Santa María


Hoy comienza el Mes de María

Debemos aceptar y entender que solo Dios es Santo y que comunica sus grandes Atributos, en diferente medida, a sus criaturas racionales, ante todo, el de la Santidad, por ser el más necesario.

Por esta razón llamamos a Nuestra Señora: Santa María.

Cuando Dios quiso preparar una madre humana para su Hijo, la hizo Inmaculada en su Concepción, la hizo Santa aún antes de que hubiera nacido, antes de que pudiera pensar, hablar, obrar, la preservó del pecado original y de toda mancha. Por esto, difiere de todos los santos. ¡Toda Pura, toda Santa es María!

María es Nombre de ayuda y consuelo. Cuando la invocamos con fe, con devoción y con amor recibimos inmediatamente ayuda, aliento y consuelo. Dice San Bernardo, del santísimo Nombre de Jesús, pero muy bien puede aplicarse al dulce Nombre de María, que este nombre es alimento suave que conforta, es medicina que alivia los dolores y las penas, es miel en la boca, melodía en los oídos, alegría en el corazón.

Procuremos honrar este santo nombre y reparar las ofensas que se hacen a esta Buena Madre. Invoquémosla en todas nuestras necesidades.

El Nombre de Jesús y el Nombre de María, concluye San Bernardo, producen la curación de nuestras miserias y dominan las pasiones violentas. Tengamos estos Nombres en el corazón y en los labios durante la vida y los tendremos en el corazón y en los labios en nuestra última hora, y así seremos auxiliados en aquel momento, pues esos Nombres santamente invocados serán para nosotros prenda de luz, de gracia, de perdón y de seguridad en aquella eternidad feliz que todos esperamos.

Fuente: Meditaciones del Cardenal Newman y Ángel Cavatoni sobre las Letanías de la Virgen

Hemos de consolar a Nuestro Señor


Hemos de consolar a Nuestro Señor Jesucristo. Él espera vuestros consuelos. Pedidle que suscite en su Iglesia sacerdotes santos, de esos sacerdotes apóstoles y salvadores que dan carácter a su siglo, que conquistan a Dios nuevos reinos. Consoladle de que se le considere tan poco como rey en su reino. Ya no reina sobre las sociedades católicas: hagamos que reine, al menos, sobre nosotros y trabajemos por extender su reinado por todas partes.

Nuestro Señor no desea tantos artísticos monumentos como nuestros corazones. Jesús los busca, y ya que los pueblos lo han expulsado, erijámosle nosotros un trono sobre el altar de nuestros corazones. ¡Cuánto ama Jesucristo nuestros corazones y cuánto los desea! Mendiga nuestro corazón. Pide, suplica, insiste... ¡Cien veces se le habrá negado lo que pide! ...; no importa. ¡Él tiende siempre la mano! ¡Verdaderamente es deshonrarse a sí mismo solicitar todavía, después de tantas negativas!

Sobre todo anda solícito tras de los católicos. Entre los católicos que hay en el globo, ¿cuántos le aman con amor de amistad, con ese amor que da la vida, con un verdadero amor del corazón? Amémosle siquiera por nosotros, amémosle por aquéllos que no le aman, por nuestros padres y por nuestros amigos; paguemos la deuda de amor de nuestra familia y de nuestra patria: así lo hacen todos los santos; imitad en esto a Nuestro Señor, que ama por todos los hombres y sale fiador por el mundo entero.

Fuente: San Pedro Julián Eymard, Obras Eucarísticas

¡Que reine Cristo Rey, que triunfe por su Sagrado Corazón!


La Entronización es un apostolado social, organizado con el fin de realizar en la familia, y por ésta en la sociedad, esa palabra soberana... La Entronización trabaja para que esa afirmación inefable, “Reinaré por mi Corazón”, sea un hecho consumado y una dichosa realidad, hoy en el hogar, y mañana en la sociedad y en la nación.

El título, pues, de “Entronización”, o sea colocar al Rey sobre su trono, no es un mero título cualquiera y arbitrario; fue éste elegido y fue mantenido como una bandera contra mil críticas y oposiciones... El título es ya en sí todo un programa de apostolado. Sí, Cristo no es, no debe ser, un Rey de sacristía; es un Soberano y, como tal, quiere reinar en la sociedad.

Doctrinalmente podríamos, definir la Entronización: el homenaje social de adoración, de reparación y de amor que la familia, en su calidad de célula social, rinde al Corazón de Jesús, reconociéndole Señor y Soberano de la sociedad. En este sentido, eminentemente teológico y doctrinal, la Entronización no es, pues, una mera bellísima Consagración de la familia; es nada menos que un homenaje de “latría” en espíritu de amor y de desagravio por la horrenda apostasía de la sociedad moderna... La Entronización, pues, en un pobre tugurio o en un palacio, es el “Ave Rex” de la familia; ésta le dice y le canta: “¡Tus amigos queremos, Jesús, que Tú reines! Te lo pide este hogar, la patria pequeñita, en nombre de la gran Patria”.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

Meditando en el Vía Crucis (XII)


Decimosegunda estación: Jesús muere en la Cruz

El lecho de muerte del Hijo de Dios está formado por dos vigas y tres clavos. En él está pendiente durante tres largas horas, cubierto de sangre, abrasado por la fiebre y por la sed, abandonado de todos, de sus amigos, de sus discípulos y -profundo misterio- hasta de su Padre celestial. Llega el instante supremo: "Todo está consumado", e inclinando la cabeza, expira.

El Corazón de Jesús deja de latir... La lanza del soldado lo abre para derramar por nosotros las últimas gotas de su Sangre.

Amado Salvador mío: tu sacrificio está cumplido y los hombres superabundantemente redimidos. ¡Cuánto hubiera deseado poder estar en aquellos momentos junto al altar de tu Cruz! Pero mayor beneficio nos concedes al poder, cada día en la Santa Misa, contemplar la Cruz y recoger tu Sangre redentora. Cuánto debió sufrir tu Corazón en la agonía de la Cruz, al prever la frialdad y tibieza de tantos católicos para con el sacrificio del altar. En adelante, cada Misa será para nosotros una oportunidad para presenciar con devoción tu muerte mística en la Cruz y cada primer viernes recordaremos tus dolores con una comunión reparadora.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (XI)


Decimoprimera estación: Jesús es clavado en la Cruz

Jesús contempla la Cruz que yace en tierra. Su Corazón acepta la hora suprema, la hora del cielo, la hora del infierno, la hora del odio, la hora del amor. Se tiende sobre la Cruz. Los verdugos le asen las manos y las atraviesan con sendos clavos. Luego los pies. ¡Espantoso sacrificio! Pero el Señor no exhala el menor grito de dolor. Sólo se oye de sus labios el “perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.

