternidad espiritual sobre todos los redimidos. b) Por su compasión dolorosísima al pie de la cruz, íntimamente asociada, por libre disposición de Dios, al tremendo sacrificio de Cristo Redentor”. (Antonio Royo Marín, O.P. La Virgen María, Teología y espiritualidad marianas)

“Para comprender un poco lo que fueron los sufrimientos de María, es preciso pensar en su amor natural y sobrenatural -teologal- hacia su Unigénito, no solamente amado, sino legítimamente adorado, al que amaba muchísimo más que su propia vida, puesto que era su Dios. Lo había concebido milagrosamente, lo amaba con un corazón de Virgen, el más puro, tierno y rebosante de caridad que ha existido jamás. Además no ignoraba ninguna de las causas de la crucifixión, ni las causas humanas: el encarnizamiento de los judíos, el pueblo elegido, su propio pueblo; ni las causas superiores: la redención de las almas pecadoras. Se puede entrever con esto que hemos dicho, la profundidad y la extensión de los sufrimientos de María Corredentora”. (Réginald Garrigou-Lagrange, La Madre del Salvador y nuestra vida interior)

“Con razón los Romanos Pontífices han llamado a María Corredentora: de tal modo, juntamente con su Hijo paciente y muriente, padeció y casi murió; y de tal modo, por la salvación de los hombres, abdicó de los derechos maternos sobre su Hijo, y le inmoló, en cuanto de Ella dependía, para aplacar la justicia de Dios, que puede con razón decirse que Ella redimió al género humano juntamente con Cristo. Así entendemos mejor aquel momento de la Pasión de Nuestro Señor, que nunca nos cansaremos de meditar: stabat autem iuxta crucem Iesu mater eius, estaba junto a la cruz de Jesús su Madre” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, Homilía del 11 de octubre de 1964)

“Madre Santa de Dios, íntimamente asociada al Redentor. Cooperadora del Redentor”. (San Pablo VI, Exhortación Apostólica Marialis Cultus)

A continuación, algunas citas de San Juan Pablo II:

El Padre ha querido poner a María cerca de Cristo y en comunión con él, que puede “salvar perfectamente a los que por él se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor” (Hb 7, 25): a la intercesión sacerdotal del Redentor ha querido unir la intercesión maternal de la Virgen. (Audiencia General, 24 Septiembre 1997)

María, aunque concebida y nacida sin mancha de pecado, participó de una manera maravillosa en los sufrimientos de su divino Hijo, para ser la Corredentora de la humanidad. (En el saludo en italiano al final de la Audiencia general del 8 de septiembre de 1982)

El papel corredentor de María no cesó con la glorificación del Hijo. (Homilía del 31 de enero de 1985)

Al deseo del Redentor corresponda generosamente nuestro deseo, con la ayuda de María la Corredentora, a la que elevamos con todo ardor nuestra oración. (Ángelus del 31 de marzo de 1985)

¡Santa María, Corredentora del género humano junto a su Hijo, les otorgue siempre fortaleza y confianza! (Discurso del 24 de marzo de 1990)

Santa Faustina y la Divina Misericordia


Helena Kowalska, tercera de diez hermanos, nació el 25 de agosto de 1905 en Glogow (Polonia). El 30 de abril de 1926 toma el hábito en la Congregación de Nuestra Señora de la Misericordia, adoptando el nombre de sor Faustina. Una pesada prueba empieza sin embargo para ella, que describe de este modo: “A partir del final del primer año del noviciado, una oscuridad cada vez más espesa comenzó a invadir mi alma. Mi pensamiento se hizo opaco, y las verdades de la fe me parecían absurdas. Cuando me hablaban de Dios, mi corazón era como una piedra, incapaz del menor acto de amor, y no hallaba consuelo alguno en la oración... A menudo, y durante toda la Misa, lo único que hacía era luchar contra las blasfemias que se agolpaban por salir de mis labios... Y cuando el sacerdote me explicaba que no eran más que pruebas y que, en ese estado, no ofendía a Dios, sino que era más bien una señal de que Dios me amaba, no hallaba consuelo alguno, y me daba la impresión de que aquellas palabras no tenían nada que ver conmigo... Entonces me prosternaba ante el Santísimo Sacramento, repitiendo estas palabras: “¡Aunque me mates, tendré confianza en ti!”.

La agudeza de la prueba, que durará dos años y medio, se corresponde con la medida de la misión que se le confiará a sor Faustina. Ella, cuya misión debía consistir en recordar a un mundo presa de la angustia que debía confiar en la infinita Misericordia, había conocido todos los grados de la tentación de la desesperación.

El 22 de febrero de 1931, se le aparece Nuestro Señor, vestido con una gran túnica blanca, con una mano levantada en un gesto de absolución, y con la otra sobre su divino Corazón. De su hábito entreabierto, a la altura del Corazón, salen dos haces de rayos de luz, uno rojo y otro blanco. “Yo contemplaba al Señor en silencio -escribe-; mi alma estaba llena de temor, pero también rebosaba de gozo. Al cabo de un instante el Señor Jesús me dijo: Pinta una imagen semejante a este modelo y escribe: Jesús, en ti confío. Deseo, en primer lugar, que esta imagen sea venerada en la capilla, y después en el mundo entero. A quienes la veneren les prometo que no perecerán. Les prometo desde este mundo la victoria sobre el enemigo, pero sobre todo en la hora de la muerte. Yo mismo les defenderé, como gloria mía”.

Sor Faustina le cuenta esa visión a su confesor, pero el sacerdote no le presta demasiada atención. Con el correr de los meses, las órdenes del Señor se concretan y se vuelven cada vez más apremiantes: “Quiero que los sacerdotes proclamen mi gran Misericordia. Quiero que los pecadores se acerquen a mí sin temor de ninguna clase. Las llamas de mi Misericordia me consumen. Ningún pecado, aunque sea un abismo de abyección, agotará mi Misericordia, pues cuanto más se bebe de ella más aumenta. Pues he descendido aquí a la tierra por los pecadores, y por ellos he derramado toda mi Sangre. Para castigar, ya tengo toda la eternidad; ahora prolongo el tiempo de la Misericordia. Mi Corazón sufre, pues incluso las almas consagradas ignoran mi Misericordia, tratándome con desconfianza. ¡Cuánto me hiere la falta de confianza!”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 24 de octubre de 2001

María modelo de paciencia inagotable para la Iglesia


La Virgen María padeció, por causa de Cristo, muchos dolores desde que lo dio a luz, más aun, desde antes de darlo a luz. En primer lugar, porque José, que no quería denunciarla, pensaba repudiarla en secreto (cf Mt 1, 18-20). Luego, cuando ya se acercaba el tiempo del parto, en Belén experimentó el crudo egoísmo humano, ya que fue rechazada en todas las casas. Como no había lugar en la posada, la Virgen se vio obligada a guarecerse de las inclemencias de la noche en un establo, junto a los animales, y allí tuvo que dar a luz al Hijo unigénito y primogénito suyo y de Dios, y colocar en el pesebre a aquel niño tan tierno y delicado. Experimentó una gran aflicción por la dolorosa circuncisión del Hijo, viendo que, a causa de la herida, sufría y lloraba aquel adorable niño. Experimentó un gran dolor el día de la purificación y de la presentación de su Hijo en el templo de Jerusalén, cuando escucho la profecía de Simeón sobre las duras y crueles persecuciones que habría de padecer su Hijo. Experimentó un gran dolor cuando supo, por revelación del ángel, que el impío Herodes buscaba al niño para matarlo y que era necesario huir a Egipto. Sintió un gran dolor cuando perdió en el templo al niño Jesús que entonces tenía doce años: Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando (Lc 2, 42).

Pero esto no fue más que el comienzo, es decir, el preludio y anticipo de los dolores: aún no había llegado la hora de que la espada atravesara su alma. Cuando Cristo, después de recibir el bautismo de Juan y vencer en el desierto a Satanás, comenzó a manifestarse al mundo y a predicar el evangelio, realizando milagros para destrucción y ruina del reino de Satanás, entonces fue cuando desató la cruel persecución, que la Virgen no ignoraba.

