Los hijos son la primavera de la familia


“Os bendiga Dios, fuente de la vida”. La bendición de Dios no sólo es el origen de la comunión conyugal, sino también de la apertura responsable y generosa a la vida. Los hijos son en verdad la primavera de la familia y de la sociedad. El matrimonio florece en los hijos: ellos coronan la comunión total de vida (“totius vitae consortium”: Código de derecho canónico, c. 1055, 1), que convierte a los esposos en “una sola carne”; y esto vale tanto para los hijos nacidos de la relación natural entre los cónyuges, como para los queridos mediante la adopción. Los hijos no son un “accesorio” en el proyecto de una vida conyugal. No son “algo opcional”, sino “el don más excelente”, inscrito en la estructura misma de la unión conyugal.

La Iglesia, como se sabe, enseña la ética del respeto a esta institución fundamental en su significado al mismo tiempo unitivo y procreador. De este modo, expresa el acatamiento que debe dar al designio de Dios, delineando un cuadro de relaciones entre los esposos basadas en la aceptación recíproca sin reservas. De este modo se respeta, sobre todo, el derecho de los hijos a nacer y crecer en un ambiente de amor plenamente humano.

A esta tarea están llamados los padres y los hijos, pero, el nosotros” de los padres, marido y mujer, se desarrolla, por medio de la generación y de la educación, en el “nosotros” de la familia, que deriva de las generaciones precedentes y se abre a una gradual expansión. Cuando se respetan las funciones, logrando que la relación entre los esposos y la relación entre los padres y los hijos se desarrollen de manera armoniosa y serena, es natural que para la familia adquieran significado e importancia también los demás parientes, como los abuelos, los tíos y los primos. A menudo, en estas relaciones fundadas en el afecto sincero y en la ayuda mutua, la familia desempeña un papel realmente insustituible, para que las personas que se encuentran en dificultad, los solteros, los viudos, y los huérfanos encuentren un ambiente agradable y acogedor. La familia no puede encerrarse en sí misma. La relación afectuosa con los parientes es el primer ámbito de esta apertura necesaria, que proyecta a la familia hacia la sociedad entera.

Que la Virgen María, “Reina de la familia”, os acompañe siempre con su mano materna.

Fuente: S.S. Juan Pablo II, Homilía del 15 de octubre de 2000

Carta de Juan Pablo II a las familias (II)


¿Cómo no recordar, a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: “No matarás” (Ex 20, 13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas y aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas. Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismos parlamentos para realizar los propios proyectos y buscar sus propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en “civilización de la muerte” recibe una preocupante confirmación. ¿No es quizás un acontecimiento profético el hecho de que el nacimiento de Cristo haya estado acompañado del peligro por su existencia? Sí, también la vida de Aquel que al mismo tiempo es Hijo del hombre e Hijo de Dios estuvo amenazada, estuvo en peligro desde el principio, y sólo de milagro evitó la muerte.

Sin embargo, en los últimos decenios se notan algunos síntomas confortadores de un despertar de las conciencias, que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la misma opinión pública. Crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción; se difunden los movimientos pro-vida. Es un signo de esperanza para el futuro de la familia y de toda la humanidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

Carta de Juan Pablo II a las familias (I)


En el contexto de la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de sus miembros. Para convencerse de ello, basta examinar ciertos programas de educación sexual, introducidos en las escuelas, a menudo contra el parecer y las protestas de muchos padres; o bien las corrientes abortistas, que en vano tratan de esconderse detrás del llamado “derecho de elección” (“pro choice”) por parte de ambos esposos, y particularmente por parte de la mujer.

En los evangelios de la infancia, el anuncio de la vida, que se hace de modo admirable con el nacimiento del Redentor, se contrapone fuertemente a la amenaza a la vida, una vida que abarca enteramente el misterio de la Encarnación y de la realidad divino-humana de Cristo. El Verbo se hizo carne, Dios se hizo hombre. A este sublime misterio se referían frecuentemente los Padres de la Iglesia: “Dios se hizo hombre, para que el hombre, en él y por medio de él, llegara a ser Dios”. Esta verdad de la fe es a la vez la verdad sobre el ser humano. Muestra la gravedad de todo atentado contra la vida del niño en el seno de la madre. Aquí, precisamente aquí, nos encontramos en las antípodas del “amor hermoso”. Pensando exclusivamente en la satisfacción, se puede llegar incluso a matar el amor, matando su fruto. Para la cultura de la satisfacción el “fruto bendito de tu seno” (Lc 1, 42) llega a ser, en cierto modo, un “fruto maldito”.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

El deber de la Reparación


Una deuda de justicia y amor.

Al deber de la consagración va aneja, como consecuencia natural, otra obligación: la de ofrecer al amor olvidado y despreciado de nuestro Dios, una compensación por las indiferencias, ofensas e injurias que le infiere el género humano. Esto es lo que se llama reparación.

Doble es el motivo, dice la Encíclica Miserentissimus, que nos obliga a la reparación: uno de justicia, con el fin de que la ofensa hecha a Dios con nuestros crímenes, sea expiada, y que el orden violado sea restablecido con la penitencia; otro de amor que nos inclina a participar en el sufrimiento de Cristo, doliente y saturado de oprobios, y procurarle, según nuestra pequeñez lo permita, algún consuelo.

Obligación de justicia y amor; ciertamente, el pecado no es sólo la violación de una ley que tiene a Dios por autor y custodio; es, además, una injuria personal contra Él, y un desprecio práctico de su amor. Es, pues, natural que Dios, como requisito para alcanzar el perdón, exija una reparación que sea el reconocimiento de su grandeza y amor. Y el hombre, lejos de extrañarse de esta exigencia divina, debería adelantarse por sí mismo y persuadirse de la necesidad que tiene de hacer olvidar, en cierto sentido, a Dios, la ingratitud de que es culpable; y, fijos los ojos en el Crucifijo, en la llaga del costado del Salvador, viendo aquel Corazón traspasado, debía decidirse a reparar a la justicia divina todo el mal, por medio de obras exteriores de penitencia.

Ahora bien: todos hemos pecado, y a todos nos incumbe el deber de la expiación. Pero de nosotros mismos no podemos ofrecer a Dios una reparación suficiente. Criaturas con poderes muy limitados, somos incapaces de saldar una deuda en cierto sentido infinita. Y por eso el Verbo, en su misericordia, quiso tomar una naturaleza humana, para rescatar, por la virtud de su sacrificio, toda la raza humana: “Cargó con nuestras enfermedades y dolores; por nuestras iniquidades estuvo cubierto de llagas; sobrellevó nuestros pecados en su cuerpo sobre la cruz... para que, muertos al pecado, viviéramos para la justicia”. Pero quiso Él dejar voluntariamente su obra incompleta: habiéndonos rescatado sin nosotros, no quiso salvarnos sin nosotros, y debemos completar en nuestra carne lo que falta a la Pasión de Cristo.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Servus Cordis Iesu

Santos Pedro y Pablo, dos vástagos plantados por Dios


Vale mucho a los ojos del Señor la vida de sus fieles, y ningún género de crueldad puede destruir la religión fundada en el misterio de la cruz de Cristo. Las persecuciones no son en detrimento, sino en provecho de la Iglesia, y el campo del Señor se viste siempre con una cosecha más rica al nacer multiplicados los granos que caen uno a uno.

Por esto, los millares de bienaventurados mártires atestiguan cuán abundante es la prole en que se han multiplicado estos dos insignes vástagos plantados por Dios, ya que aquéllos, emulando los triunfos de los apóstoles, han rodeado nuestra ciudad por todos lados con una multitud purpurada y rutilante, y la han coronado a manera de una diadema formada por una hermosa variedad de piedras preciosas.

De esta protección, amadísimos hermanos, preparada por Dios para nosotros como un ejemplo de paciencia y para fortalecer nuestra fe, hemos de alegrarnos siempre que celebramos la conmemoración de cualquiera de los santos, pero nuestra alegría ha de ser mayor aun cuando se trata de conmemorar a estos padres, que destacan por encima de los demás, ya que la gracia de Dios los elevó, entre los miembros de la Iglesia, a tan alto lugar, que los puso como los dos ojos de aquel cuerpo cuya cabeza es Cristo.

Respecto a sus méritos y virtudes, que exceden cuanto pueda decirse, no debemos hacer distinción ni oposición alguna, ya que son iguales en la elección, semejantes en el trabajo, parecidos en la muerte.

Como nosotros mismos hemos experimentado y han comprobado nuestros mayores, creemos y confiamos que no ha de faltarnos la ayuda de las oraciones de nuestros particulares patronos, para obtener la misericordia de Dios en medio de las dificultades de esta vida; y así, cuanto más nos oprime el peso de nuestros pecados, tanto más levantarán nuestros ánimos los méritos de los apóstoles.

