No es lícito establecer diferencia entre las verdades de la fe


Donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los cristianos. Los llamados “pancristianos”, han llegado a agruparse en asociaciones ampliamente extendidas, bajo la dirección, las más de ellas, de hombres católicos, aunque discordes entre sí en materia de fe.

Ninguna religión puede ser verdadera fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora bien: si Dios ha hablado -y que haya hablado lo comprueba la historia-, es evidente que el hombre está obligado a creer absolutamente la revelación de Dios. Y con el fin de que cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para gloria de Dios y salvación nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó en la tierra su Iglesia.

Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que Cristo fundó una Iglesia, y precisamente una sola. Por tanto, la Iglesia de Cristo no sólo ha de existir necesariamente hoy, mañana y siempre, sino también ha de ser exactamente la misma que fue en los tiempos apostólicos, si no queremos decir -y de ello estamos muy lejos- que Cristo Nuestro Señor no ha cumplido su propósito, o se engañó cuando dijo que las puertas del infierno no habían de prevalecer contra ella (Mt 16, 18).

Aun cuando podrá encontrarse a muchos no católicos que predican a pulmón lleno la unión fraterna en Cristo, sin embargo, hallarán pocos a quienes se ocurre que han de sujetarse y obedecer al Vicario de Jesucristo cuando enseña o manda y gobierna.

Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad redunde en daño de la fe?

Por tanto, ¿cómo es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de los demás?

En lo que concierne a las cosas que han de creerse, de ningún modo es lícito establecer aquella diferencia entre las verdades de la fe que llaman fundamentales y no fundamentales, como gustan decir ahora, de las cuales las primeras deberían ser aceptadas por todos, las segundas, por el contrario, podrían dejarse al libre arbitrio de los fieles; pero la virtud de la fe tiene su causa formal en la autoridad de Dios revelador que no admite ninguna distinción de esta suerte. Por eso, todos los que verdaderamente son de Cristo prestarán la misma fe al dogma de la Madre de Dios concebida sin pecado original como, por ejemplo, al misterio de la augusta Trinidad.

Ojalá Nuestro Divino Salvador, el cual quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad, oiga Nuestras ardientes oraciones para que se digne llamar a la unidad de la Iglesia a cuantos están separados de ella. Con este fin, sin duda importantísimo, invocamos y queremos que se invoque la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madre de la Divina Gracia, develadora de todas las herejías y Auxilio de los cristianos, para que cuanto antes nos alcance la gracia de ver alborear el deseadísimo día en que todos los hombres oigan la voz de su divino Hijo, y conserven la unidad del Espíritu Santo con el vínculo de la paz. Bien comprendéis, cuánto deseamos este retorno, y cuánto anhelamos que así lo sepan todos Nuestros hijos, no solamente los católicos, sino también los disidentes de Nos; los cuales, si imploran humildemente las luces del cielo, reconocerán, sin duda, a la verdadera Iglesia de Cristo, y entrarán, por fin, en su seno, unidos con Nos en perfecta caridad.

Fuente: S.S. Pío XI, Encíclica Mortalium Animos

La Preciosa Sangre de Cristo


“Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero” (Adorote devote)

La Iglesia ha revelado ya a los hijos de la nueva Alianza, el precio de la Sangre con que fueron rescatados, su virtud fortificante, y la honra y adoración que merece. El Viernes Santo, la tierra y los cielos contemplaron todos los crímenes anegados en la ola de salvación, cuyos diques eternos habíanse roto, por fin, con el esfuerzo unido de la violencia de los hombres y del amor del Corazón divino.

La paz traída por esta Sangre, la corriente de sus ondas que saca de los abismos a los hijos de Adán purificados, la sagrada mesa dispuesta para ellos, y este cáliz de donde procede el licor embriagador, todos estos preparativos quedarían sin objeto, todas estas magnificencias serían incomprendidas si el hombre no viese en ellas los efectos de un amor cuyas pretensiones no pueden ser sobrepujadas por ningún otro amor.

Es ley establecida por Dios desde el principio, que no puede haber perdón de los pecados ni redención completa, sin sacrificio que expíe y repare; y que este sacrificio exija derramamiento de sangre. En la antigua alianza la sangre exigida era la de animales inmolados ante el Tabernáculo del Templo. Pero solamente valía para limpiar el exterior y no podía ni santificar a las almas, ni darles derecho para entrar en el tabernáculo celestial.

Pero, el día fijado por la Sabiduría eterna, vino Cristo, nuestro verdadero y único Pontífice. Derramó en sacrificio su preciosísima Sangre. Nos purificó, y, en virtud de esta sangre derramada, entra y nos hace entrar en el santuario del cielo. Desde entonces su expiación y nuestra redención son cosas adquiridas definitivamente para la eternidad. Su sangre, transmisora de su vida, purifica no sólo nuestro cuerpo sino nuestra alma, centro de nuestra vida; borra en nosotros las huellas del pecado, expía, reconcilia, sella y consagra la alianza nueva, y una vez purificados y reconciliados, nos hace adorar y servir a Dios con culto digno de Él.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

En la Fiesta del Beato Carlos de Austria


Oración al Beato Carlos en tiempo de calamidad

Oh Beato Carlos, has aceptado las difíciles tareas y desafíos que Dios te ha dado durante tu vida y has confiado siempre en Nuestro Señor Jesucristo a través de la guía del Espíritu Santo, y en María, Madre de Dios y nuestra, siempre has encontrado inspiración, consuelo y esperanza. Ven en nuestra ayuda ahora que somos probados por esta calamidad e intercede por nosotros. Te confiamos las almas de los que han fallecido; llévalos al abrazo misericordioso de Dios y consuela a todos los que lloran y sufren el duelo. Intercede por la curación de los enfermos para que recuperen la fuerza y la salud del cuerpo y del espíritu. Tú que has sido un verdadero rey cristiano, guía e ilumina a los líderes de las naciones, para que adopten decisiones justas y sabias por el bien y la paz de la humanidad. Fortalece a los médicos, enfermeros y científicos con la sabiduría, el conocimiento y la compasión del Médico Divino. Disipa nuestra soberbia para que podamos cooperar por la paz y la unidad. Alcánzanos la fe para que podamos experimentar y ser testigos de la saludable intervención de Dios. Ayúdanos a poner nuestras vidas en las manos de Dios Todopoderoso y hacer su santa voluntad, para que podamos alabarlo por siempre como tú lo hiciste. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Beato Carlos de Austria, ruega por nosotros.

Oración del apóstol laico

Señor Jesús, que nos has llamado al honor de aportar nuestra humilde contribución al trabajo del Apostolado Jerárquico; Tú, que has rogado al Padre Celestial no que nos sacara del mundo sino que nos guardara del mal; concédenos en abundancia tu luz y tu gracia para vencer, en nosotros mismos, el espíritu de las tinieblas y el pecado, a fin de que, conscientes de nuestros deberes, perseverantes en el bien e inflamados de celo por tu causa, con la fuerza del ejemplo, de la oración, de la acción y de la vida sobrenatural, nos hagamos cada día más dignos de nuestra misión, y más aptos para establecer y promover entre los hombres, nuestros hermanos, tu Reino de justicia, de amor y de paz. Amén. (Oración compuesta por S.S. Pío XII)

Señor Jesucristo, Rey y centro de los corazones. Rendidos a tus pies, te suplicamos la gracia de ser fieles hijos de Dios y soldados valerosos de tu Iglesia. Por tu gran compasión borra nuestras culpas y líbranos del poder del enemigo. Danos tu Santo Espíritu para que, llevando una vida santa e irreprochable en tu presencia por el amor, seamos capaces de enseñar a los hombres tus caminos para que se vuelvan a Ti, su Creador.

Mira, Señor, que han llegado tiempos en que la sana doctrina no es soportada por los hombres, sino que, buscándose maestros que halaguen sus oídos, se echan a andar por el camino ancho que lleva a la perdición, olvidando tu ley y tu amor.

Por eso acudimos a Ti, nuestro Dios y Redentor, para que te dignes auxiliarnos con tu mano poderosa en esta nuestra lucha cotidiana. Que el ejemplo y la intercesión de tu Santísima Madre, la Virgen María, nos hagan salir victoriosos de las pruebas presentes, para que, luchando sin descanso por tu honor y por tu gloria, alcancemos el premio que nos tienes preparado y ayudemos a muchos otros a alcanzarlo. Te lo pedimos a Ti que eres Rey, glorioso e inmortal, de los siglos y de los pueblos. Amén.

Fuente: Cf. Oraciones de los Grupos de Estudio de ARCADEI

La grandeza eminente de la maternidad (II)


La concepción de la personalidad y de la comunión humana que se deduce del Evangelio no permite aprobar la renuncia voluntaria a la maternidad por el simple deseo de conseguir ventajas materiales o satisfacciones en el ejercicio de determinadas actividades. En efecto, eso constituye una deformación de la personalidad femenina, destinada a la propagación connatural mediante la maternidad.

De igual forma, la unión matrimonial no puede agotarse en el egoísmo de dos personas: el amor que une a los esposos tiende a propagarse en su hijo y a transformarse en amor de los padres a su hijo, como lo testimonia la experiencia de muchas parejas de los siglos pasados y también de nuestro tiempo: parejas que, en el fruto de su amor, han hallado el camino para fortalecerse y afianzarse, y, en ciertos casos, para recuperarse y volver a empezar.

Por otra parte, la persona del hijo, aunque acabe de ser concebido, ya goza de derechos que se deben respetar. El niño no es un objeto del que su madre puede disponer, sino una persona a la que debe dedicarse, con todos los sacrificios que la maternidad implica, pero también con las alegrías que proporciona.

Así pues, también en las condiciones psico-sociales del mundo contemporáneo, la mujer está llamada a tomar conciencia del valor de su vocación a la maternidad, como afirmación de su dignidad personal, como capacidad y aceptación de la expansión de sí misma en nuevas vidas, y, a la luz de la teología, como participación en la actividad creadora de Dios.

A la luz de la revelación bíblica y cristiana, la maternidad aparece como una participación en el amor de Dios hacia los hombres: amor que, según la Biblia, tiene también un aspecto materno de compasión y misericordia.