En realidad, la espada de un agudísimo dolor traspasó su alma cuando supo que Jesús, traicionado por Judas, había sido capturado por los judíos; cuando se enteró de que, después de los duros azotes, había sido condenado injustamente al suplicio de una muerte infame, que era reservada solo para los ladrones; cuando lo vio coronado de espinas y cargado con la cruz, junto con los ladrones, camino del Calvario para ser allí crucificado; cuando lo vio suspendido de la cruz en la que estaba clavado y oyó su voz, pues, como dice el evangelista: Junto a la cruz de Jesús estaba su madre (Jn 19,25); cuando lo vio ya muerto. ¡Oh dolor inefable! Y si Pablo, por su ardiente amor a Cristo, pudo decir: Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mi (Gal 2, 19), ¿con cuanta más razón pudo decirlo María? Si, pues, de tal modo Cristo vivía en la Virgen, ¿podía Cristo padecer algo sin que no lo padeciera también la Virgen? María se compadecía de los dolores de su Hijo, y también ella padecía lo indecible.

Estaba junto a la cruz sostenida por la fuerza de la fe, sabiendo que su Hijo pronto resucitaría. Estaba allí con el cuerpo, pero más con el espíritu; estaba allí contemplando con estupor el amor de Dios que de ese modo amaba a los hombres; contemplaba admirada la divina obediencia de su Hijo al Padre, su divina fortaleza contra los demonios, su infinita paciencia en aguantar los más atroces suplicios. Así, atónita, estaba contemplando el divino misterio de la redención humana, y estaba también como modelo y ejemplo de inquebrantable paciencia ante la adversidad para la Iglesia de todos los tiempos. Así, con gran fuerza de ánimo, bebió hasta las heces el amarguísimo cáliz que Dios le ofrecía. Así, por su generosidad y fortaleza, su dolor fue en todo semejante a la pasión de su Hijo.

Y, si Cristo padeció por nosotros dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas (1 Pe 2,21), también María, su santísima Madre, sufrió los mismos dolores; junto con su Hijo nos da un ejemplo, para que como hizo ella, también hagamos nosotros, y nunca apartemos la mirada del divino modelo que se nos ha mostrado en el Calvario. Contemplémosle y pongamos todo nuestro empeño en imitar a Cristo y a su santísima Madre. Recordemos a la que soporto tal oposición de los pecadores, para que no desfallezcamos en el camino de la santidad y de la salvación. María sea siempre para nosotros ejemplo de inagotable e invencible paciencia, de sólida virtud y de espíritu animoso, para que ninguna tribulación, más aún, ninguna criatura nos pueda separar del amor de Cristo.

Fuente: De los Sermones de san Lorenzo de Brindis, presbítero

Contemplando el Santo Sudario (II)


La Sábana santa es también imagen del amor de Dios, así como del pecado del hombre. Invita a redescubrir la causa última de la muerte redentora de Jesús. En el inconmensurable sufrimiento que documenta, el amor de Aquel que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16) se hace casi palpable y manifiesta sus sorprendentes dimensiones. Ante ella, los creyentes no pueden menos de exclamar con toda verdad: “Señor, ¡no podías amarme más!”, y darse cuenta en seguida de que el pecado es el responsable de ese sufrimiento: los pecados de todo ser humano.

Al hablarnos de amor y de pecado, la Sábana santa nos invita a todos a imprimir en nuestro espíritu el rostro del amor de Dios, para apartar de él la tremenda realidad del pecado. La contemplación de ese Cuerpo martirizado ayuda al hombre contemporáneo a liberarse de la superficialidad y del egoísmo con los que, muy a menudo, considera el amor y el pecado. La Sábana santa, haciéndose eco de la palabra de Dios y de siglos de conciencia cristiana, susurra: cree en el amor de Dios, el mayor tesoro dado a la humanidad, y huye del pecado, la mayor desgracia de la historia.

La Sábana santa es también imagen de impotencia: impotencia de la muerte, en la que se manifiesta la consecuencia extrema del misterio de la Encarnación. Ese lienzo sagrado nos impulsa a afrontar el aspecto más desconcertante del misterio de la Encarnación, que es también el que muestra con cuánta verdad Dios se hizo verdaderamente hombre, asumiendo nuestra condición en todo, excepto en el pecado. A todos desconcierta el pensamiento de que ni siquiera el Hijo de Dios resistió a la fuerza de la muerte; pero a todos nos conmueve el pensamiento de que participó de tal modo en nuestra condición humana, que quiso someterse a la impotencia total del momento en que se apaga la vida. Es la experiencia del Sábado santo, paso importante del camino de Jesús hacia la gloria, de la que se desprende un rayo de luz que ilumina el dolor y la muerte de todo hombre.

La fe, al recordarnos la victoria de Cristo, nos comunica la certeza de que el sepulcro no es el fin último de la existencia. Dios nos llama a la resurrección y a la vida inmortal.

La Sábana santa es imagen del silencio. Existe el silencio trágico de la incomunicabilidad, que tiene en la muerte su mayor expresión; y existe el silencio de la fecundidad, propio de quien renuncia a hacerse oír en el exterior, para alcanzar en lo profundo las raíces de la verdad y de la vida. La Sábana santa no sólo expresa el silencio de la muerte, sino también el silencio valiente y fecundo de la superación de lo efímero, gracias a la inmersión total en el eterno presente de Dios. Así, brinda la conmovedora confirmación del hecho de que la omnipotencia misericordiosa de nuestro Dios no ha sido detenida por ninguna fuerza del mal, sino que, por el contrario, sabe hacer que incluso la fuerza del mal contribuya al bien. Nuestro tiempo necesita redescubrir la fecundidad del silencio, para superar la disipación de los sonidos, de las imágenes y de la palabrería, que muy a menudo impiden escuchar la voz de Dios.

La peregrinación que grandes multitudes están realizando a esta ciudad es un venir a ver este signo trágico e iluminador de la Pasión, que anuncia el amor del Redentor. Este icono del Cristo abandonado en la condición dramática y solemne de la muerte, que desde hace siglos es objeto de significativas representaciones y que, desde hace cien años, gracias a la fotografía, se ha difundido en muchísimas reproducciones, nos exhorta a penetrar en el misterio de la vida y de la muerte para descubrir el mensaje, grande y consolador, que se nos da en ella. La Sábana santa nos presenta a Jesús en el momento de su máxima impotencia, y nos recuerda que en la anulación de esa muerte está la salvación del mundo entero. La Sábana santa se convierte, así, en una invitación a vivir cada experiencia, incluso la del sufrimiento y de la suprema impotencia, con la actitud de quien cree que el amor misericordioso de Dios vence toda pobreza, todo condicionamiento y toda tentación de desesperación.

Que el Espíritu de Dios, que habita en nuestro corazón, suscite en cada uno el deseo y la generosidad necesarios para acoger el mensaje de la Sábana santa y hacer de él el criterio inspirador de su existencia.

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso del Domingo 24 de mayo de 1998

Contemplando el Santo Sudario (I)


Con la mirada dirigida a la Sábana santa, deseo saludaros cordialmente a todos vosotros, fieles de la Iglesia turinesa. Saludo a los peregrinos que durante el período de esta ostensión vienen de todo el mundo para contemplar uno de los signos más conmovedores del amor sufriente del Redentor.

Al entrar en la catedral, me he recogido en adoración ante la Eucaristía, el sacramento que está en el centro de las atenciones de la Iglesia y que, bajo apariencias humildes, conserva la presencia verdadera, real y sustancial de Cristo. A la luz de la presencia de Cristo en medio de nosotros, me he arrodillado ante la Sábana santa, el precioso lienzo que nos puede ayudar a comprender mejor el misterio del amor que nos tiene el Hijo de Dios.

Ante la Sábana santa, imagen intensa y conmovedora de un dolor indescriptible, deseo dar gracias al Señor por este don singular, que pide al creyente atención amorosa y disponibilidad plena al seguimiento del Señor.

