Oficio de los Ángeles Custodios


“Los Ángeles, dice San Lorenzo Justiniano, observan nuestras diversas acciones; nos exhortan, nos incitan, nos levantan después de nuestras caídas, y vigilan en derredor de la Iglesia militante. Sin parar, suben y bajan; siempre andan contentos, siempre solícitos, del cielo a la tierra y de la tierra al cielo, a ofrecer a Dios nuestras obras, nuestras lágrimas y nuestras oraciones. Nos traen del altar de Dios, es decir, de la humanidad de Cristo, el fuego de la caridad, el ardor de la fe, y la esperanza de tener parte un día en la gloria de los Santos. Nos muestran el triunfo de los mártires para darnos mayores ánimos; la puerta del cielo abierta, para inducirnos a despreciar el mundo; la presencia continua de Dios, para llenarnos de respeto; y por fin, la inmensidad de la dicha eterna, para excitar nuestros deseos. Cuantas más ocasiones tienen, de ejercer por nosotros estas diversas funciones, más felices y diligentes se sienten. Muy lejos de envidiar nuestros adelantos en el bien o de mermar en nada nuestros méritos, trabajan por nuestra perfección, nos instruyen en nuestros deberes y nos alientan para cumplirlos. No tienen otro deseo ni otro fin que la gloria del Omnipotente y nuestra salvación. Son los amigos de la Sabiduría, viven cerca del Verbo, exentos de toda miseria, de toda imperfección. Asimismo, al ejercer su ministerio en medio del mundo, no se manchan ni lo más mínimo, ni sienten fatiga ninguna. Aunque circunscritos por el espacio, permanecen siempre en presencia de Dios; al mismo tiempo que sirven a los hombres, no cesan de ofrecer amorosamente a su Criador el sacrificio de la alabanza; las funciones de su ministerio no los apartan del homenaje y de la gloria que deben tributar al Rey inmortal”.

Pero Dios, que se muestra espléndido en extremo con el linaje de los hombres, no se deja vencer de los gobiernos de este mundo cuando se trata de honrar con una atención especial a los príncipes de su pueblo, a los privilegiados de su gracia o a los que rigen el mundo en nombre de Él; al decir de los Santos, una perfección suma, una comisión altísima en el Estado o en la Iglesia, exigen para el investido la asistencia de un espíritu también superior, sin que el Ángel de primera hora, si así se puede decir, tenga necesariamente por eso que ser revelado de su propia custodia. No hay lugar, además, para que en el campo de operaciones de la salvación, el titular celestial del puesto que se le confió desde el principio, pueda nunca temer verse solo; a su llamada, a una orden de lo alto, los ejércitos de los bienaventurados compañeros, que llenan cielos y tierra, están siempre dispuestos a prestarle su ayuda poderosa. Entre esos nobles espíritus que aspiran en la presencia de Dios a favorecer por todos los medios su amor hacia Él, hay alianzas secretas que a veces originan en este mundo entre sus devotos, aproximaciones cuyo misterio se descubrirá el día de la eternidad.

Santos Ángeles, benditos seáis porque los crímenes de los hombres no cansan vuestra caridad; os damos gracias, entre otros muchos beneficios, por el de conservar la tierra habitable, dignándoos permanecer siempre en ella. Hay muchas veces peligro de que la soledad se haga pesada al corazón de los hijos de Dios en las grandes ciudades y en los caminos del mundo, donde no se codean más que desconocidos o enemigos; pero, si el número de los justos ha disminuido, no disminuye el vuestro. Y en medio de la multitud apasionada, como también en el desierto, no hay un ser humano que no tenga junto a si a su Ángel, representante de la Providencia universal sobre los buenos y los malos. Espíritus bienaventurados, tenemos con vosotros la misma Patria, el mismo pensamiento y el mismo amor; ¿por qué han de turbar los ruidos confusos de una turba frívola la vida del cielo que desde ahora podemos ya vivir con vosotros? El tumulto de las plazas públicas ¿os impide acaso formar allá vuestros coros, o impide al Todopoderoso percibir en ellas vuestras armonías? También nosotros queremos cantar por doquier al Señor y unir continuamente nuestras adoraciones a las vuestras, viviendo por la fe en lo escondido del Rostro del Padre cuya continua contemplación os arroba a vosotros. Penetrados de ese modo del vivir angélico, la vida presente no nos ofrecerá ninguna inquietud, ni tampoco la eterna, sorpresa alguna.

