Mensaje a las mujeres


Y ahora es a vosotras a las que nos dirigimos, mujeres de todas las condiciones, hijas, esposas, madres y viudas; a vosotras también, vírgenes consagradas y mujeres solas. Sois la mitad de la inmensa familia humana.

En este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres llenas del espíritu del Evangelio pueden ayudar tanto a que la humanidad no decaiga.

Vosotras, las mujeres, tenéis siempre como misión la guarda del hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna. Estáis presentes en el misterio de la vida que comienza. Consoláis en la partida de la muerte. Nuestra técnica corre el riesgo de convertirse en inhumana. Reconciliad a los hombres con la vida. Y, sobre todo, velad, os lo suplicamos, por el porvenir de nuestra especie. Detened la mano del hombre que en un momento de locura intentase destruir la civilización humana.

Esposas, madres de familia, primeras educadores del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente.

Y vosotras también, mujeres solitarias, sabed que podéis cumplir toda vuestra vocación de entrega. La sociedad os llama por todas partes. Y las mismas familias no pueden vivir sin la ayuda de aquellas que no tienen familia.

Vosotras, sobre todo, vírgenes consagradas, en un mundo donde el egoísmo y la búsqueda de placeres quisieran hacer la ley, sed guardianes de la pureza, del desinterés, de la piedad. Jesús, que dio al amor conyugal toda su plenitud, exaltó también el renunciamiento a ese amor humano cuando se hace por el Amor infinito y por el servicio a todos.

Mujeres que sufrís, en fin, que os mantenéis firmes bajo la cruz a imagen de María; vosotras, que tan a menudo, en el curso de la historia, habéis dado a los hombres la fuerza para luchar hasta el fin, para dar testimonio hasta el martirio, ayudadlos una vez más a conservar la audacia de las grandes empresas, al mismo tiempo que la paciencia y el sentido de los comienzos humildes.

Mujeres del universo todo, a quienes os está confiada la vida en este momento tan grave de la historia, a vosotras toca también, velar por la paz del mundo.

Fuente: San Pablo VI, cf. Discurso del 8 de diciembre de 1965

El Detente hizo cesar una epidemia


Santa Margarita María de Alacoque trascribe un deseo que le fuera revelado por Nuestro Señor: “que desea encargue una lámina con la imagen de ese Sagrado Corazón, a fin de que los que quieran tributarle particular veneración, puedan tener imágenes en sus casas, y otras pequeñas para llevar consigo”.

Nacía así la costumbre de portar estos pequeños Escudos. Esta santa devota del Detente lo llevaba siempre consigo e invitaba a sus novicias a hacer lo mismo. Ella confeccionó muchas de estas imágenes y decía que su uso era muy agradable al Sagrado Corazón. La autorización para tal práctica al comienzo fue concedida solamente a los conventos de la Visitación. Después, fue más difundida por la Venerable Ana Magdalena Rémuzat. A esta religiosa, también de la Orden de la Visitación, fallecida en olor de santidad, Nuestro Señor le hizo saber anticipadamente el daño que causaría una grave epidemia en la ciudad francesa de Marsella, en 1720, así como el maravilloso auxilio que los marselleses recibirían con la devoción a su Sagrado Corazón. La Madre Rémuzat hizo, con la ayuda de sus hermanas de hábito, millares de estos Escudos del Sagrado Corazón y los repartió por toda la ciudad en donde se propagaba la peste. La historia registra que, poco después, la epidemia cesó como por milagro. No contagió a muchos de aquellos que llevaban el Escudo, y las personas contagiadas tuvieron un extraordinario auxilio con esta devoción. En otras localidades sucedieron hechos análogos. A partir de entonces, la costumbre se extendió por otras ciudades y países.

En 1870, una dama romana, deseando saber la opinión del Sumo Pontífice Pío IX acerca del Detente del Sagrado Corazón de Jesús, le presentó uno. Conmovido a la vista de esta señal de salvación, el Papa concedió aprobación definitiva a tal devoción y dijo: “Esto, señora, es una inspiración del Cielo. Sí, del Cielo”. Y, después de un breve silencio añadió: “Doy mi bendición a este Corazón, y quiero que todos aquellos que fueren hechos según este modelo reciban esta misma bendición sin que sea necesario que algún otro sacerdote la renueve. Además, quiero que Satanás de modo alguno pueda causar daño a aquellos que lleven consigo este Escudo, símbolo del Corazón adorable de Jesús”.

Fuente: cf. monasteriodelavisitacion-peru.blogspot.com

Defendiendo la vida

Abby Johnson, Amada Rosa Pérez, Gloria Polo, Patricia Sandoval, apóstoles de la defensa de la vida

“El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús”. Así lo afirma San Juan Pablo II al comienzo de su Carta Encíclica Evangelium Vitae, en la que con claridad y contundencia afirma: “Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política”.

Obviamente, si todo hombre debe defender el “valor sagrado de la vida humana”, “los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho”. No se nos esconde a ninguno que: “hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando esta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes”.

La primera forma de defender la vida es con nuestra oración. Por eso la Iglesia celebra cada año la Jornada por la Vida el 25 de marzo. Orar para que el derecho a la vida de todo ser humano sea respetado, desde la concepción hasta la muerte natural, suplicando el fin del aborto y de la eutanasia, y de tantas otras formas de violencia contra la vida.

No olvidemos que la muerte entró en el mundo por envidia del diablo, y cuando la humanidad colabora con la “Cultura de la muerte”, el poder del diablo crece. No colaboremos con la “Cultura de la muerte”, sino luchemos por extender la “Cultura de la vida” y la “Civilización del amor”. El primer paso es la oración.