La Sábana santa es un reto a la inteligencia. Ante todo, exige de cada hombre, en particular del investigador, un esfuerzo para captar con humildad el mensaje profundo que transmite a su razón y a su vida. La fascinación misteriosa que ejerce la Sábana santa impulsa a formular preguntas sobre la relación entre ese lienzo sagrado y los hechos de la historia de Jesús. Dado que no se trata de una materia de fe, la Iglesia no tiene competencia específica para pronunciarse sobre esas cuestiones. Encomienda a los científicos la tarea de continuar investigando para encontrar respuestas adecuadas a los interrogantes relacionados con este lienzo que, según la tradición, envolvió el cuerpo de nuestro Redentor cuando fue depuesto de la cruz. La Iglesia los exhorta a afrontar el estudio de la Sábana santa sin actitudes preconcebidas, que den por descontado resultados que no son tales; los invita a actuar con libertad interior y respeto solícito, tanto en lo que respecta a la metodología científica como a la sensibilidad de los creyentes.

Para el creyente cuenta sobre todo el hecho de que la Sábana santa es espejo del Evangelio. En efecto, si se reflexiona sobre este lienzo sagrado, no se puede prescindir de la consideración de que la imagen presente en él tiene una relación tan profunda con cuanto narran los evangelios sobre la pasión y muerte de Jesús, que todo hombre sensible se siente interiormente impresionado y conmovido al contemplarlo. Además, quien se acerca a la Sábana santa es consciente de que no detiene en sí misma el corazón de la gente, sino que remite a Aquel a cuyo servicio lo puso la Providencia amorosa del Padre. Por tanto, es justo alimentar la conciencia del precioso valor de esta imagen, que todos ven y nadie, por ahora, logra explicar. Para toda persona reflexiva es motivo de consideraciones profundas, que pueden llegar a comprometer su vida.

Así, la Sábana santa constituye un signo verdaderamente singular que remite a Jesús, la Palabra verdadera del Padre, e invita a conformar la propia vida a la de Aquel que se entregó a sí mismo por nosotros.

En la Sábana santa se refleja la imagen del sufrimiento humano. Recuerda al hombre moderno, distraído a menudo por el bienestar y las conquistas tecnológicas, el drama de tantos hermanos, y lo invita a interrogarse sobre el misterio del dolor, para profundizar en sus causas. La impronta del cuerpo martirizado del Crucificado, al testimoniar la tremenda capacidad del hombre de causar dolor y muerte a sus semejantes, se presenta como el icono del sufrimiento del inocente de todos los tiempos: de las innumerables tragedias que han marcado la historia pasada, y de los dramas que siguen consumándose en el mundo.

La Sábana santa no sólo nos impulsa a salir de nuestro egoísmo; también nos lleva a descubrir el misterio del dolor que, santificado por el sacrificio de Cristo, engendra salvación para toda la humanidad. Imagen del pecado del hombre y del amor de Dios

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso del Domingo 24 de mayo de 1998

En el primer Encuentro mundial de las familias


Hoy, todos los que, mediante su maternidad o su paternidad, se asocian al misterio de la creación, profesan a “Dios, Padre todopoderoso, creador...”.

Profesan a Dios como Padre, porque a él deben su maternidad o paternidad humana. Y, profesando su fe, se confían a este Dios, “de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3, 15), por la gran tarea que les corresponde personalmente como padres: la labor de educar a los hijos. “Ser padre, ser madre”, significa “comprometerse en educar”. Y educar quiere decir también “generar”: generar en el sentido espiritual.

Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios..., que por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de María, la Virgen, y se hizo hombre”.

Creemos en Cristo, que es el Verbo eterno: “Dios de Dios, Luz de Luz”. El, en cuanto consubstancial al Padre, es Aquel por quien todo fue creado. Se hizo hombre por nosotros y por nuestra salvación. Como Hijo del hombre santificó la familia de Nazaret, que lo había acogido en la noche de Belén y lo había salvado de la crueldad de Herodes. Esta familia -en la que José, esposo de la purísima Virgen María, hacía para el Hijo las veces del Padre celeste- ha llegado a ser don de Dios mismo a todas las familias: la Sagrada Familia.

Creemos en Jesucristo, que, viviendo durante treinta años en la casa de Nazaret, santificó la vida familiar. Santificó también el trabajo humano, ayudando a José en el esfuerzo por mantener la Sagrada Familia.

Creemos en Jesucristo, el cual ha confirmado y renovado el sacramento primordial del matrimonio y de la familia (cf. Mc 10, 2-16). En él vemos cómo Cristo, en su coloquio con los fariseos, hace referencia al “principio”, cuando Dios “creó al hombre -varón y mujer los creó-” para que, llegando a ser “una sola carne” (cf. Mc 10, 6-8), trasmitieran la vida a nuevos seres humanos. Cristo dice: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mc 10, 8-9). Cristo, testigo del Padre y de su amor, construye la familia humana sobre un matrimonio indisoluble.

Creo -creemos- en Jesucristo, que fue crucificado, condenado a muerte de cruz por Poncio Pilato. Aceptando libremente la pasión y la muerte de cruz redimió el mundo. Resucitando al tercer día, confirmó su potencia divina y anuncio la victoria de la vida sobre la muerte.

De este modo, Cristo ha entrado en la historia de todas las familias, porque su vocación es servir a la vida. La historia de la vida y de la muerte de cada ser humano está injertada en la vocación de cada familia humana, que da la vida, pero que también participa de un modo muy particular en la experiencia del sufrimiento y de la muerte. En esta experiencia está presente Cristo que afirma: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25-26).

Familias cristianas del mundo entero, construid vuestra existencia sobre el fundamento de aquel sacramento que el Apóstol llama “grande” (cf.Ef 5, 32). ¿Acaso no veis cómo estáis inscritos en el misterio del Dios vivo, de aquel Dios que profesamos en nuestro “Credo” apostólico?

La Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles tiene en vosotros su inicio: “Ecclesiola; iglesia doméstica”. Así pues, la Iglesia es la familia de las familias. La fe en la Iglesia vivifica nuestra fe en la familia. El misterio de la Iglesia, este misterio fascinante, halla precisamente su reflejo en las familias.

Profesamos la fe en la Iglesia y esta fe permanece estrechamente unida al principio de la vida nueva, a la que Dios nos ha llamado en Cristo. Profesamos esta vida. Y, profesándola, recordamos tantos baptisterios del mundo en los que fuimos engendrados a esta vida. Y además a estos baptisterios habéis llevado a vuestros hijos y vuestras familias. Profesamos que el bautismo es un sacramento de regeneración “por el agua y el Espíritu” (Jn 3, 5). En este sacramento se nos perdona el pecado original así como cualquier otro pecado, y llegamos a ser hijos adoptivos de Dios a semejanza de Cristo, que es el único Hijo unigénito y eterno del Padre.

¡Qué inmenso es el misterio del que habéis llegado a participar! ¡Qué profundamente se une mediante la Iglesia vuestra paternidad -queridos padres y madres- con la eterna paternidad del mismo Dios!

Queridas familias de todo el mundo: Os deseo que, mediante la eucaristía, mediante nuestra oración común, sepáis siempre descubrir vuestra vocación, vuestra gran vocación en la Iglesia y en el mundo. Esta vocación la habéis recibido de Cristo que “nos santifica” y que “no se avergüenza de llamarnos hermanos y hermanas” (Hb 2, 11). He aquí que Cristo os dice hoy a todos vosotros: “Id, pues, por todo el mundo y enseñad a todas las familias” (cf. Mt 28, 19). Anunciándoles el evangelio de la salvación eterna, que es el “evangelio de las familias”. El Evangelio -la buena nueva-es Cristo, “porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). Y Cristo es “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8).

