Oh Corazón amabilísimo de Jesús


¿Qué diré de los que se llegan a la Sagrada Eucaristía, en la cual se nos da Jesús abrasado en nuestro amor? Unos llegan con suma frialdad; otros ni aun llegar quieren a esta Sagrada Mesa, sino compelidos de las censuras de la Santa Iglesia; otros reciben al Señor en pecado mortal con horrendo sacrilegio. Muchos se alimentan de este Pan de ángeles sin devoción, sin preparación, como si fuera un manjar puramente para saciar el apetito. ¿Qué diré del sacrosanto y tremendo Sacrificio de la Misa? Muchos sacerdotes le consideran sólo como un oficio útil para enriquecerse a poca costa; llegan al santo altar sin preparación alguna; dicen la Misa atropelladamente sin observar muchas de las rúbricas de la Santa Iglesia; manejan, tocan y mueven el sacrosanto Cuerpo de Jesús como si fuera un vil pedazo de pan; con tanta irreverencia que llena de pasmo, asombro y horror a los mismos ángeles. Muchos de los demás fieles asisten a este tremendo Sacrificio con negligencia, distracción de espíritu y tibieza digna de llorarse con lágrimas de sangre. ¡Esta es la correspondencia de los católicos a la fineza del amor, con que les ama Jesús!

¡Oh!, qué sentirá su Corazón amantísimo, al verse tan ingratamente correspondido. ¡Oh pueblo cristiano, ingrato, rebelde y desconocido a tanto amor! ¿Tienes corazón de carne, como los demás hombres, o antes bien de hierro y de diamante, pues no te ablandan ni el fuego de tanto amor, ni el golpe de tantos beneficios? Semejante insensibilidad ¿es de hombres, o de fieras?

¡Oh Corazón amabilísimo de Jesús! El más noble, el más generoso, el más tierno de todos los corazones.

Fuente: P. Juan de Loyola, Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús

El Gozo de todos los santos


De la esperanza al cumplimiento, del deseo a la realización, de la tierra al cielo: este parece ser, el ritmo según el cual suceden las tres últimas invocaciones de las letanías del Sagrado Corazón. Tras las invocaciones “salvación de los que en ti esperan”, y “esperanza de los que en ti mueren”, las letanías concluyen dirigiéndose al Corazón de Jesús como “gozo de todos los santos”. Es ya visión de paraíso: es anotación veloz acerca de la vida del cielo; es palabra breve que abre horizontes infinitos de bienaventuranza eterna.

El Corazón de Cristo es la fuente de la vida de amor de los santos: en Cristo y por medio de Cristo los bienaventurados del cielo son amados por el Padre, que los une a Sí con el vínculo del Espíritu, divino Amor; en Cristo y por medio de Cristo, ellos aman al Padre y a los hombres, sus hermanos, con el amor del Espíritu.

El Corazón de Cristo es el espacio vital de los bienaventurados: el lugar donde ellos permanecen en el amor, sacando de él gozo perenne y sin límite. La sed infinita de amor, misteriosa sed que Dios ha puesto en el corazón humano, se apaga en el Corazón divino de Cristo.

Elevando hacia ellos la mirada del alma y contemplándolos en torno a Cristo juntamente con su Reina, la Virgen Santísima, nosotros repetimos hoy, con firme esperanza, la alegre invocación: “¡Corazón de Jesús, gozo de todos los santos, ten piedad de nosotros!”.

Fuente: San Juan Pablo II, Ángelus del 12 de noviembre de 1989

Práctica del amor al Corazón de Jesús


Animarnos al amor del Corazón de Jesús

Mediante la consideración frecuente de su amor hacia nosotros. Para ayudamos a esto poseemos dos libros:

El santo Evangelio. En él tenemos: La vida de Jesús y su entrega al Sacrificio de la cruz por nosotros. El poema del amor que jamás imaginó ningún poeta. La historia del amor más grande, del amor que ha asombrado a los cielos y a la tierra. Las palabras de Jesús.

El Corazón de Jesús. Es el libro del amor en el que los santos han aprendido, mejor que en los otros libros, el camino de la Verdad y de la salvación.

Mediante la oración. Por este “trato de amistad a solas con quien sabemos nos ama” (Santa Teresa), crecerá día tras día nuestro amor por El.

Mostrar nuestro amor al Corazón de Jesús

Con sentimientos: práctica del amor afectivo. Los afectos principales son: La complacencia. Contemplando sus perfecciones y gozándonos de su gloria. La benevolencia. Mostraremos nuestro amor a Jesús tomando como nuestros sus intereses y deseos, deseando que se realicen y mostrándonos dispuestos a cooperar en la medida de nuestras fuerzas y recursos. El deseo de unión. Ansiando vivir sólo para Jesús y aprovechando todos los medios que nos permitan unimos más a Él.

Con obras: práctica del amor efectivo. Prácticas generales. Evitar cuanto desagrada al Corazón de Jesús: el pecado. Y no resistir a las gracias con las cuales nos llama a una vida mejor y más santa. Hacer cuanto agrada al Corazón de Jesús. Guardar sus preceptos, seguir sus inspiraciones y consejos, obrar con la intención de glorificarle.

Prácticas particulares. La comunión de los nuevos primeros viernes. Práctica excelente, recomendada por la Iglesia.

Consagración al Corazón de Jesús: Consagración personal.

Consagración de las familias, las naciones y el género humano. Son las tres formas de reconocer el reinado social del Corazón de Jesús.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

¡Que reine Cristo Rey, que triunfe por su Sagrado Corazón!


La Entronización es un apostolado social, organizado con el fin de realizar en la familia, y por ésta en la sociedad, esa palabra soberana... La Entronización trabaja para que esa afirmación inefable, “Reinaré por mi Corazón”, sea un hecho consumado y una dichosa realidad, hoy en el hogar, y mañana en la sociedad y en la nación.

El título, pues, de “Entronización”, o sea colocar al Rey sobre su trono, no es un mero título cualquiera y arbitrario; fue éste elegido y fue mantenido como una bandera contra mil críticas y oposiciones... El título es ya en sí todo un programa de apostolado. Sí, Cristo no es, no debe ser, un Rey de sacristía; es un Soberano y, como tal, quiere reinar en la sociedad.

Doctrinalmente podríamos, definir la Entronización: el homenaje social de adoración, de reparación y de amor que la familia, en su calidad de célula social, rinde al Corazón de Jesús, reconociéndole Señor y Soberano de la sociedad. En este sentido, eminentemente teológico y doctrinal, la Entronización no es, pues, una mera bellísima Consagración de la familia; es nada menos que un homenaje de “latría” en espíritu de amor y de desagravio por la horrenda apostasía de la sociedad moderna... La Entronización, pues, en un pobre tugurio o en un palacio, es el “Ave Rex” de la familia; ésta le dice y le canta: “¡Tus amigos queremos, Jesús, que Tú reines! Te lo pide este hogar, la patria pequeñita, en nombre de la gran Patria”.

