Santa Inés


Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos el sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tan tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.

¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pican con una aguja se ponen a llorar como si se tratara de una herida.

Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.

¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.

Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que con tanta generosidad entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.

El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero”.

Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, como si fuese él el condenado; cómo temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a esa niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio.

Fuente: Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre las vírgenes

Vivir en Cristo (II)


“¡Oh, Dios!... concédenos que seamos copartícipes de la divinidad de Aquél que se ha dignado hacerse participante de nuestra humanidad”. Bien podemos decir que esta oración repetida por la Iglesia en el Ofertorio de todas las misas, ha sido escuchada por adelantado, ya que desde el día de nuestro Bautismo fuimos admitidos a participar de la divinidad de Cristo. Pero este don que sin ningún merecimiento nuestro se nos ha dado, exige correspondencia de nuestra parte.

“Reconoce, oh cristiano, tu dignidad -exclama San León- y, pues has sido hecho participante de la naturaleza divina, no vuelvas con una vida indigna a tu antigua bajeza. Acuérdate de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro”.

Todo lo que significa pecado, defecto o negligencia voluntaria, deshonra a Cristo Cabeza nuestra y contrista al Espíritu Santo que mora en nosotros. El alma consagrada a Dios no ha de contentarse con evitar el pecado, sino que debe preocuparse de hacer crecer en sí la vida de Cristo. En la vida natural crecemos sin el concurso de nuestra voluntad, pero no sucede así en la vida de la gracia: sin nuestra cooperación, ésta puede permanecer en nosotros en estado inicial veinte, treinta, cincuenta años después de nuestro bautismo y después de centenares de confesiones y comuniones. Y en este caso ¡qué monstruosa desproporción! Adultos y quizá ancianos según la naturaleza, y todavía niños según la gracia.

Es necesario que crezcamos en Cristo, y que Cristo crezca en nosotros. Sea nuestro programa de vida la frase del Bautista: “Que Él crezca y yo mengüe” (Jn. 3, 30); éstas son las exigencias del desarrollo de la gracia en nosotros: hacer que muera el “hombre viejo”, con sus malos hábitos, con sus defectos e imperfecciones, para que la vida de Cristo crezca en nosotros hasta la madurez.

¡Oh Señor!, al pensar que poseo el tremendo poder de paralizar en mí la operación de tu gracia y la acción del Espíritu Santo, comprendo que la misericordia más grande que me puedes hacer es la de cautivar mi libertad con tu amor, convirtiéndola en prisionera tuya para siempre. Quítame, ¡oh Jesús!, te lo suplico, quítame la libertad de frustrar tus gracias y de vivir de un modo puramente humano, como si no palpitase en mí un germen de vida divina. Reconozco que hasta ahora he sido muy distraído y olvidadizo, dejándome ocupar de múltiples negocios superficiales, de las cosas materiales y exteriores, y olvidándome de las sobrenaturales que, si bien no aparecen a mi vista ni impresionan mis sentidos, constituyen sin embargo las realidades más hermosas y verdaderas. ¡Oh Señor!, sólo tu amor puede vencer la gran ligereza de mi entendimiento y de mi corazón, sólo tu amor puede fijarlos en Ti y hacer que yo viva más interior que exteriormente, más de Ti y de tu gracia que de mi voluntad y de las cosas terrenas.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Vivir en Cristo (I)


Hazme comprender, oh Señor, la dulzura y la responsabilidad del gran deber que me impones al comunicarme tu vida: morir a mí mismo para vivir únicamente en Ti.

“Quien no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos” (Jn. 3, 5). No podemos llegar a Dios y a su reino sino por medio de Cristo e incorporados a Él: esta incorporación se efectuó en nosotros “por el agua y el Espíritu Santo” en el día feliz de nuestro Bautismo. Jesús decía a Nicodemo: “Es necesario nacer de nuevo”; y verdaderamente se trata de un nuevo nacimiento ya que en el Bautismo recibimos un nuevo germen de vida. Antes del Sacramento existe en nosotros una vida puramente humana, después del Sacramento poseemos la participación de la vida divina; incorporados a Cristo en calidad de miembros suyos, recibimos el Espíritu Santo que derrama en nosotros la gracia de Cristo. “Todos los que habéis sido bautizados en Cristo -escribía San Pablo a los Gálatas- os habéis vestido de Cristo” (3, 27). El día de nuestro Bautismo nacimos en Cristo y fuimos constituidos en Él una “criatura nueva”, nacida no de la carne, sino del Espíritu Santo, “no de la sangre... ni de la voluntad de varón”, sino únicamente “de Dios” (Jn. 1, 13).

Y si hemos nacido en Cristo debemos también vivir en Cristo y caminar en Cristo, conforme a la exhortación del Apóstol: “Andad en Él, arraigados y fundados en Él”. (Col. 2, 6). El santo Bautismo nos hizo nacer en Cristo; los otros Sacramentos están ordenados no sólo a restaurar; sino también a robustecer, enraizar y edificar nuestra vida en Cristo.

“¡Oh Señor mío, que de todos los bienes que nos hicisteis nos aprovechamos mal! vuestra Majestad buscando modos y maneras e invenciones para mostrar el amor que nos tenéis; nosotros, como mal experimentados en amaros a Vos, lo tenemos en tan poco, que de mal ejercitado en esto se van los pensamientos adonde están siempre, y dejan de pensar los grandes misterios de vuestro amor infinito.

¡Qué miserable es la sabiduría de los mortales, e incierta su providencia! Proveed Vos por la vuestra los medios necesarios para que mi alma os sirva más a vuestro gusto que al suyo... Muera ya este yo y viva en mí otro que es más que yo y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir. Él viva y me dé vida; Él reine y sea yo su cautiva, que no quiere mi alma otra libertad. ¿Cómo será libre el que del Sumo estuviese ajeno? ¿Qué mayor ni más miserable cautiverio que estar el alma suelta de la mano de su Criador? ¡Oh, Dios mío, dichosos los que con fuertes grillos y cadenas de los beneficios de vuestra misericordia se vieren presos e inhabilitados para ser poderosos para soltarse!... ¡Oh, libre albedrío, tan esclavo de tu libertad si no vives enclavado con el temor y amor de quien te crió!” (Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Nuestra fidelidad a la gracia (II)


Valor de las divinas inspiraciones.

Las inspiraciones divinas y santos pensamientos con que obramos bien, son de inestimable valor, por lo mucho que costaron al Hijo de Dios. Cosa extraña es y dignísima de que reparemos en ella, que un desengaño o un buen pensamiento, un remordimiento de la conciencia, un buen deseo o afecto interior es cosa tan grande, que fue menester, para que se nos diese, que se encarnase el Hijo de Dios; el cual, padeciendo, derramando su sangre y muriendo, nos lo mereció; y que sin este precio infinito no se nos diera. ¿A quién no admira esto? ¿Y quién no advierte qué es lo que desprecia cuando rechaza una santa inspiración?

Sólo una persona divina pudo hacerte esta merced, encarnándose, anonadándose, padeciendo, dando la vida porque te diesen un átomo de gracia de Dios, la más ligera inspiración del cielo. Cualquier inspiración va teñida con sangre del Hijo de Dios; mira lo que desprecias: el amor y Pasión de tu Redentor. No creas ser estas exageraciones místicas, son verdades clarísimas de nuestra fe y doctrina de los Santos Padres. Por eso, Dios se muestra tan enojado con los que desprecian sus inspiraciones. Es para estremecernos lo que dice el Apóstol que acaeció a aquellos filósofos que fueron ilustrados para conocer a Dios, y no quisieron aprovecharse de este conocimiento; porque por no oír la voz del Señor, los entregó Dios a las concupiscencias de su corazón, a toda inmundicia, quedando llenos de toda maldad.

En el Evangelio, aquel que no granjeó con el talento que recibió fue condenado. Este talento significa el auxilio divino y las santas inspiraciones. Pues porque no trabajó para lucrar con él, poniéndole por obra, fue severamente castigado.

Disponte a corresponder a los soberanos favores, pide al Señor perdón del poco aprecio que has hecho hasta ahora de tantas gracias, de tantos medios de santificación, como el Señor te ha comunicado sin merecerlo.

Corresponde a las inspiraciones divinas.

Considera cómo has de corresponder a las santas inspiraciones y buenos pensamientos que Dios, por su misericordia, te comunica, porque al paso de nuestra necesidad ha de ser su buen uso. Suma es nuestra necesidad, recibamos la gracia y no difiramos darle entrada en nuestro corazón. Un pobre hambriento, si recibe un pedazo de pan, no lo arroja de sí, luego lo devora; no dilates tú el cumplir el buen propósito que te ha inspirado Dios. ¿Qué hombre habría que, estando desnudo y dándole de limosna un vestido, le hiciese pedazos? ¿O estando enfermo y dándole la medicina con que había de sanar, la derramase? Esto haces cuando no respondes luego a las inspiraciones divinas. Desnudo estás, necesitado estás, enfermo estás, ¿por qué no aprovechas tu remedio, que está en poner por obra los buenos pensamientos que Dios te da?

Acuérdate de la presteza con que los Magos se levantaron para seguir la luz divina que los llamaba a Belén. Pues la inspiración es la estrella que ilumina nuestro entendimiento y nos conduce a Jesús, es un soplo del Espíritu Santo, un rayo de su sabiduría; es una semilla del paraíso que produce frutos de vida eterna; el precio de la sangre de Jesucristo, y una gracia que le ha costado la vida.

Cuando resistes a las inspiraciones, resistes al Espíritu Santo; pecas con advertencia, con malicia; escondes el talento que Dios te concede; abusas de sus dones, aprisionas, por decirlo así, la verdad; rompes la cadena de gracias que Dios te tenía preparadas para santificarte, y, en fin, arriesgas tu salvación.

¡Dios y Señor mío! ¿Cuántas veces he cerrado mi corazón a los impulsos que me apartaban del mal y me llevaban al bien? Temo que me prives del talento que hasta ahora no he sabido aprovechar. Señor, perdona mi insensibilidad y dureza, y no me niegues la abundancia de tus divinas inspiraciones.

Resuélvete de una vez a oír dentro de tu alma la voz de Dios, y que se manifiesta a través de la realidad que tienes que vivir en cada momento, y sé fiel y pronto en ejecutar lo que ves con claridad.

Fuente: Cf. V. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año

Nuestra fidelidad a la gracia (I)


Mira dentro de tu alma una luz que te guía por el sendero del bien; oye en tu corazón golpes continuos de divinos llamamientos, y pide al Señor no hacerte nunca sordo a tantas inspiraciones que Él te envía, sino pronto y diligente para corresponder a ellas.

Necesidad de las inspiraciones divinas.

Es dogma de fe que el hombre no puede hacer, ni pensar, ni decir nada, ni aun pronunciar el nombre de Jesús de un modo meritorio para la vida eterna, si no es ayudado y movido por el Espíritu Santo.

Quedó nuestra naturaleza en lo moral tan ciega con la ignorancia, tan torcida con las malas inclinaciones, tan tarda y tan torpe para obrar bien, que por sus propias fuerzas no puede dar paso en la virtud. Quedó toda enferma y corrompida hasta las entrañas y el corazón, ¿puede darse mayor incapacidad que ésta? Un hombre ciego, sin manos y sin pies, y enfermo, ¿cómo se podrá valer por sí? ¿Y qué tiene tal hombre de suyo sino miseria, y desdicha y muerte? De la misma manera, nuestra naturaleza no tiene de suyo obra alguna meritoria; ¿qué tiene, pues, por qué presumir ni por qué confiar en sí? La gracia de Dios solamente la puede ayudar, pero el hombre desmerece esa misma gracia por sus pecados.

Deduce, pues, de esta miseria tuya, tu imposibilidad para todo lo bueno; luego, gracia de Cristo es que tengas un pensamiento de salud y un afecto piadoso, y hagas una obra merecedora de vida eterna.

Dios empieza nuestras buenas obras, Dios coopera con nosotros, y sin Dios no las podemos acabar. La verdad, la virtud, de Dios es, en Dios tuvo principio; la perdición, de ti solamente. El buen pensamiento que tuviste, y fue origen de tu bien, ¿fue, por ventura, traza tuya? No, por cierto. Dios lo previno todo, y ordenó la ocasión que te había de ser causa de él, y quitó los impedimentos que te le habían de estorbar.