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 9 de octubre de 1994

Juan Pablo II en el Año de la familia


¡Esposos y familias de todo el mundo: el Esposo está con vosotros!“Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16-17); “lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu... Tenéis que nacer de lo alto” (Jn 3, 6-7). Debéis nacer “de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5). Precisamente vosotros, queridos padres y madres, sois los primeros testigos y ministros de este nuevo nacimiento del Espíritu Santo. Vosotros, que engendráis a vuestros hijos para la patria terrena, no olvidéis que al mismo tiempo los engendráis para Dios. Dios desea su nacimiento del Espíritu Santo; los quiere como hijos adoptivos en el Hijo unigénito que les da “poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12). La obra de la salvación perdura en el mundo y se realiza mediante la Iglesia. Todo esto es obra del Hijo de Dios, el Esposo divino, que nos ha transmitido el reino del Padre y nos recuerda a nosotros, sus discípulos: “El reino de Dios ya está entre vosotros” (Lc 17, 21).

Nuestra fe nos enseña que Jesucristo, que “está sentado a la derecha del Padre”, vendrá para juzgar a vivos y muertos. Por otra parte, el evangelista Juan afirma que él fue enviado al mundo no “para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17). Por tanto, ¿en qué consiste el juicio? Cristo mismo da la respuesta: El juicio “está en que vino la luz al mundo... El que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3, 19. 21). Esto también lo ha recordado recientemente la encíclica Veritatis splendor. ¿Cristo es, pues, juez? Tus propios actos te juzgarán a la luz de la verdad que tú conoces. Lo que juzgará a los padres y madres, a los hijos e hijas, serán sus obras. Cada uno de nosotros será juzgado sobre los mandamientos; también sobre los que hemos recordado en esta carta: cuarto, quinto, sexto y noveno. Sin embargo, cada uno será juzgado ante todo sobre el amor, que es el sentido y la síntesis de los mandamientos. “A la tarde te examinarán en el amor”, escribió san Juan de la Cruz. Cristo, redentor y esposo de la humanidad, “para esto ha nacido y para esto ha venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha su voz” (cf. Jn 18, 37). Él será el juez, pero del modo que él mismo ha indicado hablando del juicio final (cf. Mt 25, 31-46). El suyo será un juicio sobre el amor, un juicio que confirmará definitivamente la verdad de que el Esposo estaba con nosotros, sin que nosotros, quizás, lo supiéramos.

El juez es el Esposo de la Iglesia y de la humanidad. Por esto juzga diciendo: “Venid, benditos de mi Padre... Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis” (Mt 25, 34-36). Naturalmente esta relación podría alargarse y en ella podrían aparecer una infinidad de problemas, que afectan también a la vida conyugal y familiar. Podríamos encontrarnos también expresiones como éstas: “Fui niño todavía no nacido y me acogisteis, permitiéndome nacer; fui niño abandonado y fuisteis para mí una familia; fui niño huérfano y me habéis adoptado y educado como a un hijo vuestro”. Y también: “Ayudasteis a las madres que dudaban, o que estaban sometidas a fuertes presiones, para que aceptaran a su hijo no nacido y le hicieran nacer; ayudasteis a familias numerosas, familias en dificultad para mantener y educar a los hijos que Dios les había dado”. Y podríamos continuar con una relación larga y diferenciada, que comprende todo tipo de verdadero bien moral y humano, en el cual se manifiesta el amor. Ésta es la gran mies que el Redentor del mundo, a quien el Padre ha confiado el juicio, vendrá a cosechar: es la mies de gracias y obras buenas, madurada bajo el soplo del Esposo en el Espíritu Santo, que nunca cesa de actuar en el mundo y en la Iglesia. Demos gracias por esto al Dador de todo bien.

Sabemos, sin embargo, que en la sentencia final, referida por el evangelista Mateo, hay otra relación, grave y aterradora: “Apartaos de mí... Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis” (Mt 25, 41-43). Y en esta relación se pueden encontrar también otros comportamientos, en los que Jesús se presenta también como el hombre rechazado. Así, él se identifica con la mujer o el marido abandonado, con el niño concebido y rechazado: “¡No me habéis recibido!” Este juicio pasa también a través de la historia de nuestras familias y de la historia de las naciones y de la humanidad. El “no me habéis recibido” de Cristo implica también a instituciones sociales, gobiernos y organizaciones internacionales.

Al final de estas reflexiones, queridos hermanos, pensando en lo que, durante este Año de la familia, se proclamará desde diversas tribunas, quisiera renovar con vosotros la confesión hecha por Pedro a Cristo: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Digamos juntos: ¡Tus palabras, Señor, no pasarán! (cf. Mc 13, 31). ¿Qué puede desearos el Papa al final de esta larga meditación sobre el Año de la familia? Desea que todos os veáis reflejados en estas palabras, que “son espíritu y son vida” (Jn 6, 63).

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane, en el Año de la familia de 1994

Compromiso por la promoción de la familia


No puede faltar en la comunidad cristiana un serio compromiso de redescubrimiento del valor de la familia y del matrimonio. Ese compromiso es tanto más urgente, cuanto que este valor hoy es puesto en tela de juicio por gran parte de la cultura y de la sociedad.

No sólo se discuten algunos modelos de vida familiar, que cambian bajo la presión de las transformaciones sociales y de las nuevas condiciones de trabajo. Es la concepción misma de la familia, como comunidad fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, la que se ataca en nombre de una ética relativista que se abre camino en amplios sectores de la opinión pública e incluso de la legislación civil.

La crisis de la familia se transforma, a su vez, en causa de la crisis de la sociedad. No pocos fenómenos patológicos -como la soledad, la violencia y la droga- se explican, entre otras causas, porque los núcleos familiares han perdido su identidad y su función. Donde cede la familia, a la sociedad le falla su entramado de conexión, con consecuencias desastrosas que afectan a las personas y, especialmente, a los más débiles: niños, adolescentes, minusválidos, enfermos, ancianos...

Así pues, es preciso promover una reflexión que ayude no sólo a los creyentes, sino también a todos los hombres de buena voluntad, a redescubrir el valor del matrimonio y de la familia. En el Catecismo de la Iglesia católica se lee: “La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad” (n. 2207).

Al redescubrimiento de la familia puede llegar por sí sola la razón, escuchando la ley moral inscrita en el corazón humano. La familia, comunidad “fundada y vivificada por el amor” (Familiaris consortio, 18), encuentra su fuerza en la alianza definitiva de amor con la que un hombre y una mujer se entregan recíprocamente, convirtiéndose juntos en colaboradores de Dios para transmitir la vida.

En la base de esta relación fontal de amor, también las relaciones que se entablan con los demás miembros de la familia, y entre ellos, deben inspirarse en el amor y caracterizarse por el afecto y el apoyo mutuo. El amor auténtico, lejos de encerrar a la familia en sí misma, la abre a la sociedad entera, dado que la pequeña familia doméstica y la gran familia de todos los seres humanos no se oponen, sino que mantienen una relación íntima y originaria. En la raíz de todo esto se halla el misterio mismo de Dios, que precisamente la familia evoca de modo especial. En efecto, como escribí hace algunos años en la Carta a las familias, “a la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que el modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo, en el misterio trinitario de su vida. El Nosotros divino constituye el modelo eterno del nosotros humano; ante todo, de aquel nosotros que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina”.

La paternidad de Dios es la fuente trascendente de toda otra paternidad y maternidad humana. Contemplándola con amor, debemos sentirnos comprometidos a redescubrir la riqueza de comunión, de generación y de vida que caracteriza al matrimonio y a la familia.

En ella se desarrollan relaciones interpersonales, en las que a cada uno se le encomienda, aunque sin esquemas rígidos, una tarea específica. No pretendo aquí referirme a las tareas sociales y funcionales, que son expresiones de marcos históricos y culturales particulares. Más bien pienso en la importancia que revisten, en la relación esponsal recíproca y en el común compromiso de padres, la figura del hombre y de la mujer en cuanto llamados a actuar sus características naturales en el ámbito de una comunión profunda, enriquecedora y respetuosa. A esta unidad de los dos confía Dios no sólo la obra de la procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma de la historia.

Asimismo, el hijo debe considerarse como la expresión máxima de la comunión del hombre y de la mujer, o sea, de la recíproca acogida-donación que se realiza y se trasciende en un “tercero”, en el hijo precisamente. El hijo es la bendición de Dios. Transforma al marido y a la mujer en padre y madre. Ambos “salen de sí mismos” y se expresan en una persona que, a pesar de ser fruto de su amor, va más allá de ellos.

