Domingo in Albis, dedicado al culto de la Misericordia divina


Desde la antigüedad este domingo se llama “in albis”, del término latino “alba”, dado al vestido blanco que los neófitos llevaban en el Bautismo la noche de Pascua y se quitaban a los ocho días. En este día, los neófitos de la Vigilia pascual se ponían una vez más su vestido blanco, símbolo de la luz que el Señor les había dado en el bautismo. Después se quitaban el vestido blanco, pero debían introducir en su vida diaria la nueva luminosidad que se les había comunicado; debían proteger diligentemente la llama delicada de la verdad y del bien que el Señor había encendido en ellos, para llevar así a nuestro mundo algo de la luminosidad y de la bondad de Dios.

De misericordia y de bondad divina está llena la página del Evangelio de san Juan (20, 19-31) de este domingo. (S.S. Benedicto XVI, Homilía del 15 de abril de 2007 y Regina Caeli del 11 de abril de 2010)

Resuena también hoy el gozoso aleluya de la Pascua. La página del evangelio de san Juan que leemos hoy destaca que el Resucitado, al atardecer de aquel día, se apareció a los Apóstoles y “les mostró las manos y el costado” (Jn 20, 20), es decir, los signos de la dolorosa pasión grabados de modo indeleble en su cuerpo también después de la resurrección. Aquellas heridas gloriosas, que ocho días después hizo tocar al incrédulo Tomás, revelan la misericordia de Dios, que “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo único” (Jn 3, 16).

Este misterio de amor está en el centro de la actual liturgia del domingo in Albis, dedicada al culto de la Misericordia divina.

A la humanidad, que a veces parece extraviada y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y suscita de nuevo la esperanza. Es un amor que convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Misericordia divina!

Señor, que con tu muerte y resurrección revelas el amor del Padre, creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: ¡Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero! (Texto escrito por San Juan Pablo II, días antes de fallecer)

El Cordero inmolado nos ha hecho pasar de la muerte a la vida


Los profetas predijeron muchas cosas sobre el misterio pascual, que es el mismo Cristo, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Él vino del cielo a la tierra para remediar los sufrimientos del hombre; se hizo hombre en el seno de la Virgen, y de ella nació como hombre; cargó con los sufrimientos del hombre, mediante su cuerpo, sujeto al dolor, y destruyó los padecimientos de la carne, y él, que era inmortal por el Espíritu, destruyó el poder de la muerte que nos tenía bajo su dominio.

Él fue llevado como una oveja y muerto como un cordero; nos redimió de la seducción del mundo, como antaño de Egipto, y de la esclavitud del demonio, como antaño del poder del Faraón; selló nuestras almas con su Espíritu y los miembros de nuestro cuerpo con su sangre.

Él, aceptando la muerte, sumergió en la derrota a Satanás, como Moisés al Faraón. Él castigó la iniquidad y la injusticia, del mismo modo que Moisés castigó a Egipto con la esterilidad.

Él nos ha hecho pasar de la esclavitud a la libertad, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, de la tiranía al reino eterno, y ha hecho de nosotros un sacerdocio nuevo, un pueblo elegido, eterno. Él es la Pascua de nuestra salvación.

Él es quien sufría tantas penalidades en la persona de muchos otros: él es quien fue muerto en la persona de Abel y atado en la persona de Isaac, él anduvo peregrino en la persona de Jacob y fue vendido en la persona de José, él fue expósito en la persona de Moisés, degollado en el cordero pascual, perseguido en la persona de David y vilipendiado en la persona de los profetas.

Él se encarnó en el seno de la Virgen, fue colgado en el madero, sepultado bajo tierra y, resucitando de entre los muertos, subió a lo más alto de los cielos.

Éste es el cordero que permanecía mudo y que fue inmolado; éste es el que nació de María, la blanca oveja; éste es el que fue tomado de entre la grey y arrastrado al matadero, inmolado al atardecer y sepultado por la noche; éste es aquel cuyos huesos no fueron quebrados sobre el madero y que en la tumba no experimentó la corrupción; éste es el que resucitó de entre los muertos y resucitó al hombre desde las profundidades del sepulcro.

Fuente: De la Homilía de Melitón de Sardes, obispo, Sobre la Pascua

Frutos pascuales


¡Oh Jesús! Como el apóstol Tomás me acerco a ti. ¡Que no sea incrédulo sino fiel!