Fuente: eukmamie.org

La Comunión espiritual y su eficacia


La comunión espiritual es la devoción más fácil, breve y útil, a la par que la ocupación más dulce y placentera. Puede hacerse en todo lugar, en todo tiempo, y sin haberla de pedir, sin perder tiempo, y sin que sufran atraso nuestras tareas u ocupaciones, ni puedan impedirla las enfermedades: basta quererla. De aquí es que la beata Águeda de la Cruz comulgaba cien veces entre día, y otras tantas durante la noche; y la vida de la beata Juana de la Cruz puede decirse que era una no interrumpida comunión espiritual: tan fácil es. En cuanto a su utilidad, bastará decir que apareciéndose Jesucristo a la citada Juana, le dijo: que la gracia que se la comunicaba con la comunión espiritual es tanta, cuanta recibía al comulgar sacramentalmente. Aunque sea menor la que a ti se comunique por ser menos fervoroso, siempre será mucha, si procuras hacerlo con toda la devoción y fervor que puedas.

Consiste, pues, esta comunión espiritual en un inflamado deseo de recibir a Jesús sacramentalmente, y participar de las gracias y favores que Él prodiga a los que logran la feliz suerte de acercarse a la sagrada Mesa; pero este deseo exige que no se tenga pecado mortal en la conciencia, o que uno se excite primeramente a contrición de sus pecados.

Para facilitarla, he aquí algunos modos prácticos y tradicionales:

Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos.

O bien la Fórmula de San Alfonso María de Ligorio:

Creo, Jesús mío, que estáis realmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar. Os amo sobre todas las cosas y deseo recibiros en mi alma. Pero como ahora no puedo recibiros sacramentado, venid a lo menos espiritualmente a mi corazón. (Pausa en silencio para la adoración)

Como si ya os hubiese recibido, os abrazo y me uno todo a Ti. No permitáis, Señor, que jamás me separe de Ti. Amén.

Aquí calla, adora y entrégate a Jesús sin reserva. Crede, et manducasti,dice San Agustín: Si con fe viva deseas comulgar, ya comulgaste espiritualmente.

Fuente: Cf. Manual del cristiano, 1923

Pronunciado por Pío XI (II)


Con las palabras severas el Obispo de Hipona reprende a los cónyuges depravados que intentan frustrar la descendencia y, al no obtenerlo, no temen destruirla perversamente: “Alguna vez llega a tal punto la crueldad lasciva o la lascivia cruel, que procura también venenos de esterilidad, y si aún no logra su intento, mata y destruye en las entrañas el feto concebido, queriendo que perezca la prole antes que viva; o, si en el vientre ya vivía, mátala antes que nazca. En modo alguno son cónyuges si ambos proceden así, y si fueron así desde el principio no se unieron por el lazo conyugal, sino por estupro; y si los dos no son así, me atrevo a decir: o ella es en cierto modo meretriz del marido, o él adúltero de la mujer”.

Lo que se suele aducir en favor de la indicación social y eugenésica se debe y se puede tener en cuenta siendo los medios lícitos y honestos, y dentro de los límites debidos; pero es indecoroso querer proveer a la necesidad, en que ello se apoya, dando muerte a los inocentes, y es contrario al precepto divino, promulgado también por el Apóstol: “No hemos de hacer males para que vengan bienes”.

Finalmente, no es lícito que los que gobiernan los pueblos y promulgan las leyes echen en olvido que es obligación de la autoridad pública defender la vida de los inocentes con leyes y penas adecuadas; y esto, tanto más cuanto menos pueden defenderse aquellos cuya vida se ve atacada y está en peligro, entre los cuales, sin duda alguna, tienen el primer lugar los niños todavía encerrados en el seno materno. Y si los gobernantes no sólo no defienden a esos niños, sino que con sus leyes y ordenanzas les abandonan, o prefieren entregarlos en manos de médicos o de otras personas para que los maten, recuerden que Dios es juez y vengador de la sangre inocente, que desde la tierra clama al cielo.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta encíclica Casti Connubii

Pronunciado por Pío XI (I)


Hay que recordar, otro crimen gravísimo con el que se atenta contra la vida de la prole cuando aún está encerrada en el seno materno. Unos consideran esto como cosa lícita que se deja al libre arbitrio del padre o de la madre; otros, por lo contrario, lo tachan de ilícito, a no ser que intervengan causas gravísimas que distinguen con el nombre de indicación médica, social, eugenésica. Todos ellos, por lo que se refiere a las leyes penales de la república con las que se prohíbe ocasionar la muerte de la prole ya concebida y aún no dada a luz, piden que las leyes públicas reconozcan y declaren libre de toda pena la indicación que cada uno defiende a su modo, no faltando todavía quienes pretenden que los magistrados públicos ofrezcan su concurso para tales operaciones destructoras; lo cual, triste es confesarlo, se verifica en algunas partes, como todos saben, frecuentísimamente.

Por lo que atañe a la indicación médica y terapéutica, para emplear sus palabras, ya hemos dicho, cuánto Nos mueve a compasión el estado de la madre a quien amenaza, por razón del oficio natural, el peligro de perder la salud y aun la vida; pero ¿qué causa podrá excusar jamás de alguna manera la muerte directamente procurada del inocente? Porque, en realidad, no de otra cosa se trata.