A la familia se aplica de modo especial el ideal expresado en la oración sacerdotal, en la que Jesús pide que su unidad con el Padre implique a sus discípulos (cf. Jn 17, 11) y a los que crean en su palabra (cf. Jn 17, 20-21). La familia cristiana, “iglesia doméstica”, está llamada a realizar de modo especial este ideal de perfecta comunión.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 1 de diciembre de 1999

Domingo in Albis, dedicado al culto de la Misericordia divina


Desde la antigüedad este domingo se llama “in albis”, del término latino “alba”, dado al vestido blanco que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua y se quitaban a los ocho días. En este día, los neófitos de la Vigilia pascual se ponían una vez más su vestido blanco, símbolo de la luz que el Señor les había dado en el bautismo. Después se quitaban el vestido blanco, pero debían introducir en su vida diaria la nueva luminosidad que se les había comunicado; debían proteger diligentemente la llama delicada de la verdad y del bien que el Señor había encendido en ellos, para llevar así a nuestro mundo algo de la luminosidad y de la bondad de Dios.

De misericordia y de bondad divina está llena la página del Evangelio de san Juan (20, 19-31) de este domingo. (S.S. Benedicto XVI, Homilía del 15 de abril de 2007 y Regina Caeli del 11 de abril de 2010)

Resuena también hoy el gozoso aleluya de la Pascua. La página del evangelio de san Juan que leemos hoy destaca que el Resucitado, al atardecer de aquel día, se apareció a los Apóstoles y “les mostró las manos y el costado” (Jn 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa pasión grabados de modo indeleble en su cuerpo también después de la resurrección. Aquellas heridas gloriosas, que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la misericordia de Dios, que “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único” (Jn 3, 16).

Este misterio de amor está en el centro de la actual liturgia del domingo in Albis, dedicada al culto de la Misericordia divina.

A la humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!

Señor, que con tu muerte y resurrección revelas el amor del Padre, creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: ¡Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! (Texto escrito por San Juan Pablo II, días antes de fallecer)

María, Mujer perfecta y modelo de toda mujer


La Iglesia, sobre todo en tiempos recientes, ha mostrado singular atención, alentada entre otras cosas por el hecho de que la figura de María, si se contempla a la luz de lo que de ella nos narran los evangelios, constituye una respuesta válida al deseo de emancipación de la mujer: María es la única persona humana que realiza de manera eminente el proyecto de amor divino para la humanidad.

Ese proyecto ya se manifiesta en el Antiguo Testamento, mediante la narración de la creación, que presenta a la primera pareja creada a imagen de Dios: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). Por eso, la mujer, al igual que el varón, lleva en sí la semejanza con Dios. Desde su aparición en la tierra como resultado de la obra divina, también vale para ella esta consideración: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31). Según esta perspectiva, la diversidad entre el hombre y la mujer no significa inferioridad por parte de ésta, ni desigualdad, sino que constituye un elemento de novedad que enriquece el designio divino, manifestándose como algo que está muy bien.

Sin embargo, la intención divina va más allá de lo que revela el libro del Génesis. En efecto, en María Dios suscitó una personalidad femenina que supera en gran medida la condición ordinaria de la mujer, tal como se observa en la creación de Eva. La excelencia única de María en el mundo de la gracia y su perfección son fruto de la particular benevolencia divina, que quiere elevar a todos, hombres y mujeres, a la perfección moral y a la santidad propias de los hijos adoptivos de Dios. María es la bendita entre todas las mujeres; sin embargo, en cierta medida, toda mujer participa de su sublime dignidad en el plan divino.

El don singular que Dios nos hizo a la Madre del Señor no sólo testimonia lo que podríamos llamar el respeto de Dios por la mujer; también manifiesta la consideración profunda que hay en los designios divinos por su papel insustituible en la historia de la humanidad.

La obra admirable que el Creador realizó en María ofrece a los hombres y a las mujeres la posibilidad de descubrir dimensiones de su condición que antes no habían sido percibidas suficientemente. Contemplando a la Madre del Señor las mujeres podrán comprender mejor su dignidad y la grandeza de su misión. Pero también los hombres, a la luz de la Virgen Madre, podrán tener una visión más completa y equilibrada de su identidad, de la familia y de la sociedad.

La atenta consideración de la figura de María, tal como nos la presenta la sagrada Escritura leída en la fe por la Iglesia, es más necesaria aún ante la desvalorización que, a veces, han realizado algunas corrientes feministas. En algunos casos, la Virgen de Nazaret ha sido presentada como el símbolo de la personalidad femenina encerrada en un horizonte doméstico restringido y estrecho.

Por el contrario, María constituye el modelo del pleno desarrollo de la vocación de la mujer al haber ejercido, a pesar de los límites objetivos impuestos por su condición social, una influencia inmensa en el destino de la humanidad y en la transformación de la sociedad.

Además la doctrina mariana puede iluminar los múltiples modos con los que la vida de la gracia promueve la belleza espiritual de la mujer.

Ante la vergonzosa explotación de quien a veces transforma a la mujer en un objeto sin dignidad, destinado a la satisfacción de pasiones deshonestas, María reafirma el sentido sublime de la belleza femenina, don y reflejo de la belleza de Dios.

Es verdad que la perfección de la mujer, tal como se realizó plenamente en María, puede parecer a primera vista un caso excepcional, sin posibilidad de imitación, un modelo demasiado elevado como para poderlo imitar. De hecho, la santidad única de quien gozó desde el primer instante del privilegio de la concepción inmaculada, fue considerada a veces como signo de una distancia insuperable.

Por el contrario, la santidad excelsa de María, lejos de ser un freno en el camino del seguimiento del Señor, en el plan divino está destinada a animar a todos los cristianos a abrirse a la fuerza santificadora de la gracia de Dios, para quien nada es imposible. Por tanto, en María todos están llamados a tener confianza total en la omnipotencia divina, que transforma los corazones, guiándolos hacia una disponibilidad plena a su providencial proyecto de amor.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 29 de noviembre de 1995

Suba nuestra oración como el incienso


“Suba mi oración como incienso en tu presencia; el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde”. El versículo 2 de este salmo se puede considerar como el signo distintivo de todo el canto y la evidente justificación de que haya sido situado dentro de la Liturgia de las Vísperas. La idea expresada refleja el espíritu de la teología profética, que une íntimamente el culto con la vida, la oración con la existencia.

La misma plegaria, hecha con corazón puro y sincero, se convierte en sacrificio ofrecido a Dios. Todo el ser de la persona que ora se transforma en una ofrenda de sacrificio, como sugerirá más tarde san Pablo cuando invitará a los cristianos a ofrecer su cuerpo como víctima viva, santa, agradable a Dios: este es el sacrificio espiritual que le complace (cf. Rm 12, 1).

Las manos elevadas en la oración son un puente de comunicación con Dios, como lo es el humo que sube como suave olor de la víctima durante el rito del sacrificio vespertino.

El salmo prosigue con un tono de súplica.

El sentido general se puede identificar y transformar en meditación y oración. Ante todo, el orante suplica al Señor que impida que sus labios (cf. v. 3) y los sentimientos de su corazón se vean atraídos y arrastrados por el mal y lo impulsen a realizar “acciones malas” (cf. v. 4). En efecto, las palabras y las obras son expresión de la opción moral de la persona. Es fácil que el mal ejerza una atracción tan grande que lleve incluso al fiel a gustar los “manjares deliciosos” que pueden ofrecer los pecadores, al sentarse a su mesa, es decir, participando en sus malas acciones.

El salmo adquiere casi el matiz de un examen de conciencia, al que sigue el compromiso de escoger siempre los caminos de Dios.

Con todo, al llegar a este punto, el orante siente un estremecimiento que lo impulsa a una apasionada declaración de rechazo de cualquier complicidad con el impío: no quiere en absoluto ser huésped del impío, ni permitir que el ungüento perfumado reservado a los comensales importantes (cf. Sal 22, 5) atestigüe una convivencia con los que obran el mal (cf. Sal 140, 5). Para expresar con más vehemencia su radical alejamiento del malvado, el salmista lo condena con indignación utilizando unas imágenes muy vivas de juicio vehemente.