Fuente: P. Mateo Crawley, Jesús Rey de Amor

El Sagrado Corazón es Dios hecho Hombre


Si queremos describir a Jesucristo, Dios y Hombre, con una sola palabra, si queremos comprender todo lo que es en un solo vocablo, todo lo que hace y hasta la razón de su ser, podemos decir: Jesucristo es su Corazón.

El Sagrado Corazón es Jesucristo totalmente Dios y Hombre, Verbo Encarnado. No es sólo su Corazón de carne que late en su pecho, ese Corazón humilde y manso que adoramos como el símbolo u órgano de su incomparable Amor; es todo su ser divino y humano.

El Sagrado Corazón es Dios hecho Hombre, es Jesucristo humillado, entregado, crucificado; es Jesús Eucaristía, inefable Hostia de amor, Jesús inmolado en el altar, Jesús prisionero del Tabernáculo.

Para designar a Dios, uno en tres Personas, ha sido suficiente una sola palabra de tres sílabas: Charitas! Para designar a Jesucristo con sus dos naturalezas unidas en una sola persona, ha sido menester un término compuesto de dos palabras unidas entre sí: ¡Sagrado Corazón! La primera es la divinidad, la segunda es la humanidad, y es preciso que estén unidas para designar a Jesucristo.

El Sagrado Corazón es la Caridad divina encarnada, el Amor Infinito humanado.

Fuente: Venerable Luisa Margarita Claret de la Touche, Al servicio de Dios-Amor

Oh Sagrado Corazón de Jesús


Oh Sagrado Corazón de Jesús, te adoro en la unidad de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Te adoro, oh Corazón de Jesús, como a Jesús mismo. Tú eres el Corazón del Altísimo hecho hombre. Al adorarte, adoro a mi Dios encarnado, Emmanuel. Te adoro, como parte de esa Pasión que es mi vida, porque Tú te desgarraste y quebraste en la agonía del huerto de Getsemaní, y tu precioso contenido se derramó a través de las venas y los poros de tu piel sobre la tierra. Y de nuevo fuiste drenado y secado en la Cruz; y luego, después de la muerte, fuiste traspasado por la lanza y entregaste los pequeños restos de aquel tesoro inestimable, que es nuestra redención.

Oh, sacratísimo y amantísimo Corazón de Jesús, Tú estás oculto en la Sagrada Eucaristía, y lates aún por nosotros. Ahora como entonces nos salvas. Yo te adoro con todo mi amor y temor, con mi ferviente afecto, con mi más sumisa y resuelta voluntad. Oh mi Dios, cuánto has aceptado sufrir para que yo te reciba, te coma y te beba. Haz tu morada dentro de mí, haz que mi corazón lata con tu Corazón. Purifícalo de todo lo que es terreno, de todo lo que es orgullo y sensualidad, de todo lo que es duro y cruel, de toda perversidad, de todo desorden, de toda muerte. Y así, llénalo de Ti, que ni los acontecimientos del día, ni las circunstancias del momento puedan confundirlo, sino en Tu amor y en Tu temor pueda estar en paz.

Fuente: Oración compuesta por San Juan Newman

Apóstol del Sagrado Corazón de Jesús

Santa Margarita María Alacoque junto a otros santos

Durante mi peregrinación en 1986 a la tumba de Santa Margarita María, pedí que, dentro del espíritu de lo que ella trasmitió a la Iglesia, el culto al Sagrado Corazón, fuera fielmente restaurado. Porque es en el Corazón de Cristo que el corazón humano aprende a conocer el verdadero y único significado de su vida y su destino. Es en el Corazón de Cristo que el corazón del hombre recibe la capacidad de amar.

Santa Margarita aprendió a amar por medio de la cruz. Ella nos revela un mensaje que sigue siendo actual: “hacernos copias viviente de nuestro Esposo Crucificado, expresándolo en nosotros por medio de nuestras acciones” (Enero 1689)

Es el amor de Cristo lo que hace al hombre digno de ser amado. El hombre recibió un corazón ávido de amor y capaz de amar.

“Tened en vosotros los sentimientos que estuvieron en Cristo Jesús” (Fip 2,5). Todos los relatos evangélicos deben ser releídos en esta perspectiva. El Hijo único de Dios, encarnándose, toma un corazón humano. A lo largo de los años que pasa en medio de los hombres, “manso y humilde de corazón”, revela las riquezas de su vida interior por medio de cada uno de sus gestos, sus miradas, sus palabras, sus silencios.

Y he aquí que somos llamados a participar en ese amor y a recibir, por el Espíritu Santo, esta extraordinaria capacidad de amar.

Aliento a los pastores, las comunidades religiosas y a todos los que llevan peregrinaciones a Paray-le-Monial para que contribuyan a la extensión del mensaje recibido por Santa Margarita María.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta del 22 de junio de 1990

Meditando en el Vía Crucis (XI)


Decimoprimera estación: Jesús es clavado en la Cruz

Jesús contempla la Cruz que yace en tierra. Su Corazón acepta la hora suprema, la hora del cielo, la hora del infierno, la hora del odio, la hora del amor. Se tiende sobre la Cruz. Los verdugos le asen las manos y las atraviesan con sendos clavos. Luego los pies. ¡Espantoso sacrificio! Pero el Señor no exhala el menor grito de dolor. Sólo se oye de sus labios el “perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.

¡Salvador mío crucificado! Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos, y lo escribiste con tu Sangre sobre el madero de la Cruz. Al considerar aquellas palabras “Dios es amor”, que tan potentes se manifiestan en tu sacrificio, caemos de rodillas junto a la Cruz, contemplando la sangre que corre hacia la tierra culpable. Pero si grande es el dolor de tus miembros, mayor es el de tu Corazón, por la ingratitud del mundo ante tu Cruz salvadora.

El símbolo de la salvación y del heroísmo es para muchos indicio de necedad. Aparta tu rostro airado de los impíos y detén tus miradas moribundas sobre estos fieles que llevan heroicamente la bandera de la Cruz en medio de un mundo vacilante.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

A la llaga adorable del Corazón de Jesús


¡Oh Jesús! tan amante, tan amable y tan poco amado, nos postramos humildemente al pie de la Cruz , para ofrecer a Vuestro divino Corazón, abierto por la lanza y consumido por el amor, el homenaje de nuestro respeto, de nuestras adoraciones y de toda nuestra ternura.

Os damos gracias, dulcísimo Salvador, por haber permitido al soldado traspasar Vuestro pecho adorable, y por allí habernos abierto una puerta de salvación en el arca misteriosa de Vuestro Sagrado Corazón, en donde podemos refugiarnos en estos tristísimos días; para librarnos, como en arca misteriosa, del diluvio de los escándalos que inundan la tierra.

Bendecimos mil veces la hora y el momento en que bajo el hierro de la lanza manaron sangre y agua de aquella herida de amor hecha a Vuestro Corazón. Dignaos ¡oh buen Jesús! aplicar eficazmente Vuestra Sangre, Vuestra llaga y Vuestro amor, en favor del mundo desgraciado y culpable. Lavad, purificad, regenerad las almas en las aguas salidas de esa verdadera piscina de Siloé.

