Eucaristía - Misterio de amor (II)


El plan de amor infinito, que quiere unir a los hombres con Dios, que le quiere hacer participantes de la naturaleza y vida divinas, encuentra su última y máxima realización en la Eucaristía. Efectivamente, en la Hostia consagrada no tenemos sólo el Cuerpo, Sangre y Alma de Cristo, sino también su Divinidad de Hijo de Dios, y por lo tanto toda la Divinidad. ¿Qué medio más poderoso que esté podía encontrar Dios para unirnos a Él, para hacernos partícipes de su naturaleza y de su vida? ¿Qué alimento más vivífico que el Cuerpo de Cristo, el cual, por su unión personal con el Verbo, es la fuente de la vida y de la gracia? Dándosenos en Manjar, Jesús nos alimenta con su sustancia, nos asimila a sí, nos comunica personalmente la vida divina. También mediante los otros sacramentos nos da Jesús la gracia y, por ende, nos da parte de la vida divina. Pero en ellos está solo su acción, o sea, en el momento que el Sacramento se completa -por ejemplo, en el acto en que el sacerdote nos absuelve de los pecados- Jesús, con su virtud operativa produce en nosotros la gracia. En la Eucaristía, por el contrario, está Jesús mismo, hecho sacramento, que viene personalmente a nosotros en la integridad de su Persona de Hombre-Dios. Recibiendo la Hostia santa, no tenemos sólo la acción de Cristo en nuestra alma, sino que tenemos su misma Persona real y físicamente presente; no tenemos sólo un aumento de gracia, sino al mismo Jesús, fuente de gracia; no tenemos sólo una nueva participación de la vida divina, sino que tenemos al Verbo encarnado que nos arrastra consigo al seno de la Divinidad.

Además, mientras que el alimento material es asimilado por el que lo come y se transforma en su cuerpo y sangre, Jesús, alimento vivífico, tiene el poder de asimilarse a los que de Él se alimentan, y de transformarlos en sí. “La comunión del Cuerpo y de la Sangre de Cristo -dice San León-, no tiene otro objeto que mudarnos en lo que comemos”; y San Juan Crisóstomo especifica: “Cristo se ha unido de tal modo a nosotros, que llega como a fundir en uno su Cuerpo con el nuestro, de modo que nosotros seamos una cosa con Él; y esto es propio de los que aman ardientemente”.

“¡Oh Manjar de los ángeles, suma y eterna pureza! Tú requieres y deseas tanta pureza en el alma que te recibe en este dulcísimo Sacramento, que, si posible fuera, los ángeles mismos deberían purificarse delante de tan gran misterio. Pues ¿cómo se purificará mi alma? En el fuego de tu caridad, ¡oh Dios eterno!, lavando su faz en la Sangre de tu Hijo Unigénito. ¡Oh miserable alma mía! ¿Cómo acudes a misterio tan grande sin la suficiente purificación? Me despojaré, pues, de la vestidura mal oliente de mi voluntad y me vestiré, ¡oh Señor!, de tu voluntad eterna” (Santa Catalina de Siena)

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de amor (I)


¡Oh Jesús! Ayúdame a penetrar el misterio del amor infinito que te ha movido a hacerte nuestra comida y nuestra bebida.

Toda la actividad de Dios a favor de los hombres es actividad de amor, se resuelve en un inmenso misterio de amor que le lleva a Él, bien sumo e infinito, a levantar al hombre hasta sí, haciéndole partícipe de su naturaleza divina, comunicándole su propia vida. Precisamente para comunicar la vida divina a los hombres, para unir a los hombres con Dios, se ha encarnado el Verbo, y en su Persona la Divinidad se ha unido a la Humanidad del modo más pleno y perfecto. Se ha unido directamente a la Humanidad santísima de Jesús y, mediante ella, a todo el género humano. En virtud de la Encarnación del Verbo, todo hombre -justamente mediante la gracia merecida por el Verbo encarnado- tiene derecho de llamar a Jesús hermano suyo, de llamar a Dios su Padre y de aspirar a la unión con Él. El camino de la unión a Dios queda de este modo abierto al hombre: el Hijo de Dios, encarnándose y muriendo luego en la Cruz, no sólo ha quitado los obstáculos de esta unión, sino que ha proporcionado todos los medios para ella, y hasta Él mismo se ha hecho camino: uniéndose a Él, el hombre se unirá a Dios. Y en este punto es cuando el amor de Jesús, rebasando toda medida, ha querido encontrar el medio de unirse a cada uno de nosotros del modo más íntimo y personal, y lo ha hecho mediante la Eucaristía. Haciéndose nuestro alimento, Jesús nos hace una sola cosa consigo, y de este modo nos da parte, del modo más directo posible, en su vida divina, en su unión con el Padre y con la Trinidad. En la Encarnación el Hijo de Dios, asumiendo nuestra carne se unió de una vez para siempre al género humano; en la Eucaristía el hijo de Dios hecho hombre continúa uniéndose a cada hombre en particular. Comprendemos así como la Eucaristía, según el pensamiento de los Santos Padres, puede ser verdaderamente “considerada como una continuación y una extensión de la Encarnación; por ella la sustancia del Verbo encarnado se une a cada hombre”.

“¡Oh Trinidad eterna! ¡Oh fuego y abismo de caridad! ¿Qué utilidad se te derivó de nuestra redención? Ninguna; porque Tú no tienes necesidad de nosotros, que eres nuestro Dios. ¿A quién fue útil? Solamente al hombre, ¡Oh inestimable caridad! Igual que te diste todo a nosotros, todo Dios y todo Hombre, así te quedaste todo en alimento, para que, mientras seamos peregrinos en esta vida, no desfallezcamos de cansancio, sino que seamos fortalecidos por Ti, Manjar celestial. ¡Oh hombre! ¿Qué es lo que te ha dejado tu Dios? Se te ha dejado a sí mismo entero, todo Dios y todo Hombre, velado bajo la blancura del pan. ¡Oh fuego de amor! ¿No te bastaba habernos creado a imagen y semejanza tuya, y habernos vuelto a crear por la gracia mediante la Sangre de tu Hijo, sin necesidad de darte entero, Dios, Esencia divina, a nosotros en alimento? ¿Quién te ha obligado a ello? No otra cosa que tu caridad. Y del mismo modo que Tú no nos enviaste y diste para nuestra redención a sólo el Verbo, así no nos dejaste a Él sólo en alimento, sino, como loco de amor por tu criatura, nos dejaste toda la Esencia divina. Y no solo, ¡oh Señor!, te entregaste a nosotros, sino que, alimentándonos con este Manjar divino, nos haces fuertes con tu poder contra las batallas de los demonios, contra las injurias de las criaturas, contra las rebeliones de nuestra carne, contra toda angustia y tribulación de cualquier lado que venga” (Santa Catarina de Siena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

San Mateo, se levantó y lo siguió


“Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y le siguió” (Mt 9, 9). Para imaginar esta escena basta recordar el magnífico lienzo de Caravaggio, que se conserva aquí, en Roma, en la iglesia de San Luis de los Franceses.

Una reflexión surge de la narración evangélica: Mateo responde inmediatamente a la llamada de Jesús: “Él se levantó y lo siguió”. La concisión de la frase subraya claramente la prontitud de Mateo en la respuesta a la llamada. Esto implicaba para él abandonarlo todo, en especial una fuente de ingresos segura, aunque a menudo injusta y deshonrosa. Evidentemente Mateo comprendió que la familiaridad con Jesús no le permitía seguir realizando actividades desaprobadas por Dios.

Se puede intuir fácilmente su aplicación también al presente: tampoco hoy se puede admitir el apego a lo que es incompatible con el seguimiento de Jesús, como son las riquezas deshonestas. En cierta ocasión dijo tajantemente: “Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mt 19, 21). Esto es precisamente lo que hizo Mateo: se levantó y lo siguió. En este “levantarse” se puede ver el desapego de una situación de pecado y, al mismo tiempo, la adhesión consciente a una existencia nueva, recta, en comunión con Jesús.

Recordemos, por último, que la tradición de la Iglesia antigua concuerda en atribuir a san Mateo la paternidad del primer Evangelio. Esto sucedió ya a partir de Papías, obispo de Gerápolis, en Frigia, alrededor del año 130. Escribe Papías: “Mateo recogió las palabras (del Señor) en hebreo, y cada quien las interpretó como pudo”. El historiador Eusebio añade este dato: “Mateo, que antes había predicado a los judíos, cuando decidió ir también a otros pueblos, escribió en su lengua materna el Evangelio que anunciaba; de este modo trató de sustituir con un texto escrito lo que perdían con su partida aquellos de los que se separaba”.

Ya no tenemos el Evangelio escrito por san Mateo en hebreo o arameo, pero en el Evangelio griego que nos ha llegado seguimos escuchando todavía, en cierto sentido, la voz persuasiva del publicano Mateo que, al convertirse en Apóstol, sigue anunciándonos la misericordia salvadora de Dios. Escuchemos este mensaje de san Mateo, meditémoslo siempre de nuevo, para aprender también nosotros a levantarnos y a seguir a Jesús con decisión.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 30 de agosto de 2006

Práctica de la presencia de Dios (II)


El modo de presencia de Dios especialmente aconsejado por Santa Teresa a los que aspiran a la intimidad divina, es ese que encamina a poner las almas en contacto continuo con el Dios que vive dentro de ellas. “Aun en las mismas ocupaciones -dice la Santa- debemos retirarnos a nosotros mismos; aunque sea por un momento solo, aquel recuerdo de que tengo compañía dentro de mí es gran provecho”. Podría oponerse que este método es más apto para los solitarios que para quien vive en trato con otros, y sin embargo la Santa lo aplica precisamente a este caso postrero de modo práctico y sencillo: “si hablare, procurar acordarse que hay con Quien hable dentro de sí mismo; si oyere, acordarse que ha de oír a Quien más cerca le habla. En fin, traer cuenta que puede, si quiere, nunca apartarse de tan buena compañía... Si pudiere, lo recuerde muchas veces en el día, si no, sea pocas”.

Cualquier profesional o trabajador puede adoptar este método en sus relaciones con el prójimo. Y nada le impide aplicarlo también en sentido inverso, o sea, a la presencia de Dios en el alma ajena. Si con su gracia no está presente en todos los hombres, sin embargo, en todos está con su esencia, como Creador y Conservador de su ser. Por eso un profesor puede considerar a Dios presente en sus alumnos; un médico o enfermera en los enfermos; un hombre de negocios o una modista en sus clientes, y lo mismo en cualquier otra persona. Esto nos inspirará pensamientos de benevolencia, de caridad, de respeto a todos aquellos con quienes tratamos, y nos inclinará a servirles no sólo por la ganancia personal, ni por el sentimiento del deber, sino por el honor y gloria de Dios que creemos mora en ellos. En resumidas cuentas, se trata de buscar, servir, amar a Dios presente en nuestros hermanos. Este ejercicio, añadido al que nos propuso Santa Teresa, nos ayudará eficazmente a sostener relaciones continuas con Dios, ya presente en nuestra alma, ya en la de nuestro prójimo. “Si os acostumbráis a traerle cabe vos -dice la Santa- y Él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contentarle, no le podréis, como dicen, echar de vos, no os faltará para siempre”.