Se trata de una de las imprecaciones típicas del Salterio (cf. Sal 57 y 108), que tienen como finalidad afirmar de modo plástico e incluso pintoresco la oposición al mal, la opción del bien y la certeza de que Dios interviene en la historia con su juicio de severa condena de la injusticia (cf. vv. 6-7).

El salmo concluye con una última invocación confiada (cf. vv. 8-9): es un canto de fe, de gratitud y de alegría, con la certeza de que el fiel no se verá implicado en el odio que los malvados le reservan y no caerá en la trampa que le tienden, después de constatar su firme opción por el bien. Así, el justo podrá superar indemne cualquier engaño, como se dice en otro salmo: “Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió y escapamos” (Sal 123, 7).

Concluyamos nuestra lectura del salmo 140 volviendo a la imagen inicial, la de la plegaria vespertina como sacrificio agradable a Dios. Un gran maestro espiritual que vivió entre los siglos IV y V, Juan Casiano, el cual, aunque procedía de Oriente, pasó en la Galia meridional la última parte de su vida, releía esas palabras en clave cristológica: “En efecto, en ellas se puede captar más espiritualmente una alusión al sacrificio vespertino, realizado por el Señor y Salvador durante su última cena y entregado a los Apóstoles, cuando dio inicio a los santos misterios de la Iglesia, o (se puede captar una alusión) a aquel mismo sacrificio que él, al día siguiente, ofreció por la tarde, en sí mismo, con la elevación de sus manos, sacrificio que se prolongará hasta el final de los siglos para la salvación del mundo entero” (Le istituzioni cenobitiche, Abadía de Praglia, Padua 1989, p. 92).

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 5 de noviembre de 2003

Suba nuestra oración como el incienso


“Suba mi oración como incienso en tu presencia; el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde”. El versículo 2 de este salmo se puede considerar como el signo distintivo de todo el canto y la evidente justificación de que haya sido situado dentro de la Liturgia de las Vísperas. La idea expresada refleja el espíritu de la teología profética, que une íntimamente el culto con la vida, la oración con la existencia.

La misma plegaria, hecha con corazón puro y sincero, se convierte en sacrificio ofrecido a Dios. Todo el ser de la persona que ora se transforma en una ofrenda de sacrificio, como sugerirá más tarde san Pablo cuando invitará a los cristianos a ofrecer su cuerpo como víctima viva, santa, agradable a Dios: este es el sacrificio espiritual que le complace (cf. Rm 12, 1).

Las manos elevadas en la oración son un puente de comunicación con Dios, como lo es el humo que sube como suave olor de la víctima durante el rito del sacrificio vespertino.

El salmo prosigue con un tono de súplica.

El sentido general se puede identificar y transformar en meditación y oración. Ante todo, el orante suplica al Señor que impida que sus labios (cf. v. 3) y los sentimientos de su corazón se vean atraídos y arrastrados por el mal y lo impulsen a realizar “acciones malas” (cf. v. 4). En efecto, las palabras y las obras son expresión de la opción moral de la persona. Es fácil que el mal ejerza una atracción tan grande que lleve incluso al fiel a gustar los “manjares deliciosos” que pueden ofrecer los pecadores, al sentarse a su mesa, es decir, participando en sus malas acciones.

El salmo adquiere casi el matiz de un examen de conciencia, al que sigue el compromiso de escoger siempre los caminos de Dios.

Con todo, al llegar a este punto, el orante siente un estremecimiento que lo impulsa a una apasionada declaración de rechazo de cualquier complicidad con el impío: no quiere en absoluto ser huésped del impío, ni permitir que el ungüento perfumado reservado a los comensales importantes (cf. Sal 22, 5) atestigüe una convivencia con los que obran el mal (cf. Sal 140, 5). Para expresar con más vehemencia su radical alejamiento del malvado, el salmista lo condena con indignación utilizando unas imágenes muy vivas de juicio vehemente.

Se trata de una de las imprecaciones típicas del Salterio (cf. Sal 57 y 108), que tienen como finalidad afirmar de modo plástico e incluso pintoresco la oposición al mal, la opción del bien y la certeza de que Dios interviene en la historia con su juicio de severa condena de la injusticia (cf. vv. 6-7).

El salmo concluye con una última invocación confiada (cf. vv. 8-9): es un canto de fe, de gratitud y de alegría, con la certeza de que el fiel no se verá implicado en el odio que los malvados le reservan y no caerá en la trampa que le tienden, después de constatar su firme opción por el bien. Así, el justo podrá superar indemne cualquier engaño, como se dice en otro salmo: “Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió y escapamos” (Sal 123, 7).

Concluyamos nuestra lectura del salmo 140 volviendo a la imagen inicial, la de la plegaria vespertina como sacrificio agradable a Dios. Un gran maestro espiritual que vivió entre los siglos IV y V, Juan Casiano, el cual, aunque procedía de Oriente, pasó en la Galia meridional la última parte de su vida, releía esas palabras en clave cristológica: “En efecto, en ellas se puede captar más espiritualmente una alusión al sacrificio vespertino, realizado por el Señor y Salvador durante su última cena y entregado a los Apóstoles, cuando dio inicio a los santos misterios de la Iglesia, o (se puede captar una alusión) a aquel mismo sacrificio que él, al día siguiente, ofreció por la tarde, en sí mismo, con la elevación de sus manos, sacrificio que se prolongará hasta el final de los siglos para la salvación del mundo entero” (Le istituzioni cenobitiche, Abadía de Praglia, Padua 1989, p. 92).

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 5 de noviembre de 2003

"Qué bello es vivir"


La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está “en él” y es “la luz de los hombres” (Jn 1, 4), consiste en ser engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor: “A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios” (Jn 1, 12-13).

A veces Jesús llama esta vida, que Él ha venido a dar, simplemente así: “la vida”; y presenta la generación por parte de Dios como condición necesaria para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre: “El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3, 3). El don de esta vida es el objetivo específico de la misión de Jesús: él “es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 33), de modo que puede afirmar con toda verdad: “El que me siga... tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Otras veces Jesús habla de “vida eterna”, donde el adjetivo no se refiere sólo a una perspectiva supratemporal. “Eterna” es la vida que Jesús promete y da, porque es participación plena de la vida del “Eterno”. Todo el que cree en Jesús y entra en comunión con Él tiene la vida eterna (cf. Jn 3, 15; 6, 40), ya que escucha de Él las únicas palabras que revelan e infunden plenitud de vida en su existencia; son las “palabras de vida eterna” que Pedro reconoce en su confesión de fe: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste la vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran oración sacerdotal: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). Conocer a Dios y a su Hijo es acoger el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la propia vida, que ya desde ahora se abre a la vida eterna por la participación en la vida divina.

Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo. El creyente hace suyas las palabras del apóstol Juan: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 1-2).

Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: “el hombre que vive” es “gloria de Dios”, pero “la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.

De aquí derivan unas consecuencias inmediatas para la vida humana en su misma condición terrena, en la que ya ha germinado y está creciendo la vida eterna. Si el hombre ama instintivamente la vida porque es un bien, este amor encuentra ulterior motivación y fuerza, nueva extensión y profundidad en las dimensiones divinas de este bien. En esta perspectiva, el amor que todo ser humano tiene por la vida no se reduce a la simple búsqueda de un espacio donde pueda realizarse a sí mismo y entrar en relación con los demás, sino que se desarrolla en la gozosa conciencia de poder hacer de la propia existencia el “lugar” de la manifestación de Dios, del encuentro y de la comunión con Él. La vida que Jesús nos da no disminuye nuestra existencia en el tiempo, sino que la asume y conduce a su destino último: “Yo soy la resurrección y la vida...; todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11, 25.26).