Permitid, Señor, que echemos en ella nuestras iniquidades y las de todos los hombres, suplicándoos por el amor inmenso que abrasa vuestro Sagrado Corazón, que purifiquéis más y más y salvéis nuestras almas.

En fin, nuestro buen Jesús, permitid que fijando para siempre nuestra morada en este mismo adorable Corazón, pasemos santamente nuestra vida y exhalemos en paz y en vuestra gracia nuestro último suspiro.

Fuente: Manual de la Archicofradía de la Guardia del Sagrado Corazón de Jesús

Corazón de Jesús principio de todo bien


Oh Señor Jesús, el olor de tus perfumes más fuerte que el de todos los aromas, acaricia suavemente mi olfato; tus perfumes ejercen sobre mí una deleitable violencia que me atrae a Ti.

Allí, sobre el altar de tu Corazón, encuentro el puerto seguro que los vientos agitados no pueden jamás turbar; en tu Corazón encuentro el reposo al abrigo de las tempestades; en tu Corazón encuentro delicias exquisitas que no engendran el disgusto y no están expuestas a ninguna alteración; en tu Corazón encuentro una paz profunda que ninguna disensión podrá turbar, una alegría que ninguna tristeza podrá cambiar, una felicidad sin nubes, una dulzura infinitamente dulce, una serenidad infinitamente serena: es en tu Corazón que encuentro el principio primero de todos los bienes, la fuente primordial de toda suavidad, de toda santa alegría.

De tu Corazón, oh Dios, derivan toda felicidad, toda dulzura, toda serenidad, toda tranquilidad, todo gozo, toda paz, toda alegría, en una palabra, todos los bienes: ellos derivan como de su fuente única e inagotable, para llegar enseguida a los corazones de todos los hijos de Dios, que son los ángeles y los hombres. ¿Y qué bien podría existir y cómo podría ser bien si no viniera de ti, Señor, bondad verdadera, bondad soberana, bondad única? ¡Ah, qué bueno es sacar todo lo que es bueno de esta fuente inagotable del Sagrado Corazón! ¡Qué bueno es embriagarse de esta fuente de los gozos! ¡Qué perfecto, que delicioso e incomparable el olor de esos preciosos perfumes, quiero decir el olor de tus Virtudes, oh mi Jesús! Este olor invita a venir al altar, a ese santuario de tu Sagrado Corazón, atrae a aquellos que invita, conduce a aquellos que atrae, no engaña a aquellos que conduce; al contrario los fortifica de manera que sin peligro puedan de ahora en adelante reposar de sus trabajos en la paz de su Corazón.

Fuente: De los textos espirituales de Lanspergio, cartujo

Reparación al Corazón de Jesús


Muchos cristianos viven en tan profundo olvido de que Jesús reside en los altares y templos sólo por nuestro amor. ¡Cuántos se hallan que en muchos días no hacen una visita al Santísimo Sacramento! ¡Cuántos que en muchas semanas no entran en el templo! ¡Cuántos que en todo el año no reciben la Sagrada Eucaristía! ¿Qué diré de las irreverencias? ¿Qué de los sacrilegios? ¿Qué de otros pecados, que se cometen manifiestamente en los templos contra Jesús Rey de la gloria? Basta decir que no hay príncipe, por pequeño que sea, en cuya presencia no estén los hombres con más respeto que en la casa de Dios y a vista suya. No hay cosa más frecuente, ni más lastimosa que ver a muchos católicos, aun en el tiempo mismo del santo Sacrificio de la Misa estar, ya en pie, ya con sola una rodilla en tierra, ya sentados inmodestamente, ya hablando libremente, ya mirando curiosamente a todas partes, ya saludándose unos a otros, ya conversando sin reverencia ni atención al Dios de la majestad, en cuya presencia están, ya, en fin, portándose en todo con la misma libertad que si estuvieran en las plazas o en las calles. ¡Así reverencian los católicos a Jesús Sacramentado en sus templos!

Herido vivamente el amantísimo Corazón de Jesús de las ingratitudes de los hombres, pide a la piedad de los fieles suavicen su dolor, recompensen sus injurias y resarzan su honra vulnerada con tan sensibles ofensas.

Cuán propio sea de un ánimo cristiano corresponder a las finezas de aquel amante Corazón y desagraviar con todo género de obsequios sus injurias.

¡Oh Jesús dulcísimo! Si inspiraseis a vuestra amada Esposa la Iglesia Santa, que ella misma se emplease en los desagravios de vuestro sacrosanto Corazón, ingratamente injuriado, y empeñase a todos sus fieles y verdaderos hijos en su sagrado culto, para reparar de algún modo las malas correspondencias que sufre vuestro amor injustamente ultrajado y desatendido de los hombres, especialmente en el adorable Sacramento del Altar, misterio verdaderamente del amor de vuestro amantísimo Corazón.

Fuente: P. Juan de Loyola, Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús

La Comunión Reparadora


La reparación es un deber de justicia y de amor. Expía las ofensas hechas a Dios y restablece el orden violado por nuestras culpas. Nos asocia a los sufrimientos de Cristo. Aplaca a Dios irritado por los pecados de los hombres y alcanza misericordia para los pecadores. Es lo que hizo y hace Jesús. Por eso le consuela.

Para que nuestra Comunión sea reparadora, basta agregar a las intenciones que tengamos, la de reparar. Podemos, pues, comulgar pidiendo una gracia cualquiera, y al mismo tiempo añadir a nuestra Comunión el valor de la reparación.

Es prueba de un amor real, y no de solas palabras. A ella lleva la devoción al Corazón de Jesús, que es devoción de amor y generosidad. Ojalá cada uno viviera vida de reparación, vida que encuentra su alimento en la Comunión Reparadora. Así tendrían todo su efecto las magníficas promesas del Corazón de Jesús.

La necesidad de reparar el amor ofendido de Dios es urgente porque: en el mundo reina el mal espíritu que quiere borrar a Dios del individuo, de la familia, de la Iglesia y de la sociedad; los mismos católicos, en su mayoría, llevan una vida de espaldas a la fe que profesan y conocen; muchos traicionan la fe y se vuelven contra el mismo Jesucristo.

Los que aman a Jesús sufren con Él las ofensas que se le hacen; lo que a Él lo hiere, a ellos los hiere también.

Por esto, cuanta más ofensas y frialdad contra Jesús, más se ha de excitar nuestra alma para manifestarle su amor; tener mayor cuidado en evitar las faltas propias y todo lo que de nuestra parte pueda agraviar su Corazón; más renuncia y mortificación de la propia voluntad; mayor unión con Cristo en sus sentimientos; procurarle más alabanza y gloria mediante la recepción frecuente de los Sacramentos, y una gran fidelidad al deber de estado.