“Haced, ¡Dios mío!, que mi alma sea un pequeño paraíso donde puedas reposarte deliciosamente; ayúdame a quitar de ella todo lo que pudiera herir tu mirada divina. Y después, que viva yo en este cielo pequeño siempre contigo. Donde quiera me halle y cualquier cosa que hiciere, Tú no me dejes nunca; que siempre quede contigo: que en cada hora del día y de la noche, en todo gozo y pena, en el trabajo y en cada acción sepa encontrarte en mí.

¡Dios mío, Trinidad santa! Sé Tú mi morada, mi nido, la casa paterna de la que nunca salga. Que quede en Ti no por un instante, o por algunas horas pasajeras, sino de modo permanente, habitual. Que ore en Ti, en Ti adore, ame en Ti, sufra en Ti, trabaje, obre en Ti. Permanezca en Ti al presentarme a cualquier persona o cosa, al entregarme a cualquier deber, introduciéndome cada vez más adentro en tus divinas profundidades. Haz, Señor, que cada día adelante en este sendero que conduce a Ti, que me deje deslizar por este declive con confianza llena de amor” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

La doctrina de San Gregorio Magno


Quiero comentar la extraordinaria figura del Papa san Gregorio Magno para recoger luces de su rica enseñanza. A pesar de los múltiples compromisos vinculados a su función de Obispo de Roma, nos dejó numerosas obras de las que la Iglesia, en los siglos sucesivos, se ha servido ampliamente.

Haciendo un rápido repaso a estas obras debemos observar, ante todo, que en sus escritos san Gregorio jamás se muestra preocupado por elaborar una doctrina “suya”, una originalidad propia. Más bien trata de hacerse eco de la enseñanza tradicional de la Iglesia; sólo quiere ser la boca de Cristo y de su Iglesia en el camino que se debe recorrer para llegar a Dios. Al respecto son ejemplares sus comentarios exegéticos. Fue un apasionado lector de la Biblia, a la que no se acercó con pretensiones meramente especulativas: el cristiano debe sacar de la sagrada Escritura -pensaba- no tanto conocimientos teóricos, cuanto más bien el alimento diario para su alma, para su vida de hombre en este mundo.

En las Homilías sobre Ezequiel, por ejemplo, insiste mucho en esta función del texto sagrado: acercarse a la Escritura sólo para satisfacer un deseo de conocimiento significa ceder a la tentación del orgullo y exponerse así al peligro de caer en la herejía. La humildad intelectual es la regla primaria para quien trata de penetrar en las realidades sobrenaturales partiendo del Libro Sagrado. La humildad, obviamente, no excluye el estudio serio; pero para lograr que este estudio resulte verdaderamente provechoso, permitiendo entrar realmente en la profundidad del texto, la humildad resulta indispensable. Sólo con esta actitud interior se escucha realmente y se percibe por fin la voz de Dios. Por otro lado, cuando se trata de la Palabra de Dios, comprender no es nada si la comprensión no lleva a la acción. En estas homilías sobre Ezequiel se encuentra también la bella expresión según la cual “el predicador debe mojar su pluma en la sangre de su corazón; así podrá llegar también al oído del prójimo”. Al leer esas homilías se ve que san Gregorio escribió realmente con la sangre de su corazón y, por ello, nos habla aún hoy a nosotros.

San Gregorio desarrolla también este tema en el Comentario moral a Job. Siguiendo la tradición patrística, examina el texto sagrado en las tres dimensiones de su sentido: la dimensión literal, la alegórica y la moral, que son dimensiones del único sentido de la sagrada Escritura. Sin embargo, san Gregorio atribuye una clara preponderancia al sentido moral. Desde esta perspectiva, propone su pensamiento a través de algunos binomios significativos -saber-hacer, hablar-vivir, conocer-actuar- en los que evoca los dos aspectos de la vida humana que deberían ser complementarios, pero que con frecuencia acaban por ser antitéticos. El ideal moral -comenta- consiste siempre en llevar a cabo una armoniosa integración entre palabra y acción, pensamiento y compromiso, oración y dedicación a los deberes del propio estado: este es el camino para realizar la síntesis gracias a la cual lo divino desciende hasta el hombre y el hombre se eleva hasta la identificación con Dios. Así, el gran Papa traza para el auténtico creyente un proyecto de vida completo; por eso, en la Edad Media el Comentario moral a Job constituirá una especie de Summa de la moral cristiana.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 4 de junio de 2008

Mater Dolorosa


Grande como el mar es tu quebranto.

Si cuanto mayor es el amor, tanto mayor es el dolor que experimenta el corazón al ver sufrir a la persona amada, ¿cuál no sería el dolor de la Virgen Nuestra Señora al ver a su Hijo tan lleno de dolores en el madero de la cruz? Porque su amor a Jesucristo es el amor de la más tierna de las madres para con su hijo, de la más santa entre las criaturas para con su Dios.

Amor de madre. No hay amor en el mundo que lo pueda igualar. Una madre vive, sufre, se regocija en su hijo como si fuera en sí misma. Dios que, al crear a María, la destinaba para ser Madre, y Madre del Verbo encarnado, le dio un corazón tan noble, tan delicado y perfecto, que ninguno de esos sentimientos más o menos desarreglados que agitan el corazón de las demás madres, se halló jamás en él. Amó siempre y únicamente lo que debió amar. Por otra parte, ningún hijo ofreció tantos alicientes al amor de una madre, ya desde el punto de vista de las dotes personales, ya también por los incomparables favores que Ella había recibido de Jesús. ¿Hay acaso uno solo de sus privilegios que no se funde y apoye como principio o como consecuencia de su divina maternidad? Ella, pues, le amaba como a su Hijo, y como al más amable de los hijos.

Más aún: le amaba como a su Dios. A las llamas del amor maternal juntábanse en su corazón los ardores de la divina caridad. Y ésta fue tal, que ya desde el primer instante de su concepción superó en amor a Dios a los más abrasados serafines. Con este corazón amaba María a su Hijo y a su Dios. Por aquí podremos sondear el abismo de dolor en que vio sumida su alma en todo el transcurso de la Pasión de su Hijo.

Cuando llegó a sus oídos lo que había pasado durante la noche en el huerto de los Olivos y en casa de Caifás, ¡oh, cómo sentiría no haber estado con Jesús para enjugarle el sudor de sangre, consolarle y compensar con sus adoraciones y ternura tantos ultrajes y tanta brutalidad! Apresúrase a ir en su busca... Ve a la muchedumbre que se abalanza hacia el Pretorio al saber la noticia de que va a ser azotado...

Oye los golpes de los azotes que recibe el cuerpo del Hijo... Más tarde el ruido de los martillos que hunden los clavos en sus manos... Al fin le contempla clavado en la cruz... Aquí es donde llegan al colmo sus dolores. Ya no se trata, como en la circuncisión, de algunas gotas de sangre que Ella podía restañar, sino de toda su sangre, que mana de numerosas y profundas heridas, y no sólo no puede proporcionarle ningún alivio, sino que, por el contrario, su presencia le causa mayor tormento...

Contempla al Hijo y contempla a la Madre... ¡Qué comunicación de amarguras! ¡Qué flujo y reflujo de dolores entre esas dos almas que, comprendiéndose de una manera tan admirable, se hieren la una a la otra a causa de un recíproco amor! Son dos hogueras cuyas llamas se entremezclan y se avivan mutuamente; dos víctimas que se inmolan en el mismo altar...

Mezclemos nuestro dolor y nuestras lágrimas a las de esta Madre desconsolada arrepintiéndonos de haber sido la causa de su profunda aflicción; pero al mismo tiempo busquemos allí los motivos de los más dulces consuelos.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés S.J., Horas de luz

Práctica de la presencia de Dios (I)


¡Señor, que viva siempre en tu presencia, con la mirada interior puesta en Ti!

Tanto más fácil resulta la vida de continua oración cuanto más viva conserva el alma durante el día la presencia de Dios. Sabemos que Él está siempre en nosotros, que vivimos, nos movemos y somos en Él; pero aunque en las horas de oración procuramos avivar el convencimiento de esta gran realidad, tornando a las ocupaciones ordinarias, desaparece o se amengua esa presencia de ánimo y con frecuencia advertimos que obramos como si Dios no estuviera presente.

Y el ejercicio de la presencia de Dios consiste en esforzarse por que el Señor esté presente a nuestra mente y corazón, aun en medio de nuestros trabajos. Dicha práctica la podemos realizar de varios modos: sirviéndonos de objetos externos, como una imagen, un crucifijo que llevamos con nosotros o tenemos sobre la mesa de trabajo, cuya vista suscitará en nosotros el recuerdo de Dios; o también valiéndonos del pensamiento para representarnos interiormente al Señor cercano a nosotros, cosa que responde a la realidad, pues si bien la Humanidad de Jesús no mora de continuo en nuestras almas, ejerce sin embargo influjo ininterrumpido y físico en ellas por la comunicación de la gracia. Con razón podemos por eso concebir esta acción de Jesús en nuestra alma como una compañía incesante. Otro modo de conservar vivo el recuerdo de Dios, es hacer un acto de fe, cultivando, por ejemplo, la idea de la inhabitación de la Santísima Trinidad en nosotros, tratando de hacerlo todo en honor de estos divinos Huéspedes. También puedo considerar mis obligaciones como otras tantas manifestaciones de la divina voluntad, e intentar unirme a ella cuando las cumplo; o ejercitarme en “ver” a la luz de la fe, y por lo tanto dispuestas por la divina Providencia para mi bien, todas las circunstancias de la vida. Esto me animará a abrazar todo con gusto, repitiendo sin cesar al Padre eterno: estoy contento con todo lo que por mí haces.

“Señor, sea este mi lema: ¡Tú en mí y yo en Ti! ¡Qué bella es tu presencia en mí, en el santuario interno de mi alma! Haz que mi ocupación continua sea adentrarme en mi interior para perderme en Ti, para vivir junto contigo. Te siento tan vivamente en mi alma que me basta recogerme para encontrarte aquí, dentro de mí; y esa es toda mi felicidad.

