Contemplando el Santo Sudario (II)


La Sábana santa es también imagen del amor de Dios, así como del pecado del hombre. Invita a redescubrir la causa última de la muerte redentora de Jesús. En el inconmensurable sufrimiento que documenta, el amor de Aquel que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único” (Jn 3, 16) se hace casi palpable y manifiesta sus sorprendentes dimensiones. Ante ella, los creyentes no pueden menos de exclamar con toda verdad: “Señor, ¡no podías amarme más!”, y darse cuenta en seguida de que el pecado es el responsable de ese sufrimiento: los pecados de todo ser humano.

Al hablarnos de amor y de pecado, la Sábana santa nos invita a todos a imprimir en nuestro espíritu el rostro del amor de Dios, para apartar de él la tremenda realidad del pecado. La contemplación de ese Cuerpo martirizado ayuda al hombre contemporáneo a liberarse de la superficialidad y del egoísmo con los que, muy a menudo, considera el amor y el pecado. La Sábana santa, haciéndose eco de la palabra de Dios y de siglos de conciencia cristiana, susurra: cree en el amor de Dios, el mayor tesoro dado a la humanidad, y huye del pecado, la mayor desgracia de la historia.

La Sábana santa es también imagen de impotencia: impotencia de la muerte, en la que se manifiesta la consecuencia extrema del misterio de la Encarnación. Ese lienzo sagrado nos impulsa a afrontar el aspecto más desconcertante del misterio de la Encarnación, que es también el que muestra con cuánta verdad Dios se hizo verdaderamente hombre, asumiendo nuestra condición en todo, excepto en el pecado. A todos desconcierta el pensamiento de que ni siquiera el Hijo de Dios resistió a la fuerza de la muerte; pero a todos nos conmueve el pensamiento de que participó de tal modo en nuestra condición humana, que quiso someterse a la impotencia total del momento en que se apaga la vida. Es la experiencia del Sábado santo, paso importante del camino de Jesús hacia la gloria, de la que se desprende un rayo de luz que ilumina el dolor y la muerte de todo hombre.

La fe, al recordarnos la victoria de Cristo, nos comunica la certeza de que el sepulcro no es el fin último de la existencia. Dios nos llama a la resurrección y a la vida inmortal.

La Sábana santa es imagen del silencio. Existe el silencio trágico de la incomunicabilidad, que tiene en la muerte su mayor expresión; y existe el silencio de la fecundidad, propio de quien renuncia a hacerse oír en el exterior, para alcanzar en lo profundo las raíces de la verdad y de la vida. La Sábana santa no sólo expresa el silencio de la muerte, sino también el silencio valiente y fecundo de la superación de lo efímero, gracias a la inmersión total en el eterno presente de Dios. Así, brinda la conmovedora confirmación del hecho de que la omnipotencia misericordiosa de nuestro Dios no ha sido detenida por ninguna fuerza del mal, sino que, por el contrario, sabe hacer que incluso la fuerza del mal contribuya al bien. Nuestro tiempo necesita redescubrir la fecundidad del silencio, para superar la disipación de los sonidos, de las imágenes y de la palabrería, que muy a menudo impiden escuchar la voz de Dios.

La peregrinación que grandes multitudes están realizando a esta ciudad es un venir a ver este signo trágico e iluminador de la Pasión, que anuncia el amor del Redentor. Este icono del Cristo abandonado en la condición dramática y solemne de la muerte, que desde hace siglos es objeto de significativas representaciones y que, desde hace cien años, gracias a la fotografía, se ha difundido en muchísimas reproducciones, nos exhorta a penetrar en el misterio de la vida y de la muerte para descubrir el mensaje, grande y consolador, que se nos da en ella. La Sábana santa nos presenta a Jesús en el momento de su máxima impotencia, y nos recuerda que en la anulación de esa muerte está la salvación del mundo entero. La Sábana santa se convierte, así, en una invitación a vivir cada experiencia, incluso la del sufrimiento y de la suprema impotencia, con la actitud de quien cree que el amor misericordioso de Dios vence toda pobreza, todo condicionamiento y toda tentación de desesperación.

Que el Espíritu de Dios, que habita en nuestro corazón, suscite en cada uno el deseo y la generosidad necesarios para acoger el mensaje de la Sábana santa y hacer de él el criterio inspirador de su existencia.

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso del Domingo 24 de mayo de 1998

Contemplando el Santo Sudario (I)


Con la mirada dirigida a la Sábana santa, deseo saludaros cordialmente a todos vosotros, fieles de la Iglesia turinesa. Saludo a los peregrinos que durante el período de esta ostensión vienen de todo el mundo para contemplar uno de los signos más conmovedores del amor sufriente del Redentor.

Al entrar en la catedral, me he recogido en adoración ante la Eucaristía, el sacramento que está en el centro de las atenciones de la Iglesia y que, bajo apariencias humildes, conserva la presencia verdadera, real y sustancial de Cristo. A la luz de la presencia de Cristo en medio de nosotros, me he arrodillado ante la Sábana santa, el precioso lienzo que nos puede ayudar a comprender mejor el misterio del amor que nos tiene el Hijo de Dios.

Ante la Sábana santa, imagen intensa y conmovedora de un dolor indescriptible, deseo dar gracias al Señor por este don singular, que pide al creyente atención amorosa y disponibilidad plena al seguimiento del Señor.

La Sábana santa es un reto a la inteligencia. Ante todo, exige de cada hombre, en particular del investigador, un esfuerzo para captar con humildad el mensaje profundo que transmite a su razón y a su vida. La fascinación misteriosa que ejerce la Sábana santa impulsa a formular preguntas sobre la relación entre ese lienzo sagrado y los hechos de la historia de Jesús. Dado que no se trata de una materia de fe, la Iglesia no tiene competencia específica para pronunciarse sobre esas cuestiones. Encomienda a los científicos la tarea de continuar investigando para encontrar respuestas adecuadas a los interrogantes relacionados con este lienzo que, según la tradición, envolvió el cuerpo de nuestro Redentor cuando fue depuesto de la cruz. La Iglesia los exhorta a afrontar el estudio de la Sábana santa sin actitudes preconcebidas, que den por descontado resultados que no son tales; los invita a actuar con libertad interior y respeto solícito, tanto en lo que respecta a la metodología científica como a la sensibilidad de los creyentes.

Para el creyente cuenta sobre todo el hecho de que la Sábana santa es espejo del Evangelio. En efecto, si se reflexiona sobre este lienzo sagrado, no se puede prescindir de la consideración de que la imagen presente en él tiene una relación tan profunda con cuanto narran los evangelios sobre la pasión y muerte de Jesús, que todo hombre sensible se siente interiormente impresionado y conmovido al contemplarlo. Además, quien se acerca a la Sábana santa es consciente de que no detiene en sí misma el corazón de la gente, sino que remite a Aquel a cuyo servicio lo puso la Providencia amorosa del Padre. Por tanto, es justo alimentar la conciencia del precioso valor de esta imagen, que todos ven y nadie, por ahora, logra explicar. Para toda persona reflexiva es motivo de consideraciones profundas, que pueden llegar a comprometer su vida.

Así, la Sábana santa constituye un signo verdaderamente singular que remite a Jesús, la Palabra verdadera del Padre, e invita a conformar la propia vida a la de Aquel que se entregó a sí mismo por nosotros.

En la Sábana santa se refleja la imagen del sufrimiento humano. Recuerda al hombre moderno, distraído a menudo por el bienestar y las conquistas tecnológicas, el drama de tantos hermanos, y lo invita a interrogarse sobre el misterio del dolor, para profundizar en sus causas. La impronta del cuerpo martirizado del Crucificado, al testimoniar la tremenda capacidad del hombre de causar dolor y muerte a sus semejantes, se presenta como el icono del sufrimiento del inocente de todos los tiempos: de las innumerables tragedias que han marcado la historia pasada, y de los dramas que siguen consumándose en el mundo.

La Sábana santa no sólo nos impulsa a salir de nuestro egoísmo; también nos lleva a descubrir el misterio del dolor que, santificado por el sacrificio de Cristo, engendra salvación para toda la humanidad. Imagen del pecado del hombre y del amor de Dios

Fuente: San Juan Pablo II, Discurso del Domingo 24 de mayo de 1998

En el primer Encuentro mundial de las familias


Hoy, todos los que, mediante su maternidad o su paternidad, se asocian al misterio de la creación, profesan a “Dios, Padre todopoderoso, creador...”.

Profesan a Dios como Padre, porque a él deben su maternidad o paternidad humana. Y, profesando su fe, se confían a este Dios, “de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” (Ef 3, 15), por la gran tarea que les corresponde personalmente como padres: la labor de educar a los hijos. “Ser padre, ser madre”, significa “comprometerse en educar”. Y educar quiere decir también “generar”: generar en el sentido espiritual.

Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios..., que por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de María, la Virgen, y se hizo hombre”.

Creemos en Cristo, que es el Verbo eterno: “Dios de Dios, Luz de Luz”. El, en cuanto consubstancial al Padre, es Aquel por quien todo fue creado. Se hizo hombre por nosotros y por nuestra salvación. Como Hijo del hombre santificó la familia de Nazaret, que lo había acogido en la noche de Belén y lo había salvado de la crueldad de Herodes. Esta familia -en la que José, esposo de la purísima Virgen María, hacía para el Hijo las veces del Padre celeste- ha llegado a ser don de Dios mismo a todas las familias: la Sagrada Familia.

Creemos en Jesucristo, que, viviendo durante treinta años en la casa de Nazaret, santificó la vida familiar. Santificó también el trabajo humano, ayudando a José en el esfuerzo por mantener la Sagrada Familia.

Creemos en Jesucristo, el cual ha confirmado y renovado el sacramento primordial del matrimonio y de la familia (cf. Mc 10, 2-16). En él vemos cómo Cristo, en su coloquio con los fariseos, hace referencia al “principio”, cuando Dios “creó al hombre -varón y mujer los creó-” para que, llegando a ser “una sola carne” (cf. Mc 10, 6-8), trasmitieran la vida a nuevos seres humanos. Cristo dice: “De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mc 10, 8-9). Cristo, testigo del Padre y de su amor, construye la familia humana sobre un matrimonio indisoluble.

Creo -creemos- en Jesucristo, que fue crucificado, condenado a muerte de cruz por Poncio Pilato. Aceptando libremente la pasión y la muerte de cruz redimió el mundo. Resucitando al tercer día, confirmó su potencia divina y anuncio la victoria de la vida sobre la muerte.

De este modo, Cristo ha entrado en la historia de todas las familias, porque su vocación es servir a la vida. La historia de la vida y de la muerte de cada ser humano está injertada en la vocación de cada familia humana, que da la vida, pero que también participa de un modo muy particular en la experiencia del sufrimiento y de la muerte. En esta experiencia está presente Cristo que afirma: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25-26).

Familias cristianas del mundo entero, construid vuestra existencia sobre el fundamento de aquel sacramento que el Apóstol llama “grande” (cf.Ef 5, 32). ¿Acaso no veis cómo estáis inscritos en el misterio del Dios vivo, de aquel Dios que profesamos en nuestro “Credo” apostólico?

La Iglesia construida sobre el fundamento de los Apóstoles tiene en vosotros su inicio: “Ecclesiola; iglesia doméstica”. Así pues, la Iglesia es la familia de las familias. La fe en la Iglesia vivifica nuestra fe en la familia. El misterio de la Iglesia, este misterio fascinante, halla precisamente su reflejo en las familias.

Profesamos la fe en la Iglesia y esta fe permanece estrechamente unida al principio de la vida nueva, a la que Dios nos ha llamado en Cristo. Profesamos esta vida. Y, profesándola, recordamos tantos baptisterios del mundo en los que fuimos engendrados a esta vida. Y además a estos baptisterios habéis llevado a vuestros hijos y vuestras familias. Profesamos que el bautismo es un sacramento de regeneración “por el agua y el Espíritu” (Jn 3, 5). En este sacramento se nos perdona el pecado original así como cualquier otro pecado, y llegamos a ser hijos adoptivos de Dios a semejanza de Cristo, que es el único Hijo unigénito y eterno del Padre.

