Reparación al Corazón de Jesús


Muchos cristianos viven en tan profundo olvido de que Jesús reside en los altares y templos sólo por nuestro amor. ¡Cuántos se hallan que en muchos días no hacen una visita al Santísimo Sacramento! ¡Cuántos que en muchas semanas no entran en el templo! ¡Cuántos que en todo el año no reciben la Sagrada Eucaristía! ¿Qué diré de las irreverencias? ¿Qué de los sacrilegios? ¿Qué de otros pecados, que se cometen manifiestamente en los templos contra Jesús Rey de la gloria? Basta decir que no hay príncipe, por pequeño que sea, en cuya presencia no estén los hombres con más respeto que en la casa de Dios y a vista suya. No hay cosa más frecuente, ni más lastimosa que ver a muchos católicos, aun en el tiempo mismo del santo Sacrificio de la Misa estar, ya en pie, ya con sola una rodilla en tierra, ya sentados inmodestamente, ya hablando libremente, ya mirando curiosamente a todas partes, ya saludándose unos a otros, ya conversando sin reverencia ni atención al Dios de la majestad, en cuya presencia están, ya, en fin, portándose en todo con la misma libertad que si estuvieran en las plazas o en las calles. ¡Así reverencian los católicos a Jesús Sacramentado en sus templos!

Herido vivamente el amantísimo Corazón de Jesús de las ingratitudes de los hombres, pide a la piedad de los fieles suavicen su dolor, recompensen sus injurias y resarzan su honra vulnerada con tan sensibles ofensas.

Cuán propio sea de un ánimo cristiano corresponder a las finezas de aquel amante Corazón y desagraviar con todo género de obsequios sus injurias.

¡Oh Jesús dulcísimo! Si inspiraseis a vuestra amada Esposa la Iglesia Santa, que ella misma se emplease en los desagravios de vuestro sacrosanto Corazón, ingratamente injuriado, y empeñase a todos sus fieles y verdaderos hijos en su sagrado culto, para reparar de algún modo las malas correspondencias que sufre vuestro amor injustamente ultrajado y desatendido de los hombres, especialmente en el adorable Sacramento del Altar, misterio verdaderamente del amor de vuestro amantísimo Corazón.

Fuente: P. Juan de Loyola, Tesoro escondido en el Sacratísimo Corazón de Jesús

Oración a las insignias del Corazón de Jesús

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Te adoro, oh Señor y Redentor mío, y saludo la hermosa Llaga que por nuestro amor recibió vuestro Corazón, la preciosa Sangre que vertió por la salud del mundo, el Agua santísima que de la Llaga manó por mí, las Llamas de amor que en vuestro Corazón arden, la Corona de espinas que quisiste llevar en el exceso de vuestro Amor, y saludo la Santa Cruz, en que te ofreciste por la salvación del mundo y quisiste fuese abierto con una lanza vuestro Corazón.

Perdónanos las injurias y afrentas que, pendiente de ella, padeciste por mí y por todos los hombres.

Te adoro, oh Señor, por la extrema Caridad cuyas llamas no pudiste contener más tiempo en vuestro bendito Corazón. Os doy gracias por todo ello y desearía, por gratitud y amor, publicarlo así a la faz de todo el mundo, para inflamar los corazones y rendir a vuestro amor todas las almas.
Otórganos la gracia de que estos misterios, que descubres a los pequeños y humildes, sean de todos conocidos, amados y glorificados, y que por ello alcancemos la eterna salvación. Amen.

Sagrado Corazón de Jesús, en Voz confío.

Fuente: Devocionario del Sagrado Corazón de Jesús

Primer viernes: Amor, reparación y desagravio

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Acto de desagravio al Sagrado Corazón de Jesús y al Purísimo Corazón de María

Oh Corazón amantísimo de mi Salvador, penetrado del más vivo dolor a vista de las ofensas que habéis recibido y recibís aun todos los días en el Sacramento del altar, me postro en tu presencia para desagraviaros de ellas.
¡Ojalá pudiera yo, con mi veneración y mi respeto, reparar cumplidamente vuestro honor menospreciado!
¡Ojalá me fuese dado borrar con mis lágrimas, y hasta con mi sangre, tantas irreverencias, tantas profanaciones, tantos sacrilegios como se cometen contra Vos!
¡Ojalá pudiera suplir con llamas de encendido amor la frialdad y criminal indiferencia de tantos malos cristianos!
¡Cuán bien empleada estaría mi vida si lograse darla por tan digno motivo!

Otórganos, oh Dios mío, el perdón que imploro de Vos para tantos impíos que contra Vos blasfeman;
para tantos infieles que os desconocen;
para tantos herejes y cismáticos que os deshonran;
para tantos católicos ingratos que profanan el misterio de vuestro amor,
y, finalmente, para mí que con tanta frecuencia os he injuriado.
Trocad mi corazón delincuente y dadme otro conforme al Vuestro.

Dadme un corazón contrito y humillado, un corazón puro y sin mancha, un corazón del todo consagrado a vuestra gloria y víctima de vuestro amor, a fin de que pueda consolar a vuestro Corazón entristecido por nuestras ingratitudes.
Sí, os lo prometo, Corazón adorable, repararé en lo sucesivo tantas irreverencias y sacrilegios
con mi modestia en el templo,
con mi solicitud en visitaros,
con mi devoción y fervor en recibiros.

Y Vos, oh Corazón inmaculado de María, unido con el Corazón de Jesús en el amor que profesa a los hombres, y víctima como el suyo de la ingratitud y malicia del hombre, dignaos aceptar en desagravio de los muchos ultrajes que os han inferido, la ofrenda que os hacemos de nuestro dolor y de nuestro amor.
Si mis culpas son las que han afligido vuestro purísimo Corazón, me hallo en la obligación de desagraviarle, y quiero para ello estar animado de los sentimientos de respeto, amor y reconocimiento que os son debidos.
Os ofrezco mis alabanzas, mi dolor y mis pesares.
¡Ah! ¡Por qué no me es dado reparar con los más puros afectos de mi corazón el olvido, la ingratitud, el desprecio, y el odio de que ha sido y es todavía objeto vuestro amabilísimo Corazón!
¡Oh divinos Corazones de Jesús y de María! si mis sentimientos no bastan, los Vuestros son superabundantes. Os ofrezco, pues, esos admirables sentimientos que recíprocamente os animan, en desagravio de todo lo que os han hecho sufrir nuestras ingratitudes.
¡Oh divinos Corazones, recibid la ofrenda que os hacemos, perdonad a vuestros hijos ingratos y bendecidlos en el tiempo y en la eternidad!
Amén.

Fuente: del Oficio Parvo, 1905

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