¡Oh Señor, que viva contigo como amigo! Ayúdame a tener despierta mi fe y unirme a Ti a través de todas las cosas. Llevo el cielo en mi alma, pues Tú que sacias a los bienaventurados en la visión eterna, te me das en fe y ocultamente” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de esperanza (II)


Alimentando en nosotros la vida de Cristo, la Eucaristía alimenta una vida que no tiene término; uniéndonos a Él, que es la Vida, nos redime de la muerte. En efecto, Jesús dijo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré en el último día” (Jn. 6, 55). Notemos que dice: tiene la vida eterna, más bien que tendrá, porque la Eucaristía, acreciendo en nosotros la gracia -que es la semilla de la gloria- viene a sernos verdadera fuente de vida eterna. Y esto no sólo para el alma, sino también para el cuerpo: “La Hostia divina, le comunica el germen de la futura resurrección; el Cuerpo inmortal de Cristo, dice León XIII, infunden [en nuestro cuerpo] una semilla de inmortalidad que un día brotara y dará su fruto” (Encíclica Mirae caritatis). Considerado a esta luz, el Sacramento de la Eucaristía es verdaderamente el Sacramento de la esperanza: esperanza de la gloria celestial, de la visión beatífica, en que nuestra “comunión” con Cristo no tendrá fin. La “comunión” eterna empieza aquí abajo precisamente con la Comunión eucarística que es su preludio, su prenda y, en cierto modo, hasta su anticipación. Más también para la vida presente, en especial para cuanto se refiere a nuestro progreso espiritual, es la Eucaristía motivo de esperanza y confianza. En efecto, aumentando en nosotros la gracia, aumenta también la caridad, y, creciendo ésta, las pasiones quedan reprimidas: el aumento de la caridad -afirma San Agustín- es debilitación de las pasiones, y su perfección es supresión de las mismas. Si en ocasiones la lucha contra algún defecto o tentación se hace más violenta y difícil, si, a pesar de nuestros esfuerzos, no logramos vencer del todo la naturaleza, confiemos en la Eucaristía: Jesús viniendo a nosotros puede calmar toda tempestad y darnos la fuerza para ganar cualquier batalla. “La carne castísima de Jesús, enseña San Cirilo de Alejandría, reprime la insolencia de nuestra carne; efectivamente, Cristo, residiendo en nosotros, apacigua la ley de la carne que se ceba en nuestros miembros. La Eucaristía es, pues, nuestra esperanza para la vida presente y para la futura; nos sostiene en las adversidades, nos fortifican en la lucha por la virtud, nos guarda para la vida eterna y nos conduce a ella suministrándonos el viático necesario para el viaje”

“¡En ti, oh Jesús Sacramentado, manjar celestial, están encerrados todos los bienes! Y ¿qué otra cosa puede el alma desear cuando contiene en sí Aquél que contiene todas las cosas? Si deseo caridad, teniendo en mí al que es la caridad perfecta, vengo a tener la perfección de la caridad, y así por manera semejante de la fe, de la esperanza, de la pureza, de la paciencia, de la humildad y de la mansedumbre; porque Tú, ¡oh Cristo!, gracias a este Manjar, produces en el alma todas las virtudes. Y ¿qué otra cosa puedo querer y desear, si todas las virtudes, los dones y gracias que ansío están reunidas en Ti, ¡oh Señor!, que estás realmente bajo las especies sacramentales, como estás en realidad en el Cielo a la diestra del Padre? Teniendo, pues, y poseyendo un bien tan grande, nada más quiero, nada más deseo, nada más ansío” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Eucaristía - Misterio de esperanza (I)


Haz que yo tenga hambre de Ti, Pan de los Ángeles, prenda de la gloria futura.

Jesús dijo: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Si alguno come de este pan, vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi Carne para la vida del mundo”. Este discurso no agradó a los judíos, que se pusieron a discutir contradiciendo las palabras del Maestro; pero Él replicó con más énfasis: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis su Sangre, no tendréis la vida en vosotros” (Jn. 6, 51-54). Las palabras son perentorias y no admiten suerte de duda: quien quiere vivir ha de comer el Pan de vida. Jesús ha venido a traer la vida al mundo, la vida sobrenatural de la gracia que ha sido dada a nuestras almas mediante el Bautismo; y nos ha sido dada precisamente porque dicho sacramento nos ha injertados en Cristo, de modo que de Él, de su plenitud, hemos recibido esta vida. Pero dicha vida ha de ser alimentada, y nuestra inserción en Cristo debe ser cada vez más profunda. Precisamente con este objeto ha querido Jesús venir a nosotros con todo su ser de Hombre-Dios, y ha querido hacerse el pan de nuestra vida sobrenatural, el pan de nuestra unión con Él. “Muchas madres -dice San Juan Crisóstomo- dan a nodrizas los hijos que ellas han traído al mundo. Jesús no ha obrado así, sino que nos nutre Él mismo con su propia Sangre y nos incorpora absolutamente a sí”. Como el Bautismo es el sacramento que nos injerta en Cristo, la Eucaristía es el sacramento que alimenta en nosotros la vida de Cristo, que torna cada vez más estrecha e íntima nuestra unión con Él, que llega hasta transformarnos en Él. “Al modo que si se vierte cera derretida encima de otra cera, se sigue necesariamente que la una se confunde totalmente con la otra, así quién recibe la Carne y la Sangre del Señor se une de tal manera a Él, que Cristo reside en él y él en Cristo” (San Cirilo de Jerusalén).

¡Oh Padre celestial! Nos has dado a tu Hijo y nos lo has enviado al mundo por sola tu voluntad. Y Tú, Jesús mío, por la tuya propia quieres ahora no desampararnos, sino estarte aquí con nosotros para más gloria de tus amigos. Esta es la razón por qué Tú, Padre celestial, nos has dado este Pan sacratísimo, este mantenimiento y maná de la Humanidad de Jesús; “que le hallamos como queremos y que, si no es por nuestra culpa, no nos moriremos de hambre”. Alma mía, encontrará siempre en el Santísimo Sacramento, de todas cuántas maneras quisieres comer, sabor y consolación, y después de haber comenzado a gustar al Salvador, no habrá trabajo ni persecución que no sea fácil de pasar. “Es como si entra un criado a servir; tiene cuenta con contentar a su señor en todo. Mas él está obligado a dar de comer al siervo mientras está en su casa y le sirve... Pues no sería bien andar el criado pidiendo de comer, pues sabe tiene cuidado su amo de dárselo y le ha de tener. Con razón le dirá que se ocupe él en servirle y en cómo le contentar, que por andar ocupado el cuidado en lo que no le ha de tener no hace cosa a derechas. Tenga quién quisiere cuidados de pedirle el pan material. Nosotros pidamos al Padre Eterno merezcamos recibir nuestro Pan celestial de manera que, ya que los ojos del cuerpo no se pueden deleitar en mirarle por estar tan encubierto, se descubra a los del alma y se le dé a conocer, que es otro mantenimiento de contentos y regalos y que sustenta la vida” (Santa Teresa de Jesús).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Vida de oración (II)


Como la oración no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho, así la vida de ininterrumpida plegaria consiste más en el amor que en el pensamiento. Sin embargo, es necesaria cierta actividad discursiva, sea para encaminar el corazón a Dios, ya para mantenerlo en esa dirección.

El alma que pone interés en hacer la oración mental, fácilmente atesorará en ella pensamientos buenos que le servirán durante el día para tener el corazón ocupado en Dios; por eso será útil que con frecuencia procure durante sus ocupaciones renovar tales ideas y hacerlas vida práctica.

Si, por ejemplo, hemos considerado en la oración la misericordia infinita de Dios, durante el día procuremos que esa idea nos acompañe en nuestras labores, descubriendo en las varias circunstancias que salgan al paso otros tantos rasgos de esa misericordia. Pues muchos acontecimientos que, desde un punto de vista humano, son desagradables y penosos, esconden en la realidad verdaderas misericordias del Señor que quiere despegarnos de las criaturas, hacernos ejercitar la virtud, adelantar en el bien, mediante los dolores, las fatigas y molestias de la vida. Por otra parte, procuremos imitar la misericordia divina en nuestro trato con el prójimo. “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc. 6, 36).

Si nuestra oración transcurrió envuelta en sequedad, sin inspirarnos pensamiento alguno determinado, sino solamente en convencimiento profundo de nuestra nada y de la infinita grandeza de Dios, sacaremos provecho de ella esforzándonos durante el día en cumplir nuestras obligaciones con espíritu de humildad y de obsequio al Señor, contentos de que se ofrezca alguna ocasión de humillarnos, de reconocer nuestra pequeñez delante de las criaturas y de exaltar, por el contrario, las grandezas del Señor.

De este modo la oración no será un acto aislado en el programa de cada día, sino que penetrará lo íntimo de cada obra, confiriendo a cada acción y circunstancia sentido de plegaria continua.

“¡Dios mío! Si tu amor me embriagara, no buscaría en todas las cosas sino el modo de servirte con mayor diligencia y perfección, y con generosidad de corazón me esforzaría en hacer sólo lo que más te agrada, negando en todo y por todo mi voluntad.

Concédeme, Señor, tan grande fervor, y un amor tan sin medida que no haga diferencia entre vida y vida, estado y estado, persona y persona, tiempo y tiempo, lugar y lugar, sino que de todos modos y en todo procure hacer lo que te agrada, suspirando siempre por Ti con el afecto de mi alma. Haz que vea todas las cosas en Ti y que en todas ellas no vea sino a Ti, ansioso y anhelante de servirte en todo; y encendido, abrazado de amor no considere nunca lo que para mí es más fácil o cómodo, si no lo que es más agradable a Ti.

Concédeme, Señor, imitar a los espíritus angélicos que no cesan de contemplarte, aun cuando están en nuestra compañía. Haz que sirva y trate a mis hermanos viéndote en ellos y ofrezca mi ayuda al prójimo presentándote a Ti mi corazón. Y si me olvido de este buen ejercicio, ayúdame a tornar a él, de modo que pueda servirte siempre con el corazón fijo en Ti” (San Buenaventura).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Consagrarse al Sagrado Corazón (II)


Cuando se habla de consagración total al Sagrado Corazón, no ha de entenderse de la consagración que se hace a Dios mediante los votos religiosos -cosa reservada sólo a unos pocos-, sino de esa consagración total que Jesús mismo en el Evangelio propone a todos, y que cada uno está obligado a practicar según su estado. “Ama a tu Dios -te dice Jesús- con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza” (Mc. 12,30); con esta repetición de “todo” te exige un amor total, y por eso exige también la entrega total de ti mismo, o sea, exige que te entregues a Él y a su servicio, no a medias, sino plenamente. El camino para realizar esto, para demostrar con hechos la veracidad de tu amor y de tu entrega total, te lo indica también Jesús: “Si me amas, guarda mis mandamientos” (Jn 14, 15). No vayas, pues, lejos en busca de modos y formas particulares para actuar tu devoción al Sagrado Corazón, no la hagas consistir en cosas excepcionales o extraordinarias, aprende más bien a encontrarla muy cerca de ti: en la vida cotidiana concreta. Consagrarte totalmente al Sagrado Corazón quiere decir tomar sus mandamientos, su voluntad, sus deseos y sus gustos como norma de tu vida, siempre pronto a renunciar a tu voluntad y a tus gustos cuando discrepen de los suyos. Son muchos los cristianos que se consagran al Sagrado Corazón, pero son pocos los que viven su consagración y la viven plenamente. La mayoría la viven a medias, es decir, saben preferir la voluntad de Jesús a la propia cuando el obrar diversamente sería pecado mortal, pero cuando se trata de pecados veniales, y más aún si de imperfecciones, no tienen escrúpulos de contrariar al Corazón de Jesús y de obrar a su talante. Pero Jesús busca amigos más fieles, busca almas que vivan su consagración hasta el punto de no preferir jamás un deseo o un gusto personal a sus deseos y gustos. ¿No quieres ser de éstos? “Hijo, dame tu corazón”-te repite Jesús-; y añade: “dámelo totalmente, viviendo enteramente según mi Corazón”.

“Enséñame, amabilísimo Salvador, el perfecto olvido de mí mismo, porque éste es el camino que puede permitirme entrar en tu adorable Corazón; y pues que en adelante lo haré todo por Ti, haz que sea digno de Ti cuanto yo haga. Enséñame lo que debo hacer para llegar a la pureza de tu amor; pero dame este amor, dámelo ardentísimo y generosísimo. Dame esa profunda humildad sin la cual nadie puede agradarte, cumple en mí todos tus santos deseos” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Consagrarse al Sagrado Corazón


La devoción al Corazón Sagrado desemboca espontáneamente en un acto de consagración, mediante el cual la criatura quiere darse toda al Dios que tanto la ha amado. Consagrarse al Sagrado Corazón -enseña León XIII- “quiere decir entregarse, unirse a Jesucristo, por todo el honor, todo el homenaje; toda la piedad para con el Sagrado Corazón se endereza, en realidad, a Jesús mismo”. Y Pío XI explica en qué consiste dicho acto: “con esta piadosa consagración nos ofrecemos al Corazón de Jesús a nosotros mismos y todas nuestras cosas, reconociendo que la hemos recibido de la eterna caridad de Dios”.

