Permanecer en paz delante de Dios (I)


¡Señor, que tu presencia sea luz y fuerza para mi alma, sostén y apoyo a mi oración! Sería absurdo obligar al alma a continuar con la meditación, si Dios la introduce, mediante la sequedad, en una oración más sencilla y profunda; tanto más que no lograría hacer aquélla. Por el contrario, se la debe alentar a abandonarla sin escrúpulo para ejercitarse en permanecer en paz delante de Dios, ocupada en Él con una mirada sencilla de fe y amor. Estese allí haciéndole compañía, satisfecha de estar con Él, aún sin sentir su presencia. Y verá cómo, poco a poco, se irá acostumbrando a esta nueva manera de oración, que la pondrá en contacto con Dios de un modo sustancialmente más perfecto que la anterior.

No se intranquilice pensando que ya no sabe amar. Cierto que no sabe amar sensiblemente como cuando se conmovía pensando en el amor que Dios le tenía; pero recuerde que el amor de caridad sobrenatural no es amor sensible, sino amor de voluntad que no es necesario sentir. Consiste sólo en una íntima decisión de la voluntad por la que el alma da a Dios la preferencia sobre todas las criaturas y quiere consagrarse por entero a su servicio. Este es el amor que lleva al “sentimiento de Dios”. Es más, San Juan de la Cruz enseña que en este período de la contemplación oscura e inicial que se actúa a través de las penas de la sequedad purificadora, comienza a nacer en el alma lo que él llama “amor infuso pasivo”, o sea, el amor por el que va a Dios el alma, no sólo con la decisión de su voluntad, sino atraída también secretamente por Él. Así se explica que, sin ser sentido, sea más fuerte que antes y le impulse a entregarse a Dios con siempre creciente decisión: es Dios mismo quien le infunde amor, atrayéndola ocultamente a sí. Cuando el alma, sufriendo en la oración por su impotencia y sequedad, teme no amar, examínese sobre este punto y vea si está resuelta a entregarse totalmente a Dios, a pesar de las dificultades que experimenta. Para concretizar esta decisión, aplíquela a las diversas circunstancias de su vida, de modo especial a las que más le cuestan; precisamente porque le falta ya el sentimiento del amor, esfuércese en dar a Dios pruebas concretas del mismo con obras, con virtudes practicadas para agradarle.

Aunque yo sea tierra seca y desolada, aunque en mi corazón no exista una chispa de devoción, quiero permanecer en tu presencia, aquí cerca de Ti, para decirte que, a pesar de todo, no deseo ni quiero otra cosa que a Ti solo.

“¡Oh Señor! Cuando no siento nada, cuando soy incapaz de orar, de practicar la virtud, entonces es el momento de buscar pequeñas ocasiones, 'nadas' que os gusten. Por ejemplo, una sonrisa, una palabra amable cuando tendría ganas de no decir nada o demostrar un semblante enojado... Cuando no tengo ocasiones, quiero, al menos, decir frecuentemente que os amo. No es difícil, y esto alimenta el fuego; aun cuando me pareciese apagado ese fuego de amor, quisiera echar en él alguna cosa y vos sabríais entonces encenderlo de nuevo” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Encontraréis descanso para vuestras almas


Para ser santos necesitamos humildad y oración. Jesús nos enseñó el modo de orar y también nos dijo que aprendiéramos de Él a ser mansos y humildes de corazón.

Pero no llegaremos a ser nada de eso a menos que conozcamos lo que es el silencio. La humildad y la oración se desarrollan de un oído, de una mente y de una lengua que han vivido en silencio con Dios, porque en el silencio del corazón es donde habla Él.

Impongámonos realmente el trabajo de aprender la lección de la santidad de Jesús, cuyo Corazón era manso y humilde. La primera lección de ese Corazón es un examen de conciencia; el resto, el amor y el servicio, lo siguen inmediatamente. El examen no es un trabajo que hacemos solos, sino en compañía de Jesús. No debemos perder el tiempo dando inútiles miradas a nuestras miserias sino emplearlo en elevar nuestros corazones a Dios para dejar que su luz nos ilumine.

Si la persona es humilde nada la perturbará, ni la alabanza ni la ignominia, porque se conoce, sabe quién es. Si la acusan no se desalentará; si alguien la llama santa no se pondrá sobre un pedestal. Si eres santo dale gracias a Dios; si eres pecador, no sigas siéndolo. Cristo nos dice que aspiremos muy alto, no para ser como Abraham o David ni ninguno de los santos, sino para ser como nuestro Padre celestial. “No me elegisteis vosotros a Mí, fui Yo quien os eligió a vosotros, para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca” (cf. Jn 15, 16).

Fuente: Santa Teresa de Calcuta, El Amor más grande

El Corazón de Jesús, nuestro Modelo (II)


Nuestro Señor junta a la lección sobre la mansedumbre otra acerca de la humildad, precisamente porque el fundamento inmediato de la mansedumbre es ni más ni menos la humildad.

Basta que haya en ti un poco de orgullo, de amor propio, de apego a tu propio modo de ver u obrar, para que no sepas sufrir ser contradicho, y entonces, frente a los inevitables choques derivados de la convivencia, perderás, más o menos, la calma, la paz interna y externa. Si pierdes la calma, pierdes también la serenidad de juicio y por ello no puedes ver ya con limpidez la luz divina que te muestra el camino a seguir y lo que el Señor de ti quiere. Entonces tu alma titubea, pierde el brío y se deja un tanto arrastrar por la pasión. Mientras en ti haya residuos de orgullo y amor propio, siempre te ocurrirá casos en que perderás un tanto el control y dominio de ti mismo, con el resultado de faltar a la mansedumbre. Para sacar provecho de la elección del Corazón de Jesús, para modelar tu corazón según el suyo, debes, pues, trabajar asiduamente por extirpar en ti todos los gérmenes del orgullo y del amor propio. Es este un trabajo en el que debes empeñarte día tras día, comenzando siempre de nuevo, sin dejarte desanimar por el continuo rebrotar de los sentimientos y resentimientos de tu yo. Es ésta una batalla que ganarás no cejando jamás en ella.

Para animarte a esta lucha, piensa que ella aprovechará no sólo al bien de tu alma, sino también al de otras almas, porque -como enseña Pío XI- “cuanto más hayamos inmolado el amor propio y nuestras pasiones..., tanto más copiosos frutos de propiciación y de expiación recogeremos para nosotros y para los demás” (Miserentissimus Redemptor). La lucha contra el amor propio y el ejercicio de la humildad entran, pues, de lleno en el programa de un alma consagrada al Sagrado Corazón y que se ha ofrecido a Él como víctima reparadora.

“¡Oh Jesús! Permíteme entrar en tu Corazón como en una escuela. Que en esta escuela me adoctrine de la ciencia de los Santos; en esta escuela escucharé con atención tus dulces palabras: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Lo comprendo. Las tempestades que puedo temer provienen sólo del amor propio, de la vanidad, del apego a mi apetito. ¡Defiéndeme, Señor, protege la paz de mi alma!... Tu Corazón es un abismo en que lo hallo todo y, especialmente, es un abismo de amor en el que debo sumergir cualquier otro amor, principalmente el amor propio con todos sus frutos de respeto humano, de vana complacencia y de egoísmo. Ahogando estas inclinaciones en el abismo de tu amor, hallaré en él todas las riquezas necesarias a mi alma. ¡Oh Jesús! Si siento en mí un abismo de orgullo y de vanagloria, quiero ahogarlo al punto en las profundas humillaciones de tu Corazón, que es un abismo de humildad. Si hallo en mí un abismo de agitación, de impaciencia, de cólera, recurriré a tu Corazón que es un abismo de dulzura. En todas las circunstancias, en cualquier coyuntura, quiero abandonarme a tu Corazón, océano de amor y de caridad, y no salir más de él, mientras no esté toda penetrada de su fuego divino” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Disponernos a la unión con Jesús en la Eucaristía (II)


Para que la Eucaristía produzcan en mí todo su fruto y me sea ocasión de una unión más íntima y plena con Jesús, no basta, como dice San Agustín, comer materialmente su Cuerpo, sino que es menester comerlo “espiritualmente”, o sea, que mi espíritu esté bien dispuesto y preparado a recibir el Cuerpo de Cristo, a dejarse invadir y transformar por Cristo. Cuando Jesús, viniendo a mí, encuentre un corazón, una voluntad, unos aspectos y unos sentimientos del todo conformes con los suyos, nada podrá impedir volcarse en mí del modo más completo; su vida, su espíritu, su divinidad penetrará las fibras más íntimas de mi ser y me transformará en Él, de manera que podré realmente decir con San Pablo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gál. 2, 20)

Es menester que vaya a comulgar con un corazón dilatado de amor, para que esté enteramente abierto a la invasión de Jesús, enteramente dispuesto a dejarse penetrar y transformar por Él. Cada Comunión, además de la presencia física de Jesús, y precisamente en virtud de esta su presencia, me trae un nuevo aumento de gracia y de caridad, pero también este aumento será proporcionado a mi capacidad de recibirlo. Si mi corazón está encerrado en el egoísmo y amor propio, si se ve atado por el apego a las criaturas, si está demasiado ocupado de afectos y negocios terrenos, será poco capaz de hacer lugar a un aumento del amor divino, y Jesús se verá, por decirlo así, constreñido a limitar la efusión de su caridad y a disminuir sus dones. Sí: mediante la Comunión Jesús se entrega todo a mí en su Persona de Hombre-Dios y se une todo a mí; pero si yo no me entrego todo a Él, Él no puede volcarse totalmente en mí, como el amigo se vuelca totalmente en el corazón del amigo fiel. Cada día me ofrece Jesús en la Sagrada Comunión una gracia actual para amarle más, para unirme más a Él; cada día, pues, debo ofrecerle un corazón más abierto al amor y a la unión. Actos de fe intensa en la presencia real de Jesús en la Eucaristía me ayudarán a despertar el amor, a ponerme en acto de amor; y justamente en ese acto de amor Jesús infundirá el aumento de su caridad, la llama viva de su amor infinito.

Dios está aquí; y “si no nos queremos hacer bobos y cegar el entendimiento, no hay que dudar, que esto no es representación de la imaginación, como cuando consideramos al Señor en la Cruz, o en otros pasos de la Pasión, que le representamos en nosotros mismos como pasó. Esto pasa ahora y es entera verdad y no hay para qué irle a buscar en otra parte más lejos; sino que, pues sabemos que mientras no consume el calor natural los accidentes del pan, que está con nosotros el buen Jesús, que nos lleguemos a Él. Pues si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaban los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéramos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje. Es llegarnos al fuego... que si el alma está dispuesta, digo que esté con deseo de perder el frío, y se está así un rato, para muchas horas queda con calor” (Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Disponernos a la unión con Jesús en la Eucaristía (I)


¡Oh Jesús! Haz que yo sepa aprovecharme plenamente de la gracia de unión contigo, que cada día me ofreces en la Sagrada Comunión.

Por su propia virtud nos une la Eucaristía a Cristo; la unión física con Él es idéntica para todos los que se alimentan de su Cuerpo y de su Sangre. Y sin embargo, esta unión no produce los mismos efectos en todos; pues es una triste verdad que para quien se acerca indignamente a la Sagrada Mesa viene a ser ocasión de condena: “El que come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente -dice San Pablo- come y bebe su propia condenación” (I Cor. 11, 27-29). Pero tampoco en los que se acercan dignamente a la Eucaristía son idénticos los efectos que de ella se derivan, sino proporcionados siempre a la bondad y a la perfección de sus disposiciones.

