Meditando en la Navidad (V)


Representémonos el viaje de María y José hacia Belén, llevando consigo aún no nacido, al Creador del universo, hecho hombre. Contemplemos la humildad y la obediencia de ese Divino Niño, que aunque de raza judía y habiendo amado durante siglos a su pueblo con una predilección inexplicable obedece así a un príncipe extranjero que forma el censo de población de su provincia, como si hubiese para él en esa circunstancia algo que le halagase, y quisiera apresurarse a aprovechar la ocasión de hacerse empadronar oficial y auténticamente como súbdito en el momento en que venía al mundo.

El anhelo de José, la expectativa de María son cosas que no puede expresar el lenguaje humano. El Padre Eterno se halla, si nos es lícito emplear esta expresión, adorablemente impaciente por dar a su hijo único al mundo y verle ocupar su puesto entre las criaturas visibles. El Espíritu Santo arde en deseos de presentar a la luz del día esa santa humanidad, que Él mismo ha formado con divino esmero. En cuanto al divino Niño, objeto de tantos anhelos, recordemos que hacia nosotros avanza lo mismo que hacia Belén.

Apresuremos con nuestro deseo el momento de su llegada; purifiquemos nuestras almas para que sean su mística morada, y nuestros corazones para que sean su mansión terrenal; que nuestros actos de mortificación y desprendimiento “preparen los caminos del Señor y hagan rectos sus senderos”.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Meditando en la Navidad (IV)


Jesús había sido concebido en Nazaret, domicilio de San José y de María, y allí era de creerse que había de nacer, según todas las probabilidades. Más Dios lo tenía dispuesto de otra manera y los profetas habían anunciado que el Mesías nacería en Belén de Judá, ciudad de David. Para que se cumpliese esa predicción, Dios se sirvió de un medio que no parecía tener ninguna relación con este objeto, a saber: la orden dada por el emperador Augusto de que todos los súbditos del imperio romano se empadronasen en el lugar de donde eran originarios. María y José como descendientes que eran de David, no estaban dispensados de ir a Belén, y ni la situación de la Virgen Santísima ni la necesidad en que estaba José del trabajo diario que les aseguraba la subsistencia, pudo eximirles de este largo y penoso viaje, en la estación más rigurosa e incómoda del año.

No ignoraba Jesús en qué lugar debería nacer, e inspiraba a sus padres que se entreguen a la Providencia, y que de esta manera concurran inconscientemente a la ejecución de sus designios.

Almas interiores, observad este manejo del divino Niño, porque es el más importante de la vida espiritual: aprended que quien se haya entregado a Dios ya no ha de pertenecerse a sí mismo, ni ha de querer en cada instante sino lo que Dios quiera para él; siguiéndole ciegamente aún en las cosas exteriores, tales como el cambio de lugar donde quiera que le plazca conducirle. Ocasión tendréis de observar esta dependencia y esta fidelidad inviolable en toda la vida de Jesucristo, y este es el punto sobre el cual se han esmerado en imitarle los santos y las almas verdaderamente interiores, renunciando absolutamente a su propia voluntad.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Meditando en la Navidad (III)


María no cesaba de aspirar por el momento en que gozaría de esa visión beatífica terrestre: la faz de Dios encarnado. Estaba a punto de ver aquella faz humana que debía iluminar el cielo durante toda la eternidad. Iba a leer el amor filial en aquellos mismos ojos cuyos rayos deberían esparcir para siempre la felicidad en millones de elegidos. Iba a ver aquel rostro todos los días, a todas horas, cada instante, durante muchos años. Iba a verle en la ignorancia aparente de la infancia, en los encantos particulares de la juventud y en la serenidad reflexiva de la edad madura.

Haría todo lo que quisiese de aquella faz divina; podría estrecharla contra la suya con toda la libertad del amor materno; contemplarla a su gusto durante su sueño o despierto, hasta que la hubiese aprendido de memoria.

¡Cuán ardientemente deseaba ese día! Tal era la vida de expectativa de María. No nos contentemos con admirar a Jesús residiendo en María, sino pensemos que en nosotros también reside por esencia, potencia y presencia.

Sí, Jesús nace continuamente en nosotros y de nosotros, por las buenas obras que nos hace capaces de cumplir, y por nuestra cooperación a la gracia; por la manera que el alma del que se halla en gracia es un seno perpetuo de María, un Belén interior sin fin. Después de la comunión Jesús habita en nosotros, durante algunos instantes, real y sustancialmente como Dios y como hombre, porque el mismo Niño que estaba en María está también en el Santísimo Sacramento. ¿Qué es todo esto sino una participación de la vida de María durante esos maravillosos meses, y una expectativa llena de delicias como la suya?

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Meditando en la Navidad (II)


Desde el seno de su Madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su Voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades.

¿Deseamos hacer una verdadera oración? Empecemos por formarnos de ella una exacta idea contemplando al Niño en el seno de su Madre. El Divino Niño ora y ora del modo más excelente. No habla, no medita ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es su oración; y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.

Unámonos a las oraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos al profundo abatimiento y sea este el primer efecto de nuestro sacrificio a Dios. Démonos a Dios, no para ser algo como lo pretende continuamente nuestra vanidad, sino para ser nada, para quedar enteramente consumidos y anonadados, para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza aunque sea espiritual, a todo movimiento de vanagloria.