Amar y darse: “amar es darlo todo, es darse aún a sí mismo”, ha cantado Santa Teresa del Niño Jesús. El amor, cuando es verdadero, tiene necesidad de la entrega total, y en esta entrega total a Dios, el alma amante encuentra su paz y su descanso. El grito enardecido de San Pablo: “El amor de Cristo nos apremia”, se resuelve en su magnífico “que los vivos no vivan ya para sí mismos, sino para Aquel que por ellos murió” (II Cor. 5, 14-15). Sí, la caridad de Cristo nos constriñe a que no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Aquel que ha muerto por nosotros. Quien se consagra a una persona, se entrega todo a ella, no se pertenece más, no puede vivir más para sí mismo; sus gustos, sus intereses y sus deseos deben ceder el puesto a los gustos, intereses y deseos de aquel a quien se ha entregado y a quién ahora pertenece. Este es el significado profundo de la consagración al Sagrado Corazón, consagración que, lejos de reducirse a recitar una fórmula, debe apoderarse de toda nuestra persona, de nuestra vida y de nuestras aptitudes, empeñando todo nuestro ser y nuestro haber en el servicio del Divino Corazón.

“¡Corazón adorable de mi amabilísimo Jesús! ¿Qué has encontrado en mí de bueno para llegar a amarme sin medida, aun cuando mi corazón, manchado con mil culpas, no manifestaba hacia Ti más que indiferencia y esquivez? Las grandes pruebas de amor que Tú me has dado aun cuando yo no te amaba, me facultan a esperar que aceptarás gustoso las de mi amor. Acepta, pues, amabilísimo Salvador, el deseo que tengo de consagrarme enteramente al honor y a la gloria de tu Corazón santísimo; acepta el don que te presento de todo cuanto soy; te consagro mi persona, mi vida, mis acciones, penas y sufrimientos, queriendo ser en lo sucesivo una víctima consagrada a tu gloria, abrazada al punto y consumida un día enteramente por las sagradas llamas de tu amor. Te ofrezco, pues, ¡oh Señor y Dios mío!, mi corazón con todos sus sentimientos, porque deseo que toda mi vida sea perfectamente conforme a los sentimientos del tuyo. Heme aquí, pues, ¡oh Señor!, que soy toda de tu Corazón; heme aquí toda tuya, ¡oh Dios mío! ¡Qué grandes son tus misericordias para conmigo!... Adorable Salvador, recibe también mi consagración como desagravio por la ofensa que no he cesado de hacerte hasta ahora, correspondiendo tan mal a tu amor. Reconozco que te doy bien poca cosa, pero al menos quiero darte todo cuando poseo y sé que Tú deseas; por eso, consagrándote mi corazón, te lo doy para no recobrarlo más”(Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Vida de oración (I)


¡Señor, que te busque no sólo en algunas horas o momentos del día, sino en todos los instantes de mi vida!

El alma que anhela una vida de intimidad con Dios no se contenta limitando su trato con Él al tiempo de la oración, sino que procura prolongarlo durante la jornada. Es ése un deseo más que legítimo, porque quien ama aspira a contactos cada vez más estables y continuos con la persona amada. Eso mismo le pasa al alma que ama a Dios; lo cual es más comprensible por el hecho de que Él está siempre con nosotros, presente y operante en nuestras almas. Es verdad que esa presencia es espiritual, invisible pero real y no solamente moral y afectiva, como la del amado en el espíritu y corazón del amante.

Si Dios mora siempre nosotros, ¿por qué no hemos de perseverar en continuo contacto con Él? Esta comunicación se entabla con el pensamiento y el afecto, pero mucho más con éste que con aquél. De hecho no es posible pensar siempre en Dios, ya porque se cansa la mente, ya porque muchas ocupaciones requieren toda la intensidad de la inteligencia, la cual no puede atender simultáneamente a dos objetos diversos. Por el contrario, el corazón, aun cuando el entendimiento esté ocupado en otra cosa, puede siempre amar, sin cansarse de suspirar por el objeto de su amor. Como el amor sobrenatural no consiste en el sentimiento, sino en una íntima orientación de la voluntad hacia Dios, bien se comprende que esa orientación es posible aún mientras desempeñamos deberes que absorben toda la inteligencia. Y hasta la voluntad misma podrá acrecer este su caminar hacia Dios con el deseo de cumplir cada deber por su amor, por agradarle, para darle gloria. A este propósito enseña Santo Tomás que el corazón puede tender siempre hacia Dios con el “deseo de la caridad”, o sea, con el deseo de amarle, de servirle y de unirse a Él en cada obra. “La oración -dice San Agustín- no es más que un deseo del corazón; si vuestro deseo es continuo, vuestra oración es continua. ¿Queréis no cesar nunca de orar? No ceséis nunca de desear”.

“Haced, Señor, que mi vida sea una oración incesante, cual conviene a una criatura racional. Esa oración nace del amor, es fuego y deseo fundado en la caridad que impulsa al alma a hacer todo por tu amor. Infúndeme, Señor, la caridad para que siempre te desee, y deseándote siempre, ore continuamente. Que mi alma ore siempre ante Ti en todo lugar, en todo tiempo, en todo lo que hago, por el afecto la caridad” (Santa Catalina de Siena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Santa Rosa de Lima


Su vida de recogimiento y unión con Dios.

Adoremos a Nuestro Señor que tiene sus almas escogidas en todos los siglos y en todos los países del mundo. Santa Rosa de Lima, la primera flor de santidad de América, fue destinada por la Divina Misericordia para confundir con la inocencia de su vida las máximas y la falsa sabiduría del mundo, realizándose una vez más en ella aquellas palabras del apóstol: “Dios ha elegido a los débiles para confundir a los fuertes” (I Cor. 1, 27). Aprendamos de Santa Rosa a santificarnos en medio del mundo, meditando los hermosos ejemplos de virtud que nos ofrece su admirable vida.

La vanidad conduce infaliblemente a la disipación. Santa Rosa se quedó en medio del mundo, pero no para seguir sus locuras, sino para condenarlas y edificar a todos con el ejemplo de sus austeras virtudes. No la busquemos en medio de las reuniones mundanas. Rosa, en aquella edad en que los placeres y las diversiones del mundo ofrecen tantos atractivos, es ya un modelo de gravedad, de recogimiento y de unión con Dios. Su frecuente oración, su fervor, su amable piedad, manifiestan bien claramente que su unión con el Amado de su alma es tal que no le pierde de vista y que está siempre presente a su corazón. La divina Eucaristía constituye sus delicias. Admitida desde muy niña la Sagrada Comunión, nada le parecía bastante para preparar en su alma una digna morada al Dios de su amor. Un día la sorprendieron deshojando una rosa y comiendo sus hojas perfumadas ¿Qué haces niña?, le preguntan. Mañana debo recibir a Jesús -contesta- y le preparo un lecho de flores. Inocencia, candor angelical que Jesús aceptó, sin duda, con indecible amor.

Si la vanidad conduce a la disipación, ésta dispone el corazón al mal, inclinándolo al amor de los placeres, que el Evangelio reprueba. No esperemos vida pura ni austeras costumbres en las personas dominadas por el orgullo y que aborrecen el recogimiento y la quietud de una vida seria. Formada en la escuela de Jesús crucificado, Rosa sabe que no hay más rico tesoro a los ojos de Dios que la pureza de corazón. Niña aún, supo apreciar en todo su valor esta virtud de los ángeles y ofreció a Dios su virginidad. Para conservar todo el brillo de esta delicada virtud, se impone la mortificación voluntaria, a la que se entrega con rigor asombroso. Es tal la hermosura que la angelical virtud comunica a su alma, que Jesús, prendado de ella, le dice: Rosa de mi corazón, sé mi esposa. Aspiremos con espiritual delicia el embriagador perfume de esta Rosa de santidad y animémonos a seguir tan bellos ejemplos.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

San Agustín, ilustre penitente


Adoremos a Nuestro Señor Jesucristo que da a la Iglesia, en la persona de San Agustín, un penitente tan ilustre, un santo tan eminente y un doctor admirable, que llega a ser el oráculo de los concilios, la luz de la Iglesia, el Padre de los Padres y el Doctor de los Doctores. Glorifiquemos a Dios por el poder de su gracia, que obró tan gran prodigio, y felicitemos a San Agustín, que no sólo ha podido decir: “por la gracia de Dios soy lo que soy”, sino que ha podido agregar: “su gracia no ha sido estéril en mí” (I Cor. 15,10).

Jamás se ha visto un penitente más enternecido, más humilde ni más lleno de gratitud. Más enternecido: sus lágrimas empezaron a correr en el principio de su conversión. “Se levantó en mí -dice- una tempestad que fue seguida de una lluvia de lágrimas”; y resolvió sepultarse vivo en una soledad para llorar sus faltas hasta su último suspiro. Si los designios de la Providencia se opusieron a este deseo, San Agustín supo unir a los trabajos del episcopado, la penitencia de los más austeros anacoretas. Su vida entera fue una serie no interrumpida de vigilias, ayunos y cruces; y, encontrando estas expiaciones insuficientes para la magnitud de número de sus faltas, cuando ya estaba para morir hizo escribir en las paredes de su habitación los salmos penitenciales, que rezó con gran abundancia de lágrimas, hasta que exhaló el último suspiro.

Fue el penitente más humilde: en el libro de sus Confesiones hace saber a toda la tierra sus más vergonzosos pecados y quiere soportar su vergüenza ante todos los hombres y todos los siglos. Siempre se sabrá que San Agustín fue un tiempo impúdico y libertino; y esta confesión pública y permanente la hizo cuando aún vivía en el mundo, cuando ocupaba uno de los tronos de la Iglesia, rodeado de herejes y de envidiosos, cuyo desprecio aceptaba como cosa muy merecida.

Jamás hubo penitente más lleno de gratitud: sus escritos sólo respiran amor a las misericordias que el Señor usó con él; y para contarlas ni su lengua ni su pluma satisficieron las ansias de su corazón: son la expansión del entusiasmo de su admiración; son vivas acciones de gracias y efusiones de amor. “¡Oh belleza siempre antigua y siempre nueva! -exclama- ¡qué tarde te conocí! ¡Oh días desgraciados en los cuales no te amé! ¡Oh fuego que siempre ardéis sin consumiros jamás! ¡Oh amor siempre ferviente que no conocéis interrupción! Abrazadme, hacedme arder para amaros con todas mis fuerzas y que no haya nada en mí que no sea amor. Me parece que os amo ¡oh mi Dios! pero quiero amaros siempre más y más”. ¡Qué hoguera de amor! ¡Oh gran santo! ¡Caigan en mi pobre corazón algunas centellas del fuego que os devora!

