La Acedia (IV)


¿Es posible la Acedia?

Tal como se presenta por sus definiciones, podrá parecerle a alguno que la acedia pertenezca a ese tipo de pecados que se suele dar por imposibles e inexistentes a fuerza de absurdos, aberrantes o monstruosos. Por ejemplo, el odio a Dios o la apostasía. Pero es que pertenece a la noción y a la esencia del pecado el hecho de que sea aberrante y monstruoso, y de que, sin embargo, no sólo exista, a pesar de ser absurdo e inconcebible, sino que muchísimas veces ni siquiera se lo advierta allí donde está a fuerza de considerarlo como un hecho natural y obvio.

La Acedia como acidez, impiedad

El nombre de la acedia es figurado y metafórico. Encierra un cierto simbolismo que también, a modo de definición, ilustra acerca de su naturaleza. La palabra castellana es heredera de un rico contenido etimológico que orienta para comprender mejor su sentido.

Las palabras latinas de las cuales proviene portan los sentidos de tristeza, amargura, acidez y otras sensaciones fuertes de los sentidos y del espíritu. Los estados de ánimo así nombrados son opuestos al gozo, y las sensaciones aludidas son opuestas a la dulzura.

La raíz griega de donde derivan los términos latinos tiene el sentido de falta de cuidado, negligencia, indiferencia, tristeza, pesar.

La acedia -ya se verá- es opuesta y combate las manifestaciones de la piedad religiosa. Según la etimología latina, acedia tiene que ver con acidez. Es la acidez que resulta del avinagramiento de lo dulce. Es decir, de la dulzura del Amor divino. Es la dulzura de la caridad la que, agriada, da lugar a la acedia. Ella se opone al gozo de la caridad como por fermentación, por descomposición y transformación en lo opuesto. A la atracción de lo dulce, se opone la repugnancia por lo agriado.

Podría calificársela, igualmente y con igual propiedad, de enfriamiento o entibiamiento. Como se dice en el Apocalipsis acerca del extinguido primitivo fervor de la comunidad eclesial: “tengo contra ti que has perdido tu amor de antes” (Ap 2, 4); “puesto que no eres frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3, 16).

La acedia puede describirse, por lo tanto, ya sea como un avinagramiento o agriamiento de la dulzura, ya sea como un enfriamiento del fervor de la Caridad. Por eso no ha de extrañar que haya autores que hayan preferido referirse a la acedia en términos de tibieza.

Con esto hemos avanzado un paso más hacia la comprensión de este vicio capital. Como decadencia de un estado mejor, esta pérdida del gozo, de la dulzura y del fervor, y su transformación en tristeza, avinagramiento o frialdad ante los bienes divinos o espirituales, parece emparentar con la apostasía o conducir a ella. Es, en muchos casos, un apartarse de lo que antes se gustó y apreció, porque ahora, eso mismo, disgusta, entristece o irrita. En este sentido se puede decir que la acedia supone una cierta ruptura entre el antes y el ahora de la persona agriada y ácida. O una ruptura entre su estado ideal y su estado decaído.

Fuente: Cf. Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, ptos. 1.3. y 1.4.

La Acedia (III)


Tristeza, Envidia y Acedia

El Catecismo relaciona la acedia con la pereza. No se detiene a señalar su relación con la envidia y la tristeza. Sin embargo, la acedia es propiamente una especie o una forma particular de la envidia. En efecto, Santo Tomás de Aquino, que considera a la acedia como pecado capital, la define como: tristeza por el bien divino del que goza la caridad. Y en otro lugar señala sus causas y efectos: es una forma de la tristeza que hace al hombre tardo para los actos espirituales que ocasionan fatiga física.

La acedia se define acertadamente, por lo tanto, como perteneciente al género de las tristezas y como una especie de la envidia. ¿Qué la distingue de la envidia en general? Su objeto. El objeto de la acedia no es - como el de la envidia - cualquier bien genérico de la creatura, sino el bien del que se goza la caridad. O sea, el bien divino: Dios y los demás bienes relacionados con El.