Junto con la maternidad que se ejerce en la familia, existen muchas otras formas admirables de maternidad espiritual, no sólo en la vida consagrada, sino también en todos los casos en que vemos a mujeres comprometidas, con dedicación materna, en el cuidado de los niños huérfanos, los enfermos, los desventurados; y en las numerosas iniciativas y obras suscitadas por la caridad cristiana. Verdaderamente la mujer parece tener una específica sensibilidad, gracias a la especial experiencia de su maternidad, por el hombre y por todo aquello que constituye su verdadero bien, comenzando por el valor fundamental de la vida. No es, pues, exagerado definir lugar-clave el que la mujer ocupa en la sociedad y en la Iglesia.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 20 de julio de 1994

Santa Margarita María, instrumento del Sagrado Corazón


Santa Margarita María fue el instrumento escogido por Dios para perfeccionar y puntualizar la devoción en su espíritu y en sus prácticas y para imprimirla un movimiento de extensión universal. Y si hasta entonces los devotos del Sagrado Corazón le habían tribulado principalmente un culto de adoración y de acción de gracias, Jesús pidió a la Santa Visitandina que en lo sucesivo ese culto a su Corazón fuese sobre todo un culto de reparación por los ultrajes que recibe de parte del mundo, que no quiere saber nada del Amor infinito.

Santa Margarita María deseó padecimientos, humillaciones, desprecios, como los quieren todas las almas llamadas a un apostolado fecundo en la Iglesia y a una vida de reparación y de expiación. Dios oyó su oración: tentaciones del demonio, asperezas de muchos miembros de su familia, sospechas de parte de sus Hermanas, padecimientos físicos que Dios mismo la mandaba; todo lo aceptó con grandísima paciencia y caridad para conseguir el triunfo y el reinado del Sagrado Corazón: “Con tal que este Corazón esté contento, decía, que sea amado y glorificado, eso nos debe bastar”. “En cuanto a los que se ocupan en darle a conocer y amar, ¡oh! si pudiese y me fuese lícito expresar lo que se me ha dado a entender sobre la recompensa que recibirán de este Corazón adorable, vos diríais como yo, que son dichosos los que se emplean en ejecutar sus designios. Este Divino Corazón se convertirá en asilo y puerto seguro, a la hora de la muerte, de todos los que le hayan honrado durante su vida y los defenderá y protegerá”.

Después de tanto trabajar y sufrir, sólo sentía necesidad de Dios y de abismarse en el Corazón de Jesucristo, y, al expirar el 17 de octubre de 1690, el médico declaró “que no le cabía la menor duda de que había muerto únicamente de amor de Dios”.

Pide a Jesús que se acuerde, según lo prometió, de los que confían en tus oraciones y que nos haga participantes de sus riquezas. Pero, como la entrada de su Corazón es muy estrecha y se necesita ser pequeño y despojarse de todo para poder entrar en El, alcánzanos ese desasimiento de las vanidades del mundo y esa humildad tan profunda que te infundía un gran desprecio de ti misma, a la vez que te ganaba las complacencias divinas, a fin de que, por tus méritos y a ejemplo tuyo, amándole en todo y sobre todo, merezcamos tener en el mismo Corazón, una mansión permanente.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

La devoción a María, gran señal de salvación


La verdadera devoción a la Virgen constituye una de las mayores señales de predestinación que, pueden encontrarse en una determinada persona, así como el sentir poco atractivo, y sobre todo tratar de rebajar la importancia de esta devoción constituye uno de los más temibles síntomas de eterna reprobación.

Es muy fácil demostrar teológicamente estas graves afirmaciones. Basta para ello recordar ciertos principios:

1º Dios ha dispuesto que todas las gracias que han de concederse a los hombres pasen por María, como Mediadora y Dispensadora universal de todas ellas. Por lo mismo, el verdadero devoto de María entra en el plan salvífico de Dios, que lo ha dispuesto libremente así. Y, por el contrario, el que se aparta voluntariamente de María, se aparta, por lo mismo, del plan divino de salvación. El primero lleva consigo, por consiguiente, una gran señal de que pertenece al número de los predestinados a la gloria; el segundo, en cambio, lleva consigo -por su voluntaria resistencia a entrar en los planes de Dios- un espantoso signo de eterna reprobación.

2º La devoción a María es necesaria para la salvación de todos los que conocen la existencia de María y saben que es obligatoria la devoción a Ella. Ahora bien, el verdadero devoto de María cumple esta obligación y muestra, por lo mismo, que está en camino de salvación, a la que llegará infaliblemente si no abandona esta devoción salvadora. Por el contrario, quien, agitado por las borrascas de este mundo, rehúsa asirse a la mano auxiliadora de María, pone en peligro su salvación.

Estos son los argumentos fundamentales que ha invocado siempre la tradición cristiana y el magisterio de la Iglesia a través de los papas y de la liturgia. Veamos algunos testimonios de esta doble fuente.

La tradición cristina. La prueba sacada de la tradición cristiana es sencillamente abrumadora. Se cuentan por millares los textos de los Santos Padres, teólogos y expositores sagrados. Citamos tan sólo unos pocos por vía de ejemplo.

San Ireneo: “María ha sido constituida causa de salvación para todo el género humano”.

San Juan Damasceno: “¡Oh, Soberana mía!, acepta la plegaria de uno de tus siervos. Es verdad que es pecador; pero te ama ardientemente, te mira como a la única esperanza de su alegría, como a la protectora de su vida, como a su Mediadora ante el Señor, como a la prenda segura de su salvación”.

San Pedro Damiano: “No podrá perecer ante el eterno Juez el que se haya asegurado la ayuda de su Madre”. San Anselmo: “Es imposible que se pierda quien se dirige con confianza a María y a quien ella acoge bien”.

San Bernardo: “Recurre a María... Te doy garantía segura: Ella será oída por su reverencia. El Hijo oirá a la Madre, de la misma manera que el Padre oye al Hijo. Hijitos, María es la escala de los pecadores, es mi más grande esperanza, es la razón de toda mi esperanza...”.

San Luis María Grignion de Montfort: “Es una señal infalible de reprobación... el no tener estima y amor a la Santísima Virgen; así como, por el contrario, es un signo infalible de predestinación de entregársele y serle devoto entera y verdaderamente”.

El Magisterio de la Iglesia. La jerarquía católica, en efecto, con su magisterio ordinario a través de los Sumos Pontífices, de la liturgia y de los obispos esparcidos por todo el mundo, ha bendecido, aplaudido y fomentado de mil diversas formas esta convicción profunda de todo el pueblo cristiano, en el que no es posible el error común o colectivo.

Fuente: Antonio Royo Marín, La devoción a María

La grandeza eminente de la maternidad (I)


Aunque a la mujer se le abran espacios de trabajo profesional en la sociedad y de apostolado en la Iglesia, nada podrá equipararse nunca con la eminente dignidad que le corresponde por su maternidad, cuando la vive en todas sus dimensiones. Vemos que María, modelo de la mujer, cumplió la misión por el camino de la maternidad.

Es necesario revalorizar la idea de la maternidad, que no es una concepción arcaica, propia de los comienzos mitológicos de la civilización. Aunque se multipliquen y aumenten las ocupaciones de la mujer, todo en ella, fisiología, psicología, hábitos casi connaturales, así como sentimiento moral, religioso e, incluso, estético, muestra y exalta su aptitud, su capacidad y su misión de engendrar un nuevo ser.

Aunque es verdad que la tarea de la madre debe coordinarse con la presencia y la responsabilidad del padre, la mujer desempeña el papel más importante al comienzo de la vida de todo ser humano.

Por desgracia, debemos constatar que el valor de la maternidad ha sido objeto de contestaciones y críticas. La grandeza que se le atribuye tradicionalmente ha sido presentada como una idea retrógrada, un fetiche social. Desde un punto de vista antropológico-ético, algunos la han considerado un límite impuesto al desarrollo de la personalidad femenina, una restricción de la libertad de la mujer y de su deseo de tener y realizar otras actividades. Así, muchas mujeres se sienten impulsadas a renunciar a la maternidad no por otras razones de servicio y, en definitiva, de maternidad espiritual, sino para poder dedicarse a un trabajo profesional. Muchas, incluso, reivindican el derecho a suprimir en sí mismas la vida de un hijo mediante el aborto, como si el derecho que tienen sobre su cuerpo implicara un derecho de propiedad sobre su hijo concebido. En alguna ocasión, a una madre que ha preferido afrontar el riesgo de perder la vida se la ha acusado de locura o egoísmo y, en todo caso, se ha hablado de atraso cultural. Son aberraciones en las que se manifiestan los terribles efectos del hecho de haberse alejado del espíritu cristiano, que es capaz de garantizar y de reconstruir también los valores humanos.

Fuente: San Juan Pablo II, Audiencia general del 20 de julio de 1994

Orar en nombre de Jesucristo


Para alcanzar el efecto de la oración es preciso orar en nombre de Jesucristo, pues no haciéndolo así es lo mismo que no orar, según se deduce de las palabras que dirigió a sus apóstoles: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: pedid y recibiréis.

¿Nada habían pedido los apóstoles a Jesucristo hasta el momento de la cena en que les dirigió esas palabras? Sí, habían pedido ya varias cosas, según consta del mismo evangelio. San Pedro le había pedido permanecer con él en el Tabor; san Juan y Santiago sentarse al lado de su trono en su reino, y sin embargo dice a todos en general, que nada le habían pedido en su nombre. ¿Cómo se explica esto? Se explica diciendo que lo que pedían esos apóstoles era únicamente lo relativo al orden temporal, y como lo que no tiene relación alguna con la vida sobrenatural y eterna, es nada a los ojos del Salvador, por eso les dijo que nada le habían pedido en su nombre.

Orar en nombre de Jesucristo tomado en sentido literal y estricto es pedir por su intercesión y en virtud de sus méritos, pero además de ese sentido los santos Padres deducen otro menos estricto y más extenso. Rogar en nombre de Jesucristo, dicen es orar como Jesucristo quiere que se ore, del modo que ha mandado, y según las reglas que Él mismo trazara. En efecto: ¿cómo se puede decir que una oración se hace en nombre de Jesucristo, si esa oración no es conforme a lo que quiere Jesucristo? ¿Puede uno imaginarse que presente a su Padre y apoye oraciones viciosas en sí mismas o en el modo? Es claro que no. Es abogado y protector de los pecadores, pero no de los pecados. Lejos de apoyar, rechaza las oraciones con las cuales no pedimos lo que se debe pedir o como se debe pedir.

¿Qué debemos pedir para que sea en nombre de Jesucristo? Hay dos clases de bienes que pueden ser objetos legítimos de nuestras súplicas: bienes temporales y espirituales. No está prohibido pedir a Dios bienes temporales. Jesucristo mismo en la oración del Padre nuestro nos enseñó a pedir el pan de cada día. La Iglesia pide muchos bienes temporales: pide que nos libre el Señor del rayo y la tempestad, de los terremotos, de la peste, del hambre y de la guerra. Pidamos con ella esos bienes, pero como ella los pide, y guardando el mismo orden que ella guarda. Según el precepto del divino fundador comienza por pedir el reino de Dios y su justicia, y como cosas secundarias, los bienes temporales y sólo en cuanto sean conducentes a la salvación eterna. Así sólo se pide en nombre de Jesucristo y es eficaz la oración.