Jesús penetra en mí y me transforma en Él, sólo en la medida que no le pongo obstáculos y estoy dispuesto a recibir la gracia particular de la Eucaristía, que es gracia de “unión a Cristo”. A pesar de ser la unión física con Jesús, que la Sagrada Comunión me ofrece, un don tan grande, está ordenada a mi unión espiritual con Él, a mi transformación en Él por amor; unión y transformación que serán tanto más profundas cuanto con mejores disposiciones me acerque a la Sagrada Mesa. Y estas disposiciones consisten precisamente en preparar mi corazón a una unión cada vez más estrecha con el Señor, unión que exige uniformidad de aspiraciones, de gustos, de sentimientos y de voluntad. ¿Cómo podría gozar de la vista de un amigo, pasar con él momento de dulce intimidad, de verdadera unión, si entre él y yo hubiese disparidad de deseos, de afectos y de quereres? He aquí, pues, la más hermosa preparación que puedo llevar a mis Comuniones, lo que especialísimamente puedo hacer en estos momentos en que no puedo recibirlo sacramentado: esforzarme por quitar de mi vida todo lo que puede discrepar en lo más mínimo de la voluntad divina, de los sentimientos y disposiciones del Corazón de Jesús. “Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp. 2, 5), me dice San Pablo; justamente ese debe ser el programa de mi preparación remota a la Sagrada Comunión. Si por algo Dios permite que no lo reciba sacramentalmente con la frecuencia que deseo, debo acrecentar especialísimamente esta preparación y deseo de recibirlo. Una sola Comunión bien hecha bastaría para santificarme.

“Alma mía, cuando comulgas, procura esforzar la fe; y, como crees verdaderamente entrar este Señor en tu pobre morada, desocúpate de todas las cosas exteriores cuanto te sea posible y éntrate con Él. Procura recoger los sentidos para que todos entiendan tan gran bien; digo, no embaracen al alma para conocerle. Considérate a sus pies y llora con la Magdalena, ni más ni menos que si con los ojos corporales le vieres en casa del fariseo. Este es buen tiempo para que te enseñen nuestro Maestro, y que le oigas, y beses los pies porque nos quiso enseñar, y le supliques no se vaya de contigo. Y aunque no sientas devoción, la fe te dice que está verdaderamente en ti” (Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

El Corazón de Jesús, nuestro Modelo (I)

El Beato Carlos de Austria de rodillas en adoración

¡Sagrado Corazón de Jesús! Enséñame a modelar los movimientos de mi corazón según los del tuyo.

El alma consagrada al Sagrado Corazón, el alma reparadora, debe sentir la necesidad de modelar su vida por la de Jesús. ¿Cómo puedes llamarte con verdad consagrado al Sagrado Corazón y cómo puedes decirte su víctima reparadora cuando tú mismo conservas en tu corazón sentimientos, apetitos y gustos contrarios a los suyos?

Es claro que para modelar tu corazón por el Corazón de Cristo, no puedes limitarte a eliminar este o aquel defecto y conseguir esta o aquella virtud, sino que debes tender a la reforma de toda tu vida. Sin embargo, el Maestro divino, cuando quiso presentarnos su Corazón como modelo, habló de dos virtudes particulares: la mansedumbre y la humildad. “Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Y no sin motivo. En efecto, cuando hayas eliminado de tu corazón todos los movimientos y resentimientos del amor propio, del orgullo, tendrás con esto eliminados todos los demás defectos; y cuando hayas adquirido una humildad profunda, habrás conseguido por junto todas las demás virtudes. Párate, pues, a considerar esta gran lección del Corazón de Jesús.

Ante todo Jesús te habla de mansedumbre. La mansedumbre es la virtud que torna al hombre capaz de dominar lo que, con expresión genérica, se puede llamar ira, cólera. Esta virtud te confiere el poder de frenar y dominar todos esos movimientos un poco apasionados que a veces te sacan de los justos límites, te hacen un tanto... perder la brújula. Y como la brújula de un alma que quiere darse al servicio de Dios es Dios mismo, es el Corazón de Jesús, si pierdes de vista, aun cuando sólo sea por un instante, al Señor y te alejas de Él, acabarás siguiendo tu amor propio y tus pasioncillas; la mansedumbre, en cambio, te hace señor de ti mismo, capaz de dominar cualquier suerte de irritación. Si te examinas bien, reconocerás que esta irritación proviene casi siempre del amor propio ofendido, del apetito irascible puesto en movimiento por alguna cosa que ha herido tu yo. Mira, pues, cómo la mansedumbre es virtud íntimamente ligada a la humildad.

“¡Oh Corazón santísimo de Jesús, que tanto deseas colmar de beneficios a los miserables, e instruir a quien quiere aprovechar en la escuela de tu amor! Tú me invitas continuamente a ser como Tú, dulce y humilde de corazón. Por eso estoy persuadido de que, para ganar tu amistad y llegar a ser verdadera discípula tuya, nada mejor podré hacer que ser dulce y humilde de veras. Concédeme, pues, aquella humildad sincera que me tenga sometida a todos, que me haga soportar en silencio las pequeñas humillaciones, más aún, me las hagas aceptar de grado, con serenidad, sin excusas, considerando que merezco más y mayores” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

San Antonio de Padua

San Antonio de Padua y San Luis Gonzaga

Adoremos al Señor, que suscitó en este admirable santo a uno de los más fieles imitadores de las virtudes que resplandecieron en su Hijo divino hecho hombre. En una vida de sólo 36 años, este ilustre hijo del Patriarca de Asís glorificó al cielo enviándole, cada día con mayor abundancia, el aroma de sus eminentes virtudes con las que perfumó su paso por el mundo.

Descendiente de noble familia y halagado por el mundo con las más risueñas esperanzas, todo lo deja para seguir la voz de Dios, que le llama a la práctica de los consejos evangélicos. Canónigo regular de San Agustín en Lisboa, pasa al convento de Santa Cruz de Coímbra, en donde espera gozar de mayor soledad. La vista de las reliquias de cinco mártires franciscanos inmolados por la fe, enardece su amor a Jesucristo y suspira por pertenecer a una orden religiosa en la cual pueda él mismo verter su sangre por tan noble causa. Miembros de la familia fundada por San Francisco de Asís, con indecible entusiasmo se entrega a la observancia más cumplida de la severa Regla. Su recogimiento es profundo, su comunicación con el cielo, no interrumpida; la guerra hecha a su cuerpo y al amor propio, sin tregua. Satisfacía sus deseos de inmolarse por Jesucristo, pero no le dejaba en paz su ambición por el martirio. Para lograr su intento, pidió y obtuvo un puesto en las misiones de África. Más una grave enfermedad que le sobrevino hizo volver rumbo a España a la nave que le conducía a aquellas costas, y la Providencia divina, que no le quería ni en ese cristiano país, lo trajo a Italia. Era ese el sitio en donde debía completar su santificación y en donde debía dar mucha gloria al Señor, en un corto pero abundante apostolado.

¡Cuánta era su humildad! Poseedor de tesoros de ciencia y colmado de gracias especialísimas del cielo, supo empequeñecerse y hacerse mirar como el último de sus hermanos. Un acto providencial fue preciso para que sus superiores reconocieran su valer. Entregado a la contemplación de las cosas divinas y al rigor de extremadas mortificaciones, pasó algún tiempo en la ermita de Monte Pablo, cerca de Bolonia. Días fueron esos que le prepararon a la alta misión a que Dios le destinaba. Así obran los santos. Reclaman la luz divina por medio de la oración, para conocer la voluntad del Señor; y una vez que se les manifiesta, la cumplen con ánimo generoso. Amor propio, conveniencias humanas, lazos de la familia y de la sangre, lo que el corazón más ama, todo queda inmolado; de todo eso hace un sacrificio completo en aras de aquella voluntad superior. ¡Felices ellos! Aseguran con eso su paz y su felicidad única en la tierra, y su porvenir eterno.

Recojámonos en nuestro interior y observemos la causa de nuestras penas y sinsabores. ¿No estará, en la mayor parte de los casos, en la cobardía y mezquindad con que hemos procedido para con Dios? ¡Ah! Seguramente. Si hubiéramos sido fieles a nuestras prácticas piadosas, a las insinuaciones del confesor, al alejamiento de las ocasiones de ruina espiritual, ¡cuán distintos seríamos de lo que desgraciadamente somos! ¡Cuán deliciosa tranquilidad gozaría nuestra alma! No nos privemos de tanto bien; resolvamos generosamente hoy lo que tiempo hace están reclamando de nosotros Dios y nuestra propia conciencia.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Disponernos a los dones por las virtudes y la oración (II)


En el primer período de la vida espiritual, por lo común, el influjo de los dones del Espíritu Santo, aunque jamás falta, es más bien raro y escondido; por eso en este período prevalece la iniciativa del alma, o sea, el ejercicio activo de las virtudes y de la oración. Pero, a medida que se desarrolla la vida espiritual, a medida que aumenta la caridad, crece también al influjo de los dones y, cuando el alma es fiel, ese influjo se hace gradualmente más fuerte y continuo hasta predominar sobre la actividad del alma misma; y de ese modo, bajo la dirección del Espíritu Santo, consigue el alma la santidad.

Para aprovecharse de los dones del Espíritu Santo es necesario que el alma, desde el principio de su vida espiritual, se acostumbre a ser al mismo tiempo activa y pasiva, o sea, esté atenta y dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo sin olvidar el ser fecunda en iniciativas personales. Pues, si es cierto que existen almas demasiado pasivas, también las hay demasiado activas, que dan toda la importancia a sus planes de reforma espiritual, a sus propósitos, a sus ejercicios y prácticas, como si la santidad dependiese únicamente de sus esfuerzos; en el fondo ellas confían demasiado en sus fuerzas y demasiado poco con la ayuda divina. Estas almas están expuestas a no saber recibir las inspiraciones del Espíritu Santo, a sofocar sus impulsos y así, afanarse sin obtener la meta. Es preciso más docilidad, más abandono. Docilidad de la mente para reconocer las inspiraciones interiores del Espíritu Santo; docilidad de la voluntad para secundarlas; abandono para dejarse llevar aún por caminos oscuros y desconocidos y contrarios a los gustos propios. Nadie puede ser maestro de santidad para sí mismo. El Maestro es uno: es el Espíritu Santo. Es preciso someterse siempre a su escuela, a su dependencia. Por eso, en medio del empeño activo para corregir los defectos y adquirir las virtudes, es necesario prestar atención interior a los impulsos del Espíritu Santo. Precisamente para darnos esta posibilidad nos infundió Él sus dones. “El Señor, cada mañana, me despierta el oído para escuchar como discípulo, dice Isaías. El Señor me ha abierto el oído y no me he rebelado, no me he echado atrás”. Esta debe ser la postura interior de un alma que quiere ser guiada por el Espíritu Santo.

“¡Oh Espíritu Santo! Tú eres la fuente que anhelo, el deseo de mi corazón. Océano desbordante de agua, absorbe esta gotita insignificante que desea salir de sí para entrar en Ti. Tú eres la única sustancia toda de mi corazón y a Ti me entrego con todo fervor. ¡Oh cuán amable unión! De veras que esta familiaridad contigo es más apreciable que la misma vida; tu perfume es como bálsamo en propiciación y paz.