Ya se cause tal muerte a la madre, ya a la prole, siempre será contra el precepto de Dios y la voz de la naturaleza, que clama: ¡No matarás! Es, en efecto, igualmente sagrada la vida de ambos y nunca tendrá poder ni siquiera la autoridad pública, para destruirla. Tal poder contra la vida de los inocentes neciamente se quiere deducir del derecho de vida o muerte, que solamente puede ejercerse contra los delincuentes; ni puede aquí invocarse el derecho de la defensa cruenta contra el injusto agresor (¿quién, en efecto, llamará injusto agresor a un niño inocente?); ni existe el caso del llamado derecho de extrema necesidad, por el cual se puede llegar hasta procurar directamente la muerte del inocente. Son, pues, muy de alabar aquellos honrados y expertos médicos que trabajan por defender y conservar la vida, tanto de la madre como de la prole; mientras que, por lo contrario, se mostrarían indignos del ilustre nombre y del honor de médicos quienes procurasen la muerte de una o de la otra, so pretexto de medicinar o movidos por una falsa misericordia.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta encíclica Casti Connubii

Una mujer salvada por su materidad

“Las parteras tuvieron temor de Dios, y en lugar de acatar la orden que les había dado el rey de Egipto, dejaban con vida a los recién nacidos” (Ex. 1, 17)

Chiara se hace una revisión más a fondo. Esta ecografía es tridimensional y a color. La imagen de Maria Grazia Letizia se ve muy nítida. Se mueve, se chupa el dedo y da patadas. Y su problema se percibe perfectamente: la pequeña no tiene la caja craneal. El médico de turno le dice a Chiara que, si hubiera visto antes una ecografía, todavía se podría haber hecho algo. “¿Para prevenir la enfermedad?”. “No, para abortar”. Para ella, que acaba de ver a su hija moverse, es un golpe bajo. “Era claro y evidente que Maria no podría sobrevivir después de nacer. Pero era igual de evidente que estaba viva y estaba haciendo todo lo posible por crecer. Yo no me sentía inclinada a ir en contra de ella, sino a apoyarla como pudiera y no anteponerme a su vida”.

Ella y Enrico habían expresado el deseo de hacerse cargo de niños maltratados a los que nadie amaba, “y el Señor nos ha encomendado una criatura maravillosa, que muchos han desechado, odiado y arrojado al cubo de la basura de un hospital”, escribe Chiara.

Para muchos médicos, el aborto, en este caso, es una opción indiscutible. Hay quien duda que interrumpir este embarazo sea un aborto, como si la niña no existiera.

Una nueva vida no viene a robarnos nada, sino a enriquecernos con su presencia. Una mujer que aborta, es una mujer engañada. “Si te compras una casa con el dinero que has ahorrado matando a tu hijo, esa casa está maldita”.

“Si hubiera abortado, habría sido un momento que hubiera intentado olvidar. El día del nacimiento de María lo podré recordar, en cambio, como uno de los más bonitos de mi vida. Lo que quiero decir a las madres que han perdido a sus hijos es esto: hemos sido madres, hemos tenido este don. No importa el tiempo, lo que cuenta es que hemos recibido este don... y no es algo que se pueda olvidar”.

“Dios imprime la verdad dentro de cada uno de nosotros y no es posible malinterpretarla”. Abortar es rechazar un don. Los padres que acogen a un niño acogen a Dios.

Fuente: Cristiana Troisi, Nacemos para no morir nunca

Vía Crucis Eucarístico (XIV)


Decimocuarta estación: Jesús es depositado en el sepulcro.

Jesús quiere sufrir la humillación del sepulcro; es abandonado a la guarda de sus enemigos, haciéndose prisionero suyo.

Mas en la Eucaristía aparece Jesús sepultado con toda verdad, y, en lugar de tres días, queda siempre, invitándonos a nosotros a que le hagamos guardia; es nuestro prisionero de amor.

Los corporales le envuelven como un sudario; arde la lámpara delante de su altar lo mismo que delante de la tumba; en torno suyo, reina silencio de muerte.

Al venir a nuestro corazón por la comunión, Jesús quiere sepultarse en nosotros; preparémosle un sepulcro honroso, nuevo, blanco, que no esté ocupado por afectos terrenales, embalsamémosle con el perfume de nuestras virtudes.

Vengamos, por todos los que no vienen, a honrarle, adorarle en su sagrario, consolarle en su prisión, y pidámosle la gracia del recogimiento y de la muerte al mundo, pan llevar una vida oculta en la Eucaristía.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (XIII)


Decimotercera estación: Jesús es entregado a su Madre.

Jesús es bajado de la cruz y entregado a su divina Madre, quien le recibe entre sus brazos y contra su corazón, ofreciéndolo a Dios como víctima de nuestra salvación.

A nosotros nos toca ahora ofrecer a Jesús como víctima en el altar y en nuestros corazones para nosotros y para los nuestros.

Nuestro es, pues Dios Padre nos le ha dado y Él mismo se nos da también para que hagamos uso de Él.

¡Qué desdicha el que este precio infinito quede infructuoso entre nuestras manos, a causa de nuestra indiferencia!

Ofrezcámoslo en unión con María y pidamos a esta buena Madre que lo ofrezca por nosotros.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (XII)


Duodécima estación: Jesús expira en la cruz.

Jesús muere para rescatamos; la última gracia es el perdón concedido a los verdugos; el último don de su amor: su divina Madre; la sed de sufrir, su último deseo; y el abandono de su alma y de su vida en manos de su Padre, el último acto.

En la sagrada Eucaristía continúa el amor que nos mostró Jesús al morir; todas los días se inmola en el santo Sacrificio y va a los que le reciben a perder su existencia sacramental.

Desde la sagrada Hostia me ofrece las gracias de mi redención y el precio de mi salvación. Pero para poderlas recibir, muera yo junto a Él y para Él, según es su voluntad.

Dadme, Dios mío, la gracia de morir al pecado y a mí mismo, gracia de no vivir más que para amaros en vuestra Eucaristía.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (XI)


Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz

¡Qué tormentos los que sufrió Jesús cuando le crucificaron! Sin un milagro de su poder no le hubiera sido posible soportarlos sin morir.