Jesucristo, que es el que nos promete ser escuchados, es salvador. De aquí se deduce, dice nuestro Padre san Agustín, que cuando no se pide lo que es útil a la salvación, no se ora en nombre del Salvador. No nos sorprendamos, pues, si la mayor parte de nuestras oraciones no son oídas, puesto que ordinariamente no pedimos sino cosas bajas y terrenas.

Fuente: De los sermones de san Ezequiel Moreno, obispo

Los hombres contra Dios


De todas partes se eleva la voz de quienes atacan a Dios: Apártate de nosotros. Por eso, en la mayoría se ha extinguido el temor al Dios eterno y no se tiene en cuenta la ley de su poder supremo en las costumbres ni en público y en privado: aún más, se lucha con denodado esfuerzo y con todo tipo de maquinaciones para arrancar de raíz incluso el mismo recuerdo y noción de Dios.

Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin del tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición de quien habla el Apóstol. En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario -esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que -aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene-, tras el rechazo de Su Majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentara en el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios.

Efectivamente, nadie en su sano juicio puede dudar de cuál es la batalla que está librando la humanidad contra Dios. Se permite ciertamente el hombre, en abuso de su libertad, violar el derecho y el poder del Creador; sin embargo la victoria siempre está de la parte de Dios; incluso tanto más inminente es la derrota, cuanto con mayor osadía se alza el hombre esperando el triunfo. Estas advertencias nos hace el mismo Dios en las Escrituras Santas. Pasa por alto, en efecto, los pecados de los hombres, como olvidado de su poder y majestad: pero luego, tras simulada indiferencia, irritado como un borracho lleno de fuerza, romperá la cabeza a sus enemigos para que todos reconozcan que el rey de toda la tierra es Dios y sepan las gentes que no son más que hombres.

Todo esto, lo mantenemos y lo esperamos con fe cierta. Lo cual, sin embargo, no es impedimento para que, cada uno por su parte, también procure hacer madurar la obra de Dios: y eso, no sólo pidiendo con asiduidad: Álzate, Señor, no prevalezca el hombre, sino -lo que es más importante- con hechos y palabras, abiertamente a la luz del día, afirmando y reivindicando para Dios el supremo dominio sobre los hombres y las demás criaturas, de modo que Su derecho a gobernar y su poder reciba culto y sea fielmente observado por todos.

Fuente: San Pío X, Encíclica E Supremi Apostolatus

Oficio de los Ángeles Custodios


“Los Ángeles, dice San Lorenzo Justiniano, observan nuestras diversas acciones; nos exhortan, nos incitan, nos levantan después de nuestras caídas, y vigilan en derredor de la Iglesia militante. Sin parar, suben y bajan; siempre andan contentos, siempre solícitos, del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, a ofrecer a Dios nuestras obras, nuestras lágrimas y nuestras oraciones. Nos traen del altar de Dios, es decir, de la humanidad de Cristo, el fuego de la caridad, el ardor de la fe, y la esperanza de tener parte un día en la gloria de los Santos. Nos muestran el triunfo de los mártires para darnos mayores ánimos; la puerta del cielo abierta, para inducirnos a despreciar el mundo; la presencia continua de Dios, para llenarnos de respeto; y por fin, la inmensidad de la dicha eterna, para excitar nuestros deseos. Cuantas más ocasiones tienen, de ejercer por nosotros estas diversas funciones, más felices y diligentes se sienten. Muy lejos de envidiar nuestros adelantos en el bien o de mermar en nada nuestros méritos, trabajan por nuestra perfección, nos instruyen en nuestros deberes y nos alientan para cumplirlos. No tienen otro deseo ni otro fin que la gloria del Omnipotente y nuestra salvación. Son los amigos de la Sabiduría, viven cerca del Verbo, exentos de toda miseria, de toda imperfección. Asimismo, al ejercer su ministerio en medio del mundo, no se manchan ni lo más mínimo, ni sienten fatiga ninguna. Aunque circunscritos por el espacio, permanecen siempre en presencia de Dios; al mismo tiempo que sirven a los hombres, no cesan de ofrecer amorosamente a su Criador el sacrificio de la alabanza; las funciones de su ministerio no los apartan del homenaje y de la gloria que deben tributar al Rey inmortal”.

Pero Dios, que se muestra espléndido en extremo con el linaje de los hombres, no se deja vencer de los gobiernos de este mundo cuando se trata de honrar con una atención especial a los príncipes de su pueblo, a los privilegiados de su gracia o a los que rigen el mundo en nombre de Él; al decir de los Santos, una perfección suma, una comisión altísima en el Estado o en la Iglesia, exigen para el investido la asistencia de un espíritu también superior, sin que el Ángel de primera hora, si así se puede decir, tenga necesariamente por eso que ser revelado de su propia custodia. No hay lugar, además, para que en el campo de operaciones de la salvación, el titular celestial del puesto que se le confió desde el principio, pueda nunca temer verse solo; a su llamada, a una orden de lo alto, los ejércitos de los bienaventurados compañeros, que llenan cielos y tierra, están siempre dispuestos a prestarle su ayuda poderosa. Entre esos nobles espíritus que aspiran en la presencia de Dios a favorecer por todos los medios su amor hacia Él, hay alianzas secretas que a veces originan en este mundo entre sus devotos, aproximaciones cuyo misterio se descubrirá el día de la eternidad.

Santos Ángeles, benditos seáis porque los crímenes de los hombres no cansan vuestra caridad; os damos gracias, entre otros muchos beneficios, por el de conservar la tierra habitable, dignándoos permanecer siempre en ella. Hay muchas veces peligro de que la soledad se haga pesada al corazón de los hijos de Dios en las grandes ciudades y en los caminos del mundo, donde no se codean más que desconocidos o enemigos; pero, si el número de los justos ha disminuido, no disminuye el vuestro. Y en medio de la multitud apasionada, como también en el desierto, no hay un ser humano que no tenga junto a si a su Ángel, representante de la Providencia universal sobre los buenos y los malos. Espíritus bienaventurados, tenemos con vosotros la misma Patria, el mismo pensamiento y el mismo amor; ¿por qué han de turbar los ruidos confusos de una turba frívola la vida del cielo que desde ahora podemos ya vivir con vosotros? El tumulto de las plazas públicas ¿os impide acaso formar allá vuestros coros, o impide al Todopoderoso percibir en ellas vuestras armonías? También nosotros queremos cantar por doquier al Señor y unir continuamente nuestras adoraciones a las vuestras, viviendo por la fe en lo escondido del Rostro del Padre cuya continua contemplación os arroba a vosotros. Penetrados de ese modo del vivir angélico, la vida presente no nos ofrecerá ninguna inquietud, ni tampoco la eterna, sorpresa alguna.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

En la Fiesta de San Miguel Arcángel


San Miguel es un arcángel, y el príncipe de todos los ángeles que permanecieron fieles a Dios. Él es quien, por celo de la gloria de Dios, se unió a todos sus santos ángeles para combatir a Lucifer y a sus secuaces, que deslumbrados por las perfecciones y gracias que Dios había puesto en ellos, se rebelaron contra Él.

No quisieron someterse a sus órdenes porque no consideraron debidamente cuán superior a ellos e infinitamente más digno de honor y de gloria debía ser quien había creado cuanto de grande había en ellos. Estaban, incluso, tan cegados, que se opusieron a san Miguel, encargado por Dios de esclarecerlos con sus luces y de hacerles comprender que nada se puede comparar con Dios; que, como dice san Pablo, sólo a Él es debido todo el honor y toda la gloria por los siglos de los siglos; y que todas las criaturas, como ellos lo eran, al no ser nada por sí mismas, debían abismarse y anonadarse ante Dios, a vista de su gloria y majestad.

Este rayo de luz que Dios, por sí mismo, imprimió en san Miguel, y el solo aspecto de este arcángel fue lo que confundió a aquellos desdichados ángeles, que se convirtieron en puras tinieblas, y se vieron relegados a un lugar tenebroso, por no haber querido abrir sus ojos a la luz verdadera. ¿Resistiremos siempre nosotros a las luces de la gracia, que nos inspira que hay que dejar todo por Dios, y que sólo en Él encontraremos nuestra verdadera felicidad, incluso en esta vida?

San Miguel, animado de aquel sentimiento de fe que le servía de escudo contra los ángeles malos, consiguió la victoria con estas palabras: “¿Quién como Dios?” Al mismo tiempo glorificaba con los suyos a Dios.

Desde entonces, a todos los santos ángeles les fue asegurada la gloria eterna, que nunca ha sufrido menoscabo en ellos, ni jamás podrá padecer la más mínima alteración.

¡Qué dicha la de este santo arcángel ser el primero de esos espíritus bienaventurados, que tienen como única ocupación alabar a Dios en el cielo, y haber sido, por su celo y su respeto a Dios, el que más contribuyó a que empezara a poblarse el cielo!

Honrad a este insigne santo como al primero que dio gloria a Dios, y que hizo que lo glorificasen las criaturas, y tributadle el honor que merece por haber sido tan adicto a Dios.

Uníos a él y a todos los espíritus bienaventurados que lo acompañan en el cielo, y consideradlos como modelos de lo que vosotros tenéis que hacer por Dios. Pensad con frecuencia en aquellas palabras: ¿Quién como Dios?, que los animaron en el combate que mantuvieron contra los demonios, para que ellas os sostengan en todas vuestras tentaciones; y decíos a vosotros mismos, cuando os veáis asaltados por ellas: el placer que pudiera yo disfrutar siguiendo este atractivo de la concupiscencia, ¿puede asemejarse al que se experimenta en gozar de Dios?

Aún hoy tributa san Miguel todos los días gloria a Dios, por medio del bien que realiza a los cristianos y por las gracias que les procura; pues él ha sido escogido por Dios como protector de la Iglesia, a la que sostiene y defiende contra sus enemigos. También es él quien defiende a la Iglesia, como la predilecta de Dios, contra los cismas y contra las herejías, que de vez en cuando se oponen a la sana doctrina y la turban.

Unámonos, pues, a este santo príncipe de los ángeles, para participar en el celo que tuvo, tanto por nuestra salvación como por la de todos los cristianos; entreguémonos a sus cuidados; confiemos en su ayuda y seamos dóciles a su voz interior, para que todos los medios que Dios nos ofrezca, a través de él, para nuestra salvación, sean eficaces en nosotros y para que no pongamos, de nuestra parte, ningún obstáculo para su ejecución.