¡Qué inmenso es el misterio del que habéis llegado a participar! ¡Qué profundamente se une mediante la Iglesia vuestra paternidad -queridos padres y madres- con la eterna paternidad del mismo Dios!

Queridas familias de todo el mundo: Os deseo que, mediante la eucaristía, mediante nuestra oración común, sepáis siempre descubrir vuestra vocación, vuestra gran vocación en la Iglesia y en el mundo. Esta vocación la habéis recibido de Cristo que “nos santifica” y que “no se avergüenza de llamarnos hermanos y hermanas” (Hb 2, 11). He aquí que Cristo os dice hoy a todos vosotros: “Id, pues, por todo el mundo y enseñad a todas las familias” (cf. Mt 28, 19). Anunciándoles el evangelio de la salvación eterna, que es el “evangelio de las familias”. El Evangelio -la buena nueva-es Cristo, “porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12). Y Cristo es “el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13, 8).

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 9 de octubre de 1994

Juan Pablo II en el Año de la familia


¡Esposos y familias de todo el mundo: el Esposo está con vosotros!“Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16-17); “lo nacido de la carne, es carne; lo nacido del Espíritu, es espíritu... Tenéis que nacer de lo alto” (Jn 3, 6-7). Debéis nacer “de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5). Precisamente vosotros, queridos padres y madres, sois los primeros testigos y ministros de este nuevo nacimiento del Espíritu Santo. Vosotros, que engendráis a vuestros hijos para la patria terrena, no olvidéis que al mismo tiempo los engendráis para Dios. Dios desea su nacimiento del Espíritu Santo; los quiere como hijos adoptivos en el Hijo unigénito que les da “poder de hacerse hijos de Dios” (Jn 1, 12). La obra de la salvación perdura en el mundo y se realiza mediante la Iglesia. Todo esto es obra del Hijo de Dios, el Esposo divino, que nos ha transmitido el reino del Padre y nos recuerda a nosotros, sus discípulos: “El reino de Dios ya está entre vosotros” (Lc 17, 21).

Nuestra fe nos enseña que Jesucristo, que “está sentado a la derecha del Padre”, vendrá para juzgar a vivos y muertos. Por otra parte, el evangelista Juan afirma que él fue enviado al mundo no “para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 17). Por tanto, ¿en qué consiste el juicio? Cristo mismo da la respuesta: El juicio “está en que vino la luz al mundo... El que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3, 19. 21). Esto también lo ha recordado recientemente la encíclica Veritatis splendor. ¿Cristo es, pues, juez? Tus propios actos te juzgarán a la luz de la verdad que tú conoces. Lo que juzgará a los padres y madres, a los hijos e hijas, serán sus obras. Cada uno de nosotros será juzgado sobre los mandamientos; también sobre los que hemos recordado en esta carta: cuarto, quinto, sexto y noveno. Sin embargo, cada uno será juzgado ante todo sobre el amor, que es el sentido y la síntesis de los mandamientos. “A la tarde te examinarán en el amor”, escribió san Juan de la Cruz. Cristo, redentor y esposo de la humanidad, “para esto ha nacido y para esto ha venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha su voz” (cf. Jn 18, 37). Él será el juez, pero del modo que él mismo ha indicado hablando del juicio final (cf. Mt 25, 31-46). El suyo será un juicio sobre el amor, un juicio que confirmará definitivamente la verdad de que el Esposo estaba con nosotros, sin que nosotros, quizás, lo supiéramos.

El juez es el Esposo de la Iglesia y de la humanidad. Por esto juzga diciendo: “Venid, benditos de mi Padre... Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis” (Mt 25, 34-36). Naturalmente esta relación podría alargarse y en ella podrían aparecer una infinidad de problemas, que afectan también a la vida conyugal y familiar. Podríamos encontrarnos también expresiones como éstas: “Fui niño todavía no nacido y me acogisteis, permitiéndome nacer; fui niño abandonado y fuisteis para mí una familia; fui niño huérfano y me habéis adoptado y educado como a un hijo vuestro”. Y también: “Ayudasteis a las madres que dudaban, o que estaban sometidas a fuertes presiones, para que aceptaran a su hijo no nacido y le hicieran nacer; ayudasteis a familias numerosas, familias en dificultad para mantener y educar a los hijos que Dios les había dado”. Y podríamos continuar con una relación larga y diferenciada, que comprende todo tipo de verdadero bien moral y humano, en el cual se manifiesta el amor. Ésta es la gran mies que el Redentor del mundo, a quien el Padre ha confiado el juicio, vendrá a cosechar: es la mies de gracias y obras buenas, madurada bajo el soplo del Esposo en el Espíritu Santo, que nunca cesa de actuar en el mundo y en la Iglesia. Demos gracias por esto al Dador de todo bien.

Sabemos, sin embargo, que en la sentencia final, referida por el evangelista Mateo, hay otra relación, grave y aterradora: “Apartaos de mí... Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis” (Mt 25, 41-43). Y en esta relación se pueden encontrar también otros comportamientos, en los que Jesús se presenta también como el hombre rechazado. Así, él se identifica con la mujer o el marido abandonado, con el niño concebido y rechazado: “¡No me habéis recibido!” Este juicio pasa también a través de la historia de nuestras familias y de la historia de las naciones y de la humanidad. El “no me habéis recibido” de Cristo implica también a instituciones sociales, gobiernos y organizaciones internacionales.

Al final de estas reflexiones, queridos hermanos, pensando en lo que, durante este Año de la familia, se proclamará desde diversas tribunas, quisiera renovar con vosotros la confesión hecha por Pedro a Cristo: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68). Digamos juntos: ¡Tus palabras, Señor, no pasarán! (cf. Mc 13, 31). ¿Qué puede desearos el Papa al final de esta larga meditación sobre el Año de la familia? Desea que todos os veáis reflejados en estas palabras, que “son espíritu y son vida” (Jn 6, 63).

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane, en el Año de la familia de 1994

Compromiso por la promoción de la familia


No puede faltar en la comunidad cristiana un serio compromiso de redescubrimiento del valor de la familia y del matrimonio. Ese compromiso es tanto más urgente, cuanto que este valor hoy es puesto en tela de juicio por gran parte de la cultura y de la sociedad.

No sólo se discuten algunos modelos de vida familiar, que cambian bajo la presión de las transformaciones sociales y de las nuevas condiciones de trabajo. Es la concepción misma de la familia, como comunidad fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, la que se ataca en nombre de una ética relativista que se abre camino en amplios sectores de la opinión pública e incluso de la legislación civil.

La crisis de la familia se transforma, a su vez, en causa de la crisis de la sociedad. No pocos fenómenos patológicos -como la soledad, la violencia y la droga- se explican, entre otras causas, porque los núcleos familiares han perdido su identidad y su función. Donde cede la familia, a la sociedad le falla su entramado de conexión, con consecuencias desastrosas que afectan a las personas y, especialmente, a los más débiles: niños, adolescentes, minusválidos, enfermos, ancianos...

Así pues, es preciso promover una reflexión que ayude no sólo a los creyentes, sino también a todos los hombres de buena voluntad, a redescubrir el valor del matrimonio y de la familia. En el Catecismo de la Iglesia católica se lee: “La familia es la célula original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad” (n. 2207).

Al redescubrimiento de la familia puede llegar por sí sola la razón, escuchando la ley moral inscrita en el corazón humano. La familia, comunidad “fundada y vivificada por el amor” (Familiaris consortio, 18), encuentra su fuerza en la alianza definitiva de amor con la que un hombre y una mujer se entregan recíprocamente, convirtiéndose juntos en colaboradores de Dios para transmitir la vida.

En la base de esta relación fontal de amor, también las relaciones que se entablan con los demás miembros de la familia, y entre ellos, deben inspirarse en el amor y caracterizarse por el afecto y el apoyo mutuo. El amor auténtico, lejos de encerrar a la familia en sí misma, la abre a la sociedad entera, dado que la pequeña familia doméstica y la gran familia de todos los seres humanos no se oponen, sino que mantienen una relación íntima y originaria. En la raíz de todo esto se halla el misterio mismo de Dios, que precisamente la familia evoca de modo especial. En efecto, como escribí hace algunos años en la Carta a las familias, “a la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que el modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo, en el misterio trinitario de su vida. El Nosotros divino constituye el modelo eterno del nosotros humano; ante todo, de aquel nosotros que está formado por el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza divina”.

La paternidad de Dios es la fuente trascendente de toda otra paternidad y maternidad humana. Contemplándola con amor, debemos sentirnos comprometidos a redescubrir la riqueza de comunión, de generación y de vida que caracteriza al matrimonio y a la familia.

En ella se desarrollan relaciones interpersonales, en las que a cada uno se le encomienda, aunque sin esquemas rígidos, una tarea específica. No pretendo aquí referirme a las tareas sociales y funcionales, que son expresiones de marcos históricos y culturales particulares. Más bien pienso en la importancia que revisten, en la relación esponsal recíproca y en el común compromiso de padres, la figura del hombre y de la mujer en cuanto llamados a actuar sus características naturales en el ámbito de una comunión profunda, enriquecedora y respetuosa. A esta unidad de los dos confía Dios no sólo la obra de la procreación y la vida de la familia, sino la construcción misma de la historia.

Asimismo, el hijo debe considerarse como la expresión máxima de la comunión del hombre y de la mujer, o sea, de la recíproca acogida-donación que se realiza y se trasciende en un “tercero”, en el hijo precisamente. El hijo es la bendición de Dios. Transforma al marido y a la mujer en padre y madre. Ambos “salen de sí mismos” y se expresan en una persona que, a pesar de ser fruto de su amor, va más allá de ellos.

A la familia se aplica de modo especial el ideal expresado en la oración sacerdotal, en la que Jesús pide que su unidad con el Padre implique a sus discípulos (cf. Jn 17, 11) y a los que crean en su palabra (cf. Jn 17, 20-21). La familia cristiana, “iglesia doméstica”, está llamada a realizar de modo especial este ideal de perfecta comunión.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 1 de diciembre de 1999

Domingo in Albis, dedicado al culto de la Misericordia divina


Desde la antigüedad este domingo se llama “in albis”, del término latino “alba”, dado al vestido blanco que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua y se quitaban a los ocho días. En este día, los neófitos de la Vigilia pascual se ponían una vez más su vestido blanco, símbolo de la luz que el Señor les había dado en el bautismo. Después se quitaban el vestido blanco, pero debían introducir en su vida diaria la nueva luminosidad que se les había comunicado; debían proteger diligentemente la llama delicada de la verdad y del bien que el Señor había encendido en ellos, para llevar así a nuestro mundo algo de la luminosidad y de la bondad de Dios.

De misericordia y de bondad divina está llena la página del Evangelio de san Juan (20, 19-31) de este domingo. (S.S. Benedicto XVI, Homilía del 15 de abril de 2007 y Regina Caeli del 11 de abril de 2010)

Resuena también hoy el gozoso aleluya de la Pascua. La página del evangelio de san Juan que leemos hoy destaca que el Resucitado, al atardecer de aquel día, se apareció a los Apóstoles y “les mostró las manos y el costado” (Jn 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa pasión grabados de modo indeleble en su cuerpo también después de la resurrección. Aquellas heridas gloriosas, que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la misericordia de Dios, que “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único” (Jn 3, 16).

Este misterio de amor está en el centro de la actual liturgia del domingo in Albis, dedicada al culto de la Misericordia divina.

A la humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!

Señor, que con tu muerte y resurrección revelas el amor del Padre, creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: ¡Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! (Texto escrito por San Juan Pablo II, días antes de fallecer)

María, Mujer perfecta y modelo de toda mujer


La Iglesia, sobre todo en tiempos recientes, ha mostrado singular atención, alentada entre otras cosas por el hecho de que la figura de María, si se contempla a la luz de lo que de ella nos narran los evangelios, constituye una respuesta válida al deseo de emancipación de la mujer: María es la única persona humana que realiza de manera eminente el proyecto de amor divino para la humanidad.