Fuente: De los sermones de san León Magno, Liturgia de las Horas

Culto y Consagración al Corazón Eucarístico de Jesús


El Corazón Eucarístico es el Corazón de Jesús considerado en relación a su obra divinamente maestra.

Todos con San Agustín repiten: “Él es todopoderoso, mas, no obstante, no pudo darnos cosa mejor que la Eucaristía; Él es sapientísimo, mas, no supo darnos cosa más excelente que la Eucaristía; Él es generosísimo, mas, fuera de la Eucaristía, no tuvo don más precioso que regalarnos”.

Del culto general al Sagrado Corazón, se ha llegado al culto especial al Corazón Eucarístico, al Corazón del Artista divino y a su obra maestra, que es la santa Eucaristía.

Y esta es la razón por qué las almas escogidas han corrido con fervor al Corazón Eucarístico de Jesús. La devoción al Corazón Eucarístico viene de Dios, porque viene de la Eucaristía.

¡Sea por todos conocido y amado el Corazón de Jesús en su divinísimo Sacramento; por todos sea bendecido y exaltado; por todos estimado y promovido el culto del Corazón Eucarístico de Jesús, nuestro Señor!

Consagración al Corazón Eucarístico de Jesús

Jesús, Maestro adorable, escondido en vuestro Sacramento de amor, Vos moráis conmigo para endulzar mi destierro, y ¿podré yo no consagrarme a consolar el Vuestro? A Vos que me entregáis vuestro Corazón, ¿cómo no entregaros el mío? Entregarme a Vos redunda en mi verdadero y propio provecho; es encontrar para mí mismo el inefable tesoro de un corazón amante, desinteresado y fiel como quisiera que fuese el mío. De esta suerte no doy nada y siempre recibo. Señor, yo no sabré luchar en generosidad con Vos, mas os amo; dignaos aceptar mi pobre corazón, y aunque él no valga nada, no obstante, porque le amáis, llegará a ser algo por vuestra gracia; hacedlo bueno y guardadlo.

Corazón Eucarístico de Jesús, yo os consagro todas las facultades de mi alma, todas las fuerzas de mi cuerpo; yo quiero esforzarme en conoceros y amaros cada vez más, con el fin de haceros mejor conocer y amar. No quiero obrar sino por vuestra gloria, ni hacer sino lo que quiere vuestro Padre.

Os consagro todos los momentos de mi vida en espíritu de adoración delante de vuestra real presencia; de agradecimiento, por este incomparable don; de reparación, por nuestras crueles frialdades, y de súplica incesante, a fin de que nuestras oraciones, ofrecidas por Vos y en Vos, se eleven, purificadas y fecundas, hasta el trono de la misericordia divina y por su eterna gloria. Así sea.

Fuente: Cf. P. Antonino de Castellammare, El alma eucarística

Fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús


Hoy celebramos la Fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús.

Origen de la Fiesta. El 22 de Enero de 1854, una religiosa escuchó de labios de Jesús estas palabras: “¡Cuántas almas hay que me rodean y no me consuelan! Mi Corazón ansía amor, como el pobre pide pan. Es mi Corazón Eucarístico: ¡haz que se le conozca y se le ame! ¡Extiende esta devoción!”. Benedicto XV aprobó el 9 de noviembre de 1921 Misa y Oficio propios, y asignó la fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús, al Jueves siguiente a la Octava del Corpus.

Objeto de la Fiesta. La misma Iglesia nos indica el objeto de esta devoción: que “es la de honrar el acto de suprema dilección, por el que Nuestro Señor, prodigando todas las riquezas de su Corazón, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía; para permanecer con nosotros hasta el fin de los siglos”. Mientras la devoción a la Sagrada Eucaristía se dirige al Hombre-Dios, verdaderamente presente en nuestros altares bajo los velos de las sagradas especies y tiene como objeto la misma Persona de Jesús, la devoción al Sagrado Corazón Eucarístico trata de rendir un culto de veneración y de amor agradecido a este acto particular de Jesús, que realiza y perpetúa el don de la Eucaristía. Es la devoción al Amor inspirador, creador y continuador de la Eucaristía. En tanto que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, honra, bajo el símbolo del corazón, toda la caridad del Salvador, de donde han brotado los torrentes de las gracias más preciosas, esta otra considera la caridad de Cristo sólo en la obra de amor por excelencia y rinde homenaje a este acto de amor, al cual debemos la institución de la Eucaristía, la presencia real y permanente de Jesucristo en el tabernáculo, su inmolación en el Santo Sacrificio de la Misa, su donación a cada uno de nosotros en la sagrada comunión.

La devoción al Corazón Eucarístico de Jesús. Este acto de suprema dilección, olvidado por tantos cristianos, exigía un culto especial de acción de gracias, de adoración, de reparación y de súplicas.

El Sumo Pontífice, al fijar esta fiesta en estos días, ha querido mostrarnos que la devoción al Corazón Eucarístico encierra en sí lo que tienen de más excelente las devociones al Sagrado Corazón y a la Eucaristía. Tiene el secreto de unirlas en admirable armonía, porque en la Sagrada Eucaristía nos muestra a un Dios que se da, como nadie puede darse: víctima por los pecados en el Calvario, pan de vida en la hostia; compañero de destierro en el tabernáculo: ¡que se da todo entero; con su Cuerpo, Sangre, Alma, Divinidad y su Corazón!... Y esta donación tan perfecta, al descubrirnos la esencia misma del Corazón de nuestro Dios, hace a nuestras almas cautivas del amor a Jesús, presente entre nosotros. Porque el alma cristiana quiere responder a esta inenarrable ternura del Corazón de Jesús. Dios nos amó primero, y nos amó usque in finem, hasta el exceso; tiene una ardiente sed de ser honrado en el Santísimo Sacramento. El alma se ve obligada a exclamar con San Pablo, “la caridad de Cristo nos apremia”, y con San Juan: “Amemos a Dios, porque Él se adelantó en el amor”. Este es el fruto de la devoción y fiesta del Corazón Eucarístico: persuadirnos de que Jesús nos ama, que desea ardientemente nuestro amor, que el fin de su inmolación es nuestra unión con El; y, una vez convencidos de esto, obrar en consecuencia: amarle prácticamente, uniéndonos a Él, inmolándonos con Él y anonadándonos ante Él, para que podamos decir con el Apóstol: “vivo yo, mas ya no yo, pues es Cristo quien vive en mí”.

Alabado sea el Corazón Eucarístico de Jesús

Sea por siempre Bendito y Alabado

Corazón Eucarístico de Jesús, en Vos confío

¡Gloria y Reparación al Corazón Eucarístico de Jesús!

Fuente: Cf. Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús

El Beato Carlos de Austria y la estampa de su funeral

Ante tantos males que, hoy más que nunca, trastornan profundamente a individuos, familias, naciones y orbe entero, ¿dónde, venerables hermanos, hallaremos un remedio eficaz? ¿Podremos encontrar alguna devoción que aventaje al culto augustísimo del Corazón de Jesús, que responda mejor a la índole propia de la fe católica, que satisfaga con más eficacia las necesidades espirituales actuales de la Iglesia y del género humano? ¿Qué homenaje religioso más noble, más suave y más saludable que este culto, pues se dirige todo a la caridad misma de Dios? Por último, ¿qué puede haber más eficaz que la caridad de Cristo -que la devoción al Sagrado Corazón promueve y fomenta cada día más- para estimular a los cristianos a que practiquen en su vida la perfecta observancia de la ley evangélica, sin la cual no es posible instaurar entre los hombres la paz verdadera, como claramente enseñan aquellas palabras del Espíritu Santo: “Obra de la justicia será la paz”?

Por lo cual, siguiendo el ejemplo de nuestro inmediato antecesor, queremos recordar de nuevo a todos nuestros hijos en Cristo la exhortación que León XIII, de inmortal memoria, al expirar el siglo pasado, dirigía a todos los cristianos y a cuantos se sentían sinceramente preocupados por su propia salvación y por la salud de la sociedad civil: “Ved hoy ante vuestros ojos un segundo lábaro consolador y divino: el Sacratísimo Corazón de Jesús... que brilla con refulgente esplendor entre las llamas. En El hay que poner toda nuestra confianza; a Él hay que suplicar y de Él hay que esperar nuestra salvación”.