¡Oh Espíritu Santo, Amor! Tú eres el beso suavísimo de la Santísima Trinidad, que une el Padre y el Hijo. Tú eres aquel beso bendito que la divinidad dio a la humanidad por medio del Hijo de Dios. ¡Oh beso dulcísimo! No me abandone tu vínculo, a mí, granito de polvo; tus brazos me estrechen hasta que sea una sola cosa con Dios. Hazme, Dios viviente, experimentar las delicias que encierras; dulcísimo amor mío, haz que te abrace, que me una a Ti, ¡Oh Dios Amor! Tú eres mi posesión más querida, sin la que nada más espero, quiero, ni deseo en el cielo ni en la tierra”(Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Disponernos a los dones por las virtudes y la oración (I)


Enséñame ¡oh Espíritu Santo!, a prestar atención continua a tus inspiraciones y dependencia fiel a tus impulsos divinos.

Santo Tomás enseña que se nos dieron los dones en ayuda de las virtudes. Los dones son para “ayudar” a las virtudes, por lo tanto no para “sustituirlas”, lo que quiere decir que el alma debe hacer cuanto puede en el ejercicio asiduo de las virtudes, y entonces el Espíritu Santo completará con los dones la parte que ella no puede realizar. “Dios que te creo sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustín). Por eso la postura práctica que el alma debe de adoptar para que se digne el Espíritu Santo actuar sus dones, es ponerse en camino hacia la santidad con denodado esfuerzo. Toda la tradición católica pone como punto de partida esta actividad y empeño personal, porque “si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella... la atrae y la hace correr hacia Él” (San Juan de la Cruz). Y el alma Busca a Dios con el ejercicio asiduo de las virtudes que, aunque no basta para conducirla al término, es necesario para demostrar al Señor su buena voluntad. Como no espera el marinero ansioso de zarpar del puerto a que el viento hinche sus velas, sino que echa mano de los remos con vigor, así el alma deseosa de hallar al Señor mientras espera que venga Él a unirlas a sí, se esfuerza con ahínco en buscarlo con iniciativas personales, que son esfuerzos para vencer los defectos propios, para deshacerse de las criaturas, para practicar las virtudes, para ejercitar el recogimiento interior, etc. Y el Espíritu Santo se aprovechará de estos esfuerzos para ocultar en ellos su acción, actuando sus dones. Eso indica cuán errada es la postura de ciertas almas que viven demasiado pasivamente su vida espiritual, no teniendo suficientes iniciativas personales para avanzar en la virtud, para salir al encuentro de Dios. Ellas pierden mucho tiempo y se exponen a fáciles ilusiones. Sobre todo al principio de la vida espiritual es necesario poner manos a la obra activamente. Sólo de ese modo podemos esperar en la ayuda del Espíritu Santo.

“¡Oh Espíritu Santo, Dios, Amor, vínculo de la Santísima Trinidad por vía de amor! Tú pones y depositas tus delicias en los hijos de los hombres, en la castidad santa que florece por influjo de tu fuerza y de tus encantos en este valle, como rosa entre espinas. ¡Espíritu Santo! ¡Amor! Dime qué vía conduce a una estancia tan deliciosa; dónde está el sendero de la vida que lleva a estas praderas fecundas por el rocío divino en que se sacian los corazones abrazados por la sed. ¡Oh Amor! Tú sólo conoces ese camino que conduce a la vida y a la verdad. En ti se consuma la unión rebosante de delicias que une entre sí a las Personas divinas de la Santísima Trinidad. Por ti, ¡Oh Espíritu Santo!, fueron esparcidos sobre nosotros los más preciosos dones. De ti proceden los gérmenes fecundos que producen frutos de vida. De ti dimana la miel de delicias que sólo se hallan en Dios. Por ti bajan a nosotros las aguas fertilizantes de las bendiciones divinas, dones tan preciosos para el espíritu, pero, por desgracia, tan raros en nuestro valle” (Santa Gertrudis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Efectos de la venida del Espíritu Santo


El primer efecto que produjo en el corazón de los Apóstoles la venida del Espíritu Santo fue una sincera y ardiente caridad. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo; por Él ama el Padre Eterno a su Hijo y el Hijo a su Padre; por Él nos aman a nosotros el Padre y el Hijo, y por Él amamos a la Santísima Trinidad. Por eso el Espíritu Santo bajó en figura de fuego, para darnos a entender que había venido a abrasar los corazones con el amor divino que Jesucristo había prometido hacer bajar del cielo a la tierra para encendernos a todos. Y así, apenas los apóstoles recibieron el Espíritu Santo se llenaron de fuego de amor divino, que fueron a repartir por todo el universo para encender aun los corazones más fríos.

El segundo efecto fue un ardiente celo por la gloria de Jesucristo, que llevó a los apóstoles por todo el mundo para publicar en todas partes las grandezas de Jesús. Entonces fue cuando doce pescadores sin estudios, sin elocuencia y sin talentos, pero llenos del Espíritu Santo, emprendieron su carrera por todo el mundo a anunciar la gloria de su Maestro, y a persuadir a los filósofos, a los oradores, a los sabios, a los grandes del mundo, y a los emperadores mismos, que un hombre muerto en una cruz era Dios. ¡Admirable empresa, llevada a cabo por el ministerio de doce pescadores, débiles en sí mismos, pero alentados por el vigor del Espíritu Santo, y llenos de aquella caridad ardiente a la cual nada hay imposible! ¿De dónde nace en ti el poco celo de la gloria de Jesucristo, sino de tu poco amor?

El tercer efecto que produjo la venida del Espíritu Santo en el corazón de los Apóstoles fue valor admirable en los peligros, y constancia heroica en los tormentos. Habían sido tan cobardes, que en la Pasión abandonaron todos a su Maestro, y aun el principal de todos ellos tembló a la voz de una mujer, hasta negar a Jesucristo. Más apenas recibieron el Espíritu Santo, se trocaron en mártires valerosísimos, que exponiéndose gallardamente a los mayores peligros, predicaron a Jesucristo, en el circo y en el cadalso, y sufrieron la muerte, no sólo con constancia, sino con alegría, sellando con su propia sangre la verdad que habían predicado acerca de la divinidad de su Maestro. Éste es el efecto que produjo el Espíritu Santo en el corazón de los Apóstoles. ¿Lo ha producido en el tuyo?

¡Espíritu divino, Rey amoroso de las almas! Ilustra la mía para que conozca las grandezas de Dios y mueve mi lengua como la de los Apóstoles para que hable de ella sin miedo ni respeto humano, y con tal fervor que Tú quedes glorificado y mi alma encendida en tu amor. Ven y llena hoy el corazón de los fieles y enciende en todos el fuego de tu amor. Envía un rayo de tu fuego divino y seamos de nuevo creados, y renovarás la faz de la tierra.

Fuente: Cf. V. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año

El Espíritu de Cristo (II)


El Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo y habita en Él como en el templo preferido. El Espíritu Santo mora en el alma de Cristo para llevarla continuamente a Dios, para conducirla al cumplimiento de su misión redentora, para solicitarla a unirse con la voluntad del Padre Celestial. Vemos esto concretamente en el Evangelio, donde San Lucas, después de haber descrito el bautismo de Jesús, sobre quién el Espíritu Santo “descendió en figura corpórea, en forma de paloma”, añade: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se retiró del Jordán y fue conducido al desierto por el Espíritu”. He aquí una declaración explícita de la plenitud sin medida con que el Espíritu Santo habitaba en el alma de Jesús, plenitud que sin duda se remonta al primer instante de la vida de Salvador, y de la cual Dios quiso darnos una prueba sensible en el momento de su bautismo; y he aquí también un ejemplo patente de lo que el Espíritu Santo obraba incesantemente en el alma de Jesús, inspirando todas sus acciones y guiándole al cumplimiento de su misión redentora, según lo que dice San Pablo: “Cristo, por el Espíritu Eterno, se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios”.

Si queremos comprender más a fondo esta misteriosa acción del divino Paráclito en el alma de Jesús, podemos pensar en lo que Él obra en el alma que ha llegado a la transformación de amor. San Juan de la Cruz enseña que en este altísimo estado, el Espíritu Santo invade el alma, ya totalmente dócil a su moción, y la dirige y mueve en todas sus acciones, empujándola incesantemente hacia adelante mediante una perfecta adhesión a su santa voluntad. Inmensamente más -ya que de manera inmensamente más perfecta- obraba el Espíritu Santo en el alma de Cristo, el cual le secundaba dócilmente y estaba bajo su impulso del modo más perfecto. El Espíritu divino sale al encuentro de esta sublime criatura que es el alma de Jesús: la invade, la dirige, la mueve al cumplimiento de su misión y la lleva a Dios con un impulso fortísimo, precisamente porque ella está totalmente bajo la influencia de su moción.

“¡Oh Jesús! Te presento mi pobre amor, dejándolo en los brazos de tu ardiente Espíritu, en el horno ardiente de tu amor. ¡Oh Amado mío! Por tu divina virtud prepárame al combate espiritual con las armas de tu Espíritu, ya que no confío en mí, sino en sola tu bondad. Todo lo que no es totalmente tuyo arráncalo de mí con tu inestimable caridad, de modo que por tu dulce amor, invitada y fortalecida con la viva suavidad de tu amor, no ame sino a Ti. Que los dulces efluvios de tu Espíritu me hagan breve y ligero el peso de la vida; y Tú mismo dígnate unir tu cooperación a mis obras, de tal modo que mi alma te glorifique eternamente, que mi vida esté consagrada a ti, y se goce mi espíritu en Dios, mi Salvador, de tal modo que mi pensamiento y acción sean alabanza y acción de gracias a ti” (Santa Gertrudis).

¡Oh Espíritu Santo que con tanta plenitud has obrado en el alma santísima de Jesús! Dígnate obrar también en mi pobre alma y tomarla enteramente bajo tu dirección, para que en toda acción interna y externa me mueva según tus inspiraciones, tus gustos y tu beneplácito.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

El Espíritu de Cristo (I)


¡Oh Espíritu Santo que señoreaste plenamente en el alma de Jesús! Dígnate tomar la dirección de mi pobre alma.

El Espíritu Santo es llamado en la Sagrada Escritura “Espíritu de Cristo” (Rm. 8, 9); esta expresión está llena de significado. Cristo es el Verbo Encarnado, hecho hombre, y, sin embargo, permanece siempre el Verbo, el Hijo de Dios, del cual -como del Padre- procede el Espíritu Santo; por eso puede decirse muy bien que el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo, precisamente porque la Persona de Cristo no es otra que el Verbo. Mas cuando se habla de Cristo ha de entenderse que se habla no sólo de Cristo en cuanto Dios, sino de Cristo en cuanto Hombre, es decir, el Verbo Encarnado. Pues bien, también en este sentido se puede decir que el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo.

Sabemos, efectivamente, que el divino Consolador, con el Padre y con el Hijo, mora en todas las almas en gracia. Y no solamente mora, sino que lo hace con complacencia. Aún más: tanto más se complace cuanto mayor es el grado de gracia que encuentra en el alma, ya que en donde la gracia es más abundante allí existen más intenso y luminoso reflejo de la naturaleza y de la bondad de Dios. Precisamente por esto el Espíritu Santo se complacía inmensamente en el alma de María Santísima que, llena de gracia, aumentaba constantemente de plenitud en plenitud. Y sin embargo, la gracia existente en María era sólo un pálido reflejo de la que Jesús poseía, que era, como dicen los teólogos, “infinita”.