Fuente: Cf.Folleto del Apostolado de la Oración, mayo de 1946

Meditando en el Vía Crucis (VI)


Sexta estación: Verónica enjuga el rostro de Jesús

Simón camina de prisa y Jesús apenas puede seguirlo. El sol ardiente de mediodía lo fatiga y un sudor copioso baña su frente. La sangre y el polvo ensombrecen el rostro divino y velan sus ojos. Una mujer atraviesa con paso firme las filas de soldados, se acerca a Jesús y le enjuga el rostro con un blanco lienzo.

¡Qué alivio para el Señor! Verónica al retirarse contempla emocionada el velo: los pliegues llevan impreso el rostro dolorido de Cristo.

Amado Salvador mío: el odio te maltrata y perdonas; encuentras amor reparador y lo recompensas generosamente. Haz que aprendamos de tu Corazón la gratitud y el amor, y de Verónica la caridad comprensiva; que así como tu Corazón está patente a todos, así el nuestro lo esté a ti y a nuestros hermanos. Verónica precede a las almas reparadoras que se esfuerzan en consolar tu Corazón afligido por la ingratitud humana. Aunque no tengamos la fortaleza suficiente para tomar sobre nosotros las cruces ajenas, siempre podemos enjugar las lágrimas de los ojos que lloran.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Corran a la fuente del Corazón de Jesucristo


Pobre humanidad que, con la boca abierta, va buscando un sorbo de agua para aliviar un poco su ardiente sed y corre hacia las cisternas disipadas de los vicios, de las iniquidades y de los placeres mundanos, los cuales no pueden contenerla. No la encuentra, y está obligada a exasperarse, sin poder remediar su malestar... “Los rociaré con agua pura y ustedes quedarán purificados de todas sus iniquidades”, aguas santificadoras que, según la promesa de Dios, en la plenitud de los tiempos haría llover sobre el alma de los pobres pecadores y así purificarlos de todas sus iniquidades: aguas que se sacan de las fuentes de nuestro Salvador, de aquellas llagas recibidas por nuestra salvación y especialmente de la perenne fuente de su Santísimo Corazón.

Entonces, mis oyentes, ¿ustedes sienten sed? ¿Ustedes quieren satisfacer sus deseos? Corran a la fuente del Corazón de Jesucristo que allí encontrarán aguas de salvación: “Sacarán agua con alegría de las fuentes del Salvador”, las que, apenas bebidas, perdonarán sus culpas y santificarán sus almas.

Piadosísimo Salvador mío, ya que, viéndome lleno de pecados y muy sediento de vuestra gracia, con amorosas llamadas me invitáis a beber de vuestras aguas “el que tenga sed -me dices- venga a mí y beba”, yo, necesitado, a causa de mi miseria y mucho más de vuestra misericordia, suplico, con la mujer samaritana, que me deis de beber esta agua de vuestra gracia, para que no tenga nunca más sed de los envenenados placeres ni persiga las vanidades mundanas. Y ahora pienso solamente en amar tu amabilísimo Corazón.

Fuente: De los escritos de San Cayetano Errico

Confidencias del Corazón de Jesús


“Un poquito y ya no me veréis, y otro poquito y me veréis, porque voy al Padre” (Jn 16,16-19) ¡Cuánto me quiere decir ese poquito! ¡Qué tesoros de condescendencia con mi flaqueza! ¡Qué conocimiento de mi inconstancia! ¡Qué remedio tan de madre! ¿No recuerda ese poquito a las madres haciendo pasar medicinas amargas a sus hijos enfermos? ¡Un poquito no más, hijo mío, y te pones bueno!, les dicen a cada sorbo. Y en verdad que el poquito aquel los pone buenos. Ese poquito dicho dos veces por Jesús, pone al descubierto su Corazón, ¡me lo hace sentir tan cerca de mí y tan humano! Sí, esa palabra me hace saber que Él conoce lo contenta, lo ágil para el bien y lo fuerte para perseverar que mi alma se siente cuando lo ve y lo oye, como también conoce lo triste e inconstante que se pone cuando Él se oculta... ¡Y conforta tanto al alma estar cierta de que Él ya ha previsto las lágrimas, las luchas, las persecuciones que nos cuesta esperar su venida!

“Vosotros lloraréis y os contristaréis y el mundo se gozará, pero...”, y aquí viene la otra enseñanza que me hace saber aquella palabra, “pero confiad; esto no será más que por un poquito de tiempo, vuestras lágrimas y tristezas se trocarán en gozo que nadie os podrá quitar... porque voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo”. Hermanos míos, si las lágrimas han enturbiado vuestros ojos y el constante penar ha puesto desfallecimientos en vuestra esperanza, acercaos al Sagrario, poneos muy cerquita, vais a oír de nuevo, de labios del Maestro que allí vive, la palabra reanimadora: Hijo, un poquito no más y... me veras...

Ángeles del Sagrario, confidentes perpetuos de las intimidades del Corazón de Jesús; llevad muchos, muchos corazones atribulados y acobardados allí, y haced que oigan y comprendan el poquito de sus penas, de sus luchas, de sus tentaciones, de sus persecuciones, de su valle de lágrimas y el eternamente consolador: “Voy a mi Padre y vosotros vendréis conmigo...”

Fuente: San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario

Meditando en el Vía Crucis (IV)


Cuarta estación: Jesús encuentra a su Santísima Madre

Jesús sigue adelante con paso tembloroso. ¿No habrá nadie que comprenda su dolor y lo compadezca? De pronto sus manos se sienten oprimidas con cálida emoción. Demasiado conoce Él la ternura de aquellas manos que lo estrechan. Su Corazón se estremece de dolor y consuelo. Vuelve sus ojos y se encuentra con su desolada Madre. ¡Qué encuentro! La amargura paraliza sus lenguas, las miradas se confunden, las almas se compenetran. Ahora el mejor de los hijos y la mejor de las madres seguirán paso a paso el mismo camino, llevando a cuestas la misma Cruz.

Salvador mío, ¡cuánta ternura humana alberga tu Corazón en su grandeza divina! Tu pueblo y tu suelo patrio te son caros; no quieres pasar por este mundo como hombre extraño a tus familiares; amas a tu madre con profundo amor filial. Durante toda tu vida te esforzaste para librar a la familia del pecado y transformarla en la sociedad feliz de los hijos de Dios. Por eso observaste el cuarto mandamiento, desde la infancia hasta la muerte. Pero cuánto sufriste en este encuentro con tu madre al pensar que en los tiempos actuales los lazos de la familia serían desechos y profanados. Te prometemos soportar las dificultades de la vida de familia con el mismo espíritu de caridad que anima a tu Corazón en esta estación. La autoridad será ayuda servicial y la obediencia se cumplirá con alegría por amor a ti y a tu Madre santísima.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Vía Crucis (III)


Tercera estación: Jesús cae por primera vez

Nunca presenció la creación escena tan desoladora. El que creó y sustenta el universo, desmaya y cae ante los ojos atónitos de sus criaturas. Hace pocos días, las turbas lo aclamaban su Mesías; ahora lo escarnecen tratándolo de traidor. Pero los labios de Cristo no exhalan la menor queja; con los ojos en el Cielo y el pensamiento en nosotros, se esfuerza por levantarse. Ha de subir al Calvario y continuará hasta la consumación.