Pedid a menudo a san Miguel que tenga la bondad de proteger a esta pequeña familia y a esta Iglesia de Jesucristo, según la expresión de san Pablo, que es nuestra comunidad; y que la ayude a conservar en sí el Espíritu de Jesucristo, y conceda a todos sus miembros las gracias que necesitan para mantenerse en su vocación y para procurar el espíritu del cristianismo a todos aquellos que tienen bajo su dirección.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Un Sacramento a defender


Al ponderar la excelencia del casto matrimonio, se Nos ofrece mayor motivo de dolor por ver esta divina institución tantas veces despreciada y tan fácilmente vilipendiada, sobre todo en nuestros días.

No es ya de un modo solapado ni en la oscuridad, sino que también en público, depuesto todo sentimiento de pudor, lo mismo de viva voz que por escrito, ya en la escena con representaciones de todo género, ya por medio de novelas, de cuentos amatorios y comedias, del cinematógrafo, de discursos radiados, en fin, por todos los inventos de la ciencia moderna, se conculca y se pone en ridículo la santidad del matrimonio, mientras los divorcios, los adulterios y los vicios más torpes son ensalzados o al menos presentados bajo tales colores que parece se les quiere presentar como libres de toda culpa y de toda infamia. Ni faltan libros, los cuales no se avergüenzan de llamarse científicos, pero que en realidad muchas veces no tienen sino cierto barniz de ciencia, con el cual hallan camino para insinuar más fácilmente sus errores en mentes y corazones. Las doctrinas que en ellos se defienden, se ponderan como portentos del ingenio moderno, de un ingenio que se gloría de buscar exclusivamente la verdad, y, con ello, de haberse emancipado -dicen- de todos los viejos prejuicios, entre los cuales ponen y pregonan la doctrina tradicional cristiana del matrimonio.

Estas doctrinas las inculcan a toda clase de hombres, ricos y pobres, obreros y patronos, doctos e ignorantes, solteros y casados, fieles e impíos, adultos y jóvenes, siendo a éstos principalmente, como más fáciles de seducir, a quienes ponen peores asechanzas.

Desde luego que no todos los partidarios de tan nuevas doctrinas llegan hasta las últimas consecuencias de liviandad tan desenfrenada; hay quienes, empeñados en seguir un término medio, opinan que al menos en algunos preceptos de la ley natural y divina se ha de ceder algo en nuestros días. Pero éstos no son tampoco sino emisarios más o menos conscientes de aquel insidioso enemigo que siempre trata de sembrar la cizaña en medio del trigo. Nos, pues, a quien el Padre de familia puso por custodio de su campo, a quien obliga el oficio sacrosanto de procurar que la buena semilla no sea sofocada por hierbas venenosas, juzgamos como dirigidas a Nos por el Espíritu Santo aquellas palabras gravísimas con las cuales el apóstol San Pablo exhortaba a su amado Timoteo: “Tú, en cambio, vigila, cumple tu ministerio..., predica la palabra, insiste oportuna e importunamente, arguye, suplica, increpa con toda paciencia y doctrina”.

Y porque, para evitar los engaños del enemigo, es menester antes descubrirlos, y ayuda mucho mostrar a los incautos sus argucias, aun cuando más quisiéramos no mencionar tales iniquidades, como conviene a los Santos, sin embargo, por el bien y salvación de las almas no podemos pasarlas en silencio.

Fuente: S.S. Pío XI, Carta encíclica Casti Connubii

Cartas de un joven mártir

Beato Francisco Castelló

“A mis hermanas Teresa y María Castelló Aleu y a mi tía. Estimadas: Acaban de leerme la pena de muerte y jamás he estado tan tranquilo como ahora. Estoy seguro de que esta noche estaré con mis padres en el cielo; allí os esperaré a vosotras. La Providencia divina ha querido escogerme a mí como víctima de los errores y pecados cometidos por nosotros. Voy con gusto y tranquilidad a la muerte. Nunca como ahora tendré tantas probabilidades de salvación. Se ha terminado mi misión en esta vida. Ofrezco a Dios los sufrimientos de esta hora. No quiero en modo alguno que lloréis por mí: es lo único que os pido. Estoy muy contento, muy contento. Os dejo con pena a vosotras, a quienes tanto he amado, pero ofrezco a Dios este afecto y todos los lazos que me retendrían en este mundo.

Teresina: sé valiente. No llores por mí. Soy yo quien ha tenido una inmensa suerte, que no sé cómo agradecer a Dios. He cantado el ¡Vamos, que es camino de solo un día!, con toda propiedad. Perdóname las penas y los sufrimientos que te he causado involuntariamente. Yo siempre te he querido mucho. No quiero que llores por mí, ¿lo entiendes?

María: pobre hermanita mía. También tú debes ser valiente, y no te abrumará este golpe de la vida. Si Dios te da hijos, les darás un beso de mi parte, de parte de su tío, que los amará desde el cielo. A mi cuñado un fuerte abrazo. Espero de él que será vuestra ayuda en este mundo y sabrá sustituirme.

Tía: en este momento siento un profundo agradecimiento por cuanto Ud. ha hecho por nosotros. Nos encontraremos en el cielo dentro de unos años. Sepa usted gastarlos con toda clase de generosidad. Desde el cielo rogaré por Ud., éste que le quiere tanto...

A todos mis amigos decidles que muero contento y que me acordaré de ellos en la otra vida... a todos mi afecto.

Querida Mariona (María Pelegrí, su prometida, quien más adelante se casó y tuvo 3 hijos): Nuestras vidas se unieron y Dios ha querido separarlas. A Él le ofrezco, con toda la intensidad posible, el amor que te profeso, mi amor intenso, puro y sincero. Siento tu desgracia, no la mía. Puedes estar orgullosa: dos hermanos y tu prometido. ¡Pobre Mariona! Me sucede una cosa extraña. No puedo sentir pena alguna por mi suerte. Una alegría interna, intensa, fuerte, me invade por completo. Querría hacerte una carta triste de despedida, pero no puedo. Todo yo estoy envuelto de ideas alegres como un presentimiento de gloria. Querría hablarte de lo mucho que te habría querido, de las ternuras que te tenía reservadas, de lo felices que habríamos sido. Pero para mí todo esto es secundario. Tengo que dar un gran paso. Una cosa quiero decirte: cásate, si puedes. Desde el cielo yo bendeciré tu unión y tus hijos. No quiero que llores, no quiero. Espero que estés orgullosa de mí. Te quiero. No tengo tiempo para nada más.

Francisco”.

Oración. Dios todopoderoso y eterno, que diste al beato Francisco en su juventud la firmeza de la fe y el ardor de la caridad en su martirio, concédenos a nosotros, tus fieles, que imitando a Cristo, crezcamos en tu amor y en el del prójimo. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

Fuente: Carta del Beato Francisco Castelló

El grano de trigo muere para dar vida


Volvamos ahora al gesto de Jesús en la Última Cena. ¿Qué sucedió en ese momento? Cuando Él dijo: Este es mi cuerpo entregado por vosotros; esta es mi sangre derramada por vosotros y por muchos, ¿qué fue lo que sucedió? Con ese gesto, Jesús anticipa el acontecimiento del Calvario. Él acepta toda la Pasión por amor, con su sufrimiento y su violencia, hasta la muerte en cruz. Aceptando la muerte de esta forma la transforma en un acto de donación. Esta es la transformación que necesita el mundo, porque lo redime desde dentro, lo abre a las dimensiones del reino de los cielos. Pero Dios quiere realizar esta renovación del mundo a través del mismo camino que siguió Cristo, más aún, el camino que es Él mismo. No hay nada de mágico en el cristianismo. No hay atajos, sino que todo pasa a través de la lógica humilde y paciente del grano de trigo que muere para dar vida, la lógica de la fe que mueve montañas con la fuerza apacible de Dios. Por esto Dios quiere seguir renovando a la humanidad, la historia y el cosmos a través de esta cadena de transformaciones, de la cual la Eucaristía es el sacramento. Mediante el pan y el vino consagrados, en los que está realmente presente su Cuerpo y su Sangre, Cristo nos transforma, asimilándonos a Él: nos implica en su obra de redención, haciéndonos capaces, por la gracia del Espíritu Santo, de vivir según su misma lógica de entrega, como granos de trigo unidos a Él y en Él. Así se siembran y van madurando en los surcos de la historia la unidad y la paz, que son el fin al que tendemos, según el designio de Dios.

Caminamos por los senderos del mundo sin espejismos, sin utopías ideológicas, llevando dentro de nosotros el Cuerpo del Señor, como la Virgen María en el misterio de la Visitación. Con la humildad de sabernos simples granos de trigo, tenemos la firma certeza de que el amor de Dios, encarnado en Cristo, es más fuerte que el mal, que la violencia y que la muerte. Sabemos que Dios prepara para todos los hombres cielos nuevos y una tierra nueva, donde reinan la paz y la justicia; y en la fe entrevemos el mundo nuevo, que es nuestra patria verdadera. Con nosotros está Jesús Eucaristía, el Resucitado, que dijo: “Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos” (Mt28, 21). ¡Gracias, Señor Jesús! Gracias por tu fidelidad, que sostiene nuestra esperanza. Quédate con nosotros, porque ya es de noche. “Buen pastor, pan verdadero, oh Jesús, ten piedad de nosotros: aliméntanos, defiéndenos, llévanos a los bienes eternos en la tierra de los vivos”. Amén.

Fuente: S.S. Benedicto XVI, Homilía del 23 de junio del 2011

María al pie de la Cruz invita a todos para consolarlos


Venid a mí todos los que trabajáis y lleváis cargas pesadas y yo os consolaré.

Nuestro Salvador piadoso dijo estas palabras llamando a todos los afligidos y que padecen trabajos, porque Él es el único remedio y consuelo nuestro y tiene caudal bastante para remediar a todos. Más, océano es de donde salen todos los ríos de misericordia, y no se agota ni puede agotarse; el mundo llama para atormentar a los que le siguen, sólo Jesucristo, padre de las misericordias, atrae benignamente a sí e invita a los que sufren para recrearlos y perdonarlos.

Nuestra Señora, Madre de Misericordia, imitando a su precioso Hijo, toma las mismas palabras y dice: “Ea, cristianos atribulados, veníos a mí, que yo os recrearé, aquí donde me veis, al pie de la cruz de mi Hijo. Si viniéredes, llamándome con fe y amor, seré vuestro amparo. Vengan todos los estados, que mi sagrado Hijo por todos quiso que yo pasase, para que todos hallasen descanso. Vengan las vírgenes, que yo perpetua virginal pureza guardé. Vengan los casados, que yo tuve por esposo al santo José. Bien sabré compadecerme de las madres que perdieron sus hijos con gran dolor, pues delante de mis ojos veo morir a mi Hijo amado, Salvador del mundo. Vengan éstas también”.