San Agustín poseía en el más alto grado el celo para evangelizar a los pueblos, y la caridad para socorrer a los desgraciados. Ardiendo en deseos de hacer conocer y amar a Jesucristo, no solamente en toda la tierra sino durante todos los siglos, se aplicó con ardor al estudio de las Santas Escrituras; llegó a ser un abismo de ciencia divina y luego, derramando en los pueblos tal plenitud, los alimentó abundantemente con el pan de la Palabra. A sus predicaciones tan elocuentes, añadió doctos escritos que fueron a buscar a los paganos y a los filósofos, a los arrianos y a los maniqueos, a los donatistas, y pelagianos para conducirlos a la verdad. Ningún error escapó a su celo. Reveló al mundo los más escondidos misterios de la gracia en obras inmortales, que serán siempre un foco de luz para la Iglesia universal.

Su caridad para aliviar a los desgraciados le hizo olvidarse de sí mismo; dio todo lo que tenía y al morir no pudo hacer testamento, porque -como dice su historiador- todo lo había dado a los pobres y no tenía qué legar.

¿Hay abnegación más bella que ésta? Confrontemos nuestra vida con la de este gran santo y juzguémonos.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

Paciencia de San José de Calasanz


Cuando la criatura aprovecha las gracias que el Señor le dispensa, se hacen patentes los admirables efectos del favor divino, que el Señor se complace en conceder al alma que le pide con buenas disposiciones. Los Santos cuyas virtudes admiramos fueron hombres como nosotros, sujetos a las mismas debilidades, combatidos por las mismas pasiones, quizás con más violencia que nosotros o por enemigos más tenaces o por temperamento más fuerte; y no obstante todo esto, alcanzaron la victoria y con ella la santidad.

La paciencia de San José de Calasanz fue tan heroica que mereció ser llamado el Job de la Ley de gracia. Calumnias atroces, persecuciones injustas, oprobios sin número acumularán sobre este glorioso santo sus enemigos, inspirados por el infierno, que llegaron a creer eterno su triunfo. Pero él no se altera; firme en su confianza en Dios, levanta al cielo sus ojos exclamando con el santo Job: “Bendito sea, Señor, vuestro santo nombre”. Correspondió a la gracia y a la voluntad divina, y por eso triunfó de las pasiones.

Por querer seguir mi propia voluntad y mis apetitos, soy desgraciada víctima de ellos, olvidando que el mismo Jesucristo no vino hacer su voluntad, sino la de su Eterno Padre, y que mis pecados me hacen merecedor de penas infinitamente más grande que los sufrimientos que recibo por tan culpable impaciencia.

Era tal la vehemencia con que el amor purísimo a Dios abrazaba el pecho de este santo, que no pudiendo permanecer oculta esta interior hoguera, brotaba al exterior en prodigiosos resplandores con que apareció iluminado su rostro cuando salía de la oración o hablaba de las obras y misericordias del Omnipotente. De este ardiente amor nacía el celo infatigable con que emprendía todas las obras más difíciles que redundaban en la gloria del Señor, y la santa indignación que mostraba contra todo lo que fuera ofensa de la Soberana bondad. A su paciencia para sufrir y trabajar, igualó su celo por la gloria de Dios y su odio por el pecado, que se manifestó desde niño. No exhala una queja contra sus enemigos, no desfallece su actividad ante los sufrimientos que le proporcionan sus empresas, y su voz vibra indignada contra todo lo que es pecado, y el empeño especial de su vigilancia -que duró toda su vida- se dirigió a hacer todos los esfuerzos posibles para conservar la pureza en el corazón de los niños.

¿En qué se parece mi espíritu al que animaba a San José de Calasanz? Digo que amo a Dios y, no obstante, lo ofendo con demasiada frecuencia; repito que amo a Dios, y hasta en las pocas obras buenas que hago domina la tibieza; proclamo de nuevo mi amor a Dios y no reparo en escandalizar a mis próximos con mis culpas. ¡Singular amor el mío, que no se lastima con los pecados propios ni con las miserias ajenas! ¿No parece también un egoísmo refinado el amor que sólo tiende a favorecer a los prójimos que me inspiran simpatía, y rehúsa todo socorro y el menor sacrificio, a los que no me parecen amables?

Pacientísimo San José de Calasanz, alcanzadme que yo sufra con resignación, a ejemplo vuestro, las contrariedades de la vida. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, sea bendito su santo Nombre” (Job. 1,21)

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

María Santísima, Reina del universo


Se celebra hoy la memoria litúrgica de la Bienaventurada Virgen María invocada con el título: “Reina”. Es una fiesta de institución reciente, aunque es antiguo su origen y devoción: fue instituida por el venerable Pío XII, en 1954, al final del Año Mariano, fijando para su celebración la fecha del 31 de mayo. En esa circunstancia el Papa dijo que María es Reina más que cualquier otra criatura por la elevación de su alma y por la excelencia de los dones recibidos. Ella no cesa de dispensar todos los tesoros de su amor y de sus cuidados a la humanidad. “María fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo”.

Este es el fundamento de la fiesta de hoy: María es Reina porque fue asociada a su Hijo de un modo único, tanto en el camino terreno como en la gloria del cielo. El gran santo de Siria, Efrén el siro, afirma, sobre la realeza de María, que deriva de su maternidad: Ella es Madre del Señor, del Rey de los reyes (cf. Is 9, 1-6) y nos señala a Jesús como vida, salvación y esperanza nuestra. Pablo VI recordaba: “En la Virgen María todo se halla referido a Cristo y todo depende de Él: con vistas a Él, Dios Padre la eligió desde toda la eternidad como Madre toda santa y la adornó con dones del Espíritu Santo que no fueron concedidos a ningún otro”.

Pero ahora nos preguntamos: ¿qué quiere decir María Reina? ¿Es sólo un título unido a otros? La corona, ¿es un ornamento junto a otros? ¿Qué quiere decir? ¿Qué es esta realeza? Como ya hemos indicado, es una consecuencia de su unión con el Hijo, de estar en el cielo, es decir, en comunión con Dios. Ella participa en la responsabilidad de Dios respecto al mundo y en el amor de Dios por el mundo. Hay una idea vulgar, común, de rey o de reina: sería una persona con poder y riqueza. Pero este no es el tipo de realeza de Jesús y de María. Pensemos en el Señor: la realeza y el ser rey de Cristo está entretejido de humildad, servicio, amor: es sobre todo servir, ayudar, amar. Recordemos que Jesús fue proclamado rey en la cruz. Y lo mismo vale para María: es reina en el servicio a Dios en la humanidad; es reina del amor que vive la entrega de sí a Dios para entrar en el designio de la salvación del hombre. Al ángel responde: He aquí la esclava del Señor (cf. Lc 1, 38), y en el Magníficat canta: Dios ha mirado la humildad de su esclava (cf. Lc 1, 48). Nos ayuda. Es reina precisamente amándonos, ayudándonos en todas nuestras necesidades.

De este modo ya hemos llegado al punto fundamental: ¿Cómo ejerce María esta realeza de servicio y de amor? Velando sobre nosotros, sus hijos: los hijos que se dirigen a Ella en la oración, para agradecerle o para pedir su protección maternal y su ayuda celestial tal vez después de haber perdido el camino, oprimidos por el dolor o la angustia por las tristes y complicadas vicisitudes de la vida. En la serenidad o en la oscuridad de la existencia, nos dirigimos a María confiando en su continua intercesión, para que nos obtenga de su Hijo todas las gracias y la misericordia necesarias para nuestro peregrinar a lo largo de los caminos del mundo. Por medio de la Virgen María, nos dirigimos con confianza a Aquel que gobierna el mundo y que tiene en su mano el destino del universo. Ella, desde hace siglos, es invocada como celestial Reina de los cielos; ocho veces, después de la oración del santo Rosario, es implorada en las letanías lauretanas como Reina de los ángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los Apóstoles, de los mártires, de los confesores, de las vírgenes, de todos los santos y de las familias. El ritmo de estas antiguas invocaciones, y las oraciones cotidianas como la Salve Regina, nos ayudan a comprender que la Virgen santísima, como Madre nuestra al lado de su Hijo Jesús en la gloria del cielo, está siempre con nosotros en el desarrollo cotidiano de nuestra vida.

El título de reina es, por lo tanto, un título de confianza, de alegría, de amor. Y sabemos que la que tiene en parte el destino del mundo en su mano es buena, nos ama y nos ayuda en nuestras dificultades.

La devoción a la Virgen es un componente importante de la vida espiritual. En nuestra oración no dejemos de dirigirnos a Ella con confianza. María intercederá seguramente por nosotros ante su Hijo. Mirándola a Ella, imitemos su fe, su disponibilidad plena al proyecto de amor de Dios, su acogida generosa de Jesús. Aprendamos a vivir como María. María es la Reina del cielo cercana a Dios, pero también es la Madre cercana a cada uno de nosotros, que nos ama y escucha nuestra voz.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 22 de agosto de 2012

San Bernardo, amado de Dios y de los hombres


Adoremos a Jesucristo que, siempre atento a las necesidades de su Iglesia, le envía en cada época santos adecuados a las circunstancias y que particularmente, a fin de remediar las calamidades de la Iglesia en el siglo XII, le dio en San Bernardo un santo que fue a la vez doctor en las ciencias de los santos y en las inteligencia de las santas Escrituras, apóstol por la predicación del Evangelio, mártir por la mortificación de los sentidos, confesor por la eminencia de sus virtudes, profeta por la predicación de lo porvenir, taumaturgo por el don de milagros, patriarca por la extensión de su orden, y angélico por la pureza de su cuerpo. Demos gracias a Nuestro Señor por haber dado tal Santo a su Iglesia y tal modelo a todos los siglos.

San Bernardo comprendió desde muy joven que su alma había sido hecha para algo más elevado que el mundo y, en consecuencia, cerrando su corazón a todo apego terrestre, lo abrió enteramente a Jesús y a María, elevándose por este gran amor como por una doble escala, como él mismo lo dice, sobre todo lo que pasa, y dio un adiós al mundo, llevándose consigo, como en triunfo, a su padre, a su tío, a sus hermanos y a treinta jóvenes amigos suyos, a quienes había comunicado el sagrado fuego que le consumía.

Llevando así una vida celestial a favor de un silencio perpetuo, tenía su alma en continúa unión con Dios por la oración, y desprendida de los sentidos por el ayuno y el trabajo. Dios recompensó tanto amor elevándole a las más íntimas comunicaciones con Él, a las más altas contemplaciones y, algunas veces, a santos arrobamientos, que le hacían sentir un gusto anticipado del paraíso. Así las horas de la oración nunca saciaban su espíritu, y siempre le parecían brevísimas.

Al lado de este gran santo ¡qué pequeño se ven los hombres del mundo, que viven para la tierra, absorbiendo un alma inmortal en la disipación y los miserables goces de este mundo! Y ¡cuán pobres somos nosotros, tan poco recogidos, tan pocos unidos con Dios y con tan poco espíritu de oración!

Esta maravillosa unión con Dios no le impedía entregarse a los trabajos de la vida activa. Escribe libros inmortales, admirables cartas a los obispos, el incomparable libro “De las consideraciones”, dedicado al Papa Eugenio.

Llega a ser doctor de la Iglesia, el oráculo a quien consultan los más sabios prelados, la boca de los soberanos pontífices, el azote de los herejes y el tesoro vivo de la ciencia eclesiástica. Pasando de la vida solitaria al apostolado, recorre la Europa para sacar al mundo cristiano del caos de iniquidades en que estaba envuelto. Hizo oír la verdad a los reyes y grandes, rectificó cánones y decretos de los concilios, triunfó de las herejías, detuvo escándalos y extinguió el odio entre príncipes divididos.