Sí, pues, Cristo posee la gracia de manera infinita, se puede decir que el Espíritu Santo se complace infinitamente en el alma de Cristo y que en ella mora como en su templo preferido. Tal es la forma de expresarse de la Encíclica Mystici Corporis cuando afirma que el divino Paráclito “tiene sus delicias en habitar en el alma del Redentor como en su templo preferido”. Y si se puede afirmar que el Espíritu Santo es nuestro porque habita en las almas santificadas por la gracia, con razón infinitamente mayor se puede decir que es “de Cristo”, cuya alma Santísima posee la gracia en inmensa medida.

“¡Oh Espíritu Santo! Tu clemencia, tu amor inefable ha tenido clavado al Hijo de Dios en el madero santo de la Cruz, pues que ni los clavos ni las cuerdas le hubieran podido tener ligado sin el vínculo de la caridad. Y después, cuando Cristo elevándose a las alturas regresó al Padre, tú, Espíritu Santo, fuiste enviado al mundo con la potencia del Padre, con la sabiduría del Hijo y con tu clemencia, para afianzar el camino de la doctrina que Cristo dejó en el mundo...

¡Oh Espíritu Santo! Ven a mi corazón, atráelo a ti con tu potencia, Dios verdadero; concédeme caridad con temor, defiéndeme de todo mal pensamiento; caliéntame y abrázame en tu dulce amor, de tal modo que cualquier trabajo me parezca ligero. ¡Santo Padre mío y dulce Señor mío! Ayúdame en todas mis acciones” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (II)


Introduciendo a las almas en la sequedad, Dios pretende elevarlas del modo demasiado humano y bajo de tratar con Él a otro más sobrenatural. En la meditación discursiva el alma se acercaba a Dios mediante el trabajo de su inteligencia, que aun siendo medio óptimo, siempre es inadecuado y pobre para conocer a Dios infinito y, como tal, inmensamente superior a la capacidad de nuestro entendimiento. Sometiéndola ahora a la aridez, le hace imposible la meditación y la obliga a ir a Él por camino diverso.

Este camino, según San Juan de la Cruz, es el de la contemplación inicial, consistente en comenzar a conocer a Dios añadiendo a la inteligencia algo de experiencia de amor, experiencia que no infunde en el alma ideas nuevas, pero que le comunica un “sentimiento” de la grandeza de Dios. Ya vimos, en efecto, que precisamente con la sequedad nace en el alma una pena aguda de no amar al Señor, de no sentir ya el amor, y esa pena no existiría si el alma no hubiera adquirido un sentimiento profundo de las grandezas divinas y de cuán digno es de ser amado.

Tal sentimiento no es fruto de raciocinios, que ya no puede hacer el alma, sino de su experiencia amorosa; y, en verdad, el alma ama a Dios mucho más que antes, aunque no se da cuenta, y la prueba mejor es aquella aguda pena que la tormenta por el temor de no amarlo. Precisamente por medio de su penosa experiencia de amor, consistente en la preocupación de no amar y servir a Dios, nace en el alma el conocimiento contemplativo, o sea, el “sentimiento” de Dios. Es este un conocimiento que por ahora tiene poco de consolador para el alma, pero sin embargo encierra muy subido valor, pues mejor que cualquier meditación, le infunde el sentimiento de la Divinidad y la enamora cada vez más de Dios, cuya amabilidad infinita intuye ahora mejor. Tales ventajas son tan dignas de aprecio que el alma debe, ante ellas, no sólo abrazarse con generosidad a la aridez que el Señor le envía, sino reconocer en ella una de las mayores misericordias que ha tenido con ella.

¡Dios mío! Sólo te pido una cosa: que en esta sequedad crezca mi amor y te sea yo siempre fiel; que, cuanto menos sienta el amor, más te ame con la realidad de las obras; que cuanto menos alegría encuentre en el amor, más gloria te procure a ti. Y, si para crecer en el amor es necesario sufrir, bendita sea esa prueba, pues tú me hieres para instruirme, me mortificas para sanarme y darme una vida mejor.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Descubrir en la aridez el llamado a una oración más profunda (I)


Llévame, Señor, a ti por la vía que Tú prefieras y como Tú quieras: tan sólo te pido la gracia de seguirte siempre.

La aridez enviada por Dios tiene la ventaja no sólo de hacernos avanzar en la virtud, sino de introducirnos también en una oración más elevada. San Juan de la Cruz enseña que precisamente mediante esta especie de sequedad invita el Señor a las almas a una forma de oración más sencilla y profunda que llama “contemplación inicial”. Para poder distinguir esta sequedad de la originada por otras causas, nos da tres señales. La primera es que “así como el alma no haya gusto ni consuelo en las cosas de Dios, tampoco le haya en alguna de las cosas criadas”. También cuando la sequedad proviene de faltas cometidas, pierde el alma el gusto de las cosas divinas, pero entonces va en busca de satisfacciones humanas; mientras que en este caso, aun no sintiendo la alegría de estar con Dios, no se vuelve a las criaturas, antes bien, permanece fiel a su decisión de conservar el afecto desligado de ellas. La segunda señal es que, no obstante su aridez, el alma “ordinariamente trae la memoria en Dios con solicitud y cuidado penoso, pensando que no sirve a Dios”; en otras palabras, el alma sufre por su insensibilidad espiritual, teme no amar al Señor, no servirle, y con todo continúa buscándole con el ansia de quien no logra encontrar su tesoro. Consiguientemente permanece siempre ocupada en Dios, si bien en modo negativo y penoso, semejante a quien sufre la ausencia de una persona amada. Si por el contrario las sequedad es culpable, especialmente si proviene de un estado de tibieza habitual, el alma no se preocupa en modo alguno de no amar a Dios; se ha vuelto indiferente. La última señal consiste en “no poder ya meditar ni discurrir en el sentido de la imaginación como solía, aunque más haga de su parte. El alma querría meditar, lo pretende, se esfuerza cuanto puede, pero no lo consigue. Cuando es continuo este estado -si durase sólo algún período podría provenir de especiales circunstancias físicas o morales- y, si bien fluctuando entre días de mayor y menor intensidad, se apodera del alma haciéndole imposible habitualmente la meditación, entonces es el caso de descubrir en la aridez la llamada divina a una oración más profunda.

¡Oh Jesús, qué pesada y amarga es la vida cuando os ocultáis a nuestro amor! ¿Qué hacéis entonces, o dulce Amigo? ¿No veis nuestras angustias, el peso que nos oprime? ¿Dónde estáis?, ¿por qué no venís a consolarnos, puesto que no tenemos otro amigo que Vos?

Pero si os place dejarme en este estado, ayudadme a aceptarlo por vuestro amor. Que os ame lo bastante para sufrir por vos todo lo que queráis, aún las penas del alma, las arideces, las angustias, las frialdades aparentes. ¡Ah! Es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de este amor: es un martirio...

Muchos ¡oh Jesús!, os sirven cuando les consoláis, pero pocos consienten en haceros compañía cuando dormís sobre las olas, o cuando sufrís en el jardín de la agonía... ¿Quién, pues, querrá serviros por Vos solo? ¡Ah... lo haré yo!

El santo Evangelio me enseña que dejas las ovejas fieles en el desierto. ¡Cuánto me dice esto!... Estáis seguro de ellas, no podrían descarriarse porque están cautivas del amor. Por eso le hurtas la presencia sensible para dar vuestros consuelos a los pecadores. O bien, si las conducís al Tabor, es por pocos instantes. Señor, haced de mí lo que os plazca. Si parece que me olvidáis, pues bien, sois libre de hacerlo, puesto que yo no soy mía sino vuestra... Antes os cansaréis vos de hacerme esperar que yo de esperaros” (Santa Teresa del Niño Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Perseverar en la oración (II)


No abandone el alma la oración, aunque haya caído por culpa propia en la sequedad, sino persevere en ella no obstante la violencia que deberá hacerse y las vivas repugnancias que tendrá que vencer. Si persevera con valentía, “por pecados y tentaciones y caídas de mil maneras que ponga el demonio, tengo por cierto -dice Santa Teresa- que la saca el Señor a puerto de salvación”. Acepte el tormento de pasar el tiempo de la oración en aridez completa, con la pena, además, de sentirse tan miserable e indigna de tratar con Dios, en cuya presencia se halla; acepte los reproches de la conciencia por sus debilidades y ofrezca todo al Señor en expiación de las faltas cometidas y para obtener la gracia de la enmienda. No se canse de repetir con sinceridad salida del corazón la plegaria del publicano: “¡Oh Dios! Sé propicio conmigo, pecador”; y Dios, que ama tanto a quien reconoce su propia miseria, no dejará de venir en su ayuda. Pero es menester esperar con paciencia la hora por Él establecida.

Santa Teresa de Jesús pasó cerca de dieciocho años en semejante sequedad: “Hartas veces -dice ella- no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración. Era tan incomportable la fuerza que el demonio me hacía, o mi ruin costumbre, para que no fuese a la oración..., que era menester ayudarme de todo mi ánimo... para forzarme. Y, en fin, me ayudaba el Señor”; era éste el premio a su fidelidad.

Por eso la Santa tiene toda la autoridad que deriva de la experiencia vivida para insistir en que jamás por motivo alguno se abandone la oración, y lo recomienda con mucha insistencia: “No os quedéis en el camino, sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda, pues no estáis aquí a otra cosa sino a pelear”. También a la oración se puede aplicar el dicho de Jesús: “El reino de los cielos se conquista con la fuerza y lo arrebatan los esforzados”.

He visto esto claro por mí, y no veo, Criador mío, por qué todo el mundo no se procure llegar a Vos por esta particular amistad: los malos, que no son de vuestra condición, para que nos hagáis buenos con que os sufran estéis con ellos siquiera dos horas cada día, aunque ellos no estén con Vos sino con mil revueltas de cuidados y pensamientos de mundo, como yo hacía. Por esta fuerza que se hacen a querer estar en tan buena compañía, miráis que en esto a los principios no pueden más, ni después algunas veces; forzáis Vos, Señor, los demonios para que no los acometan y que cada día tengan menos fuerza contra ellos, y se la dais a ellos para vencer. Sí, que no matáis a nadie ¡vida de todas las vidas! de los que se fían de Vos y de los que os quieren por amigo; sino sustentáis la vida del cuerpo con más salud y la dais al alma”.

Concédeme, pues, Señor, un ánimo esforzado para perseverar siempre en la oración, no obstante la sequedad, las deficiencias internas y externas, y a pesar de mi falta de correspondencia a tu gracia... Por medio de ella Tú me darás remedio para todos mis males.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Perseverar en la oración (I)


Haz Señor que yo te busque y sirva siempre, a pesar de todas las dificultades que pueda encontrar.

Enseña Santa Teresa de Jesús que a quien desea darse con provecho a la oración le “importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella” en el camino emprendido. O sea, se trata de darse a la oración no sólo por un período, sino siempre, todos los días, toda la vida, sin dejarse disuadir por razón alguna. “Venga lo que viniera, suceda lo que sucediera, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare... siquiera se muera en el camino...”, aspire siempre a la meta (Cam. 21, 2). Y la meta, recordémoslo, es el agua viva prometida por Jesús a quienes sinceramente tienen sed de Él y de su amor.