Con todo, en el calvario Jesús es clavado a un madero inocente y puro, mientras que en una comunión indigna el pecador crucifica a Jesús en su cuerpo de pecado, cual si se atara un cuerpo vivo a un cadáver en descomposición.

En el calvario fue crucificado por enemigos declarados, mientras que aquí son sus propios hijos los que le crucifican con la hipocresía de su falsa devoción.

En el calvario sólo una vez fue crucificado, mientras aquí lo es todos los días y por millares de cristianos.

¡Oh divino Salvador mío, os pido perdón por la inmortificación de mis sentidos, que ha costado expiación tan cruel!

Por vuestra Eucaristía, queréis crucificar mi naturaleza e inmolar al hombre viejo, uniéndome a vuestra vida crucificada y resucitada. Haced, Señor, que me entregue a Vos del todo, sin condición ni reserva.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (X)


Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.

¡Cuánto no debió sufrir en este cruel e inhumano despojamiento! ¡Le arrancan los vestidos pegados a las llagas, las cuales vuelven a abrirse y a desgarrarse!

¡Cuánto no debió sufrir en su modestia viéndose tratado como se tendría vergüenza de tratar a un miserable y a un esclavo, que al menos muere en el sudario en el que ha de ser sepultado!

Jesús es despojado aún hoy de sus vestiduras en el estado sacramental. No contentándose con verle despojado, por amor hacia nosotros, de la gloria de su divinidad y de la hermosura de su humanidad, sus enemigos le despojan del honor del culto, saquean sus iglesias, profanan los vasos sagrados y los sagrarios, le echan por tierra. Es puesto a merced del sacrilegio, Él, rey y salvador de los hombres, como en el día de la crucifixión.

Lo que Jesús se propone al dejarse despojar en la Eucaristía es reducirnos a nosotros al estado de pobres voluntarios, que no tienen apego a nada, y así revestirnos de su vida y virtudes. ¡Oh Jesús sacramentado, sed mi único bien!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez.

¡Cuántos sufrimientos en esta tercera caída! Jesús cae abrumado bajo el peso de la cruz y apenas si a fuerza de malos tratos logran los verdugos levantarle.

Jesús cae por tercera vez antes de ser levantado en cruz como para atestiguar que le pesa el no poder dar la vuelta al mundo cargado con su cruz.

Jesús vendrá a mí por última vez en viático antes de que salga también yo de este valle de destierro. ¡Ah, Señor, concededme esta gracia, la más preciosa de todas y complemento de cuantas he recibido en mi vida!

¡Pero que reciba bien esta última comunión, tan llena de amor!

¡Qué caída más espantosa la de Jesús, que entra por última vez en el corazón de un moribundo, que a todos sus pecados pasados añade el crimen del sacrilegio y recibe indignamente al mismo que ha de juzgarle, profanando así el viático de su salvación!

¡En qué estado más doloroso no se ha de ver Jesús en un corazón que le detesta, en un espíritu que le desprecia, en un cuerpo de pecado!

¿Y cuál será el juicio de esos desdichados? Sólo pensarlo causa temblor: ¡Perdón, Señor, perdón por ellos! Os ruego por todos los moribundos. Concededles la gracia de morir en vuestros brazos después de haberos recibido bien en viático.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (VIII)


Octava estación: Jesús consuela a las afligidas mujeres piadosas.

Consolar a los afligidos y perseguidos era la misión del Salvador en los días de su vida mortal, misión a la que quiere ser fiel en el momento mismo de sus mayores sufrimientos. Olvidándose de sí, enjuga las lágrimas de las piadosas mujeres que lloraban por sus dolores y por su Pasión, ¡qué bondad!

En su santísimo Sacramento, Jesús no cuenta con casi nadie que le consuele del abandono de los suyos, de los crímenes de que os objeto. Día y noche se encuentra solo. ¡Ah, si pudieran llorar sus ojos, cuántas lágrimas no derramarían por la ingratitud y el abandono de los suyos! Si su corazón pudiera sufrir, ¡qué tormentos padecería al verse desdeñado hasta por sus mismos amigos!

Y aun siendo esto así, tan pronto como venimos hacia Él, nos acoge con bondad, escucha nuestras quejas y el relato con frecuencia bien largo y harto egoísta de nuestras miserias, y, olvidándose de sí nos consuela y reanima. ¿Por qué habré yo, divino Salvador mío, recurrido a los hombres para hallar consuelo, en lugar de dirigirme a Vos? Ya veo que esto hiere a vuestro Corazón, celoso del mío. Sed en la Eucaristía mi único consuelo, mi único confidente: con una palabra, con una mirada de vuestra bondad me basta. ¡Deseo amarte de todo corazón!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (VII)


Séptima estación: Jesús cae por segunda vez.

A pesar de la ayuda de Simón, Jesús sucumbe por segunda vez a causa de su debilidad, y esto le depara una ocasión para nuevos sufrimientos. Sus rodillas y manos son desgarradas por estas caídas en camino tan difícil, y los verdugos redoblan de rabia sus malos tratos.

¡Oh, cuán nulo es el socorro del hombre sin el de Jesucristo!

¡Cuántas caídas se prepara el que se apoya en los hombres! ¡Cuántas veces cae por la Comunión hoy el Dios de la Eucaristía en corazones cobardes y tibios, que le reciben sin preparación, le guardan sin piedad y le dejan marcharse sin un acto de amor y de agradecimiento! Por nuestra tibieza es Jesús estéril en nosotros.

¿Quién se atrevería a recibir a un grande de la tierra con tan poco cuidado como se recibe todos los días al rey del cielo?

