Cuaresma, tiempo de conversión


La Iglesia comienza la Cuaresma. Como todos los años, entramos en este período comenzando por el miércoles de ceniza, para prepararnos durante 40 días al triduo sagrado de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. La Cuaresma se relaciona también con aquel ayuno de 40 días que constituyó en la vida terrestre de Cristo la introducción a la revelación de su misión de Mesías y Redentor. La Iglesia durante la Cuaresma desea animarse a sí misma acogiendo con interés especial la misión de su Señor y Maestro en todo su valor salvífico. Por eso escucha con la máxima atención las palabras de Cristo, que anuncia inmutablemente el Reino de Dios, independientemente del desarrollo de las vicisitudes temporales en los diversos campos de la vida humana. Y su última palabra es la cruz sobre el monte Calvario: esto es, el sacrificio ofrecido por su amor para reconciliar al hombre con Dios.

En el tiempo de Cuaresma todos debemos mirar a la cruz con especial atención para comprender de nuevo su elocuencia. No podemos ver en ella solamente un recuerdo de los acontecimientos ocurridos hace casi dos mil años. Debemos comprender la enseñanza de la cruz tal como habla a nuestro tiempo, al hombre de hoy: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos” (Heb 13, 8).

En la cruz de Jesucristo se expresa una viva llamada a la metánoia, a la conversión: “Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). Y debemos aceptar esta llamada como dirigida a cada uno de nosotros y a todos, de manera particular con ocasión del período de la Cuaresma. Vivir la Cuaresma significa convertirse a Dios mediante Jesucristo.

El mismo Cristo nos indica en el Evangelio el rico programa de la conversión. Cristo -y después de Él la Iglesia- nos propone también, en el tiempo de la Cuaresma, los medios que sirven para esta conversión. Se trata, ante todo, de la oración; después de la limosna y del ayuno. Es preciso aceptar estos medios e introducirlos en la vida en proporción a las necesidades y a las posibilidades del hombre y del cristiano de nuestro tiempo. La oración es siempre la condición primera y fundamental del acercamiento a Dios. Durante la Cuaresma debemos orar, debemos esforzarnos por orar más; buscar el tiempo y lugar para orar. Ella es, en primer lugar la que nos hace salir de la indiferencia y nos vuelve sensibles a las cosas de Dios y del alma. La oración educa también nuestras conciencias, y la Cuaresma es un tiempo particularmente adecuado para despertar y educar la conciencia. La Iglesia nos recuerda precisamente en este período la necesidad inderogable de la confesión sacramental, para que todos podamos vivir la resurrección de Cristo no sólo en la liturgia, sino también en nuestra propia alma.

La limosna y el ayuno, como medios de conversión y de penitencia cristiana, están estrechamente ligados entre sí. El ayuno significa un dominio sobre nosotros mismos; significa ser exigentes en las relaciones con nosotros mismos; estar prontos a renunciar a las cosas -y no sólo a los manjares-, sino también a goces y placeres diversos. Y la limosna -en la acepción más amplia y esencial- significa la prontitud a compartir con los otros alegrías y tristezas, a dar al prójimo, en particular al necesitado; a repartir no sólo los bienes materiales, sino también los dones del espíritu. Y precisamente por este motivo debemos abrirnos a los demás, sentir sus diversas necesidades, sufrimientos, infortunios, y buscar -no sólo en nuestros recursos, sino sobre todo en nuestros corazones, en nuestro modo de comportarnos y de actuar- los medios para adelantarnos a sus necesidades o llevar alivio a sus sufrimientos y desventuras.

Así, pues, el dirigirse a Dios mediante la oración va unido con el dirigirse al hombre. Siendo exigentes con nosotros mismos y generosos con los otros, manifestamos nuestra conversión de modo concreto y al mismo tiempo social. A través de una plena solidaridad con los hombres, con los que sufren y especialmente con los necesitados, nos unimos con Cristo paciente y crucificado.