Por consiguiente, nada bueno es tuyo, en el orden sobrenatural. La fe, que es la luz y la vida del espíritu; las santas inspiraciones, todo es de Dios, que te lo concede por la sangre de Cristo para tu salvación; y de todo ello necesitas si has de seguir por el camino del cielo.

Confúndete y humíllate en la presencia de Dios de verte tan vil y tan ruin criatura; y no te hagas indigno de que el Señor te otorgue sus divinas inspiraciones por la resistencia que a ellas opongas con tu dureza de corazón, y sobre todo con la soberbia, que es el pecado que más da en rostro a Dios tratándose de pobres mendigos, que eso eres en el orden sobrenatural.

Fuente: Cf. V. P. Luis de la Puente S.J., Meditaciones Espirituales para todos los días del año

En torno al Pesebre de Belén


Una vez más nos arrodillamos ante el pesebre, junto a los tres Reyes Magos. Los latidos del Niño divino han dirigido la estrella que nos condujo hasta aquí. Su luz, reflejo de la Luz eterna, se refracta en múltiples aureolas alrededor de la cabeza de los santos que la Santa Iglesia nos presenta como corte del Rey de los Reyes que acaba de nacer.

María y José no pueden ser separados de ninguna manera de su Hijo divino en la liturgia de la Navidad. Ellos no tienen en ese tiempo una fiesta propia, pues todas las fiestas del Señor son “sus” fiestas, fiestas de la Sagrada Familia. Ellos no “se acercan” al pesebre, pues ellos han estado siempre allí; y quien se acerca al Niño se acerca también a ellos, que están totalmente sumergidos en su luz celestial.

Mirad lo que se concede a quienes se entregan a Dios con un corazón puro. Ellos van a participar de la total e inacabable plenitud de la vida humano-divina de Cristo como don real. Venid y bebed de la fuente de agua viva que el Salvador abre a los sedientos que caminan hacia la vida eterna. La palabra se hizo carne y yace ante nosotros bajo la forma de un pequeño Niño recién nacido.

Hoy podemos acercarnos a Él para presentarle el don de nuestros propósitos, y luego hemos de andar un nuevo año junto a Él por los caminos de su vida terrena. Cada misterio de esa vida, en la cual intentamos penetrar en contemplación amante, es para nosotros como una fuente de vida eterna. Y el mismo Redentor, a quien la palabra de la Escritura nos le presenta bajo forma humana en todos sus caminos terrenales, vive entre nosotros, oculto bajo las formas del Pan Eucarístico, y viene a nosotros cada día como el Pan de la Vida. De una u otra forma está siempre junto a nosotros, y de una u otra forma quiere que le busquemos y encontremos. La una apoya a la otra. Si vemos a nuestro Redentor con los ojos del espíritu, tal como nos lo dibujan las Sagradas Escrituras, entonces crecerán en nosotros las ansias de recibirle como el Pan de la Vida. El Pan Eucarístico, por su parte, despierta en nosotros el deseo de conocer al Señor más profundamente en las palabras de la Escritura y fortifica nuestro espíritu para un mayor entendimiento.

¡Un nuevo año de la mano del Señor! Ni siquiera sabemos si podremos experimentar el final de este año, pero si bebemos cada día de las fuentes del Salvador, entonces cada día nos hará penetrar más profundamente en la vida eterna y nos preparará para separamos más fácilmente de la carga de esta vida terrena, cuando resuene la llamada del Señor. El Niño divino nos ofrece su mano para la renovación de la alianza. Apurémonos a asir esa mano: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

Fuente: Cf. Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Los caminos del silencio interior

La maternidad divina de María (II)


Del título de “Madre de Dios” derivan luego todos los demás títulos con los que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental. Pensemos en el privilegio de la “Inmaculada Concepción”, es decir, en el hecho de haber sido inmune del pecado desde su concepción. María fue preservada de toda mancha de pecado, porque debía ser la Madre del Redentor. Lo mismo vale con respecto a la “Asunción”: no podía estar sujeta a la corrupción que deriva del pecado original la Mujer que había engendrado al Salvador.

Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de “Madre de la Iglesia”.

Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn.19, 27). Así es la traducción española del texto griego: la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.

Queridos hermanos, en estos primeros días del año se nos invita a considerar atentamente la importancia de la presencia de María en la vida de la Iglesia y en nuestra existencia personal. Encomendémonos a ella, para que guíe nuestros pasos en este nuevo período de tiempo que el Señor nos concede vivir, y nos ayude a ser auténticos amigos de su Hijo, y así también valientes artífices de su reino en el mundo, reino de luz y de verdad.

El misterio de la encarnación que celebramos en este tiempo litúrgico os ilumine en el camino de fidelidad a Cristo. A ejemplo de María, conservad, meditad y seguid al Verbo que en Belén se hizo carne, y difundid con entusiasmo su mensaje de salvación.

A vosotros, queridos jóvenes, os deseo que consideréis cada día como un don de Dios, que es preciso acoger con gratitud y vivir con rectitud. A vosotros, queridos enfermos, que el nuevo año os conforte en el cuerpo y en el espíritu. Y vosotros, queridos recién casados, entrad en la escuela de la Sagrada Familia de Nazaret, para aprender a realizar una auténtica comunión de vida y amor.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 2 de enero de 2008

La maternidad divina de María (I)


Una fórmula de bendición muy antigua, recogida en el libro de los Números, reza así: “El Señor te bendiga y te guarde. El Señor ilumine su rostro sobre ti y te sea propicio. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz” (Nm 6, 24-26). Con estas palabras que la liturgia nos hizo volver a escuchar en el primer día del año, os expreso mis mejores deseos a vosotros.

Celebramos la solemne fiesta de María, Madre de Dios. “Madre de Dios”, Theotokos, es el título que se atribuyó oficialmente a María en el siglo V, exactamente en el concilio de Éfeso, del año 431, pero que ya se había consolidado en la devoción del pueblo cristiano desde el siglo III, en el contexto de las fuertes disputas de ese período sobre la persona de Cristo.

Con ese título se subrayaba que Cristo es Dios y que realmente nació como hombre, de María. Así se preservaba su unidad de verdadero Dios y de verdadero hombre. En verdad, aunque el debate parecía centrarse en María, se refería esencialmente al Hijo. Algunos Padres, queriendo salvaguardar la plena humanidad de Jesús, sugerían un término más atenuado: en vez de Theotokos, proponían Christotokos, Madre de Cristo. Pero precisamente eso se consideró una amenaza contra la doctrina de la plena unidad de la divinidad con la humanidad de Cristo. Por eso, después de una larga discusión, en el concilio de Éfeso, se confirmó solemnemente, por una parte, la unidad de las dos naturalezas, la divina y la humana, en la persona del Hijo de Dios y, por otra, la legitimidad de la atribución a la Virgen del título de Theotokos, Madre de Dios.

Después de ese concilio se produjo una auténtica explosión de devoción mariana, y se construyeron numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios. Entre ellas sobresale la basílica de Santa María la Mayor, aquí en Roma. La doctrina relativa a María, Madre de Dios, fue confirmada de nuevo en el concilio de Calcedonia (año 451), en el que Cristo fue declarado “verdadero Dios y verdadero hombre (...), nacido por nosotros y por nuestra salvación de María, Virgen y Madre de Dios, en su humanidad”. El concilio Vaticano II recogió en un capítulo de la constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, la doctrina acerca de María, reafirmando su maternidad divina.

El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.

En estos días de fiesta nos hemos detenido a contemplar en el belén la representación del Nacimiento. En el centro de esta escena encontramos a la Virgen Madre que ofrece al Niño Jesús a la contemplación de quienes acuden a adorar al Salvador: los pastores, la gente pobre de Belén, los Magos llegados de Oriente. Más tarde, en la fiesta de la “Presentación del Señor”, que celebraremos el 2 de febrero, serán el anciano Simeón y la profetisa Ana quienes recibirán de las manos de la Madre al pequeño Niño y lo adorarán. La devoción del pueblo cristiano siempre ha considerado el nacimiento de Jesús y la maternidad divina de María como dos aspectos del mismo misterio de la encarnación del Verbo divino. Por eso, nunca ha considerado la Navidad como algo del pasado. Somos “contemporáneos” de los pastores, de los Magos, de Simeón y Ana, y mientras vamos con ellos nos sentimos llenos de alegría, porque Dios ha querido ser Dios con nosotros y tiene una madre, que es nuestra madre.

¡Feliz año a todos! Que el nuevo año, iniciado bajo el signo de la Virgen María, nos haga sentir más vivamente su presencia materna, de forma que, sostenidos y confortados por la protección de la Virgen, podamos contemplar con ojos renovados el rostro de su Hijo Jesús y caminar más ágilmente por la senda del bien.

Confiémonos a la Virgen María, para que nos conduzca a su Hijo Jesucristo y nos haga valientes constructores de su reino en este mundo. Una vez más: ¡Feliz año a todos!

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 2 de enero de 2008

Fin de año


¿Qué ha sido para ti el año que está para terminar?

Por parte de Dios, este año ha sido para ti una serie no interrumpida de beneficios en el orden de la naturaleza y de la gracia... Él te ha conservado la vida y la salud en medio de innumerables peligros, en los cuales otros muchos han perecido... Él, como Padre amorosísimo, ha tenido providencia especialísima de ti en todas tus necesidades: nada te ha faltado, ni para el sustento ni para el vestido... Con paternal solicitud ha velado por tu alma, apartando de ti las tentaciones en las cuales hubiera sucumbido tu debilidad, y sosteniéndote con gracias extraordinarias en los momentos difíciles... Recuérdalas... Repasa en tu memoria los medios de santificación que ha puesto en tus manos: sacramentos, lecturas, pláticas, retiro, meditación, exámenes de conciencia, etc.

¡Con cuánta razón puede decirte el Señor: ¿He podido hacer algo más por ti?! Agradece, alaba y bendice al Señor.

Y por tu parte, ¿qué ha sido este año? ¿Has correspondido a lo que Dios tiene derecho a esperar de ti a cambio de tanto beneficio? ¿Ha sido un año de fervor en su santo servicio; de progreso y adelanto en sabiduría y gracia, delante de Dios y delante de los hombres? ¿No ha sido, por el contrario, señalado por muchas rapiñas en el holocausto, por muchas infidelidades, negligencias e ingratitudes? ¿Cómo has cumplido tus deberes para con Dios, para contigo mismo y para con tus Superiores, iguales e inferiores? ¿Has obedecido a tus mayores con prontitud, reverencia y amor? ¿Has sido para ellos motivo de alegría, de pena o estorbo? ¿Has tratado a tus iguales e inferiores con caridad y prudencia? ¿Has sido para ellos motivo de edificación o de escándalo? ¿Cuál ha sido tu mortificación, penitencia corporal y abnegación? ¿Has sido fiel en levantarte con prontitud y en hacer tus Ejercicios Espirituales?

Si encuentras haber faltado al Señor, avergüénzate, humíllate en su divina presencia; pide perdón y resuelve.

¿Qué queda del año que va a terminar?

¡Nada! ¡Todo ha pasado!... tanto el trabajo que uno ha empleado en hacer el bien y practicar la virtud, como las satisfacciones que se han podido tener obrando el mal. Los esfuerzos y sacrificios que han costado al fervoroso el hacer con fidelidad los ejercicios espirituales y santificar todas sus acciones, y resistir a sus desordenadas inclinaciones, y tener recogidos sus sentidos y en el ejercicio de continua mortificación... ¡todo ha pasado! También han pasado las satisfacciones que el tibio y perezoso haya podido encontrar en las criaturas, con detrimento de su propia conciencia, de sus intereses eternos y de la edificación de sus prójimos... Para el uno y para el otro todo ha pasado, dejando en el alma del fervoroso un recuerdo dulcísimo y alentador, y en el alma del tibio y perezoso un recuerdo triste y amargo...

Entra dentro de ti mismo... Mira a cuál de estas dos suertes de almas perteneces. Si a la primera, alégrate, goza en paz del placer y satisfacción que el deber cumplido proporciona. Si a la segunda, ¡cuán amargo pesar debe despertar en ti el recuerdo de este año, a poco que pienses en la cuenta que Dios te pedirá de él y en los méritos que has perdido! Conforme al testimonio que acerca de esto te dé tu conciencia, resuelve para el porvenir...