Sin una voluntad firme y decidida, frecuentemente encontrará el alma motivos más o menos plausibles para abandonar la oración. Por una parte la sequedad que encuentra le hará pensar que para ella es tiempo perdido el empleado en un ejercicio del que al parecer no saca fruto alguno, y que por eso sería mejor emplearlo en otras obras. Tampoco será difícil que las muchas ocupaciones que frecuentemente la abruman le presenten más legítima esa postura. Otras veces el sentimiento de su miseria -principalmente la consideración de su escasa fidelidad a la gracia- le hará creer que es indigna de la intimidad con Dios y que por lo mismo es inútil para ella perseverar en la oración. “Esta -dice la Santa- fue la mayor tentación que tuve; por medio de ella es grande el daño que nos hace el demonio. Quien la ha comenzado, no la deje; pues es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso. Y no le tiente el demonio por la manera que a mí, a dejarla por humildad”.

Señor, lo sé; para que el amor sea verdadero y la amistad durable es necesario que entre los dos amigos reine paridad de condición. Y sé también que Tú no puedes tener defecto alguno, mientras mi naturaleza es viciosa, sensual e ingrata, por lo que no puedo amarte cuanto mereces.

“¡Oh bondad infinita de mi Dios, que me parece os veo y me veo de esta suerte! ¡Oh regalo de los ángeles, que toda me querría, cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Cuán cierto es sufrir Vos a quien os sufre que estéis con él! ¡Oh, qué buen amigo hacéis, Señor mío! ¡Cómo le vais regalando y sufriendo, y esperáis a que se haga a vuestra condición y tan de mientras le sufrís Vos la suya! ¡Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos que os quiere, y con un punto de arrepentimiento olvidáis lo que os ha ofendido!”

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Misericordia de Dios nos espera


¡Oh Amor inestimable, oh dulce Amor, Fuego eterno! Eres el fuego que siempre arde, ¡oh alta Trinidad! Dirige los ojos de la misericordia a tus criaturas. Reconozco que te es propia la misericordia; es más, adonde quiera que me vuelva, me encuentro con ella. Por eso grito y corro a tu misericordia para que la tengas con el mundo.

Tú quieres, Padre eterno, que te sirvamos según tu beneplácito y llevas a tus servidores por diversos modos y caminos.

¡Oh Verdad eterna! ¿Cuál es tu enseñanza y cuál el camino por el que quieres que vayamos al Padre? No acierto a ver otro sino el que tú has pavimentado con las verdaderas y reales virtudes del fuego de tu caridad, Verbo eterno. Lo has edificado con tu sangre. Este es, pues, el camino. Nuestro pecado no consiste sino en amar lo que tú has aborrecido y en aborrecer lo que has amado.

¡Oh eterna Deidad! ¿Y qué diremos de ti? ¿Qué juicio nos formaremos de ti? Diremos y pensaremos que eres nuestro dulce Dios, que no quiere sino nuestra santificación. Esto aparece evidente en la sangre de tu Hijo. Él, como enamorado, corrió, por nuestra santificación a la afrentosa muerte de cruz. Que se avergüence el hombre de levantar la cabeza con soberbia viéndote, altísimo Dios, humillado hasta el lodo de nuestra humanidad.

¡Oh eterna Deidad! ¡Qué propia te es la misericordia! Lo es tanto que tus servidores apelan a ella contra la justicia que el mundo merece por sus pecados. Tu misericordia nos ha creado; la misma misericordia nos redimió de la muerte eterna; ella nos gobierna y ella contiene a la justicia para que no mande a la tierra que se abra y nos trague y que los animales nos devoren, sino, por el contrario, todas las cosas nos sirven y la tierra nos da su fruto. Todo esto lo hace la misericordia. Ella nos conserva y prolonga la vida, concediéndonos tiempo para que podamos volver a ti y reconciliarnos contigo.

¡Oh misericordioso y piadoso Padre! ¿Quién frena a la naturaleza angélica para que no tome venganza del hombre que es enemigo tuyo? La misericordia. Por ella nos concedes grandes consuelos para que nos veamos obligados a amarte, porque el corazón de la criatura está inclinado al amor. Esa misericordia nos da y permite las penas y aflicciones para que aprendamos a conocernos a nosotros mismos y adquiramos la modesta virtud de la verdadera humildad, y también para que tengas motivos de recompensar a los que varonilmente han combatido sufriendo con verdadera paciencia. Por misericordia conservaste las cicatrices en el cuerpo de tu Hijo, para que con ella pida misericordia por nosotros ante tu Majestad. Por misericordia te has dignado mostrarme a mí, miserable, que en modo alguno debemos juzgar las intenciones de las criaturas racionales, pues tú las conduces por variedad infinita de caminos. Por lo cual te doy gracias.

¡Oh Verbo eterno, Hijo de Dios! ¿Por qué tuviste tan perfecto dolor de la culpa, no hallándose en ti el veneno del pecado? Veo, Amor inestimable, que quisiste satisfacer corporal y espiritualmente, lo mismo que el hombre corporal y espiritualmente había ofendido y cometido el pecado. Pequé contra el Señor, ten misericordia de mí.

Fuente: Santa Catalina de Siena, Oraciones y soliloquios.

El valor de la obediencia (II)


Uno de los obstáculos más fuertes a la plena conformidad de tu voluntad con la de Dios es el apego a tu querer, a tus deseos, a tus inclinaciones. Ahora bien, la obediencia que te impone la voluntad ajena como norma en el obrar, es el mejor ejercicio para acostumbrarte a contradecir tu voluntad, a desprenderte de ella y a unirte a la voluntad de Dios, que se te manifiesta a través de las órdenes de los superiores. Y cuanto más estrecha es la forma de obediencia a que estás sometido, es decir, cuanto más amplia es, abrazando no sólo algún aspecto particular, sino toda tu vida, más intenso será este ejercicio y más eficazmente te introducirá en la voluntad de Dios. Aquí está el valor inmenso de la obediencia: poner toda la vida del hombre en la voluntad de Dios, hacer posible que el hombre en toda circunstancia regule su conducta no según su voluntad, tan débil, frágil y sujeta a error, tan limitada y ciega, sino según la voluntad de Dios, tan perfecta y santa, que jamás puede equivocarse, ni querer el mal, sino sólo el bien, y no el bien pasajero, que hoy existe y mañana no, sino el eterno e imperecedero.

La obediencia realizará en ti este trueque dichosísimo: abandonar tu voluntad para abrazar la de Dios. Es este el motivo que hacía correr a los Santos en busca de la obediencia. De Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús, se dice: “no solamente volaba en el ejecutar los preceptos, sino que gozaba enormemente y se divertía obedeciendo”. La naturaleza siente dificultad en denegar la propia voluntad, en renunciar a un proyecto, a un plano, a un trabajo en que se tiene toda la ilusión y el cariño; pero el alma de vida interior no se detiene a considerar esta renuncia, sino que, a pesar del sufrimiento y de la lucha que supone este vencerse a sí mismo, lanza su mirada más lejos: la fija en la voluntad de Dios, que se le presenta escondida en la voz de la obediencia; y hacia esa voluntad tiende con toda la energía de sus fuerzas, porque abrazar la voluntad de Dios es abrazar a Dios mismo.

¡Señor! Sólo dispongo de una vida, ¿y puede existir por ventura una manera mejor de emplearla toda en tu gloria y en mi santificación que poniéndola directamente bajo tu obediencia? Solamente así estaré seguro de no perder el tiempo y de no equivocarme, porque entregarse a la obediencia es entregarse a tu voluntad. Si mi voluntad está llena de defectos, la tuya es santa y santificante; si mi voluntad posee la triste capacidad de poder extraviarme, la tuya es poderosa para santificar mi pobre vida, para santificar todas mis acciones, aun las más simples e indiferentes, cuando son realizadas bajo su impulso.

¡Oh Señor! Es precisamente el deseo de vivir totalmente en las manos de tu voluntad lo que me empuja hacia la obediencia, a amar y abrazar esa virtud, a pesar de la ardiente ansia de libertad y de independencia que me abrasa.

¡Oh voluntad santa y santificadora de mi Dios! Quiero amarte sobre todas las cosas quiero vivir siempre abrazado a ti, nada quiero hacer sin ti o fuera de ti.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

«Conozco mis ovejas y ellas me conocen»


Jesús añade: “Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen, como me conoce mi Padre y Yo conozco a mi Padre” (Jn. 10, 11-16). Aunque no se trate de igualdad, sino de simple semejanza, es sin embargo muy consolador y honroso para nosotros ver cómo gusta Jesús de comparar sus relaciones con nosotros a sus relaciones con el Padre. También en la última Cena dijo: “Como me amó el Padre, también Yo os amé” y “que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en ti, para que sean uno como nosotros somos uno”. Esto nos demuestra cómo entre nosotros -las ovejas- y Jesús -el Pastor- no existe solamente una relación de conocimiento, sino también de amor y más todavía, de comunión de vida, semejante a la que existe entre el Padre y el Hijo. Y a estos contactos con Dios, tan profundos que nos hacen participar de su vida íntima, llegamos mediante la gracia, la fe y la caridad que el Buen Pastor nos conquistó dando su vida por nosotros.

De este modo se entabla entre el Buen Pastor y sus ovejas una relación íntima de conocimiento amoroso, tan íntima que el Pastor conoce una a una sus ovejas y las llama por su nombre, y ellas conocen su voz y le siguen dócilmente. Cada alma puede afirmar: Jesús me conoce y me ama, no de modo genérico y abstracto, sino en lo concreto de mis necesidades, de mis deseos, de mi vida; y conocerme y amarme significa para Él hacerme bueno, envolverme cada vez más con su gracia, santificarme. Porque Jesús me ama, me llama por mi nombre; me llama cuando en la oración me abre nuevos horizontes de vida espiritual o me hace conocer mejor mis defectos, mis miserias; me llama cuando, me reprende o purifica mediante la sequedad y cuando me consuela y anima, infundiéndome nuevo fervor; me llama cuando me hace sentir el apremio de mayor generosidad, cuando me pide sacrificios o me concede alegrías, y todavía más, cuando me infunde un amor más profundo a Él. De frente a sus llamadas, mi postura debe ser la de una ovejita mansa que conoce la voz de su Pastor y le sigue siempre.

“¡Oh benignísimo Señor; mi dulce Pastor! ¿Cómo restituiré todo lo que me diste? ¿Qué te daré por el don de ti mismo que me hiciste? Aunque me diese mil veces a ti, todo sería nada, pues nada soy comparado contigo. ¡Tú tan grande, me amaste gratuitamente y tanto, a mí tan pequeño, malo e ingrato! Señor, sé que tu amor aspira a lo infinito e inmenso pues Tú eres inmenso e infinito. Por eso, dime, ¡oh Señor! cómo debo amarte.