Ese proyecto ya se manifiesta en el Antiguo Testamento, mediante la narración de la creación, que presenta a la primera pareja creada a imagen de Dios: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). Por eso, la mujer, al igual que el varón, lleva en sí la semejanza con Dios. Desde su aparición en la tierra como resultado de la obra divina, también vale para ella esta consideración: “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Gn 1, 31). Según esta perspectiva, la diversidad entre el hombre y la mujer no significa inferioridad por parte de ésta, ni desigualdad, sino que constituye un elemento de novedad que enriquece el designio divino, manifestándose como algo que está muy bien.

Sin embargo, la intención divina va más allá de lo que revela el libro del Génesis. En efecto, en María Dios suscitó una personalidad femenina que supera en gran medida la condición ordinaria de la mujer, tal como se observa en la creación de Eva. La excelencia única de María en el mundo de la gracia y su perfección son fruto de la particular benevolencia divina, que quiere elevar a todos, hombres y mujeres, a la perfección moral y a la santidad propias de los hijos adoptivos de Dios. María es la bendita entre todas las mujeres; sin embargo, en cierta medida, toda mujer participa de su sublime dignidad en el plan divino.

El don singular que Dios nos hizo a la Madre del Señor no sólo testimonia lo que podríamos llamar el respeto de Dios por la mujer; también manifiesta la consideración profunda que hay en los designios divinos por su papel insustituible en la historia de la humanidad.

La obra admirable que el Creador realizó en María ofrece a los hombres y a las mujeres la posibilidad de descubrir dimensiones de su condición que antes no habían sido percibidas suficientemente. Contemplando a la Madre del Señor las mujeres podrán comprender mejor su dignidad y la grandeza de su misión. Pero también los hombres, a la luz de la Virgen Madre, podrán tener una visión más completa y equilibrada de su identidad, de la familia y de la sociedad.

La atenta consideración de la figura de María, tal como nos la presenta la sagrada Escritura leída en la fe por la Iglesia, es más necesaria aún ante la desvalorización que, a veces, han realizado algunas corrientes feministas. En algunos casos, la Virgen de Nazaret ha sido presentada como el símbolo de la personalidad femenina encerrada en un horizonte doméstico restringido y estrecho.

Por el contrario, María constituye el modelo del pleno desarrollo de la vocación de la mujer al haber ejercido, a pesar de los límites objetivos impuestos por su condición social, una influencia inmensa en el destino de la humanidad y en la transformación de la sociedad.

Además la doctrina mariana puede iluminar los múltiples modos con los que la vida de la gracia promueve la belleza espiritual de la mujer.

Ante la vergonzosa explotación de quien a veces transforma a la mujer en un objeto sin dignidad, destinado a la satisfacción de pasiones deshonestas, María reafirma el sentido sublime de la belleza femenina, don y reflejo de la belleza de Dios.

Es verdad que la perfección de la mujer, tal como se realizó plenamente en María, puede parecer a primera vista un caso excepcional, sin posibilidad de imitación, un modelo demasiado elevado como para poderlo imitar. De hecho, la santidad única de quien gozó desde el primer instante del privilegio de la concepción inmaculada, fue considerada a veces como signo de una distancia insuperable.

Por el contrario, la santidad excelsa de María, lejos de ser un freno en el camino del seguimiento del Señor, en el plan divino está destinada a animar a todos los cristianos a abrirse a la fuerza santificadora de la gracia de Dios, para quien nada es imposible. Por tanto, en María todos están llamados a tener confianza total en la omnipotencia divina, que transforma los corazones, guiándolos hacia una disponibilidad plena a su providencial proyecto de amor.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 29 de noviembre de 1995

Suba nuestra oración como el incienso


“Suba mi oración como incienso en tu presencia; el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde”. El versículo 2 de este salmo se puede considerar como el signo distintivo de todo el canto y la evidente justificación de que haya sido situado dentro de la Liturgia de las Vísperas. La idea expresada refleja el espíritu de la teología profética, que une íntimamente el culto con la vida, la oración con la existencia.

La misma plegaria, hecha con corazón puro y sincero, se convierte en sacrificio ofrecido a Dios. Todo el ser de la persona que ora se transforma en una ofrenda de sacrificio, como sugerirá más tarde san Pablo cuando invitará a los cristianos a ofrecer su cuerpo como víctima viva, santa, agradable a Dios: este es el sacrificio espiritual que le complace (cf. Rm 12, 1).

Las manos elevadas en la oración son un puente de comunicación con Dios, como lo es el humo que sube como suave olor de la víctima durante el rito del sacrificio vespertino.

El salmo prosigue con un tono de súplica.

El sentido general se puede identificar y transformar en meditación y oración. Ante todo, el orante suplica al Señor que impida que sus labios (cf. v. 3) y los sentimientos de su corazón se vean atraídos y arrastrados por el mal y lo impulsen a realizar “acciones malas” (cf. v. 4). En efecto, las palabras y las obras son expresión de la opción moral de la persona. Es fácil que el mal ejerza una atracción tan grande que lleve incluso al fiel a gustar los “manjares deliciosos” que pueden ofrecer los pecadores, al sentarse a su mesa, es decir, participando en sus malas acciones.

El salmo adquiere casi el matiz de un examen de conciencia, al que sigue el compromiso de escoger siempre los caminos de Dios.

Con todo, al llegar a este punto, el orante siente un estremecimiento que lo impulsa a una apasionada declaración de rechazo de cualquier complicidad con el impío: no quiere en absoluto ser huésped del impío, ni permitir que el ungüento perfumado reservado a los comensales importantes (cf. Sal 22, 5) atestigüe una convivencia con los que obran el mal (cf. Sal 140, 5). Para expresar con más vehemencia su radical alejamiento del malvado, el salmista lo condena con indignación utilizando unas imágenes muy vivas de juicio vehemente.

Se trata de una de las imprecaciones típicas del Salterio (cf. Sal 57 y 108), que tienen como finalidad afirmar de modo plástico e incluso pintoresco la oposición al mal, la opción del bien y la certeza de que Dios interviene en la historia con su juicio de severa condena de la injusticia (cf. vv. 6-7).

El salmo concluye con una última invocación confiada (cf. vv. 8-9): es un canto de fe, de gratitud y de alegría, con la certeza de que el fiel no se verá implicado en el odio que los malvados le reservan y no caerá en la trampa que le tienden, después de constatar su firme opción por el bien. Así, el justo podrá superar indemne cualquier engaño, como se dice en otro salmo: “Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió y escapamos” (Sal 123, 7).

Concluyamos nuestra lectura del salmo 140 volviendo a la imagen inicial, la de la plegaria vespertina como sacrificio agradable a Dios. Un gran maestro espiritual que vivió entre los siglos IV y V, Juan Casiano, el cual, aunque procedía de Oriente, pasó en la Galia meridional la última parte de su vida, releía esas palabras en clave cristológica: “En efecto, en ellas se puede captar más espiritualmente una alusión al sacrificio vespertino, realizado por el Señor y Salvador durante su última cena y entregado a los Apóstoles, cuando dio inicio a los santos misterios de la Iglesia, o (se puede captar una alusión) a aquel mismo sacrificio que él, al día siguiente, ofreció por la tarde, en sí mismo, con la elevación de sus manos, sacrificio que se prolongará hasta el final de los siglos para la salvación del mundo entero” (Le istituzioni cenobitiche, Abadía de Praglia, Padua 1989, p. 92).

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 5 de noviembre de 2003

Suba nuestra oración como el incienso


“Suba mi oración como incienso en tu presencia; el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde”. El versículo 2 de este salmo se puede considerar como el signo distintivo de todo el canto y la evidente justificación de que haya sido situado dentro de la Liturgia de las Vísperas. La idea expresada refleja el espíritu de la teología profética, que une íntimamente el culto con la vida, la oración con la existencia.

La misma plegaria, hecha con corazón puro y sincero, se convierte en sacrificio ofrecido a Dios. Todo el ser de la persona que ora se transforma en una ofrenda de sacrificio, como sugerirá más tarde san Pablo cuando invitará a los cristianos a ofrecer su cuerpo como víctima viva, santa, agradable a Dios: este es el sacrificio espiritual que le complace (cf. Rm 12, 1).

Las manos elevadas en la oración son un puente de comunicación con Dios, como lo es el humo que sube como suave olor de la víctima durante el rito del sacrificio vespertino.

El salmo prosigue con un tono de súplica.

El sentido general se puede identificar y transformar en meditación y oración. Ante todo, el orante suplica al Señor que impida que sus labios (cf. v. 3) y los sentimientos de su corazón se vean atraídos y arrastrados por el mal y lo impulsen a realizar “acciones malas” (cf. v. 4). En efecto, las palabras y las obras son expresión de la opción moral de la persona. Es fácil que el mal ejerza una atracción tan grande que lleve incluso al fiel a gustar los “manjares deliciosos” que pueden ofrecer los pecadores, al sentarse a su mesa, es decir, participando en sus malas acciones.

El salmo adquiere casi el matiz de un examen de conciencia, al que sigue el compromiso de escoger siempre los caminos de Dios.

Con todo, al llegar a este punto, el orante siente un estremecimiento que lo impulsa a una apasionada declaración de rechazo de cualquier complicidad con el impío: no quiere en absoluto ser huésped del impío, ni permitir que el ungüento perfumado reservado a los comensales importantes (cf. Sal 22, 5) atestigüe una convivencia con los que obran el mal (cf. Sal 140, 5). Para expresar con más vehemencia su radical alejamiento del malvado, el salmista lo condena con indignación utilizando unas imágenes muy vivas de juicio vehemente.

Se trata de una de las imprecaciones típicas del Salterio (cf. Sal 57 y 108), que tienen como finalidad afirmar de modo plástico e incluso pintoresco la oposición al mal, la opción del bien y la certeza de que Dios interviene en la historia con su juicio de severa condena de la injusticia (cf. vv. 6-7).

El salmo concluye con una última invocación confiada (cf. vv. 8-9): es un canto de fe, de gratitud y de alegría, con la certeza de que el fiel no se verá implicado en el odio que los malvados le reservan y no caerá en la trampa que le tienden, después de constatar su firme opción por el bien. Así, el justo podrá superar indemne cualquier engaño, como se dice en otro salmo: “Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador; la trampa se rompió y escapamos” (Sal 123, 7).

Concluyamos nuestra lectura del salmo 140 volviendo a la imagen inicial, la de la plegaria vespertina como sacrificio agradable a Dios. Un gran maestro espiritual que vivió entre los siglos IV y V, Juan Casiano, el cual, aunque procedía de Oriente, pasó en la Galia meridional la última parte de su vida, releía esas palabras en clave cristológica: “En efecto, en ellas se puede captar más espiritualmente una alusión al sacrificio vespertino, realizado por el Señor y Salvador durante su última cena y entregado a los Apóstoles, cuando dio inicio a los santos misterios de la Iglesia, o (se puede captar una alusión) a aquel mismo sacrificio que él, al día siguiente, ofreció por la tarde, en sí mismo, con la elevación de sus manos, sacrificio que se prolongará hasta el final de los siglos para la salvación del mundo entero” (Le istituzioni cenobitiche, Abadía de Praglia, Padua 1989, p. 92).

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 5 de noviembre de 2003

"Qué bello es vivir"


La vida que el Hijo de Dios ha venido a dar a los hombres no se reduce a la mera existencia en el tiempo. La vida, que desde siempre está “en él” y es “la luz de los hombres” (Jn 1, 4), consiste en ser engendrados por Dios y participar de la plenitud de su amor: “A todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre; el cual no nació de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de hombre, sino que nació de Dios” (Jn 1, 12-13).