¡Salvador mío crucificado! Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos, y lo escribiste con tu Sangre sobre el madero de la Cruz. Al considerar aquellas palabras “Dios es amor”, que tan potentes se manifiestan en tu sacrificio, caemos de rodillas junto a la Cruz, contemplando la sangre que corre hacia la tierra culpable. Pero si grande es el dolor de tus miembros, mayor es el de tu Corazón, por la ingratitud del mundo ante tu Cruz salvadora.

El símbolo de la salvación y del heroísmo es para muchos indicio de necedad. Aparta tu rostro airado de los impíos y detén tus miradas moribundas sobre estos fieles que llevan heroicamente la bandera de la Cruz en medio de un mundo vacilante.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

A la llaga adorable del Corazón de Jesús


¡Oh Jesús! tan amante, tan amable y tan poco amado, nos postramos humildemente al pie de la Cruz , para ofrecer a Vuestro divino Corazón, abierto por la lanza y consumido por el amor, el homenaje de nuestro respeto, de nuestras adoraciones y de toda nuestra ternura.

Os damos gracias, dulcísimo Salvador, por haber permitido al soldado traspasar Vuestro pecho adorable, y por allí habernos abierto una puerta de salvación en el arca misteriosa de Vuestro Sagrado Corazón, en donde podemos refugiarnos en estos tristísimos días; para librarnos, como en arca misteriosa, del diluvio de los escándalos que inundan la tierra.

Bendecimos mil veces la hora y el momento en que bajo el hierro de la lanza manaron sangre y agua de aquella herida de amor hecha a Vuestro Corazón. Dignaos ¡oh buen Jesús! aplicar eficazmente Vuestra Sangre, Vuestra llaga y Vuestro amor, en favor del mundo desgraciado y culpable. Lavad, purificad, regenerad las almas en las aguas salidas de esa verdadera piscina de Siloé.

Permitid, Señor, que echemos en ella nuestras iniquidades y las de todos los hombres, suplicándoos por el amor inmenso que abrasa vuestro Sagrado Corazón, que purifiquéis más y más y salvéis nuestras almas.

En fin, nuestro buen Jesús, permitid que fijando para siempre nuestra morada en este mismo adorable Corazón, pasemos santamente nuestra vida y exhalemos en paz y en vuestra gracia nuestro último suspiro.

Fuente: Manual de la Archicofradía de la Guardia del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (X)


Décima estación: Jesús es despojado de sus vestiduras

Ningún hombre hay ni habrá en la tierra, tan puro y casto como Jesús. Dios y hombre verdadero, por la unión íntima de la naturaleza divina con la humana, llevó una vida de sublime pureza. ¡Qué ignominia para el Señor, verse despojado de sus vestidos y soportar sobre sí las miradas de aquella turba lasciva!

Sólo el alma generosa es capaz de comprender la amargura de este nuevo dolor.

Amado Salvador mío: padeces el tormento de la vergüenza, para preservarnos de la vergüenza eterna.

Cuanto más se empeñan los impíos en desconocer los fines de la creación, más los respetaremos. Su alma, y también su cuerpo, fueron creados a tu imagen y semejanza. Por eso seremos, en la continencia y la honestidad, una generación casta que brille por su virtud a despecho de tantos malvados que pecan contra el honor y la dignidad de su cuerpo.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (IX)


Novena estación: Jesús cae por tercera vez

Los soldados, impacientes por la demora, dispersan a las mujeres, pues se acercaba la hora del mediodía. En su apresuramiento, golpean y maltratan a la sagrada víctima entre exclamaciones y blasfemias. Jesús está extenuado y sin fuerzas. Desde la última cena le habían negado todo refrigerio. En un supremo esfuerzo llega hasta la cima del Calvario, donde su cuerpo exhausto se desploma sobre la dura roca. Pero el rostro de Jesús resplandece de alegría: ¡ha llegado!

Amado Salvador mío: Ni la honra ni la recompensa te mueve a sufrir por los hombres, sino sólo el amor. Ahora comprendo por qué tu Corazón acepta sin dudar el supremo sacrificio. Querías, con tu caída, convertir nuestros dolores humanos en dones y gracias. Con nuestros sufrimientos, podemos ayudarte en la salvación del mundo. Las continuas recaídas en el pecado te entristecen profundamente. Son muchos los que llevan sobre sus frentes el sello de la embriaguez y de la incontinencia. Odios y enemistades, discordias en las familias y en los pueblos, ocasionan continuas desgracias y ruinas. Para reparar tantas abominaciones dominaremos las tempestades que se levanten dentro y fuera de nuestra alma, anhelando escalar con amor entusiasta, las cumbres de la virtud.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Reparación al Corazón de Jesús


Muchos cristianos viven en tan profundo olvido de que Jesús reside en los altares y templos sólo por nuestro amor. ¡Cuántos se hallan que en muchos días no hacen una visita al Santísimo Sacramento! ¡Cuántos que en muchas semanas no entran en el templo! ¡Cuántos que en todo el año no reciben la Sagrada Eucaristía! ¿Qué diré de las irreverencias? ¿Qué de los sacrilegios? ¿Qué de otros pecados, que se cometen manifiestamente en los templos contra Jesús Rey de la gloria? Basta decir que no hay príncipe, por pequeño que sea, en cuya presencia no estén los hombres con más respeto que en la casa de Dios y a vista suya. No hay cosa más frecuente, ni más lastimosa que ver a muchos católicos, aun en el tiempo mismo del santo Sacrificio de la Misa estar, ya en pie, ya con sola una rodilla en tierra, ya sentados inmodestamente, ya hablando libremente, ya mirando curiosamente a todas partes, ya saludándose unos a otros, ya conversando sin reverencia ni atención al Dios de la majestad, en cuya presencia están, ya, en fin, portándose en todo con la misma libertad que si estuvieran en las plazas o en las calles. ¡Así reverencian los católicos a Jesús Sacramentado en sus templos!

Herido vivamente el amantísimo Corazón de Jesús de las ingratitudes de los hombres, pide a la piedad de los fieles suavicen su dolor, recompensen sus injurias y resarzan su honra vulnerada con tan sensibles ofensas.

Cuán propio sea de un ánimo cristiano corresponder a las finezas de aquel amante Corazón y desagraviar con todo género de obsequios sus injurias.