Un caminante que, por haberse entretenido vanamente en el camino, advierte que aún le falta mucho por andar, procura con su diligencia y con su ardor ganar lo perdido. Si tu vida no ha sido hasta ahora sino un continuo pararte en el camino de la virtud, ¿por qué no doblas el paso? ¿Por qué no sigues el consejo del Salvador, que nos exhorta a caminar mientras tenemos luz, no sea que la noche, esto es, la muerte nos sorprenda?

¿Qué te queda del año que va a terminar?

¡Todo y nada!... Si en el último día del año puede decirse con verdad que todo ha pasado, también puede decirse con no menos verdad, en otro sentido, que todo queda. ¿Por qué? Porque nos queda íntegro el fruto de nuestras obras como de recompensa o de castigo, sin que se exceptúe ninguno de nuestros pensamientos, ninguna de nuestras palabras, ninguna de nuestras obras. Todo: sacrificios, penitencias, mortificaciones, obediencias, trabajos, infracciones de las reglas, negligencias, infidelidades, satisfacciones peligrosas, curiosidades malsanas, inmodestia, desobediencias, intenciones poco puras... Todo ha quedado como incrustado en el libro de la vida. Todo lo ha pesado Dios en la balanza de su infinita justicia. Todo lo tiene presente. Todo será magníficamente recompensado o severamente castigado.

Graba bien en tu alma estas santas verdades. Si las tuviéramos siempre presentes a nuestro espíritu ¡con qué solicitud aprovecharíamos todas las ocasiones de hacer el bien! ¡Con qué cuidado evitaríamos aún las menores faltas! Toma la resolución de hacer, en este nuevo año que va a empezar, lo que no has hecho en el que va a terminar. No lo dejes para más adelante.

Acaba la meditación rezando pausadamente el Te Deum laudamus.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

Sagrada Familia


En este domingo, que sigue al Nacimiento del Señor, celebramos con alegría a la Sagrada Familia de Nazaret. El contexto es el más adecuado, porque la Navidad es por excelencia la fiesta de la familia. Lo demuestran numerosas tradiciones y costumbres sociales, especialmente la de reunirse todos, precisamente en familia, para las comidas festivas y para intercambiarse felicitaciones y regalos. Y ¡cómo no notar que en estas circunstancias, el malestar y el dolor causados por ciertas heridas familiares se amplifican!

Jesús quiso nacer y crecer en una familia humana; tuvo a la Virgen María como madre; y san José le hizo de padre. Ellos lo criaron y educaron con inmenso amor. La familia de Jesús merece de verdad el título de “santa”, porque su mayor anhelo era cumplir la voluntad de Dios, encarnada en la adorable presencia de Jesús.

Por una parte, es una familia como todas las demás y, en cuanto tal, es modelo de amor conyugal, de colaboración, de sacrificio, de ponerse en manos de la divina Providencia, de laboriosidad y de solidaridad; es decir, de todos los valores que la familia conserva y promueve, contribuyendo de modo primario a formar el entramado de toda sociedad.

Sin embargo, al mismo tiempo, la Familia de Nazaret es única, diversa de todas las demás, por su singular vocación vinculada a la misión del Hijo de Dios. Precisamente con esta unicidad señala a toda familia, y en primer lugar a las familias cristianas, el horizonte de Dios, el primado dulce y exigente de su voluntad y la perspectiva del cielo al que estamos destinados. Por todo esto hoy damos gracias a Dios, pero también a la Virgen María y a san José, que con tanta fe y disponibilidad cooperaron al plan de salvación del Señor.

La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que él mismo es: Amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aun en los momentos de dificultad o abatimiento. Estas cualidades se encarnan de manera eminente en la Sagrada Familia, en la que Jesús vino al mundo y fue creciendo y llenándose de sabiduría, con los cuidados primorosos de María y la tutela fiel de san José.

Queridas familias, no dejéis que el amor, la apertura a la vida y los lazos incomparables que unen vuestro hogar se desvirtúen. Pedídselo constantemente al Señor, orad juntos, para que vuestros propósitos sean iluminados por la fe y ensalzados por la gracia divina en el camino hacia la santidad. De este modo, con el gozo de vuestro compartir todo en el amor, daréis al mundo un hermoso testimonio de lo importante que es la familia para el ser humano y la sociedad. El Papa está a vuestro lado, pidiendo especialmente al Señor por quienes en cada familia tienen mayor necesidad de salud, trabajo, consuelo y compañía. En esta oración del Ángelus, os encomiendo a todos a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María.

Encomendemos al Señor a cada familia, especialmente a las más probadas por las dificultades de la vida y por las plagas de la incomprensión y la división. El Redentor, nacido en Belén, conceda a todas la serenidad y la fuerza para avanzar unidas por el camino del bien.

Encomendemos a Jesús, Príncipe de la paz, nuestra ferviente oración y digámosle a él, a María y a José: “¡Oh familia de Nazaret, experta en sufrir, da al mundo la paz!”.

Pidamos por todas las familias del mundo para que en sus hogares se viva y transmita la fe, siendo así testigos del amor en el mundo. ¡Feliz día del Señor!

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 28 de diciembre de 2008

Tanto amó Dios al hombre que le envió a su Hijo (II)


Dios es caridad: no tenemos que maravillamos de que la historia de su acción a favor del hombre constituya todo un poema de amor y de amor misericordioso. El primer canto de este poema era nuestro destino eterno a la visión y fruición de la íntima vida divina. El segundo canto expresa todavía de un modo más conmovedor la sublimidad de su misericordia: es el misterio de la Encarnación.

El pecado de nuestros primeros padres había destruido el plan primero de nuestra elevación al estado sobrenatural: habíamos caído de ese orden sin posibilidad de reparación por parte nuestra. Dios podía perdonarlo todo, pero su santidad infinita y su justicia exigían una satisfacción adecuada, que sobrepasaba en absoluto la humana capacidad.

Entonces fue cuando se cumplió la obra más sublime de la misericordia de Dios: una de las Personas de la Santísima Trinidad, la segunda, vino a hacer por nosotros lo que nosotros no podíamos realizar. Y he aquí que el Verbo, el Unigénito de Dios, “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo y se hizo carne”. De esta manera el amor misericordioso de Dios llega al colmo de su manifestación: pues si no hay ingratitud y miseria más grande que el pecado, tampoco puede existir amor más sublime que aquel que se inclina sobre tanta ingratitud y miseria para cubrirla de su primitivo esplendor. Y esto lo hace Dios no por medio de un profeta ni del ángel más excelso, sino personalmente: toda la Santísima Trinidad obra la Encarnación, cuyo término es la unión de la naturaleza humana con la Persona del Verbo. Aquí se manifiesta y brilla toda la inmensidad del amor y de la misericordia de Dios para con el hombre.

“¡Oh, Dios mío!, hazme digna de conocer el misterio de la caridad ardentísima que se esconde en ti, esto es, la obra excelentísima de la Encarnación que has puesto como principio de nuestra salud. Este beneficio inefable nos produce dos efectos: el primero es que nos llena de amor, el segundo, que nos da la certeza de nuestra salud. ¡Oh inefable caridad, la más grande que puede darse: que Dios, creador de todo se haga criatura, para hacer que yo sea semejante a Dios! ¡Oh amor entrañable!, te has anonadado a ti mismo, tomando la forma vilísima de siervo, para darme a mí un ser casi divino. Aunque al tomar mi naturaleza no disminuiste ni viniste a menos en tu sustancia, ni perdiste la más mínima parte de tu divinidad, el abismo de tu humildísima Encarnación me inclina a prorrumpir en estas palabras: ¡Oh incomprensible, te has hecho por mí comprensible! ¡Oh increado, te has hecho creado! ¡Oh impalpable, te has hecho palpable!

¡Oh feliz culpa! No por ti misma, sino por la piedad de Dios, has merecido que se nos manifestaran las más ocultas profundidades de la caridad divina. En verdad, no puede imaginarse caridad mayor. ¡Oh amor infinito y transformado, amor inefable en demasía! Bendito seas tú, Señor, que me has dado a conocer la obra de la Encarnación. ¡Qué gloria es para mí el saber esto y el ver que has nacido por mí! ¡Oh Dios maravilloso, qué admirables son las cosas que por nosotros has hecho! Hazme digna, oh Dios increado, de conocer lo profundo de tu amor y el abismo de tu ardentísima caridad, la cual nos has comunicado al mostrarnos a tu Jesús en la Encarnación” (Beata Ángela de Foligno).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Tanto amó Dios al hombre que le envió a su Hijo (I)


Me pongo en la presencia de Jesús Sacramentado con ansias de profundizar aquel misterio infinito de amar divino que movió a todo un Dios a hacerse “uno de nosotros”.

Dios es amor: todo lo que obra dentro y fuera de sí es obra de amor. Siendo el Bien infinito, nada puede amar fuera de sí movido por el deseo de aumentar su felicidad, como hacemos siempre nosotros; Él lo posee todo en sí. Por eso en Dios amar y querer a las criaturas no es más que derramar su bondad infinita y sus perfecciones, y hacer partícipes a otros de su ser y de su felicidad: “Bonum diffusivum sui” (el bien es difusivo de sí), como dice Santo Tomás. De este modo amó Dios al hombre con amor eterno y, porque lo amaba, lo llamó a la existencia dándole la vida natural y sobrenatural. Amándonos Dios, no solamente nos ha sacado de la nada, sino que nos ha elegido y elevado al estado de hijos suyos, destinados a participar de su vida íntima y de su eterna bienaventuranza. Este fue el plan primero de la infinita caridad de Dios para con el hombre; pero cuando el hombre cayó en el pecado, Dios, que lo había creado en un acto de amor, quiso redimirlo por otro acto de amor todavía más grande. Y he aquí por qué el misterio de la Encarnación se nos presenta como la manifestación suprema de la excesiva caridad de Dios para con el hombre: “En esto se manifestó la caridad de Dios hacia nosotros: en que Dios envió al mundo a su Hijo unigénito, para que por Él tengamos vida. En esto está la caridad... en que Él nos amó y envió a su Hijo, propiciación por nuestros pecados” (l Jn. 4, 9-10). Después de haber dado al hombre la vida natural, después de haberlo destinado a la vida sobrenatural, ¿por ventura podría darle cosa más grande que el Verbo, hecho carne para salvarle?

Déjame decirte, ¡oh Señor!, que mi entendimiento y mi corazón se pierden ante el abismo de tu caridad. Me hundo en este misterio sin llegar a tocar su fondo. ¡Que yo crea fuertemente, indefectiblemente en tu excesiva caridad; que pueda decir con todo convencimiento: he conocido y he creído en la caridad de Dios! y cuando más grande sea mi conocimiento, más total será mi entrega a tu caridad, a tu infinito amor misericordioso.

Esta inmensa caridad, esta inefable misericordia se inclina, por medio de tu Verbo Encarnado, sobre todos los hombres igualmente; se inclina también sobre mí; tu amor me circunda, me nutre, me da la vida, me lleva a Ti, Dios mío. ¡Que tu amor, Señor, invada mi alma, o mejor, que tu gracia me ayude a conocer y a creer en ese amor que desde el primer instante de mi existencia me asedia y me invade!

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

San Juan de la Cruz (III)


Según Juan de la Cruz, todo lo que existe, creado por Dios, es bueno. A través de sus criaturas, nosotros podemos descubrir a aquel que en ellas ha dejado una huella de sí mismo. La fe, en cualquier caso, es la única fuente que se le da al hombre para conocer a Dios tal como es en sí mismo, como Dios uno y trino. Todo lo que Dios quería comunicar al hombre lo ha dicho en Jesucristo, su Palabra hecha carne. Él es el único y definitivo camino al Padre. Cualquier cosa creada no es nada en comparación con Dios y nada vale fuera de él: en consecuencia, para alcanzar el amor perfecto de Dios, cualquier otro amor debe conformarse en Cristo al amor divino. De aquí deriva la insistencia de san Juan de la Cruz en la necesidad de la purificación y del vaciamiento interior para transformarse en Dios, que es la meta única de la perfección. Esta “purificación” no consiste en la simple carencia física de las cosas o de su uso; lo que hace al alma pura y libre, en cambio, es eliminar toda dependencia desordenada de las cosas. Hay que situar todo en Dios como centro y fin de la vida. El largo y fatigoso proceso de purificación exige el esfuerzo personal, pero el verdadero protagonista es Dios: todo lo que el hombre puede hacer es “estar dispuesto”, estar abierto a la acción divina y no ponerle obstáculos. Viviendo las virtudes teologales, el hombre se eleva y da valor al propio compromiso. El ritmo de crecimiento de la fe, de la esperanza y de la caridad va al paso con la obra de purificación y con la progresiva unión con Dios hasta transformarse en él. Cuando se llega a esta meta, el alma se sumerge en la misma vida trinitaria, de modo que san Juan afirma que llega a amar a Dios con el mismo amor con el que él la ama, porque la ama en el Espíritu Santo. Por este motivo el doctor místico sostiene que no existe verdadera unión de amor con Dios si no culmina en la unión trinitaria. En este estado supremo el alma santa conoce todo en Dios y ya no debe pasar a través de las criaturas para llegar a él. El alma se siente entonces inundada por el amor divino y se alegra completamente en él.