Si la caridad de san Pablo era tan bastante que, estando aherrojado, confortaba a los cristianos escribiéndoles cartas, ¡cuánto más la Reina del Cielo, aunque tan afligida al pie de la cruz, tendrá caudal para dar favor y consuelo a quien se lo demandare! Cosa es maravillosa: no solamente sufrió con paciencia los trabajos de Cristo, sino con gran contento, que es más alta perfección. La paciencia, dice Santiago, tiene consigo la obra perfecta. Esta virtud excelente nos enseña nuestra Señora y nos llama para que la aprendamos de ella. Ésta es la que dio la corona a los mártires, confesores y vírgenes. Ésta, finalmente, es la que trae consigo perseverancia en las virtudes cristianas; sin ésta no hay entrada en el cielo; y si no somos tan acabados y perfectos que, como la Virgen santa, padezcamos con alegría, a lo menos tengamos sufrimiento en las aflicciones que Dios nos envía, como lo hizo el santo Job, dando alabanzas a nuestro Salvador.

Fuente: San Alonso de Orozco, Tratado de la Corona de Nuestra Señora

Tener los mismos sentimientos que Cristo


Pensar como Cristo Jesús, sentir como Cristo Jesús, amar como Cristo Jesús, obrar como Cristo Jesús, conversar como Cristo Jesús, hablar como Cristo Jesús, conformar, en una palabra, toda nuestra vida con la de Cristo, revestirnos de Cristo Jesús, he aquí el único negocio y ocupación esencial, primera de todo cristiano. Porque cristiano quiere decir “alter Cristus”, otro Cristo, y nadie puede salvarse si no fuere hallado conforme con la imagen de Cristo. Mas para conformarnos con la vida de Cristo Jesús es, ante todo, menester estudiarla, saberla, meditarla, y no solo en su corteza exterior, sino entrando en los sentimientos, afectos, deseos, intenciones de Cristo Jesús, para hacerlo todo en unión perfecta con Él.

Penetrar en el Sancta Sanctorum de su Corazón reconocemos que es una temeridad; pero el mismo Señor Jesús con su bondad y sus palabras nos convida a ello. Pues si no, ¿cómo aprenderemos su mansedumbre y humildad?, ¿cómo en cada acción nos pondremos delante a Cristo para imitarle si no conocemos los sentimientos de su corazón al practicarlos? Porque Cristo vivió, y comió, y durmió, y habló, y calló, y anduvo, y se cansó, y descansó, y sudó, y tuvo hambre y sed, y trabajó, en una palabra, padeció y murió por nosotros, por nuestra salud.

¿Por qué, pues, no nos hemos de hacer o representar a Jesús práctico, real, digámoslo así, y no teórico o ideal, que es causa de que no le amemos e imitemos en todas las cosas como debemos?

Cuando digo Cristo Jesús, me represento a un niño agraciado, a un joven gallardo o de edad madura, con todas las gracias y encantos que la divinidad podía derramar en un alma y cuerpo humanos; pero también me lo represento sujeto a todas nuestras miserias, excepto el pecado, por mi amor; porque es nuestro hermano, carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre y hueso de nuestros huesos. Este es mi Jesús, Dios y hombre verdadero, vivo, personal, que se dejó ver en la tierra y vivió y conversó con nosotros por treinta y tres años, ya que por nuestra salud, siendo Verbo eterno del Padre, descendió del cielo, se encarnó, padeció, murió, resucitó, subió a los cielos y se quedó entre nosotros hasta la consumación de los siglos para ser nuestro compañero, consuelo y alimento en el Santísimo Sacramento del altar.

En conocer, pues, más y más a Jesucristo consiste la vida eterna, nuestra única felicidad en el tiempo y en la eternidad. ¡Oh! ¡Qué feliz será el alma que aprenda cada día esta lección y la practique! ¡Qué pensamiento tan regalado! ¡Yo viviré, comeré, dormiré, hablaré, callaré, trabajaré, padeceré, lo haré todo, lo sufriré todo en unión de Jesús, en unión de aquella divina intención y con aquellos sentimientos con que lo hizo Jesús, lo padeció Jesús, y desea que yo lo haga, o lo padezca!... Quien tal haga, y todos lo debemos hacer, vivirá aquí en la tierra una vida del cielo, se transformará en Jesús y podrá decir con el Apóstol: Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí.

Fuente: De los escritos de san Enrique de Ossó, presbítero

Pecador, no desesperes


“Aunque yo hubiera cometido todos los crímenes posibles, seguiría teniendo la misma confianza en Dios, porque todos nuestros pecados son como una gota de agua arrojada a un gran horno encendido” (Santa Teresita)

Insiste San Alfonso, releámoslo una y otra vez, y advertiremos que nunca María se muestra severa con nadie, por lo que corresponde acogerse bajo su protección sin ningún temor y hasta con gozo espiritual. Y nos sugiere dirigirnos a Ella en los siguientes términos: “Oh Madre de mi Dios, a Ti acudiré y aún me atreveré a reconvenirte con humildad y fiel confianza porque toda la Iglesia da gritos llamándote Madre de misericordia. Tú jamás has desechado a ningún pecador por miserable que fuese. Pues qué, ¿acaso la Iglesia te llama vanamente su abogada y refugio de pecadores?...”

San Bernardo, por su parte, alentaba al pecador con estas consoladoras palabras: “Ve y busca a la Madre de misericordia, y muéstrale las llagas de tu alma, que Ella pedirá a su Hijo santísimo que te perdone; y el Hijo, que la ama tanto, no dejará de oírla”. De tales consideraciones concluye San Alfonso de Ligorio: “Pecador, no desconfíes aunque hayas cometido todos los pecados imaginables, sino acude a María, y verás sus manos llenas de misericordia, y conocerás por experiencia que es mayor su deseo de usarla contigo que el tuyo de recibirla”.

Cierra San Alfonso estas consideraciones exhortándonos a confiar en la abogada celestial: “¿Qué temor ha de tener de salir mal el reo a quien la madre del Juez se ofrece por abogada y madre? Y tú, Señora, que lo eres, ¿te desdeñarás de interceder con tu Hijo, que es el Juez, por otro hijo, que es el pecador? ¿No pedirás al Redentor por un alma redimida con su propia sangre? Con toda eficacia rogarás por los que recurren a Ti, como medianera que eres entre el Juez y el delincuente. Tú, pecador, cualquiera que seas, por más atollado que estés, por más antiguas y encanceradas que sean tus llagas, no desconfíes, antes bien, da gracias a Dios de que, para usar contigo de misericordia, no sólo te haya dado a su unigénito Hijo por abogado, mas para que mayormente confíes, te ha provisto también de una medianera que todo lo alcanza. Implora su favor, y te salvarás”.

Fuente: P. Alfredo Sáenz, Madre la Misericordia

Nuestra Señora, Madre de la Consolación


Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo al mundo, “para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados” (Is 61, 2). De esta manera Jesús, el Cristo, es constituido el supremo consuelo de los hombres; en quien el Padre ha manifestado toda la fuerza de su poder. De igual manera la Virgen María es venerada en la Iglesia con el título de “Madre del consuelo” o “Consoladora de los afligidos”, ya que por medio de ella Dios envió el consuelo a su pueblo, Jesucristo.

La singular manifestación de esta maternidad de consolación sucede en el Calvario, junto a la cruz, cuando María es asociada a los sufrimientos de Cristo y soporta el dolor inmenso del sacrificio que convenía para la salud del género humano. Allí María merece la aplicación de aquella bienaventuranza que Jesús promete a cuantos lloran en compasión por cuantos sufren (cf. Mt 5, 5).

Por otro lado la gran consolación en su dolor la recibe María por la resurrección de su Hijo. Desde la vida que acontece en el Cristo resucitado, ella puede ejercer su maternidad, puede consolar a sus hijos en cualquier lucha (cf. II Co 1, 3-5).

María, después de la ascensión del Señor a los cielos, continúa ejercitando esta maternidad, haciéndose presente en medio de la comunidad cristiana que ora y espera: “estando en oración con los apóstoles, pidió ardientemente y esperó confiada el Espíritu del consuelo y de la paz”. Así, María no deja de interceder con amor de madre por la humanidad entera, en cuanto sufre aflicción por los males de este mundo.

Con esta advocación es reconocida María como Patrona de la Orden de San Agustín y de toda la Familia Agustiniana. Su fiesta se celebra el 4 de septiembre, con rango de solemnidad en la Liturgia de la Orden, con misa propia.

Este título estuvo siempre envuelto en una aureola de bellísima leyenda, a la que ayudó la iconografía plasmada en la práctica totalidad de iglesias, capillas y oratorios de la Orden; en grabados, libros y estampas de culto y devoción. Esta leyenda justifica el título por el consuelo que la Virgen otorgó a Santa Mónica en su aflicción por la muerte de su esposo Patricio y el camino errado de su hijo Agustín. Se cuenta que estando Mónica, mujer de lágrimas, en plena aflicción por la reciente viudedad y soledad en la que su hijo le dejaba, se apareció la Virgen María, quien la consoló exhortándole a vestirse de negro y ceñirse con una correa, verdadero ceñidor de la caridad. Después de su conversión, muerta Santa Mónica, Agustín se vistió de igual modo y legó correa y hábito negro a sus discípulos en la vida religiosa.

La correa se va a convertir, junto al corazón traspasado y ardiente de Agustín, en el signo iconográfico agustiniano por antonomasia, llegando a desarrollarse, al amparo de la leyenda de la Virgen de Consolación, San Agustín y Santa Mónica, un uso milagroso de la misma y una devoción similar al escapulario de la Virgen del Carmen (carmelitas) o al Rosario en la Orden de Predicadores (dominicos).

Fuente: Fr. Jesús Miguel Benítez, OSA, Advocaciones Marianas en la Orden de San Agustín

De los sermones del Doctor Melifluo


Hablando de la abeja, pensamos en la dulzura de la miel y en la punzada del aguijón.

El Hijo de Dios era una abeja que habitaba entre los lirios, se alimenta de azucenas y habita en la patria florida de los ángeles. La abeja divina ha bajado a la ciudad de Nazaret, que significa, ciudad de las flores. Y se llegó hasta la perfumada flor de la virginidad perpetua de María. Se posó en su seno y se quedó adherida a Ella.

La celestial abeja tenía la miel y también el aguijón, pues el profeta, al cantar su misericordia, exalta también su justicia. Sin embargo, al venir a nosotros por María, trajo sólo la miel y no el aguijón; es decir, la misericordia sin los rigores de la justicia.