¡Oh Jesús dulcísimo! Si inspiraseis a vuestra amada Esposa la Iglesia Santa, que ella misma se emplease en los desagravios de vuestro sacrosanto Corazón, ingratamente injuriado, y empeñase a todos sus fieles y verdaderos hijos en su sagrado culto, para reparar de algún modo las malas correspondencias que sufre vuestro amor injustamente ultrajado y desatendido de los hombres, especialmente en el adorable Sacramento del Altar, misterio verdaderamente del amor de vuestro amantísimo Corazón.

Fuente: P. Juan de Loyola, Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús

Nuestra Señora de los Dolores


Ayer celebramos la Cruz de Cristo, instrumento de nuestra salvación, que nos revela en toda su plenitud la misericordia de nuestro Dios. En efecto, la Cruz es donde se manifiesta de manera perfecta la compasión de Dios con nuestro mundo. Hoy, al celebrar la memoria de Nuestra Señora de los Dolores, contemplamos a María que comparte la compasión de su Hijo por los pecadores. Al pie de la Cruz se cumple la profecía de Simeón de que su corazón de madre sería traspasado (cf. Lc 2,35). María ama a cada uno de sus hijos, prestando una atención particular a quienes, como su Hijo en la hora de su Pasión, están sumidos en el dolor; los ama simplemente porque son sus hijos, según la voluntad de Cristo en la Cruz. (S.S. Benedicto XVI, Homilía del 15 de septiembre de 2008)

Oración a Nuestra Señora de los Dolores

Santa María, Madre de Dios, Madre de todos los cristianos. Tú nos has adoptado al pie de la Cruz en medio de los más amargos dolores. Todos los días la impiedad y la blasfemia hacen nuevas heridas a tu Corazón traspasado de dolor, insultan tus admirables virtudes, tus gloriosos privilegios, y parecen oponerse a los designios de tu incomparable amor.

En reparación de estos ultrajes, te ofrecemos el humilde tributo de nuestro dolor, de nuestras alabanzas y de nuestro amor; los unimos a los homenajes que los ángeles y santos te ofrecen en el cielo, y al culto que todas las almas piadosas te rinden sobre la tierra. Acepta, oh María, esta ofrenda; muestra que eres siempre nuestra Madre; ten compasión de nuestras miserias y de nuestra ceguedad; concédenos siempre tu poderosa protección cerca de tu divino Hijo.

Oh María ruega por nosotros, por quienes te desconocen, por la Iglesia tan cara a tu Inmaculado y Doloroso Corazón, por sus Pastores, y sobre todo por el que es en la tierra el Vicario y representante de tu Divino Hijo. Consérvanos a todos la fe que debe dirigirnos, sostenernos y conducirnos hacia Ti, para amarte y alabarte en la Gloria eterna. Amén.

Meditando en el Vía Crucis (VII)


Séptima estación: Jesús cae por segunda vez

Jesús pareció cobrar nuevas fuerzas con la caridad de la Verónica, por eso los verdugos le cargan de nuevo la Cruz. Pero pesa tanto y el camino es tan escarpado. Extenuado y anhelante prosigue el camino, que apenas ve por el sudor y la sangre que le velan los ojos. Su pie tropieza con una piedra del camino y cae. Con gran dolor se desploma el santo cuerpo bajo la carga de la Cruz. Al volver del desmayo el Señor se pone otra vez de pie, y mirando al cielo, se alienta a continuar el camino doloroso.

Amable Redentor: lleno de gratitud me pongo de rodillas a tu lado. Caes y te levantas para merecernos la gracia de levantarnos después de haber caído en el pecado. Por toda recompensa, nos pides penitencias y reparación, pues “más gozo te causa un pecador penitente que noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”.

Queremos ayudarte a expiar los pecados de orgullo, ya que nada hiere tanto tu Corazón como la actitud de esos hombres que creen poderlo todo con sus propias fuerzas. Para ellos no existe pecado ni caída, y por eso no necesitan un Salvador. Su Dios es su propio yo, tu Pasión y muerte les parece escándalo digno de desprecio. Nosotros viviremos en la humildad y la modestia, aun en el éxito, dando ejemplo de heroísmo cristiano con la abnegación de nuestra vida.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

La Comunión Reparadora


La reparación es un deber de justicia y de amor. Expía las ofensas hechas a Dios y restablece el orden violado por nuestras culpas. Nos asocia a los sufrimientos de Cristo. Aplaca a Dios irritado por los pecados de los hombres y alcanza misericordia para los pecadores. Es lo que hizo y hace Jesús. Por eso le consuela.

Para que nuestra Comunión sea reparadora, basta agregar a las intenciones que tengamos, la de reparar. Podemos, pues, comulgar pidiendo una gracia cualquiera, y al mismo tiempo añadir a nuestra Comunión el valor de la reparación.

Es prueba de un amor real, y no de solas palabras. A ella lleva la devoción al Corazón de Jesús, que es devoción de amor y generosidad. Ojalá cada uno viviera vida de reparación, vida que encuentra su alimento en la Comunión Reparadora. Así tendrían todo su efecto las magníficas promesas del Corazón de Jesús.

La necesidad de reparar el amor ofendido de Dios es urgente porque: en el mundo reina el mal espíritu que quiere borrar a Dios del individuo, de la familia, de la Iglesia y de la sociedad; los mismos católicos, en su mayoría, llevan una vida de espaldas a la fe que profesan y conocen; muchos traicionan la fe y se vuelven contra el mismo Jesucristo.

Los que aman a Jesús sufren con Él las ofensas que se le hacen; lo que a Él lo hiere, a ellos los hiere también.

Por esto, cuanta más ofensas y frialdad contra Jesús, más se ha de excitar nuestra alma para manifestarle su amor; tener mayor cuidado en evitar las faltas propias y todo lo que de nuestra parte pueda agraviar su Corazón; más renuncia y mortificación de la propia voluntad; mayor unión con Cristo en sus sentimientos; procurarle más alabanza y gloria mediante la recepción frecuente de los Sacramentos, y una gran fidelidad al deber de estado.

Fuente: Cf.Folleto del Apostolado de la Oración, mayo de 1946

Meditando en el Vía Crucis (VI)


Sexta estación: Verónica enjuga el rostro de Jesús

Simón camina de prisa y Jesús apenas puede seguirlo. El sol ardiente de mediodía lo fatiga y un sudor copioso baña su frente. La sangre y el polvo ensombrecen el rostro divino y velan sus ojos. Una mujer atraviesa con paso firme las filas de soldados, se acerca a Jesús y le enjuga el rostro con un blanco lienzo.

¡Qué alivio para el Señor! Verónica al retirarse contempla emocionada el velo: los pliegues llevan impreso el rostro dolorido de Cristo.