Mi amor, Señor, no es gratuito, pues te es debido... Aunque no puedo amarte cuanto debo, acepta, con todo, mi poco amor. Te podré amar más, cuando te agradare aumentar mi virtud, pero jamás te daré lo que mereces. Dame, por lo tanto, tu amor ardentísimo con el que, por tu gracia, te ame, te agrade, te sirva, cumpla tus preceptos, no me separe de ti, ni en el tiempo presente ni en el futuro, sino que por todos los siglos permanezca unido a ti por amor”.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Frutos pascuales


¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Oficio litúrgico de hoy, domingo in albis, se refiere en sus oraciones y textos sagrados a los recién bautizados que, ocho días después de Pascua, dejaban la blanca vestidura que habían recibido en la fuente bautismal. A ellos va dirigida la afectuosa recomendación de San Pedro que leemos en el Introito de la Misa: “Como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual”. En estas palabras se siente el eco de la solicitud materna de la Iglesia para con los hijos que ella ha regenerado en Cristo y su preocupación tiernísima por los recién nacidos. Pero este cuidado y esta solicitud se repiten también con nosotros; porque, aunque fuimos bautizados apenas vinimos a este mundo, todos los años en la fiesta de Pascua resucitamos con Cristo y de esa manera renacemos en Él a una nueva vida. Debemos, por lo tanto, asemejarnos también nosotros a los “niños recién nacidos”, que no conocen la malicia, el engaño, el orgullo, ni la presunción, sino que todo son candor y sencillez, confianza y amor. Hermosa invitación a la infancia espiritual que Jesús nos propuso como condición indispensable para llegar a la salvación: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Cada infusión de gracia, al purificar y sanar nuestra alma del pecado y de sus malas raíces, nos hace renacer a una nueva vida en Cristo, vida de inocencia y de pureza, que aspira “únicamente a beber la leche espiritual” de la doctrina de Cristo, de su amor y de sus gracias. Pero en la liturgia de hoy la Iglesia quiere centrar todos nuestros deseos, nuestra atención, en la fe: esa fe que nos une a Jesús, para que Él nos instruya, nos nutra y nos guíe a la vida eterna. Recordemos las palabras del divino maestro que nos harán penetrar en la sublimidad de la fe: “El que cree en Mí..., correrán de su seno ríos de agua viva... que salte hasta la vida eterna” (Jn. 7, 38; 4, 14). Acerquémonos a Jesús con la fe sencilla y sincera de los niños y Él nos dará la abundancia de su gracia, que es prenda de vida eterna.

¡Oh Dios mío! Dame un corazón puro y sencillo, sin malicia y sin engaño: “¡Oh Señor! Concédeme verdadera pureza y sencillez: en los ojos, en las palabras, en el corazón, en la intención, en las obras y en todo mi porte interior y exterior. ¿Quieres saber, alma mía, las cosas que se oponen a estas virtudes? Toda mirada que no sea según Dios, toda palabra que no sea proferida para alabanza de Dios o para alivio del prójimo. ¿Quieres saber también cuándo arrojas de tu corazón estas virtudes? Pues óyelo: las arrojas cuando en tus obras no llevas la intención pura de dar gloria a Dios y de ayudar a tu prójimo, cuando quieres disimular y excusar tus culpas sin pensar que Dios lo ve todo y penetra hasta en el fondo de tu corazón. ¡Oh Señor! Dame una pureza y sencillez verdadera, pues no puedes encontrar tu descanso en el alma que no es sencilla ni pura” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Buscar en todo únicamente a Dios


¡Oh Señor! ¡Que siempre te busque y únicamente a ti solo, y que, buscándote, te encuentre!

Las Misas de la semana de Pascua nos van recordando en sus Evangelios las diversas apariciones de Cristo resucitado. La primera y una de las más conmovedoras es en la que Jesús se manifestó a María Magdalena. En este episodio María se nos presenta de nuevo con su inconfundible carácter de alma completamente arrebatada por el amor de Dios. Llega al sepulcro, y apenas ve “la piedra quitada del monumento”, un solo pensamiento la obsesiona: “Han quitado al Señor del sepulcro”: ¿quién habrá sido?, ¿dónde le habrán puesto? Y va preguntando a todos los que encuentra, creyéndolos a todos dominados por la misma idea, por esa misma ansia en que ella se abrasa: les pregunta a Pedro y a Juan, a quienes ha venido a avisar, a los ángeles, al mismo Jesús. Las otras mujeres, apenas advierten que está el sepulcro abierto, entran en él para ver lo que ha pasado; ella corre a toda prisa para comunicar la noticia a los Apóstoles. Y después vuelve: ¿qué va a hacer allí junto a la tumba vacía? No lo sabe, pero su amor la arrastra hacia el sepulcro y la ata al lugar donde había sido colocado el cuerpo del Maestro, aquel Cuerpo que ella quiere encontrar de nuevo a toda costa.

Ve a los ángeles, pero no se maravilla ni se turba como las otras mujeres: el dolor absorbe su alma haciendo imposible cualquier otra emoción. Y cuando los ángeles le preguntan: ¿Por qué lloras, mujer?, ella responde inmediatamente: “Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto”. Poco después Jesús le hace la misma pregunta, y María, absorta y ensimismada en sus pensamientos, no le reconoce, y “creyendo que era el hortelano”, le dice: “Señor si lo has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo lo tomaré”. La obsesión por hallar de nuevo a Jesús domina de tal manera todo su ser que ni siquiera siente la necesidad de nombrarle: cree que todos piensan en su Jesús y que entenderán al vuelo su petición, como si todos estuviesen poseídos por el mismo estado de ánimo en que vive ella.

Cuando el amor y el deseo de Dios se han apoderado totalmente de un alma, hacen imposible que surjan en ella otros amores, otros deseos o preocupaciones. Todos sus movimientos están orientados hacia Dios, y el alma no hace más que buscar en todo únicamente a Dios.

“¡Oh Señor mío Jesucristo, qué cosa tan buena y feliz, tan sabrosa es sentir la violencia de tu amor! Abrasa cada día mi pecho con los rayos de tu santo amor, disipa las tinieblas de mi mente, ilumina los secretos del corazón, robustece mi voluntad, enciéndela, y alegra y fortalece mi alma. ¡Oh cuán dulce es tu misericordia, cuán grande es la suavidad de tu amor de ese amor que das con abundancia, Señor mío Jesucristo, y cuya suavidad gozan sólo aquellos que no aman ni quieren pensar en otra cosa fuera de Ti! ¡Tú te has anticipado a nosotros en el amor; para eso ahora nos invitas, nos atraes y nos arrebatas; tan grande es la violencia de tu amor! Ciertamente nada hay que invite, atraiga e impulse tanto a amar como el anticiparse en el amor, como amar antes de pedir amor, entonces el alma, que antes se arrastraba lánguida y perezosa, al sentirse amada, recibe una fuerza especial, y si, por el contrario, ya amaba fervorosamente, al tener conciencia ahora de ser amada y de haber sido amada antes que ella amase, se enciende mucho más en el amor”.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La Pascua del Señor


¡Oh Jesús resucitado! Hazme digno de participar del gozo de tu resurrección.

“¡Este es el día que hizo el Señor: alegrémonos y regocijémonos en Él!”. Es el día por excelencia, el día más alegre del año, porque en él “nuestra Pascua, Cristo, ha sido inmolado”. La Navidad es también una fiesta de alegría, pero de una alegría toda, transida de inefable dulzura; mientras que la alegría de Pascua lleva el sello inconfundible del triunfo: es el gozo por el triunfo y la victoria de Cristo. La liturgia de la Misa nos indica las dos notas características de la alegría pascual: alegría en la verdad, alegría en la caridad.

Alegría en la verdad, según la vibrante exhortación de San Pablo: “Celebremos la fiesta, no con la vieja levadura..., sino con los ácimos de la pureza y la verdad”. Existen en este mundo muchas alegrías efímeras porque se apoyan en fundamentos frágiles e inconsistentes, pero la alegría pascual es el gozo de sentirse en posesión de la verdad, la verdad que Cristo trajo al mundo y que confirmó con su resurrección. La resurrección de Cristo nos asegura que no es vana nuestra fe y que no pusimos nuestra esperanza en un muerto, sino en un vivo, en el viviente por excelencia, cuya vida es tan abundante que puede vivificar a todos los que creen en Él, no sólo durante el tiempo, sino también durante toda la eternidad: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque estuviere muerto, vivirá”. Alegría en la verdad, porque solamente las almas sinceras y rectas que buscan con amor la verdad y, más aún, practican la verdad, pueden gozar plenamente la resurrección de Cristo. Ser alma sincera es reconocerse tal cual es, con sus defectos, con sus deficiencias: es sentir continuamente la necesidad de convertirse y estar decidida, precisamente por este conocimiento de su miseria, a purgarse del viejo fermento de las pasiones para renovarse del todo en Cristo resucitado.

Pero la verdad debe practicarse en la caridad, “andando en la verdad por el amor” (Ef. 4, 15); por eso es tan oportuna la oración que reza el sacerdote al final de la Misa, en la poscomunión: “Infúndenos, Señor, el espíritu de caridad... y por tu misericordia consérvanos concordes y unidos”. No puede darse verdadera alegría pascual donde no existe concordia y benevolencia mutua.

“Señor Jesús, Jesús piadoso. Jesús bueno, que te dignaste morir por nuestros pecados y resucitaste para nuestra Justificación, te ruego por tu gloriosa resurrección que me resucites del sepulcro de mis vicios y pecados, para que merezca tomar parte de verdad en tu resurrección. ¡Dulcísimo Señor, que subiste triunfante a la gloria del cielo y estás sentado a la diestra de Dios Padre! Levántame con tu infinito poder a las alturas, atráeme hasta ti para que corra al olor de tus perfumes y no desfallezca cuando Tú me llevas y me guías... Aplica la boca de mi alma sedienta a la fuente viva y soberana de la eterna saciedad, para que beba de ella lo que ha de ser mi vida; Dios mío, vida mía” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Que la Pasión de Cristo no sea estéril en nosotros


¡Oh Jesús! Quiero acompañarte hoy en tu triunfo, para seguirte después hasta el Calvario.

La Semana Santa se abre con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, acaecida el domingo que precede a su Pasión. Jesús permite que le lleven en triunfo, pero ¡qué humilde y manso aparece en medio de la gloria! Sabe muy bien que entre el pueblo, que grita hosannas, se esconden los enemigos, los que con insidias y mentiras, conseguirán convertir aquellos hosannas en “¡crucifícalo!”; lo sabe, y podría dominarlos con la fuerza de su divinidad, podría desenmascararlos públicamente y destruir todos sus planes, pero Jesús no quiere vencer ni reinar por la fuerza, sino por el amor, por la dulzura. Con mucha oportunidad dice el evangelista: “Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado sobre un asno”. Con esta misma mansedumbre aceptará Él, que es el Inocente, el único verdadero Rey y Vencedor, presentarse al pueblo como un reo, condenado y vencido, como un rey de escarnio. Pero es precisamente así como atraerá todas las cosas hacia sí cuando sea levantado sobre la Cruz.

Mientras el cortejo prosigue triunfalmente, Jesús ve dibujarse a sus pies el panorama de Jerusalén. Y así que estuvo cerca, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: “¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya!... Tus enemigos... no dejarán en ti piedra sobre piedra; por no haber conocido el tiempo de tu visitación”. Jesús llora la obstinación de Jerusalén, la ciudad santa, que por no haberle reconocido como Mesías, y por no haber aceptado su Evangelio, será destruida hasta en sus cimientos. Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre, y como hombre se conmueve y sufre por la triste suerte que Jerusalén se ha echado sobre sí, resistiendo obstinadamente a la gracia. Él ya se dirige a su Pasión, y morirá también por la salvación de Jerusalén, pero Jerusalén no se salvará, porque no ha querido, “porque no ha conocido el tiempo de su visitación”. He aquí la historia de tantas almas que resisten a la gracia; he aquí la causa del sufrimiento más profundo y más íntimo del Corazón dulcísimo de Jesús. Al menos tú, alma devota, alegra al Señor aprovechándote plenamente de los méritos de su dolorosísima Pasión, de toda la Sangre que Jesús derramó. Cuando resistes a las invitaciones de la gracia resistes a la Pasión de Jesús e impides que te sea aplicada en toda su plenitud.