Deseamos también vivamente que cuantos se glorían del nombre de cristianos e, intrépidos, combaten por establecer el Reino de Jesucristo en el mundo, consideren la devoción al Corazón de Jesús como bandera y manantial de unidad, de salvación y de paz. No piense ninguno que esta devoción perjudique en nada a las otras formas de piedad con que el pueblo cristiano, bajo la dirección de la Iglesia, venera al Divino Redentor. Al contrario, una ferviente devoción al Corazón de Jesús fomentará y promoverá, sobre todo, el culto a la santísima Cruz, no menos que el amor al augustísimo Sacramento del altar. Y, en realidad, podemos afirmar -como lo ponen de relieve las revelaciones de Jesucristo mismo a santa Gertrudis y a santa Margarita María- que ninguno comprenderá bien a Jesucristo crucificado, si no penetra en los arcanos de su Corazón. Ni será fácil entender el amor con que Jesucristo se nos dio a sí mismo por alimento espiritual, si no es mediante la práctica de una especial devoción al Corazón Eucarístico de Jesús; la cual -para valernos de las palabras de nuestro predecesor, de féliz memoria, León XIII- nos recuerda “aquel acto de amor sumo con que nuestro Redentor, derramando todas las riquezas de su Corazón, a fin de prolongar su estancia con nosotros hasta la consumación de los siglos, instituyó el adorable Sacramento de la Eucaristía”. Ciertamente, “no es pequeña la parte que en la Eucaristía tuvo su Corazón, por ser tan grande el amor de su Corazón con que nos la dio”.

Fuente: S.S. Pío XII, Carta Encíclica Haurietis Aquas

De la Consagración de la Nación Argentina al Sagrado Corazón


La Consagración de la Argentina al Sacratísimo Corazón de Jesús fue realizada el 28 de octubre de 1945, en ocasión del Centenario del Apostolado de la Oración. El acto fue acompañado desde todo el país. La ceremonia se realizó en Buenos Aires, ante el altar levantado en el edificio del Congreso Nacional, celebrando la Misa el Arzobispo de Córdoba, Monseñor Fermín Lafitte. La oración de Consagración, fue leída por el Cardenal Santiago Luis Copello en nombre del Episcopado Nacional.

“Corazón Sacratísimo de Jesús, Verbo eterno, hecho hombre, que con el Padre y el Espíritu Santo nos has creado y que en las alturas del Calvario con tu Pasión y muerte nos has redimido, siendo así doblemente Señor Nuestro, los Pastores de esta tu Nación privilegiada, juntamente con todo su pueblo, están postrados ante la Hostia sacrosanta en la que palpita real y verdaderamente tu divino Corazón. Desde las ciudades populosas y desde los pequeños poblados de nuestra Patria, desde sus amplias llanuras y desde sus altas montañas, desde los hogares modestos y desde las suntuosas moradas, nos hemos congregado a millares junto a Ti, con fe, con gratitud y con amor. La Fe católica que nos ha traído hasta aquí y que nos infundiste en el Bautismo, es la fe de nuestros próceres, de nuestras madres, de nuestros estadistas, que en el preámbulo de la Constitución te proclamaron fuente de toda razón y justicia. Nuestra gratitud profunda tiene origen en la inmensa caridad con que nos amaste desde toda la eternidad en el seno de la Trinidad Beatísima, y que se manifiesta en Belén al nacer, en la cruz al morir, en el Sagrario al quedarte en medio de nosotros, en los beneficios sin cuento que has derramado sobre nuestra Nación, que confesamos no merecer, y que, por lo mismo, comprometen en mayor grado nuestro sincero agradecimiento. ¿Cómo podríamos afirmar que agradecemos tus innumerables dones, si la llama del amor hacia Ti no abrasa a nuestro pobre corazón?

Con estos sentimientos, humildemente contritos de nuestras faltas, como manifestación externa de nuestro acendrado amor, accediendo a tus más vivos anhelos, hoy estamos ante Tu presencia para suplicarte que te dignes aceptar nuestra consagración irrevocable y la de nuestra Patria a tu Divino Corazón. Corazón Sacratísimo de Jesús: los que tenemos la dicha de habitar este suelo que miras con bondadosa predilección, al consagrarnos a Ti para siempre recogiendo el clamor que brota incontenible del pecho de sus habitantes, te consagramos nuestra Patria, heredad bendita que recibimos de nuestros mayores para que sea como ellos la idearon: hija de tu Evangelio, hogar venturoso de paz y de concordia, morada feliz de hombres cultos, buenos y laboriosos al influjo de tus más selectas bendiciones, que imploramos.

Antes de terminar permítenos que, recordándote tu promesa, te supliquemos inscribas nuestros nombres en tu Sagrado Corazón y que durante nuestra vida no permitas que jamás nos separemos de Ti, para que por toda la eternidad podamos participar de tu gloria, Señor Jesús, que con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Así sea”.

Fuente: Cf. Fórmula de la Consagración de la Nación Argentina al Sagrado Corazón de Jesús

La Reparación en el Culto al Sagrado Corazón


El espíritu de reparación o expiación ha ocupado siempre un lugar principal en el culto tributado al Sagrado Corazón de Jesús, y, al elevar el Papa Pío XI su fiesta al rito de primera clase, con octava, dotándola de una nueva Misa y Oficio, quiso hacerla la fiesta por excelencia de la reparación.

En sus apariciones a Santa Margarita María, Nuestro Señor le declaró la infinidad de su amor y se quejó suavemente de no recibir como respuesta por parte de los hombres, aun de los que le están consagrados, sino injurias e ingratitudes.

Participar en los sufrimientos de Cristo.

Puede parecer inverosímil que Nuestro Señor Jesucristo, que se halla en los Cielos rodeado de las alabanzas de los Ángeles y Bienaventurados, inaccesible al sufrimiento y al dolor, anhele todavía consuelos de sus criaturas terrenas. La Encíclica Miserentissimus nos lo aclara: “Si por causa de nuestros pecados que se habían de cometer, y eran previstos, se entristeció el alma de Cristo hasta verse en trance de muerte, no hay duda que ya entonces recibió también algún otro consuelo de nuestra cooperación, asimismo prevista, cuando se le apareció un Ángel del Cielo para consolar su Corazón oprimido por el tedio y la angustia”. De nosotros depende, pues, de nuestra cobardía o generosidad, el que en la noche del Jueves al Viernes Santo, Cristo sufra o se halle confortado.

Este amor y esta reparación brotarán espontáneamente de nuestras almas, si consideramos atentamente todo lo que Nuestro Señor Jesucristo sufrió por nosotros durante su Pasión “pues fue triturado por nuestras iniquidades, para sanarnos con sus heridas”. Su Corazón soportó la ingratitud e improperio, y esperó a que alguien se contristara con Él y no lo hubo, y quien le consolase y no le halló.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

Oración al Santísimo Sacramento


Señor mío Jesucristo, que, por el amor que tenéis a los hombres, estáis día y noche en este Sacramento, lleno de misericordia y de amor, esperando, llamando y acogiendo a todos los que vienen a visitaros; creo que estáis presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Os adoro desde el abismo de mi nada y os doy gracias por todos los beneficios que me habéis hecho, especialmente porque me habéis dado en este Sacramento vuestro Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; por haberme concedido por mi abogada a vuestra Santísima Madre, la Virgen María; y haberme ahora llamado a visitaros en este lugar santo.

Adoro vuestro amantísimo Corazón y deseo adoraros por tres fines: el primero, en agradecimiento de este tan insigne don; el segundo, para reparar todos los ultrajes que habéis recibido de vuestros enemigos en este Sacramento; y el tercero, porque deseo en esta visita adoraros en todos los lugares de la tierra, donde estáis Sacramentado con menos culto y más olvido.

¡Jesús mío! Os amo con todo mi corazón. Me arrepiento de haber ofendido, tantas veces, a vuestra bondad infinita, y propongo enmendarme, asistido de vuestra gracia. Miserable como soy, me consagro enteramente a Vos, y entrego en vuestras divinas manos mi voluntad, afectos, deseos y todo cuanto soy y puedo. De hoy en adelante haced, Señor, de mí y de mis cosas todo lo que os agrade.

Lo que yo quiero y os pido es vuestro santo amor, el perfecto cumplimiento de vuestra santa voluntad, y la perseverancia final. Os encomiendo las almas del Purgatorio, especialmente las más devotas del Santísimo Sacramento y de María Santísima, y os ruego también por todos los pecadores.

Oh amado Salvador mío, uno todos mis afectos y deseos a los de vuestro Sacratísimo Corazón, y así unidos, los ofrezco a vuestro Eterno Padre, y por el amor que os tiene, le pido en vuestro nombre se digne aceptarlos y oiga mis súplicas benignamente. Amén.