Divino Salvador mío, os ofrezco un acto de desagravio por todas las comuniones hechas con tibieza y sin devoción. ¡Cuántas veces habéis venido a mi pecho! ¡Gracias por ello! ¡Quiero seros fiel en adelante! ¡Dadme vuestro amor, que él me basta!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (VI)


Sexta estación: Una piadosa mujer enjuga el rostro de Jesús.

El Salvador ya no tiene rostro humano; los verdugos se lo han cubierto de sangre, de lodo y de salivazos. El esplendor de Dios se encuentra en tal estado, por lo cubierto de manchas, que no se le puede reconocer. La piadosa Verónica afronta los soldados; bajo las salivas ha reconocido a su salvador y Dios, y movida de compasión enjuga su augusta faz. Jesús la recompensa imprimiendo sus facciones en el lienzo con que ella enjuga su cara adorable.

Divino Jesús mío, bien ultrajado, insultado y profanado sois en vuestro adorable Sacramento. Y ¿dónde están las verónicas compasivas que reparen esas abominaciones? ¡Ah! ¡Es para entristecerse y aterrarse que con tanta facilidad se cometan tantos sacrilegios contra el augusto Sacramento! Se diría que Jesucristo no es entre nosotros sino un extranjero que a nadie interesa y hasta merece desprecio.

Verdad es que oculta su rostro bajo la nube de especies bien débiles y humildes; pero es para que nuestro amor descubra en ellas por la fe sus divinas facciones. Señor, creo que sois el Cristo, Hijo de Dios vivo, y adoro bajo el velo eucarístico vuestra faz adorable, llena de gloria y de majestad; dignaos, Señor, imprimir vuestras facciones en mi corazón, para que a todas partes lleve conmigo a Jesús y a Jesús sacramentado.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (V)


Quinta estación: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la Cruz.

Jesús aparecía cada vez más rendido bajo su peso. Los judíos, que querían que muriese en la cruz, para poner el colmo a sus humillaciones, pidieron a Simón el Cirineo que tomase el madero. Él se negó, y menester fue obligarle para que tomara este instrumento que tan ignominioso le parecía. Mas aceptó al fin y mereció que Jesús le tocara el corazón y lo convirtiera.

En su Sacramento Jesús llama a los hombres y casi nadie acude a sus invitaciones. Convídales al banquete eucarístico y se echa mano de pretextos mil para desoír su llamamiento. El alma ingrata e infiel se niega a la gracia de Jesucristo, el don más excelente de su amor; y Jesús se queda solo, abandonado, con las manos llenas de gracias que no se quieren: ¡Se tiene miedo a su amor!

En lugar del respeto que le es debido, Jesús no recibe, las más de las veces, más que irreverencias... Se ruboriza uno de encontrarlo en las calles y se huye de Él así que se le divisa. No se atreve uno a darle señales exteriores de la propia fe.

¿Será posible, divino Salvador mío? Demasiado cierto es, no puedo menos de sentir los reproches que me dirige mi conciencia. Sí, he desoído muchas veces vuestro amoroso llamamiento, aferrado como estaba a lo que me agradaba; me he negado cuando tanto me honrabais invitándome a vuestra mesa, movido por vuestro amor. Pésame de lo más hondo de mi corazón. Comprendo que vale mucho más dejarlo todo que omitir por mi culpa una comunión, que es la mayor y más amable de vuestras gracias. Olvidad, buen salvador mío, mi pasado y acoged y guardad vos mismo mis resoluciones para el porvenir.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (IV)


Cuarta estación: Jesús encuentra a su Santísima Madre.

María acompaña a Jesús en el camino del calvario sufriendo un verdadero martirio en su alma; porque cuando se ama se quiere compadecer.

Hoy el Corazón eucarístico de Jesús encuentra en el camino de sus dolores, entre sus enemigos, hijos de su amor, esposas de su corazón, ministros de sus gracias, que, lejos de consolarle como María, se juntan a sus verdugos para humillarle, y blasfemar y renegar de Él.

¡Cuántos renegados y apóstatas abandonan el servicio y el amor de la Eucaristía tan pronto como este servicio requiere un sacrificio o un acto de fe práctica!

¡Oh Jesús mío, quiero seguiros con María, mi madre, por más que os vea humillado, insultado y maltratado, y deseo desagraviaros con mi amor!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez.

Tan agotado de sangre se vio Jesús después de tres horas de agonía y de los golpes de la flagelación, tan debilitado por la terrible noche que pasó bajo la guardia de sus enemigos, que, tras algunos momentos de marcha, cae abrumado bajo el peso de la cruz.

¡Cuántas veces cae Jesús sacramentado por tierra en las santas partículas sin que nadie se dé cuenta!

Mas lo que le hace caer de dolor es la vista del primer pecado mortal que mancilló mi alma.

¡Cuánto más dolorosa no es la caída de Jesús en el corazón de un joven que le recibe indignamente en el día de su primera comunión!

Cae en un corazón helado, que el fuego de su amor no puede derretir; en un espíritu orgulloso y fingido, sin poder conmoverlo; en un cuerpo que no es más que sepulcro lleno de podredumbre. ¿Así por ventura hemos de tratar a Jesús la primera vez que viene a nosotros tan lleno de amor? ¡Oh Dios! ¡Tan joven y ya tan culpable! ¡Comenzar tan pronto a ser un Judas! ¡Cuán sensible es al Corazón de Jesús; una primera comunión sacrílega!

¡Gracias, oh Jesús mío, por el amor que me mostrasteis en mi primera comunión! Nunca lo he de olvidar. Vuestro soy, del mismo modo que Vos sois mío; haced de mí lo que os plazca.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Vía Crucis Eucarístico (II)


Segunda estación: Jesús, cargado con la Cruz

En Jerusalén los judíos imponen a Jesús una pesada e ignominiosa cruz, que era considerada entonces como el instrumento de suplicio propio del último de los hombres. Jesús recibe con gozo esta cruz abrumadora; se apresura a recibirla, la abraza con amor y la lleva con dulzura.