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

Guadalupe, un Milagro perpetuo (II)


Las mediciones ginecológicas han determinado que la Virgen de la imagen posee las dimensiones físicas de una mujer embarazada de tres meses. Bajo el cinto que sujeta el vestido, en el emplazamiento justo del embrión, destaca una flor de cuatro pétalos: es la flor solar, el más habitual de los jeroglíficos aztecas, que para ellos simboliza la divinidad, el centro del mundo, del cielo, del tiempo y del espacio. Del cuello de la Virgen pende un broche cuyo centro está adornado con una pequeña cruz que recuerda la muerte de Cristo en la Cruz por la salvación de todos los hombres. Otros detalles de la imagen de María la convierten en un documento extraordinario para nuestra época, en que pueden constatarse gracias a las técnicas modernas.

De ese modo, la ciencia, que ha servido con frecuencia de pretexto a la incredulidad, nos ayuda en la actualidad a hacer patentes las señales que habían quedado escondidas durante siglos y para las que no encuentra explicación.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe lleva consigo un mensaje evangelizador: la basílica de México es un centro “de donde fluye un río de luz del Evangelio de Cristo, derramándose por toda la tierra por medio de la imagen misericordiosa de María” (Juan Pablo II, 12 de diciembre de 1981). Además, mediante su intervención en favor del pueblo azteca, la Virgen ha contribuido a salvar innumerables vidas humanas, y su embarazo puede interpretarse como una llamada especial en favor de los niños que van a nacer y en defensa de la vida humana; esta llamada es de relevante actualidad, ya que en nuestros días se multiplican y se agravan las amenazas contra la vida de las personas y de los pueblos, sobre todo cuando esa vida es débil y carece de defensa. “Todos los delitos que se oponen a la misma vida, como son los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia... todo esto y otras plagas análogas son, ciertamente, lacras que afean a la civilización humana; en realidad rebajan más a los que así se comportan que a los que sufren la injusticia. Y ciertamente están en máxima contradicción con el honor debido al Creador” (Gaudium et Spes, 27). Frente a esos azotes, que se desarrollan gracias a los progresos científicos y técnicos, y que se aprovechan de un amplio consenso social y de reconocimientos legales, invoquemos a María con confianza. Ella es un “modelo incomparable de acogida y cuidado de la vida... Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas en Él” (Juan Pablo II, Evangelium vitae). “La muerte y la vida tuvieron enconada lucha; murió el Autor de la vida, pero ahora reina vivo” (Secuencia Pascual).

Pidamos a san Juan Diego, canonizado por el Papa Juan Pablo II el 31 de julio de 2002, que nos inspire una verdadera devoción hacia nuestra Madre del Cielo, pues “la compasión de María alcanza a todos los que la solicitan, aunque sea solamente con una sencilla Ave María” (San Alfonso de Ligorio). Ella obtendrá para nosotros la misericordia de Dios, especialmente si hemos caído en faltas graves, porque es Madre de Misericordia.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 26 de mayo de 2004

Guadalupe, un Milagro perpetuo (I)


En 1936, una exploración realizada en dos fibras de la tilma, una roja y otra amarilla, desemboca en conclusiones asombrosas: las fibras no contienen ningún colorante conocido. La oftalmología y la óptica confirman la naturaleza inexplicable de la imagen: se parece a una diapositiva proyectada sobre el tejido. Un estudio concienzudo demuestra que no existe indicio alguno de dibujo o de boceto bajo el color, a pesar de haberse realizado retoques perfectamente reconocibles sobre el original, retoques que, por otra parte, se deterioran con el paso del tiempo; además, el soporte no ha recibido apresto alguno, lo que parece inexplicable si se trata realmente de una pintura, pues incluso sobre una tela más fina se coloca siempre una capa de barniz, aunque sólo sea para evitar que la tela absorba la pintura y que los hilos afloren a la superficie. No se distingue ninguna pincelada. Con motivo de un estudio por infrarrojos, efectuado el 7 de mayo de 1979, un profesor de la NASA escribía: “No hay modo alguno de explicar la calidad de los pigmentos utilizados para el vestido rosa, el velo azul, el rostro y las manos, ni la permanencia de los colores, ni el brillo de los pigmentos después de varios siglos durante los cuales habrían debido normalmente deteriorarse... El estudio de la imagen ha sido la experiencia más emocionante de mi vida”.

Por otra parte, los astrónomos han comprobado que todas las constelaciones presentes en el cielo cuando Juan Diego abrió su tilma ante el obispo Zumárraga, el 12 de diciembre de 1531, se encuentra en el sitio que les corresponde sobre el manto de María. También se ha descubierto que, al aplicar un mapa topográfico de la zona central de México sobre el vestido de la Virgen, las montañas, los ríos y los principales lagos coinciden con la decoración de ese vestido.

Las exploraciones oftalmológicas concluyen que el ojo de María es un ojo humano que parece vivo, incluyendo la retina donde se refleja la imagen de un hombre con las manos extendidas: Juan Diego. La imagen de dentro del ojo obedece a las leyes conocidas de la óptica, sobre todo a la que afirma que un objeto bien iluminado puede reflejarse tres veces en el ojo (ley de Purkinje-Samson). Un estudio posterior ha permitido descubrir dentro del ojo, además del vidente, a Mons. Zumárraga y a otras personas, presentes cuando apareció en la tilma la imagen de Nuestra Señora. Finalmente, la red venosa normal microscópica que aparece en los párpados y en la córnea de los ojos de la Virgen es perfectamente reconocible. Ningún pintor humano habría podido reproducir semejantes detalles.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 26 de mayo de 2004

Seamos santos porque nuestro Padre y Maestro es Santo


El Divino Maestro y ejemplo de perfección, Jesucristo, quien junto con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado “un solo Santo”, amó a la Iglesia como esposa y se entregó por ella, para santificarla y para presentarla gloriosa a Sí mismo. Con el precepto dado a sus discípulos de imitar la perfección del Padre, envía a todos el Espíritu Santo, para que los mueva interiormente a amar a Dios de todo corazón y amarse mutuamente unos a otros, como Él los amó. Los discípulos de Cristo han sido llamados no según sus obras, sino según el designio y la gracia de Él y han sido justificados en el Señor Jesús por la fe de bautismo, han sido hechos realmente hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y han sido realmente santificados.

Entre ellos Dios elige siempre a algunos que, siguiendo más de cerca el ejemplo de Cristo, dan testimonio preclaro del reino de los cielos con el derramamiento de su sangre o con el ejercicio heroico de sus virtudes.

La Iglesia, que desde los primeros tiempos del cristianismo siempre creyó que los Apóstoles y los Mártires en Cristo están unidos a nosotros más estrechamente, los ha venerado particularmente junto a la bienaventurada Virgen María y a los Santos Ángeles, y ha implorado devotamente el auxilio de su intercesión. A ellos se han unidos también otros que imitaron más de cerca la virginidad y la pobreza de Cristo y además aquellos cuyo preclaro ejercicio de las virtudes cristianas y de los carismas divinos han suscitado la devoción y la imitación de los fieles.

Mientras contemplamos la vida de aquellos que han seguido fielmente a Cristo, nos sentimos incitados con mayor fuerza a buscar la ciudad futura y se nos enseña con seguridad el camino a través del cual, entre las vicisitudes del mundo, según el estado y la condición de cada uno, podemos llegar a una perfecta unión con Cristo o a la santidad. Así, teniendo tan numerosos testigos, mediante los cuales Dios se hace presente y nos habla, nos sentimos atraídos a alcanzar su reino en el cielo por el ejercicio de la virtud.

La Sede Apostólica, que desde tiempos inmemorables escruta los signos y la voz de su Señor con la mayor reverencia y docilidad por la importante misión de enseñar, santificar y gobernar el Pueblo de Dios que le ha sido confiado, propone hombres y mujeres que sobresalen por el fulgor de la caridad y de otras virtudes evangélicas para que sean venerados e invocados, declarándoles Santos en acto solemne de canonización, después de haber realizado las oportunas investigaciones.

Fuente: San Juan Pablo II, Constitución apostólica Divinus Perfectionis Magister

El Cordero inmolado nos ha hecho pasar de la muerte a la vida


Los profetas predijeron muchas cosas sobre el misterio pascual, que es el mismo Cristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Él vino del cielo a la tierra para remediar los sufrimientos del hombre; se hizo hombre en el seno de la Virgen, y de ella nació como hombre; cargó con los sufrimientos del hombre, mediante su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó los padecimientos de la carne, y él, que era inmortal por el Espíritu, destruyó el poder de la muerte que nos tenía bajo su dominio.