El principal secreto de su éxito fue su incomparable dulzura, que encantaba a cuantos le trataban y convertía los lobos en ovejas. Confundámonos ante tan grandes obras, nosotros que hacemos tan poco por Nuestro Señor y que tan lejos estamos de su mansedumbre.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (III)


En el convento de san Damián, Clara practicó de modo heroico las virtudes que deberían distinguir a todo cristiano: la humildad, el espíritu de piedad y de penitencia, y la caridad. Aunque era la superiora, ella quería servir personalmente a las hermanas enfermas, dedicándose incluso a tareas muy humildes, pues la caridad supera toda resistencia y quien ama hace todos los sacrificios con alegría. Su fe en la presencia real de la Eucaristía era tan grande que, en dos ocasiones, se verificó un hecho prodigioso. Sólo con la ostensión del Santísimo Sacramento, alejó a los soldados mercenarios sarracenos, que estaban a punto de atacar el convento de san Damián y de devastar la ciudad de Asís.

También estos episodios, como otros milagros, cuyo recuerdo se conservaba, impulsaron al Papa Alejandro IV a canonizarla sólo dos años después de su muerte, en 1255, elogiándola en la bula de canonización, en la que se lee: “¡Cuán intensa es la potencia de esta luz y qué fuerte el resplandor de esta fuente luminosa! En verdad, esta luz se mantenía encerrada en el ocultamiento de la vida claustral y fuera irradiaba fulgores luminosos; se recogía en un angosto monasterio, y fuera se expandía en todo el vasto mundo. Se custodiaba dentro y se difundía fuera. Clara, en efecto, se escondía; pero su vida se revelaba a todos. Clara callaba, pero su fama gritaba”. Y es exactamente así, queridos amigos: son los santos quienes cambian el mundo a mejor, lo transforman de modo duradero, introduciendo las energías que sólo el amor inspirado por el Evangelio puede suscitar. Los santos son los grandes bienhechores de la humanidad.

La espiritualidad de santa Clara, la síntesis de su propuesta de santidad está recogida en la cuarta carta a santa Inés de Praga. Santa Clara utiliza una imagen muy difundida en la Edad Media, de ascendencias patrísticas: el espejo. E invita a su amiga de Praga a reflejarse en ese espejo de perfección de toda virtud que es el Señor mismo. Escribe: “Feliz, ciertamente, aquella a la que se concede gozar de estas sagradas nupcias, para adherirse desde lo más hondo del corazón a Aquel cuya belleza admiran incesantemente todos los dichosos ejércitos de los cielos, cuyo afecto apasiona, cuya contemplación conforta, cuya benignidad sacia, cuya suavidad colma, cuyo recuerdo resplandece suavemente, cuyo perfume devuelve los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará bienaventurados a todos los ciudadanos de la Jerusalén celestial. Y, puesto que Él es esplendor de la gloria, candor de la luz eterna y espejo sin mancha, mira cada día este espejo, oh reina esposa de Jesucristo, y escruta continuamente en él su rostro, para que de ese modo puedas adornarte toda por dentro y por fuera... En este espejo refulgen la bienaventurada pobreza, la santa humildad y la inefable caridad”.

Agradeciendo a Dios que nos da a los santos que hablan a nuestro corazón y nos ofrecen un ejemplo de vida cristiana a imitar, quiero concluir con las mismas palabras de bendición que santa Clara compuso para sus hermanas y que todavía hoy custodian con gran devoción las Clarisas, que desempeñan un papel precioso en la Iglesia con su oración y con su obra. Son expresiones en las que se muestra toda la ternura de su maternidad espiritual: “Os bendigo en vida y después de mi muerte, como puedo y más de cuanto puedo, con todas las bendiciones con las que el Padre de las misericordias bendice y bendecirá en el cielo y en la tierra a su hijos e hijas, y con las que un padre y una madre espiritual bendicen y bendecirán a sus hijos e hijas espirituales. Amén”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (II)


Para Clara, sobre todo al principio de su experiencia religiosa, Francisco de Asís no sólo fue un maestro cuyas enseñanzas seguir, sino también un amigo fraterno. La amistad entre estos dos santos constituye un aspecto muy hermoso e importante. De hecho, cuando dos almas puras y enardecidas por el mismo amor a Dios se encuentran, la amistad recíproca supone un estímulo fuertísimo para recorrer el camino de la perfección. La amistad es uno de los sentimientos humanos más nobles y elevados que la gracia divina purifica y transfigura. Al igual que san Francisco y santa Clara, también otros santos han vivido una profunda amistad en el camino hacia la perfección cristiana, como san Francisco de Sales y santa Juana Francisca de Chantal. Precisamente san Francisco de Sales escribe: “Es hermoso poder amar en la tierra como se ama en el cielo, y aprender a quererse en este mundo como haremos eternamente en el otro. No hablo aquí del simple amor de caridad, porque ese deberíamos sentirlo hacia todos los hombres; hablo de la amistad espiritual, en el ámbito de la cual dos, tres o más personas se intercambian la devoción, los afectos espirituales y llegan a ser realmente un solo espíritu” (Introducción a la vida devota III, 19).

Después de pasar algunos meses en otras comunidades monásticas, resistiendo a las presiones de sus familiares, que inicialmente no aprobaron su elección, Clara se estableció con sus primeras compañeras en la iglesia de san Damián, donde los frailes menores habían arreglado un pequeño convento para ellas. En aquel monasterio vivió más de cuarenta años, hasta su muerte, acontecida en 1253. Nos ha llegado una descripción de primera mano de cómo vivían estas mujeres en aquellos años, en los inicios del movimiento franciscano. Se trata de la relación admirada de un obispo flamenco de visita a Italia, Jaime de Vitry, el cual afirma que encontró a un gran número de hombres y mujeres, de todas las clases sociales, que “dejándolo todo por Cristo, huían del mundo. Se llamaban Frailes Menores y Hermanas Menores, y el Papa y los cardenales los tienen en gran consideración... Las mujeres... viven juntas en varias casas, no lejos de las ciudades. No reciben nada, sino que viven del trabajo de sus propias manos. Y se sienten profundamente afligidas y turbadas, porque clérigos y laicos las honran más de lo que quisieran”.

Jaime de Vitry captó con perspicacia un rasgo característico de la espiritualidad franciscana al que Clara fue muy sensible: la radicalidad de la pobreza, unida a la confianza total en la Providencia divina. Por este motivo, ella actuó con gran determinación, obteniendo del Papa Gregorio IX o, probablemente, ya del Papa Inocencio III, el llamado Privilegium paupertatis. De acuerdo con este privilegio, Clara y sus compañeras de san Damián no podían poseer ninguna propiedad material. Se trataba de una excepción verdaderamente extraordinaria respecto al derecho canónico vigente y las autoridades eclesiásticas de aquel tiempo, lo concedieron apreciando los frutos de santidad evangélica que reconocían en el modo de vivir de Clara y de sus hermanas. Esto demuestra que en los siglos de la Edad Media el papel de las mujeres no era secundario, sino considerable. Al respecto, conviene recordar que Clara fue la primera mujer en la historia de la Iglesia que compuso una Regla escrita, sometida a la aprobación del Papa, para que el carisma de Francisco de Asís se conservara en todas las comunidades femeninas que ya se iban fundando en gran número en su tiempo y que deseaban inspirarse en el ejemplo de Francisco y de Clara.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

Santa Clara, mujer valiente y llena de fe (I)


Una de las santas más queridas es sin duda santa Clara de Asís, que vivió en el siglo XIII, contemporánea de san Francisco. Su testimonio nos muestra cuánto debe la Iglesia a mujeres valientes y llenas de fe como ella, capaces de dar un impulso decisivo para la reforma de la Iglesia.

¿Quién era Clara de Asís? Para responder a esta pregunta contamos con fuentes seguras: no sólo las antiguas biografías, como la de Tomás de Celano, sino también las Actas del proceso de canonización promovido por el Papa sólo pocos meses después de la muerte de Clara y que contiene los testimonios de quienes vivieron a su lado durante mucho tiempo.

Clara nació en 1193, en el seno de una familia aristocrática y rica. Renunció a la nobleza y a la riqueza para vivir humilde y pobre, adoptando la forma de vida que proponía Francisco de Asís. Aunque sus parientes, como sucedía entonces, estaban proyectando un matrimonio con algún personaje de relieve, Clara, a los 18 años, con un gesto audaz inspirado por el profundo deseo de seguir a Cristo y por la admiración por Francisco, dejó su casa paterna y, en compañía de una amiga suya, Bona de Guelfuccio, se unió en secreto a los Frailes Menores en la pequeña iglesia de la Porciúncula. Era la noche del domingo de Ramos de 1211. En la conmoción general, se realizó un gesto altamente simbólico: mientras sus compañeros empuñaban antorchas encendidas, Francisco le cortó su cabello y Clara se vistió con un burdo hábito penitencial. Desde ese momento se había convertido en virgen esposa de Cristo, humilde y pobre, y se consagraba totalmente a Él. Como Clara y sus compañeras, innumerables mujeres a lo largo de la historia se han sentido atraídas por el amor a Cristo que, en la belleza de su divina Persona, llena su corazón. Y toda la Iglesia, mediante la mística vocación nupcial de las vírgenes consagradas, se muestra como lo que será para siempre: la Esposa hermosa y pura de Cristo.

En una de las cuatro cartas que Clara envió a santa Inés de Praga, la hija del rey de Bohemia, que quiso seguir sus pasos, habla de Cristo, su Esposo amado, con expresiones nupciales, que pueden ser sorprendentes, pero conmueven: “Amándolo, eres casta; tocándolo, serás más pura; dejándote poseer por Él eres virgen. Su poder es más fuerte, su generosidad más elevada, su aspecto más bello, su amor más suave y toda gracia más fina. Ya te ha estrechado en su abrazo, que ha adornado tu pecho con piedras preciosas... y te ha coronado con una corona de oro grabada con el signo de la santidad”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 15 de septiembre de 2010

Ardiente amor a Dios de San Lorenzo


San Lorenzo, uno de los más ilustres mártires de la Iglesia de Roma, desempeñaba al lado del Papa San Sixto las funciones de diácono, cuando el 2 de agosto del año 258 este Santo pontífice fue aprisionado y conducido al martirio. Afligido de no morir por Jesucristo con su Obispo, va a encontrarle. Y “¿A dónde vais, padre mío, sin vuestro hijo?, -le dice con lágrimas y suspiros- ¿subiréis al patíbulo sin vuestro diácono, vos que jamás subíais al altar sin él? ¿En qué, pues, ha tenido la desgracia de desagradaros? Probad, padre santo, probad si os engañasteis en la elección que habéis hecho de mí; si, encargado por vos de repartir la Sangre de Cristo, he sido cobarde rehusándole la mía”. Palabras que nos recuerdan el uso de aquellos tiempos de hacer distribuir por los diáconos la Sagrada Comunión a los fieles, al mismo tiempo que las limosnas a los pobres. El santo anciano, para consolar a este ferviente levita, le respondió que dentro de tres días le seguiría por medio de un martirio mucho más brillante y para siempre memorable. San Lorenzo, recibiendo esta respuesta como una predicción segura de su martirio, se apresuró a vender todos los bienes que él guardaba, y a distribuir su precio a los pobres. El juez pagano, no menos avaro que cruel, le pregunta: ¿en dónde están los tesoros de la Iglesia? “Helos ahí, le dice San Lorenzo mostrando a los pobres que había reunido; éstas son las más grandes riquezas de la Iglesia”. Irritado por esta respuesta que frustraba su avidez, el juez le hace desgarrar el cuerpo a azotes, y después le hace tender sobre una parrilla, bajo la cual había carbones encendidos lo suficiente apenas para quemarle lentamente y prolongarle más tiempo el martirio. San Lorenzo, con el corazón lleno de alegría, se tendió sobre este horrible lecho, y allí permaneció con el rostro sereno, bendiciendo a Dios. Y cuando por un lado estuvo quemado, invitó al tirano a darle vuelta por el otro.