A veces Jesús llama esta vida, que Él ha venido a dar, simplemente así: “la vida”; y presenta la generación por parte de Dios como condición necesaria para poder alcanzar el fin para el cual Dios ha creado al hombre: “El que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios” (Jn 3, 3). El don de esta vida es el objetivo específico de la misión de Jesús: él “es el que baja del cielo y da la vida al mundo” (Jn 6, 33), de modo que puede afirmar con toda verdad: “El que me siga... tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12).

Otras veces Jesús habla de “vida eterna”, donde el adjetivo no se refiere sólo a una perspectiva supratemporal. “Eterna” es la vida que Jesús promete y da, porque es participación plena de la vida del “Eterno”. Todo el que cree en Jesús y entra en comunión con Él tiene la vida eterna (cf. Jn 3, 15; 6, 40), ya que escucha de Él las únicas palabras que revelan e infunden plenitud de vida en su existencia; son las “palabras de vida eterna” que Pedro reconoce en su confesión de fe: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6, 68-69). Jesús mismo explica después en qué consiste la vida eterna, dirigiéndose al Padre en la gran oración sacerdotal: “Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3). Conocer a Dios y a su Hijo es acoger el misterio de la comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en la propia vida, que ya desde ahora se abre a la vida eterna por la participación en la vida divina.

Por tanto, la vida eterna es la vida misma de Dios y a la vez la vida de los hijos de Dios. Un nuevo estupor y una gratitud sin límites se apoderan necesariamente del creyente ante esta inesperada e inefable verdad que nos viene de Dios en Cristo. El creyente hace suyas las palabras del apóstol Juan: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 1-2).

Así alcanza su culmen la verdad cristiana sobre la vida. Su dignidad no sólo está ligada a sus orígenes, a su procedencia divina, sino también a su fin, a su destino de comunión con Dios en su conocimiento y amor. A la luz de esta verdad san Ireneo precisa y completa su exaltación del hombre: “el hombre que vive” es “gloria de Dios”, pero “la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.

De aquí derivan unas consecuencias inmediatas para la vida humana en su misma condición terrena, en la que ya ha germinado y está creciendo la vida eterna. Si el hombre ama instintivamente la vida porque es un bien, este amor encuentra ulterior motivación y fuerza, nueva extensión y profundidad en las dimensiones divinas de este bien. En esta perspectiva, el amor que todo ser humano tiene por la vida no se reduce a la simple búsqueda de un espacio donde pueda realizarse a sí mismo y entrar en relación con los demás, sino que se desarrolla en la gozosa conciencia de poder hacer de la propia existencia el “lugar” de la manifestación de Dios, del encuentro y de la comunión con Él. La vida que Jesús nos da no disminuye nuestra existencia en el tiempo, sino que la asume y conduce a su destino último: “Yo soy la resurrección y la vida...; todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11, 25.26).

Fuente: San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae

Guadalupe, un Milagro perpetuo (II)


Las mediciones ginecológicas han determinado que la Virgen de la imagen posee las dimensiones físicas de una mujer embarazada de tres meses. Bajo el cinto que sujeta el vestido, en el emplazamiento justo del embrión, destaca una flor de cuatro pétalos: es la flor solar, el más habitual de los jeroglíficos aztecas, que para ellos simboliza la divinidad, el centro del mundo, del cielo, del tiempo y del espacio. Del cuello de la Virgen pende un broche cuyo centro está adornado con una pequeña cruz que recuerda la muerte de Cristo en la Cruz por la salvación de todos los hombres. Otros detalles de la imagen de María la convierten en un documento extraordinario para nuestra época, en que pueden constatarse gracias a las técnicas modernas.

De ese modo, la ciencia, que ha servido con frecuencia de pretexto a la incredulidad, nos ayuda en la actualidad a hacer patentes las señales que habían quedado escondidas durante siglos y para las que no encuentra explicación.

La imagen de Nuestra Señora de Guadalupe lleva consigo un mensaje evangelizador: la basílica de México es un centro “de donde fluye un río de luz del Evangelio de Cristo, derramándose por toda la tierra por medio de la imagen misericordiosa de María” (Juan Pablo II, 12 de diciembre de 1981). Además, mediante su intervención en favor del pueblo azteca, la Virgen ha contribuido a salvar innumerables vidas humanas, y su embarazo puede interpretarse como una llamada especial en favor de los niños que van a nacer y en defensa de la vida humana; esta llamada es de relevante actualidad, ya que en nuestros días se multiplican y se agravan las amenazas contra la vida de las personas y de los pueblos, sobre todo cuando esa vida es débil y carece de defensa. “Todos los delitos que se oponen a la misma vida, como son los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia... todo esto y otras plagas análogas son, ciertamente, lacras que afean a la civilización humana; en realidad rebajan más a los que así se comportan que a los que sufren la injusticia. Y ciertamente están en máxima contradicción con el honor debido al Creador” (Gaudium et Spes, 27). Frente a esos azotes, que se desarrollan gracias a los progresos científicos y técnicos, y que se aprovechan de un amplio consenso social y de reconocimientos legales, invoquemos a María con confianza. Ella es un “modelo incomparable de acogida y cuidado de la vida... Mostrándonos a su Hijo, nos asegura que las fuerzas de la muerte han sido ya derrotadas en Él” (Juan Pablo II, Evangelium vitae). “La muerte y la vida tuvieron enconada lucha; murió el Autor de la vida, pero ahora reina vivo” (Secuencia Pascual).

Pidamos a san Juan Diego, canonizado por el Papa Juan Pablo II el 31 de julio de 2002, que nos inspire una verdadera devoción hacia nuestra Madre del Cielo, pues “la compasión de María alcanza a todos los que la solicitan, aunque sea solamente con una sencilla Ave María” (San Alfonso de Ligorio). Ella obtendrá para nosotros la misericordia de Dios, especialmente si hemos caído en faltas graves, porque es Madre de Misericordia.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 26 de mayo de 2004

Guadalupe, un Milagro perpetuo (I)


En 1936, una exploración realizada en dos fibras de la tilma, una roja y otra amarilla, desemboca en conclusiones asombrosas: las fibras no contienen ningún colorante conocido. La oftalmología y la óptica confirman la naturaleza inexplicable de la imagen: se parece a una diapositiva proyectada sobre el tejido. Un estudio concienzudo demuestra que no existe indicio alguno de dibujo o de boceto bajo el color, a pesar de haberse realizado retoques perfectamente reconocibles sobre el original, retoques que, por otra parte, se deterioran con el paso del tiempo; además, el soporte no ha recibido apresto alguno, lo que parece inexplicable si se trata realmente de una pintura, pues incluso sobre una tela más fina se coloca siempre una capa de barniz, aunque sólo sea para evitar que la tela absorba la pintura y que los hilos afloren a la superficie. No se distingue ninguna pincelada. Con motivo de un estudio por infrarrojos, efectuado el 7 de mayo de 1979, un profesor de la NASA escribía: “No hay modo alguno de explicar la calidad de los pigmentos utilizados para el vestido rosa, el velo azul, el rostro y las manos, ni la permanencia de los colores, ni el brillo de los pigmentos después de varios siglos durante los cuales habrían debido normalmente deteriorarse... El estudio de la imagen ha sido la experiencia más emocionante de mi vida”.

Por otra parte, los astrónomos han comprobado que todas las constelaciones presentes en el cielo cuando Juan Diego abrió su tilma ante el obispo Zumárraga, el 12 de diciembre de 1531, se encuentra en el sitio que les corresponde sobre el manto de María. También se ha descubierto que, al aplicar un mapa topográfico de la zona central de México sobre el vestido de la Virgen, las montañas, los ríos y los principales lagos coinciden con la decoración de ese vestido.

Las exploraciones oftalmológicas concluyen que el ojo de María es un ojo humano que parece vivo, incluyendo la retina donde se refleja la imagen de un hombre con las manos extendidas: Juan Diego. La imagen de dentro del ojo obedece a las leyes conocidas de la óptica, sobre todo a la que afirma que un objeto bien iluminado puede reflejarse tres veces en el ojo (ley de Purkinje-Samson). Un estudio posterior ha permitido descubrir dentro del ojo, además del vidente, a Mons. Zumárraga y a otras personas, presentes cuando apareció en la tilma la imagen de Nuestra Señora. Finalmente, la red venosa normal microscópica que aparece en los párpados y en la córnea de los ojos de la Virgen es perfectamente reconocible. Ningún pintor humano habría podido reproducir semejantes detalles.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 26 de mayo de 2004

Seamos santos porque nuestro Padre y Maestro es Santo


El Divino Maestro y ejemplo de perfección, Jesucristo, quien junto con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado “un solo Santo”, amó a la Iglesia como esposa y se entregó por ella, para santificarla y para presentarla gloriosa a Sí mismo. Con el precepto dado a sus discípulos de imitar la perfección del Padre, envía a todos el Espíritu Santo, para que los mueva interiormente a amar a Dios de todo corazón y amarse mutuamente unos a otros, como Él los amó. Los discípulos de Cristo han sido llamados no según sus obras, sino según el designio y la gracia de Él y han sido justificados en el Señor Jesús por la fe de bautismo, han sido hechos realmente hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y han sido realmente santificados.

Entre ellos Dios elige siempre a algunos que, siguiendo más de cerca el ejemplo de Cristo, dan testimonio preclaro del reino de los cielos con el derramamiento de su sangre o con el ejercicio heroico de sus virtudes.

La Iglesia, que desde los primeros tiempos del cristianismo siempre creyó que los Apóstoles y los Mártires en Cristo están unidos a nosotros más estrechamente, los ha venerado particularmente junto a la bienaventurada Virgen María y a los Santos Ángeles, y ha implorado devotamente el auxilio de su intercesión. A ellos se han unidos también otros que imitaron más de cerca la virginidad y la pobreza de Cristo y además aquellos cuyo preclaro ejercicio de las virtudes cristianas y de los carismas divinos han suscitado la devoción y la imitación de los fieles.

Mientras contemplamos la vida de aquellos que han seguido fielmente a Cristo, nos sentimos incitados con mayor fuerza a buscar la ciudad futura y se nos enseña con seguridad el camino a través del cual, entre las vicisitudes del mundo, según el estado y la condición de cada uno, podemos llegar a una perfecta unión con Cristo o a la santidad. Así, teniendo tan numerosos testigos, mediante los cuales Dios se hace presente y nos habla, nos sentimos atraídos a alcanzar su reino en el cielo por el ejercicio de la virtud.

La Sede Apostólica, que desde tiempos inmemorables escruta los signos y la voz de su Señor con la mayor reverencia y docilidad por la importante misión de enseñar, santificar y gobernar el Pueblo de Dios que le ha sido confiado, propone hombres y mujeres que sobresalen por el fulgor de la caridad y de otras virtudes evangélicas para que sean venerados e invocados, declarándoles Santos en acto solemne de canonización, después de haber realizado las oportunas investigaciones.

Fuente: San Juan Pablo II, Constitución apostólica Divinus Perfectionis Magister

El Cordero inmolado nos ha hecho pasar de la muerte a la vida


Los profetas predijeron muchas cosas sobre el misterio pascual, que es el mismo Cristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Él vino del cielo a la tierra para remediar los sufrimientos del hombre; se hizo hombre en el seno de la Virgen, y de ella nació como hombre; cargó con los sufrimientos del hombre, mediante su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó los padecimientos de la carne, y él, que era inmortal por el Espíritu, destruyó el poder de la muerte que nos tenía bajo su dominio.

Él fue llevado como una oveja y muerto como un cordero; nos redimió de la seducción del mundo, como antaño de Egipto, y de la esclavitud del demonio, como antaño del poder del Faraón; selló nuestras almas con su Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.

Él, aceptando la muerte, sumergió en la derrota a Satanás, como Moisés al Faraón. Él castigó la iniquidad y la injusticia, del mismo modo que Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.

Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno, y ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo, un pueblo elegido, eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación.

Él es quien sufría tantas penalidades en la persona de muchos otros: él es quien fue muerto en la persona de Abel y atado en la persona de Isaac, él anduvo peregrino en la persona de Jacob y fue vendido en la persona de José, él fue expósito en la persona de Moisés, degollado en el cordero pascual, perseguido en la persona de David y vilipendiado en la persona de los profetas.