¡Oh Jesús! ¡Qué amargamente lloras sobre la ciudad que no quiere reconocerte! ¡Cuántas almas, como Jerusalén, se pierden por resistir obstinadamente a la gracia! Por todas ellas te pido misericordia con todas mis fuerzas. “Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia. ¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío!, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad. Vos decís, ¡Señor mío!, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia” (S. Teresa de Jesús).

¡Oh Jesús! Aunque nos obstinemos en resistir a la gracia, siempre será verdad que Tú eres el Vencedor, que tu victoria sobre el príncipe de la muerte ha sido completa y que Tú has salvado y redimido a la Humanidad. Tú eres también el buen Pastor que conoce una por una todas las ovejas y a todas quiere salvarlas. Tu Corazón amantísimo no se siente satisfecho con haber merecido la salvación de todo el rebaño, desea ardientemente que cada oveja en particular se aproveche de esta salvación... ¡Oh Señor! Dispón nuestra voluntad para que acepte devotamente tu don, tu gracia, haz que tu Pasión no sea estéril para nosotros.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

El valor de la obediencia


¡Oh Jesús obedientísimo! Hazme comprender el valor de la obediencia.

“Más quiere Dios en ti -dice San Juan de la Cruz- el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer”. ¿Por qué? Porque la obediencia te obliga a renunciar a tu voluntad para unirte a la de Dios, manifestada en los preceptos de los superiores, y precisamente en la completa conformidad de tu voluntad con la voluntad divina consiste la perfección de la caridad, consiste la esencia de la unión con Dios. Tu caridad será perfecta cuando en toda acción que ejecutes te regules según la voluntad de Dios, con la cual debes conformar la tuya, y no según tus inclinaciones y deseos personales. Esto es propiamente vivir en estado de unión con Dios, pues el alma “que totalmente tiene su voluntad conforme y semejante a la de Dios totalmente, está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente”.

La voluntad de Dios se te manifiesta en sus preceptos, en los preceptos de la Iglesia, en las obligaciones de tu estado; al margen de esto, tu propia elección encontrará un campo anchísimo de acción, donde a veces no será tan fácil el conocer con certeza qué es lo que Dios quiere de ti. Por el contrario, a través de la voz de la obediencia, la voluntad de Dios toma una forma clara y precisa y se explicita abiertamente, sin peligro alguno de equivocación. Si como enseña San Pablo “no hay autoridad sino por Dios”, obedeciendo a tus legítimos superiores tienes la seguridad de obedecer a Dios. Cuando Jesús confió a sus apóstoles la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, dijo: “El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desecha a Mí me desecha”, lo cual quiere decir que los superiores eclesiásticos son sus representantes y hablan en su nombre. Santo Tomás enseña que en toda autoridad legítima, aunque sea de orden natural, civil o social, existe una expresión clara de la voluntad divina, siempre que en sus preceptos guarde los justos límites de su poder. Por esto San Pablo no duda en escribir: “Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne como a Cristo... como siervos que cumplen de corazón la voluntad de Dios”.

“¡Oh, qué dulce y gloriosa es esta virtud de la obediencia que reúne en sí todas las demás virtudes! Porque ella nace de la caridad, en ella se apoya la piedra de la fe santísima; es la reina, y quien la tome por esposa no siente ningún mal, sino paz y descanso. Las ondas tempestuosas del mal no pueden hundirla, porque navega sobre tu voluntad, Dios mío. Ningún deseo suyo puede dejar de ser satisfecho, porque la obediencia solamente te desea a ti, oh Señor, que puedes, sabes y quieres realizar sus deseos. ¡Oh obediencia, que navegas mansamente y sin peligro llegas al puerto de salud! ¡Oh Jesús! Yo veo a la obediencia hecha una cosa contigo, y contigo la contemplo sobre la navecilla de tu Cruz santísima. Dame, pues, Señor, esta santa obediencia, perfumada por la humildad, recta, sin curva alguna, que es portadora de la luz de la gracia divina. Regálame, Señor, esta piedra preciosa, escondida y pisoteada por el mundo, que se humilla, sometiéndose por tu amor a las criaturas” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Abramos el corazón a las lecciones de la Pasión


¡Oh Jesús! Introdúceme en el misterio de tu Pasión, asóciame a ella para que sea digno de participar de la gloria de tu Resurrección.

Hoy comienza el Tiempo de Pasión, tiempo consagrado especialmente al recuerdo y a la contemplación amorosa de los dolores de Jesús. La cruz y las imágenes cubiertas, la supresión del Gloria en la Misa y en los responsorios del Oficio Divino, la omisión del salmo Judica me, al comienzo de la Misa, son señales de luto con que la Iglesia conmemora la Pasión del Señor. En las lecciones del Oficio Divino el Papa San León nos exhorta a tomar parte “en la Cruz de Cristo, para que hagamos algo que nos una a lo que Él hizo por nosotros, según dice el Apóstol: si sufrimos con Él, con Él seremos glorificados”. No debemos contentarnos sólo con meditar los dolores de Jesús, hay que tomar parte en ellos, llevar su Pasión en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (II Cor. 4, 10); porque solamente así podremos participar de sus frutos. He aquí por qué la Iglesia en el Oficio litúrgico del tiempo repite con tanta insistencia la invitación: “cuando oyereis la voz del Señor, no cerréis vuestros corazones”. En estos días la voz del Señor no se expresa con ruido de palabras, sino con testimonio elocuente de los hechos, con el gran acontecimiento de la Pasión, que es el misterio más convincente de su amor infinito hacia nosotros. Abramos, pues, nuestro corazón a las sublimes lecciones de la Pasión: aprendamos cuánto nos amó Jesús y cuánto debemos amarle nosotros; aprendamos la necesidad del sufrimiento, la necesidad de llevar con Él y tras Él la cruz, si queremos seguir sus huellas. Al mismo tiempo abramos el corazón a la más viva, esperanza, porque en la Pasión de Cristo está nuestra salvación. En la epístola de hoy (Heb. 9, 11-15) San Pablo nos presenta la figura majestuosa de Cristo, Sumo Sacerdote, que “por su propia sangre entró una vez en el santuario (es decir, en el cielo), realizada la redención eterna”. La Pasión de Cristo nos ha redimido, nos ha abierto de nuevo la casa del Padre; la Pasión de Jesús es el motivo de nuestra esperanza.

“Alabado seas, Dios misericordiosísimo, que, siendo miserables y estando desterrados, prisioneros y condenados, quisiste redimirnos y exaltarnos mediante la Pasión, el dolor, el desprecio y la pobreza de tu Hijo. Yo corro hacia tu Cruz, oh Cristo; voy en busca del dolor, del desprecio, de la pobreza; deseo con todas mis ansias transformarme en ti, oh Dios-Hombre pasionario, que me amaste hasta querer sufrir una muerte horrenda y vergonzosa, con el único fin de salvarme y para darme ejemplo de cómo he de padecer por tu amor las adversidades. En la conformidad contigo, Crucificado, (que para borrar mis culpas has querido morir ignominiosamente entregándote como víctima a los dolorosos tormentos) está mi perfección y la señal de mi amor. ¡Oh mi Dios pasionario! Solamente leyendo el libro de tu vida y de tu muerte aprenderé a conocerte y a penetrar en tu misterio. Dame, pues, un profundo espíritu de oración, una oración devota, humilde, atenta, brotada no solamente de la boca, sino del corazón y de la mente, para poder comprender las enseñanzas de tu Pasión” (B. Ángela de Foligno).

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La humildad de corazón (II)


La humildad de corazón es una virtud al mismo tiempo difícil y fácil: difícil porque es directamente contraria al orgullo que nos mueve siempre a encumbrarnos; fácil, porque no necesitamos ir muy lejos para buscar motivos. Los tenemos, y abundantemente, en nosotros mismos, en nuestra miseria. Sin embargo, no basta ser miserables para ser humildes, sólo es humilde quien reconoce sinceramente su propia miseria y obra en conformidad con tal convicción.

El hombre, soberbio por instinto, no puede llegar a este reconocimiento sincero sin la gracia de Dios, pero como Dios no niega a nadie las gracias necesarias, dirígete a Él y pídele con confianza y perseverancia la humildad de corazón. Pídesela en el nombre de Jesús, que tanto se humilló por la gloria del Padre y por tu salvación, pide en su nombre y recibirás (Jn. 16, 24). Si, no obstante tu deseo de llegar a ser humilde, sientes aún muchas veces que se levantan en ti movimientos de orgullo, de vanagloria, de vana complacencia, no te abatas, reconoce que todo esto es efecto de tu naturaleza viciada y tómalo como un motivo más para humillarte.

Recuerda que la humildad de corazón puedes practicarla siempre, aun cuando no puedas hacer actos externos, aun cuando nadie te humilla, aun cuando eres objeto de la confianza, de la estima y de la alabanza de alguno. Santa Teresa del Niño Jesús decía en tales circunstancias: “Nada de esto sería capaz, ciertamente, de inspirarme vanidad, pues traigo de continuo presente en la memoria el recuerdo de lo que soy”; y piensa que “si la reprensión no te hace más despreciable, así tampoco las alabanzas ajenas te hacen más santo” (Imit. II, 6,3). Cuanto más te exalten, más debes humillarte en tu corazón. Practicada así, la humildad de corazón te hará formar un concepto tan bajo de ti mismo, que nunca querrás ser preferido a ninguno, porque a todos los juzgarás mejores que tú y más dignos de estima, de respeto, de consideración; tú poseerás la paz, no serás turbado, ni por el deseo de superar a los demás, ni por las humillaciones que recibirás. La paz interior es fruto de la humildad; Jesús ha dicho: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt. 11, 29).

“¡Oh Verbo! Te humillaste hasta la muerte de Cruz, hasta querer ser tratado como el último de los hombres por los pecadores, por los demonios, por el Espíritu Santo, por tu Eterno Padre. Y todo esto para glorificar al Padre, para reparar la ofensa que nuestro orgullo cometió contra el Padre, para confundir y destruir nuestra altivez, para enseñarnos a detestar la vanidad y a amar la humildad. ¡Con cuánta verdad se puede decir que realmente la soberbia deshonra y desagrada gravísimamente a Dios, cuando para reparar tal deshonra, fue necesario que Tú, Hijo de Dios, te humillases hasta tal extremo! ¡Qué monstruosa es la vanidad, pues para aniquilarla, quisiste rebajarte hasta el grado más ínfimo de abyección! Ciertamente la humildad a los ojos de Dios es un tesoro preciosísimo y una alhaja que encanta al Señor, pues Tú, que eres su Hijo divino, has querido humillarte tanto para hacernos amar tal virtud, para estimularnos a imitarte en su ejercicio y para merecernos la gracia de practicarla” (San Juan de Eudes).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

Multiplicación de los panes y los peces


Contempla el maravilloso banquete que la bondad de Jesús da a la infinita muchedumbre, que come hasta saciarse sentada en el humilde césped; y pide al Señor fe y confianza en su providencia.