Fuente: Oración compuesta por San Alfonso María de Ligorio

Homenajes rendidos al Sagrado Corazón


Una consagración así, aporta también a los Estados la esperanza de una situación mejor, pues este acto de piedad puede establecer y fortalecer los lazos que unen naturalmente los asuntos públicos con Dios. En estos últimos tiempos, sobre todo, se ha erigido una especie de muro entre la Iglesia y la sociedad civil. En la constitución y administración de los Estados no se tiene en cuenta para nada la jurisdicción sagrada y divina, y se pretende obtener que la religión no tenga ningún papel en la vida pública. Esta actitud desemboca en la pretensión de suprimir en el pueblo la ley cristiana; si les fuera posible hasta expulsarían a Dios de la misma tierra.

Siendo los espíritus la presa de un orgullo tan insolente, ¿es que puede sorprender que la mayor parte del género humano se debata en problemas tan profundos y esté atacada por una resaca que no deja a nadie al abrigo del miedo y el peligro? Fatalmente acontece que los fundamentos más sólidos del bien público, se desmoronan cuando se ha dejado de lado, a la religión. Dios, para que sus enemigos experimenten el castigo que habían provocado, les ha dejado a merced de sus malas inclinaciones, de suerte que abandonándose a sus pasiones se entreguen a una licencia excesiva.

De ahí esa abundancia de males que desde hace tiempo se ciernen sobre el mundo y que Nos obligan a pedir el socorro de Aquel que puede evitarlos. ¿Y quién es éste sino Jesucristo, Hijo Único de Dios, “pues ningún otro nombre le ha sido dado a los hombres, bajo el Cielo, por el que seamos salvados”?. Hay que recurrir, pues, al que es “el Camino, la Verdad y la Vida”.

El hombre ha errado: que vuelva a la senda recta de la verdad; las tinieblas han invadido las almas, que esta oscuridad sea disipada por la luz de la verdad; la muerte se ha enseñoreado de nosotros, conquistemos la vida. Entonces nos será permitido sanar tantas heridas, veremos renacer con toda justicia la esperanza en la antigua autoridad, los esplendores de la fe reaparecerán; las espadas caerán, las armas se escaparán de nuestras manos cuando todos los hombres acepten el imperio de Cristo y sometan con alegría, y cuando “toda lengua profese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre”.

En la época en que la Iglesia, aún próxima a sus orígenes, estaba oprimida bajo el yugo de los Césares, un joven emperador percibió en el Cielo una cruz que anunciaba y que preparaba una magnífica y próxima victoria. Hoy, tenemos aquí otro emblema bendito y divino que se ofrece a nuestros ojos: Es el Corazón Sacratísimo de Jesús, sobre el que se levanta la cruz, y que brilla con un magnífico resplandor rodeado de llamas. En él debemos poner todas nuestras esperanzas; tenemos que pedirle y esperar de él la salvación de los hombres.

Finalmente, no queremos pasar en silencio un motivo particular, es verdad, pero legítimo y serio, que nos presiona a llevar a cabo esta manifestación. Y es que Dios, autor de todos los bienes, Nos ha liberado de una enfermedad peligrosa. Nos queremos recordar este beneficio y testimoniar públicamente Nuestra gratitud para aumentar los homenajes rendidos al Sagrado Corazón.

Fuente: S.S. León XIII, Encíclica Annum Sacrum

La Consagración del mundo al Sacratísimo Corazón de Jesús


El 11 de junio de 1899, el Papa León XIII Consagró la humanidad al Sagrado Corazón de Jesús con la siguiente Fórmula compuesta por él mismo, y más adelante, S.S. Pío XI pidió que sea recitada también en la Solemnidad de Cristo Rey.

Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano, miradnos humildemente postrados delante de vuestro altar: vuestros somos y vuestros queremos ser; y a fin de poder vivir más estrechamente unidos con Vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón. Muchos, por desgracia, jamás os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo! ¡Oh Señor! Sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado, haced que vuelvan pronto a la casa paterna para que no perezcan de hambre y de miseria. Sed Rey de aquellos que por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos; devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe, para que en breve se forme un solo rebaño bajo de un solo Pastor. Sed Rey de los que permanecen aún envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino. Mirad finalmente con ojos de misericordia a los hijos de aquel pueblo que en otro tiempo fue vuestro predilecto; descienda también sobre ellos, como bautismo de redención y de vida, la sangre que un día contra sí reclamaron. Conceded, oh Señor, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino esta voz: “Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud; a Él se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos”. Así sea.

Fuente: S.S. León XIII, Encíclica Annum Sacrum

Novena de la confianza al Sagrado Corazón de Jesús

“Es una bendición tener una confianza ilimitada en el Sagrado Corazón” (Beato Carlos de Austria)

¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad os digo, pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”. He aquí que, confiando en tus santas palabra, yo llamo, busco, y pido la gracia...

Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad os digo, pasarán los cielos y la tierra pero mis palabras jamás pasarán”. He ahí que yo, confiando en lo infalible de tus santas palabras pido la gracia...

Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¡Oh Jesús mío!, que dijiste: “En verdad os digo, todo lo que pidáis a mi Padre en mi Nombre, se os concederá”. He ahí que yo al Padre Eterno y en tu Nombre pido la gracia...

Padre Nuestro, Avemaría y Gloria.

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¡Oh Sagrado Corazón de Jesús!, te es imposible no sentir compasión por los desdichados: ten piedad de nosotros, pobres pecadores, y concédenos las gracias que pedimos en nombre del Inmaculado Corazón de María, nuestra tierna Madre. Amén.

San José, padre adoptivo del Sagrado Corazón de Jesús, ruega por nosotros.

Fuente: Oraciones de ARCADEI

Oh Inmaculado Corazón de María


¡Oh Inmaculado Corazón de María, traspasado de dolor por las injurias con que los pecadores ultrajan tu Santísimo nombre y tus excelsas prerrogativas! Aquí tienes, postrados a tus pies, a estos indignos hijos tuyos que, agobiados por el peso de sus propias culpas, vienen arrepentidos y con ánimo de reparar las injurias que, a modo de penetrantes espadas, dirigen contra Ti hombres insolentes y malvados.

Deseamos reparar, con este acto de amor y rendimiento que hacemos delante de tu dulcísimo Corazón, todas las blasfemias que se lanzan contra tu augusto nombre, todos los agravios que se infieren a tus excelsas prerrogativas y todas las ingratitudes con que los hombres corresponden a tu maternal amor e inagotable misericordia.

Acepta, ¡oh Corazón Inmaculado!, esta demostración de nuestro filial amor y justo reconocimiento, junto con el firme propósito que hacemos de serte fieles en adelante, de salir en defensa de tu honra cuando la veamos ultrajada y de propagar tu culto y tus glorias. Concédenos, ¡oh Corazón amabilísimo!, que vivamos y crezcamos en tu santo amor, hasta verlo consumado en la gloria.

Amén.

¡Oh dulce Corazón de María, compadécete de nosotros!

Refugio de pecadores, ruega por nosotros.

¡Inmaculado Corazón de María, sed la salvación del alma mía!

Fuente: Acto de reparación al Inmaculado Corazón de María

Acto de Reparación al Sagrado Corazón de Jesús


“A todos los que comulguen nueve primeros viernes de mes continuos, el amor omnipotente de mi Corazón les concederá la gracia de la perseverancia final” (La Gran Promesa del Sagrado Corazón de Jesús)

¡Oh dulcísimo Jesús, cuyo inmenso amor a los hombres no ha recibido en pago, de los ingratos, más que olvido, negligencia y menosprecio! Vednos postrados ante vuestro altar, para reparar, con especiales homenajes de honor, la frialdad indigna de los hombres y las injurias con que, en todas partes, hieren vuestro amantísimo Corazón. Mas recordando que también nosotros alguna vez nos manchamos con tal indignidad de la cual nos dolemos ahora vivamente, deseamos, ante todo, obtener para nuestras almas vuestra divina misericordia, dispuestos a reparar, con voluntaria expiación, no sólo nuestros propios pecados, sino también los de aquellos que, alejados del camino de la salvación y obstinados en su infidelidad, o no quieren seguiros como a Pastor y Guía, o, conculcando las promesas del Bautismo, han sacudido el suavísimo yugo de vuestra ley.

Nosotros queremos expiar tan abominables pecados, especialmente la inmodestia y la deshonestidad de la vida y de los vestidos, las innumerables asechanzas tendidas contra las almas inocentes, la profanación de los días festivos, las execrables injurias proferidas contra Vos y contra vuestros Santos, los insultos dirigidos a vuestro Vicario y al Orden Sacerdotal, las negligencias y horribles sacrilegios con que es profanado el mismo Sacramento del amor y, en fin, los públicos pecados de las naciones que oponen resistencia a los derechos y al magisterio de la Iglesia por Vos fundada. ¡Ojalá que nos fuese dado lavar tantos crímenes con nuestra propia sangre! Mas, entretanto, como reparación del honor divino conculcado, uniéndola con la expiación de la Virgen vuestra Madre, de los Santos y de las almas buenas, os ofrecemos la satisfacción que Vos mismo ofrecisteis un día sobre la cruz al Eterno Padre y que diariamente se renueva en nuestros altares, prometiendo de todo corazón que, en cuanto nos sea posible y mediante el auxilio de vuestra gracia, repararemos los pecados propios y ajenos y la indiferencia de las almas hacia vuestro amor, oponiendo la firmeza en la fe, la inocencia de la vida y la observancia perfecta de la ley evangélica, sobre todo de la caridad, mientras nos esforzamos además por impedir que seáis injuriado y por atraer a cuantos podamos para que vayan en vuestro seguimiento.