Nos importa mucho en este estudio establecer y mantener la distinción entre envidia y acedia, por eso evitamos usarlas como sinónimos, como suele hacerse en el uso común. En nuestro estudio entendemos la envidia como un pecado moral y la acedia como un pecado teologal, como la forma teologal de le envidia.

Secundaria y derivadamente, la acedia se presenta, en la práctica, como una pereza para las cosas relativas a Dios y a la salvación, a la fe y demás virtudes teologales. Por lo cual, acertadamente, el catecismo la propone, a los fines prácticos, como pereza.

Fuente: Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, pto. 1.2.

La Acedia (II)


¿Qué es la Acedia? Definiciones.

Una primera idea de lo que es la Acedia nos la dan las definiciones, aunque ellas solas no sean suficientes para un conocimiento cabal de su realidad. El Catecismo de la Iglesia Católica (=CIC) la nombra - acentuando la í: acedía - entre los pecados contra el Amor a Dios. Esos pecados contra la Caridad que enumera el Catecismo son: 1) la indiferencia, 2) la ingratitud, 3) la tibieza, 4) la acedía y 5) el odio a Dios.

El Catecismo la define así: “La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino” (CIC 2094). Nuevamente, en otro lugar, tratando de la oración, la enumera entre las tentaciones del orante: “otra tentación a la que abre la puerta la presunción es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. El espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mt 26, 41)” (CIC 2733).

Por la naturaleza de la obra, el Catecismo no entra en detalles acerca de la conexión que tienen entre sí estos cinco pecados contra la Caridad. En realidad puede decirse que son uno solo: acedia, en diferentes formas. La indiferencia, la ingratitud y la tibieza son otras tantas formas de la acedia.

En cuanto al odio a Dios no es sino su culminación y última consecuencia. De ahí que, por ser fuente, causa y cabeza de los otros cuatro, amén de muchos otros, la acedia sea considerada pecado capital, y no así los demás. Y aunque el odio a Dios sea el mayor de estos y de todos los demás pecados, no se lo considera pecado capital, porque no es lo primero que se verifica en la destrucción de la virtud sino lo último, y no es causa sino consecuencia de los demás pecados. (Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica 2-2, q. 34, art. 3, 4 y 5).

Fuente: Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, pto. 1.1.

La Acedia (I)


De la Acedia no se suele hablar. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales. Algunos Padres del desierto, en vez de hablar de pecados o vicios capitales, hablan de pensamientos. Por ejemplo, Evagrio Póntico, enumera ocho pensamientos. Con este nombre, estos padres de la espiritualidad ponen de relieve que estos vicios, en su origen, son tentaciones, o sea pensamientos; y que si no se los resiste, acaban convirtiéndose en modos de pensar y de vivir. Cuando se acepta el pensamiento tentador, uno termina viviendo como piensa y justificando su manera de vivir. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de los manuales o de algunos diccionarios de moral o de espiritualidad. Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez la oyeron nombrar y pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista.

Sin embargo, como veremos, la acedia sí que existe y anda por ahí, aunque pocos sepan cómo se llama. Se la puede encontrar en todas sus formas: en forma de tentación, de pecado actual, de hábito extendido como una epidemia, y hasta en forma de cultura con comportamientos y teorías propias que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras, populares o académicas. Si bien se mira, puede describirse una verdadera y propia civilización de la acedia.

La acedia existe pues en forma de semilla, de almácigo y de montes. Crece y prospera con tanta mayor impunidad cuanto que, a fuerza de haber dejado de verla se ha dejado de saberla nombrar, señalar y reconocer. Parece conveniente, pues, ocuparse de ella. En este primer capítulo comenzaremos con las definiciones que se han dado de ella. Si al lector este camino le resulta difícil o árido, le aconsejamos empezar por el capítulo cuarto y seguir luego con el segundo, tercero, y los demás.

Fuente: Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, pto. 1.

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