El Oficio litúrgico de hoy, domingo in albis, se refiere en sus oraciones y textos sagrados a los recién bautizados que, ocho días después de Pascua, dejaban la blanca vestidura que habían recibido en la fuente bautismal. A ellos va dirigida la afectuosa recomendación de San Pedro que leemos en el Introito de la Misa: “Como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual”. En estas palabras se siente el eco de la solicitud materna de la Iglesia para con los hijos que ella ha regenerado en Cristo y su preocupación tiernísima por los recién nacidos. Pero este cuidado y esta solicitud se repiten también con nosotros; porque, aunque fuimos bautizados apenas vinimos a este mundo, todos los años en la fiesta de Pascua resucitamos con Cristo y de esa manera renacemos en Él a una nueva vida. Debemos, por lo tanto, asemejarnos también nosotros a los “niños recién nacidos”, que no conocen la malicia, el engaño, el orgullo, ni la presunción, sino que todo son candor y sencillez, confianza y amor. Hermosa invitación a la infancia espiritual que Jesús nos propuso como condición indispensable para llegar a la salvación: “Si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Cada infusión de gracia, al purificar y sanar nuestra alma del pecado y de sus malas raíces, nos hace renacer a una nueva vida en Cristo, vida de inocencia y de pureza, que aspira “únicamente a beber la leche espiritual” de la doctrina de Cristo, de su amor y de sus gracias. Pero en la liturgia de hoy la Iglesia quiere centrar todos nuestros deseos, nuestra atención, en la fe: esa fe que nos une a Jesús, para que Él nos instruya, nos nutra y nos guíe a la vida eterna. Recordemos las palabras del divino maestro que nos harán penetrar en la sublimidad de la fe: “El que cree en Mí..., correrán de su seno ríos de agua viva... que salte hasta la vida eterna” (Jn. 7, 38; 4, 14). Acerquémonos a Jesús con la fe sencilla y sincera de los niños y Él nos dará la abundancia de su gracia, que es prenda de vida eterna.

¡Oh Dios mío! Dame un corazón puro y sencillo, sin malicia y sin engaño: “¡Oh Señor! Concédeme verdadera pureza y sencillez: en los ojos, en las palabras, en el corazón, en la intención, en las obras y en todo mi porte interior y exterior. ¿Quieres saber, alma mía, las cosas que se oponen a estas virtudes? Toda mirada que no sea según Dios, toda palabra que no sea proferida para alabanza de Dios o para alivio del prójimo. ¿Quieres saber también cuándo arrojas de tu corazón estas virtudes? Pues óyelo: las arrojas cuando en tus obras no llevas la intención pura de dar gloria a Dios y de ayudar a tu prójimo, cuando quieres disimular y excusar tus culpas sin pensar que Dios lo ve todo y penetra hasta en el fondo de tu corazón. ¡Oh Señor! Dame una pureza y sencillez verdadera, pues no puedes encontrar tu descanso en el alma que no es sencilla ni pura” (Santa María Magdalena de Pazzis).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

Buscar en todo únicamente a Dios


¡Oh Señor! ¡Que siempre te busque y únicamente a ti solo, y que, buscándote, te encuentre!

Las Misas de la semana de Pascua nos van recordando en sus Evangelios las diversas apariciones de Cristo resucitado. La primera y una de las más conmovedoras es en la que Jesús se manifestó a María Magdalena. En este episodio María se nos presenta de nuevo con su inconfundible carácter de alma completamente arrebatada por el amor de Dios. Llega al sepulcro, y apenas ve “la piedra quitada del monumento”, un solo pensamiento la obsesiona: “Han quitado al Señor del sepulcro”: ¿quién habrá sido?, ¿dónde le habrán puesto? Y va preguntando a todos los que encuentra, creyéndolos a todos dominados por la misma idea, por esa misma ansia en que ella se abrasa: les pregunta a Pedro y a Juan, a quienes ha venido a avisar, a los ángeles, al mismo Jesús. Las otras mujeres, apenas advierten que está el sepulcro abierto, entran en él para ver lo que ha pasado; ella corre a toda prisa para comunicar la noticia a los Apóstoles. Y después vuelve: ¿qué va a hacer allí junto a la tumba vacía? No lo sabe, pero su amor la arrastra hacia el sepulcro y la ata al lugar donde había sido colocado el cuerpo del Maestro, aquel Cuerpo que ella quiere encontrar de nuevo a toda costa.