Por eso, en aquella ocasión en que los discípulos intentaron persuadir al Señor a que lloviera fuego y arrasara una ciudad que no había querido recibirle, se les replicó que el Hijo del hombre no había venido a condenar al hombre, sino a salvarlo.

Nuestra abeja no tiene aguijón. Se ha desprendido de él cuando, entre tantos ultrajes, mostraba la misericordia y no el juicio.

Pero no confiéis en la maldad, no abuséis de la confianza. Algún día, nuestra abeja volverá a tomar su aguijón y lo clavará con toda su fuerza en las médulas de los pecadores.

Fuente: San Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Adviento y la Navidad

Sus alas eran el amor y el deseo de Dios


Agustín y su madre conversaban a solas, entretenidos en dulcísimos coloquios. Y fueron raptados a lo alto durante una altísima contemplación. ¿Y qué sucedió luego? Este mundo con sus delicias se volvía vil a sus ojos: he aquí que me marché con tristeza, porque el espíritu me elevó.

Advierte también cómo, después de haber consumido el Cuerpo de Cristo, ella fue elevada un codo sobre la tierra y comenzó a decir: “Volemos al cielo”. ¡Oh gran deseo que logró levantar la mole del cuerpo! Oh Mónica, ¿cómo podremos volar? No recuerdas que te envuelve un pesado cuerpo terrestre. Antes tienes que deshacerte de él. ¿Pero dónde están las alas? Eran ciertamente el amor y el deseo de Dios. Los animales que vio Ezequiel, tanto el león como el toro, eran pesados, pero tenían alas.

Es admirable encontrar un deseo tan ardiente en una mujer casada, porque, como dice el Apóstol, el amor en los casados está dividido entre el marido, los hijos y los bienes, y a Dios sólo se le reserva una pequeña porción. Sin embargo, esta mujer reservaba todo su deseo para Dios. ¡Oh mujer excepcional! Con un marido pagano y de genio áspero, y un hijo maniqueo, sola como una rosa entre espinas, sostenía la casa con prudencia y paciencia singulares. En la adversidad aguantaba al marido, que, si bien era de noble linaje y patricio según el siglo, era a la vez pagano y fiero como un león; luego lo hería con la espada de la benevolencia y de la doctrina, elevando su alma a Dios, y con palabras sabias y la ayuda del Espíritu Santo le hizo fiel cristiano y le transformó de feroz león en manso cordero. Mujeres, aprended de esta mujer ejemplar el respeto, la paciencia, la prudencia, la dulzura y el amor a vuestros maridos.

¿Por su hijo cuántas lágrimas no derramó? ¿A cuántos varones santos no importunó? “¿Señor, cómo iba yo a alumbrar a un perseguidor de la Iglesia? ¿Acaso di yo de mamar a un blasfemo que hace mofa de tu nombre? ¿Habría de pasar por madre de un hereje, de uno que se burla de Cristo? Señor, si quieres que mi gozo sea pleno, haz cristiano a mi hijo, al igual que me hiciste a mí”. Tú acogiste su deseo. Un ángel se le apareció en lo alto: “Mujer, ¿por qué lloras? Tus plegarias han sido oídas, el Señor ha acogido tus deseos. Mira dónde estás tú y dónde está tu hijo; los dos estáis sobre una misma regla”. Cuando ella refirió lo acaecido a su hijo, nota cómo éste intentó tergiversar su significado, y cómo la madre supo responder a sus cavilaciones, haciendo callar a un hijo tan erudito y tan sabio que infundía miedo a toda la Iglesia.

El Señor escuchó su deseo, porque era un deseo santo. Madres, aprended qué habéis de desear para los hijos; esposas, aprended qué habéis de desear para vuestros esposos; señoras, aprended qué habéis de desear para vuestra familia. No pide para el hijo riquezas, ni honores ni dignidades; pide religión, santidad, y lo hace no con tibieza sino con tal ardor que llega a abandonar su casa y como una leona sigue a su hijo a Italia con intención de no cesar de rugir hasta resucitar a su cachorro. Y Dios se lo concedió. Oíd cómo: “Hijo, al verte siervo de Dios y desasido de toda aspiración terrena, ninguna cosa me deleita ya en este mundo”.

Mónica, mira cómo tienes mucho más de lo que habías deseado. Habías deseado un creyente, y tienes un religioso; habías deseado un cristiano, y tienes un doctor eximio de Cristo y de la fe. Pero esto no ha sido obra tuya, sino de Él, porque las palabras sólo penetran en el corazón cuando reciben la fuerza de lo alto. Nuestro deseo de Dios es vacilante y nuestros deseos del cielo están adormecidos, mortecinos y casi sin vida. Al Espíritu Santo toca vivificar los deseos extinguidos e inflamar los tibios.

Fuente: Santo Tomás de Villanueva, Sermón de la fiesta de Santa Mónica

San Agustín, solícito en la explicación de las Escrituras


Agustín estaba dotado de sabiduría humana y divina, y poseía la ciencia en su más alto grado, realidades expresadas por la caña de medir y la pluma. No hubo parte del templo de Dios que este doctor no midiera con su pluma. Puertas, umbrales, vestíbulos, ventanas, pórticos, atrios, desde lo más alto hasta lo más bajo, nada dejó sin medir. En efecto, dejó normas de vida para todos los estados de la Iglesia y sobre todos compuso libros: para las vírgenes, el libro: Sobre la virginidad; para las viudas: De la bondad de la viudez; para los casados: De la bondad del matrimonio; para los monjes: Del trabajo de los monjes; para las mujeres: De la honestidad de las mujeres; para los canónigos: la Regla. Justamente se canta en el prefacio: “Enseñó a los clérigos, amonestó a los laicos, recondujo a los extraviados al camino de la verdad, y con saludables disposiciones gobernó sabiamente tu navecilla a su paso por este mar”.

Agustín favoreció la fe no sólo defendiéndola contra los herejes, sino también exponiéndola ampliamente a los fieles. ¿Quién, en efecto, fue más solícito que él en la explicación de las Escrituras? ¿Quién más ilustrado en el esclarecimiento de los misterios? ¿Quién más elocuente en la exposición de las cuestiones? Hasta su tiempo, la fe destacaba más por la virtud que por la claridad; en cierto modo, aparecía oscurecida no sólo por los errores de los herejes, sino también por las palabras y la elocuencia de los católicos, quienes se preocupaban más de hablar culta y donosamente que de hacerlo con precisión. En consecuencia, no constaba con claridad qué se había de creer en una determinada materia de fe. Agustín fue el primero que comenzó a aclarar, ordenar, ilustrar y distinguir las verdades de la fe, y a presentarlas en forma escolástica. Enseñó qué se debía creer en cada misterio de la fe, qué se debía responder a las objeciones y qué pasajes escriturísticos había que aducir para corroborarlo. En fin, a Agustín somos deudores de poseer hoy una comprensión clara de la fe, de poder expresarla con claridad y afirmarla con intrepidez.

Fuente: Santo Tomás de Villanueva, Sermón de la fiesta de San Agustín

Oración a María Reina


Desde lo profundo de esta tierra de lágrimas, en que la humanidad dolorida se arrastra trabajosamente; en medio de las olas de este nuestro mar perennemente agitado por los vientos de las pasiones, elevamos los ojos a ti, María, Madre amadísima, para reanimarnos contemplando tu gloria y para saludarte como Reina y Señora de todo lo creado.

Con legítimo orgullo de hijos, queremos exaltar ésta tu realeza y reconocerla como debida por la excelencia suma de todo tu ser, dulcísima y verdadera Madre de Aquel que es Rey por derecho propio, por herencia y por conquista.

Reina e impera, Madre y Señora, señalándonos el camino de la santidad, dirigiéndonos y asistiéndonos, a fin de que nunca nos apartemos de él.

Lo mismo que ejercitas en lo alto del cielo tu primacía sobre las milicias angélicas, que te aclaman por su Soberana, y sobre las legiones de los Santos, que se deleitan con la contemplación de tu refulgente belleza, así también reina sobre el género humano, particularmente abriendo las sendas de la fe a cuantos todavía no conocen a tu Divino Hijo.

Reina sobre la Iglesia, que profesa y celebra tu suave dominio y acude a Ti como refugio seguro en medio de las adversidades de nuestros tiempos. Mas reina especialmente sobre aquella parte de la Iglesia que está perseguida y oprimida dándole fortaleza para soportar las contrariedades, constancia para no ceder a injustas presiones, luz para no caer en las asechanzas del enemigo, firmeza para resistir a los ataques manifiestos, y en todo momento, fidelidad inquebrantable a tu reino.

Reina sobre las inteligencias, a fin de que busquen solamente la verdad; sobre las voluntades, a fin de que persigan solamente el bien; sobre los corazones, a fin de que amen únicamente lo que Tú misma amas.

Reina sobre los individuos y sobre las familias, al igual que sobre las sociedades y naciones; sobre las asambleas de los poderosos, sobre los consejos de los sabios, lo mismo que sobre las sencillas aspiraciones de los humildes.

Reina en las calles y en las plazas, en las ciudades y en las aldeas, en los valles y en las montañas, en el aire, en la tierra y en el mar, y acoge la piadosa oración de cuantos saben que tu reino es reino de misericordia, donde toda súplica encuentra acogida, todo dolor consuelo, alivio toda desgracia, toda enfermedad salud, y donde, como a una simple señal de tus suavísimas manos, de la muerte misma brota alegre vida.

Concede que quienes ahora te aclaman en todas las partes del mundo y reconocen como Reina y Señora, puedan un día en el cielo gozar de la plenitud de tu reino, en la visión de tu Divino Hijo, el cual, con el Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: Oración compuesta por el Venerable Pío XII

De los escritos de San Pío X


El pontificado de san Pío X dejó una huella indeleble en la historia de la Iglesia y se caracterizó por un notable esfuerzo de reforma, sintetizada en el lema Instaurare omnia in Christo: “Renovarlo todo en Cristo”. Fiel a la tarea de confirmar a los hermanos en la fe, san Pío X, ante algunas tendencias que se manifestaron en ámbito teológico al final del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, intervino con decisión, condenando el “modernismo”, para defender a los fieles de concepciones erróneas y promover una profundización científica de la Revelación en consonancia con la tradición de la Iglesia. (S.S. Benedicto XVI, Audiencia del 18 de agosto de 2010)

Es preciso reconocer que en estos últimos tiempos ha crecido, en modo extraño, el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo. Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes, y si la bondad de que hasta aquí hemos hecho uso, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada ya como un olvido de nuestro ministerio. Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados. Añádase que han aplicado la segur no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos, sino a la raíz misma; esto es, a la fe y a sus fibras más profundas. Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal, se empeñan en que circule el virus por todo el árbol, y en tales proporciones que no hay parte alguna de la fe católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper.