Él fue llevado como una oveja y muerto como un cordero; nos redimió de la seducción del mundo, como antaño de Egipto, y de la esclavitud del demonio, como antaño del poder del Faraón; selló nuestras almas con su Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.

Él, aceptando la muerte, sumergió en la derrota a Satanás, como Moisés al Faraón. Él castigó la iniquidad y la injusticia, del mismo modo que Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.

Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno, y ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo, un pueblo elegido, eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación.

Él es quien sufría tantas penalidades en la persona de muchos otros: él es quien fue muerto en la persona de Abel y atado en la persona de Isaac, él anduvo peregrino en la persona de Jacob y fue vendido en la persona de José, él fue expósito en la persona de Moisés, degollado en el cordero pascual, perseguido en la persona de David y vilipendiado en la persona de los profetas.

Él se encarnó en el seno de la Virgen, fue colgado en el madero, sepultado bajo tierra y, resucitando de entre los muertos, subió a lo más alto de los cielos.

Éste es el cordero que permanecía mudo y que fue inmolado; éste es el que nació de María, la blanca oveja; éste es el que fue tomado de entre la grey y arrastrado al matadero, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; éste es aquel cuyos huesos no fueron quebrados sobre el madero y que en la tumba no experimentó la corrupción; éste es el que resucitó de entre los muertos y resucitó al hombre desde las profundidades del sepulcro.

Fuente: De la Homilía de Melitón de Sardes, obispo, Sobre la Pascua

Sobre el santo y grandioso Sábado


¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa Y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido Y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.

El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: “Mi Señor está con todos vosotros”. Y responde Cristo a Adán: “y con tu espíritu”. Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: “Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.

Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: Salid, y a los que estaban en tinieblas: Sed iluminados, Y a los que estaban adormilados: Levantaos.

Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.

Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorada. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.

Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.

Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.

Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos”.

Fuente: De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado

Viernes Santo


Considera, pues, cómo habiendo ya expirado el Salvador en la Cruz, y cumplídose el deseo de aquellos crueles enemigos, que tanto deseaban verlo muerto, aun después de esto no se apagó la llama de su furor, porque con todo esto se quisieron más vengar y encarnizar en aquellas Santas Reliquias que quedaron, partiendo y echando suertes sobre sus vestiduras y rasgando su sagrado pecho con una lanza cruel. ¡Oh crueles ministros ¡Oh corazones de hierro, y tan poco os parece lo que ha padecido el cuerpo vivo que no le queréis perdonar aun después de muerto! ¿Qué rabia de enemistad hay tan grande que no se aplaque cuando ve al enemigo muerto delante de sí? ¡Alzad un poco esos crueles ojos, y mirad aquella cara mortal, aquellos ojos difuntos, aquel caimiento de rostro y aquella amarillez y sombra de muerte, que aunque seáis más duros que el hierro y que el diamante y que vosotros mismos viéndolos amansaréis! Llega, pues, el ministro con la lanza en la mano, y atraviésale con gran fuerza por los pechos desnudos del Salvador. Estremecióse la Cruz en el aire con la fuerza del golpe, y salió de allí agua y sangre, con que se sanan los pecados del mundo. ¡Oh río que sales del Paraíso y riegas con tus corrientes toda la sobrehaz de la tierra! ¡Oh llaga del costado precioso, hecha más con el amor de los hombres que con el hierro de la lanza cruel! ¡Oh puerta del cielo, ventana del paraíso, lugar de refugio, torre de fortaleza, santuario de los justos, sepultura de peregrinos, nido de palomas sencillas y lecho florido de la esposa de Salomón! ¡Dios te salve, llaga del Costado precioso, que llagas los devotos corazones; herida que hieres las ánimas de los justos; rosa de inefable hermosura; rubí de precio inestimable; entrada para el corazón de Cristo, testimonio de su amor y prenda de la vida perdurable!

Después de esto considera cómo aquel mismo día en la tarde llegaron aquellos dos santos varones José y Nicodemus y, arrimadas sus escaleras a la Cruz, descendieron en brazos el Cuerpo del Salvador. Como la Virgen vio que, acabada ya la tormenta de la pasión, llegaba el sagrado Cuerpo a tierra, aparéjase Ella para darle puerto seguro en sus pechos, y recibirlo de los brazos de la Cruz en los suyos. Pide, pues, con grande humildad a aquella noble gente, que pues no se había despedido de su Hijo, ni recibido de Él los postreros abrazos en la Cruz al tiempo de su partida que la dejen ahora llegar a Él y no quieran que por todas partes crezca su desconsuelo, si habiéndoselo quitado por un cabo los enemigos vivo, ahora los amigos se lo quiten muerto.

Pues cuando la Virgen le tuvo en sus brazos, ¿qué lengua podrá explicar lo que sintió? ¡Oh ángeles de la paz, llorad con esta Sagrada Virgen; llorad, cielos; llorad, estrellas del cielo, y todas las criaturas del mundo acompañad el llanto de María! Abrázase la Madre con el cuerpo despedazado, apriétalo fuertemente en sus pechos (para sólo esto le quedaban fuerzas), mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la sacratísima Madre con la sangre del Hijo, y riégase la del Hijo con lágrimas de la Madre. ¡Oh dulce Madre! ¿Es ése, por ventura, vuestro dulcísimo Hijo? ¿Es ése el que concebiste con tanta gloria y pariste con tanta alegría? ¿Pues qué se hicieron vuestros gozos pasados? ¿Dónde se fueron vuestras alegrías antiguas? ¿Dónde está aquel espejo de hermosura en que os mirábades?

Lloraban todos los que presentes estaban; lloraban aquellas santas mujeres, aquellos nobles varones; lloraba el cielo y la tierra y todas las criaturas acompañaban las lágrimas de la Virgen. Lloraba otrosí el Santo Evangelista, y, abrazado con el Cuerpo de su Maestro, decía: ¡Oh buen Maestro y Señor mío!, ¿quién me enseñará ya de aquí en adelante? ¿A quién iré con mis dudas? ¿En cúyos pechos descansaré? ¿Quién me dará parte de los secretos del cielo? ¿Qué mudanza ha sido ésta tan extraña? ¿Anteanoche me tuviste en tus sagrados pechos dándome alegría de vida, y ahora te pago aquel tan grande beneficio teniéndote en los míos muerto? ¿Este es el rostro que yo vi transfigurado en el monte Tabor? ¿Ésta es aquella figura más clara que el sol de medio día? Lloraba también aquella santa pecadora, y abrazada con los pies del Salvador decía: ¡Oh lumbre de mis ojos y remedio de mi ánima!, si me viera fatigada de los pecados, ¿quién me recibirá? ¿Quién curará mis llagas? ¿Quién responderá por mí? ¿Quién me defenderá de los fariseos? ¡Oh cuán de otra manera tuve yo estos pies y los lavé cuando en ellos me recibiste! ¡Oh amado de mis entrañas, ¿quién me diese ahora que yo muriese contigo? ¡Oh vida de mi ánima!, ¿cómo puedo decir que te amo, pues estoy viva teniéndote delante de mis ojos muerto?

De esta manera lloraban y lamentaban toda aquella santa compañía, regando y lavando con lágrimas el Cuerpo sagrado. Llegaba, pues, ya la hora de la sepultura, envuelven el santo Cuerpo en una sábana limpia, atan su rostro con un sudario y, puesto encima de un lecho, caminan con Él al lugar del monumento, y allí depositan aquel precioso tesoro. El sepulcro se cubrió con una losa y el corazón de la Madre con una oscura niebla de tristeza. Allí se despide otra vez de su Hijo; allí comienza de nuevo a sentir su soledad; allí se ve ya desposeída de todo su bien; allí se le queda el corazón sepultado donde quedaba su tesoro.

Fuente: San Pedro de Alcántara, Tratado de la oración y meditación

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