Salvador mío: ¡cuánto nos enseña el silencio de tu caída! A pesar de la debilidad, de las burlas, del desprecio de tu pueblo, no arrojas la Cruz, antes sigues adelante obedeciendo los generosos impulsos de tu Corazón. Ves en nosotros la mediocridad y la tibieza, causantes de tu caída. En adelante confirmaremos con las obras nuestro nombre de cristianos, para reparar nuestros pecados y los de tantos que un día comenzaron a seguir tu camino y después de las primeras dificultades te abandonaron.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Meditando en el Via Crucis (II)


Segunda Estación: Jesús cargado con la Cruz

La sentencia es injusta, pero el Corazón de Jesús no vacila y ansioso de sufrimientos abraza la Cruz. El Inocente se inclina bajo el madero de los malhechores. El símbolo del crimen pesa sobre los hombros de la bondad. El Rey de los reyes carga con el leño de la vergüenza. Jesús soporta la Cruz de nuestras culpas, no por temor ni por fuerza, sino por ser fiel a su misión salvadora.

Amado Salvador mío, vas con la Cruz a cuestas precediéndonos en el camino, pues ser cristiano no sólo significa estar bautizado, sino más bien vivir vida cristiana. Danos la gracia de reparar con el fiel cumplimiento de nuestros deberes, las infidelidades de tantos cristianos tibios. Cuando la cruz del dolor pese sobre nuestros hombros, cuando las enfermedades y miserias nos atormentan, haz que olvidando el dolor, atendamos a imitar los sentimientos de tu Corazón, a fin de santificarnos con el cumplimiento exacto de los deberes cotidianos.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

«Sagrado Corazón», título que trae lo Infinito a lo humano


El Cristo Histórico fue tan romántico como el amor. Mientras más profundamente pensamos sobre el asunto, mejor vemos que si Dios es bueno, nosotros debemos buscar Su Camino, Su Verdad y Su Vida; no solamente para que sea camino arriba de los cielos, sino también aquí abajo en el polvo de nuestras pobres vidas. Después de todo, lo que todos los pueblos han estado esperando en todo tiempo es un Ideal en la carne. No podrían continuar soñando ensueños y pintando símbolos. Los Judíos miraron hacia un Ideal en la carne; los Gentiles, que no conocían la revelación, en medio de su misma idolatría decían: “Bien, si Dios no baja hasta nosotros para ser Nuestro Camino, Nuestra Verdad, Nuestra Vida, entonces le haremos bajar. Construiremos Su imagen en piedra, oro y plata”. Pero la imagen, no podría satisfacer más que los sistemas de nuestros días. Había un abismo que sólo podía cubrir una Encarnación.

Y así fue como bajó Dios. Descendió como la personificación de nuestros sueños -la carne y sangre de nuestras esperanzas- el Romance de amor que es tan cierto y real como la historia. Por eso es por lo que Él es amado; por eso es por lo que Él es adorado; por eso es por lo que Él es Dios.

Hay un título querido a todos los que hallan en el Camino, la Verdad y la Vida, un título que reconoció su Divinidad, que da a la creatura un fácil acceso al Creador, al pecador un fácil acceso a la Santidad, y a nuestros corazones rotos una puerta abierta al Amor reparador de lo Divino; y este título que trae lo Infinito a lo humano en la más amable, hermosa y dulce familiaridad, es el “Sagrado Corazón”.

Fuente: Venerable Fulton Sheen, El eterno Galileo

Este es el Corazón que tanto ha amado a los hombres


El culto al Corazón de Jesús es el acto por el cual honramos ese divino Corazón lleno de amor por nosotros. Este culto es ante todo personal, ya que ha venido a "reinar sobre los corazones", y el corazón es algo propio de cada uno.

En la santa misa: Dando gracias a Dios por habernos dado a Jesús, que nos ha abierto los brazos de su paternidad. Pidiendo que ese Corazón escondido en el sagrario difunda su amor en nuestras almas y en todo el mundo. Ofreciéndola en reparación de las injurias que sufre en el sagrario, altar del sacrificio de su amor. En la comunión: Para recibir el torrente de gracias que nuestra alma necesita. Para darle la alegría de nuestra intimidad, que El busca ardientemente. En las visitas a su tabernáculo: ¿Podría Jesús desear con más ardor la presencia del amigo por quien murió y se encerró en el Sagrario? Es un deber no sólo de gratitud, sino de honor. Pero nos espera sobre todo para ser nuestra fortaleza y ayuda.

En cuanto a la consagración personal: quedamos totalmente bajo el influjo del divino Corazón para que haga de nosotros lo que quiera. Esta entrega, por expresa Voluntad suya, es la clave para consumar nuestra santificación, ya que nunca se deja ganar en generosidad. También es su voluntad que le imitemos: el amor lleva a identificación con la persona amada. Debemos imitar sus sentimientos, amar lo que El ama: la gracia, la virtud... Imitar sus virtudes: el amor al Padre, la conformidad con su voluntad, el espíritu de oración, la humildad de su encarnación. Y detestar lo que El detesta: pecados, tibieza para con Dios...

En el orden familiar el acto supremo de culto es la consagración, el reconocimiento del Sagrado Corazón como Rey del hogar. Es un reconocimiento de los derechos del Sagrado Corazón a reinar sobre la familia y un sometimiento a su voluntad. La familia es obra de Dios, por tanto le pertenece. Pero esta soberanía del divino Corazón hay que aceptarla no sólo como un derecho de El sobre nosotros, sino como un acto de nuestro amor hacia El, fruto de agradecimiento. El fin próximo es la regeneración de la familia en los principios cristianos: la familia en función de la gloria de Dios y de la salvación eterna. Y a través de esta regeneración se trasluce el fin remoto: la preparación del reinado social del Sagrado Corazón en todos los hombres. Es preciso hacer florecer en la familia la piedad intensa, que supera la simple obligación del propio estado; la frecuencia de sacramentos será la puerta que lleve a este estado de verdadera perfección.

¡Vamos a dar sentido cristiano a un día más en la semana: el viernes del Sagrado Corazón! Porque en él se manifestó su amor del modo más supremo. Porque en él su Corazón se abrió como un tesoro. Porque en él nos dio a su propia Madre, la Virgen María.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (IV)


El culto al Corazón Eucarístico de Jesús tiene un carácter propio, que lo distingue del culto al Sagrado Corazón y del culto a la eucaristía.

Esta distinción no se encuentra en la substancia, pues las tres devociones tienen como finalidad propia el amor de Cristo; pero sí en el modo o enfoque. Y así:

-En la devoción al Sagrado Corazón de Jesús se adora el Corazón y se honra de manera especial el amor de Cristo.

-En la devoción a la eucaristía se adora a Cristo bajo la realidad de su cuerpo y sangre, oculta bajo los accidentes eucarísticos.

-En la devoción al Corazón Eucarístico se adora el amor de Cristo manifestado al instituir la eucaristía, para quedarse con nosotros y dársenos en alimento.