Él se encarnó en el seno de la Virgen, fue colgado en el madero, sepultado bajo tierra y, resucitando de entre los muertos, subió a lo más alto de los cielos.

Éste es el cordero que permanecía mudo y que fue inmolado; éste es el que nació de María, la blanca oveja; éste es el que fue tomado de entre la grey y arrastrado al matadero, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; éste es aquel cuyos huesos no fueron quebrados sobre el madero y que en la tumba no experimentó la corrupción; éste es el que resucitó de entre los muertos y resucitó al hombre desde las profundidades del sepulcro.

Fuente: De la Homilía de Melitón de Sardes, obispo, Sobre la Pascua

Sobre el santo y grandioso Sábado


¿Qué es lo que pasa? Un gran silencio se cierne hoy sobre la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa Y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido Y ha despertado a los que dormían desde hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto y ha puesto en movimiento a la región de los muertos.

En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte; Dios y su Hijo van a liberar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él.

El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz. Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos: “Mi Señor está con todos vosotros”. Y responde Cristo a Adán: “y con tu espíritu”. Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndole: “Despierta, tú que duermes, y levántate de entre los muertos y te iluminará Cristo.

Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti; digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: Salid, y a los que estaban en tinieblas: Sed iluminados, Y a los que estaban adormilados: Levantaos.

Yo te lo mando: Despierta, tú que duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos. Levántate de entre los muertos; yo soy la vida de los que han muerto. Levántate, obra de mis manos; levántate, mi efigie, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque tú en mí y yo en ti somos una sola cosa.

Por ti, yo, tu Dios, me he hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, yo, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, y aun bajo tierra; por ti, hombre, vine a ser como hombre sin fuerzas, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.

Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorada. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido.

Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado, por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor del tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti.

Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.

Tienes preparado un trono de querubines, están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado desde toda la eternidad el reino de los cielos”.

Fuente: De una antigua Homilía sobre el santo y grandioso Sábado

Viernes Santo


Considera, pues, cómo habiendo ya expirado el Salvador en la Cruz, y cumplídose el deseo de aquellos crueles enemigos, que tanto deseaban verlo muerto, aun después de esto no se apagó la llama de su furor, porque con todo esto se quisieron más vengar y encarnizar en aquellas Santas Reliquias que quedaron, partiendo y echando suertes sobre sus vestiduras y rasgando su sagrado pecho con una lanza cruel. ¡Oh crueles ministros ¡Oh corazones de hierro, y tan poco os parece lo que ha padecido el cuerpo vivo que no le queréis perdonar aun después de muerto! ¿Qué rabia de enemistad hay tan grande que no se aplaque cuando ve al enemigo muerto delante de sí? ¡Alzad un poco esos crueles ojos, y mirad aquella cara mortal, aquellos ojos difuntos, aquel caimiento de rostro y aquella amarillez y sombra de muerte, que aunque seáis más duros que el hierro y que el diamante y que vosotros mismos viéndolos amansaréis! Llega, pues, el ministro con la lanza en la mano, y atraviésale con gran fuerza por los pechos desnudos del Salvador. Estremecióse la Cruz en el aire con la fuerza del golpe, y salió de allí agua y sangre, con que se sanan los pecados del mundo. ¡Oh río que sales del Paraíso y riegas con tus corrientes toda la sobrehaz de la tierra! ¡Oh llaga del costado precioso, hecha más con el amor de los hombres que con el hierro de la lanza cruel! ¡Oh puerta del cielo, ventana del paraíso, lugar de refugio, torre de fortaleza, santuario de los justos, sepultura de peregrinos, nido de palomas sencillas y lecho florido de la esposa de Salomón! ¡Dios te salve, llaga del Costado precioso, que llagas los devotos corazones; herida que hieres las ánimas de los justos; rosa de inefable hermosura; rubí de precio inestimable; entrada para el corazón de Cristo, testimonio de su amor y prenda de la vida perdurable!

Después de esto considera cómo aquel mismo día en la tarde llegaron aquellos dos santos varones José y Nicodemus y, arrimadas sus escaleras a la Cruz, descendieron en brazos el Cuerpo del Salvador. Como la Virgen vio que, acabada ya la tormenta de la pasión, llegaba el sagrado Cuerpo a tierra, aparéjase Ella para darle puerto seguro en sus pechos, y recibirlo de los brazos de la Cruz en los suyos. Pide, pues, con grande humildad a aquella noble gente, que pues no se había despedido de su Hijo, ni recibido de Él los postreros abrazos en la Cruz al tiempo de su partida que la dejen ahora llegar a Él y no quieran que por todas partes crezca su desconsuelo, si habiéndoselo quitado por un cabo los enemigos vivo, ahora los amigos se lo quiten muerto.

Pues cuando la Virgen le tuvo en sus brazos, ¿qué lengua podrá explicar lo que sintió? ¡Oh ángeles de la paz, llorad con esta Sagrada Virgen; llorad, cielos; llorad, estrellas del cielo, y todas las criaturas del mundo acompañad el llanto de María! Abrázase la Madre con el cuerpo despedazado, apriétalo fuertemente en sus pechos (para sólo esto le quedaban fuerzas), mete su cara entre las espinas de la sagrada cabeza, júntase rostro con rostro, tíñese la cara de la sacratísima Madre con la sangre del Hijo, y riégase la del Hijo con lágrimas de la Madre. ¡Oh dulce Madre! ¿Es ése, por ventura, vuestro dulcísimo Hijo? ¿Es ése el que concebiste con tanta gloria y pariste con tanta alegría? ¿Pues qué se hicieron vuestros gozos pasados? ¿Dónde se fueron vuestras alegrías antiguas? ¿Dónde está aquel espejo de hermosura en que os mirábades?

Lloraban todos los que presentes estaban; lloraban aquellas santas mujeres, aquellos nobles varones; lloraba el cielo y la tierra y todas las criaturas acompañaban las lágrimas de la Virgen. Lloraba otrosí el Santo Evangelista, y, abrazado con el Cuerpo de su Maestro, decía: ¡Oh buen Maestro y Señor mío!, ¿quién me enseñará ya de aquí en adelante? ¿A quién iré con mis dudas? ¿En cúyos pechos descansaré? ¿Quién me dará parte de los secretos del cielo? ¿Qué mudanza ha sido ésta tan extraña? ¿Anteanoche me tuviste en tus sagrados pechos dándome alegría de vida, y ahora te pago aquel tan grande beneficio teniéndote en los míos muerto? ¿Este es el rostro que yo vi transfigurado en el monte Tabor? ¿Ésta es aquella figura más clara que el sol de medio día? Lloraba también aquella santa pecadora, y abrazada con los pies del Salvador decía: ¡Oh lumbre de mis ojos y remedio de mi ánima!, si me viera fatigada de los pecados, ¿quién me recibirá? ¿Quién curará mis llagas? ¿Quién responderá por mí? ¿Quién me defenderá de los fariseos? ¡Oh cuán de otra manera tuve yo estos pies y los lavé cuando en ellos me recibiste! ¡Oh amado de mis entrañas, ¿quién me diese ahora que yo muriese contigo? ¡Oh vida de mi ánima!, ¿cómo puedo decir que te amo, pues estoy viva teniéndote delante de mis ojos muerto?

De esta manera lloraban y lamentaban toda aquella santa compañía, regando y lavando con lágrimas el Cuerpo sagrado. Llegaba, pues, ya la hora de la sepultura, envuelven el santo Cuerpo en una sábana limpia, atan su rostro con un sudario y, puesto encima de un lecho, caminan con Él al lugar del monumento, y allí depositan aquel precioso tesoro. El sepulcro se cubrió con una losa y el corazón de la Madre con una oscura niebla de tristeza. Allí se despide otra vez de su Hijo; allí comienza de nuevo a sentir su soledad; allí se ve ya desposeída de todo su bien; allí se le queda el corazón sepultado donde quedaba su tesoro.

Fuente: San Pedro de Alcántara, Tratado de la oración y meditación

De la institución del Santísimo Sacramento


Para entender algo de este misterio, has de presuponer que ninguna lengua criada puede declarar la grandeza del amor que Cristo tiene a su Esposa la Iglesia; y, por consiguiente, a cada una de las ánimas que están en gracia, porque cada una de ellas es también esposa suya. Pues queriendo este Esposo dulcísimo partirse de esta vida y ausentarse de su Esposa la Iglesia (porque esta ausencia no le fuese causa de olvido), dejóle por memorial este Santísimo Sacramento (en que se quedaba Él mismo), no queriendo que entre Él y ella hubiese otra prenda que despertase su memoria, sino sólo Él. Quería también el Esposo en esta ausencia tan larga dejar a su Esposa compañía, porque no se quedase sola; y dejóle la de Éste Sacramento, donde se queda Él mismo, que era la mejor compañía que le podía dejar. Quería también entonces ir a padecer muerte por la Esposa y redimirla, y enriquecerla con el precio de su sangre. Y porque ella pudiese (cuando quisiese) gozar de este tesoro, dejóle las llaves de él en este Sacramento; porque (como dice San Crisóstomo) todas las veces que nos llegamos a él, debemos pensar que llegamos a poner la boca en el costado de Cristo, y bebemos de aquella preciosa Sangre, y nos hacemos participantes de Él. Deseaba, otrosí, este celestial Esposo, ser amado de su Esposa con grande amor y para esto ordenó este misterioso bocado con tales palabras consagrado que quien dignamente lo recibe, luego es tocado y herido de este amor.

Quería también asegurarla, y darle prendas de aquella bienaventurada herencia de gloria, para que con la esperanza de este bien pasase alegremente por todos los otros trabajos y asperezas de esta vida. Pues para que la Esposa tuviese cierta y segura la esperanza de este bien, dejóle acá en prendas este inefable tesoro que vale tanto como todo lo que allá se espera, para que no desconfiase, que se le dará Dios en la gloria, donde vivirá en espíritu, pues no se le negó en este valle de lágrimas, donde vive en carne.

Quería también a la hora de su muerte hacer testamento y dejar a la Esposa alguna manda señalada para su remedio, y dejóle ésta, que era la más preciosa y provechosa que le pudiera dejar, pues en ella se deja a Dios. Quería, finalmente dejar a nuestras ánimas suficiente provisión y mantenimiento con que viviesen, porque no tiene menor necesidad el ánima de su propio mantenimiento para vivir vida espiritual, que el cuerpo del suyo para la vida corporal. Pues para esto ordenó este tan sabio Médico (el cual también tenía tomados los pulsos de nuestra flaqueza) este Sacramento, y por eso lo ordena en especie de mantenimiento, para que la misma especie en que lo instituyó nos declarase el efecto que obraba, y la necesidad que nuestras ánimas de él tenían, no menor que la que los cuerpos tienen de su propio manjar.

Fuente: San Pedro de Alcántara, Tratado de la oración y meditación

Acuérdate de nosotros, bienaventurado san José


Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión.

Ello se realizó de un modo eminente en la persona de san José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, que fue elegido por el Padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más preciados tesoros, a saber, de su Hijo y de su esposa; cargo que él cumplió con absoluta fidelidad. Por esto el Señor le dice: Bien, siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu Señor.

Si miramos la relación que tiene José con toda la Iglesia, ¿no es éste el hombre especialmente elegido, por el cual y bajo el cual Cristo fue introducido en el mundo de un modo regular y honesto? Por tanto, si toda la Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por medio de ella recibió a Cristo, de modo semejante le debe a san José, después de ella, una especial gratitud y reverencia.

Él, en efecto, cierra el antiguo Testamento, ya que en él la dignidad patriarcal y profética alcanza el fruto prometido. Además, él es el único que poseyó corporalmente lo que la condescendencia divina había prometido a los patriarcas y a los profetas.

Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el cielo; al contrario, la ha colmado y consumado.