Amado Salvador mío: el odio te maltrata y perdonas; encuentras amor reparador y lo recompensas generosamente. Haz que aprendamos de tu Corazón la gratitud y el amor, y de Verónica la caridad comprensiva; que así como tu Corazón está patente a todos, así el nuestro lo esté a ti y a nuestros hermanos. Verónica precede a las almas reparadoras que se esfuerzan en consolar tu Corazón afligido por la ingratitud humana. Aunque no tengamos la fortaleza suficiente para tomar sobre nosotros las cruces ajenas, siempre podemos enjugar las lágrimas de los ojos que lloran.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (V)


Quinta estación: Jesús ayudado por Simón Cireneo

Las mejillas del Señor palidecen por momentos y sus pasos se hacen más vacilantes. Los verdugos se alarman: si falleciera Jesús en el camino terminaría el gran acontecimiento del día. Los orgullosos soldados romanos no se rebajan a llevar la Cruz.

En aquel momento pasa por allí un pobre labrador y le obligan a cargar el pesado madero. Los soldados y los fariseos se burlan. Jesús premia la bondad de Simón con una palabra de gratitud, y más tarde con la gracia de la fe.

¡Oh buen Jesús!, cuán comprensivo sois de nuestra naturaleza, que en ciertas horas dolorosas se niega a proseguir luchando. Tú conoces las agonías de la vida y el consuelo de un amor abnegado. Las manos bienhechoras de Simón simbolizan las manos de quienes se dedican generosamente a la caridad, interviniendo allí donde una cruz deja sentir su peso. Tu palabra nos anima: “Todo lo que hicisteis con uno de estos pequeños, conmigo lo hicisteis”. Te prometemos reparar la dureza de corazón que tanto te aflige, con el espíritu de Simón, haciendo el bien al prójimo. Si me has dado mucho, daré mucho; si poco, sacrificaré gustoso de ese poco, pues las obras de caridad nunca empobrecen.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Niños Santos e intercesores de la infancia

Niños en peregrinación con las imágenes de los pequeños hermanos Francisco y Jacinta Marto; que se han convertido en los santos “no mártires” más jóvenes en la historia de la Iglesia, luego de haberse comprobado por su intercesión, la curación milagrosa de una grave lesión cerebral que padecía Luca Baptista, un niño brasileño.

“Yo te bendigo, Padre, porque has revelado estas verdades a los pequeños”. La alabanza de Jesús reviste hoy la forma solemne de la beatificación de los pastorcitos Francisco y Jacinta. Con este rito, la Iglesia quiere poner en el candelero estas dos velas que Dios encendió para iluminar a la humanidad en sus horas sombrías e inquietas. Mis últimas palabras son para los niños. La Virgen tiene mucha necesidad de todos vosotros para consolar a Jesús, triste por los pecados que se cometen; tiene necesidad de vuestras oraciones y sacrificios por los pecadores. Pedid a vuestros padres y educadores que os inscriban a la “escuela” de Nuestra Señora, para que os enseñe a ser como los pastorcitos, que procuraban hacer todo lo que Ella les pedía. Os digo que “se avanza más en poco tiempo de sumisión y dependencia de María, que en años enteros de iniciativas personales, apoyándose sólo en sí mismos” (san Luis María de Montfort). Fue así como los pastorcitos rápidamente alcanzaron la santidad, entregándose con total generosidad a la dirección de tan buena Maestra, alcanzaron en poco tiempo las cumbres de la perfección. Yo te bendigo, Padre, por todos tus pequeños, comenzando por la Virgen María, tu humilde sierva, hasta los pastorcitos Francisco y Jacinta. Que el mensaje de su vida permanezca siempre vivo para iluminar el camino de la humanidad. (Palabras de San Juan Pablo II en la homilía del 13 de mayo de 2000)

Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. (Palabras del Papa Francisco en la Misa de la Canonización el 13 de mayo de 2017)

Oración

Santos Francisco y Jacinta, vosotros que, aunque siendo niños fuisteis capaces de ofrecer grandes sacrificios a la Virgen María para la salvación de los pecadores, ayudadnos a no desperdiciar las pequeñas cruces cotidianas sino a transformarlas en ofrendas preciosas y agradables a Dios para la salvación del mundo. Nuestra Señora de Fátima, por intercesión de los Santos Pastorcitos Francisco y Jacinta, proteged y custodiad la inocencia de los niños en su infancia. Haz que ellos encuentren en vuestro Corazón Inmaculado y materno, refugio y protección. Amén.

¡Santos pastorcitos de Fátima, rogad por todos los niños del mundo!

Meditando en el Vía Crucis (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez

Nunca presenció la creación escena tan desoladora. El que creó y sustenta el universo, desmaya y cae ante los ojos atónitos de sus criaturas. Hace pocos días, las turbas lo aclamaban su Mesías; ahora lo escarnecen tratándolo de traidor. Pero los labios de Cristo no exhalan la menor queja; con los ojos en el Cielo y el pensamiento en nosotros, se esfuerza por levantarse. Ha de subir al Calvario y continuará hasta la consumación.

Salvador mío: ¡cuánto nos enseña el silencio de tu caída! A pesar de la debilidad, de las burlas, del desprecio de tu pueblo, no arrojas la Cruz, antes sigues adelante obedeciendo los generosos impulsos de tu Corazón. Ves en nosotros la mediocridad y la tibieza, causantes de tu caída. En adelante confirmaremos con las obras nuestro nombre de cristianos, para reparar nuestros pecados y los de tantos que un día comenzaron a seguir tu camino y después de las primeras dificultades te abandonaron.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Via Crucis (II)


Segunda Estación: Jesús cargado con la Cruz

La sentencia es injusta, pero el Corazón de Jesús no vacila y ansioso de sufrimientos abraza la Cruz. El Inocente se inclina bajo el madero de los malhechores. El símbolo del crimen pesa sobre los hombros de la bondad. El Rey de los reyes carga con el leño de la vergüenza. Jesús soporta la Cruz de nuestras culpas, no por temor ni por fuerza, sino por ser fiel a su misión salvadora.

Amado Salvador mío, vas con la Cruz a cuestas precediéndonos en el camino, pues ser cristiano no sólo significa estar bautizado, sino más bien vivir vida cristiana. Danos la gracia de reparar con el fiel cumplimiento de nuestros deberes, las infidelidades de tantos cristianos tibios. Cuando la cruz del dolor pese sobre nuestros hombros, cuando las enfermedades y miserias nos atormentan, haz que olvidando el dolor, atendamos a imitar los sentimientos de tu Corazón, a fin de santificarnos con el cumplimiento exacto de los deberes cotidianos.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Via Crucis (I)


Primera Estación: Jesús condenado a muerte

El odio arrastra al Amor ante el tribunal, pero el Corazón de Jesús palpita con igual caridad en su pecho dolorido, bajo el manto de burla y empapado de sangre. Alrededor de Cristo se levantan puños amenazadores y resuenan gritos blasfemos. En lugar de argumentos sólo se oyen acusaciones falsas e insidiosas contra el Inocente. Mas Él guarda silencio.