Así nos la quiere suavizar, aliviar y deificar en su sangre.

En el santísimo Sacramento del altar los malos cristianos imponen a Jesús una cruz mucho más pesada e ignominiosa para su Corazón. La constituyen las irreverencias de tantos en el santo lugar; su espíritu, tan poco recogido; su corazón, tan frío en la presencia del Señor, y su tan tibia devoción. ¡Qué cruz más humillante para Jesús tener hijos tan poco respetuosos y discípulos tan miserables!

Aun ahora Jesús lleva mis cruces en su sacramento, las pone en su Corazón para santificarlas y las cubre con su amor y besos, para que me sean amables; mas quiere que las lleve también yo por Él y se las ofrezca; se allana a recibir los desahogos de mi dolor y sufre que yo llore mis cruces y le pida consuelo y auxilio.

¡Cuán ligera se vuelve la cruz que pasa por la Eucaristía! ¡Cuán bella y radiante sale del Corazón de Jesús! ¡Da gusto recibirla de sus manos y besarla tras Él! A la Eucaristía iré, por tanto, para refugiarme en las penas, para consolarme y fortalecerme. En la Eucaristía aprenderé a sufrir y a morir.

¡Perdón, Señor, perdón por todos los que os tratan con irreverencia en vuestro sacramento de amor! ¡Perdón por mis indiferencias y olvidos en vuestra presencia! ¡Quiero amaros; os amo con todo mi corazón!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Amar hasta dar la vida

“No hay amor más grande que dar la vida por aquellos que se ama...”

María Cristina Mocellin estaba enferma de cáncer cuando Ricardo, su hijo menor, tenía sólo dos meses de concebido. Su ejemplo, similar al de santa Gianna Beretta Molla, nos muestra lo que significa amar hasta dar la vida.

Vale la pena releer la carta que quiso dejar a su pequeño Ricardo antes de morir:

“Querido Ricardo, cuando supimos que existías, te amamos y quisimos con todas nuestras fuerzas. Recuerdo el día en el que el doctor me dijo que volvían a diagnosticarme tumor en la ingle. Mi reacción fue la de repetir varias veces: ¡estoy embarazada!, ¡estoy embarazada! Me opuse con todas mis fuerzas a renunciar a ti, tanto que el médico comprendió todo y no añadió nada más. Aquella tarde, en el coche, de regreso del hospital, cuando te moviste por primera vez, parecía que me decías: ¡Gracias mamá por amarme! ¿Y cómo podríamos no amarte? Pienso que no existe ningún sufrimiento en el mundo que no valga la pena por un hijo. El Señor ha querido llenarnos de alegría: tenemos tres niños maravillosos que, si Él así lo querrá, con su gracia, podrán crecer como Él desee. Sólo puedo dar gracias a Dios porque ha querido hacernos este regalo tan grande, nuestros hijos.”

El 22 de Octubre de 1995, antes de fallecer, repetía: “Hacer tu Voluntad Señor, es mi paz”. Su causa de beatificación ha sido iniciada en la diócesis de Padua donde vive todavía la familia Mocellin, difundiendo el luminoso ejemplo de la Sierva de Dios.

Oración: Oh Señor, fuente de todo bien, Tú has iluminado de manera admirable a esta joven madre, y se ha convertido en un ejemplo de fe, de vida familiar y de defensa de la vida. María Cristina ha preparado y construido una familia verdaderamente cristiana, haciendo que cada elección de su vida estuviera de acuerdo con el Evangelio. En la Eucaristía siempre encontró el consuelo y el valor para afrontar todas las dificultades de la vida. Te pedimos, oh Padre, que te dignes glorificar en la tierra a esta tu humilde Sierva, que por tu bondad, confiamos que ya la has recompensado en el cielo. Que su vida sea un ejemplo para nuestras familias cristianas. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Cf. amicidicristinaonlus.it

Vía Crucis Eucarístico (I)


Primera estación: Jesús, condenado a muerte.

Jesús es condenado por los suyos, por aquellos mismos a quienes ha colmado de favores. Se lo condena cual si fuera un sedicioso, a Él, que es la bondad misma; como blasfemo, siendo así que es la misma santidad; como ambicioso, cuando se hizo el último de todos. Como si fuera el último de los esclavos, es condenado a la muerte de cruz.

Como vino a este mundo para sufrir y morir y para enseñarnos a hacer ambas cosas, Jesús acepta con amor la inicua sentencia de muerte.

También en la Eucaristía es Jesús condenado a muerte. Condenado en sus gracias, que no se quieren; en su amor, que se desconoce; en su estado sacramental, en que es negado por el incrédulo y profanado por horribles sacrilegios. Por una comunión indigna vende a Jesucristo un mal cristiano al demonio, entrégalo a las pasiones, lo pone a los pies de Satanás, rey de su corazón; le crucifica en su cuerpo de pecado.

Los malos cristianos maltratan a Jesús más que los mismos judíos, por cuanto en Jerusalén fue condenado una sola vez, en tanto que en el santísimo Sacramento es condenado todos los días y en infinidad de lugares y por un número espantoso de inicuos jueces.

Y a pesar de todo, Jesús se deja insultar, despreciar, condenar; y sigue viviendo en el Sacramento, para demostrarnos que su amor hacia nosotros es sin condiciones ni reservas y excede a nuestra ingratitud.

¡Perdón, oh Jesús, y mil veces perdón, por todos los sacrilegios! Si me acontece cometer uno sólo, he de pasar toda la vida reparándolo. Quiero amaros y honraros por todos los que os desprecian. Dadme la gracia de morir con vos.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

La Eucaristía y la muerte del Salvador


La Sagrada Eucaristía, desde cualquier aspecto que se la considere, nos recuerda de una manera patente la muerte del Señor.