¡Oh benignísimo Jesús! Por intercesión de la Santísima Virgen María Reparadora, os suplicamos que recibáis este voluntario acto de reparación; concedednos que seamos fieles a vuestros mandatos y a vuestro servicio hasta la muerte y otorgadnos el don de la perseverancia, con el cual lleguemos felizmente a la gloria, donde, en unión del Padre y del Espíritu Santo, vivís y reináis, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta Encíclica Miserentissimus Redemptor

Debemos conocer el amor de Cristo

Hoy comienza el Mes de junio, dedicado especialmente en Honor y Reparación al Sagrado Corazón de Jesús

Pienso que aquel gran deseo de nuestro Señor de que su sagrado Corazón sea honrado con un culto especial tiende a que se renueven en nuestras almas los efectos de la redención. El sagrado Corazón, en efecto, es una fuente inagotable, que no desea otra cosa que derramarse en el corazón de los humildes, para que estén libres y dispuestos a gastar la propia vida según su beneplácito. De este divino Corazón manan sin cesar tres arroyos: el primero es el de la misericordia para con los pecadores, sobre los cuales vierte el espíritu de contrición y de penitencia; el segundo es el de la caridad, en provecho de todos los aquejados por cualquier necesidad y, principalmente, de los que aspiran a la perfección, para que encuentren la ayuda necesaria para superar sus dificultades; del tercer arroyo manan el amor y la luz para sus amigos ya perfectos, a los que quiere unir consigo para comunicarles su sabiduría y sus preceptos, a fin de que ellos a su vez, cada cual a su manera, se entreguen totalmente a promover su gloria.

Este Corazón divino es un abismo de todos los bienes, en el que todos los pobres necesitan sumergir sus indigencias: es un abismo de gozo, en el que hay que sumergir todas nuestras tristezas, es un abismo de humildad contra nuestra ineptitud, es un abismo de misericordia para los desdichados y es un abismo de amor, en el que debe ser sumergida toda nuestra indigencia.

Conviene, pues, que os unáis al Corazón de nuestro Señor Jesucristo en el comienzo de la conversión, para alcanzar la disponibilidad necesaria y, al fin de la misma, para que la llevéis a término. ¿No aprovecháis en la oración? Bastará con que ofrezcáis a Dios las plegarias que el Salvador profiere en lugar nuestro en el sacramento del altar, ofreciendo su fervor en reparación de vuestra tibieza; y, cuando os dispongáis a hacer alguna cosa, orad así: “Dios mío, hago o sufro tal cosa en el Corazón de tu Hijo y según sus santos designios, y os lo ofrezco en reparación de todo lo malo o imperfecto que hay en mis obras”. Y así en todas las circunstancias de la vida. Y, siempre que os suceda algo penoso, aflictivo, injurioso, decíos a vosotros mismos: “Acepta lo que te manda el Sagrado Corazón de Jesucristo para unirte a sí”.

Por encima de todo, conservad la paz del corazón, que es el mayor tesoro. Para conservarla, nada ayuda tanto como el renunciar a la propia voluntad y poner la voluntad del Corazón divino en lugar de la nuestra, de manera que sea ella la que haga en lugar nuestro todo lo que contribuye a su gloria, y nosotros, llenos de gozo, nos sometamos a él y confiemos en él totalmente.

Fuente: De las Cartas de santa Margarita María Alacoque, virgen

Ansias de Comulgar


¡Cuánto amor y cuántas bendiciones recibimos al comulgar! Deberíamos tener verdaderas ansias de comulgar como los santos. La Sierva de Dios Teresa María de Jesús Ortega dice así: Vino la guerra civil y Teruel, donde yo estaba, quedó cercado por los rojos. La angustia más dura era la comunión diaria. Comulgar..., por encima de todo, comulgar. No había formas. No había máquinas para hacer formas. No había. No había... tantas cosas. Pero había una cosa: hambre y sed de Dios. Había que comulgar, había que hacer lo imposible. Era el grito del alma, era la necesidad de la vida. ¡Comulgar, comulgar! Por encima de todo, comulgar. ¿Qué sería la vida sin comunión?

Busqué dos planchas de carbón y las calentaba en un fuego que había por allí, busqué harina y un poco de agua. Con esa harina y esa agua hacía una masa y la metía entre las dos planchas. Salían unas formas empolvadas, deformes, pero Dios bajaba allí. El Padre franciscano las consagraba a diario. ¡Qué misterio! No faltó un solo día la comunión. Faltó todo..., pan, agua, descanso, pero Dios no faltó, porque tenía Él más sed de nosotras que nosotras de Él.

Un día, haciendo esas formas tan sin forma, se cayó el techo encima. El techo y las paredes... La masa quedó convertida en algo negro, no servía para nada. Había que peregrinar de nuevo a otro rinconcito para seguir haciendo pan y poder alimentar nuestra alma de Dios. Pero se acabó el asedio y me metieron en la cárcel... ¡Un mes sin comulgar! Al salir de la cárcel, alguien me dio una cajita muy chica, pero llena de hostias consagradas. La llevaba a todas partes. ¡Cuántas comuniones ocultas! ¡Cuántos repartos diarios! ¡Qué comuniones de catacumbas! Paseaba por Valencia con el Misterio... ¡Qué procesión del Corpus entre aquellos milicianos rojos! Él iba oculto y paseaba por las calles sin que nadie lo supiera. ¡Misterios invisibles! ¡Qué bueno eres Señor! Estás loco de amor por tus criaturas.

Almiro Faccenda era un niño de unos diez años que vivía en Torcegno, un pueblecito de Italia. En 1915, durante la primera guerra mundial, el párroco del pueblo fue hecho prisionero por los austriacos y el otro sacerdote decidió huir para no correr la misma suerte; pero, antes de hacerlo, le dijo a Almiro: Te entrego la llave del sagrario. Si ves que nuestras tropas comienzan la ofensiva, toma las hostias consagradas del sagrario y las distribuyes, dando la comunión a la gente del pueblo.

Cuatro días después, el 15 de noviembre de 1915, comenzó el ataque y la gente del pueblo buscó refugio en la iglesia. Entonces, Almiro creyó que había llegado el momento y les dijo a todos lo que el sacerdote le había encomendado. Y empezó a distribuir la Comunión, mientras sonaban los disparos de la artillería. En la noche, Almiro le preguntó a su madre: ¿Qué haré con esta mano con la que he dado la Comunión y con la que he tocado a Jesús? ¿No debería ser la mano de Jesús para servirle siempre?

Terminada la guerra, entró al Seminario y se ordenó de sacerdote un hermoso día de 1932.

Fuente: P. Ángel Peña, Los niños y la eucaristía

El Matrimonio cristiano


Esta que llama, con mucha propiedad, San Agustín, fidelidad en la castidad, florece más fácil y mucho más agradable y noblemente, considerado otro motivo importantísimo, a saber: el amor conyugal, que penetra todos los deberes de la vida de los esposos y tiene cierto principado de nobleza en el matrimonio cristiano: “Pide, además, la fidelidad del matrimonio que el varón y la mujer estén unidos por cierto amor santo, puro, singular; que no se amen como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia, pues esta ley dio el Apóstol cuando dijo: Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia, y cierto que El la amó con aquella su infinita caridad, no para utilidad suya, sino proponiéndose tan sólo la utilidad de la Esposa”. Amor, decimos, que no se funda solamente en el apetito carnal, fugaz y perecedero, ni en palabras regaladas, sino en el afecto íntimo del alma y que se comprueba con las obras, puesto que, como suele decirse, obras son amores y no buenas razones.