Por esto, no sin razón añade el Señor: Pasa al banquete de tu Señor. Pues, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón del hombre, el Señor prefirió decirle: Pasa al banquete, para insinuar de un modo misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo infinito.

Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por siglos infinitos. Amén.

Fuente: De los Sermones de san Bernardino de Siena, presbítero

La meditación de la Pasión mueve a la compasión


¡Todo el país desolado, y nadie se detuvo a pensarlo! La causa de todos nuestros males se halla en la ausencia de meditación y de reflexión: de aquí se origina todo desorden moral. Y se desconoce lo más elemental: porque se olvidan los abundantes beneficios recibidos de Dios, y son escasos los que dedican su tiempo a la contemplación de los acerbísimos sufrimientos que Cristo padeció por nosotros. Se descuida el cumplimiento del deber y no se ponen los medios suficientes para alejar los continuos peligros que nos acechan durante nuestra existencia. El mundo está lleno de maldad y con razón se queja Jeremías: Todo el país desolado.

¿Puede existir algún remedio a tanto mal? Una medicina quisiera proponer a los prelados, párrocos, sacerdotes y restantes ministros de Dios, y que remediaría en gran manera muchos males: me refiero al piadoso ejercicio del Vía crucis. Si se propagase esta laudable costumbre en las parroquias, en las iglesias, empleando los recursos de una sabia pastoral y el celo por las almas, los sacerdotes pronto encontrarían remedio eficaz para contrarrestar los vicios y mejorar las costumbres, puesto que muchos se verán movidos a obrar bien, al recordar los dolores y el amor de Jesucristo. ¡Cuántos frutos proporcionaría a las almas la asidua meditación de la acerbísíma pasión de Cristo! ¡Cómo excitaría a la contrición del corazón, cuánta fortaleza de espíritu les comunicaría! La experiencia en el apostolado me ha enseñado que muchas almas han progresado rápidamente por las vías intrincadas de la perfección, cuando han sido constantes en la práctica de este piadoso ejercicio.

Porque el Vía crucis es antídoto contra el vicio, aplaca la concupiscencia, empuja a la consecución de la virtud y eleva el espíritu a encumbradas metas de santificación. En verdad, representando al vivo en nuestra mente las escenas dolorosas que recorrió el Hijo de Dios en la pasión, como si se grabaran en lo hondo del alma, apenas habrá quien no aborrezca para siempre la fealdad del pecado frente a irradiación tan luminosa, y también se verá constreñido a amar tanto amor. No sería poco que, al menos, ante las adversidades de la vida, tan frecuentes, se supiera afrontarlas con generosidad de ánimo, viéndole padecer a Él.

Fuente: De una Exhortación sobre el Vía crucis, de san Leonardo de Porto Maurizio, presbítero

Cristo Crucificado es nuestra Gloria y orgullo


La pasión de nuestro Señor y Salvador Jesucristo es origen de nuestra esperanza en la gloria y nos enseña a sufrir. En efecto, ¿qué hay que no puedan esperar de la bondad divina los corazones de los fieles, si por ellos el Hijo único de Dios, eterno como el Padre, tuvo en poco el hacerse hombre, naciendo del linaje humano, y quiso además morir de manos de los hombres, que él había creado?

Mucho es lo que Dios nos promete; pero es mucho más lo que recordamos que ha hecho ya por nosotros.

¿Dónde estábamos o qué éramos, cuando Cristo murió por nosotros, pecadores? ¿Quién dudará que el Señor ha de dar la vida a sus santos, siendo así que les dio su misma muerte? ¿Por qué vacila la fragilidad humana en creer que los hombres vivirán con Dios en el futuro?

Mucho más increíble es lo que ha sido ya realizado: que Dios ha muerto por los hombres.

¿Quién es, en efecto, Cristo, sino aquella Palabra que existía al comienzo de las cosas, que estaba con Dios y que era Dios? Esta Palabra de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros. Es que, si no hubiese tomado de nosotros carne mortal, no hubiera podido morir por nosotros. De este modo el que era inmortal pudo morir, de este modo quiso darnos la vida a nosotros, los mortales; y ello para hacernos partícipes de su ser, después de haberse hecho él partícipe del nuestro. Pues, del mismo modo que no había en nosotros principio de vida, así no había en él principio de muerte. Admirable intercambio, pues, el que realizó con esta recíproca participación: de nosotros asumió la mortalidad, de él recibimos la vida.

Por tanto, no sólo no debemos avergonzamos de la muerte del Señor, nuestro Dios, sino, al contrario, debemos poner en ella toda nuestra confianza y toda nuestra gloria, ya que al tomar de nosotros la mortalidad, cual la encontró en nosotros, nos ofreció la máxima garantía de que nos daría la vida, que no podemos tener por nosotros mismos. Pues quien tanto nos amó, hasta el grado de sufrir el castigo que merecían nuestros pecados, siendo él mismo inocente, ¿cómo va ahora a negarnos, él, que nos ha justificado, lo que con esa justificación nos ha merecido? ¿Cómo no va a dar el que es veraz en sus promesas el premio a sus santos, él, que, sin culpa alguna, soportó el castigo de los pecadores?

Así pues, hermanos, reconozcamos animosamente, mejor aún, proclamemos que Cristo fue crucificado por nosotros; digámoslo no con temor sino con gozo, no con vergüenza sino con orgullo.

El apóstol Pablo se dio cuenta de este título de gloria y lo hizo prevalecer. Él, que podía mencionar muchas cosas grandes y divinas de Cristo, no dijo que se gloriaba en estas grandezas de Cristo -por ejemplo, en que es Dios junto con el Padre, en que creó el mundo, en que, incluso siendo hombre como nosotros, manifestó su dominio sobre el mundo-, sino: En cuanto a mí -dice-, líbreme Dios de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo.

Fuente: De los Sermones de san Agustín, obispo

Domingo de Ramos


Venid, subamos juntos al monte de los Olivos y salgamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Betania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación.

Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del cielo para exaltarnos con él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados.

Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación. No gritará -dice la Escritura-, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa.

Corramos, pues, con el que se dirige con presteza a la pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro. No para alfombrarle el camino con ramos de olivo, tapices, mantos y ramas de palmera, sino para poner bajo sus pies nuestras propias personas, con un espíritu humillado al máximo, con una mente y un propósito sinceros, para que podamos así recibir a la Palabra que viene a nosotros y dar cabida a Dios, a quien nadie puede contener.

Alegrémonos, por tanto, de que se nos haya mostrado con tanta mansedumbre aquel que es manso y que sube sobre el ocaso de nuestra pequeñez, a tal extremo, que vino y convivió con nosotros, para elevarnos hasta sí mismo, haciéndose de nuestra familia.

Dice el salmo: Subió a lo más alto de los cielos, hacia oriente (hacia su propia gloria y divinidad, interpreto yo), con las primicias de nuestra naturaleza, hasta la cual se había abajado, impregnándose de ella; sin embargo, no por ello abandona su inclinación hacia el género humano, sino que seguirá cuidando de él para irlo elevando de gloria en gloria, desde lo ínfimo de la tierra, hasta hacerlo partícipe de su propia sublimidad.

Así, pues, en vez de unas túnicas o unos ramos inanimados, en vez de unas ramas de arbustos, que pronto pierden su verdor y que por poco tiempo recrean la mirada, pongámonos nosotros mismos bajo los pies de Cristo, revestidos de su gracia, mejor aún, de toda su persona, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo; extendámonos tendidos a sus pies, a manera de túnicas.

Nosotros, que antes éramos como escarlata por la inmundicia de nuestros pecados, pero que después nos hemos vuelto blancos como la nieve con el baño saludable del bautismo, ofrezcamos al vencedor de la muerte no ya ramas de palmera, sino el botín de su victoria, que somos nosotros mismos.

Aclamémoslo también nosotros, como hacían los niños, agitando los ramos espirituales del alma y diciéndole un día y otro: Bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel.

Fuente: De las Disertaciones de San Andrés de Creta, obispo

San José, hombre de oración, Terror de los demonios


También el trabajo de carpintero en la casa de Nazaret está envuelto por el mismo clima de silencio que acompaña todo lo relacionado con la figura de José. Pero es un silencio que descubre de modo especial el perfil interior de esta figura. Los Evangelios hablan exclusivamente de lo que José “hizo”; sin embargo permiten descubrir en sus “acciones” -ocultas por el silencio- un clima de profunda contemplación. José estaba en contacto cotidiano con el misterio “escondido desde siglos”, que “puso su morada” bajo el techo de su casa. Esto explica, por ejemplo, por qué Santa Teresa de Jesús, la gran reformadora del Carmelo contemplativo, se hizo promotora de la renovación del culto a san José en la cristiandad occidental.

El sacrificio total, que José hizo de toda su existencia a las exigencias de la venida del Mesías a su propia casa, encuentra una razón adecuada “en su insondable vida interior, de la que le llegan mandatos y consuelos singularísimos, y de donde surge para él la lógica y la fuerza -propia de las almas sencillas y limpias- para las grandes decisiones, como la de poner enseguida a disposición de los designios divinos su libertad, su legítima vocación humana, su fidelidad conyugal, aceptando de la familia su condición propia, su responsabilidad y peso, y renunciando, por un amor virginal incomparable, al natural amor conyugal que la constituye y alimenta”.

Esta sumisión a Dios, que es disponibilidad de ánimo para dedicarse a las cosas que se refieren a su servicio, no es otra cosa que el ejercicio de la devoción, la cual constituye una de las expresiones de la virtud de la religión.

La comunión de vida entre José y Jesús nos lleva todavía a considerar el misterio de la encarnación precisamente bajo al aspecto de la humanidad de Cristo, instrumento eficaz de la divinidad en orden a la santificación de los hombres: “En virtud de la divinidad, las acciones humanas de Cristo fueron salvíficas para nosotros, produciendo en nosotros la gracia tanto por razón del mérito, como por una cierta eficacia”.

Entre estas acciones los Evangelistas resaltan las relativas al misterio pascual, pero tampoco olvidan subrayar la importancia del contacto físico con Jesús en orden a la curación (cf., Mc 1, 41) y el influjo ejercido por él sobre Juan Bautista, cuando ambos estaban aún en el seno materno (cf. Lc 1, 41-44).

El testimonio apostólico no ha olvidado -como hemos visto- la narración del nacimiento de Jesús, la circuncisión, la presentación en el templo, la huida a Egipto y la vida oculta en Nazaret, por el “misterio” de gracia contenido en tales “gestos” , todos ellos salvíficos, al ser partícipes de la misma fuente de amor: la divinidad de Cristo. Si este amor se irradiaba a todos los hombres, a través de la humanidad de Cristo, los beneficiados en primer lugar eran ciertamente: María, su madre, y su padre putativo, José, a quienes la voluntad divina había colocado en su estrecha intimidad.

Puesto que el amor “paterno” de José no podía dejar de influir en el amor “filial” de Jesús y, viceversa, el amor “filial” de Jesús no podía dejar de influir en el amor “paterno” de José, ¿cómo adentrarnos en la profundidad de esta relación singularísima? Las almas más sensibles a los impulsos del amor divino ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida interior.

Además, la aparente tensión entre la vida activa y la contemplativa encuentra en él una superación ideal, cosa posible en quien posee la perfección de la caridad. Según la conocida distinción entre el amor de la verdad (caritas veritatis) y la exigencia del amor (necessitas caritatis), podemos decir que José ha experimentado tanto el amor a la verdad, esto es, el puro amor de contemplación de la Verdad divina que irradiaba de la humanidad de Cristo, como la exigencia del amor, esto es, el amor igualmente puro del servicio, requerido por la tutela y por el desarrollo de aquella misma humanidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Testigo de la Pasión de su Hijo


Es ante todo consolador -como es evangélica e históricamente exacto- notar que al lado de Cristo, en primerísimo y muy destacado lugar junto a Él está siempre su Madre Santísima por el testimonio ejemplar que con su vida entera da a este particular Evangelio del sufrimiento. En Ella los numerosos e intensos sufrimientos se acumularon en una tal conexión y relación, que si bien fueron prueba de su fe inquebrantable, fueron también una contribución a la redención de todos. En realidad, desde el antiguo coloquio tenido con el ángel, Ella entrevé en su misión de madre el “destino” a compartir de manera única e irrepetible la misión misma del Hijo. Y la confirmación de ello le vino bastante pronto, tanto de los acontecimientos que acompañaron el nacimiento de Jesús en Belén, cuanto del anuncio formal del anciano Simeón, que habló de una espada muy aguda que le traspasaría el alma, así como de las ansias y estrecheces de la fuga precipitada a Egipto, provocada por la cruel decisión de Herodes.