Desaparezcamos a nuestros propios ojos y que sólo Dios sea todo para nosotros.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

Meditando en la Navidad (I)


Admirando en primer lugar el alma del divino Niño, consideremos en ella la plenitud de su gracia santificadora. Pidámosle que sus divinas facultades suplan la debilidad de las nuestras y les den nueva energía; que su memoria nos enseñe a recordar sus beneficios, su entendimiento a pensar en Él, su voluntad a no hacer sino lo que Él quiere y en servicio suyo.

Del alma del Niño Jesús pasemos ahora a su cuerpo, que era un mundo de maravillas, una obra maestra de la mano de Dios. El Espíritu Santo formó ese cuerpecillo divino con tal delicadeza y tal capacidad de sentir, que pudiese sufrir hasta el exceso para cumplir la grande obra de nuestra Redención.

La belleza de ese cuerpo del divino Niño fue superior a cuanto se ha imaginado jamás; la divina Sangre que por sus venas empezó a circular desde el momento de la Encarnación es la que lava todas las manchas del mundo culpable.

Pidámosle que lave las nuestras en el sacramento de la Penitencia, para que el día de su Navidad nos encuentre purificados, perdonados y dispuestos a recibirle con amor y provecho espiritual.

Fuente: Fernando de Jesús Larrea, Novena de Navidad

El gran Amor de Dios a cada uno de nosotros


Lo que da al amor de Dios mayor fuerza y eficacia es el ser personal y particular a cada uno de nosotros, lo mismo que si estuviéramos solos en el mundo.

Un hombre bien persuadido de esta verdad, a saber, de que Dios le ama personalmente y de que sólo por amor a él ha creado el mundo con cuantas maravillas encierra; que sólo por amor a él se ha hecho hombre y ha querido ser su guía, servidor y amigo, su defensor y su compañero en el viaje del tiempo a la eternidad; que sólo para él ha instituido el bautismo, en que por la gracia y los merecimientos de Jesucristo se hace uno hijo de Dios y heredero del reino eterno; que sólo para él le da al Espíritu Santo con su persona y sus dones; que sólo para sí recibe en la Eucaristía la persona del Hijo de Dios, las dos naturalezas de Jesucristo, así como su gloria y sus gracias; que para sus pecados tiene una omnipotente y siempre inmolada víctima de propiciación; que en la penitencia Dios le ha preparado un remedio eficaz para todas sus enfermedades, y hasta un bálsamo de resurrección de la misma muerte; que para santificarle ha instituido el sacerdocio, que llega hasta él mediante una sucesión nunca interrumpida; que ha querido santificar y divinizar el estado del matrimonio, haciendo del mismo el símbolo de su unión con la Iglesia; que le ha preparado un viático lleno de dulzura y de fuerza para su hora suprema; que para guardarle, ayudarle, consolarle y sostenerle ha puesto a su disposición a sus ángeles y a sus santos, hasta a su propia augusta Madre; que le ha preparado un magnífico trono en el cielo, donde se dispone a colmarle de honores y de gloria, donde su manjar será ver a la Santísima Trinidad y gozar de Ella, a la que contemplará y abrazará sin velos y sin intermediario alguno.

Un hombre bien penetrado de todo esto debiera estallar de amor, vivir de amor y consumirse de amor.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

Un padre de familia camino a la beatificación

El Siervo de Dios Enrique Shaw

Casarse es no pertenecer más a sí mismo. ¿Cómo puede secarse el amor de los esposos, si han sido creados y unidos para darse a Dios uno a otro? La vida convivida por dos florece, se hace infinita. El crecimiento del amor no es automático. Hay que recrearlo. Un matrimonio es feliz cuando uno de los cónyuges se propone no ser feliz él, sino hacer feliz al otro.

En la familia sean todos verdaderamente adoradores de Dios sobre la tierra, para luego serlo también en el cielo. Si nosotros somos santos, lo serán también nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. A nuestros hijos hay que hablarles mucho del “plan de Dios”. Es el fundamento más profundo y más claro para preservar la pureza; porque en general todo conspira en su contra, sobre todo a una determinada edad.

Bello país el de aquí abajo donde a cada minuto puedo hacerme más santo. Para convertir al mundo no hay sino una manera: “ser santo”. La forma de mejorar la Iglesia es la santidad. Nuestro deber consiste en obrar con inteligencia y santidad. Quiero amar la voluntad de Dios, con alegría, sin desviaciones por debilidad.

Debo hacer que Cristo reine en mí: en nuestro matrimonio, en nuestra familia, en las empresas donde trabajo, en la Patria, en la Iglesia. Quiero ser más regular en confesarme, diciendo con humildad: “Padre, bendíceme porque he pecado”; y luego, ser agradecido por la infinita misericordia de Dios.

El apóstol debe saber lo que piensa Cristo y vivir esa caridad en su trabajo, en el hogar, en el lugar donde lo colocó la Providencia. Debe entregarse sin reservas.

Fuente: Enrique Shaw, Notas y apuntes personales

Madre Inmaculada


Esta invocación se refiere a la Inmaculada Concepción de nuestra Madre la Virgen María.

Esta verdad revelada es que Ella fue concebida en el seno de su madre, Santa Ana, sin mancha de pecado original.

El pecado original es el pecado de infidelidad y desobediencia a Dios, cuyas consecuencias hemos heredado, todos nacemos en ese estado y el sacramento del Bautismo es el medio por el cual somos liberados de él.