Queridos hermanos, al final queda la pregunta: este santo, con su alta mística, con este arduo camino hacia la cima de la perfección, ¿tiene algo que decirnos también a nosotros, al cristiano normal que vive en las circunstancias de esta vida de hoy, o es un ejemplo, un modelo sólo para pocas almas elegidas que pueden realmente emprender este camino de la purificación, de la subida mística? Para encontrar la respuesta debemos ante todo tener presente que la vida de san Juan de la Cruz no fue un “volar en nubes místicas”, sino que fue una vida muy dura, muy práctica y concreta, tanto como reformador de la Orden, donde encontró muchas oposiciones, como superior provincial, como en la cárcel de sus hermanos, donde estaba expuesto a insultos increíbles y a maltratos físicos. Fue una vida dura, pero precisamente en los meses pasados en la cárcel escribió una de sus obras más hermosas. Y así podemos entender que el camino con Cristo, ir con Cristo, “el Camino”, no es un peso añadido al ya suficientemente duro fardo de nuestra vida, no es algo que haga más pesado esta carga, sino que es una cosa totalmente distinta, es una luz, una fuerza, que nos ayuda a llevar este peso. Si un hombre lleva dentro de sí un gran amor, este amor le da casi alas, y soporta más fácilmente todas las molestias de la vida, porque lleva en sí esta gran luz; esta es la fe: ser amado por Dios y dejarse amar por Dios en Jesucristo. Este dejarse amar es la luz que nos ayuda a llevar el peso de cada día. Y la santidad no es una obra nuestra, muy difícil, sino precisamente esta “apertura”: abrir las ventanas de nuestra alma para que la luz de Dios pueda entrar; no olvidar a Dios porque precisamente en la apertura a su luz se encuentra fuerza, se encuentra la alegría de los redimidos. Oremos al Señor para que nos ayude a encontrar esta santidad, dejarse amar por Dios, que es la vocación de todos y la verdadera redención.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 16 de febrero de 2011

San Juan de la Cruz (II)


San Juan de la Cruz está considerado como uno de los poetas líricos más importantes de la literatura española. Sus mayores obras son cuatro: Subida al Monte Carmelo, Noche oscura, Cántico espiritual y Llama de amor viva.

En Cántico espiritual, san Juan presenta el camino de purificación del alma, es decir, la progresiva posesión gozosa de Dios, hasta que el alma llega a sentir que ama a Dios con el mismo amor con el cual es amada por él. Llama de amor viva prosigue en esta perspectiva, describiendo más detalladamente el estado de unión transformador con Dios. La comparación que utiliza Juan siempre es la del fuego: igual que el fuego, que cuanto más arde y consume la madera, más incandescente se hace hasta convertirse en llama, así el Espíritu Santo, que durante la noche oscura purifica y limpia el alma, con el tiempo la ilumina y la calienta como si fuera una llama. La vida del alma es una continua fiesta del Espíritu Santo, que deja entrever la gloria de la unión con Dios en la eternidad.

Subida al Monte Carmelo presenta el itinerario espiritual desde el punto de vista de la purificación progresiva del alma, necesaria para escalar la cima de la perfección cristiana, simbolizada por la cima del Monte Carmelo. Esta purificación se propone como un camino que el hombre emprende, colaborando con la acción divina, para liberar el alma de todo apego o afecto contrario a la voluntad de Dios. La purificación, que para llegar a la unión de amor con Dios debe ser total, comienza por la de la vida de los sentidos y prosigue con la que se obtiene por medio de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, que purifican la intención, la memoria y la voluntad. Noche oscura describe el aspecto “pasivo”, o sea la intervención de Dios en el proceso de “purificación” del alma. De hecho, el esfuerzo humano por sí solo es incapaz de llegar a las raíces profundas de las inclinaciones y de las malas costumbres de la persona: sólo las puede frenar, pero no extirparlas completamente. Para hacerlo, es necesaria la acción especial de Dios que purifica radicalmente el espíritu y lo dispone a la unión de amor con Él. San Juan define “pasiva” esa purificación, precisamente porque aunque es aceptada por el alma, la realiza la acción misteriosa del Espíritu Santo que, como llama de fuego, consume toda impureza. En este estado, el alma está sometida a todo tipo de pruebas, como si se encontrara en una noche oscura.

Estas indicaciones sobre las obras principales del santo nos ayudan a acercarnos a los puntos más destacados de su vasta y profunda doctrina mística, cuyo objetivo es describir un camino seguro para alcanzar la santidad, el estado de perfección al cual Dios nos llama a todos.

Siguiendo las enseñanzas de san Juan de la Cruz, os exhorto a que recorráis el camino hacia la santidad, a la que el Señor os ha llamado con el bautismo, abriendo vuestro corazón al amor de Dios y dejándoos transformar y purificar por su gracia

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 16 de febrero de 2011

San Juan de la Cruz (I)


San Juan de la Cruz nació en 1542 en el pequeño pueblo de Fontiveros, cerca de Ávila, en Castilla la Vieja, de Gonzalo de Yepes y Catalina Álvarez. La familia era muy pobre, porque al padre, de noble origen toledano, le habían echado de casa y desheredado por haberse casado con Catalina, una humilde tejedora de seda. Huérfano de padre en tierna edad, Juan, a los nueve años, se trasladó con su madre y su hermano Francisco a Medina del Campo, cerca de Valladolid, centro comercial y cultural. Allí frecuentó el Colegio de los Doctrinos, desempeñando también algunos humildes trabajos para las hermanas de la iglesia-convento de la Magdalena. Sucesivamente, dadas sus cualidades humanas y sus resultados en los estudios, fue admitido primero como enfermero en el Hospital de la Concepción, después en el Colegio de los Jesuitas que se acababa de fundar en Medina del Campo: aquí Juan entró con dieciocho años y estudió durante tres años humanidades, retórica y lenguas clásicas. Al final de la formación, tenía muy clara su vocación: la vida religiosa, y entre las numerosas órdenes presentes en Medina se sintió llamado al Carmelo.

En el verano de 1563 inició el noviciado en los Carmelitas de la ciudad, asumiendo el nombre religioso de Juan de San Matías. Al año siguiente fue destinado a la prestigiosa Universidad de Salamanca, donde estudió durante un trienio artes y filosofía. En 1567 fue ordenado sacerdote y regresó a Medina del Campo para celebrar su primera misa rodeado del afecto de sus familiares. Precisamente aquí tuvo lugar el primer encuentro entre Juan y Teresa de Jesús. El encuentro fue decisivo para ambos: Teresa le expuso su plan de reforma del Carmelo, también en la rama masculina de la Orden, y propuso a Juan que se adhiriera “para mayor gloria de Dios”; el joven sacerdote quedó fascinado por las ideas de Teresa, tanto que se convirtió en un gran defensor del proyecto. Los dos trabajaron juntos algunos meses, compartiendo ideales y propuestas para inaugurar lo antes posible la primera casa de Carmelitas Descalzos: la apertura tuvo lugar el 28 de diciembre de 1568 en Duruelo, un lugar solitario de la provincia de Ávila. Al renovar su profesión religiosa según la Regla primitiva, adoptaron un nuevo nombre: Juan se llamó entonces “de la Cruz”, como será universalmente conocido más tarde. A finales de 1572, a petición de santa Teresa, se convirtió en confesor y vicario del monasterio de la Encarnación de Ávila, donde la santa era priora. Fueron años de estrecha colaboración y amistad espiritual, que enriqueció a ambos. Asimismo, se remontan a aquel período las obras teresianas más importantes y los primeros escritos de Juan.

La adhesión a la reforma del Carmelo no fue fácil y a Juan le costó también graves sufrimientos. El episodio más traumático fue, en 1577, su secuestro y encarcelación en el convento de los Carmelitas de la Antigua Observancia de Toledo, a causa de una acusación injusta. El santo permaneció encarcelado durante meses, sometido a privaciones y constricciones físicas y morales. Allí compuso, junto a otras poesías, el célebre Cántico espiritual. Finalmente, en la noche entre el 16 y el 17 de agosto de 1578, logró escapar de modo aventurado, refugiándose en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de la ciudad. Santa Teresa y los compañeros reformados celebraron con inmensa alegría su libertad y, después de un breve tiempo de recuperación de las fuerzas, Juan fue destinado a Andalucía, donde pasó diez años en varios conventos, especialmente en Granada. Asumió cargos cada vez más importantes en la Orden, hasta llegar a ser vicario provincial, y completó la redacción de sus tratados espirituales. Después regresó a su tierra natal, como miembro del gobierno general de la familia religiosa teresiana, que gozaba entonces de plena autonomía jurídica. Vivió en el Carmelo de Segovia, donde fue superior de la comunidad. En 1591 fue eximido de toda responsabilidad y destinado a la nueva provincia religiosa de México. Mientras se preparaba para el largo viaje con otros diez compañeros, se retiró a un convento solitario cerca de Jaén, donde enfermó gravemente. Juan afrontó con ejemplar serenidad y paciencia enormes sufrimientos. Murió la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591, mientras los hermanos rezaban el Oficio matutino. Se despidió de ellos diciendo: “Hoy voy a cantar el Oficio en el cielo”. Sus restos mortales fueron trasladados a Segovia. Fue beatificado por Clemente X en 1675, canonizado por Benedicto XIII en 1726 y proclamado doctor de la Iglesia por el Papa Pío XI, en 1926, y llamado “doctor místico”, en la tradición.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 16 de febrero de 2011

Santa Maravillas de Jesús


La Madre Maravillas nació en Madrid en el año 1891. Ingresó en las carmelitas descalzas de El Escorial (Madrid). Apremiada por una inspiración divina, funda un Carmelo en el Cerro de los Ángeles, junto al monumento del Corazón de Jesús. A esta fundación siguieron otras diez, una de las cuales fue en la India. Tenía verdadera pasión y celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Desde su clausura, y viviendo una vida pobre, socorrió a los necesitados, fomentando iniciativas apostólicas y obras sociales y caritativas. Ayudó de manera particular a su Orden, a los sacerdotes y a diversas congregaciones religiosas. Falleció en el monasterio de La Aldehuela (Madrid) el 11 de diciembre de 1974. Su Santidad Juan Pablo II la beatificó en Roma el 10 de mayo de 1998, y la canonizó en Madrid el 4 de mayo de 2003.

“Ayer domingo, al subir la escalera para ir al coro alto a la misa cantada, recogida, sí, pero sin ningún pensamiento particular, oí claramente dentro de mí: Mis delicias son estar con los hijos de los hombres. Estas palabras que me impresionaron fuertemente, entendí no eran en este caso para mí, sino como una especie de petición que el Señor me hacía para que me ofreciera toda entera por darle esas almas que él tanto desea. Vi claramente, no sé cómo, la fecundidad para atraer las almas a Dios de un alma que se santifica, y tan hondamente me conmovió todo esto, que con toda el alma me ofrecí al Señor, a pesar de mi pobreza, a todos los sufrimientos de cuerpo y de alma, con este fin. Me pareció entonces que ese ofrecimiento estaba bien, pero que lo importante únicamente era abandonarme a la divina voluntad, entera y completamente, para que hiciese en mí cuanto quisiera y aceptara del mismo modo el dolor que el gozo. Me pareció entender que no era lo que le agradaba lo que fuera el mayor sacrificio, sino el cumplimiento exacto y amoroso de esa voluntad, en sus menores detalles. En esto entendí muchas cosas que no sé decir, y cómo quería fuese muy delicada en este cumplimiento, que me llevaría muy lejos en el sacrificio y en el amor.