Fuente: Dom Próspero Gueranger, El Año Litúrgico

En la Fiesta de San Miguel Arcángel


San Miguel es un arcángel, y el príncipe de todos los ángeles que permanecieron fieles a Dios. Él es quien, por celo de la gloria de Dios, se unió a todos sus santos ángeles para combatir a Lucifer y a sus secuaces, que deslumbrados por las perfecciones y gracias que Dios había puesto en ellos, se rebelaron contra Él.

No quisieron someterse a sus órdenes porque no consideraron debidamente cuán superior a ellos e infinitamente más digno de honor y de gloria debía ser quien había creado cuanto de grande había en ellos. Estaban, incluso, tan cegados, que se opusieron a san Miguel, encargado por Dios de esclarecerlos con sus luces y de hacerles comprender que nada se puede comparar con Dios; que, como dice san Pablo, sólo a Él es debido todo el honor y toda la gloria por los siglos de los siglos; y que todas las criaturas, como ellos lo eran, al no ser nada por sí mismas, debían abismarse y anonadarse ante Dios, a vista de su gloria y majestad.

Este rayo de luz que Dios, por sí mismo, imprimió en san Miguel, y el solo aspecto de este arcángel fue lo que confundió a aquellos desdichados ángeles, que se convirtieron en puras tinieblas, y se vieron relegados a un lugar tenebroso, por no haber querido abrir sus ojos a la luz verdadera. ¿Resistiremos siempre nosotros a las luces de la gracia, que nos inspira que hay que dejar todo por Dios, y que sólo en Él encontraremos nuestra verdadera felicidad, incluso en esta vida?

San Miguel, animado de aquel sentimiento de fe que le servía de escudo contra los ángeles malos, consiguió la victoria con estas palabras: “¿Quién como Dios?” Al mismo tiempo glorificaba con los suyos a Dios.

Desde entonces, a todos los santos ángeles les fue asegurada la gloria eterna, que nunca ha sufrido menoscabo en ellos, ni jamás podrá padecer la más mínima alteración.

¡Qué dicha la de este santo arcángel ser el primero de esos espíritus bienaventurados, que tienen como única ocupación alabar a Dios en el cielo, y haber sido, por su celo y su respeto a Dios, el que más contribuyó a que empezara a poblarse el cielo!

Honrad a este insigne santo como al primero que dio gloria a Dios, y que hizo que lo glorificasen las criaturas, y tributadle el honor que merece por haber sido tan adicto a Dios.

Uníos a él y a todos los espíritus bienaventurados que lo acompañan en el cielo, y consideradlos como modelos de lo que vosotros tenéis que hacer por Dios. Pensad con frecuencia en aquellas palabras: ¿Quién como Dios?, que los animaron en el combate que mantuvieron contra los demonios, para que ellas os sostengan en todas vuestras tentaciones; y decíos a vosotros mismos, cuando os veáis asaltados por ellas: el placer que pudiera yo disfrutar siguiendo este atractivo de la concupiscencia, ¿puede asemejarse al que se experimenta en gozar de Dios?

Aún hoy tributa san Miguel todos los días gloria a Dios, por medio del bien que realiza a los cristianos y por las gracias que les procura; pues él ha sido escogido por Dios como protector de la Iglesia, a la que sostiene y defiende contra sus enemigos. También es él quien defiende a la Iglesia, como la predilecta de Dios, contra los cismas y contra las herejías, que de vez en cuando se oponen a la sana doctrina y la turban.

Unámonos, pues, a este santo príncipe de los ángeles, para participar en el celo que tuvo, tanto por nuestra salvación como por la de todos los cristianos; entreguémonos a sus cuidados; confiemos en su ayuda y seamos dóciles a su voz interior, para que todos los medios que Dios nos ofrezca, a través de él, para nuestra salvación, sean eficaces en nosotros y para que no pongamos, de nuestra parte, ningún obstáculo para su ejecución.

Pedid a menudo a san Miguel que tenga la bondad de proteger a esta pequeña familia y a esta Iglesia de Jesucristo, según la expresión de san Pablo, que es nuestra comunidad; y que la ayude a conservar en sí el Espíritu de Jesucristo, y conceda a todos sus miembros las gracias que necesitan para mantenerse en su vocación y para procurar el espíritu del cristianismo a todos aquellos que tienen bajo su dirección.

Fuente: San Juan Bautista de la Salle, Meditaciones

Mostrar más publicaciones ...

close
¿Olvidó su contraseña?
close
 ......

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25