María nunca vivió en ese estado, fue exceptuada de él por un designio, por un decreto eterno de Dios y según este eterno decreto, el que había nacido desde toda la eternidad, nació en el tiempo para salvarnos, y la redención de María fue entonces resuelta de esta manera especial que llamamos Inmaculada Concepción (Ella fue redimida en previsión de los méritos de su Divino Hijo).

Fue el gesto sabio y providente del gran Pontífice Pío IX quien el 8 de diciembre de 1854, la insertó en el sagrado tesoro de la fe católica por el Dogma de la Inmaculada Concepción.

Este singular privilegio de haber sido preservada de la culpa original, coloca a la Virgen junto al eterno Hijo de Dios, con un linaje de gloria que es el mayor que puede concebirse.

Virgen Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, purifica nuestros corazones y prepáralos para recibir a Jesucristo, el Cordero Inmaculado, en el Sacramento del Amor.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Reina de la familia


Como en el belén, la mirada de fe nos permite abrazar al mismo tiempo al Niño divino y a las personas que están con él: su Madre santísima, y José, su padre putativo. ¡Qué luz irradia este icono de grupo de la santa Navidad! Luz de misericordia y salvación para el mundo entero, luz de verdad para todo hombre, para la familia humana y para cada familia. ¡Cuán hermoso es para los esposos reflejarse en la Virgen María y en su esposo José! ¡Cómo consuela a los padres, especialmente si tienen un hijo pequeño! ¡Cómo ilumina a los novios, que piensan en sus proyectos de vida!

El mensaje que viene de la Sagrada Familia es, ante todo, un mensaje de fe: la casa de Nazaret es una casa en la que Dios ocupa verdaderamente un lugar central. Para María y José esta opción de fe se concreta en el servicio al Hijo de Dios que se le confió, pero se expresa también en su amor recíproco, rico en ternura espiritual y fidelidad.

María y José enseñan con su vida que el matrimonio es una alianza entre el hombre y la mujer, alianza que los compromete a la fidelidad recíproca, y que se apoya en la confianza común en Dios. Se trata de una alianza tan noble, profunda y definitiva, que constituye para los creyentes el sacramento del amor de Cristo y de la Iglesia. La fidelidad de los cónyuges es, a su vez, como una roca sólida en la que se apoya la confianza de los hijos. Cuando padres e hijos respiran juntos esa atmósfera de fe, tienen una energía que les permite afrontar incluso pruebas difíciles, como muestra la experiencia de la Sagrada Familia.

Encomiendo a María, Reina de la familia, a todas las familias del mundo, especialmente a las que atraviesan grandes dificultades, e invoco sobre ellas su protección materna.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 29 de diciembre de 1996

Reina del Santísimo Rosario


Cuan grande es el valor y la excelencia de la oración tanto vocal como mental, pero este valor y excelencia se acrecientan en el Santo Rosario, porque éste asocia y une la oración vocal y la mental. Como oración vocal, el Rosario pone en los labios lo más grande, noble y eficaz que nos enseñaron Jesús y la Iglesia, como oración mental ofrece a la mente y al corazón lo que nuestra religión contiene de más sublime y conmovedor.

La oración dominical (el Padre Nuestro) y la salutación angélica (el Ave María) forman la oración vocal del Santo Rosario; los Misterios de la vida de Cristo, constituyen la oración mental. El Rosario es un catecismo que nos recuerda los Misterios principales de nuestra Religión; ofrece a nuestra consideración la vida de Jesús y la de su santa Madre.

Cuando recemos el Santo Rosario, pongámonos en la presencia de Dios y mientras la boca va repitiendo las oraciones vocales trasladémonos con el pensamiento, por ejemplo a Nazaret y consideremos la humildad de la Virgen, y así considerar cada uno de los Misterios.

El Santo Rosario es fuente de gracias espirituales para las personas y para los hogares. Bienaventuradas aquellas familias que tienen la piadosa costumbre de rezarlo en común.

¡Virgen bendita! Poderoso auxilio de los cristianos, te suplicamos enciendas en nuestra mente y en nuestro corazón el amor hacia la prodigiosa oración del Santo Rosario, que podamos rezarlo en la forma más grata a Dios, la más honrosa para Ti y la de más fruto para nuestras almas.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Reina de todos los Santos


María es el canal por el cual Dios, autor y fuente de toda gracia, hace llegar hasta nosotros la virtud y la santidad.

En el cuerpo místico de Jesucristo, Ella hace, por decirlo así, el oficio de cuello: transmite a la Cabeza las súplicas de los miembros y desde la Cabeza hace llegar a todo el cuerpo místico aquellas gracias por las cuales crece toda virtud, toda perfección y santidad.

Para allanarnos el camino de la santidad, Dios nos propuso en Nuestra Señora un modelo de santidad creada, una luz más suave a nuestros débiles ojos, un modelo, el más cercano a la santidad infinita, que nos animara a imitarla.

Ella poseyó sin duda una perfección y una santidad sobrehumanas, pero una santidad creada, unida a aquella perfección a la que no llegará jamás ninguna criatura; se acerca y toca los confines del infinito.

La santidad de María es solo inferior a la santidad de Dios. María espejo, ejemplo y modelo perfecto de santidad, es lo que nos propone la Iglesia cuando la invoca como Reina de los santos.