Entramos, pues, en el tiempo cuaresmal en conformidad con la tradición secular de la Iglesia. Entramos en este período en conformidad con la tradición particular de la Iglesia de Roma. Nos contemplan las generaciones de los discípulos y confesores de Cristo que le dieron aquí testimonio singular de fidelidad, no escatimando ni su propia sangre. Nos los recuerdan sus catacumbas y los más antiguos santuarios de Roma. Los recuerda toda la historia de la Ciudad Eterna. Entramos en este período, comenzando por el miércoles de ceniza, día en que la Iglesia pone sobre nuestra cabeza la ceniza, en señal de la caducidad de nuestro cuerpo y de nuestra existencia temporal, advirtiéndonos en la liturgia: “Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás”.

Aceptemos con humildad este signo penitencial, para que pueda renovarse, con mucha más fuerza, en el corazón y en la conciencia de cada uno de nosotros el misterio de Cristo crucificado y resucitado, de modo que también nosotros podamos “vivir una vida nueva” (Rom 6, 4).

Fuente: San Juan Pablo II, Mensaje del 28 de febrero de 1979

El Santo Cura de Ars (II)


El centro de toda su vida era, por consiguiente, la Eucaristía, que celebraba y adoraba con devoción y respeto. Otra característica fundamental de esta extraordinaria figura sacerdotal era el ministerio asiduo de las confesiones. En la práctica del sacramento de la Penitencia reconocía el cumplimiento lógico y natural del apostolado sacerdotal, en obediencia al mandato de Cristo: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos” (Jn 20, 23).

Así pues, san Juan María Vianney se distinguió como óptimo e incansable confesor y maestro espiritual. Pasando, “con un solo movimiento interior, del altar al confesonario”, donde transcurría gran parte de la jornada, intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus feligreses redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental, mostrándola como una íntima exigencia de la Presencia eucarística.

Los métodos pastorales de san Juan María Vianney podrían parecer poco adecuados en las actuales condiciones sociales y culturales. De hecho, ¿cómo podría imitarlo un sacerdote hoy, en un mundo tan cambiado? Es verdad que los tiempos cambian y que muchos carismas son típicos de la persona y, por tanto, irrepetibles; sin embargo, hay un estilo de vida y un anhelo de fondo que todos estamos llamados a cultivar. Mirándolo bien, lo que hizo santo al cura de Ars fue su humilde fidelidad a la misión a la que Dios lo había llamado; fue su constante abandono, lleno de confianza, en manos de la divina Providencia.

Logró tocar el corazón de la gente no gracias a sus dotes humanas, ni basándose exclusivamente en un esfuerzo de voluntad, por loable que fuera; conquistó las almas, incluso las más refractarias, comunicándoles lo que vivía íntimamente, es decir, su amistad con Cristo. Estaba “enamorado” de Cristo, y el verdadero secreto de su éxito pastoral fue el amor que sentía por el Misterio eucarístico anunciado, celebrado y vivido, que se transformó en amor por la grey de Cristo, los cristianos, y por todas las personas que buscan a Dios.

Su testimonio nos recuerda, queridos hermanos y hermanas, que para todo bautizado, y con mayor razón para el sacerdote, la Eucaristía “no es simplemente un acontecimiento con dos protagonistas, un diálogo entre Dios y yo. La Comunión eucarística tiende a una transformación total de la propia vida. Con fuerza abre de par en par todo el yo del hombre y crea un nuevo nosotros”.

Fuente: Cf. S.S. Benedicto XVI, Audiencia general del 5 de agosto de 2009

¡Que arda nuestro corazón en el deseo de los Sacramentos!


Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro. (Salmo 26)

Cuando el amor es grande, la ausencia de lo que se ama hace aumentar el deseo de poseerlo, y ese ardiente deseo acrecienta aún más el amor. Dios quiera concedernos que esto nos ocurra a nosotros en estos momentos en que, por misteriosa permisión divina, la gran mayoría de los fieles se ve privada del acceso a los Sacramentos, imposibilitada de participar del Santo Sacrificio de la Misa, de las visitas al Santísimo Sacramento.