Considera la devoción y confianza de esta muchedumbre de gente, que sigue a Jesús tres días de camino en el desierto, sin pensar ni de qué se ha de alimentar, ni adónde ha de hospedarse. No se queja de las fatigas del viaje; se siente como enajenada escuchando las palabras de vida eterna de Jesús y encontrándose en su compañía. Le sigue como un rebaño de ovejas a su pastor. ¡Mira qué pocos son los que hoy siguen a Jesús en el desierto! ¡Qué pocos los que de Él se fían y se abandonan a su providencia!

Jesús tiene compasión de aquella pobre gente que estaba en ayunas y que le seguía hacía ya tres días. Si les mando ayunos a sus casas, desfallecerán en el camino. ¡Qué tierno y compasivo es el Corazón de Jesús! Cuenta los días, y aun los momentos de nuestros sufrimientos, y no deja de socorrernos cuando nos conviene. Cuando todo parece desesperado, entonces más bien debemos esperar de Él, porque en tales ocasiones es cuando Jesús suele obrar prodigios en favor nuestro. Si no tienes consuelo alguno de Dios, es, sin duda, porque buscas demasiado los consuelos de la tierra. Si Jesús no hace por ti ningún milagro, es señal de que no esperas en Él. Tengo compasión, dice, de esta pobre gente, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Es decir, que se ponen en manos de mi providencia y descansan sobre mi vigilancia. Descansa tú en la providencia de Dios, y ésta jamás te faltará. ¡Qué pocos son los cristianos que tienen fe viva y práctica en la providencia de Dios! Toda la confianza la ponen en sus bienes, en su talento, en su prudencia y en su industria; pero jamás en la bondad de Dios. Cuentan con el favor de los amigos, de su crédito y de sus facultades; pero no con el de Jesucristo, como si no conociera sus miserias y no pudiera, o no quisiera remediarlas. ¿Por qué no te abandonas a la providencia divina? ¿Por qué desconfías de su sabiduría, de su poder y de su bondad?

¡Oh Dios omnipotente! ¿Quién soy yo y quién sois Vos? Vos sois el Ser por esencia, y yo soy la nada; Vos sois la misma fortaleza, y yo la debilidad; Vos la luz, y yo todo tinieblas; Vos, finalmente, sois la misma santidad, y yo la malicia. Dios mío, esperanza mía, yo me abandono enteramente en vuestras manos, y en Vos sólo confío.

Fuente: Cf. V.P. Luis de la Puente, Meditaciones espirituales.

Id a San José


San José es nuestro protector. Así lo siente la Iglesia. Su pensamiento dominante en el rezo litúrgico de este día, puede condensarse en estas palabras: El poder concedido antiguamente a José en Egipto es figura del poder sin límites concedido en el cielo al castísimo Esposo de María. Efectivamente, al rezar el Oficio de este día, cree uno estar oyendo al Señor, que dice a los hijos de su Iglesia lo que Faraón a los egipcios que acudían a él en demanda de auxilio: Id a José, pues en sus manos he puesto mi autoridad: él es el dispensador de mis gracias, y puede hacer por vosotros cuanto yo pudiera hacer por mí mismo. He aquí lo que la Iglesia repite entre cánticos; esta es la idea que quiere nos formemos del poder de San José.

Base y fundamento de este poder es la altísima dignidad que el mismo Dios le confirió. Tenía Dios en la tierra un doble tesoro, objeto de todas sus complacencias: Jesús, a quien llamaba su Hijo muy amado, y María, que, inspirada por el Espíritu Santo, había dicho de sí misma: El Señor me poseyó desde el principio de los siglos.

Y este doble tesoro, ¿a quién lo confió el Señor? ¿A los reyes y poderosos de la tierra? ¿A los ángeles del cielo? No; sino al humilde carpintero José. A él constituyó cabeza de su familia, dueño de su casa, príncipe de todo lo que más amaba. Sobre Jesús le dio los derechos de un padre sobre su hijo, y sobre María los derechos todos de un esposo sobre su esposa. Jamás estos derechos fueron más religiosamente respetados, pues nunca hubo hijo más obediente, ni esposa más sumisa.

¿Es concebible siquiera que estos títulos tan gloriosos de San José, a los que va unido un poder tan grande en la tierra, sean títulos vanos ahora que está en el cielo? Pensar que ya no tenga para con Jesús, que le llamó padre, ni para con María, cuyo esposo verdadero fue, más influjo y valimiento que el que resulta de una santidad eminente, ¿no equivaldría a admitir que al entrar en la mansión de la gloria ha perdido las más hermosas flores de su corona, y que para él ha sido una especie de desgracia lo que para todos es la más grande recompensa?

En esta consideración se apoya el sentimiento y la idea que atribuye a San José el poder de intercesor sin límites. De suerte que, si ha habido santos y sabios doctores que no han dudado en afirmar que María es la omnipotencia suplicante, que obtiene de Dios todo cuanto pide, tampoco han faltado quienes, al hablar de San José, han dicho, con San Bernardino de Sena, que los ruegos de tal esposo y de tal padre son órdenes para su Esposa y para su Hijo; que Dios, lejos de haberle despojado de los privilegios que hicieron la felicidad de su destierro, a pesar de tan penosas pruebas, los ha completado y consumado en su vida gloriosa. De él nos dice Santo Tomás: A algunos santos hales dado Dios gracia especial en determinadas necesidades. A San José le ha sido dado socorrer en todas, defender a cuantos a él acuden confiados, ayudarles y favorecerles con paternal solicitud.

He aquí por qué nos invita la Iglesia en este día a dirigimos a él con la confianza con que los egipcios se dirigían al primero, diciéndole: En tus manos está nuestra salvación: míranos tan sólo, y alegres serviremos al Rey. Hagámonos acreedores a su salvadora mirada.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés, S.J., Horas de luz

La humildad de corazón (I)


¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Haz mi corazón, semejante al tuyo.

Sólo una vez Jesús dijo expresamente: Aprended de mí y fue precisamente hablando de la humildad: “aprended que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Porque sabía muy bien lo difícil que sería a nuestra orgullosa naturaleza el ejercicio de la humildad verdadera, parece como si Él hubiese querido darnos un impulso especial. Su ejemplo, sus inauditas humillaciones, que le han hecho “el oprobio de los hombres y el desprecio del pueblo” (Sal. 21, 7), que “le hicieron pecado por nosotros” (II Cor. 5, 21) y portador de todas nuestras iniquidades, hasta ser “contado entre malhechores” (Mc. 15, 28), son el ejemplo más estimulante y la más encendida invitación a la práctica de la humildad.

Jesús nos habla directamente de la humildad de corazón, porque para que una virtud, o la reforma de la vida sean sinceras, tienen que proceder siempre del corazón, de donde “provienen los pensamientos y las acciones” (Mt. 15, 19). Una actitud externa y el hablar humildes, son vanos sin la humildad de corazón, más aún, a veces son la máscara que oculta un orgullo refinado y por ende más peligroso. “Limpia primero por dentro... -decía Jesús condenando la hipocresía de los fariseos- y límpialo también luego por de fuera” (Mt. 23, 26). Y Santo Tomás dice que “de la humilde disposición interna brotan ciertas manifestaciones externas en las palabras, en las acciones y en los gestos que expresan lo que se oculta en el interior”.

Por eso, si quieres ser verdaderamente humilde, ejercita en primer lugar la humildad de corazón profundizando siempre más y más en el conocimiento sincero de tu nada, de tu poquedad. Aprende a reconocer abiertamente tus defectos, tus faltas, y no las atribuyas a otra causa que no sea tu miseria. Al mismo tiempo aprende a confesar que todo el bien que hay en ti es puro don de Dios, y jamás lo creas propiedad tuya.

¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Líbrame del orgullo, haz humilde mi corazón, infúndeme un poquito de tu profundísima humildad. Tú lo sabes mejor que yo, ¿cómo podré yo, con mi voluntad soberbia, hacer humilde mi corazón? Un pobre no puede darse riquezas, tampoco un soberbio puede dar humildad a su corazón. Solamente tu bondad infinita puede remediar la soberbia.

“Y el remedio es éste: fijar la mirada en ti; oh Verbo Encarnado, clavado en la Cruz; y cuando Tú ves a un alma que, humillada te mira fijamente, te sientes obligado a devolverle tu mirada y tu mirada es como el rayo del sol, que, cayendo sobre la tierra, la seca y la dispone para que fructifique. Así Tú, Verbo, con el rayo de tu mirada secas el alma, atrayendo hacia ti toda la soberbia que hay en ella para consumirla con tu calor. Nadie, pues, puede alcanzar la humildad si no fija la mirada en ti, oh Verbo en Cruz” (Santa M. Magdalena de Pazzis).

Fuente: P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

No tendrás reposo hasta estar unido a Cristo

Meditar 14 14

El reino de Dios dentro de vosotros está, dice el Señor. Conviértete a Dios de todo corazón y deja ese miserable mundo, y hallará tu alma reposo. Aprende a menospreciar las cosas exteriores y date a las interiores, y verás que viene a ti el reino de Dios. Pues el reino de Dios es paz y gozo en el Espíritu Santo, lo cual no se da a los malos. Si le preparas digna morada en tu interior, Jesucristo vendrá a ti y te mostrará su consolación. Toda su gloria y hermosura es en lo interior, y allí se complace. Su continua visitación es con el hombre interior; con él habla dulcemente, es grata su consolación, tiene mucha paz, y admirable familiaridad.

Sé, pues, alma fiel, y prepara tu corazón a este Esposo, para que quiera venirse a ti y morar contigo; porque él dice así: Si alguno me ama, guardará mi palabra, vendremos a él, y moraremos en él._

Da pues lugar a Cristo, y a todo lo demás cierra la entrada. Si a Cristo tuvieres, estarás rico y te bastará. Él será tu proveedor y fiel procurador en todo, de manera que no tendrás necesidad de esperar en los hombres. Porque los hombres se mudan fácilmente y desfallecen en breve; pero Jesucristo permanece para siempre, y está firme hasta el fin.
No hay que poner mucha confianza en el hombre frágil y mortal, aunque sea provechoso y bien querido, ni se ha de tomar mucha pena si alguna vez fuere contrario. Los que hoy están a tu favor, mañana te pueden contradecir, y al contrario; muchas veces se vuelven como el viento. Pon en Dios toda tu esperanza, y sea él tu temor y tu amor. Él responderá por ti y lo hará como mejor convenga. No tienes aquí ciudad de morada; donde quiera que fueses serás extraño y peregrino, y no tendrás jamás reposo hasta que estés íntimamente unido con Cristo.

¿Qué miras aquí, no siendo éste el lugar de tu descanso? En el cielo ha de ser tu morada, y como de paso has de mirar todo lo terrestre. Todas las cosas pasan, y tú con ellas. Guarda, no te apegues a cosa alguna, porque no seas preso y perezcas. En el Altísimo esté tu pensamiento; y tu oración diríjase sin cesar a Cristo. Si no sabes contemplar las cosas altas y celestiales, descansa en su pasión, y mora muy gustoso en sus sacratísimas llagas. Porque si te llegas devotamente a las llagas y preciosas heridas de Jesucristo, gran consuelo sentirás en la tribulación, no harás mucho caso de los desprecios de los hombres y fácilmente sufrirás las palabras de los maldicientes.

Fuente: Cfr. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, Libro II, cap. 2.

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