Virgen Santa, excelsa Reina de todos los santos, ruega por nosotros.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Reina de las vírgenes


La Iglesia, no satisfecha con haber invocado a María con el título de Santa Virgen de las Vírgenes, la invoca como Reina de todos aquellos que profesan la virginidad, para hacernos conocer y apreciar las grandes ventajas que aporta a la Iglesia ese estado, que inició Aquella que es llamada por antonomasia la Santísima Virgen.

Ella fue la primera en profesar solemnemente la virginidad, que antes era considerada como ignominiosa entre las mujeres hebreas.

Elevó esta virtud a la más alta cumbre de perfección posible a la criatura.

Fue la suya una virginidad singular y única, asociada por prodigio Divino a la maternidad.

María es honrada con el título de Reina de las Vírgenes, porque el ejemplo y protección de Ella inspiran y proporcionan amor a la virginidad, guardan y conservan esta noble virtud. El ejemplo y la protección de esta Reina son admirablemente fecundos en la Iglesia.

La sabiduría inspirada de la Iglesia muestra al mundo cuán fecunda es la santa virginidad.

¡Oh Virgen Santísima, Reina de los Vírgenes! Te pedimos para todos los fieles nos alcances la gracia de la castidad, conveniente a cada estado de vida y la pureza del alma. Ayúdanos a cuidar nuestros sentidos, nuestro corazón y nuestra mente de todo cuanto pueda mancharnos.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Reina de los Ángeles


A la diestra del Rey, el Salmista vio a una Reina, vestida con manto de oro, gozosa del poder que Dios le ha otorgado, de poder conceder a quien la invoca toda clase de gracias y bendiciones. Esta Reina es María que fue investida de esta dignidad cuando Dios Padre, desde toda la eternidad la eligió por su Hija, por Esposa del Divino Espíritu y por Madre de su Unigénito y fue constituida Reina, no solo de los hombres, sino también de los Ángeles.

Los ángeles son ministros del Omnipotente. ¡Qué honor tener dominio sobre estos espíritus tan nobles; ser Reina de súbditos tan numerosos y potentes! Y esta autoridad y poder corresponde a María Reina de los Ángeles, porque les aventaja en dignidad, es más excelsa que ellos.

La raíz de su excelsa dignidad, de su autoridad y de sus privilegios se debe a que es Madre del Verbo Divino. Ella pudo decir con el Padre Eterno: “Tu eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”.

La causa de tanta exaltación de María fue su singular humildad. Veamos en la Anunciación el ejemplo tan grande de humildad de María. Ante la sublime revelación del Ángel que la proclama Madre de Dios, Ella protesta ser solamente la humilde esclava del Señor. La verdadera humildad se manifiesta en la obediencia.

¡Oh Madre amada, Reina de los Ángeles, alcánzanos la gracia de saber combatir nuestro amor propio para ser verdaderamente humildes!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Auxilio de los cristianos


El Corazón de la Virgen María es tan grande que abarca y contiene a toda la humanidad. Dios la creó para que fuera su Madre y Madre de todos, la dotó de esta universalidad de afectos para que los afligidos, los enfermos, los pecadores, que recurren a Ella, experimenten esta singular bondad suya.

En la Iglesia se centra la Obra santificadora de Cristo y aunque ella es la amada esposa de Jesús, no la sustrajo a las vicisitudes humanas y quiso que tuviera la apariencia de debilidad. En realidad, posee la misma fuerza de Dios, que le prometió la asistencia perenne del Espíritu Santo y así se apoya segura y confiada en las palabras infalibles de su Fundador: “He aquí que estaré con vosotros hasta el fin de los siglos”.

San Juan en el Apocalipsis la describe como la ciudad santa, la nueva Jerusalén y así, la nueva Jerusalén (la Iglesia), tiene en María Santísima a su poderosa defensora contra los enemigos de todos los tiempos. Estos enemigos son de dos clases: internos y externos. Los internos son aquellos que atentan a la verdad que la Iglesia nos enseña, los que pretenden introducir en ella, el error, o sea, los mismos cristianos que se oponen con obstinación, con terquedad a lo que propone la Iglesia Católica. Los enemigos externos son los que no perteneciendo a la Iglesia Católica, la atacan y pretenden destruir la fe de sus miembros que son el Cuerpo Místico de Cristo.

¡Oh Madre Santísima, Auxilio de los cristianos, ruega por nosotros!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

La nueva cara de un mensaje blasfemo


En 2007 llegó al cine “La brújula dorada”, y ahora en formato serie se estrenó para la televisión la terrible historia fantástica anticatólica del ateo Philip Pullman, contraria a la existencia de Dios, con el título “La materia oscura”. Esta adaptación, peligrosamente atrapante para niños y jóvenes, habla de una batalla de mundos fantásticos contra Dios Padre, representado al final, en un anciano al que logran matarlo.

La teología de La Materia Oscura es una especie de gnosticismo postmoderno que presenta el pecado original y la actuación tentadora de los ángeles infernales como el inicio y la señalización del camino hacia el conocimiento y la plenitud del ser humano. Pullman, habiendo inmunizado a sus jóvenes lectores contra la cosmovisión cristiana, nos deja con una selección de virtudes: libertad, benevolencia, bondad, coraje y, sobre todo, amor, flotando sin fundamento aparente. Esa falta de apoyo, ese fluir descompensado y errático de las virtudes que deambulan sin rumbo por la serie lleva a donde sin duda nos vamos acercando, aunque no deseemos llegar, un lugar ya señalado por Chesterton como aquel en el que “quedan sueltas las virtudes, y estas vagan con mayor desorden y causan todavía mayores daños”.