... Estas cosas, venerables hermanos, hemos creído deberos escribir para procurar la salud de todo creyente. Los adversarios de la Iglesia abusarán ciertamente de ellas para refrescar la antigua calumnia que nos designa como enemigos de la sabiduría y del progreso de la humanidad.

Asístaos con su virtud Jesucristo, autor y consumador de nuestra fe; y con su auxilio e intercesión asístaos la Virgen Inmaculada, destructora de todas las herejías, mientras Nos, en prenda de nuestra caridad y del divino consuelo en la adversidad, de todo corazón os damos nuestra bendición apostólica.

Fuente: San Pío X, Encíclica Pascendi Dominici gregis

Oración es un deseo inflamado de amor a Dios


Dijo nuestro Redentor que convenía a sus siervos orar siempre. Tal ha de ser la vida del amigo de Dios, que toda ella sea oración: sus pensamientos y palabras y obras. Siempre ora, dice San Agustín, el que siempre obra bien.

En todo ora el que en todo desea agradar a Jesucristo y cumplir su santa voluntad.

Mas porque de la oración actual digamos algo, sabed, hermanos, que el orar es propio acto de religión, y donde se ejercitan todas las virtudes teologales. La esperanza se halla en la oración, pues con esperanza de ser oídos oramos. La fe también acompaña a la oración, pues hablamos con nuestro Dios, a quien no vemos sino con la vista de la fe. La caridad, finalmente, en la oración se ejercita y crece, pues vamos movidos con amor a tratar y conversar con nuestro Creador. Luego decimos ser propia obra de la reverencia y religión que a Dios debemos, y donde todas las virtudes se fortalecen y ejercitan. De ahí es que tanto en la Escritura se encomienda que oremos y pidamos mercedes a Dios, porque el pedir es orar, y siempre pidiendo, siempre oramos y hablamos con nuestro Creador.

Si bien consideramos qué cosa es oración, entendemos que nuestra ánima es casa de oración, pues en todo tiempo podemos orar. Oración es un deseo inflamado de amor a Dios, por el cual nuestro corazón vuela hasta el cielo. Es una dulzura de la gloria que esperamos; y maná, que dice san Juan, cuya dulzura nadie sabe, sino el que la recibe. La oración es un destierro de nosotros mismos y de nuestro amor, y una unión con Dios, en que nuestra alma descansa. Es una pascua y holganza en el Creador; un regalo y gusto de Dios. La oración es una cadena, hecha de gemidos y lágrimas de amor de Dios, con la cual se deja atar el invencible Sansón, nuestro Dios y Señor; y hace de su voluntad lo que le pedimos. Es la que entra al retraimiento con Dios, sin llamar ni rogar al portero que le deje entrar.

Finalmente, oración es tan atrevida y osada que osa despertar al Rey soberano, según leemos de los apóstoles, que despertaron a Cristo cuando dormía en la navecilla. Pues como la oración sea un acto afectivo que sale de lo íntimo del ánima, siempre lo podemos llevar con nosotros por el camino, y por la calle, y en todo lugar. Así lo hacía el rey David cuando dijo: Presentaba delante de mí a mi Señor Dios siempre, porque a mi mano derecha está, teniéndome para que no me mueva.

No tendría fin la materia de que tratamos. Baste que somos templos de Dios, y que nuestra alma es casa de oración, creada para loar y alabar, y para considerar las grandezas de Dios. Y para que, considerando su poder y bondad, le amemos y, amándole, podamos gozarle para siempre en la gloria.

Fuente: De los escritos de San Alonso de Orozco, presbítero

En el día del niño


Deseo hacer reflexionar a los niños sobre el gran tesoro de nuestra fe católica, Jesús Eucaristía. Jesús, el mismo Jesús de Nazaret, el hijo de María, que resucitaba a los muertos, sanaba a los enfermos y bendecía a los niños hace 2.000 años, es el mismo Jesús, vivo y resucitado, que está entre nosotros como un amigo cercano en el sacramento de la Eucaristía. Por eso, es importantísimo que les hablemos a los niños de la Eucaristía para llevarlos a amar a Jesús y para que sientan su amor en sus corazones.

Los niños son puros y sinceros, si les hablamos del amigo Jesús que los ama y los espera, pronto descubrirán en Él un Amigo a quien pueden acudir en todas sus dificultades. Y los niños podrán ser apóstoles de la Eucaristía, compartiendo su fe sincera y su amor a Jesús con sus propios padres y con sus compañeros y amigos.

Deseo a todos los niños una verdadera y sincera amistad con Jesús Eucaristía, el Amigo que siempre los espera y los ama. Que Jesús sea su mejor Amigo y que, desde muy pequeños, aprendan a amarlo con todo su corazón.

El Papa San Pío X por el decreto Sacra Tridentina Synodus de 1905 y con el decreto Quam singulari de 1910 dio un enorme impulso a la piedad eucarística, permitiendo la comunión diaria y la posibilidad de dar la comunión a los niños a partir de los siete años e incluso antes.

Juan Pablo II en su libro ¡Levantaos! ¡Vamos! dice: Un testimonio conmovedor de amor pastoral por los niños, lo dio mi predecesor san Pío X con su decisión sobre la primera comunión. No solamente redujo la edad necesaria para acercarse a la Mesa del Señor, de lo que yo mismo me aproveché en mayo de 1929, sino que dio la posibilidad de recibir la comunión, incluso antes de haber cumplido los siete años, si el niño muestra tener suficiente discernimiento. La sagrada comunión anticipada fue una decisión pastoral que merece ser recordada y alabada. Ha producido muchos frutos de santidad y de apostolado entre los niños, favoreciendo que surgieran vocaciones sacerdotales. Y en la carta dirigida a los niños en el año de la familia 1994 dice: ¡Cuántos niños en la historia de la Iglesia han encontrado en la Eucaristía una fuente de fuerza espiritual, a veces, incluso heroica! ¿Cómo no recordar, por ejemplo, los niños y niñas santos que vivieron en los primeros siglos y que aún hoy son conocidos y venerados en toda la Iglesia? Santa Inés, que vivió en Roma; santa Águeda, martirizada en Sicilia; san Tarsicio, un muchacho llamado con razón el mártir de la Eucaristía, porque prefirió morir antes que entregar a Jesús sacramentado, a quien llevaba consigo. Y así, a lo largo de los siglos hasta nuestros días, no han faltado niños y muchachos santos y beatos de la Iglesia. Al igual que Jesús, también María, la Madre de Jesús, ha dirigido siempre en el curso de la historia su atención maternal a los pequeños. Pensad en santa Bernardita de Lourdes, en los niños de La Salette y, ya en este siglo, en Lucía, Francisco y Jacinta de Fátima... ¡Alabad el nombre del Señor!

Como conclusión de estas reflexiones sobre los niños y la Eucaristía, podemos decir que no hay que subestimar a los niños, aunque sean pequeños, para que puedan entender y, sobre todo, vivir intensamente el amor a Jesús Eucaristía. Ellos captan muy bien quién los ama y perciben con toda claridad que Jesús está presente en la Eucaristía por encima de racionamientos humanos o teorías teológicas.

Y, cuando un niño se convence que Jesús lo espera todos los días en el sagrario, se sentirá feliz de ser su amigo y esa amistad con Jesús lo llevará a un comportamiento cada vez más correcto y cristiano, para bendición de sus padres y de todos los que lo rodean. Porque la fuerza de transformación de Jesús Eucaristía es mucho mayor que la de cualquier sistema educativo y moral. Estoy convencido de que la oración diaria ante Jesús es más eficaz que muchas oraciones o devociones, repetidas sin devoción o por obligación.

Animemos a nuestros niños a visitar a Jesús, para que sean sus amigos y veremos realmente milagros en sus vidas. Así, cuando sean mayores, Jesús Eucaristía seguirá siendo el punto de referencia para pedirle ayuda en las grandes pruebas y dificultades de la vida.

A todos los niños, y también a sus padres y familiares, les deseo un amor grande y profundo a Jesús Eucaristía. Y no olvidemos que, junto a Jesús Eucaristía, siempre hay millones de ángeles adorándolo y también está María, nuestra Madre, acompañando a su Hijo Jesús.

Fuente: P. Ángel Peña, Los niños y la Eucaristía

Al Sagrado Corazón de Jesús


Rendido tus pies, ¡oh Jesús mío!, considerando las inefables muestras de amor que me has dado y las sublimes lecciones que me enseña de continuo tu adorabilísimo Corazón, te pido humildemente la gracia de conocerte, amarte y servirte como fiel discípulo tuyo, para hacerme digno de las gracias y bendiciones que generoso concedes a los que de veras te conocen, aman y sirven.

¡Mira que soy muy pobre, dulcísimo Jesús, y necesito de Ti como el mendigo de la limosna que el rico le ha de dar! ¡Mira que soy muy ignorante, oh soberano Maestro, y necesito de tus divinas enseñanzas, para luz y guía de mi ignorancia! ¡Mira que soy muy frágil, oh poderosísimo amparo de los débiles, y caigo a cada paso, y necesito apoyarme en Ti para no desfallecer!

Sé todo para mí, Sagrado Corazón: socorro de mi miseria, luz de mis ojos, báculo de mis pasos, remedio de mis males, auxilio en toda necesidad.

De Ti lo espera todo mi pobre corazón. Tú lo alentaste y convidaste cuando con tan tiernas palabras dijiste repetidas veces en tu Evangelio: Venid a Mí,... Aprended de Mí... Pedid, llamad...

A las puertas de tu Corazón vengo pues hoy, y llamo, y pido, y espero. Del mío te hago, oh, Señor, firme, formal y decidida entrega. Tómalo, y dame en cambio lo que sabes me ha de hacer bueno en la tierra y dichoso en la eternidad.

Amén.

Fuente: Oración y Acto de Consagración al Sagrado Corazón de Jesús

Carta de San Luis Orione desde Itatí


San Luis Orione visitó Itatí el 27 de junio de 1937. Su llegada al pueblo de la Virgen, lo relata en una carta del día 27 de junio de 1937:

Estoy en Itatí, bajo la mirada de María Santísima, venerada, en este extremo de la Argentina, en una de las imágenes suyas más milagrosas. La trajo aquí un santo franciscano, el P. Bolaños, que vino a evangelizar a los indios; el nombre del santo Misionero está aún en gran veneración, especialmente en los alrededores de Corrientes; él está sepultado en Buenos Aires, y yo he ido a arrodillarme en su tumba, en la Iglesia de San Francisco.