Ve a los ángeles, pero no se maravilla ni se turba como las otras mujeres: el dolor absorbe su alma haciendo imposible cualquier otra emoción. Y cuando los ángeles le preguntan: ¿Por qué lloras, mujer?, ella responde inmediatamente: “Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto”. Poco después Jesús le hace la misma pregunta, y María, absorta y ensimismada en sus pensamientos, no le reconoce, y “creyendo que era el hortelano”, le dice: “Señor si lo has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo lo tomaré”. La obsesión por hallar de nuevo a Jesús domina de tal manera todo su ser que ni siquiera siente la necesidad de nombrarle: cree que todos piensan en su Jesús y que entenderán al vuelo su petición, como si todos estuviesen poseídos por el mismo estado de ánimo en que vive ella.

Cuando el amor y el deseo de Dios se han apoderado totalmente de un alma, hacen imposible que surjan en ella otros amores, otros deseos o preocupaciones. Todos sus movimientos están orientados hacia Dios, y el alma no hace más que buscar en todo únicamente a Dios.

“¡Oh Señor mío Jesucristo, qué cosa tan buena y feliz, tan sabrosa es sentir la violencia de tu amor! Abrasa cada día mi pecho con los rayos de tu santo amor, disipa las tinieblas de mi mente, ilumina los secretos del corazón, robustece mi voluntad, enciéndela, y alegra y fortalece mi alma. ¡Oh cuán dulce es tu misericordia, cuán grande es la suavidad de tu amor de ese amor que das con abundancia, Señor mío Jesucristo, y cuya suavidad gozan sólo aquellos que no aman ni quieren pensar en otra cosa fuera de Ti! ¡Tú te has anticipado a nosotros en el amor; para eso ahora nos invitas, nos atraes y nos arrebatas; tan grande es la violencia de tu amor! Ciertamente nada hay que invite, atraiga e impulse tanto a amar como el anticiparse en el amor, como amar antes de pedir amor, entonces el alma, que antes se arrastraba lánguida y perezosa, al sentirse amada, recibe una fuerza especial, y si, por el contrario, ya amaba fervorosamente, al tener conciencia ahora de ser amada y de haber sido amada antes que ella amase, se enciende mucho más en el amor”.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

La participación en los sufrimientos de Cristo, condición para nuestra gloria eterna


Nuestros sufrimientos, nuestras expiaciones, los esfuerzos que hacemos por practicar el bien, luego de haber restablecido el orden en este mundo, para permitir que crezca y aumente en nosotros la vida de Cristo, aseguran a nuestra alma una parte de la gloria celestial.

Recordemos la conversación que tenían los dos discípulos que iban a Emaús al día siguiente de la Pasión.

Desconcertados por la muerte del Maestro, muerte que echaba por tierra todas las esperanzas que habían ellos colocado en un reino mesiánico, sin saber aún que Jesús había resucitado, van comunicándose mutuamente su profunda decepción.

Cristo se une a ellos con figura extraña, y les pregunta por el tema de su conversación. Y tras de haber escuchado la expresión de su descorazonamiento, sperabamus, “nosotros esperábamos...”, les reprocha inmediatamente: “Oh hombres sin inteligencia, tardos de corazón... ¿acaso no era necesario que Cristo sufriera todas estas cosas antes de entrar en su gloria?”.

Lo mismo nos acontece a nosotros; es preciso que tomemos parte en los sufrimientos de Cristo para que podamos luego participar de su gloria.

Esta gloria, esta bienaventuranza, han de ser inmensas. “Como hijos que somos de Dios, escribe San Pablo, somos herederos, coherederos junto con Cristo, con tal que suframos con Él para ser luego glorificados juntamente con Él”. Y añade: “creo yo en efecto que no guardan proporción los sufrimientos de esta vida con la gloria futura que ha de manifestarse en nosotros”.

De ahí que sea preciso que “nos regocijemos en la medida en que participamos de los sufrimientos de Cristo, ya que cuando se manifieste, en el último día, la gloria de Cristo, rebosaremos también nosotros de contento”.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 125

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