Esas circunstancias enumeradas, supondrían ya de por sí motivación suficiente para alejar a los chicos de estas novelas y de este autor. Pero hay algo más. Porque estas lecturas consumen un tiempo precioso en un momento vital especialmente sensible, un tiempo que los adolescentes necesitan para adquirir los pilares básicos de su formación, pues ideas como las que Phillip Pullman defiende y propaga son las que se encontrarán a lo largo de sus vidas, y ¿cómo podrán sortearlas y combatirlas si carecen de una base sólida? Ahora no es el momento para que los jóvenes se topen con ellas, sino para que se preparen para hacerles frente. Así que alejen a Pullman y a su oscuridad de ellos.

Fuente: Cf. infocatolica.com

Consuelo de los afligidos


Cuando el dolor se nos presenta en alguna de sus formas, se pregunta uno angustiosamente ¿por qué el dolor?

Solamente la fe nos da una respuesta tranquilizadora, digna de la Sabiduría de Dios y de la dignidad del hombre.

El pecado introdujo en el mundo el dolor y la muerte: del pecado provienen las adversidades.

El dolor recibió de Dios una misión providencial; es el artífice de toda grandeza moral. Para que el dolor cumpla en nosotros su misión debe ser acogido con fe consciente y con cristiana resignación.

Sin embargo, el dolor es siempre dolor y exprime del corazón las lágrimas que son la sangre del alma. ¿Quién podrá ofrecernos el alivio necesario? ¿Quién podrá consolarnos? María Santísima, nuestra amorosa Madre la Consoladora de los afligidos, Ella puede y quiere endulzar nuestras amarguras y aliviar nuestros dolores, si se lo permitimos.

María hace suyas nuestras aflicciones y se apropia nuestro dolor, si se lo entregamos, y una sola mirada de piedad y de amor de esta dulce Madre basta para tranquilizar el corazón más adolorado y suavizar las más fuertes adversidades.

¡Oh Madre piadosa, Consuelo de los afligidos, calma nuestras angustias!

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Refugio de los pecadores


Este piadoso oficio de María Santísima no se debe entender como contrario a la justicia Divina sino que más bien, Ella cumple de esta manera la amorosa voluntad de Dios, que constituye a nuestra Señora como un refugio para que por su medio brille Su Infinita Misericordia que quiere la conversión de los pecadores.

Jesucristo es nuestro Mediador ante el Padre. Nos dice San Juan: “Os escribo esto para que no pequéis y si alguien peca tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo”, pero además de Él, tenemos a María, Madre de Dios y Madre nuestra, constituida por Dios medianera entre Él y nosotros pecadores.

Dos gracias principales son necesarias a un pecador para alcanzar la futura felicidad: La conversión o el perdón de los pecados y la perseverancia en el bien.

Ambas gracias nos alcanza María Refugio de los pecadores, si se lo pedimos continuamente y si “hacemos lo que Él nos dice”, como Ella nos lo pide.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Salud de los enfermos


La Santa Iglesia nos propone una Doctora poderosa, sabia y amorosa: La Santísima Virgen María, salud de los enfermos, que nos ayuda y conforta.

En primer lugar consideremos que Ella intercede por nosotros para adquirir la salud del alma y nos ayuda a apartarnos del mal que la destruye.

Si en todo momento de la vida necesitamos la ayuda de Dios y del socorro y protección de María, esta necesidad se hace más sensible y urgente en la enfermedad.

Pidamos a nuestra Amada Madre su auxilio para nosotros y para nuestros familiares y Ella benignamente nos escuchará y nos ayudará.

Una madre vela a su hijo enfermo de día y de noche sin mostrar cansancio; estudia todas las formas de procurarle alivio, ruega y se sacrifica para curar a su hijo. ¿Qué la mueve? la mueve su amor, el amor que Dios puso en el corazón de las madres, y que es un pálido reflejo del amor maternal de María, amor vigilante y solícito cuando sus hijos están afligidos por la enfermedad.

El Evangelio nos dice que muchos enfermos fueron curados prodigiosamente por Jesucristo. Él le ha cedido en el cielo a su Santísima Madre esta virtud, este dominio sobre la naturaleza doliente. Es Ella la que alcanza en el corazón de quien está próximo a morir el perfecto dolor de los pecados, el valor de confesarlos sinceramente, el fervor y el anhelo de recibir el Santísimo Sacramento y también la resignación a la voluntad Divina.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Estrella de la mañana


La Iglesia que va recogiendo en las Letanías las más preciadas flores del pensamiento, de la naturaleza y del simbolismo para coronar a la Santísima Virgen, su Madre y Reina, le muestra su amor, combinando figuras y símbolos que expresan dignidad, elevación, fuerza, esplendor y hermosura singular, todo apropiado a la dulce Reina del Cielo.

Toda aspiración del alma, todo sentimiento, todo afecto del corazón, encuentra su eco en las Letanías.

En esta Invocación, la Iglesia toma por símbolo la Estrella, María no es una estrella común, es la Estrella de la mañana, el astro más brillante del cielo, después del sol. Figura expresiva y noble de María que por su excelsa dignidad de Madre de Dios, es el astro más brillante del cielo, después del Divino Sol de Justicia: Jesucristo.