Me ofrecí de tal modo, que nada exceptuaba, ni siquiera el infierno, si allí se pudiese estar amando al Señor, pero luego soy tan cobarde... El Señor lo remedie, que yo no puedo más que entregarme a él, con toda mi miseria. He vuelto a sentir ese como deseo de entregarme por las almas y serle fiel para este fin pensando en lo que él había hecho por ellas, me parecía me decía que no puede hacer más, pero que por mi medio podría. Me parece, al sentir este inmenso deseo del Señor de la salvación de las almas, que es espantoso no acabar de entregarse a Dios, para que él pueda hacer del todo su obra en el alma, y así hacerla, a pesar de su pobreza, fecunda para darle lo que él desea. Cada vez se presenta a mi alma más claramente cómo nada tiene importancia de lo mío, sino solo el que el Señor sea glorificado.

¡Qué tesoro me ha dado el Señor al darme esta vida del Carmelo! Todo está en ella dispuesto con tal sencillez, pero de tal modo, que con vivirla a fondo podría hacerlo todo. ¿Cómo podremos vivir en la casa de la Virgen, agradar con ella al Señor, sin imitarla, como la santa Madre deseaba? Sentí cómo este es el camino de la carmelita, a ejemplo de María, cómo tenemos que achicarnos, ser de veras pobres, sacrificadas, humildes, nada. Sentí muy profundamente cómo Jesús nos da en su vida continuos ejemplos de sacrificios, de humillación, de empequeñecernos, y no lo entendemos; sentí su misericordia y el celo de las almas por este camino, que aquí está la fuerza que, por su misericordia, puede tener nuestra vida. Que en esto, con su gracia, bien podría yo, tan pobre absolutamente de todo, imitarle con más facilidad que otras criaturas. Me parecía también entender que muchas de estas luces no me las daba solo para mí, sino para poder guiar a mis hermanas. Lo único que hago es, multitud de veces al día, decir al Señor que solo quiero vivir para amarle y agradarle, que quiero todo cuanto él quiera y como él lo quiera”.

Fuente: De las cartas de santa María Maravillas de Jesús, Breviario Carmelitano

Recogernos en el desierto de nuestro corazón


Jesús nos presenta en el Evangelio la figura vigorosa y austera del Bautista: “¿Qué habéis salido a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento?... ¿un hombre envuelto en delicadas vestiduras?...” Si queremos disponer nuestros corazones para la venida del Señor, tenemos que desasirnos de los bienes terrenos, como un San Juan Bautista, que, despojándose de todo, se había retirado al desierto para entregarse a una vida dura y penitente. Su ejemplo nos invita a recogernos en el desierto interior de nuestro corazón, lejos de las criaturas, para esperar en un profundo recogimiento, en silencio y soledad -en cuanto nos lo permitan los deberes de nuestro estado-, la venida de Jesús. Y en esta actitud de espera debemos perseverar aun en medio de la aridez y del desconsuelo: “He aquí que aparecerá el Señor y no faltará a su palabra; si se demora, espérale, porque vendrá, y no tardará” (Breviario Romano).

Este recogimiento interior tiene que estar penetrado de un mayor espíritu de penitencia y de mortificación. Examinemos con qué generosidad practicamos las penitencias y mortificaciones prescritas por nuestras leyes o las que libremente nos hemos impuesto con la aprobación de nuestros confesores o superiores. Si tenemos que contestar nuestra dejadez en este aspecto, será conveniente obligarnos a alguna mortificación especial, por ejemplo, en la comida, en el descanso, o en el vestido, a algún trabajo pesado o poco agradable a la naturaleza...

Si queremos gustar las dulces alegrías de Navidad, es necesario que dispongamos nuestros corazones según nos indica hoy la Iglesia en su Liturgia: “Te suplicamos, oh Señor, que... nos enseñes a despreciar las cosas terrenas y a amar las celestiales” (Misal Romano).

¡Oh Jesús! En este Adviento me llamas a un mayor recogimiento interior, a un más profundo silencio interno y externo, para escuchar tu voz y disponerme a tu venida. Haz que callen en mí la continua parlería de las cosas vanas, las voces estridentes de la naturaleza, del amor propio, de la susceptibilidad, el parloteo disipado de las fantasías, imaginaciones, pensamientos y preocupaciones inútiles. Reconozco que frecuentemente mi entendimiento y mi corazón se asemejan a un mar borrascoso donde las olas se suceden y se agolpan con un rumor ensordecedor; y, sin embargo, si Tú quieres, bastará una señal tuya para que reine la calma y un silencio profundo invada todas las cosas.

Al mismo tiempo he comprendido que el silencio interior exige desasimiento de sí mismo y de las criaturas, mortificación interna y externa. Sí, por tu amor quiero modificar mi curiosidad: la curiosidad de la mirada, del oído, del pensamiento y de la fantasía. Quiero hacer enmudecer mis pasiones, y para eso mortificaré mi cuerpo con mayor generosidad.

¡Verbo eterno, Salvador mío! Imanta hacia Ti todas mis potencias, fija en Ti la mirada de mi alma, para que yo te busque y escuche sólo a Ti, Palabra Eterna de mi Eterno Dios.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Señor vendrá pronto


Me pongo delante de Jesús Sacramentado, para escuchar de sus labios el llamamiento a la confianza y a la penitencia contenido en la liturgia de hoy.

Después de haber considerado el sublime programa de santificación que todos debemos realizar, es extremadamente consolador considerar los textos magníficos que la liturgia de hoy nos presenta; todos nos gritan la confianza absoluta en el auxilio divino: “Pronto vendrá tu salvación. ¿Por qué te consumes de tristeza?... Te salvaré y libraré, no temas... Como una madre consuela a sus hijos, así os consolaré yo a vosotros, dice el Señor” (Breviario Romano). El Señor no quiere ansiedades y derrotismos. Cuando nos señala la ruta sublime de la santidad, no nos abandona, sino que está con nosotros para ser nuestra ayuda y nuestro sostén.

La Misa (en su forma extraordinaria) destaca con claridad que la venida de Jesús no fue sólo para el pueblo de Israel, para un corto número de elegidos, sino también para los gentiles, para todos: “He aquí que el Señor viene a salvar las naciones” (Introito). Confiemos, pues, y alegrémonos conforme a los deseos del Apóstol: “El Dios de la esperanza os colme de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis más y más en la esperanza por la virtud del Espíritu Santo” (Rom. 11, 4-13). Y para que nuestra esperanza en Cristo se afirme con hechos concretos, el Evangelio (Mt. 11, 2-10) nos describe la grandiosidad de sus obras: “...Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y el Evangelio es predicado a los pobres”.

No hay miseria moral o material que Jesús no pueda sanar; solamente nos pide que le salgamos al encuentro con un corazón dilatado por la fe y por la confianza en su omnipotente amor misericordioso.

¡Oh Verbo, Salvador mío! ¿Cómo podría dudar de que vienes a este mundo para salvarme, para santificarme? ¿Cómo no ir a Ti con plena seguridad y confianza, si Tú no has perdonado nada para atestiguarme tu infinito amor misericordioso? Tu Encarnación, tus vagidos de niño, tu vida humilde y escondida, tu apostolado, tus milagros, tu pasión dolorosa, tu muerte, tu sangre derramada ¿no bastarán a hacerme creer en tu amor y abrir mi corazón a la más entera confianza?

Jesús mío, os “repito llena de confianza la oración del publicano. Pero sobre todo imito la conducta de María Magdalena. Su asombrosa, mejor, su amorosa audacia que cautivó el corazón de Jesús, cautiva también el mío.

Estoy segura de que, aunque tuviese sobre la conciencia todos los pecados que se pueden cometer, iría con el corazón roto por el arrepentimiento a arrojarme en vuestros brazos, pues sé muy bien cuánto amáis al hijo pródigo que vuelve a Vos” (S. Teresa del Niño Jesús).

Con esta confianza, oh Jesús mío, quiero emprender de nuevo mi camino y renovar mis pobres esfuerzos.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El tiempo es breve y con él se compra la eternidad


Mi eternidad depende de mi vida. “Lo que sembrare el hombre, eso recogerá”, decía el Apóstol en su carta a los Gálatas; y Cristo Nuestro Señor nos dice por San Mateo: “A cada uno se le dará según sus obras”. Nuestras obras, buenas o malas, son como semillas para la eternidad: las echamos en la tierra y desaparecen; mas en la hora de la muerte se adherirán a nosotros de tal modo que nada podrá separamos de ellas. Un pensamiento que tenga en mi mente, una palabra que salga de mis labios, una acción por fugaz y leve que sea, todo... al abismarse en el océano inmenso de la eternidad, se convierte en estable y permanente como ella. De modo que yo hago en un instante lo que los siglos no podrán destruir. Si cedo a una tentación, es para la eternidad; si rezo o doy limosnas, es para la eternidad. Aquel pecado, cuyo deleite desapareció con la presteza del relámpago, si no lo borro con la penitencia, estará para siempre clavado en mi alma, atormentándola como buitre que devora su presa. Por el contrario, esas obras de religión, de justicia, de caridad que acabo de practicar, me proporcionarán delicias infinitas si no cometo la locura de despojarme de mis méritos por un nuevo pecado mortal. Yo soy, pues, mediante la gracia que me previene, asiste y me sostiene, el dueño y el árbitro de mi eternidad, de la misma manera que lo soy de mis obras...

¡Redentor mío dulcísimo! Gran temor infunde en mí este pensamiento; porque, si he de juzgar de mi porvenir por mi pasado, por mis imprudencias y debilidades, corre peligro en mis manos. Mas ya que Vos os dignáis llamarme de nuevo en este adviento, y me ofrecéis los medios para reparar mi vida pasada, quiero y deseo con todas las fuerzas de mi corazón, comenzar desde ahora mismo a granjearme con mis buenas obras una eternidad feliz.

Mi eternidad depende de una vida muy corta. Breves son los días del hombre sobre la tierra. La vida, aun la más larga, huye como sombra, es como flor de un día. Comparada con la eternidad, es menos que nada. Estamos demasiado cerca de la vida presente para poder juzgar su brevedad. Considerémosla a través de algunos millones de siglos, en una de las dos eternidades que nos esperan. ¿Qué nos parecerá entonces? Pues lo que nos parecerá entonces, eso es hoy... No cabe duda de que después de haber pasado millones de siglos en el cielo o en el infierno, ni siquiera nos acordaríamos de haber vivido en el mundo, si la misma eternidad y lo que allí experimentaremos no nos recordaran que hemos vivido en él, y que fue precisamente en esta vida, que se deslizó tan velozmente, donde decidimos nuestra suerte eterna. Si preguntásemos ahora a los justos y bienaventurados del cielo qué opinan de sus penas y de la duración de sus trabajos, nos responderían con el Apóstol: “Las aflicciones tan breves y tan ligeras de la vida presente nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria...” Y los condenados, ¿qué pensarán del tiempo que debían haber empleado en ganar el cielo, y malgastaron en procurarse una amargura inconsolable, un fuego inextinguible, un infierno eterno? “Todas esas cosas, -nos dirán con el Sabio- pasaron como sombra, y como nave que hiende las ondas procelosas del mar”. ¡Desgraciados! Tardías son esas reflexiones. ¡Ah, si las hubieran hecho antes! Ellas me advierten a mí: “El tiempo es breve”, y con él se compra la eternidad.

Mi eternidad tal vez dependa de un solo instante de mi vida. La gracia tiene sus momentos. Dios se acerca y se retira, habla y calla. Dueño de sus dones, los concede cuando y como le place... El plan ordinario de su providencia es que las gracias de predilección sean la recompensa a la fidelidad a una gracia ordinaria. El que a ésta no responde, se hace indigno de nuevas gracias. Un momento de gracia bien aprovechado puede elevar a un grado muy alto de santidad y de felicidad; pero también un momento de gracia despreciado puede precipitarnos en el abismo de todos los males. Abraham será eternamente bendecido, porque fue fiel a la orden de sacrificar a su hijo Isaac; Saúl será eternamente reprobado porque no obedeció la voz del Señor. ¿Qué sería hoy de María Magdalena si hubiese despreciado la ocasión favorable, el momento de la gracia, que fue el de su salvación? ¡Cuán feliz hubiera sido Jerusalén, a pesar de sus infidelidades pasadas, si hubiese conocido el tiempo de su visita y aprovechado el último día que Dios le concedió! ¡Aquél era su día! Pero cerró sus ojos y sus oídos a los movimientos de la gracia, a las amorosas invitaciones de la misericordia, y dejó pasar el momento decisivo de su salvación. De ahí su ceguedad y desventuras.