La devoción al Corazón Eucarístico de Jesús es:

-Signo de la caridad de Dios para con el hombre (1 Jn. 3,1)

-Vínculo que une al hombre con Dios (1 Jn. 4,16)

-Sello de la unidad de caridad en que se juntan Dios y los hombres (Col. 3, 11)

Los discípulos de Emaús reconocen al Señor resucitado “en la fracción del pan”.

En la Hostia Santa que divide el sacerdote y en la Hostia que comulgas reconoce al Corazón de Jesús y prepárate dignamente para recibirlo como premio.

Fuente: Antonio Royo Marín, El Corazón De Jesús

El culto al Corazón Eucarístico de Jesús (II)


Modo de adoración

El modo de adoración que conviene a la humanidad de Jesucristo y a sus diversas partes no es el mismo que le conviene al Verbo de Dios:

-A la persona divina se le adora primariamente y por ella misma.

-A la naturaleza humana, secundariamente y a causa de la divina.

Nosotros adoramos con culto de latría las diversas partes del cuerpo de Cristo, pero secundariamente y por razón de la persona divina a quien están unidas.

De esta forma adoramos al Corazón de Jesús oculto en la eucaristía.

EUCARISTÍA Y SAGRADO CORAZÓN

Entrañable unión de ambas devociones

La devoción a la eucaristía ocupa un puesto preeminente dentro de la devoción al Sagrado Corazón.

-Por la eucaristía se comprenden mejor las profundidades del Sagrado Corazón.

-Sin amor a la eucaristía no se ama al Sagrado Corazón.

Si la eucaristía es el sacramento del amor, el corazón es el órgano en que más claramente repercute el amor.

El Sagrado Corazón es el símbolo viviente del amor que llevó a Cristo a instituir la eucaristía.

Fuente: Antonio Royo Marín,El Corazón De Jesús

Corazón de Jesús, nuestro descanso y fortaleza


Vivir en el Corazón de Jesús, unirse a él estrechamente es, por tanto, convertirnos en morada de Dios. El que me ama será amado por mi Padre, nos anunció el Señor. Y Cristo y el Padre, en el Espíritu Santo, vienen al alma y hacen en ella su morada.

Cuando -aunque sea sólo un poco- comprendemos esos fundamentos, nuestra manera de ser cambia. Tenemos hambre de Dios, y hacemos nuestras las palabras del Salmo: Dios mío, te busco solícito, sedienta de ti está mi alma, mi carne te desea, como tierra árida, sin agua. Y Jesús, que ha fomentado nuestras ansias, sale a nuestro encuentro y nos dice: si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Nos ofrece su Corazón, para que encontremos allí nuestro descanso y nuestra fortaleza. Si aceptamos su llamada, comprobaremos que sus palabras son verdaderas: y aumentará nuestra hambre y nuestra sed, hasta desear que Dios establezca en nuestro corazón el lugar de su reposo, y que no aparte de nosotros su calor y su luz.

Fuego he venido a traer a la tierra, y ¿qué he de querer sino que arda? Nos hemos asomado un poco al fuego del Amor de Dios; dejemos que su impulso mueva nuestras vidas, sintamos la ilusión de llevar el fuego divino de un extremo a otro del mundo, de darlo a conocer a quienes nos rodean: para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, con ella, encuentren la felicidad. Un cristiano que viva unido al Corazón de Jesús no puede tener otras metas: la paz en la sociedad, la paz en la Iglesia, la paz en la propia alma, la paz de Dios que se consumará cuando venga a nosotros su reino.

María, Regina pacis, reina de la paz, porque tuviste fe y creíste que se cumpliría el anuncio del Angel, ayúdanos a crecer en la fe, a ser firmes en la esperanza, a profundizar en el Amor. Porque eso es lo que quiere hoy de nosotros tu Hijo, al mostrarnos su Sacratísimo Corazón.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

Argentina está para siempre consagrada al Corazón Divino


Amadísimos hijos de la República Argentina que, reunidos en la espléndida Buenos Aires, conmemoráis el centenario del Apostolado de la Oración con la consagración de vuestra patria al Sagrado Corazón de Jesús: ¡La República Argentina, la gran nación americana, el país de los solemnes triunfos eucarísticos está ya y para siempre consagrado al Corazón Divino!

Vosotros, dignos hijos de la República Argentina, habéis escrito toda vuestra historia bajo el signo de Jesucristo; pero hoy, en esta hora solemne, siguiendo principalmente el ejemplo de tantas naciones, hermanas vuestras de lengua y de sangre, -y de la misma gran madre de la Hispanidad- habéis decidido saltar al puesto de los que no se contentan con menos que con ofrecerlo todo. “Cuida tú de mi honra y de mis cosas -dijo un día Nuestro Señor a uno de sus confidentes, expresando el ideal de la consagración- que mi Corazón cuidará de ti y de las tuyas”. Hasta ayer, pues, podría decirse que erais todavía vuestros, desde hoy sois de manera especial de Jesucristo, hasta ayer disponíais de vuestra actividad y de vuestra libertad, de vuestras potencias y de vuestros bienes exteriores, de vuestro cuerpo y de vuestra alma; desde hoy todo eso se lo habéis ofrecido al Divino Corazón, que “quiere establecer su reino de amor en todos los corazones”. Vuestras empresas lo mismo que vuestros intereses, vuestras intenciones lo mismo que vuestros propósitos los toma Él como suyos, y vosotros, saboreando por anticipado dones que son del cielo, si os abandonáis totalmente a Él y a su suavísimo imperio, podréis gozar de la paz.

El paso, ¡oh católicos argentinos!, el gran paso está dado. Ofrecisteis ante el altar del Corazón Divino a vuestros niños, capullos que mañana serán flores; consagrasteis ante el mismo trono vuestras familias, sólido cimiento de todo el edificio social; toda la nación puesta de rodillas, en esta hora tenebrosa de la historia del mundo. El gran paso está dado; queda solamente ser fieles al pacto establecido; que si vosotros, en la integridad de la vida cristiana, en el ejercicio de la mutua caridad y en la sumisión y amor a la Santa Madre Iglesia vivís sinceramente vuestra consagración, Aquel que por nadie se deja vencer en generosidad sabrá haceros dignos y grandes ante Dios y ante los hombres. Un alma, una nación consagrada al Corazón de Jesús debe ser como un holocausto perfecto colocado sobre un ara; sean hoy Nuestras manos ungidas de Sacerdote Sumo las que presenten esta víctima y se extiendan luego en oración fervorosa; ¡Recibe, oh dulcísimo Corazón, esta hostia que hoy te ofrecemos y que el aroma de su sacrificio haga volver propicios tus ojos sobre todos y cada uno de los hijos de este pueblo; haz que las llamas, que brotan de tu herida, penetren sus corazones, los enciendan y les abrasen de tal manera, que desde hoy y para siempre solamente en Ti encuentren sus delicias, en tu servicio consuman toda su vida y un día, entre los esplendores de tu gloria, reciban el premio que reservas a tus escogidos!