La estrella de la mañana anuncia el fin de la noche y la luz de la aurora, el principio del día: de la misma manera, la Virgen María anunció al nacer, el fin de la noche y de las tinieblas en la que los hombres de tantos siglos yacían sepultados. Ella es la bellísima aurora que anuncia un día todavía más hermoso en que el Sol divino: Jesucristo, ha de iluminar al mundo.

El largo y paciente trabajo de modelar nuestra vida sobre el ejemplo luminoso de María Santísima requiere el ejercicio de la mente y de la voluntad que deben ser confortados continuamente por la Divina gracia de los sacramentos. La estrella de los hijos, que debe brillar, por así decirlo, en el cielo de la familia, es el ejemplo de los padres, sin el cual para nada ayudarían ni la más cuidada educación ni las más prudentes correcciones.

Para nosotros, los mortales, que navegamos en el mar de la vida, María debe ser siempre la guía que nos conduzca al Puerto Seguro ¡el Corazón de su Divino Hijo!, para alcanzar la felicidad eterna.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Puerta del Cielo


María Santísima es invocada como Puerta del Cielo porque fue por Ella que Nuestro Señor Jesucristo pasó del Cielo a la tierra.

Fue voluntad de Dios, que aceptara voluntariamente y con pleno conocimiento el ser Madre de Jesús y no que fuera un simple instrumento pasivo, cuya maternidad no hubiera tenido mérito ni recompensa. Dios esperó la respuesta de Ella que con pleno consentimiento de un corazón lleno de amor de Dios y con gran humildad pronunció las sublimes palabras “hágase en mí, según tu palabra”. Fue por este consentimiento que se convirtió en la Puerta del Cielo, porque el Verbo Divino entró en el mundo al Encarnarse en el Seno Purísimo de María y habitó entre nosotros.

El amor y la devoción a María son el medio más eficaz y seguro para conseguir la gracia Divina y los dones de la fe.

La fe en la Santísima Humanidad de Jesucristo se aclara y se afirma; nos da luz, al reflexionar y meditar en la prodigiosa Maternidad Virginal de María. Por medio de Ella, conocemos también a Dios.

María Santísima es Madre del verdadero Dios y verdadero Hombre.

Podemos entender la decisiva importancia que tiene la verdadera devoción a la Excelsa Madre de Dios, devoción sólida y perseverante de amor efectivo, de obras buenas y de constante alejamiento del pecado.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Arca de la Alianza


Todos los personajes más ilustres, los más notables sucesos y las cosas más nobles del Antiguo Testamento eran figuras de los acontecimientos y de los personajes del Nuevo, enseña el Apóstol San Pablo, por esto representaban a Cristo principalmente, a su Iglesia y a María su Madre, así eran figuras de Ella: el Arca de la Noé, el Arca de la Alianza, etc.

El Arca simbolizaba la firmeza y la constancia de María en la práctica de las más singulares y excelsas virtudes que poseía. El Arca estaba forrada por dentro y por fuera de oro purísimo y simbolizaba a María, llena de todas las virtudes, especialmente del amor a Dios y a la humanidad, que es la más preciosa de todas las virtudes. El Arca era la mayor gloria de Israel, Dios residía en ella, desde ella daba sus respuestas y daba a conocer al pueblo su voluntad. La Virgen Santísima, es después de Dios, la gloria y la alegría de la celestial Jerusalén y de la Jerusalén terrestre: la Santa Iglesia.

En resumen, en el Arca nos place ver especialmente el símbolo de María Inmaculada, que concibió al Verbo de Dios y lo dio a luz de modo inefable. Esta Arca mística fue también construida bajo el diseño Divino. San Bernardo la llama “escogida y conocida desde toda la eternidad por el Altísimo para que fuese un día su Madre”.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Casa de Oro


María es llamada Casa de Oro, porque sus virtudes y su pureza que tienen un brillo y una perfección deslumbradora, son como una admirable obra hecha de oro purísimo.

Ante todo se llama Casa. El Verbo de Dios, se lee en los Proverbios, erigió para sí mismo como morada, una noble casa; obra admirable de la eterna Sabiduría en el que habitó con su misma Divina Persona. Nuestro Señor en esta santa casa tomó su Carne y su Sangre. Era necesario que esta Casa fuese hecha de Oro, porque había de dar parte de este oro para formar el Cuerpo del Hijo de Dios.

Esta Casa tiene por sólido fundamento, la humildad más profunda, por paredes las más singulares virtudes; por adorno la riqueza de todos los dones de la naturaleza y de la gracia; por techo la Caridad más perfecta hacia Dios y hacia los hombres. Está cimentada sobre siete columnas que indican las Virtudes Teologales y Cardinales y los dones del Espíritu Santo.

María Santísima pasó por el sufrimiento como el oro por el crisol y cuando subió al cielo fue colocada junto al Rey.

Pidamos la intercesión de nuestra Madre Santísima, Casa de Oro, para que nos obtenga el perdón de los pecados y la perseverancia final para nuestra salvación y la de los nuestros. Dios nada le negará.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Rosa Mística


La rosa es símbolo y figura de la Virgen María, Reina de los Santos y, después de Jesucristo, el ornato principal del jardín místico de Dios que es la Iglesia, más aún, después de Dios, Ella es el esplendor y el ornato del Cielo.