Las manos cobardes de Pilato quiebran la vara de la justicia; un aullido de júbilo frenético se eleva de la muchedumbre; la injusticia sentencia a la Justicia. El odio triunfa y el Amor calla.

¡Jesús, Salvador Nuestro!, te sometes al juicio de los pecadores, para librarnos de la condenación debida a nuestros pecados. Estás pálido y exangüe siendo la fuente de vida de nuestras almas. Llevas la corona de espinas, para que nosotros llevemos la joya de la gracia. Todos los miembros de tu cuerpo sufren, para que seamos miembros vivos de tu Cuerpo Místico, la Iglesia.

¡Pueblo escogido de la Nueva Alianza, reparemos las faltas contra el amor de su Corazón!

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (VI)


Hoy celebramos la Fiesta del Corazón Eucarístico de Jesús: jueves siguiente a la Solemnidad del Sagrado Corazón

Dignidad de esta devoción

Es el símbolo de un amor eterno. Y "amor con amor se paga". El amor tiene sus manifestaciones externas. Las de Cristo están claras. ¿Las nuestras? El culto al Corazón Eucarístico de Jesús no es una devoción melosa y dulzona. Aunque a veces haya sido objeto de una imaginería artísticamente desdichada, y una literatura piadosa no más feliz. ¿Puede haber algo más digno y hermoso que glorificar al Señor que nos ha amado desde la eternidad?

Saludables efectos que de ella se siguen

Nos damos cuenta en seguida de las deformaciones que esta excelsa devoción ha llegado a padecer.

Pero nos cuesta mucho ver los bienes que de ella provienen:

-Sobre nosotros está el gesto benévolo de la divina misericordia.

-Nos sentimos justificados por ese amor divino purificador de los falsos amores.

-El amor misericordioso nos aplasta de vergüenza. A pesar de todas las miserias Dios nos ama con amor infinito.

Devoción santificadora y sublime

Porque el Corazón de Jesús es en la eucaristía "horno ardiente de caridad" que nos santifica.

Porque esta devoción une en sí lo más sublime del Amor:

-El Corazón de Jesús, y

-El misterio del amor: la eucaristía.

MODO DE PRACTICARLO

En cuanto al Corazón Eucarístico de Jesús, supone tres cosas:

Amor

Nos lo pide el mismo Cristo:

"Dame, hijo mío, tu corazón" (Prov. 23, 26).

"Permaneced en mi amor" (Jn. 15,9).

Reparar

Nuestros pecados, ingratitudes, tibiezas, negligencias...

Los sacrilegios, blasfemias, e irreverencias contra la eucaristía.

Los escándalos del mundo; las burlas de los impíos.

La frialdad de los malos cristianos.

Pedir

La conversión de los infieles y pecadores.

La santificación y perseverancia de los justos.

El triunfo y dilatación de la Iglesia católica.

La paz del mundo en el reino de Cristo.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres


El culto al Corazón de Jesús es el acto por el cual honramos ese divino Corazón lleno de amor por nosotros. Este culto es ante todo personal, ya que ha venido a "reinar sobre los corazones", y el corazón es algo propio de cada uno.

En la santa misa: Dando gracias a Dios por habernos dado a Jesús, que nos ha abierto los brazos de su paternidad. Pidiendo que ese Corazón escondido en el sagrario difunda su amor en nuestras almas y en todo el mundo. Ofreciéndola en reparación de las injurias que sufre en el sagrario, altar del sacrificio de su amor. En la comunión: Para recibir el torrente de gracias que nuestra alma necesita. Para darle la alegría de nuestra intimidad, que El busca ardientemente. En las visitas a su tabernáculo: ¿Podría Jesús desear con más ardor la presencia del amigo por quien murió y se encerró en el Sagrario? Es un deber no sólo de gratitud, sino de honor. Pero nos espera sobre todo para ser nuestra fortaleza y ayuda.

En cuanto a la consagración personal: quedamos totalmente bajo el influjo del divino Corazón para que haga de nosotros lo que quiera. Esta entrega, por expresa Voluntad suya, es la clave para consumar nuestra santificación, ya que nunca se deja ganar en generosidad. También es su voluntad que le imitemos: el amor lleva a identificación con la persona amada. Debemos imitar sus sentimientos, amar lo que El ama: la gracia, la virtud... Imitar sus virtudes: el amor al Padre, la conformidad con su voluntad, el espíritu de oración, la humildad de su encarnación. Y detestar lo que El detesta: pecados, tibieza para con Dios...

En el orden familiar el acto supremo de culto es la consagración, el reconocimiento del Sagrado Corazón como Rey del hogar. Es un reconocimiento de los derechos del Sagrado Corazón a reinar sobre la familia y un sometimiento a su voluntad. La familia es obra de Dios, por tanto le pertenece. Pero esta soberanía del divino Corazón hay que aceptarla no sólo como un derecho de El sobre nosotros, sino como un acto de nuestro amor hacia El, fruto de agradecimiento. El fin próximo es la regeneración de la familia en los principios cristianos: la familia en función de la gloria de Dios y de la salvación eterna. Y a través de esta regeneración se trasluce el fin remoto: la preparación del reinado social del Sagrado Corazón en todos los hombres. Es preciso hacer florecer en la familia la piedad intensa, que supera la simple obligación del propio estado; la frecuencia de sacramentos será la puerta que lleve a este estado de verdadera perfección.

¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón! Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo. Porque en él su Corazón se abrió como un tesoro. Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (III)

La eucaristía contiene el Corazón de Jesús

En ella honramos el objeto de esta devoción, que es el corazón real, no las imágenes que le representan.

Si el corazón de Cristo, por una desoladora hipótesis, se encontrase solamente en cielo, la distancia no modificaría la legitimidad del culto.

Pero la fe nos dice que está oculto y velado en la eucaristía, realmente, amándonos y deseando ser amado.

Allí debemos buscar su Sacratísimo Corazón.

Quiso permanecer muy cerca de nosotros, y se hizo prisionero en los sagrarios.

Jesús desea que le amemos en la eucaristía

Quiere que en este divino sacramento le amemos, visitemos como amigo y experimentemos mejor los efectos de su amor.

Quiere desde el sagrario ayudarnos en nuestras necesidades.