Una inspiración desatendida puede tener como consecuencia un infierno eterno; un paso hacia Dios puede ser el preludio de una eternidad feliz. ¡Oh momento del que pende la eternidad! ¡Eternidad! Todas las fruslerías y pequeñeces que me apasionan, que me enloquecen de alegría o me abaten por el pesar, todas desaparecen y caen ante Ti... Dios mío, haced que de hoy en adelante no haya para mí más que un motivo de alegría: el ver que me acerco a la eternidad feliz y me alejo de la desgraciada; ni más que un motivo de tristeza: el verme expuesto a ofenderos, y por lo mismo a estar separado de Vos por toda la eternidad. Madre Santísima, ayudadme a aprovechar todas las gracias que Dios quiera concederme en este Adviento, quizá el último de mi vida, y que tu santísimo Hijo pueda nacer en mí en esta Navidad, en un corazón totalmente desocupado de lo que no sea Él, o me lleve a Él.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz.

El Señor viene de lejos


El Adviento (del latín ADVÉNTUS, “advenimiento”) es un tiempo de preparación para el Nacimiento de Jesucristo, en Belén, y representa los cuatro mil y más años que estuvieron los del Antiguo Testamento aguardando la venida del Mesías. Por eso es un tiempo de ansiedad y de santa impaciencia. Hoy comienza el Adviento, el domingo más cercano a la fiesta de S. Andrés (30 de noviembre), y abarca tres semanas completas y parte de la cuarta. Por asociación de ideas la Iglesia; une a la PRIMERA venida de Jesucristo a la tierra el pensamiento de la SEGUNDA, al fin del mundo, y, en consecuencia, el Adviento viene a resultar una preparación para ese doble advenimiento del Salvador: el del Nacimiento y el del Juicio final. ¡Cosa extraña! En este primer día y domingo del Año eclesiástico, la Iglesia nos pone en contacto con el último día del mundo y de las cosas. Antes de llevarnos al pesebre de Belén, nos lleva al tribunal del Juicio final, como para encarecernos de antemano, con el pensamiento de la cuenta, la correspondencia a la gracia soberana de la Redención, que el Niño Divino, cuya silueta se dibuja ya en lontananza, viene a realizar. Es como una fuerte sacudida que la Iglesia da a nuestra conciencia de cristianos, para despertarnos, del letargo del pecado, si desgraciadamente estuviésemos sumidos en él, o de la modorra de la indiferencia y de la tibieza espiritual. Es como decirnos: Si no estás limpio para presentarte ante el Divino Juez, tampoco lo estás para salir al encuentro de tu Salvador, que es tu mismo y único Dios y Señor; “despójate, por tanto, de las obras de las tinieblas revístete de las armas de la luz”. (Don Andrés Azcárate, Misal diario)

El Señor está para venir... Me pongo en su presencia, para salir a su encuentro con todo el ardor de mi voluntad. “He aquí el nombre del Señor que viene de lejos... Mirando en lontananza, veo la potencia de Dios que viene... Salidle al encuentro y decidle: Dinos si tú eres el que ha de reinar...” Así reza la liturgia de este día y, como respondiéndonos ella misma, nos invita a exclamar: “Venid, adoremos al Rey, al Señor, que está para venir...” (Breviario Romano).

Los siglos estuvieron esperando esta venida, anunciada por los profetas y suspirada por los justos, que, sin embargo, no pudieron contemplar su aurora. A cada vuelta del Adviento, la Iglesia conmemora y renueva esta espera, manifestando sus ansias por el Salvador que ha de venir. Pero el antiguo anhelo, que únicamente se fundaba en la esperanza, es para nosotros un suspiro tranquilo y confiado, que descansa en la consoladora realidad de la redención ya efectuada. Cumplida ésta históricamente hace veinte siglos, debe, no obstante, actuarse y renovarse día tras día en el alma cristiana con una realidad cada vez más profunda y completa. El espíritu litúrgico del Adviento, que conmemora la grande expectación de los siglos que invocaban al Redentor, quiere preparamos a la celebración del Misterio del Verbo hecho carne mediante la espera íntima y personal de una nueva venida de Cristo a nuestras almas; venida que se realiza por medio de la gracia, y que, a medida que ésta se desarrolla y va llegando a sazón, se hace más abundante y arrolladora, hasta el punto de transformar al alma en un “alter Chrístus”, otro Cristo. El Adviento es tiempo de espera, tiempo de anhelante aspiración por el Redentor: “¡Enviad, oh cielos, desde lo alto vuestro rocío y que las nubes lluevan al justo!”.

¡Oh dulcísimo Salvador mío! Tú vienes hacia mí con tu amor infinito y con la abundancia de tu gracia: torrentes de misericordia y de caridad con que quieres invadir mi alma para atraerla a Ti. ¡Ven, Señor, ven! También yo quiero correr a tu encuentro por medio del amor; mas, desgraciadamente, mi amor es tan limitado, tan débil e imperfecto... Hazlo Tú fuerte y generoso, para que sea capaz de vencerme a mí mismo y entregarme por completo a Ti. Sí, ciertamente mi amor se fortalecerá si está “fundado sobre tal cimiento como es ser pagado con el amor de un Dios, que ya no puedo dudar de él por estar mostrado tan al descubierto, con tan grandes dolores y trabajos y derramamiento de sangre, hasta perder la vida, porque no nos quedase ninguna duda de este amor”... Dame, Señor, tu amor antes que me saques de esta vida, “porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama” (S. Teresa de Jesús).

Concédeme, Señor, un amor semejante: lo deseo ardientemente, no sólo para escapar un día a tu severa mirada de juez, sino también y sobre todo para corresponder de algún modo a tu infinita caridad.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Oficio Divino (II)


El Oficio divino se compone en máxima parte de textos sacados de la Sagrada Escritura e inspirados por el Espíritu Santo. No encontraremos, por lo tanto, oraciones vocales más bellas y aptas para alabar a la Majestad divina. Por ellas, el Espíritu Santo intercede “a favor nuestro con gemidos inenarrables” (Rom. 8, 26). Y siendo tan rica en doctrina y en unción, proporcionan sólido alimento a la oración personal. Todas estas razones nos hacen comprender que “a la dignidad excelsa de esta oración debe corresponder la devoción interna de nuestra alma” (Mediator Dei), de modo que “nuestra mente esté acorde con nuestra voz”, como dice San Agustín. Por ser el Oficio divino la oración que la Iglesia eleva a Dios en compañía de Jesús, su Cabeza, y por estar inspirada por el Espíritu Santo, tiene ya un grandísimo valor intrínseco; pero esa riqueza no tendrá valor para nosotros -para fomentar nuestra unión con Dios y atraernos las bendiciones divinas-, no será oración nuestra, si no la secundamos con nuestra devoción personal. La Iglesia, en cuanto sociedad de los fieles, ora con el corazón de sus hijos, ora con nuestro corazón, y cuanto más fervoroso y lleno de amor se halle éste, tanto más agradable será a Dios nuestra oración, oración de la Iglesia.

Aunque no tenga obligación de rezar el Oficio divino y se limite a algunas pocas oraciones escogidas del Breviario, es bueno que toda alma de vida interior procure apropiarse el espíritu de la oración litúrgica y hacerla suyo, espíritu de alabanza y adoración que quiere prestar a Dios culto perenne junto con Cristo y en nombre de toda la Iglesia; espíritu de solidaridad con Jesús nuestra Cabeza y con todos nuestros hermanos creyentes; espíritu universal que abarca las necesidades de todo el mundo, que ora en nombre de toda la cristiandad. ¡Cómo se amplían así los horizontes y las intenciones de nuestra oración! Orando no nos sentiremos ya solos, sino pequeños orantes al lado de Jesús, el gran Orante.

“Prefiero, ¡oh Señor!, consumir mis fuerzas alabándote. Pero no es posible desfallecer alabándote a Ti. Alabarte es como tomar alimento; cuanto más te alabo, más fuerte me siento, porque tanta mayor dulzura me infundes Tú, que eres el objeto de mis alabanzas. Ayúdame a ensalzarte con la voz y la mente y las buenas obras, de modo que pueda cantarte el cántico nuevo al que me exhortas en la Sagrada Escritura. Para el hombre viejo el cantar viejo; para el hombre nuevo el canto nuevo. Si amo las cosas terrenas, mi canto es viejo; para cantar el cántico nuevo debo amar las cosas eternas. Tu amor es de suyo nuevo y eterno; es siempre nuevo, precisamente porque nunca envejece. El pecado es lo que me envejeció. Renuévame Tú con tu gracia” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Oficio Divino (I)


Dígnate, ¡oh Jesús!, asociar mi oración a la oración de tu Iglesia.

La liturgia circunda la santa Misa con la recitación del Oficio divino, que -como enseña la Mediator Dei- “es la oración del Cuerpo Místico de Cristo elevada a Dios en nombre y a beneficio de todos los cristianos, presentada por los sacerdotes y demás ministros de la Iglesia y por los religiosos delegados por ella para este misterio”. La gran dignidad del Oficio divino estriba precisamente en eso: en ser más que una oración privada, la oración pública, oficial del Cuerpo Místico de Cristo, cuyos miembros no oran aislados, sino en compañía de su Cabeza. “El Verbo, asumiendo la naturaleza humana, trajo al destierro el himno que se canta en el cielo desde toda la eternidad. Él junta consigo a toda la comunidad humana y la asocia al canto de este himno de alabanza. Jesús ora con nosotros, como Sacerdote nuestro; ora en nosotros, como nuestra Cabeza... Reconozcamos por lo tanto -dice San Agustín- nuestras voces en Él y su voz en nosotros”. ¡Qué grande gracia! Jesús, el Hijo de Dios, asocia nuestras pobres y miserables oraciones a su valiosa y excelsa oración.

Aunque el Oficio divino es obligatorio sólo a los sacerdotes y religiosos encargados por la Iglesia, se puede afirmar que es la oración de todo el pueblo cristiano, porque es elevada a Dios “en su nombre y en beneficio suyo”. Por eso es tan loable que todos los fieles procuren asociarse también a él de algún modo, rezando, por ejemplo, las Vísperas en los días festivos o Completas. Además, en cualquier hora del día y de la noche pueden ofrecer a Dios esta gran oración de la Iglesia por las propias intenciones y necesidades, supliendo así a las deficiencias y a la brevedad de los rezos personales. También en medio de las cotidianas ocupaciones pueden unirse de cuando en cuando con piadosos pensamientos y aspiraciones a la “perenne alabanza” que la Iglesia eleva a Dios en nombre de toda la cristiandad.

“Señor, tus oídos no atienden a la boca sino al corazón; no están abiertos a la lengua, sino a la vida de quien te alaba. Yo canto con la voz para despertar en mí la piedad; canto con el corazón para agradarte... Que no te alabe sólo mi voz, sino también mis obras. Haz que nunca cese de vivir bien para alabarte sin interrupción. Si alguna vez mi lengua calla, grite mi vida; tus oídos no escucharán mi voz, pero oirán a mi corazón... No quiero contentarme con sólo la voz; cuando te alabo, quiero hacerlo con todo mi ser; cante la voz, cante la vida, canten las acciones. Y, si aquí abajo debo gemir, sufrir, ser tentado, espero que pasará todo y llegará el día en que mi alabanza no cesará. Disminuya la voz, pero nunca el afecto” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Solemnidad de Cristo Rey


¿Cuáles son los frutos que para el bien de la Iglesia y de la sociedad civil nos promete el público homenaje de culto a Cristo Rey?

a) Para la Iglesia

En efecto: tributando estos honores a la soberanía real de Jesucristo, recordarán necesariamente los hombres que la Iglesia, como sociedad perfecta instituida por Cristo, exige -por derecho propio e imposible de renunciar- plena libertad e independencia del poder civil; y que en el cumplimiento del oficio encomendado a ella por Dios, de enseñar, regir y conducir a la eterna felicidad a cuantos pertenecen al Reino de Cristo, no pueden depender del arbitrio de nadie.

Más aún: el Estado debe también conceder la misma libertad a las órdenes y congregaciones religiosas de ambos sexos, las cuales, siendo como son valiosísimos auxiliares de los pastores de la Iglesia, cooperan grandemente al establecimiento y propagación del reino de Cristo, ya combatiendo con la observación de los tres votos la triple concupiscencia del mundo, ya profesando una vida más perfecta, merced a la cual aquella santidad que el divino Fundador de la Iglesia quiso dar a ésta como nota característica de ella, resplandece y alumbra, cada día con perpetuo y más vivo esplendor, delante de los ojos de todos.

b) Para la sociedad civil

La celebración de esta fiesta, que se renovará cada año, enseñará también a las naciones que el deber de adorar públicamente y obedecer a Jesucristo no sólo obliga a los particulares, sino también a los magistrados y gobernantes.