Acérquense, pues, los futuros esposos, bien dispuestos y preparados, al estado matrimonial, y así podrán ayudarse mutuamente, como conviene, en las circunstancias prósperas y adversas de la vida, y, lo que vale más aún, conseguir la vida eterna y la formación del hombre interior hasta la plenitud de la edad de Cristo. Esto les ayudará también para que en orden a sus queridos hijos, se conduzcan como quiso Dios que los padres se portasen con su prole; es decir, que el padre sea verdadero padre y la madre verdadera madre; de suerte que por su amor piadoso y por sus solícitos cuidados, la casa paterna, aunque colocada en este valle de lágrimas y quizás oprimida por dura pobreza, sea una imagen de aquel paraíso de delicias en el que colocó el Creador del género humano a nuestros primero padres. De aquí resultará que puedan hacer a los hijos hombres perfectos y perfectos cristianos, al imbuirles el genuino espíritu de la Iglesia católica y al infiltrarles, además, aquel noble afecto y amor a la patria que la gratitud y la piedad del ánimo exigen.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta encíclica Casti Connubii

Una santa infancia

Sierva de Dios Anna Gabriella Caron

Anna Gabriella nació el 29 de enero de 2002 en Tolón, Francia. Era la mayor de cuatro hermanos, y enfermó cuando apenas tenía seis años después de quejarse de un dolor en la pierna que la hacía cojear. Los dolores eran tremendos y pronto empezó la quimioterapia. Cuando parecía que el tumor había desaparecido de repente reincidió y se extendió por todo el cuerpo.

Fue en este momento cuando comenzó la lección de esperanza que esta niña dio al mundo. "Aunque no me gusta estar enferma tengo suerte porque puedo ayudar al buen Dios a llevarle a la gente de nuevo a Él. Quiero ayudar a los que sufren".

Durante su enfermedad, Anna fue un foco de atracción para sus familiares, para otros enfermos y también para muchos religiosos. Algunos de estos últimos la acompañaron durante todo este proceso y recuerdan un momento especial para la niña: su primera comunión. Tres días antes de este acontecimiento tan importante para ella tuvo que ser hospitalizada de urgencia por un problema cardíaco. Finalmente llegó el día y pudo cumplir su sueño. De hecho, Anna dejó escrito: "Estoy feliz porque puedo decir: estoy cerca de ti, mi Dios". Después de su muerte, el sacerdote que aquel día le dio la comunión recordaba "nunca he visto a nadie recibir la comunión como ella lo hizo".

Cinco meses antes de morir, ella confesó a su madre algo que le marcó profundamente: "Le he pedido a Dios que me dé todos los sufrimientos de los niños del hospital". Para la pequeña Anna su ejemplo era santa Teresa de Lisieux, a la que quería imitar en su vida. Y tenía tal confianza en Dios que ella alegremente, pese al sufrimiento, decía claramente: "seré santa".

El corazón de esta pequeña de ocho años no parecía el de una niña pues sólo pensaba en hacer el bien pese al sufrimiento que rodeaba su vida.

Sin embargo, pese a su niñez el dolor también le llevó a momentos de dudas y a un desierto espiritual del que pronto salió con fuerza. Recuerda su madre que la pequeña llegó a decir expresiones como "necesito que alguien me diga que Dios es realmente bueno" o "cuando veo que tan pocas personas creen en Dios, me pregunto si realmente existe".

Pero esas dudas pronto se disiparon y el último tramo de su vida estuvo marcado por la oración y la comunión. Hasta el obispo de Toulon, monseñor Dominique Rey, llegó incluso a ir a su casa a llevarle la comunión a la niña. Su madre recuerda que Anna creía firmemente estar viviendo su propia Pasión junto a Jesucristo.

El último mes de su vida estuvo marcado por momentos de gracia. Anna perdonó a quienes la habían lastimado, así como a quienes se habían burlado de ella. También expresó su voluntad de pedir perdón a todos aquellos a quienes pudo haber hecho daño. Y expresó una y otra vez su amor por sus padres, su hermano y sus dos hermanas.

Sosteniendo una imagen de Cristo en la cruz, exclamó: "Es demasiado... Jesús… Él sufrió demasiado…". Unas horas más tarde, se la encontró en paz. Así se despidió. Murió en la tarde del 23 de julio de 2010.

Oración

Santísima Trinidad, por el Inmaculado Corazón de María, te damos gracias por la pequeña Anna Gabriella, por todo lo que has realizado en su corta vida. Ella se entregó libremente a Tu Amor y fue animada de un gran celo por la salvación de las almas. Te pedimos, por su intercesión, que nos concedas esta gracia..., que pedimos de Tu Misericordia infinita, si tal es Tu Voluntad de Amor para nosotros. Amén.

Fuente: Cf. anne-gabrielle.com


El culto de María Auxiliadora

San Pío V ante la visión del triunfo de Lepanto

Para que conozcáis el origen y propagación de esta fiesta, sabed que, en el año 1571, los turcos amenazaron invadir y asolar Europa entera. El gran Pontífice San Pío V, para contrarrestar su terrible poder y ferocidad, recurrió a los príncipes cristianos, reuniendo éstos un ejército de valerosos católicos.

Juan de Austria, y muchos ilustres y valientes guerreros italianos, unidos en santa alianza bajo una bandera enviada por el Pontífice, que llevaba bordada en oro la imagen de Jesús Crucificado, acudieron presurosos a defender los derechos de la Iglesia y de la civilización.

Después de un triduo de ayunos y públicas oraciones, estos jóvenes y animosos soldados se acercaron todos a recibir los Santos Sacramentos, e invocando el nombre de María Auxilio de los Cristianos, el día 7 de octubre, en el Golfo de Lepanto, acometieron al enemigo.

Después de un encarnizado combate, en que apareció visible el auxilio de Dios y de María Santísima, fue muerto el caudillo de los turcos. Entonces la confusión y el espanto se apoderaron de toda la flota musulmana, que cayó en poder de los cristianos, quienes al grito de ¡Viva María! enarbolaron la bandera de Jesucristo.

Estando San Pío V en oración, Dios le reveló la milagrosa victoria, y para perpetuo recuerdo, añadió a las Letanías Lauretanas el título de María Auxílium Christianórum.

Más tarde, con motivo de haber sido librada Viena del sitio de los turcos en 1683, fue erigida en Baviera la primera Cofradía de María Auxiliadora, en reconocimiento de tan gran favor, y con pasmosa rapidez difundióse esta devoción en Alemania e Italia y por todo el orbe.

En fin, al recobrar Pio VII la libertad, después de haber estado injustamente oprimido, a principios del siglo XIX, estableció la fiesta de María Auxiliadora el día 24 de mayo.

San Juan Bosco fue un gran difusor de su devoción.

Fuente: San Juan Bosco, La juventud instruida

Confiar en Dios


Seréis salvos si os convertís y estáis tranquilos; en la serenidad y la confianza estará vuestra fuerza (Isaías 30,15)

El testimonio de la Escritura es unánime: la solicitud de la divina Providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, desde las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia.

“Dios todopoderoso, al ser sumamente bueno, no permitiría nunca que cualquier tipo de mal existiera en sus obras, si no fuera suficientemente poderoso y bueno como para sacar bien del mismo mal” (san Agustín).

Estamos llamados a colaborar con Dios, mediante una actitud de gran confianza.

La certeza del amor de Dios nos lleva a confiar en su providencia paterna incluso en los momentos más difíciles de la existencia. Santa Teresa de Jesús expresa admirablemente esta plena confianza en Dios Padre providente, incluso en medio de las adversidades: “Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta”.

La Escritura nos brinda un ejemplo elocuente de confianza total en Dios cuando narra que Abraham había tomado la decisión de sacrificar a su hijo Isaac. En realidad, Dios no quería la muerte del hijo, sino la fe del padre. Y Abraham la demuestra plenamente, dado que, cuando Isaac le pregunta dónde está el cordero para el holocausto, se atreve a responderle: “Dios proveerá”. E, inmediatamente después, experimentará precisamente la benévola providencia de Dios, que salva al niño y premia su fe, colmándolo de bendición.

Por consiguiente, es preciso interpretar esos textos a la luz de toda la revelación, que alcanza su plenitud en Jesucristo. Él nos enseña a poner en Dios una inmensa confianza, incluso en los momentos más difíciles: Jesús, clavado en la cruz, se abandona totalmente al Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Con esta actitud, eleva a un nivel sublime lo que Job había sintetizado en las conocidas palabras: “El Señor me lo dio; el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor”. Incluso lo que, desde un punto de vista humano, es una desgracia puede entrar en el gran proyecto de amor infinito con el que el Padre provee a nuestra salvación.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia General del 24 de marzo de 1999

El Nombre de Jesús jamás será destruido

San Bernardino de Siena, difusor del culto al Nombre de Jesús

El Nombre de Jesús contiene todo: Dios y el hombre y toda la Economía de la creación y de la salvación. Decir “Jesús” es invocarlo desde nuestro propio corazón. Su Nombre es el único que contiene la presencia que significa. Jesús es el resucitado, y cualquiera que invoque su Nombre acoge al Hijo de Dios que le amó y se entregó por él. (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2666)

El Nombre de Jesús es la luz de los predicadores, pues es su resplandor el que hace anunciar y oír su palabra. ¿Por qué crees que se extendió tan rápidamente y con tanta fuerza la fe por el mundo entero, sino por la predicación del nombre de Jesús? ¿No ha sido por esta luz y por el gusto de este nombre como nos llamó Dios a su luz maravillosa? Iluminados todos y viendo ya la luz en esta luz, puede decirnos el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor; caminad como hijos de la luz.