En la eucaristía como sacrificio -la santa misa- nos proporciona el medio de ofrecer al Padre una reparación infinita por nuestros pecados.

Cómo debemos practicar esta devoción

Honrando al Corazón de Cristo en la eucaristía.

Asistiendo a la misa con agradecimiento, respeto y amor.

Ofreciendo la misa al Padre:

-En acción de gracias por habernos dado el Sagrado Corazón, tan bueno y amoroso para nosotros.

-Para que el Sagrado Corazón sea mejor conocido y amado de todo el mundo.

-En desagravio por las injurias de los hombres a este Corazón Eucarístico.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El Corazón de Cristo es paz para el cristiano


Las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que El es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.

El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.

Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar contra el mal, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.

La Iglesia, unida a Cristo, nace de un Corazón herido. De ese Corazón, abierto de par en par, se nos trasmite la vida. ¿Cómo no recordar aquí, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros y nos hace partícipes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento: porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser se manifiestan fuerzas -la ayuda del Espíritu Santo- que llenan el alma, que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El Corazón de Cristo es paz para el cristiano.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El Amor de los amores

Con razón San Bernardo llama al divino Sacramento de la Sagrada Eucaristía,Amor amorum, el Amor de los amores.

El amor del divino Corazón de Jesús le llevó a encerrarse en este sacramento, le obliga a morar en él continuamente, día y noche, sin salir jamás de él, para estar siempre con nosotros. Aquí está adorando, alabando y glorificando incesantemente a su Padre por nosotros, es decir para dar cumplimiento a las infinitas obligaciones que nosotros tenemos de adorarle, alabarle y glorificarle.

Dios envió a su Hijo para bendecirnos; y vino este Hijo adorable todo lleno de amor a nosotros, y con un deseo ardentísimo de derramar incesantemente sus santas bendiciones sobre los que le honran y le aman como a Padre suyo, principalmente por este divino Sacramento.

En la santa Eucaristía nos da bienes inmensos e infinitos, y gracias abundantísimas y muy particulares, si aportamos las disposiciones requeridas para recibirlas.

Vuestro amabilísimo Corazón, oh Jesús mío, está en este Sacramento del todo abrasado en amor a nosotros; y está obrando para nuestro bien mil y mil efectos de su bondad. Pero ¿qué es lo que os devolvemos, Señor mío? Ingratitudes y ofensas de mil modos y maneras, de pensamiento, palabra y obra, pisoteando vuestros divinos mandamientos y los de vuestra Iglesia. ¡Qué ingratos somos! Nuestro benignísimo Salvador nos ha amado tanto. Muramos, de dolor a vista de nuestros pecados; muramos de vergüenza, al ver que tan poco amor le tenemos; muramos con mil muertes antes que ofenderle en lo venidero. Oh Salvador mío, concedednos esta gracia. Oh Madre de Jesús, obtenednos de vuestro amado Hijo este favor.

Fuente: San Juan Eudes, El Corazón de Jesús

El Corazón de Cristo (II)

Complácese San Agustín en subrayar la expresión elegida por el Evangelio para darnos a conocer la herida producida por la lanza en el costado de Jesús. El escritor sagrado no dice que la lanzada hirió, sino que “abrió” el costado del Salvador. Fué la puerta de la vida, dice el gran Doctor, lo que se abrió, para que del Corazón traspasado de Jesús se desbordasen sobre el mundo los ríos de gracia que debían santificar a la Iglesia.

Esta contemplación de los beneficios que Jesús nos hizo, debe ser la fuente de nuestra devoción práctica a su Corazón sacratísimo.

El amor, sólo con amor se paga. ¿De qué se quejaba Nuestro Señor a Santa Margarita María? De no ver correspondido su amor: “He aquí el corazón que tanto ha amado a los hombres y que no recibe de ellos más que ingratitudes”. Por consiguiente, con amor, esto es, con el don de nuestro corazón, es como hemos de corresponder a Jesucristo.

Si amamos de veras a Jesucristo, no sólo nos gozaremos de su gloria, cantaremos sus perfecciones con todos los bríos de nuestra alma, lamentaremos las injurias hechas a su Corazón, y le ofreceremos humildes reparaciones, sino que procuraremos sobre todo obedecerle, aceptar de buen grado las disposiciones de su Providencia, tratar de extender su reino en las almas, y procurar su gloria.

Acostumbrémonos, pues, a hacer todas las cosas, aun las más menudas, por amor y por agradar a Jesucristo, trabajemos y aceptemos cuantos padecimientos y penas nos imponen nuestros deberes de estado únicamente por amor y por unirnos a los sentimientos que experimentó su Corazón durante su vida mortal, bien seguros de que tal modo de obrar es una excelente práctica de devoción al Sagrado Corazón.

Fuente: Beato Columba Marmión, Jesucristo en sus Misterios

Santa Margarita María y su Consagración

Santa Margarita María de Alacoque

He aquí el texto de la Consagración que Santa Margarita María hizo de sí misma, dictado por el Sagrado Corazón, tal como lo escribió al P. Croiset.

“Yo, ... me entrego y consagro al Corazón de Nuestro Señor Jesucristo; mi persona y mi vida, mis acciones, penas y padecimientos, para no servirme de nada de mi ser, sino sólo para amarle, honrarle y glorificarle. Mi voluntad irrevocable es ser todo para El y hacerlo todo por su amor, renunciando de todo corazón a todo lo que no sea de su agrado. Te elijo, pues, Sagrado Corazón, como único objeto de mi amor, protector de mi vida, prenda de mi salvación, y remedio en mi fragilidad e inconstancia, reparador de todos los defectos de mi vida, y refugio seguro en la hora de mi muerte. Sé, oh Corazón bondadoso, mi justificación ante Dios, tu Padre, y no permitas que caigan sobre mí los rayos de su justa cólera: Corazón amante, en ti tengo puesta mi confianza, pues todo lo temo de mi malicia y fragilidad, pero lo espero todo de tu bondad. Haz desaparecer de mí todo aquello que te desagrade o se resista a ti. Tu purísimo Amor arraigue tan íntimo en mi corazón, que nunca pueda olvidarte o separarme de ti: Te suplico, por todas tus bondades, que mi nombre se escriba en ti, puesto que he cifrado toda mi gloria y felicidad en vivir y morir como esclavo tuyo. Así sea.”