¿Por qué quiso Jesucristo establecer relaciones tan íntimas entre su muerte y la Eucaristía? Ante todo, para recordarnos cuánto le ha costado este Sacramento. La Eucaristía es, en efecto, fruto de la muerte de Jesús. Cuantas veces nos hallamos en presencia de la Eucaristía debemos exclamar: Este precioso testamento ha costado la vida a Jesucristo y nos da a conocer la inmensidad de su amor, ya que Él mismo dijo que la mayor prueba de amor es dar la vida por sus amigos. La prueba suprema del Amor de Jesús es el haber muerto por conquistarnos y dejarnos la Eucaristía. ¡Cuán pocos son los que tienen en cuenta este precio de la Eucaristía!

Jesucristo quiso igualmente establecer estas relaciones señaladas para significarnos incesantemente los efectos que debe producir la Eucaristía en nosotros. Los cuales son: primero, hacernos morir al pecado y a las inclinaciones viciosas. Segundo, hacernos morir al mundo y crucificarnos con Jesucristo, según expresión de San Pablo. Tercero, hacernos morir a nosotros mismos, a nuestros gustos, a nuestros deseos, a nuestros sentidos, para que podamos revestirnos de Jesucristo, para que pueda Él vivir en nosotros y nosotros no ser otra cosa que miembros suyos sumisos a su voluntad. Por último, la Eucaristía nos hace partícipes de la resurrección gloriosa de Jesús.

Tales son algunas de las razones que indujeron a Jesucristo a rodear con tantas señales de muerte este sacramento de vida, donde reside glorioso y donde triunfa su amor. Quiere ponernos continuamente a la vista el precio de nuestro rescate y la manera de corresponder a su amor. ¡Oh, Señor, le diremos con la Iglesia, que nos dejaste en el admirable Sacramento la memoria de tu pasión, concédenos que de tal manera veneremos los sagrados misterios de tu cuerpo y sangre, que experimentemos continuamente en nosotros los frutos de tu redención!

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

El arte sin Cristo


"Que vuestro arte contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno" (San Juan Pablo II a los artistas, 4 de abril de 1999)

La estética de la fealdad es el rasgo propio del mundo sin Cristo. El mismo espíritu que en Occidente rechaza a Dios y a su Cristo, es el que malea la vida social y política, rompe las familias, reduce extremadamente la natalidad, vacía la filosofía de toda verdad, desprecia la tradición cultural por principio, deshumaniza a los pueblos, y lógicamente, degrada todas las artes, hundiéndolas en la fealdad. Es un mismo impulso descendente. Va todo junto.

Lo que hoy suele llamarse arte moderno es congénitamente feo. Partiendo los artistas de un mismo espíritu falso, malo y feo, extienden a todas las modalidades del arte una fealdad, en cierto modo consciente y voluntaria, que en ningún momento de su historia ha afectado en grado semejante a las artes de la humanidad. Y es necesario reconocer que el imperio estético del feísmo se ha producido justamente al llegar las naciones más cultas a una apostasía generalizada de la fe cristiana.

El ateísmo produce un hombre espiritualmente feo, en sí mismo oscuro, contradictorio y trivial, que no puede producir obras profundamente bellas. Un artista egoísta y amargado, por ejemplo, que prefiere el mal al bien, la mentira a la verdad, el caos al orden armonioso, que no sabe perdonar, que estima absurda la vida, que está desesperado y que acabará posiblemente en la droga o el suicidio, es incapaz de producir una obra de arte llena de luminosidad y armonía, pletórica de fuerza y alegría, profundidad y transcendencia. Del mismo modo, una cultura muy alejada de la verdad y del bien, es decir, de Dios, se hace incapaz de producir obras verdaderamente bellas. Por eso, el arte del mundo descristianizado, en cuanto que pretende realizarse rechazando a Dios, y concretamente, sin Cristo, está a priori condenado a la fealdad, como lo comprobamos a posteriori.

Fuente: Cf. infocatolica.com

No hemos de avergonzarnos de la Cruz


Cualquier acción de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal; pero el máximo motivo de gloria es la Cruz. Así lo expresa con acierto Pablo, que tan bien sabía de ello: En cuanto a mí, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de Cristo.

El triunfo de la cruz iluminó a todos los que padecían la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, redimió a todos los hombres.

Por consiguiente, no hemos de avergonzarnos de la cruz del Salvador, sino más bien gloriarnos de ella. Porque el mensaje de la cruz es escándalo para los judíos, necedad para los griegos, mas para nosotros es salvación. Para los que están en vías de perdición es necedad, mas para nosotros, que estamos en vías de salvación, es fuerza de Dios. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre.

Él no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza, sino voluntariamente. Oye lo que dice: Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar. Fue, pues, a la pasión por su libre determinación, contento con la gran obra que iba a realizar, consciente del triunfo que iba a obtener, gozoso por la salvación de los hombres; al no rechazar la cruz, daba la salvación al mundo.

Por lo tanto, que la cruz sea tu gozo no sólo en tiempo de paz; también en tiempo de persecución has de tener la misma confianza, de lo contrario, serías amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo suyo en tiempo de guerra. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias que te otorga la munificencia de tu Rey; cuando sobrevenga la lucha, pelea denodadamente por tu Rey.

Jesús, que en nada había pecado, fue crucificado por ti; y tú, ¿no te crucificarás por él, que fue clavado en la cruz por amor a ti? No eres tú quien le haces un favor a él, ya que tú has recibido primero; lo que haces es devolverle el favor, saldando la deuda que tienes con aquel que por ti fue crucificado en el Gólgota.