Esta mañana he tenido el consuelo de decir la misa a los pies de Nuestra Señora de Itatí: los he recordado a todos y los he recordado tanto, también en las visitas sucesivas que, durante la jornada, he podido hacer a la Santísima Virgen.

Cuando entré, la antigua iglesia estaba llena del pueblo devoto; me arrodillé en el fondo, en el rincón del publicano y sentí toda la felicidad de encontrarme en la Casa de la Virgen. A los pies de la Santísima Virgen de Itatí pude celebrar dos Misas, y pasé horas felices.

¡María! ¡María Santísima! ¿No eres tú “el segundo nombre”? ¿Hay un nombre más suave y más invocado después del Nombre del Señor? ¿Hay una criatura más humana, hay una mujer, hay una madre más santa, más grande, más piadosa? “María -dice el Evangelio- de quien nació Jesús”. De María nació Jesús -Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre-, por lo que María es la Mater Dei!

Nuestras madres pasaron, murieron: María, madre de nuestras madres, es la Gran Madre que no muere. Han pasado 20 siglos, y está más viva hoy que cuando cantó el Magníficat y profetizó que todas las generaciones la llamarían beata.

María vive y queda, porque Dios desea que todas las generaciones la sientan y la tengan como Madre. María es la gran Madre que brilla de gloria y de amor en el horizonte del Cristianismo: es guía y consuelo para cada uno de nosotros, es potente y misericordiosísima Madre para todos aquellos que la llaman y la invocan.

Es la misericordiosísima y santísima Madre que siempre escucha los gemidos de quien sufre, que de inmediato corre a conceder nuestras súplicas. La Iglesia -desde los tiempos apostólicos, y luego más y más veces- sintió la necesidad y el deber de establecer su culto: lo proclamó con sus Padres, con los Apologistas, con los grandes Doctores, y lo defendió con la sangre de sus Mártires. Oh los pesares y las inauditas persecuciones y sufrimientos, los exilios y los tormentos atrocísimos sostenidos por Papas y por Obispos venerables y por muchos Santos por el culto y la devoción a la gran Madre de Dios y nuestra, ¡María Santísima! La Iglesia Madre de Roma, tiene las raíces de su culto a María en las Catacumbas. ¡Oh, cómo María fue venerada en la Iglesia con fervor constante y universal! ¡Y qué sublimemente fue celebrada! ¿Qué Santo y qué Orden Religiosa no se consagró a Ella?

Fuente: basilicadeitati.org.ar

La misión de los padres

El Beato Carlos de Austria y la Sierva de Dios Zita, junto a algunos de sus hijos

La misión que Dios ha encomendado a los padres de proveer al bien temporal y al bien eterno de la prole y de procurar a los hijos una adecuada formación religiosa, nadie puede arrebatarla a los padres sin una grave lesión del derecho. Esta adecuada formación debe, sin duda, tener también como finalidad preparar la juventud para la aceptación de aquellos deberes de noble patriotismo, con cuyo cumplimiento inteligente, voluntario y alegre se demuestre prácticamente el amor a la tierra patria. Pero, por otra parte, una educación de la juventud que se despreocupe, con olvido voluntario, de orientar la mirada de la juventud también a la Patria sobrenatural, será totalmente injusta tanto contra la propia juventud como contra los deberes y los derechos totalmente inalienables de la familia cristiana; y, consiguientemente, por haberse incurrido en una extralimitación, el mismo bien del pueblo y del Estado exige que se pongan los remedios necesarios. Una educación semejante podrá, tal vez, parecer a los gobernantes responsables de ella una fuente de aumento de fuerza y de vigor; pero las tristes consecuencias que de aquélla se deriven demostrarán su radical falacia. El crimen de lesa majestad contra el Rey de los reyes y Señor de los que dominan (1Tim 6,15; Ap 19,16) cometido con una educación de los niños indiferente y contraria al espíritu y a sentimiento cristianos, al estorbar e impedir el precepto de Jesucristo: Dejad que los niños vengan a mí (Mc 10,14), producirá, sin duda alguna, frutos amarguísimos. Por el contrario, el Estado que libera estas preocupaciones a las madres y a los padres cristianos, entristecidos por esta clase de peligros, y mantiene enteros los derechos de la familia, fomenta la paz interna del Estado y asienta el fundamento firme sobre el cual podrá levantarse la futura prosperidad de la patria. Las almas de los hijos que Dios entregó a los padres, purificadas con el bautismo y señaladas con el sello real de Jesucristo, son como un tesoro sagrado, sobre el que vigila con amor solícito el mismo Dios. El divino Redentor, que dijo a los apóstoles: Dejad que los niños vengan a mí, no obstante su misericordiosa bondad, ha amenazado con terribles castigos a los que escandalizan a los niños, objeto predilecto de su corazón. Y ¿qué escándalo puede haber más dañoso, qué escándalo puede haber más criminal y duradero que una educación moral de la juventud dirigida equivocadamente hacia una meta que, totalmente alejada de Cristo, camino, verdad y vida, conduce a una apostasía oculta o manifiesta del divino Redentor? Este divino Redentor que se le roba criminalmente a las nuevas generaciones presentes y futuras es el mismo que ha recibido de su Eterno Padre todo poder y tiene en sus manos el destino de los Estados, de los pueblos y de las naciones. El cese o la prolongación de la vida de los Estados, el crecimiento y la grandeza de los pueblos, todo depende exclusivamente de Cristo. De todo cuanto existe en la tierra, sólo el alma es inmortal. Por eso, un sistema educativo que no respete el recinto sagrado de la familia cristiana, protegido por la ley de Dios; que tire por tierra sus bases y cierre a la juventud el camino hacia Cristo, para impedirle beber el agua en las fuentes del Salvador (cf Is 12,3), y que, finalmente, proclame la apostasía de Cristo y de la Iglesia como señal de fidelidad a la nación o a una clase determinada, este sistema, sin duda alguna al obrar así, pronunciará contra sí mismo la sentencia de condenación y experimentará a su tiempo la ineluctable verdad del aviso del profeta: Los que se apartan de ti serán escritos en la tierra (Jer 17,13) .

Fuente: S.S. Pio XII, Carta Encíclica Summi Pontificatus

Los hijos son la primavera de la familia


“Os bendiga Dios, fuente de la vida”. La bendición de Dios no sólo es el origen de la comunión conyugal, sino también de la apertura responsable y generosa a la vida. Los hijos son en verdad la primavera de la familia y de la sociedad. El matrimonio florece en los hijos: ellos coronan la comunión total de vida (“totius vitae consortium”: Código de derecho canónico, c. 1055, 1), que convierte a los esposos en “una sola carne”; y esto vale tanto para los hijos nacidos de la relación natural entre los cónyuges, como para los queridos mediante la adopción. Los hijos no son un “accesorio” en el proyecto de una vida conyugal. No son “algo opcional”, sino “el don más excelente”, inscrito en la estructura misma de la unión conyugal.

La Iglesia, como se sabe, enseña la ética del respeto a esta institución fundamental en su significado al mismo tiempo unitivo y procreador. De este modo, expresa el acatamiento que debe dar al designio de Dios, delineando un cuadro de relaciones entre los esposos basadas en la aceptación recíproca sin reservas. De este modo se respeta, sobre todo, el derecho de los hijos a nacer y crecer en un ambiente de amor plenamente humano.

A esta tarea están llamados los padres y los hijos, pero, el nosotros” de los padres, marido y mujer, se desarrolla, por medio de la generación y de la educación, en el “nosotros” de la familia, que deriva de las generaciones precedentes y se abre a una gradual expansión. Cuando se respetan las funciones, logrando que la relación entre los esposos y la relación entre los padres y los hijos se desarrollen de manera armoniosa y serena, es natural que para la familia adquieran significado e importancia también los demás parientes, como los abuelos, los tíos y los primos. A menudo, en estas relaciones fundadas en el afecto sincero y en la ayuda mutua, la familia desempeña un papel realmente insustituible, para que las personas que se encuentran en dificultad, los solteros, los viudos, y los huérfanos encuentren un ambiente agradable y acogedor. La familia no puede encerrarse en sí misma. La relación afectuosa con los parientes es el primer ámbito de esta apertura necesaria, que proyecta a la familia hacia la sociedad entera.

Que la Virgen María, “Reina de la familia”, os acompañe siempre con su mano materna.

Fuente: S.S. Juan Pablo II, Homilía del 15 de octubre de 2000

Carta de Juan Pablo II a las familias (II)


¿Cómo no recordar, a este respecto, las desviaciones que el llamado estado de derecho ha sufrido en numerosos países? Unívoca y categórica es la ley de Dios respecto a la vida humana. Dios manda: “No matarás” (Ex 20, 13). Por tanto, ningún legislador humano puede afirmar: te es lícito matar, tienes derecho a matar, deberías matar. Desgraciadamente, esto ha sucedido en la historia de nuestro siglo, cuando han llegado al poder, de manera incluso democrática, fuerzas políticas que han emanado leyes contrarias al derecho de todo hombre a la vida, en nombre de presuntas y aberrantes razones eugenésicas, étnicas o parecidas. Un fenómeno no menos grave, incluso porque consigue vasta conformidad o consentimiento de opinión pública, es el de las legislaciones que no respetan el derecho a la vida desde su concepción. ¿Cómo se podrían aceptar moralmente unas leyes que permiten matar al ser humano aún no nacido, pero que ya vive en el seno materno? El derecho a la vida se convierte, de esta manera, en decisión exclusiva de los adultos, que se aprovechan de los mismos parlamentos para realizar los propios proyectos y buscar sus propios intereses.

Nos encontramos ante una enorme amenaza contra la vida: no sólo la de cada individuo, sino también la de toda la civilización. La afirmación de que esta civilización se ha convertido, bajo algunos aspectos, en “civilización de la muerte” recibe una preocupante confirmación. ¿No es quizás un acontecimiento profético el hecho de que el nacimiento de Cristo haya estado acompañado del peligro por su existencia? Sí, también la vida de Aquel que al mismo tiempo es Hijo del hombre e Hijo de Dios estuvo amenazada, estuvo en peligro desde el principio, y sólo de milagro evitó la muerte.

Sin embargo, en los últimos decenios se notan algunos síntomas confortadores de un despertar de las conciencias, que afecta tanto al mundo del pensamiento como a la misma opinión pública. Crece, especialmente entre los jóvenes, una nueva conciencia de respeto a la vida desde su concepción; se difunden los movimientos pro-vida. Es un signo de esperanza para el futuro de la familia y de toda la humanidad.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

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