¡Que esta privación no sea causa de que se enfríe nuestro amor, nuestra fe, nuestro deseo de participar de los divinos misterios, sino todo lo contrario! Que el ejemplo de la Santísima Virgen y de San José sacudan nuestra desidia. Ellos, en efecto, al perder a Jesús lo buscaron afanosamente, mereciendo encontrarlo nuevamente en el Templo luego de tres días de ausencia. Así nos suceda a nosotros: que, buscándolo con nuestro ardiente deseo y llamándolo con los gemidos de nuestro amor, merezcamos abrazarlo nuevamente -purificados y renovados- en los santos Sacramentos.

¿Nos vemos privados de la confesión sacramental? Avivemos en nosotros el fuego del deseo de la purificación que este Sacramento nos obtiene en virtud de la Pasión del Salvador. Anhelemos vivamente poder acercarnos pronto a este tribunal del perdón, para disolver en la Sangre redentora de Cristo las espinas que con nuestros pecados hemos clavado en su Corazón. Recordemos hacer frecuentes actos de contrición perfecta, doliéndonos de nuestras faltas por la ofensa que con ellas hemos hecho a Dios, sabiendo que estos actos -unidos al deseo de una pronta confesión sacramental- pueden alcanzarnos, por los méritos de Cristo, el perdón de nuestros pecados.

¿Nos está vedado el acceso a la Eucaristía? Ardamos en deseos de recibir sacramentalmente a nuestro amado Señor. Sigamos en esto el ejemplo de la Magdalena que, llevada de un incontenible deseo de ver a Jesús, lo llama con sus lágrimas, lo busca entre gemidos, y tan absorta está en su búsqueda del Amado que ni siquiera atiende a la maravillosa aparición de los ángeles, limitándose a decirles: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. Y es en ese momento que el mismo Jesús se le aparece, pero ella no lo reconoce hasta que Él la llama por su nombre. Imitémosla en el ardor de la búsqueda, deseando vivamente recibir al Amado en la Sagrada Comunión, adorarlo en su presencia real en el Sagrario, asistir a las Exposiciones Eucarísticas. Pero aprendamos también de este episodio que -aún antes de que el Señor nos llame por nuestro nombre para recibirlo en el augusto Sacramento- Él ya está espiritualmente presente en nosotros si le manifestamos nuestros anhelos de recibirlo. No dejemos, pues, de hacer frecuentes y fervorosas Comuniones espirituales. Digámosle a menudo: Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre y con el espíritu y el fervor de los santos.

¡Qué decir de la imposibilidad de participar presencialmente del Santo Sacrificio de la Misa! Cierto que es para nosotros como una herida abierta en el corazón. Pero hagamos -y roguemos- que esta herida sea causa de una verdadera purificación interior y de una mayor penetración en el misterio de este divino Sacrificio. Unámonos espiritualmente a las Misas que los sacerdotes celebran en forma privada -este es el sentido de verlas por medios electrónicos-. No dejemos pasar un solo día sin meditar la realidad maravillosa de esta sentencia verdadera: La Santa Misa es la actualización del mismo Sacrificio de Jesús en la Cruz.

En fin, no perdamos en este tiempo la oportunidad de hacer un sincero examen de conciencia: ¿Cómo ha sido, antes de la cuarentena actual, mi participación en la Santa Misa? ¿La he valorado al punto de no desaprovechar las oportunidades de asistir a ella aún entre semana? ¿He aprovechado los momentos de adoración eucarística que, sin faltar a mis deberes de estado, haya tenido oportunidad de asistir? Mis confesiones y comuniones ¿han sido frecuentes y fervorosas? Y la pregunta capital: ¿Cuál será mi actitud cuando, Dios mediante, vuelva a tener acceso a estos divinos Misterios?

Ciertamente pedimos por el fin de esta epidemia, pero de ningún modo deseamos “que todo vuelva como antes” ¡No! Pidamos al Señor salir de esta prueba purificados, interiormente elevados y grandemente fortalecidos en la fe y en el amor a los santos Sacramentos.

Que nuestra Madre celestial nos lo alcance del Señor Resucitado para poder vivir un tiempo pascual verdaderamente gozoso por la presencia de Cristo en nuestro interior.

Mostrar más publicaciones ...

close
¿Olvidó su contraseña?
close
 ......

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25