A éstos les traerá a la memoria el pensamiento del juicio final, cuando Cristo, no tanto por haber sido arrojado de la gobernación del Estado cuanto también por sólo haber sido ignorado o menospreciado, reparará todas estas injurias; pues su regia dignidad exige que la sociedad entera se ajuste a los mandamientos divinos y a los principios cristianos, ora al establecer las leyes, ora al administrar justicia, ora finalmente al formar las almas de los jóvenes en la sana doctrina y en la rectitud de costumbres. Es, además, maravillosa la fuerza y la virtud que de la meditación de estas cosas podrán sacar los fieles para modelar su espíritu según las verdaderas normas de la vida cristiana.

c) Para los fieles

Porque si a Cristo nuestro Señor le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra; si los hombres, por haber sido redimidos con su Sangre, están sujetos por un nuevo título a su autoridad; si, en fin, esta potestad abraza a toda la naturaleza humana, claramente se ve que no hay en nosotros ninguna facultad que se sustraiga a tan alta soberanía. Es, pues, necesario que Cristo reine en la inteligencia del hombre, la cual, con perfecto acatamiento, ha de asentir firme y constantemente a las verdades reveladas y a la doctrina de Cristo; es necesario que reine en la voluntad, la cual ha de obedecer a las leyes y preceptos divinos; es necesario que reine en el corazón, el cual, posponiendo los afectos naturales, ha de amar a Dios sobre todas las cosas, y sólo a Él estar unido, es necesario que reine en el cuerpo y en sus miembros, que son como instrumentos, o en frase del apóstol San Pablo, como armas de justicia para Dios, deben servir para la santificación del alma. Todo lo cual, si se propone a la meditación y profunda consideración de los fieles, no hay duda que éstos se inclinarán más fácilmente a la perfección.

Oración a Cristo Rey

¡Oh Cristo Jesús! Te reconozco por Rey universal. Todo lo que ha sido hecho, ha sido creado para Ti. Ejerce sobre mí todos tus derechos.

Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de tu Iglesia. ¡Divino Corazón de Jesús! Te ofrezco mis pobres acciones para que todos los corazones reconozcan tu Sagrada Realeza, y que así el reinado de tu paz se establezca en el Universo entero. Amén.

Fuente: Boletín “Apóstoles del Sagrado Corazón”

Participar en la Santa Misa (II)


“Para que la oblación con que los fieles ofrecen al Padre la Víctima divina tenga efecto cumplido se requiere todavía una cosa: es necesario que ellos se inmolen como víctimas” (Mediator Dei). Esta autorizada enseñanza de la Iglesia nos invita a tomar parte en la Misa, siendo “junto con la Hostia Inmaculada, una víctima agradable a Dios Padre”. Jesús fue la Víctima grata al Padre al abrazarse en todo con su voluntad, hasta morir en cruz por su gloria. Nosotros seremos víctimas ante Dios cuando renunciando a todo querer contrario al suyo, tratemos de conformamos en todo a su querer divino, ya por el cumplimiento exacto de nuestros deberes, ya por la aceptación generosa de todo lo que Dios permite en nosotros. Y si el deber requiere sacrificio, si la vida comporta sufrimientos, todas las mañanas tendremos la oportunidad en la santa Misa de dar el máximo valor a nuestros sacrificios, ofreciendo en ella “junto con el divino Crucificado, todo nuestro ser, nuestras preocupaciones, dolores, angustias y miserias”.

Jesús en el Calvario se inmoló Él solo por nuestra salvación, pero en el Altar quiere asociarnos a su sacrificio, pues, si la cabeza es inmolada, inmolados deben ser también los miembros. ¿Qué valor pueden tener los sacrificios y la misma vida de una criatura aislada, ofrecidos en expiación a Dios? Ninguno, porque nosotros no somos nada. Pero si esa oblación va acompañada por la de Jesús, con Él, en Él, se hace entonces hostia agradable a Dios Padre. Retornando después a nuestras ocupaciones, el recuerdo de la entrega hecha por la mañana nos ayudará a ser generosos en la aceptación de las grandes o pequeñas penas cotidianas, y el pensamiento de que Jesús se inmola en nuestros altares en todos los instantes del día y de la noche, nos permitirá unirnos y vivir realmente como víctimas asociadas a la Víctima divina. ¡Cuánto valor y arranque de generosidad deriva al alma de esta vida, y de la continua participación en la santa Misa!

“¡Oh Salvador mío! En honor de la oblación y unido al sacrificio que de Ti haces al Padre, me ofrezco para ser una hostia sangrienta de tu voluntad, una víctima inmolada a gloria tuya y a gloria del Padre. Úneme a Ti, ¡oh Jesús!, de esa manera: atráeme a tu sacrificio para que sea inmolado contigo y por Ti. Y pues se requiere que la hostia sea sacrificada, degollada, y consumida por el fuego, hazme morir a mí mismo, a mis vicios, a mis pasiones, a todo lo que te disgusta; consúmeme totalmente en el fuego sagrado de tu divino amor y haz que desde ahora toda mi vida sea un continuo sacrificio de alabanza, de gloria y amor al Padre y a Ti” (San Juan Eudes).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Negociemos los talentos


“El que recibió cinco talentos negoció con ellos y ganó otros cinco, y de la misma manera el que recibió dos ganó otros dos, y el que recibió uno cavó en la tierra y escondió el tesoro de su señor.”

En el criado que recibió cinco talentos y en el que recibió dos están representados los fervorosos y diligentes; porque ordinariamente los que han recibido mucho caudal cobran grande ánimo y confianza para trabajar, y como mercaderes ricos se abalanzan a grandes empresas y ganan mucho, con tal que tengan humildad, atribuyendo su fervor a la divina gracia.

En el que recibió un talento están representados los negligentes y perezosos, porque los que tienen poco caudal, si no son muy humildes, suelen ser muy quejicosos, envidiosos y pusilánimes, y así se rinden a la pereza. Y si tienen otros talentos de mundo y carne, empléanse en buscar los bienes terrenos, y debajo de esta tierra sepultan el talento que recibieron para negociar los bienes del cielo.

Y ¿cuál es su premio y galardón? Al que ganó cinco talentos y al que ganó dos, díjoles el Señor: “Alégrate, siervo bueno y fiel; pues fuiste fiel en lo poco, yo te haré señor de muchas cosas: entra en el gozo de tu señor.”

Califícalos de buenos y fieles: buenos, porque vivieron santamente, cumpliendo su ley y voluntad; fieles, porque usaron fielmente de los dones y gracias que habían recibido, aunque en sí grandes, pero pequeños respecto de los eternos; y por eso dice: “Pues fuiste fiel en lo poco”, cual es lo que pasa en esta vida mortal, Yo te constituiré en el cielo sobre mucho, haciéndote muchas y grandes mercedes. “Entra en el gozo de tu Señor”; engólfate en el abismo de los deleites celestiales, para que de dentro y de fuera estés lleno y colmado de gozo, bebiendo del río copioso de su alegría hasta tener perfecta hartura.

A ambos dijo las mismas palabras, para darnos a entender que en la paga del cielo más se atiende a la diligencia de las obras que al número de los talentos. No hubiera sido llamado siervo bueno y fiel el que recibió cinco talentos, si sólo hubiera ganado dos. Y tú ¿negocias con los talentos que Dios te dio? ¿En tu salud, tu ingenio, tu ciencia, con verdadero afán, en las cosas que tocan al servicio de Dios y bien de las almas?

“El siervo que recibió un talento dijo a su Señor: Sé que eres hombre duro y que coges de lo que no haz sembrado, y así, temiéndote, escondí tu talento en la tierra. Aquí tienes lo que es tuyo.”

Descúbrese aquí la malicia del perezoso que, para en encubrir su pereza, finge peligros y dificultades y teme donde no hay que temer.

“Respondióle el Señor: Siervo malo y perezoso, si sabías que cojo donde no siembro, debías haber dado mi dinero cambio, para que cuando viniera recibiera lo que es mío con ganancia. Quitadle el talento y dadle al que tiene cinco; porque, al que tiene se le dará, y al que no tiene le quitarán lo que parece que tiene; y a este siervo desaprovechado echadle en tinieblas exteriores, donde habrá llanto y crujir de diente.”

¡Terrible sentencia! No sólo le reprende aspérrimamente y le confunde delante de los otros siervos, sino que le quita el talento que tenía, esto es, le despoja de todos los bienes de gracia y de todos los dones añadidos a su naturaleza, en castigo de su pereza. Y le echa en las tinieblas exteriores del infierno, donde perpetuamente llore y rabie por su desaprovechada pereza.

Y si tal castigo se da al que por pereza no usa del talento que recibió, ¿qué castigo se dará al que usa de él para ofender a Dios y escandalizar o dañar al prójimo?

Señor, no entres en juicio conmigo. Merecía que me hubieras quitado los talentos que me diste, por haberlos enterrado. Mas ya que por tu paciencia me has hecho sufrir ayúdame a desenterrarlos para que, negociando con ellos lo que me pides, alcance lo que prometes a los que dignamente los emplean.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

El sábado, día de la Virgen


Desde hace muchos siglos se dedica el sábado a venerar de manera especial a la Santísima Virgen. Se suele celebrar la Misa de “Santa María en Sábado”, como se la llama; a veces en tal día se canta solemnemente la Salve Regina.

Como devoción concreta al alcance de todos nombremos ante todo los cinco primeros sábados de mes. La Virgen de Fátima ha vinculado una promesa de salvación a los que comulgan con sentido de reparación tales días.

Asimismo el sábado se puede rezar -en público o en privado- lo que se llama la Sabatina, o sea una especial súplica a la Virgen en su día.

Felicitación sabatina en honor de la Santísima Virgen María

Saludo:

Gocémonos siempre en el Señor, honrando a la bienaventurada Virgen Santa María, Madre de Dios; Virgen antes del parto, en el parto y después del parto; predestinada antes que todas las criaturas, Reina y Corredentora, Abogada nuestra. Amén.

Plegaria:

V.\ Virgen Madre de Dios, purísima María, El que no cabe en todo el orbe se encerró hecho hombre en tus entrañas.

Después del parto permaneciste virgen. Madre de Dios, intercede por nosotros.

R.\ Dios te salve, María...

V.\ Virgen inmaculada, concebida sin pecado, imploran tu favor los poderosos, porque eres la más poderosa de las criaturas y la más bella de los siglos.

El Señor te vistió con vestido de santidad y te rodeó con el manto de su gracia, como a esposa adornada con sus joyas.

R.\ Dios te salve, María...

V. Bendita tú, Virgen María Inmaculada, por el Señor, Dios excelso, sobre todas las mujeres de la tierra.

Tú eres la gloria de Jerusalén, tú la alegría de Israel, tú eres la honra de nuestro pueblo.

R. Dios te salve, María...

Felicitación:

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día, alma, vida y corazón, mírame con compasión, no me dejes, Madre mía.

Oración:

Omnipotente y sempiterno Dios, que con la cooperación del Espíritu Santo preparaste el cuerpo y el alma de la gloriosa Virgen y Madre María para que fuese merecedora de ser morada digna de tu Hijo; concédenos que, pues celebramos con alegría su conmemoración, por su piadosa intercesión seamos liberados de los males presentes y de la muerte eterna. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. P. Alfredo Saenz, Magníficat.

Participar en la Santa Misa (I)


¡Oh Jesús, que cada día y en cada hora te inmolas sobre los altares! Dígnate asociarme a tu sacrificio.