Más aún, después de los acontecimientos de la vida oculta y pública de su Hijo, indudablemente compartidos por Ella con aguda sensibilidad, fue en el Calvario donde el sufrimiento de María Santísima, junto al de Jesús, alcanzó un vértice ya difícilmente imaginable en su profundidad desde el punto de vista humano, pero ciertamente misterioso y sobrenaturalmente fecundo para los fines de la salvación universal. Su subida al Calvario, su “estar” a los pies de la cruz junto con el discípulo amado, fueron una participación del todo especial en la muerte redentora del Hijo, como por otra parte las palabras que pudo escuchar de sus labios, fueron como una entrega solemne de este típico Evangelio que hay que anunciar a toda la comunidad de los creyentes.

Testigo de la pasión de su Hijo con su presencia y partícipe de la misma con su compasión, María Santísima ofreció una aportación singular al Evangelio del sufrimiento, realizando por adelantado la expresión paulina citada al comienzo. Ciertamente Ella tiene títulos especialísimos para poder afirmar lo de completar en su carne -como también en su corazón- lo que falta a la pasión de Cristo.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta apostólica Salvifici doloris

Venerar el inviolable derecho a la vida


Tú creaste mis entrañas, me plasmaste en el seno de mi madre: te doy gracias porque fui formado de manera tan admirable. ¡Qué maravillosas son tus obras! (Salmo 139, 13-14)

El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo.

La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios, encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros derechos de la persona.

En la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión, tanto más necesaria cuanto más dominante se hace una “cultura de muerte”. En efecto, “la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel “Sí”, de aquel “Amén” que es Cristo mismo (cf. 2 Co 1, 19; Ap 3, 14). Frente al “no” que invade y aflige al mundo, pone este “Sí” viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos acechan y rebajan la vida”. Corresponde a los fieles laicos que más directamente o por vocación o profesión están implicados en acoger la vida, el hacer concreto y eficaz el “sí” de la Iglesia a la vida humana.

Con el enorme desarrollo de las ciencias biológicas y médicas, junto al sorprendente poder tecnológico, se han abierto en nuestros días nuevas posibilidades y responsabilidades en la frontera de la vida humana. En efecto, el hombre se ha hecho capaz no sólo de “observar”, sino también de “manipular” la vida humana en su mismo inicio o en sus primeras etapas de desarrollo.

La conciencia moral de la humanidad no puede permanecer extraña o indiferente frente a los pasos gigantescos realizados por una potencia tecnológica, que adquiere un dominio cada vez más dilatado y profundo sobre los dinamismos que rigen la procreación y las primeras fases de desarrollo de la vida humana. En este campo y quizás nunca como hoy, la sabiduría se presenta como la única tabla de salvación, para que el hombre, tanto en la investigación científica teórica como en la aplicada, pueda actuar siempre con inteligencia y con amor; es decir, respetando, todavía más, venerando la inviolable dignidad personal de todo ser humano, desde el primer momento de su existencia. Esto ocurre cuando la ciencia y la técnica se comprometen, con medios lícitos, en la defensa de la vida y en la curación de las enfermedades desde los comienzos, rechazando en cambio -por la dignidad misma de la investigación- intervenciones que resultan alteradoras del patrimonio genético del individuo y de la generación humana.

Los fieles laicos, comprometidos por motivos varios y a diverso nivel en el campo de la ciencia y de la técnica, como también en el ámbito médico, social, legislativo y económico deben aceptar valientemente los “desafíos” planteados por los nuevos problemas de la bioética. Los cristianos han de ejercitar su responsabilidad como dueños de la ciencia y de la tecnología, no como siervos de ella. Ante la perspectiva de esos “desafíos” morales, que están a punto de ser provocados por la nueva e inmensa potencia tecnológica, y que ponen en peligro no sólo los derechos fundamentales de los hombres sino la misma esencia biológica de la especie humana, es de máxima importancia que los laicos cristianos -con la ayuda de toda la Iglesia- asuman la responsabilidad de hacer volver la cultura a los principios de un auténtico humanismo, con el fin de que la promoción y la defensa de los derechos humanos puedan encontrar fundamento dinámico y seguro en la misma esencia del hombre, aquella esencia que la predicación evangélica ha revelado a los hombres.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laicis

Custodio del Redentor


“José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).

En estas palabras se halla el núcleo central de la verdad bíblica sobre san José, el momento de su existencia al que se refieren particularmente los Padres de la Iglesia.

El Evangelista Mateo explica el significado de este momento, delineando también como José lo ha vivido. Sin embargo, para comprender plenamente el contenido y el contexto, es importante tener presente el texto paralelo del Evangelio de Lucas. En efecto, en relación con el versículo que dice: “La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José y, antes de empezar a estar juntos ellos, se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mt 1, 18), el origen de la gestación de María “por obra del Espíritu Santo” encuentra una descripción más amplia y explícita en el versículo que se lee en Lucas sobre la anunciación del nacimiento de Jesús: “Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María” (Lc 1, 26-27). Las palabras del ángel: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28), provocaron una turbación interior en María y, a la vez, le llevaron a la reflexión. Entonces el mensajero tranquiliza a la Virgen y, al mismo tiempo, le revela el designio especial de Dios referente a ella misma: “No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre” (Lc 1, 30-32).

El evangelista había afirmado poco antes que, en el momento de la anunciación, María estaba “desposada con un hombre llamado José, de la casa de David”. La naturaleza de este “desposorio” es explicada indirectamente, cuando María, después de haber escuchado lo que el mensajero había dicho sobre el nacimiento del hijo, pregunta: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 34). Entonces le llega esta respuesta: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 35). María, si bien ya estaba “desposada” con José, permanecerá virgen, porque el niño, concebido en su seno desde la anunciación, había sido concebido por obra del Espíritu Santo.

En este punto el texto de Lucas coincide con el de Mateo 1, 18 y sirve para explicar lo que en él se lee. Si María, después del desposorio con José, se halló “encinta por obra del Espíritu Santo”, este hecho corresponde a todo el contenido de la anunciación y, de modo particular, a las últimas palabras pronunciadas por María: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). Respondiendo al claro designio de Dios, María con el paso de los días y de las semanas se manifiesta ante la gente y ante José “encinta”, como aquella que debe dar a luz y lleva consigo el misterio de la maternidad.

A la vista de esto “su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto” (Mt 1, 19), pues no sabía cómo comportarse ante la “sorprendente” maternidad de María. Ciertamente buscaba una respuesta a la inquietante pregunta, pero, sobre todo, buscaba una salida a aquella situación tan difícil para él. Por tanto, cuando reflexionaba sobre esto, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: “José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 20-21).

Existe una profunda analogía entre la “anunciación” del texto de Mateo y la del texto de Lucas. El mensajero divino introduce a José en el misterio de la maternidad de María. La que según la ley es su “esposa”, permaneciendo virgen, se ha convertido en madre por obra del Espíritu Santo. Y cuando el Hijo, llevado en el seno por María, venga al mundo, recibirá el nombre de Jesús. Era éste un nombre conocido entre los israelitas y, a veces, se ponía a los hijos. En este caso, sin embargo, se trata del Hijo que, según la promesa divina, cumplirá plenamente el significado de este nombre: Jesús-Yehošua', que significa, Dios salva.

El mensajero se dirige a José como al “esposo de María”, aquel que, a su debido tiempo, tendrá que imponer ese nombre al Hijo que nacerá de la Virgen de Nazaret, desposada con él. El mensajero se dirige, por tanto, a José confiándole la tarea de un padre terreno respecto al Hijo de María.

“Despertado José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24). Él la tomó en todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el Hijo que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo, demostrando de tal modo una disponibilidad de voluntad, semejante a la de María, en orden a lo que Dios le pedía por medio de su mensajero.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

José fidelísimo, Casto guardián de la Virgen


En la liturgia se celebra a María como “unida a José, el hombre justo, por un estrechísimo y virginal vínculo de amor”. Se trata, en efecto, de dos amores que representan conjuntamente el misterio de la Iglesia, virgen y esposa, la cual encuentra en el matrimonio de María y José su propio símbolo. “La virginidad y el celibato por el Reino de Dios no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman. El matrimonio y la virginidad son dos modos de expresar y vivir el único misterio de la Alianza de Dios con su pueblo”, que es comunión de amor entre Dios y los hombres.

Mediante el sacrificio total de sí mismo José expresa su generoso amor hacia la Madre de Dios, haciéndole “don esponsal de sí”. Aunque decidido a retirarse para no obstaculizar el plan de Dios que se estaba realizando en ella, él, por expresa orden del ángel, la retiene consigo y respeta su pertenencia exclusiva a Dios.

Por otra parte, es precisamente del matrimonio con María del que derivan para José su singular dignidad y sus derechos sobre Jesús. “Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la beatísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad -al que de por sí va unida la comunión de bienes- se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella”.

Este vínculo de caridad constituyó la vida de la Sagrada Familia, primero en la pobreza de Belén, luego en el exilio en Egipto y, sucesivamente, en Nazaret. La Iglesia rodea de profunda veneración a esta Familia, proponiéndola como modelo para todas las familias. La Familia de Nazaret, inserta directamente en el misterio de la encarnación, constituye un misterio especial. Y -al igual que en la encarnación- a este misterio pertenece también una verdadera paternidad: la forma humana de la familia del Hijo de Dios, verdadera familia humana formada por el misterio divino. En esta familia José es el padre: no es la suya una paternidad derivada de la generación; y, sin embargo, no es “aparente” o solamente “sustitutiva”, sino que posee plenamente la autenticidad de la paternidad humana y de la misión paterna en la familia. En ello está contenida una consecuencia de la unión hipostática: la humanidad asumida en la unidad de la Persona divina del Verbo-Hijo, Jesucristo. Junto con la asunción de la humanidad, en Cristo está también “asumido” todo lo que es humano, en particular, la familia, como primera dimensión de su existencia en la tierra. En este contexto está también “asumida” la paternidad humana de José.

En base a este principio adquieren su justo significado las palabras de María a Jesús en el templo: “Tu padre y yo... te buscábamos”. Esta no es una frase convencional; las palabras de la Madre de Jesús indican toda la realidad de la encarnación, que pertenece al misterio de la Familia de Nazaret. José, que desde el principio aceptó mediante la “obediencia de la fe” su paternidad humana respecto a Jesús, siguiendo la luz del Espíritu Santo, que mediante la fe se da al hombre, descubría ciertamente cada vez más el don inefable de su paternidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

San José, esposo de santa María Virgen


Dios, dirigiéndose a José con las palabras del ángel, se dirige a él al ser el esposo de la Virgen de Nazaret. Lo que se ha cumplido en ella por obra del Espíritu Santo expresa al mismo tiempo una especial confirmación del vínculo esponsal, existente ya antes entre José y María. El mensajero dice claramente a José: “No temas tomar contigo a María tu mujer”. Por tanto, lo que había tenido lugar antes -esto es, sus desposorios con María- había sucedido por voluntad de Dios y, consiguientemente, había que conservarlo. En su maternidad divina María ha de continuar viviendo como “una virgen, esposa de un esposo” (cf. Lc 1, 27).