“¡Ah! -dice San León- el fuego del amor divino que ardía interiormente era mucho más activo que el fuego que le quemaba por fuera”. ¡Oh amor, cuán admirable eres! ¡Oh fuego sagrado! Consumidnos. San Lorenzo es invencible al dolor, porque vos le llenáis; y nosotros somos tan cobardes, que la menor dificultad nos aterra, porque no amamos.

Tomemos la resolución de esforzamos todos los días en crecer en el amor divino, que es lo único que puede darnos el valor de cumplir en toda circunstancia con nuestro deber; y de estar dispuestos a morir antes que ofender a Dios, y de defender siempre la religión y la Iglesia sin ningún respeto humano. “El hijo del hombre se avergonzará delante de su Padre, de aquel que se haya avergonzado de Él y de sus enseñanzas delante de los hombres” (Lc. 9 26).

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Santo Domingo, modelo de apóstol de la oración


El apostolado de la oración consiste en atraer, por medio de fervientes súplicas, las bendiciones del cielo sobre los pecadores para convertirlos; sobre los males de la Iglesia para repararlos; sobre todas las calamidades para conjurarlas; sobre todas las buenas obras para estimularlas y continuarlas. Este apostolado tiene cuatro caracteres: 1° es posible a todos, puesto que todos pueden orar; 2° está libre de todo peligro de amor propio, puesto que todo pasa en secreto entre Dios y el alma que ora; 3° es la condición necesaria para el buen resultado de toda empresa, pues sin la intervención de Dios la palabra humana no puede producir ningún fruto; y 4° es el medio de asegurar el éxito, puesto que la oración bien hecha es todopoderosa para con Dios, y, con frecuencia, conversiones que el mundo atribuye al predicador, no son sino obra de un alma buena y desconocida que ora en silencio.

Penetrado de estos santos sentimientos, Santo Domingo hizo de toda su vida una vida de oración. Desde sus primeros años, oraba día y noche; elevado al sacerdocio y nombrado canónigo de la catedral de Osma, se consagró aún más al apostolado de la oración, y se le vio en su silla del coro, orando con la modestia y el fervor de un ángel. Enviado por su Obispo al sur de Francia a la defensa de la religión amenazada por los herejes, y no pudiendo hacerse escuchar de ellos, recurrió a su arma ordinaria: oró e hizo orar por medio de las preces del Rosario. Todo cedió a este nuevo apostolado; la herejía rindió sus armas; el orden, la paz y la felicidad renacieron en estas provincias desoladas. Santo Domingo, animado por tan feliz resultado, resolvió establecer en Orden religiosa a los hombres apostólicos que le habían acompañado en su misión; la Santa Sede erigió entonces la nueva Orden, y nuevos varones apostólicos vinieron a engrosar sus filas. De Roma, en donde acababa de alcanzar victoria tan fecunda, el fundador se multiplicó por las aldeas y los campos para predicar el Evangelio, pero siempre empleando el poderoso recurso de la oración. En sus viajes marcha solo, apartándose de sus compañeros para hablar con Dios más libremente. Llegando a las puertas de las ciudades cae de rodillas pidiendo a Dios que no envíe sus rayos vengadores sobre la ciudad en que iba a penetrar un gran pecador como él; y su primera visita es a las Iglesias, para adorar al Dios que allí habita y orar por el éxito de su ministerio.

Así desempeñó Santo Domingo el apostolado de la oración ¿cómo lo cumplimos nosotros? ¿Pedimos por la conversión de los pecadores, por la Santa Iglesia, por nuestra Patria, y por el feliz éxito de las obras católicas? “Orad unos por otros, para que os salvéis; pues vale mucho la oración perseverante del justo” (St. 5,16).

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

Hacer actos de fe y amor (II)


Hablando del tránsito de la meditación a la contemplación, advierte San Juan de la Cruz que no acaece en todos de un modo idéntico, ya porque no es igual en todos el ritmo progresivo, ya porque Dios no pretende introducir a todas las almas en el estado de contemplación. En la Subida del Monte Carmelo enseña que el alma no debe abandonar definitivamente la meditación hasta que se haya formado en ella el hábito de la contemplación, y recuerda a este propósito que muchas veces, ya desde el primer momento de la oración, se halla el alma en contemplación, mientras que otras veces necesita echar mano de la meditación para ayudarse un poco. Y dice expresamente: “en tanto que sacare jugo y pudiera discurrir en la meditación, no le ha de dejar, si no fuere cuando su alma se pusiera en la paz y quietud... de la atención amorosa a Dios”. Puede darse, por lo tanto, un período de oscilación, más o menos largo, entre la meditación y la contemplación. Y pueden existir almas que nunca salgan definitivamente de la oración discursiva.

Esto nos hace comprender una vez más que, por el mero hecho de haber llegado un alma a la contemplación inicial, no queda dispensada de su personal actividad. Ante todo se debe preparar con diligencia la oración, aunque sea valiéndose de un libro; si después no consigue discurrir por lo leído, le servirá al menos para reconcentrar su mente en Dios. Del mismo modo, debe comenzar siempre la oración poniéndose en la presencia de Dios; después procederá secundando la gracia de cada momento; agradecida a Dios cuando la eleva Él, y dispuesta a valerse de sus pensamientos o de un libro cuando note que de otra manera se distraería. Pero téngase presente que, cuando el alma está gozando de la atención amorosa a Dios, su fantasía puede ir y venir, “que ésta -dice San Juan de la Cruz- aún en mucho recogimiento, suele andar suelta”, sin que esto sea siempre un indicio de tener que volver a la meditación. Antes bien, procure el alma recogerse por encima de todo vagar de su pensamiento, y, si nota que así está unida a Dios, aunque sea en sequedad, persevere en esta oración, aunque le exija fatiga mayor que la de leer un libro devoto.

¡Señor! Dame fe inquebrantable, dame caridad ardiente. La fe y el amor son los guías que me conducirán por senderos desconocidos hasta el escondite donde te ocultas. Haz que sepa caminar en fe y amor, y en fe y amor sepa esperar tu visita a mi alma. ¡Oh Espíritu Santo!, que ruegas en mí con “suspiros inefables” (Rom. 8, 26), ven a socorrer mi miseria, ven a iluminar mi fe, a despertar en mí la caridad; Tú que “sondeas aún las profundidades de Dios” (I Cor. 2, 10), instrúyeme, amaéstrame, dame un conocimiento amoroso de sus misterios, para que viva totalmente orientado hacia Él y prendado de su amor.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

El Santo Cura de Ars (III)


Así pues, lejos de reducir la figura de san Juan María Vianney a un ejemplo, aunque sea admirable, de la espiritualidad católica del siglo XIX, es necesario, al contrario, percibir la fuerza profética, de suma actualidad, que distingue su personalidad humana y sacerdotal. En la Francia posrevolucionaria que experimentaba una especie de “dictadura del racionalismo” orientada a borrar la presencia misma de los sacerdotes y de la Iglesia en la sociedad, él vivió primero -en los años de su juventud- una heroica clandestinidad recorriendo kilómetros durante la noche para participar en la santa Misa. Luego, ya como sacerdote, se caracterizó por una singular y fecunda creatividad pastoral, capaz de mostrar que el racionalismo, entonces dominante, en realidad no podía satisfacer las auténticas necesidades del hombre y, por lo tanto, en definitiva no se podía vivir.

Queridos hermanos, a los 150 años de la muerte del santo cura de Ars, los desafíos de la sociedad actual no son menos arduos; al contrario, tal vez resultan todavía más complejos. Si entonces existía la “dictadura del racionalismo”, en la época actual reina en muchos ambientes una especie de “dictadura del relativismo”. Ambas parecen respuestas inadecuadas a la justa exigencia del hombre de usar plenamente su propia razón como elemento distintivo y constitutivo de la propia identidad. El racionalismo fue inadecuado porque no tuvo en cuenta las limitaciones humanas y pretendió poner la sola razón como medida de todas las cosas, transformándola en una diosa; el relativismo contemporáneo mortifica la razón, porque de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo. Sin embargo, hoy, como entonces, el hombre “que mendiga significado y realización” busca continuamente respuestas exhaustivas a los interrogantes de fondo que no deja de plantearse.

La enseñanza que al respecto sigue transmitiéndonos el santo cura de Ars es que en la raíz de ese compromiso pastoral el sacerdote debe poner una íntima unión personal con Cristo, que es preciso cultivar y acrecentar día tras día. Sólo enamorado de Cristo, el sacerdote podrá enseñar a todos esta unión, esta amistad íntima con el divino Maestro; podrá tocar el corazón de las personas y abrirlo al amor misericordioso del Señor. Sólo así, por tanto, podrá infundir entusiasmo y vitalidad espiritual a las comunidades que el Señor le confía.

Oremos para que, por intercesión de san Juan María Vianney, Dios conceda a su Iglesia el don de santos sacerdotes, y para que aumente en los fieles el deseo de sostener y colaborar con su ministerio. Encomendemos esta intención a María, que interceda para que el Pueblo de Dios se enriquezca con santos y abnegados sacerdotes.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 5 de agosto de 2009

El Santo Cura de Ars (II)


El centro de toda su vida era, por consiguiente, la Eucaristía, que celebraba y adoraba con devoción y respeto. Otra característica fundamental de esta extraordinaria figura sacerdotal era el ministerio asiduo de las confesiones. En la práctica del sacramento de la Penitencia reconocía el cumplimiento lógico y natural del apostolado sacerdotal, en obediencia al mandato de Cristo: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).

Así pues, san Juan María Vianney se distinguió como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual. Pasando, “con un solo movimiento interior, del altar al confesonario”, donde transcurría gran parte de la jornada, intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus feligreses redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la Presencia eucarística.

Los métodos pastorales de san Juan María Vianney podrían parecer poco adecuados en las actuales condiciones sociales y culturales. De hecho, ¿cómo podría imitarlo un sacerdote hoy, en un mundo tan cambiado? Es verdad que los tiempos cambian y que muchos carismas son típicos de la persona y, por tanto, irrepetibles; sin embargo, hay un estilo de vida y un anhelo de fondo que todos estamos llamados a cultivar. Mirándolo bien, lo que hizo santo al cura de Ars fue su humilde fidelidad a la misión a la que Dios lo había llamado; fue su constante abandono, lleno de confianza, en manos de la divina Providencia.

Logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba “enamorado” de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios.