La Encíclica Mediator Dei exhorta a todos los fieles a “participar en el sacrificio eucarístico más que con asistencia pasiva, negligente, distraída, con empeño y fervor capaces de ponerles en íntimo contacto con el Sumo Sacerdote”. No es suficiente asistir a la Misa; hay que tomar parte en ella, “participar” de ella. En la santa Misa Jesús continúa inmolándose, ofreciéndose por nosotros al Padre para obtenernos las bendiciones del cielo. Es cierto que Jesús se ofrece mediante el ministerio del sacerdote, pero éste presenta la ofrenda en nombre de todos los fieles, en compañía de ellos, como indican las palabras del Canon: “por quienes te ofrecemos y ellos te ofrecen este sacrificio de alabanza...”. Esto quiere decir que los fieles están invitados a presentar en unión con el sacerdote la Víctima divina, o como enseña la misma encíclica, “a unir sus intenciones de alabanzas, de impetración, de expiación, de agradecimiento a las del sacerdote y a las del mismo Sumo Sacerdote”. Como María Santísima no asistió en el Calvario pasivamente a la Pasión de su Hijo, sino que, uniéndose a sus intenciones, lo ofreció ella misma al Padre, así también nosotros, cuando asistimos al sacrificio de la santa Misa, debemos, presentar al Padre la Víctima divina, que es nuestra, porque se ofreció e inmoló por nosotros. Nuestras alabanzas, nuestras expiaciones, nuestras súplicas, son despreciables y de ningún valor, pero presentadas a Dios en unión con las de Jesús y avaladas por su Sacrificio, de seguro que le agradarán y serán escuchadas en atención a la dignidad infinita de la Víctima divina. Jesús, Cabeza del Cuerpo Místico se inmoló por nosotros, sus miembros, y nos pertenece por ser nuestra Cabeza; es nuestro, es la Víctima que, sacrificada totalmente en el Calvario por nuestra salvación, quiere perpetuar su holocausto en los altares de modo que cada día, cada hora, podamos tenerla a nuestra disposición y ofrecerla al Padre según nuestras intenciones.

“¡Oh Jesús! Haz que tu Sacrificio, el santo Sacrificio del altar, sea fuente y modelo de mi sacrificio, pues también mi vida debe ser un santo holocausto. Que sea sacrificio es cierto, porque la vida está toda entretejida de mortificaciones, desgarraduras, dolores... Pero para que mi sacrificio sea santo como el tuyo del Calvario y de la santa Misa, necesita ser vivificado, consumado en el amor. Jesús, concédeme un ardiente amor que avalore mi sacrificio, que lo haga fecundo para gloria del Padre, para triunfo de la Iglesia, para bien de las almas.

¡Oh Jesús, divino Sacerdote! ¿Qué te ofreceré como materia de sacrificio, como víctima de amor, para participar en tu sacrificio? Te ofreceré mi corazón, mi voluntad, mi mismo amor para que sea trasformado en el tuyo. Tú me das ejemplo en tu santo Sacrificio precisamente de esa perfecta docilidad, igualdad de ánimo, abandono. He aquí la oferta que te hago: abandono general y total a cada disposición de la divina Providencia, a todo lo que Dios quiera” (Hermana Carmela del Espíritu Santo CD.).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La humildad de María (II)


Si te es imposible imitar el candor y la belleza de María -dice San Bernardo- imita al menos su humildad. Una virtud verdaderamente gloriosa es la virginidad, pero no es necesaria como la humildad; la primera nos fue propuesta bajo la forma de una invitación; la segunda nos fue impuesta como un precepto absoluto: “si no os hicieres como niños no entraréis en el reino de los cielos”; la virginidad será premiada, pero la humildad nos es exigida; sin la virginidad podemos salvarnos, pero sin la humildad es imposible la salvación. Sin la humildad, la misma virginidad de María habría desagradado a Dios. Agradó al Señor María por su virginidad; pero llegó a ser Madre por su humildad.

Las cualidades y las dotes más hermosas, hasta la penitencia, la pobreza, la virginidad, el apostolado, la misma vida consagrada a Dios, incluso el sacerdocio, son estériles e infecundas si no están acompañadas por una humildad sincera; más aún, sin la humildad pueden ser un peligro para el alma que las poseen. Lucifer era casto, pero no era humilde, y el orgullo fue su ruina. Cuanto más encumbrado es el puesto que ocupamos en la viña del Señor, cuanto más elevada es la vida de perfección que profesamos, cuanto más importante es la misión que Dios nos ha confiado, más necesidad tenemos de vivir fuertemente radicados en la humildad. Así como la maternidad de María fue el fruto de su humildad -humilitate concepit-, del mismo modo la fecundidad de nuestra vida interior, de nuestro apostolado, dependerá y estará en proporción con la humildad. Sólo Dios puede realizar en nosotros y por medio de nosotros obras maravillosas, pero no las hará si no nos ve sincera y profundamente humildes. Sólo la humildad es el terreno fértil y apto para que fructifiquen los dones del Señor; por otra parte, siempre será la humildad quien haga descender sobre nosotros la gracia y los favores de Dios. En el ajedrez, “la dama es la que más guerra le puede hacer [al Rey], y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad; ésta le trajo del cielo en las entrañas de la Virgen, y con ella [humildad] le traeremos nosotras de un cabello a nuestras almas. Y creed que quien más [humildad] tuviere, más le tendrá [a Dios], y quien menos, menos. Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad, ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado” (Santa Teresa).

¡Oh Madre humildísima! Hazme humilde, para que el Señor se complazca en fijar sus ojos en mí. Nada hay en mi alma que pueda fascinar la mirada de Dios: nada de sublime, nada digno de sus complacencias, nada verdaderamente bueno y virtuoso. Y si algo hubiese digno de Dios, está mezclado con tanta miseria, es tan débil y deficiente que no merece el nombre de virtud. Entonces, Señor, ¿qué es lo que podrá atraer tu gracia sobre mi pobre alma? ¿En quién se posan tus miradas, sino en los humildes y en los hombres de corazón contrito? (Is. 66, 2). ¡Oh Señor, que sea yo humilde! Hacedme humilde por los méritos de tu humildísima Madre.

“¡Oh María! Si Tú no hubieras sido tan humilde, no habría descendido sobre ti el Espíritu Santo y no habrías llegado a ser Madre...” (San Bernardo). Del mismo modo, si yo no soy humilde, el Señor no me dará la gracia, el Espíritu Santo no descenderá sobre mí, y mi vida será estéril e infecunda. Haz, ¡oh Virgen Santa!, que tu humildad, tan agradable a los ojos de Dios, me alcance el perdón de mi orgullo y me conceda un corazón verdaderamente humilde.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La humildad de María (I)


¡Oh María, la más humilde entre todas las criaturas! Haz humilde mi corazón.

“No es difícil -dice San Bernardo- ser humilde en el silencio de una vida oscura, pero es raro y verdaderamente hermoso conservarse tales en medio de los honores”. María Santísima fue ciertamente la mujer más honrada por el Señor, la más elevada sobre las criaturas, y sin embargo, ninguna se ha rebajado y humillado tanto como Ella. Se diría que parece existir una porfía entre Dios y María: cuanto más la ensalza Dios, más se oculta María en su humildad. El Ángel la saluda “llena de gracia” y María “se turba” (Lc. 1, 28-29). Explica San Alfonso: “Se turbó porque, siendo tan humilde, aborrecía toda alabanza propia y deseaba que sólo Dios fuese alabado”. El Ángel le revela la sublime misión que le ha confiado el Altísimo, y María se declara “esclava del Señor” (Lc.1, 38). Su mirada no se detiene ofuscada en el honor inmenso que redundará en su persona por haber sido escogida entre todas las mujeres para ser Madre del Hijo de Dios, sino que contempla extasiada el misterio infinito de un Dios que quiere encarnarse en el seno de una pobre criatura. Si Dios quiere descender a tal profundidad como es hacerse Hijo suyo, ¿hasta dónde tendrá que descender y abajarse su pobre esclava? Cuanto más comprende la grandeza del misterio, la inmensidad del don divino, más se humilla ocultándose en su nada. Idéntica actitud sorprendemos en la Virgen cuando Isabel la saluda: “bendita entre todas las mujeres” (Lc. 42, 18). María no se extraña al oír estas palabras porque ya es Madre de Dios, sin embargo, queda fija y como enclavada en su profunda humildad: todo lo atribuye al Señor, cuya misericordia ensalza, confesando la bondad con que “ha mirado la bajeza de su esclava” (Ib. 48). Dios ha obrado en ella grandes cosas: lo sabe, lo reconoce, pero en lugar de gloriarse en su grandeza, todo lo dirige puramente a la gloria de Dios. Con razón exclama San Bernardo: “Así como ninguna criatura después del Hijo de Dios ha sido elevada a una dignidad y gracia iguales a María, del mismo modo ninguna ha descendido tanto en el abismo de la humildad”. Éste debe ser el efecto que han de producir en nosotros las gracias y los favores divinos: hacernos siempre más humildes, siempre más conscientes de nuestra nada.

“¡Oh Virgen, tallo glorioso! ¿Hasta qué sublime altura levantas tu corola? Hasta Aquél que está sentado en el trono, hasta el Señor de la Majestad. No me sorprende que llegues a tanta altura, porque sé que estás profundamente enraizada en la humildad. Dios te salve, María, llena de gracia. Verdaderamente llena de gracia, porque agradas a Dios, a los ángeles, a los hombres; a los hombres por tu maternidad, a los ángeles por tu virginidad, a Dios por tu humildad. Precisamente con tu humildad atraes la mirada del Señor, de Aquél que se inclina sobre los humildes, mientras mira desde lejos a los soberbios. Los ojos de Satanás se fijan en todo lo que es alto y soberbio, pero los ojos de Dios se fijan en todo lo que es bajo y humilde” (San Bernardo).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La Santa Misa (II)


El mejor modo de asistir a la santa Misa es aquel que nos hace participar en grado más elevado en la acción sublime que se realiza en el altar. Por eso es tan recomendable el método litúrgico que, haciendo recitar las mismas preces que dice el sacerdote, permite seguir más de cerca las varias partes del Santo Sacrificio. Pero, en vez de preocuparse de la integridad del rezo, que sólo obliga al sacerdote, es preferible que el alma capte el significado de las diversas oraciones, especialmente aquellas que acompañan los momentos principales de la santa Misa, como el Ofertorio, la Consagración, la Comunión. A pesar de ser optimo el método litúrgico, no es, sin embargo, el único. La Encíclica Mediator Dei advierte explícitamente que las necesidades y disposiciones de las almas “no son siempre iguales en todos ni siempre las mismas en cada individuo”. Por ejemplo, no es raro que, después de haber usado por largo tiempo y con mucho fruto el método litúrgico, algunas almas sientan necesidad de cerrar el misal para “gustar” más profundamente la sustancia de la Misa, para “penetrar” más adentro en ella. Evidentemente esto no es un retroceso, sino un adelanto. El alma siente necesidad, más que de atender distintamente a las diversas ceremonias y oraciones, “de ponerse en contacto íntimo con el Sumo Sacerdote” para asociarse internamente a su oferta, a su inmolación. En este caso el alma asiste a la santa Misa de modo más contemplativo que litúrgico, o sea con la que es la característica de la oración contemplativa. Sin necesidad de seguir el rito sagrado en cada una de sus partes, el alma fija la mente y el corazón con una mirada general que el amor hace penetrante, se adentra en una comprensión mayor del Santo Sacrificio, adquiere de él un “sentido” cada vez más profundo y se despierta en ella un deseo más eficaz de asociarse a él. Pero siempre será conveniente que de tanto en tanto vuelva a usar del misal, especialmente para seguir la liturgia de las fiestas y domingos, y en él descubrirá nuevas luces, nuevos sentimientos que le ayudarán a captar mejor la sustancia del Santo Sacrificio.

“¿Qué daré al Señor por todo el bien recibido de Él? Alzaré al cielo el cáliz de la salvación. Sí, ¡Dios mío!, tomaré este cáliz enrojecido con la sangre de mi Maestro, y en agradecimiento, mezclaré alegremente mi sangre con la de la Víctima santa. Así mi sacrificio será infinito y podrá darte, ¡oh Padre!, una alabanza grandiosa. Así mi sufrimiento se convertirá en un mensaje de tu gloria. Jesús, dígnate identificarme tan perfectamente contigo que pueda representarte continuamente ante los ojos del Padre. Cuando viniste al mundo dijiste: "Heme aquí, ¡oh Padre!, vengo a hacer tu voluntad". Haz que esta oración sea el latido de mi corazón. Tú que te diste por entero para cumplir la voluntad del Padre, haz que esa voluntad sea mi alimento y al mismo tiempo la espada que me inmole, y así, junto a Ti, Maestro adorado, saldré alegremente en busca de cualquier sacrificio, gozándome de haber sido reconocida por el Padre, pues Él me crucifica juntamente contigo” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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