La actitud de un gobernante


En la mañana del 4 de abril de 1990, la radio transmite una noticia inaudita: ¡Bélgica ya no tiene rey! Al negarse a firmar Balduino la ley que autoriza el aborto, el gobierno ha declarado su imposibilidad de reinar. El 29 de marzo, el Parlamento había aprobado una ley que liberalizaba el aborto, aceptada por el Senado el 6 de noviembre anterior. Según la Constitución belga, ninguna ley votada por ese procedimiento en las cámaras puede ser promulgada sin la firma del rey.

Parece ser que, en nuestras sociedades, el voto de una mayoría no se discute y es suficiente para que una ley sea legítima. Sin embargo, en su encíclica Evangelium vitæ, publicada el 25 de marzo de 1995, el Papa Juan Pablo II recordará que el voto democrático no es incuestionable: “En la cultura democrática de nuestro tiempo se ha difundido ampliamente la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría”. En realidad, la democracia no puede mitificarse. Su carácter moral no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse” (69-70). El rey Balduino se encuentra en la situación que Juan Pablo II describirá en la misma encíclica: “La introducción de legislaciones injustas pone con frecuencia a los hombres moralmente rectos ante difíciles problemas de conciencia en materia de colaboración, debido a la obligatoria afirmación del propio derecho a no ser forzados a participar en acciones moralmente malas. A veces las opciones que se imponen son dolorosas y pueden exigir el sacrificio de posiciones profesionales consolidadas” (Ibíd., 74). Balduino sabe que, al negarse a firmar, se expone a la incomprensión de numerosos de sus conciudadanos de sentido moral débil, y se arriesga incluso a tener que abdicar.

Así pues, la ley del aborto aprobada por el Parlamento belga está en contradicción con el bien, expresado por la ley de Dios. “Entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como “crímenes nefandos” (Gaudium et spes, 51). Hoy, sin embargo, la percepción de su gravedad se ha ido debilitando progresivamente en la conciencia de muchos. La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley es señal evidente de una peligrosísima crisis del sentido moral, que es cada vez más incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. El aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Ninguna circunstancia, ninguna finalidad, ninguna ley del mundo podrá jamás hacer lícito un acto que es intrínsecamente ilícito, por ser contrario a la Ley de Dios, escrita en el corazón de cada hombre, reconocible por la misma razón, y proclamada por la Iglesia” (Evangelium vitæ, 58, 62).

El respeto a la vida del niño por nacer es un principio sagrado y universal: “El niño -había declarado el rey Balduino unos meses antes-, en razón de su falta de madurez física e intelectual, necesita una protección especial, unos cuidados especiales, principalmente una protección jurídica adecuada, tanto antes como después de nacer”. Sabedor de que deberá rendir cuentas a Dios de sus decisiones, Balduino escribe a su primer ministro: “Este proyecto de ley me provoca un grave problema de conciencia. Si firmara ese proyecto de ley considero que estaría asumiendo inevitablemente cierta corresponsabilidad. Es algo que no puedo hacer”.

La fidelidad hacia sus deberes de estado en los actos normales ha preparado al rey para ese acto ejemplar que da testimonio de una conciencia recta, perfectamente dócil a la voz de Dios. “La conciencia -dice san Buenaventura- es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey” (Veritatis splendor, 58). “Ciertamente, para tener una “conciencia recta” (1 Tim 1, 5), el hombre debe buscar la verdad y debe juzgar según esta misma verdad. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia, ayudándola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina según el engaño de los hombres (cf. Ef 4, 14), a no desviarse de la verdad sobre el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmente en las cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella” (Ibid., 62, 64).

El Papa Juan Pablo II lo calificó de “rey ejemplar” y de “cristiano ferviente”.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 9 de agosto de 2006

Una Santa contra el aborto (III)


El 25 de abril de 1994, con motivo de su beatificación, el Papa Juan Pablo II llegará a decir: “Gianna Beretta Molla supo entregar su vida en sacrificio, para que el ser que llevaba en su seno -y que se encuentra hoy entre nosotros- pudiera vivir. Como médico, era consciente de lo que le esperaba, pero no retrocedió ante el sacrificio, confirmando de ese modo la heroicidad de sus virtudes. Es nuestro deseo rendir homenaje a todas las madres valerosas, que se dedican sin reservas a su familia, y que están dispuestas a no escatimar pena alguna, a hacer todos los sacrificios, para transmitirles lo mejor de ellas... ¡Cuánto deben luchar contra las dificultades y los peligros! ¡Cuántas veces son llamadas a enfrentarse a verdaderos “lobos” decididos a quitar la vida y a dispersar el rebaño! Y esas madres heroicas no siempre reciben apoyo de su entorno. Al contrario, los modelos de sociedad, promovidos y propagados con frecuencia por los medios de comunicación, no favorecen la maternidad. Hoy en día, en nombre del progreso y de la modernidad, los valores de fidelidad, castidad y sacrificio, por los que numerosas esposas y madres cristianas se distinguen y continúan distinguiéndose, se presentan como superados. Sucede entonces que una mujer que decide ser coherente con sus principios se siente profundamente sola. Sola con su amor, al que no puede traicionar y al que debe permanecer fiel. Su principio conductor es Cristo, que nos ha revelado ese amor que nos prodiga el Padre. Una madre que cree en Cristo encuentra un enorme apoyo en ese amor que todo lo soportó. Se trata de un amor que le permite creer que lo que hace por un hijo concebido, traído al mundo, adolescente o adulto, lo hace al mismo tiempo por un hijo de Dios. Como lo escribe san Juan, Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). Somos hijos de Dios, y cuando esa realidad se manifieste plenamente seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es”.