María Santísima floreció en la primavera del mundo, Mística Rosa, pues de sus purísimas entrañas nació Jesucristo, restaurador del mundo.

La rosa nace, crece, abre sus hermosas hojas, esparce su suave fragancia entre las espinas; éstas la rodean y la envuelven por todas partes. María nació, creció, llegó a su singular perfección entre muy punzantes espinas. Las adversidades la elevaron a una sublime santidad. Escogida por Dios para ser copia fiel del Hijo venido a la tierra para sufrir y morir por nosotros y predestinada a ser con el Hijo, Corredentora.

En sus distintos grados, que van del recogimiento interior hasta la unión perfecta del alma con Dios, la vida mística se resume en un intenso acto de amor.

María Santísima vivió y experimentó en su propio ser el Misterio de la Encarnación del divino Verbo en su Purísimo Seno; ¡en qué estado de Mística contemplación viviría Ella esos nueve meses! Y después, el resto de su vida. A qué estado espiritual llegaría su alma Inmaculada. Ella vivió un continuo e inagotable acto de Amor a Dios.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Vaso Honorable


Vaso digno de honor. El honor es la expresión o testimonio exterior que se da a una persona por sus virtudes o por su dignidad. Expresión o testimonio que se rinde con palabras o con hechos. Llamar a María, Vaso Honorable equivale a testimoniar su dignidad y sus virtudes.

María es adoptada desde toda la eternidad, por el Padre como Hija, escogida por el Espíritu Santo como Esposa, elegida por el eterno y Divino Hijo como Madre; Hija, Esposa y Madre respectivamente de las Augustas Personas de la Santísima Trinidad, que la harán digna por la inagotable generosidad de Ellas; y así María de una realeza sin nombre, de una pureza sin medida, de una santidad sin igual, después de la de Dios, avanza triunfadora del mal, hacia el Trono del Altísimo y es saludada por el Padre: ¡llena de gracia!, por el Hijo: ¡el Señor es contigo!, por el Espíritu Santo: ¡Bendita eres entre todas las mujeres!

Esta admirable elección y exaltación de María le abrió los tesoros inagotables de las gracias, de los dones y de los privilegios, con los que Dios quiso ensalzarla y honrarla: la Inmaculada Concepción, la Purísima Virginidad unida a la Divina Maternidad, la Asunción en cuerpo y alma al cielo, la gloria triunfal que la coronó Reina del Cielo y de la tierra.

El honor que se tributa a la Madre redunda ciertamente en el Hijo, en el honor de Quien la hizo tan hermosa.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Vaso Espiritual


En sentido extenso y metafórico, la Sagrada Escritura llama vaso a toda cosa, aún a la persona humana, porque toda criatura en las manos de Dios es como un vaso en la mano del alfarero. Vaso espiritual significa pues, Persona espiritual.

Enseña Santo Tomás de Aquino que en la Sagrada Escritura los hombres son comparados a los vasos, o se llaman vasos bajo cuatro aspectos: por la constitución, por el contenido, por el uso para el cual sirven y por el fruto que traen.

Por la constitución, esto es por la materia y por la forma que el artífice le imprime; tanto más noble y precioso cuanto más preciosa es su materia. María Vaso de oro purísimo, bella y hermosa de alma, la más preciada perla. Dios trabajó esta materia con exquisito cuidado, arte y habilidad y le dio la más hermosa y preciada forma. Dios manifestó en esta singular criatura toda su Sabiduría y Poder Infinito.

El vaso es tanto más estimable en cuanto que está más lleno. Ninguna criatura, ni angelical ni humana es más apreciable que María. Dotada por la generosidad divina de gracias, dones y privilegios, desde el primer instante de su vida; llena la mente y el corazón de Dios, no menos que su purísimo Seno Virginal. Y tanto más estuvo llena de Dios, cuanto más perfectamente estuvo vacía de sí misma.

La nobleza del vaso se revela además por el uso al cual se destina. El uso más digno y más glorioso es al que fue predestinada la Virgen María. La Divina Maternidad es la cumbre de la nobleza y de la gloria.

Por el fruto, esto es por las ventajas y los bienes que nos aportó este Vaso de Elección. Fruto suyo fue Jesucristo, la Redención del género humano y la santificación de las almas, en resumen, todo cuanto tenemos de bueno en este mundo y tendremos en el otro.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Trono de la Sabiduría


El Verbo Divino se encamó en el seno purísimo de María, así vino al ser Madre de Dios, Madre del Verbo, Madre de Cristo Hombre, Madre de la Sabiduría. Por eso, principalmente se le invoca como Trono de la Sabiduría porque puso el Verbo su sede en las Purísimas entrañas de Ella.

Él se hizo para Sí, en el seno Virginal, una morada muy digna y escogida, habitó en Ella, y después de nacer fue llevado en sus brazos durante sus primeros años y estuvo sentado sobre sus rodillas. Siendo realmente también, por decirlo así, el Trono humano de Aquel que reina en el Cielo.