Fuente: Venerable Pío XII, Radiomensaje del Domingo 28 de octubre de 1945

Consagración de Argentina al Corazón de Jesús


Fórmula de la Consagración de la Nación Argentina al Sagrado Corazón de Jesús, 28 de octubre de 1945:

“Corazón sacratísimo de Jesús, Verbo eterno, hecho hombre, que con el Padre y el Espíritu Santo nos has creado y que en las alturas del Calvario con tu pasión y muerte nos has redimido, siendo así doblemente Señor Nuestro, los Pastores de esta tu Nación privilegiada, juntamente con todo su pueblo, están postrados ante la Hostia sacrosanta en la que palpita real y verdaderamente tu divino Corazón. Desde las ciudades populosas y desde los pequeños poblados de nuestra Patria, desde sus amplias llanuras y desde sus altas montañas, desde los hogares modestos y desde las suntuosas moradas, nos hemos congregado a millares junto a Ti, con fe, con gratitud y con amor. La Fe católica que nos ha traído hasta aquí y que nos infundiste en el Bautismo, es la fe de nuestros próceres, de nuestras madres, de nuestros estadistas, que en el preámbulo de la Constitución te proclamaron fuente de toda razón y justicia. Nuestra gratitud profunda tiene origen en la inmensa caridad con que nos amaste desde toda la eternidad en el seno de la Trinidad Beatísima, y que se manifiesta en Belén al nacer, en la cruz al morir, en el Sagrario al quedarte en medio de nosotros, en los beneficios sin cuento que has derramado sobre nuestra Nación, que confesamos no merecer, y que, por lo mismo, comprometen en mayor grado nuestro sincero agradecimiento. ¿Cómo podríamos afirmar que agradecemos tus innumerables dones, si la llama del amor hacia Ti no abrasa a nuestro pobre corazón?

Con estos sentimientos, humildemente contritos de nuestras faltas, como manifestación externa de nuestro acendrado amor, accediendo a tus más vivos anhelos, hoy estamos ante Tu presencia para suplicarte que te dignes aceptar nuestra consagración irrevocable y la de nuestra Patria a tu Divino Corazón. Corazón sacratísimo de Jesús: los Obispos y el Clero nos consagramos a Ti. Haz que los Pastores al apacentar tu grey seamos sucesores dignos de los Apóstoles y que los Sacerdotes con la palabra y el ejemplo, manifiesten que son otros Cristos. Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos nuestras Diócesis y nuestras Parroquias para que sean pregoneras celosas de tu Evangelio, y canales copiosos de tu gracia transmitida por los Sacramentos. Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos los Institutos religiosos: para que florezca siempre en ellos tu espíritu, y las asociaciones de piedad, de apostolado, de cultura y caridad, para que sean infatigables con la plegaria y la acción en dilatar tu reinado en medio de los hombres. Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos los hogares para que en ellos reine siempre la dulce paz de tu hogar de Nazaret, te consagramos los padres y las madres para que los ayudes a practicar los ejemplos de tu Madre María Santísima y de tu padre adoptivo San José; te consagramos los niños para que sean cual Tú eras en esa edad feliz; te consagramos los jóvenes para que dediquen la lozanía de la vida a la adquisición de sólidas virtudes, al estudio y al trabajo que los capacitará para ser ciudadanos honrados y eficientes; te consagramos los ancianos para que los reconfortes hasta los instantes postreros de su vida. Corazón sacratísimo de Jesús: los que tenemos la dicha de habitar este suelo que miras con bondadosa predilección, al consagrarnos a Ti para siempre recogiendo el clamor que brota incontenible del pecho de sus habitantes, te consagramos nuestra Patria, heredad bendita que recibimos de nuestros mayores para que sea como ellos la idearon: hija de tu Evangelio, hogar venturoso de paz y de concordia, morada feliz de hombres cultos, buenos y laboriosos al influjo de tus más selectas bendiciones, que imploramos.

Antes de terminar permítenos que, recordándote tu promesa, te supliquemos inscribas nuestros nombres en tu Sagrado Corazón y que durante nuestra vida no permitas que jamás nos separemos de Ti, para que por toda la eternidad podamos participar de tu gloria, Señor Jesús, que con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Así sea”.

El Corazón de Cristo es paz para el cristiano


Las tribulaciones nuestras, cristianamente vividas, se convierten en reparación, en desagravio, en participación en el destino y en la vida de Jesús, que voluntariamente experimentó por Amor a los hombres toda la gama del dolor, todo tipo de tormentos. Nació, vivió y murió pobre; fue atacado, insultado, difamado, calumniado y condenado injustamente; conoció la traición y el abandono de los discípulos; experimentó la soledad y las amarguras del castigo y de la muerte. Ahora mismo Cristo sigue sufriendo en sus miembros, en la humanidad entera que puebla la tierra, y de la que El es Cabeza, y Primogénito, y Redentor.

El dolor entra en los planes de Dios. Esa es la realidad, aunque nos cueste entenderla. También, como Hombre, le costó a Jesucristo soportarla: Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. En esta tensión de suplicio y de aceptación de la voluntad del Padre, Jesús va a la muerte serenamente, perdonando a los que le crucifican.

Precisamente, esa admisión sobrenatural del dolor supone, al mismo tiempo, la mayor conquista. Jesús, muriendo en la Cruz, ha vencido la muerte; Dios saca, de la muerte, vida. En nombre de ese amor victorioso de Cristo, los cristianos debemos lanzarnos por todos los caminos de la tierra, para ser sembradores de paz y de alegría con nuestra palabra y con nuestras obras. Hemos de luchar contra el mal, contra el pecado, para proclamar así que la actual condición humana no es la definitiva; que el amor de Dios, manifestado en el Corazón de Cristo, alcanzará el glorioso triunfo espiritual de los hombres.

La Iglesia, unida a Cristo, nace de un Corazón herido. De ese Corazón, abierto de par en par, se nos trasmite la vida. ¿Cómo no recordar aquí, los sacramentos, a través de los cuales Dios obra en nosotros y nos hace partícipes de la fuerza redentora de Cristo? ¿Cómo no recordar con agradecimiento particular el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el Santo Sacrificio del Calvario y su constante renovación incruenta en nuestra Misa? Jesús que se nos entrega como alimento: porque Jesucristo viene a nosotros, todo ha cambiado, y en nuestro ser se manifiestan fuerzas -la ayuda del Espíritu Santo- que llenan el alma, que informan nuestras acciones, nuestro modo de pensar y de sentir. El Corazón de Cristo es paz para el cristiano.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

La Santísima Trinidad vive y reina en el Corazón de Jesús

Todo el mundo sabe que la fe cristiana nos enseña que en el misterio adorable de la Santísima Trinidad hay tres Personas: tres Personas que no son sino una misma divinidad, un mismo poder, una misma sabiduría, una misma bondad, una misma inteligencia, una misma voluntad y un mismo corazón. Por eso, nuestro Salvador, en cuanto Dios, no tiene sino un mismo Corazón con el Padre y el Espíritu Santo; y en cuanto hombre, su Corazón humanamente divino y divinamente humano no es más que una misma cosa con el Corazón del Padre y del Espíritu Santo, en unidad de espíritu, de amor y de voluntad. De aquí que adorar al Corazón de Jesús, sea adorar al Corazón del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

El Padre Eterno vive en el Corazón de su divino Hijo. El Verbo Divino y el Espíritu Santo viven y reinan en el Corazón de Jesús. Considerad que estas tres Divinas Personas viven y reinan en el Corazón del Salvador, como en el más sublime trono de su amor. ¡Oh, Santísima Trinidad, alabanzas infinitas os sean dadas eternamente por todos los milagros de amor que operáis en el Corazón de mi Jesús! Os ofrezco el mío, con el de todos mis hermanos, suplicándoos, muy rendidamente que toméis de ellos entera posesión y que aniquiléis en los mismos cuanto os desagrade, para establecer en todos el reino de vuestro amor soberano.