El Papa manifiesta igualmente su solicitud paternal con las mujeres que han recurrido al aborto mediante las siguientes palabras de ánimo de la Encíclica Evangelium vitae: “La Iglesia sabe cuántos condicionamientos pueden haber influido en vuestra decisión, y no duda de que en muchos casos se ha tratado de una decisión dolorosa e incluso dramática. Probablemente la herida aún no ha cicatrizado en vuestro interior. Es verdad que lo sucedido fue y sigue siendo profundamente injusto. Sin embargo, no os dejéis vencer por el desánimo y no abandonéis la esperanza. Antes bien, comprended lo ocurrido e interpretadlo en su verdad. Si aún no lo habéis hecho, abríos con humildad y confianza al arrepentimiento: el Padre de toda misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la reconciliación... Ayudadas por el consejo y la cercanía de personas amigas y competentes, podréis estar con vuestro doloroso testimonio entre los defensores más elocuentes del derecho de todos a la vida... seréis artífices de un nuevo modo de mirar la vida del hombre.

“Recemos juntos a fin de tener la valentía de defender al niño que va a nacer y de darle la posibilidad de amar y de ser amado -decía la madre Teresa de Calcuta-. Y creo que de ese modo, con la gracia de Dios, podremos conseguir que haya paz en el mundo”.

Que en este año nuevo, la Santísima Virgen y san José nos concedan la paz que el Hijo de Dios vino a dar al mundo mediante su Encarnación.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas espirituales, 21 de enero de 2003

Obedecer a Dios antes que a los hombres


En nuestros días, la cuestión de la objeción de conciencia se plantea especialmente a las personas que se ven en la disyuntiva de aplicar leyes homicidas que autorizan el aborto o la eutanasia. En su Encíclica Evangelium vitae del 25 de marzo de 1995, el Papa Juan Pablo II enseñaba al respecto: “Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (Rm 13, 1-7), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29)”

Jägerstätter sigue el dictado de su conciencia para obedecer a Dios y salvar su alma. “La conciencia -escribe san Buenaventura- es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar”.

Antes del juicio, el abogado de Franz, Feldmann, que quiere salvar a toda costa la vida de su cliente, consigue que el reo pueda reunirse cara a cara con sus jueces. Estos le exhortan a “no obligarles a condenarlo a muerte”, aceptando servir en una unidad sanitaria. Pero Franz declina el ofrecimiento, pues tendría que prestar el juramento de obediencia incondicional, lo que no quiere hacer a ningún precio. El fallo del tribunal militar de Berlín, fechado el 6 de julio de 1943, constata que ese rechazo del servicio de las armas es un crimen punible según la ley del Reich, y que los motivos de conciencia alegados no son admisibles y que no se considera al acusado enfermo mental. Franz es condenado a muerte.

El 8 de agosto de 1943, Franz es trasladado a la prisión de Brandeburgo. Ese mismo día, Franz escribe a los suyos: “¡Me habría gustado tanto ahorraros todo este sufrimiento que debéis soportar por mi causa! Pero ya sabéis lo que dijo Cristo: El que quiere a su padre, a su madre, a su esposa o a sus hijos más que a mí, no es digno de mí (cf. Mt 10, 37)”. En su carta de despedida, escrita pocas horas antes de la ejecución, añade: “Doy gracias a nuestro Salvador por el hecho de poder sufrir e incluso morir por Él. Espero que Dios se digne aceptar la ofrenda de mi vida en sacrificio de expiación no solamente por mis pecados, sino también por los de los demás”. Luego, recomienda que no se alimenten pensamientos de ira ni de venganza contra nadie: “Durante todo el tiempo que un hombre esté vivo, es nuestro deber ayudarle con nuestro amor para que camine por el camino del Cielo”.

A las 16 horas del 9 de agosto, Franz Jägerstätter es decapitado. La noche del mismo día, el padre Jochmann, capellán de la prisión, declara a las religiosas austríacas que rigen una clínica en Brandeburgo: “No puedo más que felicitarles por tener semejante compatriota, que ha vivido como un santo y ha muerto como un héroe. Tengo la certeza de que ese hombre sencillo es el único santo que he tenido la oportunidad de encontrar en la vida”.

El padre Kreuzberg, que ha conocido a Franz durante sus últimos días, se preguntará más tarde: “¿De dónde procede la determinación de ese hombre sencillo? Sus cartas nos enseñan hasta qué punto vivía de las grandes verdades de la fe católica: Dios, el pecado, la muerte, el juicio final, la eternidad, el Cielo y el infierno; había recibido esas verdades en el transcurso de las homilías parroquiales del domingo. De manera especial, la idea de la eternidad y de los gozos del Cielo fue para él una gran ayuda y un precioso consuelo en sus sufrimientos y en la dolorosa despedida a su familia”.

Beato Franz Jägerstätter, concédenos poder seguir la voz de nuestra conciencia, guiados por nuestra Madre la Santa Iglesia, sin permitir que nos detenga ninguna consideración humana.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval

Mostrar más publicaciones ...

close
¿Olvidó su contraseña?
close
 ......

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25