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

La virtud del Abandono en los santos (III)

Jesús al alma:

¿Por qué os confundís, angustiándoos? Dejad a mí la gestión de vuestros asuntos y todo se calmará. En verdad os digo que cada acto de verdadero, ciego y completo abandono en mí, produce el efecto que deseáis y resuelve los problemas más espinosos. Abandonarse en mí no significa atormentarse, alterarse o desesperarse, dirigiéndome luego una oración llena de inquietud. Abandonarse significa cerrar plácidamente los ojos del alma, apartar el pensamiento de la tribulación y confiarse a mí para que sólo Yo obre, diciéndome: “ocúpate Tú de ello”. La preocupación, la turbación, el querer pensar en las consecuencias de un hecho son cosas contrarias al abandono. Cerrad los ojos y dejaos llevar por la corriente de mi Gracia; cerrad los ojos y no pensad más que en el momento presente, alejándoos del pensamiento del futuro como de una tentación; reposad en mi creyendo en mi Bondad, y os juro por mi Amor que, diciéndome con estas disposiciones: “ocúpate Tú de ello”, yo lo haré por entero, os consolaré, os libraré, os guiaré.

Y cuando tenga que llevaros por un camino diferente de aquel que veis vosotros, yo os adiestraré, os llevaré en mis brazos, haré que os encontréis en la otra orilla, como niños dormidos en los brazos maternos. ¡Cuántas cosas realizo cuando el alma, tanto en sus necesidades espirituales como en aquellas materiales, se vuelve a mí, me mira y diciéndome: “ocúpate Tú de ello”, cierra los ojos y reposa. Si me decís de verdad: “hágase tu Voluntad”, que es lo mismo que decir: “ocúpate Tú de ello”, yo intervendré con toda mi omnipotencia y venceré las mayores dificultades.

No descansáis nunca, queréis valorarlo todo, escudriñarlo todo, pensar en todo, y os abandonáis así a las fuerzas humanas, o peor, a los hombres, confiando en su intervención. Es esto lo que obstaculiza. ¡Oh, como deseo vuestro abandono para beneficiaros!, ¡y cuanto me aflijo al veros turbados! Satanás tiende precisamente a esto: a turbaros para apartaros de mi acción y arrojaros a la merced de las iniciativas humanas. Confiad por eso sólo en mí, reposad en mí, abandonaos a mí en todo. Yo obro milagros en proporción del pleno abandono en mí, y a la ausencia de preocupaciones vuestras. Rogad siempre con esta disposición de abandono y tendréis gran paz y grandes frutos, incluso cuando yo os concedo la gracia de la inmolación de reparación y de amor, que importa el sufrimiento. ¿Te parece imposible? Cierra los ojos y di con toda el alma: “Jesús, ocúpate Tú de ello”. No temas, me ocuparé de ello y bendecirás mi Nombre humillándote. Mil plegarias no valen lo que un solo acto de abandono vale: recordadlo bien.

Fuente: Oración compuesta por el Siervo de Dios Dolindo Ruotolo

La voluntad de Dios es que seamos santos (VI)


¿Cómo, me decís, cómo podemos nosotros aspirar a ser santos, a hacernos santos con tantos vicios, con tantas debilidades, con tantas pasiones, con tantos pecados? ¿Cómo podemos pretender la santidad nosotros, que no tenemos tiempo suficiente para recitar alguna breve oración, visitar una iglesia, y practicar alguna obra de piedad? ¿Cómo nos haremos santos nosotros, que nunca hacemos penitencia, y sudamos y fatigamos para hacer un ayuno mandado por la Iglesia, y muy raramente lo observamos? ¿Cómo podemos nosotros ser santos, si no somos capaces de abstenernos de ciertas faltas y de ciertos pecados, de los cuales siempre nos confesamos, y en los cuales de tanto en tanto más o menos recaemos? ¿Cómo?...

He entendido todo, mis oyentes, y, después de haberos puesto en una justa y necesaria agitación, paso a consolaros y a tranquilizaros. Y como lo que más debe aterrorizaros son vuestros pecados, yo me atrevo a interrogaros así: ¿Hacéis vosotros todo lo posible para no volver a cometerlos? ¿Lo deseáis al menos vivamente? ¿Pedís al Señor que os libre de ellos? O, recayendo nuevamente en ellos, ¿os sentís amargados? ¿Tratáis de confesaros en seguida? Si no es así, tenéis mucha razón de temer; pero si tenéis estos santos temores; esta santa premura, estos santos deseos, este santísimo disgusto, no temáis; no seréis todavía santos, pero podéis llegar a serlo. Continuando el camino con este santo temor por vuestros pecados, movéis al Señor para que tenga compasión hacia vosotros: Él os ayudará con su gracia; y poco a poco triunfaréis en todo, y os haréis santos de verdad. Por lo tanto el ser pecadores no debe haceros desesperar de haceros santos; más bien debe empeñaros a serlo con más fuerza y vigor.

Pero vosotros no podéis rezar, no tenéis comodidad, no tenéis tiempo, ocasiones, y no podéis hacer aquel bien que pueden hacer tantos otros. Este es uno de los engaños más grandes y más universales. Todos dicen que querrían hacer y que harían mucho bien si se encontrasen en un estado diverso de aquél en el que se encuentran, y no advierten que harían aún menos, y que la verdadera santidad, después de la observancia general de la ley de Dios, consiste en el cumplimiento de los propios deberes. El Señor nos lo ha dicho muy claro, que no se salva aquél que solamente reza: No todo el que me dice: Señor, Señor; sino aquél que cumple la divina voluntad.

Fuente: San Antonio Gianelli, Homilía “De la obligación de hacernos santos”

Habrá niños santos - Venerable María del Carmen González

María del Carmen González nació en Madrid el 14 de marzo de 1930. Ya desde los cinco años era la encargada de dirigir el rosario en familia y de recitar de memoria las letanías de la Virgen en latín, algo de lo que sus padres se sentían muy orgullosos; también le gustaba pasar mucho tiempo mirando imágenes piadosas que iba guardando en una caja.

La persecución religiosa que había comenzado algunos años antes en España, se hizo entonces más fuerte. La familia de María del Carmen no se libró de estos sucesos porque a finales del mes de agosto el padre fue arrestado y conducido a prisión, donde le haría una emocionante confesión a su mujer: “Los niños son demasiado pequeños, no comprenden, pero cuando sean grandes diles que su padre ha luchado y dado su vida por Dios y por España para que se los pueda educar en una España católica donde el crucifijo presida todas las escuelas”. Días más tarde sería asesinado.

Tras la muerte de su marido, la madre de Mari Carmen se traslada a vivir a la embajada de Bélgica por correr peligro. Sus hijos quedaron al cuidado de su tía Sofía, que relataría más tarde la actitud de la niña ante aquellos difíciles momentos: “Durante su estancia en mi casa, la niña recitaba todos los días el rosario de las llagas del Señor para la conversión de los asesinos de su padre”. El 6 de abril de 1938 María del Carmen ofrece a Dios su vida por la conversión de los asesinos de su padre.