Fuente: S. Juan Eudes, El Corazón de Jesús

Dios nos entrega su Corazón

Hemos de luchar sin desmayo por obrar el bien, precisamente porque sabemos que es difícil que los hombres nos decidamos seriamente a ejercitar la justicia, y es mucho lo que falta para que la convivencia terrena esté inspirada por el amor, y no por el odio o la indiferencia. No se nos oculta tampoco que, aunque consigamos llegar a una razonable distribución de los bienes y a una armoniosa organización de la sociedad, no desaparecerá el dolor de la enfermedad, el de la incomprensión o el de la soledad, el de la muerte de las personas que amamos, el de la experiencia de la propia limitación.

Ante esas pesadumbres, el cristiano sólo tiene una respuesta auténtica, una respuesta que es definitiva: Cristo en la Cruz, Dios que sufre y que muere, Dios que nos entrega su Corazón, que una lanza abrió por amor a todos. Nuestro Señor abomina de las injusticias, y condena al que las comete. Pero, como respeta la libertad de cada individuo, permite que las haya. Dios Nuestro Señor no causa el dolor de las criaturas, pero lo tolera porque -después del pecado original- forma parte de la condición humana. Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia.

La enseñanza cristiana sobre el dolor no es un programa de consuelos fáciles. Es, en primer término, una doctrina de aceptación de ese padecimiento, que es de hecho inseparable de toda vida humana.

Cuando os hablo de dolor, no os hablo sólo de teorías. Ni me limito tampoco a recoger una experiencia de otros, al confirmaros que, si -ante la realidad del sufrimiento- sentís alguna vez que vacila vuestra alma, el remedio es mirar a Cristo. La escena del Calvario proclama a todos que las aflicciones han de ser santificadas, si vivimos unidos a la Cruz.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

El «Doctor Evangélico» y el Sagrado Corazón

San Antonio de Padua, llamado el "Doctor Evangélico", es uno de los santos que han descubierto para sí y han indicado a los demás ese refugio de las almas puras, esa arca de salvación para las arrepentidas que es el Corazón Deífico. Al declararle Doctor, la Iglesia ha señalado a los fieles que es necesario acudir al Santo taumaturgo en busca de su celestial doctrina.

"El hueco de piedra, dice San Antonio, donde el alma se puede refugiar, es la llaga del costado de Jesucristo. Hay en su carne numerosas heridas y está la llaga de su costado; ésta lleva a su Corazón, es hacia allí que Él llama al alma de la cual hace su esposa. Le extendió los brazos; le abrió su costado y su Corazón para que venga allí a esconderse. Retirándose en las profundidades de la tierra, la paloma se coloca al abrigo de las persecuciones del ave de rapiña; al mismo tiempo, encuentra una morada tranquila donde habita dulcemente... Y el alma religiosa encontrará en el Corazón de Jesús, como un asilo seguro contra todas las maquinaciones de Satanás, un delicioso retiro... No permanezcamos, por lo tanto, a la entrada de la gruta; vamos a lo más profundo. A la entrada de la gruta, en los labios de la llaga, encontramos, es verdad, la Sangre que nos rescató... Él habla, pide misericordia por nosotros. Pero el alma religiosa no debe detenerse allí. Cuando escuche la voz de la Sangre divina, que vaya hasta la fuente de la cual ella brota, a lo más íntimo del Corazón de Jesús. Allí ella encontrará la luz, la consolación, la paz, y las delicias inefables.

Había, agregaba el santo, en la ley antigua dos altares: el altar de bronce o de los holocaustos, y el altar de oro o de los perfumes... Jesucristo es al mismo tiempo estos dos altares: altar de bronce, en su cuerpo todo ensangrentado, inmolado a la vista de todo el pueblo; altar de oro, en su Corazón todo ardiente de amor... Sobre el primero, ofrecemos nuestras lágrimas de compunción y de arrepentimiento; sobre el segundo, el incienso de nuestra ternura y de nuestra devoción..."

Fuente: cf. Venerable León Dehon, Mes del Sagrado Corazón

Llevar a los demás el amor del Corazón de Jesús

Dios no nos declara: en lugar del corazón, os daré una voluntad de puro espíritu. No: nos da un corazón, y un corazón de carne, como el de Cristo. Yo no cuento con un corazón para amar a Dios, y con otro para amar a las personas de la tierra. Con el mismo corazón con el que he querido a mis padres y quiero a mis amigos, con ese mismo corazón amo yo a Cristo, y al Padre, y al Espíritu Santo y a Santa María. No me cansaré de repetirlo: tenemos que ser muy humanos; porque, de otro modo, tampoco podremos ser divinos.

El amor humano, el amor de aquí abajo en la tierra cuando es verdadero, nos ayuda a saborear el amor divino. Así entrevemos el amor con que gozaremos de Dios y el que mediará entre nosotros, allá en el cielo, cuando el Señor sea todo en todas las cosas. Ese comenzar a entender lo que es el amor divino nos empujará a manifestarnos habitualmente más compasivos, más generosos, más entregados.

Hemos de dar lo que recibimos, enseñar lo que aprendemos; hacer partícipes a los demás -sin engreimiento, con sencillez- de ese conocimiento del Amor de Cristo. Al realizar cada uno vuestro trabajo, al ejercer vuestra profesión en la sociedad, podéis y debéis convertir vuestra ocupación en una tarea de servicio.

Con ocasión de esa labor, en la misma trama de las relaciones humanas, habéis de mostrar la caridad de Cristo y sus resultados concretos de amistad, de comprensión, de cariño humano, de paz. Como Cristo pasó haciendo el bien por todos los caminos de Palestina, vosotros en los caminos humanos de la familia, de la sociedad civil, de las relaciones del quehacer profesional ordinario, de la cultura y del descanso, tenéis que desarrollar también una gran siembra de paz. Será la mejor prueba de que a vuestro corazón ha llegado el reino de Dios:nosotros conocemos haber sido trasladados de la muerte a la vida -escribe el Apóstol San Juan- en que amamos a los hermanos.

Pero nadie vive ese amor, si no se forma en la escuela del Corazón de Jesús.

Fuente: San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa

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