Por encima de todos los santos, María poseyó en grado perfecto la virtud de la Sabiduría, más aún, Ella es la Sede de la Sabiduría. Fue dotada por Dios de un entendimiento naturalmente perfecto, ejercitado y enriquecido por la continua y altísima contemplación y por el conocimiento de la Escritura. En los treinta años que vivió en íntima unión con la Sabiduría Encarnada, cuántas veces recibiría María en el secreto de la Casa de Nazaret los vívidos rayos de la Sabiduría Eterna.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Espejo de Justicia


Por justicia no debemos entender aquí la virtud de la lealtad, de la equidad, de la rectitud en la conducta, sino más bien la justicia o perfección moral, en cuanto abarca, a la vez, todas las virtudes y significa un estado del alma virtuoso y perfecto, de tal manera que el sentido de la palabra justicia es casi equivalente al sentido de la palabra santidad.

Por esto, al ser llamada María, espejo de justicia, lo hemos de entender en el sentido de que es espejo de santidad, de perfección y de bondad sobrenatural. Ella reflejaba a Nuestro Señor, que es la Santidad Infinita.

María llegó a reflejar la santidad de Jesús viviendo con El. ¡Cuán semejantes llegan a ser los que se aman y viven juntos! María amaba a su Divino Hijo con un amor indecible ya que lo tuvo consigo durante treinta años. Si estuvo llena de gracia antes de haberlo concebido en su Seno, debió alcanzar una santidad incomprensiblemente mayor después de haber vivido tan íntimamente con El durante aquellos treinta años.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen Clemente


La clemencia según Santo Tomás de Aquino es aquella virtud que templa el rigor de la justicia con la misericordia; que concede y obtiene el perdón o la disminución del castigo merecido. Esta hermosa y amable virtud, prosigue Santo Tomás, nace del amor. Quien ama a una persona no quiere que ésta sea castigada.

De esto se sigue que cuando el perdón total o la disminución de la pena son compatibles con el verdadero bien, entonces la amorosa clemencia perdona o impetra el perdón.

La clemencia, resplandece en María Santísima más que en cualquier otra persona. Ella se ocupa y se preocupa de impetrar el perdón para los pecadores. Por eso la Iglesia la honra con el título de Virgen Clemente. Nuestra Madre Santísima nos ama porque ama a Dios. El amor de Dios y el amor del prójimo son dos amores inseparables y nadie nos ama como Ella.

No se puede medir el amor Infinito del Corazón de Jesús, aquel Corazón inflamado con las llamas del Amor Divino y que fue atravesado por la lanza. Ningún otro corazón está tan cerca del amor de Jesús, como el de su Madre. Ninguno alcanza tan encendida caridad. Ella nos ama en Cristo, ama en nosotros la Sangre del Hijo derramada en el Calvario y aplicada en los Sacramentos. Ella más que nadie conoce en Dios el altísimo valor de un alma. No hay otro amor más hermoso y más fuerte que el de María porque brota de la purísima fuente del amor de Dios.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen Poderosa


Cuando decimos que María Santísima es omnipotente, no la igualamos a Dios, ni decimos que Ella lo sea por sí misma, este poder, del cual Ella está revestida le viene de Dios, le fue comunicado por gracia especial de Dios.

María es poderosa porque su poder se asocia al de su Hijo Jesucristo. Su divina Maternidad es el fundamento principal de su poder.

Es imposible determinar los límites de esta omnipotencia participada.

Existen dos mundos: el mundo de la materia y el mundo sobrenatural de las almas.

Dos órdenes de omnipotencia: La omnipotencia de Dios Creador y la omnipotencia de Dios Redentor y Santificador.

La omnipotencia participada de María brilla principalmente en el universo sobrenatural en el cual Ella ha sido constituida Madre espiritual de los redimidos, cooperadora de Cristo en la redención y en la salvación de las almas. Decimos principalmente, porque también en el orden físico Ella ejerce un gran poder, como lo prueban las numerosas curaciones que concede a sus devotos. Basta recordar los milagros de Lourdes.

El poder de María Santísima tiene por fin cooperar a la obra de la Redención, a la cual están llamados todos los seres humanos sin distinción y, a alcanzar los bienes de los que tienen necesidad.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Virgen digna de alabanza


Debemos imitar las virtudes de la Virgen María y procurar que los demás también lo hagan y que se conozca y admire su singular santidad. Es una exigencia del amor, que es difusivo por naturaleza, propagar, glorificar, hacer conocer a la persona amada. Este es el sentido de esta invocación: Virgen digna de alabanza.

María vivió en la piadosa sombra de una oscuridad que conmueve, en profunda y perfecta humildad. Aparece en la primera parte del Evangelio y después solamente reaparece en el Calvario cuando participó en las penas de la Cruz.

Después de Jesucristo, el alma más santa y más excelsa fue sin duda la de María Santísima, por eso debe ser, la más exaltada y colmada de alabanzas.

Estas alabanzas y esta gloria tuvieron principio antes que Ella estuviera sobre la tierra participando del privilegio del Hijo. Fue exaltada mucho antes de nacer.

La Iglesia en su Liturgia, ha coronado a María con las fiestas en su honor introducidas en el año eclesiástico, los oficios, los himnos, las Letanías, las procesiones, la solemne coronación de sus imágenes, etc., que manifiestan el amor de la Iglesia hacia su Madre Celestial. Para Ella, el genio de los grandes Doctores de la Iglesia, la pluma de los Teólogos, la palabra enamorada de los oradores sagrados y la oración confiada de todos los que la aman.

Bienaventurada la boca que habla de María Santísima frecuentemente y con reverencia. Bienaventurada la persona que a través de la pluma celebra y escribe con santo entusiasmo las grandezas y la gloria de tan excelsa Madre.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

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