En las palabras de la “anunciación” nocturna, José escucha no sólo la verdad divina acerca de la inefable vocación de su esposa, sino que también vuelve a escuchar la verdad sobre su propia vocación. Este hombre “justo”, que en el espíritu de las más nobles tradiciones del pueblo elegido amaba a la virgen de Nazaret y se había unido a ella con amor esponsal, es llamado nuevamente por Dios a este amor.

“José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer” (Mt 1, 24); lo que en ella había sido engendrado “es del Espíritu Santo”. A la vista de estas expresiones, ¿no habrá que concluir que también su amor como hombre ha sido regenerado por el Espíritu Santo? ¿No habrá que pensar que el amor de Dios, que ha sido derramado en el corazón humano por medio del Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5) configura de modo perfecto el amor humano? Este amor de Dios forma también -y de modo muy singular- el amor esponsal de los cónyuges, profundizando en él todo lo que tiene de humanamente digno y bello, lo que lleva el signo del abandono exclusivo, de la alianza de las personas y de la comunión auténtica a ejemplo del Misterio trinitario.

“José... tomó consigo a su mujer. Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo” (Mt 1, 24-25). Estas palabras indican también otra proximidad esponsal. La profundidad de esta proximidad, es decir, la intensidad espiritual de la unión y del contacto entre personas -entre el hombre y la mujer- proviene en definitiva del Espíritu Santo, que da la vida (cf. Jn 6, 63). José, obediente al Espíritu, encontró justamente en El la fuente del amor, de su amor esponsal de hombre, y este amor fue más grande que el que aquel “varón justo” podía esperarse según la medida del propio corazón humano.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Elevación de la mente a Cristo Salvador


Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la última cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso, y por tu amor lo diste a los apóstoles como memorial de tu dignísima pasión, y les lavaste los pies con tus santas manos preciosas, mostrando así humildemente tu máxima humildad.

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y la muerte hizo que tu cuerpo inocente sudara sangre, sin que ello fuera obstáculo para llevar a término tu designio de redimirnos, mostrando así de manera bien clara tu caridad para con el género humano.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que fuiste llevado ante Caifás, y tú, que eres el juez de todos, permitiste humildemente ser entregado a Pilato para ser juzgado por él.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello.

Alabanza a ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste ligar a la columna para ser cruelmente flagelado, que permitiste que te llevaran ante el tribunal de Pilato cubierto de sangre, apareciendo a la vista de todos como el Cordero inocente.

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, que, con todo tu glorioso cuerpo ensangrentado, fuiste condenado a muerte de cruz, cargaste sobre tus sagrados hombros el madero, fuiste llevado inhumanamente al lugar del suplicio despojado de tus vestiduras, y así quisiste ser clavado en la cruz.

Honor para siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que en medio de tales angustias, te dignaste mirar con amor a tu dignísima madre, que nunca pecó ni consintió jamás la más leve falta; y, para consolarla, la confiaste a tu discípulo para que cuidara de ella con toda fidelidad.

Bendito seas por siempre, mi Señor Jesucristo, que cuando estabas agonizando, diste a todos los pecadores la esperanza del perdón, al prometer misericordiosamente la gloria del paraíso al ladrón arrepentido.

Alabanza eterna a ti, mi Señor Jesucristo, por todos y cada uno de los momentos que, en la cruz, sufriste las mayores amarguras y angustias por nosotros, pecadores; porque los dolores agudísimos procedentes de tus heridas penetraban intensamente en tu alma bienaventurada y atravesaban cruelmente tu corazón sagrado, hasta que dejó de latir y exhalaste el espíritu e, inclinando la cabeza, lo encomendaste humildemente a Dios, tu Padre, quedando tu cuerpo invadido por la rigidez de muerte.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que con tu sangre preciosa y tu muerte sagrada redimiste las almas y, por tu misericordia, las llevaste del destierro a la vida eterna.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que, por nuestra salvación, permitiste que tu costado y tu corazón fueran atravesados por la lanza y, para redimirnos, hiciste que de él brotara con abundancia tu sangre preciosa mezclada con agua.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, porque quisiste que tu cuerpo bendito fuera bajado de la cruz por tus amigos y reclinado en los brazos de tu afligidísima madre, que ella lo envolviera en lienzos y fuera enterrado en el sepulcro, permitiendo que unos soldados montaran guardia.

Honor por siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que enviaste el Espíritu Santo a los corazones de los discípulos y aumentaste en sus almas el inmenso amor divino.

Bendito seas tú, glorificado y alabado por los siglos, Señor Jesús, que estás sentado sobre el trono en tu reino de los cielos, en la gloria de tu divinidad, viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste de la carne de la Virgen. Y así has de venir el día del juicio a juzgar a las almas de todos los vivos y los muertos: tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: De las oraciones atribuidas a santa Brígida

El varón justo


Durante su vida, que fue una peregrinación en la fe, José, al igual que María, permaneció fiel a la llamada de Dios hasta el final. La vida de ella fue el cumplimiento hasta sus últimas consecuencias de aquel primer “fiat” pronunciado en el momento de la anunciación mientras que José -como ya se ha dicho- en el momento de su “anunciación” no pronunció palabra alguna. Simplemente él “hizo como el ángel del Señor le había mandado” (Mt 1, 24). Y este primer “hizo” es el comienzo del “camino de José”. A lo largo de este camino, los Evangelios no citan ninguna palabra dicha por él. Pero el silencio de José posee una especial elocuencia: gracias a este silencio se puede leer plenamente la verdad contenida en el juicio que de él da el Evangelio: el “justo” (Mt 1, 19).

Hace falta saber leer esta verdad, porque ella contiene uno de los testimonios más importantes acerca del hombre y de su vocación. En el transcurso de las generaciones la Iglesia lee, de modo siempre atento y consciente, dicho testimonio, casi como si sacase del tesoro de esta figura insigne “lo nuevo y lo viejo” (Mt 13, 52).

El varón “justo” de Nazaret posee ante todo las características propias del esposo. El Evangelista habla de María como de “una virgen desposada con un hombre llamado José” (Lc 1, 27). Antes de que comience a cumplirse “el misterio escondido desde siglos” (Ef 3, 9) los Evangelios ponen ante nuestros ojos la imagen del esposo y de la esposa. Según la costumbre del pueblo hebreo, el matrimonio se realizaba en dos etapas: primero se celebraba el matrimonio legal (verdadero matrimonio) y, sólo después de un cierto período, el esposo introducía en su casa a la esposa. Antes de vivir con María, José era, por tanto, su “esposo”; pero María conservaba en su intimidad el deseo de entregarse a Dios de modo exclusivo. Se podría preguntar cómo se concilia este deseo con el “matrimonio”. La respuesta viene sólo del desarrollo de los acontecimientos salvíficos, esto es, de la especial intervención de Dios. Desde el momento de la anunciación, María sabe que debe llevar a cabo su deseo virginal de darse a Dios de modo exclusivo y total precisamente por el hecho de llegar a ser la madre del Hijo de Dios. La maternidad por obra del Espíritu Santo es la forma de donación que el mismo Dios espera de la Virgen, “esposa prometida” de José. María pronuncia su “fiat”.

El hecho de ser ella la “esposa prometida” de José está contenido en el designio mismo de Dios.

Así lo indican los dos Evangelistas citados, pero de modo particular Mateo. Son muy significativas las palabras dichas a José: “No temas en tomar contigo a María, tu mujer, porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo” (Mt 1, 20). Estas palabras explican el misterio de la esposa de José: María es virgen en su maternidad. En ella el “Hijo del Altísimo” asume un cuerpo humano y viene a ser “el Hijo del hombre”.

Fuente: San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Redemptoris Custos

Esposo de la Santísima Virgen y Patrono de la Iglesia Católica


Padre y protector de los fieles, glorioso San José: bendecimos a nuestra santa madre la Iglesia que, en el declinar del mundo, nos ha enseñado a esperar en ti. Largos siglos pasaron sin que tus grandezas fuesen manifiestas; pero tú has sido en el cielo uno de los más poderosos intercesores del género humano. Jefe de la sagrada familia, de la cual Dios era miembro, sigues ejerciendo tu ministerio paternal para con nosotros. Tu acción oculta se hacía sentir en la salvación de los pueblos y de los particulares; mas la tierra experimentaba tu ayuda, sin haber aún instituido, para reconocerla, los homenajes que hoy te ofrece. Un conocimiento mejor entendido de tus grandezas y de tu poder, la proclamación de tu patrocinio, sobre todas nuestras necesidades, estaba reservado a estos desventurados tiempos, cuando el estado del mundo, en situación desesperada, invoca los socorros que no fueron revelados a los tiempos precedentes. Nosotros venimos, pues, a tus plantas, ¡oh José! para rendir homenaje en ti a un poder de intercesión que no conoce límites, a una bondad que abraza todos los hermanos de Jesús en una misma adopción.

Ninguna de nuestras necesidades es ajena a tu conocimiento y a tu poder; los menores hijos de la Iglesia tienen derecho a recurrir a ti de día y de noche, seguros de encontrar en ti la acogida de un padre tierno y complaciente. Nosotros no lo olvidamos, ¡oh José!, te pedimos que nos ayudes en la adquisición de las virtudes, de las que Dios quiere que esté adornada nuestra alma, en los combates que tenemos que tener con nuestro enemigo, en los sacrificios que estamos obligados a hacer con frecuencia. Haznos dignos de ser llamados hijos tuyos, ¡oh tú, Padre de los fieles! Mas tu soberano poder no se ejerce solamente en los intereses de la vida futura; la experiencia de todos los días, muestra cuán poderoso es tu socorro para obtener la protección celestial en las cosas temporales, mientras nuestros deseos no son contrarios a los designios de Dios. Osamos, pues, depositar en tus manos nuestros intereses de este mundo, nuestras esperanzas, nuestros deseos y nuestros temores. Te fue confiado el cuidado de la casa de Nazaret; sé el consejero y ayuda de todos los que abandonan en tus manos sus quehaceres temporales.

Augusto jefe de la sagrada familia: la familia cristiana está bajo tu cuidado especial; vela sobre ella en estos tiempos calamitosos. Responde favorablemente a aquellos que se dirigen a ti en esos momentos solemnes, cuando tienen que escoger la ayuda con la que tienen que pasar esta vida y preparar el camino para otra mejor. Mantén entre los esposos la dignidad y el respeto mutuo que son la salvaguardia del honor conyugal; obténles la fecundidad, muestra de celestiales bendiciones. Tus devotos oh José, aborrezcan esos infames cálculos que socaban lo que hay de más santo, atraen la maldición divina sobre las razas y amenazan a la sociedad con una ruina moral y material a la vez. Disipa los prejuicios tan vergonzosos como culpables; haz que vuelva al honor esta santa conciencia, cuya estima deben conservar siempre los esposos cristianos, y a la cual están obligados a rendir homenaje, so pena de ser como paganos, de los que dijo el Apóstol, “que seguían sus apetitos porque no conocían a Dios”.

¡Oh glorioso San José! Existe en nuestra vida un momento supremo, momento decisivo para toda la eternidad: el momento de la muerte. Sin embargo de eso, al examinarnos, nos sentimos con menos inquietudes, sabiendo que la divina bondad lo ha hecho uno de los principales objetos de tu soberano poder. Has sido investido de misericordioso cuidado para facilitar al cristiano que espera de ti, la ayuda para la eternidad. A ti, oh José, nos debemos dirigir para alcanzar una buena muerte. Esta prerrogativa debía reservársete a ti, cuya muerte feliz, entre los brazos de Jesús y de María, fue la admiración del cielo y uno de los más sublimes espectáculos que ha ofrecido la tierra. Sé, pues, nuestro recurso, oh José, en este solemne y último instante de la vida terrena. Confiamos en María, a la que rogamos cada día, que nos sea propicia en la hora de nuestra partida; mas sabemos que María se alegra de la confianza que nosotros tenemos en ti y que, donde estás tú, ella también se digna estar igualmente. Fortalecidos por la esperanza de tu paternal bondad, oh José, esperamos tranquilos la hora decisiva, porque sabemos que, si somos fieles en pedírtela, tu ayuda nos está asegurada.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

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