Fuente: De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

Si el mundo que busca a Dios supiera


Si el mundo que busca a Dios supiera... Si supieran esos sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las eternas discusiones. Si supieran los hombres dónde se encuentra Dios, cuántas guerras se impedirían, cuánta paz habría en el mundo, cuántas almas se salvarían.

Insensatos y necios, que buscáis a Dios donde no está.

Escuchad, y asombraos. Dios está en el corazón del hombre, yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el corazón del hombre, cuando este corazón vive desprendido de todo lo que no es Él. Cuando este corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas, y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a recibir al Único que llena de veras.

Qué dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del corazón. Qué suavidad tan grande es verse lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir así.

Qué poco cuesta, mejor dicho, nada cuesta, hacer lo que Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y el sufrimiento, es paz, pues se sufre por amor.

Sólo Dios llena el alma, y la llena toda.

No hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe. Sólo el pensar en ofenderle y en perderlo, la hace sufrir.

Fuente: De los escritos de San Rafael Arnáiz

La Escritura contiene palabras de vida eterna


La finalidad o fruto de la sagrada Escritura no es cosa de poca importancia, pues tiene como objeto la plenitud de la felicidad eterna. Porque la Escritura contiene palabras de vida eterna, puesto que se ha escrito no sólo para que creamos, sino también para que alcancemos la vida eterna, aquella vida en la cual veremos, amaremos y serán saciados todos nuestros deseos; y, una vez éstos saciados, entonces conoceremos verdaderamente el amor de Cristo, que excede todo conocimiento, y así quedaremos colmados hasta poseer toda la plenitud de Dios. En esta plenitud, de que nos habla el Apóstol, la sagrada Escritura se esfuerza por introducirnos. Ésta es la finalidad, ésta es la intención que ha de guiarnos al estudiar, enseñar y escuchar la sagrada Escritura.

Y, para llegar directamente a este resultado, a través del recto camino de las Escrituras, hay que empezar por el principio, es decir, debemos acercarnos, sin otro bagaje que la fe, al Creador de los astros, doblando las rodillas de nuestro corazón, para que él, por su Hijo, en el Espíritu Santo, nos dé el verdadero conocimiento de Jesucristo y, con el conocimiento, el amor, para que así, conociéndolo y amándolo, fundamentados en la fe y arraigados en la caridad, podamos conocer la anchura y la longitud, la altura y la profundidad de la sagrada Escritura y, por este conocimiento, llegar al conocimiento pleno y al amor extasiado de la santísima Trinidad; a ello tienden los anhelos de los santos, en ello consiste la plenitud y la perfección de todo lo bueno y verdadero.

Fuente: Del Breviloquio de san Buenaventura, obispo

El amor conyugal y sus características


La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor, “el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra”.

El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas. En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia.

Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias características del amor conyugal, siendo de suma importancia tener una idea exacta de ellas.

Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.

Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama sólo por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí.

Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo.

El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera.

Es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres.

Fuente: San Pablo VI, Carta encíclica Humanae Vitae

Castidad y caridad


La castidad, la caridad y la humildad carecen externamente de relieve, pero no de belleza; y, ciertamente, no es poca su belleza, ya que llenan de gozo a la divina mirada. ¿Qué hay más hermoso que la castidad, la cual purifica al que ha sido concebido de la corrupción, convierte en familiar de Dios al que es su enemigo y hace del hombre un ángel?

El hombre casto y el ángel son diferentes por su felicidad, pero no por su virtud. Y, si bien la castidad del ángel es más feliz, sabemos que la del hombre es más esforzada. Sólo la castidad significa el estado de la gloria inmortal en este tiempo y lugar de mortalidad; sólo la castidad reivindica para sí, en medio de las solemnidades nupciales, el modo de vida de aquella dichosa región en la cual ni los hombres ni las mujeres se casarán, y permite, así, en la tierra la experiencia de la vida celestial.

Sin embargo, aunque la castidad sobresalga de modo tan eminente, sin la caridad no tiene ni valor ni mérito. La castidad sin la caridad es una lámpara sin aceite; y, no obstante, como dice el sabio, qué hermosa es la generación casta, con caridad, con aquella caridad que, como escribe el Apóstol, brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera.

Fuente: De las cartas de san Bernardo, abad

De la Carta Apostólica Mulieris dignitatem (II)


En la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del hombre, se refleja el eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino. El humano engendrar es común al hombre y a la mujer. Y si la mujer, guiada por el amor hacia su marido, dice: “te he dado un hijo”, sus palabras significan al mismo tiempo: “este es nuestro hijo”. Sin embargo, aunque los dos sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una “parte” especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada. Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más profunda en la mujer, especialmente en el período prenatal. La mujer es “la que paga” directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él contrae una deuda especial con la mujer. Ningún programa de “igualdad de derechos” del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto de un modo totalmente esencial.

La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición singular “comprende” lo que lleva en su interior. A la luz del “principio” la madre acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona. Este modo único de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una actitud hacia el hombre, no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en general, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer. Comúnmente se piensa que la mujer es más capaz que el hombre de dirigir su atención hacia la persona concreta y que la maternidad desarrolla todavía más esta disposición. El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre, se encuentra siempre “fuera” del proceso de gestación y nacimiento del niño y debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia “paternidad”. Podríamos decir que esto forma parte del normal mecanismo humano de ser padres, incluso cuando se trata de las etapas sucesivas al nacimiento del niño, especialmente al comienzo. La educación del hijo, entendida globalmente, debería abarcar en sí la doble aportación de los padres: la materna y la paterna. Sin embargo, la contribución materna es decisiva y básica para la nueva personalidad humana.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Apostólica Mulieris dignitatem

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