Es preciso predicar este nombre para que resplandezca y no quede oculto. Pero no debe ser predicado con el corazón impuro o la boca manchada, sino que hay que guardarlo y exponerlo en un vaso elegido.

Por esto dice el Señor, refiriéndose al Apóstol: Ese hombre es un vaso elegido por mí para dar a conocer mi nombre a pueblos, reyes, y a los israelitas. Un vaso elegido por mí, como aquellos vasos elegidos en que se expone a la venta una bebida de agradable sabor, que el brillo y esplendor del recipiente invite a beber de ella; para dar a conocer mi Nombre.

Pablo hablaba del Nombre de Jesús en sus cartas, en sus milagros y ejemplos. Alababa y bendecía el nombre de Jesús. El Apóstol llevaba este nombre, como una luz, a pueblos, reyes y a los israelitas, y con él iluminaba las naciones, proclamando por doquier aquellas palabras: La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad.

Mostraba a todos la lámpara que arde y que ilumina sobre el candelero, anunciando en todo lugar a Jesús, y éste crucificado.

Fuente: De los sermones de san Bernardino de Siena, Liturgia de las Horas

Oración universal


Creo en Ti, Señor, pero aumenta mi fe; espero en Ti, pero ayúdame a esperar sin desconfianza; Te amo, Señor, pero ayúdame a demostrarte que te quiero; estoy arrepentido, pero ayúdame a no volver a ofenderte.

Te adoro, porque eres mi Creador y te anhelo porque eres mi fin; te alabo, porque no te cansas de hacerme el bien y me refugio en ti, porque eres mi protector.

Dirígeme con tu sabiduría, contenme con tu justicia; que tu misericordia me consuele y tu poder me defienda.

Te ofrezco, Dios mío, mis pensamientos, para pensar en Ti, mis palabras, para hablar de Ti, mis obras, para cumplir Tu Voluntad, mis sufrimientos, para padecerlos por Ti.

Todo aquello que quieres Tú, Señor, lo quiero yo, precisamente porque lo quieres Tú, como Tú lo quieras y durante todo el tiempo que lo quieras.

No me inficione la soberbia, no me altere la adulación, no me engañe el mundo, no me atrape en sus redes el demonio.

Concédeme la gracia de depurar la memoria, de refrenar la lengua, de recoger la vista, y mortificar los sentidos.

Te ruego, Señor, que ilumines mi entendimiento, que fortalezcas mi voluntad, que purifiques mi corazón y santifiques mi espíritu.

Hazme llorar, Señor, mis pecados pasados, rechazar las tentaciones futuras, corregir mis inclinaciones al mal y cultivar las virtudes necesarias.

Concédeme tu gracia, oh Buen Dios, para amarte a Ti, para olvidarme de mí mismo, para buscar el bien de mi prójimo y para desapegarme del mundo.

Que pueda obedecer a mis superiores, comprender a mis inferiores, ser solícito con mis amigos y perdonar a mis enemigos.

Que venza la sensualidad con la mortificación, la avaricia con la generosidad, la ira con la amabilidad, la tibieza con la devoción.

Hazme prudente en las determinaciones, constante en los peligros, paciente en las adversidades, humilde en la prosperidad.

Concédeme, Señor, ser atento al orar, sobrio al comer, responsable en mi trabajo y firme en mis propósitos.

Ayúdame a alcanzar la pureza de corazón, a ser modesto en mis actitudes, ejemplar en mi trato con el prójimo y verdaderamente cristiano en mi conducta.

Concédeme tu ayuda para dominar mis instintos, para fomentar en mí tu vida de gracia, para cumplir tus mandamientos y obtener mi salvación.

Dame a conocer cuán frágil es lo terreno, cuán grande lo celestial, cuán breve lo temporal, cuán perdurable lo eterno.

Concédeme, Señor, una buena preparación para la muerte y un santo temor al juicio, para librarme del infierno y alcanzar el Paraíso.

Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Fuente: Oración compuesta por S.S. Clemente XI

Los hijos, don preciosísimo del matrimonio


Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que encuentran su coronación.

En su realidad más profunda, el amor es esencialmente don y el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco “conocimiento” que les hace “una sola carne”, no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana. De este modo los cónyuges, a la vez que se dan entre sí, dan más allá de sí mismos la realidad del hijo, reflejo viviente de su amor, signo permanente de la unidad conyugal y síntesis viva e inseparable del padre y de la madre.

Al hacerse padres, los esposos reciben de Dios el don de una nueva responsabilidad. Su amor paterno está llamado a ser para los hijos el signo visible del mismo amor de Dios, “del que proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra”.

Sin embargo, no se debe olvidar que incluso cuando la procreación no es posible, no por esto pierde su valor la vida conyugal. La esterilidad física, en efecto, puede dar ocasión a los esposos para otros servicios importantes a la vida de la persona humana, como por ejemplo la adopción, las diversas formas de obras educativas, la ayuda a otras familias, a los niños pobres o minusválidos.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio

El Examen de conciencia como Oración


Si es verdad que lo interior es lo principal, no podría ser descuidado lo exterior sin verdadero daño para nosotros y frecuentemente sin escándalo para el prójimo.

Se echa de ver, pues, por este doble examen de conciencia, la necesidad de la mortificación, como asimismo de las purificaciones pasivas o de cruces que el Señor nos envíe para purificarnos de todo apego al mundo y a nosotros mismos, y para que verdaderamente el amor hacia Él ocupe el primer lugar en nuestra alma y reine sobre todos nuestros actos.

Para hacer bien este examen, bajo cualquiera de las dos formas, tiene suma importancia, el no separar la mirada que sobre nosotros mismos echamos, de aquella que debe siempre dirigirse a Dios, ejemplar de toda perfección. Esta mirada sobre Dios es una mirada de la fe, perfeccionada por el don de sabiduría, que nos hace juzgar de todo con relación a Dios, causa primera de salvación y fin último. Al considerar las perfecciones divinas de Verdad, de Bondad, de Amor, de Justicia, de Misericordia, se comprende mucho mejor, por antítesis, la miseria del hombre y el desorden del pecado. Al recorrer el libro de la vida, donde se halla estampada la historia toda de nuestra alma, conforme a la verdad más absoluta, se puede entrever mejor, y como desde lo alto, en qué cosa nos hemos buscado a nosotros mismos, en el transcurso de una semana o de un año, por orgullo, vanidad, envidia, concupiscencia, en lugar de habernos entregado por entero a Dios, por la humildad, dulzura, espíritu de fe, confianza y amor. Hecho de esta manera, el examen de conciencia tiende a transformarse en oración, en aquella oración que implora la gracia eficaz para entrar en la intimidad de Dios.

Fuente: Reginald Garrigou Lagrange, El amor de Dios y la mortificación

Fátima, siempre actual


Los Pastorcitos han hecho de su vida una ofrenda a Dios y un compartir con los otros por amor de Dios. La Virgen los ha ayudado a abrir el corazón a la universalidad del amor. En particular, Jacinta se mostraba incansable en su generosidad con los pobres y en el sacrificio por la conversión de los pecadores. Sólo con este amor fraterno y generoso lograremos edificar la civilización del Amor y de la Paz.

Se equivoca quien piensa que la misión profética de Fátima está acabada. Aquí resurge aquel plan de Dios que interpela a la humanidad desde sus inicios: “¿Dónde está Abel, tu hermano? La sangre de tu hermano me está gritando desde la tierra”. El hombre ha sido capaz de desencadenar una corriente de muerte y de terror, que no logra interrumpirla... En la Sagrada Escritura se muestra a menudo que Dios se pone a buscar a los justos para salvar la ciudad de los hombres y lo mismo hace aquí, en Fátima, cuando Nuestra Señora pregunta:“¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera mandaros, como acto de reparación por los pecados por los cuales Él es ofendido, y como súplica por la conversión de los pecadores?” (Memorias de la Hna. Lucía).

Que estos años impulsen el anunciado triunfo del Corazón Inmaculado de María para gloria de la Santísima Trinidad.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Homilía del 13 de mayo de 2010

La Esclavitud Mariana


“Soy todo tuyo, ¡oh María!, y cuanto tengo es tuyo”

La plenitud de nuestra perfección consiste en ser conformes, vivir unidos y consagrados a Jesucristo. Por consiguiente, la más perfecta de todas las devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, une y consagra más perfectamente a Jesucristo. Ahora bien, María es la creatura más conforme a Jesucristo. Por consiguiente, la devoción que mejor nos consagra y conforma a Nuestro Señor es la devoción a su Santísima Madre. Y cuanto más te consagres a María, tanto más te unirás a Jesucristo.