Su testimonio nos recuerda, queridos hermanos y hermanas, que para todo bautizado, y con mayor razón para el sacerdote, la Eucaristía “no es simplemente un acontecimiento con dos protagonistas, un diálogo entre Dios y yo. La Comunión eucarística tiende a una transformación total de la propia vida. Con fuerza abre de par en par todo el yo del hombre y crea un nuevo nosotros”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 5 de agosto de 2009

Amor de San Alfonso a María Santísima


No puede amarse a Jesucristo sin amar con ternura a María, su Madre y Madre nuestra, desde que nos adoptó por hijos al pie de la Cruz. Por eso, San Alfonso, que con su ardiente palabra y con sus escritos excitó los corazones a amar a Jesús y a traerle adoradores en el sagrado tabernáculo, desplegó todo el entusiasmo de su cariño filial hacia la Madre de Dios para revelar los títulos que Ella tiene a nuestra veneración y a nuestro afecto. Jamás dejó de hablar de María en sus predicaciones, en sus libros de piedad. Después de llevar al alma a los pies de Jesús, la conduce a los de María; en sus numerosos libros tiene las preses más sentidas con que deseó que se invocara a la Reina del cielo; dedica un libro entero exclusivamente a narrar las glorias de la dulce Madre, libro cuyas páginas de oro serán leídas con enternecimiento por cuantos sientan en su pecho una chispa de amor a María.

Y ¡cuán bellas recompensas le otorgó María por ese amante celo! La vida de Alfonso se vio probada, especialmente sus postreros años, por rudas contrariedades. Fue traicionado por los suyos y calumniado ante la Santa Sede; a estas penalidades Dios quiso agregar otras interiores con que fuese acrisolada su virtud. Y, en las horas de su dolor, su consuelo más eficaz fue el arrojarse ante una imagen de su Madre querida y derramar allí su llanto. Todo hace creer que en su lecho de muerte fue visitado por María, que vino a enjugar su última lágrima, a hacerle sonreír de dicha con las luces del cielo que brillaban sobre él, y a conducir su alma ante el supremo Juez, que le aguardaba con la merecida corona.

Así paga Jesús a los que aman y hacen amar a María; así el Hijo divino se complace en hacer sentir cuán gloriosos son para Él y cuán ventajosos para nosotros los homenajes tributados a su Madre. Hagámonos nosotros acreedores a estos bienes, poniendo todo nuestro empeño en conocer a nuestra dulcísima Madre e imitar sus virtudes: su docilidad a la voluntad de Dios, su humildad profundísima, su fe inquebrantable, su celo por la santificación de las almas... No perdiendo ocasión de hablar de la Santísima Virgen y de excitar a otros a amarla; no pasando ante una imagen suya, especialmente la que nos la representa al pie de la Cruz, sin dirigirle una expresión de nuestro filial afecto; invocándola cuando nos sintamos inclinados a caer en alguna falta y, en fin, pidiéndole su amparo en cualquier situación difícil. Repitamos la frase que siempre tuvo San Alfonso en sus labios y en sus escritos: “¡Vivan Jesús, nuestro amor, y María, nuestra esperanza!”

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

San Ignacio de Loyola


Adoremos a Jesucristo que trajo del cielo a la tierra el fuego divino y abrasó con él el corazón de San Ignacio. Admiremos la transformación maravillosa que obró en este gran santo y pidámosle nos transforme también a nosotros.

“No basta -dice S. Ignacio- que yo sirva al Señor, es preciso que todos los corazones le amen, que todas las lenguas le bendigan”. Desde el fondo de su gruta de Manresa, ve un mundo que reformar, otro mundo que evangelizar: la Europa, que va perdiendo la fe, la América y las Indias, que no la tienen aún; y, abrazando todo el universo en su celo, comienza por componer y repartir el libro de los Ejercicios espirituales, que ha convertido mayor número de almas que letras contiene; viene en seguida a París a confundirse con los niños, para hacer sus estudios, descuidados hasta entonces, pero necesarios para sus designios. Funda allí la Compañía de Jesús, madre de tantos doctores y apóstoles, de tantos evangelistas y mártires. General de este nuevo ejército, envía los soldados de Jesucristo a todas las partes del mundo, mientras que él, gobernando este gran cuerpo desde el centro de la catolicidad, instruye a los ignorantes, catequiza los pequeñuelos y a los pobres, atrae a los pecadores, emprende todo género de obras de celo, y lleva su abnegación hasta arrojarse un día en un estanque helado para conmover a un alma que corría a su perdición; hasta consentir en dilatar su partida de este mundo, si hubiera sido preciso; porque decía: “preferiría quedar en la tierra, incierto de mi salvación, a estar inmediatamente en el paraíso, si con esto pudiera convertir a muchas almas”. ¿Puede haber celo mayor para santificar al prójimo? ¡Ah! ¿Qué hacemos nosotros en su comparación? Tomemos la resolución de examinar los lazos que atan nuestro corazón a las cosas del mundo y a las pasiones, para romperlos generosamente; de velar sobre nuestras intenciones, para no hacer nada sólo por hábito y rutina o por motivos humanos, sino referirlo todo a la mayor gloria de Dios; y de atraer al prójimo al bien con nuestros ejemplos, y, cuando así no lo podamos, con nuestras palabras. Nuestro ramillete espiritual será la divisa de San Ignacio: “A mayor gloria de Dios”.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

El Santo Cura de Ars (I)


Hoy quiero recorrer de nuevo la vida del santo cura de Ars subrayando algunos de sus rasgos, que pueden servir de ejemplo también para los sacerdotes de nuestra época, ciertamente diferente de aquella en la que él vivió, pero en varios aspectos marcada por los mismos desafíos humanos y espirituales fundamentales. A las dos de la mañana del 4 de agosto de 1859 san Juan Bautista María Vianney, terminado el curso de su existencia terrena, fue al encuentro del Padre celestial para recibir en herencia el reino preparado desde la creación del mundo para los que siguen fielmente sus enseñanzas (cf. Mt 25, 34). ¡Qué gran fiesta debió de haber en el paraíso al llegar un pastor tan celoso! ¡Qué acogida debe de haberle reservado la multitud de los hijos reconciliados con el Padre gracias a su obra de párroco y confesor!... De la santidad depende la credibilidad del testimonio y, en definitiva, la eficacia misma de la misión de todo sacerdote.

Juan María Vianney nació en la pequeña aldea de Dardilly el 8 de mayo de 1786, en el seno de una familia campesina, pobre en bienes materiales, pero rica en humanidad y fe. Bautizado, de acuerdo con una buena costumbre de esa época, el mismo día de su nacimiento, consagró los años de su niñez y de su adolescencia a trabajar en el campo y a apacentar animales, hasta el punto de que, a los diecisiete años, aún era analfabeto. No obstante, se sabía de memoria las oraciones que le había enseñado su piadosa madre y se alimentaba del sentido religioso que se respiraba en su casa.

Los biógrafos refieren que, desde los primeros años de su juventud, trató de conformarse a la voluntad de Dios incluso en las ocupaciones más humildes. Albergaba en su corazón el deseo de ser sacerdote, pero no le resultó fácil realizarlo. Llegó a la ordenación presbiteral después de no pocas vicisitudes e incomprensiones, gracias a la ayuda de prudentes sacerdotes, que no se detuvieron a considerar sus límites humanos, sino que supieron mirar más allá, intuyendo el horizonte de santidad que se perfilaba en aquel joven realmente singular. Así, el 23 de junio de 1815, fue ordenado diácono y, el 13 de agosto siguiente, sacerdote. Por fin, a la edad de 29 años, después de numerosas incertidumbres, no pocos fracasos y muchas lágrimas, pudo subir al altar del Señor y realizar el sueño de su vida.

El santo cura de Ars manifestó siempre una altísima consideración del don recibido. Afirmaba: “¡Oh, qué cosa tan grande es el sacerdocio! No se comprenderá bien más que en el cielo... Si se entendiera en la tierra, se moriría, no de susto, sino de amor”. Además, de niño había confiado a su madre: “Si fuera sacerdote, querría conquistar muchas almas”. Y así sucedió. En el servicio pastoral, tan sencillo como extraordinariamente fecundo, este anónimo párroco de una aldea perdida del sur de Francia logró identificarse tanto con su ministerio que se convirtió, también de un modo visible y reconocible universalmente, en alter Christus, imagen del buen Pastor que, a diferencia del mercenario, da la vida por sus ovejas (cf. Jn 10, 11). A ejemplo del buen Pastor, dio su vida en los decenios de su servicio sacerdotal. Su existencia fue una catequesis viviente, que cobraba una eficacia muy particular cuando la gente lo veía celebrar la Misa, detenerse en adoración ante el sagrario o pasar muchas horas en el confesonario.

Fuente: Cf. Benedicto XVI, Audiencia general del 5 de agosto de 2009

Hacer actos de fe y amor (I)


¡Señor! Guíeme siempre tu luz para no errar en el camino.

En este periodo de tránsito de la meditación a la contemplación es muy importante que el alma sepa en qué consiste la “atención general y amorosa a Dios” de que habla San Juan de la Cruz, para saber comportarse y sacar de ella los mejores frutos. Según el Santo, este nuevo modo de hacer oración resulta de un particular ejercicio de las virtudes teologales ayudadas por un escondido y delicado influjo de los dones del Espíritu Santo. En otras palabras, de parte del alma se requiere un ejercicio de fe y amor tan intenso y simplificado que, sin recurrir a la repetición continua de actos particulares, la ponga en actitud de amorosa atención a Dios. Muy lejos, por lo tanto, de estar ociosa, el alma fija su mirada en Dios mediante un prolongado acto de amor y fe. Y no está sola en esta labor: el Espíritu Santo le sale al encuentro y, mediante una secreta actuación de sus dones, la orienta y atrae hacia Dios, infundiéndole un conocimiento amoroso de Él. Así el alma puede perseverar largo rato en esta actitud verdaderamente contemplativa, y merced a esa ayuda del Espíritu Santo, “gusta de estarse a solas con atención amorosa a Dios, sin particular consideración, en paz interior y quietud y descanso” (San Juan de la Cruz).

Pero no siempre el influjo de los dones será tan intenso y gustoso que la mantenga tan pacíficamente ocupada en cosas de Dios: con frecuencia, sobre todo a los principios, será más débil, árido y con interrupciones, por lo que no será raro el caso en que deba recurrir al alguna maña para perseverar recogida; y entonces le será muy útil el aplicarse de vez en cuando a hacer actos de fe y de amor, ya que esto es lo único que debe poner el alma de su parte en la oración.

“¡Señor Dios mío! Te busco con ansia. Mi espíritu se halla sediento de Ti y mi carne por Ti vive anhelante, como tierra sin agua, árida y seca” (S. 62, 2)

“¿Quién me dará que yo encuentre reposo en Ti? ¿Quién me dará que vengas Tú a mi corazón y lo embriagues y yo olvide mis males y te abrace a Ti, mi único bien? ¿Qué eres Tú para mí? Permite bondadosamente que te hable: ¿qué soy yo para Ti, y pues me impones amarte y te enojas si yo no te amo, amenazándome con tantas miserias? ¿Y es quizás pequeña la de no amarte? ¡Pobre de mí! Dime por tu misericordia, dime, Señor Dios mío: ¿qué eres Tú para mí? Di a mi alma: Yo soy tu salvación. Dilo así, de modo que yo lo oiga. He aquí el oído de mi corazón. Señor: ábrelo, y di a mi alma: Yo soy tu salvación. Correré tras esa voz y me uniré a Ti. Pero no me escondas tu faz...

¡Oh Padre! Yo no sé la vida que conduce a Ti. Enséñame Tú, muéstramela. Dame el viático para ese camino. Si es con la fe como te encuentran los que se refugian en Ti, dame la fe; si con la virtud, dame la virtud; aumenta en mí la fe, auméntame la caridad” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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