El 8 de abril, al regresar del colegio, debe guardar cama: se le ha declarado una escarlatina. Lo que al principio parecía insignificante, se agrava: primeramente aparece una otitis, luego una mastoiditis que degenera en septicemia cardíaca y renal.

El 17 de julio de 1939, María del Carmen exclamó: “Hoy me voy a morir, ¡me voy al cielo!”. Doña Carmen, su madre, congregó entonces a toda la familia alrededor de la pequeña. De pronto, la niña se volvió hacia ella y le dijo: “Pronto voy a ver a papá, ¿quieres que le diga algo de tu parte?... Ámense unos a otros”. “Jesús, José y María asistidme en mi última agonía, haced que muera en vuestra compañía”, fueron sus últimas palabras. Cuando hubo muerto, le pusieron el vestido de su primera comunión. El 12 de enero de 1996 fue declarada Venerable.

Fuente: cf. maricarmengv.info

Convertíos a mí de todo corazón

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Conversión de Santa Magdalena

El tiempo de cuaresma nos invita a la conversión, y esta conversión debe ser pronta y completa.

«Convertíos a Mí de todo corazón.» El mismo Dios es quien nos convida, quien nos insta, quien nos manda que nos convirtamos a él de todo corazón.A vista de esta bondad de Dios, ¿qué pecador puede desconfiar? Pero al mismo tiempo, ¿qué pecador puede diferir el convertirse?

Si un Príncipe ofreciera gratuitamente el perdón un reo; si él mismo convidara a un cortesano caído de su gracia a volver a la corte, ofreciéndole su amistad y su generosidad, ¿se encontrarían muchos que dilatarían su regreso, que difiriesen su vuelta? ¿A quién parecería que el favor del Príncipe era muy costoso y que las condiciones con que se ofrecía eran demasiado pesadas? ¡Ay! ¿Y qué es el favor de un Príncipe de la tierra respecto de la amistad del soberano Señor del Universo, del Dios omnipotente, origen de todo bien y único árbitro de nuestro eterno destino? Y no obstante esto, ¿quién se rinde a su voz? ¿Quién responde con prontitud a sus convites? ¿Quién se apresura por volver a su amistad, aunque nos la ofrezca tan de veras y con tantas instancias?

Ninguno hay que no quiera convertirse; porque aun esas gentes del mundo, esos pecadores abandonados, esas mujeres mundanas, esos libertinos de profesión no querrían morir en desgracia de Dios; se quieren convertir; pero temen siempre no sea demasiado prontosi se convierten en este instante; y no advierten que la dilación de la conversión es el indicio más seguro y una señal poco equívoca de la impenitencia final.

Convertíos a Mí de todo corazón. Quien dice de todo corazón,pide una conversión entera, perfecta, sin división. Ninguna conversión es verdadera si no es de todo corazón. Reformar la exuberancia de los vestidos, cercenar el juego, romper las amistades culpables, no asistir más a espectáculos deshonestos, prohibirse toda diversión poco cristiana; esta es una conversión de mucha edificación. Pero si todavía queda alguna pasión dominante que domar, alguna mala inclinación que vencer, alguna injuria que perdonar, alguna frialdad que extinguir, algún lazo que cortar, la conversión no es entera, no es de todo corazón.

Pidamos a la Santísima Virgen nos alcance de su divino Hijo la gracia de una sincera, pronta y completa conversión de nuestra vida a Dios.

Fuente: cf. J. Croisset, SJ, Año cristiano

San Gabriel de la Dolorosa (III)


Al empezar Gabriel sus estudios en el seminario mayor para prepararse al sacerdocio, leyó unas palabras que le sirvieron como de lema para todos sus estudios, escritas por un sabio de su comunidad, San Vicente María Strambi. Son las siguientes: «Los que se preparan para ser predicadores o catequistas piensen, mientras estudian, que una inmensa cantidad de pobres pecadores les suplica diciendo: Por favor, preparaos bien, para que logréis llevarnos a nosotros a la eterna salvación».Este consejo tan provechoso lo incitó a dedicarse a los estudios religiosos con todo el entusiasmo de su espíritu.

Estando ya Gabriel bastante cerca de llegar al sacerdocio contrae la terrible enfermedad de la tuberculosis. Debe recluirse en la enfermería y allí acepta con toda alegría y gran paciencia lo que Dios ha permitido que le suceda. De vómito de sangre en vómito de sangre, de ahogo en ahogo, vive todo un año repitiendo de vez en cuando lo que Jesús decía en el Huerto de los Olivos: “Padre, si no es posible que pase de mí este cáliz de amargura,que se cumpla en mí tu santa voluntad”.

Al pensar y repensar en lo que Cristo sufrió en la Agonía del Huerto, en la flagelación y coronación de espinas, en la subida al Calvario con la cruz a cuestas y en las horas de mortal agonía que el Señor padeció en la cruz, sentía Gabriel tan grande aprecio por los sufrimientos -que nos vuelven muy semejantes a Jesús sufriente- que lo soportaba todo con un valor y una tranquilidad admirables.

Pero había otra gran ayuda que lo llenaba de valor y esperanza, y era su fervorosa devoción a la Madre de Dios. Su libro mariano preferido era Las Glorias de María, escrito por San Alfonso, un libro que consuela mucho a los pecadores y débiles y que, aunque lo leamos diez veces, todas las veces nos parece nuevo y extraordinario. La devoción a la Santísima Virgen llevó a Gabriel a grados altísimos de santidad.

A un religioso le aconsejaba: “No hay que fijar la mirada en rostros hermosos, porque esto enciende mucho las pasiones”.A otro le decía: “Lo que más me ayuda a vivir con el alma en paz es pensar en la presencia de Dios, el recordar que los ojos de Dios siempre me están mirando y sus oídos me están oyendo a toda hora y que el Señor pagará todo lo que se hace por él, aunque sea regalar a otro un vaso de agua”.

El 27 de febrero de 1862, después de recibir los santos sacramentos y de haber pedido perdón a todos por cualquier mal ejemplo que les hubiera podido dar, cruzó sus manos sobre el pecho y quedó como si estuviera plácidamente dormido. Su alma había volado a la eternidad a recibir de Dios el premio de sus buenas obras y sus sacrificios. Apenas iba a cumplir los 25 años.

Poco después comenzaron a obtenerse milagros por su intercesión. En 1926 el Sumo Pontífice lo declaró santo y lo nombró Patrono de los jóvenes laicos que se dedican al apostolado.

Fuente: ewtn.com

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