La perfecta consagración a Jesucristo es, por lo mismo, una perfecta y total consagración de sí mismo a la Santísima Virgen. Ésta es la devoción que yo enseño, y que consiste -en otras palabras- en una perfecta renovación de los votos y promesas bautismales.

Consiste, pues, esta devoción en una entrega total a la Santísima Virgen, para pertenecer, por medio de Ella, totalmente a Jesucristo.

Esta devoción nos consagra, al mismo tiempo, a la Santísima Virgen y a Jesucristo. A la Santísima Virgen, como al medio perfecto escogido por Jesucristo para unirse a nosotros, y a nosotros con Él. A Nuestro Señor, como a nuestra meta final, a quien debemos todo lo que somos, ya que es nuestro Dios y Redentor.

Todo cristiano, en el Bautismo, por su propia boca o las de sus padrinos, renunció a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y eligió a Jesucristo como a su Dueño y Señor, para depender de Él en calidad de esclavo de amor. Es precisamente lo que hacemos por la presente devoción: renunciar al demonio, al mundo, al pecado y a nosotros mismos, y consagrarnos totalmente a Jesucristo por manos de María.

En el Bautismo no nos consagramos explícitamente por manos de María, ni entregamos a Jesucristo el valor de nuestras buenas acciones. Y, después de él, quedamos completamente libres para aplicar dicho valor a quien queramos o conservarlo para nosotros. Por esta devoción, en cambio, nos consagramos expresamente a Nuestro Señor por manos de María y le entregamos el valor de todas nuestras acciones.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen

La Virgen de Fátima y sus Pastorcitos (III)


Mis últimas palabras son para los niños. La Virgen tiene mucha necesidad de todos vosotros para consolar a Jesús, triste por los pecados que se cometen; tiene necesidad de vuestras oraciones y sacrificios por los pecadores.

Pedid a vuestros padres y educadores que os inscriban a la “escuela” de Nuestra Señora, para que os enseñe a ser como los pastorcitos, que procuraban hacer todo lo que Ella les pedía. Os digo que se avanza más en poco tiempo de sumisión y dependencia de María, que en años enteros de iniciativas personales, apoyándose sólo en sí mismos. Fue así como los pastorcitos rápidamente alcanzaron la santidad. Una mujer que acogió a Jacinta en Lisboa, al oír algunos consejos muy buenos y acertados que daba la pequeña, le preguntó quién se los había enseñado: “Fue Nuestra Señora”, le respondió. Jacinta y Francisco, entregándose con total generosidad a la dirección de tan buena Maestra, alcanzaron en poco tiempo las cumbres de la perfección.

“Yo te bendigo, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños”. Yo te bendigo, Padre, por todos tus pequeños, comenzando por la Virgen María, tu humilde sierva, hasta los pastorcitos Francisco y Jacinta. Que el mensaje de su vida permanezca siempre vivo para iluminar el camino de la humanidad.

Como sucedió en Lourdes, también en Fátima la Virgen eligió a unos niños, Francisco, Jacinta y Lucía, como destinatarios de su mensaje. Ellos lo acogieron tan fielmente que no sólo merecieron ser reconocidos como testigos creíbles de las apariciones, sino también se convirtieron ellos mismos en ejemplo de vida evangélica.

Francisco era un niño bueno, reflexivo, de espíritu contemplativo. Jacinta muy dulce y amable. Sus padres los habían educado en la oración, y el Señor mismo los atrajo más íntimamente hacia sí mediante la aparición de un ángel que, con un cáliz y una Hostia en las manos, les enseñó a unirse al sacrificio eucarístico para reparación de los pecados. Esta experiencia los preparó para los sucesivos encuentros con la Virgen, la cual los invitó a orar asiduamente y a ofrecer sacrificios por la conversión de los pecadores.

Su santidad no depende de las apariciones, sino de la fidelidad y del esmero con que correspondieron al don singular que recibieron del Señor y de María Santísima. Después del encuentro con el ángel y con la hermosa Señora, rezaban el Rosario varias veces al día, ofrecían frecuentes penitencias por el fin de la guerra y por las almas más necesitadas de la misericordia divina, y sentían el intenso deseo de “consolar” al Corazón de Jesús y al de María. Por su fidelidad a Dios, constituyen un luminoso ejemplo, para niños y adultos, de cómo conformarse de modo sencillo y generoso a la acción transformadora de la gracia divina.

No es difícil comprender mejor cuánta misericordia ha derramado Dios sobre la Iglesia y sobre la humanidad por medio de María. Desde Fátima se difunde por todo el mundo un mensaje de conversión y esperanza. Invita a los creyentes a orar con asiduidad por la paz en el mundo y a hacer penitencia para abrir los corazones a la conversión. La llamada que Dios nos ha comunicado mediante la Virgen Santísima sigue siendo plenamente actual. Que su Corazón Inmaculado sea nuestro refugio y el camino que nos lleve a Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilia del 13 de mayo y Audiencia general del 17 de mayo de 2000

Consagración de Argentina a la Virgen de Luján

Foto del Papa San Juan Pablo II en Argentina, el 12 de abril de 1987

¡Dios te salve, María, llena de gracia, Madre del Redentor!

Ante tu imagen de la Pura y Limpia Concepción, Virgen de Luján, patrona de Argentina, me postro en este día aquí, en Buenos Aires, con todos los hijos de esta patria querida cuyas miradas y cuyos corazones convergen hacia Ti; con todos los jóvenes de Latinoamérica que agradecen tus desvelos maternales, prodigados sin cesar en la evangelización del continente en su pasado, presente y futuro; con todos los jóvenes del mundo, congregados espiritualmente aquí, por un compromiso de fe y de amor; para ser testigos de Cristo tu Hijo en el tercer milenio de la historia cristiana, iluminados por tu ejemplo, joven Virgen de Nazaret, que abriste las puertas de la historia al Redentor del hombre, con tu fe en la Palabra, con tu cooperación maternal.

¡Dichosa tú porque has creído!

En el día del triunfo de Jesús, que hace su entrada en Jerusalén manso y humilde, aclamado como Rey por los sencillos, te aclamamos también a Ti, que sobresales entre los humildes y pobres del Señor; son éstos los que confían contigo en sus promesas, y esperan de El la salvación.

Te invocamos como Virgen fiel y Madre amorosa, Virgen del Calvario y de la Pascua, modelo de la fe y de la caridad de la Iglesia, unida siempre, como Tú, en la cruz y en la gloria, a su Señor.

¡Madre de Cristo y Madre de la Iglesia!

Te acogemos en nuestro corazón, como herencia preciosa que Jesús nos confió desde la cruz.

Y en cuanto discípulos de tu Hijo, nos confiamos sin reservas a tu solicitud porque eres la Madre del Redentor y Madre de los redimidos.

Te encomiendo y te consagro, Virgen de Luján, la patria argentina, pacificada y reconciliada, las esperanzas y anhelos de este pueblo, la Iglesia con sus Pastores y sus fieles, las familias para que crezcan en santidad, los jóvenes para que encuentren la plenitud de su vocación, humana y cristiana, en una sociedad que cultive sin desfallecimiento los valores del espíritu.

Te encomiendo a todos los que sufren, a los pobres, a los enfermos, a los marginados; a los que la violencia separó para siempre de nuestra compañía, pero permanecen presentes ante el Señor de la historia y son hijos tuyos, Virgen de Luján, Madre de la Vida.

Haz que Argentina entera sea fiel al Evangelio, y abra de par en par su corazón a Cristo, el Redentor del hombre, la Esperanza de la humanidad.

¡Dios te salve, Virgen de la Esperanza!

Te encomiendo a todos los jóvenes del mundo, esperanza de la Iglesia y de sus Pastores; evangelizadores del tercer milenio, testigos de la fe y del amor de Cristo en nuestra sociedad y entre la juventud.

Haz que, con la ayuda de la gracia, sean capaces de responder, como Tú, a las promesas de Cristo, con una entrega generosa y una colaboración fiel.

Haz que, como Tú, sepan interpretar los anhelos de la humanidad; para que sean presencia saladora en nuestro mundo.

Aquel que, por tu amor de Madre, es para siempre el Emmanuel, el Dios con nosotros, y por la victoria de su cruz y de su resurrección está ya para siempre con nosotros, hasta el final de los tiempos. Amén. (Juan Pablo II, 12 de abril de 1987)

Fuente: vatican.va

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